
El laberinto del mundo, Marguerite Yourcenar

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Los fenómenos editoriales llaman la atención. Si yo me entero que todo el mundo está hablando de un libro, resuelvo que voy a leerlo una vez pasado el auge y esto es puro capricho porque me gusta ser la primera que recomienda un libro. Pero esta vez llegué antes y tan sólo por un pequeño aviso de prensa, me enteré que en Estados Unidos empezaba una nueva revolución literaria. Lógicamente, empecé a leer la nueva trilogía de la que todos hablan: Cincuenta sombras de Grey de E.L James.
Es una novela erótica, el inicio de una historia de amor entre dos personajes y que muchos llaman “mummy porn” o pornografía para madres. Comienza sencillo, con Anastasia Steel preparándose para una entrevista a Christian Grey, un multimillonario. Anastasia le hace un favor a su mejor amiga porque ni siquiera es quien luego escribirá la entrevista para la revista de la Universidad de Washington en Seattle. Cuando llega a la entrevista conoce a Christian Grey, de 27 años, tan guapo que duele mirarlo.
Con ese primer encuentro y ese personaje tan misterioso pero atractivo, el lector (la lectora, mayormente) se ve atado para continuar con lo que parece una historia de amor. En realidad, no lo es porque Christian Grey no sabe de romance: él practica el sadomasoquismo y sólo le interesa el sexo duro, sin palabras de amor de por medio. Anastasia está encantada y cualquiera lo estaría frente alguna de las acciones que se suceden después de la entrevista. Pero una vez que Grey sugiere la firma de un contrato, es cuestión de decidir si se sigue el juego o se intenta seguir adelante, pretendiendo que jamás lo conoció.

“Stoner” es magia. Empezar a leer esta novela es ser cómplices de un hechizo maravilloso: el que nos permite, como lo hace la literatura de verdad, ser testigos y, a la vez, partícipes de una vida, la del protagonista, que deja de ser ficción para pasar a ser una persona real, quizá más real y más querida para nosotros que mucha de la gente de carne y hueso con la que nos cruzaremos a lo largo de los días de nuestra vida. El escritor, John Edward Williams (no usaba su segundo nombre, pero es útil saberlo para quienes, como me pasó a mí, quieran saber algo más sobre este genial autor y lo busquen en Google), nos hace la crónica de toda la vida de su protagonista, William Stoner, desde que nace en 1891, en una deprimida granja de Missouri, hasta que fallece en 1956. Ya en la primera página nos advierte el autor: Stoner jamás pasó de ser profesor adjunto, y nadie, ni colegas ni estudiantes o exestudiantes, lo recuerda de manera especial. En otras palabras, ha sido un hombre que parece haber pasado por la vida sin pena ni gloria.
Muchos críticos, estudiosos y lectores de “Stoner” coinciden en afirmar que el tema de esta novela es la futilidad última de la vida, pues William Stoner habrá de pasar por innumerables pequeños y grandes calvarios vitales, y no porque en su vida acontezca nada fuera de lo común: es precisamente por lo corriente y común de lo que le pasa por lo que resulta tanto más descorazonador presenciar esas derrotas vitales. La impresión de futilidad radica en que toda su lucha vital no produce ningún logro memorable.

Pese a que soy un gran aficionado a la novela negra, suelo de vez en cuando cambiar de registro. Me siento cómodo con la compañía de Harry Hole, Erlendur Sveinsson o Jean-Baptiste Adamsberg, pero también me gusta salir de la monotonía (bendita monotonía) y conocer otros autores y otras literaturas. Eso mismo me ha pasado con Magda Szabó y su “Calle Katalin”, sin duda todo un descubrimiento.Magda Szabó (1917-2007) es considerada una de las mejores novelistas húngaras de la historia, con un estilo intimista, simbólico y muy sentimental que queda plasmado a la perfección en “Calle Katalin”, novela que narra la historia de tres familia de Budapest cuyas casas comparten un jardín en dicha calle, y cuyos personajes compartirán durante años vivencias, desgracias y algún que otro momento alegre.


