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El suplente, de Marcelo Birmajer

El suplente

El suplenteCreo que tendría como doce o trece años cuando llegué un día extasiado a casa a contarle a mi madre lo genial que era el nuevo profesor que iba a tener ese curso. Solo había estado unas horas con él, pero me había parecido completamente distinto a lo que había visto por las aulas hasta el momento: divertido, simpático, que se interesaba por nuestra opinión sobre temas que hasta entonces parecían ser exclusivos de los adultos y que incluso tocaba la guitarra en un grupo de rock. Ni en mis mejores sueños. Mi madre, siempre tan astuta, me dijo que se alegraba mucho pero que tuviese cuidado, que normalmente los profesores que mejor pinta tienen al principio suelen ser los peores. Y meses después no podía sino darle la razón; mi ídolo se había convertido en un sufrimiento al que había que reírle todas las gracias, que ridiculizaba a los alumnos cuando le discutían sus soflamas y que era quisquilloso y estricto en sus exámenes. Es lo que tienen las primeras impresiones, que rara vez suelen ser correctas.

El profesor de León Zenok, protagonista de El suplente, es bastante peor que aquel mío, siendo sinceros. O al menos eso intuye el chaval desde un principio, desde el momento en que a éste se le encarga impartir matemáticas en su colegio hasta final de curso por el suicidio del profesor titular. Raúl Merista, el nuevo maestro, se mete pronto en el bolsillo a todos sus pupilos con su forma de impartir las clases: entretenida, reflexiva, asequible…si bien poco o nada tiene que ver con la asignatura de la que es responsable. Esto hace que León comience a investigar por su cuenta qué es lo que ocurre realmente detrás de esta situación. A sus quince años vive solo, dado que su madre abandonó el hogar familiar cuando él era niño y su padre ha ido a probar suerte como actor en España. Es la década de los años 70 en Argentina, marcada por la cruel dictadura de Rafael Videla, en la que los asesinatos y las desapariciones de los insurrectos están a la orden del día.

Lo cierto es que ya sólo por el contexto en el que se sitúa la trama me sentí atraído por esta novela, pero creo que incluso con independencia de su localización me hubiese parecido una historia entretenida y muy bien contada; si bien en un principio me costó adaptarme a su ritmo narrativo, caracterizado por las frases cortas y por la aparición de numerosas tramas secundarias, con el paso de las páginas Birmajer sabe hilar todas ellas de manera impecable. Es precisamente su ritmo lo que permite que en una novela tan corta como esta podamos pasar por muy distintas situaciones, algunas más trilladas que otras, pero, en todo caso, lo suficientemente bien elaboradas para que el lector siga los acontecimientos con atención. Una de las que más me ha gustado, por lo original de la misma, es aquella en la que León trata de conquistar a la chica que le gusta a partir de sus relatos y, tras ser amenazado por otro de sus pretendientes, comienza a escribir una obra para éste, pero haciéndola excesivamente pomposa para ridiculizarle.

Pese a que está catalogada como una obra de terror yo no le pondría esta etiqueta a El suplente. Quizás en un público más joven pueda causar esa sensación, pero en lo que a mí respecta me ha resultado una novela de suspense muy bien resuelta, que sabe mezclarse a la perfección con la época de violencia y represión en la que se sitúa para contarnos, con un humor muy característico, la historia de un adolescente obligado a hacerse mayor muy pronto y a enfrentarse a sus fantasmas.

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La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera

La insoportable levedad del ser

La insoportable levedad del ser“Pero luego se acordó de que ayer, poco después de aparecer él en la puerta de la casa, sonaron en una iglesia de Praga las seis de la tarde. La primera vez que se vieron, ella terminaba de trabajar a las seis. Lo había visto sentado en el banco amarillo y había oído sonar las campanas de la torre.

No, no fue la superstición, fue su sentido de la belleza lo que la liberó de la angustia y la llenó de ganas de vivir. Los pájaros de la casualidad volvían a posarse en su hombro. Tenía lágrimas en los ojos y estaba inmensamente feliz de oírle respirar a su lado”.

No soy muy dada a empezar las reseñas con citas. Pero hay veces que, después de leer un libro, este me parece tan asombroso y tan deslumbrante que me resulta muy difícil empezar a hablar de él. Por eso he querido comenzar con una cita. Para no romper la magia que se ha creado a mi alrededor y que se quedará conmigo un tiempo, aunque ya haya cerrado las tapas de esta obra maestra para siempre.

La insoportable levedad del ser es una historia de amor. Pero no os imaginéis una novela empalagosa y llena de clichés. No, es una crónica real. Sin idealizar, mostrada al natural y sin adornos. Los protagonistas son Tomás y Teresa, dos checos coetáneos de la década de los sesenta y que verán cómo las tropas rusas van avanzando filas por lo que antes era su hogar. Tomás tiene dentro de su cabeza casi tantos conflictos como los que existen en la Europa oriental de aquella época. Y todos los problemas se reducen en uno: las mujeres. Ama a Teresa con toda su alma, pero es incapaz de no estar con otras mujeres. Entre ellas, se encuentra Sabina, una joven artista que ve el mundo desde una perspectiva muy particular y que descubrirá, con el paso de las hojas, qué significa la insoportable levedad del ser.

Si por algo me ha encantado esta obra, ha sido por sus constantes alusiones a la filosofía. Rápidamente identificaremos la idea del eterno retorno propuesta por Nietzsche, por ejemplo. Milan Kundera, escritor de origen checo, aborda los problemas existenciales a los que los humanos plantamos cara día a día, deleitándonos con frases tan exquisitas como la que apuntaba al principio.

Hacía tiempo que tenía este libro entre mis pendientes; formaba parte de esa lista interminable de obras que quiero leer pero para las que nunca encuentro el tiempo necesario. Porque este libro hay que leerlo con calma, saboreándolo, exprimiendo cada frase que Kundera nos regala y, sobre todo, teniendo un lápiz a mano para subrayar todas esas citas que deberían formar parte de nuestra vida.

Un amigo mío me recomendó su lectura muy efusivamente. Cuando le dije que me disponía a leerlo, me dijo: “es la historia de amor más bella que he leído nunca”. Yo no sé si la calificaría de bella. No es una narrativa feliz; hay dolor, hay llanto y hay lágrimas literales que rodaron por mis mejillas al llegar al final de la historia. No sé si eso es bello. Lo que sí es, es emocionante y desgarrador. Gracias a Kundera he descubierto que hay muchos tipos de amor. Que se puede querer de muchas formas y que tal vez todas sean válidas. No sé, quizá una guerra de por medio hace que uno se replantee las cosas.

