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Érase una vez la volátil, de Agustina Guerrero

Érase una vez la volátil

Érase una vez la volátilSeguro que os suena esta chica menuda con camiseta de rayas, ¿no? Estoy convencida de que habéis visto alguna vez una de sus ilustraciones, o que alguno de vuestros amigos las ha compartido en Facebook, Twitter o Instagram. Sus dibujos son bastante conocidos y andan por Internet, de aquí para allá. También los podéis encontrar plasmados en libro, como el libro del que hoy os hablo.

¿Quién es la volátil? Este dibujo tan tierno y adorable es el alter ego ilustrado de Agustina Guerrero. Y ahora, los que todavía no la conozcáis, os preguntaréis quién es Agustina Guerrero. Pues bien, esta ilustradora nacida en Chabuco (Argentina) hace 34 años, es diseñadora gráfica y dibujante. Hace más de catorce años que se vino a vivir a España y desde aquí ha dado el gran salto en su carrera. Ha publicado ya varios libros: Diario de una volátil, Nina. Diario de una adolescente y La volátil, mamma mia!.

Hace mucho tiempo que la sigo en las redes sociales, pero la verdad es que nunca había tenido uno de sus libros. Empezar a leer y descubrir mejor a esta ilustradora gracias a Érase una vez la volátil ha sido todo un acierto. Aunque éste sea su último libro publicado, Agustina nos cuenta en él los orígenes de la volátil, o lo que es lo mismo, sus propios orígenes.

Si hay algo que caracteriza a sus ilustraciones es la sinceridad. Aparte de que, como ya os he dicho, sus dibujos son muy cuquis y dulces, Agustina muestra genuinidad en todos ellos y esa es, en mi humilde opinión, la clave de su éxito. Porque que alguien dibuje bien está genial, claro, pero si a esos dibujos encima le añadimos ese toque de autenticidad que hace que podamos sentirnos identificados con las situaciones que nos plantea en sus ilustraciones, pues muchísimo mejor, ¿no os parece? Eso es precisamente lo que ocurre con la volátil, que muchas de esas situaciones que retrata las hemos vivido nosotros también. Y no os creáis que se corta un pelo a la hora de ilustrar esas pequeñas cosas del día a día, Agustina nos muestra su realidad tal y como es. Y cuando digo que la muestra tal cual es, hacedme caso. ¿Vergüenza?, ¿qué es eso? Eso sí, no sé cómo la hace, pero el toque ese tan mono del que os hablo no lo pierde en ninguno de sus dibujos.

Voy a centrarme un poquito en Érase una vez la volátil, que ya está bien. Como os decía, aunque este sea el último libro publicado, si se tratara de Star Wars, éste sería el episodio IV, para que me entendáis. La idea principal que plasma Agustina en este libro es la de renacer y reinventarse, cosa que ella logra conseguir con éxito. Arranca con un desamor que sirve como punto de partida. “Ahora tengo que pensar qué voy a hacer”, ¿Dónde voy a vivir?”, “No sé si seré capaz de empezar de cero”.  Todas esas dudas que se nos plantean después de una ruptura amorosa están reflejadas en las primeras páginas. Agustina decide mudarse, poner tierra de por medio y acaba en Barcelona, tratando de buscarse un futuro. La libreta donde dibuja sus avatares diarios siempre la acompaña. Aunque trabaje en otros ámbitos para tratar de ganarse la vida, el dibujo siempre estará presente. Y un buen día, gracias al consejo de un amigo, decide abrir un blog y compartir este diario ilustrado que es su vida. Y el resto, amigos, es historia.

Os aseguro que merece mucho la pena leer Érase una vez la volátil, porque aparte de poder llegar a sentiros identificados, las ilustraciones y la sinceridad de la volátil son una maravilla. Ahora tendré que seguir con la saga, ya me he enganchado.

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Espiritualidad para el siglo XXI, de Luis Racionero

Espiritualidad para el siglo XXI

Espiritualidad para el siglo XXICuando leo la palabra “filosofía” la digo de una forma diferente a la que, por mi idioma y acento la debería decir. Es difícil de explicar por escrito, deberíais oírme. Para mí, la filosofía es La FI-lo-so-fÍa, así, casi silabeando, marcando las íes. Esto se debe a que mi profesor de filosofía en el bachillerato era de Chile. Tenía un hablar pausado, tranquilo, paciente y sereno. Era un hombre todo bondad, así que le tengo cariño a la materia. En aquella época, se estudiaba durante 3 años la asignatura y aunque con 16 o 17 años, a lo mejor no se está muy preparado para entender muchas cosas, creo que no deberíamos dejar que los jóvenes de hoy se la perdieran. Aquello igual no era lo ideal porque la filosofía que se nos mostraba era solo la occidental, bastante racional y de una forma algo aburrida, pero por lo menos nos enseñaban algo. Algunos nos interesamos a partir de ahí por informarnos sobre otras filosofías o formas de pensamiento. Si nadie te muestra el camino, es difícil dar con él. Además, tuve la suerte de que el mismo profesor me dio ética, y ahí sí, se salió de la programación establecida y hablamos del amor y la amistad, por ejemplo, desde un punto de vista filosófico. Me sigo acordando de lo que disfruté leyendo las cartas de Rainer María Rilke a su amigo poeta.

En Espiritualidad para el siglo XXI, Luis Racionero pone patas arriba muchas de nuestras concepciones sobre la vida y la muerte. Para empezar aclara lo siguiente: “vaya por delante un aviso para ahorrar tiempo y esfuerzo: la filosofía occidental, excepto la ética, no sirve para nada, es una pérdida de tiempo, sólo utilizable como cultura general.” Así que si a alguien esto le parece una barbaridad, pues que deje de leer ya, porque ese es el camino durante todo el ensayo. El libro está dividido en cuatro capítulos: “el miedo a la muerte, el arte de morir, otra mente no racional y subir al espíritu”. Leída la afirmación anterior y la explicación en el primer capítulo sobre cómo tuvo experiencias trascendentes con LSD, me quedé algo pasmada, pero lo cierto es que se entiende perfectamente, y el punto de vista que nos muestra a mí me ha gustado y convencido. Tiene una forma directa y fresca de explicar las cosas, hasta algo irreverente en ciertos puntos, pero clarificadora.

