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Fairyland, de Alysia Abbott

Fairyland

Fairyland“Un poeta homosexual y su hija en el San Francisco de los setenta”.

No sé si estas palabras que aparecen en la portada del libro son las que me engancharon para elegir esta lectura, ya no lo recuerdo. Yo no sabía nada del poeta Steve Abbott y no había oído hablar de este libro. El título solo lo entendería al haberlo acabado y la portada, sin saber nada, es rara de narices, para qué engañaros. Sin embargo, llamadlo intuición, llamadlo azar, el haber leído este libro ha sido una de las mejores decisiones literarias que he tomado en los últimos meses. Me ha gustado tanto que me ha dado una pena terrible tener que despedirme de ese universo que Alysia ha creado y recreado en las  casi cuatrocientas páginas de esta novela. ¿No os apetece a veces quedaros por más tiempo en el mundo que los escritores crean para el lector? Es esa sensación de “a ver qué hago yo ahora si no puedo seguir atrapada en esta historia”. Una sensación de vacío, sin duda.

En fin, desamparada y al mismo tiempo esperanzada, the show must go on, así que voy a hablaros de Fairyland.

El protagonista de esta novela en torno a quien gira toda la historia es Steve Abbott. Steve fue un poeta norteamericano que, tras un accidente de tráfico en el que fallece su mujer, decide irse a vivir con su hija a San Francisco. Estamos hablando del año 1973, época en la que la ciudad de San Francisco es un centro cultural, hippie y de liberación sexual bastante importante en la escena norteamericana. Steve, abiertamente homosexual, encuentra en esta ciudad todo lo que necesitaba en aquel entonces para sentirse identificado con el resto de gais que comienzan a vivir sin cadenas. Aunque él, además, deba criar a una niña pequeña como padre viudo. Una tarea realmente difícil.

La niña en cuestión es Alysia Abbott, la autora del libro. Quién mejor que ella para hablar de la vida de su padre y la de ella desde que se mudaron a San Francisco. Por aquel entonces, cuando Alysia aún era una niña, la vida junto a su padre era para ella el país de las hadas. Compartía con su padre risas, complicidad y un profundo amor mutuo. Y aunque, lógicamente, echaba de menos a su madre, el vínculo que había formado con su padre era sólido y nadie podría entrometerse entre ellos. Steve, sin embargo, tenía más dudas. No en cuanto al amor indiscutible hacia su hija, pero sí en cuanto a las condiciones en las que se estaba criando. Vivían en pisos compartidos con gente de lo más dispar porque su padre no podía enfrentarse solo a todos los gastos. Steve, además, estaba descubriendo la ciudad, descubriéndose a sí mismo y soltando lastre, así que los amantes entraban y salían de los pisos y las vidas de padre e hija. Pero aunque a Alysia no le importaba, el vínculo paterno-filial comienza a debilitarse en algunos sentidos al llegar la adolescencia. Todos sabemos lo puñeteros que pueden ser los adolescentes, todos esos sentimientos mezclados en un cuerpo y una mente que empiezan a desarrollarse y formarse. A Alysia comenzaron a avergonzarle determinados aspectos de su padre. Empezó a preguntarse por qué ella no tenía una familia y una vida normal. Entendió la adicción de su padre a las drogas, la frustración, y las terapias para desengancharse. Es entonces cuando Alysia se plantea que necesita un respiro y decide irse a estudiar a Nueva York y más tarde a París.

A pesar de todo, el vínculo especial entre padre e hija nunca se romperá. El amor incondicional supera etapas y distancias. Mientras estén alejados, padre e hija hablarán casi a diario por teléfono y, sobre todo, se escribirán cartas. Algunos fragmentos de esas cartas podemos leerlos en esta novela y son una muestra de amor exquisita.

Alysia solo regresará a San Francisco cuando su padre, muy enfermo de sida, le pida que venga a cuidarle. Aunque aún era una chica de veintipocos años y seguía teniendo numerosos conflictos internos, Alysia sabe que debía estar allí y eso es lo que hace. Darle a su padre todo el amor que se merece en los últimos días de su vida.

Fairyland es una novela preciosa y muy emotiva. Alguna lagrimilla he derramado al leerla. La relación padre-hija es admirable, como también lo son el homenaje a las familias atípicas, a los homosexuales que por fin empezaron a vivir la vida como ellos querían y a la libertad. Las palabras finales del epílogo son muy emotivas. En ellas la autora explica que aunque es heterosexual y hace más de veinte años que no tiene un padre gay vivo, todavía se siente parte de esa comunidad queer en la que se crio. Qué bien que la intuición o el azar me hayan llevado a este libro que, sin duda, no voy a olvidar.

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Prólogo para una guerra, de Iván Repila

