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Pálido fuego, de Vladimir Nabokov

Pálido fuego

Pálido fuegoNo sé si a ti te pasa pero creo que a más gente le pasa lo que a mí. Leo, creo que leo bastante a lo largo del año, pero me noto raro por no sentirme cómodo al leer esos libros que todo “buen lector” debería haber leído. Yo no los he leído. Por eso, a veces, cuando veo que se reeditan clásicos siento una extraña fuerza gravitatoria dentro de mí que me mueve a leerlos, para ver si es verdad lo que dicen de ellos, para no sentir más esa incomodidad, para borrar el miedo a lo canonizado. Y quién va a negarme que Nabokov, que vuelve a primera línea de la mano de Anagrama, no es una de esas obligaciones sagradas de todo lector.

A veces pienso que vamos muy rápido en todo, que esta generación le da mil vueltas a las anteriores, por eso me va muy bien encontrarme con libros como Pálido fuego para darme cuenta de que no, de que los rápidos han existido siempre y que no existen en función de una época sino, probablemente, de un gen. Lo que ofrece aquí Nabokov, que nos llega traducido por Aurora Bernárdez, es un excelente juego literario con el que es fácil asumir que el escritor tuviera a este libro como uno de sus favoritos. A partir de un poema inventado – Pálido fuego – obra de un poeta inventado – John Shade – que comenta un narrador (y editor) inventado – Charles Kinbote –, Nabokov nos lleva por los diferentes estratos que tiene una lectura. Soy filólogo, no sé si por suerte o por desgracia, y muchas veces, cuando iba a clase en la universidad, escuchaba aquello de que delante de un poema lo que debería hacer el lector es, en primer lugar, leérselo del tirón, casi de manera inconsciente, dejando que el poema entre por las rendijas del conocimiento sin interponer en el recorrido las barreras de un contexto; en segundo lugar, leerlo junto a los comentarios; y, en tercer lugar, volver a leerlo ya con la base o el contexto que esos comentarios han dejado en ti. Esa primera lectura es la que a mí siempre me ha interesado.

En Pálido fuego, tras un prólogo de este editor ficticio que es Kinbote, se ofrece el poema completo, sin ningún tipo de anotación. Esa es la primera lectura. Tras él, una serie de comentarios que es lo que engrandece la obra. En ellos, Kinbote se erige como editor pope para pasar por encima del poema y convertirse él en el gran creador, el creador de su historia, que en ese momento es también la de John Shade y la nuestra. A partir de una excentricidad sigilosa pero uniformemente acelerada, vamos pasando de la confianza ciega – ¿quién no confía en el editor del libro que está leyendo? – a la duda y la posterior desconfianza de alguien que parece que no está en sus cabales. Dividida esta parte en los versos que el editor quiere destacar y comentar, encontramos aquí la segunda lectura. Y entonces llega la tercera, la que se inicia con la duda de qué o a quién creer. Eso sucede con todos los libros, no solo con los poemas, y todavía más con esto que tanto tenemos aquí, las reseñas. ¿Creer lo que a nosotros nos ha parecido leer o creer lo que aquellos han creído que leían? ¿Tú o los demás?

Vale, sigo sin confiar en lo sagrado de la literatura, aunque me fastidie, pero debo reconocer que he disfrutado jugando con Nabokov. Él monta el escenario, coloca sus marionetas y empieza el juego, un juego que solo emprende el movimiento si hay alguien mirando. Tú.

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Ángeles derrotados, de Denis Johnson

Ángeles derrotados

Ángeles derrotados“No me refiero al hecho de que todos acabemos muriendo”, escribió Denis Johnson en uno de los once relatos que componen su aclamado Hijo de Jesús, “esa no es la gran lástima. Me refiero a que él ya no podía contarme lo que estaba soñando y yo ya no podía decirle lo que era real”. El escritor, que murió el pasado 24 de mayo a la edad de 67 años, era uno de esos autores a los que todavía les sobraba talento para seguir escribiendo alta literatura. Con su ausencia, en lo que alguna editorial se anima o no a traducir sus poemas y obras de teatros al castellano, la cultura pone un punto y final a los libros que ya nunca escribirá y que nosotros tampoco tendremos la ocasión de leer.

Y es que los sueños, para empezar, eran las historias que poblaban aquella publicación de relatos. A Johnson, al menos, le gustaba recrear los ambientes oníricos, entre alucinógenos e irreales, bañados en alcohol y drogas, de los días y las noches sin final. Sus textos estaban compuestos de finas capas de palabras por las que se deslizaban, con cierto lirismo, sus descarriados personajes. “Gente, hombres, orgullosos de sus clichés y aún así llenos de una poesía desesperada”, escribió en El nombre del mundo después.

Precisamente, esa desesperación hecha verso, esa realidad gris y hermosa a la que el autor y su literatura eran de aquel modo adictos, se encontraba ya en sus primeras páginas. Ángeles derrotados es probablemente su texto más convencional y, sin embargo, es el principio de todo. Una ópera prima, obviando sus libros de poesía, donde ya se encontraban las semillas de parte de su obra posterior. Estaban los personajes de Hijo de Jesús y la desesperación de El nombre del mundo. Estaba la esencia de un Johnson primerizo, casi humano, capaz de escribir como el resto de los mortales, en vez de como el gran escritor, ganador del National Book Award por Árbol de humo, en el que habría de convertirse después. Y estaba el germen, a modo de profecía, de su última novela, Los monstruos que ríen: “Hacia el este –escribe en estos Ángeles derrotados aludiendo al título de aquella–, en la lejanía, vio las montañas que Dwight y ella contemplaran un día y que entonces se les antojaron monstruos. Ahora les bastaba con que parecieran montañas”.

