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El príncipe Lestat y los reinos de la Atlántida, de Anne Rice

el principe lestat y los reinos de la atlantida

el principe lestat y los reinos de la atlantidaHace poco más de dos años me llevé una grata sorpresa al enterarme de que la Rice volvía por sus fueros. Volvía al género que mejor domina y la encumbró: a los vampiros. A SUS vampiros. A ese tipo de vampiros de los buenos, no a los de la última hornada crepuscular. A Lestat, Louis, Marius y todos esos seres oscuros con nombres extraños y a la vez tan de mi gusto… No me lo esperaba y, aunque nunca han quedado relegados a mi olvido interior, si habían quedado algo marginados por otras lecturas, flotando en mi interior, como Amel en el cerebro de Lestat.

Así que cuando me entero de que Ediciones B publica este El príncipe Lestat y los reinos de la Atlántida me quedé mucho más soprendido que hace dos años. Me quedé picueto. Con el culo torcido totalmente. Porque normalmente este tipo de libros genera noticias mucho antes de su publicación. Con el anterior, El príncipe Lestat, los rumores empezaron un año antes de su llegada a España. En cambio, con este no había oído ni el más mínimo susurro…

Pero venga, al turrón. Más allá de la sorpresa inicial, ¿qué nos depara este nuevo libro (el 14 según la guía informal de las Crónicas vampíricas? Pues, aunque no lo parezca continuamos la trama que parecía cerrada en el libro anterior. Más que nada seguimos con el asunto de Amel. Con Lestat coronado como Príncipe y esperando gobernar en paz a los vampiros aparecen unos extraños seres para dar vidilla a la Corte. Tienen apariencia humana y deambulan entre nosotros, pero no son humanos. Son fuertes e inteligentes y pueden suponer la extinción de toda la “vampiridad”. Además, por si fuera poco estos seres podrían ofrecer una dimensión imprevista a la historia de Amel, quien recordemos, es el responsable de animar a toda la comunidad vampírica. ¿Serán aliados o enemigos estos nuevos personajes?

Desde luego, hay que reconocerle el mérito a la Rice. Cuando parecía que todo se había contado (aparte de poder sacarse de la manga vampiros nuevos que nos narren su triste y azarosa historia desde su origen hasta la actualidad, claro está, eso siempre puede hacerlo) sobre nuestros viejos amigos chupasangre, va y los relaciona con la leyenda de la Atlántida. Para quitarse el sombrero. Aunque también es verdad que al leer el título en parte me entró algo de miedo pues pensé que ahora Lestat iba a ser uno de esos personajes que corren aventuras del palo Wally en América, Wally con los vikingos, Wally y los números

Por fortuna no ha sido así, y Anne Rice ha demostrado ser muy bizarra. (Bizarra en el sentido correcto, o sea, valiente). Y es que tanto en este como en el libro precedente, de “cosas de vampiros” hemos visto poco que yo recuerde del asunto meramente vampírico. Se mantienen los personajes, pero la trama, aunque muy atractiva va orientada por el lado de espíritus antiguos, fantasmas… Quiero decir: de vampiros alimentándose de humanos vemos poco. Ya sabemos que no hace falta, ya hemos leído bastante sobre eso y me parece muy bien que la autora quiera investigar otras líneas, otros temas. Y repito, lo aplaudo, porque sigue hablándonos de nuestros personajes de siempre (de hace 25 años al menos) con las mismas dudas y temas (existencialismo, eternidad, orígenes, dolor, sufrimiento, amor pansexual,…) y a la vez logra introducir nuevos personajes y tramas más allá de lo que uno espera en un libro de Lestat, uno de los mejores vampiros de la literatura. Parece que amparadas bajo el paraguas de Lestat caben ya todo tipo de historias, que Lestat es un mero gancho para seguir atrayendo a los fieles. Pero esa es una primera impresión. La historia, con sus virtudes y defectos, está bien contada y es razonadamente creíble (creíble en el sentido de que, ¡coño! ¡Si estamos leyendo un libro de vampiros como si nada, estos otros personajes no desentonan con la necesaria suspensión de la incredulidad, están bien encajados en la novela!).

Principales pegas de este libro: las descripciones. Hay momentos en los que a la Rice le da por describir y describir y describir, y se hace eterno. Por otra parte, siempre he dicho que lo mejor de sus Crónicas Vampíricas son los tres primeros libros (Entrevista con el vampiro, Lestat el vampiro y La reina de los condenados). En esta novela sale a colación varias veces el nombre de Memnoch, quinto de los libros (Memnoch el diablo). Si lo has leído entenderás mejor esas partes, pero si no, tranquilo, no hace falta que lo leas (es más, yo no te lo recomiendo) al final hay un apéndice con un resumen de los 14 libros de las Crónicas (incluido el que ahora reseño) y también se habla de Memnoch. ¡Y también tienes internet!

En los puntos buenos: la edición preciosa con los cantos de las hojas en color azul “Atlántida”, el apéndice de personajes y lugares más importantes de las crónicas y, por supuesto, los personajes que conocemos.

El príncipe Lestat y los reinos de la Atlántida es un libro para los fans de Lestat y de la Rice. Para los que se desilusionaron con los libros intermedios desde El ladrón de cuerpos hasta Cántico de sangre. En medio hubo buenos, sí, pero también malos. Un libro para los que recuperaron la esperanza con El príncipe Lestat y quieren seguir las andanzas del vampiro roquero, de su parásito Amel y de todos cuantos le acompañan.

Estoy seguro de que si Anne Rice ha sido capaz de inventar esta historia, es capaz de volver a sorprendernos en un futuro no muy lejano con alguna aventura aún mejor y más vibrante. ¡Y con terror, por favor, que son vampiros!

No es el mejor libro de Anne Rice, pero tampoco el peor. Entretiene mucho y a partir de la última página muchas cosas pueden pasar en el universo literario de Lestat y compañía.

