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Más allá del invierno, de Isabel Allende

Más allá del invierno

Más allá del inviernoIsabel Allende es una de mis autoras más admiradas, creo que ya lo he comentado. Me gusta su forma de escribir: directa, sincera y sin tapujos. Me gusta la sensación de alegría de vivir que trasmite, que se nota todavía más en los últimos libros. Me encanta como conecta el más acá con el más allá, su realidad mágica o su fantasía auténtica. Es fascinante como describe a los personajes y sus relaciones, con pocas palabras eres capaz de entender sus interiores y pensamientos, de ponerte es su lugar. Es una maestra profundizando con sencillez, allanando el camino, haciéndote comprender lo más difícil.

Siempre que la he recomendado, ha triunfado. He tenido el caso de un usuario de la biblioteca, hombre, que era muy reticente a leerla. Le gustaba Alberto Vázquez-Figueroa y Eduardo Mendoza, pero se acababan ese tipo de autores y quería explorar algo más, así que le insistí con Isabel Allende. Se llevó Inés del alma mía y volvió a las dos semanas dándome las gracias. Me dijo que había sido el primer libro escrito por una mujer en el que había sentido que lo habían entendido como hombre, identificado. Se llevó Hija de la fortuna y Retrato en sepia y se convirtió al “isabelismo”.

Más allá del invierno es su último trabajo, en el que vuelve a demostrar la profunda belleza de lo sencillo. En este caso, el escenario está en Brooklyn, a principios del 2016. La ciudad está paralizada por una gran nevada y Lucia Maraz se siente encerrada en el sótano congelado en el que vive desde hace unos meses. Lucia es chilena, de sesenta y tantos y le está dando otra oportunidad a su vida, una nueva perspectiva, intentando ilusionarse otra vez después de pasar una mala racha. Su vecino y casero es Richard Browmaster, compañero y colega de la universidad que es un hombre obsesivo, preocupado, solitario y maniático. Se conocen desde hace años, de cursos, seminarios y reuniones. A ella le gusta, pero desde que se ha trasladado allí, él parece evitarla e ignorarla. Ella tiene adoptado un chiguagua viejo y feo y él, cuatro gatos. Richard tiene que salir por una emergencia ese día imposible de nieve y choca con el coche que conduce Evelyn Ortega, que se va murmurando asustada, sin que Richard pueda hacer nada para entablar conversación, más que entregarle su tarjeta. Evelyn aparecerá ese mismo día, unas horas más tarde, asustada, pidiendo ayuda. Es una joven guatemalteca, inmigrante sin papeles, y el coche era de su jefe al que tiene pánico.

Así comenzará una relación intensa y precipitada entre los tres personajes. Sabremos de la historia y pasado azaroso de los tres, mientras solucionan lo que se les ha presentado: una sorpresa en el maletero del coche golpeado. Viajaremos a Chile y Canadá con Lucia y conoceremos a su familia. Viviremos con Evelyn, su abuela y hermanos en Guatemala. Visitaremos Brasil con Richard. Cambios políticos, violencia, el sufrimiento de los que necesitan huir al norte para sobrevivir, personas que dejan de ser ellas, muchas muertas de verdad y otras en vida, esclavizadas y abusadas, muchas desaparecidas y olvidadas. El dolor de la pérdida, de la culpa y del abandono. Las relaciones familiares, el amor y el desamor. Todos estos temas se mezclan magistralmente en esta novela.

Me ha gustado mucho, como siempre. Quizá se me ha hecho corto, aunque se hayan cerrado todos los círculos, aunque se haya llegado al destino, me he sentido abandonada cuando he acabado el libro, me apetecía quedarme un ratito más con Lucía, Richard y Evelyn. Especialmente Lucia, pura energía y alegría. Con una forma simple, aunque no simplista, de ver la vida. Con los pelos a lo loco y tanto sentido del humor. Con una personalidad muy parecida a la que yo le presumo a la autora.

Me está costando mucho hacer esta reseña, ya lo he hablado con mis compañeros, y parece ser que es un mal que nos acecha a más de uno, pero me cuesta más explicar lo que me gusta mucho. Siempre te quedas con la sensación de que la reseña es pobre, que no refleja todo lo que quieres transmitir. Si soy muy efusiva, parecerá que soy pelota, si soy comedida, parecerá que no me ha entusiasmado… ese equilibrio es difícil. Para expresar estas cosas son muy útiles los emoticonos, aquí pondría caritas sonrientes con ojos de corazones.

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Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez y Gianluigi Toccafondo

los girasoles ciegos

los girasoles ciegosHay libros hermosos, en los que si nos ponemos a subrayar una frase que nos parece especial, esta puede convertirse en una línea continua de principio a fin. Pero cuando esos libros cuentan historias tristes, su lectura nos deja una sensación extraña. Su belleza nos inunda y su dolor nos vacía, y los terminamos hechos pedazos, tratando de recomponernos de esa implosión emocional. Eso me ha pasado a mí con Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez.

A través de cuatro relatos interconectados —«1939, Primera derrota o si el corazón pesara dejaría de existir», «1940, Segunda derrota o el manuscrito encontrado en el olvido», «1941, Tercera derrota o el idioma de los muertos» y «1942, Cuarta derrota o los girasoles ciegos»—, el autor recorre el campo de batalla, las cárceles de los sentenciados a muerte, los escondites de los desaparecidos, las escuelas y las casas de una España que fingía que todo lo ocurrido en la guerra civil había caído en el olvido en cuanto la fusilería había dejado de resonar en las calles.

Alberto Méndez me ha oprimido el corazón con sus palabras vívidas y certeras, trasladándome a esa época y haciéndome sentir la desolación de los derrotados con toda su crudeza. Y los derrotados no son solamente los que perdieron la guerra. Esa es la perspectiva obvia, tantas veces vista; pero en este libro se dejan a un lado el blanco y el negro y se profundiza en los grises, única forma de retratar con autenticidad algo tan complejo como la naturaleza humana y la tragedia de una guerra. Porque el derrotado no siempre es víctima y el vencedor no siempre gana.