Escrita en 1983 y publicada posteriormente por Anagrama en nuestro idioma con traducción de Benito Gómez Ibáñez, Angels, en su título original, es la historia de Jamie, una madre de dos hijos que huye de los maltratos de su pareja a bordo de un autobús donde conoce a Bill, un exmarine alcohólico, con un perfil de delincuente mediocre muy bien definido.

A pesar de un inicio algo incoloro, donde uno tiene la sensación de haberlo leído antes, el libro poco a poco desciende al infierno personal de sus dos personajes principales, que a ratos, especialmente él, se vuelven incómodos e incluso antipáticos para el lector, para ir tomando profundidad y desembocar en un espléndido final, ciertamente derrotista, una especie de delirio último cargado de sensatez, que recuerda en algo a A sangre fría de Truman Capote.

Johnson, que es capaz de descomponer el color gris y sacarle un millón de ricos matices con los que escribir verdadera literatura, esboza como nadie los tonos neutros y mediocres de la humanidad. Ángeles derrotados no tiene, es cierto, la poesía ni la belleza de algunos de sus otros trabajos, pero sus párrafos, en especial en algunos tramos donde la tensión  y la oscuridad alcanza su máxima expresión, mantienen esa sensibilidad especial que aparecerá después en sus escritos posteriores. Sus personajes vagan entre sus páginas sin buscar una redención, conscientes de que, como escribe, “en el pasado había alcanzado un par de veces ese absoluto grado cero de verdad, y sin miedo ni amargura comprendía ahora que en el fondo había un paso que podía dar para cambiar su vida, para convertirse en otra persona, pero nunca sería capaz de adivinar cuál”. No hay determinismo pero sí inevitabilidad.

Denis Johnson, que descendió él mismo a los infiernos para narrarlos después, escribía sueños, vidas vividas desde la más absoluta inconsciencia, vorágines de pesadillas convertidos en literatura. La gran lástima, parafraseándole, es que ya no nos los pueda contar más.

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El problema de las mujeres, de Jacky Fleming

El problema de las mujeres

El problema de las mujeresImaginad que estáis en una exposición sobre ciencia con vuestros hijos y la guía os dice: “citadme, así, rápidamente, diez genios de la ciencia o del arte”. Venga, os ayudo: Einstein, Leonardo Da Vinci, Pascal, Newton, Darwin, Pitágoras, Edison, Stephen Hawking, Galileo, Tesla… Por decir diez. ¿Os suenan? Seguro que algunos más y otros menos pero todos los nombres nos suenan y de la mayoría podríamos decir tres o cuatro cosas.

Pero, ¿no falla algo?

A Jacky Fleming, la autora de El problema de las mujeres, le parece que sí: todos son hombres. Nuestras “listas de genios” o de gente mínimamente célebre en las artes y las ciencias es históricamente masculina. ¿Por qué? Pues de eso trata este cómic: es un repaso ilustrado a la invisibilidad femenina a lo largo de la historia. Como dice Darwin en una de las últimas páginas del libro: “si comparas una lista de hombres eminentes con otra de mujeres, salta a la vista que los hombres son mejores en todo”. Obvio, ¿no?

Pero busquemos algunas respuestas. Porque el ejemplo con el que he iniciado la reseña nos muestra que las cosas no han cambiando tanto desde Darwin. ¿Será que no hay genios mujeres? ¿Será que la falta de oportunidades ha impedido que ninguna mujer descubriera o creara nada digno de mención antes del siglo XXI? Os propongo otra prueba. Buscad nombres de mujeres en los libros de texto de vuestros hijos o sobrinos. Buscad, buscad… Exacto, no hay ninguno y, cuando los hay, son consortes, esposas, musas. O Marie Curie. La única mujer que ha hecho algo por la ciencia en la historia, claro. Y, sí, de esto también habla Jacky Fleming en El problema de las mujeres.

A lo largo de más de 100 páginas la autora repasa, haciendo gala de una finísima ironía, los prejuicios, ideas falsas y mecanismos de exclusión que intentaron mantener a las mujeres dentro de la esfera doméstica durante los últimos siglos y nos cuenta cómo, pese a todo, lograban salir de ella. Desde que el cerebro de las mujeres es más pequeño y que, por lo tanto, son menos inteligentes, hasta que los pantalones las hacen lesbianas o estudiar les provoca esterilidad, pasando porque son biológicamente inferiores (esa idea sigue dando vueltas por ahí, hoy en día) o conceptos como la histeria. Todos esos bulos, y algunos más surrealistas que no os quiero spoilear, rodean a las mujeres que ilustra Jacky Fleming mientras se emperran en estudiar, pintar, descubrir estrellas, inventar lenguajes de programación o revolucionar las matemáticas.

El problema de las mujeres es un libro que despierta sonrisas y pone los de punta a partes iguales. Es pequeño, casi de tamaño bolsillo, y a una tinta, pero en rústica y bien editado. Yo ya tengo en mente a un par de persona a quien regalárselo, porque es un cómic ligero y divertido pero que al mismo tiempo nos hace recordar que el hecho de que las mujeres no estén presentes en nuestra educación no significa que no existieran, sino que las que se salieron de la norma acabaron en el basurero de la historia y nos necesitan para salir de él y ser reconocidas.

Por cierto, por si sentís curiosidad, os dejo aquí una lista de diez mujeres genio, así, al azar: Ada Lovelace, Artemisia Gentilleschi, Émilie du Châtelet, Grace Hopper, Rosalind Franklin, Katherine Johnson, Marie Curie, Caroline Herschel, Hedy Lamarr, Sophie Germain. Por si os interesa buscarlas en Google.

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Middlesex, de Jeffrey Eugenides

Así, de entrada, ya les anuncio que no he leído Las Vírgenes suicidas. Y partiendo de aquí les puedo decir que no sabía qué podía esperar de esta novela ni de este autor. Simplemente me he adentrado en un mundo desconocido, en una novela de la que no sabía nada, tan solo que me la recomendaban amigos que comparten conmigo el gusto por la Literatura, y en especial por esas obras que son capaces de dejarnos una pequeña o gran huella en nuestra alma, en nuestra conciencia o incluso en nuestro cuerpo.

