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Alias Grace, de Margaret Atwood

Alias Grace

Alias GraceDecir que este 2017 ha sido el año de Margaret Atwood no es pecar de exagerado. El éxito de la serie de televisión The Handmaid’s Tale ha traspasado la pantalla y ha llenado de éxitos también a su libro homónimo, que se ha visto beneficiado y ya es uno de los libros del año (incluso Amazon lo cataloga como el ebook más vendido y leído del año). La autora canadiense, a sus 78 años, ha sido la gran favorita al Premio Nobel de Literatura que finalmente recayó en Kazuo Ishiguro. Reconocimientos aparte, de lo que no hay duda es que el talento de Margaret, apreciado y venerado en el mundo anglosajón, ha desembarcado fuerte en nuestro país, pues pese a ser galardonada en 2008 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, pocos lectores (yo el primero) éramos conscientes de la magnitud de su literatura.

Ese tirón literario y televisivo se ha reforzado en los últimos meses con otra nueva adaptación televisiva de una de las novelas de Margaret, Alias Grace, cuyo estreno en Netflix coincide con la publicación en papel por parte de Salamandra, momento que he aprovechado para leer por fin algo de la escritora canadiense. Pese a compartir temáticamente el mundo de las sirvientas, en esta ocasión no estamos ante una distopía, como sí ocurre con El cuento de la criada. Alias Grace está basada en la vida de Grace Marks, una de las figuras femeninas más importantes del Siglo XIX en Canadá. Con 16 años, Grace se hace famosa al ser declarada cómplice del asesinato de su señor, Thomas Kinnear, y del ama de llaves (y amante de este) Nancy Montgomery. La sociedad de la época se divide entre los que ven en la criada un alma cándida sin maldad y los que creen que alberga el mismísimo diablo en sus entrañas. Gracias a una exhaustiva documentación y con publicaciones de la época, Margaret Atwood, escribe este viaje a la mente de una (supuesta) asesina para descubrir los motivos que la llevaron a la locura. Para eso se vale del personaje del doctor Simon Jordan, que años después de los asesinatos visita diariamente a Grace para que le cuente la historia de su vida y poder con ello desvelar la pregunta eterna que acompaña a la presa. ¿Habita la maldad dentro de Grace, o es cierto que las lagunas que tiene en su mente el día de los asesinatos la convierten en inocente?

No estamos ante un libro que engancha de primeras, ni es fácil de leer, pero sí que estamos ante un libro que enamora una vez que te sumerges en la historia. Alias Grace es un libro de ritmo lento. Una narración pausada y tranquila, la mejor manera para dejarse envolver con la prosa de Margaret, hecha para ser degustada con calma. La autora va contando poco, y lo hace de forma serena y constante, metiendo a uno en una historia contada a dos voces, la de Grace Marks y la del doctor Simon Jordan. En la novela encontramos una crítica furibunda al papel de la mujer en la época. Grace arremete contra el machismo imperante en una sociedad donde cualquier mujer lo tenía difícil, y más aún una mera criada que todavía no asomaba por la veintena. También cobra especial importancia en el relato la obsesión, como la que sufre el doctor Jordan al ir descubriendo que la verdad no tiene un único camino, y que llegar a ella puede ser tortuoso.

Mientras la ¿cándida? Grace va tejiendo parsimoniosamente su quilt, el rompecabezas que forma la novela Alias Grace empieza a coger forma. El lector no sabe si Grace cuenta la verdad o su verdad, y ese pequeño detalle es el que aprovecha Margaret Atwood para demostrar su enorme capacidad de componer una gran historia. Quizá el lector mientras disfruta de Alias Grace empiece también a obsesionarse. Puede que piense que Grace es inocente, víctima de una cruel sociedad machista. O por el contrario crea que la pose angelical de Marks no es más que eso, una simple pose. Y mientras nuestra mente se debate entre la inocencia y la culpabilidad, Atwood nos va regalando 528 páginas de alta literatura. La escritora canadiense solo es culpable de coger una historia pasada y plasmarla en el papel. El lector deberá ser el que saque sus propias conclusiones.

César Malagón @malagonc

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El interrogante gigante, de Eulàlia Canal y Sebastià Serra

El interrogante gigante

El interrogante giganteBueno, lectores, ya estamos aquí. Época de cartas, sueños y regalos. ¿No os encanta la Navidad? A mí me alucina, la verdad. Las calles llenas de luces, las tiendas perfectamente decoradas, los niños (y no tan niños) emocionados. Porque yo en ese sentido soy como una niña y vivo la Navidad aún como la niña que fui. También tengo mi carta a los Reyes Magos, no os vayáis a pensar. ¿Y sabéis qué no falta nunca? ¡Exacto! Libros. Libros para mi familia, mis sobrinos y para mí, claro. Y es que el mejor regalo que un niño puede recibir es un libro, porque ya sabéis que un libro esconde muchos regalos en su interior.

Buscando regalos para mis sobrinos me topé con El interrogante gigante y me llamó mucho la atención. ¿A cuál de mis sobrinos podría interesarle este libro? la mejor manera de averiguarlo es leyéndolo, así que eso hice.

Escrito por Eulàlia Canal e ilustrado por Sebastià Serra, El interrogante gigante nos cuenta una historia propia para esta época. Tras una noche en la que no ha parado de nevar, Martina, Lucas y Hugo deciden salir a pasear por la montaña, que parece un auténtico pastel de crema.

Mientras pasean, el ruido de un avión les sorprende. ¿Qué hace un avión aquí?, ¿qué querrá? Y de repente, ese avión que vuela en zigzag y al que los niños no le quitan ojo acaba por estrellarse contra el suelo. Plof.