Argumenta la razón del miedo a la muerte y nos explica la manera de superarlo. Después nos desmonta la idea del racionalismo como única e irrefutable forma de pensar del ser humano. Intentamos controlar y organizar todo y esto es un error. “La filosofía es más que la lógica, no es información y combinación de palabras sino que es transformación de los procesos de la mente”. Luis Racionero nos recomienda crecer espiritualmente, no buscar la verdad, sino una experiencia psicológica, un estado de ánimo, llegar a sentir energía, vitalidad, placer, gozo o serenidad. Deberíamos trascender el pensamiento, superar el pensar y dejar paso al sentir o actuar para llegar al autoconocimiento. Nos recomienda el yoga, la meditación, la mística o el zen. Nos argumenta que es más eficiente, mejor, o más satisfactorio, observar las ideas o filosofías orientales.  La conciencia mística no depende de las creencias religiosas sino que es universal y tiene más de conocimiento intuitivo o de sentimiento que de raciocinio. “La espiritualidad consiste en estar receptivo a la existencia del espíritu y no negarlo porque no se ve ni se toca”. Poner en palabras la experiencia mística es muy difícil y nos pone como ejemplo a San Juan de la Cruz y sus poemas.

Tengo la sensación de que llegar a estos niveles de profundidad mística es muy difícil para el común de los mortales. También creo que nos deberían enseñar a sentir, a parar, a meditar, a respirar, desde que somos pequeños, porque nos harían un gran favor. Vivimos en una sociedad que corre y hace ruido, todo el tiempo, que no se para a escuchar su mente y su cuerpo. ¿Os habéis parado a no pensar, a dejar la mente en blanco alguna vez, aunque sea por unos segundos? Es de lo más difícil que hay y sería de lo más sano poder hacer un reset. A veces agradecería tener un botón de esos en mi cabeza, como los de los ordenadores o los teléfonos, que los pulsas durante 10 segundos cuando se bloquean y reinicia todo. Apagar y encender arregla más de la mitad de los problemas en un aparato o chisme digital, eléctrico e incluso analógico; con nuestras mentes sería un descanso más sano que usar, por ejemplo, las drogas o el alcohol para intentar borrar o embotar lo que nos preocupa. Que no se trata de eso, se trata de sentir y sentirse bien, no con resaca.

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Retrato de una dama, de Henry James

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Henry James es un mago del lenguaje escrito como pocos ha habido, hay y, me aventuro a pronosticar, habrá. Es sumamente infrecuente encontrar una escritura tan bella, tan cuidada, tan rica, tan preocupada por el detalle y, a la vez, tan deliberadamente ambigua, de tal forma que suscita tantos interrogantes como respuestas proporciona, y deja abierto a la imaginación y a la adivinanza tanto espacio, que casi la mitad de la historia -o de las conclusiones de la historia y de sus diversas secuencias, situaciones y escenas- es obligatoriamente obra del lector, de cada lector, partiendo de la certeza o de la advertencia forzosa de que ni siquiera después de décadas de estudios, aproximaciones, análisis sincréticos y dialécticos de su obra, de contextualizaciones históricas y biográficas, de interpretaciones de literatura comparada… ni siquiera después de todo eso han logrado los expertos en Henry James alzarse con respuestas definitivas que despejen algunas de las más célebres ambigüedades de su obra; el ejemplo más conocido es La vuelta del torno (u Otra vuelta de tuerca), muestra, toda ella en su íntegra integridad, de las prestidigitaciones semióticas y paradójicas de las que era capaz James. Pero el resto de su obra participa igualmente de esa preferencia por dejar al lector confuso e indeciso: tal famosa escena de Retrato de una dama ¿se refiere al despertar sexual o es la descripción velada de un intento de agresión?

Bien; vamos por partes. La primera: leer Retrato de una dama. A pesar de su longitud, es, sin embargo, mucho más accesible y fácil de leer que obras breves como Los papeles de Aspern y la propia La vuelta del torno. Ello se debe a que se trata de una obra cuyo objetivo es narrar la vida, o la mayor parte de ésta, de Isabel Archer, quien, al comenzar la obra, es una jovencita estadounidense que llega a Inglaterra de la mano de su tía y bajo la égida de ésta, como muchacha casadera. Inmediatamente comienza a hechizar a quienes la rodean, empezando por su familia, los Touchett: su primo Ralph -uno de los personajes mejor construidos y más entrañables de la novela, tal vez el único verdaderamente noble- y su anciano y enfermo tío; más tarde, el joven aristócrata Lord Warburton y la enigmática Madame Merle; sin olvidar a los que ya cayeron bajo su magnetismo personal y la siguen hasta Inglaterra, como su apasionado pretendiente Caspar Goodwood o su mejor amiga, la periodista Henrietta Stackpole. Isabel conocerá a mucha gente, y casi todos ellos serán personajes que conoceremos al dedillo, porque Henry James les insuflará la vida -sí, cobrarán vida delante de nuestros ojos, y conoceremos sus mentes y sus almas hasta el punto de que nos resultará excesivo, nos agobiará ese conocimiento tan perfecto, como si fueran nuestros mejores amigos o los enemigos de toda una vida­–; personajes que, sin embargo, no podremos dejar de seguir, de los que querremos leer más y más, saber de sus bondades y de sus vilezas, adivinar sus próximos pasos, indagar aún más en su interior. Pero nada de ello nos distraerá del objeto preferente de nuestro interés, que ni por un solo momento dejará de ser ella: Isabel Archer. Porque, a medida que avance la lectura, el objetivo, la pregunta suprema de Henry James será también la nuestra: ¿puede Isabel Archer ser feliz con las decisiones que ha tomado?, y ¿puede compaginar su amor por la libertad con esas decisiones concretas y con las consecuencias de éstas? Así, la historia aparentemente trivial de una muchacha de clase media agraciada –en apariencia– por la fortuna deviene en el estudio pormenorizado de un dilema existencial que traspasa épocas, siglos, circunstancias históricas y geográficas, incluso socioeconómicas. Es así como la historia particular de Isabel Archer se convierte, para Henry James, en supuesta lección moral y vital, pues el autor, si en algún momento no juega a la ambigüedad, es precisamente a la hora de mostrarnos claramente sus propias conclusiones, dejándonos aun así la libertad de rechazarlas y alcanzar nosotros las nuestras (pues, si no, no sería Henry James).

