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Dilo bien y dilo claro, de Antonio Martín y Víctor J. Sanz

Dilo bien y dilo claro

Dilo bien y dilo claroHace unos meses no tenía idea alguna de qué o quién era Cálamo & Cran. Y cuando tu oficio consiste mayoritariamente en editar textos, decir esto es poco menos que ser barman y no saber qué narices es el cardamomo. Así que poco antes de dar un curso de gramática con ellos me explicaron en el trabajo que era una de las empresas más conocidas en lo relativo a formación sobre escritura. Y pese a que, siendo sincero, un curso de veinte horas de ortografía y gramática impartido en cuatro días se hace algo duro, me gustó la forma que tenía el instructor de explicar las reglas que tantas veces había escuchado antes —en la carrera, el instituto y hasta el colegio— y que se olvidaban con tanta facilidad. Así que cuando leí que Antonio Martín y Victor J. Sanz, director y tutor respectivamente de esta empresa, habían sacado un libro sobre comunicación, tuve bastante claro que pisaba sobre terreno seguro.

Dilo bien y dilo claro viene a echar una mano a aquellos que trabajamos con palabras diariamente, ya sea elaborando informes, corrigiendo textos, mandando correos a diestro y siniestro para que prueben nuestros productos o dando conferencias con nuestro amigo el PowerPoint vigilando nuestras espaldas. Eso incluye a un número muy elevado de personas, no todas con los mismos conocimientos en el ámbito de la redacción. Seguramente por ello, los autores se han centrado en lanzar al mercado un trabajo accesible, a través de una de las máximas que defienden a lo largo del mismo: la importancia de la claridad a la hora de exponer las ideas. Y es que de ahí se puede extraer el que para mí es el mensaje más importante que ofrece este libro y que conviene grabarlo a fuego: lo difícil es hacerlo sencillo. Así, los autores animan, y no sin razón, a huir del abuso de las pasivas, de las subordinadas, de las frases largas, de tratar de usted al lector siempre que no sea imprescindible… consejos que, en mi caso y pese a mis esfuerzos, no siempre consigo aplicar. Aunque poco a poco me estoy quitando de esos vicios.

Por otro lado, a pesar de que en su portada se define como ‘Manual de comunicación profesional’, el libro está planteado como un curso práctico, en el que desde el comienzo se nos pide que vayamos resolviendo algunos ejercicios de redacción. Esto hace que podamos ir viendo e incorporando algunos trucos para desatascar nuestra vena creativa. Y es que, si en algo puedo decir que me ha ayudado esta lectura es en intentar buscar nuevos enfoques a la hora de abordar los textos que escribo. Si hay un miedo indisociable al redactor es el del papel vacío. Para remediarlo, Martín y Sanz aportan recetas variadas para que podamos encarar de una forma más eficaz a esa pantalla en blanco que en ocasiones está tan poco receptiva. También me ha sido útil lo relativo a la conexión de ideas, ya que soy de esos que va anotando lo que le viene a la cabeza sin ton ni son y acaba viéndose con serios problemas para encontrar un orden y un sentido a esa lista interminable de datos y pensamientos.

En definitiva, Dilo bien y dilo claro es un auténtico curso de comunicación, un texto que tengo claro que revisitaré en numerosas ocasiones, ya que además de dar unas pautas generales para mejorar nuestra capacidad comunicativa aporta soluciones a problemas muy habituales, desde el tratamiento del género a cómo configurar Word para sacarle el máximo rendimiento. Problemas que conviene solucionar adecuadamente para que se nos entienda de la mejor forma posible. Porque, aunque a veces se nos olvida, ese es el auténtico propósito de la comunicación.

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Por mucho que duela, de Tyler Knott Gregson

Por mucho que duela

Por mucho que duelaSupongo que el título de este poemario me gustó y por eso lo elegí. Tengo una vena como muy folklórica y una extraña tendencia al dolor. Que dicho así, suena muy mal, pero supongo que tiene que ver con la sensibilidad poética. Hay que saber sufrir para escribir poesía. Pero cuidado, también todo lo contrario. Es una paradoja, lo sé. También lo es que me vengan estas ideas tras una siesta infernal de verano a treinta mil grados, pero aquí estoy, divagando sobre el dolor.

El caso es que os contaba esto de haber escogido el libro por su título porque me sucede muy a menudo y sobre todo, claro, con autores a los que no conozco previamente. Este es el caso de  Tyler Knott Gregson. Si os ocurre lo mismo que a mí, os cuento un poco sobre él. Artista multidisciplinar (por cierto, odio la ligereza con la que se usa esa palabra), Tyler vive en las montañas de Helena (Montana) con sus dos perros. Desde allí, desde la paz de sus montañas, ejerce sus dos grandes pasiones: la fotografía y la escritura. Ha publicado dos bestsellers, All the words are yours y Por mucho que duela. Gracias a Espasa y  a la traducción de Loreto Sesma, podemos disfrutarlo por primera vez en español. Tengo que añadir, además, que me gusta mucho cómo apuesta la editorial Espasa por la poesía menos conocida. Bien por ellos.

Por mucho que duela ha venido más de 150.000 ejemplares en EE.UU. La poesía de Tyler Knott Gregson forma parte de ese fenómeno millenial tan de moda hoy en día. Escritores con muchos seguidores en sus redes sociales que publican un libro y venden una cantidad desorbitada de ejemplares gracias, en parte, a dichos seguidores. En España tenemos muchos autores que entran dentro de este fenómeno. Seguro que conocéis alguno, ¿verdad?

Y ahora lo que importa, ¿qué tal escribe este chico? Pues a ver, ya sabéis que esto de la poesía es muy personal y blablablá, pero yo he de decir que me esperaba bastante más. Quizá debería dejar de esperar nada y simplemente dejarme llevar y creo que a mitad de poemario eso es lo que he intentado hacer. Tratar de leer los poemas sin juzgarlos, simplemente dejarme llevar por las sensaciones. Y aunque, como os decía, en general no es un poemario que me llame demasiado la atención, sí que he conseguido disfrutar algunos versos:

“Te ríes,

suavemente,

y el sonido de la risa

saltando

desde tus pulmones

me frena hasta el arrastre.