Prólogo para una guerra

Prólogo para una guerraMe enfrento a Iván Repila por primera vez con este Prólogo para una guerra, recién publicado por Seix Barral. Me cuenta todo el mundo lo maravillosa que era su novela anterior, y la propia editorial está tan ansiosa de comunicármelo que me lo dicen en la faja, en las dos solapas, en la cuarta de cubierta de este volumen en rojo y blanco. Mal empezamos. Bastantes más palabras para definir lo bueno que ha sido Repila que lo bueno que es Prólogo para una guerra.
Y sin embargo es buenísimo, o al menos es lo que pienso cuando voy tragándome las primeras páginas a buen ritmo. Se lo digo a mis amigos, se lo cuento a mi novia, estoy a punto incluso de comprar otro par de ejemplares de la novela para irlos regalando por la calle.
Una de las cosas que más destacan de Iván Repila (aquí, al menos) es que hace que lo más difícil parezca facilísimo. Porque mantiene un discurso de alta calidad literaria sin perder la legibilidad; llena el texto de frases decisivas sin vaciarlo de sentido, todo resulta coherente en una puesta en escena que dispone sobre el tablero las piezas justas. Por un lado esboza un decorado casi de ciencia ficción: un futuro próximo en el que las ciudades han ganado la batalla del espacio, en las que la arquitectura alcanza su esplendor como vertebradora del desarrollo del Hombre y no solamente del que corresponde a los espacios que habita. Algo que provoca tensiones, fricciones con sus pobladores, represión y enfrentamientos, aunque se cuida Repila de convertir el texto en un desfile de clichés sobre el asunto.
Por otro lado, en medio, sitúa a los protagonistas. Los dos principales: Emil y el Mudo, un arquitecto de éxito embarcado en su gran proyecto, la construcción de un barrio entero, frente a un desplazado de la sociedad que se propone vivir ensimismado y sin pronunciar palabra después de haber experimentado un dolor extremo en su vida cuyas circunstancias concretas nunca termina de explicar Repila; Prólogo para una guerra es una novela de sobreentendidos, metafórica, alegórica, en la que se sugiere más que se dice y se intuye más que se aprehende. Entre ellos, Oona, tangible pero a la vez inasible, mítica para el Mudo, arena que se escapa por la palma de la mano abierta de Emil. También están Hache, la prosaica compañera del Mudo, y el perro de este, uno de los mejores personajes animales que he encontrado nunca en un puñado de páginas. El resto no dejan de ser anónimos sin nombre.
Conforme pasan las páginas me entra un ligero cansancio. Nunca me parece que la novela termine de aterrizar, una parte de mi yo lector desea, exige, algunas explicaciones. Y no las encuentra. Hay un desarrollo narrativo, los personajes evolucionan, y de qué manera, los hechos se suceden de tal forma que no podría decir que Repila pasa el rato comiéndonos la cabeza. Simplemente no se puede dejar la cafetera puesta mientras se lee Prólogo para una guerra, ni hay que cogerlo un día en el metro, otro en la consulta del dentista y el último en la más recóndita soledad. Es un libro que exige, de un autor que propone, y me temo que necesita un lector que ponga bastante de su parte.
Pierdo un tanto el entusiasmo inicial, pospongo la compra de los ejemplares extra y llego a las últimas páginas más tarde de lo que había previsto. Y aunque el cierre es deslumbrante, no termino de encajar bien el conjunto.
Aun así, me parece que Prólogo para una guerra es un texto excelente. Aborda con hondura temas capitales en la actualidad: la desobediencia civil, la intimidad en un mundo conectado, los límites al desarrollo y la consciencia individual de las decisiones colectivas. Me parece también que Iván Repila es magnífico escena a escena, algunas de ellas se me han quedado grabadas y permanecerán tiempo en mi disco duro.
Pero resulta necesario advertir de la difícil digestión de esta novela. Permanece siempre un paso por delante del lector, no baja del plano metafórico general más que en un par de escenas concretas, no da nunca tregua en la impresión de que Repila quiere conjugar el verbo insinuar por encima de cualquier otro.
Como la cuerda sobre la que hace sus equilibrios el funambulista, Prólogo para una guerra necesita esa tensión, pero también puede romperse por ella.

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Casi un objeto, de José Saramago

Casi un objeto

Casi un objetoEncontrar una voz propia, más que un estilo, debe ser una de las cosas más difíciles para un escritor. Por suerte (o, mejor dicho, por trabajo) muchos de ellos lo consiguen y por eso, a quienes leemos cotidianamente, no nos resulta difícil identificar a ciertos autores con solo leer sus libros, sin necesidad de nombres. Recuerdo que hace un tiempo, con el auge de Internet y las redes sociales, circuló un poema atribuido a Gabriel García Márquez, llamado “La marioneta” que gustó y mucho a los coleccionistas de frases de Paulo Cohelo; me recuerdo, en relación a ese texto, gritando de rabia y negando con la cabeza y aún recuerdo más la sorpresa de mi madre al verme tan enfadado en medio del patio trasero de casa, gritando a viva voz. Es que quienes leíamos al genio colombiano supimos al instante que aquél texto sobre una marioneta que se despedía de la vida JAMÁS lo hubiera escrito Gabo, no solo porque no era su estilo, ni las frases estaban compuestas con sus palabras, sino sobre todo porque al leerlo, la voz interna que nos llegaba al cerebro y al corazón no se parecía en nada a la del Nobel de Literatura. García Márquez, genio y figura, quien justo estaba en Estados Unidos bajo tratamiento por cáncer linfático, respondió con una de sus clásicas salidas: dijo que no se iba a morir de la enfermedad, sino porque le estaban adjudicando un poema tan cursi.

Saramago es otro de los grandes que tuvo, tiene y tendrá voz propia. Es leer cualquiera de sus novelas-ensayo y reconocer su estilo y su voz al instante. Ante esto, acercarse a Casi un objeto, un libro compuesto exclusivamente por cuentos, significaba un riesgo que, no obstante, asumí. Cinco minutos después, ese miedo se me había pasado y Saramago y su voz estaban allí, más presentes que nunca. A veces pienso que, si encontrara la lista de la compra que Pilar del Río y él hicieran en alguna tarde de Lanzarote, en ese papel también se vería su estilo y se escucharía su voz.

Pero vayamos al tema en cuestión: como dije anteriormente, Saramago también nos dejó cuentos y como la calidad supera las formas, éstos no tienen nada que envidiarles a sus magníficas novelas. Publicado en 1983, Casi un objeto está compuesto por seis cuentos de excelente calidad que dejarán ver el estilo Saramago a todos aquellos que se acerquen a un aspecto no tan conocido del genio portugués.

Si bien los seis cuentos (Silla, Embargo, Reflujo, Cosas, Centauro y Desquite) me gustaron mucho, particularmente quedé maravillado con Silla, Reflujo y Desquite, dignos ejemplos que vienen a demostrar que no es necesario escribir tanto como para hacerlo bien y que siempre será más válido un cuento que no lo diga todo, sino que deje al lector pensado o sacando sus propias conclusiones.

Silla, leído superficialmente (y Saramago nunca fue superficial) nos cuenta la historia de una carcoma que va royendo el interior de un asiento, que finalmente termina cayendo por la imposibilidad misma de mantenerse en pie, ante tanta presión interior; la cosa se pone interesante cuando comprendemos que quien se sienta en la silla es Salazar, dictador portugués, y que la silla que finalmente cae es ni más ni menos que su larga y horrible dictadura. El Saramago comprometido con el mundo que lo rodeaba se hace presente.

