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Petra chérie, de Attilio Micheluzzi

Petra chérie

Petra chérieLa lectura de Petra chérie nos demuestra un par de cosas: en primer lugar, que la afirmación de que estamos viviendo la edad dorada de la novela gráfica, aparte de ser un topicazo, es tan sólo una verdad a medias. Lo segundo que nos demuestra es que, como sucede con tantas cosas en la vida, cuanto más nos adentramos en este casi inabarcable mundo, más nos percatamos de nuestra no menos inabarcable ignorancia. Y la verdad es que la revelación nos llena de alegría, pues si hasta ahora uno ha vivido la mar de contento sin saber de la existencia ahí afuera obras tan entrañables y al mismo tiempo grandiosas como ésta, ¿cuántas otras joyas no estarán esperando a que editoriales como Ponent Mon se lancen a su rescate?

Para ser justos, quizá es precisamente la edición completa de estas historias uno de los factores que empujan a tantos  decir que la novela gráfica está viviendo su edad dorada. No obstante, estas historias son al cómic lo que las películas de Orson Welles son al cine, o la música de Miles Davis al jazz. Entiéndase, no son simplemente clásicas, sino que, sobre todo, representan un modo de contar historias, de crear personajes, y de dibujar viñetas que murieron con su creador y que, precisamente por ello, son inmortales.

Fue su creador Attilio Micheluzzi (1930-1990), un hombre de esos que ya no se estilan, lo cual poco nos sorprende después de leer esta obra. Nacido en el seno de una familia militar, polifacético, de gustos refinados, elegante, conservador y extraordinariamente culto, Micheluzzi trabajó durante años como arquitecto en Libia. Tras el golpe de estado del inicuo Gadaffi, decidió volver a su país, Italia, donde empezó su camino como historietista. Las historias de Petra chérie se publicaron mensualmente en la revista Alter alter, y quizá debamos a este modo de publicación su carácter conciso y su ágil ritmo. Micheluzzi era capaz de mostrarnos en un par de viñetas toda la complejidad de sus personajes, y tampoco precisaba de largas secuencias para, en cada historia, plantear el conflicto, mostrarnos su desarrollo y sorprendernos con su desenlace. Con Micheluzzi no hay paja: estamos ante un maestro de la economía en el arte de la narración.

Las comparaciones con su compatriota Hugo Pratt son inevitables. Del mismo modo que a nadie se le escapan los puntos en común entre Petra y Corto Maltés, ambos autores parecen tener la sensación de haber nacido en una época que no les correspondía. Al igual que Pratt, Micheluzzi era un gran nostálgico de aquella Europa hoy desaparecida, aquel mundo de fronteras hoy irreconocibles, en el que, fuera cual fuera la cuasa por la que lucharan, todavía existían los héroes. Así, en estas historias, situadas todas durante la Primera Guerra Mundial, con excepción quizá de las últimas, que más precisamente transcurren durante la Revolución y la Guerra Civil rusas, nos encontramos con personajes como Lawrence de Arabia, que nos narra uno de los episodios más tristes de su aventura entre los árabes, o el legendario Barón Rojo, amén de otros secundarios de tanto empaque como Winston Churchill.

Y así, desde Prusia al Daguestán, pasando por París, Venecia, el Bósforo, Israel o Alepo, el trazo fino de MIcheluzzi, su uso exclusivo de blanco y negro con entintadísimos claroscuros, sus composiciones magistrales, su sutil sentido del humor y su verdadero amor por Petra, a quien tan bien reprende con cariño como advierte de los peligros que la acechan, nos brindan una aventura inolvidable a través de la historia, tanto la de la Gran Guerra como la del cómic. Delicia de coleccionistas.

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Finn y Sep, El laberinto de los gnomos, de Peter Goes

Finn y Sep, El laberinto de los gnomos

Finn y Sep, El laberinto de los gnomosSi os digo la verdad, cuando decidí leer este libro ni me molesté en leer sobre qué trataba. No lo hice porque sabía que era obra de Peter Goes y con eso me bastaba. Desde que leí su libro La línea del tiempo me convertí en una admiradora incondicional de este señor.

Este ilustrador belga realiza unas ilustraciones que me fascinan. Sus libros son para perderte en ellos y me encanta pasar el rato alucinando con sus enormes y espectaculares ilustraciones. Me quedo embobada como cuando era pequeña. Y precisamente, para los peques es este libro.

Finn y Sep, El laberinto de los gnomos es la última maravilla de Peter Goes editada por Libros del zorro rojo. Y como siempre, merece la pena.

Este libro es un viaje, así que preparad las mochilas y cantimploras que nos vamos de la mano de Finn y su perro Sep a un viaje lleno de situaciones y personajes fantásticos. No me digáis que no os apetece. ¡En marcha!

Y es que cuando unos gnomos entran en tu casa en mitad de la noche y te la dejan echa un caos, lo mínimo que puedes hacer es ir tras ellos, ¿verdad? Y comienza la aventura por bosques llenos de animales fantásticos, laberintos verdes de setos y flores y cuevas donde bichos extraños revolotean. Menos mal que un ratón sabio y un viejo dragón se portarán bien con el pobre de Finn y su perro Sep y les mostrarán el camino hasta el sótano del castillo. Allá que van.

Pero no iba a ser tan fácil, el castillo es un auténtico laberinto repleto de escaleras y pasadizos y así es muy difícil encontrar las llaves. Dragones, toros, conejos, gatos y centinelas tratarán de despistar a Finn en su búsqueda a través del laberinto de torres y almenas, pero parece que por fin han dado con el gran gnomo. No, la verdad es que no va a ser tan fácil. Nuestros amigos irán derechos al mar desde su alfombra voladora y allí, sumergidos en las profundidades trataran de salir de nuevo para dar con el gnomo travieso.