Esa risa,

dios mío, esa risa

repone todo cuanto se derramó

en mí;

es la

máscara de oxigeno

del accidente aéreo

en el que siempre

he estado inmerso”.

Por ejemplo estos versos.

Es un poemario sumamente sensual, muy romántico, en ocasiones azucarado. Una poesía algo light que en realidad no duele tanto, sino que más bien sirve para curar.

Ahora lectores, es cosa vuestra averiguar qué os parece Por mucho que duela, si encaja o no con vuestros gustos. Ya me diréis.

 

 

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Wylding Hall, de Elizabeth Hand

wylding hall

wylding hallTodos tenemos un grupo (o dos, o tres, o más…) de música del que somos fans, sobre todo cuando somos adolescentes. Grupos que se quedarán con nosotros toda la vida, aunque desaparezcan, se disuelvan, mueran sus miembros o se dediquen a otras cosas. Grupos de los buenos (no de estos de ahora que duran dos telediarios y empapan las bragas de quinceañeras que hacen cola en los estadios para conseguir entradas a costa de perder días de clase) que nos han sorprendido por su manera de enfocar la música, por traernos un sonido nuevo, o unas melodías pegadizas o unas letras que parecen ir dirigidas en exclusiva a ti o por una mezcla de todo, porque te llegan, sin más.

Y a todos nos hubiera gustado ver cómo esa banda de música creaba ese mítico disco que no nos cansamos de escuchar. Saber cómo fueron surgiendo las canciones, cómo cada miembro hacía sus aportaciones, cómo se emborrachaban y emporraban o se metían cosas más duras, y las orgías en las que, seguro, participaban. Además, saabemos que algunos grupos se encerraban para desconectar de la civilización y poder concentrarse mejor en el proceso creativo e inspirarse adecuademente.

Algo así es lo que propone Wylding Hall. Imitando la estructura de un documental con cortes que alternan las narraciones de los protagonistas, aquí se nos cuenta lo que sucedió veinte años antes en una mansión, de mismo nombre que el título del libro, en la campiña inglesa. El grupo es Windhollow Faire, banda de rock folk y durante un verano, a petición de su manager, se encierran en esa mansión para pasar página a la muerte de la cantante principal del grupo y pareja de Julian, el letrista, y, de paso, intentar sacar un nuevo disco, cosa que finalmente conseguirán y será todo un éxito.

Pero claro, este es un libro de terror, ganador del Premio Shirley Jackson 2016, así que algo más tiene que suceder y no puede ser algo muy bueno… y sucede. Vaya que si sucede. Julian desaparece en el interior de la casa.

Confieso que este libro me ha dado en su parte final un escalofrío. Como aquel que sentí cuando escuché esa historia de la chica acampada. Ya sabéis cual, ¿no? Es igual os la voy a contar: una chica va sola por un bosque, haciendo senderismo y fotos a todo lo que le llama la atención. Por la noche duerme en su tienda de campaña y por la mañana, después de desayunar decide ver las fotos que hizo el día anterior. Ve los hayedos, los troncos con musgo, las hojas, el río, y… varias fotos de ella durmiendo en el interior de la tienda.  Así acaba la historia.

¿Qué? ¿La conocíais? ¿Acojona o no? Pues así me quedé yo al final de este libro. Con un ligero escalofrío.

Pero me estoy anticipando. Lo cierto es que me alegró comprobar que esta no era una novela típica de esas en las que se oyen ruidos raros o se abre una puerta de repente o en la habitación hace un frío que pela cuando segundos antes se estaba tan bien, ni aparecen o desaparecen cosas… (salvo Julian, claro). No. Afortunadamente, Hand huye de los estereotipos de casas embrujadas y deja el peso tanto a los protagonistas y sus recuerdos (confiables o no después de dos décadas) y al lector, que será quien finalmente busque una interpretación a lo sucedido, pues Hand no nos la va a dar.

La atmósfera creada, tanto en el interior de la casa, como en los recelos de los lugareños a según qué cosas, la taberna en la que algunos componentes cantarán para sacar algo de dinero… serán aspectos que van a darnos pistas para que cada uno saque sus conclusiones.

Wylding Hall se lee con facilidad, y el acierto de una estructura basada en el constante cambio de narrador, a modo de monólogos interiores, agiliza esa lectura. Todo lo relativo al proceso musical está muy bien llevado y a medida que avanzamos en la trama, el desasosiego va también en progresivo aumento.

El final, aunque se ve venir, es de los que te ponen los pelos de punta. Pocas veces he tenido una sensación así con un libro, a pesar de que el recurso no es nuevo y de, repito, verlo venir.

He aquí un ejemplo de gótico sobrenatural en pleno siglo XXI. He aquí una entretenidísima y aterradora lectura. Escalofriante.

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La huella de una carta, de Rosario Raro

la huella de una carta

la huella de una cartaEl consultorio de Elena Francis fue todo un fenómeno social, pues de 1947 a 1984 reunió a miles de personas alrededor de la radio. En él se respondían las cartas de las oyentes, que preguntaban cualquier cosa: desde una receta, un truco de belleza o la vida de un santo, hasta cómo solucionar problemas sentimentales de lo más rocambolescos. Llegó a recibir 15000 cartas mensuales, y las miles de anécdotas que en ellas se relataban, las inquietudes y secretos confesados bajo un remitente anónimo e, incluso, las contestaciones de la supuesta experta, que hacían prevalecer la moral cristiana y la sumisión de la mujer por el bien de la unidad familiar, conforman la intrahistoria de España, un país que durante años aparentó honradez y decencia de puertas para afuera y ocultó grandes desgracias y bajezas de puertas para adentro.