Los girasoles ciegos son cuatro formas de entender la derrota, cuatro maneras de morir en vida y, sobre todo, un lúcido retrato de un periodo y de una sociedad que, pese a los ochenta años transcurridos, a día de hoy aún no ha cerrado el proceso de duelo porque, desgraciadamente, este nunca llegó a existir. Por eso, y por la soberbia escritura y extrema sensibilidad de Alberto Méndez, esta lectura provoca un varapalo emocional. Y por si este no fuera suficiente, la edición especial de Edelvives complementa la obra con las ilustraciones de Gianluigi Toccafonda. Dotadas de una gran expresividad facial, incluso cuando opta por los trazos más toscos, plasman a la perfección el clima desolador de los relatos. Su magnífica propuesta artística se disfruta tanto como acompañamiento del texto como contemplándola de forma independiente.

Para mí, Los girasoles ciegos es una lectura indispensable y esta edición, una joya para cualquier biblioteca. No me cabe duda de que esta obra de Alberto Méndez será un clásico de la literatura española, si no lo es ya, aunque apenas hayan pasado trece años desde su publicación. Porque la atemporalidad de sus palabras, tan bellas y tan dolorosas, seguirán causando estragos en los corazones de los lectores por mucho tiempo que pase. Y es que no solo habla de una guerra, sino de todas; y no solo de un puñado de hombres derrotados, sino del sentimiento de pérdida que ha marcado y marcará tantas existencias.

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El príncipe Lestat y los reinos de la Atlántida, de Anne Rice

el principe lestat y los reinos de la atlantida

el principe lestat y los reinos de la atlantidaHace poco más de dos años me llevé una grata sorpresa al enterarme de que la Rice volvía por sus fueros. Volvía al género que mejor domina y la encumbró: a los vampiros. A SUS vampiros. A ese tipo de vampiros de los buenos, no a los de la última hornada crepuscular. A Lestat, Louis, Marius y todos esos seres oscuros con nombres extraños y a la vez tan de mi gusto… No me lo esperaba y, aunque nunca han quedado relegados a mi olvido interior, si habían quedado algo marginados por otras lecturas, flotando en mi interior, como Amel en el cerebro de Lestat.

Así que cuando me entero de que Ediciones B publica este El príncipe Lestat y los reinos de la Atlántida me quedé mucho más soprendido que hace dos años. Me quedé picueto. Con el culo torcido totalmente. Porque normalmente este tipo de libros genera noticias mucho antes de su publicación. Con el anterior, El príncipe Lestat, los rumores empezaron un año antes de su llegada a España. En cambio, con este no había oído ni el más mínimo susurro…

Pero venga, al turrón. Más allá de la sorpresa inicial, ¿qué nos depara este nuevo libro (el 14 según la guía informal de las Crónicas vampíricas? Pues, aunque no lo parezca continuamos la trama que parecía cerrada en el libro anterior. Más que nada seguimos con el asunto de Amel. Con Lestat coronado como Príncipe y esperando gobernar en paz a los vampiros aparecen unos extraños seres para dar vidilla a la Corte. Tienen apariencia humana y deambulan entre nosotros, pero no son humanos. Son fuertes e inteligentes y pueden suponer la extinción de toda la “vampiridad”. Además, por si fuera poco estos seres podrían ofrecer una dimensión imprevista a la historia de Amel, quien recordemos, es el responsable de animar a toda la comunidad vampírica. ¿Serán aliados o enemigos estos nuevos personajes?

Desde luego, hay que reconocerle el mérito a la Rice. Cuando parecía que todo se había contado (aparte de poder sacarse de la manga vampiros nuevos que nos narren su triste y azarosa historia desde su origen hasta la actualidad, claro está, eso siempre puede hacerlo) sobre nuestros viejos amigos chupasangre, va y los relaciona con la leyenda de la Atlántida. Para quitarse el sombrero. Aunque también es verdad que al leer el título en parte me entró algo de miedo pues pensé que ahora Lestat iba a ser uno de esos personajes que corren aventuras del palo Wally en América, Wally con los vikingos, Wally y los números

Por fortuna no ha sido así, y Anne Rice ha demostrado ser muy bizarra. (Bizarra en el sentido correcto, o sea, valiente). Y es que tanto en este como en el libro precedente, de “cosas de vampiros” hemos visto poco que yo recuerde del asunto meramente vampírico. Se mantienen los personajes, pero la trama, aunque muy atractiva va orientada por el lado de espíritus antiguos, fantasmas… Quiero decir: de vampiros alimentándose de humanos vemos poco. Ya sabemos que no hace falta, ya hemos leído bastante sobre eso y me parece muy bien que la autora quiera investigar otras líneas, otros temas. Y repito, lo aplaudo, porque sigue hablándonos de nuestros personajes de siempre (de hace 25 años al menos) con las mismas dudas y temas (existencialismo, eternidad, orígenes, dolor, sufrimiento, amor pansexual,…) y a la vez logra introducir nuevos personajes y tramas más allá de lo que uno espera en un libro de Lestat, uno de los mejores vampiros de la literatura. Parece que amparadas bajo el paraguas de Lestat caben ya todo tipo de historias, que Lestat es un mero gancho para seguir atrayendo a los fieles. Pero esa es una primera impresión. La historia, con sus virtudes y defectos, está bien contada y es razonadamente creíble (creíble en el sentido de que, ¡coño! ¡Si estamos leyendo un libro de vampiros como si nada, estos otros personajes no desentonan con la necesaria suspensión de la incredulidad, están bien encajados en la novela!).

Principales pegas de este libro: las descripciones. Hay momentos en los que a la Rice le da por describir y describir y describir, y se hace eterno. Por otra parte, siempre he dicho que lo mejor de sus Crónicas Vampíricas son los tres primeros libros (Entrevista con el vampiro, Lestat el vampiro y La reina de los condenados). En esta novela sale a colación varias veces el nombre de Memnoch, quinto de los libros (Memnoch el diablo). Si lo has leído entenderás mejor esas partes, pero si no, tranquilo, no hace falta que lo leas (es más, yo no te lo recomiendo) al final hay un apéndice con un resumen de los 14 libros de las Crónicas (incluido el que ahora reseño) y también se habla de Memnoch. ¡Y también tienes internet!

En los puntos buenos: la edición preciosa con los cantos de las hojas en color azul “Atlántida”, el apéndice de personajes y lugares más importantes de las crónicas y, por supuesto, los personajes que conocemos.

El príncipe Lestat y los reinos de la Atlántida es un libro para los fans de Lestat y de la Rice. Para los que se desilusionaron con los libros intermedios desde El ladrón de cuerpos hasta Cántico de sangre. En medio hubo buenos, sí, pero también malos. Un libro para los que recuperaron la esperanza con El príncipe Lestat y quieren seguir las andanzas del vampiro roquero, de su parásito Amel y de todos cuantos le acompañan.

