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La crueldad de abril, de Diego Ameixeiras

La crueldad de abril

La crueldad de abrilAunque uno por edad pertenece a la generación millennial, ando lejos de considerarme uno más dentro de este grupo social. Sin embargo, voy a coger prestada una de sus palabras más utilizadas para hablar de la reseña de hoy. Y es que vengo a hablaros de Diego Ameixeiras, uno de los escritores españoles de novela negra con más hype del momento. Desde hace un año no he parado de ver en periódicos, blogs y redes sociales buenas críticas hacia su anterior novela, Conduce rápido, que incluso aparece entre las nominadas a los premios más importantes de los festivales noir que tanto abundan en nuestra península. Tanto es así que ya tenía la intención este verano de hacerme con la novela para comprobar de primera mano todo lo bueno que de ella se dice. Pero como la actualidad manda, he aprovechado que Akal publicaba su última historia, La crueldad de abril, para empezar a conocer a este escritor.

Diego Ameixeiras lleva años publicando con éxito en Galicia, siendo considerado por muchos uno de los mejores escritores en lengua gallega de la actualidad. Sus novelas reflejan nuestra realidad social y política a través de la marginalidad y la delincuencia. En La crueldad de abril todo empieza con la muerte de dos vagabundos en el incendio de la vivienda que ocupaban. Una noticia a la que cualquier medio de comunicación le dedicaría unos pocos minutos, pero en la que el autor ve la oportunidad de retratar un mundo que, pese a no ser el nuestro, tenemos ante nuestras narices y convivimos con él, por más que nos esforcemos en mirar hacia otro lado.

La novela, que se lee en un suspiro, se desarrolla a base de capítulos cortos. El ritmo que imprime Diego a la trama es pausado, con una escritura subyugante, con cierta crítica social y en ocasiones llena de lirismo, representado a la perfección en el personaje de Elvira. Su ritmo pausado contrasta con tramos violentos cada cierto tiempo, a modo de bofetada a un lector que va descubriendo de ese modo todas las piezas del puzle. Sin embargo, a pesar de contar solo con 132 páginas, la novela ofrece al lector más contenido que muchas que cuentan en su haber con 400 o 500, dando por válido el dicho aquel de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

La crueldad de abril propone una narración dura y cruenta. Ameixeiras compone una novela de suburbios, pobreza, droga e inanición. Una historia con aroma a perdedor y a marginalidad. Una novela llena de personajes de los bajos fondos, para los que vivir es un castigo divino que les ha sido impuesto, y cuya única solución es convivir con el hastío que provoca el día a día.

Pasan los años y la novela negra española sigue demostrando que todavía puede sorprender a sus lectores. En este caso Diego Ameixeiras nos enseña una nueva forma de afrontar este género, alejado de los focos policiales o detectivescos y centrado solo en los perdedores de la historia, esos a los que muchas veces solemos obviar. Y también nos enseña que no hace falta contarlo todo, pues el lector es capaz de sacar sus propias conclusiones rellenando los silencios y las páginas en blanco que ofrece el libro.

Si antes de leer La crueldad de abril ya tenía programada para este verano la lectura de algún otro libro de Diego Ameixeiras, después de esta experiencia tan notable habrá que darle prioridad dentro de mi larga lista de lecturas pendientes.

César Malagón @malagonc

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La caza, de M.A. Bennett

La caza

La cazaVas a una librería. Empiezas a mirar todos los estantes, revisando una a una todas las novedades que han llegado esa semana. Entonces ves un libro que no estaba ahí hace unos días. No te suena de nada, no conoces de nada al autor. Ni siquiera sabes si es autor o autora, hasta ese punto llega tu desconocimiento. Pero te da igual, ya nada te importa, porque sabes que quieres leer ese libro. No es que quieras: es que lo necesitas. Ni siquiera has dedicado un minuto de tu tiempo a darle la vuelta y leer la sinopsis. Te da exactamente igual lo que ahí puedas leer. Sabes que te lo vas a llevar a casa porque ese libro te está llamando y sabes que vas a acertar si lo haces.

¿Os ha pasado alguna vez? A mí sí, varias. Y el libro del que vengo a hablaros hoy es el vivo ejemplo de la última vez que me ha ocurrido esto.

Me topé con La caza por casualidad y ocurrió todo lo que he descrito en el primer párrafo. Me dio todo exactamente igual, pero había algo que me decía que ese libro me iba a encantar. Y así fue. Cuando llegó a mi casa tardé en leerlo unas cinco o seis horas. No podía soltarlo, era como si una fuerza invisible hiciera que el libro estuviera pegado a mis manos.

Y cuando cuente de qué va lo entenderéis todo. Greer es nueva en el colegio más elitista de Inglaterra. Ha llegado allí gracias a una beca que no piensa desaprovechar. El colegio es muy antiguo, todo de piedra, como si se tratara de Hogwarts. La tecnología no está bien vista y un aire viejuno lo inunda todo. Y hay un grupo de chicos, conocidos como los Medievales, que son los que manejan el cotarro. Solo unos pocos son los elegidos para formar parte de su élite y, para ello, hay que superar el conocido fin de semana de “caza, tiro, pesca”. Con tan mala suerte de que ese año, ese precisamente en el que Greer es candidata para formar parte de los Medievales, alguien muere.

Y entonces empiezo a leer y me presentan el colegio (una maravilla) y conozco a los Medievales (más maravilla todavía) y comienza el fin de semana de caza, tiro, pesca (una locura) y alguien muere y no se sabe por qué (la catarsis).

La agilidad de la escritura de su autora, M.A. Bennett, hizo que no pudiera parar de leer La caza ni un solo segundo. Además, al estar la historia narrada en primera persona (desde el punto de vista de Greer) todo se hace mucho más intenso. Esto es porque ella nos va contando todas sus impresiones, sus miedos, sus dudas… es como si estuviéramos dentro de su cabeza incluso llegando a ser ella en algunas ocasiones.

La ambientación también es un punto a destacar, ya que está tremendamente cuidada. Nos encontramos en la Inglaterra profunda, donde los lagos y los bosques son los grandes protagonistas. El castillo donde se ubica el colegio nos hace remontarnos al pasado, así como la orden que dirige la institución, que concuerda perfectamente con toda la ambientación.

Además es una novela que toca muchos palos, porque critica la desigualdad entre clases y también el racismo. Esto se ve desde el principio pero a medida que va avanzando la historia nos metemos más de lleno en esa crítica que luego resulta evidente. Bravo, M.A. Bennett, de verdad.

