
«No sé si estoy en lo cierto, lo cierto es que estoy aquí, otros por menos han muerto, maneras de vivir».
Esta frase, dicha en el segundo episodio de la primera temporada del Ministerio del Tiempo por Julián a un Lope de Vega a punto de calzarse a una incauta Amelia, es uno de los constantes guiños que me vienen a la mente cuando pienso en esta estupenda y española serie. Serie que divierte mezclando realidad con ficción, viajes en el tiempo con hechos y personajes históricos y en la que además recuerdas o aprendes sin darte cuenta. Serie que es imposible dejar de ver una vez visto el primer episodio. Entonces… ¿cómo no leer este cómic siendo, como soy, un ministérico? ¿Cómo no hacerlo cuando el propio Pablo Olivares, cocreador de la serie, confiesa que al hacer los guiones dice “más cómic, más cómic”? ¡Vamos, hombre, de cabeza!
En Tiempo al tiempo tenemos una historia autoconclusiva que gustará tanto a los que ya conocen la serie como a los que no (aunque, por supuesto, los primeros cazarán los guiños y disfrutarán más la lectura, pero… ¡¿Qué coño!? ¡Viajes en el tiempo! ¡¿Qué más hay qué saber!? Basta con saber que hay que evitar que la línea temporal se altere y dejar el pasado tal y como está en los libros de Historia). Y la historia que se nos cuenta aquí podría perfectamente ser un episodio más. De hecho, no cuesta ningún esfuerzo imaginar la traslación a la pequeña pantalla. La patrulla formada por la inteligente Amelia, el alatristiano Alonso de Entrerríos y el resolutivo Julián conservan los modos y formas televisivos: son ellos en sus formas de ser y actuar. Son su fiel reflejo. También ayuda mucho que el dibujo sea tan excepcionalmente realista, sobre todo si se es fan del éxito televisivo.
En este episodio el trío deberá encontrar al atacante de Salvador Martí, herido de bala y al borde de la muerte. Y ese alguien es alguien de dentro, del propio Ministerio, pues sabe de la existencia de las puertas. Para lograr su objetivo la patrulla viaja al Madrid de 1865, donde Benito Pérez Galdós será su enlace en el Ministerio de esa época.
El cómic se devora con avidez, se disfruta al máximo y el dibujo y color son estupendos. Puede parecer una chorrada, pero me encanta tener físicamente un cómic patrio tan bien hecho, con sus tapas duras y una trama bien desarrollada en la que no me chirríe nada.
Para colmo, el guión es de ese otro monstruo atemporal que es El Torres (Camisa de fuerza), junto con Desiree Bressend, y ambos entran al trapo a partir de una idea original de Joseba Basolo, editor de Aleta, editorial que se está fabricando un buen catálogo, dicho sea de paso.
Tengo que mencionar de nuevo el excelente dibujo de Jaime Martínez y el color de Sandra Molina y Alejandro García Cutillas. Han dado un enfoque visual sensacional a esta obra. Me encanta lo bien que encaja el apartado visual con la trama.
Y también me alegra mucho saber que este va a ser el primero de una colección de historias ministéricas autoconclusivas que podrán leerse independientemente. Me alegro por mí y por los miles de fans, que son los que, al fin y al cabo, han conseguido que haya una tercera temporada de MdT.
Tiempo al tiempo, un cómic perfecto para todos los que no se pierden ningún capítulo en la caja (no tan) tonta y también para los que no lo han visto nunca pero disfrutan con los viajes temporales.
In-dis-pen-sa-ble.
«No sé si estoy en lo cierto, lo cierto es que estoy aquí, otros por menos han muerto, maneras de vivir».