Hay quien tacha Retrato de una dama de novela aburrida, estática, donde no pasa nada. Al contrario: pasan muchísimas cosas; no dejan de pasar cosas, en realidad. Que éstas pasen en las mentes y en los corazones de los personajes, y que James nos haga partícipes de ellas usando para eso todo su arte literario, no supone la menor diferencia. En su afán por explorar hasta las últimas consecuencias las preguntas que él mismo pretende responder, Henry James va haciendo a Isabel Archer atravesar todo tipo de situaciones, enfrentándose a algunos personajes, aliándose con otros y despachando a algunos más, todo ello manteniendo constantemente el interés, porque sus personajes, ya lo dijimos, están casi insoportablemente vivos, evolucionan ante nuestros ojos, insinúan sus intenciones, disimulan, se muestran o se ocultan y nos sorprenden al final. Leer Retrato de una dama es tan apasionante como observar a la gente de nuestro alrededor, descifrarla y adivinar sus motivaciones y sus próximos pasos, filosofar sobre la condición humana, emitir juicios de valor, hallar correlaciones de causa y efecto con parámetros profundamente humanos y, por ello, imposibles de sintetizar ni de descodificar.

Retrato de una dama es también la historia de los anhelos humanos, de los deseos y de su diferencia -a veces, abismal y, por ello, en ocasiones, trágica– con la realidad, cuando ésta llega para desbaratar aquéllos, para obligar a los personajes a cambiar de tercio. Henry James nos va mostrando cómo sus personajes se enfrentan a la pérdida, a la derrota, al fracaso vital, y cómo van salvando las situaciones: algunos con dignidad, otros con vergüenza. Se describen y se denotan a sí mismos, no hace falta juzgarlos porque ellos, en sus actos, llevan ya su salvación o su condena.

Además, en Retrato de una dama disfrutaremos de la crónica social y de costumbres de Europa y de Estados Unidos, por aquel entonces –si es que no lo sigue siendo– un país idealizado, joven, que todavía conservaba un aura salvaje e indómita.

Retrato de una dama es, en resumen, una obra imprescindible para entender el personalísimo realismo de Henry James y para disfrutar de su singular estilo, irrepetible, sin concesiones. Random House nos ofrece esta novela clásica en una bonita edición de tapa dura y, lo que es más importante, en una maravillosa –y, sin duda, muy laboriosa– traducción de Ana Eiroa.

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La vuelta al mundo en 80 autores, de Xavi Ayén

La vuelta al mundo en 80 autores

La vuelta al mundo en 80 autores«Este libro es un canon de la mejor literatura de nuestro tiempo, a través de la voz de sus creadores». No le falta razón a esta primera frase de la sinopsis. Y es que nos llega de la mano de Xavi Ayén y Libros de Vanguardia (La Vanguardia Ediciones) la posibilidad de citarnos con los mejores escritores de nuestro tiempo en La vuelta al mundo en 80 autores. Ayén, al cual presentan como uno de los periodistas literarios más importantes del país y que muchos conoceremos por su extensa carrera profesional en La Vanguardia, nos trae aquí sus encuentros con la gran mayoría de los nombres que copan nuestras estanterías: Isabel Allende, Paul Auster, Ken Follet, Carlos Fuentes, Michel Houellebecq, Karl Ove Knausgard, Javier Marías, Juan Marsé, Patrick Modiano, Haruki Murakami, Philip Roth, Enrique Vila-Matas o Gao Xingjian. Y así hasta 80.

Organizado por fecha de nacimiento, empezamos con el egipcio Naguib Mahfuz, nacido en 1911, y acabamos com Zadie Smith, nacida en 1975. Entre estos dos nombres, 78 más que le hablarán a Xavi Ayén de sus vidas como escritores, como personas, de sus libros publicados y los que están publicar pero, sobre todo, que le hablarán de la vida vista a través de los ojos del que escribe. Ayén vuelca aquí sus conversaciones mantenidas a lo largo de estos años con tantos y tantos autores e inmortaliza sus confesiones, anécdotas, opiniones y reflexiones acerca de todo lo que envuelve al libro y a su creador. No son conversaciones realizadas expresamente para el libro sino que es un recogida de todas las que ha tenido el periodista con los escritores. Quizás debería mejor usar en este reseña la palabra autores en vez de escritores ya que por ejemplo nos encontramos al director de ópera Daniel Barenboim o al famoso ajedrecista Garry Kasparov, aunque ambos también como artífices de algún que otro libro sobre su campo.

Xavi Ayén nos desplaza en el tiempo – ya que conversamos en vida con autores como García Márquez, Saramago, Matute, Umberto Eco o Doris Lessing – y también en el espacio, viajando con él a lugares incómodos tanto para escritor como para periodista como es la Abeokuta (Nigeria) de Wole Soyinka, El Cairo de Naguib Mahfuz o el Estambul de Orhan Pamuk; y otros no tan incómodos como el Estocolmo de Steig Larsson, la casa de México de Elena Poniatowska o el apartamento en Manhattan de Toni Morrison. Algunas de las conversaciones son entrevistas puras y otras son la experiencia dejada tras una jornada, o varias, con el escritor; algunas ocupan un par de páginas y otras se pueden acercar a la decena; algunas te empapan del autor y otras te dejan el sabor en la boca de ser una simple excusa de promoción. En poco más de 500 páginas recorremos el mundo a través de las voces, algunas comprometidas y otras no, que llenaron o que llenan las hojas en blanco con tinta hipnotizante. Paseamos por la novela, pero también por el ensayo, la crónica, la poesía, el cuento: paseamos por la Literatura.

Siempre he creído que uno de las características mágicas que tienen los libros es la de inmortalizar a sus autores, y estas líneas lo demuestran. ¿Qué diferencia hay entre la conversación con Günter Grass y la mantenida con Vargas Llosa? ¿Quién está vivo y quién no? ¿Qué importa eso? Nada importa en la edad cuando se habla de literatura porque en ella el tiempo no pasa. El tiempo en los libros se para cuando se cierran y vuelve a reanudarse, siempre vigente y en eterno retorno, cuando unos ojos curiosos los vuelven a abrir. Es eso, la curiosidad, lo que hace falta para adentrarse en La vuelta al mundo en 80 autores. ¿La sientes?

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Diario de un resurreccionista, de James Blake Bailey

diario de un resurreccionista

diario de un resurreccionistaA lo largo de la historia de la humanidad no son pocos los periodos vividos por el humano que, ahora vistos en retrospectiva, nos sorprenden por algunos hechos concretos, las costumbres o incluso los pasatiempos de aquellos lugares que pertenecen al pasado. La época victoriana fue indudablemente una de las más sorprendentes. Este periodo, que rondaría las siete décadas de duración, no solo nos dejaría la cumbre de la revolución industrial, sino que también pondría de manifiesto vicios y filias que podrían abarrotar páginas y páginas de un libro.