Si yo me digo a mí misma que debo fiarme más de mi instinto. Si lo sé. Pero hay veces que me pienso demasiado qué libros leer. Os diría eso de “a partir de ahora…” pero la verdad es que no sé si voy a ser capaz de cumplirlo o no. Desde luego, esta vez no estaba equivocada, os lo aseguro. Aunque creo que, a partir de ahora, iré con más cuidado cuando vaya a andar por el bosque…

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Denuncia inmediata, de Jeffrey Eugenides

Denuncia inmediata

Denuncia inmediataJeffrey Eugenides es un genio. No es una cuestión de apreciaciones infladas o falta de criterio. Lo es de un modo a la que poca gente le puede poner peros. Su literatura se dilata en el tiempo pero no por ello puede calificarse de extensa. Tan sólo cuenta con tres novelas y esta recopilación de su narrativa breve. Sin embargo, en cada uno de sus libros hay una delicadeza extrema a la hora de narrarnos la vida privada de sus personajes. Este talento para la inmersión le llevó a ganar el Pulitzer en 2003 por Middlesex. Un retrato tan asombroso como cotidiano de una persona intersexual, tema que vuelve a recuperar en uno de estos relatos. La pregunta es si estas alabanzas y buen hacer han calado también en sus cuentos. La respuesta corta es que sí. La larga exige un poco más de explicación ya que la creación de estas piezas ha tenido lugar a lo largo de treinta años. Y aunque estoy seguro de que se han visto sometidas a una fuerte revisión, lo cierto es que hay algo imperecedero e intraducible en la obra de Eugenides que convierte cada nueva publicación en un motivo de celebración y confinamiento.

Hay una cosa que me ha tenido enganchado a estas historias y es algo para lo que ya venía preparado. En la mayoría de los relatos, la historia no sucede fuera, sino dentro de los personajes. No es que estén aislados o no tengan lugar eventos diversos o conflictos a los que hacer frente. Si bien todo eso también ocurre, importa más el foco desde el cual somos testigos que la resolución del problema que se nos plantea. En Correo aéreo no sabemos si su protagonista supera o no la fuerte intoxicación estomacal que sufre, pero como lectores acabamos el relato sabiendo que el nuevo estado de conciencia al que llega importa más que la enfermedad que padece. O en La vulva oracular, donde el antropólogo que protagoniza la historia tiene diversos frentes narrativos abiertos, pero Eugenides nos sitúa en un conflicto inmediato, radical e inesperado. Hay otros como los que cierran y abren el libro, Quejas y Denuncia inmediata en los que los dos personajes que nos presentan trabajan constantemente la dinámica establecida entre ellos e indagan en la mutua influencia que ejercen, así como en las consecuencias en el mundo real de dicha relación.

Otro de los temas recurrentes en estos relatos es el del fracaso y la mediocridad asociados, en numerosos casos, a un aspecto financiero y matrimonial. La América de las mil oportunidades deja de brillar con tanta fuerza en relatos como Música antigua o Magno Experimento, donde las parejas protagonistas se enfrentan a una edad adulta bastante precaria. Son cuentos donde las soluciones posibles brillan por su ausencia y donde los personajes acaban entrando en un estado de escapismo o sucumbiendo a la ilegalidad. El autor norteamericano disecciona las fallas en los planes de vida que todos confeccionamos en la veintena y convierte dichas fisuras en motores narrativos. Es absolutamente implacable a la hora de señalizar dónde tropezamos todos. Nuestras aspiraciones no son muy diferentes a la de los personajes de estos relatos. Los problemas de ellos se parecen a los nuestros. Eugenides observa con eficiencia el mundo que le rodea, esa falsa tierra prometida en la que se ha convertido Occidente. Y encuentra sin dificultad las arrugas, las manchas en la piel y los eccemas de un sistema de valores que ya no se sostiene por sí solo mientras nos esforzamos en mirar hacia otro lado.

Uno de los aspectos que me ha parecido curioso de esta recopilación de relatos, es que cada uno de ellos marca el año en el que fueron escritos. Y si bien no han sido establecidos en orden cronológico, lo cierto es que es innegable la evolución del autor. Su prosa más temprana deriva a veces en acciones innecesarias con el fin de mover a los personajes hacia cierta dirección. Cosa que resulta un poco forzada y que poco tiene que ver con el Eugenides que conocemos hoy. Debido a ello, uno de los relatos que menos me han convencido es Huertos caprichosos, donde un par de hombres que sufren la crisis de la mediana edad encuentran en dos excursionistas y en un huerto milagroso la solución a la mayoría de sus problemas. Pero no hay que preocuparse mucho, ya que la cosa no hace más que mejorar. Y los relatos se van pareciendo cada vez más a lo que el autor de Las vírgenes suicidas nos tiene acostumbrado.

Voy a acabar recalcando que estamos ante una de las mejores radiografías narrativas que podemos encontrar ahí fuera, en esa jungla literaria que son las librerías. Un libro en el que vemos evolucionar a un autor que lleva ya años entre nosotros sin hacer mucho ruido. En esa vorágine capitalista que ensalza constantemente la novedad, un autor que publica un libro cada siete años suele pasar desapercibido. Sin embargo, hacerle caso omiso a Eugenides sería un error. Su literatura es una de esas magníficas paradojas que tienen en su haber los grandes autores: a pesar de estar todo el tiempo hablando de personas como tú o como yo, no hay nada ahí fuera que se le parezca. Un logro, sin duda, en este mundo nuestro del copia y pega.

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La guerra de las salamandras, de Karel Čapek

La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandrasEra una salamandra. Ya están aquí. ¡Todo ha terminado!

Y menudas salamandras: inteligentes, organizadas, alienadas como comunidad homogénea… y sí, de un tamaño considerable, feas, cabezota gorda y negra y con un punto de mala leche aprendida que no dudarán en llevar a la práctica. Son la representación simbólica del conformismo ciudadano devorado por el voraz apetito del régimen totalitario y capitalista. Son la más ácida representación de los actos impunes de un sistema erróneo, que pagará caro sus consecuencias. Esto es La guerra de las salamandras, de Karel Čapek, una de las más divertidas, irónicas y espectaculares novelas de ciencia ficción de todos los tiempos.

