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Tu amor es infinito, de Maria Peura

Tu amor es infinito

Tu amor es infinitoDespués de tan sólo haber leído veinte páginas de este libro, os prometo que ya tenía el estómago del revés. Me sentía rara, no podía creer lo que estaba leyendo, pero no podía parar. No sabía que iba a tener que enfrentarme a todos esos demonios, no sabía que iba a tener esa sensación en el estómago durante toda la lectura. No tenía ni idea de dónde me había metido exactamente. Ahora, desde la distancia de los días que han pasado desde que acabé el libro, puedo decir que ha sido una lectura dura (no recuerdo una tan cruda en mucho tiempo), pero ha sido a la vez liberadora, asombrosa y realmente satisfactoria. ¿Cómo puedo tener sentimientos tan contrarios? Tu amor es infinito es una novela llena de opuestos, de realidad y ficción, de amor y odio, de vida y enfermedad, de niñez y vejez, de magia y desilusión.

Maria Peura (1970, Finlandia) es la autora de esta maravillosa novela publicada por la editorial Sextopiso. Me gustan muchos sus ediciones y la portada de ésta en concreto me parece perfecta. Creo que la ilustración transmite mucho de manera muy sutil. Hasta con las portadas hay que saber lucirse.

Tu amor es infinito, finalista del Premio Finlandia de Literatura en 2001, es una obra narrativa, pero os aseguro que es mucho más. He leído poemas menos líricos que esta novela. La belleza del lenguaje usado en este libro alcanza niveles muy altos, tan altos que te llevan a volar. Leyendo algunos pasajes de esta novela he notado como mis pies se elevaban de la tierra y me he dejado llevar, meciéndome, como una hoja arrastrada por el viento. Me he paseado por los bosques de Finlandia, me he sumergido en sus lagos, he montado a caballo y he visto cielos estrellados. Pero, como le ocurre al personaje de esta novela, no todo es lo que parece y entre vuelo y vuelo me he dado, unas cuantas veces, de bruces contra el suelo.

Saraa, una niña de siete años es la protagonista de Tu amor es infinito. ¿Qué se espera de una niña de esa edad? Juegos, travesuras, amor infinito y felicidad. Algo tan simple como querer y ser querida. Sin embargo, no es tan sencillo. Saraa, cuyos problemáticos padres están sumergidos en un eterno proceso de divorcio, es enviada a casa de sus abuelos a pasar el verano. Se supone que los padres quieren lo mejor para sus hijos, se supone también que los abuelos quieren lo mejor para sus nietos. Con esta novela todo es un suponer, por eso nos deja con la boca abierta, mudos y sin poder parar de leer esta historia.

Saraa no parece ser digna de ser querida, ni  por sus padres, ni por sus abuelos. El calor que se supone que debía protegerla en casa de sus abuelos se convierte en un infierno para la niña. Y entonces nos damos cuenta del horror: incesto, palizas, abusos sexuales, engaños y dolor, mucho dolor.

Lo que ocurre es que todo este horror lo vivimos bajo la inocente perspectiva de Saraa. Y eso quizá sea lo más doloroso de todo. Una niña que sólo desea que la quieran, que no entiende los juegos del abuelo, pero que daría todo por complacerle. Una niña que quiere sentirse querida por su abuela, en lugar de recibir tanto desdén. Saraa, que espera acariciar a su madre, jugar con su padre. Una pequeña de siete años que no pretende ser más que eso, una niña.

A través de la imaginación, Saraa encuentra su propia forma de evadirse de ese sinsentido. Dibuja un círculo en el suelo, se mete dentro de él et voilà, ya nadie puede hacerle daño. Entonces la imaginación vuela y leemos los pasajes más hermosos del libro, dejándonos llevar por ella, buscando también ese amor infinito que todos los niños merecen.

Qué genial sorpresa encontrar libros así. Cuánta belleza y cuanto dolor caben en 205 páginas. Qué necesaria esta novela para valorar lo que tenemos.

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Un libro largo de cuentos cortos, de Etgar Keret

Un libro largo de cuentos cortos

Un libro largo de cuentos cortos

Es un día de agobiante calor y te encuentras caminando por una larga carretera donde ni siquiera a lo lejos se ve una sombra, no hay ni un árbol, ni tampoco un cobijo que te pueda proteger de las primeras gotas que empiezan a caer de la tormenta. Te acurrucas en el arcén como te enseñaron de pequeño que debes hacer durante una tormenta en el campo. Las primeras gotas, suaves, mojan tu cabeza y tu espalda, parecen calentarte más que refrescarte, hasta que el aguacero se posa encima tuyo, y el golpeteo de las gotas te empapa, te refresca, te invade por cada parte de tu cuerpo; y ya te sientes aliviado, así que te tumbas, brazos en cruz, y disfrutas de las gotas que ves caer sobre tus ojos, sentir sobre tu pecho y saltar sobre tus piernas. Algunas son grandes, otras diminutas, otras explotan, otras parecen color tierra, otras son ásperas, algunas te hacen reír, las últimas, al entrar en tus ojos, te hacen llorar. Así te sientes con “Un libro pequeño de cuentos cortos”, como el que recibe esa densa capa de gotas, convertidas en cuentos que a veces son diminutos, a veces largos como lágrimas en la mejilla, y otras veces explosivos como gordas gotas de chaparrón de verano; por ello esas narraciones parecen primero mojarte y luego te empapan, te revientan en los ojos y en en la mente, y te entran por los oídos hasta que el cerebro flota en un liquido amniótico lleno de historias, caídas, suicidios, fantasías, guerras, peleas, viajes, soledades, amores queridos u olvidados, rencores, humor negro, lugares fantasmales, sitios inusuales, paraísos artificiales, situaciones tan improbables como la lluvia en el desierto, tan normales como una inundación de lagrimas; todos esas cosas juntas alimentan tu imaginación, provocan a tu intelecto, lo retan como esas nubes al desierto, imaginándolo lleno de verde, al menos por unos días, por toda esa lluvia que cae y está por caer.

