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Viaje a Rusia, de Joseph Roth

Viaje a Rusia

Viaje a RusiaDe Joseph Roth conocemos sobradamente su faceta literaria. Si su vida no hubiera sido tan calamitosa y llena de desventuras, quizá el convulso siglo XX le habría encumbrado como uno de sus mejores escritores. La leyenda del santo bebedor, La marcha Radetzky o La cripta de los capuchinos dan solera a una bibliografía que se cortó de raíz en mayo de 1939, cuando el autor falleció en París, solo y consumido por el alcohol. Pero Joseph Roth no fue solo un gran contador de historias; también ejerció el periodismo, alcanzando unas cotas de reconocimiento, nacional e internacional, considerables.

En Viaje a Rusia se desgranan los artículos que el Frankfurter Zeitung le encargó al autor en 1926. Roth siempre se había atraído por la Unión Soviética, que tras la Revolución de 1917 y la muerte de Lenin en 1924 se presentaba al mundo como un modelo socialista que pretendía alcanzar la excelencia política y que consiguió seducir a muchos de los intelectuales de la época. De septiembre de 1926 a enero de 1927, los artículos que Roth mandaba al periódico permitieron en Europa comprobar de cerca las verdades y las mentiras del invento socialista.

Abarcar el vasto territorio soviético es imposible, pero el autor intenta descubrir la mayor parte de ese poliedro de mil caras que es la Madre Rusia, lugar con un número de culturas, etnias y realidades difícil de contabilizar. Joseph Roth parte de Moscú a conocer otros territorios más alejados como Yalta, Bakú o el curso del río Volga hasta su desembocadura en el Mar Caspio, cerca de la sucia y maloliente Astracán.

No cabe duda de que en Rusia está surgiendo un mundo nuevo, dicho sea con todas las reservas que se quiera. Me siento feliz de poder ver las cosas de aquí. No se puede vivir sin haber estado aquí, es como si hubiera una guerra y usted se quedara en casa.

Navegando por sus artículos el lector intuye la seria y concienzuda labor de preparación que llevó a cabo el autor, en un intento por conocer la realidad rusa a la que tendría que enfrentarse durante el viaje. Hay que decir que en 1926, la NEP (Nueva política económica) empezaba a ofrecer sus primeros frutos. La producción industrial crecía lenta pero de forma continuada y para los jóvenes rusos, pertenecer al Komsomol (Unión Comunista de la Juventud) suponía un motivo de orgullo. Con esa idea utópica y revolucionaria llega el autor a Moscú. Sin prejuicios ni estrechez de miras, Joseph Roth empieza a conocer la realidad rusa, dándose cuenta que cuanto más conoce esa realidad, menos utópica le parece. Sus ideas previas van desintegrándose poco a poco rebajando su moral. Para un firme detractor de la burguesía como él, la NEP se presentaba como la única capaz de extinguirla. Sin embargo, lo que descubre allí no es el exterminio burgués; más bien es un cambio de disfraz, algo difícil de digerir.

Pero esto no hace de Viaje a Rusia un libro lleno de reproches. Su desencanto progresivo no hace que deje de enfrentarse a la realidad con la sagacidad de los buenos periodistas. Su artículos no solo reflejan la realidad política del momento. Lo que se nos ofrece aquí es un completo tratado etnográfico de una sociedad que vive uno de sus cambios históricos más grandes. La política, la cultura, la moral, la mujer, la religión… todo tiene cabida dentro del ojo crítico de Joseph Roth, que alcanza sus mejores cotas a la hora de tratar la problemática judía o el valor de los medios de comunicación de la época (“La consideración hacia el lector hace al periodismo fértil. La consideración hacia la censura hace a la prensa estéril”). A estas bellísimas crónicas se le añade un pequeño diario de viaje en el que conocemos el difícil estado anímico por el que pasaba Joseph Roth y un posfacio de Klaus Westermann que sirve para contextualizar de manera completa cómo era esa Unión Soviética de 1926.

Si pudiéramos viajar en el tiempo y conocer cómo se vivía en el Moscú en 1926, probablemente encontraríamos una imagen muy parecida a la encontrada en Viaje a Rusia. Eso habla muy bien de Joseph Roth y su labor periodística. Y por eso un libro así se antoja imprescindible para conocer parte del siempre difícil periodo de entreguerras.

César Malagón @malagonc

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Todos tenemos un lado (oscuro) rosa, de Lili y Herrejón

Todos tenemos un lado (oscuro) rosa

Todos tenemos un lado (oscuro) rosaSiempre intento ser sincera cuando hago una reseña. Trato de decir las cosas tal y como las pienso y hoy no iba a ser diferente. Así que, seré honesta: cuando pedí Todos tenemos un lado (oscuro) rosa no tenía ni idea de quién eran Lili y Herrejón, ni siquiera de qué iba el libro. Por lo que no sabía que estas dos chicas son youtubers desde hace un tiempo, ni que habían decidido plasmar sus anécdotas en papel.

Yo no suelo frecuentar mucho Youtube, aunque hay algún canal que otro por el que tengo predilección y no me pierdo ningún vídeo. El primer canal que descubrí y que me apasionó fue el de Sebas G. Mouret, un chico que se dedicaba a hacer reseñas de libros en sus vídeos y con el que comparto un amor profundo hacia Laura Gallego y J.K. Rowling. Después vino el canal de Tiempo entre papeles, que contiene tutoriales sobre tips de estudio, material de oficina, oposiciones… resume a la perfección lo que es mi día a día, así que me encanta tener a mano los consejos de Cris para mis momentos de estrés estudiantil. Y tengo que admitir que hace poco me aficioné muchísimo a otro canal, que lo lleva una chica que se llama Ter. Vale, aquí haré un inciso: Ter es súper polémica. Sus vídeos buscan estar en boca de todos y lo que más me gusta de este canal es leer después los comentarios de la gente, donde la pregunta que más se hace es “¿esta chica habla en serio?”. Y es que osa decir que hay videoclips que son mejores que El Padrino o contar la Ilíada sustituyendo a los protagonistas por celebrities. Y como a mí siempre me ha gustado un poco la polémica y la gente que habla sin tapujos, espero ansiosamente cada semana un nuevo vídeo de Ter.

