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Mi querido asesino en serie, de Alicia Giménez Barlett

mi querido asesino en serie

mi querido asesino en serieCuando los periódicos sacan esas odiosas listas de títulos o autores, cuando hablas con gente aficionada al género o cuando pides recomendaciones de novela policíaca siempre salen a colación los nombres de toda la vida, los clásicos y los no tan clásicos pero habituales: Hammet, Chandler, Nesbo, Mankell, Leonard, Thompson, Montalbán… Pero menos veces de las que debiera, aparece el nombre de Alicia Giménez Bartlett.

Reconozco que yo también tengo mi parte de culpa, ya que, hasta 2015, (año en el que ganó el premio Planeta con Hombres desnudos, y en el que tuve la tremenda suerte de ser invitado a los actos de dicho premio ­–¡y de hacerme una foto con ella como flamante ganadora con esa camiseta estampada con la palabra “merde” bien visible, qué cachonda!–) solo había leído Mensajeros de la oscuridad y me había gustado mucho, como se puede comprobar en la reseña. Hombres desnudos también me gustó. No llevaba una trama criminal como la que suele acompañar a las historias protagonizadas por Delicado y Garzón, pero el ambiente y atmósfera de fondo no se alejaban mucho.

Así que intentando reparar mis carencias lectoras de los libros de la Bartlett, me pongo a ello con Mi querido asesino en serie. Sí. Ya sé que no sigo ningún orden. Empecé la saga por el tercero y sigo por el undécimo y último hasta ahora. Pero no pasa nada. Estos libros son como los de la saga de Kurt Wallander de Mankell. Cada libro es un caso y el orden solo importa en el sentido de que el/los detective/s de turno tienen una vida que va evolucionando con cada nueva entrega. Por tanto, seguir el orden es aconsejable pero para nada imprescindible.

Llegados a este punto vamos a meternos de una vez con el libro de marras. Unas mujeres aparecen asesinadas, con la cara destrozada y una nota de amor despechado. Todas tienen idénticas marcas y eso confirma que esta vez Petra y Fermín se las van a tener que ver con un asesino en serie, algo bastante infrecuente en España. Pero en esta ocasión, a la pareja se les unirá el inspector Roberto Fraile de los Mossos d’Esquadra para que ambos cuerpos cooperen y logren atrapar al criminal lo antes posible.

Por supuesto el fuerte carácter de Petra chocará con el del joven “recién llegado” y habrá varios roces al principio, que Fermín, como es habitual, se encargará de suavizar. Y es que Petra es combativa y feminista y le toca mucho las bolas que ella, rondando la cincuentena, con dotes sobradas y más que demostradas para el liderazgo y para llevar una investigación tenga que acatar las órdenes de un Roberto Fraile, que, aunque con mismo grado, es mucho más joven e inexperto, más frío, come a base de donuts y táperes en la oficina en lugar de los platos de La Jarra de Oro que Fermín y ella papean, y parece no vivir para otra cosa que no sea el trabajo.

No obstante a medida que la investigación va desarrollándose la relación irá calmándose y haciéndose cada vez más amigable.

El libro atrapa desde la primera página en la que Petra, frente al espejo, se da cuenta de que tiene una edad que no siente suya y a partir de ahí comienza a agrandarse la bola de nieve y la seguiremos en comisaría, en las escenas de los crímenes, interrogatorios, en las comidas con su equipo de trabajo (y comen mucho, muchísimo, muchas veces), en las “acampadas”, en los momentos de estancamiento en los que las pistas parecen no llevar a ningún sitio y en su vida familiar y sentimental. Una vez empiezas a leer a Barlett, es muy difícil parar porque lo que te ofrece es una lectura ágil, rápida, zas zas, sin rodeos, sin entretenerte en chorradas y captando fielmente la realidad cotidiana, el día a día y la rutina de unos protagonistas como tú y como yo. Una historia que engancha, que es directa y que está bien documentada, tramada y desarrollada, con unos personajes tan bien perfilados y, por tanto, humanos, que te los llegas a creer del todo, que te transmiten los cambios de humor (el cansancio acumulado, el renacer de las fuerzas…) y en seguida conectas con ellos, con las chanzas de Fermín, los diálogos (a veces bruscos y cortantes y por eso mismo magistrales) de Petra, la progresiva integración de Roberto en la peculiar pareja, y los problemas de la vida diaria de cada uno al margen del trabajo policial…

Hay también una cosa a destacar de Mi querido asesino en serie que es evidente pues la propia trama lo exige y varias veces se comenta en boca de los protagonistas: la soledad. La soledad en las grandes ciudades es algo que se toca a menudo y que está ahí, en el fondo, como si fuera un decorado, y en el propio núcleo de la investigación.

“Saber a qué grado de soledad puede llegar una persona era un ejercicio sociológico muy difícil de realizar. Barcelona es una ciudad discreta, donde los ciudadanos conviven sin preguntarse gran cosa, casi sin mirarse por no interferir en la vida del otro, por no molestar. Todo sucede en medio de un silencio social compartido, como una especie de pacto implícito.”

Me queda un muy buen sabor de boca de esta lectura, y la promesa hecha a mí mismo de intentar leer poco a poco todos los casos de Petra. ¡Sí, joder, me he quedado con mono! Y también me queda al acabar esta lectura, una sensación extraña al despedirme de Fermín y la inspectora. Parece mentira que se les pueda coger tanto cariño a unos personajes con solo 400 páginas devoradas en dos o tres días.

¡Tiene mérito la Bartlett. Ya lo creo que sí!

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Otra vuelta de tuerca, de Henry James

Otra vuelta de tuerca

Otra vuelta de tuerca¿Quién podría decir que esta romántica y bella portada pueda albergar una historia de terror? Solo aquellos que conozcan la obra de Henry James saben lo que esta esconde y no es precisamente una historia romántica… Aunque, en mi caso, tampoco es lo que me esperaba encontrar en ella.

Aunque he leído mucho sobre las famosas novelas y cuentos de Henry James, jamás había leído ninguno de ellos. Esta es mi primera novela del autor y debo decir que creo que ha sido la adecuada, pues ha despertado aún más el interés que siento por su obra.

Pero empecemos por el principio. Otra vuelta de tuerca es la historia de una institutriz a la que se le ofrece cuidar y educar a los dos sobrinos de un respetable caballero. A pesar de que los primeros días junto a ellos son agradables y se siente cada vez más unida a los pequeños, comienza a observar presencias extrañas en la casa y comportamientos cada vez más raros en los niños.

Aunque la sinopsis de esta novela no sea extremadamente original, pues encontramos cientos de historias similares en la actualidad, creo que no es nada comparable a ninguna otra. Empezando por la brillante narración del autor, repleta de figuras retóricas y detalles al profundizar en las mentes y miedos más profundos de los personajes, que también coinciden con los del ser humano, y siguiendo por su perfecta ambientación. La oscuridad que rodea la novela y la casa Bly, en la que se desarrolla esta novela, es algo que me ha puesto los pelos de punta al lector y me ha hecho preguntarse mil cosas acerca de la oscuridad que a su vez albergamos todos los seres humanos en nuestro interior.

Y es que en esta novela no solo nos encontramos con elementos sobrenaturales, como los fantasmas y los muertos que regresan para poseer cuerpos vivos, sino que también reflexiona sobre el plano psicológico de la protagonista principal, una institutriz a la que el miedo le hace ver cosas que no existen realmente. ¿Pero acaso no nos ocurre eso a todos? El miedo que nos paraliza, aunque sea irracional, es algo que siempre juega en nuestra contra y que ha sido y será así siempre. Por eso, el tema que James trata en este libro sigue vivo dos siglos después y seguirá, estoy segura, muchísimos años más.

Porque siempre habrá algo que nos atraerá de este tipo de historias. En mi caso, resolver el misterio que dificulta la vida de los protagonistas y profundizar en los límites de la maldad del ser humano. También preguntarnos qué ocurrirá al final, aunque presintamos a medida que vamos leyendo que no será nada bueno. Pero tampoco podría decir que esta especie de tétrico cuento que relata James en apenas 150 páginas sea previsible. El autor guarda alguna que otra sorpresa, que logró sorprenderme aún más y que me hizo sumergirme por completo en cada una de sus páginas.

