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La casa dorada de Samarcanda, de Hugo Pratt

La casa dorada de Samarcanda

La casa dorada de SamarcandaLa muerte de un grande del arte suele recibirse con grandes lamentaciones sobre la gran pérdida que ello representa y bla bla bla. Pero la muerte de un grande grandísimo nos ofrece un cruel consuelo: el de saber que podemos morirnos tranquilos sabiendo que tras nosotros no se publicará una nueva obra. Así de consolado me hubiera sentido yo, por lo menos, si en 1995, año del fallecimiento del grande grandísimo Hugo Pratt, este nombre hubiera significado algo para mí.

La obra de Hugo Pratt, que servidor descubrió tarde, pero todavía a tiempo, está a caballo entre el tebeo de Hergé y la novela gráfica de Eisner o Spiegelman. Cuando las historias de Tintín dejan de satisfacernos, y nos convertimos en un joven rebelde, hastiado y desencantado, en un romántico al que le tira el cinismo, o en un cínico de melena despeinada al sol del atardecer, podemos acercarnos a una taberna del puerto. Allí, con un poco de suerte, quizá podamos dar un día con el capitán de barco Corto Maltés, uno de los últimos grandes aventureros del siglo XX y una de las mayores creaciones del cómic de todos los tiempos. No creo exagerar si digo que su primera aparición, crucificado en medio del mar, en La balada del mar salado, es una de las imágenes icónicas de la historia de la novela gráfica.

 Allá donde haya guerra y una posibilidad (cuanto más remota, mejor) de hacerse con una fortuna, va nuestro héroe, de carácter apátrida y descreído, pero al mismo tiempo, de gran dignidad y reprimido idealismo. A este respecto, mencionemos, sin ir más lejos, la encendida defensa que hace de los armenios frente al genocidio turco en la obra que hoy nos ocupa, La casa dorada de Samarcanda.

Corto Maltés se encuentra en Rodas, donde, siguiendo unas oscuras referencias literarias, las memorias del barón Corvo, espera encontrar un manuscrito que le ayude a encontrar el legendario tesoro del Ciro el Grande que Alejandro Magno enterró en algún lugar remoto del Asia Central. Estamos en 1921, y en Asia todavía se perciben con enorme virulencia las sacudidas provocadas por esos terremotos que fueron la Guerra Mundial y la Revolución Rusa. Ingleses, italianos, turcos, rusos y armenios, entre otros, pululan fusil en ristre por un territorio donde se libraba una partida más del Gran Juego, como llamó Rudyard Kipling a la disputa que, desde hacía décadas, enfrentaba a rusos y británicos por controlar el Turquestán y Afganistán. Entra en juego también Enver Pachá, el general turco, antiguo aliado de los bolcheviques, que ahora se enfrenta a ellos al frente de un ejército panasiático musulmán. Un escenario bien calentito, como veis, en el que no puede faltar Rasputín, el odioso y entrañable asesino que siempre acompaña a nuestro héroe y que sirve de contrapunto a su nobleza.

Aparte del carisma de sus personajes y la creatividad y calidad artística de sus páginas, la obra de Hugo Pratt se caracteriza sobre todo, como podéis ver, por la exhaustiva investigación histórica que el autor llevaba a cabo antes de emprender una nueva obra. Leer una obra de Corto Maltés no es sólo sumergirse en una inolvidable aventura de sábado por la tarde en la tele (hablo de  sábados de los de antes, por supuesto), sino también asistir a una clase magistral de historia, literatura y hasta etnología.

Cualquier reedición de la obra de Hugo Pratt es motivo de celebración. Cuando, además, la editorial Norma acompaña esta edición de La casa dorada de Samarcanda con un extraordinario y divagador prólogo y unas preciosas fotos de Estambul, la celebración se convierte en una auténtica fiesta para el lector.

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El paciente inglés, de Michael Ondaatje

El paciente inglés

El paciente inglésUna vez oí a una mujer africana decir que no se podía describir África, que África solo se entiende si se ha vivido allí. Hace años ya de aquel momento y, sin embargo, esas palabras se me han quedado grabadas y las recuerdo con frecuencia. Por ejemplo, me han venido a la memoria al leer El paciente inglés, de Michael Ondaatje, y no solo porque hable de lo que supone atravesar el desierto de Libia, algo inimaginable para nuestras cabezas acostumbradas a vidas sencillas, sino porque además transmite el peso de la guerra, un hecho también inconcebible para los que siempre hemos vivido en paz.

Un paciente quemado que no recuerda quién es y una enfermera de veinte años llamada Hana conviven en un hospital de campaña de Florencia, abandonado meses atrás. Sin electricidad, noticias del exterior ni seguridad —aunque es 1945 y la guerra ha pasado de largo, el terreno aún está plagado de minas—, parece que les basta su mutua compañía, un pequeño huerto y una biblioteca bien surtida para seguir adelante y recomponerse del trance vivido. Hasta allí llega Caravaggio, un ladrón amigo del padre de Hana, y Kip, un zapador indio que se dedica a desactivar las bombas fallidas. Y, en torno a estos personajes y sus vivencias, Michael Ondaatje crea un pequeño universo donde el tiempo se detiene.

El paciente inglés relata la estrecha y peculiar unión de esos cuatro desconocidos. La única defensa de la que disponen para enfrentarse a la vida que les ha tocado vivir es buscar la verdad de los otros, puesto que no son capaces de encontrar la de sí mismos: ya no saben quiénes son ni de dónde vienen; se han convertido en otras personas, muy a su pesar, y han dejado de reconocerse en la tierra que los vio nacer. Todos necesitan cuidar a ese enigmático paciente inglés, quizá porque ese hombre de rostro quemado, sin nombre ni pasado, es un reflejo de cómo se sienten en ese momento.