Si, porque resulta que novelas como esta son necesarias para comprender y comprendernos, son como la poesía de la que hablaba Celaya, poesía necesaria; que sí, que cuando leo estas cosas veo que aun hay tanto y tanto por leer y por escribir y que la literatura tiene tanto que aportar que quiero decirlo todo de un tirón para que ustedes se queden con la idea de que les hablo de algo importante.

Y sí, me ha recordado a las grandes novelas americanas, esas que cuentan su historia pero también la historia humana, la que va de lo individual a lo general y viceversa.

Setecientas páginas que se me han hecho unas veces setenta y otras siete mil, porque es un libro como la vida misma, en unas ocasiones liviano, entretenido y llevadero, y en otras agotador y doloroso…

Ya ven como he venido, como el torito al paño rojo, esto me pasa cuando he leído algo grande y vengo aquí sin reflexionar, de forma compulsiva a querer que todos lean este libro que le valió al autor el Premio Púlizer en 2002. Siempre que leo un Púlizer pienso que debería leerlos todos, es raro que no recuerde alguno del que haya dicho Bufff, este me ha superado, no lo he entendido, o no me ha convencido … Está claro que yo podría formar parte de ese Jurado jajaja

Dice el autor que tardó ocho años en terminar Middlesex una historia en la que encaja a la perfección mitología, historia y vida.

“Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla en Detroit, en enero de 1960; y chico después, en unas sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en 1974…”

Me ha parecido una gran novela, probablemente porque me gustan mucho estos narradores que lo hacen en primera persona y en presente, y ellos mismos nos van trasladando a un tiempo pasado porque todo esto nos ayuda a meternos alerta, y eso es importante cuando vas a narrar una historia en la que haces un recorrido tan amplio. Recuerden que me pasó esto mismo con Postales coloreadas, el libro de Ana Alcolea del que hace muy poco les hablé.

Este es un libro en el que hablamos de genética y al mismo tiempo del nacimiento del capitalismo con las empresas de Ford, esa obligación que había de meterse en hipotecas, en préstamos para viviendas… Casi me parecía estar viviendo en un pasado muy, muy cercano 😉

Como hace cualquier buena novela americana, describe perfectamente los ambientes en los que estamos viviendo y recrea de forma bastante certera los paisajes por los que nos va llevando. La novela fluye casi sin darnos cuenta, fluye por el tiempo y fluye por la vida de los personajes que van apareciendo, viviendo y muriendo. Unos personajes más profundos que otros, unos a los que ha sacado más o mejor partido, pero a todos los he sentido vividos, incluso creíbles en un grado bastante alto.

Me han gustado este tipo de reflexiones:

“…La mejor prueba de que el lenguaje es patriarcal quizá sea que simplifica demasiado los sentimientos Me gustaría tener a mi disposición emociones híbridas, complejas, construcciones germánicas encadenadas, como «la felicidad presente en la desgracia». O esta otra: «la decepción de acostarse con las propias fantasías». Me gustaría mostrar la relación entre «el presentimiento de la muerte suscitado por los ancianos de la familia» y «el odio por los espejos que se inicia en la madurez». Me gustaría hablar de «la tristeza inspirada por los restaurantes malogrados», así como de «la emoción de conseguir una habitación con minibar». Nunca he encontrado palabras adecuadas para describir mi propia vida, y ahora que ya he entrado en mi historia, es cuando más las necesito…”.

Es increíble como una buena historia, perfecta y deliciosamente contada, como ha hecho Jeffrey Eugenides, me ha retornado al verdadero placer por la lectura, leer por el placer de leer, de aprender, de recordar, de divertirme y de reflexionar. Reflexión personal en muchos momentos porque hablamos de temas profundamente morales, todos ellos mirados y tratados desde el respeto. Todo ello rodeado y envuelto en la tradición y la historia griega y haciéndolo desde la honestidad para dar credibilidad, porque cuando uno llega a confundir al narrador con el autor, como ese momento en el que nos confiesa que: “El único capital que poseo es este relato y me lo estoy gastando todo”, y yo ya me lo creo y creo que además hay mucha parte de verdad tanto por parte del narrador como por parte de Jeffrey Eugenides. También es cierto que no dudo que guarde, porque este libro de más de 700 páginas debía tener un final, pero está claro que puede haber más, si él quiere.

Un día leeré el libro anterior, es muy probable, y leeré su próximo libro, es quizá más seguro, espero que si hay que esperar otros 8 años sea para un resultado como este.

Y me quedo con esa sensación de ¿Y ahora qué leo yo?…

Habrá que refugiarse en la poesía.

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Francamente, Frank, de Richard Ford

Francamente, Frank

Francamente, FrankSi hay algo que nadie puede parar, por mucho dinero o poder que tenga, es el paso del tiempo. Queramos o no queramos, chillemos o pataleemos, a medida que pasamos las páginas del calendario cada vez las resacas son más duras y el sueño resulta más difícil de coger; cada vez son más los amigos que empiezan a trabajar el arte de la excusa para evitar salir a la calle más de lo indispensable, y cada vez uno se da más cuenta de que la mejor época de su vida ha pasado y que todo lo que viene a partir de ese momento va a ser cuesta abajo. Y sí, esto lo dice un mocoso de veinticinco años. Más o menos el momento en el que uno es consciente de que los veranos de tres meses se fueron para no volver jamás.

En Francamente, Frank, Richard Ford, premio Princesa de Asturias de las Letras en 2016, nos habla de todo lo malo que tiene hacerse viejo, en un contexto horrible para pasar este trago: el escenario postapocalíptico que dejó la crisis económica de 2008 y que Ford agrava con el efecto devastador que tuvo el huracán Sandy en el estado de Nueva Jersey.

