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Muerte de un forense, de P.D. James

Si se tienen unos buenos personajes, uno puede darse el lujo de escribir lo que quiera, dice otra máxima apócrifa del oficio. Y P.D. James no sólo ilustra maravillosamente ese aforismo, sino que hace un más difícil todavía: su personaje principal, el protagonista de toda una serie de novelas detectivescas, el héroe que desface los entuertos es, en realidad, un no-detective, un tipo gris, físicamente atractivo -de una forma refinada, eso sí- pero sin encanto ni aureola especiales de ninguna otra clase; no se le conocen vicios -aparte de su hábito de escribir poesía que, además, es publicada regularmente- ni costumbres o compañías poco recomendables que lo hicieran desmerecer a ojos de subalternos, colegas u otros iguales en sociedad; para colmo, aun habiendo perdido a su mujer y a su hijo recién nacido de forma trágica, no se ha hundido ostensiblemente en ninguna depresión que lo inhabilite para el ejercicio de su labor profesional, ni ha renunciado a sus ganas de vivir. En suma, se trata de un tipo bastante normal, que no sobresale a ojos del lector por nada en particular (se nos proporcionan muy escasas muestras de sus dotes como poeta, y aun éstas son tachadas por el propio autor como opúsculos menores, así que esta faceta, que podría considerarse diferente y embellecedora, queda eliminada a efectos prácticos por James, que probablemente no quería complicarse teniendo que crear poemas además de toda una trama policíaca de encaje absolutamente intachable).

Pero es que con Adam Dalgliesh, que así se llama el detective fetiche de P.D. James, todavía pasa algo más, algo que ya lo sitúa totalmente fuera de todas las posibilidades previstas y ya cultivadas en cuanto a sabuesos de ficción se refiere: a la autora le importa muy poco cómo soluciona él sus casos y, en casi todas las ocasiones, por no decir en todas ellas, en cada novela protagonizada por Dalgliesh, éste llega a saber la verdad porque sí, por una intuición o iluminación repentina, sin que jamás el lector pueda seguir el hilo que lo ha llevado hasta aquélla. Sí; James nos detalla con meticulosidad todos los interrogatorios que lleva a cabo, todos sus movimientos, las órdenes que da a su segundo al mando de turno, sus inspecciones de la escena del crimen y lugares aledaños, incluso los ataques que sufre, sus recuperaciones de éstos, sus opiniones privadas sobre los sospechosos… pero de repente, todo eso queda zanjado y lo siguiente que sabemos es que Adam Dalgliesh sabe ahora quién es el asesino, así como su móvil y modus operandi. Lo sabe todo porque así lo quiere P.D. James. Y también porque todo lo que acabamos de leer no ha sido más que una enorme y muy bien pergeñada excusa para que la autora nos contara la historia que verdaderamente ardía en deseos de contar: la historia del muerto y de quienes vivían o trabajaban con él, de cómo eran sus relaciones, de cómo era cada uno de ellos, de qué había sucedido antes del crimen, de lo que sentía y pensaba cada personaje, de las muchas mentiras y alguna que otra verdad de las que se había rodeado cada uno de ellos para seguir viviendo. De sus errores, de sus imperfecciones graves y de las veniales, de sus noblezas y de sus egoísmos. Al final, el asesino resulta ser uno en concreto; pero, al escamotearnos el discurso racional por el cual Dalgliesh llega a la conclusión inequívoca de que es ése y no otro el culpable, lo que P.D. James nos quiere decir es que, en realidad, no importa que haya sido éste, porque podía haber sido otro cualquiera; motivos les sobraban a todos los sospechosos, y ninguno era demasiado bueno para no ensuciarse las manos con la sangre de su prójimo, ¿acaso no lo hemos visto?

P.D. James tuvo sus altos y sus bajos; naturalmente, no todas sus novelas son de igual calidad. Pero todas ellas participan de la desconfianza absoluta en la raza humana y del cinismo de quien tiene bien tomada la medida al ser humano medio. No, una lectura de sus novelas no es exactamente la Feria de Abril; pero es justo decir que resulta, paradójicamente, una lectura refrescante, por cuanto llama al pan, pan y al vino, vino, y si bien es cierto que Dalgliesh es un poco gris, también es verdad que constituye un acabado modelo de estoicismo, de buena salud mental y de madurez emocional en todos los sentidos, algo que, en estos tiempos, resulta del todo terapéutico. Dalgliesh tiene los pies bien plantados en la tierra y no se deja llevar por excesos de ningún tipo, ni cuando apresa villanos y es el niño mimado de Scotland Yard, ni cuando mira a la muerte de frente.

En este sentido (como en muchos otros), Muerte de un forense es una novela típicamente jamesiana, y, aunque medio escalón por debajo de La torre negra, está de todas formas en el podio de obras de esta autora (incluyendo las que escribió con Cordelia Gray como protagonista). Y está al mismo nivel de La torre negra en cuanto a profundización en la psique y en los secretos más recónditos del alma humana y en la posterior exhibición de las conclusiones, que son, a su vez, nuevas preguntas cuya respuesta puede y debe proponer el lector; preguntas que, en Muerte de un forense, resultan ser más provocadoras que en ninguna otra novela, ya que es en esta obra donde P.D. James se muestra más cerca del sufriente, más sabia sobre las flaquezas humanas, más observadora sobre los detalles -que son donde habita el diablo, según asegura, probablemente con razón, la sabiduría popular-, y menos agria y cruel que en otras novelas. Y, por ello mismo, podríamos pensar que es donde más ambivalente se muestra, menos contundente a la hora de condenar moralmente, menos radical en los juicios sobre crimen y criminal. Es ésta la novela de P.D. James que más que ninguna otra nos recuerda la frase de Concepción Arenal que nos insta a odiar el delito y compadecernos del delincuente, toda vez que aquí el delito tiene como víctima a un personaje especialmente odioso, que no parece adornado por casi ninguna cualidad positiva, y aparecen actos varios normalmente condenables de la mano de personajes, y en el marco de situaciones que sugieren o invitan a una disculpa. P.D. James se muestra menos clara que nunca sobre su postura ante este dilema que verbalizaba la autora y pensadora gallega.

Como comentario social, Muerte de un forense tampoco tiene desperdicio ninguno. Se trata de un rico mosaico de situaciones, cambios sociales y morales, actitudes y mentalidades en una sociedad -cierta parte de la sociedad británica, de tipo rural, de la década de los 70 del siglo pasado- que aún está a caballo entre su tradición, sus normas heredadas del pasado, su amor y respeto por su pequeña historia, sus ritos, sus creencias, su forma de vivir y de encarar la vida, por un lado, y nuevos usos y concepciones, por otro, que podemos identificar como predominantes o al menos ampliamente aceptados y normalizados hoy en día.