Leer Otra vuelta de tuerca ha supuesto todo un descubrimiento en cuanto a las historias de terror que he leído anteriormente. Es de esa clase de novelas que te dejan con los pelos de punta a lo largo de sus capítulos, al adentrarte en las partes más oscuras del ser humano, ya que no puede haber nada más terrorífico que eso. Además, hacerlo en esta preciosa y cuidadísima edición ha sido todo un regalo para los sentidos. Sus evocadoras y logradas ilustraciones han conseguido que me trasladara por completo a la casa Bly, junto a sus personajes y sus terribles vivencias. Espero tener la oportunidad de volver a leer muy pronto a Henry James, y mucho más en una edición como esta, pues esta primera experiencia ha sido muy, muy positiva.

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Años de sequía, de Jane Harper

Al empezar a leer Años de sequía (que, por cortesía de Salamandra, he tenido el privilegio de tener entre mis manos antes de su publicación, en forma de galeradas), decidí aprovechar la circunstancia del total anonimato que proporcionaban su encuadernación no definitiva y el hecho de tratarse de una autora novel, para hacer algo que normalmente no puedo evitar hacer, que es leer todo lo que puedo acerca del libro, el autor, opiniones al respecto, etc. Cierto, es una oportunidad que hasta hace muy poco era impensable a la escala actual –como mucho, se podía consultar alguna reseña publicada en prensa o confiar en opiniones de conocidos y amigos que hubieran leído el libro antes–, pero que, para qué negarlo, en muchas ocasiones estropea parte del gozo de ir descubriendo el misterio de un libro. La información, pasado cierto punto, es contraproducente y roba la inocencia que se necesita para gozar plenamente de cualquier cosa. Así pues, Años de sequía ha sido un total descubrimiento, y desde estas líneas invito a los amables lectores a elegir esta novela.

En realidad, Años de sequía es una novela sencilla y bien escrita, algo que no es tan habitual encontrar y que debe de ser muy poco fácil de producir. Es el debut de la autora australiana Jane Harper, pero no parece una primera novela, y lo digo en un sentido elogioso, porque no cae en el defecto, muy común entre autores noveles, de querer mostrar todo lo que uno sabe, y de querer condensar en una novela todas las novelas e historias que uno lleva dentro. Jane Harper se ha limitado a escribir una historia de crímenes y de misterio, la cual, a su vez, se desdobla en dos historias, dos sucesos de la vida de unos mismos personajes en dos etapas distintas de sus vidas ­­­–adolescencia y edad adulta–, pero que comparten muchas características: el misterio, la pérdida, la tragedia, la sensación de culpa, el impulso de huida y el contrario a éste, el impulso de enfrentarse a la realidad, por luctuosa y terrible que sea, y de tratar de encontrar respuestas que no podrán cambiar lo que ha pasado, pero sí, quizá, encontrar a los culpables y castigarlos, restituir el orden allí donde ha brotado el caos, y proporcionar algo de consuelo a quienes sufren. Por todos estos estados emocionales y estos retos pasan los protagonistas de Años de sequía, Aaron Falk, principalmente, y un par de amigos y aliados que encontrará en su camino, algunos de ellos amistades del pasado del que huye, y otros, nuevos amigos en los que deberá aprender a confiar.

A través del periplo de Falk, el protagonista, y su enfrentamiento al mal y al crimen, Jane Harper nos muestra también una historia a la cual aquélla está superpuesta, y que es tan interesante, si no más, puesto que, si bien muy pocos debemos encarar crímenes y violencia desatada, en cambio todos hemos de encararnos a nuestros fantasmas, sean cuales sean. En el caso de Falk, vemos a un hombre que huyó del pequeño pueblo donde nació, un enclave física y socialmente cerrado, muy lejos de las grandes ciudades y donde todavía imperan leyes que nada tienen que ver con lo convencional, lo establecido y las autoridades oficiales, y al que ahora debe regresar, y donde el mismo odio reconcentrado y sañudo que lo hizo huir no sólo no se ha disipado, sino que lo ha estado esperando.  Un odio alimentado por prejuicios, mentiras, creencias ciegas que se adoptan porque llegan de boca de vecinos y conocidos y porque uno intuye que es mejor estar del lado de los fuertes y de los numerosos, aunque no tengan razón. Falk se verá  amenazado por las fuerzas de un mal imparable y brutal, pero también, quizá de forma más aterradora, por un tipo de mal más sutil, menos físico, pero más difícil de combatir porque contra él nada pueden hacer la lógica, la deducción, las pruebas y los testimonios fidedignos: el mal sustentado y alimentado por la mentira, la arbitrariedad y la ley del más fuerte.

A Jane Harper no le ha temblado el pulso a la hora de dibujarnos con heladora fidelidad un cuadro antropológico, social y simbólico donde la fuerza arrasadora de la sequía histórica que asola Australia es reflejo fiel de los códigos férreos, agostadores, irrompibles y recalcitrantes que regulan la vida y las relaciones de las comunidades humanas completamente cerradas al exterior. Pero, precisamente por la cerrazón y la hostilidad del lugar y de la sociedad donde se desenvuelve, destaca más aún el coraje de Aaron Falk y su infatigable búsqueda de la verdad, que, por dolorosa que sea, siempre demuestra ser el único antídoto contra el mal.

Años de sequía es una novela en la cual se entrelazan en perfecta simbiosis anécdota y simbología, configurando una obra que es a la par una lectura muy entretenida, de ritmo impecable y recursos narrativos muy bien usados –destaca el uso narrativo del flashback, que, lejos de ser un guiño caprichoso de la autora, forma parte del andamiaje de la trama y del desvelamiento gradual de la verdad, o verdades, presentes y pasadas– y un alegato en contra de la sinrazón, los prejuicios y las creencias infundadas, y a favor de la posibilidad de los nuevos comienzos y de la capacidad del ser humano de reinventarse a sí mismo.

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Reconstruyendo a Amelia, de Kimberly McCreight

Reconstruyendo a Amelia

Reconstruyendo a AmeliaLa adolescencia es quizás una de las etapas más difíciles de nuestras vidas. Y todos lo sabemos porque lo hemos vivido. Esa sensación de enfadarse por cualquier cosa, de dar excesiva importancia a una cosa por pequeña que sea, estar constantemente buscándonos a nosotros mismos, a quiénes queremos ser… Y aún así, a pesar de todo esto, somos conscientes de que es una etapa inolvidable y de que nunca seremos tan jóvenes ni nos sentiremos tan vivos como nos sentimos entonces.

Algo parecido a esto es lo que siente nuestra protagonista, Amelia, una joven de quince años que trata de sobrevivir al colegio junto a su madre, Kate, una mujer demasiado entregada a su trabajo que trata de sacar todo el tiempo posible para pasarlo con su hija. Pero todo cambia cuando un día cualquiera su hija salta del tejado de su colegio y se suicida. ¿O no? Es lo que Kate tendrá que averiguar investigando cualquier pista que Amelia haya dejado. ¿Realmente conocía a su hija? ¿O esta escondía demasiados secretos?

Me ha sorprendido que este sea el debut de esta escritora, Kimberly McCreight, pues muestra una gran técnica y una brillante pluma a la hora de construir esta historia. No solo maneja muy bien el suspense, haciendo que el lector no pueda parar de leer y no se aburra en ningún momento, sino que también demuestra su ingenio al contar esta historia a dos voces: Kate en el presente, narrando todos los acontecimientos que siguen a la muerte de su hija, y Amelia en el pasado, revelándonos todo lo que experimentó y ocurrió en su vida antes de su muerte.

Esto me ha encantado porque nos permite conocer muy bien a ambas y sus puntos de vista, muy diferentes al estar en etapas de la vida muy distintas. Además, a pesar de que es muy difícil, la autora nos hace empatizar con ambas y esto hace mucho más fácil la lectura.

Pero lo que más me ha gustado de Reconstruyendo a Amelia es la mezcla que hace entre el misterio, puesto que en todo momento quieres saber qué es lo que le ha ocurrido a Amelia y cuáles son todos los secretos que oculta, y cómo narra temas como los problemas familiares, la búsqueda de la identidad en la adolescencia o cómo afrontar el dolor. Creo que esto añade profundidad a la historia y nos acerca aún más a las vidas de los personajes.

Como ya he dicho antes, es fácil empatizar con ambas protagonistas. Pero lo es aún más con Amelia, puesto que todos hemos experimentado alguna vez la necesidad de encajar en el colegio o con nuestros amigos, ya sea por inseguridades o por querer conseguir esa popularidad que tanto se ve en los institutos. Aunque he de decir que esto se ve mejor en la sociedad estadounidense, porque en nuestro país no experimentamos tanto ese clasismo que se ve tan bien en películas como “Chicas malas” o series como “Por trece razones”, por poner algún ejemplo. Es algo ya instalado en el imaginario colectivo debido a la cultura popular. Esa separación por grupos que existe en todo instituto o colegio estadounidense.

