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El baile de las luciérnagas, de Kristin Hannah

El baile de las luciérnagas

El baile de las luciérnagasEsta es una novela sobre la amistad, pero una amistad duradera, profunda, ante todo y sobre todo y para toda la vida. Yo, que soy bastante optimista en general, en este caso, me admira este tipo de uniones amistosas tan profundas, yo creo que no conozco ninguna realmente, me suena a ficción, a cuento de hadas. Igual soy algo descreída o muy cerrada y aunque he tenido (y tengo) amigos y amigas a los que quiero mucho, yo creo que las personas en la vida de uno, vienen y van. Algunos dejan más huella que otros, para bien o para mal. A algunos los tienes durante mucho tiempo al lado y a otros los llevas en el corazón siempre, pero yo creo que una amistad tan fuerte e indestructible como la que nos cuenta Kristin Hannah en este libro, ya no deben de quedar muchas. O sí, y yo ando algo perdida en mi mundo y no me entero.

El baile de las luciérnagas es una historia preciosa sobre la vida de dos chicas, Kate y Tully. Tully ha vivido casi siempre con sus abuelos, ya que su madre hippy viene y va. Tiene miedo al abandono y a ser rechazada. Kate crece en una familia estable, modesta, se siente algo fuera de sitio en el instituto porque no es de las populares y en casa tiene los problemas de una chica de su edad, lo normal. Se conocen en 1974 durante la adolescencia, siempre una edad de profundos cambios, decisiva para el futuro y se hacen muy amigas en muy poco tiempo. Los arrebatos de esas edades, que se inflaman y desinflaman en tiempo récord. Pero, a pesar de ser muy diferentes y contra todo pronóstico, seguirán siendo muy amigas a lo largo de los años y los cambios. Tully es todo pasión, fuego, activa, algo descreída, ambiciosa, un huracán. Kate es más tranquila, reflexiva, romántica y tradicional. Se complementan.

Durante la novela las vemos crecer, estudiar, enamorarse, llevarse decepciones, alegrías, avanzar y progresar. Cada una a su manera, durante mucho tiempo juntas y de la mano, después, cada una por su lado. Pero siempre mantendrán un vínculo fuerte.

El libro está dividido en partes, por décadas, y dentro de estas, por capítulos. Hay muchas referencias musicales, que acompañan toda la historia. Yo me he pegado un atracón y me lo he leído en tres días, aunque tiene 600 páginas, pero es que es tan bonito. Está muy bien llevado, te engancha, hay mucho diálogo, estás deseando saber cuál es el siguiente paso que van a dar, qué les va deparando la vida, cuales son las consecuencias de sus actos… la vida misma. A veces te enfadas con una, a veces te da rabia alguna posición que toma la otra. Yo me he sentido identificada con alguna de las dos en algunos momentos, quizá más con Kate, por mi forma de ser, pero son personajes reconocibles, cercanos, entendibles, aunque no estés de acuerdo con algunas decisiones que toman.

Aunque ellas dos son las protagonistas, hay más personajes interesantes, como la madre de Kate, que es la Madre, así, con título honorífico. Me gusta mucho su figura. También Johnny va a ser un secundario muy importante, qué no os cuento el papel que tiene, porque os fastidio el devenir del relato. Más tarde Marah, también me parece que aporta cosas interesantes a la novela.

Es un libro conmovedor, tierno y emocionante, he reído y he llorado mientras lo leía. Puede que literariamente se le pueda sacar defectos, pero como yo no soy experta y la forma de contar la historia me parece adecuada y el contenido me ha llegado al corazón, os recomiendo el libro con entusiasmo.

Me he acordado de un cuento que leí no sé cuándo, sobre la amistad y del que os pongo la moraleja: “Cuando un amigo nos ofende o nos hace daño, debemos escribirlo en la arena para que el viento del perdón y el olvido lo borre cuanto antes. En cambio, cuando nos ayuda o nos da una alegría debemos escribirlo y grabarlo en una piedra para no olvidarlo nunca.” Que no sé si viene de un proverbio árabe o de Jorge Bucay, pero no importa, el mensaje es muy sabio. Tendemos a hacer al revés. Las amistades que duran son las que se aplican el cuento. Bueno, las amistades, y en general, cualquier relación.

P.D.- Llevo dos libros seguidos en los que ronda el perdón, preciosa capacidad liberadora.

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En busca de los discos perdidos, de Eric Spitznagel

en busca de los discos perdidos

en busca de los discos perdidos¿Recuerdas el primer disco o cedé que te regalaron? ¿O el primero que te compraste con tu propio dinero, (sí, el dinero de la paga también cuenta como propio)? ¿Qué canción sonaba cuando conociste a la primera chica a la que morreaste o cual es esa que aunque no entiendes la letra (ni falta que te hace) te eriza la piel y te obliga a cambiar de humor, te explota por dentro y te llena de energía? ¿O aquella que cada vez que escuchas te recuerda a cuando ibas los domingos al campo a comer con la familia? ¿O la primera canción que significó algo para ti, esa de la que estás convencido de que se escribió para ti y solo para ti? Seguro a que has respondido que sí a más de una pregunta.

La música es algo tan importante. Pero tan tan importante, que muchas veces no nos damos cuenta… Está siempre ahí. Toda la vida. Yo la necesito casi a diario. Aunque a veces solo sea como música de fondo, como acompañamiento mientras trabajo o escribo esto mismo (con la bso de La La Land, por cierto), y no le preste toda la atención necesaria. Nos acompaña en lo bueno y en lo malo, cada uno tiene sus gustos y su música para momentos de celebración, de tristeza, de fiesta… Cada uno se hace incluso sus cedés a la carta para oír en su casa, con sus amigos, en un viaje en coche…, y, en tiempos, había quien grababa cintas de casete a la chica que le molaba y con la que quería cambiar fluidos.