Trece historias victorianas de apariciones, casas encantadas, fantasmas navideños y todo lo que uno espera encontrar en un cuento clásico de terror.
“Siempre he observado que se requiere una fuerte dosis de coraje, incluso en las personas de mayor inteligencia y cultura, cuando de lo que se trata es de de compartir las propias experiencias psicológicas, especialmente si éstas adoptan un cariz extraño. La práctica totalidad de los hombres temen que aquello que pudiesen relatar a ese respecto no hallase paralelismo o respuesta alguna en la vida de su interlocutor, y su relato pudiese provocar suspicacia o risas.”
Ahora que lo pienso, esto es muy cierto: aunque nos encante leer acerca de sucesos misteriosos, paranormales o sencillamente inexplicables no resulta nada sencillo hablar de ellos en primera persona (el temor a que nos tomen por fácilmente impresionables, por cobardes o incluso por locos, la vergüenza cuando se pone en duda nuestra racionalidad o nuestro sentido práctico de la vida). Además, ese pudor contribuye en buena medida a que dichos sucesos se mantengan en la esfera de lo fantástico y posean, en la mayoría de las ocasiones, un halo terrorífico.
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Cuando me enteré de aquella terrible noticia mi vena egoísta se hizo presente automáticamente y en lugar de pensar en el dolor que significaba para su esposa y el mundo cultural, lo primero que atiné a decir fue “Ya no habrá más novelas de él” Y eso me golpeó mucho, porque su extensa biografía ya había desfilado por mis ojos, porque inconscientemente pensaba leer cada año, hasta el fin de mis días, un libro de Saramago.
Sin embargo, como fabulador que era, el autor de “Ensayo sobre la lucidez“ y “El evangelio según Jesucristo“ nos tenía reservada una sorpresa, que además guardaba en sí mismo una historia digna de ser contada. Es que como un círculo que se cierra, como una especie de engaño a la muerte, la primera de sus novelas aparece ahora como la última en salir publicada. Su origen literario llega en el fin de sus días, sus primeras mágicas palabras son las últimas en brillar. Y entonces uno siente que el genio portugués se fue, es verdad, pero no tanto.


He tenido la suerte de llegar virgen a la lectura de este libro. Quiero decir que nada sé sobre el argumento; bueeeeno, lo cierto es que como he leído algún otro libro de este autor lo que sí imagino es que será una novela negra, pero el título y la portada, que he de decir que me han gustado mucho, no me desvelan demasiado. ¡Es genial! Ya saben que esto es una de las cosas que más me gustan, poder llegar en estas condiciones a la lectura de una nueva historia.
Yo sé que hay gente a la que no le importa que le cuenten demasiado sobre la trama en una reseña en la sinopsis del libro, o incluso en las presentaciones, que hay veces en que se empeñan los acompañantes del que presenta en contar todo, todo, todo, en fin…, una amiga me confesaba el otro día que no le molestan los amplios spoilers (que ella es muy placeada y muy de idiomas y le gustan estas palabritas inglesas), y es que a este tipo de gente tan leída lo que de verdad les interesa de un libro, es el qué, pero sobre todo cómo se narra la historia.