La lectura de esta obra es lenta y, por momentos, enrevesada, tanto por la alternancia del presente y pasado de los personajes como por el constante cambio de primera a tercera persona en la narración. Y para mí, más que ser una historia o un cruce de varias, ha sido una sensación permanente de vacío y búsqueda, como la de los propios personajes, que rememoran lo que un día amaron y perdieron, lo que un día fueron y ya no volverán a ser. Y pese a ello, al acabar la lectura de El paciente inglés, ha renacido en mí la esperanza en la humanidad, en el amor, en el perdón.

Quizá este sentimiento final tan positivo solo sea porque no es lo mismo leer sobre la guerra que vivirla, tal y como dejó entrever aquella mujer africana de la que os hablé al comienzo. O quizá sea gracias a la maestría de un escritor como Ondaatje, que se sirve de uno de los peores episodios de la Historia para que redescubramos la verdadera esencia de los seres humanos, esa que aflora solo cuando todo lo demás se ha destruido.

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La estación de la calle Perdido

La estación de la calle Perdido

La estación de la calle PerdidoSi existe una editorial que se esté convirtiendo en el referente nacional de fantasía y ciencia ficción esa es Nova. Y no sólo porque esté traduciendo al castellano los títulos más punteros del momento, sino porque está rescatando del pasado auténticas joyas que no fueron traducidas o no fueron editadas con el debido cariño que merecían. Este es el caso de la novela alfa de China Miéville. Traducida, pero perdida en el tiempo. Inencontrable y elevada al estatus de novela de culto, La estación de la calle Perdido se había convertido casi en una leyenda urbana. Una especie de rumor que se oía en los bajos fondos de cualquier ciudad. Las pocas ediciones a las que uno podía acceder tenían que pasar por fondos de biblioteca o ediciones a tal nivel revalorizadas que sus precios desorbitados te obligaban a poner el ejemplar de nuevo en el estante. Aquella época oscura ya pasó. Y la nueva edición no sólo revisa el texto original, sino que añade una edición cuidadísima con unos acabados totalmente espectaculares. Si crees que estoy exagerando, quita la sobrecubierta del libro y prepárate para la belleza.

¿Pero a qué viene tanto ruido y tanta expectación? Imagina una ciudad cuyo diseño arquitectónico sea una oda a las tripas de un cerdo. Una ciudad cuyas calles estén predispuestas de tal modo que tu sentido de la orientación pida a gritos ser sustituido por tu sentido de la supervivencia. Una ciudad cuya efervescencia tenga cierta semblanza a una herida infectada que reclama para sí misma todo el miembro en el que se aloja. Pues bien, ese milagro de urbanismo se llama Nueva Crobuzón. En ella habitan todo tipo de seres, razas, cultos e individuos que rezan a cientos de dioses distintos con el fin de conseguir aliados en esa guerra constante que es vivir.

Esta es la ciudad donde vive Isaac Dan der Grimnebulin, científico proscrito y reputado por conseguir lo racionalmente imposible. Es a él a quien busca Yagharek, un garuda que ha perdido sus alas por un delito extraño y ajeno al entendimiento humano. Sin saber si está en manos de Isaac devolver a los cielos al garuda, acepta el encargo, lo que dará lugar a una de las mayores crisis que Nueva Crobuzón haya vivido. Aprendiendo en el proceso que algunas alas no han sido creadas para surcar los cielos, sino para aumentar la distancia hasta el suelo momentos antes de la caída.

Mujeres khepri, alcaldes corruptos, camellos deformados, taumaturgos, periodistas censurados, demonios, parásitos que ocupan ministerios, entidades cósmicas adictas a las tijeras, vodyanoi, fieles orgánicos del MecaDios… El compendio de personajes que se cruzan con Isaac en su tarea es tan numeroso e imaginativo que el respiro entre momentos de clímax prácticamente no existe en esta novela.

Estamos ante una obra mastodóntica. Ochocientas páginas de lenguaje barroco en el que la atmósfera es tan importante como lo que sucede. El autor ha hecho un gran ejercicio sensorial para que andemos por Nueva Crobuzón como un turista forzado. Todo es recargado hasta el exceso y cuesta entrar en el tono en el que se nos está narrando la historia, pero una vez dentro de la dinámica propuesta, parar se convierte en un error. Descubrir nuevos rincones de esta ciudad llega a ser tan divertido y espeluznante como continuar con la historia. Hay tantos frentes abiertos que ni un recodo queda por descubrir al cerrar el libro. Y sin embargo, es probable que sientas que te estás dejando atrás gran parte de lo que oculta esta ciudad.

El libro tiene ciertos pasajes que rezuman inteligencia por todos sus párrafos. No estamos ante un libro de fantasía urbana al uso, el humano que se esconde tras estas páginas tiene los conocimientos necesarios para hablar de cientos de cosas sin caer en la sensación de puro pastiche. La caracterización de los personajes, sus intenciones y su forma de coexistir entre ellos es de una autenticidad que duele. Da igual que tengamos delante a una mujer con cabeza de escarabajo, sabemos que lo que siente es totalmente cierto, aunque no use palabras humanas para definirlo. Esta ciudad esconde humanos dentro de sus monstruos. Y monstruosidades dentro de su definición de humanidad.

China Miéville me tiene bien agarrado. Es un arquitecto que comulga con los puntos ciegos de la ciudad. Es un escritor que no le tiene miedo a nada. Imagina por un momento que el Marques de Sade se hubiese obsesionado con La Historia Interminable. Imagina a Palahniuk diseccionando unicornios. Estos son los términos en los que hablamos del autor inglés.

A veces roza la explicación científica en términos tan plausibles que tienes que recordarte que está jugando con tu mente. La metafísica encuentra sitio entre sus páginas. La lucha obrera. La zoofilia antropocéntrica. El trato de la información y la censura. La crítica ante los medios de financiación de un gobierno capaz de cerrar tratos con el Diablo. La fantasía es una excusa, pero una excusa tan sólida que convierte al conjunto en una alegoría disimulada de lo que sucede en cualquier gran ciudad del siglo XXI.