Muerte de un forense está poblado por personajes variopintos que lidian con sus circunstancias vitales de la mejor manera que saben, que no siempre es la que hoy consideraríamos más válida o práctica, pero es en esta faceta de análisis social donde P.D. James se muestra más comprensiva, respetuosa y, seguramente, adelantada a su tiempo o en sintonía con los aires más modernos.

Muerte de un forense es una novela que disecciona de forma tan eficaz el crimen entendido como suceso abrupto que no sólo destruye una vida, sino que actúa como un explosivo de enorme onda expansiva, como la comunidad en la que aquél sucede, que es tanto receptora como, indirectamente, causante y testigo del crimen.

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Afrofuturo(s), de Suleiman Agbonkhianmen Buhari, Ivor W. Hartmann, Sheree Renée Thomas, Zak Waweru e Ytasha L. Womack

Afrofuturos

AfrofuturosLa literatura africana actual en sí misma es una invitación a un mundo nuevo, al menos la poca que yo he leído (Los pescadores, de Chigozie Obioma, Ciudad abierta, de Teju Cole o De Abiyán a Túnez, de Mariama Ndoye serían buenas muestras), de modo que lo primero que me llamó la atención cuando supe de la existencia de una recopilación de relatos africanos que se podrían encuadrar en lo que conocemos como literatura fantástica, que de por sí ya es un billete a otra realidad, fue esa doble circunstancia viajera y me preguntaba si no sería demasiada fantasía en un único trayecto. Bueno, en cinco. Pero para mi sorpresa debo decir que no sé si una condición anula a la otra, la africana a la fantástica o viceversa, pero lo cierto es que estos cinco relatos son perfectamente homologables a los de cualquier antología occidental. Con cierto regusto de lo que uno espera encontrar en autores jóvenes africanos, como por ejemplo imaginar un mundo y una tecnología compleja de nanosensores que mantienen conectados dos cuerpos y que el objeto del despliegue científico sea el baile, la conexión entre coreógrafa y bailarina, pero con un estilo sencillo, claro y transparente. Si esperan vivir una experiencia asimilable a la de un anciano de la tribu transmitiendo una sabiduría ancestral mediante cuentos narrados alrededor de una hoguera, despídanse. No es eso. Afrofuturo(s) es un colección de buenos relatos fantásticos, lo cual es motivo de regocijo más que suficiente.

Los autores son Suleiman Agbonkhianmen Buhari, Ivor W. Hartmann, Sheree Renée Thomas, Zak Waweru e Ytasha L. Womack, y sus relatos, Descubriendo el viaje en el tiempo, La última transmisión, El dragón no puede bailar, Continuum y Para chicas digitales que beben tónica en el bar cuando Purple rain no basta. Me permito llamarles la atención sobre el último de los títulos. Magnífico. Se trata de una versión muy reducida de la antología original publicada por el colectivo Jalada que incluye, al igual que la obra que nos ocupa, tanto a escritores africanos como a afrodescendientes. Dicho así no es más que una nota informativa pero en el prólogo se intuye el apasionante debate que debe haber supuesto la adopción de esa u otra línea editorial en la selección de los relatos. Para finalizar esta breve sección de créditos, no podría olvidar a la traductora, Aeljandra Guarinos Viñals, cuyo magnífico trabajo es fundamental en el gran resultado final de esta obra.

Si hubiera que encontrar un hilo conductor sería la visión distópica presente en todos los relatos. Ninguno de ellos presenta una vida futura más feliz que la presente, alguno ni siquiera le da mucha oportunidad a la vida humana. Pero no son relatos oscuros. Si al principio de esta reseña buscaba ese rasgo africano con el que distinguir Afrofuturo(s) de cualquier otra obra homóloga occidental tal vez sea ese, que por desazonadores que sean los escenarios y las temáticas, no son relatos desesperanzados, hay cierta luz, cierta belleza reconfortante en la forma de mirar hace especiales estos cuentos.

Para ponerles en situación de las temáticas se me ocurre plantearles una referencia cinematográfica, bueno, televisiva en realidad. A mí me ha recordado a una serie llamada Black mirror, esa mirada consciente de las posibilidades de la tecnología y al tiempo alerta ante sus peligros. Les ilustro esta argumentación con una idea sacada de Afrofuturo(s): uno de los personajes tiene una start-up que tiene por objetivo un archivo digital de memorias cuya finalidad es que no se pierdan ideas, recuerdos o proyectos con la muerte. Almacenar toda la memoria de todos los humanos. Lo sorprendente es que de semejante idea haya nacido un cuento (uno en el que ni siquiera es el argumento principal) y no una novela o un tratado filosófico.

Ahora que lo pienso, esta última idea que acabo de transmitirles también es un nexo de unión entre los cinco cuentos afrofuturistas: la expresión breve e intensa de planteamientos de gran fuerza y, probablemente, largo recorrido. Podrán ustedes pensar que una antología de sólo cinco cuentos, ninguno de los cuales es especialmente largo, es excesivamente breve, pero añadan a la experiencia la suya propia como lector, el abanico de posibilidades que abre la lectura de estos relatos y verán que es una obra ambiciosa y grande que no sólo pone un continente ante sus ojos, sino un mundo (futuro), o cinco, o tal vez muchos más, a sus pies.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Ennio Morricone. En busca de aquel sonido. Mi música, mi vida, de Alessandro De Rosa

en busca de aquel sonido

en busca de aquel sonidoMe encantan las bandas sonoras. De siempre. Son como una navaja suiza. Las puedes usar para todo. De pequeño me las ponía de fondo para estudiar y aislar el ruido del exterior y poder concentrarme. En el gimnasio me ayudan dando ese empujoncito en la espalda en los momentos en los que estoy a punto de tirar la toalla. Cuando limpias la casa o cocinas también hacen su labor. Hay una banda sonora para cada momento y cada momento tiene su banda sonora. Y hay bandas sonoras que no son otra cosa sino arte.

Si me hicieran una de esas preguntas chorras del tipo “¿cuál es tu compositor o banda sonora favorita”? no podría quedarme con uno. Me gusta el rompedor Hans Zimmer con sus innovadoras partituras para la trilogía del Batman de Nolan, e Inception (y la de Gladiator, por supuesto, aunque luego se plagie a sí mismo en Piratas del Caribe); el melódico Howard Shore con su excelente trilogía para la saga de Tolkien; las composiciones de Danny Elfman para Tim Burton (indispensable esa Pesadilla antes de Navidad); la alegre Fantastic Mr. Fox de Desplat; Elliot Goldenthal y su preciosa Entrevista con el vampiro; Clint Mansell y la hipnótica creación para The Fountain; Michael Giacchino y sus Increibles y la serie Lost… Por supuesto no se puede dejar de mencionar a John “vaca sagrada” Williams. Pero hay tantos y tantos que sería imposible enumerarlos.

