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Introducción a la psicología en viñetas, de Grady Klein y Danny Oppenheimer

Introducción a la psicología en viñetas

Introducción a la psicología en viñetasSoy socióloga de formación, lectora compulsiva por afición y escritora por vocación. Y esas tres facetas de mi vida tienen algo en común: intentar comprender este mundo en el que vivimos y, sobre todo, la naturaleza humana que, a veces, tanto me desconcierta. Por eso, al ojear el índice de Introducción a la psicología en viñetas, escrito por Danny Oppenheimer y dibujado por Grady Klein, supe que este libro estaba hecho para mí: Primera parte: Entender el mundo; Segunda parte: Entendernos a nosotros mismos; Tercera parte: Entender a los demás.

¿Cómo no iba a leerlo?

¿Quién no querría leerlo?

La dedicatoria de David Oppenheimer ya deja claro el tono de este cómic: «A mis alumnos, que me han enseñado a enseñar psicología». Y es que Introducción a la psicología en viñetas es un acercamiento ameno y directo a la ciencia de la mente, el cerebro y la conducta. Es evidente que también es superficial, con esa extensión y con ese formato no podía ser de otra manera, pero la exposición de ideas es tan ilustrativa que, irremediablemente, nos quedamos con ganas de saber más sobre todos esos experimentos y efectos de los que nos habla.

La psicología es mucho más que traumas infantiles y divanes, tópicos que le hacen flaco favor a esta ciencia. Introducción a la psicología en viñetas nos lo demuestra haciendo un recorrido por algunos de los experimentos más representativos, desde los conocidos perros condicionados de Pávlov hasta otros tan inquietantes como el de la cárcel de Stanford (ya de paso, os recomiendo la película Das Experiment, del director Oliver Hirschbiegel, que ficciona este estudio y es impresionante). Pero no solo eso, este cómic nos hace tomar conciencia de cómo nuestro cerebro nos provoca el efecto de stroop o el efecto Dunning-Kruger, la forma en la que distorsionamos nuestros recuerdos, el porqué nos dejamos llevar por criterios poco razonables a la hora de tomar decisiones, cuánto daño hacemos cada vez que cometemos el error fundamental de atribución o la asombrosa manera en la que los bebés aprenden el lenguaje… ¡por inferencia estadística!

Aunque por curiosidad y por formación ya conocía varios de los conceptos explicados, he descubierto muchos otros que me han dejado con la boca abierta. Resulta sorprendente lo complejo que es nuestro cerebro y lo engañosa que es nuestra percepción de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea. Los dibujos de Grady Klein y los ejemplos y explicaciones llenos de humor de Danny Oppenheimer consiguen que sea sencillo interiorizar la multitud de ideas expuestas, pero a la vez nos insisten en que esto es tan solo una muestra y que aún quedan por descubrir muchos más misterios de nuestra mente.

Con Introducción a la psicología en viñetas no he logrado entender el mundo, a mí misma ni a los demás; si acaso, ahora tengo más incógnitas. Pero de lo que no tengo duda es de que he disfrutado con este clarificador acercamiento. Por eso, me uno a los autores, que recomiendan este libro a «cualquiera que sea una persona o que en ocasiones interactúe con alguna». Leed Introducción a la psicología en viñetas si alguna vez os habéis comportado como un psicólogo aficionado, juzgando a alguien o explicando vuestras conductas o las de los demás. Así os daréis cuenta de lo poco que sabéis en realidad y veréis con otros ojos a los verdaderos psicólogos, esos que estudian cada día para comprender mejor nuestra forma de vivir la vida. Porque dejando los tópicos a un lado, Klein y Oppenheimer nos demuestran que los estudios psicológicos rigurosos son necesarios y apasionantes.

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El banquete de los placeres, de Cristal King

El banquete de los placeres

El banquete de los placeresEsta novela, que se subtitula “una novela de la antigua Roma”, se publicita como una obra sobre Apicio y sobre la gastronomía del imperio romano. Lo cierto es que eso era precisamente lo que me llevó a leerla, la vertiente gastronómica de la trama, y debo decir que en ese sentido se queda muy lejos de las expectativas. La figura de Apicio, autor de la obra sobre gastronomía más antigua conocida y personaje excesivo de biografía de un gran potencial literario (lo que se sabe de él), sin duda da para mucho y El banquete de los placeres se centra más en él y en las intrigas de Roma, sin olvidar la vida sentimental de los protagonistas, que en los platos, que sí aparecen pero uno tiene la sensación de que no son más que decorado, y sobre todo en la cocina. Está muy lejos de ser una novela sobre la cocina de Apicio.
Eso no significa que no sea una obra sumamente entretenida y con un buen ritmo, es de hecho una novela histórica comercial al uso que hará las delicias de los partidarios del género, la autora no tiene la culpa de las expectativas que el lector se haga a priori, por eso me creo en la obligación de avisarles. Si se acercan a este libro guiados por su afición a ese género tan en boga o incluso si se sienten atraídos por las costumbres de la antigua Roma, posiblemente disfruten del banquete. Si lo hacen por curiosidad gastronómica o amor a la cocina, posiblemente no.
Y sin embargo hay platos, cada parte se introduce con una receta y no son pocos los que se describen. En este sentido incluso se llega a una conclusión: la cocina del imperio romano en gran medida sería de difícil aceptación hoy día. Comían de todo, lo que incluye cosas que hoy nos resultan incomprensibles como lenguas de flamenco, lirones fritos o vulva hervida de cerda, aunque también hay otras que ciertamente apetece probar. Gran parte de la culpa de lo primero la tienen no solo los ingredientes inauditos para nosotros, sino la omnipresencia del garo, un condimento a base de vísceras de pescado fermentadas, que no suena muy apetecible. Entre lo segundo me ha llamado la atención la veneración por el silfio, una especia procedente de una planta hoy extinta.
La autora se acerca a la figura de Apicio no en primera persona, sino a través de la experiencia de Tracio, un esclavo cocinero que, en la novela, le sirve fielmente durante casi toda su vida, sin embargo la figura del patricio se adueña del Banquete de los placeres gracias a su personalidad compleja, cambiante y extraordinariamente dada a los excesos. En los placeres, en los gastos y también en los defectos. Los personajes son diversos: esclavos, familia, enemigos, y todos ellos logran que la historia se desarrolle de forma coral, con un ritmo y una fluidez notables. Apicio es sin duda el personaje más complejo, los demás son importantes pero poco pródigos en matices.
Hay que decir que resulta muy interesante el escenario, la vida y costumbres en la antigua Roma. La autora ha llevado a cabo un importante esfuerzo de documentación, que expone en parte al final del Banquete de los placeres y el retrato resulta verosímil, aunque en ocasiones ese mérito se ve ensombrecido por la utilización de términos aparentemente anacrónicos para un lector no experto en el tema, como yo mismo. Dudo que los romanos utilizasen el término “gourmand”, por poner un ejemplo, o que se refiriesen a un juego que efectivamente existía con el moderno término “Backgammon”. Sin embargo, insisto, la construcción del escenario es, salvo en contadas excepciones, convincente.
Otra virtud es la comparecencia de bastantes personajes reales, que la autora consigue integrar en su historia con naturalidad, algo que nunca es fácil.
Apicio no sólo fue un gran aficionado a los placeres, también fue inmensamente rico y un terrible derrochador. Su ambición y su crueldad ocasional (según el retrato de Crystal King) le convierten en un personaje literariamente atractivo. El banquete de los placeres es un libro que hará las delicias del público consumidor habitual de este tipo de novelas, tiene muchos aspectos meritorios y aquellos que no lo son tanto tienen más que ver con las expectativas del lector que con deméritos del libro, que no pretende ser otra cosa que lo que es y que en esas coordenadas funciona bien.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Un violín con las venas cortadas, de Carlos Salem

