
El mejor regalo




He conocido al Miguel Mena escritor a través de sus libros, al periodista por sus trabajos en prensa, y al comunicador por tantas horas de compañía a través de esa magia que transmite en la radio.
Ahora, a través de la lectura de PIEDAD, he conocido a Miguel Ángel Mena Hierro, porque a nadie se le escapa, y él no lo ha escondido, que hay mucho de autobiográfico en este libro tan especial, en el que, entre otras muchas cosas que fueron noticia en su día, nos habla, y mucho, de su hijo, que tiene el síndrome de Angelman, y me ha hecho sentir esa PIEDAD de la que os hablaba al inicio, con el escritor, pues su hijo nunca comprenderá que se ha escrito uno de esos pocos libros capaces de impactar y sensibilizar a todo el que lo lee, en el que él, Dani, es protagonista, y a través de la mano y la imaginación de su padre ahora formará parte de nuestra redescubierta PIEDAD.
Algunos textos son tristes pero no me han dejado un sabor amargo, incluso he podido ver ese punto de humor (humor negro en este caso) tan característico de este autor y que tan bien ha trabajado en otros libros como en “Bendita calamidad”. Le gustan los juegos de palabras, y a mí también, y espero que a vosotros. Os regalo esta pequeña muestra:
PIEDAD
A veces piensa que tiene un nombre antiguo, que ya no se bautiza a nadie así, pero recuerda que en su infancia, en su colegio, había chicas o monjas con nombres que ahora suenan incluso más raros. Estaba Angustias, estaba Olvido, estaba Visitación, estaba Dolores, estaba Patro, de Patrocinio. Piensa que algunos nombres suenan más antiguos que el suyo, que están menos de moda, que han caído en desuso. Pero no. Enciende la tele y en las noticias hablan de angustias, hablan de dolores, hablan de olvido, incluso de visitas y patrocinios. De piedad, muy poco. De todos aquellos nombres, el suyo es el que menos espacio ocupa en los informativos.


Un clásico de la literatura japonesa contemporánea, divertido y entrañable.
Hace ya tiempo que tenía ganas de leer algo de literatura japonesa, tan de moda últimamente: Murakami, Katayama, Kawabata… Pero claro, ¡no me iba yo a leer lo mismo que el todo el mundo! Así que me decidí por “Botchan”, de Natsume Sōseki, avalada por su condición de gran clásico de la literatura nipona contemporánea; una obra que puede presumir de padrinos: Kenzaburo Oé o el mismísimo Haruki Murakami cuentan a Sōseki entre sus maestros. Para mi sorpresa, no he encontrado ni la sensualidad ni el delicado lirismo que buscaba. Ni siquiera ese sentido estético tan característico lo hallé en “Botchan”. Por el contrario, se trata de una novela densa, directa, explícita y, además, bastante divertida.
Publicada por entregas en una revista hace ya más de un siglo, podría pensarse, por su sencillez y por su tono informal y, en ocasiones, humorístico, que la segunda novela de Sōseki es una obra menor. En realidad, más que en el estilo o en el argumento, el interés de “Botchan” radica precisamente en él, en Botchan, su protagonista.
¿Tienen un amigo impresentable, de esos que no piensan las cosas antes de hacerlas, que siempre se meten en líos, que nos avergüenzan constantemente con sus meteduras de pata? Pero, por otra parte, ¿tienen la seguridad de que ese amigo nunca les dejará tirados, que siempre podrán contar con él? Pues bien, ese es Botchan.


“[…]Intentó recordar el aroma de aquel perfume, mezclado con los frescos olores otoñales del parque, pero, como todos sabemos, la memoria puede resucitarlo todo salvo los perfumes, pese a que nada hay que resucite con tanta fuerza el pasado como el olor a él asociado.” La historia del ruso Ganin en Mashenka flota constantemente entre el presente y la fuerza por intentar recordar.
Mi elección al comprar este libro tiene nombre y apellido: Vladimir Nabokov. Mi autor favorito no podía desencantarme si ya me había ganado con su forma de contar historias. Lógicamente, todos recuerdan Lolita por la polémica que despierta. Pero hay un Nabokov muy alejado de la pedofilia de Humbert Humbert-personaje de Lolita-y es el que se puede apreciar en Mashenka.


