
Hace poco más de dos años me llevé una grata sorpresa al enterarme de que la Rice volvía por sus fueros. Volvía al género que mejor domina y la encumbró: a los vampiros. A SUS vampiros. A ese tipo de vampiros de los buenos, no a los de la última hornada crepuscular. A Lestat, Louis, Marius y todos esos seres oscuros con nombres extraños y a la vez tan de mi gusto… No me lo esperaba y, aunque nunca han quedado relegados a mi olvido interior, si habían quedado algo marginados por otras lecturas, flotando en mi interior, como Amel en el cerebro de Lestat.
Así que cuando me entero de que Ediciones B publica este El príncipe Lestat y los reinos de la Atlántida me quedé mucho más soprendido que hace dos años. Me quedé picueto. Con el culo torcido totalmente. Porque normalmente este tipo de libros genera noticias mucho antes de su publicación. Con el anterior, El príncipe Lestat, los rumores empezaron un año antes de su llegada a España. En cambio, con este no había oído ni el más mínimo susurro…
Pero venga, al turrón. Más allá de la sorpresa inicial, ¿qué nos depara este nuevo libro (el 14 según la guía informal de las Crónicas vampíricas? Pues, aunque no lo parezca continuamos la trama que parecía cerrada en el libro anterior. Más que nada seguimos con el asunto de Amel. Con Lestat coronado como Príncipe y esperando gobernar en paz a los vampiros aparecen unos extraños seres para dar vidilla a la Corte. Tienen apariencia humana y deambulan entre nosotros, pero no son humanos. Son fuertes e inteligentes y pueden suponer la extinción de toda la “vampiridad”. Además, por si fuera poco estos seres podrían ofrecer una dimensión imprevista a la historia de Amel, quien recordemos, es el responsable de animar a toda la comunidad vampírica. ¿Serán aliados o enemigos estos nuevos personajes?
Desde luego, hay que reconocerle el mérito a la Rice. Cuando parecía que todo se había contado (aparte de poder sacarse de la manga vampiros nuevos que nos narren su triste y azarosa historia desde su origen hasta la actualidad, claro está, eso siempre puede hacerlo) sobre nuestros viejos amigos chupasangre, va y los relaciona con la leyenda de la Atlántida. Para quitarse el sombrero. Aunque también es verdad que al leer el título en parte me entró algo de miedo pues pensé que ahora Lestat iba a ser uno de esos personajes que corren aventuras del palo Wally en América, Wally con los vikingos, Wally y los números…
Por fortuna no ha sido así, y Anne Rice ha demostrado ser muy bizarra. (Bizarra en el sentido correcto, o sea, valiente). Y es que tanto en este como en el libro precedente, de “cosas de vampiros” hemos visto poco que yo recuerde del asunto meramente vampírico. Se mantienen los personajes, pero la trama, aunque muy atractiva va orientada por el lado de espíritus antiguos, fantasmas… Quiero decir: de vampiros alimentándose de humanos vemos poco. Ya sabemos que no hace falta, ya hemos leído bastante sobre eso y me parece muy bien que la autora quiera investigar otras líneas, otros temas. Y repito, lo aplaudo, porque sigue hablándonos de nuestros personajes de siempre (de hace 25 años al menos) con las mismas dudas y temas (existencialismo, eternidad, orígenes, dolor, sufrimiento, amor pansexual,…) y a la vez logra introducir nuevos personajes y tramas más allá de lo que uno espera en un libro de Lestat, uno de los mejores vampiros de la literatura. Parece que amparadas bajo el paraguas de Lestat caben ya todo tipo de historias, que Lestat es un mero gancho para seguir atrayendo a los fieles. Pero esa es una primera impresión. La historia, con sus virtudes y defectos, está bien contada y es razonadamente creíble (creíble en el sentido de que, ¡coño! ¡Si estamos leyendo un libro de vampiros como si nada, estos otros personajes no desentonan con la necesaria suspensión de la incredulidad, están bien encajados en la novela!).
Principales pegas de este libro: las descripciones. Hay momentos en los que a la Rice le da por describir y describir y describir, y se hace eterno. Por otra parte, siempre he dicho que lo mejor de sus Crónicas Vampíricas son los tres primeros libros (Entrevista con el vampiro, Lestat el vampiro y La reina de los condenados). En esta novela sale a colación varias veces el nombre de Memnoch, quinto de los libros (Memnoch el diablo). Si lo has leído entenderás mejor esas partes, pero si no, tranquilo, no hace falta que lo leas (es más, yo no te lo recomiendo) al final hay un apéndice con un resumen de los 14 libros de las Crónicas (incluido el que ahora reseño) y también se habla de Memnoch. ¡Y también tienes internet!
En los puntos buenos: la edición preciosa con los cantos de las hojas en color azul “Atlántida”, el apéndice de personajes y lugares más importantes de las crónicas y, por supuesto, los personajes que conocemos.
El príncipe Lestat y los reinos de la Atlántida es un libro para los fans de Lestat y de la Rice. Para los que se desilusionaron con los libros intermedios desde El ladrón de cuerpos hasta Cántico de sangre. En medio hubo buenos, sí, pero también malos. Un libro para los que recuperaron la esperanza con El príncipe Lestat y quieren seguir las andanzas del vampiro roquero, de su parásito Amel y de todos cuantos le acompañan.
Estoy seguro de que si Anne Rice ha sido capaz de inventar esta historia, es capaz de volver a sorprendernos en un futuro no muy lejano con alguna aventura aún mejor y más vibrante. ¡Y con terror, por favor, que son vampiros!
No es el mejor libro de Anne Rice, pero tampoco el peor. Entretiene mucho y a partir de la última página muchas cosas pueden pasar en el universo literario de Lestat y compañía.