Un violín con las venas cortadas

Un violín con las venas cortadas Una muchacha calva hace equilibrio sobre un pie en el centro del puente de Notre-Dame, con un baúl de madera atado a su cuello.

Cerca de ella, muy cerca, el mejor violinista de todos los tiempos toca su violín sin cuerdas.

Un asesino a sueldo, a punto de quedarse ciego, vigila la escena desde una de las azoteas, mientras los apunta con su arma.

Un veterano policía y su nuevo compañero merodean por la zona.

Los curiosos se van aglutinando cerca del puente de Notre-Damme.

Una joven periodista quiere saber la verdad de esa muchacha calva y de ese virtuoso violinista.

Un presentador de televisión se muere por conseguir la exclusiva.

A un mafioso al que le persigue la buena suerte le preocupa que ese hecho insólito eche por tierra su gran apuesta anual.

El alcalde de París se pregunta cómo recuperar a su mujer.

Los servicios secretos investigan qué demonios pretende la muchacha calva.

Los líderes políticos reunidos en París temen a ese grupo, cada vez mayor, de gente silenciosa y sonriente.

Las redes sociales echan humo.

Y el mundo entero contiene el aliento, porque saben que después de ese día nada volverá a ser igual.

Todos estos personajes y muchos más conforman la bella y divertidísima historia de Un violín con las venas cortadas, de Carlos Salem. Y me ha gustado tanto tanto tanto, que siento que nada de lo que diga podrá hacerle justicia.

¿Sabéis lo que es leer con una sonrisa un libro entero? Pues así he leído yo Un violín con las venas cortadas. Disfruté de cada uno de los personajes, desde los contradictorios, entrañables y enigmáticos hasta los terriblemente superficiales; y, por supuesto, de las situaciones que tal vez parecían exageradas, pero que a mí me resultaban la mar de creíbles. Y es que sucumbí por completo a la poesía y al sentido del humor de Carlos Salem.

Un violín con las venas cortadas es una historia de amor y traición «de esas que, para contarlas bien, hay que contarlas como un cuento». Y eso es lo que hace Carlos Salem, contagiando su pasión por París, por la música y por la vida a todo aquel que se asome a sus páginas.

¿Quién es esa muchacha calva? ¿Por qué ese violinista cortó las cuerdas a su violín veinte años atrás, en ese mismo puente, en esa misma fecha? Esas incógnitas nos arrastran de una página a la siguiente, pero sobre todo lo hace esa dulzura que lo impregna todo y, cómo no, ese toque de ironía que convierte a esta historia en un loca aunque muy lúcida descripción del mundo en que vivimos.

Carlos Salem nos advierte en las primeras páginas que «cualquier similitud entre los hechos narrados y la realidad sería maravillosa», y yo estoy absolutamente de acuerdo. Tras leer esta novela, me encantaría cruzarme con una chica calva haciendo equilibrio en un puente y con un violinista tocando su violín sin cuerdas. Pero no entenderéis por qué hasta que no la leáis vosotros también. Y quizá, cuando lo hagáis, os convirtáis en parte de esa multitud silenciosa que se une a ellos o, incluso, en la muchacha calva. Entonces podremos decir que el mundo es tan grandioso como nos lo muestra Carlos Salem en Un violín con las venas cortadas.

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Contra la lectura, de Mikita Brottman

Contra la lectura

Contra la lecturaTengo un pequeño problema con ciertos libros, sobre todo novelas, que crece a lo largo de los años y las lecturas de una manera uniformemente acelerada. En principio debería gustarme un libro que me hace disfrutar, que me distrae, que me lleva de la mano por un camino tranquilo, llano, de andar fácil, disfrutón. Pero ya digo, hay algo ahí dentro, como una solitaria que estuviera alimentándose de mis lecturas y fuera creciendo poco a poco y fuera consumiéndome poco a poco, que me avisa de que libros de ese tipo en realidad no me acaban de gustar. Pienso mucho en esto y cada vez estoy más convencido de que lo que me pasa es que necesito que algo desentone en el libro, que algo me haga pensar, debatir con el autor o autora aunque sepa que no me contestará más que con las palabra escritas previamente en el papel (que muchas veces ya es suficiente). Creo que necesito que el libro que esté leyendo me haga parar un momento y ponerme a pensar en qué le diría al autor o autora (en este caso autora) sobre lo que ha escrito, qué puntos le rebatiría, en qué no estoy de acuerdo. Eso puede provocar a cualquier lector un sentimiento de pesar hacia su lectura, no sé, pero a mí no. Cada vez estoy más convencido de que si me pasa eso significa que el libro me ha gustado. ¿Y por qué suelto este rollo? Pues porque es lo que me ha pasado con Contra la lectura, de Mikita Brottman, publicado por Blackie Books.

Contra la lectura es un desenfadado ensayo que, a pesar de lo que dice el título, desprende por todos lados amor hacia los libros. Mikita Brottman lo escribe desde su faceta como lectora obsesiva en la infancia, adolescencia y posterior adultez. Con una vida dedicada al libro, Brottman se imprime en poco más de 150 páginas para defender lo que te cambia un libro. Pero eso sí, con avisos, con pequeños peajes que siente que debe explicar.