Ford hace literatura de gran altura sobre esa base, con el empleo de ingredientes tan poco agradables pero tan comunes como la destrucción de la prosperidad, la soledad, la enfermedad, la desidia por todo lo que nos rodea o los simples achaques de la vejez. Al fin y al cabo es una lectura realista y contemporánea y, como tal, es lógico que sea dura y desesperanzada. A través de Frank Bascombe, un personaje que le ha acompañado desde 1986, cuando publicó El periodista deportivo, el autor americano construye cuatro historias que desprenden un fuerte hedor pesimista y cínico, muy actual, en el que la desconfianza por todo lo que nos rodea es el pan nuestro de cada día. Asistimos así al hundimiento de todo aquello que creíamos que era indestructible, desde los ojos de un septuagenario que vive sin demasiado entusiasmo la penúltima etapa de su vida.

El protagonista, antiguo agente inmobiliario, asiste a los cambios bestiales que se han producido en su entorno, bajo las luces y las sombras de la segunda legislatura de Obama. Aquella en la que se pasó del ‘Sí se puede’ al ‘Ya si eso en otra ocasión’. Ante él aparecen personajes que no viven sus mejores momentos: un antiguo comprador de una casa que ha quedado convertida en escombros por el huracán; la antigua propietaria de la vivienda de Bascombe, con una historia terrible a sus espaldas; la incómoda visita a su exmujer, enferma de párkinson, y el último adiós a un antiguo amigo, que sufre una enfermedad terminal.

Es el primer libro que leo de este autor, pero su prosa contiene muchos de los matices que suelo apreciar en un escritor: una ironía muy afilada, una fijación en esos pequeños detalles que tanto ayudan a dar credibilidad a un relato o los temas y comportamientos cotidianos abordados desde prismas distintos a los habituales. La intolerancia, el racismo y el radicalismo creciente, que ha alcanzado su apogeo en nuestros días, ya son recogidos por Ford, que se demuestra hábil en captar el clima que se iba fraguando en su país y que acabó colocando a un ser como Donald Trump en el despacho oval. Otro motivo más para resguardarse en el viejo dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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Amor perdurable, de Ian McEwan

Amor perdurable

Amor perdurablePor amor se han hecho muchas locuras a lo largo de la historia. Quizás ninguna tan bárbara como la del doctor Carl von Cosel quien, tras no poder salvar a Elena Hoyos, su amor platónico, de morir por tuberculosis, decidió exhumar su cadáver dos años después de que la joven soltase su último suspiro. Tras ello, hizo lo posible por que el cadáver tuviese el aspecto (y el hedor) más humano posible y mantuvo una relación enfermiza con éste hasta que fue descubierto siete años más tarde por la hermana de la fallecida. Está claro que si tomamos como base este caso cualquier locura por amor de la que hablemos va a parecer pequeña.

En Amor perdurable Ian McEwan toca el tema de la obsesión amorosa desde su particular prisma. Partimos, como casi siempre pasa en las obras de este autor, de un acontecimiento pintoresco, a partir del cual la trama va dirigiéndose por derroteros que en un principio eran inimaginables. Así, la novela da comienzo cuando un apacible día campestre que se disponían a vivir Joe y Clarissa, una pareja próxima al medio siglo de edad, es interrumpido cuando un niño queda atrapado en un globo aerostático y comienza a ascender sin poder hacer nada para evitarlo. Joe y otras personas que se encontraban cerca del lugar intentan sujetar el globo, pero todos ellos acaban soltando la cuerda que lo mantenía cercano a tierra, salvo un hombre que acaba falleciendo al caer al suelo desde una altura considerable. Este incidente marca fuertemente a Joe, no solo por los remordimientos que le provoca la duda de lo que hubiera pasado si no hubiese soltado la cuerda, sino porque a partir de ese incidente otro de los hombres que fueron a socorrer al niño, un joven de fuertes convicciones religiosas llamado Jed Parry, se obsesiona con él y comienza a perseguirle y a sostener que él y Joe están profundamente enamorados.

En esta novela —que cuenta con una adaptación cinematográfica que para nada le hace honor, ya que es bastante mediocre— el escritor inglés mantiene una de sus aficiones preferidas: la de jugar con el lector. Y es que McEwan ha demostrado con el tiempo que disfruta cambiando los patrones habituales para desconcertar a sus fieles. Le gusta marcar los tiempos de la narración y decidir qué información suministrar y cuál reservarse para, llegado el momento, dar un vuelco a las ideas habías podido ir labrando durante varios capítulos; también puede cambiar al narrador de buenas a primeras, sin previo aviso, o dedicar varias páginas a desgranar ideas científicas. Todo lo que sea necesario para que el lector no tenga posibilidad de hacerse una idea clara de por dónde le va a llevar la lectura.

De lo que no cabe duda tampoco, no obstante, es de que las novelas de Ian McEwan se distinguen por ser literatura con mayúsculas. Con un estilo muy cuidado, continuas figuras literarias y reflexiones de notable enjundia intelectual, este es uno de los escritores que no necesita de grandes historias para producir libros de calidad; da gusto leerle independientemente del tema que trate. Y en Amor perdurable la historia nos envuelve en un clima demente, en el que por momentos no somos capaces de distinguir qué es lo lógico y qué lo irracional cuando el amor lo inunda todo.

Estamos pues ante una novela muy apetecible para aquellos que estén dispuestos a recalentar un poco su mollera— ya que no es la típica novela ligerita de verano, ni se le parece— para dejar que le absorba durante horas una historia verdaderamente pasional.