Ahora bien. De entre todos, hay uno que destaca por encima de todos por derecho propio: Ennio Morricone. Todo un talento, un innovador y un gurú. ¿Quién no ha silbado alguna vez alguna de sus canciones de la trilogía del dólar? Seguro que conocéis a alguien que tiene o ha tenido esa musiquilla como tono de llamada. A decir verdad, yo las confundo cuando las oigo. No sé cuál pertenece a El bueno, el feo y el malo, cual es de La muerte tenía un precio y cuál de Por un puñado de dólares (pero mientras leía En busca de aquel sonido, las he localizado y escuchado para poder entender bien de lo que me hablaban en cada momento).

Morricone ha compuesto más de quinientas bandas sonoras, muchísimas de ellas están tan ligadas a la historia del cine y a nuestra cultura popular, que no concebimos esas películas sin su música. ¿Qué sería de Cinema Paradiso, por ejemplo, sin su sonido? ¿O de La misión? Cintas cuya música es inherente a ellas y de una belleza pocas veces conseguida en el terreno audiovisual. No serían las mismas. Incluso, como el propio Morricone dice, las escenas podrían hasta cambiar de significado según la música con la que se acompañaran las imágenes. ¿Recordáis la Amapola de Érase una vez en América? ¿O Los intocables y la escena del carrito cayendo por las escaleras? ¿O Los ocho odiosos y otras cintas (Malditos bastardos, Kill Bill)  en las que Tarantino ha cogido música ya creada por este genio? No serían películas tan grandes como lo son con el añadido de Morricone. Para nada.

Este libro es una biografía construida a base de conversaciones durante más de diez años entre Ennio y el compositor Alessandro De Rosa.

Este fue a una charla de Morricone y llegó cuando estaba a punto de acabar, pudiendo sólo oír la última pregunta:

–¿Qué piensa usted de los nuevos compositores?

–Depende, me mandan muchos cedés a casa, normalmente los escucho unos segundos y luego los tiro a la papelera.

De Rosa consiguió llegar hasta su ídolo para entregarle el cedé que llevaba, aunque al llegar a casa no confiaba que pasara nada más. Al día siguiente Morricone le llamó. Reconocía que tenía grandes dotes y que necesitaba encontrar un buen maestro; él no podía serlo pues no tenía tiempo.

Así empezó la relación entre los dos protagonistas de este libro.

Y en él descubriremos que Morricone primero quería ser médico y luego ajedrecista (una de sus grandes pasiones), pero que al ser su padre “trompista” (así se refiere el propio compositor), se vio obligado a dedicarse a la música:

“…más que de vocación, yo hablaría de adaptabilidad a la exigencia. El amor a mi trabajo fue llegando gradualmente.”

Conoceremos sus inicios como arreglista, sus comienzos en radio y televisión, sus trabajos como “negro” y, finalmente su salto al cine.

¿Cómo prepara Morricone sus composiciones? ¿Ve la película y toma notas o lee el guion, compone y modifica posteriormente? ¿Cómo se ha relacionado con directores de la talla de Bertolucci, Leone, Fellini, Eastwood, De Palma, Tornatore, Tarantino, Almodóvar, Oliver Stone? ¿Con cuál ha jugado más a ajedrez? ¿Qué opina de la música de hoy en día? ¿Qué es para él la música? ¿Cómo debe irrumpir en una determinada escena? ¿Por qué usar un instrumento y no otro? ¿Con qué directores se sentía más a gusto trabajando? ¿Cómo se siente cuando le rechazan algún trabajo o cuando ve que no han incluido alguna de sus creaciones en la película?

Un libro que permite un mayor acercamiento a la figura y pensamientos de este maestro entre maestros y que recomiendo leer con un ordenador cerca para localizar algunas de las canciones de las que se habla.

No puedo negar que en ocasiones la lectura de En busca de aquel sonido. Mi música, mi vida, en muchos momentos es complicada si no tienes, como es mi caso, conocimientos musicales de un nivel mayor que el de mero escuchante o aficionado, pues se dan frases (y la que cito ahora no es de las más complejas) en las que todo me parece chino:

“…enseguida me gustó la idea de un pedal de quinto grado que baja sobre una nota melódicamente “errada”, sobre el cuarto grado de la tonalidad en Mi mayor. Se creaba una disonancia entre el Si de la melodía y el La en bajo que sostenía, precisamente, un acorde en La mayor.”

Y repito, esta no es la frase más técnica.

No obstante, es un gran libro para conocer por dentro al hombre más allá del músico/mito y la carrera desde la nada hasta lo más alto de toda una institución musical que se levanta a las cuatro de la mañana para luchar contra la pereza y seguir trabajando en su amada música.

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Tekkon Kinkreet: All in one, de Taiyo Matsumoto

Tekkon Kinkreet: All in one

Tekkon Kinkreet: All in oneCuando leemos libros como el Quijote, Anna Karenina, o, dentro de la novela gráfica, Maus o Watchmen, además de disfrutar, somos conscientes, porque todo el mundo que entiende de esto así nos lo ha dicho, de que estamos leyendo una obra maestra de la literatura, con la tranquilidad que eso da y lo bien que queda en nuestro currículum lector.

No obstante esa tranquilidad, saber de la grandeza universal de lo que acabamos de leer puede estropear esos instantes, horas o semanas que deberíamos dedicar a la reflexión tras el ¡bum! que hace el libro al cerrarlo (si habéis leído el Quijote o la Karenina, sabréis que hacen ¡bum! cuando los cerráis). Pues bien, lamento deciros, queridos amigos, que hoy soy yo el que va a estropearos ese tiempo de reflexión: Tekkon Kinkreet es una obra maestra absoluta e indiscutible. Podéis confirmarlo con vuestra lectura, pero tenéis que ser conscientes de que yo lo dije antes.

Esta novela gráfica de extrañísimo título (mis indagaciones me han permitido averiguar que se trata de la pronunciación infantil de “hormigón armado” en japonés) nos cuenta la historia de Blanco y Negro, dos niños huérfanos que malviven en los callejones de la ficticia Ciudad Tesoro, y a quien la policía conoce como los Gatos. Blanco sufre de cierta discapacidad intelectual, y, dentro de ese mundo de privaciones y violencia salvaje en el que vive, ha sido capaz de conservar su inocencia. Negro, por su parte, ha asumido la responsabilidad de cuidar a Blanco, lo cual implica asumir la carga de maldad necesaria para sobrevivir y defenderse en un mundo hostil.

Junto a los dos niños, en Tekkon Kinkreet encontramos una serie de personajes fascinantes e inolvidables. Días después de haber hecho ¡bum! (véase más arriba), todavía estoy acompañado, entre muchísimos otros, del desencantado y cínico Suzuki, el Ratón, un yakuza venido a menos a quien tanto le importa hacer un negocio sucio como recibir un tiro; Kimura, un yakuza que quiere ir a más aunque para ello deba convertirse en un traidor; el inspector Fujimura, un viejo conocido de Suzuki consciente de que ser un hombre justo no le ayudará a progresar en la vida; su acompañante Sawada, un ser asexuado que se hizo policía para poder disparar un arma; tres asesinos casi invencibles a las órdenes de un mafioso con bucle folklórico; o el Abuelo, un sabio anciano que conoce a los dos niños mejor que nadie.