Los tres hermanos se acercan a ver qué ha ocurrido y descubren en su interior a dos pilotos malheridos. Entre los tres los llevarán a su casa, donde cuidarán de ellos. Al día siguiente los pilotos se despiertan mucho mejor y deciden continuar su marcha. Los niños quedan intrigados por estos dos personajes tan callados que parece que tienen algo que esconder. Aunque más intrigados quedarán cuando a los tres días vuelvan a volar sobre su casa dejando caer unos extraños paquetes que contienen… Stop! Hasta aquí puedo contaros. Será mucho mejor que descubráis vosotros esta historia y el porqué de ese signo de interrogación dibujado en la nieve que ha provocado el accidente de avión y que al mismo tiempo les ha salvado la vida.

Un historia conmovedora la de El interrogante gigante, de esas que quizá solo los padres entenderán bien. Para los niños es una historia dulce, perfectamente ambientada gracias a las preciosas ilustraciones de Sebastià Serra.

Sí, creo que ya sé para qué sobrino será este libro. ¿Vosotros ya sabéis a quién regalárselo?

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Agnes Grey, de Anne Brönte

Agnes Grey

Agnes GreyTres eran las hermanas Brönte: Charlotte, Emily y Anne. Pero en el olimpo de los libros inolvidables solo suelen mencionarse las obras de Charlotte (Jane Eyre) y de Emily (Cumbres borrascosas). Y eso que la pequeña, Anne, fue la primera en publicar un libro: Agnes Grey. Pero esta vez, ser la primera en abrirse paso no le sirvió para ocupar un puesto de honor en la literatura universal.

En el centenario de Emily Brontë (1818-2018), Alianza editorial recupera estas tres obras, las más representativas de las hermanas Brönte, además de El sabor de las penas, de Jude Morgan, donde se relata la aciaga existencia de esta talentosa familia. Y yo, que había sido tan olvidadiza como la historia de la literatura, he aprovechado la ocasión para descubrir a Anne Brönte, la única de las hermanas que me faltaba por leer, tras haber disfrutado muchísimo hace años con las obras emblemáticas de Charlotte y Emily.

Agnes Grey es la protagonista de esta historia y la que da nombre al libro. Hija pequeña de un clérigo del norte de Inglaterra, siempre ha vivido especialmente protegida por su familia. Pero cuando cumple dieciocho años, su padre comienza a sufrir aprietos económicos y ella decide abandonar el hogar para trabajar y ayudar a su familia en lo posible. A lo largo de las páginas de este libro, nos relata en primera persona sus vivencias como institutriz. Y lo hace interpelando a los lectores, a los que les reconoce que les está confesando pensamientos que no se ha atrevido a contar ni al amigo más íntimo.

La primera parte del libro —y, para mí, la mejor— cuenta su experiencia en la casa de la familia Bloomfield. Los niños, mezquinos y odiosos, ponen su paciencia al límite día tras día, al igual que los padres, indolentes y consentidores. Pero Agnes Grey no se amedrenta y emplea prácticas al puro estilo Super Nanny, lo cual me resultó sorprendente. No olvidemos que la obra fue escrita en la primera mitad del siglo XIX. Pero es que Agnes Grey rompe la imagen, o los prejuicios, que tenemos sobre las mujeres de esa época, haciendo un despliegue de reflexiones pedagógicas y feministas propias de la actualidad.

Durante esa primera parte del libro, el personaje de Agnes Grey me cautivó por completo, hasta tal punto que fantaseé con la idea de que no hubiera trama de amor en ningún momento. Pero sí, la hay, y cuando la historia se centra en ese aspecto, durante su estancia en la segunda casa donde ejerce de institutriz, mi interés decayó. Y eso que construye un enamoramiento pausado y realista, con el que es fácil empatizar, pues muestra las inseguridades y emociones propias de esa experiencia. Pero, desde mi punto de vista, ahí es donde pierde la batalla contra las obras de sus hermanas, ya que la historia de amor de Agnes Grey no es tan memorable como la de Jane Eyre y Rochester, ni mucho menos como la de Catherine y Heathcliff.

Pero como no está bien hablar siempre de Anne Brönte comparándola con sus hermanas, olvidad la frase anterior. La comparación me parece injusta sobre todo ahora que he leído a Anne Brönte. La pequeña de las Brönte fue grande por sí sola y hasta se le consideró inapropiada por lanzar ideas revolucionarias, lo que dice muchísimo en su favor. Así que quienes sintais predilección por la narrativa victoriana no deberíais perderosla, como tampoco aquellos que busquéis una vuelta de tuerca en la literatura de aquella época. Sea como sea, Anne Brönte será todo un descubrimiento.

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Te potaría encima, de Andrew Matheson

Te potaría encima

Te potaría encima¿Os acordáis de UPyD? Vale, igual es un poco pronto para hacer esta pregunta, pero la memoria colectiva suele ser corta y pronto olvidaremos que aquel partido tintado de magenta surgió en el no tan lejano 2007 como la gran esperanza frente al bipartidismo. Sus ideas fundacionales parecían atrayentes y sólidas, varias personalidades de renombre apoyaban el proyecto y había encontrado un espacio político que llevaba mucho tiempo sin explorarse en España, el centro, desde el que forjarse. ¿Por qué, con tan buenos ingredientes y a pesar de su prometedor comienzo, el partido acabó cayendo en el más cruel de los olvidos? Seguramente fueron muchas las razones, pero una de las principales, al igual que en el caso de los Hollywood Brats, fue sin duda el haber nacido antes de tiempo.