Aunque yo nací en el año en que terminó este programa de radio, he oído mencionarlo más de una vez. Sin embargo, hasta que no he leído La huella de una carta, de Rosario Raro, estaba lejos de saber la repercusión que había tenido. Gracias a esta novela, he conocido parte de la correspondencia que llegó a ese consultorio y me ha impresionado la realidad que subyacía en este país, tremendamente sórdida, en ocasiones. Y me he estremecido —de incredulidad, de pena, de indignación— con el episodio que Rosario Raro recupera de nuestra historia: el suministro, durante años, del medicamento más peligroso de la farmacopea moderna, que destrozó la vida a miles de niños —y, en consecuencia, a sus familias—, llevándolos a la muerte en numerosos casos. Al igual que hiciera en Volver a Canfranc, la autora se sirve de los mecanismos de la ficción para airear un hecho que a día de hoy sigue silenciado y para dar voz a esos valientes anónimos que en la vida real decidieron no mirar a otro lado y se enfrentaron a las injusticias más atroces para salvar la vida a cientos, miles de personas.

«Hay ficciones muy poco ficcionadas», dijo ella misma sobre su novela en la presentación que realizó el pasado 13 de junio en Valencia, a la que tuve el gusto de asistir. Y es que, en La huella de una carta, varios de los personajes están basados en personas reales, y son igualmente ciertos gran parte de acontecimientos que se narran y todas las cartas del consultorio de Elena Francis que se transcriben. Rosario Raro ha llevado a cabo una encomiable labor de documentación para reconstruir con todo detalle la Barcelona de los años sesenta, y eso favorece a que los lectores que vivieron aquella época la reconozcan y los que no, la visualicemos con exactitud. Sin embargo, en el desenlace, Rosario Raro se ha tomado algunas licencias. Esa ha sido su forma de hacer justicia poética. Pero nos recuerda que la realidad no fue tan halagüeña y que muchas de las víctimas viven aún hoy con las consecuencias de aquella salvajada médica. Eso provoca que los lectores sintamos la necesidad de recorrer el camino inverso que anduvo la autora al escribir este libro, investigando por nuestra cuenta el alcance que ese terrorífico medicamento tuvo en España y en el resto del mundo.

Y pese a hacernos testigos de las más altas cotas de miseria moral, La huella de una carta es, sobre todo, una lectura que nos hace recuperar la fe en el ser humano, ya que, por grande que sea el crimen, siempre habrá héroes anónimos que lucharán contra él. Y siempre habrá escritores comprometidos, como Rosario Raro, que impartirán la justicia que está en su mano: homenajearlos y hacerlos pasar a la posteridad a través de la literatura.

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«Kalila y Dimna» y otras fábulas del «Panchatantra»

Kalila y Dimna

Kalila y DimnaImagina que te dijera que no tendríamos El Quijote si no fuera por el Kalila y Dimna. ¿Qué pensarías? Pues poco voy a hacerte imaginar porque en cierta medida esto es así. Y hablo de El Quijote como podría hablar de tantas obras que para nosotros son ya casi sagradas y que en parte son genialidades surgidas a partir de la lectura de clásicos tan fundamentales como este. Pero hablo de El Quijote, porque es el que más se merece unas palabras y porque sí. El Kalila y Dimna, que coge su nombre por fuerza popular de una de las fábulas que contiene el libro, llega renovado a las librerías cortesía de Acantilado en una rejuvenecida edición traída lo más cerca posible a nuestros días por parte del escritor Ramsay Wood.

Con un estilo renovado en el que Wood – y no olvidemos también la parte de “culpa” de la traductora Nicole D’Amonville Alegría – da una mano de pintura fresca y joven a unas fábulas que cuentan con cerca de dos mil años, este Kalila y Dimna se erige como una genial opción para tener un libro en la estantería que te asegure que tus hijos te escucharán cuando se lo leas. Y es que lo que incluye esta obra son fábulas desgranadas del Panchatantra hindú que han ido evolucionando a lo largo de los siglos hasta llegar a nuestros días, punto que no será su destino sino una parada más en el eterno presente que envuelve a este libro.

Es difícil encontrar algo a nuestro alrededor que no pase de moda. Y es por eso que causa felicidad al cuadrado encontrarse con la certeza o con la posibilidad de que en varias ocasiones esto sí suceda con ciertos libros. Las fábulas que contiene el Kalila y Dimna son siempre contemporáneas, son el espejo de la humanidad que nos desborda y que nos lleva desbordando desde el inicio de nuestra era, aunque yo no sepa cuál es esta. Vemos, cuando nos fijamos en los sofás de nuestros días, a niños viendo a animales parlantes en la televisión que han pasado primero por nuestra supervisión para decidir si eso era adecuado o no para ellos. ¿Alguna vez te has parado a pensar qué contiene el concepto «adecuado»? Lo que contiene no es más ni menos que la seguridad o la opinión de que aquello puede servir para formar a quien lo está viendo. ¿No es ese el objetivo principal del Kalila y Dimna?

Con ilustraciones de Margaret Kilrenny y G.M. Whitworth e introducido por Doris Lessing, esta nueva edición de Acantilado es una apuesta segura para todos aquellos que aún confíen en la posibilidad de dormir – ojalá no se durmieran – a sus hijos leyéndoles algo que crezca en sus mentes mientras sueñen. Las fábulas de este libro crecieron a lo largo de la Historia a través de los cuentistas, los traductores, los editores o cualquier persona que algún día escuchó o leyó alguna de ellas y se la contó a su pareja, a su hijo o hija, a su vecino, a él mismo. El Kalila y Dimna es uno de esos libros que ya no es de nadie pero que ha extendido sus brazos para ser de todos. Y yo no puedo decirte mucho más que esto: si en algún momento de este rato en el que has estado leyendo lo que yo he escrito – gracias por ello – has pensado que sí, que quizás tengo razón, que quizás este libro sería bueno para tus hijos – lo es –, quiero avisarte de algo, cuando hablaba del niño que dormía y soñaba me refería a ti – y a mí –, no me importa la edad que tengas.

Mientras escribo estas líneas está España sacudida por una tremenda ola de calor. Y quiero hacer caso a Doris Lessing cuando habla del libro como un «océano de cuentos» – por esa estructura de matrioskas o de cuento dentro de cuento que tiene – y bañarme en ellos, dejarme empapar por la frescura que ya tienen de por sí y por el suplemento que le ha inyectado Ramsay Wood. Y lo intento, pero es cerrar el libro y seguir muriéndome de calor. No entiendo muy bien cuando Doris Lessing dice: «todo está aquí». ¿Dónde?