Lo que sí tengo claro es que este libro ha ascendido hasta encontrarse entre mis cinco favoritos. Y es curioso que, cuanto más me gusta un libro, más me cueste hablar sobre él. ¿Os identificáis con esa sensación de que os gusta algo pero no sabéis por qué? Eso me pasa a mí con La insoportable levedad del ser. Por eso, voy a terminar esta reseña tal y como la he empezado: citando una de las frases que he subrayado:

“Aquel que quiere permanentemente “llegar más alto” tiene que contar con que algún día le invadirá el vértigo. ¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? Pero ¿por qué también tenemos vértigo en un mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantado”.

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La muñeca catalana

 

la muñeca catalanaQueridos amigos, en ocasiones empiezas una lectura como en este caso a ciegas. Es decir, no sabes nada de ella, pero te la regalan y el título, La muñeca catalana,  ya te hace pensar que algún motivo hay para que haya caído en manos de una amiga, y ella, a su vez, te lo ofrezca a modo de regalo especial.

No he podido olvidar mientras lo leía, bien por su pequeño tamaño, menos de 200 páginas, bien porque ambos escritores son franceses y se nota en su forma de narrar, aquella Nieta del Sr. Linh. Ya ven que no la comparo a cualquier cosa, es fue la primera novela que reseñé para LibrosyLiteratura.es y en aquella ocasión quería ir sobre seguro.

La muñeca catalana ha sido otra gran sorpresa. La he leído en tan solo unas horas, pero sé que rondará durante muchos días por mi cabeza.

La autora, Brigite Piedfert, es profesora de Lengua Española en diversos lugares de Normandía; yo pensaba cuando llevaba casi media novela leída que sería hija o nieta de españoles, aunque por los apellidos no me parecía muy lógico. Y digo esto porque el inicio nos lleva directamente a los inicios de la II República y rápidamente a la Guerra Civil española, vista de aquella forma especial e idílica con la que la miran los que han escrito desde el exilio o desde la más absoluta de las derrotas. Ese final de la contienda en Barcelona, y la huida a Francia en aquellas enormes, tristes y largas columnas que todos hemos visto en imágenes y que se asemejan muchísimo a lo que hoy todos estamos viendo por la televisión en los informativos respecto a los miles de refugiados que también intentan salir de sus guerras, de sus persecuciones y de sus miserias.

Pero en realidad la novela no va de la Guerra Civil, ¿o sí?, ¿o irá de los niños españoles que llegaron a Francia y de cómo fueron recibidos? ¿o no? Un libro corto que en realidad creo que va del daño que la violencia y la desesperación causan en el alma del ser humano.

La historia surge de dos hechos reales: una guerra y un orfanato francés para españoles situado en la bellísima Normandía y llamado “Orfelinato Francisco Ferrer”… Me ha hecho gracia lo de “orfelinato” porque es una palabra que no escuchaba desde que vivía en Valls, localidad en la que nací y que está muy cerca de Cambrils, lugar en el que se desarrollan algunos de los hechos de la novela.

Orfelinato, yo creía que sería o estaría relacionado con el catalán, pero en realidad en catalán se dice “orfenat”, al parecer está más relacionada directamente con el francés orphelin (huérfano), por lo que deberíamos incluirla entre los galicismos que mantiene el castellano.

El caso es que en poco más de cien páginas la autora me ha dejado impresionada con la historia que cuenta, por como lo cuenta, y sobre todo por el giro final tan inesperado que se saca de la manga.

Verán, yo empecé a leerlo después de comer, sentada en el sofá con manta y un té caliente, poco más de una hora de lectura y descanso, después a trabajar un rato, pero lo leído me rondaba y solo deseaba cenar y sentarme a terminar la historia, que intuía que no iba a ser lo de siempre, y desde luego que no lo ha sido. En el libro la protagonista es una niña, la nena, y su muñeca de trapo, una de esas cosas a las que uno se aferra para poder vivir cada día…

A ese “Orfelinato Francisco Ferrer”, que curiosamente era para niños, fue a parar Felicia, junto a un grupo de chavales fundamentalmente catalanes y algunos supervivientes del bombardeo de Guernica…

El orfanato, u “orfelinato”, cerró a los tres años de la llegada de los chavales por orden del Gobierno de Vichí. Muchos de los niños fueron repatriados a España, otros, como nuestra pequeña protagonista, y su muñeca, quedaron en Francia. La original forma de relatar su vida y esa fórmula de narrar en múltiples voces pero no de forma coral, nos dan una visión más completa de unos hechos que nunca me han desenganchado como lectora.

Brigite Piedfert con ‘La poupée catalane’ (‘La muñeca catalana’) ha sabido ir a su terreno, la novela histórica, pero dando una forma que no defraudará al lector al lector amante de este tipo de novelas de cientos de páginas describiendo momentos, lugares, personajes famosos. No, no les defraudará pero no es eso lo que encontrará, en este caso una niña de cinco años y su muñeca, un chaval llamado Salvador, Elvira, Francisco… son nombres muy comunes para una historia muy particular.

Y el esperanto de fondo uniendo el principio y el final. El esperanto, nunca había leído nada sobre que los esperantistas fueran perseguidos durante la Guerra Civil …

¡Hay tantas cosas que no sé y tanto que leer!

Ahora mismo ya tengo ganas de leer sobre este tema, sobre como está el asunto del esperanto en la actualidad, sobre esta autora que no conocía, y quiero ir a esa bella Normandía que ya recorrí en una ocasión y me dejó maravillada.

Y es que esto de leer es un no parar de querer más y más.

