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Una corte de niebla y furia, de Sarah J. Maas

Una corte de niebla y furia

Una corte de niebla y furiaEs bastante curioso cómo algunos libros tienen la capacidad de absorbernos por completo, hasta el punto de quitarnos horas de sueño para hacernos soñar de otra forma mucho más bonita, tan solo leyendo sus páginas. Libros cuya publicación esperas durante meses, incluso contando los días, para conocer su continuación o para saber qué nos tiene preparado el autor en cuestión.

Sarah J. Maas es de esas escritoras que han pasado a formar parte de esta pequeña lista para mí. Desde que leí Trono de cristal, sabía que esta joven autora tenía algo especial. Y es que, ya no solo se trata de su manera de escribir, que te atrapa por completo, te hace sentir y te traslada a mundos de fantasía a los que a todos nos gustaría viajar, sino que tiene una forma de construir personajes (sobre todo, sus personajes femeninos) con carácter y personalidad, que no se dejan amedrentar por cualquier cosa y que son capaces de defender sus derechos y los de su alrededor hasta en las situaciones más difíciles.

Algo así es lo que ocurre con Feyre, la protagonista de esta saga que comenzó con Una corte de rosas y espinas, un retelling de La bella y la bestia situado en un mundo en el que los seres humanos conviven con seres inmortales, alojados en reinos llenos de magia y belleza, pero también de crueldad y oscuridad. Un personaje que, desde que fue presentado en esta primera parte, me ha demostrado su fortaleza, valentía y su enorme capacidad de adaptarse a cualquier situación y plantar cara de frente a los problemas. Me encanta que haya personajes así en las novelas juveniles, porque creo que ya ha llegado el momento de decir adiós a las princesas que desean ser rescatadas para dar paso a mujeres fuertes e independientes capaces de salvarse a sí mismas.

Pero volvamos a la novela que nos ocupa. Una corte de niebla y furia comienza con las consecuencias de la derrota a Amarantha, la creciente amenaza del rey de Hybern por controlar todos los reinos y el “encarcelamiento” de Feyre como medida de precaución y protección por parte de Tamlin, alto Lord de la Corte Primavera.

Si la primera parte me pareció bastante introductoria y con escasos momentos de acción (excepto los últimos capítulos), la segunda me ha parecido todo lo contrario. Desde el principio nos encontramos con muchas sorpresas, traiciones y con bastantes capítulos repletos de acción. Además, conocemos a personajes secundarios que tienen mucho que aportar a la historia y descubrimos más sobre Rhysand, alto Lord de la Corte Noche, y su misteriosa relación con nuestra protagonista. Una relación imprevisible y llena de altibajos y sorpresas que se va construyendo a medida que avanza la historia y que se van conociendo mutuamente los personajes. Es increíble la química que existe entre ellos y la manera que tiene de traspasar las páginas, puesto que tiene la capacidad de dejarme con una sonrisa en los labios y con los nervios de punta.

Una corte de niebla y furia es una historia trepidante que, a pesar de su extensión, se lee rápidamente y se disfruta de principio a fin. A pesar de ser vendida como un retelling de La bella y la bestia, en esta descubrimos sus muchas diferencias y la originalidad que aporta su autora. Uno de sus puntos fuertes no solo es el personaje de Feyre, del que os he hablado anteriormente, sino que también lo es el de Rhysand. Un personaje sensible, implicado y valiente por un lado, y seductor y misterioso por el otro, que se está convirtiendo en uno de los personajes más interesantes que he descubierto dentro de la literatura juvenil.

Sarah J. Maas recrea, a través de esta historia, un mundo mágico y lleno de trampas, aventuras, traiciones y verdades a medias, muy bien construido y con personajes bastante bien desarrollados en los que profundiza y con los que he disfrutado a lo largo de las más de quinientas páginas (con algunos más que con otros…). Eso sí, esta autora es experta en hacernos sufrir. El final de esta novela me ha dejado, literalmente, con la boca abierta y muerta de ganas por leer su continuación. Y, desgraciadamente, aún nos queda mucho por esperar…

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Los años ligeros, Crónicas de los Cazalet, de Elizabeth Jane Howard

Los años ligeros, Crónicas de los Cazalet

Justo el otro día comentábamos varios reseñistas que, precisamente, las reseñas que más nos cuestan hacer son las de los libros que más nos han gustado. Así dicho suena rarLos años ligeros, Crónicas de los Cazaleto, pero tiene sentido. Queremos decir tantas cosas del libro y tan bien que tememos quedarnos cortos y no estar a la altura. ¿Y por qué os cuento esto? Pues porque el libro del que voy a hablaros hoy es precisamente uno de esos libros. Así que desde ya os pido disculpas, porque no sé si voy a ser capaz de transmitiros todo lo que quiero sobre él, pero lo haré lo mejor que pueda.

No sé bien por qué, siendo yo tan poco lady, me gustan tanto este tipo de libros tan british de principios del siglo XIX. Una época complicada, donde el fantasma de la Primera Guerra Mundial y la amenaza de la Segunda Guerra Mundial están más que presentes, donde las mujeres han de ceñirse a su papel sin osar salirse de él y donde, como diría Javier Krahe, todo es vanidad. Porque a pesar de las miserias y los miedos, la apariencia lo era casi todo. Y más si provienes de una familia acomodada, como es el caso de los Cazalet. Los años ligeros, Crónicas de los Cazalet, se centra en las vivencias de esta familia en los veranos de 1937 y 1938. Imaginad si es extensa la familia, que al comienzo del libro, encontramos un árbol genealógico de la misma y de su personal doméstico.

El Jefe y la Duquesita son los padres de Hugh, Edward, Rachel y Rupert. A ellos hay que añadirles sus respectivas mujeres, Sybil, Viola y Zoë y una tropa de nueve nietos con sus niñeras y demás personal. Todos ellos pasarán juntos los veranos de 1937 y 1938 en Home Place, una casa señorial propiedad de la familia que se encuentra en la campiña de Sussex.

Lo que sucede en las cuatrocientas y pico páginas del libro no es más que la vida misma. Actividades cotidianas, rutinas y, como os decía, un poco de vanidad. Pero, si hay algo que me gusta de este tipo de novelas, es que tras la aparente calma, tras toda esa monotonía y liviandad, siempre se esconde algo más. Y es que los sueños y pasiones de todos y cada uno de los componentes de esta familia van desgranándose a lo largo de la novela de manera magistral.

Los años ligeros, Crónicas de los Cazalet es un reflejo maravilloso de las costumbres de la alta sociedad británica de aquella época.  La prosa de Elizabeth Jane Howard me ha parecido una maravilla. Una observadora nata e inteligente, honesta y sumamente cautivadora.