Decir que he disfrutado leyendo esta novela se queda en poco. Poquísimo. Decir que admiro la calidad de edición del libro resultaría obsceno. Obscenísimo. Libros del zorro rojo ha publicado una novela genial y en un formato que merece el favor de considerarse obra de arte. Si el texto de Čapek es excelente, no menos resultan las ilustraciones que lo acompañan de Hans Ticha, genial ilustrador checo, heredero del Pop Art. Según los datos biográficos del artista, quedó prendado de La guerra de las salamandras cuando tenía diecisiete años y decidió ilustrar la novela. Veinte años después presentó su obra al editor y la novela fue publicada con los dibujos de Ticha. Fue considerado el libro más bello de la República Democrática Alemana en 1987.

La novela se divide en tres actos donde se aprecia la transformación de las salamandras en contacto con los regímenes totalitarios y el crecimiento armamentístico que denuncia el autor en la novela. Desde su descubrimiento, pasando por su estudio y hasta la evolución lógica de unos seres oprimidos que consiguen organizarse y rebelarse, poco a poco seremos testigos del deterioro de un sistema al que se intentó someter a los anfibios.

La primera parte del libro comienza con el descubrimiento por parte de un viejo capitán de barco de una especie de salamandra gigante que vive en una pequeña isla del Pacífico. Aquí se puede encontrar referencias a otras novelas de viajes y aventuras, como puedan ser El mundo perdido, de Conan Doyle o Los mitos de Chtulhu de Lovecraft, por la descripción y ambientación de los acontecimientos en localizaciones paradisíacas. A ello le sigue la presentación de unos seres legendarios que crean inquietud en el lector. El autor nos lleva de la mano a conocer a estos peculiares anfibios. El capitán pronto se dará cuenta de la capacidad intelectual de estos seres de los que se aprovecha para extraer perlas del fondo del mar. Más adelante, considerando las enormes posibilidades que ofrecen estas salamandras como mano de obra, contacta con un empresario para construir diques y realizar obras de gran importancia. Les enseñan a emplear herramientas de trabajo y a hablar, y después les reparten armas para poder defenderse del ataque de tiburones y así poder producir más.

El nivel demográfico de las salamandras fue aumentando considerablemente, así como sus conocimientos. A medida que el humano interactuaba más con ellas, crecía la necesidad de otorgarles derechos laborales, así como leyes que regularan el abuso y explotación de los animales y hasta una religión. Sin consideración alguna acerca de sus sentimientos o derechos, el humano hacía un uso indiscriminado de ellas hasta que la situación empezó a volverse inestable. Superaron en número al humano y necesitaban de espacio para poder vivir, ya que las costas escaseaban. En un acto imprudente del sistema capitalista al que habían sometido a las salamandras, estas se sublevaron y comenzaron a expandirse. La guerra había comenzado.

Es inevitable también la cercanía comparativa con su predecesora La guerra de los mundos, de H. G. Wells. En esta novela, Wells quería disfrazar, bajo el aspecto de unos seres extraterrestres invasores, el riesgo de invasiones de ejércitos extranjeros en caso de guerra, haciendo hincapié en un dato que comparte en común con la novela de Čapek, el aumento armamentístico. La diferencia de esta novela con la de Čapek está en que la del autor checo no ofrece el relato de una invasión fortuita, sino el resultado de unos actos originados por el propio y ambicioso sistema económico, religioso y político occidental.

Sin desgranar más del libro, porque de poco servirá para su deleite; leyéndolo es como uno disfruta en su totalidad, destacan varios puntos positivos: en primer lugar, el discurso periodístico empleado para narrar la historia, al que acompañarán infinidad de artículos y recortes de prensa, panfletos políticos, publicaciones y conferencias donde se exponen los diferentes puntos de vista de expertos sobre las salamandras y un largo etcétera de textos alternativos que convierten la novela en un juego para el lector. Otro de los rasgos elevados es el tono satírico del autor, que emplea el conflicto que empezaba a preocupar tanto a la sociedad en el año en que fue publicada la novela, en 1936, en pleno ascenso del nazismo, con una mezcla de humor y crítica ácida del crecimiento armamentístico y el colonialismo. Las ilustraciones de arte pop de Hans Ticha que destacaba al comienzo y, por último, el capítulo final: la ruptura de la cuarta pared en la que el propio autor mantendrá una reflexión consigo mismo (quizá, el sentir del lector) acerca del desenlace que le espera a la especie humana y a las salamandras.

— ¿Vas a dejar las cosas así?
— […] ¿Crees que yo quería que las cosas acabasen así? Esto es sencillamente la lógica de los acontecimientos.

La obra literaria de Karel Čapek gira en torno a la ciencia ficción social y política en la que la originalidad de sus textos y su contenido le hicieron destacarse junto a otros autores que vendrían después de la talla de Aldous Huxley. Su primera obra teatral, R. U. R. (Robots Universales Rossum), de 1920, marcó un hito en la ciencia ficción, primeramente, por ser la pionera en emplear el término robot en la literatura (aunque este término habría que adjudicárselo a su hermano que es quien lo introdujo). La palabra procede del checo robota, que significa servidumbre. Construyó para su texto dramático un escenario en el que la humanidad dota de sentimientos y razonamiento a los robots para comprobar su respuesta ante el trabajo forzoso. Un ejercicio de reflexión acerca de la esclavitud y la dictadura. Otras de sus obras se mantienen en la misma línea hasta que escribió La guerra de las salamandras, la novela que le catapultaría como una de las figuras literarias más importantes de ciencia ficción.

Esta fábula bien podría emparejarse a la realizada por George Orwell en Rebelión en la granja. De nuevo, en la figura humorística que ofrecen los animales, se desnuda un sistema de vida injusto, en el que para que unos se vean beneficiados, otros deben sufrir las consecuencias. Muchas de estas veces, la moraleja es el descontrol de esos actos que conlleva sus reacciones. La literatura como espejo de la sociedad ayuda a comprender un problema que persigue al mundo industrializado de occidente y que a estos autores no pasa desapercibido. La máscara que otorga el arte literario esconde la intención de llegar a la verdad a través de la belleza estética que envuelven los textos del escritor. En todos estos casos, la ciencia ficción siempre se ha visto muy ligada a la denuncia social y política. Sirva esta novela, acompañada de una cuidada edición, como útil de reflexión y deleite para cualquier lector que se proponga pasar unas divertidísimas horas de lectura.

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El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández

El dolor de los demás

El dolor de los demás¿Cuánto pesan las maletas del pasado? Esta quizá sea una de las preguntas principales que asalte la cabeza de todo aquel que se adentre en la lectura de El dolor de los demás, el último libro – no me atrevo a decir novela – de Miguel Ángel Hernández, publicado por Anagrama. Y quizá sea esa una de las preguntas porque en este libro el murciano recurre a un recuerdo de juventud forzosamente olvidado que se encuentra enquistado en lo más profundo de su ser. Recurre a él para abrirlo, examinarlo cara a cara, afrontarlo, y con ello, superarlo, cerrarlo. ¿No es eso de lo que trata escribir? ¿No es eso de lo que trata leer?