Uno de estos hobbies fue el de las peleas de animales, en especial y con mucho éxito, aquellas en las que un perro tenía que matar, en el menor tiempo posible, a tantas ratas como pudiera. Y ya que hablamos de roedores, no debería dejar de mencionar que a la gente más chic de la época le gustaba coleccionar ratones disecados. Los animalillos eran vestidos con ropajes a su medida y colocados en posturas muy humanas en situaciones de vida cotidiana, tales como una boda o la hora del té. Una extravagancia que llenaba los bolsillos de los taxidermistas y probablemente de los alcantarilleros que cazaban a los desdichados roedores. Y eso a pesar de que la función real de los alcantarilleros era desatascar las cloacas, además de recolectar algunas de las joyas que encontraban entre las aguas fecales. Los recogedores de excrementos eran los otros trabajadores en el parco sistema de alcantarillado de aquella época. El nombre es suficientemente revelador como para perder unas líneas describiendo qué hacían.

Pero mientras algunos hombres comerciaban con la inmundicia y los desechos, otros lo hacían con la muerte. Como los fotógrafos expertos en fotografías post-mortem. Al morir un familiar se le retrataba con sus mejores galas, en ocasiones junto a su mascota o “fumando” aquella pipa que era su favorita. ¿Qué mejor recuerdo de un ser querido que esos ojos muertos mirándote eternamente a través de una desgastada foto? Otros mercaderes de la muerte fueron los resurreccionistas; una profesión que en la época victoriana daba sus últimos coletazos pero que unos años antes había tenido su época más boyante. ¿Que no tenéis ni idea de qué os hablo? Genial, porque entonces Diario de un resurreccionista de James Blake Bailey os despejará esa duda a la vez que os enseñará cómo, dónde y porqué hacían lo que hacían estos traficantes de cuerpos.

Con Diario de un resurreccionista voy a empezar por el final. Empezaré explicándoos que el diario (reproducción de uno real el cual se haya expuesto en el museo Hunterian de Londres) apenas ocupa un tercio del total del libro. El diario no deja de ser un fantástico objeto de estudio además de un documento único en su especie. A pesar de ello el diario es lo que es: frases breves, con descripciones telegráficas y con abundantes números intercalados; cifras que muestran las transacciones que se llevaron a cabo.

El diario en sí, por sí solo, tendría poco interés si no fuera por la cuidada y reveladora introducción de James Blake Bailey, editor que a finales 1896 decidió publicarlo y hacer visible unos hechos execrables para que no volvieran a repetirse. Podría decirse, y no sería falso, que entre vuestras manos tenéis un libro de la época victoriana. ¿Cómo se os ha quedado el cuerpo? El caso es que Blake Bailey, al ponernos en contexto, nos hace mucho más comprensible el diario. Nos habla desde el punto de vista de alguien que vivió aquella época en la que por las noches las bandas de resurreccionistas se disputaban con violencia los cadáveres recién enterrados. Guerras comparables a las que hoy enfrentan a los narcos. Ríete tú de las escaramuzas que enfrentaron el cartel de Cali con el de Medellín. Blake Bailey también arrojará un poco de luz sobre los métodos para transportar la mercancía (escondiendo cadáveres en barriles o cajas, con etiquetaje falso, para burlar a las autoridades) que nada tendrían que envidiar a los utilizados por los señores de la droga ahora; o cómo esta oscura profesión pudo llegar a ser tan popular, tocando temas como la escasa legislación de aquel momento o la gran demanda por parte de los anatomistas que necesitaban avanzar en sus estudios a toda costa.

Si Diario de un resurreccionista ya podría haber sido una obra digna de mención con la introducción de James Blake Bailey y el diario, el extensísimo prólogo de Juan Mari Barasorda (experto en acontecimientos truculentos de la época victoriana) lo hace indispensable. Barasorda hace un viaje alucinante a través de la historia, del mundo literario, del cine o de la medicina, tomando como eje central la figura de los ladrones de cuerpos. Nos hablará de Mary Shelley y su Frankenstein (probablemente el resurreccionista y anatomista ficticio más popular de la historia), de aquellos que decidieron conseguir cuerpos utilizando otros métodos más expeditivos (véase la estremecedora historia de los asesinos Burke y Hare), sin dejar de lado a médicos y anatomistas como Andre Vesali o Leonardo da Vinci.

Sería injusto finalizar sin hablar de la parte visual. El Traité complet de l’anatomie de l’homme, con sus maravillosas ilustraciones del cuerpo humano, es en gran parte el encargado de acompañar lo relatado en Diario de un resurreccionista. Así como fotografías reales que muestran a anatomistas practicando con sus cadáveres en la mesa de disección (que sí, que se ven los cuerpos), o los métodos para proteger tumbas y mantener alejados a los ladrones de cadáveres.

Diario de un resurreccionista es un libro singular, bellamente editado por La Felguera editores (una editorial que, bajo la apariencia de una sociedad secreta, se dedica a revelar los mejores secretos de su tiempo); es además uno de esos libros que puede llegar a un público muy variopinto: los más morbosos, los interesados en historia (tenebrosa, sí, pero al fin y al cabo historia),los fascinados por la medicina o incluso los amantes de las novelas negras o de terror (seamos sinceros, un poco de miedo, todo esto, sí que da).

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Alcatraz 2. Los huesos del escriba, de Brandon Sanderson

Alcatraz 2. Los huesos del escriba

Alcatraz 2. Los huesos del escribaSi hago memoria de las primeras novelas juveniles que me mandaban leer en el colegio, se me pasan por la cabeza títulos como Manolito Gafotas, de Elvira Lindo, la serie Pesadillas, de R. L. Stine o El príncipe de la niebla, de Carlos Ruiz Zafón. Todas ellas me parecieron fascinantes y consiguieron su propósito conmigo; me engancharon y de qué modo a la lectura. Aventuras, fantasía, misterios… un mundo se me abría en cuanto llegaba del colegio y cogía uno de esos libros. Mucho tengo que agradecer a los profesores por su elección. No digo que no estuviera mal una versión acorde con aquella edad del Lazarillo o El Quijote, pero las aventuras de autores contemporáneos conseguían llegarme más.

¿Qué libros mandan ahora en los colegios de primaria y secundaria? Pues la verdad, no lo sé, pero bien valdría que eligieran, de entre los listados de lecturas obligatorias, la colección Alcatraz, de Brandon Sanderson. Y de esa colección, uno muy entretenido es este Alcatraz 2. Los huesos del escriba.

