
Recuerdo la primera vez que entré en Internet. Como en casi todo en la vida, no fui de los primeros de mi cuadrilla; una tarde, animado por uno de mis amigos, fui a una ciberteca, una sala habilitada por el Ayuntamiento en la que te permitían conectarte durante una hora a la red. Siendo sinceros, creo que empleé ese tiempo en su totalidad en jugar a minijuegos en el navegador —algo que en aquellos tiempos me parecían lo máximo— y a hacerme una cuenta de Hotmail para poder acceder a ese invento que estaba substituyendo a las llamadas al teléfono fijo a la hora de hacer planes con los amigos: el Messenger. Qué tiempos aquellos (y qué rápido nos hacemos los viejos algunos).
Hoy en día todos tenemos tan interiorizada nuestra conexión continua a la red que resulta complicado imaginar cómo era el mundo sin YouTube, sin WhatsApp, sin smartphone… Y esta revolución tecnológica es precisamente el punto de partida sobre el que Ariel Kenig construye El milagro, una pequeña novela que saca a relucir algunos de los inconvenientes de este proceso a partir de una jugosa anécdota. El propio Kenig, protagonista y narrador en primera persona, es contactado por una antigua compañera de instituto para ofrecerle unas fotografías. En ellas aparece Pierre Sarkozy, el hijo menor del por entonces presidente de Francia, disfrutando de unas vacaciones ostentosas junto a unos amigos en Brasil; nada inesperado, desde luego. Sin embargo, el interés de esas imágenes radica en que días antes se había informado oficialmente de que el joven había sobrevivido a una avalancha de lodo en ese país, por lo que las fotografías podrían hacer mucho daño a la campaña del padre, algo que a Kenig, un firme opositor de éste, le atrae bastante.
A medida que inicia su peregrinaje por los distintos medios de comunicación franceses para comprobar el interés por las imágenes, el protagonista muestra dudas acerca de su legitimidad para entrometerse en este asunto, lo que le lleva a cuestionarse también su propio estatus. ¿Tiene derecho a criticar con dureza a las clases acomodadas una persona cuya situación económica es más cercana a la de éstos que a la de los más desfavorecidos? A través de los pensamientos del protagonista Kenig nos acerca este y otros problemas habituales de nuestros tiempos, como la lucha de clases, la soledad camuflada en la conexión continua, la crisis de la prensa…
El autor mezcla realidad y ficción en su relato, lo que hace que aquellos que, como yo, no estén muy puestos en la vida social francesa, no sabrán a ciencia cierta en algunos pasajes si los datos y personajes que se nos describen son reales o sólo existen en la mente de Kenig. También se intercala en este texto la narración puramente novelesca y el ensayo, lo que da lugar a un híbrido tan original como, en ocasiones, caótico. En contraposición a esto, uno de los aspectos más atractivos para mí de este trabajo es la forma tan cruda y directa con la que el escritor describe a la sociedad de su tiempo, que me ha traído a la mente a otros autores compatriotas suyos, como Houellebecq o Beigbeder.
En definitiva, esta es una novela que ayuda a visibilizar cómo nuestros usos y costumbres, en especial todo lo relacionado con nuestra privacidad, se han visto afectados por nuestra continua exposición a la red de redes. El milagro no es sino el relato de un treintañero que echa la vista atrás para reflexionar sobre la forma en la que ha evolucionado el mundo que conocemos en un corto periodo de tiempo. Y es que, tomando prestada una frase de la recomendable serie Californication, Kenig, al igual que el protagonista de esta ficción televisiva, es un hombre analógico atrapado en un mundo digital.

Hay cubiertas que te hacen conectar con los libros de forma casi inmediata. Para mí, esta ha sido una de ellas. En color plateado con diversos dibujos y relieves, una preciosa espada y la frase “mantén a tus enemigos cerca”, me recordó tanto a la cubierta de 
Hace unos meses hablé aquí de


Hay cuentos que se quedan grabados en la memoria como si estuvieran marcados a fuego. Hay historias que, aunque solo escuchemos una vez, anidan dentro de nosotros y forman parte de nuestra propia vida. Hay moralejas que aprendemos como si de una lección del colegio se tratara, ya que sabemos que, tarde o temprano, deberemos darle uso. En mi caso, es la historia de Los siete cabritillos. Mi abuela me la contaba cada noche que dormía con ella y yo no dejaba que nadie más me la contara. Porque era algo entre ella y yo, como una historia privada, un vínculo especial del que nadie más debía ser partícipe. Lo que más deseaba en el mundo era que llegaran las vacaciones para ir al pueblo y poder dormir al lado de mi abuela. Así que oír la historia de los cabritillos significaba que las vacaciones habían llegado y que podría disfrutar de mis abuelos al menos durante un verano más.
Llevaba mucho tiempo sin adentrarme en una lectura de corte 
Los que ya tenemos una edad recordamos muy bien, y con inveterada nostalgia, la época dorada de los quinquis. Comprendía ésta los últimos años de la década de los 70, en la que tantas cosas cambiaron, y principios de los 80, cuando por primera vez nos pusimos a hacer cola para comprar el pasaje a la modernidad. Eran los años de la sirla y el caballo, cuando los relojes se llamaban peluco, la basca apoquinaba para pillar cien duros de costo, el primo de nuestro colega era un lejía que se bajaba al moro cada mes para subir cargado de mandanga, y nuestra vida cultural se reflejaba en fanzines.
“El Hada Acaramelada, de pequeña atolondrada pues soñaba con ser hada de cucurucho y varita. Su madre doña Rosita, dándole beso tras beso, le dijo: ¡Nada de hada, que ya no se lleva eso! ¿Cómo vas a ser un hada con ese flequillo tieso y esos ojos de ratón, si ya no se lleva eso?”.
Que los animales sienten y padecen es algo que siempre he sabido. ¿No es de sentido común? Si tienen un sistema nervioso sienten el dolor. No hay vuelta de hoja. En serio, no la hay, por muy cavernícolas que algunos energúmenos se pongan, pero hoy no vamos a tratar del dolor. O al menos, no del meramente físico.
“Supongo que a veces la perfección que percibimos en los demás está formada por un puñado de imperfecciones diminutas, porque hay días en que, simplemente, es imposible subir la cremallera del maldito vestido.”