Una profunda reflexión sobre el genio y los que viven a su sombra, sobre el ser humano y sus limitaciones.
Hay libros que nos hacen pasar un buen rato, textos entretenidos y amables para leer tranquilamente, en la playa, y al finalizar, cerrarlos con una sonrisa en los labios y permanecer un rato en silencio, con el libro aún en las manos, saboreando el recuerdo de las páginas leídas. Sin duda, éste no es uno de ellos.
Sin embargo, cuando empecé a escribir reseñas, no hace demasiado tiempo, una de las pocas cosas que tenía clara era que, además de los libros que fuese leyendo, había unos pocos, cuatro o cinco como mucho, entre los que se encuentra “El malogrado”, que tenía que releer y comentar aquí. Lo difícil va a ser explicar el porqué de este empeño, ya que es probable que, a estas alturas, los pocos que hayan llegado hasta aquí ya hayan decidido que jamás se acercarán a un libro de Bernhard.
Bernhard es un autor difícil, muy exigente con el lector; sus obras requieren una disposición de ánimo especial y una gran atención. También se suele decir que es un autor de culto, un escritor para escritores, aunque no tengo nada claro si eso significa algo. Es distinto, denso, adictivo, profundo, no hace concesiones ni se detiene en términos medios. Es, si me permiten el tópico, literatura en estado puro.


Rebelión en la granja no es sólo un relato osado sino que es una joya de la literatura. Si se cumple la predicción del fin del mundo en el 2012 espero que un ejemplar de este libro sobreviva a los maremotos y que, en algún tiempo, otros seres vivos se deleiten con el relato.
¿Qué puedo decir de este libro que ya no haya llegado a nuestros oídos? Es un clásico entre adolescentes, profesionales y adictos a la lectura. Puedo empezar por contar que lo encontré entre otros libros de bolsillo y que cuando lo vi, no puede devolverlo a su lugar original. Ya había leído 1984 y por eso sabía que un libro de Orwell nunca podía ser una mala opción. La redacción es tan exquisita que me encontré varias veces sonriendo sola y pensando: “No puedo creer que George Orwell sea tan genial”.
Sigue leyendo Rebelión en la granja


Hay libros que me instruyen, otros me llevan a lugares o me mueven por la historia, pero cuando una lectura plantea nuevos interrogantes en mi vida o potencia los muchos que ya tengo, cuando es capaz de conmoverme como lo ha hecho Alberto Méndez con “Los girasoles ciegos”, suelo recordar el porqué de mi compromiso personal con la animación a la lectura.


Una pequeña obra maestra que se multiplica en un sutil juego de espejos.
“La muerte en Venecia”, para mí, está íntimamente ligada a la magnífica adaptación cinematográfica realizada por Visconti en 1971, y a la música de Mahler que aparece en su banda sonora. Por eso, era inevitable que durante la lectura de esta breve novela de Thomas Mann, me acompañase todo el tiempo la imagen de Dirk Bogarde, impecablemente caracterizado, sentado en su tumbona en el Lido. Así que, si me lo permiten, por esta vez nos saldremos de lo estrictamente literario para que las imágenes de la película y el adagietto de Mahler nos guíen a lo largo de este comentario.
{source}[[object classid=”clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000″ codebase=”http://fpdownload.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=8,0,18,0″ width=”325″ height=”28″ id=”divmp3″]][[param name=”movie” value=”http://www.divshare.com/flash/playlist?myId=9680675-b4e” /]][[/object]]{/source}
Gustav Mahler – Sinfonía nº 5 – Adagietto (Sehr langsam)
Hasta que no he estado cerca de finalizar esta reseña, no he sido consciente de cuántas veces me he visto obligado a corregirla a lo largo de los últimos días, pues a medida que avanzaba en su redacción, se iban desplegando ante mí nuevas interpretaciones, y lo ya escrito perdía su vigencia una y otra vez. La historia en sí es muy sencilla: breve, lineal, con un solo personaje completamente caracterizado, y, sin embargo, pocas novelas que yo haya leído se prestan a tantas interpretaciones y dejan abiertos tantos caminos a la imaginación del lector.
“La muerte en Venecia” tiene un aire crepuscular: la refinada melancolía de una belle epoque que termina frente a la incertidumbre de unos nuevos tiempos que se presienten inciertos. Destila esa calma extraña que traen los últimos rayos de sol de una tarde de verano, cuando ya se ven las nubes de tormenta agolpándose en el horizonte. Mann conserva la elegancia del ciclo cultural que toca a su fin, desplegando una prosa magnífica, elaborada, trabajada palabra a palabra, algo retórica pero fácil de seguir: tiene ritmo y, desde la primera línea, atrapa al lector con sus frases perfectas y su rico vocabulario. En el contexto de ese mundo cultural en retroceso, Mann se presenta como el último de los grandes novelistas realistas, al mismo tiempo que va incorporando un sutil simbolismo propio de las vanguardias literarias que están a punto de imponerse.
Sigue leyendo La muerte en Venecia