Un libro largo de cuentos cortos” son los cuentos completos, hasta ahora, de Etgar Keret, lo componen: “La chica sobre la nevera y otros relatos”, “Pizzería Kamikaze y ortos relatos”, “Un Hombre sin cabeza y otros relatos” y “De repente llaman a la puerta”. Como en toda recopilación de este tamaño hay cuentos muy diversos que pueden gustarte más o menos, sin embargo lo que me importa cuando leo un libro de relatos es, y la imagen que inicia la reseña no es trivial, lo que me dejan las historias, lo que me moja -lo que me bautiza-, lo que me cuentan; hasta dónde me llegan sus personajes, sus pensamientos, su manera de contar y, sobre todo, qué color, qué olor, qué matiz, qué fervor, qué rabia tiene la voz que me está hablando desde sus páginas; me gusta saber cómo gritan sus truenos, cómo alumbran sus relámpagos. Y esa voz de Etgar Keret es directa, limpia, fácil, irónica, cruel, sagaz, dubitativa y, a la vez, sabia; por ello es lo suficientemente atractiva y brillante como para merecer seguir sus cauces; esos que él recorre como judío israelí que habla de su realidad: desde lo que le rodea social y físicamente, hasta lo que no lo envuelve porque no existe. Hay dos mundos en estos cuentos -hay muchos, pero creo que se resumen en dos-: está lo que probablemente existe y está lo que nunca existirá. El primero es el mundo recreado en los paisajes que en los que vive o que ha visitado, y el segundo son los sitios imaginarios, los universos paralelos que nacen del ingenio de Keret, y que están más cercanos al simbolismo, y rellenos de mordacidad, que a un puro ejercicio literario imaginativo. Y estas son unas de las cosas que más resaltan -según mi opinión- en el libro: relatos sobre personajes reales puestos por la vida en una situación y un lugar sorprendente, y tan astutamente irreal que parece lo contrario: verídico como un cuento de Perrault que, cuando eras muy pequeño, te hacía querer mirar con suspicacia los dientes de tu abuela embozada en la cama.

Los protagonistas de Keret casi siempre están en acción con el aire en la nuca o con los pensamientos en circulación; como el antiguo pueblo judío parece que nunca están en reposo. Pero, en contraste con ese aire enorme que parece mover el cabello de los protagonistas, los temas, lo que explica, lo que parece no mover las pesadas botas llenas de las tierras que pisan sus hombres y mujeres, son cosas pequeñas, partículas de polvo en movimiento, retazos de ideas o de pasión o de tristeza que brotan de los sentimientos de los hombres, mujeres o niños de los que se habla. Que sean importantes o insignificantes para que el que los lea, es igual, son importantes para ese instante, para esa relación, para ese paso por el mundo, para esa especie de gota que todo contiene que te ha golpeado la coronilla. Así, parecen historias minúsculas pero que realmente son las que mueven la vida: son miradas perdidas, fotos que no debían estar allí, regalos que no llegaron, amores que no consiguieron seguir adelante, soldados que se pierden en la guerra, muertos que no volverán, viajes perdidos, ángeles de la guarda muy terrenales, un hombre que conducía con los ojos cerrados, suicidios poco probables, niños que buscaban huevos de dinosaurio, una pareja que se conoció demasiado tarde, una hucha de cerdito muy querida, un niño demasiado educado, el hombre que paraba la vida para hacer el amor, diosas griegas venidas a menos… Palabras mínimas, pensamientos casi esquivos, ideas pequeñas como perlas, que juntas van creando una avenida, una borrasca, de oportunidades para la sorpresa y, muchas veces, la ironía.

Hablar sobre una libro de cuentos es difícil, y más sobre estos que son muchos y cortos; sin embargo hoy me ha resultado fácil, porque no hay nada de lo que cuenta Keret que me sea ajeno. A pesar de que todos sus personajes son judíos, distantes en cultura y en la vida, con edades que no comparto, con modos de vida que no he vivido; a pesar de ello, los entiendo porque al final habla sobre vivir y morir, sobre reír y llorar, sobre amar, odiar, cantar, ganar, perder, resbalarse, lamentarse, saltar, suicidarse, patalear, vengarse…Sobre lo básico de los minutos de existencia compartida con esas vidas lejanas; tan parecidas a las tuyas, que al final parece que nada cambia excepto paisajes y nombres. Y lo hace con una mirada suspicaz e irónica que parece no darse por vencida, no dejarse llevar por delante por la riada, pero, eso sí, se deja mojar aunque sea con las risas o las lágrimas de sus semejantes.

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Quince perros, de André Alexis

Quince perros

Quince perros¿La inteligencia es un don difícil de manejar o solo una calamidad que a veces resulta útil? Quizá los humanos no tengan ningún mérito especial, por muy superiores que se sientan respecto al resto de seres vivos. Al menos eso es lo que debaten los dioses Hermes y Apolo, mientras se emborrachan en una taberna de Toronto.

«Me pregunto qué pasaría si los animales tuviesen la inteligencia de los humanos», dice Hermes. «Me apuesto un año de servidumbre a que serían aún más desgraciados que ellos», contesta Apolo. «Acepto la apuesta —responde Hermes—. Pero con una condición: si al final de sus vidas una sola de esas criaturas es feliz, gano yo». Y, de esta forma, la vida de quince perros que pasan la noche en una clínica veterinaria queda en las manos de estos ociosos dioses, al ser los elegidos para recibir el don de la inteligencia. Así da comienzo Quince perros, de André Alexis, una fábula donde unos perros de distinto pelaje y condición nos muestran lo mejor y lo peor de las naturalezas canina y humana.