¿Sabéis? Podría pasarme horas hablando de todos los personajes, de cómo han ido evolucionando a lo largo de la novela, de lo que me han trasmitido cada uno de ellos. También podría hablaros de las ganas con las que volvía a retomar la lectura del libro, de cómo la autora me ha llevado a aquellos veranos haciéndome sentir allí, como una observadora más de la familia Cazalet.

Lo mejor de todo esto es que Los años ligeros, Crónicas de los Cazalet es el primer de cinco libros, así que tenemos familia Cazalet para rato. No hace ni veinticuatro horas que acabé el libro y ya estoy deseando leer el siguiente. Voy a tener que escribir a Siruela para que me digan cuándo van a publicar el siguiente, porque a ver cómo lleno yo ahora este vacío.

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Las lágrimas de Claire Jones, de Berna González Harbour

Las lágrimas de Claire Jones

Las lágrimas de Claire JonesEl año pasado disfruté mucho leyendo Sangre en los estantes, la pequeña enciclopedia de novela negra que ha dejado Paco Camarasa como legado a todos los aficionados de este género. Entre sus múltiples recomendaciones literarias, el dueño de la mítica librería Negra y Criminal terminaba dedicando un espacio a la nueva generación de escritores españoles, encargados de mantener la esencia y el nivel del género negrocriminal patrio. Liderados por Carlos Zanón, entre estos “nueve novísimos” (así los bautizó Paco) se encuentra Berna González Harbour, cuya última novela, Las lágrimas de Claire Jones, llega a Destino tras dos novelas previas publicadas en RBA.

Estamos ante el tercer caso de la comisaria María Ruiz, antigua psicóloga de la Policía Nacional que tras un trágico suceso decidió dejar el diván y convertirse en policía. Siempre que se empieza una saga policial por su último caso, tenemos el hándicap negativo de no saber mucho de cómo y por qué han llegado los personajes a su estado actual. Este libro no es una excepción, pero aun así no es impedimento para disfrutar de una buena novela negra. En este momento, encontramos a María destinada (o mejor dicho, desterrada) en Soria, una de las provincias más tranquilas y desesperantes para un investigador del cuerpo. Semanalmente visita en Ávila a Tomás, compañero de trabajo que lucha por salir del coma, y con el que María estaba decidida a empezar una relación antes del fatal accidente derivado del último caso que investigaban. Su monótona vida da un cambio cuando en una visita de fin de semana a su compañero y amigo Carlos, comisario en Santander, ambos descubren, en un coche abandonado, en cadáver de una joven mujer. Dicho cadáver viene acompañado de un ejemplar de 1998 del diario británico The Times con una noticia recortada. Pese a no estar bajo su jurisdicción, la comisaria ve en este caso la oportunidad perfecta para salir de su rutina y volver a sentirse policía, en un caso en el que conocerá los entresijos de la comunidad inglesa afincada en Cantabria y en especial la labor de los cuáqueros, comunidad religiosa de la que poco o nada sabía hasta ahora.

Berna González Harbour hace de María Ruiz un personaje fuerte, condición indispensable para conseguir llegar a comisaria en un mundo tan difícil como el de la Policía. Su determinación y arrojo le hace ganarse la lealtad de todos los que comparten el día a día con ella, a pesar de que en esta ocasión parece que alguien de las altas instancias quiere quitársela de en medio sacando trapos sucios de su pasado. La aparición del cadáver en Santander hace de catalizador en María, que lo encuentra como la excusa perfecta para iniciar una huida hacia adelante para redimir o expiar parte de sus pecados y temores.

Pese al inicio un tanto titubeante, Las lágrimas de Claire Jones empieza a coger ritmo a base de capítulos cortos y una tensión que va in crescendo por momentos. El mundo de las corruptelas policiales, la prostitución y las drogas pintan una visión no tan idílica de una ciudad como Santander. Berna se vale de tres voces para ir contando todo el proceso, aunque son María (presente) y Claire Jones (pasado) las que cogen el peso narrativo y van desvelando poco a poco los misterios ocultos. Pero si en el inicio encontrábamos alguna pequeña pega, poco malo se puede decir de su brillante final. La novela negra nos tiene acostumbrados a finales de infarto, pero créanme si les digo que las últimas 50 páginas de esta novela tienen una calidad superior a la media. Decir que sus últimos capítulos cortan la respiración y mantienen al lector pegado al sofá puede sonar a tópico recurrente, pero en este caso dicho tópico no falta para nada a la verdad.

Y ya que he empezado hablando de Paco Camarasa, también me gustaría terminar citando sus palabras. Este erudito del género, aseguraba que estos “nueve novísimos” iban a dar un “futuro espléndido a la novela negrocriminal”. Y no puedo estar más de acuerdo. Berna González Harbour hace merecimientos suficientes para estar en esa lista exclusiva de escritores. Y Las lágrimas de Claire Jones son el ejemplo perfecto. Una novela de alta calidad, con un personaje atractivo que hace ganar adeptos al género negro.

César Malagón (@malagonc)

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Recuerda aquella vez, de Adam Silvera

Recuerda aquella vez

Recuerda aquella vezEn 2015 dos debuts literarios dieron mucho que hablar en Estados Unidos. Los dos libros de corte adolescente ahondaban en la temática LGTBI y tanto lectores como prensa especializada elogiaron a los dos jóvenes autores. Llegando a cosechar en ambos casos un sinfín de seguidores y numerosos premios. El primero de estos libros fue Yo, Simon, Homo Sapiens de Becky Albertralli que ya reseñé en su momento. La misma editorial de entonces, Puck, vuelve a dar en la diana al traernos ahora la segunda de esas obras. Y es que Recuerda aquella vez se merece toda la atención que el lector patrio pueda darle. Frente a la novela de Albertralli que en su momento clasifiqué de ligera y divertida, nos encontramos ahora con una historia bastante más seria y dramática, donde el devenir de los acontecimientos golpea de lleno a unos personajes que sólo buscan saber quiénes son y entender cómo funcionan sus resortes internos. No es una novela fácil. No trata de disimular ni endulzar una realidad aún hoy vigente, llegando a utilizar la ciencia ficción para barajar la posibilidad de ser feliz. Adam Silvera va en serio y no titubea en dejar claro que su novela no es un paseo tranquilo.

