
De Joseph Roth conocemos sobradamente su faceta literaria. Si su vida no hubiera sido tan calamitosa y llena de desventuras, quizá el convulso siglo XX le habría encumbrado como uno de sus mejores escritores. La leyenda del santo bebedor, La marcha Radetzky o La cripta de los capuchinos dan solera a una bibliografía que se cortó de raíz en mayo de 1939, cuando el autor falleció en París, solo y consumido por el alcohol. Pero Joseph Roth no fue solo un gran contador de historias; también ejerció el periodismo, alcanzando unas cotas de reconocimiento, nacional e internacional, considerables.
En Viaje a Rusia se desgranan los artículos que el Frankfurter Zeitung le encargó al autor en 1926. Roth siempre se había atraído por la Unión Soviética, que tras la Revolución de 1917 y la muerte de Lenin en 1924 se presentaba al mundo como un modelo socialista que pretendía alcanzar la excelencia política y que consiguió seducir a muchos de los intelectuales de la época. De septiembre de 1926 a enero de 1927, los artículos que Roth mandaba al periódico permitieron en Europa comprobar de cerca las verdades y las mentiras del invento socialista.
Abarcar el vasto territorio soviético es imposible, pero el autor intenta descubrir la mayor parte de ese poliedro de mil caras que es la Madre Rusia, lugar con un número de culturas, etnias y realidades difícil de contabilizar. Joseph Roth parte de Moscú a conocer otros territorios más alejados como Yalta, Bakú o el curso del río Volga hasta su desembocadura en el Mar Caspio, cerca de la sucia y maloliente Astracán.
No cabe duda de que en Rusia está surgiendo un mundo nuevo, dicho sea con todas las reservas que se quiera. Me siento feliz de poder ver las cosas de aquí. No se puede vivir sin haber estado aquí, es como si hubiera una guerra y usted se quedara en casa.
Navegando por sus artículos el lector intuye la seria y concienzuda labor de preparación que llevó a cabo el autor, en un intento por conocer la realidad rusa a la que tendría que enfrentarse durante el viaje. Hay que decir que en 1926, la NEP (Nueva política económica) empezaba a ofrecer sus primeros frutos. La producción industrial crecía lenta pero de forma continuada y para los jóvenes rusos, pertenecer al Komsomol (Unión Comunista de la Juventud) suponía un motivo de orgullo. Con esa idea utópica y revolucionaria llega el autor a Moscú. Sin prejuicios ni estrechez de miras, Joseph Roth empieza a conocer la realidad rusa, dándose cuenta que cuanto más conoce esa realidad, menos utópica le parece. Sus ideas previas van desintegrándose poco a poco rebajando su moral. Para un firme detractor de la burguesía como él, la NEP se presentaba como la única capaz de extinguirla. Sin embargo, lo que descubre allí no es el exterminio burgués; más bien es un cambio de disfraz, algo difícil de digerir.
Pero esto no hace de Viaje a Rusia un libro lleno de reproches. Su desencanto progresivo no hace que deje de enfrentarse a la realidad con la sagacidad de los buenos periodistas. Su artículos no solo reflejan la realidad política del momento. Lo que se nos ofrece aquí es un completo tratado etnográfico de una sociedad que vive uno de sus cambios históricos más grandes. La política, la cultura, la moral, la mujer, la religión… todo tiene cabida dentro del ojo crítico de Joseph Roth, que alcanza sus mejores cotas a la hora de tratar la problemática judía o el valor de los medios de comunicación de la época (“La consideración hacia el lector hace al periodismo fértil. La consideración hacia la censura hace a la prensa estéril”). A estas bellísimas crónicas se le añade un pequeño diario de viaje en el que conocemos el difícil estado anímico por el que pasaba Joseph Roth y un posfacio de Klaus Westermann que sirve para contextualizar de manera completa cómo era esa Unión Soviética de 1926.
Si pudiéramos viajar en el tiempo y conocer cómo se vivía en el Moscú en 1926, probablemente encontraríamos una imagen muy parecida a la encontrada en Viaje a Rusia. Eso habla muy bien de Joseph Roth y su labor periodística. Y por eso un libro así se antoja imprescindible para conocer parte del siempre difícil periodo de entreguerras.
César Malagón @malagonc

Siempre intento ser sincera cuando hago una reseña. Trato de decir las cosas tal y como las pienso y hoy no iba a ser diferente. Así que, seré honesta: cuando pedí Todos tenemos un lado (oscuro) rosa no tenía ni idea de quién eran Lili y Herrejón, ni siquiera de qué iba el libro. Por lo que no sabía que estas dos chicas son youtubers desde hace un tiempo, ni que habían decidido plasmar sus anécdotas en papel.
Un título contundente el de este libro que enseguida llamó mi atención. A mí, que me encanta la poesía, que la uso para poder escribir y ordenarme, que me parece indispensable, necesaria e intrínseca al ser humano, ¿qué me puede contar este ensayo sobre odiarla? Es más, ¿por qué si quiera debería existir esa posibilidad? Ah, amigos, pero existe y más de una vez me he sorprendido y sentido identificada leyendo este libro. Más de una vez le he tenido que dar la razón al autor. Ahora os explico por qué, pero dejadme que os hable primero de Ben Lerner.
«Rosario Villajos (1978-eternidad) nació en España, donde dedicó su infancia exclusivamente a dibujar y ver películas. En 2011 se marcha a Londres, siguiendo su pasión por el cine. Consigue trabajar un tiempo en la industria cinematográfica como fotógrafa y diseñando carteles. Después de dar muchas vueltas, Rosario decide madurar (un poco) y encuentra un trabajo fabuloso en el mundo digital, que le permitirá tener tiempo libre para crear su primera novela gráfica: Face».
Imagina que una mañana despiertas convertido en un monstruoso insecto, como Gregor Samsa, el protagonista de 


Hace un par de meses os hablé del 
La verdad es que no sé muy bien cómo empezar esta reseña, porque cuando estoy emocionada se me atropellan un poco las palabras (imaginad por qué no me gusta nada hablar en público). Normalmente pondría una introducción en la que os contase una de mis batallitas, pero lo cierto es que hoy quiero decir, sin más preámbulos: ¡Este libro me ha encantado! Y podría deciros que os lo recomiendo a todos y acabar aquí, pero no seré tan mala (persona, ni reseñista), así que os va a tocar aguantarme un poquito más.
“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos…” Así empieza la descarnada y brillante reflexión que Mark Renton, uno de los protagonistas de 


Por razones geográficas, históricas, lingüísticas y, me atrevería a decir, étnicas, las culturas asiáticas son un mundo al que, benditas tecnología y globalización, el lector o el espectador occidental puede asomarse con cada vez más facilidad, pero que difícilmente podrá llegar a conocer en profundidad. Pensemos en Japón, sin ir más lejos (lo cual sería difícil). Podemos leer a 