En busca de los discos perdidos es eso. Una carta de amor a la música y en concreto a lo que ella conlleva. A todo lo que vives, asocias y viene aparejado con ella. Pero es algo que va un paso más allá. Algo más excesivo. Imagina que por el motivo que sea necesitas pasta y al llegar la era del cedé, te deshaces de todos tus vinilos. Total, ¿para qué los quieres? Ocupan sitio y el cedé se oye mejor y necesita menos espacio. Y luego está el tocadiscos… otro tanto de lo mismo. Además, puedes conseguir la música por otros medios…

Pero llega un día en el que te haces mayor y te asalta la crisis de los cuarenta. Hay a quien le da por dejar a su mujer por otra más joven, otros se compran una Harley y una chupa de cuero y tú necesitas recuperar tus discos. Y no hablo de recuperar la música en formato vinilo, sino de recuperar exactamente aquellos discos que fueron tuyos, con sus rayadas, portadas desgastadas y con pintadas o números de teléfono. Los discos que fueron tuyos y no otros. Esos discos que pondrías en el tocadiscos y que has escuchado tantas veces que sabrías exactamente cuando viene el salto, el rayón. Porque escuchar la canción sin ese salto, no es lo mismo, no es una experiencia completa. Es como si esa canción no fuera ESA canción.

Esto es lo que nos va a contar Eric Spitznagel, quien, como un nuevo Don Quijote embarcado en una locura particularmente friqui visitará las escasas tiendas de discos que quedan, ferias de vinilos, pujará por eBay, se reencontrará con su primera novia veinticinco años después y hará casi todo lo necesario para recuperar no ya solo su música, sino su vida, pues si para un vampiro la sangre es la vida, para Eric la música es la vida en su extensión más amplia.

Todo el libro está plagado de reflexiones y recuerdos de infancia, juventud y adolescencia en los que la música fue un ingrediente primordial, que hace que comprender a Eric no sea ningún problema y que justifiquemos todo lo que siente y hace. ¿O a ti no te gustaría recuperar, por ejemplo, aquel muñeco de Ulises 31, o el de Dartacán, o la colección de cromos de coches? Y de hacerlo, te gustaría que fueran tus muñecos o tus cromos, no los de otra persona. Esto es igual, con el añadido de que la música se graba en el cerebro junto con las sensaciones, vivencias y emociones que sucedieron mientras sonaba.

“Conozco la manera correcta de sujetar un disco. Con la mano ahuecada, lo sostienes por los márgenes o por la galleta. En realidad, cuanto menos lo toques, mejor. Todo ese aceite que impregna tus manos es como ácido para el vinilo”.

Por otra parte, el lenguaje que usa es tan coloquial, tan cercano, que es como si estuvieras hablando con tus colegas sobre cualquier grupo de música, sentado en la hierba de un parque con un par de birras, o en la casa de cualquiera de ellos escuchando vuestra música. Lo único malo del libro es que la mayoría de los grupos de los que me habla me sean tan desconocidos, pero eso no deja de ser algo bueno también. Son grupos a descubrir. Vieja música que para mí va a ser nueva.

 “Le concedes a la música nueva el beneficio de la duda, porque sabes que es posible que algo no te haga tilín hasta la cuarta, la quinceava* o incluso hasta la quincuagésimo segunda escucha. Tienes que permitir que la música conviva contigo durante un tiempo. Tienes que escucharla cuando no la estás realmente escuchando. Tiene que pillarte por sorpresa  mientras estás haciendo cualquier otra cosa, hasta que finalmente empieza a confía en ti. Porque la música está viva, y desconfía de ti tanto como tú de ella.”

En busca de los discos perdidos es un ejercicio de nostalgia de alguien que no quiere desprenderse de su pasado, que quiere recuperarlo y sabe que los recuerdos son tanto más indelebles cuanto más están inscritos en el mundo físico. Un libro cargado emocional y musicalmente.

Un libro con el que todos a los que les guste la música se sentirán identificados en algún momento.

*así viene escrito, aunque lo correcto sería decimoquinta.

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Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet

Cómo dejar de escribir

Cómo dejar de escribirUna de las cosas que más me gusta es la de poner banda sonora a cosas que no la tienen. De la misma manera que en una película se introducen canciones en mitad de  distintas escenas para darles un valor añadido —con resultados muy dispares—, creo que otras situaciones cotidianas como tomar un vaso de vino, dar un paseo por el monte o, sobre todo, leer una buena novela, se pueden llevar a otra dimensión si las acompañamos de lamúsica apropiada. En el caso de Cómo dejar de escribir el hecho de vincularla a un tipo de música concreta ha sido obligado, dado que el estilo narrativo de Esther García Llovet es profundamente melódico. Esta novela suena a música canalla: a los primeros discos de Extremoduro, a Eskorbuto, a los Chichos, a El Coleta… De hecho, creo que en este caso es incluso más comparable su estilo con una referencia cinematográfica: Cómo dejar de escribir es cine quinqui puro, aunque situado en nuestra década, con todos los cambios sociales y culturales que ello implica.

Se nos cuenta la historia de Renfo, el hijo de Ronaldo, un popular escritor sudamericano fallecido recientemente. El joven tiene en mente la idea de escribir una biografía de su padre y asume como necesaria la tarea de encontrar un manuscrito perdido, que contenía textos de su progenitor que aún no habían sido publicados. Durante su búsqueda, que tiene mucho de espiritual, de conocer a un padre que nunca había ejercido como tal, el protagonista se introduce en un Madrid esperpéntico plagado de personajes excéntricos y bohemios, de fiestas cutres organizadas por anfitriones almidonados, de relaciones familiares sin apenas vínculo afectivo, de enormes dificultades para relacionarse con el resto.

