
Nada, de Janne Teller
Lo complicado de las novelas es que, con palabras muy sencillas, nos hagan una radiografía perfecta de lo que sucede en el mundo. Eso es lo que, en numerosas ocasiones, buscamos los lectores que, llamados por algún tipo de recomendación o de crítica que leemos en algún medio de comunicación, nos acercamos a un libro como si él tuviera las respuestas a todas esas preguntas que nos hemos hecho alguna vez. En realidad, uno de los problemas que acareemos a lo largo de nuestra vida no es otro que el de intentar acumular sensaciones, ir aumentando el nivel de emotividad, el nivel de posesión de cualquier objeto material que, más adelante, servirá de poco o de nada, pero que aun así conservamos porque, total, es nuestro, somos sus dueños, los amos y señores del calabozo. Un calabozo, en cualquier caso, más cercano a un enfermo de Diógenes que al de una persona en su sano juicio. ¿Por qué esa obsesión por acumular, por querer tenerlo todo, por extender nuestra huella en todos los objetos que se cruzan en nuestro camino? Nada ejemplifica a la perfección ese sentimiento de creer en todo y nada a la vez que tanto atenaza a la sociedad de hoy en día. Pequeños puntos que, vistos desde la distancia, no se diferencian mucho de los insectos que matamos día sí, día también. Es así, y aunque duela decirlo – o escribirlo – nadie parece dispuesto a ponerle remedio.
