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Parece que fuera es primavera, de Concita de Gregorio

parece que fuera es primavera

parece que fuera es primaveraEs curioso cómo escribir cura el dolor…, y viajar. Alejarte para poder mirar con perspectiva, dicen. Cuando uno lee Parece que fuera es primavera, de Concita de Gregorio, se da cuenta de que no es la distancia lo que cura, porque hay cosas que no se curan, porque no hay cosas que hieren, no hay cosas que te matan por dentro. Sencillamente no hay palabras, aun no existen las palabras precisas para que una madre exprese lo que siente cuando desaparecen sus dos hijas y su marido se suicida.

No hay palabras…

Pero la autora ha tenido una delicadeza infinita en la forma de contarnos esta historia que más que triste, que naturalmente lo es, es desgarradora incluso para el lector que está frente a ella años después. Esta es la historia real de Irina Lucidi. Esta terrible historia sucedida hace 7 años y que se nos narra en forma de crónica para que pueda ser soportable.

¡Qué poco afortunadas son a veces las palabras! Y qué escasas cuando no encuentras el ´termino apropiado para definir una situación… Y qué bien nos lo explica la autora. Uno pierde a su pareja y es viudo, pierdes a tus padres y eres huérfano, pero cuando “pierdes” a un hijo, ¿en qué te conviertes? Yo imagino que en un saco de dolor que solo aspira a sobrevivir. … Y digo sobrevivir porque “la vida sigue”, con o sin nosotros, con o sin nuestros seres queridos, la vida sigue…

La palabra perder está ahí, dando vueltas en el libro, perder, porque realmente Irina sí que pierde a sus hijas y con ellas cree perderlo todo, pero la vida nos hace seres completos, ya ves… el tiempo nada cura, eso está claro en estos casos, pero uno no puede no reír eternamente, la vida siempre se abre paso, por lo general lejos, porque cerca es más difícil. Y que difícil de entender esto cuando el dolor va en el interior.

Todo el libro está lleno de sensibilidad y es por eso que lo que más me ha llamado la atención ha sido la falta de ella que al parecer tuvo la policía suiza, el sistema judicial suizo, la burocracia suiza…, ni podía imaginarlo, ni quiero pensarlo, es importante que sepamos que en los exquisitos países europeos, las cosas que no se comparan con dinero no son tan buenas… Sí, ya sé que en esta reseña hay y habrá muchos puntos suspensivos, como en esos poemas en los que las ideas quedan sueltas al final de un verso, probablemente para que tú lo termines, para que lo pienses y reflexiones, o quizá para darte tiempo pasa suspirar, para relajar tu corazón y tu alma.

La autora, de padre toscano y madre española me hace recordar que aun cuando nos quieren hacer creer que en el sur no hay profesionalidad, la hay, y en el Sur está el futuro de los que no tienen futuro, de los desposeídos de palabras. En el Sur hay filosofía de vida, hay sol, hay mar; y muy, muy al Sur, está Granada.

Hay reseñas imposibles, porque hay libros imposibles, libros que solo se escriben una vez, imposible repetirse, aun cuando uno crea que hay dos personas a las que les ha pasado lo mismo. Imposible, porque las vidas son particulares, y las palabras que a cada cual le faltan para expresar el dolor son aun más particulares.

Perder a los hijos, suponer que tu marido antes de suicidarse te los ha arrebatado, quizá para siempre… ¿Qué? El horror vestido de huecos en blanco, leer entre líneas lo que la autora nos cuenta que le ha contado Irina:

“¿Qué has venido a decirme, Irina? ¿Por qué has llamado a esta puerta? <Quisiera que me ayudaras, si puedes, a coger las palabras ponerlas en fila recomponer todos los trozos que siento desmenuzados y dispersos en cada rincón del cuerpo…”

Porque todos sabemos que llega un momento en que las palabras pueden y deben sustituir a los somníferos, calmantes, antidepresivos, sedantes, a los días sin noches y las noches sin días. Horas que pasan sin control. Vida que no se vive. Y entonces llega algo o alguien que te ayuda a buscar y al buscar miras el más humano de los recursos: Las palabras.

¡Qué importante es recordar esas cosas que nos hacen felices! Hay que hacer ese esfuerzo cuando olvidamos que vivir ya es por sí un acto que nos ha de producir alegría. Es imposible ponerse en la piel de nadie, pero un ser humano puede encontrar vida en el amor de otro. Vida, ilusión, alegría, ganas de ver amanecer, y eso no es olvido, eso es llevar dentro de ti sus vidas, hacer que vean por tus ojos, que escuchen tus palabras, que vivan en tu recuerdo, que crezcan dentro de ti, acompañándote en el resto de tu viaje, deseando que sea un largo viaje para poder hacerlo juntas.

Y aquí en el libro está Irina, y porque está Irina están Alessia y Livia… Más puntos suspensivos para decirles que merece la pena leer este libro, menos de doscientas páginas para contar esta historia que no crean que es lo que esperan, es otra cosa, porque la vida siempre es otra cosa.

Releo esta reseña ahora, aquí, casi al mismo tiempo que todos ustedes, ahora que está a punto de publicarse, y pienso que habrá muchos que aun deban esperar para que les parezca que fuera ya es primavera, y se me escapan unas lágrimas… y regresa de nuevo todo el libro a mi mente, pero sobre todo a mi alma, en la que la autora ha dejado alojadas algunas palabras.

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El crimen del conde Neville, de Amélie Nothomb

el crimen del conde Neville

el crimen del conde NevilleLas expectativas altas son difíciles de cumplir. Eso me ha pasado a mí con Amélie Nothomb. Había oído decir que era una escritora lúcida y mordaz, y esos adjetivos habían bastado para que me entraran unas ganas tremendas de leer algo suyo. Además, me intrigaba que aparezca fotografiada en sus portadas, algo ya de por sí inusual en el mundo literario. ¿Tendrá que ver con que los elementos autobiográficos están muy presentes en sus obras o será una más de sus excentricidades? Ni idea. Cuando la vi asomando con un enorme sombrero y una regadera roja en la mano en la portada de El crimen del conde Neville, su último libro publicado por Anagrama, leí la sinopsis, a ver si encontraba la relación entre esa imagen y ese título. Y no, no la vi. Pero se mencionaba que la historia hacía un guiño a El crimen de Lord Arthur Saville, de Oscar Wilde, un autor que me encanta, y eso me dio el empuje definitivo para estrenarme por fin con esta escritora belga y comprobar si de verdad es tan peculiar en todos los aspectos de su narrativa.