Pero a Lili y a Herrejón no las conocía, así que cuando me llegó el libro tuve que ponerme al día con sus vídeos. Descubrí que son dos chicas de mi edad que, unidas por su pasión por Internet y hacer reír a la gente, decidieron irse a vivir juntas y abrir un canal de Youtube. En el canal se dedican a hacer tags que la gente les pide, explicar tutoriales varios y, básicamente, hacer el tonto. Pero es que ellas son así, naturales, divertidas, extrovertidas y abiertas. Además son dos polos completamente opuestos: Lili es una dulce chica rubia que ama las comedias románticas y todo lo que tenga que ver con purpurina y unicornios; en cambio Herrejón, viste siempre de negro, le gusta el cine gore y ama a Metallica sobre todas las cosas. Yo he intentado descubrir a cuál de las dos me parezco más, pero creo que soy una mezcla entre unicornios y rock. Cada uno es como es.

Todos tenemos un lado (oscuro) rosa habla de cómo es compartir piso. Las dificultades que uno se puede encontrar y todas las ventajas que supone. Yo he compartido piso dos veces. Y la primera fue una de las mejores experiencias de mi vida. Yo tenía dieciocho años y me mudé de nuevo a Madrid; allí empecé a vivir con Dani y Nacho, que ya alcanzaban la treintena. Dani era como una madre para nosotros, muy ordenado y que hacía unas lasañas los domingos que curaban cualquier mal. Nacho era un alma libre, escritor y bohemio, me dejaba atontada cuando me leía algo de lo que había escrito. Y ahí estaba yo: empezando la universidad, conociendo un mundo que se abría ante mí y disfrutando de los dieciocho años como si supiera que no iban a durar. Lo que os decía, una de las mejores experiencias de mi vida.

Y este libro también habla de la amistad. De la relación tan especial que existe entre mejores amigas. Esa relación que hace que, solo con miraros, sepáis lo que está pensando la otra. Mi mejor amiga se llama Lucía y la conocí en primero de parbulitos. Con cinco años nos enamoramos del mismo chico y, tras una breve crisis existencial en la que ella sintió que se iba a quedar sola para siempre, nos convertimos en inseparables. Hasta hoy. Con ella mantengo esas conversaciones de: “tía tía. Dime tía. Qué fuerte lo que me ha pasado, tía. Ya ves, tía, súper fuerte”. Solo con esa mezcla de palabras, la otra ya sabe lo que va a oír. Una conexión especial. Una de las cosas más importantes de este mundo. Y, aunque ahora vivamos a cuatrocientos kilómetros y nos veamos solo una vez al año, es uno de los pilares fundamentales de mi vida.

Lili y Herrejón plasman a la perfección lo que es la amistad y la diversión. Hablan sin filtros, siendo como son en su día a día. Demostrando que cada uno tiene gustos diferentes y que eso no es motivo para juzgar. ¿Te apasiona ser youtuber? ¡adelante, ábrete un canal! ¿qué importa lo que diga la gente? Al fin y al cabo, vida, solo hay una.

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El odio a la poesía, de Ben Lerner

El odio a la poesía

El odio a la poesíaUn título contundente el de este libro que enseguida llamó mi atención. A mí, que me encanta la poesía, que la uso para poder escribir y ordenarme, que me parece indispensable, necesaria e intrínseca al ser humano, ¿qué me puede contar este ensayo sobre odiarla? Es más, ¿por qué si quiera debería existir esa posibilidad? Ah, amigos, pero existe y más de una vez me he sorprendido y sentido identificada leyendo este libro. Más de una vez le he tenido que dar la razón al autor. Ahora os explico por qué, pero dejadme que os hable primero de Ben Lerner.

Este norteamericano, nacido en 1979, autor de varias novelas, profesor de lengua inglesa y autor de tres colecciones de poesía me ha sorprendido muy gratamente. Su estilo a la hora de escribir es impecable, sugerente y directo. Tanto es así que he leído el ensayo de una sentada, porque en cierto modo, me tenía atrapada y no podía parar. He descubierto en él a una persona muy inteligente, que sabe bien de lo que habla y que tiene una vasta cultura que, sin alardes, usa a su favor en este ensayo. Y eso que los ensayos no es que sean mi género favorito, pero no podía pasar de largo esta lectura.

En El odio a la poesía, Ben Lerner dilucida sobre ese dualismo que despierta la poesía, un género que al mismo tiempo que se ha ganado su prestigio, también ha despertado indiferencia e incluso odio. “A mí también me desagrada”, partiendo de estas palabras de la poeta Marianne Moore, Lerner elabora un ensayo mediante el cual trata de averiguar ese recelo y desdén que provoca la poesía y al mismo tiempo, encontrarle un sentido y una función en la actualidad. Como veis no es una tarea fácil la que se propone.

Hay reflexiones muy lúcidas en este ensayo. De hecho, creo que he subrayado medio libro mientras lo leía, pero ya os he dicho que me he sentido muy identificada con determinadas reflexiones.

Según Lerner, “hay mucho más consenso en el odio a la poesía que la propia definición de lo que realmente es la poesía”. Y eso que realmente, siendo la poesía la forma de expresar mediante el lenguaje nuestra individualidad, todos somos, ciertamente, poetas. “Eres un poeta, lo sepas o no, porque ser parte de una comunidad lingüística -ser invocado como un tú- equivale a ser investido de capacidad poética”. Lo que ocurre es que, a medida que maduramos, nos vamos alejando de esa capacidad, la vamos dejando de lado porque, ¿cómo vamos a ser todavía poetas? y, lo que es peor, esa pregunta maldita: “¿no podrías encontrar un trabajo de verdad y dejar atrás tus costumbres infantiles? Y yo soy la primera que más de una vez he preferido decir que escribo a que soy poeta, porque es cierto que en ocasiones la gente te mira con recelo. Claro, que para la gente todo cambia cuando les dices que eres poeta y que te han publicado. Porque, como dice Lerner, “Todo el mundo puede escribir un poema, pero, ¿ha sido tu poesía considerada auténtica e inteligible por los demás? (…) Esto explica la persistente asociación entre poesía y fama – de otro modo desconcertante, ya que no hay poetas famosos entre la población general.”

Y siempre está ahí esa cuestión de si la poesía es realmente un trabajo o placer. Mucho se ha escrito sobre este asunto. Se supone que “uno de los problemas de los poetas es su fracaso en alcanzar la universalidad, en hablar por y para todo el mundo”. Pero me quedo con esta reflexión del autor: “el poema que puede abarcar a todo el mundo es una imposibilidad en un mundo caracterizado por las diferencias y la violencia”. No existe el poema perfecto, el poema universal. ¿Cómo va a existir en algo tan subjetivo? Esto es lo que despierta el odio a la poesía en los no-poetas (e incluso en los poetas).

He disfrutado muchísimo leyendo este ensayo que recomiendo tanto a poetas como a aquellos haters de la poesía. El ejercicio que ha realizado Ben Lerner en El odio a la poesía es brillante, complejo y muy esclarecedor.