Se me ocurre, no obstante, que, aparte de Blanco y Negro, el personaje principal de esta novela es la ciudad donde transcurre la historia. Ciudad Tesoro es una ciudad de asfalto, callejones, cables y solares, una ciudad habitada por extrañas tribus urbanas y con indigentes tumbados por las aceras, un lugar dominado por el olor a basura y los aullidos del viento, una ciudad deshumanizada que, sin embargo, los niños aman y están dispuestos a proteger de los espurios intereses de un extraño personaje que se ha propuesto el intolerable objetivo de acabar con los puticlubs de su barrio y construir en su lugar un parque temático para niños.

El estilo de Taiyo Matsumoto se aleja mucho del manga más tradicional, pero no cabe duda de que tiene el trazo ideal y la visión perfecta para esta grandísima novela. Tekkon Kinkreet está dominada por perspectivas imposibles y escenarios barrocos donde los detalles más insignificantes se mezclan con imágenes surrealistas. Un realismo sucio de estética Blade Runner se impregna del mundo onírico de los niños y envuelve por completo al lector, que asiste embelesado al espectáculo de mafiosos, niños y supervillanos que, mientras se persiguen por el metro, donde un hipopótamo lee el periódico, nos llevan hasta un maravilloso desenlace con la aparición del Minotauro.

Tekkon Kinkreet nos habla de la deshumanización de nuestras ciudades, de inocencia, odio, maldad, culpa, redención, esperanza, y es uno de los libros más sorprendentes, impresionantes e inolvidables que he leído en mucho tiempo. ¡Bum!

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Trail Run: Una guía desenfadada para salir corriendo, de Lisa Jhung

trail run una guía desenfadada para salir corriendo

trail run una guía desenfadada para salir corriendoCuando empecé a correr lo hice por asfalto y acera. Es decir: por ciudad. Era innegable que correr por ciudad tenía ciertas ventajas: como acceder a fuentes para refrescarte, las luces que en invierno a media tarde iluminan la senda que fuera de la urbe estaba bastante lóbrega, baños a disposición de las vejigas más nerviosas y si te daba una pájara los servicios sanitarios podían atenderte antes y mejor. Pero entonces fueron apareciendo las desventajas: un poco de polución por aquí, unos coches que no respetan un paso cebra por allá, calles muy concurridas, la desafortunada concatenación de semáforos en rojo, ruido desagradable y extremo. ¿Cómo carajo iba a relajarme así? En fin, que me deprimí y casi lo dejo. Pero entonces, suertudo de mí, descubrí que vivía a solo cinco minutos (corriendo) del bosque; con su río, su tranquilidad, los cantos de los pájaros, los caminos de tierra y las aventuras épicas. Como esa vez que, junto a un compañero de andanzas, nos pilló una tremenda tormenta bastante lejos de cualquier núcleo urbano. Así que corrimos por zonas embarradas, por lugares que se inundaron en un santiamén, bajo un aguacero que nos empapó hasta el tuétano y que trajo la noche antes de lo debido. O como esa otra vez que tras un recodo del camino me topé con un enorme jabalí. Una cosa era cruzarse con patos, faisanes, perdices, cabras, caballos con su jinete, musarañas, ratones, liebres, ranas… pero, ¡un jabalí! Ambos dimos un bote y, mientras él huía montaña arriba, yo corrí como alma que lleva el diablo batiendo todas las marcas habidas y por haber. O esa vez que calculé mal el agua que debía llevar y llegué a casa muerto de sed y tambaleándome, como si hubiera cruzado el desierto de Mojave a la hora de la siesta.

Calor, frío, polvo, sed, sudor, lluvia, animales salvajes, subir montañas, cruzar ríos, picadas de mosquitos (o tragártelos), plantas urticantes… Al final, la experiencia unida al sentido común te ayudan a afrontar todo lo que te encuentras por el camino, pero al principio, en algún momento (y a pesar de que he disfrutado de todas esas caídas que me han hecho levantarme con más fuerza; metafóricamente hablando) no hubiera despreciado algunos consejos. Por simples que fueran. Unas sencillas directrices que hubieran marcado mis primeros pasos. Consejos e instrucciones como los proporcionados en Trail Run: una guía desenfadada para salir corriendo.

Trail Run: una guía desenfadada para salir corriendo de Lisa Jhung y editada por geoPlaneta, es un libro pequeñito, de los que caben en el bolsillo trasero; aun así, a lo largo de sus 260 páginas da jugosa información para salir a correr por esas rutas que gozan de tierra, piedras o barro pero nada de asfalto. La autora es una experta corredora que cuando no lleva las zapatillas calzadas para correr lo hace para aventurarse en lugares inhóspitos, si a esto le añadimos que es una reportera freelance que ha colaborado con algunas revistas como Runner’s World o Trail Runner no es de extrañar que más pronto que tarde acabara escribiendo un libro de estas características.

Trail Run es una guía que está estructura en doce capítulos. En los primeros se nos mostrarán cosas tan básicas como los diferentes tipos de trail y qué tipo de atuendo podemos portar para hacer que nuestra salida resulte más cómoda. Algo imprescindible si eres un iniciado en este deporte. Luego, poco a poco entra en materias más avanzadas: alimentación, la potabilización del agua o cómo actuar ante animales salvajes. Incluso toca temas que tienen que ver con salud e higiene (aquí entran la caca, el pipí y los pedos además de otros fluidos corporales que resultan muy molestos mientras corres). En los últimos temas Lisa Jhung nos muestra ejercicios para fortalecer pies, tobillos, glúteos, core y espalda, además de técnicas de pisada o braceo, algo esencial para afrontar una carrera con éxito. Todo ello aderezado con consejos o recomendaciones de expertos en rescates de montaña, en medicina, en animales salvajes o en nutrición deportiva. Añadir también, y agradecer, la adaptación que la editorial Planeta ha realizado en la versión española. Añadiendo animales autóctonos como el lince, el oso pardo, culebras variadas o el jabalí, así como trail urbanos que podemos encontrar en Barcelona o Madrid en el tema Adónde ir.

En Trail Run: una guía desenfadada para salir corriendo no vais a encontrar nada que rebuscando por internet podríais hallar en diferentes páginas web especializadas. Pero lo interesante de la guía es lo estructurado que está todo y el tono afable, muy divertido en ocasiones, que utiliza la autora, sin que por ello pierda ni un ápice de interés o profesionalidad en sus exposiciones. Si a esto le añadimos los estupendos y descriptivos dibujos (muy necesarios en el tema ejercicios) de Charlie Layton, la guía se convierte en un orientador muy útil e imprescindible para los que empiezan y en un recordatorio estupendo (con algunos trucos de gran provecho) para los que llevamos unos años en esto de tragar polvo.