Siempre he sido de la idea futbolística de que una buena defensa empieza en el ataque y por eso creo que entiendo tan bien lo que ha querido hacer Brottman aquí. También he tenido siempre la condición de poco mesiánico, de poco sacralizar lo que no tiene por qué ser sagrado. Los libros tampoco. Tengo claro que sin ellos no sería lo que ahora soy, pero también que sin tantas cosas que me rodean tampoco lo sería. Defiende la autora que uno de los problemas de leer obsesivamente cuando eres muy joven es que te sobrevuela el peligro de que te enamores de la realidad que te ofrece el libro y que esto te haga querer apartarte de la realidad de fuera. Cree Brottman que por eso debería haber un control sobre los libros que leen los más pequeños. Aunque ella no lo tuvo. Este es un punto que yo le rebatiría.

Pero también habla de muchas otras cosas: de cuánto se parece la lectura a la masturbación, de cómo alguien puede perder la cabeza por los libros (casos concretos), de cómo leer puede convertirse en moda, en tendencia, en marketing. De por qué leer no te convierte intrínsicamente en buena persona (Hitler era un gran lector), de cuánto duele involucrarte tanto en la vida del personaje que acabas creyéndote él y al terminar el libro no eres nadie, de todos los tipos de lectores y lecturas que hay.

En definitiva, Contra la lectura es un libro bastante recomendable, sobre todo si te gusta/encanta leer. Porque te sentirás identificado, porque serás esa persona de la que ella se ríe, alaba o entiende, porque verás que eres el motivo de que alguien esté escribiendo un libro para ti. Si en tu infancia estabas pegado a un libro y te molestaba que te llamarán para la cena, si has pensado más de una vez en el ojalá de irte a vivir a determinado libro, si te has sentido alguna vez personaje de tu novela favorita, creo que deberías darle una oportunidad a este libro. «No leáis libros solo porque sintáis que “debéis hacerlo”. Hacedlo simplemente porque no podéis evitarlo».

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Isbrük, de David Vicente

Isbrük

IsbrükNo hace mucho, os hablé de El arte de escribir, el manual de escritura creativa de David Vicente, en el que resume las enseñanzas que imparte en sus talleres de La Posada de Hojalata. Después de publicar aquella reseña, me enteré de que su novela Isbrük había sido galardonada con el XLVIII Premio Internacional de Novela Corta de la Ciudad de Barbastro en 2017 y, por supuesto, quise leerla. Sí, lo reconozco: quería comprobar si aplicaba esas recomendaciones que daba, si él conseguía escribir buena literatura, tal y como animaba a hacer a sus alumnos, en sus clases, y a los lectores, en su manual.

Con ese pensamiento me adentré en Isbrük. No tenía ni idea de qué iba, no me había molestado en leer la sinopsis. Y me alegro de ello, porque esta novela es la clase de historia que hay que descubrir página a página. Una vez dicho esto, si ahora os explico la premisa principal, os presento a sus protagonistas y os comento los giros de la trama más destacables, estaría contradiciéndome. Así que no lo haré, por mucho que eso me dificulte la redacción de esta reseña.

Me limitaré a incidir en que Isbrük es uno de esos libros que no se pueden leer en cualquier momento, porque encarar esta lectura con un estado de ánimo bajo puede demolernos aún más. Y eso es porque David Vicente logra transmitir el vacío, la soledad y el desarraigo de sus protagonistas, esos que se sienten personajes secundarios de su propia historia y cuya anodina existencia los aboca hacia la propia autodestrucción.

Isbrük es frío, un frío que se instala en los huesos para no irse nunca más.

Isbrük es la nada más absoluta, esa que lo engulle todo.

Isbrük, más que leerse, se siente. Y lo que nos hace sentir duele, y mucho.

No me extraña que haya sido galardonada con el Premio Internacional de Novela Corta de la Ciudad de Barbastro, porque calar tanto en tan pocas páginas merece ese y muchos más reconocimientos. Ya no me cabe duda de que David Vicente predica con el ejemplo y que sus alumnos tienen mucha suerte de que un maestro así oriente sus pasos, porque esta novela es prueba de que sabe manejar los tiempos, las distintas voces narrativas y demás aspectos técnicos de la literatura. Pero, sobre todo, lo que domina David Vicente es ese algo intangible que hace que la historia conecte con los lectores y hasta se apodere de ellos, independientemente del lugar en el que vivan, de la época en la que hayan nacido. Aunque me temo que ese aspecto, la clave de la buena literatura, no le será tan fácil de explicar en sus talleres de escritura creativa.

Aunque no os aconseje leer Isbrük en momentos delicados, os recomiendo que no la dejéis escapar y la leáis alguna vez. Porque esta novela corta, que nos absorbe para leerla de un tirón, araña por dentro, deja poso, nos hunde y nos resucita. Porque, a fin de cuentas, siempre merece la pena encontrarle un hueco a la buena literatura.

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La ley de la violencia y la ley del amor, de Lev Tolstói