Al igual que los humanos, no todos los perros sabrán o querrán hacer uso de su capacidad. Mientras un chucho inventa poemas —fascinado por cómo percibe el mundo de repente— o un caniche entabla amistad con una humana —esta vez, de igual a igual—, otros canes, en plena crisis de identidad, deciden ignorar su raciocinio y seguir siendo como antes, aunque sus comportamientos naturales ahora solo sean ritos desesperados por no perder su esencia canina. Unos y otros buscan su sitio, mientras los dioses se entrometen en sus destinos para ganar su particular apuesta. Con la vida y muerte de cada uno de los quince perros, Hermes y Apolo acabarán comprendiendo que la inteligencia y felicidad son variables complejas que ni siquiera ellos, con su omnipotencia, son capaces de encaminar.

Quince perros me trajo a la memoria la magistral Rebelión en la granja, de George Orwell, donde los animales se corrompían a medida que se iban pareciendo a los humanos, o incluso El señor de las moscas, de William Golding, por la imposición que llevaban a cabo algunos de los niños protagonistas de una determinada jerarquía y organización social. Sin embargo, André Alexis ha conseguido un relato diferente, único, y eso se percibe desde la primera página. A través de las vivencias de los quince perros, nos adentramos en su psicología animal, en el irremediable choque entre sus instintos y la razón y en su percepción del mundo humano.

Como decía Mahatma Gandhi, el progreso moral de un pueblo puede juzgarse por la manera en la que trata a los animales, y según estos perros, el comportamiento de los seres humanos deja bastante que desear. Aunque el de ellos con su manada esté lejos de ser mejor, ya que la violencia premeditada que llegan a ejercer es aún más cruel que la irracional que les caracterizaba antes. Y es que, quizá, la inteligencia solo sea un medio para desarrollar nuestra forma de ser innata y ninguna especie esté libre de un lado oscuro. Pero hasta en el lado más oscuro puede surgir un rayo de esperanza, como demuestran varios de estos perros. Ellos nos enseñan que la inteligencia es un don maravilloso cuando sirve para superar obstáculos y acercarse a los demás, y que la calamidad solo lo es realmente cuando nos dejamos vencer por ella.

Las desventuras de estos perros me han emocionado y me han estremecido, me han hecho reír y me han hecho pensar. Por eso, la lectura de Quince perros se ha quedado rondando por mi cabeza y hurgando en mi corazón durante días, y presiento que pronto se agazapará en un rincón de mi memoria para quedarse por siempre allí. Esa es la grandeza de algunos libros, de muchos animales e, incluso, de más de un humano.

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El cielo sobre Berlín, de Sebastiano y Lorenzo Toma

El cielo sobre Berlín

El cielo sobre Berlín

Todos sabemos que los ángeles de la guarda son dulce compañía, y no nos desamparan ni de noche ni de día. El amparo que ofrecen , sin embargo, acostumbra a ser menor del que de verdad necesitamos, lo cual, unido al hecho de que sólo los niños son capaces de verlos, hace de los ángeles unos grandes incomprendidos.

Ese gran desconocimiento de los ángeles ha tenido a menudo consecuencias indeseadas en en determinadas expresiones artísticas, donde con frecuencia se les ha retratado con intolerable ñoñería. No, los ángeles no son como los pintaba Murillo, ni se parecen al Michael Landon de Autopista hacia el cielo. Quizá Frank Capra se acercó algo más a la esencia angélica con el personaje de Clarence en ¡Qué bello es vivir!, pero todos ellos se equivocaban en sus expectativas.

Hace casi treinta años, Wim Wenders deslumbró al mundo con su película El cielo sobre Berlín, una sorprendente historia en la que nos presentaba a Damiel y Cassiel, dos de los muchos ángeles que, en su eterno deambular, pululan por Berlín, observando y escuchando a sus felices, aburridos o atribulados habitantes. Hoy Sebastiano Toma y su hijo Lorenzo retoman y actualizan la obra de Wenders, y nos regalan una versión magistral y bellísima de esta historia poética, profunda y universal.

En El cielo sobre Berlín ha desaparecido el muro, y nuestra vida ha sido colonizada por la tecnología, pero mortales e inmortales, humanos y ángeles, siguen igual que al principio de los tiempos. Los segundos, en su existencia eterna, recuerdan en sus charlas cómo vieron nacer la primera mañana, el día en que el río encontró su lecho, una pelea entre dos ciervos, la aparición de los homínidos, o cómo hace cuarenta años un caza soviético se estrelló cerca de Spandau. Los mortales, aislados dentro de incontables muros, se hablan a sí mismos, se preguntan qué pueden hacer para cenar o qué va a ser de sus hijos, lamentan su absoluta soledad o el atasco que les va a hacer llegar tarde al trabajo. Sólo los ángeles pueden oír sus lamentos, pero ¡ay!, no pueden intervenir, pues el amparo que nos dan no va más allá de la comprensión ante nuestras cuitas y el consuelo en nuestra hora final.

Tras visitar un edificio en el que detecta “un concierto de penas de amor en tono menor”, Daniel explica a su alado compañero que su eterna existencia espiritual le resulta excesiva, y que anhela tener fiebre, ensuciarse los dedos con el periódico, entusiasmarse “con una comida, con el contorno de una nuca, con una oreja, mentir como un bellaco, sentir que el esqueleto se mueve al caminar”, y, sobre todo, “intuir, por fin, en lugar de siempre saberlo todo”. En definitiva, Daniel quiere ser mortal, deseo que se acentúa cuando conoce a Marion, una trapecista a punto de quedarse sin trabajo.