Sanderson, además de ser el incansable escritor de fantasía adulta, también dedica parte de su tiempo (para este señor los días deben durar unas tres horas más) en escribir aventuras de corte juvenil. Y su personaje protagonista, Alcatraz, tiene todos los elementos para conquistar a los lectores: chaval de trece años, un tanto rarito, con cierta tendencia a destrozar cosas y meterse en líos cuanto más variopintos, mejor. Pero como un personaje solo sabe a poco en una aventura, mejor meterle secundarios de lo más molones. Y ahí están su amiga Bastille, que con la ayuda de su madre tendrán el propósito de vigilar y proteger a Alcatraz para evitar que al chico no le dé por abrirse la crisma o algo por el estilo, Kaz, el tío enano de Alcatraz y con poderes absurdos a la par de prácticos (según qué casos, claro), una prima de la familia con habilidades heredadas igual de torpes y por supuesto el entrañable abuelo Smedry, el más tarado de todos. Menudas patas para un banco.

Alcatraz 2. Los huesos del escriba narra las escaramuzas en las que se va a ver envuelta la peculiar pandilla para conseguir rescatar al abuelo Smedry. Y aquí viene lo bueno, el lugar al que tienen que viajar no es otro que la legendaria Biblioteca de Alejandría, la cuna del saber. Esto ya debería ser motivo de sobra para hincarle el diente a este apetitoso libro. Al menos conmigo lo fue. La gran Biblioteca de Alejandría, el sueño de todo amante de los textos escritos. La cúspide de los misterios ocultos de la humanidad. En el libro, las Tierras Silenciadas por los malvados Bibliotecarios, es decir, Estados Unidos, Europa y Canadá, desconocían por completo la remota existencia de dicho lugar. Bueno, saben lo mismo que hemos leído en cientos de libros de Historia pero, ¿quiénes supervisan esos libros y la información que en ellos se vierte? Ahí entra en juego esa organización malvada que son los Bibliotecarios, inmisericordes censuradores de la información. Gracias a Alcatraz y sus amigos, por fin vamos a poder adentrarnos en la majestosa biblioteca y destripar todos sus misterios.

Bueno, lo de destripar a lo mejor no es lo más apropiado ya que la biblioteca en cuestión está protegida por alguien que amenaza con hacer precisamente eso. No iba a estar ahí sin más esperando a que alguien entre a ella como Pedro por su casa. Crípticos jeroglíficos egipcios, libros escritos en sumerio e incluso libros de recetas de comida de la tele están protegidos por unos horribles espectros que amenazan a todo aquel intrépido que se adentre en los pasillos y recovecos de la Biblioteca de Alejandría. En el fondo son majos, pero con muy mala idea. Te ofrecen un libro a cambio de tu alma. Como cuando abres la puerta a los del Círculo de Lectores, vaya.

Trescientas páginas llenas de ritmo y humor; de fantasmas sectarios recorriendo los pasillos repletos de estanterías de libros; trampas ocultas en cada rincón de la Biblioteca de Alejandría… ¿Qué más se le puede pedir a un libro de aventuras juveniles? De nuevo vuelvo a sentirme como en aquellas tardes después del colegio deseando coger el libro y no soltarlo hasta acabarlo.

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Azul marino, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann

Azul Marino

Azul MarinoToda buena historia merece un buen final. Y el final de Ana Martí está escrito en Azul marino. Tras disfrutar con Don de lenguas y El gran frío, la trilogía de novela negra escrita a cuatro manos entre Rosa Ribas y Sabine Hofmann echa el cierre, para disgusto de algunos de sus seguidores, con la historia que hoy vengo a reseñar. Cualquiera que haya leído las dos primeras novelas habrá sucumbido a los encantos (literariamente hablando) de su protagonista, Ana Martí, la joven periodista barcelonesa que tiene que abrirse un hueco a codazos en una sociedad, la de los años 50, que no ve con buenos ojos la independencia que muchas mujeres intentan conseguir en el plano amoroso y/o laboral.

Corre el año 1959 cuando en el puerto de Barcelona permanece anclada la Sexta Flota norteamericana, lo que da tiempo a cientos de marines a conocer la Ciudad Condal, y con ello, sus bajos fondos. En un burdel del Barrio Chino, el Metropolitano, se produce el asesinato de uno de ellos. El inspector Isidro Castro, otro habitual de la trilogía, trata de esclarecer el caso junto a la sus “colegas” estadounidenses, por lo que acude a Ana para que haga las veces de traductora. La periodista, por su parte, sigue compaginando su carrera entre los ecos de sociedad de la revista Mujer Actual y los sórdidos sucesos de El Caso. Para el segundo de ellos tendrá que escribir sobre el suicidio de una trabajadora de un local de costura que acoge a mujeres descarriadas, regentada con orgullo por señoras de la burguesía pertenecientes a una congregación religiosa con unas ideas de la vida y de la mujer que chocan frontalmente con las de nuestra protagonista.

Tras dos novelas de alta calidad, era de esperar que esta tercera siguiera el mismo guion. Y así ha sido, para gozo del lector. Si escribir a cuatro manos tiene sus dificultades, no se nota leyendo las novelas de Rosa Ribas y Sabine Hofmann, cuya compenetración es tal que hace que ni la trama ni los diálogos ni los personajes se resientan por aquello de tener dos “madres” literarias distintas. Todo en esta novela fluye de forma tranquila y decidida, derivando en una brillante resolución del caso. Además, en esta ocasión nos permiten conocer un poco mejor la vida privada del inspector Castro, que verá como las malas compañías de su hijo ponen en peligro su carrera.

Una vez más, el fuerte de estas novelas negras se basa en la cuidada ambientación de la época en la que se desarrollan. Uno lee Azul marino y se convierte en un barcelonés de posguerra paseando por el Barrio Chino o bajando alegremente por la Rambla mientras militares americanos revolucionan al sector femenino de la ciudad. Las autoras tienen un don especial para definir a los personajes, haciendo igual de creíbles los comportamientos de un miembro de la alta burguesía que los de una prostituta o un traficante de baja ralea. El personaje principal también sirve para medir el nivel social y cultural de la época, con la férrea moral franquista siempre presente. Por eso la protagonista lucha contra viento y marea para encontrar reconocimiento dentro de una sociedad en el que la mujer está concebida para otros menesteres.

Con todo esto, confieso que soy de los que echará de menos a Ana Martí; incluso a su prima Beatriz y al inspector. Pero sobre todo a la joven periodista, cuyo personalidad hemos visto crecer en estas tres novelas, pasando de ser una asustadiza muchacha a una mujer decidida, como queda patente en Azul Marino. Por suerte, de Rosa Ribas siempre nos quedará el resto de sus novelas. Quizá no sea mala idea la de conocer los casos de la comisaria Cornelia Weber-Tejedor.