Todos tenemos predilección por determinados temas, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Por ejemplo, yo, al echar un vistazo a mis lecturas de los últimos tiempos, he visto que las historias japonesas y los 
Es el tercer libro que leo este año de China Miéville. Y no me canso. Las nuevas ediciones de la trilogía Bas-Lag que está publicando Nova es justicia divina aplicada al mundo editorial. Están cuidadas, están revisadas y permiten que mucha gente conozca la saga gracias a la cual el autor inglés ganó su fama internacional. Si bien es cierto es que las conexiones entre libros es bastante sutil y siguen una correlación temporal, cada libro puede leerse como un historia independiente. La magia oscura del primer libro se ratifica aunque va por otros derroteros. 
Así fue cómo conocí por primera vez a Ken Liu. En las distancias cortas, a través de sus cuentos. Luego llegó la saga aún inconclusa de 


Colorear o pintar dibujos pautados para adultos está de moda. En todas las librerías hay cuadernos y libros de este tipo. Lo cierto es que hay que tener paciencia para ponerse delante de algunas de estas láminas porque las hay de lo más sofisticadas e intrincadas. A mí me encantan, tengo que confesar que no les dedico mucho tiempo, pero me gusta tenerlos y me encantan las pinturas, rotuladores y demás material necesario. Es como volver a la escuela, a la infancia. Creo que en parte, en esto radica el éxito de estos libros, en la vuelta atrás. No necesitas mucha concentración, porque puedes colorear y estar pensando en cualquier otra cosa, aunque lo ideal es despejar la mente, ponerte música relajante y dejar actuar a las hadas de los colores. Tampoco tienes que ser muy hábil con el dibujo porque vienen hechos, con no salirse mucho de las pautas ya está. Luego pueden quedar mejor o peor dependiendo de lo bueno que seas combinando tonos, haciendo sombras y demás técnicas. Y como “para gustos hay colores”, cada uno es libre de escoger los que quiera.
No puedo imaginarlo. No puedo saber qué se siente. Debe de ser una tragedia. Una grandísima tragedia. ¿Qué es un héroe sin sus poderes? ¿Un humano más (o un alienígena más en el caso de Supes)? ¿O el heroísmo es algo más que una suma de habilidades por encima de lo normal, algo más profundo e inherente a la persona? Sea como sea la filosofía al respecto, siempre es una putada tener algo tuyo y perderlo. Ahí, en el recuerdo de lo perdido, es cuando más se valora eso que antes dabas por supuesto que era tuyo para siempre porque siempre había sido así y siempre seguiría siéndolo y que ya casi ni notabas que estaba contigo. Poder volar, ser más rápido que el rayo, materializar a placer tu voluntad, gozar de una fuerza asombrosa, poseer visión calorífica…
Bueno… Pues parece que ahora sí que sí. Este es el fin, amigos. La, como dice la contra, “épica conclusión” de una etapa fantástica orquestada por 
Ya han pasado milenios desde que el Abuelo Lobo traspasó los marfiles del poder a cuatro niños: Reka, Dyo, Aker y Erlin. Convertidos en arcontes inmortales, sus enfrentamientos y luchas por el poder han dirigido el destino de la Humanidad a lo largo del tiempo. En 
Me ha dado miedo releer
Es curioso que Cien años de soledad sea uno de mis libros preferidos y apenas recordara nada de la historia, más allá del archiconocido inicio, el magnífico final y personajes y acontecimientos muy concretos de esta familia marcada por las pasiones, las tragedias y las soledades. Lo que ha perdurado todos estos años en mi memoria ha sido el placer que la lectura me causó, y de ahí mi repentino temor a releerlo y no sentir lo mismo, a defraudarme quizá. Ahora comprendo a quienes me han dicho muchas veces que no pudieron acabarlo. Yo me echaba las manos a la cabeza al oírlos —¡pero si es una delicia!, les decía—; sin embargo, es cierto que es un libro denso, donde las vivencias de unos y otros personajes se suceden sin descanso, muchos de ellos con el mismo nombre, lo que añade dificultad al seguimiento de la historia. No tiene un inicio, nudo y desenlace al uso, sino que es un universo único de emociones, 


En mi opinión, y seguro que en la de muchos otros lectores, es una pena que el género de