Estoy seguro de que si Anne Rice ha sido capaz de inventar esta historia, es capaz de volver a sorprendernos en un futuro no muy lejano con alguna aventura aún mejor y más vibrante. ¡Y con terror, por favor, que son vampiros!

No es el mejor libro de Anne Rice, pero tampoco el peor. Entretiene mucho y a partir de la última página muchas cosas pueden pasar en el universo literario de Lestat y compañía.

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Francamente, Frank, de Richard Ford

Francamente, Frank

Francamente, FrankSi hay algo que nadie puede parar, por mucho dinero o poder que tenga, es el paso del tiempo. Queramos o no queramos, chillemos o pataleemos, a medida que pasamos las páginas del calendario cada vez las resacas son más duras y el sueño resulta más difícil de coger; cada vez son más los amigos que empiezan a trabajar el arte de la excusa para evitar salir a la calle más de lo indispensable, y cada vez uno se da más cuenta de que la mejor época de su vida ha pasado y que todo lo que viene a partir de ese momento va a ser cuesta abajo. Y sí, esto lo dice un mocoso de veinticinco años. Más o menos el momento en el que uno es consciente de que los veranos de tres meses se fueron para no volver jamás.

En Francamente, Frank, Richard Ford, premio Princesa de Asturias de las Letras en 2016, nos habla de todo lo malo que tiene hacerse viejo, en un contexto horrible para pasar este trago: el escenario postapocalíptico que dejó la crisis económica de 2008 y que Ford agrava con el efecto devastador que tuvo el huracán Sandy en el estado de Nueva Jersey.

Ford hace literatura de gran altura sobre esa base, con el empleo de ingredientes tan poco agradables pero tan comunes como la destrucción de la prosperidad, la soledad, la enfermedad, la desidia por todo lo que nos rodea o los simples achaques de la vejez. Al fin y al cabo es una lectura realista y contemporánea y, como tal, es lógico que sea dura y desesperanzada. A través de Frank Bascombe, un personaje que le ha acompañado desde 1986, cuando publicó El periodista deportivo, el autor americano construye cuatro historias que desprenden un fuerte hedor pesimista y cínico, muy actual, en el que la desconfianza por todo lo que nos rodea es el pan nuestro de cada día. Asistimos así al hundimiento de todo aquello que creíamos que era indestructible, desde los ojos de un septuagenario que vive sin demasiado entusiasmo la penúltima etapa de su vida.

El protagonista, antiguo agente inmobiliario, asiste a los cambios bestiales que se han producido en su entorno, bajo las luces y las sombras de la segunda legislatura de Obama. Aquella en la que se pasó del ‘Sí se puede’ al ‘Ya si eso en otra ocasión’. Ante él aparecen personajes que no viven sus mejores momentos: un antiguo comprador de una casa que ha quedado convertida en escombros por el huracán; la antigua propietaria de la vivienda de Bascombe, con una historia terrible a sus espaldas; la incómoda visita a su exmujer, enferma de párkinson, y el último adiós a un antiguo amigo, que sufre una enfermedad terminal.

Es el primer libro que leo de este autor, pero su prosa contiene muchos de los matices que suelo apreciar en un escritor: una ironía muy afilada, una fijación en esos pequeños detalles que tanto ayudan a dar credibilidad a un relato o los temas y comportamientos cotidianos abordados desde prismas distintos a los habituales. La intolerancia, el racismo y el radicalismo creciente, que ha alcanzado su apogeo en nuestros días, ya son recogidos por Ford, que se demuestra hábil en captar el clima que se iba fraguando en su país y que acabó colocando a un ser como Donald Trump en el despacho oval. Otro motivo más para resguardarse en el viejo dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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Declive, de Antonio García Ángel

Declive

Jorge despierta un día para ir a trabajar, en su turno de noche en un call center, y se da cuenta de que sus pies están creciendo. Nada escandaloso, unas pulgadas solamente, lo justo para incomodarle a la hora de ponerse los zapatos. Se logra calzar a duras penas, pero antes de abordar su autobús pierde uno de ellos de un pisotón y tiene que viajar de pie hasta su destino con la desagradable sensación de ir medio descalzo. Esa desazón, que irá creciendo conforme avanza la novela, es el hilo conductor de Declive, de Antonio García Ángel. Al asunto de los pies se unirán más adelante una plaga de hormigas en su apartamento, los problemas con su padre anciano y una sensación general de desencanto con la vida, el trabajo y el amor.
Lo cierto es que, si la intención de este autor colombiano es desasosegar al lector, doy fe de que lo consigue. No hay casi ningún momento de respiro, de iluminación en la novela, y, sin que medie nada trágico, pocos pasajes son felices en la existencia de Jorge, que incluso cuando se relaja viendo películas de serie B termina teniendo pensamientos negativos y pesadillas.
La narración en sí se vertebra mediante la acumulación de momentos cotidianos narrados con sumo detalle, hasta llegar a límites soeces en ocasiones. Las jornadas de trabajo son agotadoras, los momentos en casa tediosos y el transporte entre un lugar y otro, siempre complicado y con mal tiempo. Para colmo, la situación de su padre empeora por momentos y las hormigas no hacen más que aparecer en los lugares más insospechados. El lector es testigo de su hundimiento minuto a minuto, hora tras hora, y no puede hacer nada más que seguir leyendo para comprobar que, la mayor parte del tiempo, las cosas lo único que pueden hacer es ir a peor de una manera inexorable.
Antonio García Ángel, con una marcada influencia existencialista que recuerda a “La metamorfosis” de Kafka, consigue un texto interesante para comprender cómo las dinámicas negativas de las grandes ciudades (Bogotá en este caso) pueden engullir a los individuos. Una reflexión sobre la falta de reflexión en la propia existencia, sobre el vacío de nuestros actos diarios y lo sencillo que resulta dejarse arrastrar por la corriente hasta que se está tan lejos de la orilla que no se recuerda dónde se quería llegar. Además, ofrece una foto detallada del día a día de Bogotá, curiosa para quienes no la conocemos y agradable, imagino, para aquellos que sí.
Sin embargo, por qué no decirlo, Declive también es una obra un poco aburrida en algunos tramos (y eso que solamente tiene 129 páginas), en la que la repetición de patrones puede llegar a cansar, por lo menos durante los primeros dos tercios. La cadencia narrativa, con frases cortas y simples, no permite grandes alardes tampoco, y los personajes aledaños no aportan demasiado a la trama, con excepción del padre del protagonista, un anciano peculiar y malhablado al que se odia y se coge cariño a partes iguales. Las hormigas, tengo que decirlo, salvan el conjunto al final, pero para ello Jorge, y el lector, han de caminar hasta ahí, y no resulta fácil con los pies dos tallas más grandes de lo habitual…