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Tiempo al tiempo, de El Torres y Bressend

tiempo al tiempo

tiempo al tiempo«No sé si estoy en lo cierto, lo cierto es que estoy aquí, otros por menos han muerto, maneras de vivir».

Esta frase, dicha en el segundo episodio de la primera temporada del Ministerio del Tiempo por Julián a un Lope de Vega a punto de calzarse a una incauta Amelia, es uno de los constantes guiños que me vienen a la mente cuando pienso en esta estupenda y española serie. Serie que divierte mezclando realidad con ficción, viajes en el tiempo con hechos y personajes históricos y en la que además recuerdas o aprendes sin darte cuenta. Serie que es imposible dejar de ver una vez visto el primer episodio. Entonces… ¿cómo no leer este cómic siendo, como soy, un ministérico? ¿Cómo no hacerlo cuando el propio Pablo Olivares, cocreador de la serie, confiesa que al hacer los guiones dice “más cómic, más cómic”? ¡Vamos, hombre, de cabeza!

En Tiempo al tiempo tenemos una historia autoconclusiva que gustará tanto a los que ya conocen la serie como a los que no (aunque, por supuesto, los primeros cazarán los guiños y disfrutarán más la lectura, pero… ¡¿Qué coño!? ¡Viajes en el tiempo! ¡¿Qué más hay qué saber!? Basta con saber que hay que evitar que la línea temporal se altere y dejar el pasado tal y como está en los libros de Historia). Y la historia que se nos cuenta aquí podría perfectamente ser un episodio más. De hecho, no cuesta ningún esfuerzo imaginar la traslación a la pequeña pantalla. La patrulla formada por la inteligente Amelia, el alatristiano Alonso de Entrerríos y el resolutivo Julián conservan los modos y formas televisivos: son ellos en sus formas de ser y actuar. Son su fiel reflejo. También ayuda mucho que el dibujo sea tan excepcionalmente realista, sobre todo si se es fan del éxito televisivo.

En este episodio el trío deberá encontrar al atacante de Salvador Martí, herido de bala y al borde de la muerte. Y ese alguien es alguien de dentro, del propio Ministerio, pues sabe de la existencia de las puertas. Para lograr su objetivo la patrulla viaja al Madrid de 1865, donde Benito Pérez Galdós será su enlace en el Ministerio de esa época.

El cómic se devora con avidez, se disfruta al máximo y el dibujo y color son estupendos. Puede parecer una chorrada, pero me encanta tener físicamente un cómic patrio tan bien hecho, con sus tapas duras y una trama bien desarrollada en la que no me chirríe nada.

Para colmo, el guión es de ese otro monstruo atemporal que es El Torres (Camisa de fuerza), junto con Desiree Bressend, y ambos entran al trapo a partir de una idea original de Joseba Basolo, editor de Aleta, editorial que se está fabricando un buen catálogo, dicho sea de paso.

Tengo que mencionar de nuevo el excelente dibujo de Jaime Martínez y el color de Sandra Molina y Alejandro García Cutillas. Han dado un enfoque visual sensacional a esta obra. Me encanta lo bien que encaja el apartado visual  con la trama.

Y también me alegra mucho saber que este va a ser el primero de una colección de historias ministéricas autoconclusivas que podrán leerse independientemente. Me alegro por mí y por los miles de fans, que son los que, al fin y al cabo, han conseguido que haya una tercera temporada de MdT.

Tiempo al tiempo, un cómic perfecto para todos los que no se pierden ningún capítulo en la caja (no tan) tonta y también para los que no lo han visto nunca pero disfrutan con los viajes temporales.

In-dis-pen-sa-ble.

 

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Yokai Attack!, de Hiroko Yoda y Matt Alt

Yokai attack guía de supervivencia de los monstruos japoneses

Yokai attack guía de supervivencia de los monstruos japonesesEn el anime El verano de Coo uno de ellos despierta en el Japón moderno y, tras ser acogido por una familia de humanos, emprende una ardua búsqueda para encontrar más individuos de su especie. En El viaje de Chihiro, película dirigida por Hayao Miyazaki, la muchacha protagonista, cual Alicia en el país de las maravillas de Carroll pero en versión nipona, tras traspasar un túnel, descubrirá un mundo repleto de estos seres. Horripilantes, viscosos, etéreos, míticos, gigantescos o de innumerables formas y colores. Unos le prestarán su ayuda; otros serán un tormento. En la película de animación Pompoko, del director Isao Takahata, los protagonistas, con su forma animal, eran capaces de transformarse en humanos y confundir a la población con el objetivo de salvar su bosque. Planear por el aire, golpear, usarlos como escudo, además de otras maniobras de vital importancia para llevar a buen puerto su cometido que eran realizadas con la ayuda de sus enormes testículos. ¿Peculiar? Sí, pero también una de las habilidades ofensivas más acojonantes que puedes esperar si te enfrentas a estos bribonzuelos.

Mononoke, Inuyasha, Una carta para Momo o Yo-kai Watch son también mangas o animes que tienen como protagonistas a estas criaturas. Y esto solo rascando la capa más superficial. Si profundizara un poco más sacaría otro puñado, no solo películas, sino también libros, videojuegos o páginas web. Probablemente ya hace un rato que lo habéis deducido. Sí, hoy vamos a hablar de yokais: esos seres que pueblan el imaginario japonés desde hace siglos y que ante la aparición de uno el humano no sabe cómo reaccionar. Con Yokai Attack!: Guía de supervivencia de los monstruos japoneses, de la editorial Quaterni, vamos a ponerle remedio a eso.

Yokai Attack!: Guía de supervivencia de los monstruos japoneses es un libro escrito a cuatro manos por un matrimonio experto en cultura japonesa: Hiroko Yoda y Matt Alt. El libro, que con unas dimensiones de bolsillo (al estilo guía de viajes) se revela perfecto para llevar encima, deja clara su función de orientador en el mundo de los yokai desde la página en la que nos encontramos el mapa de Japón. Dicha página, además de señalar sobre el mapa dónde podríamos cruzarnos con estos seres, es la puerta de entrada, y a la par un gran recibimiento, al mundo mágico y misterioso al que nos aventuraremos.