¿Qué si lo encuentran? Bueno, solo os diré que a veces las cosas no son lo que parecen y que los finales que esperamos leer son a veces más impredecibles y mucho más divertidos de lo que pensábamos.

Aparte de la divertida historia de Finn y Sep, El laberinto de los gnomos, el libro es, como os decía, una maravilla en la que perderse. Las ilustraciones de Peter Goes recrean un mundo fantasioso lleno de cosas extraordinarias que sólo su mente podría imaginar. Es un lujo poder adentrarse por un instante en ella, así que no se pierdan este libro.

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El gallimimus, de Paloma Bordons

El gallimimus

El gallimimusEste librito, de nombre tan extraño, fue el ganador del VIII Premio de Literatura Infantil Ciudad de Málaga, 2017 y la verdad es que tiene todos los ingredientes para ser un libro de premio.

Ya sabéis por mis reseñas que me encanta alternar literatura juvenil e infantil con mis lecturas habituales, que cada vez son más variadas. Y que esta época es una de mis preferidas para leer libros para niños, por toda la variedad que sale al mercado y porque el invierno invita a manta, sofá y libro, ¿verdad?

El gallimimus está ambientada en verano, así que olvidaros de la manta, que toca pasar un poco de calor. En esta novelita, Carlos es enviado por sus padres a pasar sus vacaciones de verano con su abuela Hortensia, porque la madre de éste, que está embarazada, debe guardar absoluto reposo. Claro, para Carlos esto es un completo fastidio, porque él hubiese preferido ir a navegar con su tío en catamarán y no tener que pasar un verano en un pueblo que está lleno de ancianos, a los que Carlos llama los “Eulogios”.

Así que, resignado, Carlos tiene que pasar el verano en Alcamilla del Río, un pueblo de lo más aburrido. Pero, claro, si todo fuera aburrimiento menudo libro iba a ser éste, ¿no? El verano de Carlos cambia cuando de repente, un día, conoce a Aila, una niña negra que le espía desde la tapia del huerto. Cuando Carlos le cuenta a Hortensia que ha visto a una niña en el huerto, la abuela, aparte de indignada porque la niña le está robando sus ciruelas, le cuenta a Carlos que en primavera llega mucha gente nueva al pueblo para la recogida de la fresa. La mayoría extranjeros que están de paso. Pero esta niña y su padre se quedaron en el pueblo y viven en un autobús abandonado al otro lado del río.

Por supuesto, Carlos quiere saber más y aunque su abuela le prohíba acercarse al río, ¿hay algo mejor qué hacer en el pueblo? Así que allá que va Carlos, a visitar ese autobús y a la extraña niña que vive en él. Los niños empezarán a trabar una insólita amistad de verano. Una de esas noches, en las que los niños andan en el bosque, ambos ven un bulto enorme que pasa junto a ellos a toda velocidad: ¡el gallimimus! Y empieza la aventura.

No seré yo quien os cuente qué es el gallimimus ni lo que ocurre con Carlos, Aila, el padre de ella, Hortensia y el resto de ancianos del pueblo. Solo os diré que El gallimimus es un libro lleno de aventuras y que transmite un mensaje precioso que nuestros pequeños deberían conocer. Así que, si no sabéis qué libro regalar estas navidades, os propongo este divertido y emocionante libro. Estoy segura de que será un regalo estupendo con el que acertaréis.

 

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La muerte de la mariposa, de Pietro Citati

La muerte de la mariposa

La muerte de la mariposaOs tengo que avisar desde el principio: con este libro no puedo ser imparcial. No puedo porque el escritor Francis Scott Fitzgerald es uno de mis preferidos y siempre he tenido una conexión especial con él, así que cuando leo sobre él no puedo ser muy objetiva porque tengo esa tara. Qué le vamos a hacer, podría haber sido peor. Pero, ¿sabéis qué? Tampoco tengo necesidad de mentiros porque este libro, La muerte de la mariposa, me ha fascinado por sí solo. La forma de escribir de su autor, Pietro Citati, me ha dejado del revés. ¿Sabéis esos libros en los que no podéis dejar de subrayar líneas y líneas? Pues así. Estoy completamente maravillada por este libro, lectores.

Pietro Citati es uno de los escritores italianos de mayor prestigio. Ha escrito, sobre todo, numerosas y maravillosas biografías de autores como Goethe, Kafka o Tolstói. Se nota que las biografías son su terreno, pues las impregna de objetividad y belleza. Al menos es lo que ha hecho en este libro.

La muerte de la mariposa no es una biografía al uso del escritor Francis Scott Fitzgerald, en este pequeño pero intenso libro, Citati se centra en narrar el esplendor y la caída de la pareja formada por Fitzgerald y Zelda Sayre. Sin duda, fueron una de las parejas más conocidas y exitosas de la década de los años treinta, pero su relación, a pesar de ser pura y hermosa, tuvo demasiadas luces y sombras.

Pero, ¿por qué Citati llama “mariposa” a Fitzgerald? Porque Hemingway escribió sobre él: “Scott Fitzgerald (…) tenía aún la técnica y el espíritu romántico para hacer cualquier cosa, pero desde hacía mucho tiempo todo el polvo había desaparecido del ala de la mariposa, aunque el ala continuó batiendo hasta su muerte”.

Son unas palabras preciosas y creo que también son muy precisas, aunque en otras cosas esté en desacuerdo con Hemingway, creo que está apreciación sobre el Fitzgerald de sus últimos días es de las más certeras.

Y es que la caída de Fitzgerald fue dura. Su mujer, Zelda, a quien  sólo él supo comprender, pasó medio vida internada en clínicas psiquiátricas debido a su esquizofrenia. Y su vínculo de amor, aunque nunca dejó de existir, fue deteriorándose hasta el punto de acabar con el propio Fitzgerald. Él, que ansiaba la fama, que quería ser el escritor perfecto con una vida perfecta diga de admiración y que lo fue sin duda, al menos en algún momento de su vida, vio su mundo desmoronarse mientras él se aferraba a una botella de alcohol.

