
Los seres humanos somos curiosos. Desde que nacemos hasta que morimos experimentamos una gran amalgama de sentimientos que vienen dados por las circunstancias en las que vivimos, pero al final, vengamos de donde vengamos, seamos como seamos y pertenezcamos a la época que pertenezcamos, todos terminamos pasando antes o después por experiencias si no iguales, sí parecidas. Esto es algo que se ve muy bien cuando de fiesta trabas “amistad” con desconocidos y termináis contándoos vuestra vida… o en la literatura. Es increíble como en libros escritos con siglos de diferencia, puedes encontrar puntos y temas en común. Siempre se dice –y es verdad–, que los conflictos morales a los que se enfrentaban los personajes de las obras de Shakespeare (por poner un ejemplo) son conflictos a los que hoy en día, en pleno siglo XXI, también nos enfrentamos. Temas como el amor, la amistad, la vida, la muerte… o sentimientos como los celos, el miedo, la nostalgia… conciernen a personas de todas las épocas y regiones del mundo. Es curioso cómo, a pesar de todas las barreras que nos ponemos: estatus, raza, genero o cultura, todos nos volvemos iguales ante los obstáculos de la vida. Uno de esos temas que nos unen e igualan es la madurez y las expectativas incumplidas al llegar a la mediana edad. Cuando somos pequeños y tenemos toda las decisiones por tomar y toda una vida que vivir, nos imaginamos una existencia de película y creamos miles de planes y expectativas, sin embargo, tarde o temprano tenemos que bajar de las nubes y caer en el mundo real. El golpe puede ser más o menos fuerte, pero todos de algún modo nos enfrentamos a él. De esto trata El libro y la hermandad, de la escritora y filósofa irlandesa, Iris Murdoch.
Era como si un vacío vasto y blanco se abriera ante él, no de un blanco apagado y sucio como el del Muro de Berlín, sino un espacio radiante y vivo, como una nube blanca, húmeda y cálida. Se preguntó qué estaría haciendo al cabo de un año. ¿Se hallaba realmente tan próximo su futuro nuevo y diferente?
El libro y la hermandad comienza cuando un grupo de amigos se reúnen una noche de verano en una fiesta de antiguos alumnos en Oxford, enfrentándose así a los recuerdos y a los sentimientos que los unos despiertan en los otros. La mayoría siguen siendo amigos y mantienen la relación, pero también hay nuevos miembros agregados y luego está él –la oveja negra, el innombrable–, Crimond; el único personaje que no tiene voz en esta novela y cuya presencia, sin embargo, planea durante toda la historia debido a un proyecto común: un libro sobre el marxismo que Crimond lleva años intentado escribir con la financiación de los otros. Esa fiesta será el punto de inflexión que les hará plantearse sus vidas. Les llevará a hacer balance sobre qué esperaban del futuro, qué han conseguido y qué no, qué tienen y qué les falta, qué les une y qué les separa; y, al fin y al cabo, sacudirá un poco (o un mucho) el mundo de todos ellos.
Iris Murdoch es una de las mejores escritoras del siglo pasado y, sin embargo, casi una desconocida en nuestro país. Poco a poco, Impedimenta está reeditando sus obras logrando unas ediciones que son una delicia tanto por sus traducciones como por su diseño, pero que, sobre todo, merecen la pena ser leídas por la maestría de su autora. Esta es la primera obra que tengo el placer de leer de Iris Murdoch y creo que he empezado bien porque es su novela más extensa y coral. Se publicó por primera vez en 1987, época en la que alcanzó su madurez literaria, consecuencia de lo cuál, salió este libro, uno de los últimos que escribió antes de comenzar a padecer los devastadores efectos del Alzheimer. A raíz de su lectura –y aún a falta de seguir indagando en la genialidad de esta mujer–, quiero destacar la complejidad y la diversidad de Murdoch. El libro y la hermandad es un melodrama que ahonda en las relaciones de sus personajes, pero su narración no tiene nada de banal, ya que la autora se permite el lujo de escribir páginas y páginas con detalles que a priori pueden parecer superfluos, pero que no hacen más que mostrarnos de verdad a los protagonistas, a los que dota de tal realismo y profundidad, que ‘leerlos’ es como ponerse frente a un espejo. Son también dignos de admirar sus ágiles diálogos, de tal calado, que cada vez que cierras el libro por un rato, no puedes evitar reflexionar sobre lo que acabas de leer. Y es que estos diálogos son también el reflejo de la gran sabiduría de esta mujer, que dejaba entrever en cada uno de ellos sus propias reflexiones sobre la vida, la muerte, las relaciones, la filosofía y la política.
Dices que las personas serán marionetas y que la tecnología gobernará, pero, tanto si te consideras marxista como si no, ¡tienes que luchar para evitar que esa sociedad exista, no para que lo haga! Hablas de repensarlo todo, pero ¿bajo qué óptica? Debemos ser pragmáticos y tener esperanza, no entregarnos a la desesperación. No podemos prever el futuro. Es nuestro deber proteger al individuo.
