
Cuando niños, hablamos cotidianamente en nuestra lengua natal y ni siquiera nos ponemos a pensar en por qué, una detrás de la otra, vamos escogiendo determinadas palabras entre todas las que existen para usar; tampoco nos preocupamos por preguntarnos porqué “libro” se dice “libro” y no, por ejemplo, “elefante” ya que nos parece totalmente lógico que se diga de esa manera y no de otra. Cuando empezamos a crecer, comenzamos a entender que todas las historias se escriben con palabras, pero todas las palabras también tienen sus propias historias. De eso se trata Palabrología, un apasionante viaje por el origen de las palabras.
La etimología, disciplina filológica que estudia el origen de las palabras y la evolución de su forma y significado, es el alma de este libro y el autor nos propone conocer la historia de las palabras vivas que resistieron el paso del tiempo y llegaron a nosotros (aunque muchas deformadas) para permitirnos comunicarnos fluidamente. Ante esto, la estructura del libro, resulta clave. Es que Virgilio Ortega, licenciado en filosofía y letras, nos propone un viaje imaginario por distintas épocas y lugares históricos para, de manera amena y clara, sumergirnos en la vida cotidiana y a través de ella ir conociendo el origen de cientos de palabras.
Así, tras un capítulo introductorio y general en el que conoceremos el origen de los nombres de los días, meses o estaciones del año, viajaremos a Egipto, Atenas, Los Juegos Olímpicos, Roma, Salamanca y Upsala, diversas épocas y lugares que son claves para que hoy hablemos español de la forma que lo hacemos y con las palabras que utilizamos. El lector, además del origen de las palabras, podrá así conocer historia pura y dura ya que al mismo tiempo que noveladamente asistimos al Coliseo romano, el autor, que cual Marty McFly va saltando de año en año, nos va aclarando el significado de cada palabra en cada época. ¿Vemos un Gladiador? Pues te recuerda que su nombre deriva de Gladius, la “espada corta” de los luchadores romanos ¿viajamos a un anfiteatro griego? Entonces aprenderemos que Anfiteatro significa “teatro por ambos lados” y que “Anfi” también se usa en palabras tales como Anfibio (dos vidas) o Ánfora (dos asas)
Y así una y otra vez: historia y etimología a raudales para las mentes más curiosas.
Particularmente, por momentos el libro se me ha hecho un poco mareante, ya que leer un solo párrafo puede contener entre paréntesis, decenas de explicaciones etimológicas, haciendo que la lectura sea un parar y seguir constante, pero tal vez eso me ha ocurrido por no haber seguido el consejo que el autor da al principio del libro, que consiste en determinar previamente la forma en que se ha de leer Palabralogía. El autor propone que los amantes de la historia, lean todo el libro sin detenerse en los paréntesis, mientras que los amantes de la etimología solo lean los paréntesis. Como tercera opción el autor asegura que el libro puede leerse de corrido y al completo, pero aclara que puede resultar pesado y recomienda leerlo capítulo a capítulo, dejando espacio entre ellos para el descanso de la mente; lo que el autor se olvidó de tener en cuenta es que cuando un curioso como yo empieza a leer un libro para curiosos como éste, resulta imposible parar. La conclusión es que Palabralogía, en mi caso, requiere de una relectura, tras haber sido devorado apasionadamente.
Si eres un enamorado de la etimología y la historia, este libro te encantará; además, una vez leído y colocado en la biblioteca personal, quedará allí como referencia siempre que queramos quitarnos alguna duda sobre el origen de alguna palabra.

Atento a la pantalla; empieza el show. Tras la mayestática musiquilla introductoria aparece el presentador. Apenas se ven los hilos que lo hacen hablar y moverse. Sus gafas de pasta tiemblan cuando su boca se lanza de lleno a una confusa perorata informativa. Los bancos siguen ganando dinero y propiedades mientras cientos de personas son 
Hoy empiezo por el final de esta novela, porque hay un pequeño ensayo de José Ángel del Dios en el que nos recuerda que: “el psicólogo John B. Watson decía que hay tres emociones humanas no aprendidas, fundamentales y comunes en toda la especie humana: el amor, la ira y el miedo”. No voy a entrar a analizar esto, pero lo que es seguro es que el miedo nos acompaña desde la cuna hasta que nos morimos, y aunque duremos 100 años, siempre le tendremos miedo a algo o a alguien. Los miedos cambian con el tiempo, algunos son comunes y otros individuales. Algunos parecen tener origen o motivo y otros son irracionales e inexplicables. Toda nuestra vida estamos superando miedos y esto no es malo, nos hace aprender y madurar, hacernos más fuertes. El miedo también es importante porque nos hace prudentes, aunque no puede ser tan grande que nos paralice y no nos deje avanzar. Cuando eres un crio, estás intentando probar hasta donde llega tu valentía o tu miedo, todo el rato. Yo recuerdo querer ver aquellas películas que presentaba Chicho Ibáñez Serrador, Historias para no dormir, o las de Alfred Hitchcock presenta, pero luego me cagaba de miedo en la cama. Somos así.