César Malagón @malagonc

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Lo que queda de nuestras vidas, de Zeruya Shalev

Lo que queda de nuestras vidas

Lo que queda de nuestras vidasDespués de traerles, no hace demasiado tiempo, un par de libros de Escritores judíos, incluso escritos directamente en yiddishy traducidos de ese idioma al castellano, decidí, darme un descanso, y he leído cuentos infantiles para curarme de los males que me aquejan desde un pequeño accidente que tuve. Pero ya saben que no hace casi nada volví con unas extrañas memorias de Hitler que me devolvieron a un tiempo concreto de la historia.

Vi la portada de Lo que queda de nuestras vidas y quedé fascinada, una típica portada de Siruela que te obliga a girarte y mirarla. Y, en contra de mi voluntad, dar la vuelta al libro y leer el inicio de la contraportada:

“Zeruya Shalev, la voz femenina más importante de la literatura israelí contemporánea, presenta en su nueva novela un impactante y emotivo relato de padres, hijos y los sentimientos y resentimientos que los unen y los separan… “

No leí más, y durante un buen puñado de noches he sido raptada por esta mujer, y durante un buen puñado de noches he disfrutado de su historia, sin comer, sin beber, absorta absolutamente en la narración.

Y es que NO estamos en los años de la II GM; nuestra protagonista va a ser Hemnda Horowitz, una mujer ya muy mayor con la que compartiremos, en sus últimos días, los recuerdos de su vida, trasladada de urgencia desde el pequeño cuarto en el que estaba en casa de su hija, a un hospital de Jerusalén.

Allí, la autora, jugará bien con los personajes que nos va presentando, a la propia Hemnda, pero también y sobre todo a sus hijos; Diana, una hija con la que nunca ha llegado a estar muy unida, deseosa de adoptar a un niño en contra de la voluntad del resto de su familia, pero ahora su única hija se hace mayor y aparecen las carencias que muchos y muchas van a reconocer; y Abner, como diríamos en nuestro en argot cariñoso y familiar, su ojito derecho, el niño al que le dio todo y al que ama todo lo que ella cree que se puede amar. Un abogado especializado en derechos humanos. Pero tampoco será oro todo lo que reluce.

La historia, está claro que la cuenta en tercera persona, pero ha sido capaz de que lo olvide a lo largo de la lectura y me lleva una y otra vez a esa primera persona más íntima, más personal…

“Qué edad incómoda, cuarenta y cinco, en una época las mujeres morían a esta edad, cumplían con la crianza de los hijos, y morían, liberaban al mundo de sus presencias, la presencia constante e incisiva de mujeres que han dejado de ser fértiles, cáscaras carentes ya de todo atractivo….”

¿Quién lo dice? La narradora, la protagonista ¿He dicho narradora?, yo he visto a la autora escondida tras esta narración, quiero decir que esa tercera persona que en ocasiones es segunda o primera para el lector, nos da una idea de que hay algo personal en lo que cuenta, no en la historia, sino en lo que te hace sentir durante su lectura. Ella misma ha dicho que ha tardado en escribir este libro 5 años. La historia la tenía antes pero lo ha pulido hasta que ha quedado como ella quería, y yo creo que ella quería esa perfección que nos ha llegado.

La traducción no le quita ni un ápice de sonoridad, de ritmo, de baile de lectura, lento cuando conviene, en los recuerdos; más rítmico en las acciones que suceden hoy mismo, ahora, casi mientras lees…

Después de terminar el libro no he podido dejar de buscar la historia de esta mujer, de esta escritora Israelí, Zeruya Shalev, una mujer que nos acerca siempre temas tan difíciles para el escritor como para el lector. En este caso el hecho de admitir que quieres a un hijo más y por encima de otro… Yo solo tengo una hija (Ahí no tengo problema). Pero a su vez tengo varios hermanos y primos y amigos, y la mayoría tienen varios hijos, y una observa que no tienen la misma vara de medir para todos. Y sí, yo sé que cada cual tiene su excusa: Este es más cariñoso, en esta tengo más confianza … El reflejo de la vida, pero cuando uno se enfrenta a la muerte se enfrenta también a las verdades de su vida.

La autora, he leído que fue víctima de un atentado terrorista en Jerusalén en 2004, que le afectó la cara, las manos y muy gravemente una de sus piernas. En ese atentado fallecieron 11 personas. Ni un pequeño rescoldo de resentimiento veremos en su obra, de hecho ella es miembro del grupo de mujeres judías y palestinas que trabajan unidas por la paz, una organización que se define como un movimiento que nació a raíz de la guerra de 2014 en Gaza, para restaurar la esperanza y trabajar hacia una existencia pacífica para las generaciones futuras. Seguro que de estos temas bien nos informarían mujeres como la especialista Carmen Magallón  o mi paisana, la valiente y comprometida Ejeana, periodista y residente en Gaza, Isabel Pérez.

Lo que queda de nuestras vidas, de Zeruya Shalev, sean valientes y lean a esta mujer que no les dejará indiferentes, que quizá sí nos recuerde algo de lo que fue un Kibutz cuando muchos llegaron de Europa, como la protagonista, hija de un padre y mujer de sobrevivientes del holocausto, cosas que marcan, ella, la autora, nos explica que la protagonista, quizá alguien de la edad de su propia madre, quería otra vida, la libertad que allí en el Kibutz no podría tener. Vivir la vida que queremos, dice la autora, es difícil y suele producir insatisfacción, y la insatisfacción nos priva de la felicidad.

El libro nos habla de una familia israelí, y como en todas las familias hay de todo, y cada cual ya tiene bastante con lo suyo… Mujeres como ésta me reconcilian con la vida, y libros como estos con la literatura.

La vida ya es dura de por sí, intentaré bajar mis metas para poder ser algo más feliz.

Todos deberíamos ser seres por la paz.

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Safari honeymoon, de Jesse Jacobs

Safari honeymoon

Safari honeymoonQueda mucho más bonito llamarnos “lectores” que “consumidores de libros”. Se trata, quizá, de la misma pedantería que se apodera de nosotros cuando cogemos un avión. No somos turistas, afirmamos con la solemnidad de Toro Sentado, sino viajeros. Vamos por la vida con la mente abierta y una sed infinita de aprender y conocer nuevas culturas y formas de vivir por las que, pese a su atraso, falta de higiene y costumbres salvajes, sentimos un religioso respeto.