 

 

 

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Amor perdurable, de Ian McEwan

Amor perdurable

Amor perdurablePor amor se han hecho muchas locuras a lo largo de la historia. Quizás ninguna tan bárbara como la del doctor Carl von Cosel quien, tras no poder salvar a Elena Hoyos, su amor platónico, de morir por tuberculosis, decidió exhumar su cadáver dos años después de que la joven soltase su último suspiro. Tras ello, hizo lo posible por que el cadáver tuviese el aspecto (y el hedor) más humano posible y mantuvo una relación enfermiza con éste hasta que fue descubierto siete años más tarde por la hermana de la fallecida. Está claro que si tomamos como base este caso cualquier locura por amor de la que hablemos va a parecer pequeña.

En Amor perdurable Ian McEwan toca el tema de la obsesión amorosa desde su particular prisma. Partimos, como casi siempre pasa en las obras de este autor, de un acontecimiento pintoresco, a partir del cual la trama va dirigiéndose por derroteros que en un principio eran inimaginables. Así, la novela da comienzo cuando un apacible día campestre que se disponían a vivir Joe y Clarissa, una pareja próxima al medio siglo de edad, es interrumpido cuando un niño queda atrapado en un globo aerostático y comienza a ascender sin poder hacer nada para evitarlo. Joe y otras personas que se encontraban cerca del lugar intentan sujetar el globo, pero todos ellos acaban soltando la cuerda que lo mantenía cercano a tierra, salvo un hombre que acaba falleciendo al caer al suelo desde una altura considerable. Este incidente marca fuertemente a Joe, no solo por los remordimientos que le provoca la duda de lo que hubiera pasado si no hubiese soltado la cuerda, sino porque a partir de ese incidente otro de los hombres que fueron a socorrer al niño, un joven de fuertes convicciones religiosas llamado Jed Parry, se obsesiona con él y comienza a perseguirle y a sostener que él y Joe están profundamente enamorados.

En esta novela —que cuenta con una adaptación cinematográfica que para nada le hace honor, ya que es bastante mediocre— el escritor inglés mantiene una de sus aficiones preferidas: la de jugar con el lector. Y es que McEwan ha demostrado con el tiempo que disfruta cambiando los patrones habituales para desconcertar a sus fieles. Le gusta marcar los tiempos de la narración y decidir qué información suministrar y cuál reservarse para, llegado el momento, dar un vuelco a las ideas habías podido ir labrando durante varios capítulos; también puede cambiar al narrador de buenas a primeras, sin previo aviso, o dedicar varias páginas a desgranar ideas científicas. Todo lo que sea necesario para que el lector no tenga posibilidad de hacerse una idea clara de por dónde le va a llevar la lectura.

De lo que no cabe duda tampoco, no obstante, es de que las novelas de Ian McEwan se distinguen por ser literatura con mayúsculas. Con un estilo muy cuidado, continuas figuras literarias y reflexiones de notable enjundia intelectual, este es uno de los escritores que no necesita de grandes historias para producir libros de calidad; da gusto leerle independientemente del tema que trate. Y en Amor perdurable la historia nos envuelve en un clima demente, en el que por momentos no somos capaces de distinguir qué es lo lógico y qué lo irracional cuando el amor lo inunda todo.

Estamos pues ante una novela muy apetecible para aquellos que estén dispuestos a recalentar un poco su mollera— ya que no es la típica novela ligerita de verano, ni se le parece— para dejar que le absorba durante horas una historia verdaderamente pasional.

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Persiguiendo a Cacciato, de Tim O’Brien

Persiguiendo a Cacciato

Persiguiendo a CacciatoHero of war es una de las canciones más conocidas del grupo estadounidense Rise Against. En ella, un hombre cuenta en primera persona cómo fue reclutado para el ejército y qué tuvo que hacer durante el tiempo en que estuvo destinado en una guerra. El protagonista de esta canción, al igual que los personajes que Tim O’Brien creó unas décadas antes, no se alistó como soldado por convicción, por tener deseos fervientes de defender a su patria. Simplemente, sin saber muy bien cómo, acabó con un arma entre sus manos y terminó asimilando que en los conflictos armados hay que hacer cosas que no se quieren hacer.

Persiguiendo a Cacciato, la novela de O’Brien, sitúa su trama en el año 1968 y cuenta cómo un buen día un joven y tontorrón soldado decide abandonar a sus compañeros destinados en Vietnam con la firme idea de llegar a París a pie. Es decir, emprende una huida con 13 000 kilómetros de distancia por delante. El pelotón al que pertenecía es seleccionado para capturar al desertor y durante esta misión los perseguidores tienen tiempo suficiente para replantearse sus propias aspiraciones.

Tim O’Brien estuvo destinado en Vietnam. Y es algo que se nota. Se palpa en la forma minuciosa que tiene de describir los ambientes, de reflejar el lenguaje y la manera de actuar de los soldados, de desgranar las anécdotas y las ocurrencias menores que van marcando el día a día de los combatientes en territorio enemigo. Y esto es algo realmente relevante, ya que son precisamente esos pequeños detalles, tan poco épicos como verosímiles, los que hacen que el relato te atrape y te afecte. Porque es difícil no empatizar con aquel que está a disgusto en una realidad que no ha elegido vivir.

Y es que, con todo lo que pueda parecer, Persiguiendo a Cacciato no es propiamente una novela de guerra, sino más bien una novela de personas a las que les ha tocado soportar una guerra. Lo verdaderamente relevante de este texto, lo que hace que sobresalga de tantísimas narraciones de este y otros conflictos armados, es la capacidad del autor para transmitir la humanidad de los combatientes, para hacer que dejemos de imaginarlos como soldados y empecemos a verlo como chavales a los que les han puesto un rifle entre las manos. A través de una narración que entremezcla flashbacks con la persecución del soldado rebelde, O’Brien nos permite conocer todo lo que Cacciato y sus compañeros han vivido durante su estancia en el país asiático y cómo esto les ha afectado a nivel personal.