Al igual que un libro de ciencias naturales ordena a los seres vivos en cinco reinos tomando como base sus similitudes o diferencias, Yokai Attack! lo hace con los monstruos en función de lo dañinos que pueden llegar a ser para el ser humano. Así pues, en la sección Demonios Atroces nos encontraremos con seres como los Umi-Bozu, que son capaces de mandar un barco a las profundidades del océano hecho un guiñapo, o el Karasu-tengu que con su forma mitad humanoide mitad ave arrebata la vida por placer. Al otro lado del espectro, y en el quinto y último grupo, se hallan los denominados Mequetrefes. Estas criaturas no te matarán, pero van a ser más molestas que un mosquito sediento de sangre en una noche calurosa. Es aquí cuando la guía se torna imprescindible, pues os vendrá de perlas para deshaceros de ellos y, en algunos casos, salir ilesos.

Pero Yokai Attack! no es solo un muestrario de bichos raros, es también un acercamiento terriblemente ameno a las leyendas y a la cultura de Japón. Pues aunque la mayoría de los yokai son la más retorcida representación de los miedos que turban la mente humana, otros no son más que un método para que conceptos como los obstáculos que nos pone la vida, la limpieza personal o el cuidado de la naturaleza se transformen en leyenda, calen hondo en la población y pasen de generación en generación. Por si esto fuera poco, el libro deja bien claro, con un puñado de historias que lo atestiguan, que aspectos tan importantes, y tradicionales, de la vida japonesa como la gastronomía y los yokai en ocasiones pueden ir de la mano.

Todas estas leyendas no son más que una pequeña porción del todo que compone el libro y que deja claro el gran trabajo de investigación que Hiroko Yoda y Matt Alt han llevado a cabo, recabando información no solo de páginas web o de más de una veintena de libros, sino también de la mismísima Biblioteca Nacional de Tokio. A ésta pertenecen las reproducciones de xilografías del siglo XVIII que acompañan al texto y que nos muestran a los yokai tal como se los imaginaban los habitantes del período Edo. A estos grabados hay que añadirles fotografías y las afables ilustraciones de Tatsuya Morimo; ilustraciones que a pesar de tener un marcado estilo que recuerda al manga clásico de los sesenta también atesoran la esencia de los grabados de época.

Yokai Attack!: Guía de supervivencia de los monstruos japoneses es un pequeño tesoro, un libro imprescindible que no deberían dejar escapar aquellos que muestren curiosidad por la parte más enigmática y siniestra de la cultura japonesa

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Camposanto, de Iker Jiménez

camposantoPocos libros envejecen bien. Es un mal endémico de estos tiempos literarios. Obras encargadas a la carrera, libros escritos intentando sacar provecho de una determinada moda estacional o intentando exprimir el bolsillo de unos cuantos puñados de “followers”. El escritor mediático que intenta subirse a la ola y surfear el momento.

Pero al final, el tiempo es un togado cruel. Ya no la crítica, que es igual de mutable y de imbécil que el objeto de su análisis. Pocas cosas resisten y hasta la roca se desgasta. Por eso, cuando un libro de esos sube, no hay más que dejar hacer su trabajo a la gravedad. A toda la gravedad. La ley de la gravedad es implacable y no hay mediador que la sortee evitando la caída y la gravedad de los hechos a los que se enfrenta una obra infiel al oficio de escritor. Ésta al final paga su condena: el olvido.

Por este motivo, he vuelto a disfrutar hoy, 12 años después de la primera vez que lo leí, de un libro que ha envejecido a las mil maravillas. Que ha envejecido poco o nada y que lo ha hecho envuelto en luz y taquígrafos estando expuesta al más duro examen. Su autor no ha salido de nuestras vidas de alguna manera desde entonces y reconozco que leí la primera vez el libro porque era un absoluto adicto a su programa de radio. Uno de los culpables de que quien aporrea este teclado tenga una curiosidad desmedida y uno de los culpables también de haber dado a luz a otro tipo de periodismo de investigación en este país. Os hablo de Iker Jimenez y de su única novela escrita hasta la fecha: Camposanto.

Iker Jimenez es un claro ejemplo de quien vive para contar historias. El hecho de que solo haya escrito una novela es prueba de ello. Creo que todos sabemos que podría escribir y vender más, pero la realidad es que Camposanto era la historia que Iker Jimenez quería contar. Y nada más. Y eso le dignifica como autor. No ha buscado el lucro ni la moda. Solo satisfacer la necesidad de contar su historia y eso es lo que ha hecho. Hoy, 12 años después de su publicación, podemos ver como Camposanto se adelanta a la historia del propio Iker Jimenez.

El autor lleva la novela a su terreno, el de la investigación de lo paranormal. La historia nos introduce a Aníbal Navarro – un periodista radiofónico, alter ego del autor-, que se ve interesado por la muerte de otro célebre periodista de lo misterioso, Lucas Galván, treinta años atrás en extrañas circunstancias: sobre una tumba en el cementerio de un pueblo abandonado. Para avanzar en el caso, se pone en contacto con el entorno de Galván y descubre la misteriosa relación de éste con un pueblo maldito que desapreció hace cuatrocientos años en los Montes de Toledo. Las investigaciones del protagonista pronto toman una peligrosa traza que le llevan desde Toledo hasta Venecia, pasando por Madrid o Barakaldo para terminar enfrascado en una de las figuras más magnéticas, heréticas e interesantes de la historia: Hyeronimus van Acken: El Bosco.

Los últimos días de Felipe II, las claves ocultas de los cuadros de El Bosco, sectas heréticas adamíticas, fundamentalismo cristiano y sobretodo terror. Mucho terror. Camposanto marca las pautas de lo que es una investigación en un terreno tan sensible como lo es el campo de lo paranormal.
Un relato de terror en toda regla con un ritmo absorbente y que no decae. Un relato con una estructura precisa que hace que el marco temporal actual se complemente a la perfección con el de El Bosco. Iker es un maestro del tempo radiofónico y televisivo, cosa que ha sabido trasladar a su novela.