Creo que ya he contado alguna vez esto que vi hace un tiempo por televisión pero me es inevitable relacionarlo también con este libro; y es sobre la entrevista que vi hace un tiempo hacer a Antonio Muñoz Molina por parte de un famoso entrevistador “libresco”. Este último le preguntaba al escritor sobre su última “novela” – lo entrecomillo porque en ese caso tampoco creo que sea la mejor etiqueta con la que designar la obra -. En cierto momento, el presentador – también director del programa – le comenta a Muñoz Molina que el personaje de la “novela”, aparte de llevar el mismo nombre que el autor, se parece mucho, en todo lo demás, a él; a lo que Muñoz Molina contesa: «No es que se parezca, es que soy yo». Y se ríen. Creo que eso sucedería de la misma forma si hay un intercambio espacio/tiempo entre Antonio Muñoz Molina y Miguel Ángel Hernández.

Pero bueno, adentrémonos en la ficción: el personaje Miguel Ángel Hernández, también escritor murciano y profesor de Historia del Arte, se da cuenta cierto día de que otro autor, Sergio del Molino, acaba de publicar una novela que trata sobre el tema que él justamente estaba escribiendo y pensando para su próximo libro. De una conversación entre estos dos autores, y amigos, uno de los cuales – el que nos concierne – en ese momento se encuentra perdido dentro de su labor como escritor de ficción, nace un nuevo tema partiendo de una frase del propio autor: «Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco». Así arranca El dolor de los demás. 

Miguel Ángel Hernández, que hasta ese momento lo único que había hecho dentro del mundo de la novela era convertir en ficción su ámbito de estudio y laboral – la Historia del Arte -, ve la posibilidad de un nuevo libro en el desarrollo de la investigación de un asesinato y posterior suicidio. El asesino: su mejor amigo de la infancia y posterior adolescencia. La víctima: la hermana de este. Como si fuera una nube que siempre ha acompañado a Hernández, el tema tabú entre todos los vecinos del pueblo murciano de Los Ramos vuelve a abrirse para acabar conformando un libro, el que ahora nosotros podemos ver en las mesas de novedades de todas las librerías de España.

El dolor de los demás, con una estructura bipartita en la que se siguen dos hilos narrativos – el del momento exacto del asesinato y el suicidio visto por un Miguel Ángel de dieciocho años y la investigación llevaba a cabo por el mismo Miguel Ángel veinte años más tarde -, emana todos los tópicos más característicos de la escritura: la escritura como ordenación, comprensión, confesión, cierre, etc. Pero también mucho más: como preguntas del tipo de si es posible seguir queriendo a un asesino que anteriormente ha sido tu amigo, de si es posible ver las cosas desde la otredad, desde el dolor de los demás, de si es posible reencontrarse con el pasado y salir entero de él, de si existe alguna manera de cerrar una herida abierta en colectividad.

El pueblo de Los Ramos como un pasado estanco y sin posibilidad de evolución, como sucede con Nicolás, el asesino y amigo de Miguel Ángel, quien no es capaz de hacer madurar al que fue – y es – su fallecido amigo. Con una valentía sin límites – «Yo iba a ser el responsable de introducir en el gran escaparate digital en el que vivimos un suceso que tal vez debiera permanecer oculto para siempre» -, Miguel Ángel Hernández consigue volcarse en un libro que quizás la única frontera que tiene, el único amarre, es la etiqueta de ficción.

El dolor de los demás es la ouija con la que Miguel Ángel Hernández ha querido volver al pasado haciéndonos partícipes de ello. «Escribir no era exorcizar demonios; era convocarlos», puede leerse en alguna parte del libro. Encontrarse con ellos, llegar a una pasado que puede ser nuestro, cerrar definitivamente capítulos que quizá nunca deberían haberse abierto, y es que, terminando, como dice este narrador que tanto se parece al autor: «Es cierto que la investigación acerca del crimen de mi amigo había sido el detonante de todo, pero el auténtico crimen sobre el que yo escribía – el único, en verdad, que podía afrontar – era el que yo había cometido con mi pasado, con ese yo que había quedado sepultado en el tiempo».

Cuando leas ese «los demás» en el título piensa que también está hablando de ti. ¿Cómo puede ser que el asesinato de alguien hace veinte años en un pueblo perdido de Murcia esté hablando de ti? La clave está en que el dolor de los demás, sin negrita ni cursiva, es un dolor colectivo, global, universal. Y por eso deberías leerlo. Y por eso vas a leerlo.

 

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Las tres caras de la moneda, de Jordi Belda Valls

Las tres caras de la moneda

Las tres caras de la moneda

Lo cierto es que no suelo ver la tele. Me gusta mucho ver series y películas, pero para ello prefiero encender el ordenador y elegir lo que voy a ver ese día. No me gustan los realities ni enterarme de lo que hace la farándula española con su vida. Pero sí que hay una cosa, una sola, que tengo que ver todos los días: el telediario. En mi casa cenamos a las nueve en punto, lo que significa que mientras estamos en la mesa encendemos la tele y nos ponemos al día de lo que ha pasado en el mundo. Y todavía no entiendo el porqué. Ese rato, que apenas dura veinte minutos, es un rato lleno de angustia, de indignación, de drama, de desolación… muy pocas veces veo alguna noticia que consiga sacarme una sonrisa. Todo son desgracias.

Pero aun así, no puedo evitar verlo a diario. Necesito saber qué ha pasado por el mundo, cuál es la situación política actual, si hay algo de lo que deba enterarme. Y ya sé que cuando apague la televisión estaré muy cabreada porque nada de lo que he visto en esos minutos me ha parecido bien. Pero así es la vida, ¿no? Y después de ese rato, siempre recuerdo la lección: hay un bando que gana y un bando que pierde.

Porque la vida consiste en eso: en bandos. O al menos eso nos han hecho creer. Eres de Cola Cao o de Nesquik, de izquierdas o de derechas, de tortilla con cebolla o sin cebolla, de los que venden las armas o de quienes las usan.