En Reflujo, un único cementerio va absorbiendo a todos los demás. Son tantas las muertes que se van acumulando que lo que se creía un cementerio central y controlado por un rey dictatorial, termina descontrolándose… es lo que pasa cuando desde un gobierno central y autoritario se intenta controlar todo, hasta la muerte, esa inevitable situación de la que nadie, ni el Rey, escapa y que nos iguala a todos.

Apenas dos páginas componen Desquite, uno de los cuentos más hermosos que leí en mi vida y que resume todo lo que tiene que tener un cuento; un chico se lanza a un río sabiendo que en la otra orilla lo espera una chica desnuda. ¿Eso es todo? Sí, pero no. Porque ese chico no solo busca llegar a la chica, sino, sobre todo, alcanzar el otro lado, cruzar ese río que separa literalmente su vida de este lado (dura, anclada en el tiempo) con el incierto pero atractivo porvenir que le ofrece una chica desnuda que, tal vez ni siquiera exista. Es ese arriesgarse al cambio que a veces tanto cuesta. Fabuloso.

Casi un objeto nos permite, bendito placer, sentarse a escuchar, una vez más, la siempre lúcida y filosófica voz de Saramago. Viva la buena literatura, en todas sus formas.

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Leer, de André Kertész

Leer

LeerTodavía no he conseguido saber si el hecho de encontrarme repetidamente con una misma imagen, situación o escena viene dado por tener en la mente o el subconsciente la voluntad de encontrarme con ello o es, simple y llanamente, el azar quien lo pone allí. No sé por qué es y tampoco sé si quiero saberlo. La cuestión es que muchas veces me encuentro parado, de lejos, mirando a alguien que lee y me veo metiendo la mano en el bolsillo para sacar el teléfono y guardar la estampa en una fotografía. Y lo extraño – de ahí vienen mis dudas – es la cantidad de veces que me encuentro con imágenes de ese tipo en mi día a día. No entiendo por qué entro en la universidad y se me llenan los oídos de voces catedráticas que se quejan de que ya nadie lee y luego salgo de ella y me encuentro siempre con alguien leyendo. O salgo de casa, paseo y veo a gente leer. Luego, cuando miro las fotografías, me pregunto por qué estaban o quién los puso o qué les hizo estar allí.

En una de esas veces en las que me lo preguntaba, llegó a mí – los libros siempre llegan en el momento preciso – el libro Sobre la lectura, de Steve McCurry. En él, decenas de fotografías de gente de alrededor del mundo leyendo me hicieron ver que lo mío no era extraño, me hicieron ver lo que suelen hacer ver los libros: que antes que tú alguien ya ha pensado en eso. Ese libro, impreso en papel fotográfico, de gran tamaño, te hace bañarte en la mirada más inocente que hay: la de una persona en un libro.

Pues bien, de eso han pasado ya varios meses y, como si la Literatura quisiera seguir mandándome tablas de salvación – es lo que mejor hace -, ahora tengo en mis manos Leer, de André Kertész, publicado por Periférica y Errata Naturae. Podría daros diferencias entre uno y otro – la autoría, la editorial, el tamaño del libro, la encuadernación, el tipo de edición, etc. – pero todas serían más formales que de contenido. Porque el contenido es el mismo y no lo es. André Kertész, como hace Steve McCurry, recopila en su obra las fotografías hechas a lo largo de más de cincuenta años (1915-1970) a gente leyendo. Niños en la escuela, en la calle, en la iglesia, solos o en compañía; adultos con prensa, con libros, en terrazas, azoteas, transporte público, casas; ancianos en sus despachos, en bibliotecas o en bancos. En definitiva, libros siendo leídos.

Y que libros tan metaliterarios como este se publiquen me hacen ver que hay más gente como yo, que hay más gente a la que ver a otros leyendo le provoca esa sensación de alegría, de comprensión, de hermandad con el desconocido que siento yo al verles. Tengo que confesar que me tranquiliza. No sé si te pasa a ti, que ahora estás leyendo esta reseña. Pero si es así, no te sientas mal. Y si mis palabras no te sirven – algo que consideraría lógico – y las dudas te corroen, ves corriendo a una librería, coge Leer de André Kertész y ábrelo por la página que tú quieras. ¿Lo has hecho ya? ¿Qué has sentido?

 

 

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Batman. Sin miedo, de Ed Brubaker

batman sin miedo

batman sin miedoTenía ganas de volver a encontrarme con el Caballero Oscuro. Hacía ya bastante que no sabía nada de él y me tenía preocupado. Ni una llamada, ni un mail, ni un triste whatsapp con algún ridículo emoticono de un murciélago alicaído y bocabajo (que no es lo mismo…) Y Jim, lo mismo. No tenía ni idea de por donde se metía nuestro común y siempre triste amigo.

Hasta que un buen día recibo por mensajería un paquete de un tal Wayne, sin dirección y con una tarjetita que dice “Sé que lo estabas esperando”. Y bueno, sí, lo estaba esperando, pero esas no son formas, don Murciélago. No lo son.

En fin. El paquete era este Batman. Sin miedo que devoré a pesar de ser un tomazo con sus buenas 320 páginas. Una historia en la que Batman se las tiene que ver con un nuevo villano. Un tal Zeiss. Un tipo de apariencia algo estrafalaria que gracias a una cirugía experimental tiene visión y reflejos aumentados y que ha estado vigilando los movimientos del señor de la noche, pues es capaz de memorizarlos, reproducirlos y anticiparlos, convirtiéndose así en un luchador a la altura de Batman. De hecho, algo así viene a decir en el primer diálogo entre los dos:

–¿Quién eres?

–¿Verdad que te gustaría saberlo? Como poco, soy igual que tú.