Y voy a terminar la reseña otra vez citando textualmente al autor, porque creo que yo no podría expresarlo mejor:

“Todo lo que le pido a los que la odian – y yo también soy uno de ellos- es que se esfuercen por perfeccionar el desdén que sienten, que incluso consideren la posibilidad de aplicarlo a los poemas mismos, porque allí, lejos de disiparse, ganará en profundidad y, porque allí, al crear un espacio para lo posible, un lugar donde la ausencia se transforma en presencia (como la irrupción de una melodía que jamás ha sido escuchada por nadie), esto de lo que hablamos podría llegar a parecerse al amor”.

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Entrevista a Rosario Villajos, autora de ‘Face’

Rosario Villajos

Rosario Villajos«Rosario Villajos (1978-eternidad) nació en España, donde dedicó su infancia exclusivamente a dibujar y ver películas. En 2011 se marcha a Londres, siguiendo su pasión por el cine. Consigue trabajar un tiempo en la industria cinematográfica como fotógrafa y diseñando carteles. Después de dar muchas vueltas, Rosario decide madurar (un poco) y encuentra un trabajo fabuloso en el mundo digital, que le permitirá tener tiempo libre para crear su primera novela gráfica: Face».

Esta es la carta de presentación de Rosario Villajos, pero en Libros y Literatura hemos querido entrevistarla para conocerla mejor a ella y a su primera novela gráfica. Aquí tenéis el resultado:

 1. El aspecto más llamativo de tu obra es que su protagonista no tiene rostro. ¿Esa idea la tuviste clara desde el principio o fue la mejor manera que encontraste para contar la historia que tenías en mente?

Ni siquiera era la idea original que tenía en mente. La historia iba de una chica que quería hacer un viaje, nada que ver. Quería dibujarla de una manera que se pareciera a mí, porque era una metáfora del momento vital que estaba teniendo en aquellos días. Cuando iba a dibujarla borré tantas veces su cara que me di por vencida y dije: “No tiene cara y punto”. Intenté avanzar con esta historia, pero el hecho de no tener cara se comió todo lo demás y quise comenzar de cero. De todas formas, era un hobby, lo hacía para mí. Al final, creo, ha salido algo mucho más sincero y abierto.

2. Das las gracias a Londres por haberte traído hasta aquí. ¿Habrías escrito Face si nunca hubieras vivido en Londres?

Jamás. Primero, porque la pensé y escribí en inglés, lo que tú has leído es una versión traducida como buenamente he podido, y segundo, porque tiene que ver con cosas que pasan aquí. Por ejemplo, nunca he visto a una chica en España maquillarse en el metro, o tampoco he tenido que escribir un perfil sobre mí para encontrar habitación allí. Son cosas que pasan en Londres. Irte a un país donde no entiendes a la gente, no solo por su lengua, es algo muy grande; aprendes a escuchar y sobre todo a observar. Creo que todo el mundo debería salir de su país, al menos por un tiempo.

3. La cita inicial de Face es de La metamorfosis, de Kafka, ¿es una obra que te haya inspirado?, ¿ves paralelismos entre el peculiar aspecto de tu protagonista, una mujer sin rostro, y Gregor Samsa, un hombre convertido en un monstruoso insecto?

La Metamorfosis ha inspirado toda mi vida en general, al igual que cualquier libro de Italo Calvino o Borges, pero te voy a ser sincera: cuando terminé Face, un amigo la envió a alguien que había tenido experiencia en el mundo editorial del cómic de superhéroes para que me diera algún tipo de consejo. Su respuesta fue que si no tenía cara, ¿cómo hacía para comer, ver o hablar? Me quedé como si alguien que trabaja en Google me pregunta “qué es internet” y me pregunté si a Kafka le hicieron la misma pregunta cuando quiso publicar La Metamorfosis, así que opté por usar la cita para dar cierto contexto de lo que estaban a punto de leer.

4. En la contraportada de Face pone que su protagonista lucha por ser «normal»: ¿qué es ser «normal» en la sociedad de hoy? ¿Es necesario ser «normal» para ser feliz?

Ser normal para mí es tener la capacidad de fingir que lo eres. Hay gente que finge mejor que otra. Algunos fingen tanto y tan bien que llegan a ser normales de forma natural. A estas personas, seguramente, no les gustará este libro.

No tengo ni idea de qué es ser feliz ni si se necesita ser normal para serlo. Yo no aspiro a la felicidad, por ejemplo, yo aspiro a estar en calma, que no es poco. Bueno, también aspiro a tomar un buen café por la mañana y un buen vino por la noche: “lo normal”.

5. ¿Consideras que Face es fruto de la sociedad actual, tan obsesionada con la imagen, o que podría existir en cualquier otra época?

No he vivido en otra época que no sea esta, así que no puedo contestar adecuadamente. Solo sé que, si me doy una vuelta por la National Gallery, me voy a encontrar cuadros de mujeres desnudas con posturas imposibles que están hechas para el espectador, igual que cualquier anuncio de perfume de hoy día. El mundo lleva obsesionado con la imagen, especialmente con la de la mujer, desde hace siglos. Por otro lado, he leído que cuando eres mujer y pasas los cuarenta, te vuelves invisible; me queda poco para averiguarlo.

6. ¿Qué es más difícil en el mundo de hoy en día: conocer a los demás o conocerse uno mismo?

Hablo por mí, obviamente. En mi caso, idealizo y des-idealizo a la gente con mucha facilidad. Y tengo que decir que me ocurre exactamente igual conmigo misma: hay días en los que creo que me voy a comer el mundo y otros en los que no sé ni para qué me he levantado de la cama. Da la casualidad de que esos estados ocurren más o menos en la misma época del mes o más intensamente en cierta época del año y, sin embargo, aun conviviendo conmigo desde hace tanto tiempo, nunca dejo de sorprenderme. Supongo que no soy la única que tiene esta sensación de estar en una montaña rusa cuando está frente al espejo.

7. ¿Crees que la novela gráfica está viviendo un buen momento o todavía no se le presta la atención que se merece?

No sé qué decirte, nunca me he parado a averiguar si la gente las lee. Ni siquiera tengo clara la diferencia entre cómic y novela gráfica. A veces creo que es una nueva forma de llamar al tebeo o a la historieta para darle una categoría más cercana a la literatura, y en la mayoría de los casos creo que no la tiene. En mi opinión, está más cercana al cine. Tal vez sea un híbrido entre cine y literatura, se podría decir así. Sí que puedo decir que para mí hay novelistas gráficos capaces de decir más con 6 viñetas que un escritor consagrado en toda su vida literaria.