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Francamente, Frank, de Richard Ford

Francamente, Frank

Francamente, FrankSi hay algo que nadie puede parar, por mucho dinero o poder que tenga, es el paso del tiempo. Queramos o no queramos, chillemos o pataleemos, a medida que pasamos las páginas del calendario cada vez las resacas son más duras y el sueño resulta más difícil de coger; cada vez son más los amigos que empiezan a trabajar el arte de la excusa para evitar salir a la calle más de lo indispensable, y cada vez uno se da más cuenta de que la mejor época de su vida ha pasado y que todo lo que viene a partir de ese momento va a ser cuesta abajo. Y sí, esto lo dice un mocoso de veinticinco años. Más o menos el momento en el que uno es consciente de que los veranos de tres meses se fueron para no volver jamás.

En Francamente, Frank, Richard Ford, premio Princesa de Asturias de las Letras en 2016, nos habla de todo lo malo que tiene hacerse viejo, en un contexto horrible para pasar este trago: el escenario postapocalíptico que dejó la crisis económica de 2008 y que Ford agrava con el efecto devastador que tuvo el huracán Sandy en el estado de Nueva Jersey.

Ford hace literatura de gran altura sobre esa base, con el empleo de ingredientes tan poco agradables pero tan comunes como la destrucción de la prosperidad, la soledad, la enfermedad, la desidia por todo lo que nos rodea o los simples achaques de la vejez. Al fin y al cabo es una lectura realista y contemporánea y, como tal, es lógico que sea dura y desesperanzada. A través de Frank Bascombe, un personaje que le ha acompañado desde 1986, cuando publicó El periodista deportivo, el autor americano construye cuatro historias que desprenden un fuerte hedor pesimista y cínico, muy actual, en el que la desconfianza por todo lo que nos rodea es el pan nuestro de cada día. Asistimos así al hundimiento de todo aquello que creíamos que era indestructible, desde los ojos de un septuagenario que vive sin demasiado entusiasmo la penúltima etapa de su vida.

El protagonista, antiguo agente inmobiliario, asiste a los cambios bestiales que se han producido en su entorno, bajo las luces y las sombras de la segunda legislatura de Obama. Aquella en la que se pasó del ‘Sí se puede’ al ‘Ya si eso en otra ocasión’. Ante él aparecen personajes que no viven sus mejores momentos: un antiguo comprador de una casa que ha quedado convertida en escombros por el huracán; la antigua propietaria de la vivienda de Bascombe, con una historia terrible a sus espaldas; la incómoda visita a su exmujer, enferma de párkinson, y el último adiós a un antiguo amigo, que sufre una enfermedad terminal.

Es el primer libro que leo de este autor, pero su prosa contiene muchos de los matices que suelo apreciar en un escritor: una ironía muy afilada, una fijación en esos pequeños detalles que tanto ayudan a dar credibilidad a un relato o los temas y comportamientos cotidianos abordados desde prismas distintos a los habituales. La intolerancia, el racismo y el radicalismo creciente, que ha alcanzado su apogeo en nuestros días, ya son recogidos por Ford, que se demuestra hábil en captar el clima que se iba fraguando en su país y que acabó colocando a un ser como Donald Trump en el despacho oval. Otro motivo más para resguardarse en el viejo dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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La acusación, Cuentos prohibidos de Corea del Norte, de Bandi

La acusación

La acusaciónParece mentira que lo que está ocurriendo en Corea del Norte sea verdad. Que sepamos tan poco sobre lo que allí ocurre y que lo poco que nos llega sea de manera sesgada y aun así nos escandalice. Y no es para menos. No tenemos ni idea de lo que Kim Jong-un está haciendo con su país. Sinceramente, me aterra que gente como él esté donde está.

Que un libro como La acusación, Cuentos prohibidos de Corea del Norte vea la luz es muy importante para que podamos hacernos una idea de lo que allí ocurre. Poco sabemos del autor que se esconde bajo el pseudónimo de Bandi y que aún está en Corea del Norte. Lo único que se sabe es que nació en 1950 y que pertenece al Círculo de Escritores Coreanos. El manuscrito de este libro pudo salir del país gracias a la ayuda de un familiar y de una organización pro derechos humanos de Seúl, que consiguió que un turista lo ocultase entre materiales propagandísticos para sacarlo del país. ¿Veis ya la importancia que tiene este libro? Alucinante.

Ha sido publicado en más de veinte países y traducido a otros tantos idiomas. En España, gracias a la editorial Libros del asteroide podemos disfrutar de él y del valor de la escritura como salvación para este autor.

La acusación, Cuentos prohibidos de Corea del Norte está compuesto por siete relatos ambientados en la década de 1990, bajo los gobiernos de Kim Il-sung y Kim Jong-il. Como ya sabéis, se trata de regímenes sumamente opresores, herméticos y controladores, así que, como entenderéis, los relatos que encontramos en este libro son muy duros y realistas. El reflejo de una realidad cruda que Bandi conoce bien, ya que él mismo ha sido testigo de la muerte de muchos de sus familiares y amigos y ha pasado las terribles hambrunas que a finales de los años ochenta acaecieron en el país.

Relatos que retratan la vida cotidiana en Corea del Norte, personajes comunes que viven bajo ese hermetismo como el relato de una mujer que se encuentra con el mismísimo Gran Lider; un hombre que desea viajar a ver a su madre moribunda o un niño aterrado que llora ante el retrato de Karl Marx porque piensa que es un Obi, un monstruo de la literatura coreana.

Os recomiendo totalmente su lectura, porque lo que yo os pueda decir sobre él no sirve de nada. Este es un libro que hay que leer casi como una obligación, una necesidad y una deuda con Bandi. Le debemos a este autor, que ha escogido este pseudónimo que en coreano significa luciérnaga,  la oportunidad de poder brillar. Debemos hacer que este libro siempre encuentre la luz.