(Sí, bueno, ya le gustaría…) Pero como en la mayoría de las historias del protector de Gotham, el villano no es el único ingrediente. Hay detrás una historia, una trama detectivesca a la que seguir el hilo, (para eso Batman es el mejor detective), que nos hará remontarnos hasta la tierna y sombría infancia del señorito Wayne. Por las páginas de Batman. Sin miedo, desfilan un tropel de personajes: la mafia, el Pingüino, Deadshot, Lex Luthor, un alien, Superman que hace un cameo, la guardaespaldas de Wayne… (y que me tenga que enterar aquí de que el tal Wayne es el dueño del Daily Planet… ¡Manda huevos!)

La historia es muy atractiva y el ovillo se va desmadejando poco a poco, con deleite y con mucho interés hasta llegar al desenlace. Además el argumento se ve salpicado de vez en cuando por interrupciones y apariciones inoportunas (ese trasunto de Joker) que provocan accidentes y/o muertes que destrozan planes o encuentros al igual que, en la vida real, tenemos nuestras coincidencias desafortunadas.

Hay también espacio para pequeños descansos narrativos que se integran muy bien en este tomo, como el episodio de los jóvenes que quieren grabar un documental sobre Batman y despejar así la duda de si realmente existe o si es tan solo una leyenda:

“Todo aquel que debe saber que soy real, ya lo sabe… Y a los demás, ¿no les estoy ayudando igualmente, lo sepan o no?”

En resumen, es un cómic disfrutable que gustará a cualquier batmaníaco. No obstante, no puedo callarme dos peros. El dibujo no me acaba de convencer, salvo la parte en la que aparece Luthor. Ahí cambia el dibujante y se nota para mejor.

Por otra parte, el final, lo que debiera ser el clímax, me ha parecido algo flojillo y siento que el villano ha sido algo desaprovechado. No sé. Tal vez esperaba algo más espectacular e iba con demasiada expectación.

Sea como sea, el resultado global es que estamos ante un buen cómic que entretiene y enriquece un poco más la mitología del murciélago.

Un cómic que no puede faltar en la estantería de ningún batmaníaco.

Gracias por el envío, señor Wayne. Lo he disfrutado mucho.

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Si hubiera espinas – saga Dollanganger – 3, de V. C. Andrews

Si hubiera espinas

Si hubiera espinasMe imagino a V. C. Andrews delante de su máquina de escribir (esto es suposición mía, ya que no tengo ni la menor idea de si escribía en un bloc, en máquina o en un trozo de pergamino), pensando: “Está bien. He escrito dos libros que han sido todo un éxito y ahora el público quiere más. Pero ya me estoy hartando de Cathy y de sus venganzas contra su madre. ¿Cómo podría cambiar el estilo de la saga sin olvidar el hilo de la historia? ¡Ya sé, cambiaré el narrador!”. Y eso es, efectivamente, lo que nuestra querida escritora hizo. Cathy ya no es quien nos cuenta la historia, ya no habla en primera persona, sino que serán sus dos hijos (Jory y Bart), nacidos de sus vaivenes anteriores con los hombres, quienes nos hacen cómplices de la continuación de la saga Dollanganger.

Si estáis un poco perdidos con el inicio de esta reseña es porque no habéis leído las dos entregas anteriores de la saga Dollanganger, Flores en el ático y Pétalos al viento. Pero si habéis entendido perfectamente quiénes son Jory, Bart y Cathy y, sobre todo, por qué esta última quiere venganza, es porque sois de los míos y habéis leído estos libros que menciono y estáis ávidos de saber cómo continúa la historia. Pues bien, como decía al principio, los protagonistas ahora son Jory y Bart. Cada uno de ellos nos va a narrar un capítulo, de manera que se van a ir intercalando. Esto nos permitirá ver lo diferentes que son: uno es el hijo perfecto y, el otro, no tanto… Cada uno nos contará desde su punto de vista la historia que ve con sus propios ojos. Pero hay una cosa que ninguno de los dos sabe: y es que su “padrastro” (es decir, Chris), es en realidad el hermano de su madre. Tampoco saben nada del ático, ni de una abuela encerrada en un psiquiátrico. Pero, por suerte o por desgracia, los secretos son muy difíciles de guardar. Y más si se trata de secretos tan jugosos y morbosos como los que acechan a esta familia.

Si hubiera espinas supone un cambio radical en la historia creada por V. C. Andrews. Ya no solo por modificar a los protagonistas, sino por transformar su estilo narrativo. En este libro ha escogido a dos relatores que no podrían ser más diferentes entre sí y, como no debía de ser de otra manera, cada uno tiene su forma de ver el mundo y de expresarse. Eso es algo que a mí, personalmente, me apasiona. Entiendo que haya gente a la que no le guste encontrarse dos estilos de narrar en un mismo libro, ya que puede resultar un poco agotador seguir la manera de ser de cada protagonista; pero a mí me gusta mucho el hecho de que la autora cambie sus expresiones y su ligereza a la hora de escribir para hacer que los personajes nos resulten mucho más cercanos.

Pero lo que no cambia es su narrativa gótica y tormentosa. El drama es el hilo conductor de toda la historia y la escritora nos tiene en vilo durante todos los capítulos. Leer este libro es como ver un tren que va al doble de velocidad de la que debería y saber que va a descarrilar en cualquier momento. Sientes que tienes que dejar de mirar si no quieres grabar en tu mente una imagen tan grotesca como puede llegar a ser un descarrilamiento, pero a la vez quieres, no, necesitas, no apartar tus ojos del tren ni un solo segundo, por muy trágico que sea el final.

Y yo, claro está, no desvié la mirada del tren ni por un momento. Seguí con mis ojos fijos en él hasta que, como era de esperar, descarriló. Así que ahora solo me queda una cosa por hacer: terminar esta reseña y no parar hasta devorar Semillas del ayer, cuarta parte de esta saga, que espero que me ayude a curar el trauma vivido tras este devastador descarrilamiento.