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La casa entre el sorgo, de Joan Roure

La casa entre el sorgo

La casa entre el sorgoEn alguna otra ocasión he escrito acerca del placer que me otorga la lectura de una novela en la que el arte es la parte fundamental del contexto. Son muchos los ejemplos de historias que se narran sobre la premisa de una obra de arte o introduciendo el conflicto en su momento histórico. La yuxtaposición de arte y literatura rara vez resulta aburrida. Dependiendo, claro está, del verbo de su autor, que es quien se la juega para hacer que ambas disciplinas formen el tándem perfecto o, en su defecto, fracasen. La casa entre el sorgo es la primera novela de Joan Roure, también reseñista literario, lo que hace de él alguien capaz de conocer la sensación que deja en el lector profesional cuando las editoriales te presentan las sinopsis de varios libros pendientes de leer y, entre ellos, destaca uno. Es el caso que me sucedió con su novela.

El gancho, a grandes rasgos, fue el siguiente: Naím, un joven escritor amante de visitar galerías de arte, conoce a una guapa comisaria de una exposición impresionista. Siente una fuerte conexión con ella; también por un misterioso cuadro expuesto. Cuando quiere volver a encontrarse con Anne ya es tarde; regresó a París. El deseo por un cambio en su vida, el amor que siente por Anne y el conocimiento de un peligro que la acecha le instigan a viajar a París para encontrarla. Lo que no espera es que el trayecto le iba a llevar al París bohemio de la Belle Époque. Allí descubrirá que Anne ha sido secuestrada y el cuadro robado. Si no los encuentra antes del tiempo fijado por su captor, ambos correrán un gran peligro.

Arte y literatura de folletín novelesco unidos para crear una novela donde se vierten fantasía, amor y toques detectivescos. Puede que no sea redonda en su desarrollo, pero sí lo resulta en la intención de su autor. Digo esto porque sí he notado en ciertos momentos de la novela que se echa en falta más desarrollo en las relaciones de personajes, también podría decir que el ritmo de la trama se acelera por momentos. No se trata de llenar de paja y unir palabras para ocupar más páginas, pero sí para apreciar más aquello por lo que más llama la atención la novela, es decir, más arte, más París, más años diez. A lo mejor tuve muy presente la fabulosa película de Woody Allen, Midnight in Paris, de ahí la comparativa. Nada. Ni caso. En verdad, el personaje principal me cayó mal desde el principio por ser un constante recordatorio de lo que fue mi ex. Imposible no buscarle peros a su autor por haberme llegado a la herida que aún palpita  creando una situación tan próxima. Buen trabajo y enhorabuena por tu primera novela.

Si te haces con un ejemplar de La casa entre el sorgo, anota la recomendación de leerlo escuchando la banda sonora del citado filme de Woody Allen para acompañarte en el viaje al mágico París de los impresionistas.

 

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Un asunto sucio, de Marco Vichi

un asunto sucio

un asunto sucioExisten novelas en las que la historia, por su impacto emocional, por la aventura contada a un ritmo frenético, o de forma contenida para mantener el misterio, o por los giros argumentales que quitan el sueño, soporta todo el peso de la narración para captar el interés del lector y robarle las horas necesarias para que éste alcance el final de la obra. Misión cumplida. Otras, en cambio, ponen a tirar del carro a los personajes. Empáticos, rudos, interesantes, de vidas atormentadas, duros como la piedra, fríos como el hielo, cabronazos irresistibles o buenazos odiosos. Pueden tener una sola de la cualidades mencionadas, o por mencionar, para hacer al personaje atractivo; o varias para convertirlo en alguien a quién querrías conocer o incluso adoptar. Sí, claro, luego están esas novelas con infinidad de aristas y sinuosidades en las que se conjugan ambas cosas. Si queréis saber de qué tipo es Un asunto sucio de Marco Vichi tendréis que acompañarme un ratito.

Un asunto sucio es la segunda novela protagonizada por el comisario Bordelli, de las seis que por el momento componen la colección, además de algunas historias cortas y hasta un cómic. No, no es necesario haber leído la primera para lanzarse con este caso del comisario, pero si lo habéis hecho, en vez de conocer a un nuevo personaje de ficción os estaréis reencontrando con un viejo y huraño amigo.

En la novela Un asunto sucio de Marco Vichi, publicada por Duomo, el comisario Bordelli abandona su lugar de trabajo cuando su amigo Casimirio entra como una exhalación en la comisaria alertando a los allí presentes de que ha descubierto el cadáver de un hombre. Cuando llegan al lugar de los hechos éste ha desaparecido sin dejar ni rastro. ¿Está Casimiro mintiendo? ¿Está loco? Parece poco probable, así que Bordelli decide investigar el caso. Por si esto fuera poco, una niña aparece asesinada con las marcas de una mordedura humana en el vientre. A los pocos días le sigue otra niña. ¿Un asesino en serie ronda por Florencia? Bordelli ahora tiene dos casos, y a cual más peliagudo. Dos casos que le quitarán el sueño y le obligarán a desgastar las suelas de sus zapatos pateándose la calles junto a su joven compañero Piras para arrancar alguna pista. Y mientras Bordelli recorre las calles de una Florencia de los años 60, nosotros, lectores, fisgones y, sí, quizá también un poco voyeurs, seguiremos sus pasos para ser testigos de un Bordelli implacable con los malos, que fuma como un carretero, que pasa las noches en vela cuando tiene un caso complicado entre manos y que se codea con gente de baja estofa pero de honesta condición.

Un asunto sucio es una novela que discurre entre recuerdos (ya sean amargos o nublados por la nostalgia), entre las luces y las sombras de una ciudad mediterránea como es Florencia y entre las historias de personajes secundarios que gozan de gran calado emocional; personajes cargados de defectos, que han madurado a base de los golpes que les ha dado la vida y que cargan con un bagaje de vivencias que los hace tan sumamente humanos como verosímiles. Personajes como Casimiro: el enano dicharachero que vive casi en la indigencia. O como Rosa: prostituta retirada que mantiene una relación afectuosa con Bordelli y que consigue aplacar sus demonios. Totó y Botta son otros dos de esos secundarios que redondean la amalgama de caracteres humanos. El primero es cocinero en la trattoria Da Cesare. Sus platos, aunque impresos en tinta y cocinados en la imaginación del autor y la vuestra, consiguen que Bordelli no sea el único en chuparse los dedos. Preparaos para que vuestro estómago ruja con los espaguetis con mejillones, el conejo en salsa o los filetes del Botta. ¡Deliciosa la receta del Botta! Y eso que el Botta en cambio es un delincuente (sumamente íntegro eso sí), pero se le da también de maravilla trastear entre los fogones debido, irónicamente, a su vida de delincuencia.

