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Samurai 7 volumen 1, de Akira Kurosawa y Mizutaka Suho

samurai 7 volumen 1

samurai 7 volumen 1Más de sesenta años después de que Los siete samuráis de Akira Kurosawa se estrenara en los cines, continúa siendo una de las mejores y más influyentes películas de todos los tiempos.

Podría pensarse que Akira Kurosawa no se esperaba que su película, con el tiempo, alcanzara tal éxito; que la crítica se rindiera a sus pies de igual forma que lo hizo el público; que llegara a estar nominada en los Oscars… Pero hablamos de un director que poseía un ego descomunal y que era capaz de llevar al límite a sus actores con tal de que una escena se mostrase en pantalla como él la veía en su mente. Baste como ejemplo la batalla final: escena bellísima y épica, clímax del filme, que no alcanza las tres horas y media de duración por unos minutos, en la que los samuráis defienden la ciudad bajo un tremendo aguacero. Escena que debería haberse rodado en verano pero que entre parones y retrasos, algunos de ellos propiciados por el desmesurado incremento de los costes, tuvo que filmarse en invierno, con el resultado de que algunos actores, después de que Kurosawa gritara ¡corten!, apenas podían moverse debido a estar totalmente ateridos de frío.

A pesar de esa media sonrisa tímida y de poseer un rostro de buenazo, no es de extrañar que algunos lo consideraran un megalómano obsesivo incapaz de aceptar el fracaso, un tipo que huía de las malas críticas (nos ha jodido ¿y quién no?) porque era incapaz de soportar la más mínima, algo que en su momento lo llevaría a intentar suicidarse. Por ello su esfuerzo infectaba a los que le rodeaban, llevándoles a entregarse en cuerpo y alma; aunque fuera en contra de su voluntad. Si el filme trataba sobre samuráis, y teniendo en cuenta que Kurosawa venía de una estirpe de estos guerreros que moraron en la época feudal de Japón, para él era un deber que el resultado fuera de sobresaliente. Así pues, sí, seguro que Akira Kurosawa sabía que Los siete samuráis sería un éxito, pues había puesto todo su empeño en que su tarea no solo llegara a buen puerto, sino que cuando lo hiciera no pasara desapercibida.

De igual forma pasa con el manga que nos ocupa hoy: Samurái 7 no pasa desapercibido.

Samurái 7, de Akira Kurosawa y Mizutaka Suho, nos cuenta a grandes rasgos la misma historia que el filme ya narró en la década de los cincuenta. Los habitantes de un pequeño pueblo, que periódicamente son atacados por una banda de villanos que expolia todos sus bienes y cosechas, envían una partida en busca de ayuda. La guerra ha acabado y, donde antes habitaban samuráis que servían con honor a su señor, ahora solo hay ronin que venden su espada al mejor postor. Por lo cual, guerreros no sobran. El problema es que los aldeanos, debido a los sucesivos saqueos, no tienen dinero con el que contratar a esos guerreros vagabundos. Tras intentarlo con algunos, ofreciendo solo comida y poco más, y tras recibir solo negativas, burlas y algún que otro insulto, aparece en sus vidas Katsuhiro. El joven muchacho, un samurái que oculta algunos secretos tras su apariencia de guerrero errante, se apiada de ellos y se encarga de reclutar a seis samuráis más; pues parece ser que con siete samuráis bien entrenados serían capaces de defender la pequeña aldea.

Como he mencionado anteriormente, este manga narra a grandes rasgos lo que ya hizo la película de Kurosawa; pero tiene sus diferencias. Y ciertamente son muy notables. La más significativa se pone de manifiesto en cuanto ves que por entre las páginas de este manga aparecen mechas, robots de toda clase, naves espaciales, ciborgs y construcciones de acero que nada tienen que ver con la época de Oda Nobunaga. Con todo, algo de esa época sí que hallaremos entre las páginas de este manga, pues este mundo futurista (retrofuturista más bien) repleto de contrastes, se mezcla con los vestuarios y las viviendas tradicionales que se podían encontrar en el Japón del siglo XVI. Por este motivo, algunos de los samuráis protagonistas de este shonen de ciencia ficción, a pesar de vestir ropajes tradicionales, portan espadas que son mitad katana y mitad arma de destrucción masiva. Elemento imprescindible cuando hay que enfrentarse a los Raiden: gigantescos robots manejados por humanos.

A pesar de estas marcadas y extravagantes diferencias, este primer volumen publicado por Panini Cómics traslada a las viñetas, con una fidelidad algo desvaída pero con admiración, la historia ya narrada en Los siete samuráis. Y lo hace gracias al idóneo dibujo de un desconocido Mizutaka Suho, que sobretodo sobresale en las excelentes escenas de acción.

En definitiva, este primer volumen de Samurái 7, a pesar de poseer un envoltorio que difiere bastante de la obra maestra de Akira Kurosawa, sigue manteniendo una chispa de ese espíritu que fluye hasta el espectador cada vez que los siete valientes guerreros empuñan sus armas.

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Cuando el olvido nos alcance, de Raúl García Reglero

Cuando el olvido nos alcance

Cuando el olvido nos alcanceEl sábado pasado estuve en un festival. Actuaba The Offspring, uno de mis grupos favoritos. Aprovechando un descanso entre concierto y concierto, mi amiga y yo nos fuimos colando entre la gente hasta conseguir primera fila. Repito: primera fila. Me dejé la garganta y el alma en ese concierto. Grité hasta quedarme afónica y al día siguiente estaba tan cansada que sentía que mi cuerpo ya no me pertenecía.

Podría decir que ha sido el mejor concierto que he visto, pero eso mismo es lo que digo cada vez que salgo de uno. Lo que sí ha sido es memorable. Inolvidable. Algo que espero que jamás se borre de mis recuerdos y que pueda contarlo todas las veces que quiera sin perder de vista ni uno solo de los detalles. Poder recordar cómo se me erizaba la piel cada vez que empezaba una canción nueva y cómo se me saltaron las lágrimas al escuchar una de mis favoritas.

Empiezo mi reseña de esta manera porque para mí, los recuerdos, lo son todo. Este concierto va a ser uno más entre los miles que se agolpan en mi mente y que quedan grabados a fuego. No solo las experiencias, también los sonidos o los olores son algo que consigue emocionarme. Porque yo soy una persona muy nostálgica, que ama recordar experiencias vividas y sonreír cada vez que lo hago.

