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Manual de remedios literarios, de Ella Berthoud y Susan Elderkin

Manual de remedios literarios

Manual de remedios literariosProbablemente hoy vaya a hablar del libro que más puedes tardar en leerte de todos los que hay en el mercado. Y no porque sea infumable o tenga cien mil páginas o cuente con infinitos volúmenes, no, lo digo porque a cada página – o ni eso – aparecen una, dos, tres nuevas lecturas que apuntar en esa lista que todos tenemos interminable, inalcanzable, imposible para nuestra capacidad lectora. No somos eternos pero nos da igual. Empezarás este libro, te interesarán todos los libros de los que te hablan, y seguirás apuntando nuevos títulos a tu lista de pendientes. Hoy hablo de Manual de remedios literarios, un libro que ofrece la cura en forma de libro para centenares de dolencias, tanto físicas como espirituales y que llega a las librerías de la mano de Siruela y Círculo de Lectores.

Ella Berthoud y Susan Elderkin, ambas biblioterapeutas, han conseguido crear una lista de lecturas para cualquier mal que se te pueda presentar en la vida. Y digo cualquiera porque hay de todo: resaca, dolor de muelas, crisis económica, cumpleaños, miedo a la vida, no sé, incluso te recomiendan libros por si se te ha quemado la cena. Y todo desde un punto de vista, desde un trato, que ojalá tuviéramos en las consultas de nuestros centros médicos. ¿Alguna vez te has reído con un doctor? Enumerar cada una de las lecturas o cada uno de los males que presentan sería inútil por inalcanzable, pero ya os digo que merecen mucho la pena. Pasan por todo, lecturas para niños, para adolescentes, para adultos que quieren volver a ser niños, para niños que ya quieren ser adultos, para adultos que quieren sentirse como tal, para aquellos que no quieren llegar a ancianos, etc. Desde clásicos hasta novedades que han salido en el último año. Deporte, nutrición, estudios, trabajo, vida social, aficiones, todo tratado a modo de diccionario de la A a la Z y dividido en dolencias, en males.

A todos nos duele algo, eso es inevitable y seguramente a todos los que nos encontramos por aquí nos gusta leer. Pues entonces, ¿qué mejor que unir ese mal que tenemos a un buen libro? Yo te recomiendo que olvides por un rato tu lista de lecturas pendientes y poco a poco vayas masticando este libro. Cógelo, busca lo que concuerde con lo que sientes en ese momento, mira qué libro o libros recomiendan para ello y entrégate a la lectura.

Manual de remedios literarios es sin duda uno de esos libros que puedes tener siempre en tu mesilla de noche, o en tu escritorio, o en el coche, pero siempre a mano, y coger siempre que sientas que necesitas explicación a algo que en ese momento te recorre por dentro. Solemos enamorarnos de un libro cuando nos parece que habla por nuestra boca, cuando notamos que eso mismo que está diciendo es lo que tú dirías si tuvieras el talento de su autor. Pues aquí te lo ponen más fácil. Ya no vas a tener que maquillar tus explicaciones al librero de turno para explicarle que lo que quieres es un libro que te ayude a olvidar a tu ex, ya no tendrás que irte por las ramas para solo querer decir que quieres un libro que te acompañe los domingos de resaca, ya no tendrás que dar mil vueltas por las librerías rezando para que el libro que buscas pero que no sabes ni cuál es ni cómo se titula te encuentre por arte de magia. Ya no, porque ahora tienes un manual que te pregunta qué es lo que te pasa y te pone en bandeja lo que tienes que ir a buscar, lo que te va a curar, lo que te va a salvar. Un libro genial.

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La familia Carter, de Frank M. Young y David Lasky

La familia Carter

La familia CarterDentro mismo de los Estados Unidos, los Montes Apalaches son un mundo aparte. Se trata de una región remota en la que, al decir de los estereotipos, no viven, aparte de osos y mapaches, más que familias incestuosas y granjeros solitarios que disparan primero y echan un trago de whisky casero después.