Quizá Zelda no tuvo nada que ver con esta caída y el propio escritor estaba condenándose con su alcoholismo y sus ansias de perfección. O quizá ambos se necesitaron para existir y dejar de ser poco a poco, ella sufriendo su enfermedad mental y él castigándose a sí mismo. Pocos días antes de morir, Fitzgerald le escribió a su hija: “los enfermos mentales son simples invitados en la tierra, eternos extranjeros que llevan consigo decálogos rotos que no saben leer”. La mariposa supo leer muy bien a Zelda, “la reina de las mariposas que necesita protección de su marido, porque únicamente a través de él el mundo le resultaba visible y palpable”.

Y es que, como bien dice Citati en La muerte de la mariposa: “eran la misma persona con dos corazones y dos cabezas; y esos corazones y esas cabezas se volvían apasionadamente el uno hacia el otro, el uno contra el otro, hasta arder en una única hoguera”.

Se amaron, cayeron y ardieron. Y esa es, en esencia, la descripción de esta envidiada pareja. Pero también es mucho más y Citati lo demuestra en este precioso libro.

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Siega, de Neal Shusterman

Siega

Siega¿Alguna vez os habéis parado a pensar que los avances tecnológicos nos pudieran conceder la inmortalidad? ¿Que cualquier daño físico que suframos, incluso la muerte, pudiera ser subsanado en un futuro no tan lejano? Aunque es algo difícil de imaginar, seguramente para las generaciones que vivieron a principios del siglo pasado, también lo serían los ordenadores, los teléfonos móviles e incluso las televisiones y las radios. La Inteligencia Artificial promete y mucho en las próximas décadas. Y no parece haber límites… Sin embargo, ¿no creéis que debería haberlos?

En esto y muchas otras cosas me ha hecho pensar Siega, la primera parte de una trilogía de ciencia-ficción que narra la vida de una sociedad en la que no existen las muertes naturales y cuyo gobierno lo rige el Nimbo, una especie de inteligencia suprema y tecnológica que lo domina a todo y a todos. Bueno, a todos no. Los segadores son un “privilegiado” grupo de personas que se rige bajo las rígidas normas de la Guadaña, una jurisdicción especial, y cuyo trabajo es el de cribar alrededor de todo el mundo, es decir, quitar las vidas que sean necesarias para que no exista la super-población. Y yo me pregunté, tras leer la sinopsis: ¿puede alguien en su sano juicio trabajar de esto sin ningún tipo de remordimiento de conciencia?

Y también es esta la pregunta que se hacen Rowan y Citra, los jóvenes protagonistas de esta historia, antes de tener nada que ver con este grupo al que todos quieren evitar. Sin embargo, cuando son seleccionados como aprendices de segadores, descubren que no todo es lo que parece y que puede existir la humanidad incluso en un acto tan inhumano como es el de cribar.

Tras este resumen, que me parece tan necesario para explicar la temática que trata esta lectura, comienzo a hablaros de lo que me ha parecido. Pero creo que mis palabras se van a quedar demasiado cortas para todo lo que he experimentado mientras he leído esta novela. Y es que no miento al decir que puede que se haya convertido en una de mis mejores lecturas de este año, por no decir que no he podido terminar el año con nada mejor que esta. Ya no es solo por el tema que trata, que es tan controvertido como extremadamente interesante, sino por cómo se desarrolla la historia.

No conocía a Neal Shusterman, pero he decir que ha conseguido sorprenderme desde el primer capítulo. Especialmente la manera de profundizar en los pensamientos y sentimientos de los personajes, que ha hecho que conectara con ellos y me sintiera cercana a ellos en todo momento, a pesar de vivir situaciones tan duras y desesperadas. Y esto es algo que me parece esencial en una historia como esta, al ser una distopía de ciencia-ficción que se aleja bastante de nuestra realidad.

Pero también destacaría cómo ha logrado engancharme y dejarme con la boca abierta a lo largo de casi todos sus capítulos. Que un libro sea totalmente imprevisible es un factor a destacar en la literatura actual y un problema si no te quieres tirar leyendo hasta las tantas de la madrugada (como me pasó a mí bastantes noches en las que he leído Siega)…

Y es que este es un libro que te hace reflexionar, que te hace preguntarte los límites del ser humano (si es que los hay), cuestionarte si de verdad sabemos lo que es correcto y lo que no y si actuamos en consecuencia. Si realmente hay cosas que ninguno de nosotros haríamos bajo ninguna circunstancia… porque hay que estar dentro de una situación para darnos cuenta de lo que somos capaces de hacer. Y es que el ser humano es tremendamente complejo.

Y esta es una de las conclusiones a las que he llegado tras leer este libro, y a la que estoy segura que llegaron Rowan y Citra, entre otros personajes. ¿Hay circunstancias que pueden hacer que perdamos nuestra humanidad? Pase lo que pase, y aunque existen héroes y villanos, y siempre existirán, tanto en la vida real como en las historias, todos tenemos luz y oscuridad en nuestro interior. Lo que importa es qué elegimos potenciar (sutil referencia a mi querido Harry Potter). Así que, desgraciadamente (y de esto trata esta novela), quizás la respuesta sea sí. La humanidad se puede perder para dejar paso a los aspectos más negativos que todos tenemos en nuestro interior, hasta el punto en el que el mal, la corrupción y el egoísmo domine nuestras vidas. ¿Vosotros qué pensáis?

