
En el Uadi, de Michèle Drouart

Vamos a Kurf Soum-Irbid
Pero Michéle no se refiere a eso …


Vamos a Kurf Soum-Irbid
Pero Michéle no se refiere a eso …




Pasé dos buenos días, porque eso es lo que tardé en leer esta que es la primera obra de Juan Carlos Martínez Barrio, Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Valladolid que nació en 1965 en Poza de la Sal, provincia de Burgos.


¡No estaba equivocado! Contrarrestar los efectos de esta crisis, no pasa solamente por ser un lince en materia económica (no hay más que ver cómo nos van las cosas), que va. También requiere de un cierto sentido común en la realidad que nos ha tocado vivir, y sobre todo, luchar por ello. Porque como bien se explica en este libro, todo un hallazgo dado mi estado de indignado perpetuo y de profano en la materia, una de las claves para entender qué está pasando en todo el mundo no es que la “gente de arriba” no sepa manejar la situación, que va. El resultado real es una combinación entre poco riesgo a la hora de tomar decisiones difíciles y poca voluntad a la hora de salirse de lo que se espera de la propia ideología política.
Me cae bien Paul Krugman. Me parece arriesgado, hoy en día, dar lecciones sobre cómo deben hacerse las cosas. Y me parece más arriesgado dar lecciones sin venderlas como si fuera un dogma. Y es que “¡Acabad ya con esta crisis!” revela tanta ineptitud, tantos intereses creados, tanto sin sentido dentro de las decisiones tomadas para acabar con esta crisis que lo inunda todo, que cuando cierras el libro te preguntas: pero, ¿si es tan fácil, por qué no se hace nada?. Y ahí es donde el lector, como el que suscribe, debe ponerse manos a la obra y no convertirse en simple espectador pasivo de lo que está leyendo, sino inmiscuirse, leer, investigar un poco, y tomar un papel activo en darse cuenta de que lo que nos venden, lo que se presupone bueno para la ciudadanía, en realidad no deja de ser un cuento chino para que los niños pequeños se vayan más contentos a la cama.
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Toda ciudad tiene su característica principal: París, es la capital del romanticismo; Roma, es sinónimo de arte; Atenas, el lugar de la cultura clásica. Y así un sin fin de lugares que nos hacen movernos para poder asombrarnos a cada paso que damos. Pero, ¿y Milán? ¿Qué se puede decir de Milán? ¿Qué esconde entre sus calles esta pequeña ciudad? ¿Cuáles son los rincones que nos depara esta localidad italiana? Consciente de la dificultad de encontrar una respuesta adecuada para ello, me sumergí de lleno en este pequeño grupo de relatos que nos devuelve una imagen de Milán oscuro, lleno de vida, donde la gente que pasa por sus callejuelas, su estación de trenes, y que amanece y anochece todos los días, es capaz de hacernos vivir una experiencia inolvidable.
“Silencio en Milán” no es una guía turística. De hecho, si alguien pretende tomar referencias para poder visitar la ciudad, se llevará un pequeño desengaño. Entonces, ¿qué es “Silencio en Milán” si está incluido en el género de literatura de viajes? Lo que nos ofrece Anna Maria Ortese es un paseo por los sentimientos de su gente, desde la estación de trenes hasta los aparthoteles que la pueblan. Un viaje al interior de personas envueltas en una pequeña locura, en los desengaños que crea una ciudad caminando por sus calles, y en cómo la historia teje numerosas trampas para volver a repetir situaciones, ideas y momentos que nos han llegado muy dentro.