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Harley Quinn 3. Entre besos, tiros y puñales, de Amanda Conner y Jimmy Palmiotti

harley quinn 3

harley quinn 3Parece que han pasado siglos desde que apareció Harley Quinn 2. Apagón, cuando en realidad solo han pasado meses. Meses, sí, pero meses que se han hecho eternos esperando este tercer tomo. Eso habla bastante bien de esta colección, ¿no? A decir verdad, es de las pocas colecciones fijas que tengo y no solo porque el personaje enganche, sino porque sus guionistas, el matrimonio formado por Amanda Conner y Jimmy Palmiotti, que no son sus padres pero parecen haberla parido, le han dado un enfoque nuevo reconduciéndola de villana a antiheroína sin perder (o es más, ganando) en frescura y gamberrismo. Parecen empeñados en que olvidemos que una vez fue una secundaria pegada al Joker y empecinados en demostrarnos tomo tras tomo el enorme potencial que Harley y su particular universo demencial tiene que ofrecer.

Y lo hacen muy bien. Yo daría al matrimonio la custodia compartida con Paul Dini pues han podido dar a nuestra payasa una profundidad, unas motivaciones y unas tramas en las que encaja perfectamente sin necesidad de hacer que parezca forzada. Harley tiene su sitio en esta colección. Se siente cómoda en ella, campa a sus anchas y se ha ganado por derecho propio el ser un icono del cómic con mayúsculas.

En Harley Quinn 3: Entre besos, tiros y puñales, no tenemos, como en los dos tomos anteriores una historia única sino más bien un, chiste fácil al canto, bat-iburrillo de ellas. Algunos especiales y la continuación de la trama son lo que nos encontraremos.

Las escenas alucinógenas del grupo de la primera historieta (y el dibujo preciosista) son lo mejor. Ese cameo de la cosa del pantano con Hiedra, el reencuentro con Vomitachica… Hilarante.

El especial de Navidad, Juguete peligroso, no está mal, aunque la moralina, en mi opinión, sobra. Y Aparta ese alegre zumbido de mi oído me ha gustado mucho porque me ha recordado a ese libro de Jill Thompson en el que los eternos de The Sandman eran dibujados como niños (aunque aquí Harley también tiene algo de Tim Burton).

Pero si tengo que destacar una historia, es sin duda Me pones murciélaga. Ya solo con el título me descojono. El dibujo más “normalizado” –salvo las partes oníricas–, el humor de Harley, la aparición de Batman, la impagable, ¡¡impagable!! escena de Harley como Robin y el batmóvil sucio (muuuuuy sucio) en la batcueva… De las mejores y más brillantes historias de esta chiflada, sin duda.

El último tramo del cómic nos cuenta como, agobiada como está por sus obligaciones (doctora, casera, jugadora de hockey sobre patines y bienhechora buscando refugio para miles de animales –no sé cómo ninguna protectora no ha usado todavía el personaje como logo o reclamo para alguna campaña porque si Hiedra Venenosa es una firme defensora de las plantas, Harley no se queda atrás con los animales–), decide hacer un casting para contratar a doce mujeres para que la ayuden en sus tareas. Un casting que será bastante particular, como no podía ser de otra forma.

El dibujo también le va como un guante, y eso que hay varios dibujantes y varios estilos, (incluso en una misma historia), pero el cambio en el grafismo no molesta a pesar de ser notorio y la historia no se resiente en absoluto.

Harley Quinn 3: Entre besos, tiros y puñales se conforma como un grandísimo cómic de entretenimiento, sin mayor pretensión que la de divertir y hacernos pasar un rato agradable incluso burlándose de los propios personajes de DC, como es el caso en esta ocasión, del propio Batman.

No es un cómic con el que te partas el culo porque tampoco es lo que busca, pero sí que en muchos, muchísimos momentos, sonreirás e incluso soltarás alguna carcajada ante las salidas de la paliducha.

Y, por último, quiero subrayar que el nivel sigue igual. Que no baja el tono, que no cae en ningún momento en el humor zafio, que sigue siendo un humor no sé si inteligente, pero sí gracioso, y que no cansa para nada.

¿Qué más tengo que hacer para que quien no haya leído esta jodida delicia de saga empiece de una vez?

¡Harley, Harley, Harley!

Imprescindible.

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La ligereza de la grava, de Ricardo Roces

La ligereza de la grava

La ligereza de la gravaComo hago cada vez que me dispongo a reseñar, agarro el libro en cuestión y lo coloco a mi lado y frente al ordenador; lo necesito allí, acompañándome en esa ardua y hermosa tarea de contarle a los lectores de Libros y literatura de qué va el libro, de intentar resumirlo en pocas líneas, de transmitirle a los internautas qué sensaciones particulares me dejó su lectura y por qué deberían, según mi visión fanática, salir corriendo a la librería a comprarlo. Un libro ya no es solo un libro tras leerlo y cuando lo vemos, muchos días después, al pasar, instalado en la biblioteca personal para su dulce reposo, el sólo hecho de observarlo ya nos dice algo: al instante nos envía un mensaje que resume lo que sentimos por él, lo que nos dejó. Pasas caminando y ojeas tu biblioteca y ves Cien años de soledad y enseguida lo asocias con una angustia linda y predestinada. Miras un poco más y el desasosiego se hace presente si observas el lomo de algún libro de Pessoa. La sangre y la lucha cotidiana de Roma empapa tu mente si aparece el nombre de Santiago Posteguillo.

Estoy seguro que cada vez que me encuentre con La ligereza de la grava, de Ricardo Roces, una carcajada saldrá de mi boca. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto con un libro y como las risotadas son contagiosas, con toda la alegría del mundo no puedo menos que recomendarles la lectura de este hermoso libro.

Ricardo Roces, el autor, nació y vive en Barcelona y como él mismo anuncia en la contratapa del libro, lleva toda la vida escribiendo y a los cincuenta años ha decidido publicar su primera novela “para demostrar al mundo que aún puede convertirse en un escritor fracasado” En su sola presentación el autor deja ver por dónde van sus ideas, su estilo, su humor, su manera de ver el mundo.