8. ¿Qué novelas gráficas recomendarías a todos aquellos que aún tienen reticencias con este tipo de literatura, para que cambien de opinión?

Pues partiría de lo anterior: no es literatura, es otra experiencia entre la literatura y el cine. Después les pediría que le dieran una oportunidad a cosas como Killing and Dying, de Adrian Tomine, Panther de Brecht Evens o Becoming Unbecoming, de Una. De todas formas, creo que la novela gráfica tiene ese lenguaje entre el cine y la literatura para el que no todo el mundo está entrenado. Hay gente que no disfruta mucho del cine y hay gente que estudia para entender el arte, como también la hay que nace entendiéndolo y haciéndolo. En mi caso, pienso que sigo sin entender nada que no salga de una película o un libro, y si el libro tiene dibujos, casi mejor.

9. ¿Tienes previstos nuevos proyectos literarios? ¿Nos puedes avanzar algo?

Me encantaría dibujar con más recursos y más rápido porque tengo varias ideas deseando salir de los voice memos y de los post-its. Ahora estoy empezando con una en la que la gente sí tiene cara. Te podría avanzar algo más, pero temo que ocurra como con Face y acabe siendo una cosa totalmente distinta.

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Face, de Rosario Villajos

Face

FaceImagina que una mañana despiertas convertido en un monstruoso insecto, como Gregor Samsa, el protagonista de La metamorfosis. Bueno, no es necesario que seamos tan extremistas, solo imagínate que no tienes rostro, que de repente el óvalo de tu cara es liso: sin ojos que cerrar, sin boca con la que sonreír, sin nariz que arrugar. Nada de nada. Únicamente unas orejas a los lados y una buena mata de pelo encima. Vaya, eso también suena horroroso, ¿verdad? Pero puede que no sea para tanto si te acostumbras a vivir con ello, como hace la protagonista de Face, la primera novela gráfica de Rosario Villajos.

No sé si yo habría pensado en La metamorfosis al leer esta historia si la autora no hubiera elegido una de sus citas para la primera página. Pese a las diferencias de tono (desasosegante y claustrofóbico en la obra de Kafka, irónico y tierno en la de Villajos) y de época (la burocrática y alienante sociedad del siglo XX en una y la frívola e interdependiente sociedad del siglo XXI en la otra), en ambas historias se reflexiona sobre las mismas cuestiones: la necesidad de adaptación social, la búsqueda de la propia identidad y los sentimientos de soledad e incomprensión. Además, las dos tienen un fuerte componente autobiográfico. Así que sí: aunque a simple vista no lo parezca, La metamorfosis y Face tienen muchísimo en común.

Habrá quien se eche las manos a la cabeza por el hecho de que yo compare esta novela gráfica, que se lee de un tirón, con uno de los clásicos más elogiados del siglo XX. Para muchos, las novelas gráficas no pasan de ser simples entretenimientos y la literatura, la de verdad, no necesita de dibujitos. No negaré que Face es una lectura sencilla y divertida y que resulta muy fácil identificarse con las inseguridades de esta mujer sin rostro. Pero si fuera mero entretenimiento, no se hubiera quedado rondando por mi mente varios días después de haber acabado su lectura. Igual que Franz Kafka se sirvió de una metamorfosis surrealista para plasmar la conflictiva relación con su padre y con la sociedad en la que le había tocado vivir, Rosario Villajos utiliza una mujer sin rostro para hablar de su huida de sí misma y de lo fútil de las relaciones personales en este mundo donde todos acabamos adoptando una apariencia minuciosamente estandarizada. Esa es una de las muchas interpretaciones que yo veo en ese rostro en blanco, en por qué desapareció y en cómo se va transformando y, aun así, sé que se me escapan muchas lecturas más. Y es que cada lector explicará ese vacío con su propia visión de la sociedad actual.

No hace falta que hayáis leído La metamorfosis, de Franz Kafka o Face, de Rosario Villajos, para que coincidáis conmigo en que sufrir la conversión de cualquiera de sus dos protagonistas sería una auténtica pesadilla, y no os haré elegir cuál de las dos situaciones sería peor. Porque, si los leéis, os daréis cuenta de que para la gran mayoría de nosotros ya son una terrible realidad.

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Los milagros prohibidos, de Alexis Ravelo

Los milagros prohibidos

Los milagros prohibidosPara mí, esta era una de las novelas más esperadas del año. Tras el buen sabor de boca que me dejó La otra vida de Ned Blackbird, tenía ganas de leer lo nuevo de Alexis Ravelo. Los milagros prohibidos cuenta uno de los episodios menos conocidos de la Guerra Civil Española, la Semana Roja de La Palma. El 18 de julio de 1936, sin derramamiento de sangre, los palmeros consiguieron seguir fieles a la República durante una semana, hasta el fatídico día 25, cuando el cañonero Canalejas arribaba en Santa Cruz de La Palma con orden de poner a la isla del bando de los nacionales y falangistas, bajo amenaza de bombardearla si fuera preciso. Muchos de los leales a la República tomaron la determinación de subirse a los escarpados montes isleños para resistir, convirtiéndose en los primeros maquis del país, ese movimiento de guerrilla antifranquista que poblaría en años sucesivos las laderas peninsulares.

Para narrar esta historia, Ravelo conforma un trío amoroso protagonizado por Agustín Santos, maestro progresista que se echa la monte con un revolver que pretende no utilizar, Emilia Mederos, mujer de buena familia y feliz esposa de Agustín, y por último Floro, al que llaman el Hurón, falangista recalcitrante, cazador de rojos, que ve en el conflicto la oportunidad de volver a su isla convertido en un hombre de pro y vengar la afrenta que guarda grabada a fuego, el rechazo que Emilia le proporcionó en su juventud.

No tenía claro que Dios existiera, pero estaba seguro de que, de existir, no había estado jamás en La Palma

Las novelas negras que tan famosas hicieron a Alexis Ravelo tenían un punto en común, sus queridas Islas Canarias. Tras ambientar en un lugar indeterminado su última novela, el autor vuelve a su tierra, en esta ocasión a la isla de La Palma, paraíso natural que muy pocos españoles tienen la suerte de conocer. Entristece pensar como un lugar tan idílico pudo albergar tanto odio y rencor allá por 1936. Pese a lo negro del suceso, uno lee sobre lugares como la Caldera de Taburiente o el Cubo de la Galga y siente un deseo irrefrenable de cambiar el estrés urbanita por la tranquilidad palmera, dedicando mañanas y tardes a perderse entre sus caminos de laurisilva, al igual que Agustín y el resto de fugados, entrando en contacto con la naturaleza en su estado más virginal. Y aquí, tras buscar los lugares de la novela en internet, he de hacer un reproche. Muchas veces buscamos el paraíso en lugares remotos, cuando lo tenemos a menos de tres horas de avión, sin necesidad de mostrar el pasaporte.