Si hay algo que nadie puede parar, por mucho dinero o poder que tenga, es el paso del tiempo. Queramos o no queramos, chillemos o pataleemos, a medida que pasamos las páginas del calendario cada vez las resacas son más duras y el sueño resulta más difícil de coger; cada vez son más los amigos que empiezan a trabajar el arte de la excusa para evitar salir a la calle más de lo indispensable, y cada vez uno se da más cuenta de que la mejor época de su vida ha pasado y que todo lo que viene a partir de ese momento va a ser cuesta abajo. Y sí, esto lo dice un mocoso de veinticinco años. Más o menos el momento en el que uno es consciente de que los veranos de tres meses se fueron para no volver jamás.
Parece mentira que lo que está ocurriendo en Corea del Norte sea verdad. Que sepamos tan poco sobre lo que allí ocurre y que lo poco que nos llega sea de manera sesgada y aun así nos escandalice. Y no es para menos. No tenemos ni idea de lo que Kim Jong-un está haciendo con su país. Sinceramente, me aterra que gente como él esté donde está.
Este es uno de esos libros que me atrapan por su sinopsis. Un libro de esos que alterno con novelas y que voy leyendo poco a poco, como si se tratara de una revista. Algo así como un libro de verano, algo ligero y al mismo tiempo interesante que me permita tomarlo y volver a él cuando me apetezca (véase: de tumbona en tumbona).


Con Corrupción policial, el lector es libre de elegir cómo quiere leerlo. En verdad, esto se aplica a cada libro que podamos leer en la vida, sea cual sea; sin embargo, no es tan usual que se pueda aplicar a una novela de aspiraciones principalmente comerciales y de entretenimiento, como es, supuestamente, el caso de todas las obras de 
Por amor se han hecho muchas locuras a lo largo de la historia. Quizás ninguna tan bárbara como la del doctor Carl von Cosel quien, tras no poder salvar a Elena Hoyos, su amor platónico, de morir por tuberculosis, decidió exhumar su cadáver dos años después de que la joven soltase su último suspiro. Tras ello, hizo lo posible por que el cadáver tuviese el aspecto (y el hedor) más humano posible y mantuvo una relación enfermiza con éste hasta que fue descubierto siete años más tarde por la hermana de la fallecida. Está claro que si tomamos como base este caso cualquier locura por amor de la que hablemos va a parecer pequeña.
Como la mejor literatura, la novela gráfica no sólo nos ayuda a conocer el mundo, sino que, con cada vez mayor frecuencia, resucita a extraordinarios personajes como 


Hero of war es una de las canciones más conocidas del grupo estadounidense Rise Against. En ella, un hombre cuenta en primera persona cómo fue reclutado para el ejército y qué tuvo que hacer durante el tiempo en que estuvo destinado en una guerra. El protagonista de esta canción, al igual que los personajes que Tim O’Brien creó unas décadas antes, no se alistó como soldado por convicción, por tener deseos fervientes de defender a su patria. Simplemente, sin saber muy bien cómo, acabó con un arma entre sus manos y terminó asimilando que en los conflictos armados hay que hacer cosas que no se quieren hacer.
Cualquiera que me conozca bien sabe que estoy un pelín obsesionada con la literatura del siglo XIX. Hay algo en ella que me relaja y que me hace querer leer para conocer más. Esa vida alejada de las tecnologías pero lo bastante adelantada como para permitir a quien quisiera (en realidad, en aquella época no era quien quisiera, sino quien se lo podía permitir) llevar una vida tranquila y viajar para conocer la cultura de otros países.
Redactar un currículum es, ahora, casi tan complicado y creativo como escribir la mejor de las novelas. El actual mercado laboral, basado en una competencia sin igual entre los distintos aspirantes al puesto de trabajo, confirman lo que parece la verdadera finalidad del historial de empleo de un trabajador: convertirse en un superventas. Escribir que tienes conocimientos de informática, dominas la lengua inglesa —nivel alto escrito, leído y oral— y haber trabajado en cuatro empresas de las más potentes del mercado ha quedado ya en los noventa, como las carpetas forradas con fotos de Leonardo Dicaprio y escuchar a Bryan Adams. Ahora lo que se lleva es expresar todas tus aptitudes profesionales con voces inglesas, porque según quien contrata, queda más molón, y ser muy imaginativo. El más fantástico. El fuckin’ master de la creatividad. Pues eso, así me va…