La autora fascina con la forma tan gráfica con la que describe los ambientes madrileños. Su estilo, directo y sencillo, se mueve siempre en el marco de lo terrenal, con muy poquitas florituras y mucha fijación en los detalles más mundanos, en las conversaciones más insulsas y en los escenarios menos sugerentes y excitantes, lo cual ayuda a construir un escenario fuertemente realista e identificable por todos aquellos que no vivimos en el país de Nunca Jamás. El Madrid de García Llovet es otro hijo bastardo del capitalismo más inhumano y del aislamiento de la sociedad 3.0.

Este es, en definitiva, uno de esos relatos que se lee de una sentada. Tanto la brevedad de su texto como el ritmo que impone, con diálogos numerosos y frases cortas, consiguieron tenerme atrapado durante toda una tarde. Suelo dar prioridad a las historias antes que a los ambientes en mis lecturas, pero en este caso lo que más me ha impresionado ha sido la capacidad de García Llovet para volcar en papel escenarios de nuestro día a día tan alejados del ideal que nos imponen las revistas y las películas hollywoodienses.

Lo bueno de la literatura es que uno no tiene por qué elegir un género concreto al que dedicar sus días, sino que puede disfrutar con lecturas muy heterogéneas. Cómo dejar de escribir es una novela rara, mucho, pero también es enormemente refrescante y llamativa, un viaje a toda velocidad, con decenas de derrapes y de salidas de pista, por un Madrid en plena crisis existencial.

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Arma X, de Barry Windsor-Smith

Arma X

Arma X“Magneto me arrancó el adamántium del cuerpo. Mi factor de curación es casi inexistente…” Así empieza el número 65 de Lobezno de la etapa guionizada por Larry Hama. Un cómic de grapa, de principio de los años 90, que he tenido que rescatar de mi vieja, irregular y variada colección, para poder refrescar algunos de mis vagos recuerdos. El cómic en cuestión es de esa época en la que Cómics Forum era el sello editorial encargado de traernos todas esas historias narradas por la factoría Marvel; esa misma época en la que todavía se les llamaba tebeos y que completar una colección era una tarea harto complicada, pues dependías del típico kiosco cutre de barrio, o de librerías especializadas en prensa que, normalmente, traían cómics de tanto en tanto para rellenar estanterías. Cómics que en muchas ocasiones compartían espacio con pornografía (la X los debía confundir) o revistas del corazón. Las tiendas físicas especializadas en cómics no abundaban, e internet, todavía en pañales, daba sus primeros pasitos hacia un mundo de oportunidades. Si a todo lo anterior le añadimos que por aquel entonces yo era un chavalín que dependía de la paga que le daban sus padres, podréis entender el porqué de una colección tan variada e irregular. Coleccionar cómics, por aquel entonces, era una aventura solo apta para comiqueros perseverantes dotados de una desarrollada habilidad de rastreo.

Pero antes de que continúe divagando, y me pierda en las batallitas de un friki veterano, me gustaría retomar el hilo principal, que no es otro que el adamántium de Lobezno. Ese material indestructible que recubre por completo el esqueleto del mutante y que unido a su factor de curación lo hace prácticamente inmortal. Siendo un impúber yo pensaba que formaba parte de la mutación de Logan. Pues tras haber leído un buen puñado de cómics de La Patrulla X y de los Classic X-Men, aquel tipo canadiense bajito y con malas pulgas seguía siendo para mí un enigma por resolver. Era, entonces, una etapa de insinuaciones más que de aclaraciones. No fue hasta el cómic con el que he abierto esta reseña, y tras un comentario que hacía Yuriko, más conocida como Dama Mortal, que descubrí que tras el esqueleto de Logan había un experimento. “¿Qué ha sido del proceso de mi padre? ¡No podía ser invertido!”

Ese proceso había sido explicado dos años antes, y el padre de Yuriko nada tenía que ver con él. Sí, también fue una época de cierto desbarajuste en las líneas argumentales. Barry Windsor-Smith fue el encargado de desentrañar, con pelos y señales, sin dejarse nada en el tintero, una de las etapas más trágicas del mutante más carismático de los X-Men. El cómic, al igual que el experimento, se llamó Arma X y borraba de un plumazo aquel halo de misterio que había envuelto a Lobezno durante tanto tiempo.

Arma X inicia con un Logan que se tortura a si mismo por lo que es, y por el desprecio que los demás sienten hacia su persona. Se pasa el día bebido, se mete en peleas de bar y malvive en una pensión de mala muerte. Una noche, saliendo de un bar en aparente estado de embriaguez, es secuestrado. Logan dejará de ser Logan. Los científicos se encargarán mediante diferentes pruebas de convertirlo en una bestia; un ser sin remordimientos, sin conciencia. Intentarán de forma brutal, arrancarle aquello que todavía lo hacía humano, y todo con el fin de convertirlo en un súper soldado; un arma que sea implacable e invencible en el campo de batalla. El arma perfecta.

Arma X no es la típica historia en la que Lobezno se las tiene que ver con un enemigo. Arma X es la crónica de un experimento, de todas las perrerías que se le hicieron al sujeto de pruebas. Pruebas inhumanas, dignas de la mente de un científico chiflado y sin escrúpulos. No solo experimentan, a todos los niveles, con el cuerpo de Logan, sino que lo hacen también con su mente. Situaciones que crean una línea directa de empatía entre el lector y el pobre conejillo de indias humano. Es inevitable sentir lástima por Logan y rabia por los científicos de moral disoluta que, a pesar de las muestras de dolor que manifiesta el individuo, deciden llevar su tortura hasta niveles abominables. “Así que puede sentir lo que le estamos haciendo, ¿no? La mayor parte sí. El pobre bastardo se está retorciendo de dolor.”