La ley de la violencia y la ley del amor

La ley de la violencia y la ley del amorLeer hoy día obras como La ley de la violencia y la ley del amor en las que el Tolstói maduro plasmó su pensamiento pacifista, su doctrina de amor y no violencia, resulta tan deslumbrante como doloroso. Deslumbrante porque la prosa de Tolstói lo es, porque consigue darle sentido a la bondad y explicar la utopía no cómo un sueño inalcanzable sino como un horizonte no sólo lógico, sino inevitable. Doloroso porque fue escrito porque son el testamento vital e intelectual de un hombre clarividente que quiso cambiar el mundo mediante el amor y cuyo éxito fue claramente descriptible. Basta con mirar el periódico. Doloroso porque describe el mundo que pudo haber sido y lo leemos en el mundo que es. Cierto que la realidad hace que estos textos envejezcan de la forma que menos hubiera deseado su autor, probablemente hoy muchos se acerquen a ellos por su valor literario o como curiosidades de valor historiográfico, sin embargo son otra cosa, son el mapa de la bondad humana, la esencia de lo que a lo largo de la humanidad los hombres han soñado que les definía, en lugar de sus actos.
La ley de la violencia y la ley del amor también tienen una enseñanza política, cada vez menos utópica, qué quieren que les diga, porque su mensaje contra la violencia organizada y la opresión de los estados está lejos de caducar.
Llegados a este punto, tal vez sea mejor que le ceda la palabra:
La liberación del mal que atormenta ay corrompe a los hombres se alcanzará no mediante el fortalecimiento o sostenimiento del régimen existente -monarquía, república o el que fuere-, no mediante su destrucción y la instauración de uno mejor -socialista o comunista-, ni tampoco mediante la implementación violenta de un determinado orden social que algunos hombres consideran mejor, sino sólo gracias a que cada hombre (la mayoría de ellos), sin pensar en las consecuencias que sus actos tienen para sí mismo y para los demás, y sin preocuparse por ellas, guiará su conducta no por tal o cual orden social, sino de la observancia de la ley que considera suprema, la ley del amor, que no admite la violencia bajo ninguna circunstancia.
Yo leo un párrafo como este con cierta amargura, tal vez porque la clave, ese “la mayoría de ellos” que se encierra entre paréntesis, deja claro que si el desarrollo de nuestra sociedad occidental no ha evolucionado en clave de no violencia no ha sido por una imposibilidad metafísica o una circunstancia sobrevenida e inevitable, sino porque no ha habido una mayoría de personas que así lo hayamos decidido.
Yo detesto los panfletos, me molesta que traten de adoctrinarme de ninguna manera, sin embargo disfruto con la exposición brillante de las ideas, sean las que fueran, y La ley de la violencia y la ley del amor la he disfrutado, porque aunque es cierto que Tolstói trata de convencer al lector de sus tesis, no es menos cierto que lo hace desde el respeto, que sea él quien llegue a las conclusiones que le parezcan oportunas. Aunque el camino de los razonamientos de Tolstói no desemboca en muchas conclusiones diferentes de las suyas.
En lo que sí que la obra es esclava de su tiempo es en el enfoque religioso que le da a su pensamiento. Esa bondad, esa confesión de no violencia en aquella época parece claro que tenía raíces cristianas, pero hoy día bien podría ser diferente. Sospecho que a Tolstói no le disgustaría que sus posiciones morales surgiesen no de una matriz espiritual sino de la propia conciencia, que a fin de cuentas es algo muy parecido al Dios de Tolstói.
La edición es pródiga en citas y en argumentaciones, leerla es verdaderamente placentero y les recomiendo que lo hagan aunque sea para discutirla. Las ideas de Tolstói pueden no haber triunfado en el plano de la realidad social, pero son indiscutibles desde un punto de vista moral, y siempre queda algo de su lectura. Será mucho o será poco, pero, como él, será bueno.

Andrés Barrero
@abarreror
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La última mentira, de Kimberly Belle

La última mentira

La última mentiraTengo una amiga que estaba muy enamorada. Conoció a un chico en una discoteca, una noche cualquiera. Entre copa y copa empezaron a descubrir un poco más el uno del otro; se gustaron. Volvieron a quedar, una y otra vez. Hasta convertirse en pareja y llegar a vivir juntos. Él era el chico perfecto: con una carrera envidiable, un trabajo que le encantaba y por el que le pagaban un muy buen sueldo. Además, era guapísimo, tenía un físico espectacular y unos genes que eran la envidia de todas las futuras mamás. Lo tenía absolutamente todo.

Lo que mi amiga no sabía es que ese chico no era quien decía ser. Ni tenía una carrera, ni trabaja en una multinacional, ni tenía únicamente ojos para ella. Este chico llevaba una doble vida y, mientras estaba con mi amiga, mantenía una relación con otra persona. No había estudiado jamás y su empleo, tan bien pagado y que le permitía comprarle a mi amiga las últimas tendencias en bolsos, era en realidad un negocio cuya legalidad era más que cuestionable.

Mi amiga se enteró porque la hermana de él, harta de la doble vida que estaba llevando el caradura de su hermano, se lo acabó contando. Mi amiga entró en una depresión, sintiéndose engañada y desolada. Él era el chico perfecto, ¡lo era! Todo el mundo lo sabía (a mí me convenció tanto como a ella). No sabía qué había podido pasar para acabar así. No volvería a confiar en nadie jamás.

Ojalá esta historia fuera ficción. Ojalá. Pero os aseguro que no lo es. Así que al leer la última novela de Kimberly Belle, La última mentira, ha sido inevitable que me acordara de la buena de mi amiga.

Iris, la protagonista del libro, tiene el matrimonio perfecto. Está casada con Will y juntos hacen un buen equipo. Tan buen equipo que están pensando en tener su primer hijo. Pero todo se trunca cuando un día recibe una llamada. La voz del otro lado del teléfono le dice que su querido Will acaba de fallecer en un accidente de avión. Un avión que tenía como destino Seattle. Iris no se lo puede creer, no entiende nada. Si Will le dijo que tenía que viajar a Orlando, que está en dirección opuesta, al otro lado del país. ¿Qué hacía su marido en un vuelo dirección Seattle? No puede ser, se tiene que tratar de un error.

Solo que no lo era. A partir de ahí, Iris descubrirá a marchas forzadas quién era realmente su marido, el perfecto e inigualable Will. Por suerte, no estará sola, ya que su familia la apoyará en todo momento, intentado averiguar junto a ella qué está pasando.

La última mentira es un thriller que tiene muy buen ritmo. La intriga que produce no saber nada absolutamente sobre Will hace que las páginas pasen muy deprisa. Además, la narración en primera persona que nos ofrece Kimberly Belle hace que nos metamos mucho en el papel de Iris. La protagonista se muestra a nosotros en carne y alma desde el primer momento, haciendo que empaticemos enseguida con ella y que sintamos lo que siente en cada momento. Eso nos llenará todavía más de angustia, ya que sentimos como si Will estuviera traicionando también al lector, así que las páginas pasarán volando hasta llegar al final.

Pero también es cierto que hay momentos en los que el lector duda. Hay muchos giros argumentales que hacen que ya no se sepa quién es bueno y quién es malo. La autora juega a eso de darnos las pistas con cuentagotas para que nosotros saquemos nuestras propias conclusiones, haciendo que nos metamos mucho en la historia y que haya momentos en los que ya no sabemos ni qué pensar.

Me ha recordado un tanto a La mentira, de Nora Roberts, que leí hace un par de meses o tres, donde la protagonista también tiene que descubrir cuál es la identidad de su marido una vez que este ha fallecido. Por lo visto, nunca nada es lo que parece. Y, a pesar de que son libros con una trama muy similar, no he podido evitar meterme en la historia como si fuera la primera vez.