Las tres caras de la moneda habla básicamente de esto, de bandos y de opiniones que se forjan a la fuerza dependiendo del momento y del sitio donde a uno le ha tocado vivir. Todo empieza con una tremenda explosión en la casa de los Ávid, donde el padre de familia fallece. Será su hijo el que tenga que descubrir quién está detrás de ese ataque y lo podrá conseguir gracias al nuevo puesto político que le ha llegado como caído del cielo. Mientras tanto, en el Desierto Naranja las cosas están cada vez más tensas y cualquier movimiento puede acabar en un fatal desenlace. Y también encontramos una historia paralela en la que una chica se enfrentará a todo lo habido y por haber con tal de defender sus ideales.

Como veis, es una novela que tiene tres caras, tres representantes que, dependiendo de su posición en la historia, nos contarán una versión u otra de los mismos hechos. Por lo tanto, es una trama contada a tres tiempos en la que se va desvelando poco a poco todo lo que necesitamos saber para poder resolver todos (o casi todos) los misterios que en sus páginas se esconden. Esto es realmente interesante porque los tres protagonistas que se encuentran en las diferentes caras de la moneda tienen un punto de vista sobre la historia que nada tiene que ver con el de los demás.

Jordi Belda Valls nos trae así su primera novela en la que podemos ver un retrato de nuestra propia sociedad. Ahora mismo solo vivimos en bandos y, dependiendo de en cuál te encuentres, tu visión del mundo será una u otra. Y realmente no creo que esto sea malo, no veo ningún problema en que alguien se posicione en un lado o en otro del conflicto. Lo que sí creo es que el problema viene cuando a uno se le olvida que los demás también pueden elegir bando y no tiene por qué ser el mismo que el nuestro. Tan legítimo es uno como el otro. Esto es algo que se nos suele olvidar y que podemos ver reflejado en Las tres caras de la moneda.

Un punto a favor de esta novela es que las tres historias se van alternando continuamente en los capítulos, de manera que cada uno de ellos está dedicado a uno de los protagonistas. Esto hace que la lectura sea muy ágil, ya que siempre va a haber una historia que nos llame más, lo que hará que leamos muy rápido para poder llegar a ella. Además, gracias a su corta extensión (tiene alrededor de ciento sesenta páginas), se puede leer casi de una sentada.

El desarrollo de los personajes no es malo pero quizás me ha faltado algo de caracterización. Me hubiera gustado que tuvieran más personalidad y un carácter más marcado que hicieran que me metiera más en la historia. Pero esto es algo que va más con mis gustos personales.

Tengo que destacar especialmente la ambientación, ya que todo esto sucede en un país inventado por Jordi Belda Valls. El Desierto Naranja, en concreto, me ha gustado muchísimo. Antes decía que todas las personas que leyeran este libro iban a tener una cara de la moneda preferida, pues para mí lo era la del Desierto, quizás por su protagonista (un chico huérfano que ha sido criado por una monja) o bien por lo exótico del lugar. Sea lo que sea, yo estaba deseando que los capítulos de las otras dos historias pasaran para poder llegar a mi parte favorita.

Después de haberlo leído sigo creyendo firmemente que la historia depende de quien la cuente y del bando donde esa persona se encuentre. Porque no todo es blanco ni negro y porque siempre hay más caras en una misma moneda que tenemos que tener en cuenta.

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La tragedia del girasol, de Benito Olmo

La tragedia del girasol

La tragedia del girasolSe dice que una de las claves del éxito de la novela negra en nuestro país está en que este género es capaz de reflejar con claridad la situación política y social que nos ha tocado vivir en la última década. Y la novela negra de la que hoy os hablo puede decirse que encarna a la perfección la realidad que sufrimos diariamente. Los acontecimientos que se han producido en las últimas semanas en la comarca del Campo de Gibraltar relacionados con la droga bien podrían ser uno o varios capítulos de los libros de Benito Olmo, al igual que algunos de los personajes que estos días salen en las noticias podrían encajarían a la perfección entre las páginas de La tragedia del girasol, última historia del escritor gaditano.

Corrupción, narcotráfico, chivatazos y mucha violencia son varios de los ingredientes de esta novela, si bien la acción se localiza un poco más al oeste, dejando Algeciras y sus alrededores para instalarse en la Tacita de Plaza y los municipios colindantes. A la cabeza de todo esto, el peculiar Manuel Bianquetti, ese fascinante policía creado por Benito en su anterior novela, La maniobra de la tortuga. En la actualidad, Bianquetti se encuentra cumpliendo los dos años de suspensión de empleo y sueldo y malvive haciendo trabajillos como investigador privado. Pese a sus reticencias iniciales, decide aceptar el encargo de proteger a un importante empresario en su visita a Cádiz. Algo sencillo, inocuo y rápido para conseguir un dinero extra se convierte en una complicación al desencadenarse durante esa visita una serie de muertes violentas. Aunque todos los indicios llevarían a cualquier persona a desentenderse de un tema tan turbio, Bianquetti y su instinto de sabueso le hacen investigar a fondo lo ocurrido, algo que no le traerá más que problemas, palabra que indisolublemente parece ir ligada siempre al nombre y apellido de nuestro protagonista.

Aunque son varios los aspectos positivos a resaltar en las novelas de Benito Olmo, quizá el más importante sea el de tener un protagonista como Bianquetti. Este inspector de policía (pese a su suspensión) está tan lleno de defectos como de virtudes, con una capacidad innata para meterse en problemas. Pese a ser maleducado, duro y violento en ocasiones, Benito Olmo ha conseguido crear un gran personaje que cala rápidamente en el lector. Su integridad y buen corazón, pese a mostrarlo poco, hace que quien le conozca quede prendado de una persona así. Con Bianquetti tenemos a un fascinante personaje de novela negra que ha venido para quedarse, y cuya legión de fans va a ir aumentando con cada historia que protagonice.

En mi anterior reseña, la de La ciudad de la lluvia, hablaba de cómo Bilbao daba importancia a la novela, siendo casi otro personaje más de la historia. En esta ocasión, La tragedia del girasol no podría entenderse sin la importancia que Cádiz y su bahía impregna a la novela. estamos ante una ciudad llena de luz, pero que esconde a su vez el lado oscuro de muchas personas.

Comparando esta entrega con su predecesora, La maniobra de la tortuga, vemos una mejora considerable tanto en la consistencia de la trama como en la formación de los personajes. Benito sigue escribiendo historias que enganchan al lector, manteniendo tramas adictivas con la dosis justa de sobresaltos, algo que esperamos siga creciendo en próximas entregas. Hay quién compara a este escritor con Hammett o Chandler. Sin duda son palabras mayores, pero yo os aseguro que en La tragedia del girasol hay la misma acción, matones a sueldo, gánsteres y tiros que en las novelas de estos dos grandes escritores negrocriminales. Y mientras esperamos una nueva entrega de Bianquetti, yo ya tengo ganas de saber quién protagonizará, en su adaptación cinematográfica (que se empieza a rodar este año), a este policía bravucón y problemático.