No nos engañemos. Nueva Crobuzón nos hipnotiza porque nos habla en términos que todos tenemos más que asimilado. Las ganas de volar de los personajes son sólo nuestras excusas para contabilizar el tiempo en el que todo tarda en caer. Los amores imposibles, los estigmas de querer al ser socialmente incorrecto son las brasas de los prejuicios que tienen cabida más allá de la extensión del libro. Por eso fascina. Por eso repugna. Es capaz de hacer que la fantasía provoque vómitos y revoluciones. Y eso nunca antes había sucedido.

 

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La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos

la biblioteca de los libros rechazados

la biblioteca de los libros rechazadosImaginad una biblioteca que acepta todos los libros que han rechazado las editoriales, un lugar donde los autores fracasados los abandonan, cansados ya de tantos desengaños. Pues esa biblioteca existe en Vancouver (Washington) y fue creada por el escritor Richard Brautigan. Ese refugio en el que los libros esperan a que algún lector les dé una oportunidad y el autor de esa idea tan inusual han inspirado a David Foenkinos para escribir La biblioteca de los libros rechazados.

Me sentí irresistiblemente atraída por este libro en cuanto lo vi. La palabra «biblioteca» atrajo la atención de mi parte lectora y «libros rechazados» la de mi parte de escritora inédita. Que su autor fuera Foenkinos me pareció una garantía de acierto, puesto que guardo un recuerdo agradable de La delicadeza, el único libro suyo que había leído hasta el momento. Todo ello me llevó a abrir su nueva novela con altas expectativas y estas se han visto más que cumplidas.

En esta comedia satírica Foenkinos nos envuelve en literatura, para bien y para mal. Las continuas referencias a otros libros o autores me dieron ganas de descubrirlos o releerlos, según el caso, y los dardos al mundo editorial me hicieron chocarme de nuevo con la realidad de hoy en día, en la que la forma prima sobre el fondo. La clave del éxito no está en la historia o la calidad del texto, sino en la campaña de marketing que haya detrás. Y como bien demuestra David Foenkinos en esta historia, de eso tienen culpa los editores, los lectores, los medios de comunicación e, incluso, los propios escritores.

Una joven editora en busca de nuevos talentos. Un escritor recién publicado que creía su sueño cumplido, pero que se ha dado cuenta de que nadie quiere comprar su libro. Un crítico literario endiosado que se ha quedado en paro. Un pizzero de pueblo convertido en escritor superventas tras su muerte. Y su viuda y su hija, que ven como sus vidas se trastocan de la noche a la mañana por esa faceta desconocida de su ser querido. Todos estos personajes componen el puzle de La biblioteca de los libros rechazados, que habla con sencillez y belleza del amor: tanto del que se da entre personas, como del que se siente por los libros. Y del silencio. El silencio juega un papel importante, siempre presente en los diálogos y tanto o más expresivo que las palabras. Con solo tres puntos, Foenkinos me ha hecho reír y pensar. ¿Tal vez sean una metáfora del rechazo, del anonimato, del libro cerrado? No sé, pero nunca había visto sacar tanto jugo a este recurso.

¿Qué parte de mí se ha enamorado más de este libro? La de escritora, sin duda. Es más, recomendaría este libro a cualquier escritor frustrado, ya sea por seguir inédito o por haber comprobado que el cuento no era tan bonito como se lo había imaginado. A mí me ha sido imposible no verme reflejada en las pequeñas reflexiones del narrador, en las ilusiones y decepciones de los protagonistas. La biblioteca de los libros rechazados es una de esas novelas que he leído con una sonrisa permanente, deseando que no se acabara, porque me sentía comprendida, arropada, como en casa.

¿Llevaría yo mi libro a este rincón de homenaje (y olvido)? Creo que no, pero quizá solo sea porque aún no he recibido los rechazos editoriales necesarios para merecer tal honor (o desgracia). Preferiría que acabara en mi propia estantería, entre mis libros adorados, y ofrecerlo a quien lo quisiera leer. Porque soy de la romántica opinión de que un libro, mientras sea leído (y disfrutado), nunca podrá considerarse un fracaso.

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Ataque a los titanes: no regrets 1 – Birth of Levi, de Hajime Isayama

Ataque a los titanes no regrets 1 Birth of Levi

Ataque a los titanes no regrets 1 Birth of LeviNo suelo ver animes, pero a veces me hablan de alguno que pica mi curiosidad. Por ejemplo, Death Note: ¿qué pasaría si con solo escribir el nombre de una persona en un libro, mientras visualizas su cara en tu mente, esta cayera muerta al instante? ¿Lo harías? ¿Contra quién? ¿Se podría utilizar para que el mundo fuera mejor? No me digáis que no es una premisa sugerente. Yo disfruté mucho con esta serie, compuesta solo de dos temporadas, si no recuerdo mal, pero quizá no me habría animado a verla si antes no hubiera conocido Ataque a los titanes.

Ataque a los titanes, de Hajime Isayama, nos muestra un mundo donde los últimos habitantes de la tierra viven en un perímetro dividido en tres ciudades concéntricamente amuralladas para protegerse de los titanes, gigantes que un siglo atrás casi aniquilaron la especie humana. Por supuesto, la distribución no está hecha al azar: en el centro se refugian el poder político y el económico, y la gente de a pie, como tú y como yo, se aglutinan en la ciudad más expuesta, con solo un muro que les separe de los peligros del exterior. Aun así, han vivido en paz cien años, hasta que un nuevo titán, más grande e inteligente, rompe el muro y se adentra en la ciudad, sembrando el caos y comiéndose a todo aquel que se le cruza por delante. Más o menos eso es lo que pasa en el primer capítulo de la primera y, por ahora, única temporada de este anime, que vi hace ya dos años.