Toda recreación de obra de arte que se precie debe aportar algo nuevo a la original. En ese sentido, El cielo sobre Berlín no es una simple adaptación literaria de la película de Wenders. Antes al contrario, Sebastiano y Lorenzo Toma han creado, con sus impresionantes ilustraciones, una obra de arte única y, paradójicamente, tan original como la película en la que se basa. Los retratos de los personajes, realizados a partir de fotografías, se sitúan en unos escenarios que nos llevan por todo Berlín, desde la puerta de Brandemburgo hasta el Monumento al Holocausto, pasando por un autobús o un cruce de calles donde las prostitutas ofrecen sus servicios. La creatividad de los autores al combinar personajes y lugares, las perspectivas, los juegos de sombras, la variedad de trazos, y los cuatro colores empleados (negro, blanco, gris y ocre), hacen de este libro una joya de la ilustración. De hecho, al escribir estas líneas, no dejo de pasar las páginas adelante y atrás, recreándome en detalles como el de las cámaras del metro captando por primera vez el cuerpo de Daniel, o en la tristísima despedida del motorista accidentado.

Hay ángeles que quieren ser mortales, y hay hombres, como ese Homero que deambula por Berlín, que a través de la poesía alcanzan la inmortalidad. Este precioso libro nos demuestra que la misión de unos y otros es la misma:

Nómbrame a los hombres y mujeres y niños que me buscarán a mí, a su narrador, a su cantor y corifeo, porque me necesitan más que nada en el mundo.

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El idiota, de Fiódor M. Dostoievski

El idiota

El idiotaUna vez oí a un profesor universitario decir que a don Quijote le llamaban loco porque anteponía siempre el bienestar de los demás al suyo. Ha sido inevitable que recordara esa frase porque algo parecido le pasa al príncipe Myshkin, al que todos toman por idiota. Y no es baladí la comparación entre ambos personajes, ya que en El idiota de Fiódor M. Dostoievski se hace más de una alusión al célebre Caballero de la Triste Figura. Ni don Quijote ni el príncipe Myshkin son simples protagonistas abocados por su propia locura o idiotez a una sucesión de acontecimientos de los que no salen bien parados, sino que sus historias son el reflejo de una época, una sociedad, unos ideales y, a fin de cuentas, una explicación universal de la condición humana. De ahí que tanto la obra de Cervantes como la de Dostoievski se hayan erigido como clásicos de la Literatura.

El idiota es como un pequeño teatro. Unos pocos escenarios y numerosos personajes yendo y viniendo, enredándose en interminables diálogos o soltando largos monólogos. También hay una trama, principalmente amorosa, pero lo importante en esta historia son los pensamientos y actitudes de sus extravagantes personajes. Aunque de distinta condición y procedencia, la mayoría tienen en común la falta de objetivos vitales más allá del enriquecimiento material, viven sumidos en intrigas, dando y pidiendo explicaciones en todo momento y reivindicando derechos y libertades, a pesar de no aportar nada a los demás. Gente vacía, mediocre, incapaz de enfrentarse a su pasado ni a sus conflictos interiores, corrupta y hasta perversa; una muestra de la decadencia política, social y espiritual que Dostoievski percibía en la Rusia de 1860, a raíz de los cambios provocados por la industrialización.

La llegada del príncipe Myshkin a sus vidas, un hombre empobrecido, solitario y ensimismado en sus reflexiones, es la nota discordante en esa sociedad en declive. Sufre una dolencia nerviosa similar a la epilepsia, es ingenuo como un niño, habla sin filtros de cualquier tema y expone sus sentimientos sin reparo, provocando la burla o la vergüenza ajena en el resto de personajes de la novela. Un ser puro que, a pesar de los insultos que recibe, permanece en ese círculo tóxico, con la esperanza de ayudar a esos hombres y mujeres, que de tanto confiar en la razón y el dinero para alcanzar la felicidad, se han olvidado del bien.

Una y otra vez aguanta que lo llamen idiota: por ser siempre sincero, por dar lo que tiene sin pedir explicación, por disculpar las humillaciones, por seguir confiando en ellos aun sabiendo que le engañan. Lo llaman idiota incluso cuando es él el único que percibe sus verdaderos sentimientos, esos que tan desesperadamente tratan de ocultar ante los demás y ante sí mismos, o cuando habla de la vida y de la muerte con tal perspicacia que los deja desarmados. Lo llaman idiota porque es un hombre diferente y son ellos quienes no lo entienden.

El idiota puede leerse como el infructuoso regreso a Rusia del príncipe Myshkin, tras años de estancia en Suiza tratándose su enfermedad, y la sucesión de intrigas amorosas en las que se ve envuelto, o puede verse como una reflexión filosófica sobre el destino incierto de Rusia y sobre el ser humano, cada vez más alejado de la moral. Se opte por una lectura u otra, o por ambas a la vez, no resultará tarea sencilla, pues la literatura rusa no suele serlo. No obstante, quien se aventure a leer, con tiempo y ganas, estas casi 900 páginas, sufrirá un fuerte revés en su conciencia. «¿Sería yo uno de los idiotas que llamaría idiota al idiota?», se preguntará de repente. Y, quizá, no le guste la respuesta. Pero nada está perdido si sigue leyendo, dispuesto a aprender algo de ese entrañable idiota.

Y es que, en la literatura y en la vida, faltan más Myshkins y Quijotes y sobran, sobre todo, demasiados idiotas que se niegan a escucharlos.

 

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Trescientos poemas de la dinastía Tang, de Literato solitario del estanque fragante

Trescientos poemas de la dinastía Tang

Trescientos poemas de la dinastía TangCualquier obra capaz de abarcar lo inabarcable merece reconocimiento y elogio y Trescientos poemas de la dinastía Tang es sin duda uno de los escasos ejemplos que podría citar. Es inabarcable no sólo por la dimensión del objeto de estudio de la obra, tan inmensa que reconozco que hasta leer el magnífico prólogo del profesor Guojian Chen, responsable de esta edición, no me resultaba ni tan siquiera imaginable. Dicen que los chinos han escrito tanta poesía, probablemente más, que el resto de la humanidad junta. Tras leer este libro uno se lo cree.