Así que no sé si podría vivir en el mundo que propone Raúl García Reglero en Cuando el olvido nos alcance. En esta novela nos adentramos en un mundo distópico en el que existen hackers que manipulan la mente de toda la población. Los recuerdos pueden borrarse, las mentes pueden vaciarse y llenarse con historias y alusiones falsas. La gente puede cambiar de vida con la facilidad de chascar los dedos; solo hay que pedirlo y tu vida comenzará de cero. Por una parte, parece algo muy interesante. No haría falta estudiar una carrera, porque con hackear la mente podríamos introducir todos los conocimientos necesarios para ejercer una profesión. Si hemos vivido un gran trauma, podríamos olvidarlo de manera automática. Adiós sufrimiento. Así de fácil. ¿O no? Suena idílico, pero la verdad es que no todo es tan bonito como parece. Falta tiempo para que una organización comience a delinquir valiéndose del sistema de hackeo. Se pueden cometer miles de delitos y después usar de chivo expiatorio a una persona a la que le hemos introducido recuerdos falsos, haciéndole creer que fue ella quien realizó el delito. Se puede estafar, traficar, matar. Sin consecuencias. Por eso surge el movimiento de La Amapola, un grupo de personas que intenta acabar con el hackeo y regresar a ese tiempo en el que los recuerdos de la gente tenían mucho más valor que el económico.

¿Lo entendéis ahora? Vivir en la realidad propuesta en Cuando el olvido nos alcance sería una locura. Nunca llegaríamos a saber si nuestros recuerdos son los verdaderos o si están dentro de nuestra cabeza como consecuencia de una manipulación. Yo nunca podría llegar a saber si ese escalofrío que me recorre la espalda cada vez que recuerdo el concierto del sábado es real o alguien lo metió a la fuerza dentro de mi cabeza. Si fuera esta segunda opción, sería una verdadera lástima.

Lo que está claro es que Raúl García Reglero me ha dado mucho que pensar. Y cuando leo algo nuevo, es una de las cosas que más aprecio. Me encantan los libros que proponen un mundo distópico que bien podría representar nuestro futuro (véanse las locuras propuestas en Un mundo feliz, que hoy en día no son tan locura). Una idea muy original que, espero, no se me olvide en mucho tiempo. Pero no todo iban a ser cosas buenas, hay aspectos que, en mi opinión, son mejorables. Lo primero —y es algo en lo que yo no puedo evitar reparar— son las faltas de ortografía. No sé cuál ha sido el motivo, pero hay bastantes fallos que deberían corregirse. Cosa que choca con el lenguaje enrevesado que usa el autor. Raúl García hace uso de palabras poco comunes, de manera que los sinónimos confluyen por todo el libro. Yo, que soy muy tiquismiquis con lo de las faltas de ortografía, sentía que la lectura se iba paralizando cada vez que encontraba una. Y eso me daba rabia y pena, porque el escritor nos está narrando una gran historia que, inevitablemente, se ve interrumpida y escalonada por culpa de las faltas. Pero esto es algo que el lector debe juzgar y que adquirirá mayor o menor importancia dependiendo del nivel en el que se encuentre dentro de la escala de “tiquismiquis de la ortografía”.

Por otra parte, están los personajes. Vemos cómo tenemos varios protagonistas, en concreto, cuatro. Son hombres que viven en diferentes partes del país y con vidas completamente dispares. Y con vidas me refiero también a ideologías. Los hay que apoyan el sistema de hackeo mientras que hay otros que apoyan a La Amapola. Los cuatro tienen algo en común: que son muy canallas y muy mal hablados. Son hombres a los que la vida les ha enseñado mucho y cuyos ideales están arraigados a sus propias experiencias. Y esto se junta con el hecho de que ya sabemos que la memoria, en este libro, es voluble y los recuerdos y experiencias que uno cree tener no tienen por qué ser reales. ¿A que suena interesante? Pues imaginadlo en un entorno hostil, donde los baretos y los puticlubs son los escenarios habituales en los que se desarrolla la vida de nuestros protagonistas. Drogas, sexo, muertes, violaciones… todo vale. Y eso hace que la historia vaya adquiriendo interés página tras página.

Como decía, destaca el lenguaje malhablado de los personajes. Esto le da un toque bizarro (uso este término en contra de lo que dice la RAE, pero qué le vamos a hacer, nadie es perfecto) que le sienta muy bien a la novela. Esto me ha ayudado a imaginarme a los protagonistas como cuatro tíos macarras que bien podrían salir de Pulp Fiction o Sin City. Vale, es posible que me haya imaginado a los personajes como una versión de Bruce Willis. Pero si leéis la novela, me entenderéis. Son tipos duros que parecen no tener nada que perder en sus vidas. Y sus juergas e idas y venidas en los puticlubs de toda la ciudad lo corroboran. Y entre tanto macho, encontramos a Lia, un personaje que, aunque secundario, es imprescindible. Aporta la frescura que le falta a los otros protagonistas y es una pieza fundamental en la historia. Me la imaginaba al estilo Lisbeth Salander, de Los hombres que no amaban a las mujeres, por su gran inteligencia y su forma de ser. Aunque salvando las distancias, claro, porque no está tan trastornada como la informática sueca (¡y menos mal!)

El caso es que es un libro que me ha divertido bastante y que desde el primer momento me ha tenido intrigada. En cuanto leí la sinopsis supe que iba a ser mi estilo de libro —inciso: que me dé por leer de vez en cuando novelas romanticonas no quita para que me deleite con este tipo de literatura—. Y no me equivocaba. La historia me ha parecido muy original y la ejecución de la trama está muy bien. El autor sabe mantener la intriga cuando tiene que hacerlo y nos deja con la miel en los labios constantemente. Eso me encanta. Porque a mí no me gustan las novelas que te lo dan todo hecho. Quiero emoción, intriga, que me invada la curiosidad desde la primera hoja, que llegue la noche y esté deseando abrir el libro para ver si mis sospechas se confirman en el siguiente capítulo. Si la novela no es así, os aseguro que cuando me meto en la cama acabo cogiendo el móvil para cotillear Facebook o cualquier otra red social en vez de hacer lo que tengo que hacer. Y eso, es una pena.

Creo que no me dejo nada en el tintero. Como conclusión diré que estamos ante una novela muy entretenida, con una historia fácil de leer y que engancha desde la primera página, aunque, como casi todo en esta vida, mejorable. Mi deseo es que en las siguientes ediciones el aspecto ortográfico se corrija y, en cuanto a vosotros, lectores, que os dejéis llevar por el mundo propuesto por Raúl García, no vaya a ser que algún día los recuerdos falsos hablen por nosotros y ya no sepamos ni quiénes somos.

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Afrofuturo(s), de Suleiman Agbonkhianmen Buhari, Ivor W. Hartmann, Sheree Renée Thomas, Zak Waweru e Ytasha L. Womack

Afrofuturos

AfrofuturosLa literatura africana actual en sí misma es una invitación a un mundo nuevo, al menos la poca que yo he leído (Los pescadores, de Chigozie Obioma, Ciudad abierta, de Teju Cole o De Abiyán a Túnez, de Mariama Ndoye serían buenas muestras), de modo que lo primero que me llamó la atención cuando supe de la existencia de una recopilación de relatos africanos que se podrían encuadrar en lo que conocemos como literatura fantástica, que de por sí ya es un billete a otra realidad, fue esa doble circunstancia viajera y me preguntaba si no sería demasiada fantasía en un único trayecto. Bueno, en cinco. Pero para mi sorpresa debo decir que no sé si una condición anula a la otra, la africana a la fantástica o viceversa, pero lo cierto es que estos cinco relatos son perfectamente homologables a los de cualquier antología occidental. Con cierto regusto de lo que uno espera encontrar en autores jóvenes africanos, como por ejemplo imaginar un mundo y una tecnología compleja de nanosensores que mantienen conectados dos cuerpos y que el objeto del despliegue científico sea el baile, la conexión entre coreógrafa y bailarina, pero con un estilo sencillo, claro y transparente. Si esperan vivir una experiencia asimilable a la de un anciano de la tribu transmitiendo una sabiduría ancestral mediante cuentos narrados alrededor de una hoguera, despídanse. No es eso. Afrofuturo(s) es un colección de buenos relatos fantásticos, lo cual es motivo de regocijo más que suficiente.