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Jardín sombrío – saga Dollanganger 5 -, de V. C. Andrews

Jardín sombrío

Jardín sombríoEl ser humano es de por sí curioso, lo que le lleva a preguntarse siempre el porqué de todo. Las cosas no pueden pasar porque sí, es necesario hallar respuestas. Pero hay ciertas incógnitas a las que difícilmente les podemos encontrar un por qué: la muerte, principalmente. Las personas mueren a diario, pero ¿a dónde van? ¿por qué ha tenido que morir esa persona y no otra? ¿por qué ha muerto alguien tan joven? Preguntas y más preguntas. Y por eso surgió la religión, para dar respuesta a cuestiones irresolubles. Y hay soluciones para todo tipo de gustos: se ha reencarnado, ha ascendido al cielo, se ha transformado en energía… En el momento en el que todas estas preguntas tengan una solución científica, al traste la religión. Mientras tanto, solo nos queda creer que esas respuestas nos satisfacen. Así dormimos más tranquilos. Así le tenemos menos miedo a la muerte.

Porque está claro que saber la respuesta de alguna incógnita es algo que nos produce alivio y bienestar. Me he presentado a más exámenes de los que puedo recordar y el tema era el mismo siempre: encontrar una solución a la pregunta. A veces era de librillo, de memorieta o de carrerilla. Otras veces no quedaba otro remedio que dejar fluir un lenguaje extremadamente técnico y enrevesado para que no se pudiese percatar el profesor de tu falta de conocimiento de la materia en cuestión. A veces colaba. Pero en realidad yo siempre he necesitado saber la respuesta de todo. No me valen placebos ni hipótesis, tengo que saber el por qué, cuándo, cómo y dónde. No hay más. Así que al leer, sobre todo, el primer ejemplar de la saga Dollanganger, Flores en el ático, mi cabeza se fue llenando de preguntas sin respuesta. ¿Qué hace que una abuela permita que sus cuatro nietos pequeños estén encerrados en un ático durante más de tres años? ¿Qué le ha tenido que pasar en su vida, ¡qué trauma!, para que fuera tan fría y tan gris?

V. C. Andrews fue consciente de que dejaba unos cuantos cabos sin atar desde que comenzara a escribir la saga, así que recompensó a los lectores con una quinta y última entrega donde se resolvían algunas de las incógnitas más importantes de la historia. En realidad no es que sea una quinta parte, sino que Jardín sombrío es una precuela, algo que sucedió muchísimo tiempo atrás, antes de que existiera un ático, una herencia o incluso una madre malvada y loca llamada Corrine. Este libro nos cuenta la historia de los abuelos, Olivia y Malcolm. De cómo se conocieron y cómo se enamoraron. Pero también cómo sufrieron y cómo él tuvo sus idas y venidas con otras mujeres. Es una historia desgarradora que hace que nos pongamos en la piel de Olivia. Hace que entendamos su forma de ser, comprender por qué es tan cruel y tan fría. Y el lector tendrá que verse en la tesitura de elegir entre compadecer a Olivia u odiarla todavía más si cabe.

Ya conté en la primera reseña de esta saga que yo leí estos libros cuando apenas tenía once años. Tenía pocos recuerdos de la historia, a decir verdad. Había algunas cosas que sí que me resultaban familiares pero la mayoría del cuerpo de la trama lo había olvidado por completo. Pero hay una cosa que en todos estos años no se ha ido de mi cabeza: el pánico que me daba Olivia. Por suerte yo he tenido —y tengo— dos abuelas maravillosas, que son una parte muy importante de mi vida. Así que no podía entender cómo una abuela podía tener la sangre fría de hacer las barbaridades que hizo Olivia a sus nietos. Era algo incomprensible. Y, aunque después se revelase que la madre era la mala malísima en realidad, para mí Olivia siguió y sigue siendo uno de los personajes más odiosos que he tenido el placer de conocer mediante mis lecturas. Y eso, queridos míos, es de las cosas que más me gusta a la hora de coger un libro. Encontrarme un personaje que me marque, para lo bueno y para lo malo.

Cierro para siempre —o no, ya veremos si dentro de diez años me da por revivir mi odio hacia Olivia y Corrine— esta increíble saga que tanto me ha hecho disfrutar y también sufrir. Gracias, V. C. Andrews, gracias, gracias, gracias de verdad, por escribir esta maravilla. Gracias.

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D, diario de un no muerto, de Ayroles, Maïorana y Leprévost

diario de un no muerto

diario de un no muertoSupongo que a estas alturas de la película decir que me gustan los buenos libros, cómics y cintas de vampiros es algo redundante, como lo es insistir en que con buenos me refiero a vampiros de verdad, lejos de crepusculitos que brillan y van al mismo insti al que también van hombres lobo. No. Vampiros de verdad de la buena, de los sanguinarios, de los que acojonan, de los que de niño hacían que por la noche te taparas bien el cuello en la cama aunque fuera verano y sudaras mares.

Y, por supuestísimo, el rey de los vampiros siempre ha sido, es y será Drácula, que es además uno de los pocos libros que he leído más de una vez (del que Coppola hizo una buena versión y de cuyo cartel incorporé desde entonces para mi firma la “D”) y el origen de toda la mitología que vino a posteriori. Y lo que vino y sigue viniendo fue de todo. Cosas muy buenas y cosas horrendas que han hecho un daño incuantificable al género. Por eso tengo que ir con pies de plomo cuando me cruzo con algo vampírico y no ilusionarme ni mucho ni muy rápido.

Y hete aquí que veo este D, Diario de un no muerto, con una “D” roja que no se parece a la de Coppola pero me la recuerda mucho, y una portada que parece sacada de El retrato de Dorian Gray. Una edición lujosa de Norma en la que se recopilan en un tomo único los tres álbumes de la trilogía francesa aparecidos en 2009, 2011 y 2014. Y leo la sinopsis. Y hojeo el cómic. Y me tengo que sentar, pero no hay sillas en la librería. Y el dibujo es muy bueno, trazo simple y dibujo con gran detalle y una buena elección de colores. Y me digo a mi mismo: ¡Mío, mío, mío!

Y, –sí, otra frase que empieza por “y”–, no me equivoqué. La historia es muy buena. Es una trama clásica de vampiros. Huele a Drácula, huele a Carmilla y huele a tantos otros buenos relatos de este tipo con ese aroma tan inconfundible a gótico no muerto.

Estamos en un Londres victoriano, en pleno auge de la revolución industrial y en una época en la que las expediciones al continente negro y las noticias sobre tribus y animales desconocidos eran noticia en los periódicos. Richard Drake, nuestro prota, es uno de esos exploradores que vuelven de África, que ya está pensando en buscar financiación para volver, y que, a pesar de su rudeza, siempre ha encajado bien en los elegantes salones de té de la aristocracia londinense.