Hubiera deseado que la historia de mi amiga fuera solo una novela más. Una trama inventada por alguien que tiene mucha imaginación y que lo quiere plasmar en el papel, como bien ha hecho esta escritora. Pero lo cierto que hay veces que la realidad supera a la ficción. Así que sé perfectamente cómo se ha sentido Iris. Y las cosas que la gente puede llegar a hacer por ocultar quiénes son realmente.

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Una habitación propia, de Virginia Woolf

Una habitación propia

Una habitación propiaElla entra. Sobre fondo negro, un foco ilumina un piano situado a la derecha; en el lado opuesto, un robusto escritorio de madera, y sobre él, una lámpara de estudio con su bombilla encendida, varias hojas llenas de anotaciones y algunos viejos libros con la encuadernación desgastada. Ella, apoyada en la silla junto al escritorio, mira al público. Lleva un vestido verde y camisa blanca y sostiene un bolso de piel en su mano derecha. Habla:

«Cuando me pedisteis que hablara de las mujeres y la novela me puse a pensar qué significarían esas palabras. […] quizá significaba las mujeres y su modo de ser; o las mujeres y las novelas que escriben; o las mujeres y las fantasías que se han escrito sobre ellas».

Virginia Woolf se plantea estas cuestiones en una conferencia que ofrece a estudiantes de colegios femeninos de Cambridge. Es 1928, han pasado tan solo nueve años desde que se le ha concedido el voto a la mujer y decide escribir un manifiesto feminista y obra capital para entender algunas cuestiones que atañen a la historia literaria: Una habitación propia.

Tengo muy presente la sensacional adaptación teatral que se ha hecho sobre esta obra con dramaturgia y dirección de María Ruiz y una sublime interpretación de Clara Sanchís en la piel de Virginia Woolf. El respeto máximo por el texto original y aún más, la asombrosa capacidad para captar el sagaz humor y sarcasmo de la escritora inglesa por parte de la actriz, hacen que releer Una habitación propia haya sido una experiencia más placentera si cabe. Deleitar y enseñar, conceptos tan grecolatinos, es lo que permite una lectura más profunda de este libro. Rasgar más allá de su superficie y encontrar en ella, ya no solo el libro escrito por una mujer, sino la necesidad de saber por qué no escribieron más mujeres; por qué no es posible encontrar más literatura escrita por mujeres. Robando parte del embrujo de Walt Whitman cuando define su Hojas de hierba, diré que esto no es un libro; quien toca esto, toca a muchas mujeres.

En efecto, a través de este libro serán muchas las referencias a otras obras de mujeres que irán saliendo. El texto de Virginia Woolf se desarrolla mediante una simulada conferencia basada en las charlas que ofreció en los colleges femeninos ingleses. En Una habitación propia va a intentar ofrecer una conclusión real de por qué las mujeres no figuran como autoras en los lomos de los libros antes del siglo XVIII. Hace un alegato feminista del todo necesario cuando reclama covencida que lo que la mujer necesita es independencia económica y un cuarto propio. Algo impensable para el género al que tan solo nueve años antes de este libro ni siquiera se le permitía votar. Virginia Woolf lo tiene muy claro: «Entre el voto y el dinero, yo prefiero el dinero». Y no le falta razón. La independencia económica permite a la mujer no depender de su marido para poder subsistir y poder así elegir libremente sus ocupaciones.

Una novela que permite apreciar diversos modelos de mujeres representadas en las cuatro hermanas y en la madre es la escrita por Louisa May Alcott. Se trata de Mujercitas y en ella, el personaje de la hermana mayor, Meg, cita una frase que incomoda por la verdad que soporta: «Para ganar dinero un hombre tiene que trabajar y una mujer tiene que casarse». Hasta entrado el siglo XVIII, este parecía el único modo de que una mujer pudiera disponer de algo de dinero y, como denunciará Virginia Woolf, ni tan siquiera podrá tener control sobre ello, ya que será su marido quien administrará la economía.

Un capítulo muy destacable de Una habitación propia es en el que su autora, harta de leer manuscritos, ensayos y demás libros académicos escritos por hombres en los que se asegura que ninguna mujer podría jamás tener el talento de Shakespeare, juega y nos hace partícipes de una posible realidad en la que el escritor inglés tuviera una hermana, una tal Judith, por ejemplo. Ella comparte con su hermano el mismo fuego creador, la misma pasión por el teatro y la poesía. ¿Creéis que podría demostrar su talento en la época de William Shakespeare?

En su ensayo, Virginia Woolf sigue buscando los motivos de por qué no hay apenas información del estilo de vida de las mujeres, de sus pensamientos, testimonios suyos propios. Todo cuanto encuentra son escritos realizados por hombres: lo que opina fulano, lo que critica mengano, las ideas sobre el comportamiento femenino de otro tal X y así una larga lista de libros que pocas dudas le esclarecen. Siglo tras siglo de historia en la que la mujer es ninguneada o mal reflejada por el otro sexo. Tendrá que esperar, mejor dicho, todos debemos esperar hasta el siglo XVIII para encontrar mujeres escritoras de un modo más constante. Fue durante el Siglo de la Razón cuando surgieron los Salones Ilustrados, lugares donde se juzgaban y criticaban las obras literarias. Una figura muy importante de estos salones fue Madame de Staël, cuya obra Alemania supuso la ruptura romántica con el neoclasicismo francés. Otras mujeres destacables de esta época serán Fanny Burney, que con Camilla abrirá el camino a las grandes novelistas del XVIII: Jane Austen, las hermanas Brönte y George Elliot.

¿Por qué novelas y no teatro o poesía? Una sencilla razón que subyace en la intención de este libro: porque la novela permite mayor distracción cuando son interrumpidas. Ninguna de estas mujeres tuvo un cuarto propio donde poder escribir a solas. El estilo de vida social y de cuidar el decoro las obligaba a escribir en las salas de estar, lo que suponía continuas interrupciones y distracciones. Un texto muy interesante que también destacaré en este repaso que ofrece el libro de Virginia Woolf es Mujeres y libros, de Stefan Bollman, en cuyo capítulo “La declaración de independencia de la lectora: Jane Austen” se esboza un fiel reflejo de las inclinaciones de la genial autora de Sentido y sensibilidad por la novela y los hábitos de lectura que se impuso en su época y que tanto éxito causó entre las mujeres.

Las distracciones; las interrupciones; las críticas por parte de los hombres asustados y enfurecidos al ver que las mujeres pudieran tener talento;  leer citas como: “Una mujer que compone es como un perro que anda sobre dos patas: no lo hace bien, pero ya sorprende que pueda hacerlo”. Creo que era necesario el libro que escribió Virginia Woolf.