La banda de Andrew Matheson, el autor de Te potaría encima, también lo tenía todo para triunfar: un grupo de jóvenes rebeldes y deslenguados, una estética llamativa y provocadora a más no poder, una música que rompía con todo lo que se escuchaba en aquel momento… Pero a comienzos de los años setenta el público todavía no estaba preparado (o simplemente no tenía ganas) para cambiar sus gustos musicales, a pesar de que unos años más tarde fuese a abrazar con fuerza a grupos como los Sex Pistols o los Clash, no demasiado alejados de lo que habían propuesto los Brats. Pero, acabando ya con la analogía política, tampoco la propuesta de Ciudadanos en su irrupción a nivel nacional fue muy diferente a lo que había intentado UPyD unos años antes y no hay más que mirar cómo les fue a unos y a otros.

Aparte del atractivo del propio fracaso, el que fuera vocalista del grupo consigue hacer muy interesante la lectura gracias a la sinceridad y al humor ácido que acompañan a todo el relato. No deja tema sin tocar, por vergonzoso que sea, ni títere con cabeza, por famoso que sea; a lo largo de la narración de sus vivencias en los Hollywood Brats, organizadas en los cinco años que duró la banda (1971-9175), el autor nos hace partícipes de anécdotas tales como su descubrimiento de la forma menos adecuada de deshacerse de unas ladillas o de cómo resolvió el conflicto por el nombre de Queen, que había elegido en un principio para su banda. Solo puedo decir que Mercury se llevó algo más que los derechos de aquel encuentro…

No obstante, además de estos y otros tantos chascarrillos, Matheson pone sobre la mesa las numerosas penurias por las que pasó con sus compañeros de viaje, tanto con los incondicionales (el teclista Casino Steel y el batería Lou Sparks) como con los que fueron entrando y saliendo del grupo, reclutados a través de anuncios en la revista Melody Maker: días enteros sin probar bocado, borracheras y peleas sobre el escenario y lejos de él, una preocupación por la estética que rozaba lo enfermizo… Todo ello viene perfectamente narrado en Te potaría encima: la historia de unos chavales que decidieron jugárselo todo por la música y les salió mal. Y lo que este libro busca demostrar, en definitiva, es que, al igual que defienden los fundadores de UPyD, era el mundo el que aún no estaba preparado para ellos y no al revés.

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Vida, de Marc Martin

Vida

VidaSi os digo la verdad, cogí este libro con la intención de regalárselo a algún sobrino. (Sí, soy la tía pesada que está todo el día dándoles libros). Pero al final he decidido quedármelo yo porque, aunque sea para lectores infantiles, este libro es precioso y me cuesta desprenderme de él. Así que se queda conmigo, ocupando un buen lugar en mi estantería. Además, así lo pueden ver cuando vengan de visita a mi casa. (¿Cuela o no?)

Voy a contaros por qué este libro es una maravilla, por supuesto.

En primer lugar las ilustraciones de Marc Martin. El libro es una pequeña joya porque está repleto de diminutas ilustraciones de este gran artista y es una auténtica gozada perderse en ellas. De verdad, hacedme caso, sólo por las ilustraciones Vida ya merece la pena.

Pero hay más, claro. Este álbum ilustrado es un viaje por este insólito mundo. Así, este libro que es “un libro para todos y sobre todo” nos propone un viaje por el mundo para descubrir lo que hace único a cada lugar. Repleto de observaciones, datos y hechos curiosos, Vida es el libro perfecto para los jóvenes trotamundos y los lectores curiosos.

Así que, ahora que ya sabéis de qué va esta maravilla de libro, os invito a dar una vuelta conmigo por esos lugares que nos propone Marc Martin.

Por ejemplo, ¿qué os parece Nueva York? Pues deberíais saber que en esta ciudad hay al menos dos millones de ratas, doscientas sesenta y cuatro mil tapas de alcantarillas o trece mil taxis. En la ciudad que nunca duerme también hay mucho café y carritos de comida para picar por la calle. Y sí, muchos rascacielos. Aproximadamente unos dos cientos cincuenta.

¿Y si viajamos a El Cairo? La mayor ciudad de África y Oriente Medio es ideal para los amantes de los gatos, pues se encuentran en cualquier rincón de la ciudad. También hay mucho tráfico y taxis de todos colores. Y por supuesto, comida riquísima y bazares repletos de objetos de oro, plata y latón.

Vamos ahora a un lugar más exótico: las Islas Galápagos. En este archipiélago formado por diecinueve islas viven criaturas singulares como los leones marinos los albatros ondulados o las salemas. Todos ellos los encontraréis perfectamente ilustrados.

En Vida podréis descubrir más datos curiosos sobre la Antártida, Alice Springs, Hong Kong, Tokio,     Ulán Bator, Nueva Delhi, Moscú, París, Reikiavik, el bosque pluvial del Amazonas, Rio de Janeiro o Ciudad del Cabo.

No me digáis que no os apetece viajar por todos estos sitios y aprender un montón de información divertida sobre ellos.

Me gusta tanto Vida que aparte de quedármelo para mí, estoy deseando que Marc Martin se anime y haga otro libro como éste con otros insólitos lugares del mundo. Qué libro más perfecto para perderse en él, de verdad.

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The fix 1. El desafío de los beagles, de Nick Spencer y Steve Lieber

the fix

the fixDiga lo que diga la Cospedal, y lo diga en diferido o en directo, por más que le asombre, no todos somos corruptos. (Por cierto, ¿no es denunciable semejante acusación a toda la sociedad española?) Y es que piensa el ladrón… pero no. Ni todos somos corruptos ni somos como ella y sus amiguitos. A muchos (a todos) se nos caería la cara de vergüenza si soltáramos las chorradas que le oímos decir a ella cada vez que abre esa boca…

Igual de absurdas que algunas de las acciones que Roy y Mac tienen que ingeniarse para saldar una deuda. Y es que ser delincuente hoy en día, con tanta tecnología, es una mierda. Si no eres un hacker, las opciones para los tipos como Roy y Mac, –esa clase de muchachos de los de dar patadas, palizas, pillar la pasta y correr– se ven reducidas. Así que se les ocurre robar en un geriátrico en el que reside un anciano criminal con su botín. Y casi no lo cuentan… a pesar de la experiencia que tienen… como polis.