Con unos personajes de los que te encariñas desde las primeras páginas, con los que es difícil no empatizar, y con una historia dura, profunda e increíblemente terrorífica, al plantear la cuestión de hasta qué punto de crueldad y falta de empatía puede llegar un ser humano, Siega se ha convertido en una de mis lecturas favoritas de este 2017. Con una pluma espectacular, que es capaz de provocarte mil y un sentimientos a la vez, Neal Shusterman me ha sorprendido de demasiadas maneras y me regalado una historia con la que he disfrutado enormemente. Además, después de este espectacular final, ¿cómo nos puedes dejar así? Literalmente, soy incapaz de esperar a leer su continuación, Thunderhead, y hacerme con el resto de sus libros lo más pronto posible.

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Torres en la cocina, de Javier y Sergio Torres

Torres en la cocina

Torres en la cocinaTengo el pelo rizado, como mi madre. De un marrón oscuro con tonos rojizos, como mi madre. Tengo los ojos muy negros, como mi madre. Soy ordenada, obstinada, valiente y decidida, como mi madre. Si leo un libro que me gusta, es muy probable que a ella también. Adoramos a Queen sobre todas las cosas. Y a los Rolling. Y a David Bowie. Nos parecemos en infinidad de cosas, más de las que me gustaría reconocer. Entonces, ¿alguien puede explicarme por qué narices NO COCINO COMO ELLA?

Vamos a ver, es que este tema a mí me toca de verdad. Y me enerva. A mí me encanta comer, desde siempre. Me encanta probar cosas nuevas y, siempre que quede dentro de mi dieta sin gluten, porque soy celíaca, como de todo. Pero odio cocinar. Si la elaboración conlleva más de quince minutos y ensuciar muchos cacharros… paso. En cambio, ella se puede tirar toda una mañana en la cocina elaborando platos alucinantes. El otro día me hizo unas croquetas… de llorar. Y, ¿sabéis? Yo viajo bastante y el momento que más me gusta del viaje es cuando vuelvo a casa y me está esperando mi madre con una tortilla de patata. Mi novio coincide en esto también, creo que solo me quiere por esta tortilla. Entonces, si tanto me parezco a ella, ¿por qué no me gusta cocinar? No lo entiendo.

Y llegan estas fechas y siempre me apetece intentarlo. Así que todas las Navidades acabo haciéndome con algún libro de cocina para ver si me inspira y me anima a meterme en la cocina una tarde entera para preparar una cena alucinante. Este año, la elección ha sido Torres en la cocina, de Javier y Sergio Torres. Sí, esos que salen en Televisión Española por las mañanas y que preparan platos que hasta se pueden oler a través de la tele. Esta vez me he decantado por ellos porque me parece que, a pesar de que los platos que preparan son bastante elaborados, da la sensación de que lo hacen tan sencillo que hasta yo podría intentarlo. También me gusta mucho la mezcla de lo moderno con lo clásico. La cocina tradicional es la base de sus platos, pero lo cierto es que no se quedan ahí. Innovar es la clave. Ha habido un plato en especial que me ha llamado muchísimo la atención: cabracho relleno de manitas de cerdo. Jamás se me hubiera ocurrido. No hace falta decir que mi señora madre prepara un pastel de cabracho que… puf, quita las palabras. Así que creo que yo soy incapaz de empezar por ahí. Quizás me decante por la crema de bacalao y coliflor. No soy mucho de cremas, pero con el frío que está haciendo en Reinosa a estas alturas de diciembre, algo así es lo único que apetece. Eso, o un buen cocido (que no me maten los cántabros, pero yo soy de cocido madrileño)

La edición de Torres en la cocina es perfecta. Es un libro muy manejable, cosa que se agradece en la cocina. Estoy harta de tochos de recetas que son rígidos y ocupan más espacio en la cocina que una olla a presión, así que esta edición de Plaza & Janés me parece ideal. Además, dentro de cada receta encontramos el tiempo medio que nos llevará hacerla (ya os aseguro que yo soy capaz de reducirlo a la mitad. Así tengo los resultados que tengo) y, lo que más me ha gustado: “el toque Torres” en algunas de sus recetas, que son trucos que darán un toque especial al plato.

Venga, lo prometo, este año me voy a poner seria y voy a incluir como propósito del 2018 pasar más tiempo en la cocina y aprender algo. Aunque sea un poquito. Y espero no acabar regalándole el libro de Javier y Sergio Torres a mi madre, a sabiendas de que ella sabrá sacarle muchísimo más partido que yo.

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Star Wars, atlas galáctico, de Tim McDonagh

Star Wars atlas galáctico

Star Wars atlas galácticoConsidero que tengo una familia envidiable. Sin duda, es la mejor cosa que me ha pasado en la vida. A pesar de que mis padres se divorciaron cuando yo era muy pequeña y que los problemas familiares eran el pan de cada día, con el tiempo me he dado cuenta de que la familia es lo primero. No tengo hermanos, pero tampoco los he echado de menos porque durante muchísimos años vivió en mi casa mi tío David, que me saca catorce años. Él se encargó de hacer de hermano mayor, con las cosas buenas que implica y con las malas. Tengo muchos recuerdos de cuando era pequeña —mi familia me dice que es increíble la memoria que tengo— y uno de mis favoritos es aquel en el que yo salgo de clase y él está en la puerta del colegio esperándome. Entonces íbamos a casa, comíamos súper deprisa viendo los Simpsons y luego nos poníamos a jugar a la Play un buen rato. Hasta que venía mi madre y nos echaba la bronca por estar todo el día enganchados a la maquinita. Normalmente, él jugaba —sobre todo al Grand Theft Auto— y yo iba buscando en Internet trucos para que él los aplicara. Lo pasábamos en grande. Ahora él tiene dos hijos pequeños a los que veo día sí y día también. Ahora soy yo la que juega con ellos a la Play y les enseña todos los trucos que pueden hacer en el Spyro o les pasa las pantallas difíciles del Gran turismo. No os imagináis lo feliz que me hace eso.