Como digo, la auténtica relevancia de este texto la cobran los soldados y su necesidad de abstraerse, de dejar atrás el conflicto, aunque sea durante unas horas al día a través de una liga de baloncesto, a sabiendas de que al día siguiente les tocará arrasar aldeas humildes y asesinar a civiles inocentes. Se palpan las ganas de escapar, que sólo Cacciato se atreve a materializar. De repente, ese chico aparentemente débil y sumiso es el único que se atreve a dar el paso que tantos otros anhelan.

El juego del gato y el ratón que protagonizan el batallón y Cacciato se hace vibrante por momentos, ya que no son pocas las ocasiones en las que sus antiguos compañeros le pisan los talones, en un largo trayecto que les hace visitar Birmania, Afganistán, Turquía o Grecia. Durante ese viaje somos partícipes de cómo los soldados vuelven a convivir en sociedad, sin armas de por medio y sin un enemigo directo al que asediar o temer. Y de lo a gusto que se encuentran en esa situación, lo que le lleva a más de uno a cuestionarse seriamente el sentido de seguir gastando balas.

Una novela, en fin, que se aleja de lo habitual en su género y que decide apartar el foco del gran conflicto bélico para ponerlo sobre las pequeñas luchas internas. Esas mismas que una vez que las tropas se repliegan y los disparos cesan no hay acuerdo de paz que pueda cerrarlas de cuajo. Son batallas que quedan irremediablemente unidas a aquellos que, muchas veces sin saber cómo, acabaron con un rifle entre sus manos.

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Parece que fuera es primavera, de Concita de Gregorio

parece que fuera es primavera

parece que fuera es primaveraEs curioso cómo escribir cura el dolor…, y viajar. Alejarte para poder mirar con perspectiva, dicen. Cuando uno lee Parece que fuera es primavera, de Concita de Gregorio, se da cuenta de que no es la distancia lo que cura, porque hay cosas que no se curan, porque no hay cosas que hieren, no hay cosas que te matan por dentro. Sencillamente no hay palabras, aun no existen las palabras precisas para que una madre exprese lo que siente cuando desaparecen sus dos hijas y su marido se suicida.

No hay palabras…

Pero la autora ha tenido una delicadeza infinita en la forma de contarnos esta historia que más que triste, que naturalmente lo es, es desgarradora incluso para el lector que está frente a ella años después. Esta es la historia real de Irina Lucidi. Esta terrible historia sucedida hace 7 años y que se nos narra en forma de crónica para que pueda ser soportable.

¡Qué poco afortunadas son a veces las palabras! Y qué escasas cuando no encuentras el ´termino apropiado para definir una situación… Y qué bien nos lo explica la autora. Uno pierde a su pareja y es viudo, pierdes a tus padres y eres huérfano, pero cuando “pierdes” a un hijo, ¿en qué te conviertes? Yo imagino que en un saco de dolor que solo aspira a sobrevivir. … Y digo sobrevivir porque “la vida sigue”, con o sin nosotros, con o sin nuestros seres queridos, la vida sigue…

La palabra perder está ahí, dando vueltas en el libro, perder, porque realmente Irina sí que pierde a sus hijas y con ellas cree perderlo todo, pero la vida nos hace seres completos, ya ves… el tiempo nada cura, eso está claro en estos casos, pero uno no puede no reír eternamente, la vida siempre se abre paso, por lo general lejos, porque cerca es más difícil. Y que difícil de entender esto cuando el dolor va en el interior.

Todo el libro está lleno de sensibilidad y es por eso que lo que más me ha llamado la atención ha sido la falta de ella que al parecer tuvo la policía suiza, el sistema judicial suizo, la burocracia suiza…, ni podía imaginarlo, ni quiero pensarlo, es importante que sepamos que en los exquisitos países europeos, las cosas que no se comparan con dinero no son tan buenas… Sí, ya sé que en esta reseña hay y habrá muchos puntos suspensivos, como en esos poemas en los que las ideas quedan sueltas al final de un verso, probablemente para que tú lo termines, para que lo pienses y reflexiones, o quizá para darte tiempo pasa suspirar, para relajar tu corazón y tu alma.

La autora, de padre toscano y madre española me hace recordar que aun cuando nos quieren hacer creer que en el sur no hay profesionalidad, la hay, y en el Sur está el futuro de los que no tienen futuro, de los desposeídos de palabras. En el Sur hay filosofía de vida, hay sol, hay mar; y muy, muy al Sur, está Granada.

Hay reseñas imposibles, porque hay libros imposibles, libros que solo se escriben una vez, imposible repetirse, aun cuando uno crea que hay dos personas a las que les ha pasado lo mismo. Imposible, porque las vidas son particulares, y las palabras que a cada cual le faltan para expresar el dolor son aun más particulares.

Perder a los hijos, suponer que tu marido antes de suicidarse te los ha arrebatado, quizá para siempre… ¿Qué? El horror vestido de huecos en blanco, leer entre líneas lo que la autora nos cuenta que le ha contado Irina:

“¿Qué has venido a decirme, Irina? ¿Por qué has llamado a esta puerta? <Quisiera que me ayudaras, si puedes, a coger las palabras ponerlas en fila recomponer todos los trozos que siento desmenuzados y dispersos en cada rincón del cuerpo…”

Porque todos sabemos que llega un momento en que las palabras pueden y deben sustituir a los somníferos, calmantes, antidepresivos, sedantes, a los días sin noches y las noches sin días. Horas que pasan sin control. Vida que no se vive. Y entonces llega algo o alguien que te ayuda a buscar y al buscar miras el más humano de los recursos: Las palabras.

¡Qué importante es recordar esas cosas que nos hacen felices! Hay que hacer ese esfuerzo cuando olvidamos que vivir ya es por sí un acto que nos ha de producir alegría. Es imposible ponerse en la piel de nadie, pero un ser humano puede encontrar vida en el amor de otro. Vida, ilusión, alegría, ganas de ver amanecer, y eso no es olvido, eso es llevar dentro de ti sus vidas, hacer que vean por tus ojos, que escuchen tus palabras, que vivan en tu recuerdo, que crezcan dentro de ti, acompañándote en el resto de tu viaje, deseando que sea un largo viaje para poder hacerlo juntas.