Se rumorea que la segunda temporada está al caer, pero como se están haciendo tanto de rogar, la versión manga está sacando bastante material sobre lo que sucedió antes de ese fatídico acontecimiento y sobre personajes que se presentaban como secundarios, pero que ganarán protagonismo a medida que la historia avance. Ese es el caso de Ataque a los titanes: no regrets 1 – Birth of Levi, el manga que acabo de leer. En él se cuenta cómo Levi, un buscavidas de la ciudad subterránea, acaba en el cuerpo de exploración, es decir, el ejército encargado de hacer expediciones periódicas al exterior para luchar contra los titanes. Para mí, la ciudad subterránea es un nuevo descubrimiento (si se mencionaba en el anime, no lo recuerdo, ¡ha pasado tanto tiempo!), que me confirma la mala espina que me da ese mundo. Se trata de una ciudad bajo tierra en la que intentan sobrevivir los pobres y delincuentes, hombres y mujeres abandonados por la monarquía años atrás. A medida que conozco más detalles de la estructura y la forma de vida de este último reducto de la raza humana y de los titanes, más claro tengo que, pese a lo que les hayan hecho creer a lo largo de décadas, el mayor peligro acecha dentro de esos muros en vez de fuera de ellos.

Ojalá la segunda temporada de Ataque a los titanes se emita este año, tal y como están anunciando, porque esta historia dará para muchos capítulos y estoy segura de que me sorprenderán gratamente. Mientras tanto, tendré que enterarme de otros animes interesantes o leerme el material extra que Norma Editorial nos ofrece para hacer más amena la larga espera.

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El azul entre el cielo y el agua, de Susan Abulhawa

El azul entre el cielo y el agua

El azul entre el cielo y el aguaNo había leído nunca un libro escrito por un autor palestino, así que haberme estrenado con Susan Abulhawa creo que ha sido el mejor de los aciertos. Pero no crean que este libro lo elegí yo, ¡qué va!, muchos de los libros que leo tienen que ver con sugerencias de amigos, lectores que luego me dejan comentarios, o, como en este caso, una estupenda sugerencia de una periodista española, aunque es en Gaza donde reside y donde desarrolla su trabajo informativo.

De esta periodista ya se la presenté a todos ustedes, aunque solo fue de nombre al hablarles de Lo que queda de nuestras vidas, de la escritora israelí, Zeruya Shalev, miembro del grupo de mujeres judías y palestinas que trabajan unidas por la paz, una organización que nació a raíz de la guerra de 2014 en Gaza para restaurar la esperanza y trabajar hacia una existencia pacífica para las generaciones futuras. Esto les contaba y es por ello que recordaba a la periodista Cincovillesa (Comarca de Zaragoza), Isabel Pérez.

Ella me lo recomendó, y creo que después de haberlo leído con atención y con todo el cariño, puedo decirles que me ha parecido una maravilla, en 352 páginas ha sido capaz la autora de contarme la vida y la historia de toda una familia Palestina, ya saben, una de esas sagas familiares que tanto nos gustan, pero con toques muy especiales, tanto en la sensibilidad de la narración como en la propia historia que cuenta.

Y es que El azul entre el cielo y el agua, es algo más que una novela que nos cuenta una historia con personajes a los que iremos conociendo y queriendo, es algo más que todo ese ramal de mujeres a las que nos acercaremos a través de su quehacer diario, vistas desde dentro y desde fuera; leer este libro, de verdad que ha sido algo más. He sido espectadora de sus vidas, pero además la autora me ha hecho sentirme unida a estas mujeres, me ha hechos reír con ellas y también llorar…, y sufrir, y gozar.

La novela se inicia con un árbol genealógico muy corto, solo para situarnos al principio, porque los nombres pueden sernos algo complicados, pero enseguida conoceremos a los miembros de una de las familias que debieron abandonar Bait Daras, una localidad situada a unos 35 kilómetros de Gaza, de una gran importancia en la historia Palestina y que en la actualidad es zona ocupada por Israel. En uno de sus barrios residía la familia Baraka, compuesta por Um Mamduh, una mujer muy especial, a la que no se le conoce esposo y que todos toman por loca, y sus tres hijos, Nazmiyeh, Mamduh y Mariam.

“En Bait Daras había cinco grandes clanes familiares, y cada uno tenía su propio barrio. Las familias Barud, Maqademed y Abu al Shamaleh eran las de mayor prestigio. Entre las tres poseían la mayoría de las granjas, frutales, colmenas pastos del lugar. Nazmiyeh, Mamduh y Mariam pertenecían a la familia Baraka, pero aquel no era un apellido del que uno pudiera presumir…”

Nazmiyeh, ¡qué impresionante capacidad de amar a los demás! Una mujer que no creo que olvide, se ha quedado en mi mente y en mi corazón, porque de ella he aprendido a mirar a las mujeres palestinas con otros ojos. Las conversaciones entre las matriarcas no tienen desperdicio, sobre todo si ella está de por medio.

Mamduh, fue el único hijo varón, trabaja para un apicultor y se casará con la hija de este, Yasmin.

Finalmente Mariam, como todas las mujeres de la familia la conoceremos ya como una niña, pero una niña peculiar, especial, siempre presente, siempre, hasta la última palabra del libro, ahí estará… Porque uno siempre está mientras es amado y recordado.

Aquí en El azul entre el cielo y el agua, la historia palestina está muy novelada y además, la autora, añade una parte que, si estuviésemos hablando de literatura hispanoamericana diríamos que se podría incluir dentro del realismo mágico, pero en esta mujer hay un algo especial que, junto a esa parte poética que desprende la literatura árabe en general, encontramos un equilibrio perfecto en su narrativa, tan perfecto como la mezcla de las pequeñas introducciones al inicio de cada capítulo con lo contado por el narrador, hasta llegar el momento en que ambos se confunden …

Jaled, el narrador y personaje que inicia los capítulos es como lo que debería ser la conciencia de todos aquellos que miramos y no vemos. Él que sin ver, todo lo ve.