Camposanto tiene dos puntos fuertes: Su estructura y su documentación. Respecto a la última, solo decir que la única manera de dar esa fluidez al texto es siendo una autoridad en la materia. Iker Jimenez lo es y eso también le ha ayudado a estructurar la historia desde el principio, haciendo que en final encaje como una precisión asombrosa. Nada hay al azar. El autor no cree en coincidencias.

Una cuidada prosa heredada del dominio de la oratoria, imprimen a los párrafos cierto halo literario alejado de pretensiones. No hay más que leer para que parezca que el propio autor nos lo lee en voz alta. Y es que Iker Jimenez es una de las voces más importantes de este país y eso es imposible que no se note en el libro.

Camposanto es un libro muy especial para mí. Tiene el dudoso honor de ser el único libro que ha conseguido erizarme el bello de puro miedo. Nunca un libro lo había conseguido y nunca otro lo ha vuelto a conseguir. No se trata de un miedo cerval sino de ese temor irracional que no sabes cómo encajar de manera racional. Y hay una cosa más. El señor Ridaura. Ese hombre junto a su esposa, me ha sacado decenas de fotos. La casa de mis padres está al lado de esa tienda de fotografía. La ropa tendida podría ser la mía y el niño jugando al balón bien podría haber sido yo. Sentí una especie de flash al leerlo por primera vez y lo he vuelto a sentir al releerlo. ¿Por qué? No lo sé. Quizá este libro contenga algún tipo de energía, quizá no. Quizá solo es una novela de misterio o quizá una investigación que el propio Iker decidió que no viese la luz. Solo sé que cada vez que veo el libro en la estantería me estremezco y sonrío a la vez. Lo guardo y lo recuerdo. Lo releo de vez en cuando y cada vez que pongo un pie en Madrid tengo que visitar el Museo del Prado.

Hay que leer este libro si te gusta Iker Jimenez o si te gusta lo que hace. Yo, por mi parte, le escuchaba y le escucho. Le veía y le veo. Le leía y le leo. Lo hacía, lo hago y lo haré dentro de muchísimos años cuando solo nos quede ir al Retiro a escuchar de viva voz lo que dice el viejo Lucas Galván.

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Cuentos de hadas japoneses, de Grace James

cuentos de hadas japoneses

cuentos de hadas japonesesTodos tenemos predilección por determinados temas, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Por ejemplo, yo, al echar un vistazo a mis lecturas de los últimos tiempos, he visto que las historias japonesas y los cuentos tradicionales me tiran mucho. Y parece que la editorial Satori se hubiera dado una vuelta por mis reseñas para dedicar un libro a mis debilidades literarias, porque acaba de publicar Cuentos de hadas japoneses, de Grace James. ¡Un dos en uno! Como comprenderéis, no he podido resistirme.

En este libro, publicado originariamente en 1910, Grace James recopiló los cuentos tradicionales del folclore japonés que había escuchado durante su infancia en Japón. Las ilustraciones del inglés Warwick Goble, especializado en mundos fantásticos y culturas exóticas, fueron el acompañamiento ideal de esas historias entonces, y en esta nueva edición, casi un siglo después, volvemos a disfrutar de la unión de los talentos de estos dos artistas para adentrarnos en el Japón ancestral.

A través de los treinta y cuatro cuentos que componen esta obra, descubrimos las leyendas niponas en las que las deidades, los objetos mágicos, las maldiciones, las criaturas monstruosas o Yomi, la tierra de los muertos, son elementos habituales. No faltan samuráis, bellas y enigmáticas damas o personajes malvados que reciben su merecido castigo. También hay muchas historias de amores imposibles o alcanzados después de muchas vicisitudes; y como es frecuente en los cuentos tradicionales, hay enseñanzas en ellos, pues se crearon para alertar, generación tras generación, sobre ciertos hábitos perniciosos en los que no había que caer bajo ningún concepto y para ensalzar aquellas cualidades que debían poseer las personas de bien si querían que la suerte les sonriera. Gracias a estos cuentos, percibimos el valor que la cultura nipona siempre ha dado a la lealtad, la sabiduría, la honradez, la hospitalidad o al respeto por la naturaleza. Basta con compararlos con los cuentos típicos de otros países (como Cuentos populares portugueses, del que ya os hablé hace tiempo) para ver qué distintas han sido y siguen siendo nuestras culturas. Tampoco los cuentos de hadas japoneses se asemejan a los nuestros; los dos tienen toques fantásticos, sí, pero los occidentales suelen tener un trasfondo más mundano. Quizá por eso las leyendas y tradiciones asiáticas nos resultan tan atractivas: su componente místico es especialmente evocador y continúa muy arraigado en su sociedad actual.

A diferencia de Kaiki. Cuentos de terror y locura, la antología japonesa que leí en un solo día, Cuentos de hadas japoneses ha sido una lectura pausada, pues es mejor leerlos de uno en uno para que la repetición de patrón típico de esta clase de historias no les reste encanto. Sucede lo mismo con sus preciosas ilustraciones, en las que hay que deleitarse sin prisa para no perder detalle.

Tanto los lectores que sientan debilidad por los cuentos tradicionales como los apasionados del folclore japonés disfrutarán con Cuentos de hadas japoneses. Y si les encantan ambos, como me pasa a mí, no deberían perderse esta antología. Historias con finales tristes, divertidos o incluso crueles que nos hacen conocer más detalles de la idiosincrasia nipona e, irremediablemente, enamorarnos todavía más de ella.

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Mi verdadera historia, de Juan José Millás

Mi verdadera historia

Mi verdadera historiaSupongo que hacía mucho tiempo que no leía a Juan José Millás. Escucharlo sí, lo sigo en la radio algún día por las mañanas en el programa de Gemma Nierga, a la que por cierto  casi no le quedan días en la Ser, así que no estoy segura de si seguiré escuchando también a Millás como colaborador suyo ¡Lástima!