César Malagón @malagonc

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Señores del mundo, de Yolanda Corona

Señores del mundo

Señores del mundoOs voy a contar uno de mis recuerdos favoritos de mi infancia. Yo tendría unos ocho años y acogimos en nuestra casa a un primo de mi madre durante una temporada que, por problemas que no vienen al caso, necesitaba pasar una temporada en Madrid. Le encantaba leer, se pasaba las horas con un libro entre las manos. Yo podía ver en su cara cómo disfrutaba mientras lo hacía; sin duda, era su vía de escape. Estaba a salvo en otros mundos que no eran el suyo. Cada noche venía a mi habitación a contarme un cuento para que yo me durmiera. Era un cuento muy especial, en el que la fantasía era la grandísima protagonista. Él cogía un libro viejo que teníamos por casa, en cuya primera página había un mapa sobre el cual me contaba la historia. Se la sabía de memoria, no le hacía falta abrir el libro para saber todos y cada uno de los detalles de la trama. Se lo había leído tantas veces que era incapaz de decirme exactamente cuántas habían sido. La historia la protagonizaba un tal Frodo y su misión era destruir un anillo.

A mí me fascinaba. Como si se tratara de Las mil y una noches, yo esperaba a que llegara la hora de irme a dormir para que él me contara un trocito más de esa historia tan increíble. Me intrigaba saber qué pasaría con el anillo, si los protagonistas serían capaces de derrocar a todos esos orcos horribles y al que estaba detrás de todo el plan. Y sobre todo, si Gollum dejaría atrás su egoísmo. Ese era mi personaje preferido.

Ese fue el momento exacto en el que yo me enamoré de las historias de fantasía.

Y todo esto me ha venido a la mente porque el libro del que vengo a hablaros hoy, Señores del mundo, no podría contener más fantasía en sus páginas.

Lo bonito de este libro es que dentro de él podemos encontrar varias tramas que se entrelazan. Por una parte, tenemos a un chico que deberá descubrir su verdadera identidad, pues son muchos los secretos que acechan dentro de su propia familia. También tendremos unos hermanos que se enfrentarán entre ellos: sangre contra sangre. No podrían faltar las profecías que hacen que la tensión en la historia aumente de manera notable ya que auguran un futuro muy oscuro para el mundo que hasta ahora habían conocido. Y, por si fuera poco, todo se viene al traste cuando Belcentes, el rey que lo mantenía todo en orden, fallece, dejando el mundo en manos de la incertidumbre y el desamparo. Y cómo no podría ser de otra manera, todo esto desencadena en una terrible guerra en la que los dos bandos enfrentados deberían estar más unidos que nunca. Pero eso, esa verdad que los pueblos deberían saber, solo la conoce Dilmala, que vive en el pueblo loggi y que tendrá en sus manos una tarea tan importante como es reconducir el destino de su mundo.

Desde el primer momento nos encontramos con una historia que atrapa al lector. A pesar de que el libro tiene alrededor de setecientas páginas, su lectura se hace ágil. No os voy a engañar: cuando lo recibí y vi su grosor pensé que me iba a costar mucho terminarlo, pero no ha sido así en absoluto. La forma que tiene Yolanda Corona de narrar me ha resultado muy amena. Los diálogos son muy abundantes y en la mayoría de las ocasiones son los propios personajes los que nos cuentan lo que está pasando. Eso es lo que más he agradecido, porque dada la extensión de la obra, si la autora prescinde demasiado de los diálogos y mete muchas descripciones, creo que se me hubiera hecho un tanto pesada. Pero, como os digo, no ha sido así. Además, el ir intercalando las historias de todos los personajes (que no son pocos), ha hecho que este libro me resultara muy fluido y fácil de leer.

En cuanto a los personajes, encontramos algunos que están más desarrollados que otros. Esto es evidente, ya que la importancia que tienen depende directamente de su propio papel. Pero los que ostentan más protagonismo tienen una personalidad muy cuidada que me ha gustado mucho. Sería una pena desaprovechar esta historia tan bien hecha no desarrollando a los personajes de la manera correcta.

He indagado un poco y he leído una nota que dejó la propia autora en la que decía que por fin había cumplido su sueño y había conseguido juntar sus dos pasiones: la escritura y la historia. Con este libro Yolanda Corona demuestra que ambas pasiones no podrían ser más acertadas y que las dos han ayudado a que Señores del mundo hoy sea una realidad. Gracias a su amor por la historia, ha sido capaz de confeccionar esta novela donde todas las tramas están atadas a la perfección y todo adquiere sentido, como si todo esto hubiera pasado de verdad y la autora no estuviera haciendo más que contárnoslo. Eso es maravilloso. Incluso hay momentos en los que he tenido la sensación de que la novela no ha sido inventada, sino que todo tenía tanta lógica y la trama estaba tan cuidada, que pensaba que estaba leyendo un libro de historia y no de fantasía. Yolanda Corona es el ejemplo hecho persona que nos dice que debemos perseguir nuestros sueños, cueste lo que cueste, y apostar siempre al rojo, hasta que toque.

Os diré que pasados unos años, después de que el primo de mi madre ya no viviera con nosotras, intenté leer El señor de los anillos. Lo intenté con muchas ganas y teniendo en mente lo que me gustaba la historia. Pero no fui capaz. Supongo que me fascinó tanto cuando era pequeña y me lo había imaginado yo tan a mi manera, que después quedé un poco decepcionada. Por eso me alegra tanto encontrar novelas como las que hoy os traigo, que me dan esa dosis de fantasía que necesito para poder seguir amando la lectura.

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Videorreseña: Reino de fieras, de Gin Phillips

Soy consciente de que muchas veces voy al contrario del mundo y que lo que a todos gusta, a mí me aborrece. Y, muchas veces, también me suele pasar al contrario y me acaban por gustar cosas que a la inmensa mayoría de la población, no. El vídeo que os traigo hoy es un ejemplo de ello. Desde que  leí el libro hasta el día de hoy he leído más críticas negativas que positivas de él y yo no puedo estar más en desacuerdo.

