
Decir que este 2017 ha sido el año de Margaret Atwood no es pecar de exagerado. El éxito de la serie de televisión The Handmaid’s Tale ha traspasado la pantalla y ha llenado de éxitos también a su libro homónimo, que se ha visto beneficiado y ya es uno de los libros del año (incluso Amazon lo cataloga como el ebook más vendido y leído del año). La autora canadiense, a sus 78 años, ha sido la gran favorita al Premio Nobel de Literatura que finalmente recayó en Kazuo Ishiguro. Reconocimientos aparte, de lo que no hay duda es que el talento de Margaret, apreciado y venerado en el mundo anglosajón, ha desembarcado fuerte en nuestro país, pues pese a ser galardonada en 2008 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, pocos lectores (yo el primero) éramos conscientes de la magnitud de su literatura.
Ese tirón literario y televisivo se ha reforzado en los últimos meses con otra nueva adaptación televisiva de una de las novelas de Margaret, Alias Grace, cuyo estreno en Netflix coincide con la publicación en papel por parte de Salamandra, momento que he aprovechado para leer por fin algo de la escritora canadiense. Pese a compartir temáticamente el mundo de las sirvientas, en esta ocasión no estamos ante una distopía, como sí ocurre con El cuento de la criada. Alias Grace está basada en la vida de Grace Marks, una de las figuras femeninas más importantes del Siglo XIX en Canadá. Con 16 años, Grace se hace famosa al ser declarada cómplice del asesinato de su señor, Thomas Kinnear, y del ama de llaves (y amante de este) Nancy Montgomery. La sociedad de la época se divide entre los que ven en la criada un alma cándida sin maldad y los que creen que alberga el mismísimo diablo en sus entrañas. Gracias a una exhaustiva documentación y con publicaciones de la época, Margaret Atwood, escribe este viaje a la mente de una (supuesta) asesina para descubrir los motivos que la llevaron a la locura. Para eso se vale del personaje del doctor Simon Jordan, que años después de los asesinatos visita diariamente a Grace para que le cuente la historia de su vida y poder con ello desvelar la pregunta eterna que acompaña a la presa. ¿Habita la maldad dentro de Grace, o es cierto que las lagunas que tiene en su mente el día de los asesinatos la convierten en inocente?
No estamos ante un libro que engancha de primeras, ni es fácil de leer, pero sí que estamos ante un libro que enamora una vez que te sumerges en la historia. Alias Grace es un libro de ritmo lento. Una narración pausada y tranquila, la mejor manera para dejarse envolver con la prosa de Margaret, hecha para ser degustada con calma. La autora va contando poco, y lo hace de forma serena y constante, metiendo a uno en una historia contada a dos voces, la de Grace Marks y la del doctor Simon Jordan. En la novela encontramos una crítica furibunda al papel de la mujer en la época. Grace arremete contra el machismo imperante en una sociedad donde cualquier mujer lo tenía difícil, y más aún una mera criada que todavía no asomaba por la veintena. También cobra especial importancia en el relato la obsesión, como la que sufre el doctor Jordan al ir descubriendo que la verdad no tiene un único camino, y que llegar a ella puede ser tortuoso.
Mientras la ¿cándida? Grace va tejiendo parsimoniosamente su quilt, el rompecabezas que forma la novela Alias Grace empieza a coger forma. El lector no sabe si Grace cuenta la verdad o su verdad, y ese pequeño detalle es el que aprovecha Margaret Atwood para demostrar su enorme capacidad de componer una gran historia. Quizá el lector mientras disfruta de Alias Grace empiece también a obsesionarse. Puede que piense que Grace es inocente, víctima de una cruel sociedad machista. O por el contrario crea que la pose angelical de Marks no es más que eso, una simple pose. Y mientras nuestra mente se debate entre la inocencia y la culpabilidad, Atwood nos va regalando 528 páginas de alta literatura. La escritora canadiense solo es culpable de coger una historia pasada y plasmarla en el papel. El lector deberá ser el que saque sus propias conclusiones.
César Malagón @malagonc

Bueno, lectores, ya estamos aquí. Época de cartas, sueños y regalos. ¿No os encanta la Navidad? A mí me alucina, la verdad. Las calles llenas de luces, las tiendas perfectamente decoradas, los niños (y no tan niños) emocionados. Porque yo en ese sentido soy como una niña y vivo la Navidad aún como la niña que fui. También tengo mi carta a los Reyes Magos, no os vayáis a pensar. ¿Y sabéis qué no falta nunca? ¡Exacto! Libros. Libros para mi familia, mis sobrinos y para mí, claro. Y es que el mejor regalo que un niño puede recibir es un libro, porque ya sabéis que un libro esconde muchos regalos en su interior.