 

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Historia portátil del mundo, de Alexander Von Schönburg

Historia portátil del mundo

Historia portátil del mundoEste es uno de esos libros que me atrapan por su sinopsis. Un libro de esos que alterno con novelas y que voy leyendo poco a poco, como si se tratara de una revista. Algo así como un libro de verano, algo ligero y al mismo tiempo interesante que me permita tomarlo y volver a él cuando me apetezca (véase: de tumbona en tumbona).

Escrito por Alexander Von Schönburg, Historia portátil del mundo es una especie de ensayo para los amantes de la historia. El autor, de origen somalí y con residencia en Berlín, ha trabajado para diferentes medios como redactor: Frankfurter Allgemaine Zeitung, la revista  Park Avenue o el periódico Bild. Los cuatro libros que ha publicado hasta la fecha han sido un gran éxito en Alemania (lo que me hace preguntarme por qué aún no han sido publicados en España, pero eso ya es otro asunto).

Volvamos al libro. Como os decía, Historia portátil del mundo es un libro que gustará especialmente a los apasionados de la historia, pero, sobre todo, enganchará a los lectores más curiosos. Alexander Von Schönburg, quien defiende la idea de que los nombres, fechas y datos en la historia no son tan importantes como las preguntas que se esconden detrás de esos hechos históricos y su vigencia en el presente, ha escrito un libro que nos habla no sólo de los acontecimientos más relevantes de la historia, sino que nos ayuda a entender el significado que tales sucesos han tenido. Cómo veis, es una forma bastante original de abordar la historia el no limitarse a lo que ocurrió simplemente, sino tratar de comprender la repercusión de dichos sucesos.

Así, en trescientas veinte páginas, el autor condensa de manera amena y muy accesible la historia del mundo. Y como leemos en la contraportada: “¿Se puede contar la historia del mundo en menos de cuatrocientas páginas? Este libro es la respuesta: sí”. Así que, para los escépticos, la respuesta es que sí se puede. O al menos, Alexander Von Schönburg, lo consigue combinando conocimiento, destreza literaria, inteligencia y humor, porque este libro también tiene un toque humorístico que no le resta precisión y que queda bastante curioso.

La parte original del libro son, sin duda, las conexiones que el autor establece entre diferentes épocas, territorios y lugares mediante preguntas como: “¿Qué hechos remotos siguen determinando nuestra existencia?, ¿podemos aprender de la historia y de los errores que el hombre ha cometido?”.

Historia portátil del mundo me ha resultado un libro muy curioso y entretenido, la verdad. En diez capítulos cortos, el autor condensa nuestra historia y las reflexiones que ésta nos provoca. Y lo hace divertido, ameno y fascinante. Un acierto para los lectores más curiosos.

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Declive, de Antonio García Ángel

Declive

Jorge despierta un día para ir a trabajar, en su turno de noche en un call center, y se da cuenta de que sus pies están creciendo. Nada escandaloso, unas pulgadas solamente, lo justo para incomodarle a la hora de ponerse los zapatos. Se logra calzar a duras penas, pero antes de abordar su autobús pierde uno de ellos de un pisotón y tiene que viajar de pie hasta su destino con la desagradable sensación de ir medio descalzo. Esa desazón, que irá creciendo conforme avanza la novela, es el hilo conductor de Declive, de Antonio García Ángel. Al asunto de los pies se unirán más adelante una plaga de hormigas en su apartamento, los problemas con su padre anciano y una sensación general de desencanto con la vida, el trabajo y el amor.
Lo cierto es que, si la intención de este autor colombiano es desasosegar al lector, doy fe de que lo consigue. No hay casi ningún momento de respiro, de iluminación en la novela, y, sin que medie nada trágico, pocos pasajes son felices en la existencia de Jorge, que incluso cuando se relaja viendo películas de serie B termina teniendo pensamientos negativos y pesadillas.
La narración en sí se vertebra mediante la acumulación de momentos cotidianos narrados con sumo detalle, hasta llegar a límites soeces en ocasiones. Las jornadas de trabajo son agotadoras, los momentos en casa tediosos y el transporte entre un lugar y otro, siempre complicado y con mal tiempo. Para colmo, la situación de su padre empeora por momentos y las hormigas no hacen más que aparecer en los lugares más insospechados. El lector es testigo de su hundimiento minuto a minuto, hora tras hora, y no puede hacer nada más que seguir leyendo para comprobar que, la mayor parte del tiempo, las cosas lo único que pueden hacer es ir a peor de una manera inexorable.
Antonio García Ángel, con una marcada influencia existencialista que recuerda a “La metamorfosis” de Kafka, consigue un texto interesante para comprender cómo las dinámicas negativas de las grandes ciudades (Bogotá en este caso) pueden engullir a los individuos. Una reflexión sobre la falta de reflexión en la propia existencia, sobre el vacío de nuestros actos diarios y lo sencillo que resulta dejarse arrastrar por la corriente hasta que se está tan lejos de la orilla que no se recuerda dónde se quería llegar. Además, ofrece una foto detallada del día a día de Bogotá, curiosa para quienes no la conocemos y agradable, imagino, para aquellos que sí.
Sin embargo, por qué no decirlo, Declive también es una obra un poco aburrida en algunos tramos (y eso que solamente tiene 129 páginas), en la que la repetición de patrones puede llegar a cansar, por lo menos durante los primeros dos tercios. La cadencia narrativa, con frases cortas y simples, no permite grandes alardes tampoco, y los personajes aledaños no aportan demasiado a la trama, con excepción del padre del protagonista, un anciano peculiar y malhablado al que se odia y se coge cariño a partes iguales. Las hormigas, tengo que decirlo, salvan el conjunto al final, pero para ello Jorge, y el lector, han de caminar hasta ahí, y no resulta fácil con los pies dos tallas más grandes de lo habitual…

 

 

 

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Corrupción policial, de Don Winslow

Corrupción policialCon Corrupción policial, el lector es libre de elegir cómo quiere leerlo. En verdad, esto se aplica a cada libro que podamos leer en la vida, sea cual sea; sin embargo, no es tan usual que se pueda aplicar a una novela de aspiraciones principalmente comerciales y de entretenimiento, como es, supuestamente, el caso de todas las obras de Don Winslow, más enfocadas al mercado que a la trascendencia; máxime teniendo cierto conocimiento del tipo de personaje que suele protagonizar sus novelas.