Sí. Ambos son polis de Los Ángeles y ambos son un par de corruptos entrampados en un lío de cojones, ya que deben una buena cantidad de pasta a un mafioso que, lo mismo cuida de su hijo, se preocupa de no ofrecer a sus invitados comida con gluten y compra productos sin pesticidas, como le saca un ojo a un pobre hombre o quema a una pareja atada con cuerdas mientras tararea una alegre canción.

La historia aparece narrada en off por Roy y sigue los pasos que este y su compañero dan para poder salir de una pieza y con el culo intacto. ¿Y qué tienen que hacer para que no les rajen literalmente el culo y saldar la deuda? Básicamente neutralizar al mejor perro policía para poder dejar pasar un cargamento por la aduana del aeropuerto.

Por el camino vamos a encontrar a una serie de personajes que parecen salidos de una peli absurda pero de esas que en el fondo tienen un guion cojonudo. Tipos así como el personaje de Billy Bob Thornton en la primera temporada de Fargo, o como algunos secundarios de El gran Lebowsky… De ese palo, como mínimo. O igual no y es solo una impresión mía. Da igual. Lo cierto es que el humor propiciado por alguno de estos tipos es en algunos momentos algo escatológico, sobre todo cuando aparece el productor negro. Pero en líneas generales, el tebeo sigue un tono humorístico muy bien repartido por todo el tomo, inteligente aunque no apto para según qué mentes.

Por supuesto, a estas alturas ha de quedar claro que estamos ante dos caraduras, ante una historia fresquísima, de ritmo ágil, de personajes carismáticos todos (absolutamente TODOS), de unos protagonistas canallas e, incluso uno de ellos, Roy, el narrador, de un auténtico hijo de puta que hace lo que haga falta en su propio beneficio, pero que nos cae, a pesar de todo, de putísima madre. Es el tío perfecto con el que irse de farra.

The Fix 1. El desafío de los beagles no es un arco cerrado. Es tan solo una presentación. Pero, ¡joder!, si esta es la presentación no quiero perderme nada de lo que siga. ¡Nada, nada, nada! Me lo he pasado teta con las desventuras de este par de polis y con la fauna de la que se rodean; sin poder anticipar lo que iba a pasar en las hojas siguientes, disfrutando de unos diálogos vivos, tarantinianos y plagados de referencias, de una historia que, desde luego, no es para niños ni mucho menos y que debe leerse siempre con la disposición de ser sorprendido.

No os dejéis engañar por la portada. A mí, sinceramente, me parece algo cutre comparando con el tesoro del interior y es la peor de todas las que podían haber elegido vistas las alternativas en las últimas páginas, pero el dibujo es perfecto. Los gestos, las expresiones… casan genial con las situaciones que vemos.

No me extraña que The Fix 1. El desafío de los beagles esté teniendo tanto éxito. Y tampoco me extrañaría que se convirtiera en una buddy movie dirigida por Guy Ritchie. Le iría como picha al culo.

Un cómic dinámico, fresco, ingenioso, sorprendente y potente en el que pasan muchas, muchas, muchas cosas.

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Dog Café, de Rosa Moncayo Cazorla

Dog Café

Dog CaféBufff. A ver cómo empiezo yo con esta reseña. Cuando terminé de leer el libro, lo primero que hice fue comentarle a la autora en Instagram que me había dejado rota, pero que al mismo tiempo era una sensación reconfortante. Esa mezcla de sensaciones tan extrañas que sólo algunas cosas son capaces de provocarnos. Dog café es así, te sacude por dentro, te desequilibra, te remueve las heridas y al mismo tiempo te las cura.  Y a mí estos contrastes me vienen de lujo, no podría vivir sin ellos.

Veintitrés añitos tiene Rosa Moncayo Cazorla. Bueno, al menos son los que tenía cuando escribió esta novela. Veintitrés años y ya es capaz de ponernos del revés, de removernos y llevarnos a nuestros propios límites. No está mal, ¿verdad? Quizá Rosa esté harta de que recalquen su edad, pero es que la experiencia que demuestra este libro no es propia de alguien tan joven. O al menos eso es lo que siempre hemos creído, porque aquí está Rosa demostrando que la edad, efectivamente, son solamente números. Y en lo literario, como en tantas otras cosas, no debería importar demasiado.

Várez, la protagonista de Dog café tiene veinticinco años. A su edad ha conocido el amor, la soledad, ha vivido en Seúl y ha tenido un aborto. Y todas estas vivencias, mezcladas y agitadas, son la base de esta intensa novela.

Resulta muy difícil no ponerse en el lugar de Várez y empatizar con ella, con ese viaje de introspección que es esta historia. Y a mí, personalmente no me cuesta en absoluto porque me siento muy identificada con ella. Me identifico con esa parte solitaria e introvertida. Yo también prefiero muchas veces la soledad y la disfruto mucho. De hecho, no entiendo a la gente que es incapaz de estar a solas con ellos mismos. Para mí es un privilegio y también soy de las que reivindican la soledad.

Aunque Várez también la disfrute, su soledad, al menos en este momento, viene de la mano de una derrota sentimental y anímica extenuante. Es normal que encuentre refugio en su propia soledad. Hay personas que necesitan todo lo contario, pero yo, como ella, también soy de las que nos refugiamos en nosotras mismas tratando de llegar a una tregua.