Con Arma X Barry Windsor-Smith se convirtió en Juan Palomo “yo me lo guiso yo me lo como”, pues no solamente se encargó del guion, el dibujo o el color, sino que su nivel de involucración en el proyecto fue tal que lo llevó a dibujar las portadas o a incluso ocuparse de parte de la rotulación. Y si de la extraordinaria parte gráfica hay que destacar algo, es sin duda la capacidad del autor para mostrarnos a un Lobezno brutal, más animal que persona, con un estilo que mezcla los cómics clásicos de los 70 y 80. Pétreos músculos, tendones marcados, venas inflamadas, dientes afilados, salpicaduras de sangre; nunca habías visto así antes a Lobezno. Nunca habías visto a un Logan tan fiero y sanguinario. Nuestro querido mutante convertido en un monstruo que transmutará, a golpe de zarpa, una historia de ciencia ficción en una de terror (entre Frankenstein y Alien) mientras se pasea, con la única vestimenta que le ofrecen un casco futurista y unas baterías colgando de su cintura, por una estación científica repleta de soldados; o bajo la nieve, momento en el que nos será revelado que la brutalidad en ocasiones puede alcanzar a la belleza.

Esta última edición que nos trae Panini Cómics de Arma X , además de gozar de una calidad visual increíble, es una magnífica oportunidad para conocer muy de cerca ese experimento que ya forma parte no solo del esqueleto y la psique de Logan, sino también del imaginario de todos los fans del mutante.

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Años felices, de Gonzalo Torné

Años felices

Años felicesComo sucede con las personas, los libros, los buenos títulos, irrumpen en tu vida y, de algún modo imprevisible, lo alteran todo. Al menos, si hay suerte, su lectura te engancha desde adentro. Como si, de algún modo impreciso, aquellas palabras ajenas pasaran a formar parte de ti y del discurso que te cuentas a menudo para existir. Es posible, de hecho, que ya hubieran estado ahí mucho tiempo antes. Quizás porque como escribe Gonzalo Torné en Años felices, “la historia nunca pertenece a uno solo, ni si quiera al narrador”.

Cuando leí Hilos de sangre, su primera novela, en el verano de 2011, supe inmediatamente que sería una de esas lecturas. O quizás no tanto. No lo recuerdo así en su conjunto, pero sí por momentos, pasajes narrativos que golpearon donde tenían que golpear con un delicioso gancho de literatura. En este sentido su última novela, la tercera después de Divorcio en el aire, más que una sorpresa parece una constatación. De hecho, y ya en lo personal, la he disfrutado algo más que aquella primera, probablemente porque ni yo misma sea la de entonces.

En cualquier caso, y ya en estos Años felices, Gonzalo Torné se aleja de su Barcelona natal para aterrizar en Nueva York, la ciudad donde cualquier cosa es posible, y trazar una historia de amistad, deslealtad y juventud sobre cuatro amigos, Jean, Claire, Harry y Kevin, y un extraño, un “príncipe” misterioso, Alfred Montsalvatges, hermano del protagonista de Hilos de sangre, que llega desde Barcelona para cumplir su sueño de ser escritor, huyendo de la España de los años 60 y sus convulsiones políticas.

A lo largo de sus páginas, el relato avanza por las luces y sombras de sus personajes, jugando con el tiempo y su estructura, mientras la historia discurre de un lado a otro, enredándose, como si sus protagonistas no fueran más que diferentes afluentes que desembocan en la misma narración, contada a su vez por distintos narradores, en una compleja telaraña de puntos de vista y perspectivas distintas. Como si, de algún modo, nosotros también existiéramos a partir del relato de los demás. A fin de cuentas, estamos hechos de palabras, recuerdos, letras que se amoldan, fluctúan y varían en función del discurso que tenemos enfrente.

Sin embargo, como si la vida, o el mundo, siempre encontrara el modo de impactar con nosotros, poco a poco la energía pasional y juvenil de los primeros años se irá marchitando por el paso del tiempo, la madurez y lo que podríamos definir como los años del desencanto. Hay algo en la novela que te sobrecoge, un tono, aunque bello, profundamente nostálgico, a veces desalentador, sobre esa parte de nosotros que perdemos al crecer. “¿Cómo se podía vivir sin crecer y cómo se podía crecer sin dañar?”, se pregunta uno de sus personajes. Y es que, ¿no somos acaso nosotros –quienes además sufrimos la más importante de las traiciones– muchas versiones de nosotros mismos? ¿Cómo mantener las relaciones que tuvimos si ni si quiera podemos permanecer fieles a los jóvenes que fuimos?

Después, Torné, al que todos deberíamos leer al menos una vez en la vida, se las ingenia para que, ya en su último tramo, nos detengamos en cada frase, con paso cauteloso, conscientes de que cada última palabra cuenta, que a la vuelta de la página se aproxima el final y de que todo, también los Años felices, se acaban.

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Las palabras heridas, de Jordi Sierra i Fabra

Las palabras heridas

Las palabras heridasUna buena historia es aquella en la que todos los elementos que la componen se complementan entre sí con precisión como el engranaje de un reloj. Cada pieza forma parte de un todo en el que si una de ellas erra el conjunto queda inservible. En literatura, el desarrollo del argumento, su discurso narrativo, la elaboración, crecimiento y actos de los personajes, el lenguaje empleado y la estructura de la obra deben estar cohesionadas. Deben ser un útil para que la historia funcione. Jordi Sierra i Fabra ha escrito una de esas novelas. La última de su prolífica trayectoria, Las palabras heridas.