La dinastía Tang abarca los años comprendidos entre el 618 y el 907, lo que se calcula que incluye a unos 7.850 autores y unos 208.386 poemas (la exactitud de la cifra me hace pensar que estos son los registrados, aquellos de los que aún tenemos constancia, que siempre son menos de los escritos) y la recopilación original, que corrió a cargo de Literato solitario del estanque fragante, trató de resumir esa época dorada en trescientos poemas a los que el profesor Chen ha añadido unos cuantos más cuya inclusión era, a su juicio y al parecer del de la comunidad de expertos, necesaria. Algunos de los poetas más destacados que el lector encontrará en las páginas de Trescientos poemas de la dinastía Tang son Li Bai, Du Fu, Wang Wei y Bau Juyi, que representan la cumbre de la poesía tradicional china. Sigue leyendo Trescientos poemas de la dinastía Tang, de Literato solitario del estanque fragante

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Dios es rojo: La historia secreta de cómo el cristianismo sobrevivió y floreció en la China comunista, de Liao Yiwu

Dios es rojo

Dios es rojoSaben, y los saben porque son lectores tan fieles como atentos, que siento una cierta debilidad por Liao Yiwu. Nuestros caminos (y los suyos) se han cruzado en Librosyliteratura ya en varias ocasiones y se han materializado en las reseñas de El paseante de cadáveres y Por una canción, cien canciones, de modo que Dios es rojo no debería pillarme por sorpresa. Pero sí que sorprende, vaya si lo hace. Empezando por un cuestión numérica, uno piensa que no hay mucho espacio para el cristianismo en un lugar como China y de hecho el propio libro la define como una religión minoritaria que apenas profesa el cinco por ciento de la población. Poca cosa. 70 millones de personas, ciudadano chino arriba, ciudadano chino abajo. Así que la línea de salida es tan interesante como que en China hay más cristianos que, por poner un ejemplo al azar, en España. Pero además no es una obra militante, el autor se reconoce como no creyente pero eso mejora sustancialmente la novela que no es proselitista en lo que a las creencias religiosas se refiere. Eso si no consideramos el amor por la libertad como una religión, claro.

Liao Yiwu sigue el mismo método que utilizara en el paseante de cadáveres, que consiste en una serie de entrevistas que pasan por ser una muestra representativa de aquello de lo que se habla, lo cual redunda en una fluidez narrativa que facilita la lectura de una obra que con otro enfoque podría haber resultado más árida. Las estampas de las vidas de los cristianos chinos que llenan estas páginas son muy emotivas, pero son más interesantes. Y lo son no por la  vertiente de martirio o de lucha que está presente en sus vidas, sino porque son un lado desde el que rara vez se ha contado la historia de un sitio tan interesante como China. Dios es rojo ayuda a comprender China, lo cual no es necesariamente edificante pero sin duda sí es necesario.

Hay muchos testimonios de diferentes generaciones. La visión cristiana de muchos de ellos no es equiparable a la de los países occidentales en el sentido de que tienen muchos problemas propios (la existencia de una iglesia gubernamental, por ejemplo). Incluso la obsesión de algunos de ellos por cuestiones materiales, la devolución de bienes incautados, resulta poco cristiana a nuestros ojos, aunque muy china por otra parte.

Pero lo que más me gusta de Dios es rojo es básicamente lo mismo que me gusta de Liao Yiwu, su honestidad. El retrato de los personajes a los que entrevista no es tendencioso ni panfletario y lo mismo se puede decir del de la sociedad que retrata y su evolución histórica. China es un país inabarcable del que lo único cierto que me atrevo a decir es que ostenta el dudoso honor de haber sido capaz de reunir en una única realidad lo peor de los dos mundos que la referencian, un materialismo desmedido que acomplejaría al más neoliberal de los occidentales y una falta de libertad que no envidiarían tiranos ciertamente destacados en la historia. Tal vez la única manera de comprenderla o al menos de mirarla sea hacerlo como lo hace Liao Yiwu, a través de las vidas de quienes la viven.

Dios es rojo no es un libro sobre religión. No sería ninguna deshonra que lo fuera, desde luego, pero es un libro sobre personas que viven situaciones excepcionales y conocer ambas, a las personas y a las situaciones, es un privilegio que debemos agradecer a Liao Yiwu y a quienes le prestan su voz en condiciones en las que hacerlo no es fácil, por no decir que es peligroso. Leerlo no sólo es interesante, sino que es el merecido homenaje que les debemos a esas personas.

 

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Un amor que destruye ciudades, de Eileen Chang

Un amor que destruye ciudades

Un amor que destruye ciudadesNo es difícil describir Un amor que destruye ciudades, lo complicado es transmitir la sensación de asombro, admiración e incluso incredulidad que provoca este pequeño y deslumbrante libro, sorprendentemente moderno para ser de 1947. Eileen Chang, autora que me era desconocida, es probablemente la pieza que faltaba para completar el puzzle de la literatura china contemporánea, de la que nos llega quiero decir, porque es una autora diferente, muy libre, supongo que para los estándares de su época incluso descarada. Si tuviera que establecer algún paralelismo con una referencia más habitual entre nosotros me atrevería a definirla como la Dorothy Parker china. Como nadie me obliga a hacer tal cosa prefiero referirme a ella sin comparaciones, Eileen Chang, una autora capaz de emocionar y divertir con armas tan brillantes como intemporales.