En 1948 las Fuerzas de Defensa de Israel atacan brutalmente Bait Daras, lo que obliga a las familias huir a Gaza. Y a viajar ya para siempre hacía atrás con los recuerdos, hacía adelante con la historia y con la vida de cada uno de los personajes. Sesenta años de vida en Gaza, la vida en una cárcel frente al mar, la historia de fondo y la vida por delante, las vidas de los palestinos de Gaza. Una vida a la que se ha acercado Susan Abulhawa, que nació en 1967, hija de padres palestinos, que por esas cosas del destino terminó, al parecer en un orfanato americano… Además de escritora y otras muchísimas cosas que pueden tranquilamente mirar en la red, es una activista fundadora de la ONG Playgriunds for Palestine, que se dedica a construir zonas de juegos para los niños palestinos en los territorios ocupados y en los campos de refugiados.

Dice la autora que escribió este libro por amor, una vez que uno conoce la vida de esta mujer, quizá comprende mejor que la novela debe llevar mucho de ella misma, y creo que será por eso que llega tan adentro, solo quienes cuentan en primera persona y de una forma tan sensible y sincera son capaces de rozar el alma de los lectores con sus palabras, solo esos, y la autora lo consigue. Hay amor y hay humor, porque para vivir hay que tener más amor y humor que rencor… Y aquí aparece una vez más ese equilibrio del libro del que les hablaba.

Una lectura que la traducción de Puerto Barruetabeñanos hace fácil y ágil, una lectura para todos, para aprender y sentir, porque a pesar de que nada se esconde del duro drama que ha vivido y que vive Palestina, hay calidez y dulzura en la historia.

Solo una cosita antes de terminar… Para una española que sale en la historia, como diría mi amiga Conchita, “telita con la señora”. Casi hubiese preferido que no saliese ni un español en el libro, salvo que se hablase de buenas gentes que han ido a Gaza a ver, a amar, a reír y a convivir para contarnos luego todo lo que allí pasa, como hace mi paisana Isabel Pérez.

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El arte de la guerra ilustrado, de Sun Tzu

el arte de la guerra ilustrado

el arte de la guerra ilustradoMe parece fascinante leer un texto escrito hace más de dos mil años y ver que sus enseñanzas siguen siendo necesarias. Si en un principio El arte de la guerra era estudiado por estrategas de guerra, hoy en día resulta igual de instructivo para políticos y empresarios y, en definitiva, para todo aquel que tenga que gestionar conflictos y rivalidades.

Sun Tzu, un legendario filósofo-guerrero, creó esta especie de manual para la guerra en el período de los Estados Combatientes de la antigua China, que duró desde el siglo V al III a. C., y actualmente sigue considerándose la obra de estrategia más influyente. La edición de la editorial Edaf de este clásico está ilustrada con obras pictóricas y esculturas de China, Japón y Corea, y presenta la versión del traductor Thomas Cleary, en la que, además de los aforismos del maestro Sun, se recogen los comentarios que hicieron once lectores diferentes a lo largo de casi mil años, seleccionados para arrojar luz sobre el texto original y mostrar cómo se transforman las interpretaciones de las enseñanzas de Sun Tzu con el paso del tiempo.

Thomas Cleary aclara que en su traducción ha suprimido algunas alusiones a armas y cuestiones locales y que ha querido preservar las ambigüedades propias del chino para que los lectores del presente sean quienes las diluciden según su contexto y vivencias. Yo, por ejemplo, soy socióloga y me especialicé en recursos humanos, por lo que los pilares que asienta esta obra sobre la psicología de masas me han resultado de lo más atractivos. Sun Tzu y sus comentaristas reflexionan sobre el buen liderazgo, que es el que consigue la solidaridad y comprensión entre dirigentes y dirigidos; la delegación de responsabilidades según el talento de cada cual, pues todas las personas tienen alguno, y la importancia de conservar tanto los recursos materiales como los humanos, ganando sin combatir.

Y es que, pese a lo que pueda parecer, El arte de la guerra habla sobre todo de paz. Frases como las siguientes lo demuestran: «La guerra es destructiva incluso para los vencedores, a menudo contraproducente y solo razonable cuando no hay otra opción» o «Las armas son instrumentos desfavorables, no herramientas de los iluminados. Cuando no existe más remedio que utilizarlas, es mejor permanecer en calma y libre de la codicia, además de no celebrar la victoria. Quienes celebran la victoria están sedientos de sangre, y los sedientos de sangre no pueden imponerse al mundo». El arte de la guerra da las claves para entender el conflicto y salir vencedor de él, pero, sobre todo, para evitarlo.

Me parece increíble que las lúcidas premisas de un texto tan analizado y con un tremendo calado en la ciencia, psicología y tecnología asiática no se pongan en práctica con más frecuencia en occidente. El análisis racional del conflicto, dejando a un lado la ira y la codicia, o la puesta en valor del equipo humano, por encima del beneficio material a corto plazo, son cuestiones que, a mi parecer, deberían aplicarse más a menudo en política y en economía. El maestro Sun lo sabía hace ya más de dos mil años. Leámoslo y hagámosle caso.

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La guardia, de Joydeep Roy-Bhattacharya

La guardia

CLa guardiaomo pasa con algunas películas —de diversa calidad—, este es uno de esos libros que no espera a que te metas en situación para atacar. Una joven, tullida de ambas piernas, se arrastra con la ayuda de un carro hacia una base militar estadounidense. Los militares de ese país han asesinado a toda su familia y tienen en su posesión el cadáver de su hermano. La joven les reclama que se lo devuelvan para poder enterrarlo de acuerdo a su fe, lo cual éstos rechazan. El motivo que dan es que lo quieren exhibir públicamente, al considerar que se trata de un conocido líder talibán, lo cual la muchacha niega. Así da comienzo La guardia, una novela que nos mete de lleno en la guerra de Afganistán y sus tristemente famosos daños colaterales.