Como lector treintañero puedo decir que me forjé en el mundo de la literatura a través de las novelas juveniles de Sierra i Fabra. Algunas de ellas se me quedaron más grabadas que otras, puede que por el momento justo en el que las leyera o bien porque pudiese sentir cierta afinidad con algunos de sus personajes. Uno de ellos, Ventura, el chico que soñaba con Hendrix o Kurt Cobain en Nunca seremos estrellas del rock todavía sigue vibrando en ese rincón que reservamos en nuestro cerebro (¿o puede que sea en el corazón, refugio para los sentimientos más románticos?). Sea como fuere, Sierra i Fabra tiene en sus novelas una serie de elementos que se enlazan con soltura, con inusitada facilidad, y llenan unas páginas de lectura excelente.

Uno de los libros de cabecera que suelo siempre revisar es La página escrita, un elaborado trabajo autobiográfico sobre su obra y su modo de escribir. La vastedad de su trabajo que incluye novelas, relatos, artículos musicales y acumula unos cuantos premios literarios, parecen casi al alcance de todos en las palabras que desgrana en ese libro. No es un manual de cómo hacerte escritor, es un diario de cómo lo hace él y, si quieres, puedes llegar a hacer tú mismo. En la novela que acontece, Las palabras heridas, se percibe toda esa sencillez que desarrolla, toda su forma de crear una novela. Todo aquello que empieza con un guión bien revisado, una historia corta con un tema atractivo y dejar que las palabras rellenen el guión ya escrito. No es necesaria la limpieza si la historia ha sido bien preconcebida. El resultado, una novela fácil, ligera, agradable y, como ya dije al principio, que funciona con precisión de reloj.

La novela cuenta la dura historia sobre la dictadura que sufre un país de Asia. Un joven soldado de apenas dieciocho años creció con la dictadura instaurada, por tanto, no recuerda cómo era el mundo anterior. Sin embargo, los presos de los que es responsable en la cárcel, sí. Todos ellos están encerrados, son torturados y castigados por sus ideales liberales. Privados de libertad por defender la democracia, por amar la poesía, por negarse al régimen. Uno de los presos, el número 139, fue un antiguo profesor que mantendrá una cercana relación con el joven soldado. En las cartas que les permiten escribir a sus familiares, el soldado se encarga de censurar aquellas frases o palabras que se consideran contrarias al régimen. Cartas dirigidas a la mujer del preso. Cartas de amor. Poesía. Palabras llenas de sentimientos. El joven soldado aprenderá en esas palabras heridas una lección que le hará replantearse todo aquello en lo que le han obligado a creer, todo aquello que le han hecho pensar o sentir. Podrán borrar las palabras, le dirá el preso, pero jamás podrán obviar el ideal. Y en ese ideal el joven soldado encontrará la verdad.

Una historia de carácter moralizante en el que Sierra i Fabra vuelca la importancia de permitir aprender de los maestros, de abrir la mente a diferentes opciones que coexisten en el mundo. Sin duda, una lectura corta que en su sencillez reside una idea muy intensa y veraz. Unas palabras heridas sí, pero que al leerlas sanan.

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La pianola, de Kurt Vonnegut

La pianola

La pianolaLeer la primera novela de un autor consagrado (después de haber leído gran parte del resto, quiero decir) suele ser una experiencia interesante que, cuando el autor además es muy querido por el lector, se convierte en un acontecimiento emocionante. No exento de riesgos, claro, pero infundados en este caso. Porque el Kurt Vonnegut de La pianola es el Kurt Vonnegut que conocemos, todo él está ya en esas páginas de 1952, su sentido del humor, su clarividencia, su fantasía y, cómo no, esa tristeza tan intensa, a ratos entrañable, que por más que se traduzca en un humor muy característico no deja de impregnar la obra con un sabor tan intensamente humano que hace imposible no encariñarse con el texto, con los personajes, con el autor y, por extensión, con la humanidad y la literatura.
La mirada tierna al tiempo que crítica que dirige Kurt Vonnegut a la sociedad en La pianola parece advertirnos de un futuro que, si bien leído ahora nos resulta de una estética un tanto steampunk, tiene una vigencia plena, probablemente casi más que entonces. Si además de la literatura es usted un seguidor de series de televisión, me comprenderá si le digo que La pianola bien podría haber inspirado un guión de Black Mirror.
Trata la obra de la transformación del doctor Paul Proteo de personaje que personaliza el éxito en un mundo dominado por ingenieros y doctores, un mundo mecanizado en el que el papel del hombre queda limitado a operador de las máquinas, en el mejor de los casos, a convencido adalid de la rebelión frente a ese modelo alienante que probablemente parecía más delirante en el momento de su publicación que hoy en día. Pero es la suya una evolución muy particular, más por desencanto o aburrimiento que por convicción de forma que al final el autor parece ponernos sobre aviso tanto del modelo que critica como del contrario.
Uno de los personajes secundarios es despedido porque inventa una máquina capaz de hacer su trabajo mejor que él así que no sólo pierde el trabajo sino que su categoría laboral al completo deja de ser necesaria y muchos trabajadores se quedan en la calle. Tengo para mí que ese personaje es una metáfora perfecta del libro porque sufre constantemente las consecuencias de seguir ciegamente sus convicciones y al tiempo hace sufrir a los demás. Las tribulaciones de este personaje me parece que son una extensión de la mirada escéptica de un autor que hizo de su incapacidad para comprender el mundo violento e inhumano que le toco vivir un arte gracias al cual probablemente terminó por comprenderlo mejor que nadie.
¿Quieren que les explique por qué La pianola me ha resultado un libro tan entrañable? Pues la explicación está en el texto, en cada una de sus palabras y en cada uno de sus personajes así que les recomendaría que lo leyeran y en el caso de que no coincidieran conmigo me explicaran ustedes el motivo. Ya les adelanto que no lo iba a entender.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Como fuego en el hielo, de Luz Gabás