Los autores son Suleiman Agbonkhianmen Buhari, Ivor W. Hartmann, Sheree Renée Thomas, Zak Waweru e Ytasha L. Womack, y sus relatos, Descubriendo el viaje en el tiempo, La última transmisión, El dragón no puede bailar, Continuum y Para chicas digitales que beben tónica en el bar cuando Purple rain no basta. Me permito llamarles la atención sobre el último de los títulos. Magnífico. Se trata de una versión muy reducida de la antología original publicada por el colectivo Jalada que incluye, al igual que la obra que nos ocupa, tanto a escritores africanos como a afrodescendientes. Dicho así no es más que una nota informativa pero en el prólogo se intuye el apasionante debate que debe haber supuesto la adopción de esa u otra línea editorial en la selección de los relatos. Para finalizar esta breve sección de créditos, no podría olvidar a la traductora, Aeljandra Guarinos Viñals, cuyo magnífico trabajo es fundamental en el gran resultado final de esta obra.

Si hubiera que encontrar un hilo conductor sería la visión distópica presente en todos los relatos. Ninguno de ellos presenta una vida futura más feliz que la presente, alguno ni siquiera le da mucha oportunidad a la vida humana. Pero no son relatos oscuros. Si al principio de esta reseña buscaba ese rasgo africano con el que distinguir Afrofuturo(s) de cualquier otra obra homóloga occidental tal vez sea ese, que por desazonadores que sean los escenarios y las temáticas, no son relatos desesperanzados, hay cierta luz, cierta belleza reconfortante en la forma de mirar hace especiales estos cuentos.

Para ponerles en situación de las temáticas se me ocurre plantearles una referencia cinematográfica, bueno, televisiva en realidad. A mí me ha recordado a una serie llamada Black mirror, esa mirada consciente de las posibilidades de la tecnología y al tiempo alerta ante sus peligros. Les ilustro esta argumentación con una idea sacada de Afrofuturo(s): uno de los personajes tiene una start-up que tiene por objetivo un archivo digital de memorias cuya finalidad es que no se pierdan ideas, recuerdos o proyectos con la muerte. Almacenar toda la memoria de todos los humanos. Lo sorprendente es que de semejante idea haya nacido un cuento (uno en el que ni siquiera es el argumento principal) y no una novela o un tratado filosófico.

Ahora que lo pienso, esta última idea que acabo de transmitirles también es un nexo de unión entre los cinco cuentos afrofuturistas: la expresión breve e intensa de planteamientos de gran fuerza y, probablemente, largo recorrido. Podrán ustedes pensar que una antología de sólo cinco cuentos, ninguno de los cuales es especialmente largo, es excesivamente breve, pero añadan a la experiencia la suya propia como lector, el abanico de posibilidades que abre la lectura de estos relatos y verán que es una obra ambiciosa y grande que no sólo pone un continente ante sus ojos, sino un mundo (futuro), o cinco, o tal vez muchos más, a sus pies.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Assassination Classroom 18: Hora de San Valentín, de Yusei Matsui

Assassination Classroom 18 Hora de San Valentín

Assassination Classroom 18 Hora de San ValentínPágina cuatro de mi diario de lectura del manga Assassination Classroom. O página dieciocho si lo hubiera leído en el orden lógico. Pero como no lo sigo desde el principio, es lo que hay.

Querido Yusei Matsui:

Ya te vale, me la has vuelto a jugar. Con Assassination Classroom 15: Hora de la tormenta me metiste de lleno en esta historia; con Assassination Classroom 16: Hora del pasado me conquistaste por completo y prometí que te seguiría hasta el final; pero con Assassination Classroom 17: Hora de dividirse me pareció que me colaste un episodio de transición, aunque te lo perdoné porque acababa por todo lo alto. Así que aquí me tenías, deseando leer Assassination Classroom 18: Hora de San Valentín, convencida de que estaría repleto de acontecimientos decisivos. Al fin y al cabo, solo quedan tres entregas para que pongas el punto final… Pero no, desgraciadamente no ha sido así. ¿Por qué te haces tanto de rogar, Yusei?

El número dieciocho es un episodio de relleno en toda regla y ha sido otra pequeña decepción. El giro estratosférico que dio la historia en las últimas páginas del capítulo anterior se resuelve enseguida, como si fuera lo más sencillo del mundo y, a partir de ahí, la trama se deja a un lado para dar paso a una sucesión de gags en los que Korosensei muestra su lado más divertido poniendo en evidencia a sus alumnos, adolescentes con las hormonas en plena ebullición. Y, pese al cabreo inicial, confieso que me he divertido leyéndolo y me ha dado un poco de penita también. Por un lado, los chicos y chicas de 3º-E se dan cuenta de que, inevitablemente, cada uno de ellos ha de decidir qué hará con su vida cuando el curso termine, más allá de la misión que el gobierno les ha encomendado. Y, por otro lado, Korosensei vuelve a dejar claro por qué es un personaje genial y un gran profesor, principales motivos por los que me enganché a este manga. En definitiva,  a través de líos amorosos y situaciones comprometidas, este episodio solo pretende mostrar el lado más desenfadado y vulnerable de la clase de la escuela secundaria Kunugigaoka para que aún nos duela más la despedida.

Quedan tres entregas, solo tres entregas, querido Yusei Matsui. Y de verdad que espero que el desenlace del manga esté a la altura de Assassination Classroom 16: Hora del pasado, donde me demostraste de todo lo que eres capaz y disparaste mis expectativas. Pero tras los dos últimos capítulos, dudo. No sé si podría perdonarte otro episodio de relleno, pero más miedo me da que todo esto solo haya sido el prolegómeno para hacerme bajar las defensas y asestarme un golpe definitivo en la recta final. Y es que le he cogido mucho cariño a Korosensei y temo lo que le tengas preparado.

Ya ves, Yusei Matsui, aquí tienes una lectora entregada que, hagas lo que hagas, sigue pendiente de ti. Así que, por favor, pórtate bien en los próximos capítulos. La historia que has creado en Assassination Classroom lo merece.