La ligereza de la grava cuenta la historia de Anselmo Querat, un multimillonario (que a mí me hizo acordar a Amancio Ortega) que, cansado de su vida, decide quitarse la vida; instantes previos a lanzarse por un puente, es sorprendido por Edurne, una “insoportable mujer que cambiará todo” y que dará comienzo a una serie de idas y vueltas que, a lo largo de 465 páginas que no se hacen largas, hará las delicias de los lectores, ya que cuando dos mundos tan diferentes como el del multimillonario y esta obesa mujer que trabaja en una casa de comida rápida se encuentran, no puede menos que generarse un caos digno de contarse. A veces necesitamos de la persona menos imaginada, esa que aparece y, a su manera, nos revuelve la vida. Y ojo, querido lector, que no estamos hablando de la típica historia en la que dos polos opuestos se atraen, se casan y viven felices para siempre… no, no, todo lo contrario; son tantas y tan variadas las aventuras que nuestra querida Edurne le hará pasar a Anselmo y a la gama de personajes que pululan por el libro que la diversión y la sorpresa tras cada página están aseguradas.

Edurne López, figura central de la novela, quedará en mi memoria por mucho tiempo, porque es, sin lugar a dudas, el personaje mejor creado de La ligereza de la grava; grosera, hortera, sucia, de un nivel intelectual más que básico, fanática de la sangría y la pizza y con un vocabulario que pone como prioridad los insultos y el doble sentido sexual, me hizo pasar varias tardes de diversión, que no es poco; además, particularmente, me recordaba mucho a una ex jefa que tuve, ya que yo, como Edurne, también trabajé durante tres años en una casa de comida rápida y leyendo el libro, no podía menos que imaginar a Edurne con el rostro de una de mis antiguas managers.

A medida que el libro avanza, se pone al mismo tiempo más excéntrico pero al mismo tiempo más filosófico; por un lado, el autor se permite mezclar varios elementos de ficción pura, haciendo aparecer en escena a tres personajes relacionados con la muerte que nos llevarán a observar fenómenos nunca vistos (todos desde el punto de vista de la humorada) pero que sin embargo permitirán que el narrador comparta ciertas teorías y pensamientos acerca de la muerte y todo lo que significa para los humanos. Estamos, para mí, ante la mejor parte del libro. Leí por ahí alguna vez que a veces, cuando no nos animamos a hablar sobre ciertos temas, utilizamos el humor para enmascarar ciertos miedos, y La ligereza de la grava puede ser un buen ejemplo de eso.

Cabe destacar, como otro punto importante, la construcción de los diálogos, que se leen fluidos y que dotan de personalidad propia tanto a los personajes principales como a los secundarios. A veces es un punto que no se destaca mucho, pero que sin embargo es difícil de lograr.

A lo largo de 67 capítulos, disfrutaremos y nos sorprenderemos con la ironía, el sarcasmo, la originalidad y las sorpresas intelectuales que nos depara esta novela, al mismo tiempo que nos preguntaremos sobre cómo estamos viviendo nuestra vida, cuál es el objetivo de vivirla y cómo, quizá, deberíamos reconducirla, antes de tirarnos del puente. O antes de que aparezca Edurne.

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El sabor de las palabras, de José Luis Ferris

El sabor de las palabras

El sabor de las palabrasHace poco reseñé Mi primer libro de poemas y hoy quiero hablaros de El sabor de las palabras. Ambos libros son novedades de la editorial Anaya y los dos son antologías poéticas para niños. Mi primer libro de poemas va dirigido a niños a partir de los cinco años y el libro del que hoy os hablo cuenta con una selección de poemas para niños de entre ocho y doce años.

Ya os comenté en la anterior reseña la importancia que tiene para mí la poesía y el valor que ésta adquiere en la educación de los pequeños, así que no quiero ponerme pesada. Si para los niños más pequeños la poesía es esencial para ayudarles a ser capaces de expresar e identificar sentimientos, esta idea se duplica en niños más mayores. Claro que para ellos hay que buscar otro tipo de poemas, más adecuados a su edad y a sus inquietudes. En mi opinión, la selección que ha realizado José Luis Ferres en este libro es bastante buena y acertada. Se trata de poemas de ayer, de esos que todos hemos leído alguna vez (aunque sea obligados en el colegio) y poemas más actuales. Los poetas, españoles y latinoamericanos, recogidos en esta antología son autores tan conocidos como Juan Ramón Jiménez, Carmen Gil, Félix María de Samaniego, Carmen Conde, Lorca, Machado, Bécquer o Gabriela Mistral. Como podéis ver, son grandes de la poesía y algunos de los poemas aquí recogidos son tan míticos como la rima LIII de Bécquer:

“Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales

jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha a contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres…

¡esas… no volverán!”

Seguro que conocéis este poema, ¿verdad? Un auténtico clásico que siempre será recordado.

Aún recuerdo uno que aparece en esta antología: el Romance del prisionero, poema que tuve que aprenderme en el colegio y que todavía me sé de memoria.

El sabor de las palabras arranca con una pequeña historia titulada El secreto de Hugo que sirve como introducción. Hugo es un niño de nueve años que tiene un secreto que sólo él y su señorita Susana conocen. Esta profesora, que llegó nueva al colegio hace poco, planteó un día en clase para qué servía la poesía y nadie, ni siquiera la más empollona de la clase, supo la respuesta. Tras la explicación de la profesora, Hugo comprendió que “la poesía sirve para expresar con palabras la sorpresa, el miedo, la tristeza, la alegría, la melancolía, la soledad, incluso aquello que más me divierte o las cosas que más me enfadan”.  Cuando llegó el fin del curso, la profesora le regaló un libro con sus poemas favoritos y, esos poemas que Hugo guarda en el cajón de su mesa y que cada noche relee, son su gran secreto.

De nuevo, la ilustradora Betania Zacarias presta su imaginación en forma de evocadores dibujos para acompañar los poemas que componen esta antología. El resultado es un libro muy visual y e imaginativo que encantarán a los jóvenes.

El sabor de las palabras es una cuidada selección que José Luis Ferris, Filólogo Hispánico, Doctor en Literatura Española y poeta, ha creado para que nuestros pequeños aprendan a descubrir, valorar y amar la poesía. Libros así son siempre necesarios para que la poesía esté presente en nuestras vidas, que buena falta nos hace a todos, adultos y pequeños.