Como veis, Dog café no es una novelita alegre y amena. No. Rosa ha escrito una novela dura de esas que te rompen los esquemas. Pero como os decía al principio, hay algo de reconfortante en todo esto. Quizás, los que nos sentimos identificados con la historia, sintamos ese alivio que os comento. Es una especie de sororidad con Várez, para que me entendáis.

No esperaba encontrarme con este libro. No esperaba que Dog café fuese todo esto y que fuese capaz de zarandearme de esta manera. Pero no puedo engañaros, esta novela ha hecho conmigo lo que ha querido. Y yo, lectores, me he dejado hacer. Porque cuando se está en unas manos tan buenas como las de Rosa, no puedes más que dejarte llevar.

 

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The wicked + the divine. El acto faústico, de Kieron Guillen y Jamie McKelvie

w+d 1

w+d 1Hubo un tiempo no muy muy lejano, en el que los dioses pisaban la tierra y dejaban huella en los humanos mortales. No en todos, solo en los que sabían apreciarlo. Tiempos en los que U2 todavía eran U2, Queen no había perdido a Freddie, Michael aún era negro, los Stones parecían próximos a jubilarse, Bowie exploraba Marte, Madonna tenía conos en las tetas como Afrodita A y R.E.M. perdía su religión.

Eran tiempos en los que los músicos eran idolatrados y venerados como auténticas deidades. Eran tiempos en los que permanecían inalcanzables a las hordas de fans. ¿Es acaso ese el problema? ¿Que ahora podemos verlos en Twitter o Facebook, en fotos robadas o en autofotos publicadas en Instagram y ya no “parecen” tan lejanos y menos aún venidos del cielo? ¿Que ahora hay programas hechos solo para elegir los artistas que van a brillar intensa y cansinamente durante los próximos… no sé, cinco meses? Por supuesto, esa es parte del problema, pero lo más gordo es que, salvo honrosas excepciones (y el reggaetón no se incluye en ellas –es más, ni cuenta como música–), la música de ahora apesta y poca va a ser la que merezca pasar a la historia. El ateísmo se abre paso.

The wicked + the divine. El acto faústico nos cuenta que, sin saber el cómo ni el porqué (salvo razones argumentales para alejarse de típicas redundancias en este tipo de argumentos), cada noventa años doce dioses, de religiones o mitologías distintas, regresan como jóvenes para estar entre nosotros durante dos años. Y luego mueren. Esta vez la mayoría, no todos, han vuelto para ser adorados como estrellas del pop (muchos han sido dibujados para que reconozcamos en ellos a cantantes como Rihanna, Kayne West o mi favorito, un Bowie encarnado por una andrógina Lucifer) y quieren exprimir esos dos años al máximo rindiendo culto al axioma aquel del vive rápido, muere joven y blablablá… Pero es que además son adolescentes. Rondan los diecisiete en cuerpo y mente cuando su identidad les es revelada. Si a esos años, con las dudas propias de la edad, con el carácter que le acompaña… te dicen, te demuestran y te crees que eres un dios y que tienes dos años de vida… ¿qué harías tú? Pues eso. Dioses convertidos en músicos…

“La chica a mi izquierda se desmaya hiperventilando. El chico a mi derecha cae de rodillas con semen resbalándole desde la entrepierna”

Vamos a seguir la historia, –o más bien vamos a meternos en medio de ella, pues la sensación es la de habernos montado en algo que ya lleva camino andado–, de la mano de Laura, de diecisiete años y fan de todos esos dioses-cantantes que, por avatares del destino, acaba queriendo ayudar a una Lucifer, acusada de asesinato.

No es la primera vez que vemos a los dioses tomar apariencia humana y caminar entre nosotros. Sin irnos muy lejos, recientemente hemos podido ver la serie American Gods basada en la obra homónima de Gaiman, pero no ha sido el único caso. Sin embargo, uno de los puntos a favor de este cómic es el no haber elegido dioses muy conocidos para poder contar esta historia con mayor libertad. De hecho, yo recomiendo consultar la sagrada fuente de Google cada vez que aparezca un nuevo dios para entender y situar mejor su contexto, sus palabras o su aspecto.

Otra baza es la importancia del papel femenino. Calculando a ojo, diría que el 92% de los personajes son mujeres y los pocos hombres que aparecen no son muy trascendentales.

En cuanto a la trama y, a pesar de que podamos estar un buen rato asombrándonos y deslumbrados por los focos y el espectáculo de estar en medio de peleas y diálogos entre dioses, no deja de ser un whodunnit. Un “¿quién-lo-hizo?” Y me encanta. El asesinato no se ha resuelto en este tomo (o eso creo, porque con Lucifer nunca se sabe) pero tampoco es que Laura haya recabado muchas pistas por ahora. Aunque no importa. El viaje está mereciendo tanto la pena que lo que queremos es conocer a todo el panteón y tengo la impresión, y creo que es lo que debería ser, de que no podremos averiguar la identidad del asesino hasta que se nos hayan presentado a todos los integrantes de este nuevo Olimpo-Valhalla.

El ritmo es ágil, adictivo, no decae y el dibujo (y también el color) da un apoyo visual increíble con un cuidado impresionante del detalle (ropa a la moda, maquillajes, escenarios, luces, peinados y teñidos, uñas pintadas de varios colores…) que logra ejecutar una historia terrenal con un baño de cultura popular (muy bueno el guiño de Lucifer escuchando a los Rolling, por ejemplo) sin hacernos olvidar que la protagonizan divinidades.