Al ritmo vertiginoso de la narración le acompañan los diálogos cortos y directos, un toma y daca que contribuye a que la lectura sea rápida y amena. Se trata además de una obra coral, ya que cada capítulo está narrado desde el punto de vista de uno de los protagonistas; el primero de ellos es contado desde el punto de vista de la mujer y a partir de entonces serán los propios soldados americanos, cada uno desde su rango y sus convicciones morales, quienes nos harán partícipes de sus opiniones en torno al conflicto en general y al peliagudo asunto de la mujer afgana en particular. Esta pluralidad de narradores me resultó algo caótica durante varios tramos de la novela, ya que el número de miembros del ejército que se nos presenta es elevado y resulta difícil crear una imagen consistente de muchos de ellos.

Lo que mejor construye el autor, en mi opinión, es el ambiente de la base militar. La psicosis colectiva en torno a cuándo se producirá el siguiente ataque, la falsa bravuconería de aquellos que no quieren mostrar al resto de sus compañeros sus puntos débiles, las conversaciones sobre lo cotidiano y rutinario de sus vidas en su país para tratar de recordar cómo es el mundo fuera de esas cuatro paredes… Roy-Bhattacharya desidealiza mucho la imagen del soldado norteamericano que habitualmente se nos vende en la industria cinematográfica y que lo identifica con un patriota convencido que busca liberar al resto del mundo de sus males. Los soldados de este autor indio son personas normales y corrientes, cuya principal motivación es la de conseguir pagar sus facturas a final de mes y conservar su relación con su pareja a tan larga distancia. Los remordimientos por lo que han causado durante su tiempo en Afganistán, las dudas acerca de su legitimidad para imponer sus propios criterios, la tristeza por los compañeros caídos en combate… son aspectos que ayudan a dar verosimilitud al relato, dado que resulta muy difícil de creer que un grupo de jóvenes con dos dedos de frente, por muy grande que pueda ser su compromiso con la paz, no sean capaces de ver lo que les piden que hagan en su nombre.

En líneas generales, La guardia me ha resultado una lectura interesante y amena, ya que deja de lado la habitual crítica exterior al imperialismo norteamericano para poner el foco en la autocrítica, en el cuestionamiento al que sus propios combatientes seguramente se ven forzados cuando presencian cómo los daños colaterales piensan, sienten y sufren como ellos mismos.

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Modigliani, príncipe de la bohemia, de Fabrice Le Hénanff y Laurent Seksik

Modigliani

ModiglianiMi madre es pintora y lleva muchos años impartiendo clases. No sé si lo he contado ya, porque me enrollo mucho y mis reseñas empiezan a parecerse a un diario, pero bueno, ahí va el dato. Supongo que por eso me gusta el arte en general y la pintura en particular. Hay varios pintores que me fascinan especialmente: Marc Chagall, Salvador Dalí, Tamara de Lempicka, Gustav Klimt y una lista que podría alargar mucho más. Entre mis favoritos, sin duda, está también Amadeo Modigliani. Los retratos de mujeres de este pintor italiano, tan estiradas, tan lánguidas y ensimismadas siempre me han emocionado de una forma especial. No puedo deciros por qué, no sé qué es lo que tienen, pero supongo que eso es lo que hacen los buenos pintores: conmoverte. Además, Modigliani y yo compartimos día de cumpleaños y recuerdo que cuando vivía cerca de París, visité su tumba en el Cementerio de Père-Lachaise. (Yo iba a ver la de Jim Morrison, como buena veinteañera atormentada que era).

Por otra parte, también he comentado ya en alguna ocasión que no he leído muchos cómics ni mangas y que para mí ese mundo es bastante desconocido. Sin embargo me gusta. Así que os dejo que me recomendéis algunos. Cuando la editorial Norma publicó Modigliani, príncipe de la bohemia no pude resistirme. Tenía que gustarme sí o sí. En cuanto eché un vistazo por encima me emocioné, pero emocionarme de quedarme con la boca abierta, ¿eh? Este libro trata sobre un artista, pero el cómic en sí es ya una obra de arte. A lo mejor los entendidos conocéis al dibujante: Laurent Seksik. Para mí era un auténtico desconocido, pero he alucinado con sus dibujos. Cada viñeta (¿se dice así?) me parece una auténtica maravilla, un cuadro perfecto y conmovedor. (Mamá, quiero ser artista).

El guion es obra de Fabrice Lé Hénanff. El cómic se centra en la vida de adulto de Modigliani. De origen italiano, Modigliani o Dedo, como le llamaban en su familia, se traslada a París en 1906, ciudad de la vanguardia por excelencia. Allí es donde desarrolla su carrera artística principalmente. Como os decía, el cómic se sitúa en aquella época en la que un Modigliani ya adulto e instalado en París se dedica a recorrer los suburbios de la ciudad de bar en bar. Era un guaperas algo derrochador y algo alcohólico. Como muchos otros artistas, no obtuvo demasiado éxito en vida, pero posteriormente su obra comenzó a ser apreciada y a venderse a precios desorbitados. También, según vemos en el cómic, tenía un carácter algo difícil que traía de cabeza a su representante y a su siempre fiel Jeanne Hebuterne. Enfermo de tuberculosis y debido a su mala vida, su médico le recomienda que se aleje de París y de su mala vida y, casi obligado, se traslada una temporada con Hebuterne a Niza. En esa época,  hablamos de 1919, Modigliani y Hebuterne tienen una hija que se llamará Jeanne.