Corrupción policial no es una historia de buenos y malos; es, más bien, una historia de malos, peores y pésimos. Tan es así, que el lector que busque un héroe con el cual identificarse y al cual animar y desear que tenga un final feliz se puede sentir perdido o, tal vez, estafado. El referente que nos ofrece o propone Winslow es Denny Malone, quien, al comenzar la novela, que no la historia, está en la cárcel. Nos enteramos, acto seguido, de que es un superpoli caído en desgracia; otrora rey de las calles junto con su equipo, un cuerpo selecto de policías con licencia para todo con tal de hacer valer… ¿el qué? ¿La justicia? ¿El imperio de la ley? ¿O su propia ley, sea ésta cual sea? Lo que fuera que hacían valer se nos comienza a describir con pelos y señales, con vívidas escenas y frías pormenorizaciones de los actos que cometían los servidores mejor considerados y más temidos de la ley y del orden, y he aquí -es decir, en los primerísimos compases- donde el lector comienza a sentir que en esta novela va a quedar huérfano de referentes morales, de alter egos ficticios en los que encarnarse para elevarse sobre la sucia y deprimente realidad.

La característica principal de Corrupción policial es esa misma: que todo el mundo está corrompido y que el autor nos muestra claramente esa corrupción; pero obligándonos para ello a conocer la historia desde el punto de vista del supuesto héroe, el protagonista, Denny Malone. Podremos odiar a Malone por cómo ha llegado a ser, por sus acciones impunes, desvergonzadas y, en ocasiones, imperdonables, escandalizadoras, inmorales; pero es a él a quien debemos seguir. Y lo seguiremos mientras protagoniza su historia de decadencia moral, de descenso a los infiernos humanos y, más tarde, sociales, corporativos, políticos, personales. Lo que sucede es que Malone es imperdonable por una cosa más: porque nos va a servir en bandeja toda una serie de excusas, discursos autoexculpatorios, justificaciones de lo que ha hecho y de por qué lo ha hecho. Lo hace con convicción, aportando argumentos de cierto peso: si hay traficantes, gángsters, mafiosos, y también hay abogados, fiscales, jueces, políticos de todo tipo y de todo nivel que se lo llevan crudo gracias a fraudes, engaños, compraventa de drogas, apaños, amaños, mentiras, juego sucio y crímenes leves y graves, ¿por qué nosotros no? ¿Por qué unos policías, que no son otra cosa que buenos muchachos nacidos en familias trabajadoras, con hijos a los que criar y enviar a la universidad, no pueden también llevarse su trozo de pastel? Al fin y al cabo, dicen Malone y sus compañeros, ¿acaso no estamos robándoles a los ladrones, cobrándonos unos impuestos al crimen, imponiéndoles una especie de multa, quitándoles parte de su dinero sucio? ¿Qué mal hacemos si nos gastamos nosotros ese dinero sucio y, de paso, impedimos que se lo gasten ellos? Más o menos, ése es el argumento principal que esgrimen. Y nos invitan a comprenderlo, a implicarnos, a decir que nosotros haríamos lo mismo.

Lo que sucede también con Corrupción policial (título quizá más acertado incluso que el original en inglés, The force, que también le va como anillo al dedo) es que es una novela de Don Winslow, escritor que ya ha demostrado que sabe darle la vuelta al asunto y quitarte la alfombra de debajo de los pies cuando menos lo esperas. Y en Corrupción policial juega con el lector como quiere, plantándole vueltas de tuerca, bandazos imposibles de prever, y, lo más interesante, desafiándolo una y otra vez a reafirmar su rechazo por Denny Malone y todo lo que él representa, algo que no sucedía en El poder del perro, por ejemplo, donde estaba muy claro desde el principio que el protagonista era el faro moral de la historia y donde no había dudas a la hora de identificarse con él. En Corrupción policial, el protagonista es un hombre cuya brújula moral ha dejado de señalar el norte; pero también una brújula estropeada señala el norte alguna vez, aunque sea sólo durante un momento, y esto también sucede con Denny Malone a lo largo de la novela. Una y otra vez, el autor nos invita a interrogarnos a nosotros mismos por nuestro alineamiento, sobre todo a la luz de información nueva que nos va proporcionando. A medida que avanza la novela, de ritmo trepidante, las máscaras van cayendo y cada personaje se revela exactamente como lo que es; y lo que hay debajo del disfraz no sólo resulta deprimente e indignante, sino poco sorprendente; el lector espera esa ruindad moral y no sólo no se asombra ya de ella, sino que lo que lo asombra es no haberla detectado antes.
Es imposible saber, con sólo leer el libro, si estamos ante una buena demostración de oficio por parte de Don Winslow o si el paisaje humano y colectivo, de sólidos tonos negros, que nos pinta responde realmente a su visión del ser humano y del mundo que ha construido. Quizás Corrupción policial participa del mundo de la posverdad, del mundo donde el ser humano ha perdido todos sus referentes morales y sólo puede aferrarse a aquello que le conviene, a pisar antes de ser pisado, a la mera supervivencia, y al dios dinero, que ha sustituido en su escala de valores a todos los demás dioses. Quizás. O quizás es un buen espejo deformador donde mirarnos para poder reconocer, al final, ese reducto de agonizante, pero aún viva, moralidad según la cual podemos calibrar todos los actos, propios y ajenos, y evitar identificarnos con un héroe profundamente fallido, profundamente fracasado en todos y cada uno de los objetivos ideales del hombre. Dado que no es verdad eso de que quien roba a un ladrón tiene mil años de perdón, ni lo de que como otro ha cometido peores actos que los nuestros, nuestras malas acciones no revisten ninguna gravedad.