Y diréis, ¿qué tiene que ver todo ese rollo con el libro que vienes a reseñar? Muy sencillo: he decidido leer este libro por ellos. Ahora mismo son fanáticos de la saga Star Wars. Se han visto las películas como un millón de veces. Lo tienen absolutamente todo, las sábanas, los pijamas, los muñecos, todo. El mayor siempre se pide a R2-D2 y el pequeño a Darth Vader. El otro día le explicaba el origen de ese personaje (toda la historia de Anakin Skywalker y el pobre me miraba con una cara como diciendo “esta tía está loca”). A sus cuatro años todavía no había hilado ese razonamiento, así que el pobre me miraba con una cara…

La cuestión es que vi el libro Star Wars, atlas galáctico que ha editado recientemente Planeta Junior y que está ilustrado por Tim McDonagh y no pude evitar imaginarme a mí misma contándoles toda la historia de Luke y Leia, de Han Solo, Obi-Wan Kenobi y Chewbacca usando los mapas que vienen dentro de este libro. Cuando me llegó a casa me quedé sin palabras. Para empezar, me lo imaginaba muchísimo más pequeño. Sabía que no tendría el tamaño de un libro normal y corriente, pero no me lo imaginaba tan gigante. La edición es perfecta, sumamente cuidada. En cada página podemos encontrar la historia de un planeta diferente, donde se contiene un análisis de su población y de los personajes más importantes que allí habitan. No solo podremos encontrar mapas, sino también cartas estelares, las batallas más famosas de la saga y, lo más importante, la cronología de los hechos. Porque queramos que no, Star Wars es un poco lío en cuanto a fechas. Seguro que todos hemos hecho esa pregunta de: “¿pero en la tercera película de las viejas o de las nuevas?” Porque ya sabemos que las primeras que vieron la luz, las originales, son posteriores en el tiempo que las que se emitieron a principios de los dos mil. Por no hablar de la saga que está emitiéndose ahora —POR FIN este mes se estrenará la segunda parte— que sería la continuación de las películas de los ochenta. Y también se ha hecho una precuela, Rogue One, que se estrenó el año pasado y que iría justo después de la saga de los dos mil. Pues eso, un lío de los buenos.

Star Wars, atlas galáctico es una pieza de coleccionista. Para niños y no tan niños. Es más, estoy segura de que en este caso disfrutaremos de este libro muchísimo más mi tío y yo que los niños. Es volver atrás, volver a revivir todo, recordar y sonreír.

En serio, no os imagináis lo feliz que me hace poder tener este libro entre mis manos. Aunque ahora lo he cerrado para hacer esta reseña, estoy segura de que volveré a abrirlo una y otra vez cuando me apetezca recordar y que la fuerza esté conmigo.

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El viento que agita las agujas, de Isabel Mallén

El viento que agita las agujas

El viento que agita las agujasEl cuidado con el que esta editorial trata sus criaturas es realmente digno de mención, no sólo en la calidad de la edición sino incluso en aspectos secundarios como el envoltorio con el que envían los libros o el divertido juego de mostrar otros títulos de la colección en una sopa de letras, que son detalles refrescantes que logran que uno se sienta reconfortado. Conocer editoriales pequeñas que hacen las cosas tan bien y que además apuestan por autores nuevos es una alegría. Pero también eleva las expectativas, inconscientemente espera uno más de un libro tan bien editado. Y El viento que agita las agujas supera la prueba. Ese magnífico título abre la puerta a una historia pequeña, familiar, especialmente bien ambientada cuanto más cerca está del pequeño pueblo de la sierra de Huelva en el que se desarrolla la trama principal, aunque también recorre otros escenarios y tramas.
Hay decisiones que supongo que son más o menos discutibles, que todos los personajes intervengan como narradores en primera persona en diferentes capítulos puede despistar, al menos hasta que uno se acostumbra, y provocar que se tarde un poco en entrar en la historia. Pero créanme, la paciencia, como suele ocurrir, tiene su recompensa porque la historia que poco a poco se va abriendo camino compensa con creces la espera. Es una apuesta arriesgada por parte de la autora, pero sale bien.
Y sin embargo la historia comienza plenamente lanzada, con una escena de una gran fuerza visual: la protagonista, Kati, sufre un accidente haciendo rafting y la conocemos atrapada en el agua y negociando su futuro inmediato con la hipotermia. A partir de ahí vamos conociendo su vida, digamos que errática, y sus circunstancias.
La autora es valiente, no sólo por contar la historia como quería y no como hubiese sido más cómodo, sino por esquivar soluciones y desenlaces fáciles. El viento que agita las agujas muestra una aventura, que no es el rafting, sino la de afrontar el día a día cuando la vida no es la soñada, recomponer una vida rota y lo hace desde un punto de vista original, posiblemente muy femenino, dicho sea como respetuoso elogio. La vida de Kati no se entiende si se separa de la de las otras mujeres de su familia y ella misma no sabe muy bien que hacer con ella hasta que no se da cuenta de que forma parte de algo mayor que ella misma. El reto de varias generaciones de mujeres probablemente fue lograr conciliar su individualidad con su familia en una sociedad que consideraba ambas cosas como opuestas.
Kati es joven, es mujer, es hija, es nieta, es madre y vive en un pequeño pueblo. Su principal referencia emocional, su padre, ha muerto, y ella se siente desamparada sin él. Su vida le resulta opresiva y su familia la considera problemática y egoísta. El proceso de aceptarse a sí misma y de entenderse en relación con los demás es el motor narrativo de esta novela, y hay que reconocer que es un argumento con mucho recorrido, especialmente si se observa con distancia y se da cabida en él a tantas mujeres que no lo consiguieron o que se dejaron la juventud, los sueños y la alegría en el intento. Me llama la atención uno de los personajes en principio menos llamativos, el de la madre. Es inteligente esconder los tesoros, no mostrarlo todo, y creo que en eso Isabel Mallén merece una felicitación.
Y aun hay una cosa más que me parece muy interesante desde el punto de vista literario, la comprobación de cómo cuando uno pone su propia vida en orden, misteriosamente todo lo demás también mejora. No hay como estar en paz con uno mismo para que los demás lo estén con él y entre sí. La relación entre la individualidad y la familia, cómo reivindicarse a uno mismo no sólo no le tiene que alejar del grupo sino que incluso puede acercarle.
En fin, El viento que agita las agujas es una novela interesante con un argumento de fuerza y una ambientación notable (la empresa familiar es un secadero de jamones en la sierra de Huelva, eso ya es suficientemente evocador) que le acerca a uno no sólo a la realidad de la mujer en la España rural, sino, misteriosamente, también a sí mismo y a esas raíces que parecen tan tristemente olvidadas y que ojalá obras como esta ayuden a recuperar.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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La milla perfecta, de Neal Bascomb