Y aquí en el libro está Irina, y porque está Irina están Alessia y Livia… Más puntos suspensivos para decirles que merece la pena leer este libro, menos de doscientas páginas para contar esta historia que no crean que es lo que esperan, es otra cosa, porque la vida siempre es otra cosa.

Releo esta reseña ahora, aquí, casi al mismo tiempo que todos ustedes, ahora que está a punto de publicarse, y pienso que habrá muchos que aun deban esperar para que les parezca que fuera ya es primavera, y se me escapan unas lágrimas… y regresa de nuevo todo el libro a mi mente, pero sobre todo a mi alma, en la que la autora ha dejado alojadas algunas palabras.

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Los cinco y yo, de Antonio Orejudo

Están las novelas buenas, están las novelas entretenidas, y luego está Los cinco y yo, de Antonio Orejudo.

He dejado reposar (varios días) esta lectura, pero todavía no consigo alcanzar un veredicto con el cual esté completamente conforme. Quizá tenga que releerlo, pero las primeras impresiones son las que cuentan.

¿Sería demasiado generosa si lo calificara de libro genial? ¿De libro que, suficientemente leído y justamente valorado, podría considerarse como revolucionario de la literatura española y, quizá, también de la universal? ¿Hace falta traer a colación la relación totalmente lícita entre entretenimiento y comercialidad, por un lado, y genialidad, por otro, suficientemente demostrada por El Quijote y por muchas otras joyas reconocidas y consagradas de la literatura, clásicos que en su día fueron, no best sellers (porque eran otros tiempos), pero sí lecturas populares y del gusto del gran público? ¿Por qué no puede Los cinco y yo ser perfectamente otro representante de ese fenómeno?
Con Los cinco y yo me pasa lo mismo que me pasó la primera vez que vi Inland Empire, la película más lynchiana de David Lynch: que me di cuenta de que aquello no era una película, ni siquiera un visionado; era una experiencia. Una experiencia asombrosamente vital capaz de cambiar tu percepción de todo; en el caso de Lynch, gracias a su personal e inimitable concepción de lo surreal; en el de Orejudo, gracias a su imaginación, su sentido de la ironía, su capacidad y voluntad para la autoparodia, su cercanía, su inteligencia; armas, todas ellas, que nuestro autor utiliza contra y, a la vez, con su lector, atrayéndolo e implicándolo en una historia que finge ser, primero, un humorístico, divertido, políticamente incorrecto pero, a la postre, inofensivo ejercicio de revisión nostálgica de la historia propia y general (la del Antonio Orejudo nacido en unas circunstancias históricas, en un contexto geográfico y social, como miembro de una generación concreta, aquella del baby boom, niños que superpoblaron ciudades y barriadas y que parecía que iban a comerse el mundo y que luego quedaron emparedados entre la generación anterior y la inmediatamente posterior, que les robaron todo el protagonismo que ellos naturalmente estaban llamados a ejercer en la época de la Transición española) y que de repente estalla como una sucesión de fuegos artificiales que, traca a traca, va deslumbrando al lector, que, para cuando quiere darse cuenta, ya está tan obnubilado con el espectáculo que no le interesa intentar responder al cómo y por qué hemos llegado a este punto. El impulso inconsciente de encajarlo todo bien encajado, de atar todos los cabos, de hilar bien la historia y de obtener todas las respuestas cede a la diversión y al disfrute más puros y más gozosos, de esa clase que sólo una lectura absorbente puede proporcionar; ésa que hace que uno pierda la noción del tiempo y hasta de que se olvide de que está leyendo. Exactamente el tipo de gozo que tan bien describe el propio Antonio Orejudo al rememorar su primera lectura de un libro de Los Cinco; el tipo de gozo que, según dicen, y lo repite el propio autor en un momento determinado de la novela refiriéndose a un personaje adicto a la heroína, sólo se obtiene la primera primerísima vez, y se intenta -en vano- revivir cada vez que se consume.

Pues bien; yo sentí aquel gozo de la primera lectura en la que me olvidé de todo y me convertí en uno con la historia, y lo he vuelto a sentir leyendo Los cinco y yo.

Una novela que va tejiendo o, si se quiere, insinuando paralelismos entre el mundo ficticio creado -a brochazo limpio- por Enid Blyton, cuya productividad deja en mantillas a todo un Stephen King, y el mundo real donde nació y creció Antonio Orejudo, el personaje de esta novela y/o también, puede ser, probablemente, aunque puede que no, el autor; y donde luego fue a la universidad, se hizo escritor y todo lo demás; donde conoció a Rafael Reig, su amigo y compañero y posteriormente influencer, dado que fue causa necesaria (Reig) para que Orejudo (el personaje del libro) se pusiera a indagar sobre Los Cinco y sobre qué fue de ellos una vez que su colección de novelas juveniles terminó. Son, en realidad, varios mundos que se van reflejando e imbricando los unos con los otros, en un ejercicio de creación literaria, metaliteraria, seudorrealista, fantasiosa y ucrónica donde poco importa, al final, dónde se separan las diferentes esferas, dónde se superponen y qué plano corresponde a cada mundo.

El Antonio Orejudo protagonista del libro (y, con toda probabilidad, también el autor que lo firma y que se cuenta a sí mismo corregido y aumentado y nos cuenta todo lo demás) habla con ligereza, con una ligereza que se nota (y se quiere dejar notar) un poco impostada y que descansa sobre un lecho de pesimismo que no es nato, sino que ha llegado a ser por culpa del mundo; está en sus recuerdos de aquel pequeño gamberro juvenil con ínfulas de gran literato, en cómo lo vapulea ahora; está en su retrato, un poco entrañable y un poco cruel, de los viejos -en todos los sentidos- amigos con los que se reencuentra ahora y en lo que han llegado (y no han llegado) a ser; está en el relato de aprendizaje, maduración y decadencia de Julián, Dick, Ana y Jorge (Tim falleció, como es de suponer), aquellos chavales de ficción que son el único bagaje propio e intransferible que la generación de Orejudo puede reclamar, pues fueron los primeros en leerlos traducidos al español.