Y una última cosa que importa mucho decir acerca de Corrupción policial es que resulta una lectura sumamente adictiva, y que se pasa bomba leyéndola. Suscita emociones y sentimientos, suscita indignación, incredulidad, rabia, suscita lástima, también empatía, e ira justiciera; se trata de una historia basada, se supone, en la realidad, tanto en lo malo como en lo bueno y humano que retrata. Y no se puede dejar de leer, por lo cual constituye una elección perfecta para leer este verano (o en cualquier otra época del año) como lectura de evasión. Aunque la maldad y la codicia que salpican las páginas huelan a podrido y aunque el skyline de Nueva York quede oculto por las negras nubes de la corrupción.

El acto final es sencillamente increíble.

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Amor perdurable, de Ian McEwan

Amor perdurable

Amor perdurablePor amor se han hecho muchas locuras a lo largo de la historia. Quizás ninguna tan bárbara como la del doctor Carl von Cosel quien, tras no poder salvar a Elena Hoyos, su amor platónico, de morir por tuberculosis, decidió exhumar su cadáver dos años después de que la joven soltase su último suspiro. Tras ello, hizo lo posible por que el cadáver tuviese el aspecto (y el hedor) más humano posible y mantuvo una relación enfermiza con éste hasta que fue descubierto siete años más tarde por la hermana de la fallecida. Está claro que si tomamos como base este caso cualquier locura por amor de la que hablemos va a parecer pequeña.

En Amor perdurable Ian McEwan toca el tema de la obsesión amorosa desde su particular prisma. Partimos, como casi siempre pasa en las obras de este autor, de un acontecimiento pintoresco, a partir del cual la trama va dirigiéndose por derroteros que en un principio eran inimaginables. Así, la novela da comienzo cuando un apacible día campestre que se disponían a vivir Joe y Clarissa, una pareja próxima al medio siglo de edad, es interrumpido cuando un niño queda atrapado en un globo aerostático y comienza a ascender sin poder hacer nada para evitarlo. Joe y otras personas que se encontraban cerca del lugar intentan sujetar el globo, pero todos ellos acaban soltando la cuerda que lo mantenía cercano a tierra, salvo un hombre que acaba falleciendo al caer al suelo desde una altura considerable. Este incidente marca fuertemente a Joe, no solo por los remordimientos que le provoca la duda de lo que hubiera pasado si no hubiese soltado la cuerda, sino porque a partir de ese incidente otro de los hombres que fueron a socorrer al niño, un joven de fuertes convicciones religiosas llamado Jed Parry, se obsesiona con él y comienza a perseguirle y a sostener que él y Joe están profundamente enamorados.

En esta novela —que cuenta con una adaptación cinematográfica que para nada le hace honor, ya que es bastante mediocre— el escritor inglés mantiene una de sus aficiones preferidas: la de jugar con el lector. Y es que McEwan ha demostrado con el tiempo que disfruta cambiando los patrones habituales para desconcertar a sus fieles. Le gusta marcar los tiempos de la narración y decidir qué información suministrar y cuál reservarse para, llegado el momento, dar un vuelco a las ideas habías podido ir labrando durante varios capítulos; también puede cambiar al narrador de buenas a primeras, sin previo aviso, o dedicar varias páginas a desgranar ideas científicas. Todo lo que sea necesario para que el lector no tenga posibilidad de hacerse una idea clara de por dónde le va a llevar la lectura.

De lo que no cabe duda tampoco, no obstante, es de que las novelas de Ian McEwan se distinguen por ser literatura con mayúsculas. Con un estilo muy cuidado, continuas figuras literarias y reflexiones de notable enjundia intelectual, este es uno de los escritores que no necesita de grandes historias para producir libros de calidad; da gusto leerle independientemente del tema que trate. Y en Amor perdurable la historia nos envuelve en un clima demente, en el que por momentos no somos capaces de distinguir qué es lo lógico y qué lo irracional cuando el amor lo inunda todo.

Estamos pues ante una novela muy apetecible para aquellos que estén dispuestos a recalentar un poco su mollera— ya que no es la típica novela ligerita de verano, ni se le parece— para dejar que le absorba durante horas una historia verdaderamente pasional.

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Fire!!, de Peter Bagge

Fire!!

Fire!!Como la mejor literatura, la novela gráfica no sólo nos ayuda a conocer el mundo, sino que, con cada vez mayor frecuencia, resucita a extraordinarios personajes como La virgen roja, La familia Carter o como la de hoy, cubiertos de un aura de leyenda y que son, como se dice en inglés, “más grandes que la vida”.

Acercaos a vuestra librería de cabecera y preguntad al librero por Zora Neale Hurston. Probad luego en la librería más grande de la ciudad, y a continuación paseaos por la red de bibliotecas públicas. Como último recurso, preguntad a vuestro  compañero de trabajo, ése que se jacta de haberlo leído todo, qué sabe de la señora Hurston. A lo sumo, le sonará vagamente el nombre y pensará, como pensaba servidor, que se trata de una activista, de una exploradora, de la Primera Ministra de Jamaica o de una nueva sospechosa del asesinato de JFK. A estas alturas, ya os habréis convencido de que nuestra amiga no ha gozado nunca del favor de nuestras editoriales, lo cual es una pena, porque, después de leer esta excelente Fire!!, se le despierta a uno ese apetito lector que sólo puede saciarse con un libro de esta autora.

Nacida en 1891, nieta de esclavos e hija de un aparcero y una maestra, la pequeña Zora era una niña de armas tomar. Ya en la primera página vemos que la ciudad de Eatonville, en Florida, una de las primeras “ciudades negras” de los Estados Unidos, le quedaba pequeña a nuestra heroína, que soñaba con ir a sitios e intenta montarse en un carromato que la lleve hasta el horizonte.