Este estereotipo, que hoy en día sigue vigente, arraigó con fuerza en el siglo XIX, y pueden verse trazas de su más cínico apogeo en esta extraordinaria La familia Carter, que nos narra los avatares de una humilde familia de granjeros que marcó la música norteamericana del siglo XX. Y si no, preguntadle a Woody Guthrie, Johnny Cash, o Bob Dylan entre otros, qué habría sido de ellos si, una buena mañana de 1914, un incompetente vendedor de manzanos ambulante llamado Alvin Pleasant Carter no hubiera oído cantar, por una de esas casualidades de la vida, a la bella Sara Dougherty. Con aquel encuentro el destino puso la primera piedra de una saga familiar que, con pasmosa maestría, desenfado y exquisita sensibilidad, nos presentan el escritor Frank M Young y el ilustrador David Lasky.

La historia que tenemos en las manos, en impecable edición de Impedimenta, abarca mucho más que las vicisitudes de una familia de músicos. En primer lugar, se me ocurre, La familia Carter es una visión diferente del sueño americano, ese ideal según el cual uno puede,  mediante el trabajo duro, salir de la miseria y alcanzar la prosperidad para sí mismo y para su familia. Trabajaron duro, sin duda, los Carter, en especial Alvin Pleasant, A.P. para los amigos, quien, en una empresa comparable a la de nuestro Menéndez Pidal, se pateó hasta el último rincón de los Apalaches y más allá con el fin de recoger melodías y canciones de boca de abuelas nonagenarias, melodías que, de otra manera, se hubieran perdido para siempre. Muchas de esas piezas musicales provenían, en última instancia, de las verdes y lluviosas colinas de Escocia y el Ulster, lugar de procedencia de muchos de los primeros europeos que se instalaron en la zona en busca de tierras.

Poco a poco, empieza a correr la voz sobre el talento de esa familia, y paso a paso, de concierto en concierto, los Carter van haciéndose un nombre en la zona, hasta que por fin les llega la gran oportunidad: el cazatalentos y productor musical Ralph Peer se fija en ellos y realiza una serie de grabaciones que se convertirán en su trampolín a la leyenda. Con canciones como ésta:

Así, mientras por un lado tenemos la historia de una familia sencilla lanzada al mundo del espectáculo, un mundo para el que no está preparada y en el que nunca se siente a gusto, por otro tenemos el apasionante retrato del desarrollo de la industria musical. Vemos a A.P. maravillado ante un gramófono y asistimos a sesiones de grabación, donde, como pulpos en un garaje, los Carter, habituados al calor del público, se ven obligados a repetir una pieza hasta la extenuación para recibir como toda recompensa el mudo reconocimiento de un cuerno que recoge el sonido (más tarde llegará la nueva sensación: el micrófono). Asistimos también a las sesiones fotográficas, en las que se manifiestan en todo su esplendor los estereotipos mencionados más arriba. Los Carter, que se han arreglado, lucen sus mejores ropas y se han lustrado los zapatos, tienen que volver a ponerse sus gastadas ropas de trabajo y posar, azada en mano, junto a la letrina. “Son ustedes cantantes rústicos -les dice el fotógrafo- y tienen que parecerlo”.

Y aún hay más. Conocemos a una auténtica leyenda del blues llamada Lesley Riddle, hombre de memoria prodigiosa al que le bastaba escuchar cualquier melodía una sola vez para poder recordarla. Riddle, que aprendió a tocar la guitarra mientras se recuperaba de un accidente de trabajo en el que perdió la pierna, se convirtió en el mejor amigo de A.P., a quien además prestó una ayuda preciosa en su incesante búsqueda de material para nuevas grabaciones. Fijaos qué pequeña maravilla:

El estilo de las ilustraciones de David Lasky no podía ser más acertado para el tipo de historia que se nos cuenta. Se trata de un estilo realista y centrado en los personajes, sencillo, sin espectaculares alardes que alejen el foco del aspecto humano, ni con excesivos detalles que nos hagan perder la visión general del conflicto entre la familia y el mundo del espectáculo. Y cuando hay que romper con la tradición clásica, pues se rompe, como en esas breves escenas en blanco y negro, tan cinematográficas, que imprimen a la historia el ritmo acelerado de una vida que se escapa de las manos de los personajes.

En definitiva, La familia Carter es una excelente novela gráfica con la que pasaréis un rato estupendo, pero con la que, cuidado, corréis el riesgo de convertiros en unos auténticos hillbilies.