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Voy a reconocer una cosa que enfurecerá a los admiradores de este autor. Ahí va: no he leído su obra maestra “El club de la lucha”. Y diréis algunos, ¿cómo es posible que siendo fiel seguidor de las novelas de Chuck Palahniuk no la hayas leído? Pues porque no ha caído, porque no ha habido un momento en el que me apeteciera abrir el libro por la primera página y porque, después de mucho pensarlo, me dejó un gusto tan sabroso la adaptación al cine de David Fincher, que opté por hacerme con otros libros del autor. Y desde su “Superviviente” hasta esta última “Al desnudo” he pasado tantos buenos ratos que, como no podía ser de otra manera, se merecía una reseña como mandan los cánones. Porque algo bueno tiene que tener un autor, polémico donde los haya, al que se le atribuyen frases pletóricas como tener hijos es el opio del pueblo o nos regala cada año con una nueva crítica de la sociedad en la que vivimos.
En el mundo del cine, todas las estrellas tienen una vida privada que guardan bajo llave. Pero, ¿qué sucede cuando es nuestra empleada la que cuenta nuestras miserias, nuestros amores, nuestros desengaños? ¿Y qué sucede cuando nuestra mujer de confianza intenta por todos los medios que, nuestro flamante nuevo amor, no nos asesine para escribir una biografía nuestra que le hará rico? Porque en el mundo de Hollywood, la vida de una estrella de cine vende, pero su muerte nos puede llevar a la misma gloria.


Y que un libro logre eso dice mucho de él ¿no?
Perros que ladran en el sótano cuenta la historia de Anselmo, quien cuidando con desgano a su padre, que página a página se acerca irremediablemente a la muerte, empieza a la vez a recordar su vida en Marruecos. Pero no es un Marruecos cualquiera, sino el de los últimos años del protectorado español, o sea en manos de una España franquista que marca la vida de todas las personas.
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Acaso no haya habido días de nuestra infancia tan plenamente vividos como los que creímos que transcurrían sin vivirlos, los pasados con un libro preferido. Todo aquello que nos colmaba, a juicio de los demás, y que rechazábamos como un vulgar obstáculo frente al placer divino: el juego para el que un amigo venía a buscarnos en el pasaje más interesante, la abeja o el rayo de sol inoportunos que nos obligaban a alzar los ojos de la página o a cambiar de sitio, las provisiones para la merienda que nos habían traído y que, sin probarlas, olvidábamos al lado del banco en tanto sobre nuestra cabeza disminuía la fuerza del sol en el cielo azul y la cena, para la que había que volver a casa y durante la cual no pensábamos más que en subir a terminar en seguida el capítulo interrumpido; todo cuanto en la lectura hubiera debido impedirnos registrar otra cosa que la inoportunidad, grababa en nosotros por el contrario un recuerdo tan dulce (mucho más precioso a nuestro juicio actual que cuanto entonces leímos con tanto amos) que, si hoy todavía se nos ocurre hojear esos libros de antaño, lo hacemos sólo por se los únicos calendarios que hemos conservado de los días que fueron, con la esperanza de sorprender reflejados en sus páginas rincones y estanques que ya no existen.
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Según la RAE, la palabra anarquía tiene dos significados: ausencia de poder público y desconcierto, incoherencia, barullo. Más allá de las explicaciones académicas, cuando empecé “La justicia de los errantes” supe que me iba a encontrar con una historia que, con personajes reales, me iba a hacer embarcarme en un viaje sin retorno a una época de nuestra historia que, si bien suele pasar desapercibida para el gran público, no dejó de sentar unas bases que echando la vista atrás, no deja de sorprenderme. Porque aunque nosotros sigamos adelante, la historia nos recuerda, una y otra vez, que en una guerra siempre hay víctimas y verdugos y que, a veces, es muy difícil diferenciar a unos de otros.
Esta es la historia de un exilio. De una huida por todo el mundo, a través de los ojos de dos anarquistas que luchan por salvar sus ideas, su vida e incluso por crear un mundo mejor donde la dictadura no ha dejado hueco para las libertades. Desde Barcelona hasta Santiago de Chile, paseamos de la mano de personajes que dejaron atrás su vida para dedicarse a una causa común, mientras son perseguidos en el juego del gato y el ratón. En una lucha sin salida que, tristemente, no puede dejar un buen final.
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