En El libro y la hermandad vemos también la influencia de los grandes autores que marcaron a Murdoch. El inicio de la novela, con esa reunión de antiguos alumnos, recuerda sobremanera a El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, uno de sus autores predilectos; Crimond, por su parte, recuerda también de algún modo al Gran Gatsby de Fitzgerald; y el estilo y la forma de esta novela nos lleva a pensar en los grandes autores del siglo XIX, como sus amados Dickens y Tolstói.
En resumidas cuentas, gracias a El libro y la hermandad, puedo decir que Iris Murdoch es de esas escritoras que disfrutas enormemente porque te pierdes en sus historias y en sus personajes; que es de esas escritoras que te deleitan poco a poco con libros escritos sin prisa, libros escritos para saborearlos y recrearte en ellos; y, sobre todo, que es una escritora de esas que te da hasta rabia de lo bien que escriben, ya que mientras lees sus libros (o mientras te sientas delante del ordenador para escribir una reseña sobre uno de ellos) eres consciente de que jamás escribirás como ella, con esa facilidad que tiene para el detalle y para entremezclar lo banal y lo intelectual, el humor y el drama; con esa facilidad que tiene para escribir novelas que son pozos de sabiduría que tratan sobre todos los temas importantes que ocupan nuestras vidas.

Con una exitosa carrera como productora musical a sus espaldas, 
Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras. En muchas ocasiones es cierto. Una sola imagen captada en el momento correcto puede mostrar y resumir a la perfección una historia o un sentimiento. Pero las palabras… las palabras van más allá, dan color a las zonas oscuras y, sobre todo, aportan detalles y matices que en una sola imagen no se pueden ver. Desde siempre hemos sido testigos a través de la televisión de violencia, hambre, injusticias, pobreza, guerras… en definitiva, de distintos desastres tanto naturales como propiciados por la mano del hombre. En el último año nos han impactado y destrozado los distintos documentos gráficos con los que nos han bombardeado los medios sobre los refugiados sirios llegando a las costas de Grecia y Turquía. En España, sin ir más lejos, vemos constantemente a miles de emigrantes tratando de cruzar nuestras fronteras y perecer en el intento. Son imágenes escalofriantes y se nos quedan grabadas en la memoria, pero aún así, son sólo una pequeña pieza de una historia mucho más grande. Y eso, amigos, profundidad y detalles, es lo que nos aportan las palabras.
La amistad es un tipo de relación mucho más complicada y con muchos más matices y aristas de los que en principio creemos que puede tener. Como en cualquier otra forma de relación es particular, cada persona es un mundo y la relación que establece con otras personas también lo es. Cada pareja o grupo de amigos asienta su amistad en base a unos preceptos propios y únicos y, por eso, cada amistad es distinta. Aún así, como pasa con todo, por muy únicos y distintos que nos creamos, terminamos cayendo en la homogeneidad y uniformidad de la sociedad, repitiendo los mismos patrones de pensamiento y comportamiento que el resto. Por eso, aunque existen varios tipos de amistad, hay unos patrones reconocibles en los que, tarde o temprano, todos terminamos cayendo. Os estoy soltando todo este rollo por “culpa” de mi última adquisición: Un gran favor, de Joyce Maynard.
¿Y luego qué? Antes los años futuros eran un territorio vago y desconocido, amorfo, sin una medida concreta. Pero después de la muerte de mi madre, empecé a verlos en décadas delante de mí, unos encima de otros como una pila de ladrillos. Primero llegaba la década de los treinta, la mitad de la cual ya se había pasado-, y luego entraría en la de los cuarenta y en la de los cincuenta, eso era algo sólido, incuestionable. Pero después, los ladrillos se desmoronaban. Mi abuela murió con sesenta y dos años, y mi abuelo con sesenta y uno. Luego murió mi madre, víctima de una neumonía cuando acababa de cumplir los sesenta. Cuando me ponía a pensar en lo efímero del tiempo que me quedaba por vivir, en lo fútil que era pasarlo guisando o cosiendo o cavando en el huerto, me daba tanto miedo que casi no podía respirar.


La lectura de un libro no siempre nos afecta igual y no es lo mismo leerse un libro en una época o en otra. Nuestras circunstancias personales afectan claramente a su lectura, de igual modo que un libro determinado influye en nuestro ánimo. Por eso, hay veces que el que una obra nos llene o nos guste más o menos se ve influido por la etapa que estemos atravesando en el momento de su lectura. ¿Qué quiero decir con esta reflexión? Pues que la novela que nos ocupa en esta ocasión, Nunca falta nadie, de Catherine Lacey, me ha gustado porque es una lectura francamente buena, interesante y distinta; pero que a pesar de todo, creo que en otra época de mi vida (e incluso en otra época del año; invierno, por ejemplo) me habría llegado todavía más. No obstante, si estoy escribiendo esta reseña es porque al margen de estas vicisitudes el libro me ha gustado y lo recomiendo enormemente, pero no a todo el mundo, y os voy a contar el porqué.