Alexis Ravelo comentaba la larga labor de documentación que había llevado a cabo para escribir dicho libro. Y hay que felicitarle por ello, pues en Los milagros prohibidos todo está cuidado al detalle, desde la descripción de los parajes isleños hasta el habla local. Es muy difícil no sentir apego por los comportamientos de ciertos personajes, por sus sufrimientos y los malabarismos que tuvieron que hacer para salir indemnes (o casi) de este absurdo conflicto. Porque de la absurdez de la Guerra Civil ya se ha escrito mucho, pero nuevamente queda de manifiesto que esta confrontación no fue una guerra entre enemigos. Fue una absurda guerra entre hermanos llena de odio, de rencillas y de heridas mal curadas que tan bien se reflejan en el personaje del Hurón. Un conflicto a muerte sin romanticismo que no dejó héroes, que dejó solamente familias rotas y vidas cercenadas gracias al sinsentido.

No me cansaré de repetir que en Alexis Ravelo tenemos uno de los valores más seguros de la narrativa española actual. Si disfruté con La otra vida de Ned Blackbird, nuevamente vuelvo a quedar prendado del ritmo y de la belleza de la pluma del canario, que sigue aumentando el nivel con cada obra que pasa. Y sí, muchos pensarán que Los milagros prohibidos es otro libro sobre la Guerra Civil, ese conflicto que tanta producción literaria ha creado en las últimas décadas. Pero Alexis demuestra que no todo está contado, y que hay hechos que deben ser recordados. Porque los errores del pasado no deben volver a repetirse en el presente, aunque parezcamos obstinados en seguir posicionándonos en dos bandos.

César Malagón @malagonc

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La historia oculta. Integral 2, de Jean-Pierre Pécau

la historia oculta integral 2

la historia oculta integral 2Hace un par de meses os hablé del integral I de La historia oculta, de Jean-Pierre Pécau. Os conté que se trataba de una ucronía donde el enfrentamiento de cuatro hermanos inmortales por controlar los marfiles del poder —copa, espada, basto y oro— era el motor de la historia de la Humanidad y de sus respectivos giros. Sin embargo, el desarrollo de esta premisa tan interesante no había acabado de entusiasmarme porque las elipsis de la narración y los acontecimientos históricos a los que hacía referencia, y que yo desconocía en su gran mayoría, me hacían perder el hilo. Me alegra decir que esas pegas han desaparecido casi por completo en La historia oculta: Integral II, compuesto por los volúmenes «1666», «El águila y la esfinge», «Nuestras señora de las tinieblas» y «Los siete pilares de la sabiduría».

Al igual que en la entrega anterior, la particular guerra de los cuatro arcontes tiene como campo de batalla el mundo y como víctimas potenciales a civilizaciones enteras. En esta ocasión, el primer volumen del integral comienza con el ataque de la Armada Invencible en 1588 y el último concluye en 1919, recién acabada la Primera Guerra Mundial. Pero en estos tres siglos las cosas ya no son lo que eran para los cuatro hermanos, que ven cómo la gente va dejando de lado la superstición para creer en la ciencia y en la técnica. Eso, unido a las réplicas de su baraja (acontecimiento explicado en el Integral I), hace que sus poderes estén más dispersos y, en vez de dominar el mundo, ahora solo sean capaces de generar caos y destrucción. Su pérdida de influencia ha llegado hasta tal punto que, a pesar de las rencillas familiares, deben plantearse volver a unir sus fuerzas para no desaparecer.

Aunque siguen habiendo saltos temporales y decenas de personajes y autoreferencias, La historia oculta: Integral II me ha parecido mejor hilada. Sobre todo, lo que me ha facilitado enormemente la lectura ha sido reconocer a los jugadores que participan esta vez en la partida de cartas que dirige el rumbo de la Humanidad, bajo el mando de los arcontes o dándole la vuelta a sus planes, como es el caso de Newton, Napoleón o Hitler. En La historia oculta: Integral II hay mucha más acción, magia y monstruos que en el primer integral, y humor, bastante humor, un aspecto casi olvidado en la anterior entrega y cuya presencia se agradece para aligerar tanta muerte, odio y traición.

En mi primera reseña de esta saga dije que no descartaba leer el integral II, y lo he hecho. Y en esta os afirmo que no dejaré escapar el integral III, que se publicará en breve. Se avecina la Segunda Guerra Mundial y estos cuatro arcontes inmortales se desbocan, más si cabe, en los periodos de caos, así que estoy deseando leer si su afán de poder les hará cargarse el mundo o serán los seres humanos los que acaben rompiendo definitivamente la baraja.

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Contar de 7 en 7, de Holly Goldberg Sloan

Contar de 7 en 7

Contar de 7 en 7La verdad es que no sé muy bien cómo empezar esta reseña, porque cuando estoy emocionada se me atropellan un poco las palabras (imaginad por qué no me gusta nada hablar en público). Normalmente pondría una introducción en la que os contase una de mis batallitas, pero lo cierto es que hoy quiero decir, sin más preámbulos: ¡Este libro me ha encantado! Y podría deciros que os lo recomiendo a todos y acabar aquí, pero no seré tan mala (persona, ni reseñista), así que os va a tocar aguantarme un poquito más.

Contar de 7 en 7, de la editorial Gran Travesía, es una novela dirigida a un público juvenil, pero creo que eso da bastante igual. El libro es tan bueno que puede leerlo cualquier adulto que no esté acostumbrado a la literatura juvenil y podrá disfrutarlo igualmente. Este libro es para todos los públicos y eso, como podréis imaginar, es algo difícil de conseguir.

Esta novela trata sobre una niña muy especial de doce años llamada Willow Chance. Willow es superdotada y entre sus aficiones preferidas están la jardinería, diagnosticar enfermedades y el número siete. Ser superdotada y congeniar en este mundo no es algo fácil. Sus padres adoptivos serán quiénes mejor la comprendan y entiendan sus diferencias y también su mayor apoyo. Willow comienza a ir al instituto, una etapa ya de por sí difícil que para una niña superdotada se convierte en toda una odisea. Imaginad tratar de congeniar con todos esos adolescentes demasiados preocupados por qué ropa llevarán a la fiesta del próximo sábado o que disco de música comprarán cuando se aburran del que resuena en sus enormes cascos. Willow no encaja en este mundo, aunque lo intente. Por eso es enviada al psicopedagogo de la escuela, un joven llamado Dell Duke de lo más peculiar. En una de esas sesiones conocerá a Quang-ha y a su hermana Mai, en quien Willow ve una posible amiga. Tanto es así, que se dedica a aprender vietnamita por su cuenta para poder sorprender a la chica y ganarse su amistad.

