
Un marido ideal, de Oscar Wilde





¿Que me ha pasado entonces con este libro?
Sigue leyendo Penurias exquisitas


Este mensaje que perdura es el que me interesa rescatar de La hora 25. Igual que otros renombrados libros, este ejemplar recopila todas las miserias provocadas por la Segunda Guerra Mundial y lo hace a través de historias particulares que cuentan con mayor fidelidad el nivel máximo que pueden alcanzar los sufrimientos.
La historia de Iohann Moritz es pura confusión y desconcierto. Su existencia queda moldeada a los caprichos de los gobernantes de turno que decidieron hacer de su vida una herramienta para ayudar al exterminio y a los beneficios políticos y económicos. Nada mejor que la historia de este personaje para ilustrar como las decisiones de los “grandes” perjudican de manera abismal la vida de una persona y destruyen una existencia que, entre miles de seres humanos es insignificante, pero que en un caso particular significan el mundo.


Sigue leyendo El planeta americano


Recién terminé de leer Todo fluye, de Vasili Grossman y no necesito ni un segundo más para afirmar que es el mejor libro que leí en el año y, con seguridad, uno de los mejores que leí en mi vida. Cometí el bendito error de abrir su primera página hace dos días y desde entonces tuve que aislarme del mundo porque su magnetismo me impidió automáticamente seguir relacionándome con nadie más que no sea esta magnífica novela histórica de un escritor que desconocía por completo.
Ahora ya se todo sobre Vasili Grossman, escritor y periodista ruso (1905 – 1964) que con sus fabulosas crónicas cubrió la batalla de Stalingrado y fue el primero en dar la noticia al mundo de la existencia de los campos de exterminio nazis. Sus libros más importantes (Por una causa justa, Vida y destino, Todo fluye) más que acercarnos, nos permiten “vivir” en persona esa tremenda etapa de la historia llamada URSS. Las controvertidas figuras de Lenin y Stalin se humanizan en cada página, no por sus cualidades humanas (de hecho fueron terribles dictadores) sino porque la calidad periodística y literaria de Vasili Grossman los vuelven terrenal, cercano, tanto a ellos como a las inmensas penurias que debieron soportar y sufrir millones de personas durante la larga noche dictatorial de ese fallido intento de comunismo, que comenzó con ilusión general pero que se transformó en una pesadilla cuando, paradójicamente, en nombre de la libertad (luego de la Rusia Zarista) se terminó implantando una dictadura que eliminó la libertad; y como dice el autor de este libro, la libertad es vida y eliminando vidas se eliminó la libertad.


Publicar un libro es algo muy especial para el autor. Y si hablamos del primer libro, la experiencia, como en todas las primeras veces, se convierte en irrepetible, un momento fundacional que es preciso disfrutar y celebrar como corresponde: se trata de un sueño cumplido y eso no se consigue todos los días. Roberto Maydana (Buenos Aires, 1982) lo ha logrado con Efectos, un libro de cuentos que suda ilusión en cada página, desde las dedicatorias iniciales hasta el texto que se incluye al final y que el autor utiliza para agradecer los cariños (e impulsos) prestados.
La vida cotidiana está llena de efectos que se observan a simple vista o que se pueden apreciar en los detalles más pequeños. El malhumor de un pasajero en el tren, la belleza de una mujer a cámara lenta, el desprecio hacia un vagabundo, todo lo que hacemos produce una serie de efectos infinitos. Esto es lo que trata de reflejar el autor en cuentos como Despedida, Gemelos, La mujer de las llamadas, Gabriela o Crónica de un miércoles cualquiera, el relato que abre el libro y que, de alguna manera, lo sintetiza. Roberto, que vive en España desde hace dos años, se declara lector y admirador de García Márquez, Vargas Llosa y Saramago, y confiesa que su auténtico sueño sería publicar una novela. Por el momento tenemos aquí sus cuentos, sus primeros pasos como escritor. Anécdotas y detalles que buscan formar parte de un todo entrelazado por las palabras, como el crucigrama que anuncia la portada. Como la vida misma.
Libros y Literatura