Aaron Soto no lo ha tenido fácil. Este adolescente de la periferia neoyorquina sabe que la vida no tiene ningún miramiento con los que dudan. La cicatriz con forma de sonrisa de su muñeca le recuerda cada día que estuvo muy cerca del abismo y que desde ese momento el abismo sabe cómo encontrarle. Tras el suicidio de su padre y el futuro poco halagüeño que se le presenta, la vida se manifiesta como una cuerda tensa que requiere una fuerza de voluntad de hierro si se quiere avanzar sobre ella. Sin embargo no se encuentra solo, con una pandilla de amigos de naturaleza ambigua y una novia que lo idolatra, parece que de momento tiene las espaldas cubiertas. Hasta que llega un nuevo vecino. Y es que la aparición de Thomas y la amistad que surge entre este y Aaron pone a todos en un estado de tensión inexplicable. Ante los impedimentos que parecen surgir de esta nueva alianza y los recuerdos aún presentes de encontrar a su propio padre desangrado en la bañera, surge el Instituto Leteo como la solución a todos los problemas. Porque ¿quién no querría acudir a una institución en la que te hacen olvidar cualquier trauma o pasaje de tu propia vida que no te permite avanzar ni desarrollarte como persona?

Adam Silvera sabe de lo que habla. La integridad de su personaje protagonista va un paso más allá de la técnica y rebosa autenticidad en cada una de las páginas de esta novela. Aaron Soto ahonda en su conflicto desde muchos ángulos y el autor sabe cómo añadir capas a la incapacidad de salir adelante sin una solución mágica, sin la ayuda de ese centro médico que comercializa el olvido. Porque para hacer plausible el suicidio dentro de la cabeza del adolescente protagonista, se nos presenta un recorrido lleno de enfrentamientos en los que la indulgencia brilla por su ausencia. Un contra las cuerdas en toda regla en el que la belleza es pisoteada en cada intento de germinar. La violencia y el rechazo se convierten así en un tipo de afecto cruel que poco tiene que ver con el amor pero sí con la necesidad de pertenencia. No mentiría si dijese que este es el libro Young Adult más oscuro que he leído en mucho tiempo. Silvera se encarga de darnos la mano en el primer tramo de la historia, para dejarnos completamente solos cuando el relato avanza. Cuando se ha hecho completamente de noche en la novela y no sabemos cómo volver a casa sanos y salvos. Si uno avanza, consigue aprender una cosa o dos del mundo en el que vive. Pero no hay aprendizaje sin rasguño. No hay conocimiento auténtico sin que el cuerpo se rompa.

Hay toda una literatura que ahonda en las segundas oportunidades. Todo un género literario que nos habla sobre aquello en lo que podemos convertirnos si empezamos de cero. De algún modo es tranquilizador. Saber que dicha posibilidad está ahí. Saber que podemos formatear el sistema y apretar el botón de encendido como la primera vez. Este tipo de historias siempre contienen un sótano en su interior. Recuerda aquella vez no es una excepción. Aaron Soto guarda en él las partes de sí mismo que ha decidido sacrificar. La vergüenza, el rechazo, el miedo. Como si fueran cadáveres cuya descomposición no molesta. También hay una literatura de sótanos. Y en todas estas historias alguien acaba bajando y cruzando el umbral. Descendiendo, descubriendo y liberando. Esta novela no es una excepción. Porque de nada sirve una segunda oportunidad si no suma de algún modo. Porque cambiar cuando nosotros no somos el problema es tan útil como olvidar para no volver a equivocarnos.

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Canción dulce, de Leila Slimani

canción dulce

canción dulceCuando he leído una novela que me ha gustado mucho y sé que la voy a reseñar, ni por asomo se me ocurre leer ninguna reseña o crítica sobre ella hasta que yo no he hecho la mía. Otra cosa son las entrevistas y las biografías de autores a los que no conozco y que me han dejado gratamente impactada. Porque conocer un poco de la vida del autor me ayuda, en ocasiones, a profundizar en su obra una vez leída.

Canción dulce, es un libro que me regaló una buena amiga, muy poca gente me regala libros y ella es una de esas pocas. Yo les entiendo, no es fácil que nadie sepa qué he leído y qué no he leído a lo largo de cada mes, ya que aunque bastantes son los libros de los que hablo y que reseño, hay otros muchos que poco o nada me han aportado y no suelo hablar de ellos, y naturalmente tampoco los reseño. Luego están los que ni termino de leer, y les diré que no siempre porque me parezcan mal, en ocasiones ha habido buenos libros que he tenido que dejar para más adelante, para otro momento, ya saben que hay lecturas para cada momento y momentos para cada lectura de nuestra vida.

El caso es que inicié esta Canción dulce sin saber muy bien en qué mundos me adentraba, y como suele pasar era el momento y era el lugar… El libro me funcionó tan bien que fue de esos que leí en exclusiva, aparqué todo lo que tenía entre manos para dedicarme por entero a la historia que me ofrecía esta autora.

Leila Slimani inicia su tremendo thriller de la forma que menos me gusta: Por el desenlace. Así que mi mente me recuerda que hay que tener una historia muy potente para atreverse a mostrar al lector semejante final en las primeras palabras:

“El bebé ha muerto. Bastaron unos pocos segundos. El médico aseguró que no había sufrido. Lo tendieron en una funda gris y cerraron la cremallera sobre el cuerpo desarticulado que flotaba entre los juguetes. La niña, en cambio, seguía viva cuando llegaron los del servicio de emergencias. Se debatió como una fiera… ”.

Ahora que he terminado el libro, y ahora que conozco la historia, tengo que reconocerles que su lectura me ha tenido atrapada durante los días que le he dedicado. Aunque no leí la contraportada del libro, no puede evitar leer en la faja que había recibo el Premio Goncourt 2016, así que sin desmerecer para nada al género que tengo entre manos, y según avanzaba en la lectura, sabía que entre mis manos había algo más que ya estaba empezando a intuir…
Y me gustaba.

La autora acierta con el narrador, un observador atento y por ello conocedor de la realidad actual francesa, pero sobre todo un narrador (o narradora) que conoce del sentimiento humano, de lo desconocida que puede llegar a ser la mente de quienes nos rodean, de nuestras miserias y egoísmos, de cómo podemos pasar de comprender a uno de los personajes a sentir la misma humillación que sienten otros…

Myriam, abogada de origen magrebí; Paul, su marido, se dedica al mundo de la música; y sus dos hijos, Mila y el pequeño Adam, forman una bonita y típica familia joven francesa. Ella quiere retomar su vida profesional y para ello precisan recurrir a la contratación de una niñera, cosa que llevan a cabo con lo que ellos creen que ha sido exquisita diligencia, convirtiendo a Louise, mujer de unos cuarenta años, francesa y blanca, en una parte fundamental de sus vidas.

Verán, cuando yo era joven mis primeros sueldos los gané cuidando niños, es lo habitual en estudiantes. El caso es que hablando con muchas chicas que, como yo, ganaban algo de dinero con estos trabajos, me contaban que primero todo el mundo quiere que le cuides a su hijo porque es su bien más preciado, pero en nada eso se les olvida y pasan a querer una chica para todo por un mísero sueldo, pretenden que se sienta como una más de la familia… La verdad es que mirando a mi alrededor me doy cuenta de que las cosas no han cambiado mucho en ese sentido.