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La máquina del tiempo, de Carlos Giménez

la máquina del tiempo

la máquina del tiempoA veces, la literatura se adelanta al futuro. El género de la ciencia ficción ha ideado inventos que al principio parecían fantasías de un escritor especialmente imaginativo, pero que décadas o siglos después se han hecho realidad gracias a los progresos tecnológicos. Como dijo Albert Einstein, «si puedes imaginarlo, puedes lograrlo». El primer ejemplo que me viene a la cabeza es el de Jules Verne, que en sus novelas describió el submarino (Veinte mil leguas de viaje submarino), internet (París en el siglo XX) o el cohete espacial (De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna) mucho antes de que la ciencia estuviese lo suficientemente desarrollada para llevarlos a la práctica. Otro hombre adelantado a su época fue H. G. Wells. Sin embargo, su grado de anticipación llegó a tal extremo que invenciones como la invisibilidad (El hombre invisible) o el contacto con seres de otro planeta (La guerra de los mundos) todavía no se han materializado (aunque, en el caso de la segunda, mejor que así sea; no me hace demasiada ilusión que nos visiten extraterrestres para exterminarnos). Pero el invento de H. G. Wells que sin duda ha levantado más pasiones es la máquina del tiempo.

La máquina del tiempo, escrita en 1895, fue su primera obra y se ha convertido en la fuente de inspiración de decenas de libros, películas y series. Quién sabe si algún día la ciencia conseguirá que con un movimiento de palanca viajemos al pasado o al futuro; lo que es evidente es que esa historia ha marcado a miles de personas. Como por ejemplo a Carlos Giménez, que ha plasmado su admiración por esta novela corta adaptándola al cómic, una buena forma de darla a conocer a las nuevas generaciones.

En las páginas iniciales, este historietista español confiesa que La máquina del tiempo es uno de sus libros favoritos y que siempre había querido dibujar su visión del mundo del año 802 000 que describió Wells y a sus extrañas criaturas, los Elois y los Morlocks. Su mayor preocupación con este reto creativo ha sido no traicionar el mensaje transmitido por el autor británico, que mostró cómo podía llegar a ser la especie humana en un futuro si seguía por la senda del capitalismo y la lucha de clases, además de plantear los pros y los contras, sociales e individuales, que viajar en el tiempo supondría. Temas que, con los avances cada vez más vertiginosos de la sociedad, están en plena vigencia, por lo que la reinterpretación de Carlos Giménez de esta fábula decimonónica llega en el mejor momento.

A veces, la literatura regresa al pasado para demostrarnos su tremendo poder. No solo porque géneros como la ciencia ficción hayan anticipado inventos y debates sociales que el común de los mortales ni siquiera era capaz de atisbar, sino porque ha planteado cuestiones atemporales que, por muchos años que pasen, siguen suscitando el interés del ser humano. Ese es poder el que convierte a algunos libros en clásicos, y conviene regresar a ellos de vez cuando, ya sea leyendo los textos originales o acertadas reinterpretaciones como la que Carlos Giménez ha hecho de La máquina del tiempo.

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Flash: Nacido para correr, de Mark Waid

Flash nacido para correr

Flash nacido para correrTodos queremos ser Batman. Playboy por el día, caballero oscuro cuando cae la noche. El superhéroe más sagaz de La Liga de la Justicia de América. Cuando todo quisqui todavía anda atascado en qué ha pasado, él ya tiene respuestas para el quién, el dónde, el cuándo y el porqué. Además, y debido a su fortuna, posee una Batcueva repleta de chismes de alta tecnología y unos vehículos de infarto.

Sí, todos queremos ser Batman. O en su defecto, Superman. Ese kryptoniano súper poderoso que abraza un dogma similar al de los boy scouts. Dechado de virtudes como el de la bondad extrema o la fidelidad perruna por su mundo de acogida. Emblema viviente de América. Como la Coca Cola pero capaz de volar y de otras maravillas que el brebaje chispeante jamás podrá llegar a ofrecer.

Wonder Woman, también queremos ser ella. ¿Y quién no quiere ser una amazona con los poderes de una diosa? ¿Quién no quiere ser un símbolo inmortal del feminismo?

Vale, sí, muy bien. Todos queremos ser Batman, Superman o Wonder Woman, pero entonces el Multiverso empieza a irse a la mierda (véase Crisis en Tierras Infinitas o El Multiverso) y ninguno de esos tres es capaz de solucionar el contratiempo. ¡Suerte que tenemos a Flash! El hombre más rápido del mundo. El superhéroe capaz de dar varias vueltas a la Tierra en lo que tu tardas en realizar un pestañeo (en ocasiones a tal velocidad que es capaz de adelantarse a sí mismo), de hacer vibrar su estructura molecular para atravesar paredes y de otras proezas que ponen patas arriba las leyes físicas conocidas.

Ahora que ya tengo tu atención ya podemos conocer un poco mejor a Jay Garrick, a Barry Allen y en especial a Wally West en el tomo editado por ECC titulado Flash: Nacido para correr.

Aunque el cómic que hoy nos ocupa está casi enteramente protagonizado por Wally West, en la primera de las tramas, un especial publicado en 1990 conmemorando el 50 aniversario del personaje, asistiremos a una aventura de 80 páginas en la que tanto Jay Garrick como Barry Allen asomarán la cabeza. Una historia de viajes en el tiempo y con un enemigo en común, en el que los dibujantes emulan el tipo de dibujo que hizo famoso a cada Flash en su correspondiente época. El colofón llega con unas páginas en las que se nos explican las diferencias y similitudes entre los tres velocistas; no solo en lo que respecta a poderes, sino también en lo que a repertorio de enemigos se refiere o la forma en la que resguardan sus respectivas identidades secretas. Y esto es solo el principio: una apertura por todo lo alto, con fuegos de artificio y confeti en dónde Mark Waid, el guionista que escribe la mayoría de las aventuras de este tomo, comparte tareas con otros como Gerard Jones o con el legendario dibujante Carmine Infantino. ¿Os suena el mítico cómic El Flash de dos mundos? Sí, ese Carmine Infantino. Y esto, como decía, no ha hecho más que empezar.

Pero, como he comentado antes, aquí el protagonista es Wally West, y eso lo descubriremos en Flash Año Uno: Nacido para correr. En esta historieta, que originariamente se publicó en el año 1992, asistiremos al origen del que recogería el testigo de Barry Allen. El poderoso triunvirato Waid-LaRocque-Marzán nos deja un relato que engancha desde la viñeta uno y emociona hasta esa en la que una foto de Iris West y Wally West cierra una aventura redonda. Y es que Mark Waid, hablando a través del protagonista en una íntima primera persona, destapa todos sus sentimientos y los muestra al lector, consiguiendo además desnudar el lado más humano e indefenso del velocista escarlata. Asimismo, logra dotar de una agilidad extrema a una narración tan fresca como cinematográfica, consiguiendo que conjugue a la perfección con esas imágenes que nos brinda LaRocque (atentos al momento bomba explotando a cámara lenta). La guinda la pone el entintador José Marzán Jr. convirtiendo el traje de Flash, (en algunas ocasiones, y dependiendo también del colorista) en una segunda piel que parece mostrar tendones y músculos en diferentes tonalidades carmesí.