La pareja protagonista de Safari Honeymoon, esta genial e inclasificable novela gráfica de Jesse Jacobs, han decidido celebrar su boda de miel con una genuina aventura en los peligrosos confines de un bosque infestado de peligrosos depredadores, horripilantes parásitos y plantas venenosas. Cuando el guía les sirve el desayuno, “croque-monsieur a la parrilla con creme fraiche y gruyère, coronado con huevo de codorniz orgánico”, la esposa pregunta si se trata de un plato local, como informaba el folleto de la agencia de viajes. “Todas las plantas y animlaes de este maldito bosque son venenosos”, le responde el guía. “Bueno, aun así sigue siendo un desayuno encantador”. Ni ella ni él van a dejar que semejante minucia les estropee una experiencia tan increíble como la que van a vivir.

La experiencia en cuestión consiste en matar todo bicho viviente que se les presenta, a lo que el guía contribuye matando a las crías para que no sufran. Lo que nuestra pareja de recién casados no sospecha es que el bosque en el que se encuentran es un organismo vivo y que, dentro de él, ellos son poco más que dos pequeños e insignificantes parásitos, no muy diferentes de los que les acechan con cada bocanada de aire. Tanto es así que olvidarse de ponerse el tapón del culo cuando duermen puede tener consecuencias espeluznantes.

Los parásitos y el resto de criaturas que pueblan este bosque y las páginas de Safari Honeymoon merecen comentario aparte. Cada rincón  de cada viñeta puede ocultar un animal o una planta de aspecto tan fantástico como estremecedor, desde los monos del bosque hasta ese animal que engulle a una criatura que, a su vez, le hace devorarse a sí mismo, pasando por otra criatura, también inquietantemente antropomorfa, cuyo feto, que aún no ha desarrollado las toxinas, salva de morir de inanición a nuestros protagonistas. Cada viñeta de esta novela gráfica es un pequeño mundo en el que el caos de la civilización entabla un duelo con la simetría y la racionalidad de la naturaleza.

A nadie que la lea se le ocultará el mensaje ecológico de la obra, pero reducirla a ese mensaje sería del todo injusto. Situada, como hemos visto, en un remoto bosque plagado de peligros, Safari Honeymoon se me antoja una sátira sobre diferentes aspectos de nuestra sociedad:  el ansia de aventuras exóticas supuestamente auténticas, el empeño en estudiar, someter y controlar cada palmo de nuestro planeta, o ese esnobismo que afecta por igual a turistas y consumidores de libros. Y como toda buena sátira, el sentido del humor está presente en todo momento. A título de ejemplo, no puedo resistirme a mencionar las crípticas citas que apunta el bosque parlanchín, cual uno de esos excéntricos personajes que pueblan las películas de Wes Anderson, o las palabras que el marido, creyéndose al borde la muerte, le dice a su esposa:

Prométeme que, cuando vuelvas a la ciudad, denunciarás de mi parte a la agencia de viajes.

A lo largo de nuestra vida como consumidores de libros, sólo en contadas ocasiones podemos decir que nos hallamos ante una obra completamente diferente a todo lo que hemos leído. Enigmática, perturbadora y ferozmente divertida, ésta es una de ellas.

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Bella Muerte 2. El oso, de Emma Ríos y VV.AA.

bella muerte 2 el oso

bella muerte 2 el osoHay veces en las que te cuesta hacer una reseña. No sabes por dónde empezar. Tienes claro que el libro o cómic te ha gustado, pero no te ves capaz de trasladar al papel cuantísimo te ha gustado. Siempre te vas a quedar corto, da igual lo esplendido o imaginativo que te pongas a la hora de buscar adjetivos superlativos porque en tu fuero interno sabes que nunca vas a quedarte satisfecho y te sientes fatal por no poder transmitir a la gente con palabras lo que sientes o has sentido con esa lectura.

Esto es lo que, a medida que iba degustando Bella Muerte. El oso, iba temiéndome. Y es lo que ha sucedido. Si con el número anterior, el primero de esta saga, se notaban los aires e influencias de Gaiman, en este se respiran tanto que no puedes evitar recordarte que no, que aquí ni guioniza ni pinta nada el inglés.

Por supuesto, para entender del todo este cómic es necesario haber leído el anterior. De lo contrario no es que no os vayáis a enterar de nada, pero sí que, a pesar de ser una saga de cómics autoconclusivos, os perderéis algunos aspectos cuya falta no harán de este cómic una lectura redonda. Y también, por supuesto, si habéis leído el anterior, necesitáis aunque aún no lo sepáis, leer este.

En un rancho (recordemos que la ambientación de estos cómics es la de un western combinado con realismo mágico) Sarah es una anciana americana que agoniza en su cama, pero, debido a que conoce a Zorro (personificación amable de la muerte, un tío campechano que a pesar de ser lo que es, no da ningún miedo, –de la misma forma que la Muerte, de The Sandman, tampoco lo da y quieres pasar más tiempo con ella–) y a que su familia ha hecho muchos favores a los suyos (a los que son como Zorro), la hija de Sarah le pide que espere un poco, que no se la lleve todavía, que permita que su hermano, el cual está luchando en Francia en la Primera Guerra Mundial, pueda despedirse también.

Y de ahí vamos al campo de batalla. Un campo lleno de metáforas visuales donde, por ejemplo, las trincheras que cavan los soldados serán sus propias tumbas. Un campo en el que confluirán los personajes ya icónicos para intentar ayudar a Cyrus, el hijo de Sarah.

Esa es la trama grosso modo. Parece simple, ¿verdad? ¡Ja! Una trama, al igual que el número anterior, rodeada de fantasía, belleza, poesía, cuentos ancestrales (el de la buena y la mala suerte), onirismo y personajes bien asentados y definidos, que es preciosa pero que tienes que leer sin prisas y con el primer tomo fresco en la mente.

En cuanto al apartado visual… me remito al primer párrafo. Emma Ríos se sale y nos regala obra de arte tras obra de arte con el añadido además de dotar de misterio, de misticismo, de surrealismo… lo ya de por sí complicado de la narración. El trazo de Ríos unido al color de Bellaire hacen que, –sí, soy un cansino, pero es que no puedo explicarlo de otra manera– el espíritu de la obra de Gaiman y los dibujos de Dave McKean revivan en estas páginas.

Bella Muerte. El oso, es además, a su manera, una crítica a la guerra, un canto a la vida y una advertencia sobre lo rápido que pasa esta, así como un recordatorio de que todos vamos a morir con una frase que parece sacada de la serie Perdidos:

“Todo el mundo muere solo, igual que todo el mundo nace solo”.

Este cómic es de esos que merecen leerse más de una vez, que ganan con cada relectura y que se entienden mejor cuanto más se pasan sus hojas.

Puro divertimento artístico bellamente editado por Astiberri. Una joya elegante e inteligente que combina sabiamente fantasía y realismo y que eleva el noveno arte a los niveles más altos.