En realidad lo que he leído es una novela que pareciendo un thriller es una historia en la que lo que prevalece es la carga emocional, no es tanto querer saber qué ha pasado como comprender el porqué. Una profundas reflexión sobre la soledad y sus consecuencias … En fin, no crean que habiéndoles contado tanto les he contado nada, por sus casi trescientas páginas que no querrán que terminen, verán cómo se pasa la vida y cómo se viene la muerte, tan callando.

Cada uno de ustedes van a tener su propia lectura de esta novela, y esa creo que es una de las maravillas que consigue Leila Slimani con su obra, esta Canción dulce que como les decía ganó el Premio Goncourt 2016. Y si a mí me preguntan, y teniendo en cuanta que yo no soy amiga de premios literarios, les diría que muy merecidamente. Teniendo en cuenta la juventud de la escritora (1981) y su trayectoria ya que su primera novela, Dans le jardín de l´ogre (2014) obtuvo el reconocimiento unánime de la crítica francesa, y ya ven como le ha ido con su segunda, y por eso creo que Francia puede asegurarse un gran futuro literario a través de sus muchas jóvenes escritoras.

En ocasiones no es fácil transmitir todas las emociones que nos ha provocado una lectura, y al leer y releer la reseña que uno hace piensa que falta algo, que aun no está todo dicho, pero sé que podría estar aquí dos horas más dándole al teclado y siempre me faltará algún detalle, así que no les canso más, pero sí les recomiendo que lean esta obra que pareciendo una sola cosa nos ofrece un mundo de ellas.

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La torre negra, de P.D. James

la-torre-negraA veces pasa que, cuando leemos un libro que no es necesariamente ni muy conocido, ni muy elogiado por quienes lo conocen, nosotros vemos claramente lo que es: una obra maestra. Entonces nos llevamos las manos a la cabeza: ¿cómo es que casi nadie más se ha dado cuenta, o casi nadie lo considera así? (Digo “casi” porque una búsqueda en Internet me tranquilizó, confirmándome que sí ha habido críticos que han dicho que La torre negra es lo que a mí me parece que es: un monumento literario, una obra adelantada a su tiempo, seguramente aún incomprendida, inmerecidamente arrinconada en la vasta categoría de libros menores, ni muy buenos ni malos, del montón, libros que se dejan leer, o, a lo peor, libros que están bien pero que pueden resultar aburridos y que, por tanto, están indicados sólo para unos pocos). Y por eso, La torre negra, que es en realidad la obra cumbre de P.D. James, quien es a su vez una de las autoras supremas de la novela de misterio, de todas las épocas, todas las lenguas y todos los subgéneros, no es ni tan conocida ni tan celebrada como, a mi juicio, debería ser. Quizá algún día lo sea.

Y sí, es la pura verdad: La torre negra no es ni será plato para todos los gustos. Ni siquiera, o muy especialmente, tal vez, del gusto de muchos amantes de la literatura de misterio. Porque La torre negra trasciende todos los géneros. Es, sencillamente, algo tan difícil de encontrar, un placer tan raro, como lo es un libro magnífico, maravilloso, un libro cumbre; cuando algo es así de bueno, poco o nada importan las etiquetas que se le quieran poner; su excelencia supera todas ellas y las muestra como lo que son, esfuerzos para limitar, reducir y clasificar lo irreductible e inclasificable. Es una muestra acendrada de un don, el de la literatura, que va más allá del mero talento, el cual, con ser valioso, es un ente más fácilmente explicable. El don, la genialidad, la libertad que ejerce un escritor cuando escribe lo que sabe y como sabe, a despecho de las normas no escritas de un género cualquiera, es algo que sólo cabe ser disfrutado.

Sin embargo, sí, La torre negra se adscribe al género de misterio, más concretamente a la tipología de novela-problema, en la cual han destacado, por alguna razón, los autores ingleses. P.D. James vuelve a recurrir a su protagonista más asiduo y más popular, el superintendente de Scotland Yard Adam Dalgliesh, policía-poeta, culto, refinado, muy británico, lánguido, frío como un pez pero entrañable, a su particular manera. De entrada, al lector le espera un preludio que marca el tono del resto de la novela: Dalgliesh acaba de recibir el diagnóstico de que no está enfermo de leucemia y de que su muerte no se espera a corto plazo, lo cual, como no es sorprendente tratándose de Dalgliesh, lo sume en una equívoca depresión. Además, ha dejado la policía y ya no quiere dedicarse a resolver asesinatos. Está aún convaleciente cuando decide que va a atender la llamada por carta -estamos en 1974- de un viejo amigo, el padre Baddeley, que vive en una pequeña y cerrada comunidad médico-religiosa de la costa de Dorset, cuyas necesidades espirituales atiende. La carta no desvela el motivo de la llamada del pastor, quien, como era de esperar, resulta haber muerto para cuando Dalgliesh llega a su destino.

La historia está ambientada en una comunidad muy cerrada, aislada del resto del mundo, tanto física como psicológicamente, y está poblada por personajes a cual más singular; casi todos son minusválidos postrados en sillas de ruedas, agrupados alrededor de una figura de líder carismático, el benefactor y fundador de la comunidad; también son personajes destacados el personal sanitario que los atiende y un par más de residentes. James deja muy claro en los compases iniciales que ni a los personajes, incluido el propio Dalgliesh, ni al lector le será posible abandonar Toynton Grange, que así se llama la residencia, y sus inmediaciones hasta que a la autora le parezca conveniente; la comunidad es como un círculo o un poblado maldito cuyos habitantes están condenados a no poder rebasar sus fronteras. Pacientes, trabajadores y residentes sanos forman una especie de clan cuyos miembros están fuertemente unidos entre sí por lazos de amor, odio, rivalidad, enemistad, alianzas prácticas y desprecios. No hay ni un solo personaje que a P.D. James le caiga en gracia, y esa misantropía -signo distintivo de la autora, por otro lado, famosa por el desdén y la crueldad con los que trata a sus criaturas de ficción- provocará que la novela participe de un más que llamativo feísmo; más que en ningún otro libro de P.D. James, desfilarán ante nuestros ojos personajes retratados como bajo un potente foco de luz fluorescente, observados con lupa todos sus defectos o simples particularidades físicas; recordaremos de esta novela personajes casi caricaturescos, con poros dilatados como cráteres, vello facial como cerdas de jabalí, vestidos y pintarrajeados como monigotes, de dientes descoloridos, frentes abombadas, piernas torcidas. El talento de la autora para la descripción le permite regodearse en tan crueles retratos. Sin embargo, justo es apuntar que esas caricaturas no son sino un reflejo fiel de la deformidad y las taras mentales, psicológicas y afectivas que sufren los personajes o que infligen a los demás. En efecto, se trata de personajes que es imposible querer, por los cuales ya es difícil sentir compasión alguna; de cada uno de ellos nos mostrará la autora breves pero elocuentes retazos de vida, con todas sus miserias, depresiones, complejos, traumas, sentimientos difíciles de expresar e imposibles de justificar. Son personajes perdidos, anulados, de sexualidades reprimidas o neurotizadas, incapaces de relacionarse normalmente con ninguna otra persona. Y Adam Dalgliesh, pese a ser un personaje prácticamente carente de desarrollo -lo que sabemos de él lo sabemos porque él accede a compartirlo con el lector, no porque la autora nos permita conocerlo como hombre ni como policía-, es por eso el único que sale indemne de su paso por estas páginas.