Como hielo en el fuego

Como hielo en el fuegoMuchas veces me he preguntado a mí misma si creo en el destino. El destino es un tema muy recurrente y sale en infinidad de conversaciones. Y también en películas y libros. En casi todas las películas americanas, hay unos minutos dedicados a dilucidar sobre el destino y los personajes saben a la perfección si creen en él o no. Yo, no lo sé. Por una parte, me gustaría pensar que sí que existe, en tanto que todo lo que hacemos lo hacemos por un motivo. Pensar que estamos predestinados a algo también es ser muy egoísta, ya que todo lo que nos pase en la vida será culpa del destino, por lo que nuestros errores no tendrían nada que ver y podríamos actuar indistintamente y sin remordimientos porque el destino que nos aguarda ya está escrito. Da igual si hacemos las cosas de manera correcta o no, porque vamos a acabar donde tenemos que acabar. Pero, por otra parte, a veces me gusta pensar que no existe, que cada uno elige su propio camino y que con las acciones que uno realiza día a día conseguirá vivir de una manera u otra en el futuro, labrándose su propia historia.

El destino es el tema principal en Como hielo en el fuego. Y al leerlo he tenido claro de qué tipo de destino hablaba: del primero. Luz Gabás, autora aragonesa, nos trae una historia en la que el destino está escrito. El sino de los personajes principales, Attua y Cristela, es estar juntos, pase lo que pase. Pero para que esto tenga un poco de sentido, os voy a contar brevemente la historia de estos dos protagonistas:

Attua vive en Madrid a finales del siglo XIX. Tuvo que mudarse hasta el centro del país para poder estudiar y labrarse un futuro. Desde que vive allí no ha parado de pensar en Cristela, su futura mujer y que le aguarda en la zona de los Pirineos. Pero cuando Attua vuelve a su pueblo natal, Albort, descubre que su padre ha sido brutalmente asesinado y que las termas que regentaba se han quedado sin dueño, por lo que Attua debe coger el mando de las termas para que el negocio familiar no se vaya a pique. Mientras tanto, una guerra carlista estallaba irrefrenablemente, amenazando con romper el futuro y la vida de todo aquel que pille a su paso. Entre ellos, el destino de Attua y Cristela, que verán truncada su idea de vivir juntos para siempre.

Como hielo en el fuego es también una historia sobre fronteras y guerras. Sobre personas que, estando muy cerca, se sienten a millones de kilómetros de distancia. Una lejanía entorpecida por los Montes Malditos que parecen ser un trecho inexpugnable.

Pero al final, el amor es eso. Atravesar obstáculos, pero sentir que el destino los pone ahí por algún motivo. Si todo se supera, al final la relación será fuerte y eso llevará a que el futuro por fin traiga consigo todo aquello que aguardaba.

Luz Gabás vuelve a enamorarnos, como ya lo hizo con Palmeras en la nieve y Regreso a tu piel. Esta escritora tiene la capacidad de darnos historias de amor que nada tienen que ver con las típicas novelas rosa en las que todo parece más que mascado. Luz Gabás escribe delicadamente, con pasión y paciencia, haciendo que el lector quiera avanzar en la trama, pero a la vez no llegar al final. Porque llegar al final de una historia que te atrapa y te deja sin aliento siempre es algo difícil. Pero, queremos o no, el final tiene que llegar. Y eso, ni más ni menos, es el destino.

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El ruiseñor, de Kristin Hannah

El ruiseñor

El ruiseñorNadie quiere vivir una guerra. Pero a todos, o a casi todos, nos atraen las historias bélicas y no podemos evitar leer y documentarnos sobre ellas. En mi caso, será porque me recuerda a mi abuelo, que se pasaba las horas contándome historias sobre la posguerra española. Nació al borde del abismo y le tocó vivir un tiempo gris y ajado en el que una miga de pan era un bien de infinito valor. Mi abuelo me lo contaba como una historia, como un cuento. Y yo jamás he podido llegar a imaginarme cómo sería vivir una guerra. Leemos sobre batallas dentro de nuestra casa caliente y sabiendo que tendremos un plato en la mesa cuando nos sintamos hambrientos. También siendo conscientes de que tenemos un coche para desplazarnos y que si queremos estudiar, en la mayoría de los casos, podremos. Hoy vivimos de manera cómoda y sin miedo a escuchar sirenas que auguran una catástrofe. Vivimos con la tranquilidad de pensar que aquí la guerra nunca volverá, que ya sufrieron nuestros familiares lo que había que sufrir y que la guerra es algo que se ve por la televisión y que queda a miles de kilómetros. La guerra es algo que no va con nosotros.

Lo mismo pensaba Vianne, una de las protagonistas de El ruiseñor. La radio le decía que los alemanes estaban empezando a invadir Europa. Que un señor con bigote había emprendido una cruzada contra los que no eran como él. Pero cuando escuchas algo así, lo último que llegas a pensar es que tu marido tendrá que partir al frente, y que te quedarás sola con tu hija pequeña en una casa cuyas paredes no soportarán el peso de un cañón. Pero llegó ese día, y Antoine tuvo que alistarse y dejar a su mujer y a su hija solas, abandonadas a su suerte, con la promesa de que algún día la guerra pasaría y las aguas volverían a su cauce. Y todo se volvió todavía más oscuro y más gris cuando un capitán alemán obliga a Vianne a acogerle en su casa. Convivir con el enemigo es algo que nadie querría hacer, pero cuando tu vida y la de tu hija corren peligro, harás lo que sea por sobrevivir.