Hay dos historias dentro de Un amor que destruye ciudades, la que le da título y un breve relato llamado “Bloqueados”, que narra un fugaz encuentro en un tranvía durante un atasco de tráfico en el que se sienten tantas cosas que bien podría decirse que nace una vida alternativa que desaparece según el tranvía se pone en marcha, pero que no por ello es menos real ni emocionante. Pero aunque es una historia francamente entrañable no es esta sino la primera de ellas la que ocupa la mayor parte del volumen y del recuerdo que deja el libro.

Un amor que destruye ciudades transcurre entre Shanghai y Hong Kong, lo que tal vez explique en parte su singularidad, y narra la experiencia de una viuda de una familia tradicional que se descubre buscando la felicidad cuando creía buscar la estabilidad y que para ello debe confrontar dos mundos, el suyo interior con el de los convencionalismos sociales que lo impregnan todo. Una muestra de hasta qué punto la familia de origen de la protagonista es tradicional (y más cosas, aprovechada e hipócrita entre ellas) es el recurso narrativo que la autora utiliza para referirse a sus integrantes: “la segunda cuñada”, “el tercer señor”, “la cuarta hermana”, etc. El punto de partida de la narración es la noticia de la muerte del marido de la protagonista, del que esta se había separado, y los intentos de aprovechar económicamente su recién estrenada condición de viuda por parte de esa familia que en su momento la acogió en su seno pero que en ese instante, una vez que se han gastado su dinero (detalle nada trivial), se ha convertido en un estorbo.

La trama de intentos de matrimonios concertados que se intentan negociar discurre por caminos insospechados, uno de ellos el amor. Un amor que, efectivamente, destruye ciudades aunque en esa tarea ciertamente le ayuda el estallido de una guerra, que a su vez además de ciudades destruye convencionalismos. El amor es una fuerza de la naturaleza, qué duda cabe, pero el afán de supervivencia no es una especialmente pequeña.

Un amor que destruye ciudades es una novela pequeña en cuanto a su tamaño y entre su brevedad, el interés del retrato de la sociedad en que se desarrolla y el fluido, divertido y chispeante estilo narrativo de la autora se trata de una obra sumamente recomendable. Especialmente si desean asomarse a China con unos ojos nativos pero diferentes de lo habitual.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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A mí, señoras mías, me parece, de Florence Delay

A mí, señoras mías, me parece

A mí, señoras mías, me pareceEl libro es una joya. Y no es una metáfora, A mí, señoras mías, me parece es, literalmente, una explosión de color. Cuando lo coges para mirar la cubierta y la contra, parece un libro al uso, pero al abrirlo descubres que sus escasas 90 páginas están repletas de reproducciones de pinturas renacentistas a todo color y de gran calidad. Es un libro de arte hecho a escala, de 13 por 21 cm, cultura de bolsillo.

Pero no solo quiero hablar de su formato y de las imágenes cuidadosamente tratadas por Acantilado para esta edición. El texto de A mí, señoras mías, me parece, al que acompañan precisamente las imágenes de las que hablaba arriba, es también una obra de arte. El subtítulo del librillo, Treinta y un relatos sobre el palacio de Fontainebleau, aclara el contenido para todos los despistados (yo la primera) por el enigmático título.

Y, ¿a qué viene ese título que nos suena tan extraño? Florence Delay, la autora, cuenta en el epílogo que “a mí, señoras mías, me parece” era la fórmula con la que Margarita de Angulema, una de las muchas Margaritas que se mencionan en el libro, hacía comenzar las narraciones de las damas en su obra Heptamerón. De este modo, la autora, ha retomado la fórmula mágica para dar voz a las damas silenciadas que aquí tienen la oportunidad de contar su historia. Porque los treinta y un relatos que componen este libro hablan de damas, sí, señores y señoras, de damas.

A mí, señoras mías, me parece repasa cien años de la historia de Francia a través de la construcción del palacio de Fontainebleau, que comenzó con Francisco I y su castillo en medio del bosque y culminó con Enrique IV, quien lleva al palacio a su máximo esplendor. Y todo esto Florence Delay lo cuenta desde los ojos de las damas que lo habitaron. Damas reales, de carne y hueso, como las reinas Margarita de Valois, de la que Alejandro Dumas hace un retrato tan maravilloso como ficticio en La reina Margot, o Margarita de Angulema, autora del ya mencionado Heptamerón. Y también damas de estuco, mármol, madera o óleo, como las que pueblan los techos, saleros, columnas, bajorrelieves, frisos y tapices de cada rincón de Fontainebleau.

Todas estas damas, ninguneadas por historia, y pasadas, con suerte, a un segundo plano, alzan la voz en A mí, señoras mías, me parece y cuentan, con acierto y elegancia, su versión de los acontecimientos. El libro está plagado de anécdotas que, pese a su aparente superficialidad, fueron decisivas para la historia de Francia del siglo XVI: el amable beso que una joven Diana de Poitiers le da a un niño que más tarde subirá al trono y la convertirá en una de las mujeres más poderosas de Francia, el servicio de inteligencia que Catalina de Médicis forma con sus bellas damas de honor, Gabrielle de Estrées muriendo por comer un limón envenenado…

Florence Delay que, por cierto, es miembro de la Academia Francesa y a la que los cinéfilos reconoceréis como la Juana de Arco de Bresson, además de tomarle prestada la fórmula para el título a Margarita de Angulema confiesa que ha querido seguir el tono del Heptamerón en esta obra breve. Y, si os arriesgáis a echarle un vistazo al texto de la reina Navarra, veréis que así es. El tono del libro es variable, inquieto, ameno y refinado sin perder nunca el sentido del humor.

En definitiva, A mí, señoras mías, me parece es una obra maravillosamente escrita, ilustrada y editada que te acerca de una manera novedosa a uno de los periodos históricos más interesantes del país vecino. Ha sido un auténtico placer leerla, madame Delay.