Se ha afirmado que el gran don de P.D. James, su personal aportación a la literatura de misterio, es que escribía novelas de misterio como si fueran simplemente novelas, y estoy completamente de acuerdo. Es cierto que en La torre negra hay asesinatos, luego hay un misterio que desentrañar, pero no es menos cierto que esos asesinatos no se presentan como bombas de enorme poder destructivo en medio de una sociedad o comunidad por demás ordenada y correcta, sino como sucesos que afectan al resto de personajes de formas tan imposibles de prever como reveladoras en sí mismas y desencadenantes de dramas humanos de magnitud incalculable que, estos sí, juntos y en cadena, cambiarán irremediablemente y para siempre aquella sociedad en la que han ocurrido. Los crímenes de P.D. James – y La torre negra es una perfecta muestra de ello- son, en el fondo, colosales McGuffins que hacen el papel de motor de un cambio que ya estaba en ciernes antes de ese crimen, y que éste no hace sino acelerar inexorablemente. Por eso, Dalgliesh no compartirá en ningún momento la cadena lógica o deductiva que lo ha llevado a descubrir la solución del enigma; esta simplemente nace en él y Dalgliesh es un mero activador de esa solución.

A pesar de ese escamoteo de información, P.D. James es una autora bastante justa para con el lector, y resulta admirable su intuición a la hora de administrar los datos, las pistas verdaderas cuidadosamente dosificadas y envueltas en banalidades o perdidas en escenas cargadas de todo tipo de información jugosa y colorida, pero por lo demás insustancial. Todo ello ocupa su lugar en la resolución final, y cada pista es debidamente rastreada, recuperada y explicada. Si Agatha Christie es la maestra de las soluciones sorpresa, P.D. James lo es de la colocación de las pistas.

El desenlace configura una secuencia memorable, a caballo entre lo tormentoso y terrorífico y lo onírico y surrealista. Y una parte nada desdeñable del protagonismo lo adquiere esa siniestra torre negra -inspirada, al parecer, en una edificación real, concretamente en la Torre Clavell (si buscan la imagen en Google, prepárense para tener pesadillas esta noche)- que parece tener vida propia pero que es, paradójicamente, símbolo de la muerte que preside toda la acción.

Hay que advertir de dos cosas sobre esta lectura. La primera: es lenta, muy lenta. Quienes busquen aquí una lectura de misterio con fines de evasión probablemente encontrarán irritante la morosidad de James, que describe ampliamente lugares -muy importantes en la narrativa de la autora-, personas, situaciones, escenas, detalles; incluso varias veces a lo largo del libro. La segunda: puede llegar a ser deprimente. No sólo el carácter desesperanzado de una comunidad formada por enfermos incurables sumidos en la melancolía, la amargura y la soledad, sino también el bache personal que está atravesando Dalgliesh contribuyen a ello; también el aislamiento algo irreal en el que viven todos los miembros de la comunidad. No hay en La torre negra apenas sitio ni tiempo para bellos sentimientos, con excepciones, que las hay; predomina el comentario social por parte de la autora, que pone al desnudo y hace irrisión de vicios morales y sociales tan extendidos en aquella época como en ésta; el postureo místico, los líderes de pacotilla aupados en realidad sobre los hombros de una irreprimible egolatría, la codicia sin límites, la malicia embozada en una apariencia de inocencia, el miedo a la libertad, la maledicencia… todo ello es claramente denunciado por una autora que jamás hizo dejación de su papel de crítica social, utilizando para ello un microcosmos ficticio creado a imagen y semejanza del mundo real.

Al final de todo, en La torre negra tenemos, además, una ingeniosa trama criminal, que sigue siendo perfectamente válida a día de hoy, con una solución y un misterio soterrado muy bien pensados y capaces de agradar al lector de misterio más exigente.

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La invasión de las bolas peludas, de Luke Rhinehart

La invasión de las bolas peludas

La invasión de las bolas peludasEl pasado 20 de abril, el escritor Eduardo Mendoza recogía en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares su más que merecido Premio Cervantes. En su discurso ponía en valor el humor como género literario, ese humor que ha impregnado toda la obra del barcelonés, legándonos personajes que ya forman parte de nuestra literatura como su marciano Gurb o aquel detective anónimo que tantas novelas ha protagonizado. Y empiezo hablando en esta reseña del maestro Mendoza porque el libro del que hoy vengo a hablaros es una de las novelas más divertidas que se han publicado en los últimos años, casi a la misma altura que Sin noticias de Gurb.

La invasión de las bolas peludas es la última obra del norteamericano Luke Rhinehart, autor de la novela El hombre de los dados que tan famoso le hizo en los años 70 y que tuve la suerte de leer el año pasado gracias a la oportuna recuperación de los amigos de Malpaso. En esta ocasión, Rhinehart se vale del humor para hacer una divertida, voraz y ácida crítica al sistema capitalista norteamericano simulando una invasión alienígena de lo más curiosa. Empecemos explicando un poco la historia. Billy Morton es un pescador entrado en años que vive una vida tranquila basada en su vieja embarcación pesquera y una plácida familia en Long Island formada por su joven esposa y sus dos hijos. Un día, faenando en el mar, aparece entre sus redes un raro pez con forma esférica y pelos plateados. Ante el estupor de Billy y sus compañeros, la bola empieza a dar botes por la embarcación y al llegar a tierra, decide acompañar a nuestro protagonista a su casa, convirtiéndose en la mascota ideal para sus dos hijos. Este pequeño bicho, apodado Louie, resulta no ser el único en la Tierra, y aunque solo parecen querer divertirse, en sus actos empiezan a advertirse unas intenciones no tan benévolas. Cuando estos nuevos habitantes comienzan a organizar hackeos masivos a grandes empresas (Agencia Nacional de Seguridad incluida) y sabotajes varios, la maquinaria del sistema capitalista y el Gobierno de los Estados Unidos tratarán por todos los medios de parar esa presunta amenaza, convirtiéndose los Morton en los grandes perjudicados por su intento de defender a esas inofensivas bolas de pelo.

