
Huesos en el jardín, de Henning Mankell
Cuando hace tres o cuatro años (o más) me dio por leer algo de Mankell buscando buena literatura negra no me equivoqué. No sabía que Asesinos sin rostro iba a ser el primero de los muchos y buenos libros que devoraría del escritor. Me vicié con la serie del detective Kurt Wallander y su colección (esa de Tusquets que lleva en el lomo de cada libro una de las letras del apellido del policía —ver foto—), cayó en un pispás. Después de eso en mis lecturas hubo otros títulos: El chino, El retorno del profesor de baile,… en los que Mankell no incluía a su querido inspector Wallander, pero que eran igual de buenos, absorbentes y entretenidos.
Y como la vida es eso que a algunos les gusta decir, “lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes”, pasa lo que pasa y las lecturas vienen y van y se cruzan y desplazan a lecturas programadas y aplazadas, se amontonan en la pila física y mental que cada lector tiene… y terminas aparcando a Mankell.
Por eso no he podido leer todavía El hombre inquieto. Pero, por una vez, estoy de suerte, ya que el presente Huesos en el jardín se sitúa cronológicamente después de Antes de que hiele y antes de El hombre inquieto. (Por cierto, no hay que olvidar que los libros pueden leerse con independencia del orden y que este solo es importante si queremos observar la evolución del personaje en sí mismo y de los que le rodean. Las tramas policíacas son autónomas, cada libro un asesinato que resolver —o varios—).





