Reino de fieras, escrito por Gin Phillips y editado por Suma es un thriller psicológico, ni más ni menos. Es una historia donde los asesinatos se suceden pero donde la acción es pausada, tanto que en ocasiones puede parecer casi inexistente. Y yo me pregunto: ¿es posible que exista un thriller en el que casi no hay acción?, ¿puede una historia de asesinatos enganchar sin que esa acción sea trepidante? Si  me hubiera hecho estas preguntas antes de leerme este libro, no habría sabido muy bien qué responder. Pero la verdad es que, a día de hoy, la respuesta que daría es más que evidente. Por eso me alegro tanto de haberme encontrado con esta novela.

Si quieres saber con más detalle qué pienso de este libro, no te pierdas el último vídeo que hemos subido a nuestro canal, ya sabes que allí siempre eres bienvenido.

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Bajo nuestra piel, de Josu Lorenzo Grilli

Bajo nuestra piel

Bajo nuestra pielLlevo una temporada muy larga en la que casi no veo series. Pero hace un tiempo pasé una época en la que era muy fácil que me enganchara a una y no pudiera parar de ver capítulos y capítulos hasta terminarla. Me pasó con muchas, pero con la que más, fue con Pequeñas mentirosas, esa serie en la que unas adolescentes son acosadas por una persona que se hace llamar A y cuya identidad tenemos que descubrir. La serie en sí era bastante mala, pero qué queréis que os diga, a mi tenía enganchadita y no podía parar de verla. Y la cosa fue derivando a medida que las temporadas avanzaban y los muertos empezaban a sucederse y había teorías conspiradoras por todo Internet y uno ya no sabía ni lo que estaba viendo. Pero yo, ahí seguía, semana tras semana hasta que por fin supe quién era A.

Bajo nuestra piel me ha recordado muchísimo a esa serie, porque al final trata un poco de eso: del misterio que se esconde tras una persona cuya identidad desconocemos y que parece estar detrás de todo lo malo que les pasa a las tres protagonistas que son tres chicas adolescentes que comienzan a vivir cosas extrañas: tienen pesadillas recurrentes, en su piel aparecen cicatrices y heridas sin ninguna explicación, hacen cosas de las que después no se acuerdan… y no paran de ver a la misma persona, vestida completamente de negro, que parece ser omnipresente.

Así que cuando empecé a leerlo, con esas descripciones y esos sucesos tan extraños, no pude evitar acordarme de mis lerdas preferidas, como a mí me gusta llamarlas, y del misterio de quién se esconde detrás de esa capucha que se identifica con A. Y, para qué mentiros, me ha encantado encontrarme con una historia así de nuevo, pero esta vez narrada por Josu Lorenzo Grilli, aunque quizás, si frecuentáis el mundo de Youtube, lo reconozcáis mejor por el nombre de Josu Diamond.

Pero con esto no os estoy diciendo que la historia sea la misma ni muchísimo menos, no querría restarle originalidad a este libro. Quiero remarcar que es una impresión personal y que simplemente esta historia me ha recordado a aquella serie. Porque solo tienen en común tres cosas: una identidad desconocida, un grupo de chicas a las que le suceden cosas extrañas y alguna que otra historia de amor intercalada entre tanto misterio. Pero Josu va más allá, ya que le incorpora un halo de fantasía y ciencia ficción a todo el marco de la obra y que en un principio puede descolocar un poco al lector pero que, con el paso de las páginas, va haciendo que toda la historia tenga sentido.

Bajo nuestra piel es un libro fresco, que se lee con rapidez y que contiene tramas muy entretenidas que enganchan al lector desde el primer momento. El booktuber sabe cómo hacer que el misterio no se pierda y va dando a cuentagotas pistas necesarias para resolver el misterio. De esta forma, quien lo lee, necesita seguir pasando capítulos y capítulos para entender qué es lo que está pasando. Me ha gustado la forma de redactar que tiene Josu, ya que los diálogos adquieren gran protagonismo pero no son excesivos, por lo que la lectura es muy ligera.

También me ha gustado la forma de desarrollar a las protagonistas. Estas tres chicas tienen caracteres muy diferentes entre sí y Josu ha trabajado mucho en ellos para que el lector pueda verlo perfectamente. Esto siempre me gusta, porque me da la sensación de que la historia llega a ser más creíble. No en el sentido de que vaya a suceder lo que el autor está contando, sino en el sentido de que es normal que en un grupo de amigas cada una tenga su personalidad y por lo tanto es importante que así sea también en la ficción y el autor se preocupe por desarrollar esas formas de ser.

De veras que me encantaría descubrir otra serie del tipo Pequeñas mentirosas para engancharme y necesitar (como si me fuera la vida en ello) hacer un maratón intensivo hasta terminarla. No sé si es por la falta de tiempo o porque últimamente las series que intento ver no terminan de convencerme, pero el caso es que no consigo que ninguna me enganche. Así que mi felicidad se desborda cuando encuentro un libro así, como este, que hace que esa necesidad se vea reducida durante un tiempo.

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Silverville, de Victoria Álvarez

silverville

Algo que no ocurre muchas veces en la vida es encontrar a un escritor o una escritora que sabes que nunca te va a decepciosilvervillenar, que cada vez consigue sorprenderte más con sus libros, que siempre te dejan con una sonrisa en los labios y con demasiadas ganas de más. En mi caso, una de estas escritoras es Victoria Álvarez. Y tengo que admitir que esta es de sus novelas más especiales y con la que más identificada me he sentido en este momento de mi vida.

Silverville es una historia ambientada en el Lejano Oeste, en el estado de Colorado, que relata la historia de dos mujeres muy diferentes, enfrentadas por su historia familiar: Ruby Lawrence, una mujer tradicional que actúa únicamente según los deseos de su familia; y Grace Mallory, una mujer independiente y moderna, muy adelantada a su época. Todo comienza cuando esta última llega al pueblo rodeada de incógnitas y comienzan a desatarse una serie de acontecimientos que revolucionarán este pequeño pueblo.

Algo que también ha conseguido hacer conmigo, ya que todos los elementos que estamos acostumbrados a encontrar en sus novelas también se encuentran en esta. Entre ellas, me gustaría destacar las que más me han conquistado: una gran ambientación, una trama muy bien hilada, una brillante narración y una gran construcción de personajes.