El inteligentísimo Gorilla Grodd, el tecno-mago Abra Kadabra o el inestable Doctor Alquimia son algunos de los villanos a los que Wally West deberá hacer frente a lo largo de este tomo. Mientras que con algunos se enfrentará con la única ayuda de su súper velocidad, con otros contará con la colaboración del propio Barry Allen, Aquaman o Green Lantern. Éste último luchará a su lado en una aventura de cuatro números titulada La guerra gorila. Un crossover, tan grato como intenso, que irá alternando los puntos de vista del relámpago humano con los del poseedor del anillo de poder, para mostrarnos diferentes ángulos de un mismo acontecimiento. A ellos se les unirán, poniendo una simpatiquísima nota de humor, algunos de los integrantes de La Oficina de Animales Evolucionados: Rex, el perro maravilla, que os sacará una sonrisa, y Bobo, jefe de todo el tinglado y que resulta ser un chimpancé tan desvergonzado como profesional y que os arrancará más de una carcajada. Una situación delirante que dejará a Green Lantern haciéndose cruces. “¿Tú jefe es un… chimpancé? ¿Y el de quién no, ya puestos?”.

Flash: Nacido para correr no solo resulta un cómic perfecto para iniciarse en los entresijos del hombre más rápido del mundo, sino que además es una sublime muestra de narración dinámica, la cual, en algunos puntos alcanza niveles electrizantes.

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The Woods 2. El enjambre, de James Tynion IV y Michael Dialynas

The Woods 2. El enjambre

The Woods 2. El enjambreA lo largo de la historia del arte ha sido de sobra conocida la relevancia y la impronta que deja en un autor la labor de su maestro. Conocimientos y técnicas que se trasmiten en sus talleres en los primeros años del artista cuando su mente creativa ansía absorber hasta el más mínimo detalle. Miguel Ángel se formó en el taller de Ghirlandaio, Leonardo en el del Verrochio, Francisco Pacheco instruyó a un joven Diego Velázquez y Francisco de Bayeu hizo lo propio con Goya. En cada uno de esos casos, y en muchas de sus obras, se produjo el fenómeno de genialidad en la que el alumno supera al maestro. Muchos años después, y en otra de las expresiones artísticas más relevantes y apreciadas, el denominado Noveno Arte, los talleres o, como a mí me gusta llamar en su voz italiana bottegas, siguen cobrando suma importancia y, en consecuencia, generan nuevos valores de muy elevado nivel. Sirva como ejemplo el sucedido en esta serie de cómics que ha lanzado en España la interesante editorial Medusa Cómics: The Woods. En este caso se trata del aventajado alumno James Tynion IV que se formó bajo la tutela del maestro Scott Snyder (American Vampire, Batman). Y como ocurriera con los anteriores ejemplos de pintores, se podría decir que el pupilo está cerca de emparentarse, si no de rebasar, la obra de su mentor.

The Woods 2. El enjambre es el segundo tomo que continua una aterradora, fascinante e inteligente historia de ciencia ficción en la que los alumnos de un instituto de Bay Point, Milwaukee, desaparecen sin dejar rastro y viajan a un extraño e inquietante mundo lejano, perdidos en medio de un bosque lleno de criaturas y peligros ocultos. En el primer tomo que reúne cuatro espectaculares números nos presentaban a cada uno de los personajes y el conflicto del relato; ninguno sabe dónde han ido a parar y están aterrados, sobre todo después de presenciar cómo una gigante e imposible criatura ha devorado a una de sus compañeras y, en mitad del bosque, han sido atrapados por una comunidad de hombres con ropajes vikingos.

En este segundo tomo se aprecian las influencias aprendidas por su guionista James Tynion IV. Por un lado, el poder de crear una historia muy elaborada que promete un entramado complejo y bien hilvanado con diversidad de personajes perfectamente reconocibles y distintos, detalles que bien podría haber absorbido de Snyder, como también, y por otro lado, las referencias a gigantes guiones de ficción y modos de desarrollarlos como ocurre con la serie Lost. Es esta una apreciación que me trasmitió el cómic a medida que lo iba leyendo. Hay cosas que los distinguen, por supuesto, pero el nudo del relato bien podría tener ciertas afinidades. Por ejemplo, y para poner al futuro lector —a quien recomiendo encarecidamente esta obra— en situación, los alumnos han ido a parar a un lugar lejano y desconocido en mitad de una jungla que oculta misterios en su interior. No sufrieron un accidente de avión, pero sí llegaron ahí por algo que les trajo, digamos, adrede. Para colmo, la aparición de un grupo de habitantes de aquel lugar, aún más inquietantes, que pueden asociarse con aquel grupo de la serie de televisión a los que llamaban «los otros». En cuanto a su forma de narrar la historia también relacionas ambas obras, como es el empleo de analepsis o flashbacks enfocados en las vidas de cada uno de los personajes y que hacen avanzar la narración. En este segundo número conoceremos más en profundidad los temores y la personalidad de algunos de sus protagonistas que serán muy relevantes para el desarrollo de la historia y las consecuencias que esto conllevará.

¿Apreciar tantas similitudes con otras obras resta originalidad o calidad al trabajo final? Bueno, ¿acaso no es digno de apreciar el cuadro La fragua de Vulcano, de Velázquez pese a estar supeditado a las influencias de un pasaje de La Metamorfosis, de Ovidio y a los gustos por la mitología que aprendió de Rubens? No considero que la obra sea un, mal llamado, refrito de otras historias. The Woods 2. El enjambre tiene un guion muy inteligente y bien desarrollado en el que la lectura y el disfrute de los dibujos, esto a cargo del ilustrador Michael Dialynas, son un ejemplo de buen hacer de dos auténticos artistas del cómic que salieron de sus talleres como alumnos y, en gran parte, gracias a este trabajo que ambos están realizando, pueden presumir de poder crear su propia escuela como maestros, que es en lo que se están convirtiendo.