Todavía es un poco pronto para que haya una posición común en torno al tema y más en un mundo en el que todo es tan intenso como fugaz, pero confío en que dentro de unos años habrá unanimidad acerca del daño que Paulo Coelho ha hecho a la humanidad. Está claro que antes de que él y su Alquimista se posasen sobre las manos de todo hijo de vecino ya existía un importante número de orgullosos defensores del ejército del buenrrollismo y del ‘serás lo que quieras ser’, pero él fue el artífice de que mucha gente, en apariencia cabal, se llegase a creer que era posible hacer desaparecer todos sus males simplemente a base de estirar la sonrisa hasta límites dañinos para la salud y de que sus tazas, agendas y estuches dijeran por ellos lo convencidos que estaban de que podían convertir el mundo en un lugar maravilloso.
Una de las cosas que siempre me han impresionado más de los libros es la capacidad que estos tienen para revelarte cosas que hasta ese momento creías distintas o incompletas. Solemos llenarnos de conocimientos parciales y pocas veces profundizamos en alguno de estos. Sabemos un poco de todo pero no sabemos mucho de algo. Y un claro ejemplo soy yo. Me encanta la música en español, soy un ferviente seguidor tanto de nuevos grupos como de bandas y cantantes ya consolidados y vivo pegado a mis auriculares. Y hasta hace unos días creía que podía defenderme si alguien me preguntaba sobre la movida madrileña. Hoy, gracias a Esto no es Hawaii, no es que pueda defenderme, es que incluso puedo atacar. Y gracias a un libro, el que cuenta «la historia oculta de la movida», de 
Quizás el nombre de este poeta español no os suene demasiado. Dionisio Rodríguez no es famoso ni ha vendido miles de libros, pero es un lector y un escritor empedernido. Poco tienen que decirme los libros superventas que colman las estanterías de las librerías si no soy capaz de conectar con el autor. Imagino que a vosotros os pasará lo mismo. Dionisio Rodríguez es un autor cercano, un autor que te ofrece esa conexión de la que os hablo.
Leer libros de divulgación, a esta altura de mi vida, me parece el mejor camino para aprender; si bien sospecho por qué en los centros educativos del mundo se sigue con los mismos sistemas caducos, no puedo evitar sentir enfado al imaginar lo bien que les vendría a tantos millones de chicos tener la posibilidad de acercarse a este tipo de libros que, de forma amena y clara, enseñan tanto y tan bien. El mundo sería mejor si empezáramos creciendo así.
Creo que no exagero si digo que, tras treinta años dando botes por el universo Marvel, Frank Castle acabó encontrando al guionista que mejor entendió su drama interno y su personalidad: Garth Ennis. El guionista que se dio a conocer entre el gran público por su Predicador y toda una serie de obras de talante gamberro tuvo un primer acercamiento al Castigador en una miniserie que resultaba irónica: en el tono socarrón habitual de 
Con este libro me la jugué mucho, no voy a negarlo. Sabía de antemano que iba a suponer un reto. No soy demasiado aficionado a las lecturas fáciles —sólo hay que revisar mi historial reciente para comprobarlo— pero en esta ocasión era consciente de que me lanzaba a un territorio que apenas había explorado desde aquellos locos años de bachillerato, no tan lejanos por otra parte. Filosofía era una de mis asignaturas preferidas; quizás no a la hora de estudiarla, pues claramente era mucho más sencillo memorizar los cabos de España o las fases de la I Guerra Mundial que el método cartesiano, pero descubrir nuevas formas de reflexionar acerca del sentido de la vida y de las grandes preguntas que sobrevuelan nuestra existencia me pareció tan revolucionario como necesario. Tanto es así que no pude evitar decepcionarme al conocer la noticia de que una de las últimas reformas educativas en nuestro país buscaba reducir su importancia en las aulas. Una forma, tan sutil como perversa, de reducir las libertades de los estudiantes, al no incentivarles a descubrir a los grandes pensadores de la historia.


Hace tan solo unos meses yo no sabía quién era Vita Sackville-West. La conocí gracias a la genial novela de Pilar Bellver de la que ya os hablé en su día: 
Me han dicho que un artista necesita la tragedia constante para expresar plenamente su trabajo, pero yo no soy un artista, y cuando en una canción hablo en primera persona, no significa necesariamente que dicha persona sea yo ni tampoco significa que yo sea un mero narrador. Significa cualquiera o lo que uno quiera, porque cada cual tiene su propia definición de una palabra en concreto y cuando se habla en el contexto de la música no se puede esperar que las palabras tengan el mismo significado que en su uso cotidiano, porque yo personalmente considero la música arte y cuando digo “Esa canción es arte” no pretendo equipararla con un cuadro, porque pienso que las artes visuales no son ni con mucho tan sagradas como la comunicación oral o escrita, pero no deja de ser arte y pienso que esta sociedad ha perdido de algún modo el sentido de lo que es el arte. El arte es expresión, y para expresarse uno necesita el 100% de libertad y la libertad que tenemos para expresar nuestro arte se encuentra en una situación muy jodida”.