Admito que es un poco tonto que el primer libro que compré de este autor, haya sido el último que leí de los tres que están estacionados en mi biblioteca. Pero, en mi defensa, no me arrepiento que haya sido de esa forma. Hornby es gracioso y eso se ve en cada libro. Supongo que quería volver a divertirme con sus historias asique no dejé pasar más el tiempo y tomé Cómo ser buenos de Nick Hornby.
Digamos que un matrimonio londinense se viene abajo porque la esposa, Katie Carr, se acuesta con otro hombre. Digamos, también, que su marido parece un auténtico idiota con su excesivo cinismo, su arrogancia y su columna en el periódico donde se burla de los demás. Pero sobre Katie, podemos añadir –digamos- que ella es médica y en esa profesión hay mucho de bondad al oír a pacientes que vuelven al consultorio incansablemente buscando enfermedades donde no las hay y desquitándose con quien los atiende. Ah sí, también el matrimonio de Katie cuenta con dos hijos pequeños.


Las sátiras de Mrożek, con su humor afilado y cercano al absurdo, son el mejor remedio contra la estupidez y la alienación.
Durante mucho tiempo, en este país, como en otros tantos, no se podía hablar ni escribir con completa libertad. El Estado controlaba todo lo que se publicaba o filmaba y censuraba todo aquello que sus guardianes consideraban indecente o contrario a los principios políticos del Régimen.
Cuando leo un libro o, sobre todo, cuando veo una película de aquellos años —especialmente los de los últimos, cuando los censores se habían vuelto más permisivos y los creadores se atrevían a dar pasos cada vez más audaces— lo que más me llama la atención de ellos es la voluntad, a veces algo forzada, de que cada palabra encierre un segundo significado, subversivo y rebelde.


Y es que estamos hablando de una novela en la que la autora nos cuenta la vida de su abuela María Luisa, una bella joven de una “buena” familia asturiana a la que veremos partir recién casada, y con un hombre al que apenas conoce, a la Cuba de los inicios de los años 30, y la veremos evolucionar, crecer y adentrarse en ese nuevo mundo. Una joven que se convertirá en mujer ante nuestros ojos. Pero no crean que esto es lo que más me ha gustado del libro.


Es gracias a ellas que el protagonista de Mi planta de naranja lima es capaz de sobrellevar su realidad. Él, Zezé, un niño brasileño de apenas 5 años, es además el narrador de la historia y el puro reflejo del autor de la novela, José Mauro de Vasconcelos, que con ella quiso reflejar parte de esa infancia que tanto le marcó: porque, aunque al parecer la escribió en menos de dos semanas, afirma que llevaba años bullendo en mi interior. Vasconcelos necesitaba escribir esta novela casi autobiográfica y, al terminar de leerla, uno acaba entendiendo por qué.
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En los libros de Dickens llueve. Y hay niebla. No es que sean grises, deprimentes o tristes, al contrario, esta en particular es una novela por momentos incluso divertida, pero “como el musgo que le sale sin que nadie lo siembre”, en palabras de Andrés Trapiello, el prologuista, la melancolía está presente y es consustancial al alma misma de esta historia. En las novelas de Dickens llueve y hay niebla porque en la Inglaterra victoriana llovía y había niebla y porque en la vida llueve y hay niebla, y las novelas de Dickens son la Inglaterra victoriana y son la vida de ese periodo. Phillip Pirrip, “Pip”, el protagonista que vive en este libro, nos transmite cierta melancolía, cierto desasosiego, pero el vehículo en el que lo hace es un regalo inolvidable, una experiencia de las que le reconcilian a uno con la literatura y con la vida. Porque es triste, sí, pasan cosas horribles, es cierto, ¿pero acaso no es hermosa?
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Y leí,
y lloré,
y desperté.
No paré hasta terminar el libro, no cené y dormí mal.
Hace tiempo que debería haber hecho esta reseña, quizá debería haber sido mi primera reseña, pero no podía… Aun hoy, tantos años después, duele.