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Los cromos de Maider, de Itziar Pascual

Los cromos de Maider

Los cromos de MaiderMaider tiene diez años. Es una niña alegre y curiosa que vive con sus padres y su hermana mayor, una adolescente insoportable. Como Maider es tan curiosa, siempre está haciéndose preguntas. “¿Quién soy yo?, ¿qué hago aquí?, ¿por qué tengo esta familia?, ¿qué quedará cuando ya no esté?”.  Pero claro, a veces es difícil desenredar la madeja del pensamiento y atar bien los cabos, a todos nos ocurre. Nos hacemos preguntas, nos ponemos a pensar y al final, nuestro pensamiento acaba liándose aún más. Imaginad lo difícil que debe ser si encima tienes diez años.

Pero Maider ha tenido una genial idea: ha decidido hacer un álbum con los cromos de su vida. Así podrá contar y reconstruir su historia y, sobre todo, la historia de su abuela. Porque su abuela es el hilo principal de esa madeja que Maider trata de desenmarañar en sus pensamientos. Así es cómo surge Los cromos de Maider, un libro para niños a partir de diez años publicado por Anaya.

Personalmente, respeto mucho a nuestros mayores. Me parece que a veces olvidamos el papel tan importante que desempeñan en nuestra sociedad. Se me parte el alma al saber que hay gente mayor que está sola, que no tiene a nadie que la cuide o que ni siquiera tengan gente con la que hablar un rato al día. Y ya si hablamos de personas mayores que tienen hijos que no les hacen caso, entonces me pongo de muy mal humor.

Pero bueno, hoy voy a centrarme en ese lado agradable de nuestros mayores y de nuestros abuelos en particular. Yo no conocí a mis abuelos paternos y mi abuelo materno murió cuando yo tenía cinco años, así que no lo pude disfrutar mucho. Mi abuela, la madre de mi madre, vivió hasta que yo tuve 23 años, así que tengo muchos recuerdos de ella. No era la abuela más cariñosa y entrañable del mundo, al menos no era muy de demostrar sus afectos. Pero nos quería. Recuerdo sus preciosos ojos, su sonrillisa, su tos en la cama y su onza de chocolate en la mesilla. Recuerdo las voces que daba por el telefonillo (podrían oírla cinco calles más allá) y el tacto de sus manos. Mi abuela era una mujer de mucho carácter (menuda era), pero también tenía esa dulzura que tienen las personas mayores, esa mirada afable y llena de momentos vividos.

La abuela de Maider disfrutaba leyendo, preparando la merienda y ayudando a su nieta con las partituras y la flauta. Pero la abuela enferma y la madre de Maider se pone muy triste. A través de los cromos, Maider intenta reconstruir esos momentos, la historia de su vida cuando su abuela ya no está. Los cromos ayudarán a Maider a entender todo lo sucedido y, sobre todo, a recordar las cosas más importantes y conservar los recuerdos para poder entenderlo todo y para volver a ellos siempre que lo desee.

Quizá, de esta forma, Maider consiga encontrar las respuestas a tantas preguntas. Es algo que tendréis que averiguar vosotros al leer Los cromos de Maider, lectores. Yo solo puedo recomendaros este librito, tan tierno y emotivo, que seguro os hará recordar y sonreír.

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Negociar lo imposible, de Deepak Malhotra

Negociar lo imposible

Negociar lo imposible

Los fenicios fueron los grandes comerciantes del mundo antiguo. Crearon una industria papelera y se lanzaron al mar para comerciar por todo el Mediterráneo, y esos intercambios con otras culturas les llevó a desarrollar un alfabeto consonántico, para poder transcribir sonidos, mucho más útil de cara a comunicarse con otras culturas; este alfabeto es el precursor de las escrituras árabe, hebrea, griega y latina. Los fenicios creaban asentamientos temporales para negociar e intercambiar bienes, y a donde llegaban eran bien recibidos, ya que sus tratos eran justos y provechosos para ambas partes. Quizá ellos podrían haber escrito algún libro similar al que vengo a presentaros hoy, Negociar lo imposible, de Deepak Malhotra.