Al conde Neville, protagonista de esta novela, una vidente le vaticina que matará a uno de sus invitados en su próxima fiesta. Obviamente, al hombre le sienta fatal esta predicción. ¿Cómo va a matar él a alguien? ¿Qué clase de anfitrión sería si hiciera algo así? Con este punto de partida, similar al de la historia que Oscar Wilde escribió en 1891, comienza esta tragicomedia, pero ambos autores no solo coinciden en eso, sino que además se asemejan en el estilo, caracterizado por una prosa ágil, unos diálogos irónicos y una buena colección de frases para la posteridad. Al igual que las obras del dramaturgo británico, El crimen del conde Neville parece una novela frívola a simple vista, puro divertimento, pero en cuanto el lector se fija un poco, se trasluce la profundidad psicológica de los personajes y la sátira permanente a la nobleza y su absurdo juego de las apariencias. Lo que más me ha llamado la atención es que la aristocracia que plasma Amélie Nothomb —y que conoce de primera mano, pues pertenece a ella— apenas dista de la que retrató Oscar Wilde, pese a los dos siglos que los separan, por lo que es aún más evidente que sufre ese anacronismo sobre el que ironiza la novela.

Los continuos giros y su corta extensión me han mantenido pegada a El crimen del conde Neville para descubrir si al final el protagonista lleva a cabo el asesinato que le trae de cabeza. Y me han gustado tanto el ingenio, las reflexiones y la perversidad de esta novela que, precisamente por eso, me han sabido a poco sus ciento trece páginas. Pero no es malo que mis altas expectativas  no se me hayan cumplido; en esta ocasión, solo significa que se han incrementado. Y me alegro de que me haya pasado eso con Amélie Nothomb. Leeré más historias suyas para profundizar en esas rarezas que le hacen destacarse en el panorama literario actual y así colmar las expectativas que me he creado en torno a ella. Sin olvidarme de que tengo que saber cuál es el motivo por el que sale retratada en las portadas de sus libros, que no pienso yo quedarme con esa intriga.

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La república, de Joost de Vries

La república

La repúblicaTodos nos hemos sentido alguna vez reemplazados, de una manera u otra. Y eso duele. Ya lo creo que duele. No hay más que ver lo mal que llevan los antiguos presidentes del Gobierno de España volver a ser ciudadanos de a pie. Ni su puesto en un consejo de administración de una gran empresa consigue quitarles las ganas de seguir influyendo en el curso de la política, sin perjuicio de que sus declaraciones puedan perjudicar gravemente a su partido. Cuando te has creído ser algo durante mucho tiempo, salir de esa burbuja tiene que ser realmente difícil de afrontar.

Friso de Vos, el protagonista de La república, la segunda novela del autor neerlandés Joost de Vries, no sufre una substitución tan mayúscula como la que he comentado, pero esta es igual de traumática o más. Tras el fallecimiento de Josip Brik, un profesor universitario considerado una eminencia en los estudios hitlerianos, él, su fiel ayudante en la revista El sonámbulo, se tiene a sí mismo como su digno sucesor. Pero un percance médico durante un viaje a Chile, que coincide con la muerte de Brik, hace que Friso no pueda estar presente en la ceremonia, lo que es aprovechado por otro hombre, Phillip de Vries, para adueñarse del papel de discípulo principal del profesor.

Lo cierto es que el tema resulta tan rocambolesco que cuesta hacerse a él. De hecho, en las primeras páginas mi único pensamiento durante la lectura era «¿A dónde narices quiere llegar con todo esto el autor?». Pero poco a poco, y con la ayuda del creciente interés que va tomando la trama una vez que se despliega el contexto, uno empieza a entender que la sátira del mundo universitario que construye Joost de Vries es verdaderamente ácida y cruda. Con un humor que muchas veces roza el límite de lo publicable y algunas frases cada pocas páginas que provocan una risa culpable—«De verdad que Hitler no tiene nada que ver», le dice el protagonista a su maestro para justificar la separación de su novia—, esta novela atiza, y de que manera, a un mundo marcado por las apariencias y por la necesidad de demostrar continuamente que se está al tanto de todo lo que es meramente relevante a nivel intelectual. De hecho, la figura de Hitler, tan presente durante todo el relato, es una mera excusa, un elemento más de provocación que emplea De Vries para poder desarrollar su dura crítica al esnobismo ilustrado.

El otro aspecto que destaca sobremanera en esta obra es la ira. La obsesión que consume a Friso por ver cómo todos sus años de esfuerzos y de completa sumisión a su maestro han quedado en nada porque otro estuvo en el lugar adecuado en el momento correcto. La envidia y el rencor del protagonista quedan magníficamente reflejados, hasta el punto de que la narración, en primera persona, llega a ser enormemente surrealista y se hace complicado saber qué acontecimientos son reales y cuáles son meras ensoñaciones coléricas del discípulo destronado.

Desde mi punto de vista La república es una oda a la farsa, a la impostación tan habitual en el mundo de la cultura, en el que todo el mundo ha leído a Kant aunque no sepa citar el título de ninguna de sus obras. Una novela que contiene numerosos excesos (estilísticos, humorísticos, sexuales…) pero que consigue un resultado muy atrayente en su conjunto. Y es que en el caso de Joost de Vries, como dijo Shakespeare de Hamlet, hay método en su locura.