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El olmo del Cáucaso, de Jiro Taniguchi y Ryuichiro Utsumi

El olmo del Cáucaso

El olmo del CáucasoMira tu mano. ¿Qué ves?
Ante ti tienes pura ingeniería. El instrumento mejor diseñado por la naturaleza. Pequeños huesos, músculos y ligamentos que junto a sus 29 articulaciones son capaces de hacer que la mano genere todo tipo de movimientos, revelando así, en algunas ocasiones, más sentimientos que el propio rostro humano. Lo cual no es difícil si eres Sylvester Stallone. La mano es un mecanismo tan complejo como extraordinario, capaz de manipular todo tipo de objetos y ofrecerte un agarre único en las situaciones más peliagudas. La mano es esa que muestra la destreza suficiente para asir un lápiz con la medida adecuada entre suavidad y firmeza con la finalidad de crear letras; de igual forma es esa que se cerraba dentro de un guante de boxeo para golpear de forma contundente, con el fin de derribar oponentes, y llevar a Muhammad Alí hasta sus 56 victorias.
Vuelve a mirar tu mano. ¿Qué ves?
Si eres dibujante posiblemente veas una pesadilla. La mano es ese objeto del mal constituido de poliedros, triángulos, óvalos y hasta circunferencias que puede conseguir arruinarte la obra de arte que ya casi tenías terminada. Solo algunos pocos elegidos son capaces de dibujar estas herramientas carnosas de cinco dedos sin que parezcan aberraciones de la naturaleza surgidas de los enfermizos relatos de Lovecraft. Jiro Taniguchi es uno de ellos. Las manos que él ilustra son bellas y atesoran la capacidad del lenguaje no verbal; hablan de saludos y susurran caricias.

Y si de manos seguimos hablando hablaré de lo lejos que queda aquella vez que en las mías cayó aquel cómic de tres tomos titulado El almanaque de mi padre. Por aquel entonces en el manga reinaban los rostros de grandes ojos y las bocas de piñón. Hombres musculados y mujeres de desproporcionados atributos sexuales protagonizaban historias de corte fantástico o de ciencia ficción, en las que la violencia campaba a sus anchas. No os estoy descubriendo nada nuevo, ni siquiera me estoy quejando (engullí, y sigo engullendo, ese tipo de cómics con gusto), solo evidencio un hecho de aquella época. Pero aquel manga, que contaba las vicisitudes de una familia a lo largo de los años, con un dibujo fuertemente enraizado al cómic europeo, me mostró que en lo referente al seinen (o manga para adultos) había más alternativas.
Antes de llegar hasta El olmo del Cáucaso y otras historias de Jiro Taniguchi se cruzarían en mi camino, como Barrio Lejano, Sky Hawk o Cielos radiantes. Enseñándome que este prolífico mangaka, aunque se encontraba más cómodo relatando historias costumbristas, era capaz de dibujar samuráis, indios y vaqueros que luchaban por un ideal, perros salvajes de lealtad consumada o hasta naves espaciales y paisajes post-apocalípticos, como en Crónicas de la nueva era glacial, que dejaban al lector con el culo congelado. Pero con El olmo del Cáucaso Jiro Taniguchi, que esta vez comparte tareas con el novelista Ryuichiro Utsumi, el cual se encarga del guion, vuelve a esas historias intimistas en las que pasan cosas usuales pero que gracias a ese aura casi onírica que les otorga consigue dejarte ensimismado hasta el final del relato.

El tándem funciona, y es que mientras Ryuichiro Utsumi narra historias de vidas complejas con una prosa muy cercana a la fábula, Jiro Taniguchi vuelve a confeccionar un dibujo sublime, con primeros planos de esos rostros de trazo limpio a los cuales otorga más luminosidad al difuminar el fondo o simplemente dejándolo totalmente en blanco. Y esa meticulosidad que muestra en poblar cocinas de utensilios, cuartos de estar de adornos, ciudades de vida y naturaleza de movimiento. En definitiva, dibujos en blanco y negro que son capaces de evocar colores.
Este tomo, excelentemente reeditado por Ponent Mon, se compone de ocho relatos; todos marcados por las decisiones que tomamos en la vida. Relatos repletos de pequeñas dudas existenciales o de complicadas encrucijadas que solo tras el paso de varios años sus protagonistas son capaces de dilucidar el camino a seguir. Como en El reencuentro, donde un hombre que se desentendió de su familia, y tras una grata casualidad, tiene la oportunidad de enmendar sus errores. ¡Bienvenidas sean las segundas oportunidades! O en El olmo del Cáucaso, la primera de las historias que además da nombre al compendio, donde los autores consiguieron hacerme sufrir por el destino de un árbol (¡de un puto árbol!) hasta el último momento. ¡La esperanza jamás debe perderse! O En Los alrededores del museo, donde nos muestran que las exiguas perspectivas de felicidad ante una vida que ya parece caduca se trastocan con la llegada de un inesperado amor. Oh la la, c’est l’amour! O en Atravesando el bosque, mi relato favorito (aquí donde me veis soy un blando al cual el corazoncito se le derrite ante historias protagonizadas por perros e infantes) donde el hermano mayor, que ha madurado a la fuerza y de forma injusta, intenta proteger al pequeño de ese mundo en ocasiones cruel. ¡Cuánto drama, y a su vez cuánta fe en el ser humano!

Ahora vuelve a mirarte la mano.
Manos que se tienden para ayudar: “Hiroshi agarró con fuerza la mano de Yôji y continuó andando con la boca firmemente cerrada.”
Manos que enjugan lágrimas: “Sin querer, de improviso, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas
Manos que buscan la reconciliación y manos que dan golpecitos amistosos en la espalda.
El olmo del Cáucaso es como tu mano, una obra de ingeniería que funciona a la perfección. Un conjunto de historias, trabajando todas ellas, como una maquinaria bien engrasada, con un solo propósito: conseguir hacerte reflexionar sobre las cosas que realmente importan en esta vida.

