
Recuerdo leer la contraportada del libro con ese «el mejor Bolaño» entre otras frases de promoción y pensar que era solamente esto, pura promoción de un libro que ya se conoce del autor, que ha sido reeditado por otro sello y que busca volver a venderse. Y me da rabia tener que decirlo – no sé por qué me la da pero me la da – pero es que es cierto, es Bolaño en estado puro. Si en la reseña de El espíritu de la ciencia-ficción dije que se empezaban a ver los rasgos de lo que sería Bolaño poco tiempo en adelante, aquí no puedo más que decir que nos lo encontramos en todo su esplendor, sin olvidar que fue este su último libro de cuentos publicado en vida. En Putas asesinas los dedos de Bolaño siguen riéndose de todos nosotros. Los dedos, él no, él nunca rio.
Cuando leo a Bolaño me es inevitable compararlo con lo que yo veo que es la vida: algo así como una película en la que te han hecho spoiler pero que de todas formas en cada uno de sus giros te sorprende y siempre, siempre, pero siempre, te da la sensación de que oculta algo. Sobre todo esto último. Leer a Bolaño es saber que habrá cosas inalcanzables, para ti, para mí, para todos, cosas inalcanzables que te golpean mientras lees, que te estiran de la camiseta, que te dan pellizcos y que se burlan de ti porque saben, porque están seguras de que nunca llegarás a descifrarlas. Acabas de leer, pasas la página, vas al siguiente relato y ves cómo esas cosas se van quedando en el relato anterior mientras te dan un último adiós burlón. No sé cómo lo hace pero lo consigue en cada uno de sus libros. Y tú te enganchas.
Hablo de relatos, sí, porque es lo que contiene este libro. Putas asesinas son doce relatos con título cogido del séptimo de ellos. Vamos a encontrar putas, claro, probablemente como él las veía al salir de su casa en el Carrer Tallers de Barcelona. Pero este es un punto anecdótico. Porque detrás del hijo que acompaña a su padre de vacaciones, detrás de B, detrás de Arturo Belano, detrás de Buba, detrás de los niños castrados, detrás de las propias putas está ese algo más que es lo que te lleva a seguir leyendo a Bolaño. Te olvidas de que te hace gracia que use iniciales en sus personajes a lo Kafka, te olvidas de que muy probablemente haya mucho de autobiográfico en lo que te está contando, incluso llegaría a decir que te olvidas de ese narrador socarrón que se burla incluso de su propia narración y duda de ella y te hace dudar a ti, y juega contigo. No importa tanto lo que cuenta sino cómo lo cuenta o mejor dicho, cómo cuenta lo que no cuenta.
Coger Putas asesinas es como coger un caleidoscopio y poner el ojo en él: vas viendo toda una heterogeneidad de figuras o incluso, si te pones romántico e ingenioso, de historias pero siempre desde un mismo objeto que es el que tienes entre manos. Iba a decir que cada libro de cuentos de Bolaño es un caleidoscopio distinto que ofrece figuras distintas que convergen siempre en un mismo punto, un punto desconocido, alephiano, imposible. Pero no, hagámoslo más grande: todo libro de Bolaño es un caleidoscopio, da igual que sea de relatos o no. Porque al igual que en sus relatos, en sus novelas Bolaño también sabe cambiar el terreno, sorprenderte, dejarte – como diríamos – en bragas.
Yo siempre recomiendo leer a Bolaño y parece que ahora Alfaguara se pone de mi parte llegando con fuertes pisadas a las librerías, para que lo veas, para que te intereses en su nombre y quizás te digas, ¿pero este no era el que publicaba con Anagrama? Y quizás solo por eso cojas su libro, lo hojees y, de repente, te des cuenta de que tu vida ha cambiado. Bolaño es capaz de eso y de mucho más, pero yo, perdonadme, aún no he sabido descifrar ese “mucho más”. Lo reconozco, soy un simple títere de Roberto Bolaño.

Yo tengo letra de elfo, es un hecho. Mi caligrafía es muy de Rivendel. También me han comentado que se parece a la caligrafía griega (esa que los de humanidades hemos estudiado tan bien). No sé, orejas puntiagudas no tengo, pero sí es cierto que los trazos de mis letras son entre afilados y oblicuos y que algunas de mis grafías son un tanto personales. Una cosa mu’ rara, qué queréis que os diga. Hay gente a la que le gusta y gente a la que no, pero eso ya me da más igual. Es legible, que es lo que cuenta.
Conocí a Sandra Andrés Belenguer gracias a la lectura de 
Por mucho que protejamos a los niños, es inevitable que tengan algún tipo de miedo. Creo que no conozco a nadie que no tuviera miedo a algo o a alguien cuando era pequeño. Cuando somos grandes también, claro, pero la mayoría somos conscientes y lo vamos llevando, asumiendo o soportando. Los miedos de la infancia nos parecen más irracionales, pero si lo pensamos bien, de eso nada. Por ejemplo, es muy común temer a la oscuridad; no se ve, no sé lo que hay, es un miedo lógico. El miedo a perderse, a quedarse solo, a no volver a ver a tus padres, ese es terrible y también muy común. Mis mellizos me seguían por la casa cuando eran pequeñitos, mi padre se reía y decía que parecía la gallina con los pollitos o la pata con los patitos. Saben que nosotros los alimentamos, les damos cariño y seguridad, el perdernos les produce angustia. Quizá mucha culpa de los miedos de los pequeños la tengamos los mayores, que se los transmitimos, es la paradoja de ese afán de protección, pero otros vienen en el ADN, estoy convencida. Juan sin Miedo es un cuento, hay niños más valientes o atrevidos, pero algún miedo tienen aunque sea pequeño.