En uno de esos bailes pijos que se organizaban entonces cada dos por tres, Drake descubre a Catherine Lacombe y se dispone a hacerla su presa como si estuviera en la selva, pero ante sus mismísimas narices se las quita un tal lord Faureston, un chulito tenebroso que nadie sabe bien de donde ha salido.

Poco después conocerá a un esmirriado cazavampiros y la rueda ya ha comenzado a girar…

La historia va alternando con retazos de un diario escrito por un tal D, en el que el lector puede ver indicios de que se trata de Drácula, pero no olvidemos que los personajes por esa época no habían oído semejante nombre y puede que ni siquiera de la figura del vampiro.

Poco a poco, con muchísimo interés e intriga, la trama va avanzando y complicándose también. No todo es tan sencillo como podíamos imaginar al principio; es un argumento mucho más elaborado de lo que parece y hay unas cuantas sorpresas, sobre todo al final, que hacen de D, Diario de un no muerto, una lectura aún más grande, atractiva y hermosa.

El dibujo es exquisito, es gloria pura; la ambientación, el detalle en el vestuario, y los colores elegidos… Todo combina con el sabor de esta historia. Como digo otras veces, aquí también hay páginas que serían para enmarcar. Sinceramente, no esperaba que fuera a gustarme tantísimo como para quedarme sin elogios.

Por otra parte, me ha parecido muy original la explicación sobre el porqué de que alguien se convierta en vampiro.

En resumidas cuentas, un fantástico cómic de vampiros (de los buenos), con un gran formato y una edición cuidada que ningún fan de los chupasangres puede dejar escapar. Estaríais locos si lo hicierais.

Un cómic majestuoso con una historia bien tejida e impregnada de lo mejor de los clásicos.

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A propósito de las mujeres, de Natalia Ginzburg

a proposito de las mujeres

a proposito de las mujeresMujeres con sombrero y sin sombrero, jóvenes y viejas, con hijos que hacen preguntas molestas o amantes que llegan, te usan, saludan y se van… Cuentos en los que hablan, lloran, caminan las mujeres de Ginzburg.

Cuentos de mujeres, en definitiva. Eso es lo que me apetecía leer. Historias cortas bien escritas con escenas cotidianas, con trocitos de vida (slice of life que dicen por ahí) de personas (me daba igual que fueran niños, hombres o mujeres) en los que meter la cabeza durante un rato y fisgar y cotillear en ellas (pues leer al fin y al cabo es eso en la mayoría de los casos), en sus pensamientos, sus vivencias, sus alegrías y sus desgracias y sentir a la vez que sentían ellas.

En A propósito de las mujeres tenemos ocho cuentos breves y una reflexión, breve también,  de la autora, que abre el libro y lleva el mismo título que este y en la que afirma:

“Las mujeres tienen la mala costumbre de caer en un pozo de vez en cuando, de dejarse embargar por una terrible melancolía, ahogarse en ella y bracear para mantenerse a flote: ese es su verdadero problema”

¿Es eso cierto? No lo sé, no soy mujer, pero me inclino a pensar que no. Lo que sí es cierto es que en los ocho relatos se nota ese tono triste y melancólico en los personajes y en sus devenires.

Son relatos de matrimonios de conveniencia, sin amor, de niños que no quieren a su madre y que incluso la temen, de traiciones grandes y pequeñas, de mujeres que no saben qué hacen con sus vidas ni qué quieren hacer con ellas, de infidelidades y también hay algo de crónica de una sociedad y de una época. Por ejemplo, en el cuento Las muchachas y en La madre, vemos el papel de la mujer en ambientes tan distintos como el campo y la ciudad respectivamente. Si en el primero la mujer no aspira más que a conocer varón con el que casarse y espera, espera y espera hasta que aparece (si es que lo hace), en el segundo la mujer (viuda) trabaja, deja a los hijos al cuidado de sus abuelos, hace (mal) la compra y por la noche sale a divertirse con la reprobración de su  padre, para el que su comportamiento es el de una “zorra”.

Como se dice en el prólogo, las historias que empezamos ya acabaron, el conflicto se instaló antes de que empezáramos a leer cada cuento. Porque es lo que ya he dicho. Fisgar unos trocitos de vida y pasar a los siguientes.

Ginzburg escribe con naturalidad, sin palabras ni recursos artificiosos pero cuidando a la vez la prosa, con fluidez, sencillez y casi sin descripciones. Hace que se avance con gusto en la lectura, es atractivo lo que cuenta y cómo lo cuenta a pesar de que, en la mayoría de las cosas, lo que nos cuenta no es precisamente agradable y, aunque no deja un malestar, sí que deja una sensación agridulce.

En ocasiones me recordaba a algunos cuentos de Manuel Rivas, sobre todo por algún final (pero esto es cosa mía, algo por completo subjetivo y puede que solo sea yo quien lo asocie así). Porque te quedas con ganas de seguir fisgando en esas vidas ajenas a ti y piensas que lo mismo podía haber acabado unas páginas después como unas páginas antes, y en ambos casos seguiríamos queriendo más.

A propósito de las mujeres es un pequeño gran conjunto de cuentos que se lee con mucho interés. Al contrario que en otros libros de cuentos en los que siempre unos destacan sobre otros, esta vez debo decir que todos me han dejado buen sabor por igual. Buen fondo y buena forma.

Un libro muy bien escrito sobre mujeres cuya lectura recomiendo tanto a hombres como a mujeres.

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Semillas del ayer – saga Dollanganger – 4, de V. C. Andrews

Semillas del ayer

Semillas del ayerJoaquín Sabina decía en una canción que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. He escuchado esa canción como un millón y de veces y siempre he tratado de buscarle un significado a esa frase. Al final he llegado a una conclusión: las personas cambian, evolucionan, crecen, maduran. Para bien o para mal. Volver a un sitio donde fuiste muy feliz no garantiza en absoluto que allí lo vuelvas a ser. Es más, te darás cuenta de cómo eras antes y entenderás por qué ahora no puedes ser feliz como lo fuiste en aquél entonces. Pero, ¿qué pasa si es al contrario? ¿Si en vez de tratarse de un sitio que te trae buenos recuerdos, es un lugar en el que solo asolan las pesadillas del pasado? Aquí, entonces, según esta teoría que llevo años desarrollando, nos encontraríamos con dos opciones: una, que al volver allí te des cuenta de cuánto ha cambiado tu vida y te sientas feliz por ello. Y, dos, que al volver a aquel lugar rememores todo aquello que te impidió disfrutar de la vida y, por lo tanto, haga que no te sientas dichoso, sino triste y angustiado.