Pero, sin desviarnos del tema, creo que este tema está muy bien plasmado a lo largo de esta novela. Y, en cuanto al desarrollo del misterio, creo que es algo que también está muy bien llevado porque el ritmo en la novela no cesa. Es muy difícil dejar de leer porque quieres saber qué ocurre con la protagonista, mientras tú mismo te haces tus propias conjeturas de lo que pudo pasar… Hacía mucho tiempo que no leía un thriller tan completo que me hiciera reflexionar, a la vez que me mantuviera pegada a sus páginas sin esperarme lo que ocurre al final…

Reconstruyendo a Amelia es un thriller perfecto para el verano, ya que se lee de una sentada y profundiza además en otros temas actuales y de interés universal que no pasan desapercibidos en el desarrollo de la historia. El debut de Kimberly McCreight no me ha decepcionado en absoluto, tenía ganas de leer un thriller tan bien construido como este y en el que las piezas encajaran por completo al final. Además, el desarrollo de los personajes se hace muy patente a lo largo de la historia y reservan más de una sorpresa que me dejó con la boca abierta. No puedo esperar a ver la adaptación de la HBO, con nada más y nada menos que Nicole Kidman en el papel de Kate. No me podéis negar que promete, y mucho…

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Muerte de un forense, de P.D. James

Si se tienen unos buenos personajes, uno puede darse el lujo de escribir lo que quiera, dice otra máxima apócrifa del oficio. Y P.D. James no sólo ilustra maravillosamente ese aforismo, sino que hace un más difícil todavía: su personaje principal, el protagonista de toda una serie de novelas detectivescas, el héroe que desface los entuertos es, en realidad, un no-detective, un tipo gris, físicamente atractivo -de una forma refinada, eso sí- pero sin encanto ni aureola especiales de ninguna otra clase; no se le conocen vicios -aparte de su hábito de escribir poesía que, además, es publicada regularmente- ni costumbres o compañías poco recomendables que lo hicieran desmerecer a ojos de subalternos, colegas u otros iguales en sociedad; para colmo, aun habiendo perdido a su mujer y a su hijo recién nacido de forma trágica, no se ha hundido ostensiblemente en ninguna depresión que lo inhabilite para el ejercicio de su labor profesional, ni ha renunciado a sus ganas de vivir. En suma, se trata de un tipo bastante normal, que no sobresale a ojos del lector por nada en particular (se nos proporcionan muy escasas muestras de sus dotes como poeta, y aun éstas son tachadas por el propio autor como opúsculos menores, así que esta faceta, que podría considerarse diferente y embellecedora, queda eliminada a efectos prácticos por James, que probablemente no quería complicarse teniendo que crear poemas además de toda una trama policíaca de encaje absolutamente intachable).

Pero es que con Adam Dalgliesh, que así se llama el detective fetiche de P.D. James, todavía pasa algo más, algo que ya lo sitúa totalmente fuera de todas las posibilidades previstas y ya cultivadas en cuanto a sabuesos de ficción se refiere: a la autora le importa muy poco cómo soluciona él sus casos y, en casi todas las ocasiones, por no decir en todas ellas, en cada novela protagonizada por Dalgliesh, éste llega a saber la verdad porque sí, por una intuición o iluminación repentina, sin que jamás el lector pueda seguir el hilo que lo ha llevado hasta aquélla. Sí; James nos detalla con meticulosidad todos los interrogatorios que lleva a cabo, todos sus movimientos, las órdenes que da a su segundo al mando de turno, sus inspecciones de la escena del crimen y lugares aledaños, incluso los ataques que sufre, sus recuperaciones de éstos, sus opiniones privadas sobre los sospechosos… pero de repente, todo eso queda zanjado y lo siguiente que sabemos es que Adam Dalgliesh sabe ahora quién es el asesino, así como su móvil y modus operandi. Lo sabe todo porque así lo quiere P.D. James. Y también porque todo lo que acabamos de leer no ha sido más que una enorme y muy bien pergeñada excusa para que la autora nos contara la historia que verdaderamente ardía en deseos de contar: la historia del muerto y de quienes vivían o trabajaban con él, de cómo eran sus relaciones, de cómo era cada uno de ellos, de qué había sucedido antes del crimen, de lo que sentía y pensaba cada personaje, de las muchas mentiras y alguna que otra verdad de las que se había rodeado cada uno de ellos para seguir viviendo. De sus errores, de sus imperfecciones graves y de las veniales, de sus noblezas y de sus egoísmos. Al final, el asesino resulta ser uno en concreto; pero, al escamotearnos el discurso racional por el cual Dalgliesh llega a la conclusión inequívoca de que es ése y no otro el culpable, lo que P.D. James nos quiere decir es que, en realidad, no importa que haya sido éste, porque podía haber sido otro cualquiera; motivos les sobraban a todos los sospechosos, y ninguno era demasiado bueno para no ensuciarse las manos con la sangre de su prójimo, ¿acaso no lo hemos visto?

P.D. James tuvo sus altos y sus bajos; naturalmente, no todas sus novelas son de igual calidad. Pero todas ellas participan de la desconfianza absoluta en la raza humana y del cinismo de quien tiene bien tomada la medida al ser humano medio. No, una lectura de sus novelas no es exactamente la Feria de Abril; pero es justo decir que resulta, paradójicamente, una lectura refrescante, por cuanto llama al pan, pan y al vino, vino, y si bien es cierto que Dalgliesh es un poco gris, también es verdad que constituye un acabado modelo de estoicismo, de buena salud mental y de madurez emocional en todos los sentidos, algo que, en estos tiempos, resulta del todo terapéutico. Dalgliesh tiene los pies bien plantados en la tierra y no se deja llevar por excesos de ningún tipo, ni cuando apresa villanos y es el niño mimado de Scotland Yard, ni cuando mira a la muerte de frente.

En este sentido (como en muchos otros), Muerte de un forense es una novela típicamente jamesiana, y, aunque medio escalón por debajo de La torre negra, está de todas formas en el podio de obras de esta autora (incluyendo las que escribió con Cordelia Gray como protagonista). Y está al mismo nivel de La torre negra en cuanto a profundización en la psique y en los secretos más recónditos del alma humana y en la posterior exhibición de las conclusiones, que son, a su vez, nuevas preguntas cuya respuesta puede y debe proponer el lector; preguntas que, en Muerte de un forense, resultan ser más provocadoras que en ninguna otra novela, ya que es en esta obra donde P.D. James se muestra más cerca del sufriente, más sabia sobre las flaquezas humanas, más observadora sobre los detalles -que son donde habita el diablo, según asegura, probablemente con razón, la sabiduría popular-, y menos agria y cruel que en otras novelas. Y, por ello mismo, podríamos pensar que es donde más ambivalente se muestra, menos contundente a la hora de condenar moralmente, menos radical en los juicios sobre crimen y criminal. Es ésta la novela de P.D. James que más que ninguna otra nos recuerda la frase de Concepción Arenal que nos insta a odiar el delito y compadecernos del delincuente, toda vez que aquí el delito tiene como víctima a un personaje especialmente odioso, que no parece adornado por casi ninguna cualidad positiva, y aparecen actos varios normalmente condenables de la mano de personajes, y en el marco de situaciones que sugieren o invitan a una disculpa. P.D. James se muestra menos clara que nunca sobre su postura ante este dilema que verbalizaba la autora y pensadora gallega.

Como comentario social, Muerte de un forense tampoco tiene desperdicio ninguno. Se trata de un rico mosaico de situaciones, cambios sociales y morales, actitudes y mentalidades en una sociedad -cierta parte de la sociedad británica, de tipo rural, de la década de los 70 del siglo pasado- que aún está a caballo entre su tradición, sus normas heredadas del pasado, su amor y respeto por su pequeña historia, sus ritos, sus creencias, su forma de vivir y de encarar la vida, por un lado, y nuevos usos y concepciones, por otro, que podemos identificar como predominantes o al menos ampliamente aceptados y normalizados hoy en día.

Muerte de un forense está poblado por personajes variopintos que lidian con sus circunstancias vitales de la mejor manera que saben, que no siempre es la que hoy consideraríamos más válida o práctica, pero es en esta faceta de análisis social donde P.D. James se muestra más comprensiva, respetuosa y, seguramente, adelantada a su tiempo o en sintonía con los aires más modernos.