Al piano, Clara Sanchís, mimetizada en la escritora inglesa, toca un fragmento de una pieza de Bach. Las manos golpean con furia las teclas que llenan de música embravecida la sala. Las notas se van volviendo más lentas y melódicas hasta que la música se apaga. Se supone que debe dar una perorata final que resuene por siempre en los cimientos del patriarcado y recuerde la memoria de tantas mujeres ninguneadas a lo largo de la historia. La solución, insiste, pasa por la independencia económica y la posibilidad de disponer de una habitación propia para escribir y pensar, porque sus pensamientos son los que nunca le podrán arrebatar. Cierro el libro; en el escenario la luz se apaga. Y ella sale.

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Cuídate de mí, de María Frisa

cuidate de mi

cuidate de miTodos los libros tienen una historia. Estoy segura de que este libró también se inició por algún motivo concreto. Sé que la autora, María Frisa, lo empezó hace muchos años y que ha invertido en él muchas horas de trabajo. Imagino que la novela negra es un género que le interesaba por la aplicación de la psicología, que es un terreno que ella conoce y domina. Pero también es posible que un día, mientras se atascaba con alguno de los personajes o subtramas de este libro, surgiera Sara, la niña de su famosísima saga “75 Consejos”.

La vida nos lleva por extraños caminos, algo así les pasa a las protagonistas de Cuídate de mí, que acaban juntas porque la vida es complicada. Y si no lo fuera no habría novelas como esta, historias que te cuentan cosas capaces de conmoverte, emocionarte, enfadarte…, y entretenerte, que para eso está la literatura.

La violencia contra la mujer, la violencia ejercida en el ámbito doméstico, los delitos sexuales, la presión ejercida desde la Redes Sociales, ya saben, injuria y difama que algo queda. En lo relativo a este asunto, imagino que esta parte del libro estará reescrita tras el terrible ciberataque y persecución que sufrió la propia autora por parte de esas hordas cobardes que se esconden tras nombres ficticios en internet con el único afán de imponer una visión trastornada y única de la vida.

Hay otros temas también muy interesantes que se tocan tangencialmente y de los que no les hablaré para que puedan acceder a la novela desprovistos de referentes, temas que resultan inevitablemente trascendentes para la forma en que cada una de estas mujeres ha forjado su carácter.

Ya les he dicho que es una novela negra pero no les he contado que la historia trata de dos mujeres policías integradas en una unidad especial de Familia, Mujer, y delitos sexuales; nuestras protagonistas serán la Inspectora Lara Samper y la Subispectora Berta Guallar. Y como pueden imaginar no le quedaba otra que hacer que fueran dos mujeres fuertes, muy fuertes, pero ambas muy diferentes, se complementan, y eso es fundamental para su trabajo. No son amigas, son compañeras.

Cuídate de mí está contada en capítulos cortos que se nos van relatando desde la visión de una y otra de forma alterna, algo que, como bien saben los escritores, le da muchísima agilidad a la lectura y hace que los lectores nos metamos en la trama principal desde la primera página, cosa que naturalmente ha conseguido María Frisa. Me ha sorprendido mucho, y gratamente, la habilidad que ha tenido para introducir las tramas secundarias, algunas, de hecho, enganchan tanto que dan la impresión de que pueden sobrepasar a la principal y eso es bueno para el lector de este tipo de novelas que siempre espera un in crescendo en la obra.

Me han gustado Samper y Guallar, los personajes están bien construidos y se mantienen sólidos durante toda la novela, también merece la pena prestar atención al resto de los compañeros policías, así como todos los personajes principales y secundarios de las subtramas… Entiendo que algunos, como el jefe de ambas o el marido de Berta, podrán ir desarrollándose más en posteriores entregas. Que no dudo que las habrá.

Y ahora viene lo malo: Y lo malo es que yo no sé reseñar este tipo de novelas, que a mí lo que me gustaría sería tener cerca a María Frisa para preguntarle mil cosas, como hacemos con los autores que vienen a los clubs de lectura. Preguntarle por esos detalles de los que es imposible hablar en una reseña que nada debe desentrañar de la trama, porque sin eso me es muy difícil contarles cómo me ha emocionado cierto capítulo y porqué. También me gustaría poder decirle qué es difícil y hay que tener la mano muy fina para tocar ciertos temas sin que se te revuelva el estómago, y lograr, a su vez, la justa empatía con determinados personajes que son durante toda su vida tan vulnerables.

Y eso es lo malo, que tenemos una estupenda novela negra de la que querría contar todo pero no puedo decirles casi nada, quizá comentarles que el libro lo leí en tres noches, la tercera se fue la luz a falta de las últimas cuarenta páginas, y me subí hasta la escalera superior de mi casa en las que hay una luz de emergencia, y así poder terminarlo… Nadie se va a la cama dejando este libro pendiente del desenlace final, imposible dejarlo, imposible.

Iniciar “Cuídate de mí” con un poema de Alejandra Pizarnik, tenía, por necesidad, que darle la fuerza que luego desarrolla la autora. Sin duda una buena elección

Solo la sed
el silencio
ningún encuentro.

Cuídate de mí amor mío
cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
y de la sombra de su sombra.

Al final no les voy a poner ningún fragmento de la novela, para qué, si ya ha dicho Aramburu que tiene una prosa directa, clara y precisa, y yo no puedo hacer otra cosa que suscribirlo.

Tampoco les he dicho que la novela se desarrolla en Zaragoza y que ya la portada nos da una pista de este detalle. No es la primera novela negra que veo que se desarrolla en esta ciudad, creo que, quienes conocen Zaragoza compartirán conmigo que da juego para este tipo de tramas.

Cada vez me gusta más reseñar libros de mujeres inspiradoras, ya saben, mujeres que hablan de la vida de otras mujeres que a la vez son el reflejo de la sociedad cambiante. Porque necesitamos esos referentes que siempre se nos han hurtado en general en la historia y en particular en el mundo de las artes, que al final, son los referentes emocionales de los que se nutre el ser humano.

Pues nada María Frisa, que por la parte que te toca, ¡gracias!