Es curioso que algunos asociemos obras, o incluso a escritores, como “Premio Planeta” en un sentido un poco despectivo, pero con algunos autores no pasa, y desde luego no con éste incluso siendo tan premiado, pues tiendo en su haber, entre otros muchos,  el Nadal, el Planeta y el Nacional de Narrativa, yo nunca lo he leído con esa conciencia. Tampoco yo soy una especialista en Millás. He leído siete de sus obras. Me guata leerlo y me gusta escucharlo.

En relación a su  última novela, Mi verdadera historia, tengo que reconocer que me ha impactado, que incluso sabiendo de qué trataba, me ha cautivado su escritura, desde su inicio:

“Yo escribo porque mi padre leía. Miradme en el salón de la casa de entonces, los muebles oscuros,  oscuro yo también detrás de la butaca…”

Como me alegra haber leído y releído en varias ocasiones “Crimen y Castigo”,  de Dostoievski, una lectura que debería ser obligatoria durante la adolescencia. Porque si cualquier obra de este autor daría para un interesante debate con los jóvenes, esta es una obra básica para entender y profundizar sobre el ser humano, y es por ello que tantos escritores se ven en la obligación de utilizarla como fondo o base de sus propias obras.

Naturalmente que podemos leer a Millás sin haber leído a Dostoievski, claro, y entonces seguro que esta reseña no tendría ningún parecido a lo que les cuento ¿O sí? Yo creo que no sería lo mismo si yo no conociese a Raskolnikov,  aquel que reflexiona sobre su próxima integración en la sociedad… .

¿Acaso estamos ante una novela de iniciación dirigida a los adolescentes? Yo diría que no, que de ninguna manera. Por supuesto que la pueden leer, incluso chavales más jóvenes, y podrán trabajarla en institutos, claro que sí, pero la realidad es que es una obra de esas inclasificables en relación con la edad del lector.

¿De qué va en definitiva este libro? Pues en palabras del propio Millás: “Por de pronto toda mi última novela está basada en la ambivalencia, en un complejo sentimiento de culpa: un adolescente provoca de la manera más tonta un accidente de tráfico de gravísimas consecuencias, y eso desencadena una culpa que remodela toda su vida”

Podía haber puesto lo que pone en la contraportada pero creo que está mejor dejar escrito aquí lo que el propio autor dice de ella, lo que quiere que el lector sepa antes de  emprender el paseo por sus páginas, concretamente 107 páginas que contienen un puñado de dibujos de Lucas Climent ¡Y cómo me gustan estos libros en los que en tan pocas páginas nos cuentan tantas cosas y tan profundas!

Porque es la historia de un chaval de 12 años que no se siente mirado por sus padres, que solo quiere un poco de atención… Ya no digo ni cariño, ni amor. Un chaval que no se encuentra ni ve su lugar porque no es visto; por eso es un pequeño Raskolnikov, incluso antes de ser un joven Raskolnikov.

Está contada en primera persona y eso bien sabe el autor que nos meterá de lleno en la novela, los temas que trata son delicados, asuntos de los que, como cuando hablamos de Crimen y Castigo, son para leer y rumiar en la más absoluta intimidad. Ya estarán para hacernos compañía la soledad y la conciencia de cada cual. Pero también es cierto que son temas que nos gusta comentar aun cuando al ser tan tocantes a la moralidad y la ética incluso al hablar de ello en grupos reducidos tendemos a ser sencillamente políticamente correctos en nuestra exposición.

¿Y los padres? Los padres son dos grandes lectores y por ello el libro está plagado de títulos y autores impresionantes. Y siendo importante e imprescindible el personaje de la madre, aquella que no quiere ver porque no puede asumir, el padre es el más complejo y el que más me ha interesado. Un hombre que vive por y para la ficción… Que prefiere un libro a un hijo y el chaval, nuestro protagonista, se ha de convertir en un personaje para ser visto por él y que le muestre un mínimo aprecio.

Y es por eso que el libro empieza con la frase:

 “Yo escribo porque mi padre leía. …”

Y creo que Juan José Millás ha logrado otra vez sorprender al lector y conseguir una historia redonda…

Casi como una canica 😉

 

 

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La chica de Kyushu, de Seicho Matsumoto

La chica de Kyushu

La chica de KyushuVenga, voy a admitirlo: La chica de Kyushu, como casi todos los libros de Asteroide, lucía magnífico en mi Instagram. No le hacían falta ni filtros, con esa portada en rojo y los kanjis asomando debajo del título. Además, quedaba genial decir “es una novela negra japonesa de los años sesenta” cuando alguien aparecía por casa y lo veía sobre alguna mesa, apenas empezado. A su autor lo comparan con Simenon, repetía yo, después de haberlo aprendido en la reseña de El expreso de Tokio que había escrito Diego Palacios en su momento.
Y sin embargo tengo que reconocer que todo era pose. Había comenzado el libro pero no me entusiasmaba, y empezaba a mirar con recelo las doscientas páginas que quedaban.
El planteamiento inicial es un clásico del género negro, equivalente a la entrada de la rubia despampanante en el despacho del investigador privado. En este caso la joven (y bella) Kiriko Yanagida, de la provincia de K, acude a la oficina tokiota del abogado Kinzo Otsuka. Su hermano ha sido acusado de un crimen que, dice ella, no ha cometido, y teme que un inepto abogado de oficio de K no sepa defender su causa. En un principio Kinzo Otsuka rechaza el caso dado que la joven Kiriko no dispone de recursos para pagar a alguien tan afamado como él, pero ella encuentra la comprensión de Keiichi Abe, periodista de la reputada revista Ronso.
En mi cabeza el resto parecía claro, y por eso me daba pereza continuar leyendo: Keiichi se enamora de Kiriko y juntos logran que el abogado Otsuka la represente y descubra los puntos débiles en la acusación que pesa sobre su hermano. Nada más lejos de la realidad. El letrado se mantiene firme y la joven tiene que volver a la lejana K porque sus limitados ahorros no le permiten continuar en la capital, lo que desencadenará que la historia, tan lineal hasta ese momento, descarrile.
Bien por Matsumoto, ahí me volvió a enganchar y ya no pude soltar el libro. Cuanto más se separa de lo que podríamos considerar los clichés del género, más brillante resulta. La chica de Kyushu no sirve tanto como intriga policiaca (no lo es) como de testimonio de la sociedad de su momento y, más concretamente, del sistema judicial nipón de la época. En efecto, tal y como le ocurre a Kiriko, no eran pocos los que se veían indefensos cuando tenían cualquier contencioso con la justicia por la imposibilidad de pagar un abogado. Este punto de crítica y también la que se refiere a las enormes diferencias de desarrollo entre Tokio y las zonas rurales, convierten esta novela en un interesante retrato de un Japón alejado de lo que estamos acostumbrados a ver y a leer.
Una de las decisiones más interesantes de Matsumoto en la novela es la de prescindir de héroe, más allá del papel secundario del periodista Keiichi Abe, que hasta el último momento trata de ayudar a Kiriko sin más interés que hacer el bien. Salvo él, el resto de personajes tienen un reverso tenebroso, una parte oscura que tarde o temprano sale a la luz y representa el mal inherente que todos somos capaces de desarrollar cuando nos sentimos justificados para ello.
Con la mencionada crítica de la justicia y de la desigualdad como trasfondo, la trama evoluciona hacia un sálvese quien pueda en el que serán la venganza y el egoísmo las principales motivaciones de casi todos los protagonistas para pasar a la acción. Una venganza calculada, que se despliega de la mano de la gran evolución que se observa en los dos personajes más fuertes (el abogado y la joven), otro acierto, si bien el autor no logra que los secundarios dejen de estar un poco anclados en los tópicos.
Narrada en un estilo sobrio, directo pero certero, capaz de reflejar perfectamente la vida urbana tokiota sin recrearse en exceso en el atractivo de los bajos fondos, La chica de Kyushu termina siendo una buena lectura, distinta a la que uno espera cuando se encuentra con ella pero muy disfrutable en todo caso.