The wicked + the divine. El acto faústico ha sido una gran sorpresa. Estoy seguro de que la serie lo va a petar y estoy deseando leer el siguiente tomo… Porque si este primer volumen tan solo ha servido para presentar los personajes y establecer las normas de lo que vendrá a posteriori, ¡lo que venga a continuación tiene que ser la hostia, porque los dioses no existen… pero molan!

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La parada de los monstruos, de Relda

La parada de los monstruos

La parada de los monstruosLos monstruos nos inquietan, nos aterran. Los tememos porque son horrendas criaturas que representan lo peor a lo que el ser humano puede llegar. Por tanto, hay aquí una reflexión interesante; tememos a la criatura porque nos conocemos demasiado bien a nosotros mismos y sabemos de lo que somos capaces. No tememos pues, más que a una extensión de nosotros mismos. Una que se ha desfigurado, que se ha transformado. Eso nos convierte en monstruos propiamente. Para las distintas acepciones que se puedan encontrar en diccionarios, la monstruosidad es la propiedad de la fealdad, las anomalías que crean espanto y la desvían del resto de la especie. También van relacionados los adjetivos cruel y perverso. Todo eso se adhiere a la monstruosidad que es la cara oscura de la humanidad. Para el poeta Relda, el lazo entre monstruo-hombre es tan estrecho que apenas distingue entre ambos. «Me interesan los monstruos porque tú eres uno. Yo lo soy». Y escribió un conjunto de poemas sobre algunos de los monstruos más célebres de la literatura. El poemario se llama La parada de los monstruos y esta es su nómina: Drácula, Frankenstein, Isabel Bathory y el Poder.

En la introducción, el propio autor deja claro sus intereses y motivos de por qué eligió a estos personajes y desentraña algunas peculiaridades de cada uno. Lo hace desde un punto de vista en el que la monstruosidad, tal y como la concebimos, no lo es tanto en el caso de estas singulares criaturas. Me explico. Para Relda, no hay mayor monstruo que el ser humano, que es quien dio vida a estos personajes porque representan, precisamente, la maldad innata que poseemos. Utilizamos la deformidad y la fantasía para reflejar a través de las más horrendas creaciones nuestra propia perversidad.

Así, Drácula es una sombra en la oscuridad de nuestros deseos ocultos; más si cabe, de nuestros pecados. Tanto las leyendas en torno a Vlad el empalador, como el imaginario del vampiro que succiona la sangre para vivir, son nuestros propios anhelos de lujuria. El vampiro así se presenta:

«[…] El que vive por la sangre ajena / Soy sombra a los pies de tu cama / y dolor en tu último aliento»

Para Frankenstein (pese a que la criatura no tiene nombre, recibe el de su creador, Víctor Frankenstein), la posición que toma es la de aquel ser que fue concebido por la ambición humana. La ambición de equipararse a Dios. El amplio estudio que se ha realizado sobre esta mayúscula obra de Mary Shelley, con todas las lecturas posibles —psicoanalítica, sociológica, estructural, estilística, científica, religiosa e incluso, me permito añadirla, una personal lectura en la que estoy trabajando actualmente acerca del papel alegórico del propio lenguaje que representa la criatura—, con todos estos estudios, repito, son muchas las conclusiones a las que se ha llegado. Relda ofrece la visión de un ser débil, maltratado por el hombre. De nuevo, la figura monstruosa no es la que se ha originado uniendo miembros cercenados de muertos, sino la del creador. Desliza por sus versos el sentir melancólico de la criatura que ya introdujo Mary Shelley en su novela:

«[…] aprendimos juntos que los hombres / desprecian lo que no entienden / y aborrecen lo que es distinto, / lo que no es imagen de su imagen / ni da tregua a sus miedos»

Dos figuras más, dos monstruosidades más se dan cita en La parada de los monstruos. Estas son Isabel Bathory, la condesa sangrienta, aristócrata húngara que desangraba a sus doncellas y se bañaba en su sangre para mantener viva su belleza. Y por último, el Poder. Este monstruo habita entre nosotros, no necesita de un castillo para esconderse, ni salir a causar sus fechorías en la oscuridad. Actúa impunemente sin control. Es un asesino en serie que se cobra vidas día tras día. Le damos vida entre todos y de nuestras vidas se alimenta.

Un libro de poemas corto editado por Cazador de ratas, que ofrece un momento para la reflexión y el disfrute de algunos versos interesantes. Más si, como yo, sientes atracción por los personajes góticos que tanto han aportado a la literatura.

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La vampira de Barcelona, de Miguel Ángel Parra, Iván Ledesma y Jandro González

la vampira de barcelona

la vampira de barcelonaComenta en el epílogo Marc Pastor (autor de La mala mujer, libro que trata el mismo tema que el de este cómic), que supo con asombro de la existencia de la vampira del Raval en un programa radiofónico de noche en 2003. Tanto le atrajo la mezcla de rumores, confesiones, maldad, leyenda, ficción, las diferentes versiones de una misma mujer (¿prostituta?, ¿psychokiller?, ¿aristócrata?) y el misterio en torno a los cómplices que no fueron identificados, que buscó material, solo por curiosidad, y acabó escribiendo una novela.

Yo, en cambio, la conocí más recientemente. Concretamente en un episodio de la segunda temporada de la estupenda serie española El Ministerio del Tiempo. Es posible que hubiera oído el apodo la vampira de Barcelona alguna vez. O más de dos. Pero siempre se quedaba ahí, en el nombre.

“Todo país europeo que se precie –continúa Pastor– merece tener su leyenda negra”. Está claro que Enriqueta Martí, el nombre real de la secuestradora de niños, forma parte de la de España más oscura. Se la acusó de secuestrar, prostituir, sacrificar y descuartizar niños y además de obtener su sangre y su grasa para ungüentos y prácticas de curanderismo que vendía a la burguesía catalana (en esto último es comparable al caso del sacamantecas Romasanta).