Pero, de repente, todo cambiará en la vida de la pequeña privilegiada. Sus padres adoptivos, las únicas personas que la entienden en este mundo, fallecen en un accidente de tráfico y el mundo de Willow, tal y como ella lo conocía hasta ahora, se derrumba. Comienza entonces una nueva vida, totalmente desconcertante, una vida en la que la pequeña se encuentra sola.

A pesar de sus rarezas, Willow despierta una fuerte atracción en todos los que la rodean. Cuando la mujer de asuntos sociales venga para hacerse cargo de la niña, Mai, con ayuda del psicopedagogo del colegio, conseguirá llevársela a su casa con su hermano y su madre, aunque sea temporalmente.

Todo lo que sucede después no os lo puedo contar, porque de verdad, os recomiendo que leáis el libro vosotros mismos. Os prometo que no os decepcionará. Holly Goldberg Sloan sabe cómo crear personajes carismáticos y atractivos y éste es el punto fuerte de Contar de 7 en 7. Además, por supuesto, de la historia que en él se narra y de los valores que transmite en sus líneas.

Me ha encantado descubrir este libro, enamorarme de la pequeña Willow y todo lo que rodea a esta singular niña. Ya os digo que aunque se trate de una novela juvenil, se ha convertido en uno de mis libros preferidos. Totalmente recomendado, lectores.

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D4VE, de Ryan Ferrier y Valentín Ramón

D4VE

D4VE“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos…” Así empieza la descarnada y brillante reflexión que Mark Renton, uno de los protagonistas de Trainspotting, comparte con el espectador (o lector) para defender la postura que ha tomado ante la sociedad y para manifestar que no va a seguir el camino establecido.

D4VE hubiera aprobado su elección.

Algo similar le ocurría al narrador en El club de la lucha. Harto de una vida de programada insustancialidad, y de un sueño americano que no es más que un placebo insuficiente para sobrevivir a la rutina, se lo montaba en plan antisistema consigo mismo.

D4VE hubiera aplaudido su modo de vida.

Pajas mentales, estados de ansiedad, la crisis de los 40, fe en chorradas y dudas existenciales son algo inherente al ser humano. El hastío de vivir una vida de comodidades adulteradas o ese insidioso pensamiento que te susurra al oído que jamás serás alguien importante. ¿Te suena? Sí, seguro que te suena. Forma parte de nosotros. Está en nuestro ADN. Es algo característico de los humanos. Solo de los humanos. ¿Seguro? Ven, anda, que te voy a presentar a D4VE.

D4VE es una novela gráfica escrita por Ryan Ferrier, dibujada por Valentín Ramón y editada en nuestro país por Sapristi, que despunta ya como editorial que se esfuerza en traernos cómics raros y fascinantes. D4VE también es el nombre del principal protagonista. Un robot que trabaja en una oficina. Un robot que viste camisa blanca y corbata negra, y que se pierde en ensoñaciones de tiempos mejores en el pequeño cubículo donde forma parte de un estructurado engranaje llamado sociedad. ¡Anda mira, como tú! Antaño había sido un robo-soldado y había combatido para conquistar la Tierra. “Podéis llamarlo levantamiento hasta hartaros. Pero fue una señora y muy canónica patada en el culo de los hombres”. Luego, por diversión, eliminarían a cualquier raza alienígena que se cruzara en su camino. ¿Genocidio a nivel galáctico? Sí, un poco sí. Con el tiempo se quedaron sin cosas a las que matar, sin nada contra lo que luchar, en definitiva, sin un objetivo en la vida. Así que se convirtieron en unos haraganes de culo metálico y de sangre aceitosa que se dedicaron simplemente a existir. Es por ello que D4VE tiene una hipoteca, un trabajo odioso, un jefe que es un cabronazo, una mujer con la que tiene sus rifirrafes, una cuñada plasta que lo odia y un hijo adolescente que pasa de él y que prefiere ocupar su tiempo libre con los videojuegos, las drogas o meneándose con fruición el perno mientras mira revistas de robo-pilinguis. ¡Ah, sí, D4VE también sufre de insomnio! Vive una vida tan soporífera como ordinaria. Vamos, lo normal. Así que cuando unos extraterrestres, con naves de formas similares a los testículos de un octogenario, invaden la Tierra, D4VE ve una oportunidad para retomar su vida; aquella que perdió en una existencia de aburrimiento.

D4VE no deja de ser una oda, muy burra y ácida (a nivel sulfúrico), a favor de perseguir los sueños; a favor de escoger el camino tortuoso que nos hará felices y en contra de ése más cómodo que solo nos convertirá en seres tristes, oxidados y frustrados. Lo que Ryan Ferrier explica en D4VE no es nada nuevo, pero sí original por la forma en que lo hace. Y es que, cuando uno imagina a los robots conquistando a la raza humana, piensa en inteligencias superiores, como Skynet, que tras aniquilarnos tomarán mejores decisiones que nosotros. No en unos seres metálicos que, con el tiempo, se volverán unos memos agilipollados tan psicológicamente inestables como nosotros. “Pero lo que tiene el haber sido programado por humanos es que acabas adoptando sus…Tics”. Lo que puedo asegurar es que, a diferencia del pobre D4VE y la vida que tiene al inicio del cómic, el lector no va a aburrirse con esta sátira de humor cafre y desvergonzado que resulta ser el reflejo de nuestra propia sociedad. Los chistes (tanto buenos como malos) infestan casi cada bocadillo del cómic. Así como todo ese lenguaje informático. “Por el amor de Jobs”. De igual forma lo hacen todos esos tacos que se van soltando a lo largo de la historia y que dejan patente que una palabra malsonante, en ocasiones, es una excelente, y breve, declaración de intenciones; tan contundente como una buena patada en todas las partes colganderas.