Muerte de un forense es una novela que disecciona de forma tan eficaz el crimen entendido como suceso abrupto que no sólo destruye una vida, sino que actúa como un explosivo de enorme onda expansiva, como la comunidad en la que aquél sucede, que es tanto receptora como, indirectamente, causante y testigo del crimen.

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La casa del nazi, de Xabier Quiroga

La casa del nazi

La casa del naziA Xabier Quiroga me lo recomendaron mis hijos adolescentes. Resulta que sí funcionan las lecturas obligatorias del instituto, aunque a veces los adultos dudemos y los chicos renieguen siempre. Lo de renegar en la adolescencia, es algo que hay que soportar, sufrir y superar, es como el acné. Era por setembro era el libro que tocaba para la asignatura de Lingua Galega y Literatura y tuvieron la suerte de que después conocieron al autor y pasaron una tarde estupenda con él, que les habló de La casa del nazi, así que, como yo escucho a casi todo el mundo y valoro mucho la opinión de esta juventud, que ellos también saben, les hice caso y me llevé el libro de viaje durante mis vacaciones. Les he dado la razón, no solo me ha gustado mucho la historia, es que he disfrutado un montón con la forma que tiene Xabier Quiroga de escribir, pero mucho. Ahora tengo que leerme alguno de sus libros en gallego, porque seguro que todavía es mejor, pero este, traducido por Isabel Soto, ha sido, es, una maravilla.

Os cuento: resulta que hasta el despacho del Fiscal Superior de Galicia ha llegado el original de una novela, mas unos documentos que la acompañan, que un editor que no quiere meterse en líos, recibió de forma anónima. El título es La casa del nazi con el subtítulo En la oscuridad. El protagonista es Pepe Reina, un taxista, apasionado lector y curioso personaje al que un político de peso en el PP gallego, Manuel Varela, le encarga una investigación y le exige que sea con la mayor discreción. Pepe tiene alma de detective y un carácter bastante romántico, le gusta vivir en la aldea porque se cansó de la ciudad, pero se entretiene indagando sobre cualquier cosa, así que, como el político es generoso con el dinero, acepta el encargo. Manuel Varela había recibido un e-mail con al asunto “sobre nazis” enviado por un antiguo representante del Centro Simon Wiesenthal en Argentina. Parece ser que con él se había puesto en contacto un joven universitario que estaba rastreando la presencia de nazis en Galicia después de la Segunda Guerra Mundial. Durante esta investigación el nombre de Manuel Varela había aparecido y el chico pedía consejo. El argentino se ponía en contacto con el político para informarle. Manuel Varela no sabe, ni remotamente, la razón por la que su nombre puede aparecer en una investigación sobre nazis, y como su imagen pública es muy importante, no quiere llevarse ninguna sorpresa. Encarga a Reina que averigüe todo lo que pueda.

Pepe se pone en marcha y se busca dos colaboradores, aunque al principio estos no sabrán para quien trabajan o con qué propósito investigan; uno es Barrabás, que sabe de la vida y propósito de todo el mundo, al que pide que averigüe sobre la vida y obra de don Manuel, incluida su infancia en Monforte de Lemos. La otra es Lelia, una chica a la que conoce por casualidad en un hotelucho de Santiago y que es una lectora voraz, una mente muy despierta y una bellísima persona. El trabajo de Lelia será leer todo lo que se haya publicado sobre los nazis en Galicia y redactar informes a Pepe. Mientras él, viajará por varios sitios del interior de la comunidad intentando seguir las pistas y hablando con diferentes personajes.

Aunque el libro es extenso, tiene algo más de 600 páginas, a mí no me ha sobrado nada. En principio, puede parecer algo lioso hablar de una novela que habla de otra novela, de una investigación que habla de otra investigación, pero solo son las primeras 20 o 30 páginas, enseguida encuentras el sentido a los saltos de tiempo y al cambio de personajes. Porque en la novela hay flashback, e incluso un sutil y filosófico flashforward, que no sé si se puede considerar así, porque es dentro del libro interior. Son capítulos cortos, una forma de contar la historia ligera, con mucho sentido del humor, esa retranca gallega está muy presente en el personaje de Reina. Hay mucha historia bien integrada en el devenir del relato, lo que hace que no sea pesada. Descripciones muy acertadas, diálogos que ayudan a entender y mantiene el misterio y el intríngulis hasta el final.

Luego el tema, que ya sabéis lo que me gusta a mi aprender, pues no tenía ni idea de la presencia de nazis en esta tierra, y mira que he visto pelis y leído libros sobre esa época, porque es un tema muy recurrente. Pero no solo se habla de los nazis en el libro, también se retrata la vida de Galicia, la de antes y la de ahora, muy bien por cierto. No digo yo que lo que cuente sea verdad, pero que pudo ser, pudo. A propósito de esto, el mismo autor escribe en la portada:

“Si todos los hechos relatados en esta novela fueran producto de la fantasía, no quedarían secretos en los rincones más ocultos de nuestra historia”

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Desde las entrañas, de Míchel Súñen

desde las entrañas

desde las entrañas No es la primera vez que les hablo de Míchel Suñén, un autor polifacético ya que combina el ensayo, la literatura infantil y la novela para adultos. En esta ocasión les traigo “Desde las entrañas”, que como casi todas sus obras para adultos es negra, muy negra, y tendiendo cada día más al thriller puro, ya saben tramas adictivas en las que todo ocurre con mucha rapidez haciendo que el lector quiera avanzar más y más de forma casi compulsiva.

En este caso hablamos de una intriga internacional ambientada, como es su costumbre, en España, aunque en esta ocasión haremos una escapadita a EEUU.

Alma Ollés será nuestra protagonista, una mujer con unos poderes especiales, capaz de sentir y tener visiones sobre hechos ocurridos en el pasado o que ocurrirán en un futuro. Ya saben, ese tipo de personas que salen en programas de policías o en programas tipo Cuarto Milenio. En muchas películas vemos como la Policía estadounidense suele utilizar mucho a este tipo de personas, pero no me pregunten si esto es cierto o es solo a nivel de gran pantalla y novela negra.

El caso es que varias jóvenes son secuestradas estando embarazadas y con firme intención de abortar, y liberadas una vez que han tenido a sus hijos. La primera reaparición es la de Judith, que curiosamente lo hace muy cerca del Camping de los Alfaques, donde nuestra protagonista está haciendo un reportaje, será ella, precisamente, quien la encuentre… ¡Supongo que a nadie le hace falta que le explique que hace una “sensitiva”, como Alma Ollés, en los alrededores de los Alfaques! Pues sí, si han pensado que allí están ocurriendo apariciones extrañas, han acertado.

Y a partir de ahí, se mezclan historias de embarazos deseados y no deseados, clínicas abortivas, suculentos negocios económicos, investigación farmacéutica y médica, feminismo, machismo, amor, deseo, desamor, poder… Naturalmente se pueden añadir a estas otras muchas palabras pues el libro está llamado claramente a remover conciencias a favor de la vida.

Ya les decía que Suñén se mueve muy bien en el terreno de la intriga y abre y cierra perfectamente cada trama y subtrama en la que nos adentra, en este caso además con un buen puñado de personajes dispares, no solo en su forma de pensar, sino provenientes de medios sociopolíticos diversos con sus visiones particulares sobre la vida.

La presentación de todos estos personajes se va haciendo paulatinamente de forma que el autor va separando las distintas secuencias, que al principio puede parecer que nada tienen que ver, pero enseguida intuyes que todo finalmente encajará y será un conjunto armonioso que vas comprendiendo, eso sí, sin llegar a descubrir el final hasta que nos vamos acercando a él, motivo por el que me ha enganchado pero sin ansiedades.

Una parte importante de la trama descansa en el grupo Femen, y en Tania, a la que presenta como activista en este grupo organizado que hay ya constituido en España. FEMEN es una organización que tiene su sede central en Kiev y que fue fundada en 2008 por Anna Hutsol con el nombre originario de “Nueva Ética”. Seguro que les sonarán por llevar a cabo actos de protesta contra instituciones religiosas, turismo sexual, agencias matrimoniales, etc…, actos en los que muestran sus pechos descubiertos, y que normalmente les cuenta arrestos policiales y detenciones.

Está bien, me ha gustado esa pluralidad de personajes que el autor nos da en Desde las entrañas; quizá el que más me ha sorprendido ha sido el propio narrador, porque estoy acostumbrada a narradores que cuentan, pero por algún motivo en este caso me veía llevada a su ritmo, naturalmente, pero también, y esto ya no es tan natural, de alguna manera a su posicionamiento moral.

