
Harry Potter y el Cáliz de Fuego, de J.K.Rowling
Escribir la reseña de la cuarta parte de la saga de Harry Potter sin poder contar el final resulta desesperanzador; quienes ya leyeron este libro comprenderán de qué estoy hablando y aquellos que no lo hicieron agradecerán, tras leerlo, que no les haya desvelado nada. Es que Harry Potter y el Cáliz de Fuego tiene de todo, y todo lo que tiene es bueno…
Pero el final… pero esos últimos ocho capítulos… pero esas cien últimas páginas que me tuvieron gritando “¡Ohhh!” “¡No puede ser!” “¡J.K.Rowling es increíble!” ante la mirada entre sorprendida y divertida de mi esposa… ese final en el que nos enteramos tantas cosas como que…
¡Silencio Roberto! ¡Espera, no digas nada! ¡Tienes mucho que contar sin caer en el error de descubrir partes vitales de la trama! Respira hondo, aguanta y empieza.




















En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. Y así es como empezó la leyenda que J. R. R. Tolkien creó para nosotros. Años han pasado ya desde que yo, un niño que creía que la literatura era parte de su vida, abrió por primera vez este libro, mi primer libro para adultos, y viajaba por la Tierra Media en busca del tesoro del dragón Smaug, rodeado de enanos, de un mago llamado Gandalf que en su vara escondía mucho más que un simple cayado, y en el que se entreveía un pequeño anillo, un anillo que Gollum guardaba con verdadera devoción. Años en los que esa historia no se me fue de la cabeza, puedo decir que del corazón, y que hoy vuelve a todos nosotros, con toda la fuerza de la que son capaces las buenas historias, en forma de película. Pero conversemos sobre el libro, mientras el pote de tabaco va gastándose contando un viaje inesperado que se convirtió en leyendo. En una leyenda épica.