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Máquinas mortales, de Philip Reeve

Máquinas mortales

Máquinas mortalesA veces me pasa. Veo un libro y sé que tengo que leerlo. No sé muy bien por qué. Ni siquiera me importa leer la sinopsis o saber de qué trata. Simplemente, es como si el libro me llamara a mí directamente y lo tuviera que leer, sin elección. No me pasa normalmente, claro. Soy bastante rigurosa con mis lecturas y escojo muy a fondo lo que quiero leer en cada momento. Tengo una lista repleta de lecturas pendientes que acaban ahí por recomendaciones o porque la sinopsis me ha llamado muchísimo. También tengo autores predilectos que hacen que lea cualquier cosa que escriban o editoriales que sé que son una apuesta segura. Pero hay ciertos momentos en los que, sin motivo alguno, se me antoja un libro porque sí.

Y este ha sido el caso. Mi Instagram se llenó de repente de gente que había comprado Máquinas mortales. Yo no quise saber de qué trataba: quería descubrirlo por mí misma al sumergirme en sus páginas. Y eso fue exactamente lo que hice.

Así que, cuando lo empecé, no sabía que en ese mundo creado por Philip Reeve las ciudades se habían alzado para ir sobre ruedas. Ni que las ciudades más grandes se dedicaban a ir a la caza de las más pequeñas para apoderarse de sus bienes. Tampoco sabía que, después de una horrible guerra los humanos se habían puesto al servicio de la tecnología siendo esta la única religión que profesar. Y muchísimo menos sabía que Tom, el protagonista de este libro, tendría que huir de Londres (una de las ciudades más peligrosas e importantes del mundo) para acabar junto a una chica llamada Hester en la tierra, también conocido como “terreno de caza”. Así que ya os podéis ir haciendo una idea de la sorpresa que me llevé cuando empecé a leer este libro. Si hubiera sabido todo esto antes de empezar con él, igual no me hubiera sorprendido tanto.

Me parece una idea genial que me recuerda muchísimo a la saga Star Wars. Y eso es lo que ha hecho que me gustara tanto el libro, porque adoro Star Wars. Este punto hay que aclararlo: no me recuerda porque haya naves espaciales y cosas así, sino por lo de las alianzas entre ciudades que vagan por el cielo intentando no encontrarse con una que pudiera parecer un peligro. No sé, quizás esta conexión solo la encuentre yo, puede ser. Pero, sin duda, es algo que me ha gustado.

Máquinas mortales es la primera parte de una saga que se compondrá de cuatro libros. Y una de las cosas más importantes que debes saber sobre ella es que Peter Jackson —quien dirigiera El señor de los anillos y El hobbit— ya está preparando la adaptación para llevarla al cine. De hecho, en España podremos ver la primera parte muy pronto. Y no os lo voy a negar, esto va a ser un reclamo increíble para el libro, porque serán muchos fans de este director los que quieran saber de antemano qué se podrán encontrar cuando vean la película.

Contiene una historia que atrapa y que es muy original. En ella se puede ver perfectamente ese mundo distópico y futurista que está ambientado en un marco un tanto steampunk. El escritor, Philip Reeve, se toma muchas molestias en adentrarnos en ese contexto y en describirnos todo para que podamos imaginárnoslo perfectamente.

En cuanto a los personajes, quizás ahí se quede un poco atrás este libro. No he conseguido establecer una conexión profunda con ellos, ya que me han parecido a veces planos. Sobre todo, Tom. En ese aspecto, a Hester la podemos llegar a conocer mejor, ya que es una chica que por sus características particulares, es más trasparente que Tom. Quizás en las siguientes partes de la saga el autor dedique más tiempo a mejorar este aspecto. Puede ser que, al tratarse de una primera parte, el autor haya querido dar solamente unas pinceladas para después desarrollar la personalidad de los personajes con más profundidad a medida que avanza la historia.

Aun así, ha sido un libro que me ha gustado mucho. Está muy bien que yo tenga esa lista interminable de libros por leer y que me rija por su contenido cuando quiero empezar una lectura nueva. Pero también está muy bien tener ese sexto sentido que me dice que tengo que leer un libro porque sí. Sin ninguna razón. Porque ese sexto sentido que hoy me está haciendo escribir estas líneas, me está demostrando que muy pocas veces se equivoca.

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Malaz 3: Memorias de Hielo, de Steven Erikson

malaz 3 memorias de hielo

malaz 3 memorias de hieloLa antropología es esa ciencia que pone al ser humano bajo una lupa para estudiarlo de forma completa. No solo analiza su origen a nivel biológico, sino que también investiga minuciosamente su desarrollo como especie. Indagar en la cultura, en la lengua o en las diferentes conductas sociales nos ayuda a entender mejor por qué estamos donde estamos y por qué otras sociedades se quedaron por el camino.

La arqueología, disciplina que está íntimamente ligada con la antropología, es la ciencia que estudia la evolución de nuestras sociedades a través de nuestros restos materiales. Construcciones como castillos medievales, murallas o acueductos y objetos como vasijas, puntas de flecha o monedas sirven para trazar un camino hasta nuestros días y observar todos los cambios que se han dado desde entonces.

Si he empezado hablando de estas dos ciencias especializadas en estudiar las diferentes facetas del ser humano es porque Steven Erikson, autor de la decalogía malazana, tiene formación en ambas, y es en su tercera novela donde más hace uso de ellas. Sabedor quizá de que en Los jardines de la Luna y Las puertas de la Casa de la Muerte el contexto para pillar el hilo de la historia era demasiado vago (todavía duele el esfuerzo, ¿verdad?) se valió de sus conocimientos en antropología y arqueología para, esta vez sí, lanzarnos un fino sedal al cual aferrarnos.

El ejemplo más representativo de ello acaece nada más empezar Memorias de Hielo. ¿Qué sabíamos de los Jaghut? ¿Y de esa raza de cadáveres errantes conocidos como los T’lan Imass? ¿Y de la guerra que mantiene a ambas razas enfrentadas? Once páginas servirán para mostrarnos un inicio; no de un conflicto pero sí de un juramento. Un juramento que se convertirá en una maldición que arrastrarán durante milenios. Una mirada al pasado para entender el presente, mostrándonos así algunas de las facetas más representativas de algunas de las razas que pueblan Malaz. Porque los Rhivi también tienen que contarnos algo al respecto; poco, por el momento, aunque más que los Tiste andii. Incluso los K’chain che’malle, raza ancestral que se creía extinta y que tiene el aspecto de un dinosaurio cruzado con un ninja, gozan de un lugar muy específico en esta historia de 1167 páginas que de nuevo nos trae la editorial Nova.