“…con grasa de criaturas

hace ungüentos para unturas…”

El cómic que nos ocupa comienza con la desaparición en febrero de 1912 de la niña de cinco años Teresita Guitart. Sin embargo, no fue esta la primera desaparición que se producía en el Raval, aunque sí fue la gota que colmó el vaso. Ya no valía con culpar a los gitanos y quemar sus chabolas para calmar al populacho. Por fortuna, poco tiempo después se encontró a la niña y se detuvo a Enriqueta. A partir de aquí lo que vemos son los hechos que marcan la investigación: la búsqueda de pruebas incriminatorias, las continuas contradicciones de la acusada y los intentos de), a los que no se sabe si se llegó a juzgar alguna vez.

Pruebas que desaparecen, corrupción, poder, dinero… Por desgracia, lo que vivimos a diario en este país no es algo nuevo, ya viene de antiguo, y de serie en algunos ejemplares.

La vampira de Barcelona no ha querido hacer una versión femenina del hombre del saco, ni conferir una imagen vampírica, a pesar del apodo, (al menos no en su concepto literal) ni cosas sobrenaturales ni cuentos metemiedos para asustar a niños o viejas. Se ha despojado de leyenda y se ha querido ceñir a la hemeroteca, documentos policiales, actas judiciales y conversaciones en la celda. Investigación pura y dura.

Me parece además un acierto que los responsables no se hayan decantado por ninguna opción y hayan dejado el final abierto para que el lector sea quien decida su verdad. (Hay que recordar que ni siquiera la muerte de Enriqueta está clara y no se sabe si la lincharon en la cárcel, si murió por un cáncer de útero,…)

En cuanto a la forma, sorprende mucho el hecho de que visualmente el dibujo tenga una estética limpia, unos colores cálidos y una luminosidad que podría chocar a la hora de ambientar una historia tan tétrica como esta, –ya que lo esperable sería justo lo contrario–, pero que da muy buen juego, precisamente por ese contraste entre lo real de lo cotidiano y lo terroríficamente real. (Aunque es cierto que en algunas viñetas los ojos de Enriqueta son tan negros y grandes que parecen tiburoniles y provocan escalofríos).

Pero es que además, la guinda es la riqueza plástica que se ve en el vestuario de la época, la recreación de los interiores, las calles, los rostros, el equipo de bomberos… No solo ha habido documentación en lo puramente narrativo, sino que también ha ocurrido lo propio a la hora de empaparse de fotos de la época.

La vampira de Barcelona es un cómic excelente basado en unos hechos horribles, que ahonda en las miserias de unos tiempos de oscuridad y de podredumbre en donde también se vislumbra una luz esperanzadora de racionalidad y dignidad, tratado con un gusto exquisito.

Buen ritmo narrativo, gran dibujo y un misterio aún sin aclarar del todo.

¡Pero qué pedazo de autores (e historias reales) tenemos en España, pardiez!

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Jóvenes Ocultos, de Tim Seeley y Scott Godlewski

jóvenes ocultos

jóvenes ocultosLos hay que pertenecen a la aristocracia pero también los encontrarás entre las clases populares. Están los que han vivido miles de años y los que apenas han empezado a dar sus tímidos pasos por el mundo de las tinieblas. Unos moran al pie de los Cárpatos, algunos soportan temperaturas extremas en Alaska y otros se alimentan de estadounidenses desprevenidos. Viejos decrépitos, maduros sensuales, doncellas implacables, jóvenes rebeldes, mujeres atrapadas en cuerpos de niñas… ¡Vampiros! Ahora los puedes encontrar en todas partes, infiltrados en todos los estratos sociales y de rostros dispares. Con todo, allá por 1987 los jovenzuelos de dientes afilados y con sed de sangre escaseaban, hasta que llegó Joel Schumacher con su película Jóvenes Ocultos.

En Jóvenes Ocultos la familia Emerson (Michael, su hermano Sam y la madre de estos dos, Lucy) se trasladaban a vivir con el abuelo en Santa Carla. La familia no tardaría mucho en percibir que la ciudad ocultaba un gran secreto que estaba relacionado con la masiva desaparición de personas. Sí, exacto, vampiros. Chupasangres veinteañeros. Unos guaperas de pasarela, que vestían a la última moda, que ni trabajaban ni estudiaban (¿y quién lo necesita cuando para conseguir dinero solo tienes que robárselo a tu alimento?) y que rondaban, haciendo el mal, las calurosas noches de verano montados sobres sus motocicletas. El jefazo de la banda era David, interpretado por un jovencísimo Kiefer Sutherland, que tenía pinta de cabronazo sin siquiera transformarse en vampiro.

El film de Schumacher no solo nos dejó una visión más moderna, y menos romántica, del monstruo que se alimentaba de sangre creado por Bram Stoker, transportándonos a una historia que mezclaba aventuras, horror y toques de humor, sino que además nos brindó una banda sonora de lujo. ¿Quién no recuerda el Cry little sister de G. Tom Mac al inicio de la película? ¿Cuántas veces os habéis descubierto tarareando el People are strange de The Doors tras visionarla? Y así, con estos ingredientes, una película que tuvo una buena recepción en su momento, con el paso de los años se convirtió en un film de culto que tendría dos secuelas de dudosa calidad.

Jóvenes Ocultos del guionista Tim Seeley y el dibujante Scott Godlewski es la continuación que la película realmente merecía. Una continuación que retoma la acción dos semanas después de los sucesos acontecidos en la película y que los lleva más allá. Si la familia Emerson, tras la acojonante lucha final en el salón del abuelo, pensaba que todo había terminado, estaba muy equivocada. Los vampiros han vuelto para terminar el plan que habían puesto en marcha.