Esta teoría, desencadenada en mi caso por Sabina y alimentada por la cantidad de mudanzas que he vivido, ha visto su reflejo en el libro que nos ocupa, Semillas del ayer, cuarta y última parte de la saga Dollanganger; aunque después de esta va a venir una precuela (contabilizada como quinta parte), pero que en realidad narra la historia sucedida antes de Flores en el ático, primer tomo de la saga.

En esta última parte, nos encontramos que el experimento de V. C. Andrews consistente en que los narradores de la historia fueran los hijos de Cathy, parece que no ha terminado de convencerla. Otra vez, como anteriormete, es Cathy la que nos va a contar la historia desde su punto de vista, aunque sí es cierto que el libro gira en torno a sus dos hijos, Jory y Bart. Han pasado veinticinco años desde el anterior tomo. Cathy y Chris ya no esconden su amor, ya no les parece impuro y no se avergüenzan. Ahora las historias de amor protagonistas son las de los hijos de Cathy pero realmente, lo que nos interesa de este libro es de nuevo una herencia: la abuela de los chicos, aquella que encerró a sus cuatro hijos en un ático durante tres años, en su testamento le ha dejado a Bart la casa del ático. Pero por unos problemas legales, la herencia no se puede liquidar y toda la familia se ve viviendo allí.

Así que imaginaos lo difícil que se vuelve la vida de Cathy y de Chris cuando tienen que retornar a la casa donde estuvieron encerrados y donde vieron morir a uno de sus hermanos pequeños. Las pesadillas y los malos recuerdos acechan en cada esquina y eso puede hacer tambalear la relación que tantos años les ha costado mantener. Ahora deberíais entender por qué empecé la reseña citando aquella canción de Joaquín Sabina que, por otra parte, quizá halle su significado en Pedro Páramo y no aquí, por lo de Comala y esas cosas… Pero el caso es que a mí me ha ayudado enormemente a seguir elaborando mi teoría y como conclusión se me ocurre esto: no se debe volver al lugar donde se ha sido feliz, pero tampoco al lugar donde sufriste. Los recuerdos malos a veces pesan más que las alegrías presentes y eso puede hacer que tu vida se venga al traste con la facilidad con la que los pétalos de una flor se caen cuando se marchita.

Semillas del ayer nos da un final necesario. Para algunos este final es el que tenía que ser, para otros no tanto. Yo me quedo contenta con él, la verdad. Y no puedo más que agradecer a V. C. Andrews por habernos dado esta saga eterna que será un referente de la literatura dramática y romántica a lo largo de muchos años. Me quito el sombrero.

 

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Batman. Sin miedo, de Ed Brubaker

batman sin miedo

batman sin miedoTenía ganas de volver a encontrarme con el Caballero Oscuro. Hacía ya bastante que no sabía nada de él y me tenía preocupado. Ni una llamada, ni un mail, ni un triste whatsapp con algún ridículo emoticono de un murciélago alicaído y bocabajo (que no es lo mismo…) Y Jim, lo mismo. No tenía ni idea de por donde se metía nuestro común y siempre triste amigo.

Hasta que un buen día recibo por mensajería un paquete de un tal Wayne, sin dirección y con una tarjetita que dice “Sé que lo estabas esperando”. Y bueno, sí, lo estaba esperando, pero esas no son formas, don Murciélago. No lo son.

En fin. El paquete era este Batman. Sin miedo que devoré a pesar de ser un tomazo con sus buenas 320 páginas. Una historia en la que Batman se las tiene que ver con un nuevo villano. Un tal Zeiss. Un tipo de apariencia algo estrafalaria que gracias a una cirugía experimental tiene visión y reflejos aumentados y que ha estado vigilando los movimientos del señor de la noche, pues es capaz de memorizarlos, reproducirlos y anticiparlos, convirtiéndose así en un luchador a la altura de Batman. De hecho, algo así viene a decir en el primer diálogo entre los dos:

–¿Quién eres?

–¿Verdad que te gustaría saberlo? Como poco, soy igual que tú.

(Sí, bueno, ya le gustaría…) Pero como en la mayoría de las historias del protector de Gotham, el villano no es el único ingrediente. Hay detrás una historia, una trama detectivesca a la que seguir el hilo, (para eso Batman es el mejor detective), que nos hará remontarnos hasta la tierna y sombría infancia del señorito Wayne. Por las páginas de Batman. Sin miedo, desfilan un tropel de personajes: la mafia, el Pingüino, Deadshot, Lex Luthor, un alien, Superman que hace un cameo, la guardaespaldas de Wayne… (y que me tenga que enterar aquí de que el tal Wayne es el dueño del Daily Planet… ¡Manda huevos!)

La historia es muy atractiva y el ovillo se va desmadejando poco a poco, con deleite y con mucho interés hasta llegar al desenlace. Además el argumento se ve salpicado de vez en cuando por interrupciones y apariciones inoportunas (ese trasunto de Joker) que provocan accidentes y/o muertes que destrozan planes o encuentros al igual que, en la vida real, tenemos nuestras coincidencias desafortunadas.

Hay también espacio para pequeños descansos narrativos que se integran muy bien en este tomo, como el episodio de los jóvenes que quieren grabar un documental sobre Batman y despejar así la duda de si realmente existe o si es tan solo una leyenda:

“Todo aquel que debe saber que soy real, ya lo sabe… Y a los demás, ¿no les estoy ayudando igualmente, lo sepan o no?”

En resumen, es un cómic disfrutable que gustará a cualquier batmaníaco. No obstante, no puedo callarme dos peros. El dibujo no me acaba de convencer, salvo la parte en la que aparece Luthor. Ahí cambia el dibujante y se nota para mejor.

Por otra parte, el final, lo que debiera ser el clímax, me ha parecido algo flojillo y siento que el villano ha sido algo desaprovechado. No sé. Tal vez esperaba algo más espectacular e iba con demasiada expectación.

Sea como sea, el resultado global es que estamos ante un buen cómic que entretiene y enriquece un poco más la mitología del murciélago.