la milla perfecta

la milla perfectaLa barrera de las dos horas, el escollo que supone rebasar ese muro en un maratón está cada día más cerca. A 26 segundos se quedó el atleta keniata Kipchogue de superar ese muro que parece totalmente infranqueable. Aunque tres atletas eran los elegidos para llevar a cabo la gesta solo él se acercó tanto como para erizarnos el vello de la nuca y hacernos pensar que estaba a punto de lograrse. Y es que el escenario estaba totalmente preparado, medido al milímetro para que todo saliera a pedir de boca. No solo se utilizaron los últimos avances en zapatillas y en alimentación, sino que también se dispusieron de 32 liebres que les marcaban el ritmo, un automóvil Tesla que les señalaba mediante un láser por dónde correr y cuál era el ritmo más eficiente o avituallamientos móviles que ofrecía a los corredores la energía adecuada en el momento preciso. Todo ello gestado en el circuito de Monza en una competición no homologada. Y a pesar de todo, 26 segundos resultaron un mundo; uno aún por surcar hasta la meta en una carrera que recuerda a la frenética carrera espacial entre soviéticos y americanos pero con dos marcas deportivas (Nike y Adidas) y el científico Pitsiladis (primero en afirmar que se correría la maratón en menos de dos horas antes de 2020) como contendientes.

Mucho tiempo atrás también hubo una barrera por franquear, por demoler, por destruir. Fue en esa época en la que las zapatillas para correr eran poco más que dos cueros cosidos entre sí, las pistas de atletismo eran de ceniza, el control de las calorías no era una obsesión y la televisión era una tecnología acabada de nacer. El momento: la primera mitad de la década de los 50. La proeza a alcanzar: la milla en menos de cuatro minutos. 1609,344 metros para saborear las mieles del éxito o para naufragar en las aguas del fracaso. La carrera fue denominada “La Milla del Siglo” y Neal Bascomb, periodista que ha colaborado en The New York Times o en el Wall Street Journal, en 2004 publicó un libro en el que relató esta empresa deportiva. La milla perfecta se convirtió rápidamente en un clásico de la literatura deportiva y ahora por primera vez, y gracias a la Editorial Melusina, nos llega traducido al castellano.

En La milla perfecta los principales protagonistas son Roger Bannister, Wes Santee y John Landy. Británico, americano y australiano. Tres deportistas amateur con tres historias muy distintas pero con un mismo objetivo: ser el primero en correr una milla en menos de cuatro minutos. Algo que en el aquel momento se creía imposible. Neal Bascomb nos introduce en las vidas de estos tres muchachos, a los cuales acompañaremos en su agotador trayecto y en su toma de decisiones a lo largo de tres actos en los que se divide la novela. Una especie de Veni, vidi, vici pero en clave deportiva que nos transporta a una época en la que las heridas de La Segunda Guerra Mundial todavía eran profundas y en donde se necesitaban héroes a toda costa.

Neal Bascomb relata con una prosa muy directa y dinámica todas esas carreras y entrenamientos (duros y pesados incluso para el lector) además de mostrarnos, de forma dramática, todos los entresijos que rodeaban la vida de aquellos tres corredores. La familia que repudia al hijo, el entrenador grillado (¡obligando a correr a sus discípulos con lanzas!), el corredor sobre el cual caen todas las esperanzas de una nación… Temas que parecen los típicos clichés de una película pero que demuestran que en ocasiones la realidad supera la ficción.

Mientras que, como he apuntado anteriormente, los capítulos que están más enfocados al entrenamiento llegan a ser una fatiga para el lector, en los que se relatan las carreras Neal Bascomb hace un uso correcto del sensacionalismo, llevando la narración a cotas de epopeya griega, para hacernos sentir como uno de los competidores. Logra que el corazón del lector bombee a toda pastilla, que exude emoción y que alcancemos la extenuación una vez crucemos la línea de meta codo con codo con los protagonistas. Por si esto fuera poco, el libro adjunta una veintena de fotografías en las que veremos a Bannister, Landy y Santee en acción. Un complemento perfecto para la narración.

La Milla Perfecta de Neal Bascomb es un clásico de la literatura deportiva que nos cuenta con un tono épico uno de los momentos que marcaría un antes y un después en el atletismo. Un libro que no solo nos acerca a los tres magníficos deportistas que pugnaron por batir un récord que parecía imbatible, sino que también nos muestra el trasfondo humano de cada uno de ellos y los estímulos a los que se aferraron para llevar sus capacidades físicas y mentales más allá de los límites del cuerpo humano.

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El Holocausto, de Laurence Rees

el holocausto

el holocaustoPor mucho que leamos sobre el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, nos será difícil entender a quienes llevaron a cabo el Holocausto judío. Sin embargo, siguen publicándose libros que tratan de explicarlo, recopilando fechas clave, acontecimientos decisivos, cifras de muertos y testimonios de los supervivientes. Y yo, de vez en cuando, me fijo en alguno de ellos; en aquellos que me parece que aportan una visión distinta, si es que eso aún es posible en un tema tan recurrente y saturado. No me equivoqué con Últimos testigos, de Svetlana Alexiévich, y tampoco lo he hecho con El Holocausto, de Laurence Rees.