Claro que si era ese el efecto que quería provocar el autor, les aseguro que lo ha conseguido.

La vida a debate una y otra vez…

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El juego de la luz, de Louise Penny

El juego de la luzEl juego de la luz es la séptima novela de la serie protagonizada por Armand Gamache, el inspector jefe de la Sûreté de Quebec, y por los pintorescos personajes que pueblan el idílico microcosmos de Three Pines, esa pequeña localidad que viene a ser la representación y condensación de todos los prodigios paisajísticos, naturales y antropológicos que la imaginería contemporánea atribuye a Canadá. En realidad, a mí me parece más bien un trasunto literario de Cicely, aquella localidad de los prodigios donde todo era posible, desde lo humano a lo divino, pasando por lo mágico; todo, incluso descubrirse, conocerse y amarse a uno mismo. Las aventuras de Gamache y del pequeño universo de Three Pines no son tan bienhumoradas, desde luego, pero algo de ese misticismo muy humano hay también aquí; en realidad, ¿de qué otra cosa trata una novela, cualquiera que ésta sea, si no de la lucha del hombre por reconciliarse consigo mismo y con la vida? Presidiendo este proceso de transformación interna está una maga de la literatura, Louise Penny, que, al igual que unos pocos escritores más, nos demuestra que un literato de verdad puede permitirse cultivar cualquier género, hasta los más menospreciados y considerados de menor categoría, porque el resultado no será una novela de género, sino una novela a secas.

Louise Penny es una escritora singular. Me recuerda mucho a otra autora que estoy releyendo estos días, P.D. James. Ambas son como las dos caras de una moneda: totalmente opuestas en su visión de la vida y de las personas, pero siamesas en estilo, preocupaciones, cuidado por el detalle, inteligencia y sensibilidad. Donde P.D. James veía motivos para la desesperanza, Louise Penny ve motivos para la compasión y el perdón, para las segundas oportunidades. James no daba tregua a sus personajes y no sólo los retrataba cruelmente, sino que cercenaba poco a poco todas sus posibilidades de triunfar en la vida, contagiándonos gradualmente a los lectores ese sentir tan desilusionado y misantrópico. Penny, por el contrario, quiere ostensiblemente a sus creaciones, incluso a aquellas más carentes de valores y cualidades positivas que las hagan entrañables a ojos de los demás, ni que decir tiene que a los del lector, que no suele ser juez misericorde con aquello que lee. En el caso de El juego de la luz, hay muchos personajes que necesitan esa compasión, pues la historia que en la novela se nos narra es una historia de pecados, de rencores, de odios enconados, de asesinato. Pero también es una historia de perdón, de cómo es posible perdonarse a uno mismo y a aquellos que nos han hecho daño hasta el punto de trastocar el curso de nuestra vida, de decidir nuestro destino o de diezmar nuestra confianza y nuestra capacidad de amar a los demás y a nosotros mismos.

Por estas páginas veremos pasar personajes -muchos de ellos viejos conocidos, si hemos leído anteriores entregas de la saga de Gamache: el matrimonio Morrow, unido y separado por el arte; Olivier y Gabi, regentando el bistrot donde se reúnen los vecinos y amigos de Three Pines; la genial y malhumorada poeta Ruth; Myrna, la psicóloga urbanita reconvertida en librera rural; y también la familia y compañeros de trabajo de Gamache, con especial protagonismo para su segundo y hombre de confianza, Jean-Guy Beauvoir-, una investigación que llevará a Gamache y su tropa desde Three Pines hasta la ciudad, desde el jardín de Clara Morrow hasta galerías de arte y reuniones semisecretas; también veremos y observaremos los estragos que causan los traumas, los sentimientos reprimidos, la impotencia, el no saber; y comprobaremos una vez más, como ya sabíamos, que el perdón no equivale al olvido, ni viceversa, y que el pasado tiene una sombra muy alargada. El crimen que origina el misterio que Gamache habrá de resolver -ha aparecido un cadáver en el jardín de los Morrow justo en el día en que Clara celebra su puesta de largo como pintora, algo que, por otra parte, ya le tiene revuelto el hogar, ya que su marido, también pintor, se sabe secretamente no tan bueno como ella; he ahí otro caso que se desarrolla en la novela, aunque nuestro buen policía no tiene parte en él- saca a la palestra una serie de emociones, recuerdos y verdades que han permanecido relegados a un rincón, pero no olvidados, y que ahora desvelan ser como una telaraña que une a los personajes unos con otros en relaciones que no son complicadas, es más, son muy sencillas, pero han permanecido ocultas durante mucho tiempo, con el resultado de una persona muerta violentamente.

Louise Penny transmite serenidad tanto en sus fotos como en las reflexiones y sucesos cotidianos que comparte con sus seguidores en sus redes sociales; y esa misma serenidad preside su obra, muy especialmente ésta. El juego de la luz nos presenta un misterio de menor vuelo que aquella magnífica obra titulada Una revelación brutal; pero es un misterio con elementos con los que es más fácil que el lector se identifique. Puede decirse que es seguro que se identificará, porque es una materia completamente terrenal. Todo el mundo sabe de primera mano lo que es la enemistad, la traición, la ruptura de la confianza en otro, sentirse víctima cuando se ha sido, en efecto, inequívocamente víctima de otro. El odio que inflama los corazones agraviados en El juego de la luz es tan grande, que se diría que la autora guarda un recelo reverencial a desvelar su verdad. Porque es un odio muy humano, muy comprensible. El odio puede generarnos rechazo, y sin embargo hay un tipo de odio que cualquier persona ha sentido probablemente al menos una vez en toda su vida.

Y hay numerosos conflictos de menor gravedad que se nos describen con una sensibilidad de poeta. El más llamativo de ellos es el shock que sacude el matrimonio, por lo demás modélico, de los Morrow. Y su origen es perfectamente común: los celos de Peter hacia su mujer, Clara, que se ha revelado como una artista sublime. La intriga por saber si esos celos son más fuertes que el amor de la pareja no es nada desdeñable, y ello se debe enteramente a que la pluma de Louise Penny sabe con exactitud cómo dibujar las escenas de los pequeños enfrentamientos, los gestos inhabituales que delatan un sentimiento inconfesable, los desencuentros entre dos personas que han compartido toda una vida y que ahora se ven como extraños. Una materia prima tan común se convierte en oro de la mano de Louise Penny.

Como en el resto de novelas que conforman la serie de Gamache, el lugar adquiere una importancia crucial. El microcosmos de Three Pines es a la vez santuario y pequeño infierno; es ambas cosas de forma no alternativa, sino simultánea; es retiro dorado y es agujero demencial; es paraíso y es averno. Las fuerzas purificadoras de la naturaleza y la energía regeneradora de la amistad verdadera, la buena vecindad y el compañerismo aparecen en pugna una vez más.

El juego de la luz es una novela altamente recomendable tanto para lectores que busquen entretenimiento y suspense veraniegos como para aquellos que estén dispuestos a sumergirse a mayor profundidad.

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Canción dulce, de Leila Slimani

canción dulce

canción dulceCuando he leído una novela que me ha gustado mucho y sé que la voy a reseñar, ni por asomo se me ocurre leer ninguna reseña o crítica sobre ella hasta que yo no he hecho la mía. Otra cosa son las entrevistas y las biografías de autores a los que no conozco y que me han dejado gratamente impactada. Porque conocer un poco de la vida del autor me ayuda, en ocasiones, a profundizar en su obra una vez leída.

Canción dulce, es un libro que me regaló una buena amiga, muy poca gente me regala libros y ella es una de esas pocas. Yo les entiendo, no es fácil que nadie sepa qué he leído y qué no he leído a lo largo de cada mes, ya que aunque bastantes son los libros de los que hablo y que reseño, hay otros muchos que poco o nada me han aportado y no suelo hablar de ellos, y naturalmente tampoco los reseño. Luego están los que ni termino de leer, y les diré que no siempre porque me parezcan mal, en ocasiones ha habido buenos libros que he tenido que dejar para más adelante, para otro momento, ya saben que hay lecturas para cada momento y momentos para cada lectura de nuestra vida.

El caso es que inicié esta Canción dulce sin saber muy bien en qué mundos me adentraba, y como suele pasar era el momento y era el lugar… El libro me funcionó tan bien que fue de esos que leí en exclusiva, aparqué todo lo que tenía entre manos para dedicarme por entero a la historia que me ofrecía esta autora.