Pero empecemos por el principio. Y nunca mejor dicho, pues Memorias de Hielo continua justo donde terminó Los jardines de la Luna, poniendo de manifiesto que por el momento vamos a tener que lidiar con dos hilos argumentales que se mueven en paralelo. Así pues, si teníais pensado reencontraros con Violín, Kalam o Felisin, o queríais ser testigos del desarrollo de la rebelión bautizada como El Torbellino, os tocará esperar un poquito. Pero oye, que vuelven los Abrasapuentes, Caladan Brood y Anomander Rake. Y regresan unidos en un solo ejército. La Hueste de Unbrazo luchando hombro con hombro con la de Brood. Ya conocéis el proverbio: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Pero es evidente que a pesar de luchar juntos por una causa en más de una ocasión saltarán las chispas y se desenvainarán las espadas. Tensión asegurada. ¿Pero quién es ese enemigo que los ha unido? El Domino Painita es un ejército invasor que lo asola todo. Al mando: el Vidente Painita, del que apenas se sabe nada.

Steven Erikson vuelve a mandarnos al campo de batalla de una soberana patada en el culo. Ya tuvimos páginas de sobras con los volúmenes anteriores para aclimatarnos a su vertiginosa forma de narrar. Esa narración que es una alocada montaña rusa de emociones y que nos hace alcanzar el súmmum cuando el autor desarrolla multitudinarias batallas que acontecen a lo largo de muchas páginas. Nada como un buen chute de épica para que fluya la adrenalina. Y mientras tanto los mitos que envuelven el mundo creado por Erikson siguen creciendo. Empezaremos a dilucidar cómo funcionan realmente las sendas por las que transcurre la magia. Se aclararán algunos de los hechos que envuelven a la enigmática figura de Ben el Rápido. Y la sorpresa nos sobrevendrá al conocer qué diablos significa realmente El Sueño de Ascua. Revelaciones que siempre andan rodeadas de esa ligera sospecha que te obliga a cuestionarte sobre si Erikson inventa sobre la marcha o si lo tiene todo planeado al milímetro.

Pero volvamos a las batallas, pues en Memorias de Hielo asistiremos a una de las luchas más cruentas y macabras que jamás se haya narrado. Será en Capustan donde los muertos se convertirán en murallas por las que escalar, alimento para el hambriento o simples objetos sexuales de los que extraer la semilla que da la vida. Truculenta, horripilante, perturbadora. Una batalla narrada sin tapujos de una forma vívida y visceral. Steven Erikson nos brinda las imágenes más despiadadas y sangrientas hasta el momento en esta saga de diez volúmenes.

Pero Memorias de Hielo no solo vive de batallas épicas. De hecho las relaciones entre los personajes son realmente la piedra angular que motivará todos y cada uno de los acontecimientos que ocurren en la novela de fantasía. Relaciones como la de la Rhivi que envejece prematuramente debido a una hija que absorbe su fuerza vital. Una historia de amor, odio y supervivencia. “¿Es que no he de ser nada más que alimento para la vida floreciente de mi hija?”. Amores imposibles que en ocasiones surgen entre diferentes razas o incluso entre dioses y humanos. Y si de sentimientos hablamos no podemos menospreciar el de la tristeza que nos embargará unas páginas antes de finalizar el libro. De nuevo una batalla. De nuevo los Abrasapuentes en primera línea dejándose la piel. “Los primeros en entrar, los últimos en salir”. Y al final esa agridulce sensación de nostalgia que te embarga tras disfrutar de un buen libro.

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Las desventuras de Sophie, de Valérie Dayre

Las desventuras de Sophie

Las desventuras de Sophie“¿Puedes contarme algo que te haya hecho crecer?”.

No sé, yo no soy madre, pero imagino que si un hijo te hace esta pregunta debes quedarte un poco de piedra. ¿Qué diríais vosotros?, ¿os acordáis de algún suceso que os ocurriera y os hiciera madurar en su momento? Lo cierto es que, después de mucho pensarlo, no se me ocurre nada. Supongo que esa es una buena señal. Quiere decir que el paso de mi infancia a la adolescencia fue normal, son grandes sobresaltos ni situaciones que me hicieran abrir de golpe los ojos.

Sophie, la madre a la que le llega esta pregunta por sorpresa en Las desventuras de Sophie, también se queda paralizada. Su primer pensamiento tiene que ver con su hijo: ¿por qué me hace esta pregunta?, ¿es que le estará ocurriendo algo a él? Y aunque consigue eludir la pregunta, acaba por volver a ella, más tarde, para hablarle de su propia infancia y de aquel verano que pasó en casa de sus tíos en el sur de Francia.

Sophie y su madre Rosemonde fueron a pasar las vacaciones de Semana Santa con Cora, la hermana de esta. Allí vivían sus tíos con sus dos primos Grégoire y Violaine.

Sophie se sentía fascinada por la casa tan lujosa donde vive su familia. Jamás había visto nada igual y todo cuanto veía le parecía maravilloso: su tía Cora y su elegancia, sus educados primos, la criada italiana que prepara deliciosos platos de pasta… ¡todo es tan perfecto! Solo un pequeño detalle parece estropear el ambiente. Félix, ese niño invitado por sus primos que también pasa con ellos las vacaciones, pero que no juega con ellos y apenas sale de suhabitación. Eso sí que es raro. Pero Sophie está tan pletórica que apenas le da importancia. Será su madre, Rosemonde, quien se pregunte por el niño y decida, en cierto modo, ocuparse de él.

Cuando las vacaciones de Semana Santa acaban, Sophie y su madre deben volver a casa con el resto de hermanos. Cora decide entonces invitar a Sophie a pasar el verano con ellos y la niña, encantada, acepta. La madre, algo más reticente, acepta que su hija vuelva, esta vez sola, a casa de su hermana en verano.

Pero ese verano todo va a ser distinto. La pequeña Sophie aprenderá que las apariencias engañan y todo lo que en Semana Santa le pareció tan bien o intentó justificar, ahora empieza a sufrirlo en primera persona. ¿Cómo pueden ser sus primos tan crueles?, ¿cómo puede justificarse su comportamiento? Sophie no entiende nada, pero menos mal que siempre hay un poquito de luz.

Las desventuras de Sophie es una novela para niños a partir de once años. Puede parecer cruel y directa, pero es también muy necesaria. Una novela que habla del abuso y del acoso, de las apariencias y la maldad injustificada. Y al mismo tiempo nos habla de la esperanza, del amor y de los vínculos tan únicos que se crean entre padres e hijos. Como os decía, uno de esos libros que son necesarios.

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