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Rendición, de Ray Loriga

Rendición

Rendición“Loriga se ha unido al selecto grupo de escritores que – como Houellebecq y Murakami – están redefiniendo la ficción del siglo XXI”. Esta frase, que firma Wayne Burrows para The Big Issue, aparece en la faja de Rendición, la última novela de Ray Loriga, premio Alfaguara 2017. Aunque no está fechada, creo que pertenece a la época en la que Loriga publicó “Tokio ya no nos quiere”, es decir, hace ya unos catorce años. Y lo que Burrows escribió en inglés fue “is set to join”, que en realidad se podría traducir como “está listo para unirse”, más que como un hecho consumado.
Antes de empezar con la lectura, pues, uno puede preguntarse: ¿lo ha hecho Loriga? ¿Se ha unido a ese selecto grupo? La verdad es que no lo parece. En la última década, justo antes de llegar a la cincuentena, ha transitado por diversos géneros, incluida la novela juvenil, sin recuperar el pulso que le había hecho ganarse un puesto por derecho entre los más grandes.
Después de un cierto silencio reciente, este Rendición se saluda como la vuelta del mejor Loriga, “una fábula luminosa sobre el destierro, la pérdida, la paternidad y los afectos”. Esto último lo he cogido también de la faja, me van a perdonar que no haya abierto ni siquiera el libro y ya me haya pasado el primer tercio de la reseña. Para responder a la segunda pregunta nos vale con las primeras veinte o treinta páginas, y la respuesta también es “no”. Ah, y la pregunta sería ¿regresa el mejor Loriga?
El mejor no. Regresa otro. Un buen Ray, si bien muy distinto del Loriga al que se refería Wayne Burrows. Rendición no tiene nada que ver con nada anterior a “El hombre que inventó Manhattan”, ni por el tono ni por la temática. Donde antes había narrativa urbana llena de drogas, sexo y rock’n’roll, ahora encontramos una fábula distópica, en la que el autor reflexiona a golpe de metáfora sobre la pretendida transparencia de la sociedad actual y la necesidad de aparentar la felicidad, más que de conseguirla.
Loriga nunca ha andado mal de imaginación así que sale con cierto éxito del paso de inventarse una sociedad de la nada. El planteamiento es interesante: una familia se ve obligada por la guerra, un conflicto intuido más que real, a quemar sus pertenencias y a dejar su hogar en el campo. El gobierno, al que deben obediencia pero al que no tienen acceso, los desplaza junto a sus vecinos a un lugar seguro, que resulta ser una ciudad de cristal, donde todo está a la vista de todo el mundo y sus necesidades se encuentran cubiertas por completo. Después de haber pasado años de penalidades y de llegar al borde de la hambruna, el protagonista, su mujer y su hijo (en realidad un huérfano al que encontraron antes de partir) reciben en esta urbe transparente todo lo que pueden desear. Pronto olvidan la guerra de la que venían, a los dos hijos que tienen en el frente y se entregan a una existencia anestesiada en la que no hay dolor pero tampoco pasión.
Se despliega todo esto ante nuestros ojos, en primera persona, de la mano del pater familias, un hombre de campo, un tanto inculto y consciente de sus limitaciones, que no aspira a más que a comprender un poco su propia existencia. El padre cuenta con profusión sus días en la ciudad de cristal, cómo cada problema queda resuelto por la comunidad sin la intervención de una autoridad superior y cada jornada es igual que la anterior.
Quizá el problema de Rendición como historia estriba en que termina convirtiéndose, durante su mayor parte, en un “paseo por el zoo”, como decía Kim Stanley Robinson de algunas novelas utópicas en una entrevista reciente. De las poco más de doscientas páginas del libro, la mayoría se aprovechan para describir el contexto. El campo primero, la guerra, la ciudad después, todo es retratado de manera estática, como algo que está allí, un escenario. Los conflictos son escasos y, sobre todo en la ciudad, resueltos rápidamente.
Al final nos queda “una historia kafkiana y orwelliana sobre la autoridad y la manipulación colectiva” (esto es de la cuarta de cubierta). Kafkiana sí, aunque hay que llegar hasta el final para comprenderlo plenamente. Orwelliana, no tanto. Del Orwell de 1984 puede ser, pero no creo que orwelliano se pueda aplicar tan a la ligera cuando hablamos de un tipo que también escribió Homenaje a Cataluña. Rendición está más relacionada con el Huxley de “Un mundo feliz”, dado que la enseñanza subyacente es similar.
En resumen, una apuesta valiente por parte de Loriga por salir de su zona de confort con un resultado que no desmerece, pero que tampoco creo que lo vuelva a catapultar a los altares de la ficción internacional.

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Tiempo al tiempo, de El Torres y Bressend

tiempo al tiempo

tiempo al tiempo«No sé si estoy en lo cierto, lo cierto es que estoy aquí, otros por menos han muerto, maneras de vivir».

Esta frase, dicha en el segundo episodio de la primera temporada del Ministerio del Tiempo por Julián a un Lope de Vega a punto de calzarse a una incauta Amelia, es uno de los constantes guiños que me vienen a la mente cuando pienso en esta estupenda y española serie. Serie que divierte mezclando realidad con ficción, viajes en el tiempo con hechos y personajes históricos y en la que además recuerdas o aprendes sin darte cuenta. Serie que es imposible dejar de ver una vez visto el primer episodio. Entonces… ¿cómo no leer este cómic siendo, como soy, un ministérico? ¿Cómo no hacerlo cuando el propio Pablo Olivares, cocreador de la serie, confiesa que al hacer los guiones dice “más cómic, más cómic”? ¡Vamos, hombre, de cabeza!

En Tiempo al tiempo tenemos una historia autoconclusiva que gustará tanto a los que ya conocen la serie como a los que no (aunque, por supuesto, los primeros cazarán los guiños y disfrutarán más la lectura, pero… ¡¿Qué coño!? ¡Viajes en el tiempo! ¡¿Qué más hay qué saber!? Basta con saber que hay que evitar que la línea temporal se altere y dejar el pasado tal y como está en los libros de Historia). Y la historia que se nos cuenta aquí podría perfectamente ser un episodio más. De hecho, no cuesta ningún esfuerzo imaginar la traslación a la pequeña pantalla. La patrulla formada por la inteligente Amelia, el alatristiano Alonso de Entrerríos y el resolutivo Julián conservan los modos y formas televisivos: son ellos en sus formas de ser y actuar. Son su fiel reflejo. También ayuda mucho que el dibujo sea tan excepcionalmente realista, sobre todo si se es fan del éxito televisivo.

En este episodio el trío deberá encontrar al atacante de Salvador Martí, herido de bala y al borde de la muerte. Y ese alguien es alguien de dentro, del propio Ministerio, pues sabe de la existencia de las puertas. Para lograr su objetivo la patrulla viaja al Madrid de 1865, donde Benito Pérez Galdós será su enlace en el Ministerio de esa época.

El cómic se devora con avidez, se disfruta al máximo y el dibujo y color son estupendos. Puede parecer una chorrada, pero me encanta tener físicamente un cómic patrio tan bien hecho, con sus tapas duras y una trama bien desarrollada en la que no me chirríe nada.

Para colmo, el guión es de ese otro monstruo atemporal que es El Torres (Camisa de fuerza), junto con Desiree Bressend, y ambos entran al trapo a partir de una idea original de Joseba Basolo, editor de Aleta, editorial que se está fabricando un buen catálogo, dicho sea de paso.

Tengo que mencionar de nuevo el excelente dibujo de Jaime Martínez y el color de Sandra Molina y Alejandro García Cutillas. Han dado un enfoque visual sensacional a esta obra. Me encanta lo bien que encaja el apartado visual  con la trama.

Y también me alegra mucho saber que este va a ser el primero de una colección de historias ministéricas autoconclusivas que podrán leerse independientemente. Me alegro por mí y por los miles de fans, que son los que, al fin y al cabo, han conseguido que haya una tercera temporada de MdT.