A su vez, encontramos la historia de Isabelle, la hermana pequeña de Vianne. Desde que tuviera muchísimos problemas con su padre, ha sido una nómada de los internador de Francia, lo que le llevó a tener un espíritu rebelde e inconformista que hará que arriesgue su vida en una lucha que se convertirá en algo personal.

Kristin Hannah, escritora estadounidense, narra con crudeza la historia de estas dos mujeres, valientes y fuertes como robles, haciendo que nuestro corazón se encoja a medida que la trama va avanzando, a la vez que lo hacen las tropas. Es una historia que me ha hecho llorar en alguna ocasión y también murmurar de rabia al ser testigo de la impotencia que debe sufrir un pueblo invadido por el terror.

Las historias de las dos hermanas son narradas en capítulos alternativos, haciendo que quieras avanzar en la trama para poder continuar con la historia de la otra, y a la inversa. Cuando yo me quise dar cuenta, la historia estaba prácticamente llegando a su fin. También encontramos unos capítulos contados en una época más actual, pero no sabremos quién es el narrador hasta que no concluyamos la historia. Hecho que hizo que todavía estuviera más enganchada a las páginas de este maravilloso libro.

Ni leyendo decenas de libros sobre la Segunda Guerra Mundial sería capaz de entender el horror que tuvieron que vivir los coetáneos de aquella época. Aunque, lo que sí es cierto, es que libros como El ruiseñor me ayudan a sentirme afortunada día a día por haber nacido en la época y el lugar donde lo hice.

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Tocqueville: hacia un nuevo mundo, de Kévin Bazot

Tocqueville hacia un nuevo mundo

Tocqueville hacia un nuevo mundo«Los verdaderos dueños de este continente son quienes saben sacar provecho de sus riquezas».

Quedaos con esa idea, esa idea que ha llevado al mundo a ser lo que es. Los seres humanos se han sentido legitimados por el mismísimo dios para asolar el planeta con la violencia de su huella: talando árboles milenarios para alzar sus torres de acero, contaminando el agua que da la vida con sustancias que provocan la muerte, llenando el aire que respiramos de humos que nos enferman. La inteligente civilización del hombre blanco se ha abierto paso a costa de todo y de todos: eliminando sin miramientos especies enteras de animales, pero también a esos humanos considerados de segunda. Salvajes sin facultades suficientes para entender el progreso, condenados a la destrucción porque no están hechos para este mundo.

Tocqueville: hacia un nuevo mundo, de Kévin Bazot, es una novela gráfica que adapta libremente Quince días en el desierto americano, de Alexis de Tocqueville, para narrar las aventuras que el filósofo político vivió junto a su compañero Gustave de Beaumont durante el verano de 1831, al recorrer el norte de América poco antes de que su naturaleza virgen sucumbiera a la febril urbanización del continente. Los dos jóvenes ansiaban pisar un lugar donde no hubiera llegado la civilización y no les resultó fácil encontrarlo, pues los emprendedores y ambiciosos estadounidenses ya se habían apropiado de la mayoría del territorio.

En esa personal búsqueda del paraíso perdido, Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont, ambos franceses, presencian con qué menosprecio se trata a los indios americanos, que ya nada tienen que ver con esos hombres fuertes y solemnes que se describían en los libros, y descubren esa impronta de los ciudadanos de Estados Unidos, un país recién nacido por entonces, que les ha llevado a ser los dueños del mundo en nuestros días: un afán por conseguir riquezas que les ciega ante la belleza y placeres que ofrece la naturaleza en estado puro.

La gran edición de Ponent Mon —no lo digo solo por sus dimensiones (216 x 286 mm), sino por la calidad del dibujo y del color— nos hace viajar al siglo XIX y adentrarnos en los majestuosos bosques e infinitos lagos del llamado nuevo mundo, para compartir el asombro y la decepción que Tocqueville y Beamount sienten con todo lo que se van cruzando en el camino. Quizá ellos fueron los últimos viajeros que disfrutaron del «maravilloso espectáculo de la naturaleza abandonada a sí misma» en Norteamérica y a nosotros, los lectores, casi doscientos años después, apenas nos quedan rincones en este maltratado planeta donde vivir una experiencia similar.

Tal vez, si el mundo lo hubieran dirigido personas con la sensibilidad de estos jóvenes aventureros, los indígenas habrían logrado que su voz fuera escuchada y hoy en día seguiríamos teniendo la posibilidad de huir, aunque fuera de vez en cuando, de la civilización para reencontrarnos con su sabiduría ancestral y la naturaleza primigenia. Pero se han adueñado del planeta unos salvajes que ven en la destrucción el discurrir natural de las cosas. A la vista está que es el mundo el que no estaba preparado para semejantes humanos.

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Al cerrar la puerta, de B. A. Paris

Al cerrar la puerta

Al cerrar la puertaHe de confesar que, desde que leí Perdida, me he convertido en una adicta del “domestic noir” (ese tipo de literatura, entre el thriller y la novela de suspense, que se adentra en la aparentemente sencilla vida de una pareja para desvelar todos los secretos que se encuentran tras las apariencias). Por ello, después de leer la sinopsis de Al cerrar la puerta, no dudé en sumergirme entre sus páginas.

Jack y Grace parecen ser el matrimonio perfecto y, por ello, se han convertido en la envidia del barrio inglés en el que viven. Pero sus vecinos siempre se preguntan cómo es que Grace no sale ni para tomar un café si no trabaja o por qué las ventanas del sótano de su casa disponen de persianas blindadas. ¿Qué es lo que esconden realmente Jack y Grace? ¿Son tan perfectos como aparentan?