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Cuántica, de José Ignacio Latorre

cuantica“¿Todo debe ser útil?” A veces basta la “belleza de una ecuación”, su “simplicidad y simetría” que nos llevan a la construcción de “una catedral intelectual”. Porque “la construcción de una catedral requiere un andamiaje prolífico que solo es retirado al final. Solo entonces, cuando los utillajes y la suciedad de la obra son eliminados, la belleza se hace patente. [Ahora] podemos explicar mecánica cuántica en nuestras universidades de forma limpia y elegante. Ahora podemos ver fácilmente su belleza interna. Basta adentrarse muy poco a poco”.

Decía Richard P. Feynman, uno de los más grandes físicos de todos los tiempos que “si usted cree que entiende la física cuántica, eso no es más que la prueba irrefutable de que usted no entiende la física cuántica”. El punto fuerte de Feynman no era dar ánimos, pero por desgracia, razón nunca le faltó. Y es que eso es la Teoría Cuántica: una catedral de la Física. Este libro no es más ni menos que una visita guiada por esa catedral que tanto intimida.

Jose Ignacio Latorre es catedrático de Física Teórica de la Universidad de Barcelona y director del Centro de Ciencias de Benasque Pedro Pascual. Una curiosidad es que Latorre fue postdoc de Daniel Z. Freedman en el MIT, creador de la supergravedad, cosa nada baladí: “Él pulió mis apresurados cálculos y me impregnó de la máxima que rige el buen hacer científico: el diablo vive en los detalles”.

El libro consta de un prólogo, cinco capítulos y dos apéndices.
Podríamos describir aquí alrededor de qué orbita cada una de las secciones pero creo que será más enriquecedor hablar acerca del mensaje fundamental sobre el que se apoya el libro:

“La realidad objetiva no existe: nos lo dice la ciencia”.

Una afirmación tan categórica como aterradora. Pero es que el azar es inherente a la naturaleza. Mientras que la física clásica es determinista, todos los experimentos de mecánica cuántica demuestran que venimos del azar. Y nos enseñan humildad: nos dicen que no tenemos derecho a conocer la realidad.
Cada experimento a escala subatómica, cuántica, nos dice que sólo podemos captar alguna información (posición, movimiento…) de las partículas que medimos pero no conocer su esencia ya que en cuanto las miras, inevitablemente las perturbas y alteras.
De aquí podríamos inferir que la realidad es inaprehensible, pero la respuesta no es tan directa. La realidad es un concepto sutil. Existe en la medida en que la miras. Acercarte a conocerla  la condiciona y la crea.
Es algo que va en contra de los sentidos y de la propia intuición.
Al mismísimo Einstein le costó aceptarlo, que espetó a su colega Bohr, paladín cuántico: “¿De verdad crees que la Luna no está si no la miro?”.
De acuerdo pero, ¿la realidad existe o no? “Cuántica. Tu futuro en juego” nos explica que la mecánica cuántica describe un fenómeno si lo observas. La ciencia cuántica ya no es ontológica (estudio del ser), sino epistemológica (estudio del fenómeno, lo único enteramente cognoscible). Como se puede comprobar, el libro invita mucho a ponerse “metafísico”.

En el texto, Latorre desmonta el paradigma de la utilidad, tan vilmente usado contra la investigación básica. También transita por diversos enfoques epistemológicos que van del coherentismo al escepticismo más radical y presenta los usos de la teoría cuántica en algunas tecnologías, como las médicas o la metrología. El libro pasa de puntillas por otras áreas del conocimiento dejando con ganas al lector de profundizar más en la criptografía o la computación cuántica así como en otros territorios como los vínculos entre el caos y la teoría de la información.
“Cuántica. Tu futuro en juego” es uno de esos libros de divulgación que hay que leer para saber qué se nos viene encima y no veo mejor forma de invitaros a leerlo que dejaros la invitación que nos hace el autor al final del prólogo. Disfruten de la visita y si tienen preguntas, no se las guarden. Eso es buena señal.

“En el imaginario de las ciudades sutiles, Cuántica se fija de forma perenne en la memoria del viajero. Las disputas intelectuales de sus ágoras despiertan la imaginación, el afán de saber y la admiración.

Sean bienvenidos a la cuidad de Cuántica.”

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