Leila Slimani inicia su tremendo thriller de la forma que menos me gusta: Por el desenlace. Así que mi mente me recuerda que hay que tener una historia muy potente para atreverse a mostrar al lector semejante final en las primeras palabras:

“El bebé ha muerto. Bastaron unos pocos segundos. El médico aseguró que no había sufrido. Lo tendieron en una funda gris y cerraron la cremallera sobre el cuerpo desarticulado que flotaba entre los juguetes. La niña, en cambio, seguía viva cuando llegaron los del servicio de emergencias. Se debatió como una fiera… ”.

Ahora que he terminado el libro, y ahora que conozco la historia, tengo que reconocerles que su lectura me ha tenido atrapada durante los días que le he dedicado. Aunque no leí la contraportada del libro, no puede evitar leer en la faja que había recibo el Premio Goncourt 2016, así que sin desmerecer para nada al género que tengo entre manos, y según avanzaba en la lectura, sabía que entre mis manos había algo más que ya estaba empezando a intuir…
Y me gustaba.

La autora acierta con el narrador, un observador atento y por ello conocedor de la realidad actual francesa, pero sobre todo un narrador (o narradora) que conoce del sentimiento humano, de lo desconocida que puede llegar a ser la mente de quienes nos rodean, de nuestras miserias y egoísmos, de cómo podemos pasar de comprender a uno de los personajes a sentir la misma humillación que sienten otros…

Myriam, abogada de origen magrebí; Paul, su marido, se dedica al mundo de la música; y sus dos hijos, Mila y el pequeño Adam, forman una bonita y típica familia joven francesa. Ella quiere retomar su vida profesional y para ello precisan recurrir a la contratación de una niñera, cosa que llevan a cabo con lo que ellos creen que ha sido exquisita diligencia, convirtiendo a Louise, mujer de unos cuarenta años, francesa y blanca, en una parte fundamental de sus vidas.

Verán, cuando yo era joven mis primeros sueldos los gané cuidando niños, es lo habitual en estudiantes. El caso es que hablando con muchas chicas que, como yo, ganaban algo de dinero con estos trabajos, me contaban que primero todo el mundo quiere que le cuides a su hijo porque es su bien más preciado, pero en nada eso se les olvida y pasan a querer una chica para todo por un mísero sueldo, pretenden que se sienta como una más de la familia… La verdad es que mirando a mi alrededor me doy cuenta de que las cosas no han cambiado mucho en ese sentido.

En realidad lo que he leído es una novela que pareciendo un thriller es una historia en la que lo que prevalece es la carga emocional, no es tanto querer saber qué ha pasado como comprender el porqué. Una profundas reflexión sobre la soledad y sus consecuencias … En fin, no crean que habiéndoles contado tanto les he contado nada, por sus casi trescientas páginas que no querrán que terminen, verán cómo se pasa la vida y cómo se viene la muerte, tan callando.

Cada uno de ustedes van a tener su propia lectura de esta novela, y esa creo que es una de las maravillas que consigue Leila Slimani con su obra, esta Canción dulce que como les decía ganó el Premio Goncourt 2016. Y si a mí me preguntan, y teniendo en cuanta que yo no soy amiga de premios literarios, les diría que muy merecidamente. Teniendo en cuenta la juventud de la escritora (1981) y su trayectoria ya que su primera novela, Dans le jardín de l´ogre (2014) obtuvo el reconocimiento unánime de la crítica francesa, y ya ven como le ha ido con su segunda, y por eso creo que Francia puede asegurarse un gran futuro literario a través de sus muchas jóvenes escritoras.

En ocasiones no es fácil transmitir todas las emociones que nos ha provocado una lectura, y al leer y releer la reseña que uno hace piensa que falta algo, que aun no está todo dicho, pero sé que podría estar aquí dos horas más dándole al teclado y siempre me faltará algún detalle, así que no les canso más, pero sí les recomiendo que lean esta obra que pareciendo una sola cosa nos ofrece un mundo de ellas.

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La torre negra, de P.D. James

la-torre-negraA veces pasa que, cuando leemos un libro que no es necesariamente ni muy conocido, ni muy elogiado por quienes lo conocen, nosotros vemos claramente lo que es: una obra maestra. Entonces nos llevamos las manos a la cabeza: ¿cómo es que casi nadie más se ha dado cuenta, o casi nadie lo considera así? (Digo “casi” porque una búsqueda en Internet me tranquilizó, confirmándome que sí ha habido críticos que han dicho que La torre negra es lo que a mí me parece que es: un monumento literario, una obra adelantada a su tiempo, seguramente aún incomprendida, inmerecidamente arrinconada en la vasta categoría de libros menores, ni muy buenos ni malos, del montón, libros que se dejan leer, o, a lo peor, libros que están bien pero que pueden resultar aburridos y que, por tanto, están indicados sólo para unos pocos). Y por eso, La torre negra, que es en realidad la obra cumbre de P.D. James, quien es a su vez una de las autoras supremas de la novela de misterio, de todas las épocas, todas las lenguas y todos los subgéneros, no es ni tan conocida ni tan celebrada como, a mi juicio, debería ser. Quizá algún día lo sea.

Y sí, es la pura verdad: La torre negra no es ni será plato para todos los gustos. Ni siquiera, o muy especialmente, tal vez, del gusto de muchos amantes de la literatura de misterio. Porque La torre negra trasciende todos los géneros. Es, sencillamente, algo tan difícil de encontrar, un placer tan raro, como lo es un libro magnífico, maravilloso, un libro cumbre; cuando algo es así de bueno, poco o nada importan las etiquetas que se le quieran poner; su excelencia supera todas ellas y las muestra como lo que son, esfuerzos para limitar, reducir y clasificar lo irreductible e inclasificable. Es una muestra acendrada de un don, el de la literatura, que va más allá del mero talento, el cual, con ser valioso, es un ente más fácilmente explicable. El don, la genialidad, la libertad que ejerce un escritor cuando escribe lo que sabe y como sabe, a despecho de las normas no escritas de un género cualquiera, es algo que sólo cabe ser disfrutado.

Sin embargo, sí, La torre negra se adscribe al género de misterio, más concretamente a la tipología de novela-problema, en la cual han destacado, por alguna razón, los autores ingleses. P.D. James vuelve a recurrir a su protagonista más asiduo y más popular, el superintendente de Scotland Yard Adam Dalgliesh, policía-poeta, culto, refinado, muy británico, lánguido, frío como un pez pero entrañable, a su particular manera. De entrada, al lector le espera un preludio que marca el tono del resto de la novela: Dalgliesh acaba de recibir el diagnóstico de que no está enfermo de leucemia y de que su muerte no se espera a corto plazo, lo cual, como no es sorprendente tratándose de Dalgliesh, lo sume en una equívoca depresión. Además, ha dejado la policía y ya no quiere dedicarse a resolver asesinatos. Está aún convaleciente cuando decide que va a atender la llamada por carta -estamos en 1974- de un viejo amigo, el padre Baddeley, que vive en una pequeña y cerrada comunidad médico-religiosa de la costa de Dorset, cuyas necesidades espirituales atiende. La carta no desvela el motivo de la llamada del pastor, quien, como era de esperar, resulta haber muerto para cuando Dalgliesh llega a su destino.

La historia está ambientada en una comunidad muy cerrada, aislada del resto del mundo, tanto física como psicológicamente, y está poblada por personajes a cual más singular; casi todos son minusválidos postrados en sillas de ruedas, agrupados alrededor de una figura de líder carismático, el benefactor y fundador de la comunidad; también son personajes destacados el personal sanitario que los atiende y un par más de residentes. James deja muy claro en los compases iniciales que ni a los personajes, incluido el propio Dalgliesh, ni al lector le será posible abandonar Toynton Grange, que así se llama la residencia, y sus inmediaciones hasta que a la autora le parezca conveniente; la comunidad es como un círculo o un poblado maldito cuyos habitantes están condenados a no poder rebasar sus fronteras. Pacientes, trabajadores y residentes sanos forman una especie de clan cuyos miembros están fuertemente unidos entre sí por lazos de amor, odio, rivalidad, enemistad, alianzas prácticas y desprecios. No hay ni un solo personaje que a P.D. James le caiga en gracia, y esa misantropía -signo distintivo de la autora, por otro lado, famosa por el desdén y la crueldad con los que trata a sus criaturas de ficción- provocará que la novela participe de un más que llamativo feísmo; más que en ningún otro libro de P.D. James, desfilarán ante nuestros ojos personajes retratados como bajo un potente foco de luz fluorescente, observados con lupa todos sus defectos o simples particularidades físicas; recordaremos de esta novela personajes casi caricaturescos, con poros dilatados como cráteres, vello facial como cerdas de jabalí, vestidos y pintarrajeados como monigotes, de dientes descoloridos, frentes abombadas, piernas torcidas. El talento de la autora para la descripción le permite regodearse en tan crueles retratos. Sin embargo, justo es apuntar que esas caricaturas no son sino un reflejo fiel de la deformidad y las taras mentales, psicológicas y afectivas que sufren los personajes o que infligen a los demás. En efecto, se trata de personajes que es imposible querer, por los cuales ya es difícil sentir compasión alguna; de cada uno de ellos nos mostrará la autora breves pero elocuentes retazos de vida, con todas sus miserias, depresiones, complejos, traumas, sentimientos difíciles de expresar e imposibles de justificar. Son personajes perdidos, anulados, de sexualidades reprimidas o neurotizadas, incapaces de relacionarse normalmente con ninguna otra persona. Y Adam Dalgliesh, pese a ser un personaje prácticamente carente de desarrollo -lo que sabemos de él lo sabemos porque él accede a compartirlo con el lector, no porque la autora nos permita conocerlo como hombre ni como policía-, es por eso el único que sale indemne de su paso por estas páginas.