No obstante, lo cierto es que, por muy asfixiante que pudiera ser a ratos aquella ciudad, Zora siempre se sintió allí como en su casa, escuchando las increíbles historias que, sentado en el porche de su tienda, contaba a la parroquia el tendero Joe Clarke. En esas historias, donde se mezclan la Biblia y la fantasía, así como en el inconfundible y, a menudo, casi ininteligible dialecto de los afroamericanos del sur, encontramos algunos de los rasgos más distintivos de la futura obra de Hurston.

Hurston fue, sin duda, una mujer excepcional y el retrato que de ella hace Peter Bagge nos muestra a una persona que nunca se dejó encasillar y que nunca se amoldó a lo que la sociedad y, en particular, sus “hermanos” esperaban y hasta exigían de ella. A saber, Hurston rechazaba escribir sobre el tema racial y se distanciaba así de los principios del Renacimiento de Harlem, movimiento artístico que aspiraba a “elevar” la raza. ¿Se debe ello a que, habiendo crecido en una “ciudad negra”, Hurston apenas conoció los conflictos raciales? Bagge, que hace gala de una documentación enciclopédica, nos da a entender que semejante lógica sería demasiado simple para una persona tan compleja como nuestra autora. Hurston, de hecho, calificó a los escritores del Renacimiento de Harlem como la “lloriqueante escuela de negritud”, y subrayó que ella había dejado de pensar en términos de raza y pensaba tan sólo en personas. Algunos no le perdonarían nunca esa presunta traición, y no cuesta imaginar el trato que le darían los de siempre en la actual tiranía de lo politicorrecto,

La novela, que nos lleva desde la infancia de Hurston hasta su muerte, tiene un ritmo absolutamente endiablado, y por sus apasionantes páginas vemos pasar amantes, artistas, mecenas, esclavos (¡en los años 30!), ceremonias de vudú y hasta un auténtico zombi. Con unas ilustraciones coloridas y unos retratos al límite de la caricatura, Bagge nos ofrece una galería de personajes redondos, frescos, divertidos, y una protagonista a la que no le falta una sola imperfección. Creo que si conociera a Zora Neale Hurston, me aseguraría bien de no hacerla enfadar.

Y aunque, como señalaba al principio, os costará encontrar algo con que saciar la sed de lecturas de Hurston, Fire!! trae de propina más de treinta páginas de notas y fotografías explicándonos los detalles de prácticamente todas y cada una de las viñetas. ¡A disfrutar!

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Regreso a Twin Peaks, de VV. AA.

Regreso a Twin Peaks

Regreso a Twin Peaks

La vida, el tiempo, es lo que ocurre entre una temporada y otra de Twin Peaks. O sería bonito que así fuera. Laura Palmer nos lo prometió en los años 90. “Volveremos a vernos dentro de veinticinco años. Mientras tanto”. Puntos suspensivos. Y quizás, después de todo, esto sea lo más interesante. Ese “mientras tanto”. Porque David Lynch, que tiene un poco de genio y otro de visionario, tal vez loco, pareciera que pudiera incluirnos en sus historias, jugar con nosotros, los espectadores, como un ingrediente más y borrar el tiempo. Nuestro propio tiempo. Ese “como decíamos ayer” a lo Fray Luis de León.

A David Lynch hay que seguirle un poco de cerca para apreciarle. Con una personalidad muy marcada, sus productos, sus películas, responden a una particular manera de mirar el mundo, especialmente creativa e instintiva, basada, en parte, como ya confesara en Atrapa el pez dorado, en la meditación y fuertemente arraigada en el subconsciente.

Sobre su mirada, precisamente, en Regreso a Twin Peaks, el libro que, coincidiendo con el estreno de su tercera temporada, ha publicado Errata Naturae, Hilario J. Rodríguez recupera esta cita del propio director que probablemente encierre toda su esencia:

“Durante mi infancia, mis padres y yo tuvimos una vida como la que mostraban aquellas series de televisión de la época, con una familia y un perro muy felices. (…) Había casas bonitas, calles con árboles a ambos lados, el repartidor de la leche y muchos, muchos amigos. Era un mundo de ensueño, con aviones que de vez en cuando cruzaban un cielo muy azul, talanqueras, hierba verde y cerezos. La típica imagen americana de postal. Pero luego resultaba que en el cerezo había una secreción viscosa, parte negra y parte amarilla, y millones y millones de hormigas rojas que corrían por aquella secreción y cubrían completamente el árbol”.

En esta obra de ensayos y opiniones sobre Twin Peaks, que, como dato, iba a llamarse originalmente Northwest Passage, un amplio número de autores, críticos, cineastas, directores y especialistas, diseccionan la ficción que más revolucionó y cambió la televisión en los años noventa, llegando a inspirar a otras series posteriores como Perdidos, Expediente X, Fringe, Hannibal, True Detective o, incluso, Los Soprano, según confiesa el propio David Chase entre sus páginas.

Un interesante y minucioso repaso sobre los aspectos más variopintos del que fuera, durante mucho tiempo, el crimen más importante de la pequeña pantalla que permite releer o revisionar la serie desde diferentes perspectivas, incluida la nostálgica. Desde el final alternativo que se rodó con su piloto para distribuirse en Europa hasta la elección accidental del actor que interpretaría a Bob, así como la importancia del entorno y de los sueños, la filosofía de la serie y sus inicios. El libro, que incluye una interesante entrevista con el mismo David Lynch sobre su obra, revela historias como la de Peggy, la dueña del Doble R., y cómo Twin Peaks reavivó su cafetería.

Reflexiones que se enroscan a veces, muy a lo David Lynch, en los detalles, que se centran en las hormigas y en las secreciones viscosas de la ficción, y que hurgan en su final, en la simbología del director, los llantos de sus protagonistas, la dualidad de los personajes, la habitación roja, el inspector Cooper y la propia Laura.