El mundo actual ha hecho de las suyas con Los Cinco, ahora cuatro. Viven, como nosotros, en un mundo de relaciones virtuales, postureo, hermosas mentiras pero maldades reales como entonces, vulgaridad, consumismo, neurosis y codicia, mucha codicia. El relato del devenir de sus vidas nos divertirá, nos sorprenderá, nos confundirá y nos pillará desprevenidos, avanzando bajo tierra, pasando de una realidad ficticia (o real) a otra a hurtadillas, como hacían ellos en casi cada una de las novelas de Blyton, donde no faltaba el pasadizo secreto que hacía posible un feliz desenlace. Aquí también hay pasadizos secretos, sólo que el mundo real que habitamos (y en el que habitan los dos Antonios de la novela, el relatado y el relator) no asegura finales felices, como sí hacía el de Enid Blyton. Y quienes hayan leído el número suficiente de aquellos libros apreciarán y valorarán en la medida en que lo merece el último párrafo, el colofón brillante e inteligentísimo con que Antonio Orejudo cierra esta meritoria novela y nos deja, quizás, con una media sonrisa triste en los labios.

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El gran salto, de Jonathan Lee

El gran salto

El gran saltoLos errores en los libros, o los errores en general, suelen no pasar desapercibidos. Saltan a la vista. También lo hacen los grandes aciertos, luminosos párrafos de algunas obras, goles magníficos, polvos de otra galaxia que no deberíamos aspirar a repetir. En un punto intermedio de esos dos extremos, entre otras cosas, podemos encontrar dos categorías interesantes: la mediocridad y la virtud. La primera tiene relativo éxito en esconder los errores, al menos en dejarlos fuera de la vista o del foco, pero lleva dentro la inferioridad de los mentirosos. La segunda simplemente los evita, los fallos, aunque no se regodea tampoco en los aciertos. En este último sentido tan modesto de algo cercano a la perfección se halla la tercera novela de Jonathan Lee, primera en español, El gran salto.
Un joven norirlandés entra a formar parte del IRA en 1978, uno de los momentos álgidos de los enfrentamientos entre los unionistas y los católicos (si se me permite la simplificación del conflicto). En un primer capítulo de manual, Dan, así se llama uno de nuestros protagonistas, es iniciado en las armas por dos viejos y resabiados combatientes. El contexto nos vendrá más adelante, pero se adivina que son tiempos muy duros para los jóvenes como él, y que el conflicto no hace más que recrudecerse.
Seis años más tarde, la semilla plantada en esta introducción germinará bastantes kilómetros al sur, concretamente en Brighton, Inglaterra. Dan, convertido en experto en explosivos, llega a la ciudad costera para preparar uno de los mayores atentados del IRA en suelo inglés, un ataque al corazón de los conservadores británicos durante la convención de su partido, con Margaret Thatcher a la cabeza. El suceso tendrá lugar en el Grand, un hotel de segunda categoría que no obstante tiene el honor de albergar la convención de los tories gracias, en parte, a los esfuerzos de su subdirector, Philip Finch, al que todos conocen como Moose.
Como se comprende rápido, El gran salto no es tanto la historia de aquel atentado y de la lucha en la que se amparaba sino un relato de trazo fino, casi hiperrealista, de las vidas de quienes orbitan el Grand en las tres semanas que transcurren entre que Dan planta la bomba y el día de la convención. Moose, un antiguo saltador de trampolín que, pasados los cuarenta, se siente un perdedor, toma la convención como su última oportunidad de hacer algo grande, de coger un tren que se escapó hace tiempo; Freya, su hija, vive confundida su último verano de adolescente y el primero como adulta, en lo que decide qué hacer con su vida y navega entre el descubrimiento y la decepción. El Capitán, Marina, el surfero John y por supuesto el propio Dan aparecen por las páginas de El gran salto para completar el cuadro de Jonathan Lee.
Enganchando con el primer párrafo, lo que más destaca de El gran salto es la brillante habilidad del autor Lee para escribir una historia balanceada, sin errores. Tiene múltiples caras, es tierna pero a la vez contundente, calmada y avasalladora por momentos, y en todos los momentos consigue un notable alto o un sobresaliente. No cae en la nostalgia ochentera, no se deja llevar hacia la novela de intriga ni deja que el par de tramas amorosas inclinen el libro al romance. En esa virtud y en su capacidad para dotar el conjunto de una prosa de alta calidad pero sin complicaciones está el principal valor de El gran salto.
Es cierto que hay que tener paciencia y tiempo con ella, porque no conviene leerla del tirón. Quizá desespere a quienes necesitan emociones más fuertes, y piensan que el atentado que se anuncia desde la página uno va a ofrecérselas. También a los que traten de encontrar una lectura profunda de la situación política y social del thatcherismo y del conflicto norirlandés. Pero para quienes busquen una lectura tranquila, una novela virtuosa de principio a fin con la que pasar una temporada, El gran salto resultará perfecta. A mí, por lo menos, me ha dejado con la sensación de ser de lo mejor que llevo leído este año.

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La tía Tula, de Miguel de Unamuno

La tía Tula

La tía TulaCuando disfrutas mucho de un libro rara vez consigues trasmitir su calidad por escrito salvo que digas aquello de «Lo mejor que he leído este año», «Una lectura que te atrapa desde la primera página» o lindezas del estilo tan manidas en otras reseñas y críticas. ¿Cómo puedo, entonces, valorar esta lectura? ¿De forma numérica? ¿Un diez sobre diez?, ¿cinco estrellas? También podría emplear un listado de imprescindibles de esta primera mitad de año en la que La tía Tula ocupara un dignísimo puesto de honor. No, todo eso no valdrá para ser franco con esta espléndida obra. Se aproxima, pero no la hace mucho más distinta de otros libros que saldrán publicados este año. Lo intentaré de esta otra forma: Cuando disfrutas mucho de un libro rara vez se convierte en uno más; pasa a otro nivel, uno que solo su lector conoce y adonde llegan unos pocos.

Esto es subjetivo, por supuesto, pero de eso se trata, para eso se escribe, para que la lectura llegue a cada lector de forma distinta y la conserve en su memoria como considere oportuno. Miguel de Unamuno fue un hombre recto y de ideas profundas sobre religión, filosofía y la España de aquella generación del 98. Germen de un pensamiento existencialista que se extendería por Europa a mitad de siglo XX, le preocupaba dar vida a unos personajes repletos de crisis emocionales y religiosas ahondando en la psicología de cada uno de ellos. Lo hacía de una manera tal que en sus cortas y precipitadas narraciones a las que llamó nivolas sus protagonistas se introducen en tu mente de lector con una facilidad pasmosa y una veracidad de la que Hemingway anhelaría. Mi primera lectura de Unamuno fue la magistral San Manuel Bueno, mártir, en la que volcó sus propias dudas sobre la religión y cuyo personaje principal siente la dualidad de creencia y falta de fe. La tía Tula es la segunda narración que leo de este genial autor vasco donde desarrolla un cuadro de costumbres español.