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Vernon Subutex 1, de Virginie Despentes

Vernon Subutex 1

Vernon Subutex 1Cuando pensamos en París, por muchas veces que hayamos estado y la conozcamos bien, siempre nos vienen a la mente las mismas imágenes: la Torre Eiffel, Montmartre, el Sena, la plaza de la Concordia…

Bien, quiero adelantaros que no encontraréis nada de eso en Vernon Subutex 1, la última novela traducida al español de Virginie Despentes. La novela de Despentes, como todas sus obras, tiene poco que ver con esa Francia romántica de agencia de viajes y exuda sátira, rock y autenticidad por todos sus costados.

Vernon Subutex 1 es una novela coral en la que la autora da voz a una legión de personajes -ricos, pobres, mujeres, hombres, heteros, LGTBIQ, autoproclamados de derechas, de izquierdas, católicos, musulmanes- para conformar un cuadro del París actual. Este cuadro siempre rota alrededor del personaje que da nombre a la novela: Vernon Subutex.

Pero, ¿de qué va Vernon Subutex 1? La novela empieza, por supuesto, con Vernon. Se nos presenta como un ex vendedor de discos en plena decadencia. Con la crisis en la industria de la música, tuvo que cerrar la tienda y, después de varios años viviendo de trabajillos y de la ayuda de amigos, le desahucian de su piso. Cuando los funcionarios del Estado vienen a echarle, Vernon solo puede llevarse una bolsa con algunas de sus pertenencias y, pensando que puede sacar algo de dinero de ello, coge unas cintas de vídeo que Alex Bleach, un famoso cantante que fue amigo suyo, grabó en su casa meses antes de suicidarse. A partir de ese momento, Vernon tira de Facebook y se las ingenia para hacer coachsurfing en casa de conocidos y amistades durante unas semanas.

La genialidad de Despentes reside en que no cuenta la historia siempre desde la mirada de Vernon, sino que cada vez que presenta un personaje nuevo, la autora nos muestra cómo es la realidad a través de sus ojos. Y lo hace de un modo extraordinario. Mediante este recurso, vemos lo que los personajes piensan los unos de los otros, cómo se contradicen, comprobamos que lo que sentimos hacia los demás casi nunca es bidireccional y que la imagen que tenemos de nosotros mismos no suele coincidir con la que el mundo ha dado por válida. Por ejemplo, el mismo Vernon, un tipo que desde sus propios ojos no tiene ningún atractivo ni interés, es, sin saberlo, un gran seductor que se hace querer tanto por hombres como por mujeres, y por qué no decirlo, un tío bastante guapo.

Como he adelantado arriba, por la novela desfilan personajes tan variopintos como reales. De un capítulo a otro, nos encontramos en la cabeza de pijipis burguesas ex adictas a la heroína cuyos hijos se han convertido al catolicismo. Maltratadores de izquierdas. Brokers pasadísimos de coca que encarnan el neocapitalismo más salvaje. Hijas de actrices porno convertidas al islam. Ex rockeros que votan al Frente Nacional. Dependientes de H&M que por la noche juegan a ser neonazis.

Y Despentes consigue que, como lector, no te descuelgues, que la novela siga teniendo un ritmo intenso, acelerado, como una canción punk. Porque Vernon Subutex 1 te arrastra a lo largo de sus más de 300 páginas sin ningún tipo de dificultad: la trama encaja sus piezas a la perfección y el misterio de las cintas de Alex Bleach te persigue, y persigue a un Vernon ignorante de que tiene a media ciudad tras sus pasos, durante toda la novela.

Con Vernon Subutex 1, Despentes se ha marcado una novela compleja, sutil, trágica, humorística, satírica, absurda y tremendamente realista al mismo tiempo. Es imposible no reconocerse en la sociedad que pinta la autora, en sus extremos, en sus crueldades y también en su humanidad.

Vernon Subutex 1 también es una novela que habla de lo que pasa después de la juventud, de cómo una generación se solapa con la siguiente y el peso de la rutina destroza hasta a los más tenaces. Todo salpicado de buena música y dosis ingentes de ironía. Hacedme caso, leed a Despentes, y os quedaréis con ganas de que Literatura Random House traduzca la segunda parte de esta novela (¡porque hay una segunda parte!) ya mismo.

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Mãn, de Kim Thuy

Mãn

MãnNo se precisa un gran esfuerzo de sinceridad para reconocer que no es uno experto es literatura vietnamita, pero sí puedo decirles que si el nivel general es el que muestra Kim Thuy en esta pequeña maravilla llamada Mãn no conocerla es una verdadera lástima. Esta es una obra cargada de lirismo, aferrada a sus raíces como sólo puede agarrarse quien lo hace desde la distancia (la autora, como la protagonista, vive en Canadá). Un país vivido en los recuerdos, en las tradiciones, en la familia y sobre todo en la gastronomía.

Las madres enseñaban a las hijas a cocinar en voz baja, entre murmullos, no fuera a ser que las vecinas les robaran las recetas y así pudiesen seducir a sus maridos con los mismos platos. Las tradiciones culinarias se transmitían en secreto, como trucos de magia que pasasen de maestro a aprendiz, un gesto por vez, según el ritmo cotidiano. El orden natural era que las niñas aprendiesen a medir la cantidad de agua para el arroz con la primera falange del dedo índice, después a picar los “pimientos perversos” (ót hiêm) con la punta del cuchillo para transformarlos en flores inofensivas, después a pelar los mangos desde la base para no llevarle la contraria a las fibras… Sigue leyendo Mãn, de Kim Thuy