Cinco lustros después, el también creador de Mulholland Drive ha regresado para descubrir que la serie continúa siendo igual de innovadora, valiente y arriesgada, igual o más lynchiana que nunca, capaz de volvernos completamente locos y, a veces, aunque no siempre, disfrutar de su momento. Por eso tal vez Regreso a Twin Peaks sea tan necesario hoy, por los colores y los matices, por el amplio abanico de voces que se mezclan entre sus páginas desde ángulos directos y a, veces, imposibles. No todo estaba escrito después de todo. Mientras tanto.

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Persiguiendo a Cacciato, de Tim O’Brien

Persiguiendo a Cacciato

Persiguiendo a CacciatoHero of war es una de las canciones más conocidas del grupo estadounidense Rise Against. En ella, un hombre cuenta en primera persona cómo fue reclutado para el ejército y qué tuvo que hacer durante el tiempo en que estuvo destinado en una guerra. El protagonista de esta canción, al igual que los personajes que Tim O’Brien creó unas décadas antes, no se alistó como soldado por convicción, por tener deseos fervientes de defender a su patria. Simplemente, sin saber muy bien cómo, acabó con un arma entre sus manos y terminó asimilando que en los conflictos armados hay que hacer cosas que no se quieren hacer.

Persiguiendo a Cacciato, la novela de O’Brien, sitúa su trama en el año 1968 y cuenta cómo un buen día un joven y tontorrón soldado decide abandonar a sus compañeros destinados en Vietnam con la firme idea de llegar a París a pie. Es decir, emprende una huida con 13 000 kilómetros de distancia por delante. El pelotón al que pertenecía es seleccionado para capturar al desertor y durante esta misión los perseguidores tienen tiempo suficiente para replantearse sus propias aspiraciones.

Tim O’Brien estuvo destinado en Vietnam. Y es algo que se nota. Se palpa en la forma minuciosa que tiene de describir los ambientes, de reflejar el lenguaje y la manera de actuar de los soldados, de desgranar las anécdotas y las ocurrencias menores que van marcando el día a día de los combatientes en territorio enemigo. Y esto es algo realmente relevante, ya que son precisamente esos pequeños detalles, tan poco épicos como verosímiles, los que hacen que el relato te atrape y te afecte. Porque es difícil no empatizar con aquel que está a disgusto en una realidad que no ha elegido vivir.

Y es que, con todo lo que pueda parecer, Persiguiendo a Cacciato no es propiamente una novela de guerra, sino más bien una novela de personas a las que les ha tocado soportar una guerra. Lo verdaderamente relevante de este texto, lo que hace que sobresalga de tantísimas narraciones de este y otros conflictos armados, es la capacidad del autor para transmitir la humanidad de los combatientes, para hacer que dejemos de imaginarlos como soldados y empecemos a verlo como chavales a los que les han puesto un rifle entre las manos. A través de una narración que entremezcla flashbacks con la persecución del soldado rebelde, O’Brien nos permite conocer todo lo que Cacciato y sus compañeros han vivido durante su estancia en el país asiático y cómo esto les ha afectado a nivel personal.

Como digo, la auténtica relevancia de este texto la cobran los soldados y su necesidad de abstraerse, de dejar atrás el conflicto, aunque sea durante unas horas al día a través de una liga de baloncesto, a sabiendas de que al día siguiente les tocará arrasar aldeas humildes y asesinar a civiles inocentes. Se palpan las ganas de escapar, que sólo Cacciato se atreve a materializar. De repente, ese chico aparentemente débil y sumiso es el único que se atreve a dar el paso que tantos otros anhelan.

El juego del gato y el ratón que protagonizan el batallón y Cacciato se hace vibrante por momentos, ya que no son pocas las ocasiones en las que sus antiguos compañeros le pisan los talones, en un largo trayecto que les hace visitar Birmania, Afganistán, Turquía o Grecia. Durante ese viaje somos partícipes de cómo los soldados vuelven a convivir en sociedad, sin armas de por medio y sin un enemigo directo al que asediar o temer. Y de lo a gusto que se encuentran en esa situación, lo que le lleva a más de uno a cuestionarse seriamente el sentido de seguir gastando balas.

Una novela, en fin, que se aleja de lo habitual en su género y que decide apartar el foco del gran conflicto bélico para ponerlo sobre las pequeñas luchas internas. Esas mismas que una vez que las tropas se repliegan y los disparos cesan no hay acuerdo de paz que pueda cerrarlas de cuajo. Son batallas que quedan irremediablemente unidas a aquellos que, muchas veces sin saber cómo, acabaron con un rifle entre sus manos.

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Cortejo en la catedral, de Kate Douglas Wiggin

Cortejo en la catedral

Cortejo en la catedralCualquiera que me conozca bien sabe que estoy un pelín obsesionada con la literatura del siglo XIX. Hay algo en ella que me relaja y que me hace querer leer para conocer más. Esa vida alejada de las tecnologías pero lo bastante adelantada como para permitir a quien quisiera (en realidad, en aquella época no era quien quisiera, sino quien se lo podía permitir) llevar una vida tranquila y viajar para conocer la cultura de otros países.

Quizás por este último motivo esta novela llamó mi atención. Aunque no conocía a la autora, debo decir que lo que me hizo leer este libro fue el viaje cultural que recorría los protagonistas por las ciudades catedralicias inglesas. A priori, me pareció que sería muy interesante leerla y que podría descubrir a una nueva autora que mereciera la pena.

Y no me equivoqué en absoluto. La lectura me pareció interesante desde el principio. Por si no fuera poco, la autora no solo describe detalladamente las catedrales de las ciudades por las que viajan nuestros protagonistas, sino que también añade referencias a otros autores y obras literarias. Quiero destacar aquí la referencia a Persuasión, última obra de Jane Austen, que tiene un significado especial en esta novela. Todo ello a través de una pluma fluida y muy cuidada que refleja sus grandes dotes para la literatura y que me ha transportado por completo a esas ciudades inglesas.