¿Qué es lo que hace diferente a El Holocausto? Pues que también da voz a los verdugos, aquellos que fueron capaces de semejante barbarie, que la justificaron, que incluso la disfrutaron. En un intento de condenarlos por sus atroces acciones, la historia apenas ha dado cabida a las declaraciones y opiniones de quienes idearon o llevaron a cabo el exterminio de los judíos. Ni siquiera se han escuchado los testimonios de esos ciudadanos que presenciaron el progresivo avasallamiento de la población judía y miraron a otro lado o, directamente, jalearon para que fuera a más, movidos por los prejuicios religiosos, el miedo a la crisis económica o la pura envidia. Pero Laurence Rees sí ha recogido sus argumentos y sus diarios, por incómodos o crueles que sean. Porque es necesario adentrarnos en las cabezas de los culpables y de los cómplices del Holocausto para tratar de discernir qué ocurrió en aquellos oscuros años.

Laurence Rees recoge «Las voces de las víctimas y de los verdugos», como reza el subtítulo de esta obra, para dotar de carga emocional a su análisis del Holocausto. Recorre el periodo de entreguerras y toda la Segunda Guerra Mundial, desde el origen del odio de Hitler a los judíos y su ascenso al poder, hasta su huida hacia delante en su cruzada antisemita, incluso cuando ya sabía que Alemania iba a ser derrotada en el conflicto bélico. Pero El Holocausto no solo aborda el papel de Hitler y los nazis, sino que hay muchas páginas sobre cómo Bélgica, los Países Bajos, Noruega, Dinamarca o Francia colaboraron en el exterminio, algo que ha quedado silenciado gracias a la sobreexposición de la barbarie del Estado alemán. De igual manera, le dedica capítulos a los discapacitados, gitanos, testigos de Jehová y otros grupos sociales que también fueron perseguidos, torturados y asesinados por los nazis y cuyo sufrimiento pocas veces es mencionado.

El Holocausto es el resultado de los veinticinco años de vida profesional que Laurence Rees ha empleado en crear documentales sobre la Segunda Guerra Mundial y el exterminio de los judíos de Europa. Durante estos años, ha acumulado gran cantidad de testimonios de primera mano, documentos de la época y estudios, y todos estos le han servido para analizar exhaustivamente la historia del Holocausto. Aplaudo la valentía que ha tenido al dar cabida a todas las voces y ahondar en los aspectos más controvertidos. Y admiro su capacidad de conseguir que este libro sea de lectura ágil, a pesar de sus más de quinientas páginas.

El Holocausto demostró hasta dónde podían llegar los seres humanos, capaces de ser víctimas, espectadores o verdugos según las circunstancias. Y los acontecimientos actuales nos vuelven a avisar de lo poco que hemos aprendido de ello, por muchos libros que haya al respecto. Dudo que la obra de Laurence Rees abra los ojos a quienes están cegados por los prejuicios y el racismo, pero al menos espero que su lectura sirva para que el resto del mundo no miremos a otro lado cuando veamos ante nosotros las injusticias que sufren nuestros semejantes por motivo de sexo, raza, ideología o religión. Que no vuelvan a repetirse hechos tan terribles como los relatados en este libro es responsabilidad de todos.

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El mar vertical, de Alfonso Domínguez Cerrejón

El mar verticalNo es necesario ser poeta para ver un mar vertical en la lluvia, pero sí que hace falta tener alma de poeta para intentar remontarla a nado. Y si uno lo consigue y además logra convertir su travesía en un relato emocionante y hermoso, entonces sin duda es que es un poeta de los buenos. Porque no es sólo la sensibilidad, sino el coraje, lo que logra convertir a alguien con talento literario en poeta.
El mar vertical está compuesto de poemas hermosos, tiernos, duros, de amor, de desamor, de homenaje, de reflexión. Este libro es un ejercicio de desnudez emocional, como procede, y de belleza contagiosa porque ennoblece los ojos que la leen.

Incluso se desvanecieron de este poema
unos versos
en los que estaba escondido un nombre
que ya no me duele

Es una hermosa forma de olvidar, de traspasar el dolor a la olvidada porque no debe haber caídas comparables a la de caerse de un poema.
O vean este otro ejemplo:

De todos los días que existen
elegisteis el inesperado;
en los bolsillos aun guardo
un puñado de besos
que llegaron demasiado tarde

Hace tiempo reseñé un libro titulado el poder en los bolsillos, que era el relato de un periodista que logró que algunos de los personajes más poderosos del planeta le mostrasen lo que llevaban en los bolsillos y fíjense que viene ahora Alfonso Domínguez Cerrejón a cerrar el círculo mostrando lo que lleva en los bolsillos un poeta, la cara opuesta de ese poder político, y resulta que llevan un puñado de besos que llegaron demasiado tarde. Aunque quien sabe, tal vez gracias a la poesía tengan una segunda oportunidad, esta vez eterna, de llegar en el momento apropiado.