Un cómic que no puede faltar en la estantería de ningún batmaníaco.

Gracias por el envío, señor Wayne. Lo he disfrutado mucho.

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Si hubiera espinas – saga Dollanganger – 3, de V. C. Andrews

Si hubiera espinas

Si hubiera espinasMe imagino a V. C. Andrews delante de su máquina de escribir (esto es suposición mía, ya que no tengo ni la menor idea de si escribía en un bloc, en máquina o en un trozo de pergamino), pensando: “Está bien. He escrito dos libros que han sido todo un éxito y ahora el público quiere más. Pero ya me estoy hartando de Cathy y de sus venganzas contra su madre. ¿Cómo podría cambiar el estilo de la saga sin olvidar el hilo de la historia? ¡Ya sé, cambiaré el narrador!”. Y eso es, efectivamente, lo que nuestra querida escritora hizo. Cathy ya no es quien nos cuenta la historia, ya no habla en primera persona, sino que serán sus dos hijos (Jory y Bart), nacidos de sus vaivenes anteriores con los hombres, quienes nos hacen cómplices de la continuación de la saga Dollanganger.

Si estáis un poco perdidos con el inicio de esta reseña es porque no habéis leído las dos entregas anteriores de la saga Dollanganger, Flores en el ático y Pétalos al viento. Pero si habéis entendido perfectamente quiénes son Jory, Bart y Cathy y, sobre todo, por qué esta última quiere venganza, es porque sois de los míos y habéis leído estos libros que menciono y estáis ávidos de saber cómo continúa la historia. Pues bien, como decía al principio, los protagonistas ahora son Jory y Bart. Cada uno de ellos nos va a narrar un capítulo, de manera que se van a ir intercalando. Esto nos permitirá ver lo diferentes que son: uno es el hijo perfecto y, el otro, no tanto… Cada uno nos contará desde su punto de vista la historia que ve con sus propios ojos. Pero hay una cosa que ninguno de los dos sabe: y es que su “padrastro” (es decir, Chris), es en realidad el hermano de su madre. Tampoco saben nada del ático, ni de una abuela encerrada en un psiquiátrico. Pero, por suerte o por desgracia, los secretos son muy difíciles de guardar. Y más si se trata de secretos tan jugosos y morbosos como los que acechan a esta familia.

Si hubiera espinas supone un cambio radical en la historia creada por V. C. Andrews. Ya no solo por modificar a los protagonistas, sino por transformar su estilo narrativo. En este libro ha escogido a dos relatores que no podrían ser más diferentes entre sí y, como no debía de ser de otra manera, cada uno tiene su forma de ver el mundo y de expresarse. Eso es algo que a mí, personalmente, me apasiona. Entiendo que haya gente a la que no le guste encontrarse dos estilos de narrar en un mismo libro, ya que puede resultar un poco agotador seguir la manera de ser de cada protagonista; pero a mí me gusta mucho el hecho de que la autora cambie sus expresiones y su ligereza a la hora de escribir para hacer que los personajes nos resulten mucho más cercanos.

Pero lo que no cambia es su narrativa gótica y tormentosa. El drama es el hilo conductor de toda la historia y la escritora nos tiene en vilo durante todos los capítulos. Leer este libro es como ver un tren que va al doble de velocidad de la que debería y saber que va a descarrilar en cualquier momento. Sientes que tienes que dejar de mirar si no quieres grabar en tu mente una imagen tan grotesca como puede llegar a ser un descarrilamiento, pero a la vez quieres, no, necesitas, no apartar tus ojos del tren ni un solo segundo, por muy trágico que sea el final.

Y yo, claro está, no desvié la mirada del tren ni por un momento. Seguí con mis ojos fijos en él hasta que, como era de esperar, descarriló. Así que ahora solo me queda una cosa por hacer: terminar esta reseña y no parar hasta devorar Semillas del ayer, cuarta parte de esta saga, que espero que me ayude a curar el trauma vivido tras este devastador descarrilamiento.

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Pétalos al viento – saga Dollanganger – 2, de V. C. Andrews

Pétalos al viento

DicePétalos al vienton  que en esta vida todo pasa por algo. Los más optimistas llegan a decir que si una desgracia llama a la puerta es porque tiene que ser así. Cuestión de destino. Que yo no digo que no sea precioso este punto de vista, pero pongamos un ejemplo práctico para que entendamos la situación: te despiertas un lunes lluvioso de enero. Fuera hace tanto frío que te estás planteando ir al trabajo con ropa térmica debajo del traje. Al menos te queda el consuelo de hacerte un buen café calentito y unas tostadas deliciosas. Pero el café sale aguado y las tostadas se te queman. Bueno, no pasa nada; es lunes y es normal que las cosas se tuerzan. Pero es que al ir a por el coche, este no arranca. Como ves que vas a llegar tarde al trabajo, coges el móvil para ver si algún compañero que vive por la zona se puede acercar a recogerte. Y, al sacar el teléfono del bolsillo, se te cae al suelo y se te descascarilla una esquina dejando una huella imborrable que hará que cada vez que la mires rememores ese día tan horrible. Los optimistas dirán que todo esto ha pasado por algo: el café estaba aguado porque tu cuerpo es sabio y es consciente de que tomas mucha cafeína; las tostadas las tuviste que tirar (ni rascando se iba lo quemado), de acuerdo, pero lo cierto es que tu operación bikini te lo agradecerá eternamente. El coche no arrancaba porque… no sé, porque esas cosas pasan a veces. Y el teléfono… pues tampoco sé. ¿Veis? ¡Es que no me sale ser optimista en estas circunstancias ni a propósito!

Así que cuando terminé de leer Flores en el ático, primera parte de la Saga Dollanganger, pensé que nuestros protagonistas habían sufrido en balde y que muy difícilmente se iba a arreglar su situación. Hagamos memoria: en esa primera parte (maravillosa, como dejé bien claro en su correspondiente reseña), los cuatro hermanos conviven encerrados dentro de un ático a la espera de que su abuelo muera. Todo con el fin de que su madre adquiera la indecente herencia que el abuelo, moribundo, iba a dejar cuando abandonara el mundo de los vivos. Si no habéis leído la primera parte, os recomiendo (como siempre suelo hacer cuando reseño sagas) que os detengáis ahora mismo y no continuéis leyendo esta reseña. No me malinterpretéis, me encanta que leáis lo que escribo —introdúzcase aquí una gran reverencia y un movimiento galante de sombrero—, pero no quiero ser yo quien os desvele el final de la primera parte. Parte que, si no habéis leído, ya estáis tardando.