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Intrusión, de Román Sanz

Intrusión

IntrusiónHablar de Román Sanz, el autor de este viaje onírico que es Intrusión, es hablar de un hombre, cuanto menos, peculiar. Peculiaridades tiene tanto en forma como en contenido. Si bien es cierto que haber estado en la presentación de su primera novela sirvió para percibir esos detalles que le caracterizan —se plantó en la librería con su chaquetón y sombrero texano— y donde mostró parte de su modo de expresión con los allí presentes, muchos más son los rasgos personales que puedes encontrar en la narración de su obra. Una obra que, a priori, ya muestra en su sinopsis la marcada personalidad del texto: «La pregunta correcta no es si este libro es para usted, es si usted está listo para este libro».

Pues heme a mí, con 38º de fiebre por un mal catarro invernal que me consideré apto para lanzarme a su lectura. Y el resultado no ha estado nada mal. Quizás esta novela fue así concebida (o puede que influyeran otros factores, digamos, de naturaleza lisérgica). No es la primera vez que me veo en una tesitura similar. Ya me ocurrió con una obra que para mí fue una joya: Pánico al amanecer, de Kenneth Cook, y también valga el ejemplo con Héroes, de Ray Loriga, en quien he encontrado una ligera semejanza de estilo.

Desde luego, la comparativa es lejana, pero a su vez guarda cierta afinidad. Ambas lecturas conservan en su estructura externa una cercanía notable con la poesía; capítulos cortos, de apenas página y media o dos páginas, que con oraciones simples te introducen directamente en la acción. Además, ya en su contenido interno, están las licencias que en ambos casos se permiten sus autores empleando una buena cantidad de figuras literarias: asíndeton y polisíndeton, metáforas, elipsis… Según iba leyendo encontraba ese ritmo y musicalidad que rara vez encuentras en narrativa y más del género al que se asoma esta obra, que bien podría entablarse dentro del suspense onírico.

La historia trata de la zozobra que siente su personaje principal, J, por un pasado que le atormenta y que lo mantiene sumido en una fuerte depresión y encarcelamiento casero. Su mejor amigo, Adrián, quiere ayudarle a escapar de esa espiral de agonía en la que vive y está dispuesto a aceptar cualquier sugerencia que le proponga. El pasado vive en sus recuerdos y esos recuerdos les machacan día a día. El pasado no se puede cambiar, eso desde luego, pero, ¿y si se pudieran cambiar los recuerdos de ese mismo pasado? J tiene una idea. Una idea y un don que comparte con Adrián: una conexión a modo de mente colmena en la que cohesionan sus recuerdos pudiendo introducirse en ellos para cambiarlos.

Durante la novela, viajas del presente de esa casa de largos pasillos donde vive en clausura a los recuerdos del pasado. Los reviven una y otra vez; intentan cambiarlos para escapar de su pesar. Lo peligroso de ese juego de tan alto poder es la intrusión en los sueños personales que no siempre quieren volver a revivir y puede que lo único que consigan sea complicar aún más las cosas. Sueños y recuerdos que desconocían el uno del otro y que ponen en riesgo su amistad.

Intrusión, título potente y directo, marca el registro más característico de su modo narrativo, entretenido en muchos de sus capítulos cortos con algo más de tedio en ciertas partes en las que el ritmo decae. Existen en la historia varias reminiscencias a otras obras de la ciencia ficción —una muy clara puede ser la película Olvídate de mí, con Jim Carrey y Kate Winslet—. Y un detalle con el que me quedo es con el concepto que plantea Román Sanz en la obra de si muchos de los sueños, y aún peor, las pesadillas, son solo producto del subconsciente o si realmente estoy sufriendo la intrusión de alguien externo que juega con ellos.

Con fiebre o sin ella, la historia funcionó conmigo. El reto que plantea su editor a los lectores acerca de si estoy o no preparado para ella lo superé. Ahora te toca a ti.

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Mi primer libro de poesía, de José Luis Ferris

Mi primer libro de poesía

Mi primer libro de poesíaNo sé qué importancia le concedéis a la poesía, ni sé qué papel juega la poesía para vosotros en la educación literaria de los más pequeños, pero para mí la poesía es algo primordial. No concibo la vida sin poesía y libros como éste me ponen de muy buen humor. Y es que, por desgracia, la poesía es uno de los géneros literarios que más palos se ha llevado (aunque ahora esté tan de moda). Que si es difícil, que si en ocasiones es demasiado críptica, que si es aburrida y un largo etcétera de “que si…”.

Os voy a copiar las palabras que aparecen en la contraportada porque, en mi opinión, definen muy bien el papel de la poesía y de los poetas:

“Me gusta jugar con mi gata Renata, con mi dragón de trapo o con mi bicicleta. Pero hay veces que no sé cómo expresar lo que siento, si es mucha alegría, o tristeza, o miedo. Un día, mi padre me dijo que los poetas nos ayudan porque son magos que convierten los sentimientos en versos fantásticos. Lo hacen tan bien que, al leer sus poesía, las emociones se pueden tocar con los dedos del alma”.

Ese es, sin duda, el fin máximo de la poesía: convertir los sentimientos y emociones en algo que los dedos del alma puedan tocar. No sé si hay que tener una sensibilidad distinta para entender la poesía, quizá sí, pero estoy segura de que esa sensibilidad poética la tienen todos los niños del mundo.

Para ellos es Mi primer libro de poesía, una antología de poetas españoles y latinoamericanos, seleccionada por José Luis Ferris que va dirigida a niños a partir de los cinco años de edad. Los poemas están acompañados por las dulces y sugerentes ilustraciones de Betania Zacarias.

En él aparecen poemas de poetas tan maravillosos como Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, José Agustín Goytisolo, Rafael Alberti, Gloria Fuertes o Miguel Hernández, entre otros. Un elenco ganador de poetas que saben bien convertir sus emociones en versos precisos y preciosos. Poemas de toda la vida, poemas que nos suenan, que hemos leído en el colegio de pequeños y que sigan aquí para hacer felices a nuestros pequeños.