El dibujo de Valentín Ramón es difícil de definir. Transita entre el arte conceptual para un videojuego, la vistosidad de Moebius en los paisajes (aunque con menos detallismo) y la brutalidad de Geof Darrow en Hard Boiled. El caso es que, además de único, el arte de Valentín Ramón es un acompañante perfecto para todo ese humor bestia que inunda la obra. Perfecto también para mostrar a un D4VE, de gestos muy humanos, en situaciones tan dispares como cuando se sincera con su familia e intenta arreglar las cosas, o como cuando se pone en plan Michael Douglas en Un día de furia y deja perdidas las viñetas de sangre verde y casquería alienígena.

D4VE, al final, resulta ser un cachondeo padre con grandes dosis de acción; una llamativa mezcla entre las buddy movies, las películas taquilleras de robots e invasiones alienígenas y el disco de un rapero negro que en la portada muestra la dicromática advertencia de Parental Advisory: Explicit Content. Pero tras la fachada de soberbio disparate también hay un mensaje, poco sutil y políticamente incorrecto, de libertad y de hacer lo que te haga feliz a pesar del qué dirán. “Esto es lo que soy. Todo vuelve a mí. La sensación de ser feliz”.

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Un lugar a donde ir, de María Oruña

Un lugar a donde ir

Un lugar a donde irEn 2015 María Oruña nos sorprendía a todos con Puerto escondido, una buena novela negra ambientada en Cantabria. La historia nos dejaba dos personajes, Valentina Redondo y Oliver Gordon, que bien merecían una continuación de su historia. Pues bien, esa continuación se llama Un lugar a donde ir y vuelve a transportarnos a esos lugares llenos del verdor de las praderas y el azul del mar.

Han pasado seis meses de los hechos ocurridos en la anterior novela, y Suances vive de nuevo en la calma más absoluta. Valentina y Oliver intentan afianzar su relación con ritmo pausado, ella centrándose en sus investigaciones y él en la gestión turística de Villa Marina. Pero esa calma se rompe la mañana en que una misteriosa joven, vestida con atuendo medieval y una moneda antigua en su mano, aparece sin vida en la Mota de Trespalacios, una rara construcción del medievo a pocos kilómetros de Suances. En ese momento se inicia una frenética investigación que arrojará otros sucesos desagradables que pondrán a prueba la valía de la teniente Redondo y el resto de su equipo.

María Oruña no cuenta la historia de un modo lineal. Ella, al igual que hiciera en Puerto escondido, va mezclando el presente con el pasado, estrechando cada vez más el tiempo que separa ambas historias hasta que se juntan en el tan esperado final. En este caso tenemos la historia presente, en la que se trata de desenmarañar quién y por qué ha aparecido un cadáver en tan extrañas circunstancias. Y junto a esta historia, viajamos unos años más atrás para conocer a un grupo de investigadores, aficionados a la espeleología, que buscan encontrar bajo tierra los secretos más ocultos del planeta. Por su parte, esta vez Oliver representa un papel secundario. Sigue buscando a su hermano Guillermo, desaparecido dos años atrás, recibiendo además una visita inesperada.

Muchos son los puntos fuertes de esta historia. María da un paso más allá tanto en la labor de investigación previa, como en la elaboración de los personajes y el desarrollo de la historia. En la historia de los espeleólogos se ven muchas horas de lecturas y documentación previa, ofreciendo al lector datos de gran interés y lugares tan interesantes como el sótano de las golondrinas, en México, maravillas naturales que gracias a Internet tenemos a un solo clic de distancia. También se observa una mejora en la construcción de los personajes, sobre todo el amplio grupo de trabajo que acompaña a Valentina Redondo. El equipo policial y forense se presenta más cercano y familiar, lo que lleva al lector a identificarse mucho más con la historia. Porque una buena novela negra no se construye solo con un buen investigador; debe tener detrás un equipo fuerte de secundarios que lo arropen, como ocurre con las historias de Fred Vargas, por poner un ejemplo. En cuanto al desarrollo de la historia, es fácil engancharse a ella. La información se va desvelando en pequeñas dosis, manteniendo siempre al lector en tensión, haciendo que finalmente las 500 páginas se queden incluso cortas.

En Puerto escondido la autora ya se postulaba como una escritora a tener en cuenta, cosa que queda refrendada tras esta gran historia. María Oruña sabe muy bien qué quiere contar y cómo tiene que hacerlo. En sus páginas se ve una dedicación exclusiva y una pasión por el noble arte de escribir. Lugares mágicos como Santillana del Mar, Suances o Comillas hacen también de Un lugar a donde ir un canto de amor a Cantabria, que ve en esta autora un reclamo perfecto para su turismo. Porque, querido lector, si todavía no conoces ni Cantabria ni a María Oruña… ¡ya estás tardando! Yo mientras tanto, quedo a la espera de nuevas noticias de la autora. No hay dos sin tres. O eso dice el refrán.

César Malagón @malagonc

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Ciudad de Yotsuya, barrio de Hanazono, de Kan Takahama

Ciudad-de-Yotsuya-Barrio-de-HanazonoPor razones geográficas, históricas, lingüísticas y, me atrevería a decir, étnicas, las culturas asiáticas son un mundo al que, benditas tecnología y globalización, el lector o el espectador occidental puede asomarse con cada vez más facilidad, pero que difícilmente podrá llegar a conocer en profundidad. Pensemos en Japón, sin ir más lejos (lo cual sería difícil). Podemos leer a Murakami y pensar que el país del sol naciente está lleno de gatos parlanchines y pozos. Podemos ver las películas de Takeshi Kitano e imaginar un mundo de lirismo y yakuzas. Leer a Kawabata y deducir que el día gira en torno a la ceremonia del té, ver el cine de Ozu y pensar que las calles de Tokio son puntos de fuga. Todos ellos, como artistas que son, nos proporcionan un punto de vista personal de su sociedad, pero, a diferencia de lo que ocurre con otras culturas más cercanas, la variedad no nos proporciona una visión general. Y aquí entra en acción el manga, que, en mi humilde, refleja, quizá de manera más pronunciada que las otras artes, la inmensa riqueza cultural de ese país desconocido. Y por eso nos gusta tanto el manga: porque nunca deja de sorprendernos.

La última sorpresa llega de la mano de Kan Takahama, una mangaka que nos habla de un periodo en la historia del Japón del que, sospecho, los propios japoneses no conocen mucho. Los lectores habituales de literatura japonesa estaréis familiarizados con esas curiosas eras, que tan importantes parecen ser y que tan poco nos dicen a nosotros. Estamos en el año X de la era Tal, nos informan, y servidor, por lo menos, se queda igual. Pues bien, Ciudad de Yutsuya, barrio de Hanazono está situada a caballo entre la era Taisho (1912-1926) y la Showa (1926-1989), y, por primera vez en mi vida, descubro las implicaciones que tiene situar la historia en una era u otra. De manera extremadamente simplificada, podemos decir que la era Taisho se caracterizó por la libertad y la democracia, mientras que la Showa, en sus primeros años, trajo el nacionalismo y sus habituales corolarios, el militarismo y el fascismo.