Se ha afirmado que el gran don de P.D. James, su personal aportación a la literatura de misterio, es que escribía novelas de misterio como si fueran simplemente novelas, y estoy completamente de acuerdo. Es cierto que en La torre negra hay asesinatos, luego hay un misterio que desentrañar, pero no es menos cierto que esos asesinatos no se presentan como bombas de enorme poder destructivo en medio de una sociedad o comunidad por demás ordenada y correcta, sino como sucesos que afectan al resto de personajes de formas tan imposibles de prever como reveladoras en sí mismas y desencadenantes de dramas humanos de magnitud incalculable que, estos sí, juntos y en cadena, cambiarán irremediablemente y para siempre aquella sociedad en la que han ocurrido. Los crímenes de P.D. James – y La torre negra es una perfecta muestra de ello- son, en el fondo, colosales McGuffins que hacen el papel de motor de un cambio que ya estaba en ciernes antes de ese crimen, y que éste no hace sino acelerar inexorablemente. Por eso, Dalgliesh no compartirá en ningún momento la cadena lógica o deductiva que lo ha llevado a descubrir la solución del enigma; esta simplemente nace en él y Dalgliesh es un mero activador de esa solución.

A pesar de ese escamoteo de información, P.D. James es una autora bastante justa para con el lector, y resulta admirable su intuición a la hora de administrar los datos, las pistas verdaderas cuidadosamente dosificadas y envueltas en banalidades o perdidas en escenas cargadas de todo tipo de información jugosa y colorida, pero por lo demás insustancial. Todo ello ocupa su lugar en la resolución final, y cada pista es debidamente rastreada, recuperada y explicada. Si Agatha Christie es la maestra de las soluciones sorpresa, P.D. James lo es de la colocación de las pistas.

El desenlace configura una secuencia memorable, a caballo entre lo tormentoso y terrorífico y lo onírico y surrealista. Y una parte nada desdeñable del protagonismo lo adquiere esa siniestra torre negra -inspirada, al parecer, en una edificación real, concretamente en la Torre Clavell (si buscan la imagen en Google, prepárense para tener pesadillas esta noche)- que parece tener vida propia pero que es, paradójicamente, símbolo de la muerte que preside toda la acción.

Hay que advertir de dos cosas sobre esta lectura. La primera: es lenta, muy lenta. Quienes busquen aquí una lectura de misterio con fines de evasión probablemente encontrarán irritante la morosidad de James, que describe ampliamente lugares -muy importantes en la narrativa de la autora-, personas, situaciones, escenas, detalles; incluso varias veces a lo largo del libro. La segunda: puede llegar a ser deprimente. No sólo el carácter desesperanzado de una comunidad formada por enfermos incurables sumidos en la melancolía, la amargura y la soledad, sino también el bache personal que está atravesando Dalgliesh contribuyen a ello; también el aislamiento algo irreal en el que viven todos los miembros de la comunidad. No hay en La torre negra apenas sitio ni tiempo para bellos sentimientos, con excepciones, que las hay; predomina el comentario social por parte de la autora, que pone al desnudo y hace irrisión de vicios morales y sociales tan extendidos en aquella época como en ésta; el postureo místico, los líderes de pacotilla aupados en realidad sobre los hombros de una irreprimible egolatría, la codicia sin límites, la malicia embozada en una apariencia de inocencia, el miedo a la libertad, la maledicencia… todo ello es claramente denunciado por una autora que jamás hizo dejación de su papel de crítica social, utilizando para ello un microcosmos ficticio creado a imagen y semejanza del mundo real.

Al final de todo, en La torre negra tenemos, además, una ingeniosa trama criminal, que sigue siendo perfectamente válida a día de hoy, con una solución y un misterio soterrado muy bien pensados y capaces de agradar al lector de misterio más exigente.

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The Woods 2. El enjambre, de James Tynion IV y Michael Dialynas

The Woods 2. El enjambre

The Woods 2. El enjambreA lo largo de la historia del arte ha sido de sobra conocida la relevancia y la impronta que deja en un autor la labor de su maestro. Conocimientos y técnicas que se trasmiten en sus talleres en los primeros años del artista cuando su mente creativa ansía absorber hasta el más mínimo detalle. Miguel Ángel se formó en el taller de Ghirlandaio, Leonardo en el del Verrochio, Francisco Pacheco instruyó a un joven Diego Velázquez y Francisco de Bayeu hizo lo propio con Goya. En cada uno de esos casos, y en muchas de sus obras, se produjo el fenómeno de genialidad en la que el alumno supera al maestro. Muchos años después, y en otra de las expresiones artísticas más relevantes y apreciadas, el denominado Noveno Arte, los talleres o, como a mí me gusta llamar en su voz italiana bottegas, siguen cobrando suma importancia y, en consecuencia, generan nuevos valores de muy elevado nivel. Sirva como ejemplo el sucedido en esta serie de cómics que ha lanzado en España la interesante editorial Medusa Cómics: The Woods. En este caso se trata del aventajado alumno James Tynion IV que se formó bajo la tutela del maestro Scott Snyder (American Vampire, Batman). Y como ocurriera con los anteriores ejemplos de pintores, se podría decir que el pupilo está cerca de emparentarse, si no de rebasar, la obra de su mentor.

The Woods 2. El enjambre es el segundo tomo que continua una aterradora, fascinante e inteligente historia de ciencia ficción en la que los alumnos de un instituto de Bay Point, Milwaukee, desaparecen sin dejar rastro y viajan a un extraño e inquietante mundo lejano, perdidos en medio de un bosque lleno de criaturas y peligros ocultos. En el primer tomo que reúne cuatro espectaculares números nos presentaban a cada uno de los personajes y el conflicto del relato; ninguno sabe dónde han ido a parar y están aterrados, sobre todo después de presenciar cómo una gigante e imposible criatura ha devorado a una de sus compañeras y, en mitad del bosque, han sido atrapados por una comunidad de hombres con ropajes vikingos.

En este segundo tomo se aprecian las influencias aprendidas por su guionista James Tynion IV. Por un lado, el poder de crear una historia muy elaborada que promete un entramado complejo y bien hilvanado con diversidad de personajes perfectamente reconocibles y distintos, detalles que bien podría haber absorbido de Snyder, como también, y por otro lado, las referencias a gigantes guiones de ficción y modos de desarrollarlos como ocurre con la serie Lost. Es esta una apreciación que me trasmitió el cómic a medida que lo iba leyendo. Hay cosas que los distinguen, por supuesto, pero el nudo del relato bien podría tener ciertas afinidades. Por ejemplo, y para poner al futuro lector —a quien recomiendo encarecidamente esta obra— en situación, los alumnos han ido a parar a un lugar lejano y desconocido en mitad de una jungla que oculta misterios en su interior. No sufrieron un accidente de avión, pero sí llegaron ahí por algo que les trajo, digamos, adrede. Para colmo, la aparición de un grupo de habitantes de aquel lugar, aún más inquietantes, que pueden asociarse con aquel grupo de la serie de televisión a los que llamaban «los otros». En cuanto a su forma de narrar la historia también relacionas ambas obras, como es el empleo de analepsis o flashbacks enfocados en las vidas de cada uno de los personajes y que hacen avanzar la narración. En este segundo número conoceremos más en profundidad los temores y la personalidad de algunos de sus protagonistas que serán muy relevantes para el desarrollo de la historia y las consecuencias que esto conllevará.