Finalmente, acaban por regresar a París, donde el artista, muy deteriorado,  continuará con sus antiguos vicios. Tras varios días de desaparición y una noche de excesos (con pelea incluida), Modigliani, afectado por una meningitis a la que su tuberculosis no ayuda, fallece el 24 de enero de 1920 a la edad de 35 años. El final es terriblemente trágico. Su mujer, embarazada por segunda vez, se suicida el día de su funeral lanzándose al vacío desde un quinto piso.

Un historia conmovedora y trágica de un artista que se movía perfectamente en el complicado mundo de los excesos. Modigliani, príncipe de la bohemia, es un cómic fiel al espíritu del artista y una auténtica maravilla para nuestros sentidos. Ya os digo, una pequeña joya a la altura del pintor.

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Contra el fanatismo, de Amos Oz

Contra el fanatismo

Contra el fanatismoHace poco leí que después de que Donald Trump venciera en las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos, el libro 1984, de George Orwell, aumentó sus ventas en el país exponencialmente, 68 años después de su publicación. Incluso hasta España ha llegado la tendencia, ya que el libro entró entre los 50 más vendidos en nuestro país en 2016. Las similitudes entre el régimen distópico que construyó el autor nacido en el Raj británico y algunas de las actuaciones y declaraciones del nuevo ejecutivo norteamericano son verdaderamente alarmantes. Por desgracia, la llegada de este ser promuros y antimedios de comunicación a la Casa Blanca no parece que vaya a ser una excepción, sino una tendencia al fanatismo que comienza a tomar grandes apoyos en la opinión pública de occidente. Son muchas las causas a las que podemos atenernos para justificar esta deriva, como la crisis económica, el miedo al terrorismo islamista o el desencanto de la población con una clase política que se ha distanciado demasiado del pueblo al que representa. Sin embargo, si bien novelas como 1984 pueden ayudarnos a identificar los peligros que nos acechan, para combatirlos creo que son mucho más útiles textos como Contra el fanatismo.

Lo primero que me sorprendió al comenzar a leer este ensayo es la sencillez con la que escribe Amos Oz. Acostumbrado como estoy, por culpa de mi pasión (ligeramente masoquista) por la lectura de textos políticos, a tener que descifrar frases complejas y recargadas, la prosa directa y clara de este pensador israelí me hizo sentir como en mitad de una conversación coloquial en una cafetería, sin ningún tipo de grandilocuencia ni de excesos estilísticos. La otra de las claves, para mí, de este pequeño libro es la sinceridad que emana de sus palabras. Oz toma posición desde el comienzo y centra su discurso en el peliagudo conflicto palestino-israelí, más peliagudo aún de acometer si tenemos en cuenta que este escritor es natal de Jerusalén.

En torno a este tema el autor defiende la necesidad de un acuerdo entre los dos contendientes, que nazca desde el reconocimiento mutuo y en base a las concesiones imprescindibles para que ambos pueblos puedan tener un futuro digno y en paz. «Nunca lucharía por más territorios. Nunca lucharía por una habitación más para la nación. Nunca lucharía por los santos lugares ni por las vistas a los santos lugares. Nunca lucharía por supuestos intereses nacionales. Pero lucharía, como un demonio, por la vida y la libertad. Por nada más», resume es escritor.

Pero el texto de este libro que más valor simbólico tiene, en mi opinión, en los días que vivimos es en el que trata el  tema del fanatismo. «¿Quién iba pensar que al siglo XX le iba seguir el siglo XI?» se preguntaba Oz hace ya más de una década. En este capítulo se dedica a analizar en profundidad al fanático, al que etiqueta como un ser con una actitud de superioridad moral, que se caracteriza por preferir sentir a pensar. Y es que qué duda cabe de que muchas de las decisiones más preocupantes que se han ido tomando en el mundo en los últimos meses han salido de las tripas, y no del cerebro, de quienes mandan ejecutarlas. Frente a esta tendencia, Oz llama a combatir al fanático desde la inteligencia, obligándole a salir de sus marcos preestablecidos y haciéndole ver las múltiples contradicciones con las que siempre cargan los defensores del pensamiento único, pero que tanto se esfuerzan en esconder debajo de la alfombra de su mollera.

Pienso que Contra el fanatismo debería tener un sitio privilegiado en colegios e institutos de todos los lugares del mundo, ya que enseña una serie de valores que estoy convencido de que si se interiorizan bien en las primeras etapas de crecimiento intelectual, las nuevas generaciones estarán mucho más preparadas de lo que seguramente estamos las actuales para combatir a ese mal que tanta fuerza está tomando en estos últimos tiempos.

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La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig

La impaciencia del corazón

La impaciencia del corazónLa compasión es un sentimiento muy peligroso. De hecho, sentir compasión por alguien a veces tiene una connotación negativa. Que alguien te dé pena es malo. Es incluso ruin. Porque solo se siente compasión por alguien es inferior a otra persona en alguna circunstancia en concreto. Y eso puede dar lugar a que nos creamos superiores y nos haga mostrarnos vanidosos. Y eso algo que es así. Cuando pensamos en una persona que nos da pena, es porque no tiene la suerte que tenemos nosotros. “Pobrecillo, no viste de marca, no tiene pareja, sus hijos no le quieren, ha tenido un accidente, no tiene trabajo, tiene un trabajo de mierda…”. La compasión, como vemos, se puede aplicar a diferentes ámbitos pero siempre implica una cosa: el que la siente, se cree (voluntaria o involuntariamente) mejor que el otro.