Tiempo al tiempo, un cómic perfecto para todos los que no se pierden ningún capítulo en la caja (no tan) tonta y también para los que no lo han visto nunca pero disfrutan con los viajes temporales.

In-dis-pen-sa-ble.

 

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El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu

El zoo de papel y otros relatos

El zoo de papel y otros relatosAsí fue cómo conocí por primera vez a Ken Liu. En las distancias cortas, a través de sus cuentos. Luego llegó la saga aún inconclusa de La gracia de los reyes, cuya reseña yo mismo realicé hace un tiempo. Pero fueron sus historias cortas el principio de todo. La primera vez que oí el nombre del autor era por asociación a un cuento que ganó cada maldito premio que otorgaban al género fantástico. Un cuento sobre origamis con vida y la integración de un chico de origen chino en la bendita América. Cuando pude leer la traducción al castellano de dicho cuento, supe a qué se debía tanto alboroto. Entendí perfectamente qué era lo que movía a todo el mundo a hablar de dicho relato. Las emociones saltaban vivas en la hoja como si estuviera viva, como si el autor tuviera el mismo don que la madre del protagonista, y pudiera darle vida a algo inerte como son las palabras impresas. Aquella historia fue, es y será su buque insignia. De hecho, El zoo de papel es el título de aquel cuento inolvidable y también el de esta antología de quince relatos que, a mí parecer, es donde el autor brilla con más fuerza. Porque lo que uno descubre tras gastar el tiempo entre estas páginas es que el cuento de los origamis no era el plato fuerte, sino el entremés que se usa en los banquetes para ir haciendo boca.

La capacidad para asombrar con elementos recurrentes es algo que me empuja a seguir recomendando a Ken Liu. Aquí hay viajes en el tiempo y criaturas cambiaformas. Hay odiseas espaciales y conspiraciones privadas de control y seguimiento. Sin embargo, parece que no haya leído un relato de ciencia ficción o fantasía en mi vida. Siempre hay una vuelta de tuerca, una emoción agazapada que me acaba llevando de la mano a la sorpresa. A la sonrisa que acompaña esos puntos finales que no veías venir. Si tengo que destacar este planteamiento en alguno de sus cuentos es en Como anillo al dedo donde una empresa aboga por facilitar el acceso a la información siempre y cuando dejemos todas las puertas de nuestra vida abiertas. O en Cambio de estado cuyo tramo final otorga un nuevo sentido a toda la historia, incitándote a la relectura. Sin embargo, hay incluso un Ken Liu que me gusta más que éste. El tradicionalista. Aquel que utiliza la empatía con el lector para llegar a los más bellos pasajes que puede ofrecer esta colección. No hablaré más de El zoo de papel puesto que creo haber dicho ya demasiado. Pero sí me gustaría lanzarme con Mono no aware, expresión japonesa que viene a decir que nuestro tiempo es finito y que todo pasa para dejar lugar a otra cosa. En este relato el único superviviente japonés de una catástrofe mundial viaja por el espacio mientras desentraña su pasado, sus raíces y la importancia que tenemos como conjunto y no como individuos aislados. Y es en este tipo de momentos donde el lector pasa por emociones que no suele ofrecérseles en este genero. Uno trasciende el cuento y logra entender el mensaje que subyace, que la mayor parte de las veces poco tiene que ver con avances tecnológicos o trucos de magia.

No quería dejarme en el tintero los juegos de estilo que prevalecen en algunos de estos cuentos. Ken Liu sabe utilizar muy bien las herramientas de su oficio y se permite lujos formales que le dan a algunas de sus historias el aire de otra cosa. Citar por ejemplo Acerca de las costumbres de elaboración de libros en determinadas especies o Manual corporativo ilustrado de sistemas cognitivos para lectores avanzados es obligatorio y necesario. Ambos cuentos, sutilmente relacionados entre sí, nos explican las estructuras mentales de otras especies inteligentes que habitan ahí fuera. Si bien estos relatos carecen de una narrativa típica –sobre todo el primero- persisten en el recuerdo debido a la inventiva de su propuesta y al multiperspectivismo fantástico que ofrecen. Todo un alarde de imaginación desbocada por parte del señor Liu.

No quería acabar esta reseña sin hablar de dos cuentos que me han dejado torcido en el asiento mientras los leía. El maestro de litigios y el rey mono y El hombre que puso fin a la historia: documental. En ambos casos, la clave de fantasía es una mera excusa para hacer algo mucho más importante: denunciar ciertos hechos históricos sufridos por el pueblo chino y cuyo conocimiento en Occidente es reducido o insignificante. Quiero centrarme sobre todo en el segundo relato, donde se habla de forma profunda sobre el Escuadrón 731 y los abusos cometidos por parte de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. La novela corta sobrecoge y, aviso para navegantes, no es apta para todos los públicos debido al a dureza de algunos de sus pasajes. Sin embargo, es de obligatoria lectura. Puedo decir que frente a los otros cuentos que te emocionan o te divierten, éste en concreto te ilustra, te enseña y te enfrenta a tu propia ignorancia. La repercusión social de este documental escrito acaba saliéndose del libro y cobra vigencia sobre asuntos de los que hoy en día aún se habla. Hablo de fosas comunes, hablo de desparecidos, hablo de la importancia que dejamos de darle a la Historia obligándola a manifestarse una y otra vez.

Los cuentos de Ken Liu tienen una temática muy concreta. La inmigración o la capacidad de adaptarse a lo nuevo. La denuncia o la lucha contra los derechos humanos. El olvido o la fuerza de voluntad de algunos pocos que nos exhortan a recordar. Sí, parece mentira que todo esto vaya asociado a cuentos de fantasía o ciencia ficción. Pero si algo aprendes con El zoo de papel es a salirte del paradigma manoseado que tienes del mundo y de tu realidad. Porque suceden tantas cosas para las que no tenemos nombres y todas ellas están esperando una oportunidad para presentarse en tu puerta y sacarte de tu pequeña zona de confort.

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El cuento de la criada, de Margaret Atwood

El cuento de la criada

El cuento de la criada“Espero. Me compongo. Mi persona es una cosa que debo componer, como se compone una frase. Debo presentar algo que ha sido hecho, no que ha nacido.”

Pág. 106

Leí este libro hace años, de la biblioteca, y llevo queriéndolo comprar desde entonces. Quería tener mi ejemplar para marcarlo, subrayarlo, poder comentar al margen… esas cosas que teóricamente no se puede hacer con los libros, pero que yo siempre hago con los que me gustan mucho. Pero no podía comprarlo porque estaba descatalogado y, por internet, llegaron a pedir casi 200 euros por un ejemplar. Una locura.

Por eso me parece una suerte que Salamandra reedite El cuento de la criada, una novela que la inmensa Margaret Atwood escribió tras un viaje al otro lado del telón de acero en los años ochenta. Sí, ochenta. Y os estaréis preguntando, ¿por qué la reeditan ahora? Y, sobre todo, ¿qué tiene que decirnos una novela de los ochenta?