¿Apreciar tantas similitudes con otras obras resta originalidad o calidad al trabajo final? Bueno, ¿acaso no es digno de apreciar el cuadro La fragua de Vulcano, de Velázquez pese a estar supeditado a las influencias de un pasaje de La Metamorfosis, de Ovidio y a los gustos por la mitología que aprendió de Rubens? No considero que la obra sea un, mal llamado, refrito de otras historias. The Woods 2. El enjambre tiene un guion muy inteligente y bien desarrollado en el que la lectura y el disfrute de los dibujos, esto a cargo del ilustrador Michael Dialynas, son un ejemplo de buen hacer de dos auténticos artistas del cómic que salieron de sus talleres como alumnos y, en gran parte, gracias a este trabajo que ambos están realizando, pueden presumir de poder crear su propia escuela como maestros, que es en lo que se están convirtiendo.

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Mortaja para un ruiseñor, de P.D. James

Mortaja para un ruiseñorEl fenómeno -no sé si general o fruto de una percepción personal- se da, con preferencia, en novelas de misterio, sobre todo en novelas de misterio escritas por autoras de lengua inglesa: el misterio puede haber sido más o menos previsible, carente de sorpresas fuera de lo esperable, con un investigador eficaz dotado de métodos propios que tenía que desenmascarar a su asesino de entre una cohorte bien surtida de personajes secundarios; el asesinato ha tenido lugar en un entorno cerrado con reglas propias, a veces sin nada que envidiar a las de regímenes políticos represivos; y tal asesinato ha actuado como elemento catalizador en una atmósfera que era como una olla a presión de bajas pasiones, odios encendidos pero secretos, enigmas personales, ocultaciones y solapamientos que nadie habría podido adivinar hasta el detonante del crimen. Y bien, termina la lectura, y nada de lo leído, en apariencia, aunque sumamente entretenido y hasta objetivamente bien escrito, supera la marca de otras muchas lecturas similares.

Sobre el papel, podría pensarse que es así; sin embargo, en la realidad, no lo es; la novela recién leída ha dejado su impronta en la mente; los personajes no son inmediatamente barridos de la memoria; las escenas aledañas al crimen tienen un peso determinado, significan algo por sí mismas; los ambientes, habríamos podido jurarlo, no nos han sido totalmente ajenos. Son novelas que tienen un peso, una autenticidad, una gravitas; que participan de la vida verdadera -si bien de la parte siniestra de la misma, aunque no es menos verdadera que la parte visible y banal de la que fingimos no extralimitarnos en ningún momento-, que exhiben unos personajes que son personas de verdad, en las que podemos identificar, tal vez, personas de carne y hueso que hemos conocido alguna vez. Estas novelas no son meros relatos, sino algo más, porciones ínfimas pero gravosas de la vida de los seres humanos y de sus pasiones. Al acabar la lectura, nos es imposible pasar a una nueva; necesitamos respirar en la estela de intensidad que ha creado esa inmersión en el mundo sólo en parte ficticio creado por el autor; y, pasado un tiempo, seguimos recordando a los personajes, las impresiones de afecto o de terror que han suscitado en nosotros, y quizás, también, de cierta incredulidad por lo veraces que son.

Esta capacidad para crear gravitas y transmitirla al lector no tiene siempre que ver con la calidad estrictamente literaria del autor, ni tampoco con nuestra preferencia o no por él o ella. Nos puede gustar un autor por otras cualidades; ésta es una más, si bien -para quien esto escribe- importante. Agatha Christie tenía esa capacidad; Dorothy L. Sayers, no. Sue Grafton la tiene; Gillian, Flynn, no; Dennis Lehane, sí; Don Winslow, no; James Ellroy, si; Michael Connelly, no.

Se dio la circunstancia de que dos de las reinas de la literatura ‘criminal’, ambas en posesión de esta misteriosa cualidad que comentamos, fallecieron recientemente y a menos de un año la una de la otra: P.D. James, el 27 de noviembre de 2014, y su amiga Ruth Rendell, el 2 de mayo de 2015. Con su desaparición, se nos priva de dos de las damas -o baronesas, que lo eran- inglesas del crimen que más han contribuido a modernizar su género, y cuyas novelas conjugaban, cada una en su estilo, intríngulis policiaco con calidad literaria para lectores exigentes. A pesar de que las dos vieron el cénit de sus carreras en los años 70 y 80, su escritura no envejece jamás, porque, al margen de detalles contextuales propios de la época, la naturaleza humana queda perfectamente retratada en cada una de sus novelas, configurando retratos permanentes que siempre resultan misteriosos y adictivos.

Quizás por eso, Ediciones B ha relanzado varias novelas, entre ellas algunas que han adquirido ya el estatus de clásicos modernos de su género, de P.D. James en edición de bolsillo de tapa dura. La que hoy comentamos está a la venta al muy asequible precio de 7,95 euros. Se trata de Mortaja para un ruiseñor, cuarta novela protagonizada por el superintendente Adam Dalgliesh, que P.D. James fue construyendo y enriqueciendo a lo largo de 14 entregas. Curiosamente, la ambientación, que sí acusa el paso del tiempo -es una novela ambientada en un colegio para enfermeras, quienes estudian procedimientos que hoy en día han quedado anticuados, con metodologías que aún parecen más anticuadas, y viven en una sociedad con códigos morales, roles de sexo y convenciones que hoy están ampliamente superados, al menos en los usos sociales y en lo comúnmente aceptado-, contribuye a acentuar lo siniestro y amenazador de la historia; ¿se puede uno imaginar lugar más tétrico que un colegio de enfermeras totalmente aislado de la civilización, con historia de fantasmas incluida, donde se vive sin un ápice de intimidad, y se observan normas académicas y de comportamiento que ya entonces eran pasadas de moda? Es en ese lugar donde se producen dos muertes sospechosas, que reclaman la intervención del superintentende Dalgliesh. P.D. James nos lo mostrará en cada paso de su investigación; nos describe cada interrogatorio, cada acción y decisión de Dalgliesh, sus pensamientos, sus valoraciones; y también las de los sospechosos y otros personajes que pueblan la Casa Nightingale, el colegio en cuestión. Metódicamente, Dalgliesh avanzará hasta descubrir la verdad.

Mortaja para un ruiseñor, como el resto de las novelas de misterio que salieron de la imaginación de P.D. James, es una novela con un ritmo pausado, en ocasiones hasta muy pausado. No es una novela al gusto de las modas actuales, donde prima la velocidad, los flashes, lo visual, las impresiones en lugar de las descripciones, lo superficial y lo impactante en lugar de lo profundo y espeso. Sin embargo, P.D. James es una maestra en el género, y no sólo en el género, también en el retrato humano que es en realidad la base sobre la que debe descansar cualquier novela que se precie de buena e incorruptible al paso del tiempo. En realidad, a James no le gustaban las personas, no le gustaba la raza humana, y no lo oculta; en cada descripción de cada personaje deja entrever su desprecio por la parte malvada, rastrera, hipócrita, embaucadora y mentirosa de hombres y mujeres. Sin embargo, su mirada no resulta prepotente ni ofensiva, sino realista y apenada; pues, al final, James siempre se preocupa por hacer valer la verdad, el bien y la derrota del mal, venga éste de quien venga. El malvado puede exhibir cualidades aparentemente redentoras, pero James siempre hace prevalecer el verdadero bien, la extracción de la verdad oculta bajo capas de subterfugios, mentiras y crímenes. No premia al valedor del bien ni lo reviste de un valor moral superior ni sobrehumano (el pobre Dalgliesh no está revestido, de ningún modo, por un aura heroica ni mítica; es un policía cansado y desengañado, que sólo desea volver a su piso sobre el Támesis y escribir sus poemas), pero condena sin paliativos al asesino.

Hay autoras, como Louise Penny, que también participan de esta cualidad introspectiva y auténtica que hemos comentado, pero que ven -o eligen ver- el sol, la amabilidad última, la redención, la capacidad de perdonar y ser perdonados, el arrepentimiento, el regreso a una guarida cálida y familiar que nos proteja del frío y del peligro; y hay otras, como P.D. James o Ruth Rendell, que se centran en la tiniebla, el mal que puede no ser espectacular, sino sólo estúpido y cotidiano, pero innegable; y que, sin embargo, no aminoran el deseo de seguir leyendo sus novelas sino que lo acrecientan. Mortaja para un ruiseñor es sólo una pequeña muestra del enorme talento de P.D. James, y merece la pena conservar esta pequeña joya y releerla después de un tiempo.

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