Estamos en Tokio, donde hace algún tiempo que vive nuestro héroe, Ishin, un chico de provincias que aspira a ser escritor, y que de momento tiene que ganarse la vida escribiendo relatos eróticos. De buenas a primeras nos encontramos con Ishin y su editor, Aoki, metidos de lleno en la vida golfa de tabernas y burdeles, a la búsqueda de inspiración para sus relatos. Sorprende el contenido erótico de esta parte inicial de la novela, con sexo muy explícito y diálogos que lo son todavía más. Sin embargo, lo que se perfila inicialmente como una historia para leer con una sola mano poco a poco se va convirtiendo, en primer lugar, en una original, triste y conmovedora historia de amor casi imposible entre Ishin y Aki, mestiza medio española de turbio pasado, y, en segundo lugar en el interesantísimo retrato de una breve época en la historia de Japón. Dicen que dura poco la alegría en casa del pobre. Del mismo modo, podríamos añadir que dura poco la concupiscencia en el Japón del Showa,  máxime cuando el país se militariza y al peligro externo se suma en el interior la amenaza comunista. Es entonces cuando Ishin, cuyo trabajo como dibujante erótico le ha costado el repudio de su familia, debe decidir a quién se debe: a su familia, a Aki o a su país.

A tenor del modo en que la autora, en su imprescindible epílogo, hace hincapié en la veracidad de algunos de los datos históricos que aparecen en la historia, cabe suponer que también al japonés de 2017 le costará reconocer su país en aquella sociedad efímeramente libertina y descarada de hace un siglo, donde, por ejemplo, en las fiestas del pueblo los costaleros levantan un pene gigante que, a modo de ariete, hacen embestir y penetrar una descomunal vagina. Todo sea por la cosecha. Pero antes de ese epílogo, tenemos el brillante e inesperado desenlace de esta estupenda Ciudad de Yotsuya, barrio de Hanazono, donde  un viaje en el tiempo nos revela el motivo personal que llevó a la autora a embarcarse en esta historia tan bonita.

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Tiene que ser aquí, de Maggie O’Farrell

Tiene que ser aquí

Tiene que ser aquíDaniel Sullivan es neoyorquino, lingüista y propenso a cargarse cada cierto tiempo todo lo que tiene de bueno su vida en ese momento. Claudette Wells, bien, no debería decir qué es Claudette Wells, o a qué se dedicaba, porque si se entera de que revelo el secreto aparecerá con su escopeta y me meterá un tiro entre las cejas. Me conformaré con contar que Claudette, única, inimitable, es feliz con las pequeñas cosas, imaginativa, dulce pero con mucho carácter. Y que se esconde del mundo.
Lo primero que sabemos de ellos es que viven apartados, en un paraje en mitad de la campiña irlandesa, un lugar al que no es fácil llegar si no es porque te has perdido antes. Tienen un par de hijos en común a los que ni siquiera llevan al colegio y a su alrededor orbitan, además, los dos anteriores de Daniel y el de Claudette, un adolescente superdotado de nombre Ari.
Casi al principio de la novela contemplamos una escena deliciosa en la que Daniel describe el tortuoso camino que han de recorrer cada vez que tienen que llegar a la civilización. Han de atravesar, una tras otra, doce cancillas cerradas, lo que supone parar el coche, bajar, abrir, pasar, cerrar y volver a ponerse en marcha. Doce veces. Tiene su punto cómico lo de las cancillas, con los niños gritando en el asiento de atrás y el pitido del cinturón de seguridad desabrochado chirriando permanentemente. Pero además funciona como metáfora de la novela entera y su significado. En Tiene que ser aquí, todo ocurre por la incapacidad de los dos miembros del matrimonio de ir cerrando los episodios de sus vidas pasadas. Es natural: si uno abre una puerta para atravesarla pero no la cierra después, todo lo que tiene detrás puede colarse también en la nueva habitación y desordenarla cuando menos se espera.
En el caso de Daniel, una ex en California, una familia en Nueva York a la que prácticamente no ve, unos compañeros de carrera de los que se despidió a la francesa y su otro gran amor, de la que no ha sabido nada en un par de décadas y que de repente se le aparece, es un decir, en medio de la nada. En el caso de Claudette… lo mejor es leer la novela para saber de qué está huyendo.
Toda la novela se construye en torno a un par de preguntas: ¿hasta qué punto se llegan a cerrar, a olvidar, los errores del pasado? ¿Es posible hacerlo del todo? Si no es así, ¿qué es lo que ocurre cuando regresan? Y, sobre todo, ¿se puede escapar de la sensación de que todo aquello que hemos construido después, sin terminar de arreglar aquello, es un castillo de naipes?
Tiene que ser aquí va y viene en el tiempo y en el espacio. Viaja de los ochenta a dos mil diez, de Irlanda a Nueva York pasando por California, Sussex y París. Baraja a los personajes de manera que cuando termina un capítulo el posterior comienza siempre con quien uno menos se espera. En ocasiones tanto cambio marea, aunque la ambientación está bastante bien conseguida y la manera de narrar de Maggie O’Farrell me ha parecido impecable, con calidad pero sin perder ritmo, vigor. En cuanto se descubre, o se intuye, el primer secreto que guarda un miembro de la pareja, la autora nos va depositando aquí y allá píldoras de intriga que nos hacen continuar pegados a la trama, en busca del siguiente secreto o de la siguiente revelación, mientras el verdadero carácter de cada personaje va saliendo a la luz conforme pasan las páginas y las épocas.
Hay un par de trampas en el relato que hace Maggie O’Farrell de los hechos. Podemos admitir que la conducta de las personas en muchas ocasiones es irracional y estúpida, pero sí que se impone un pequeño ejercicio de fe por momentos cuando hay algo que no cuadra, que no resulta verosímil. Más allá de eso, y de lo desaprovechados que deja algunos personajes (sería imposible darles a todos un papel estelar), Tiene que ser aquí me ha resultado un libro interesante. De los que se leen con ganas, rápido, de los que hacen que no quieras irte a la cama, que mantiene la intriga con una buena dosis de sustos, giros y sorpresas, pero que nunca pierde de vista la calidad al contarlo. Perfecto para aquellos que busquen algo en lo que zambullirse (ojo, puede ser adictivo) pero les sepa a poco el bestseller de turno.

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