Pongo punto y aparte para dar espacio a la gente que no se ha leído el primer libro y, ahora que quedamos los que sí que sufrimos con la abuela (y luego con la madre) de los cuatro niños, podemos continuar con la reseña. El caso es que yo venía diciendo que no entendía a la gente que ve las desgracias como una oportunidad de que algo bueno va a pasar. “Cuando una puerta se cierra, se abre una ventana”, suele decir mi abuela. Tampoco sé muy bien qué significa eso. Será porque viví toda mi infancia en un quinto y si me quitaban la puerta… poco más se podía hacer. Pero parece que Cathy es de las optimistas. Después de vivir encerrada más de tres años en un ático solo piensa que las cosas pueden ir a mejor. Y parece que no estaba equivocada, pues poco después de salir del ático conocerán al doctor Sheffield, quien les adoptará y les dará un nuevo hogar. Pero ya conocemos un poco a V. C. Andrews y en Pétalos al viento no iba a dejar que los hermanos fueran felices tan fácilmente. No quiero adelantar absolutamente nada de la historia, ya que creo que sería un delito contar aunque solo fuera un ápice de esta, pero sí diré que son muchos los años que transcurren en esta parte de la saga, por lo que conoceremos a una Cathy adolescente, pero también veremos cómo crece y se convierte en una mujer vengativa que nada más que quiere devolverle el flaco favor que le hizo su madre al dejarla allí arriba encerrada junto con sus hermanos.

Pétalos al viento es una historia de venganza y de desesperación. Cathy intentará encontrar un rumbo a su vida, tratando de no emular a su madre; pero poco a poco se dará cuenta de que, en realidad, no son tan distintas.

Esta es la segunda vez que leo este libro. E, igual que me pasó la primera vez, no he podido evitar que la piel se me pusiera de gallina con algunas escenas. V. C. Andrews siempre ha tenido la capacidad de transportarme a sus escenarios y hacerme cómplice de las historias, como si yo misma estuviera metida en las páginas de su saga. Y eso, queridos lectores, es una de las mejores sensaciones que puede encontrar un amante de los libros.

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Retrato de una dama, de Henry James

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Henry James es un mago del lenguaje escrito como pocos ha habido, hay y, me aventuro a pronosticar, habrá. Es sumamente infrecuente encontrar una escritura tan bella, tan cuidada, tan rica, tan preocupada por el detalle y, a la vez, tan deliberadamente ambigua, de tal forma que suscita tantos interrogantes como respuestas proporciona, y deja abierto a la imaginación y a la adivinanza tanto espacio, que casi la mitad de la historia -o de las conclusiones de la historia y de sus diversas secuencias, situaciones y escenas- es obligatoriamente obra del lector, de cada lector, partiendo de la certeza o de la advertencia forzosa de que ni siquiera después de décadas de estudios, aproximaciones, análisis sincréticos y dialécticos de su obra, de contextualizaciones históricas y biográficas, de interpretaciones de literatura comparada… ni siquiera después de todo eso han logrado los expertos en Henry James alzarse con respuestas definitivas que despejen algunas de las más célebres ambigüedades de su obra; el ejemplo más conocido es La vuelta del torno (u Otra vuelta de tuerca), muestra, toda ella en su íntegra integridad, de las prestidigitaciones semióticas y paradójicas de las que era capaz James. Pero el resto de su obra participa igualmente de esa preferencia por dejar al lector confuso e indeciso: tal famosa escena de Retrato de una dama ¿se refiere al despertar sexual o es la descripción velada de un intento de agresión?

Bien; vamos por partes. La primera: leer Retrato de una dama. A pesar de su longitud, es, sin embargo, mucho más accesible y fácil de leer que obras breves como Los papeles de Aspern y la propia La vuelta del torno. Ello se debe a que se trata de una obra cuyo objetivo es narrar la vida, o la mayor parte de ésta, de Isabel Archer, quien, al comenzar la obra, es una jovencita estadounidense que llega a Inglaterra de la mano de su tía y bajo la égida de ésta, como muchacha casadera. Inmediatamente comienza a hechizar a quienes la rodean, empezando por su familia, los Touchett: su primo Ralph -uno de los personajes mejor construidos y más entrañables de la novela, tal vez el único verdaderamente noble- y su anciano y enfermo tío; más tarde, el joven aristócrata Lord Warburton y la enigmática Madame Merle; sin olvidar a los que ya cayeron bajo su magnetismo personal y la siguen hasta Inglaterra, como su apasionado pretendiente Caspar Goodwood o su mejor amiga, la periodista Henrietta Stackpole. Isabel conocerá a mucha gente, y casi todos ellos serán personajes que conoceremos al dedillo, porque Henry James les insuflará la vida -sí, cobrarán vida delante de nuestros ojos, y conoceremos sus mentes y sus almas hasta el punto de que nos resultará excesivo, nos agobiará ese conocimiento tan perfecto, como si fueran nuestros mejores amigos o los enemigos de toda una vida­–; personajes que, sin embargo, no podremos dejar de seguir, de los que querremos leer más y más, saber de sus bondades y de sus vilezas, adivinar sus próximos pasos, indagar aún más en su interior. Pero nada de ello nos distraerá del objeto preferente de nuestro interés, que ni por un solo momento dejará de ser ella: Isabel Archer. Porque, a medida que avance la lectura, el objetivo, la pregunta suprema de Henry James será también la nuestra: ¿puede Isabel Archer ser feliz con las decisiones que ha tomado?, y ¿puede compaginar su amor por la libertad con esas decisiones concretas y con las consecuencias de éstas? Así, la historia aparentemente trivial de una muchacha de clase media agraciada –en apariencia– por la fortuna deviene en el estudio pormenorizado de un dilema existencial que traspasa épocas, siglos, circunstancias históricas y geográficas, incluso socioeconómicas. Es así como la historia particular de Isabel Archer se convierte, para Henry James, en supuesta lección moral y vital, pues el autor, si en algún momento no juega a la ambigüedad, es precisamente a la hora de mostrarnos claramente sus propias conclusiones, dejándonos aun así la libertad de rechazarlas y alcanzar nosotros las nuestras (pues, si no, no sería Henry James).