Las ventanas del cielo es el primer libro de Gonzalo Giner que leo, lo que en principio debería ser un dato perfectamente irrelevante. Sin embargo me siento en la obligación de puntualizarlo para que puedan poner en su justo lugar lo que les voy a decir, que no viene de un seguidor rendido a la carrera de un escritor de éxito: se trata de un libro profundamente emocionante.
No podéis decirme que el título de este libro no es realmente llamativo y original. Antes de leer siquiera la sinopsis yo ya tenía claro que quería leerlo para descubrir qué tenía que contarme esta novela con un título tan sugerente. ¿Que si me gusta Bob Dylan? Claro, cómo no. Creo que ya he reivindicado y manifestado por aquí que Dylan es un poeta y que para mí, independientemente de que no me gusten demasiado los premios Nobel (o quizá por eso), me parece un galardón totalmente merecido. Sí, Dylan también es poesía. La poesía admite muchas formas, amigos.
La pasión de mayor quiere ser ternura. Así comienza Ricardo de la fuente este paseo suyo por la niebla que, como bien dice en otro de sus aforismos, es algo que agudiza la vista. O al menos la escritura. Y debe saber de lo que habla porque este pequeño libro rezuma pasión en cada una de sus letras y es a la vez terriblemente tierno. Y brillante. Y sagaz. Y hermoso. Y reconfortante. Y divertido. Y emocionante. Y sabio. Pero por encima de todo, supongo que al autor no le importará que le cite en esto, certero. Según el conocido aforismo de D. José Bergamín la principal característica de un aforismo es que debe ser certero, por encima de cierto. O tal vez sea un apotegma, en lugar de aforismo, porque coincide con la definición de la RAE en que es breve, sentencioso y feliz, además de ser un recurso, admito que un tanto retorcido, para traer a colación la felicidad, que es una de las principales sensaciones que siente uno tras Andar en la niebla un rato probablemente demasiado escaso.
La historia no es tal y como nos la cuentan en el colegio: listas de reyes, guerras y batallas, equilibrios de poder, inventos que revolucionan el mundo occidental… La historia es mucho, muchísimo más que esa visión única que nos venden en los planes escolares. Es también la manera en la que se come, se duerme, se viste, se habla o se comprende el mundo. Es lo que hicieron, sintieron y pensaron todos los estratos de la sociedad, es cómo se relacionaron, qué consideraron necesario y qué prescindible y también aquello que pasó donde no solemos poner el foco. Es también la vida privada, en la medida que condiciona la vida pública. Y este libro de Helena Attlee habla justamente de todo eso.
El despertar de la sexualidad es algo intrínseco al ser humano. Bueno, en realidad también al resto de los animales, lo que pasa es que no le llamamos despertar, es un instinto básico de supervivencia de la especie. Los humanos con nuestro cerebro pensante le damos más vueltas y le ponemos romanticismo, al menos de cara a la galería, porque la mayoría de las veces es un calentón físico y químico. Además de la alteración física, nuestro pensamiento tiene mucha influencia en nuestras relaciones sexuales. La mitad de nuestra vida sexual está en nuestro cerebro y esta parte es mucho más difícil de entender que el mecanismo físico de la relación. En el cerebro se maquinan las diferentes formas de mantener relaciones sexuales. Por ejemplo: no conozco ningún otro animal que ate a su pareja, pero algunos humanos practican bondage.


“Durante aquella experiencia fui escribiendo un pequeño diario. No recuerdo que otros compañeros lo hicieran. Lo hacía por si algún día tenía hijos y quería explicarles lo que pasó. Esa información me ha sido muy útil después. La primera versión del libro parecía escrita por un robot. Mi mujer me sacó de mi zona de confort y me dijo que tenía que acompañar cada hecho preciso con lo que sentía en ese momento. No es fácil hacer esto para nosotros, me ponía en una posición muy vulnerable pero tuve que hacerlo para contar la historia de los compañeros que perdí y lo hice. Ahí están los días más tristes de mi vida. Cada cosa que me pasó en el frente está contada desde un punto de vista emocional”.
En mi casa siempre hemos tenido mascotas. Desde las típicas cobayas y canarios hasta animales de compañía más insólitos como un caracol, un ratón canguro del desierto, o un pato. El preferido, sin duda, fue mi primer gato. Lío era un enorme gatazo naranja que llegó a casa cuando yo tenía diez años y me acompañó hasta que tuve 26 años. Dieciséis años de amor gatuno incondicional.