Si El hombre de los dados tenía diálogos sublimes capaces de sacarte una sonrisa, en esta ocasión contamos con capítulos enteros de carcajada sonora, de esa que produce agujetas en el estómago al día siguiente, sobre todo para los que no solemos ejercitar suficientemente los consabidos abdominales en el gimnasio. Las primeras cien páginas del libro son una auténtica delicia, si bien es cierto que a partir de ahí el nivel de risas (no de calidad) empieza a decrecer. El mérito principal de Rhinehart no es solo hacer reír al lector, haciendo válida esa máxima que dice que es más difícil hacer reír que hacer llorar; el verdadero mérito está en utilizar el humor (mezclado con la ciencia-ficción) para sacar los colores a un sistema político, financiero y social lleno de carencias. Mientras los proteicos (así serán bautizados estas peludas bolas) parecen tener como único fin la diversión, los EEUU se pondrán su traje de salvadores del Mundo (ese disfraz que tantas veces suelen ponerse sin que nadie se lo pida) para hacer, una vez más, el mayor de los ridículos. Louie, Galimatías, Molière, LS y su séquito proteico, una vez conocidos los modos de comportamiento de la raza humana, arrojan un veredicto demoledor sobre nosotros. La estupidez humana no tiene límites. Tal cual.

Luke Rhinehart decide contarnos esta historia de una manera muy original, llevada a cabo con acierto. En La invasión de las bolas peludas se van mezclando distintas voces y distintos relatos, salteándolo de vez en cuando con ficticios informes policiales, recortes de periódicos y varios extractos del “Nuevo diccionario proteico del idioma americano”, donde el autor saca toda su artillería irónica y satírica. Y para muestra, os dejo dos definiciones de este divertido repertorio.

CAPITALISMO: Apaño económico para que las empresas privadas y los muy ricos organicen el sistema y puedan controlar los medios de comunicación, a los políticos y todas las ramas del gobierno con el fin de garantizar que las cuentas bancarias de los ricos, por los ricos y para los ricos no desaparezcan de la faz de la Tierra.

REINO UNIDO: Portaaviones estadounidense situado cerca de las costas europeas, usado para bombardear a ciudadanos árabes en varios lugares de Oriente Medio y África.

Al igual que le pasaba con su gran obra, el principal defecto de Rhinehart reside en un exceso de páginas que, pese a ser digerible, impide a su novela alcanzar el sobresaliente. Pero aun así, no puedo más que terminar la reseña recomendando esta genial historia, una valor seguro en la literatura de humor actual y sobre todo, una novela llena de verdades que terminan por sacar los colores a más de uno.

César Malagón (@malagonc)

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Superlópez: El Supergrupo contra el Papa cósmico, de Jan y Efepé

superlopez el supergrupo contra el papa cosmico

superlopez el supergrupo contra el papa cosmicoAún me duele en lo más profundo de mi alma, como unas manos con afiladas garras que desde mi interior intentan abrirse paso a través de mi pecho, cada vez que pienso en lo que pasó en aquella mudanza. Un malentendido hizo que todos mis tebeos de Mortadelo y Filemón, Rompetechos, Zipi y Zape y Superlópez, que había atesorado a lo largo de mi infancia, acabaran en el contenedor de la basura. Todos esos grandes momentos repletos de aventuras, risas y la más pura y sana distracción… todos mis amigos de celulosa y tinta acabaron perdidos; pero no olvidados.

De todos los mencionados fue Superlópez, parido por Juan López Fernández (más conocido como Jan) y amamantado en incontables ocasiones por el guionista Franciso Peréz Navarro (el cual acostumbra a firmar como Efepé) el que me arrancó las carcajadas más vibrantes y el que me condujo a las situaciones más disparatadas a través de historias organizadas y narradas de una forma que tenían más de cómic de humor franco belga que de español. Y sí, claro que sí, también tenían su puntito épico, como todo buen cómic de superhéroes americano, a pesar incluso de ese traje dos tallas más grande que el protagonista vestía y el mostacho tupido que no era sino el rasgo distintivo de todo buen macho ibérico; rasgos inequívocos de una excelente parodia del Superman de Jerry Siegel y Joe Schuster.

Las aventuras de Superlópez, en el que se contaban los divertidísimos orígenes de éste, El Supergrupo, en el que se narraba la fundación de un grupo de superhéroes que nada tenía que envidiar a los de las editoriales Marvel o DC, y ¡Todos contra uno, uno contra todos!, tercer álbum de la serie repleto de batallitas a porrillo del Supergrupo, son los tres cómics, muy complicados de conseguir (¿para cuándo reedición?) y que deberíais tener sí o sí si sois fans del héroe que cuando viste camisa y pantalones se hace llamar Juan López Fernández, pero que en su extinto planeta se le conocía como Jo-Con-Él.

En Superlópez: El Supergrupo contra el Papa cósmico, Jan y Efepé vuelven a las andadas, una vez más, y para deleite de los fans, para traernos la última aventura del conjunto de héroes que recuperaron en 2013 con Otra vez el Supergrupo. En esta ocasión los superhéroes deberán recuperar su Superbase y expulsar a un extraterrestre que se les ha colado como ocupa argumentando que es el verdadero dueño del lugar. Si bien es cierto, ellos tampoco pueden demostrar que les pertenezca, ya que su anterior residente fue el villano llamado Chinito Mandarín y este no les dejó ningún documento para demostrarlo. ¡Qué desconsiderado! A esto hay que añadirle que la iglesia católica, ayudándose de estrategias poco honrosas, también pugna por hacerse con la propiedad, de la cual no piensan pagar ni un puto euro del IBI. ¡Toma ya! El embrollo está servido.

Superlópez: El Supergrupo contra el Papa cósmico, al igual que la mayoría de las aventuras del héroe patrio (sin contar los primeros álbumes), ya sea en solitario o acompañado, goza siempre de al menos dos lecturas. Una es la del cachondeo puro: chistes inofensivos y aptos para todos los públicos, burradas varias y gamberradas en cada viñeta, además de toneladas de mamporros al final. La otra, más profunda, es cuando descubres el tema de actualidad o social que los autores están tratando, así pues no es de extrañar que en muchas de sus historietas los verdaderos enemigos vistan traje y corbata, ocupen un escaño en el gobierno, trabajen en un banco o repartan mamporros, porra en mano, entre la gente más humilde.

Esta vez son las religiones y sus guerras absurdas por conseguir almas de desdichados inocentones o territorios ya ocupados, mientras enarbolan la bandera de “mi religión es la única y verdadera”, el tema sobre el que versa toda la narración. La lenta burocracia, que en ocasiones solo se pone en movimiento tras una ostensible “donación”, también recibe su parte. Así pues, con fina ironía y haciendo malabarismos para contar lo que han venido a contar pero sin ofender (o al menos no demasiado), los autores no solo retratan la realidad del radicalismo religioso (sobretodo el islámico pues es el que últimamente es más visible) sino también la polémica, que tan de actualidad está en España, sobre la iglesia católica, sus abusos de poder, sus posesiones y su exención a la hora de pagar impuestos.