Con este pequeño resumen, ¿cómo resistirse a leer una novela que parece guardar tantos secretos? Alternando el pasado y el presente, B. A. Paris nos cuenta la vida del matrimonio desde que comenzaron su relación hasta su boda y su luna de miel, y nos va desvelando paulatinamente cada uno de los secretos que esconden.

Escribir una novela cuyo tema de fondo es la violencia doméstica no es nada fácil y me he encontrado con una gran construcción y desarrollo de los dos personajes principales, exponiendo poco a poco al lector las emociones y pensamientos de ambos. A pesar de que he echado en falta más detalles del trasfondo psicológico del personaje de Jack, que creo que habría sido muy interesante relatar (porque no tiene desperdicio…), el ritmo en la novela no cesa en ningún momento y la autora logra que sea imposible dejar de leer.

Este es uno de esos libros que se leen en uno o dos días, por su facilidad de lectura y por la necesidad de saber qué es lo que ocurre en cada momento. Aunque, en mi caso, lo haya leído en dos días porque soy de ese tipo de lectoras a las que les gusta saborear cada uno de los capítulos del libro en pequeñas dosis, he disfrutado mucho con esta historia, ya que creo que tiene todos los elementos con los que debe contar un buen thriller. Al mismo tiempo que engancha desde el principio, sabe mantener la intriga a lo largo de las páginas y reserva una sorpresa para el final, un giro argumental, nada predecible y absolutamente creíble que deja con la boca abierta al lector.

Si sois de este tipo de lectores a los que les apasionan las novelas de misterio y suspense, si disfrutasteis de libros como Perdida o La chica del tren, y si pensáis que hay libros que pueden quitaros realmente el sueño, no os podéis perder Al cerrar la puerta. Es increíble cómo una novela es capaz de sorprenderte, emocionarte, inquietarte, enfadarte y hacerte reflexionar y temblar de miedo al mismo tiempo y desde el principio. Es muy interesante que este nuevo género que está triunfando en todo el mundo, el “domestic noir”, haga reflexionar tanto al lector sobre si realmente conoce a aquella persona con la que está compartiendo su vida, hasta el punto de encontrarse con una persona completamente distinta de la que creía. Lo mejor de estas novelas es que, si se consigue lo que pretenden y esta sin duda lo hace, es que te deja con una sensación de vacío y temor por los secretos que se esconden muchas veces detrás de las apariencias. Estoy esperando a la adaptación cinematográfica, que llegará (o eso espero) pronto, porque estoy segura de que será igual de buena.

 

 

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Assassination Classroom 16: Hora del pasado, de Yusei Matsui

Assassination Classroom 16

Assassination Classroom 16No sé si os acordáis de Korosensei, ese desconcertante monstruo que es profesor de la escuela secundaria Kunugigaoka y que enseña a sus alumnos técnicas para asesinarlo. Os hablé de él hace unos meses, confesándoos mi despiste al comenzar este manga por el capítulo 15. Pues me acabo de leer la siguiente entrega y no os lo vais a creer: ahora lo entiendo todo. Aunque ponga capítulo 16, bien podría haber sido el capítulo 1, porque en Assassination Classroom 16: Hora del pasado, Korosensei cuenta sus orígenes a sus alumnos de 3º-E: ¿quién era antes de convertirse en ese extraño ser?, ¿por qué amenaza con destruir la Tierra?, ¿qué le llevó a convertirse en su profesor?

Como no he leído el primer capítulo oficial de esta serie, no puedo juzgar si descubrir lo ocurrido dos años atrás a estas alturas de la trama ha dotado a esta historia de más o menos intriga. El flashback es un recurso narrativo muy habitual y no negaré que tiene su fuerza, pero me da la sensación de que, en este caso, Assassination Classroom resultaría igual de interesante si se contara de manera cronológica, aunque, claro está, la opinión que tendríamos de los personajes sería diferente, como también los dilemas planteados. Sea como sea, «Hora del pasado» me ha parecido un gran capítulo y no creo que lo hubiera disfrutado más por llevar esperándolo varias entregas.

Mientras que el número 15, «Hora de la tormenta», se centraba en temas como el sistema educativo o la muerte desde un enfoque moral, en el 16 se cuestiona a esos científicos que juegan a ser dioses sin sopesar las consecuencias de sus experimentos o, lo que es peor, sin que les importe lo más mínimo. Pero además hay amor, una tierna historia entre dos personajes que me hizo entender las decisiones que se habían tomado durante todo ese tiempo. En Assassination Classroom 16: Hora del pasado, Yusei Matsui relata muchos de los hechos clave de esta historia, saltando de escenas que me causaron indignación a otras que me emocionaron, y consigue que me rinda completamente a esta saga. Y eso, con una lectora que se acaba de subir al tren, como quien dice, tiene mérito.

No desvelaré mucho más porque quiero que conozcáis a Korosensei cómo yo lo he conocido y que así lo comprendáis como yo lo comprendo. Solo añadiré que descubrir este manga en el capítulo 16 no sería descabellado porque explica el principio de todo, mientras que los que la hayan leído desde el capítulo 1 verán por fin resueltas las principales incógnitas, a la vez que se abren otras, mucho más dramáticas, ya que ahora conocemos los personajes a fondo.

La cuenta atrás comienza: solo quedan sesenta y seis días de curso (y cinco entregas) para que sepamos si Korosensei destruirá el mundo o sus alumnos lo asesinarán antes de que esto suceda. Y yo cada vez tengo más dudas. De lo que estoy segura es de que Yusei Matsui aún nos tiene reservadas muchas emociones fuertes. Me ha demostrado que se mueve con soltura en la crítica, el humor, la acción, el amor y el drama. ¿Será capaz de escribir un final a la altura de las expectativas generadas?

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