Un asunto sucio es sin duda una novela negra en la que priman los personajes, sus historias y la forma en como éstas, en ocasiones, se entrelazan con el caso principal. Y mientras el caso avanza, lento pero sin pausa, sin inesperados giros argumentales, con entusiasmo contenido, asistimos a los recuerdos de Bordelli. Esos que tienen que ver con La Segunda Guerra Mundial, con la Italia ocupada por los nazis y con el papel que él desempeñó, y que, en algunos tramos, resulta mucho más interesante que la trama principal.

Un asunto sucio es una novela negra de aire costumbrista con un caso mil veces visto, pero no por ello menos interesante. Con todo, la novela basa toda su fuerza de atracción en unos personajes que a priori parecen personas corrientes, y que en cierto modo, a pesar de sus matices, lo son, dando así gran verosimilitud a una historia que se mueve entre nazis, entre las rencillas, sembradas por la guerra, que una Florencia (magníficamente descrita) de los años 60 intenta deshacerse, y entre platos típicos de la cocina Florentina acompañados de vino, coñac y mucho tabaco.

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Háblame bajito, de Macarena Berlín

Háblame bajito

Háblame bajitoVenía de leer Middlesex, de Jeffrey Eugenides, y claro, cualquier cosa que me pusiese a leer sabía que lo tenía difícil, así que me decidí por lo que parecía algo fresco y ligero, que la verdad es que para esta época del año no estaba nada mal, y me decidí por Macarena Berlín, y su primera incursión en el mundo literario, Háblame bajito.

No esperaba nada especial, y he de reconocer que cuando nada esperas y mientras lees te sietes sorprendida, ya te puedes dar por satisfecha. He de reconocer que en algunas noches tórridas de agosto había escuchado su programa nocturno, Hablar por hablar, y lo que más gusta de ella es su buen gusto a la hora de seleccionar autores, citas, fragmentos, poemas y la selección musical. Así que, este podía ser su momento.

Yo soy una gran aficionada a la radio, y Macarena es una profesional del medio y gran aficionada a escuchar, y como no, a hablar, y lo hace bastante hasta de ella misma, pero lo que no sabía, a pesar de que el título ya me podía haber dado una idea, es que en este libro habría tanto de lo que trasmite abiertamente en sus programas, y desde luego lo que me he ha llamado más la atención, porque no suele pasar con frecuencia, es que me haya reído, que por algún motivo, quizá por pura necesidad, me he dejado atrapar por la forma de narrar de esta periodista.

“La luz roja que recuerda que estamos en directo está iluminada.

La pecera, hasta arriba de gente.

Los dos técnicos de sonido que nos asisten hoy escuchan con inusual atención, y siendo sobre mí las miradas del equipo del programa al completo, que ha abandonado la redacción para seguir la entrevista desde aquí…”

Creo que Macarena ha hecho un buen trabajo, ligero o profundo, depende mucho de cómo lo quieras tomar. Quienes la siguen en sus programas de radio la encontraran aquí, y no solo entre líneas, que imagino que también habrá ahí una Macarena escondida, también verán a la mujer reivindicativa de la vida elegida o no, en soledad, verán y reconocerán a la Macarena amante del runner, eso que antes era futing y mucho antes fue ponerse ropa cómoda y salir a correr. ¡Y el boxeo! Eso es una cosa que sí le envidio. Yo siempre he querido tener un saco de boxeo pero nunca he terminado de decidirme, lo he recordado mientras leía.

Porque leer este libro de Macarena puede hacerte pasar algún buen rato pues el humor está en el ambiente, pero no duden que les hará reflexionar sobre su propia vida, y eso sin importar si vives en pareja o eres “single”, o lo que es lo mismo que vives y “eres” solo, que si bien aun no está admitida como tal por la RAE, denle ustedes tiempo.

La protagonista del libro es Pita, una famosa locutora de radio que conduce el programa matinal de mayor audiencia de este país. Este país es Epaña. El programa, ni lo duden, es Hoy por hoy, ese en el que ella (Macarena) hace las sustituciones de Gemma Nierga, otra gran profesional a la que no hace nada el grupo Prisa la ha despachado sin muchas explicaciones (al menos a los oyentes) y dejando los índices de audiencia en lo más alto… Bien, pues esta Pita acaba de romper con su pareja con la que llevaba conviviendo unos diez años.

Y los lectores la encontramos en ese momento en el que ha de decidir muchas cosas, tomar decisiones importantes, vivir sola, el tema de la maternidad, los amigos casados, sus crisis, y su propia familia. En la familia he encontrado momentos ilustres de humor, también en su relación con su amiga de siempre… (mis famosos puntos suspensivos 😀 ) pero luego está lo otro, lo que duele, lo que no comprende, lo que decide, lo que le hacen decidir, los errores, los aciertos, en definitiva luego está la vida, la que hay que vivir porque por mucho que miremos a tras la vida se vive hacía adelante.

Y así entré en este “Háblame bajito” de Macarena Berlín, pensando que sería un entretenimiento ligerito de verano, pero ya me conocen, siempre le tengo que dar vueltas y vueltas a las cosas, y al final me dejo atrapar. En esta ocasión ha sido fácil venir y hablarles de este libro.

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Middlesex, de Jeffrey Eugenides

Así, de entrada, ya les anuncio que no he leído Las Vírgenes suicidas. Y partiendo de aquí les puedo decir que no sabía qué podía esperar de esta novela ni de este autor. Simplemente me he adentrado en un mundo desconocido, en una novela de la que no sabía nada, tan solo que me la recomendaban amigos que comparten conmigo el gusto por la Literatura, y en especial por esas obras que son capaces de dejarnos una pequeña o gran huella en nuestra alma, en nuestra conciencia o incluso en nuestro cuerpo.

Si, porque resulta que novelas como esta son necesarias para comprender y comprendernos, son como la poesía de la que hablaba Celaya, poesía necesaria; que sí, que cuando leo estas cosas veo que aun hay tanto y tanto por leer y por escribir y que la literatura tiene tanto que aportar que quiero decirlo todo de un tirón para que ustedes se queden con la idea de que les hablo de algo importante.

Y sí, me ha recordado a las grandes novelas americanas, esas que cuentan su historia pero también la historia humana, la que va de lo individual a lo general y viceversa.

Setecientas páginas que se me han hecho unas veces setenta y otras siete mil, porque es un libro como la vida misma, en unas ocasiones liviano, entretenido y llevadero, y en otras agotador y doloroso…

Ya ven como he venido, como el torito al paño rojo, esto me pasa cuando he leído algo grande y vengo aquí sin reflexionar, de forma compulsiva a querer que todos lean este libro que le valió al autor el Premio Púlizer en 2002. Siempre que leo un Púlizer pienso que debería leerlos todos, es raro que no recuerde alguno del que haya dicho Bufff, este me ha superado, no lo he entendido, o no me ha convencido … Está claro que yo podría formar parte de ese Jurado jajaja

Dice el autor que tardó ocho años en terminar Middlesex una historia en la que encaja a la perfección mitología, historia y vida.

“Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día sin niebla en Detroit, en enero de 1960; y chico después, en unas sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en 1974…”

Me ha parecido una gran novela, probablemente porque me gustan mucho estos narradores que lo hacen en primera persona y en presente, y ellos mismos nos van trasladando a un tiempo pasado porque todo esto nos ayuda a meternos alerta, y eso es importante cuando vas a narrar una historia en la que haces un recorrido tan amplio. Recuerden que me pasó esto mismo con Postales coloreadas, el libro de Ana Alcolea del que hace muy poco les hablé.

Este es un libro en el que hablamos de genética y al mismo tiempo del nacimiento del capitalismo con las empresas de Ford, esa obligación que había de meterse en hipotecas, en préstamos para viviendas… Casi me parecía estar viviendo en un pasado muy, muy cercano 😉

Como hace cualquier buena novela americana, describe perfectamente los ambientes en los que estamos viviendo y recrea de forma bastante certera los paisajes por los que nos va llevando. La novela fluye casi sin darnos cuenta, fluye por el tiempo y fluye por la vida de los personajes que van apareciendo, viviendo y muriendo. Unos personajes más profundos que otros, unos a los que ha sacado más o mejor partido, pero a todos los he sentido vividos, incluso creíbles en un grado bastante alto.

Me han gustado este tipo de reflexiones:

“…La mejor prueba de que el lenguaje es patriarcal quizá sea que simplifica demasiado los sentimientos Me gustaría tener a mi disposición emociones híbridas, complejas, construcciones germánicas encadenadas, como «la felicidad presente en la desgracia». O esta otra: «la decepción de acostarse con las propias fantasías». Me gustaría mostrar la relación entre «el presentimiento de la muerte suscitado por los ancianos de la familia» y «el odio por los espejos que se inicia en la madurez». Me gustaría hablar de «la tristeza inspirada por los restaurantes malogrados», así como de «la emoción de conseguir una habitación con minibar». Nunca he encontrado palabras adecuadas para describir mi propia vida, y ahora que ya he entrado en mi historia, es cuando más las necesito…”.

Es increíble como una buena historia, perfecta y deliciosamente contada, como ha hecho Jeffrey Eugenides, me ha retornado al verdadero placer por la lectura, leer por el placer de leer, de aprender, de recordar, de divertirme y de reflexionar. Reflexión personal en muchos momentos porque hablamos de temas profundamente morales, todos ellos mirados y tratados desde el respeto. Todo ello rodeado y envuelto en la tradición y la historia griega y haciéndolo desde la honestidad para dar credibilidad, porque cuando uno llega a confundir al narrador con el autor, como ese momento en el que nos confiesa que: “El único capital que poseo es este relato y me lo estoy gastando todo”, y yo ya me lo creo y creo que además hay mucha parte de verdad tanto por parte del narrador como por parte de Jeffrey Eugenides. También es cierto que no dudo que guarde, porque este libro de más de 700 páginas debía tener un final, pero está claro que puede haber más, si él quiere.

Un día leeré el libro anterior, es muy probable, y leeré su próximo libro, es quizá más seguro, espero que si hay que esperar otros 8 años sea para un resultado como este.

Y me quedo con esa sensación de ¿Y ahora qué leo yo?…

Habrá que refugiarse en la poesía.

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La casa del nazi, de Xabier Quiroga

La casa del nazi

La casa del naziA Xabier Quiroga me lo recomendaron mis hijos adolescentes. Resulta que sí funcionan las lecturas obligatorias del instituto, aunque a veces los adultos dudemos y los chicos renieguen siempre. Lo de renegar en la adolescencia, es algo que hay que soportar, sufrir y superar, es como el acné. Era por setembro era el libro que tocaba para la asignatura de Lingua Galega y Literatura y tuvieron la suerte de que después conocieron al autor y pasaron una tarde estupenda con él, que les habló de La casa del nazi, así que, como yo escucho a casi todo el mundo y valoro mucho la opinión de esta juventud, que ellos también saben, les hice caso y me llevé el libro de viaje durante mis vacaciones. Les he dado la razón, no solo me ha gustado mucho la historia, es que he disfrutado un montón con la forma que tiene Xabier Quiroga de escribir, pero mucho. Ahora tengo que leerme alguno de sus libros en gallego, porque seguro que todavía es mejor, pero este, traducido por Isabel Soto, ha sido, es, una maravilla.

Os cuento: resulta que hasta el despacho del Fiscal Superior de Galicia ha llegado el original de una novela, mas unos documentos que la acompañan, que un editor que no quiere meterse en líos, recibió de forma anónima. El título es La casa del nazi con el subtítulo En la oscuridad. El protagonista es Pepe Reina, un taxista, apasionado lector y curioso personaje al que un político de peso en el PP gallego, Manuel Varela, le encarga una investigación y le exige que sea con la mayor discreción. Pepe tiene alma de detective y un carácter bastante romántico, le gusta vivir en la aldea porque se cansó de la ciudad, pero se entretiene indagando sobre cualquier cosa, así que, como el político es generoso con el dinero, acepta el encargo. Manuel Varela había recibido un e-mail con al asunto “sobre nazis” enviado por un antiguo representante del Centro Simon Wiesenthal en Argentina. Parece ser que con él se había puesto en contacto un joven universitario que estaba rastreando la presencia de nazis en Galicia después de la Segunda Guerra Mundial. Durante esta investigación el nombre de Manuel Varela había aparecido y el chico pedía consejo. El argentino se ponía en contacto con el político para informarle. Manuel Varela no sabe, ni remotamente, la razón por la que su nombre puede aparecer en una investigación sobre nazis, y como su imagen pública es muy importante, no quiere llevarse ninguna sorpresa. Encarga a Reina que averigüe todo lo que pueda.

Pepe se pone en marcha y se busca dos colaboradores, aunque al principio estos no sabrán para quien trabajan o con qué propósito investigan; uno es Barrabás, que sabe de la vida y propósito de todo el mundo, al que pide que averigüe sobre la vida y obra de don Manuel, incluida su infancia en Monforte de Lemos. La otra es Lelia, una chica a la que conoce por casualidad en un hotelucho de Santiago y que es una lectora voraz, una mente muy despierta y una bellísima persona. El trabajo de Lelia será leer todo lo que se haya publicado sobre los nazis en Galicia y redactar informes a Pepe. Mientras él, viajará por varios sitios del interior de la comunidad intentando seguir las pistas y hablando con diferentes personajes.

Aunque el libro es extenso, tiene algo más de 600 páginas, a mí no me ha sobrado nada. En principio, puede parecer algo lioso hablar de una novela que habla de otra novela, de una investigación que habla de otra investigación, pero solo son las primeras 20 o 30 páginas, enseguida encuentras el sentido a los saltos de tiempo y al cambio de personajes. Porque en la novela hay flashback, e incluso un sutil y filosófico flashforward, que no sé si se puede considerar así, porque es dentro del libro interior. Son capítulos cortos, una forma de contar la historia ligera, con mucho sentido del humor, esa retranca gallega está muy presente en el personaje de Reina. Hay mucha historia bien integrada en el devenir del relato, lo que hace que no sea pesada. Descripciones muy acertadas, diálogos que ayudan a entender y mantiene el misterio y el intríngulis hasta el final.