Superlópez: El Supergrupo contra el Papa cósmico, publicado por Ediciones B, resulta una lectura amena, a pesar de ese inicio engorroso al cual le cuesta arrancar y que resulta un preludio demasiado largo para un álbum de cuarenta y ocho páginas. Con todo, una vez la historia se pone en marcha y mete primera, es Superlópez en estado puro: con esos enfrentamientos absurdos y descacharrantes entre los integrantes del Supergrupo, las críticas necesarias, y colmadas de humor incisivo, hacia los sectores más corruptos y podridos de la sociedad, y con una nueva e irrepetible aventura que resulta una grata lectura.

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La vida en el campo, de Julia Rothman

La vida en el campoHay gente que tiene grandes sueños sobre cómo pasar los últimos años de su vida. Ya saben, una vejez tranquila en enormes casas situadas en ciudades de renombre, con viajes de ensueño cada pocos meses a lugares exóticos y retiros dorados a zonas costeras, donde la única preocupación sea la de darse la suficiente protección solar cada mañana. Los míos diría que son más grandes aún. Mi idea es que, cuando me llegue la edad de jubilación (que, haciendo un cálculo optimista, estará sobre los ochenta años para esa época), haya ahorrado lo suficiente para retirarme a la casa de piedra que tiene mi familia en un diminuto pueblo metido entre montañas, preparar adecuadamente el huerto, comprar unos cuantos animales y regresar a la civilización sólo cuando sea estrictamente indispensable. Nada me haría más feliz. Y a este respecto puedo decir que La vida en el campo, de Julia Rothman, ha sido otro empujoncito más para seguir conservando esas ganas de regresar a donde uno se puede sentir realizado con tan poco.

Con dibujos sencillos y alegres, la autora ha hecho un compendio de todo aquello que considera necesario para vivir y disfrutar del campo. Las explicaciones que acompañan a las ilustraciones no son demasiado técnicas ni minuciosas ni lo pretenden; el deseo de Rothman parece ser más el de acercar el mundo rural a tantos y tantos que se han distanciado de él (o que ni siquiera han tenido la oportunidad de conocerlo) que el de hacer un manual propiamente dicho. Ello no quita para que se aporte información sumamente interesante sobre aspectos que, aunque solo sea para aumentar nuestra cultura general, resultan enormemente curiosos, como el nombre de los hilillos blanquecinos que sobresalen en la yema de los huevos de gallina cuando los rompemos (chalazas) o la cantidad de litros de agua que consumen diariamente distintos animales de granja.

Titulado originalmente Farm anatomy, como parte de una serie de libros ilustrados que se completa con Nature anatomy y Food anatomy, más que para leer se trata de un libro hecho para disfrutar. Lo visual predomina enormemente sobre los textos y uno va pasando sus páginas sin apenas darse cuenta. En las ilustraciones se nota el aprecio que la autora tiene al campo, ya que a la jovialidad que transmite el dibujo se le suma un colorido muy vivo. La paleta de colores que emplea Rothman en este trabajo es muy variada y predominan sobre todo los colores cálidos y alegres. De hecho, ni siquiera es necesario tener el más mínimo interés por salir de la ciudad; La vida en el campo es principalmente un trabajo artístico, que puede disfrutarse perfectamente entre tubos de escape y veranos de cuarenta grados de temperatura a la sombra. Aunque exigen algo más de imaginación, desde luego.

Atractivo e interesante a partes iguales, este es un libro que espero poder retomar dentro de unos cuantos años, cuando llegue la hora de dejar de vivir para trabajar y de empezar simplemente a vivir. De momento seguiré echándole vistazos de vez en cuando, para abstraerme de los días en los que cuesta imaginar que hay algo más allá de los objetivos laborales y del nuevo dispositivo revolucionario de Apple. Aunque cueste creerlo.

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Historias breves de objetos cotidianos, de Andy Warner

historias breves de objetos cotidianos

historias breves de objetos cotidianos¿Sabes con qué extraño mejunje se frotaba la gente los dientes antes de que se popularizasen los cepillos? ¿Cómo las chapas de las botellas inspiraron a Gillette para inventar la maquinilla de afeitar? ¿Te imaginas de qué forma se utilizaron las cometas para matar a personas? ¿Por qué los nazis prohibieron los clips? Y la más difícil de todas: ¿cómo se llama ese puñetero muelle de colores que baja las escaleras solo?

No sé vosotros, pero a mí una persona me hace cualquiera de esas preguntas y se gana toda mi atención. Tengo fijación por los datos que, aparentemente, no sirve para nada. Mi cerebro es un cajón de sastre lleno de información curiosa. O, al menos, eso intento, porque la verdad es que se me olvida la mayor parte, pero no por eso dejo de hacer acopio. En cuanto descubro un libro de anécdotas literarias, cinéfilas o de cualquier otra temática, allá que voy. Así que nada más ver Historias breves de objetos cotidianos, escrito e ilustrado por Andy Warner, me lo adjudiqué.

Historias breves de objetos cotidianos da respuesta a las preguntas anteriores y a muchas más. Para ello, el libro se organiza en nueve secciones: el cuarto de baño, el armario ropero, el salón, la cocina, la cafetería, la oficina, la tienda de combustibles, el bar y exteriores. Gracias a las tiras cómicas de Andy Warner, recorremos los espacios que solemos transitar a diario y reparamos, quizá por primera vez, en esos objetos que forman parte de nuestra vida, para mirarlos con nuevos ojos al conocer las historias que tienen detrás. En este cómic hay anécdotas muy variadas. Las hay que explican el origen de inventos como la bañera, el aspirador y el microondas o cómo se descubrieron los usos que se podían dar a la canela, los granos de café o el hielo. Pero este libro también nos cuenta los trágicos hechos que protagonizaron algunos de esos alimentos u objetos, como las masacres que se llevaron a cabo durante la expansión de té por el mundo o por la fabricación de bolas de billar. Y como no podía ser de otra manera, nos relata lo difícil que fue la aceptación social de algunos inventos que hoy nos parecen indispensables, como el inodoro, el bolígrafo o las gomas de borrar, y otros tantos fracasos y luchas legales por las patentes. Y es que hasta detrás de la fruta enlatada hay una historia increíble.