Lo primero que se piensa al empezar un cómic de este calibre es que va a ser un refrito, un pastiche de situaciones ya vistas en la película con algún giro sorprendente, pero probablemente absurdo, que no cuadrará con el conjunto de la narración. Por suerte este no es el caso, pues el guion que se saca de la manga Tim Seeley amplia lo contado en la película, haciéndolo con el mismo tono y creando algunos giros interesantes que mantienen el interés hasta la última página. Los vampiros en este caso son igual de jóvenes y bellos pero mucho más místicos, con más profundidad en su historia, así como en la de cada uno de los personajes con los que volveremos a reencontrarnos: Michael, Sam, Estrella o los hermanos Frog. La gran sorpresa para mí ha sido que el personaje que interpretaba Tim Cappello en el film (un saxofonista con el pelo recogido en una coleta, el pecho descubierto y embadurnado en aceite) pase de ser un simple secundario que tocaba una canción con su saxo a tener cierto peso en la historia, diría que hasta siendo vital para que avancen algunos acontecimientos.

Bien, el guion cumple con creces, ¿pero y el dibujo? A los lápices encontramos a Scott Godlewski. Su trabajo de poner imágenes a las palabras de Seeley es un digno aunque regular acompañante. Y esto se debe a que en algunas viñetas el parecido con los actores es algo dudoso y en cambio en otras es aceptable. A pesar de esto, el resultado final es para bien, gracias a todos esos juegos de claroscuros y a las sombras con textura que semejan huellas dactilares. Mención especial para el portadista Tony Harris. Su maravilloso arte bien podría estar en el libro de muestras de un tatuador.

Jóvenes Ocultos de Tim Seeley y Scott Godlewski publicado por ECC es una digna secuela de la película de Joel Schumacher, un cómic que hará las delicias de todos aquellos que disfrutaron con la película de horror que en los 80 nos hizo descubrir a un nuevo tipo de vampiros.

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Petra chérie, de Attilio Micheluzzi

Petra chérie

Petra chérieLa lectura de Petra chérie nos demuestra un par de cosas: en primer lugar, que la afirmación de que estamos viviendo la edad dorada de la novela gráfica, aparte de ser un topicazo, es tan sólo una verdad a medias. Lo segundo que nos demuestra es que, como sucede con tantas cosas en la vida, cuanto más nos adentramos en este casi inabarcable mundo, más nos percatamos de nuestra no menos inabarcable ignorancia. Y la verdad es que la revelación nos llena de alegría, pues si hasta ahora uno ha vivido la mar de contento sin saber de la existencia ahí afuera obras tan entrañables y al mismo tiempo grandiosas como ésta, ¿cuántas otras joyas no estarán esperando a que editoriales como Ponent Mon se lancen a su rescate?

Para ser justos, quizá es precisamente la edición completa de estas historias uno de los factores que empujan a tantos  decir que la novela gráfica está viviendo su edad dorada. No obstante, estas historias son al cómic lo que las películas de Orson Welles son al cine, o la música de Miles Davis al jazz. Entiéndase, no son simplemente clásicas, sino que, sobre todo, representan un modo de contar historias, de crear personajes, y de dibujar viñetas que murieron con su creador y que, precisamente por ello, son inmortales.

Fue su creador Attilio Micheluzzi (1930-1990), un hombre de esos que ya no se estilan, lo cual poco nos sorprende después de leer esta obra. Nacido en el seno de una familia militar, polifacético, de gustos refinados, elegante, conservador y extraordinariamente culto, Micheluzzi trabajó durante años como arquitecto en Libia. Tras el golpe de estado del inicuo Gadaffi, decidió volver a su país, Italia, donde empezó su camino como historietista. Las historias de Petra chérie se publicaron mensualmente en la revista Alter alter, y quizá debamos a este modo de publicación su carácter conciso y su ágil ritmo. Micheluzzi era capaz de mostrarnos en un par de viñetas toda la complejidad de sus personajes, y tampoco precisaba de largas secuencias para, en cada historia, plantear el conflicto, mostrarnos su desarrollo y sorprendernos con su desenlace. Con Micheluzzi no hay paja: estamos ante un maestro de la economía en el arte de la narración.

Las comparaciones con su compatriota Hugo Pratt son inevitables. Del mismo modo que a nadie se le escapan los puntos en común entre Petra y Corto Maltés, ambos autores parecen tener la sensación de haber nacido en una época que no les correspondía. Al igual que Pratt, Micheluzzi era un gran nostálgico de aquella Europa hoy desaparecida, aquel mundo de fronteras hoy irreconocibles, en el que, fuera cual fuera la cuasa por la que lucharan, todavía existían los héroes. Así, en estas historias, situadas todas durante la Primera Guerra Mundial, con excepción quizá de las últimas, que más precisamente transcurren durante la Revolución y la Guerra Civil rusas, nos encontramos con personajes como Lawrence de Arabia, que nos narra uno de los episodios más tristes de su aventura entre los árabes, o el legendario Barón Rojo, amén de otros secundarios de tanto empaque como Winston Churchill.

Y así, desde Prusia al Daguestán, pasando por París, Venecia, el Bósforo, Israel o Alepo, el trazo fino de MIcheluzzi, su uso exclusivo de blanco y negro con entintadísimos claroscuros, sus composiciones magistrales, su sutil sentido del humor y su verdadero amor por Petra, a quien tan bien reprende con cariño como advierte de los peligros que la acechan, nos brindan una aventura inolvidable a través de la historia, tanto la de la Gran Guerra como la del cómic. Delicia de coleccionistas.

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