
“El evangelio según Loki”, de Joanne M. Harris
Ay, Loki, Loki… las lía pardas. Pero, ¿qué sería de Asgard y de las Eddas sin su aparición? Bueno, vale. Posiblemente… ¡no!, con toda seguridad no sucedería el Ragnarök (o batalla del fin del mundo) y los dioses, sobre todo Odín, vivirían más tranquilos y relajados, sí. Todos comiendo y comiendo sin fin como Obelix y bebiendo cuernos y cuernos de hidromiel, acostándose con esta y aquella y luchando entre ellos o contra gigantes por mera diversión, porque sí, porque es lo que siempre han hecho y lo que les gusta…
Pero faltaría algo. Si no existiera no habría chicha en las historias, no tendría gracia la mitología nórdica (una mitología que le da mil vueltas a la cristiana, pues es mucho, pero muuucho más entretenida). Loki es el contrapunto necesario. ¿Nos imaginamos a Batman sin el Joker? No es buen ejemplo porque anda que no tiene villanos Batman… para dar y regalar. Pero ya me entendéis.
Hasta ahora siempre hemos conocido la “versión oficial” de lo sucedido por vías ortodoxas (Eddas y Sagas), pero lo que leemos en El evangelio según Loki es, como su nombre indica, la versión de Loki.








Considerada por algunos, léase T.S. Eliot, como la primera y “la mejor novela de detectives de la literatura inglesa”, La piedra lunar cuenta la historia de un valiosísimo diamante amarillo, custodiado por tres brahmanes en un santuario hindú, sobre el que pesa una maldición. La joya, robada tiempo atrás, es legada en herencia a la joven Raquel Verinder por el día de su cumpleaños, fecha en la que habrá de volver a desaparecer, después de una cena repleta de invitados, todos ellos, junto al servicio de la casa, presuntos sospechosos.