Historias breves de objetos cotidianos aúna documentación fidedigna, buenos dibujos y grandes dosis de humor. El resultado es un libro tremendamente divertido e ilustrativo. Yo me lo he pasado genial leyéndolo y he aprendido un montón de cosas. Pero ya os digo que muchas se me olvidan pronto, así que tendréis que daros prisa en invitarme a vuestra casa o a un bar —¡me sé una historia genial sobre palillos de dientes!— si queréis que os ilumine con mi fugaz sapiencia. O mejor os leéis directamente el cómic de Andy Warner para no perderos ninguna de estas curiosas anécdotas, que os demostrarán que hasta detrás del objeto más insignificante hay una gran historia.

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El bosque de los troles, de John Holmvall

el bosque de los troles

el bosque de los trolesEmbobada, así me he quedado yo con El bosque de los troles. Y no es una forma de hablar, no. Me he quedado prendada de las preciosas ilustraciones de John Holmvall, sin poder apartar los ojos de las dulces expresiones de los niños que se adentran en los bosques y de los entrañables troles que salen a su paso. Vale, esos troles suelen raptar a esos aventureros niños, pero con esas enormes orejotas y narizotas es imposible que les tenga manía; en el fondo, no tienen malas intenciones… Y si la cosa se complica, siempre habrá un hada —elfina en el libro— o un duende que acudan a echar una mano, ¡son tan majos!

¡Ay, es que se me cae la baba con este libro! Si ha causado esa fascinación en mí ahora, que ya tengo una edad, imaginad lo que me hubiera provocado en la infancia. Me veo leyéndolo todos los días y cogiendo folios para intentar copiar las imágenes una y otra vez, hasta acabar calcándolas cuando me diera cuenta de que era incapaz de dibujar semejante maravilla. Si en este momento tuviera una máquina del tiempo, viajaría al pasado para regalarme este libro. Eso sí, con la condición a mi yo de siete años de que no calcara nada, que eso estropea las páginas y El bosque de los troles no merece ese atropello.

El talentazo de John Holmvall hace que este libro sea pura magia, pero también hay que dar las gracias a John Bauer, el ilustrador sueco en el que se inspira y que a principios del siglo XX fue el encargado de ilustrar las colecciones de cuentos de hadas suecos. La estética es prácticamente idéntica y, al igual que hiciera Bauer, John Holmvall recupera los cuentos populares nórdicos de troles, duendes y elfinas, pero para hacer las delicias de los niños del siglo XXI en esta ocasión. El bosque de los troles está compuesto de cinco historias: «El trueque», «Lía-María», «Los viajeros», «Cascabelita» y «El caminante». Pequeñas aventuras llenas de humor que nos adentran en ese mundo de magia que se esconde en las profundidades del bosque y que, además, nos enseñan a respetar la naturaleza, a buscar la verdadera esencia de nosotros mismos y el valor de la amistad. Un libro divertido, hermoso y con un toque instructivo. Una joyita, vamos.

el bosque de los troles ilustracion

Cuanto más hojeo El bosque de los troles, más me enamoro, y es que es el libro perfecto para soñar con seres fantásticos. Me parece imposible mirar estas ilustraciones y no retrotraerse a la niñez, esa época en la que pensábamos que si mirábamos en la seta adecuada, encontraríamos un gnomo; si observábamos bien entre la maleza, veríamos un hada revoloteando o si nos atrevíamos a entrar en la penumbra de las cuevas, nos toparíamos con una familia de troles.

¿Sabéis qué? Creo que con El bosque de los troles he hallado mi máquina del tiempo: con él no puedo viajar literalmente al pasado, pero me basta con contemplar las ilustraciones de John Holmvall para reencontrarme con la niña que fui. Quizá sea mi yo adulto el que necesitaba ese regalo.

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La república, de Joost de Vries

La república

La repúblicaTodos nos hemos sentido alguna vez reemplazados, de una manera u otra. Y eso duele. Ya lo creo que duele. No hay más que ver lo mal que llevan los antiguos presidentes del Gobierno de España volver a ser ciudadanos de a pie. Ni su puesto en un consejo de administración de una gran empresa consigue quitarles las ganas de seguir influyendo en el curso de la política, sin perjuicio de que sus declaraciones puedan perjudicar gravemente a su partido. Cuando te has creído ser algo durante mucho tiempo, salir de esa burbuja tiene que ser realmente difícil de afrontar.

Friso de Vos, el protagonista de La república, la segunda novela del autor neerlandés Joost de Vries, no sufre una substitución tan mayúscula como la que he comentado, pero esta es igual de traumática o más. Tras el fallecimiento de Josip Brik, un profesor universitario considerado una eminencia en los estudios hitlerianos, él, su fiel ayudante en la revista El sonámbulo, se tiene a sí mismo como su digno sucesor. Pero un percance médico durante un viaje a Chile, que coincide con la muerte de Brik, hace que Friso no pueda estar presente en la ceremonia, lo que es aprovechado por otro hombre, Phillip de Vries, para adueñarse del papel de discípulo principal del profesor.

Lo cierto es que el tema resulta tan rocambolesco que cuesta hacerse a él. De hecho, en las primeras páginas mi único pensamiento durante la lectura era «¿A dónde narices quiere llegar con todo esto el autor?». Pero poco a poco, y con la ayuda del creciente interés que va tomando la trama una vez que se despliega el contexto, uno empieza a entender que la sátira del mundo universitario que construye Joost de Vries es verdaderamente ácida y cruda. Con un humor que muchas veces roza el límite de lo publicable y algunas frases cada pocas páginas que provocan una risa culpable—«De verdad que Hitler no tiene nada que ver», le dice el protagonista a su maestro para justificar la separación de su novia—, esta novela atiza, y de que manera, a un mundo marcado por las apariencias y por la necesidad de demostrar continuamente que se está al tanto de todo lo que es meramente relevante a nivel intelectual. De hecho, la figura de Hitler, tan presente durante todo el relato, es una mera excusa, un elemento más de provocación que emplea De Vries para poder desarrollar su dura crítica al esnobismo ilustrado.

El otro aspecto que destaca sobremanera en esta obra es la ira. La obsesión que consume a Friso por ver cómo todos sus años de esfuerzos y de completa sumisión a su maestro han quedado en nada porque otro estuvo en el lugar adecuado en el momento correcto. La envidia y el rencor del protagonista quedan magníficamente reflejados, hasta el punto de que la narración, en primera persona, llega a ser enormemente surrealista y se hace complicado saber qué acontecimientos son reales y cuáles son meras ensoñaciones coléricas del discípulo destronado.

Desde mi punto de vista La república es una oda a la farsa, a la impostación tan habitual en el mundo de la cultura, en el que todo el mundo ha leído a Kant aunque no sepa citar el título de ninguna de sus obras. Una novela que contiene numerosos excesos (estilísticos, humorísticos, sexuales…) pero que consigue un resultado muy atrayente en su conjunto. Y es que en el caso de Joost de Vries, como dijo Shakespeare de Hamlet, hay método en su locura.

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