Comenzando por su ambientación, Victoria ha logrado crear de Silverville un escenario único, capaz de transportarnos al lejano Oeste, sus gentes y sus costumbres. Se nota que la escritora se ha documentado muy bien para escribir esta novela y consigue relatar muy bien cada uno de los detalles (incluida la historia, las costumbres, el estilo de vida de los personajes o el vestuario, entre otros) que conforman esta novela. Y si unimos esto a la brillante narración a la que nos tiene acostumbrados, me ha parecido un tándem perfecto. Con las dosis justas de diálogos y descripciones, la escritora ha conseguido una vez más que me enganche a su historia desde el principio.

Sin embargo, creo que lo que más ha conseguido que me enganche a esta novela han sido sus personajes, tan especiales como a los que siempre tiene acostumbrados a sus lectores. En especial, Grace Mallory, una mujer fuerte, valiente, independiente y extremadamente feminista que está dispuesta a luchar y a saltarse todas las normas que sean necesarias para conseguir su objetivo. En cierto modo, me ha parecido tanto una heroína como una antiheroína, porque a pesar de que muchos de sus actos a lo largo de la novela se podrían categorizar como “no morales”, es imposible no identificarse con su historia y no comprender por qué hace lo que hace. Y es que esta es la personificación de la cuestión más importante que trata la novela, muy presente en nuestros días: el empoderamiento femenino. Y quizás este ha sido el elemento más interesante para mí en esta novela, por lo necesario que es en la sociedad actual. Y por lo necesarios que son este tipo de personajes en la novela. Es imposible no identificarse con Grace y cogerle un cariño especial.

Es increíble cómo consigue esta autora que me enamore de todos y cada uno de sus personajes, y que piense en ellos incluso cuando ya he terminado con el libro. Supongo que esto solo ocurre con los escritores que crean a personajes con problemas comunes, con los que nos podemos identificar y que nos recuerdan a nosotros o a alguien de nuestro entorno. Así aprendes de ellos y sientes que tienen algo de ti, algo que no habías encontrado aún y que te hacen reflexionar acerca de ti mismo. Creo que esto es lo más interesante que alguien puede encontrar alguien en un libro y debo admitir que es uno de los principales motivos por los que leo. El entretenimiento es solo un elemento más que asocio a la lectura, nunca el más importante.

Una vez más, Victoria Álvarez ha conseguido sorprenderme a través de una historia de venganza, amor, pérdida y superación. Una historia madura e increíblemente feminista, con personajes fuertes y una trama muy bien hilada que te hace reflexionar desde el primer capítulo y viajar hasta el Lejano Oeste. Debo admitir que este es uno de mis libros favoritos de la autora, y ya ha ido sin dudarlo a la lista de mis favoritos de 2018.

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El don de la fiebre, de Mario Cuenca Sandoval

El don de la fiebre

El don de la fiebreSolo hay una decena de libros que no presto nunca. Son aquellos que cumplen una doble condición: que me hayan herido gravemente y que no pueda encontrar otra copia de ellos con facilidad en caso de pérdida. Uno de esos, quizá el más icónico de esta categoría, es El ladrón de morfina, de Mario Cuenca Sandoval, que en su día publicó la difunta 451. Su impacto me arrastró a conseguir los libros anteriores de Cuenca Sandoval, incluso Boxeo sobre hielo (a pesar de mi aversión a su editor), y que espere cada uno de los posteriores con una ilusión que ni en los mejores días de los Reyes Magos.
Así ha ocurrido con El don de la fiebre, su biografía novelada de Olivier Messiaen que ha publicado Seix Barral cuando ya asomaba la primavera, porque no podía ser de otro modo. ¿Que no les suena de nada el nombre de Messiaen? A mí tampoco me sonaba hace un mes, y más allá de que se nos debería caer la cara de vergüenza a los cinco (a los cuatro gatos que me leen y a mí), para disfrutar del libro no hace ninguna falta, y después de hacerlo habrán corregido este tropiezo histórico.
Olivier Messiaen se comió en vida el siglo XX entero, excepto dos mordiscos simétricos de ocho años por cada uno de sus lados. Dotado de una sensibilidad natural y extraordinaria para la música, fue un genio precoz en un momento magnífico para serlo, los años veinte. Inspirado por el canto de los pájaros y llevado en volandas por su fe cristiana, la obra de Messiaen se situó a la vanguardia de la música a pesar de partir de dos influencias tan clásicas y conservadoras. Su brillo se vio únicamente ensombrecido por la gran oscuridad del siglo, la guerra, y sufrió en un campo de concentración alemán después de haber sido apresado en el frente. Aunque precisamente allí, en el Stalag VIII-A, y con unos medios más que paupérrimos, compuso y estrenó su Quatuor pour la fin du temps, quizá la obra por la que es más recordado, tanto por la música en sí como por las condiciones en las que fue concebida. Tras su poco heroica liberación, su figura no dejó de crecer hasta convertirse en un autor reconocido y reclamado por las más altas instancias.
El retrato que realiza Cuenca Sandoval de todo ello es mucho más sensorial que académico, tratando de trasladar al papel la sensibilidad exacerbada de Messiaen y exprimiendo las posibilidades estilísticas de la música en el papel. Del mismo modo que el compositor preconizaba la ruptura del ritmo, el escritor no se ciñe al patrón cronológico, que solamente tiende una fina línea entre los extremos del libro que desaparece llevada por los recuerdos del protagonista. Y aunque permanece completamente centrado en él, quedan también marcadas en la memoria del lector las figuras de tres mujeres: su madre y sus dos esposas. Hipersensibles, con talento para el arte (la poesía en el caso materno, la música en los otros dos), su devenir está en el origen y en el desarrollo de la obra del genio, hasta tal punto que, por ejemplo, las mejores interpretaciones de su obra están grabadas en manos de Yvonne Loriod, la esposa que le sobrevive.
En definitiva, El don de la fiebre compone una biografía libre de un personaje no excesivamente conocido, alejada de la hagiografía, que no llega a nuestras manos gracias a ningún aniversario y que, por ese mismo motivo, conviene celebrar por sí misma. Más regular y por tanto menos sorprendente que Los hemisferios (su libro anterior), El don de la fiebre es ampulosa y contundente, como un postre riquísimo pero pesado que es mejor tomar en bocados pequeños, y que muchos no llegarán a terminar. Embriagadora pero exigente, contundente, rica. Extraordinaria, sin duda, una piedra más en el camino del particular culto que algunos profesamos a su autor y, al tiempo, un metro más del abismo que lo separa del resto.
Lean a Cuenca Sandoval, por favor. Si no les gusta da igual, pero es necesario que siga escribiendo. Háganlo por mí, que según me hago mayor cada vez espero menos cosas de la vida como espero la llegada de cada una de sus obras.

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