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Cosas que te pasan si estás vivo, de Liniers

Cosas que te pasan si estás vivo

Cosas que te pasan si estás vivoNo recuerdo el tiempo exacto que lleva gustándome Liniers, pero sí sé que son ya muchos años los que este dibujante argentino lleva haciéndome reír. Seguro que os suenan sus dibujos, ¿verdad? Tenéis que haber visto sus tiras de Enriqueta, Fellini o los divertidos duendes y pingüinos en muchas partes. Desde 2001, Liniers publica su tira cómica Macanudo en el diario La nación y hace ya muchos años que en España es también muy conocido gracias a sus publicaciones. Porque Ricardo Siri, su verdadero nombre, ha publicado ya más de veinte libros en un montón de países. También ha expuesto en multitud de sitios y ha diseñado las cubiertas de los discos de artistas como Andrés Calamaro o Kevin Johansen. Con este último y con su banda tiene una costumbre de lo más curiosa. Se va de gira con ellos y mientras la banda toca, él se dedica a pintar en el escenario. No sé si será efectivo para la inspiración, pero fijo que se lo debe pasar teta en esas giras internacionales.

Cosas que te pasan si estás vivo acaba de ser publicado por Anagrama y el resultado es un libro muy bonito. Me gusta la edición, el diseño y el formato, totalmente manejable y perfecto para las tiras del dibujante.

En este libro encontramos los dibujos que Liniers realizó entre los años 2006 y 2011 para un blog y para el suplemento ADN del diario argentino La nación. El título del libro lo dice todo: aquí encontraremos todo lo que ocurrió al artista en esos años por el solo hecho de estar vivo. Cinco años dan para mucho, la verdad, desde viajes, proyectos, recitales, giras, libros hasta cosas más normales como comidas con amigos, reuniones, y mundiales. Y sobre todo, en esos cinco años, sucedió algo muy importante en la vida de Liniers: el nacimiento de sus hijas Matilda y Clementina.

Las dos pequeñas aparecen en las tiras del dibujante a lo largo de todo el libro, con sus pequeñas anécdotas del día a día y sus divertidas ocurrencias.

También los conciertos que os comentaba antes, en los que Liniers dibuja mientras sus amigos tocan, encuentros con Jorge Drexler, Matt Groening, escritores, firmas de libros. Todas estas vivencias aparecen reflejadas en Cosas que te pasan si estás vivo. Pero también hay cabida para las anécdotas más terrenales, no os vayáis a pensar. Esos momentos de falta de inspiración, esos días en los que te encuentras mal o incluso esos días en los que no pasa absolutamente nada.

Las tiras son tan fantásticas como siempre y en todas ellas está la esencia de Liniers, esa combinación de sinceridad, de ternura y de un humor brillante. Un libro para disfrutar y volver a él sin prisas, simplemente porque nos apetece pasar un buen rato. Y creedme, con él las risas están garantizadas.

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Opiniones contundentes, de Vladimir Nabokov

Opiniones contundentes

Opiniones contundentesLeemos por placer, dicen algunos. Y supongo que es cierto. Ese tipo de lector que se siente tan feliz en compañía de familia, amigos o amante, que al final, desesperado, tiene que levantarse y salir de la habitación para coger un libro, abrirlo, dejar entrar un soplo de mal rollo en su vida y recordar que todo es vanidad, no es el tipo de lector que más abunda. Aunque, no os quepa duda, haberlos, haylos.

Existe otro tipo de lector. Este también lee por placer, por descontado, pero, a diferencia de aquéllos que buscan un autor al que tutear, un narrador con el que se identifiquen y unas aventuras o sueños cercanos a los suyos, este lector encuentra el placer en un autor distante, con el que no tenga nada en común y que le hable de asuntos que jamás hubiera considerado de su interés. Cuando nuestro lector encuentra a un autor así, se entrega a él en cuerpo y alma, ve transformado su concepto de la literatura y recibe de buen grado el majestuoso desdén de su nuevo amo y  señor.

Así que ya lo sabes: si a ti te gusta un autor con el que te puedas identificar, yo me enorgullezco de que Vladimir Nabokov me llame ignorante. Y lo hace a las primeras de cambio:

Sólo cierto tipo de personas ignorantes mueven los labios al leer o reflexionar.

¡Y yo que pensaba que, al contrario, me hacía parecer más inteligente! Pero servidor es sólo el primero de los títeres que nuestro genial autor decapita. Aquí no se libra nadie. Vayamos por pasos.

Opiniones contundentes tiene un título sobradamente explícito, aunque habría que señalar que falta la palabra “razonadas”. Porque para opiniones contundentes, las mías (y si no, que se lo pregunten a mis enemigos de facebook), pero saber defender esas opiniones con argumentos y elegancia, ah, ahí ya no llego yo.

El libro consta, en su primera parte, de una serie de entrevistas concedidas por el autor, a lo largo de diez años (de 1962 a 1972), a medios tan diversos como Time, la BBC, la Radio Suiza, Vogue o Playboy. En estas entrevistas disfrutamos de la primera gran, enorme, virtud de Nabokov: su falta de espontaneidad. Así, a diferencia de tanto pánfilo que responde a una pregunta estúpida con la primera sandez que le viene a la cabeza, Nabokov siempre exigía que le entregaran las preguntas con anterioridad, para así poder preparar con tiempo suficiente la respuesta de aquéllas que se dignara responder. Naturalmente, dichas entrevistas son un auténtico deleite para el lector. Y en ellas, el bueno de Vladimir se despacha a gusto.

Entre sus fobias no literarias destacan “el jazz, el cretino de medias blancas que tortura a un toro negro (…); el bric-à-brac de los abstractos; las máscaras rituales primitivas; las escuelas progresistas; la música en los supermercados; las piscinas; los brutos, los pesados, los filisteos con conciencia de clase; Freud, Marx o los falsos pensadores”, entre otros.