Tres eran las hermanas Brönte: Charlotte, Emily y Anne. Pero en el olimpo de los libros inolvidables solo suelen mencionarse las obras de Charlotte 
¿Os acordáis de UPyD? Vale, igual es un poco pronto para hacer esta pregunta, pero la memoria colectiva suele ser corta y pronto olvidaremos que aquel partido tintado de magenta surgió en el no tan lejano 2007 como la gran esperanza frente al bipartidismo. Sus ideas fundacionales parecían atrayentes y sólidas, varias personalidades de renombre apoyaban el proyecto y había encontrado un espacio político que llevaba mucho tiempo sin explorarse en España, el centro, desde el que forjarse. ¿Por qué, con tan buenos ingredientes y a pesar de su prometedor comienzo, el partido acabó cayendo en el más cruel de los olvidos? Seguramente fueron muchas las razones, pero una de las principales, al igual que en el caso de los Hollywood Brats, fue sin duda el haber nacido antes de tiempo.
Si os digo la verdad, cogí este libro con la intención de regalárselo a algún sobrino. (Sí, soy la tía pesada que está todo el día dándoles libros). Pero al final he decidido quedármelo yo porque, aunque sea para lectores infantiles, este libro es precioso y me cuesta desprenderme de él. Así que se queda conmigo, ocupando un buen lugar en mi estantería. Además, así lo pueden ver cuando vengan de visita a mi casa. (¿Cuela o no?)
Diga lo que diga la Cospedal, y lo diga en diferido o en directo, por más que le asombre, no todos somos corruptos. (Por cierto, ¿no es denunciable semejante acusación a toda la sociedad española?) Y es que piensa el ladrón… pero no. Ni todos somos corruptos ni somos como ella y sus amiguitos. A muchos (a todos) se nos caería la cara de vergüenza si soltáramos las chorradas que le oímos decir a ella cada vez que abre esa boca…
Bufff. A ver cómo empiezo yo con esta reseña. Cuando terminé de leer el libro, lo primero que hice fue comentarle a la autora en Instagram que me había dejado rota, pero que al mismo tiempo era una sensación reconfortante. Esa mezcla de sensaciones tan extrañas que sólo algunas cosas son capaces de provocarnos. Dog café es así, te sacude por dentro, te desequilibra, te remueve las heridas y al mismo tiempo te las cura. Y a mí estos contrastes me vienen de lujo, no podría vivir sin ellos.
Hubo un tiempo no muy muy lejano, en el que los dioses pisaban la tierra y dejaban huella en los humanos mortales. No en todos, solo en los que sabían apreciarlo. Tiempos en los que U2 todavía eran U2, 
Los monstruos nos inquietan, nos aterran. Los tememos porque son horrendas criaturas que representan lo peor a lo que el ser humano puede llegar. Por tanto, hay aquí una reflexión interesante; tememos a la criatura porque nos conocemos demasiado bien a nosotros mismos y sabemos de lo que somos capaces. No tememos pues, más que a una extensión de nosotros mismos. Una que se ha desfigurado, que se ha transformado. Eso nos convierte en monstruos propiamente. Para las distintas acepciones que se puedan encontrar en diccionarios, la monstruosidad es la propiedad de la fealdad, las anomalías que crean espanto y la desvían del resto de la especie. También van relacionados los adjetivos cruel y perverso. Todo eso se adhiere a la monstruosidad que es la cara oscura de la humanidad. Para el poeta Relda, el lazo entre monstruo-hombre es tan estrecho que apenas distingue entre ambos. «Me interesan los monstruos porque tú eres uno. Yo lo soy». Y escribió un conjunto de poemas sobre algunos de los monstruos más célebres de la literatura. El poemario se llama La parada de los monstruos y esta es su nómina: Drácula, Frankenstein, Isabel Bathory y el Poder.
Comenta en el epílogo 
Los hay que pertenecen a la aristocracia pero también los encontrarás entre las clases populares. Están los que han vivido miles de años y los que apenas han empezado a dar sus tímidos pasos por el mundo de las tinieblas. Unos moran al pie de los Cárpatos, algunos soportan temperaturas extremas en Alaska y otros se alimentan de estadounidenses desprevenidos. Viejos decrépitos, maduros sensuales, doncellas implacables, jóvenes rebeldes, mujeres atrapadas en cuerpos de niñas… ¡Vampiros! Ahora los puedes encontrar en todas partes, infiltrados en todos los estratos sociales y de rostros dispares. Con todo, allá por 1987 los jovenzuelos de dientes afilados y con sed de sangre escaseaban, hasta que llegó Joel Schumacher con su película Jóvenes Ocultos.
La lectura de Petra chérie nos demuestra un par de cosas: en primer lugar, que la afirmación de que estamos viviendo la edad dorada de la novela gráfica, aparte de ser un topicazo, es tan sólo una verdad a medias. Lo segundo que nos demuestra es que, como sucede con tantas cosas en la vida, cuanto más nos adentramos en este casi inabarcable mundo, más nos percatamos de nuestra no menos inabarcable ignorancia. Y la verdad es que la revelación nos llena de alegría, pues si hasta ahora uno ha vivido la mar de contento sin saber de la existencia ahí afuera obras tan entrañables y al mismo tiempo grandiosas como ésta, ¿cuántas otras joyas no estarán esperando a que editoriales como