Dicho esto y para aquellos no habituados a este tipo de lecturas, daré un aviso a navegantes. Cada capítulo te puede transportar en el tiempo, otras veces en el espacio, y las más de las veces, ambas cosas al mismo tiempo. Y este libro no es una excepción. Aunque tiene cierta peculiaridad que lo distingue de otros libros de relatos: existe un puente entre las historias; una pieza de puzzle que quitas de aquí y encaja perfectamente un poco más allá para conformar un conjunto sólido.
Sigue leyendo De Mecánica y Alquimia


La velada está yendo muy bien, y decides probar el vino. Y resulta ser de una calidad excepcional: tiene un sabor poderoso e intenso con una gran cantidad de matices y un largo final de boca; enseguida te provoca un calor entrañable, hogareño, y te contagia el carácter risueño y soñador de tu anfitrión. Te parece una casualidad que el vino te transmita esas grandes virtudes, hasta que no puedes evitar hacer un comentario elogioso, y Ferenc, al que ya consideras un amigo, te comenta, con muchísima humildad y un agradecimiento sincero por tus buenas palabras, que el vino que estás catando lo ha elaborado él con sus propias manos.
Sigue leyendo Un viñedo en la Toscana


Cualquiera que haya visitado la Capilla Sixtina sabe que su bóveda, cuajada de un sin fin de personajes, es una fiesta para los sentidos. Cargada de minúsculos detalles, nos relata la historia y cultura del mundo antiguo.
Fascinada, Ana no pierde detalle y es que, contraria a sus compañeros de clase (que sólo tienen pizza y helados en la cabeza), ella sólo tiene ojos para la historia. Embobada escucha el relato que le cuenta un anciano vigilante de la Capilla, acerca de esos múltiples personajes que componen el magnífico fresco y, sobre todo, la historia de Amaltes, la Sibila de Cumas.


Este es el libro que una vez que se lo empieza no se lo deja. Te embriaga. El código da Vinci te deja inconsciente en relación al tiempo e incluso le gana la batalla al sueño nocturno. Es verdad que Dan Brown no se preocupa en utilizar un lenguaje que lo catapulte entre los grandes escritores del nuevo siglo. Francamente, ¿Importa? Puede que para quienes admiramos la pluma de grandes escritores, este libro es otro más de esas epidemias anuales que se instalan en todo el mundo para crear una obsesión efímera. No podría negar que yo misma lo deje relegado todo un año y con plena abstención de la película. Pero después, si el fenómeno se instala, tengo que probarlo para entender porque todos hablan de Dan Brown
.
La historia toma un escenario común e infalible: la célebre París. No necesita introducción alguna como tampoco lo necesita el Museo del Louvre. Y las primeras hojas se dibujan aquí con el condimento justo y necesario: el asesinato de un curador. Es este hecho el que dispara el engranaje de la máquina de enigmas que van a tener al lector pendiente de la resolución (¡Querer adivinarlo, antes que los protagonistas, va a ser en vano!). Pero toda historia necesita un guía para que nos conduzca a través del laberinto y Brown coloca a dos protagonistas: el profesor de Harvard Robert Langdon y la especialista en criptología Sophie Neveau.