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Sé bueno hasta la muerte, de Zsigmond Móric

Sé bueno hasta la muerte

Sé bueno hasta la muerteDos motivos fundamentales me llevaron a acercarme a Sé bueno hasta la muerte, en primer lugar mi convicción de que las letras húngaras son un pozo sin fondo de libros y autores más que interesantes y en segundo que la sinopsis me recordó a un libro que reseñé no hace mucho, El alumno Gerber, de Friedrich Torberg, que me gustó especialmente. Debo decir, aun a riesgo de parecer autocomplaciente, que acerté en ambos casos: sigo sin haber leído a un autor húngaro que me decepcionase (y llevo bastantes) y este nuevo libro está sin duda a la altura de aquel que hizo que me llamara la atención. No son, sin embargo, libros especialmente parecidos más que en el planteamiento. Ambos retratan la escuela austrohúngara y los rigores que le eran propios con tanta brillantez como talento, ambos logran a partir de esa escuela esbozar un retrato crítico de la sociedad en la que se ambientan las obras (aunque esta segunda en ese aspecto es, por así decirlo, mucho menos política) y en las dos se trata de la fragilidad de la infancia y la adolescencia y de los peligros de una mala influencia en esa época, entendiendo como mala influencia especialmente la de los educadores insensibles que tanta fortuna hicieron en aquel sistema. Pero los protagonistas y sus andanzas son muy diferentes. El de Sé bueno hasta la muerte parece más frágil y de hecho es más pequeño, pero no lo es y su azaroso discurrir, si bien es difícil e ilustrativo de una sociedad en la que los prejuicios y las ideas preconcebidas tenían un peso difícilmente justificable, es radicalmente opuesto.
Misi es brillante y sensible, también humilde y está tan lejos de la arrogancia que resulta extraordinariamente sencillo encariñarse con él. Y por tanto sufrir con él. Sufrir por la distancia a la familia, por las dificultades de adaptación en un ambiente sordamente hostil, por las penurias que pasa en determinados momentos y sobre todo por su condición de presa fácil de las injusticias. No se asusten, también disfrutarán juntos, explorarán la amistad, el deslumbramiento del primer amor, las satisfacciones de las cosas bien hechas y de la buena gente encontrada. También aprenderán sobre la historia de Hungría, cómo no.
Podríamos convenir en que son familia, escuela, amigos y amor las fuerzas que más influyen en la conformación de la personalidad de los niños y los adolescentes, y al pequeño Misi los que no le faltan, le fallan y debe por tanto construirse con sus propios medios, que siempre son escasos aunque en muchos casos sean tan intensos que aparenten ser indestructibles. Evidentemente no lo son y el periodo crucial de la vida en el que se centra en la novela pasa del optimismo a la angustia con más facilidad que aquella con la que el lector pasa la hoja.
Sé bueno hasta la muerte es ante todo una historia muy bien contada, lo que bien se podría deducir del párrafo anterior ya que si uno acompaña al protagonista, vive con él y siente con él, es que algo está bien hecho, pero el talento de Zsigmond Móric va más allá y logra construir todo un clásico a partir de una historia pequeña, local y sencilla. Una reflexión sobre la infancia perfectamente extrapolable a nuestros días. Lo dicho, un clásico.

 

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Mi nombre escrito en la puerta de un váter, de Paz Castelló

Mi nombre escrito en la puerta de un váter

Mi nombre escrito en la puerta de un váterAún no lo he vivido en mis propias carnes, pero es por todos conocido que la aventura por la que tiene que pasar un escritor novel —e incluso no tan novel— para publicar sus obras hoy en día es enormemente compleja y, en muchos casos, desoladora. Es cierto que actualmente el recurso de la autoedición está al alcance de todos; hay varios ejemplos de personas que han conseguido llegar a un público numeroso a través de este método, pero si obviamos estos casos puntuales, de nuevo la realidad nos muestra como, casi diariamente, libros en los que sus autores han puesto horas y horas de esfuerzo y de cariño quedan huérfanos de lectores. Esto que se debe, seguramente, más a la dificultad para hacerse ver en el hiperpoblado mundo literario que a la calidad de los textos.

Mauro Santos, el protagonista de Mi nombre escrito en la puerta de un váter, la última novela de Paz Castelló —quien, por suerte, sí que ha encontrado una editorial que le publique sus obras— es uno de esos escritores de indudable talento al que, sin embargo, no le ha acompañado la suerte a la hora de difundir sus textos. Por cosas del destino Germán Latorre, un conocido presentador de televisión, descubre su trabajo y le ofrece escribir para él, de forma que las novelas resultantes se publiquen bajo el nombre de Latorre. Que sea su negro, vaya. La relación es un éxito, tanto a nivel económico como de prestigio, debido a la calidad de los textos y a la fama del falso escritor, pero un buen día Mauro, cansando de que éste se lleve sus méritos, decide dejar de escribir para él. Esta situación se une a su participación en un reality literario en el que, para más inri, uno de los miembros del jurado es su antiguo mecenas, que hará todo lo que esté en sus manos para obligar a Santos a retomar su trabajo a su sombra.

La novela me enganchó desde muy pronto y creo que eso se debió en su mayor parte al estilo narrativo de la autora. Periodista antes que escritora, Castelló demuestra ser una gran creadora de tramas, ya que en esta novela las tenemos de todo tipo: un triángulo amoroso, toques de humor ácido, una fuerte crítica a los medios de comunicación y a la industria editorial, una pizca de esoterismo…y más ingredientes que prefiero no mencionar para no desvelar demasiado, ya que considero que otro de sus grandes alicientes es la capacidad de sorprender y de dar fuertes giros al guion, especialmente a partir de la segunda mitad del libro. Aunque confieso que intuí el final—son muchas horas de mi vida invertidas en ver capítulos de Castle—, Castelló ha logrado que fuese alargando mis sesiones de lectura noche tras noche. Las ojeras del día siguiente, muchas veces, son el síntoma de cuanto te está gustando un libro (y las mías han sido grandes y profundas).

No voy a desvelar más, por tanto, pero no puedo sino recomendar esta lectura a todos aquellos que quieran disfrutar de un relato que atrapa desde el principio, con unas subtramas y unos personajes muy bien construidos. Tengo la intuición de que Paz Castelló no va a tener que hacer de Mauro Santos para ningún Latorre aunque, tal y como vende la situación del mercado editorial en Mi nombre escrito en la puerta de un váter, no me quiero ni imaginar la cantidad de escritores que vivirían felices en ese papel.

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