Qué duele
cuando el amor hiere.
Dónde queda escondida
esta funesta herida
que no puede curar
el mar

Es discutible que exista algo que no pueda curar el mar, pero si así fuera en un verdadero alivio saber que es la poesía la que sí lo hace. Tal vez esa herida sea la que produjo alguien cuando se llevó París de París, o tal vez sea la consecuencia de robarle una ola al mar, no lo sé, pero desde luego es una alegría para todos los lectores que, de todos los procedimientos terapéuticos a su alcance, el autor haya elegido la poesía. Puede que no sea el más rápido, barato ni efectivo, pero desde luego es el más hermoso.
Al leer El mar vertical no tengo la sensación de que el autor milite en una determinada idea estética de la poesía, en un estilo concreto, hay una gran variedad formal en los diferentes poemas, como si quisiera abarcar el mundo. Y quien sabe si no lo consigue. Aunque para lograrlo bien está comenzar por lo local, y he aquí que entre escenarios como París o Dunkerque, tenga el poeta un hueco para homenajear al Alosno en el que nació su madre:

Hay una piedras
disfrazadas de calles
que bailan
arriba y abajo
un antiguo cante
que el aguardiente
regaló al aire.

Contemplen El mar vertical, piérdanse en su horizonte infinito, salten sus olas, déjense llevar por sus corrientes, disfruten de su brisa, buceen en él. Es un libro breve pero muy honesto y muy hermoso y yo, francamente, no logro olvidar el sabor tan especial de su salitre, la calidez de su sol, el brillo de su luz.

Buscarte
y no encontrarte
nunca
en el laberinto del mar

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Al caer la luz, Jay McInerney

Al caer la luz

Al caer la luzCuando comienzo un libro, en un primer vistazo, lo ubico automáticamente en una de entre dos opciones: los libros con una trama envolvente y desenfrenada que te obligan a no cerrarlos hasta el final y los libros que te van engatusando poco a poco por sus personajes y por las ideas que van calando en ti. Los segundos, son libros que no devoras, que lees de una manera más pausada y reflexiva porque necesitas digerirlos con moderación. Los primeros son como una película que ves de una sentada sin despegarte del sofá y los segundos son como una serie que vas disfrutando lentamente a lo largo del tiempo. Al caer la luz, de Jay McInerney, se ubicaría en el segundo grupo.

McInerney nos presenta a un joven matrimonio, Corrine y Russell Calloway, una agente de bolsa y un editor bien situados en el Nueva York de finales de los ochenta, y que a ojos de los demás forman la pareja perfecta. Pero según va avanzando el libro veremos que no es oro todo lo que reluce y que detrás de esa imagen de perfección el matrimonio se va resquebrajando poco a poco, a la vez que lo hace una sociedad que tendrá que enfrentarse a las consecuencias del crash financiero ocurrido el 19 de octubre de 1987 en Wall Street.

El libro está escrito en tercera persona y, aunque ellos dos son los personajes en torno a los que gira la trama, iremos conociendo las frustraciones, los anhelos y, en definitiva, la vida, de su círculo más próximo. Se podría decir que Al caer la luz se trata, de algún modo, de una novela coral ya que a pesar de haber dos protagonistas fundamentales, hay varios personajes, todos ellos perfectamente perfilados por la pluma de Jay McInerney. Sin embargo, la intención del autor va mucho más allá. Ha escrito una novela generacional que representa no sólo una época, sino también una ciudad y un estilo de vida.

Al caer la luz es la primera parte de una trilogía que se publicó por primera vez en 1992 y que desde esa fecha le ha valido a Jay McInerney la comparación con autores de la talla de Scott Fitzgerald o Henry James (dos de los grandes autores estadounidenses con los que, por ende, se compara a todo nuevo autor que triunfa en el país). No soy amiga de las comparaciones, considero que cada libro y cada autor son únicos y diferentes, al igual que cada ser humano lo es, y menos de las comparaciones publicitarias que solo buscan vender más y mejor un libro. No obstante, sí puedo decir que Al caer la luz me ha recordado y transportado a otros libros y películas que representan esa época y ese estilo de vida neoliberal lleno de falsas apariencias, expectativas muy elevadas, consumismo, fiestas, drogas y distintas tentaciones que, en este caso, ponen a prueba el matrimonio de los Calloway. Mientras leía, recordaba películas como Bocados de realidad, fiel reflejo de los jóvenes de la llamada Generación X o Generación MTV; El Lobo de Wall Street, un símil demasiado evidente, pero no por ello menos acertado; y, aunque diferente en la trama principal del protagonista de la película (y el libro), American Psycho. Precisamente, también se compara a McInerney con Bret Easton Ellis, autor de American Psycho, ya que ambos pertenecen a la misma generación de autores que se apodó como “Literary Brat Pack”, y que se refería a un grupo de jóvenes escritores que surgieron en la costa este de Estados Unidos a finales de los años 80 y que eran casi tan o más conocidos por sus andanzas entre la “beautiful people”. Este grupo de autores se ve reflejado en el libro, en la figura de Jeff Pierce, un joven escritor de éxito precoz mal asimilado. que se pierde en una vida de excesos y adicciones.

La reedición de Al caer la luz la ha llevado a cabo la editorial Libros del Asteroide, que desde su fundación, se ha encargado de publicar libros que han cosechado un gran éxito al otro lado del charco en las últimas décadas y que no habían visto la luz antes en nuestro país. Estos libros tienen muchos puntos en común y, por eso, el libro de McInerney me ha recordado también en infinidad de páginas a libros como Tantos días felices, de Laurie Colwin; El libro de Jonah, de Joshua Max Feldman; Qué fue de Sophie Wilder, de Christopher R. Beha; e incluso a Canciones de amor a quemarropa, de Nickolas Butler. Todos ellos son libros con un gran trabajo en el dibujo de sus personajes y que reflejan un estilo de vida determinado y la decadencia de un grupo de personas.

Al caer la luz funciona como obra generacional, pero lo hace aún más, cuando se aleja de esa función tan solemne y sentenciosa, para destripar con brillantez y delicadeza la caída de un matrimonio cegado por sus ansias de fama, dinero y poder. McInerney nos muestra lo que queda, como el propio título del libro dice, al caer la luz y el esplendor de unas apariencias y pretensiones, impuestas por una sociedad corrompida por el brillo de la ciudad que mejor ejemplifica el famoso “sueño americano”.

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