Huelga decir que nuestro amigo rechazaba el encasillamiento en un grupo o movimiento literario. La literatura, en opinión de Nabokov, no conoce corrientes, grupos ni generaciones. Sólo existe el artista y su obra. Despreciaba la impostura, la pomposidad, las grandes ideas, las novelas repletas de símbolos y, sobre todo, la literatura con una función social. Califica como necia la Muerte en Venecia, de Thomas Mann; El doctor Zhivago, melodramática y mal escrita; y define las novelas de Faulkner como “crónicas con barbas de maíz”. Se ríe de esos autores que afirman que, al escribir, uno de sus personajes se apodera de ellos y les dicta el curso de la acción. !Qué experiencia tan absurda”; observa, para añadir que, en su relación con sus personajes, él es “un perfecto dictador dentro de ese mundo privado”. Es decir, mi libro lo escribo yo con mi mente, mi mano y mi lápiz. Patochadas pseudorománticas, no por favor.

Después de las entrevistas vienen las cartas hundidoras, que el autor escribía a los medios cada vez que sentía que no podía dejarse sin respuesta la última necedad del criticastro de turno. Nos dice Nabokov que él podía aceptar todo tipo de críticas, pero no toleraba que nadie pusiera en cuestión su erudición. Como veis, aquí no hay falsa modestia. Y si la réplica que dispara requiere que el autor se enemiste con un antiguo amigo, pues todo sea por el bien del arte y la verdad.

La tercera parte de Opiniones contundentes consta de una serie de artículos que abarcan desde su obra más conocida, Lolita, o la poesía de Jodásievich hasta su primera gran pasión, por encima incluso de la literatura: las mariposas.

Nabokov no sería hoy un personaje querido por los medios. La despiadada crítica a la estupidez, la fatuidad, los lugares comunes, la tradición académica establecida, y en fin, todo  intento de diluir el pensamiento del artista en el intragable potaje de las corrientes, los movimientos, las “Declaraciones”, los manifiestos y la voz del pueblo harían de él una persona no ya incómoda, sino odiada. Por eso, por sus novelas, por esta joya tan contundente y por llamarme ignorante, siento por él admiración infinita.

 

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La chica danesa, de David Ebershoff

La chica danesa

La chica danesaQué difícil tiene que ser alguien que no deseas. Qué difícil tiene que ser nacer de una manera y sentirte de otra completamente distinta. Ver lo que el espejo te muestra y no estar en absoluto de acuerdo. Saber que jamás podrás ser quien realmente quieres ser.

Einar conoce esa sensación muy bien. Cuando su mujer Greta le propuso probarse unos viejos zapatos de tacón para que pudiera retratarle en el cuadro que estaba haciendo, Einar no supo qué pensar. Pero la modelo había dejado tirada a su mujer y él no podía defraudarla. Se pondría esos zapatos amarillos y aquellas medias que prometían opresión. Y también aquel vestido que al caer por sus piernas haría un ruido como de rasguños. Cuando Greta le vio, tan bajito, tan delgado, tan pálido, con esos pechos extrañamente voluminosos, no vio a Einar. Vio a Lili. Y Einar también la vio. Y Lili se quedó a vivir con ellos para siempre.

El libro está ambientado en los años veinte y se desarrolla en principalmente en Copenhague y en París. En una época en la que dudar de tu propia personalidad era algo impensable, Einar tiene que enfrentarse a los fantasmas de querer ser otra persona. Lili vive dentro de él y se despierta cada vez que el raso de los vestidos se desliza por sus piernas. La chica danesa es una historia tierna y emotiva y a la vez dura y desoladora. David Ebershoff narra las crónicas de estos tres personajes principales usando una prosa delicada y confidente. Es extremadamente visual, lo que ha hecho que desde el momento en el que empecé este libro, pudiera imaginarme cada uno de los paisajes, personajes y escenas que describe.

No suelo hacer esto en mis reseñas, pero creo que debo centrarme en la descripción de los protagonistas. Empezaré por Lili, que me transmite mucha ternura. Es una mujer delicada y que parece que se va a derribar con el primer soplo de viento. Me recuerda a una muñequita de trapo delicada y frágil. Pero a la vez tiene el valor de salir a la calle cada día a demostrar quién es. Einar es una persona gris, que vive a la sombra de Lili. A diferencia de esta, a la que podemos imaginar en cuanto leemos unas líneas que hablan de ella, Einar no se deja intuir tan fácilmente. O al menos a mí me ha parecido así. Su descripción es borrosa. Será porque en realidad podríamos decir que Einar no existe, que es Lili la que alberga en su interior. Y después esta Greta. Greta… qué personaje tan maravilloso. De verdad. Hacía muchísimo tiempo que no me encontraba con uno así. Asombra ver cómo apoya a su marido desde el principio y cómo es ella, al fin y al cabo, la responsable del nacimiento de Lili. Greta llega a pasarlo incluso peor que Einar, ya que es consciente del calvario que podría sufrir su marido si la gente descubriera que en sus ratos libres sale disfrazado de mujer a la calle. El sufrimiento anunciado de Greta es algo que me ha tenido en vilo durante todo el libro y que ha hecho que me preguntara qué haría yo si estuviera en su posición. Cada cual que opine lo que corresponda.

La chica danesa me ha llegado al alma. Me he dejado llevar sin ninguna dificultad por las palabras de David Ebershoff y me he descubierto respirando entrecortadamente al pensar en el futuro de Einar. Pero, sobre todo, en el de Lili. Y el sufrir por un personaje, sentir su angustia en tu piel, su propio dolor, es una de las cosas que más me gusta de la lectura.

Amigos, pocas palabras más se me ocurren para describir esta grandiosa novela. No sé si la película le hace justicia, aunque siendo Eddie Redmayne el protagonista, muy mal tiene que ir la cosa para que no sea así. Por lo que a estas alturas solo me queda recomendarla de corazón y dejar la lectura a un lado para adentrarme en el trabajo de Tom Hooper.

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