Alejándonos de los aspectos formales y centrándonos en la historia, me ha encantado la forma en la que transcurre la historia, cómo se desarrolla cada uno de los encuentros entre nuestros personajes, un hombre (Jack Copley) y una mujer (Katherine Schuyler) que se encuentran constantemente durante la ruta de las ciudades catedralicias. Además, al estar narrada en dos voces, permite al lector saber lo que piensan cada uno de ellos respecto al otro y cómo la persecución de Jack a Kitty origina más de una situación divertida. Esto ha hecho que me haya leído la novela en una sola tarde y que esté deseando releerla.

A medida que avanzaba con la lectura, me dejaba llevar por la historia y viajaba junto a estos y otros tiernos personajes a su época y me encandilaba con la persecución amorosa (que no resulta ser un acosador, ni nada por el estilo). Esta es una novela simple, que no profundiza en los personajes ni en la historia de amor pero sí lo hace en el desarrollo de su viaje, en los destinos a los que viajan y en los constantes reencuentros que se producen entre ellos. Y también en los que desafortunadamente no se producen, aunque ambos protagonistas lo deseen más que nada en el mundo…

Cortejo en la catedral es una entretenida novela narrada a dos voces que no se me ha hecho larga en ningún momento y que he saboreado por los paisajes, las referencias culturales y la nota divertida de la autora. Ha resultado ser una novela muy fresca y perfecta para verano que me ha trasladado por completo al siglo XIX y al viaje que realizan los dos protagonistas de la historia.

Aunque es muy difícil que un libro tan corto transmita tantas cosas a la vez, me ha parecido que la autora ha sabido aprovechar cada una de las páginas para relatar esta historia de amor, viajes y aventuras. A pesar de no estar muy interesada en el aspecto religioso de las catedrales, la arquitectura me encanta y creo que me apuntaría este viaje para hacerlo en los próximos años… Y si es con un Jack Copley y una Kitty Schuyler, no me lo pensaría dos veces. La diversión y las “aventuras” estarían sin duda aseguradas.

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Cinta negra, de Eduardo Rabasa

Cinta negra

Cinta negraRedactar un currículum es, ahora, casi tan complicado y creativo como escribir la mejor de las novelas. El actual mercado laboral, basado en una competencia sin igual entre los distintos aspirantes al puesto de trabajo, confirman lo que parece la verdadera finalidad del historial de empleo de un trabajador: convertirse en un superventas. Escribir que tienes conocimientos de informática, dominas la lengua inglesa —nivel alto escrito, leído y oral— y haber trabajado en cuatro empresas de las más potentes del mercado ha quedado ya en los noventa, como las carpetas forradas con fotos de Leonardo Dicaprio y escuchar a Bryan Adams. Ahora lo que se lleva es expresar todas tus aptitudes profesionales con voces inglesas, porque según quien contrata, queda más molón, y ser muy imaginativo. El más fantástico. El fuckin’ master de la creatividad. Pues eso, así me va…

En Cinta negra, genial segunda novela de Eduardo Rabasa, nos presentan cómo sería el día a día en una de esas empresas que se ha fijado en tu rebosante currículum. Su protagonista, Fernando Retencio, trabaja para una compañía encargada de crear soluciones imaginativas a sus clientes. Todo tipo de clientes con todas sus manías y excentricidades que esperan obtener una solución, a la cual más novedosa, para llegar a buen puerto. La exigencia diaria es máxima en el puesto de trabajo de Retencio, que se ve obligado a luchar frenéticamente contra sus compañeros de trabajo, los llamados Pérez, e imaginar soluciones disparatadas para contentar a sus clientes. Cada día, un gran panel indica la clasificación de los logros obtenidos por cada uno de los trabajadores con el fin de motivarles y superar sus labores y así acercarse al máximo reconocimiento en la empresa: la cinta negra, lo que en kárate sería el cinturón negro. Toda una secta en potencia.

Retencio no trabajará solo, le acompañará su buen amigo y conserje de la empresa Dromundo. Esta peculiar pareja, al punto, casi una suerte de don Quijote y Sancho Panza, se verá inmersa en diferentes situaciones a la cual más cómica que la anterior. Entre sus clientes están un entrenador de boxeo que teme perder a su gran luchador por culpa de una mujer de la que se ha enamorado y que le intenta arrastrar fuera del ring; el chivatazo de una monja que solicita su ayuda para ayudar a una niñita que mantienen enclaustrada en un convento, con divertidísimas consecuencias entre los protagonistas; o el caso que reclama la total atención de Retencio sobre el más excéntrico de los escritores, un plumilla de altos humos y palabra fina cuyo discurso resulta de una musicalidad rimbombante muy entretenida en su lectura.

Tanta seguridad e imaginación demuestra Retencio en su trabajo como inseguridad en su pareja, que será quien le lleve por la calle de la amargura. Los celos que le causa la cercana relación de su mujer con otro hombre le harán volverse posesivo, paranoico, sexualmente pasional y alterado, lo que conllevará a que se sienta en muchas ocasiones frustrado. Es este un punto importante para conocer la personalidad de Retencio. Un personaje que he odiado y adorado a partes iguales durante toda la novela. Algo genial para meterte más en la historia.

Esa culpa la tiene su autor, Eduardo Rabasa. Dijeron de su primera novela que guardaba el estilo de George Orwell, a quien ha estudiado en profundidad. En verdad, a mí me ha parecido un escritor con una buena historia que contar y de una manera que desde luego no pasa desapercibida; se queda en la mente del lector por su encanto y por contar una verdad patente en nuestro tiempo actual. Su satírico estilo, la introducción de expresiones mejicanas que ofrecen a la lectura mayor diversidad sonora y los contrastes en cada uno de sus personajes muy bien construidos, hacen de Cinta negra un trabajo excelente para mostrar, con cierta sorna, el alto nivel de exigencia al que estamos sometidos en este rápido y mutable ritmo vital y laboral; un estilo de vida fatigoso en el que el miedo a estancarnos, el miedo a no conseguir llegar a esa ficticia cinta negra, hace que la sintamos enredarse alrededor de nuestro cuello amenazando con dejarnos con las piernas colgando.

 

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