Porque si hay algo que destaca a este libro es su capacidad de hacerte sentir identificado; puede que con toda la historia, con alguno de sus capítulos o con apenas un fragmento, pero sin lugar a dudas, cuando llegues a la última página (o sea, a las dos horas de empezar a leer) acudirás a un amigo, un vecino, un pariente y harás dos cosas: a) le dirás que este relato fue escrito por un chico que estuvo vigilando tu mente. b) lo obligarás a leerlo porque, claro, “como te conozco, se que también te sentirás identificado”
Que Algún día este dolor te será útil logre eso no está mal, ¿no?
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Mentiría si dijera que Hollywood sólo es glamour. Las películas de bajo presupuesto generalmente retratan aspirantes a actriz que buscan, con tesón y desesperación, su oportunidad dorada: dar con el agente correcto o ser descubiertas por alguien en una tienda de rebajas. Creo que Hollywood es mucho más de lo que se ven en revistas y en la televisión: allí no hay espacio para las actrices que quieren ser y todavía no han llegado a la celebridad. Al descartar novatas actrices en los castings, los productores probablemente se estén perdiendo muchas historias como la que retrata Alfred Hayes en Que el mundo me conozca.
Si, es una historia entre un hombre y una mujer. Él, guionista de cine y hombre de vida polígama, con un semi consentimiento de su esposa. Ella, una aspirante actriz, más cerca de la propia autodestrucción que de un estudio de grabación. Ha visto películas y ha querido estar en ellas, pero la niña ha sufrido demasiado y, una noche cualquiera, decide tirarse al mar. Claro que este acto repentino de las primeras páginas del libro es interrumpido por el protagonista guionista de cine que la salva y comienza a gestionar así su propia historia con la bella y suicida actriz.
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¿Ciencia Ficción o un futuro que está llegando mucho antes de lo que pensábamos?
– ¡¡¡¡¡¡ Te lo dije !!!!!!!
– Cieeeeeeerto, me lo dijiste
– Pero no lo creías
– Es verdad, no lo creía
– Y lo peor es que no lo creías ni tu ni tu profesora de Economía, que no era posiiiiiible, decíiiiiiia, que el ejemplo no era váaaaaaalido, JA!
– Vale, Vale, pues está claro que sí había una forma de hacerlo
– Pues se lo dices mañana mismo
– Ya, pero… mamá, esto no es una Ley, ni un Decreto, ni un Proyecto, ni nada… Sólo es un libro de Rosa Montero…
– Ya, ya, pero en cuanto Esperanza Aguirre tenga tiempo para leérselo… ya veremos si es o no una realidad lo de cobrar por respirar, o por vivir en las zonas menos contaminadas. En fin, yo espero que la Montero no siga dando ideas o terminaremos aterrados cada vez que escriba algo de “ciencia ficción”.
Por cierto, esta conversación es casi, casi, real.
Si te gusta este género literario está claro que este es tu libro, y si no te gusta este género, no lo dejes tampoco pasar, es posible que encuentres en él cosas que no esperabas.
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Hablar de Daniel Glattauer es hablar de amor, eso ya lo sabemos. Lo que pasa es que esta vez no hablaremos del mismo tipo de amor con el que nos atrapó en Contra el viento del norte y Cada siete olas. Y es que en efecto en este nuevo libro el autor nos sorprende llevando el sentimiento al extremo, a lo anormal, a un estado más propio de la paranoia y la locura que no al romanticismo. Pero vayamos por pasos.
Siempre tuyo empieza en un escenario de lo más corriente: un supermercado. Allí un arquitecto simpatiquísimo y de sonrisa perfecta atropella accidentalmente con su carrito a Judith, la rubia y atractiva dueña de una tienda de lámparas. Hasta ahí todo bien. Perfecto, de hecho, pues de ese fortuito encuentro surge una relación que cualquiera podría considerar ideal. Él, Hannes, se enamora al instante. A medida que van pasando las páginas, vemos que realmente siente devoción por ella. La ama, no hay duda. ¿Y Judith? Bueno, ella también, claro. Es inevitable no querer al hombre perfecto, guapo, listo, atento y que además te hace sentir como la mejor y más bella persona del planeta. ¿Qué mujer no sueña con tal príncipe azul?


Voy a empezar hablando de la autora, porque creo que no hay nada mejor que eso en este libro. No hay muchas personas que puedan escribir así, asi que vale la pena que le dediquemos algunas líneas a ella. Tampoco voy a escaparme de la primera persona, porque quiero que esta reseña sea personal y única; quiero llevar mi experiencia a este texto y lo que sentí mientras caminaba sobre sus páginas.
Joyce Carol Oates escribe DEMASIADO bien. Perdón por la vulgaridad, pero es la manera más sencilla de decirlo. Sus libros son una atmósfera de magia, violencia, desigualdad y tesón: mucha voluntad. Escribe con giros virtuales donde se mezcla el pasado con el presente, la ira con la reflexión. Ella es un gran canal de talento que puede expresar una historia tan cruel en palabras sencillas y directas al corazón.
La hija del sepulturero es Rebecca Schwart, una niña nacida en Estados Unidos por un capricho del tiempo. Su madre dio a luz en un barco, apestoso y lleno de tristeza, cuando toda la familia venía de Alemania hacia América, en busca de ese “algo” que los salvara. Al llegar, el único labor de Jacob era, como padre de familia, ocuparse del cementerio de una pequeña ciudad, con lo inestable y complicado que era ese trabajo.
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