Hay quien tacha Retrato de una dama de novela aburrida, estática, donde no pasa nada. Al contrario: pasan muchísimas cosas; no dejan de pasar cosas, en realidad. Que éstas pasen en las mentes y en los corazones de los personajes, y que James nos haga partícipes de ellas usando para eso todo su arte literario, no supone la menor diferencia. En su afán por explorar hasta las últimas consecuencias las preguntas que él mismo pretende responder, Henry James va haciendo a Isabel Archer atravesar todo tipo de situaciones, enfrentándose a algunos personajes, aliándose con otros y despachando a algunos más, todo ello manteniendo constantemente el interés, porque sus personajes, ya lo dijimos, están casi insoportablemente vivos, evolucionan ante nuestros ojos, insinúan sus intenciones, disimulan, se muestran o se ocultan y nos sorprenden al final. Leer Retrato de una dama es tan apasionante como observar a la gente de nuestro alrededor, descifrarla y adivinar sus motivaciones y sus próximos pasos, filosofar sobre la condición humana, emitir juicios de valor, hallar correlaciones de causa y efecto con parámetros profundamente humanos y, por ello, imposibles de sintetizar ni de descodificar.

Retrato de una dama es también la historia de los anhelos humanos, de los deseos y de su diferencia -a veces, abismal y, por ello, en ocasiones, trágica– con la realidad, cuando ésta llega para desbaratar aquéllos, para obligar a los personajes a cambiar de tercio. Henry James nos va mostrando cómo sus personajes se enfrentan a la pérdida, a la derrota, al fracaso vital, y cómo van salvando las situaciones: algunos con dignidad, otros con vergüenza. Se describen y se denotan a sí mismos, no hace falta juzgarlos porque ellos, en sus actos, llevan ya su salvación o su condena.

Además, en Retrato de una dama disfrutaremos de la crónica social y de costumbres de Europa y de Estados Unidos, por aquel entonces –si es que no lo sigue siendo– un país idealizado, joven, que todavía conservaba un aura salvaje e indómita.

Retrato de una dama es, en resumen, una obra imprescindible para entender el personalísimo realismo de Henry James y para disfrutar de su singular estilo, irrepetible, sin concesiones. Random House nos ofrece esta novela clásica en una bonita edición de tapa dura y, lo que es más importante, en una maravillosa –y, sin duda, muy laboriosa– traducción de Ana Eiroa.

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Bella Muerte 2. El oso, de Emma Ríos y VV.AA.

bella muerte 2 el oso

bella muerte 2 el osoHay veces en las que te cuesta hacer una reseña. No sabes por dónde empezar. Tienes claro que el libro o cómic te ha gustado, pero no te ves capaz de trasladar al papel cuantísimo te ha gustado. Siempre te vas a quedar corto, da igual lo esplendido o imaginativo que te pongas a la hora de buscar adjetivos superlativos porque en tu fuero interno sabes que nunca vas a quedarte satisfecho y te sientes fatal por no poder transmitir a la gente con palabras lo que sientes o has sentido con esa lectura.

Esto es lo que, a medida que iba degustando Bella Muerte. El oso, iba temiéndome. Y es lo que ha sucedido. Si con el número anterior, el primero de esta saga, se notaban los aires e influencias de Gaiman, en este se respiran tanto que no puedes evitar recordarte que no, que aquí ni guioniza ni pinta nada el inglés.

Por supuesto, para entender del todo este cómic es necesario haber leído el anterior. De lo contrario no es que no os vayáis a enterar de nada, pero sí que, a pesar de ser una saga de cómics autoconclusivos, os perderéis algunos aspectos cuya falta no harán de este cómic una lectura redonda. Y también, por supuesto, si habéis leído el anterior, necesitáis aunque aún no lo sepáis, leer este.

En un rancho (recordemos que la ambientación de estos cómics es la de un western combinado con realismo mágico) Sarah es una anciana americana que agoniza en su cama, pero, debido a que conoce a Zorro (personificación amable de la muerte, un tío campechano que a pesar de ser lo que es, no da ningún miedo, –de la misma forma que la Muerte, de The Sandman, tampoco lo da y quieres pasar más tiempo con ella–) y a que su familia ha hecho muchos favores a los suyos (a los que son como Zorro), la hija de Sarah le pide que espere un poco, que no se la lleve todavía, que permita que su hermano, el cual está luchando en Francia en la Primera Guerra Mundial, pueda despedirse también.

Y de ahí vamos al campo de batalla. Un campo lleno de metáforas visuales donde, por ejemplo, las trincheras que cavan los soldados serán sus propias tumbas. Un campo en el que confluirán los personajes ya icónicos para intentar ayudar a Cyrus, el hijo de Sarah.

Esa es la trama grosso modo. Parece simple, ¿verdad? ¡Ja! Una trama, al igual que el número anterior, rodeada de fantasía, belleza, poesía, cuentos ancestrales (el de la buena y la mala suerte), onirismo y personajes bien asentados y definidos, que es preciosa pero que tienes que leer sin prisas y con el primer tomo fresco en la mente.

En cuanto al apartado visual… me remito al primer párrafo. Emma Ríos se sale y nos regala obra de arte tras obra de arte con el añadido además de dotar de misterio, de misticismo, de surrealismo… lo ya de por sí complicado de la narración. El trazo de Ríos unido al color de Bellaire hacen que, –sí, soy un cansino, pero es que no puedo explicarlo de otra manera– el espíritu de la obra de Gaiman y los dibujos de Dave McKean revivan en estas páginas.

Bella Muerte. El oso, es además, a su manera, una crítica a la guerra, un canto a la vida y una advertencia sobre lo rápido que pasa esta, así como un recordatorio de que todos vamos a morir con una frase que parece sacada de la serie Perdidos:

“Todo el mundo muere solo, igual que todo el mundo nace solo”.

Este cómic es de esos que merecen leerse más de una vez, que ganan con cada relectura y que se entienden mejor cuanto más se pasan sus hojas.

Puro divertimento artístico bellamente editado por Astiberri. Una joya elegante e inteligente que combina sabiamente fantasía y realismo y que eleva el noveno arte a los niveles más altos.

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