Todo el peso cae sobre la figura femenina de Gertrudis, la tía Tula. Durante la trama se desarrolla su psicología, sus renuncias hacia el hombre, la maternidad e incluso, llegado un punto, la religión. Tiene una hermana la cual destaca por su belleza, pero le falta el carácter y la profundidad de Tula. Es precisamente en sus ideas donde reside su propio pecado, su propia desgracia ya que se niega al amor, a la proximidad o el contacto con los hombres cediendo así ese puesto a su hermana a quien la induce a llevar la vida que considera le pertenece a una mujer: encontrar un buen marido y ser madre. Se vuelca en conseguir en los demás lo que en lo más profundo de su ser anhela para ella. Lo hace de una forma casi autoritaria, ya que su marcada personalidad es difícil de rebatir. La lectura es muy acelerada en cuanto al tiempo de la historia —se suceden varios años en sus pocas páginas— algo que no hace, en ningún momento, que pierdas contacto y cercanía con sus personajes que es donde Unamuno realiza una gran labor.

El discurso empleado por su autor es también una de las bazas importantes de la obra. Unos diálogos muy ricos en un ambiente doméstico de una España religiosa en la que se aprecia el marcado carácter de Tula así como el modo de presentar al resto de personajes, marionetas casi, de los ideales de su protagonista. Hay un paralelismo pronunciado en la lectura sobre el comportamiento de las abejas y la peculiar familia de Tula. En ella se habla de la labor que realizan las abejas reinas y los zánganos, encargados de procrear, de relacionarse entre ellos mientras que las abejas obreras son quienes se preocupan de conseguir alimento, de trabajar para que no le falte de nada a la colmena. Ese es el lugar que Tula considera que le pertenece. Ella es tía, pero también madre de sus sobrinos e incluso de sus nietos, porque ella trabaja y se desvive por cada uno de ellos como una madre debería hacer. Ella renuncia a sus deseos más íntimos por un pensamiento religioso, un desdén que se vuelve incluso en contra del cristianismo por considerarlo una religión de hombres. Ella teme enamorarse porque cree que eso no es para lo que nació, rechaza así el contacto con los hombres y su ilusión de ser madre. «[…] esa fortaleza, hija mía, puede alguna vez ser dureza, ser crueldad» le dirá el párroco a Tula cuando observa cómo ella trata a los hombres.

Es una obra que se lee de una sentada, se disfruta en cada página, con cada diálogo. Libro de necesaria lectura para comprender el ingenio de Unamuno y de una época de la literatura española que brilló gracias a los autores que conformaban la promoción del 98 y que Ediciones B edita en su colección de clásicos, como no podía ser de otra forma. Y es que rara vez un libro pasa automáticamente a la categoría de clásico.

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Los años ligeros, Crónicas de los Cazalet, de Elizabeth Jane Howard

Los años ligeros, Crónicas de los Cazalet

Justo el otro día comentábamos varios reseñistas que, precisamente, las reseñas que más nos cuestan hacer son las de los libros que más nos han gustado. Así dicho suena rarLos años ligeros, Crónicas de los Cazaleto, pero tiene sentido. Queremos decir tantas cosas del libro y tan bien que tememos quedarnos cortos y no estar a la altura. ¿Y por qué os cuento esto? Pues porque el libro del que voy a hablaros hoy es precisamente uno de esos libros. Así que desde ya os pido disculpas, porque no sé si voy a ser capaz de transmitiros todo lo que quiero sobre él, pero lo haré lo mejor que pueda.

No sé bien por qué, siendo yo tan poco lady, me gustan tanto este tipo de libros tan british de principios del siglo XIX. Una época complicada, donde el fantasma de la Primera Guerra Mundial y la amenaza de la Segunda Guerra Mundial están más que presentes, donde las mujeres han de ceñirse a su papel sin osar salirse de él y donde, como diría Javier Krahe, todo es vanidad. Porque a pesar de las miserias y los miedos, la apariencia lo era casi todo. Y más si provienes de una familia acomodada, como es el caso de los Cazalet. Los años ligeros, Crónicas de los Cazalet, se centra en las vivencias de esta familia en los veranos de 1937 y 1938. Imaginad si es extensa la familia, que al comienzo del libro, encontramos un árbol genealógico de la misma y de su personal doméstico.

El Jefe y la Duquesita son los padres de Hugh, Edward, Rachel y Rupert. A ellos hay que añadirles sus respectivas mujeres, Sybil, Viola y Zoë y una tropa de nueve nietos con sus niñeras y demás personal. Todos ellos pasarán juntos los veranos de 1937 y 1938 en Home Place, una casa señorial propiedad de la familia que se encuentra en la campiña de Sussex.

Lo que sucede en las cuatrocientas y pico páginas del libro no es más que la vida misma. Actividades cotidianas, rutinas y, como os decía, un poco de vanidad. Pero, si hay algo que me gusta de este tipo de novelas, es que tras la aparente calma, tras toda esa monotonía y liviandad, siempre se esconde algo más. Y es que los sueños y pasiones de todos y cada uno de los componentes de esta familia van desgranándose a lo largo de la novela de manera magistral.

Los años ligeros, Crónicas de los Cazalet es un reflejo maravilloso de las costumbres de la alta sociedad británica de aquella época.  La prosa de Elizabeth Jane Howard me ha parecido una maravilla. Una observadora nata e inteligente, honesta y sumamente cautivadora.

¿Sabéis? Podría pasarme horas hablando de todos los personajes, de cómo han ido evolucionando a lo largo de la novela, de lo que me han trasmitido cada uno de ellos. También podría hablaros de las ganas con las que volvía a retomar la lectura del libro, de cómo la autora me ha llevado a aquellos veranos haciéndome sentir allí, como una observadora más de la familia Cazalet.

Lo mejor de todo esto es que Los años ligeros, Crónicas de los Cazalet es el primer de cinco libros, así que tenemos familia Cazalet para rato. No hace ni veinticuatro horas que acabé el libro y ya estoy deseando leer el siguiente. Voy a tener que escribir a Siruela para que me digan cuándo van a publicar el siguiente, porque a ver cómo lleno yo ahora este vacío.

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