Luego el tema, que ya sabéis lo que me gusta a mi aprender, pues no tenía ni idea de la presencia de nazis en esta tierra, y mira que he visto pelis y leído libros sobre esa época, porque es un tema muy recurrente. Pero no solo se habla de los nazis en el libro, también se retrata la vida de Galicia, la de antes y la de ahora, muy bien por cierto. No digo yo que lo que cuente sea verdad, pero que pudo ser, pudo. A propósito de esto, el mismo autor escribe en la portada:

“Si todos los hechos relatados en esta novela fueran producto de la fantasía, no quedarían secretos en los rincones más ocultos de nuestra historia”

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Assassination Classroom 18: Hora de San Valentín, de Yusei Matsui

Assassination Classroom 18 Hora de San Valentín

Assassination Classroom 18 Hora de San ValentínPágina cuatro de mi diario de lectura del manga Assassination Classroom. O página dieciocho si lo hubiera leído en el orden lógico. Pero como no lo sigo desde el principio, es lo que hay.

Querido Yusei Matsui:

Ya te vale, me la has vuelto a jugar. Con Assassination Classroom 15: Hora de la tormenta me metiste de lleno en esta historia; con Assassination Classroom 16: Hora del pasado me conquistaste por completo y prometí que te seguiría hasta el final; pero con Assassination Classroom 17: Hora de dividirse me pareció que me colaste un episodio de transición, aunque te lo perdoné porque acababa por todo lo alto. Así que aquí me tenías, deseando leer Assassination Classroom 18: Hora de San Valentín, convencida de que estaría repleto de acontecimientos decisivos. Al fin y al cabo, solo quedan tres entregas para que pongas el punto final… Pero no, desgraciadamente no ha sido así. ¿Por qué te haces tanto de rogar, Yusei?

El número dieciocho es un episodio de relleno en toda regla y ha sido otra pequeña decepción. El giro estratosférico que dio la historia en las últimas páginas del capítulo anterior se resuelve enseguida, como si fuera lo más sencillo del mundo y, a partir de ahí, la trama se deja a un lado para dar paso a una sucesión de gags en los que Korosensei muestra su lado más divertido poniendo en evidencia a sus alumnos, adolescentes con las hormonas en plena ebullición. Y, pese al cabreo inicial, confieso que me he divertido leyéndolo y me ha dado un poco de penita también. Por un lado, los chicos y chicas de 3º-E se dan cuenta de que, inevitablemente, cada uno de ellos ha de decidir qué hará con su vida cuando el curso termine, más allá de la misión que el gobierno les ha encomendado. Y, por otro lado, Korosensei vuelve a dejar claro por qué es un personaje genial y un gran profesor, principales motivos por los que me enganché a este manga. En definitiva,  a través de líos amorosos y situaciones comprometidas, este episodio solo pretende mostrar el lado más desenfadado y vulnerable de la clase de la escuela secundaria Kunugigaoka para que aún nos duela más la despedida.

Quedan tres entregas, solo tres entregas, querido Yusei Matsui. Y de verdad que espero que el desenlace del manga esté a la altura de Assassination Classroom 16: Hora del pasado, donde me demostraste de todo lo que eres capaz y disparaste mis expectativas. Pero tras los dos últimos capítulos, dudo. No sé si podría perdonarte otro episodio de relleno, pero más miedo me da que todo esto solo haya sido el prolegómeno para hacerme bajar las defensas y asestarme un golpe definitivo en la recta final. Y es que le he cogido mucho cariño a Korosensei y temo lo que le tengas preparado.

Ya ves, Yusei Matsui, aquí tienes una lectora entregada que, hagas lo que hagas, sigue pendiente de ti. Así que, por favor, pórtate bien en los próximos capítulos. La historia que has creado en Assassination Classroom lo merece.

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Antimanual de autodestrucción amorosa, de Marita Alonso

Antimanual de autodestrucción amorosa

Antimanual de autodestrucción amorosaNo sé qué me ha dado últimamente con los libros antiamor. Os recuerdo que hace poco os hablaba de No eres tú, soy yo que me he dado cuenta que eres lo peor, el libro de la genial Pedrita Parker que es un todo un canto al desamor y a las rupturas amorosas. El amor es muy bonito, pero el desamor con humor es mucho más divertido, dónde va a parar. Debe ser el verano y el calor, que a mí me ponen de muy mala leche. Porque a ver, ¿qué es eso de enamorarse en verano? No lo entiendo. ¿Quién tiene ganas de magrearse entre sudores?, ¿qué es eso de abrazarse en la cama a 40 grados? Par favaaaar, échate, para allá, que esto ya parece Mordor. No sé, no lo veo. Todavía el invierno tiene más encanto para eso de acurrucarse.

Supongo que por eso, por mi mala leche estival me he dejado atrapar por títulos como el del libro de hoy: Antimanual de autodestrucción amorosa, ¿a que suena bien? Bueno, confieso que lo primero que me atrajo del libro fue que estuviera ilustrado por Alfonso Casas. Si no le conocéis os lo recomiendo mucho. Podéis ver parte de su trabajo en su página web o en las redes sociales. Tiene un toque entre naif y mala leche que me encanta.

El libro en cuestión está escrito por Marita Alonso, a la que servidora no tenía el gusto de conocer. Es periodista de moda, escritora, guionista y reportera. Ha trabajado para Cosmpolitan, Marie Claire o Glamour y es, además, una rubia explosiva. Podéis comprobarlo fácilmente poniendo su nombre en Google Images. Y claro, después de ver a esta chica diez quizás os preguntéis que cómo ella, precisamente ella, va a tener problemas de amores. No os preocupéis, ella está harta de que le pregunten lo mismo. Quizá por eso mismo ha escrito Antimanual de autodestrucción amorosa, para demostrar que, aun siendo un completo desastre en esto del amor, a todo se le puede sacar partido.

Marita ha escrito un antimanual, precisamente porque ella no cree en los manuales de ayuda y con sus (nefastas) experiencias amorosas ha creado esta guía repleta de ejemplos (sus propios ejemplos) de lo que no debemos hacer.

Hay de todo en el libro, desde una genial crítica al amor que Disney trató de vendernos, tipologías de los piropeadores, las primeras experiencias sexuales o el inquietante mundo de las citas vía Tinder. Se me ponen los pelos de punta.

Marita Alonso es muy mordaz y no se corta un pelo a la hora de contarnos sus experiencias amorosas. El resultado es un libro divertido, de esos que puedes leer tranquilamente en verano porque no te va a dar calor, sino que te va a hacer pasar un buen rato. Los romances de verano con los libros son mucho mejores, ¿verdad?

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