“¡Qué blanca lleva la falda

la niña que se va al mar!

¡Ay niña, no te la manche

la tinta del calamar!

¡Qué blancas tus manos, niña,

que te vas sin suspirar!

¡Ay niña, no te la manche

la tinta del calamar!

¡Qué blanco tu corazón

y qué blanco tu mirar!

¡Ay niña, no te la manche

la tinta del calamar!

Versos que evocan y despiertan sensaciones, como éstos de Rafael Alberti, son los que aparecen en esta antología. ¿Recordáis el poema “Doña Pitu Piturra”, de la genial Gloria Fuertes? También aparece en sus páginas.

Todos los sentimientos que los niños puedan experimentar en estas edades están recogidos en los poemas de esta antología y es maravilloso que ellos mismos aprendan a sentirse identificados, a conocer y reconocer sus propias sensaciones a través de la magia de los versos.

La apuesta de Anaya con este Mi primer libro de poesía es una apuesta ganadora, pues es un libro que todos los niños deberían leer y disfrutar. Y a nosotros, adultos, nos toca la maravillosa tarea de hacerles llegar estos versos. Os guste o no la poesía, la entendáis más o menos, no debéis privar a los niños de conocerla y saborearla. Como os decía, ellos sí tienen esa sensibilidad poética y puede que si se lo inculcamos desde pequeños, nunca la pierdan. Merece la pena, ¿verdad?

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Pétalos al viento – saga Dollanganger – 2, de V. C. Andrews

Pétalos al viento

DicePétalos al vienton  que en esta vida todo pasa por algo. Los más optimistas llegan a decir que si una desgracia llama a la puerta es porque tiene que ser así. Cuestión de destino. Que yo no digo que no sea precioso este punto de vista, pero pongamos un ejemplo práctico para que entendamos la situación: te despiertas un lunes lluvioso de enero. Fuera hace tanto frío que te estás planteando ir al trabajo con ropa térmica debajo del traje. Al menos te queda el consuelo de hacerte un buen café calentito y unas tostadas deliciosas. Pero el café sale aguado y las tostadas se te queman. Bueno, no pasa nada; es lunes y es normal que las cosas se tuerzan. Pero es que al ir a por el coche, este no arranca. Como ves que vas a llegar tarde al trabajo, coges el móvil para ver si algún compañero que vive por la zona se puede acercar a recogerte. Y, al sacar el teléfono del bolsillo, se te cae al suelo y se te descascarilla una esquina dejando una huella imborrable que hará que cada vez que la mires rememores ese día tan horrible. Los optimistas dirán que todo esto ha pasado por algo: el café estaba aguado porque tu cuerpo es sabio y es consciente de que tomas mucha cafeína; las tostadas las tuviste que tirar (ni rascando se iba lo quemado), de acuerdo, pero lo cierto es que tu operación bikini te lo agradecerá eternamente. El coche no arrancaba porque… no sé, porque esas cosas pasan a veces. Y el teléfono… pues tampoco sé. ¿Veis? ¡Es que no me sale ser optimista en estas circunstancias ni a propósito!

Así que cuando terminé de leer Flores en el ático, primera parte de la Saga Dollanganger, pensé que nuestros protagonistas habían sufrido en balde y que muy difícilmente se iba a arreglar su situación. Hagamos memoria: en esa primera parte (maravillosa, como dejé bien claro en su correspondiente reseña), los cuatro hermanos conviven encerrados dentro de un ático a la espera de que su abuelo muera. Todo con el fin de que su madre adquiera la indecente herencia que el abuelo, moribundo, iba a dejar cuando abandonara el mundo de los vivos. Si no habéis leído la primera parte, os recomiendo (como siempre suelo hacer cuando reseño sagas) que os detengáis ahora mismo y no continuéis leyendo esta reseña. No me malinterpretéis, me encanta que leáis lo que escribo —introdúzcase aquí una gran reverencia y un movimiento galante de sombrero—, pero no quiero ser yo quien os desvele el final de la primera parte. Parte que, si no habéis leído, ya estáis tardando.

Pongo punto y aparte para dar espacio a la gente que no se ha leído el primer libro y, ahora que quedamos los que sí que sufrimos con la abuela (y luego con la madre) de los cuatro niños, podemos continuar con la reseña. El caso es que yo venía diciendo que no entendía a la gente que ve las desgracias como una oportunidad de que algo bueno va a pasar. “Cuando una puerta se cierra, se abre una ventana”, suele decir mi abuela. Tampoco sé muy bien qué significa eso. Será porque viví toda mi infancia en un quinto y si me quitaban la puerta… poco más se podía hacer. Pero parece que Cathy es de las optimistas. Después de vivir encerrada más de tres años en un ático solo piensa que las cosas pueden ir a mejor. Y parece que no estaba equivocada, pues poco después de salir del ático conocerán al doctor Sheffield, quien les adoptará y les dará un nuevo hogar. Pero ya conocemos un poco a V. C. Andrews y en Pétalos al viento no iba a dejar que los hermanos fueran felices tan fácilmente. No quiero adelantar absolutamente nada de la historia, ya que creo que sería un delito contar aunque solo fuera un ápice de esta, pero sí diré que son muchos los años que transcurren en esta parte de la saga, por lo que conoceremos a una Cathy adolescente, pero también veremos cómo crece y se convierte en una mujer vengativa que nada más que quiere devolverle el flaco favor que le hizo su madre al dejarla allí arriba encerrada junto con sus hermanos.

Pétalos al viento es una historia de venganza y de desesperación. Cathy intentará encontrar un rumbo a su vida, tratando de no emular a su madre; pero poco a poco se dará cuenta de que, en realidad, no son tan distintas.

Esta es la segunda vez que leo este libro. E, igual que me pasó la primera vez, no he podido evitar que la piel se me pusiera de gallina con algunas escenas. V. C. Andrews siempre ha tenido la capacidad de transportarme a sus escenarios y hacerme cómplice de las historias, como si yo misma estuviera metida en las páginas de su saga. Y eso, queridos lectores, es una de las mejores sensaciones que puede encontrar un amante de los libros.

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