Esta es la idea con la que Stefan Zweig juega cuando narra La impaciencia del corazón, o La piedad peligrosa, título con el que también se conoce a esta obra. Y este último título quizá sea incluso más adecuado que el primero que he nombrado, porque esta obra habla de la piedad que siente el teniente Anton Hofmiller cuando conoce a Edith, hija del gran magnate de origen húngaro Lajos von Kekesfalva. Y siente esa compasión por ella porque esta joven sufre una grave parálisis que le impide andar. Ella se enamora perdidamente de él y con el paso del tiempo el teniente empieza a corresponderla, pero lo que no sabemos es dónde empieza el amor y dónde termina la piedad. No sabemos si está con ella porque es incapaz de decirle que no a una pobre chica paralítica o si realmente la ama con todo su corazón. Toda esta historia, por si fuera poco, está contextualizada casi al comienzo de la Primera Guerra Mundial, por lo que la decadencia del Imperio Austro-Húngaro —que parece inminente— inunda la atmósfera con un tinte trágico. A pesar de ello, contra todo pronóstico, lo importante de este libro no es la Gran Guerra en sí. No es un libro histórico en el que la guerra sea el eje principal. De hecho, cuando estalle la batalla, nosotros apenas nos daremos ni cuenta, pues Zweig la introduce en la narración de una manera muy sutil. Lo importante son los personajes, desarrollados exhaustivamente y que abren su alma al lector.

De este escritor austriaco se ha dicho que “su habilidad para comprender el sufrimiento de las personas era formidable”. Y yo añado: no solo para comprenderlo, sino también para transmitirlo. Porque su narración es desgarradora. Crea una atmósfera perfecta con lo que parece una facilidad innata.

Lo que está claro es que los humanos somos compasivos. No podemos evitar sentir pena por los demás. Incluso muchos la sentimos por los animales. Parece que tiene una connotación negativa, como decía al principio. De hecho, no sé si el teniente Hofmiller se hubiera prometido con Edith si esta no hubiera estado enferma. No lo sé y ¿sabéis qué? Prefiero no pensarlo. Porque la compasión también ha movido montañas. De no existir esta, nadie habría fundado jamás una ONG; las perreras serían cosa de la ficción. Y no hablemos de los orfanatos. Será que yo intento buscarle la cara amable a todo lo que me rodea. Pero Hofmiller tendrá que batallar con estos sentimientos, desgranarlos hasta reducirlos al mínimo, para poder comprender si realmente ama a Edith o si ha sido la presión social y el estado de la joven lo que le ha llevado a ese enamoramiento.

Es una novela para leer sin impaciencia, poco a poco. Es densa a ratos pero llega un momento en el que se convierte en algo que no podemos dejar escapar. La impaciencia del corazón o La piedad peligrosa, si lo preferís, es, en pocas palabras, una obra maestra que debería hacernos reflexionar a todos, compasivos o no, sobre nuestros propios sentimientos.

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Gorda, de Moyoco Anno

Gorda

GordaTengo que empezar esta reseña contando una anécdota porque si no reviento. Los que estéis hartos de mis asuntos podéis pasar al siguiente párrafo. Ya os he dicho que no sé mucho sobre el tema cómic y manga, pero que con el tiempo me va gustando cada vez más. Resulta que el día que recibí el libro, estaba en casa con mi amiga Marina. Cuando abrí el paquete y tuve el libro entre mis manos me quedé un poco loca. “¡Está al revés!” Mi amiga, muy lista ella, me miró con cara rara y me dijo: “es un manga, pava, se leen al revés.” Menos mal que estaba con ella en ese momento y me explicó cómo tenía que leerlo, porque, ¿os imagináis la reseña que hubiera hecho yo si no lo supiera? Quién sabe, a lo mejor si hubiese leído este libro de la otra forma me habría salido un mensaje satánico o un anuncio divino de Raticulín. Y ahora sí, después de esta introducción, que me deja en muy mal lugar, paso a comentar el libro.

Gorda es el título de este manga de Moyoco Anno y, por supuesto, la contundencia del título fue lo que me llamó la atención. Gorda es una palabra sonora, nada de eufemismos ni leches, una palabra directa que en principio te deja muy clarito de qué puede tratar el libro. Claro que si bien yo pensé que este manga iba a ser gracioso y banal estaba muy equivocada. La sensación que te deja el libro después de acabarlo es bastante agridulce, pero paso a contaros la historia primero.

Noko es una chica joven que trabaja en una empresa. Últimamente ha cogido unos kilos, pero es algo que no parece preocuparle demasiado. Mientras pueda comer, todo va bien y esa armadura de grasa que rodea su cuerpo no es algo que le traiga de cabeza. Pero parece ser que al resto del mundo sí le molesta. Noko empezará a escuchar los comentarios que sus compañeras de trabajo hacen a sus espaldas. El detonante será cuando se entere de que su novio, con el que lleva ocho años, se la está pegando con la tía más buena y más gilipollas de su oficina, una chica insoportable que se dedica a hacerle la vida imposible a Noko. Es entonces cuando comienzan las inseguridades. Quizá sí que esté gorda. Quizá lo que necesite es adelgazar y ser tan guay y tan guapa como las otras chicas. Quizá así su novio no le pondría los cuernos.

Lo que viene después es un auténtico calvario que incluye clínicas de adelgazamiento, dietas, peleas con el novio y con la penca malvada, atracones de comida, vomitonas y demás torturas que van haciendo mella en Noko.

Yo pensaba que Gorda iba a ser una historia más amable, algo más divertida. Aunque el manga tenga sus toques de sarcasmo, ha resultado ser una historia mucho más dura de lo que creía. Una bofetada en la cara que me ha hecho reflexionar bastante. Y es que este es un asunto bastante peliagudo que no hay que tomarse a broma. Un papel que la sociedad se empeña en atribuirle a la mujer: a las mujeres perfectas y delgadas todo les va bien y sus vidas son maravillosas. No nos damos cuenta de todo el dolor que arrastra ese papel que la sociedad nos impone. Amigos, no seamos tan imbéciles, por favor. No nos hagamos más daño. Libros como éste son necesarios para hacernos ver lo superficiales que podemos llegar a ser. Vamos a empezar a querernos tal y como somos, seguro que todo va mucho mejor.

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