La primera pregunta es fácil de responder. El año pasado HBO anunció que esta primavera emitiría una serie basada en la novela de Atwood. Así que, para qué negarlo, es un buen momento para recuperar El cuento de la criada porque muchas de las personas que vean la serie querrán recurrir al texto original.

Pero, aparte de por la serie, ¿por qué va a interesarnos precisamente ahora? La misma autora responde a esta pregunta en el prólogo que acompaña a la nueva edición. El cuento de la criada es rabiosamente actual. Cada vez más gente le pregunta si la novela es una predicción. Y Atwood responde que no, porque predecir el futuro no es posible, pero que sí que, cuando la escribió, había una intención de antipredicción en ella, es decir, de evitar un futuro como el que vive Defred, la protagonista de la novela.

Y tiene razón. A diferencia de otras obras de ciencia ficción, El cuento de la criada ha envejecido my bien y es incluso más verosímil hoy en día que en 1984, cuando fue escrita. Recuerdo que la primera vez que la leí, hará un par de años, busqué la fecha de publicación y me sorprendí porque estaba leyendo sobre cosas que están pasando ahora en EEUU, sobre cosas que podrían pasar en un texto escrito hace más de treinta años. En ese sentido, parece que Atwood haya viajado al año 2017 para ver algunos detalles, algunas tendencias, que explota en la novela.

Precisamente creo que es esa verosimilitud lo que hace que sea una de las novelas más aterradoras que he leído. Porque la autora logra crear la sensación de que te habla directamente a ti, durante la lectura de la novela tú eres Defred, o podrías serlo.

Recuerdo la primera vez que viví ese grado de identificación en una historia de terror. Tenía unos siete años y vi la primera adaptación de It, la novela de Stephen King. Yo estaba acostumbrada a ver películas de miedo, no me afectaban para nada (era fan de Expediente X) pero It me destrozó y pasé meses con pesadillas. Cuando mi madre me preguntaba por qué, siempre le daba una explicación muy clara: se come a los niños, solo a los niños. Y yo era una niña.

Esa misma sensación he tenido con Defred. Ella es una mujer que por edad, condición, etc. podría ser yo, que ha tenido un pasado como se augura mi futuro. Y todo se rompe de una manera tan brutal y al mismo tiempo tan contenida, tan, una vez más, verosímil, que produce terror. Junto a esa capacidad de identificación están la sensación de aislamiento, de paranoia, el miedo al otro, a hacer cualquier movimiento que Atwood crea con maestría y mantiene durante toda la novela. Por otro lado, no tiene la necesidad de recurrir a la violencia explícita para hacerte ver el horror. El clímax de la novela es mucho menos violento que cinco minutos de Juego de tronos, pero logra hacerte sentir más incómodo y angustiado de todas las temporadas de Walking Dead juntas. Y, para mí, es en esa contención del terror, en la capacidad de hacer que el gesto más nimio te haga temer por la protagonista sin perder ni un segundo el sentido de la realidad, donde se encuentra la genialidad de El cuento de la criada.

Para todos los que os asustéis con las novelas largas o “complicadas”, quiero deciros que Atwood tiene el don de crear metáforas impresionantes con lenguaje muy sencillo y que, pese a ser una historia asfixiante, se lee casi de un tirón. Me guardo en la manga los spoilers (no todo es lo que parece y la historia da unos vuelcos que madre mía), las referencias literarias (a Orwell, a Bradbury, a Le Guin…) que los fans del género veréis sin duda, mis especulaciones sobre el título y muchas de las sensaciones que me provoca esta novela. Leedla, lleváosla a la playa, a la piscina, comentadla porque es un texto actual e incómodo que se presta a compartir y debatir con los demás.

Y una última recomendación. Si leéis la nueva edición de Salamandra, dejaos el prólogo de Atwood para el final. Hacedme caso, primero leed la novela, porque la autora no se quita de hacer spoilers y, aunque, como no, la perdonemos, revienta hasta el último punto de giro de la trama.

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La historia oculta. Integral 3, de Jean-Pierre Pécau

La historia oculta Integral 3

La historia oculta Integral 3Ya han pasado milenios desde que el Abuelo Lobo traspasó los marfiles del poder a cuatro niños: Reka, Dyo, Aker y Erlin. Convertidos en arcontes inmortales, sus enfrentamientos y luchas por el poder han dirigido el destino de la Humanidad a lo largo del tiempo. En La historia oculta. Integral 1, vimos la época dorada de los cuatros hermanos, capaces de alzar y destruir imperios a su antojo, mientras que en La historia oculta. Integral 2, varios humanos se unieron al juego de conquistar el mundo, creando sus propias barajas para socavar el poder de los marfiles originales. A medida que aumentan los enemigos, el caos y la destrucción son mayores y llegan a su punto álgido en La historia oculta. Integral 3, la última entrega de esta ucronía de ciencia ficción publicada por ECC.

Los anteriores integrales recreaban acontecimientos históricos de varios siglos, pero La historia oculta. Integral 3 se centra en los años de la Segunda Guerra Mundial, un periodo especialmente devastador para la historia de la Humanidad. Este integral está compuesto por cuatro volúmenes —«La logia de Thule», «La piedra negra», «Nadia» y «Lucky Point»—, y la presencia de los arcontes es poco significativa en todos ellos. Cada vez son más determinantes el resto de jugadores de la partida: humanos que pueden ver el pasado y el futuro; humanos ansiosos de poder; humanos que dejaron de serlo porque se cegaron de ambición y traspasaron todos los límites. Si al comienzo de esta historia eran los arcontes la gran amenaza para el mundo, a estas alturas parecen los únicos capaces de poner un poco de orden.

La Segunda Guerra Mundial sirve de telón de fondo a las intrigas y alianzas de las decenas de personajes que aparecen en este integral. He echado en falta los toques de humor que tanto me agradaron en la anterior entrega y, quizá, más momentos épicos, pero he vuelto a sorprenderme con el giro de tuerca que ya se veía venir y que en estos volúmenes se confirma: la existencia de universos paralelos, donde la línea entre pasado y futuro se esfuma y hace posible continuar la lucha en todos los planos del espacio y el tiempo. Con el cameo de Albert Einstein y la mención a las teorías de Erwin Schrödinger para darle empaque al asunto. Porque sí, estamos ante una novela gráfica de ciencia ficción y fantasía; pero, por momentos, lo que nos cuenta no es tan descabellado. La documentación histórica que sustenta la trama está tan bien hilada que rellena los huecos que siguen siendo un enigma en la vida real y da una explicación a acontecimientos atroces a los que es difícil encontrarles lógica.

La historia oculta. Integral 3 concluye antes de que la Segunda Guerra Mundial llegue a su fin y, como podéis imaginar, que el conflicto bélico lo gane el Eje o los Aliados está en manos de los jugadores de esta partida. ¿Conseguirán los arcontes recuperar el control? ¿Existe algún universo alternativo en el que nuestro mundo no acabe destrozado? Me temo que no, pero con esta versión alternativa de la historia que nos plantea Jean-Pierre Pécau nunca se sabe.

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