Reconozco que me identifico mucho con la cultura fenicia. Sus dos motores eran la industria papelera (los libros) y el comercio, y los griegos utilizaron el nombre de una de las principales ciudades fenicias, Biblos, para designar todo lo relacionado con los libros, y esa raíz sigue en nuestro lenguaje. Así que todos los que somos bibliotecarios, debemos nuestro nombre a esta ciudad. Por otra parte, reconozco que me gusta negociar, soy un comerciante, me estimula enormemente esa situación en la que dos personas necesitan algo la una de la otra y tienen que acordar las condiciones de ese intercambio. Y hay situaciones en las que es fácil llegar a un acuerdo, como cuando los dos tienen intereses comunes o ambas partes tienen una visión similar de la importancia del acuerdo… Pero reconozcámoslo, vivimos en un mundo imperfecto, en el que cada uno tiene una visión muy particular del mundo y los egoísmos y las circunstancias nos obligan muchas veces a actuar en detrimento de los intereses de otros, bien por creencia propia o por no dejarnos avasallar por los demás.

En esas circunstancias, un libro para aprender a negociar parece imprescindible. Los directivos y los administradores de empresas se ven más habitualmente envueltos en este tipo de negociaciones complejas y entenderán enseguida lo valioso que es saber negociar más allá de lo básico, pero creo que todos en la vida tenemos que negociar con más frecuencia de la que nos gustaría: pedir un aumento de sueldo, acordar las vacaciones con tu pareja, redactar un contrato de alquiler… Quizá hayas hecho algunas fotos o pinturas y alguien quiera adquirir tus derechos de autor, o quieras negociar un contrato con alguna empresa. ¿Sabrías destrabar un conflicto difícil, sin usar dinero ni fuerza?

Negociar lo imposible es un libro interesante. Analiza casos concretos de la historia mundial, en la que se dieron negociaciones que a priori habían llegado a puntos muertos imposibles de solventar. Y explica las ideas brillantes que tuvo cada una de las partes para llegar a solucionarlos. Es un repaso muy lúcido por hechos empresariales, sindicales y políticos de gran atractivo, y después desgrana una a una las ideas principales que nos llevarán a ser más creativos a la hora de resolver cualquier conflicto que se nos presente. Me ha hecho reflexionar sobre puntos muy concretos que siempre he dado por supuestos en una negociación, y me he dado cuenta de que hay veces que ser flexible puede ser una gran ventaja, o que los puntos más importantes para nosotros no tienen por qué serlo para la otra parte. Ser consciente de la propia fuerza negociadora, de la situación, de los tiempos, de la visibilidad del conflicto frente a terceros, y otros aspectos más, pueden ser determinantes a la hora de negociar, y focalizarnos en un solo punto de vista del acuerdo solo hará que reducir nuestras posibilidades de llevarla a buen término.

En fin, Negociar lo imposible es uno de esos libros que te abrirá la mente hacia nuevos horizontes en un aspecto tan básico de la vida como es la negociación.

 

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El Multiverso, de Grant Morrison

El multiverso

El multiversoEl Multiverso DC empezó a dar sus tímidos pasitos en la Edad de Oro, pero no fue hasta la Edad de Plata cuando realmente emergió como un concepto para dar sentido a la existencia de diferentes versiones de los personajes de la editorial. Entonces el multiverso creció y creció, se expandió tornándose algo complejo y confuso que traería, a partes iguales, quebraderos de cabeza e hitos en la historia del cómic.

Flash de dos mundos, cómic aparecido a principios de los 60, sería el percutor para empezar a cruzar historias entre mundos paralelos. En el cómic en cuestión Barry Allen se trasladaba a una tierra alternativa en donde conocía a Jay Garrick, el Flash de la Edad de Oro. Con este hecho Allen descubría dos cosas: que lo que es ficción en un mundo en otro es real y que las diferentes tierras vibraban en una frecuencia específica. Conocer esa frecuencia era el primer paso para viajar de una a otra. Así nacieron Tierra-Uno y Tierra-Dos; las dos primeras de un sinfín de nuevas tierras. ¿Me seguís? ¿Todavía estáis ahí?

Con la creación de las diferentes tierras, DC ya tenía una excusa para ir ubicando no solo diferentes versiones de sus superhéroes más icónicos (Superman, Batman , Wonder Woman, etcétera), sino que además encontró un lugar para todos esos personajes que fueron llegando a medida que DC iba adquiriendo nuevos sellos editoriales. Y todo esto hubiera estado muy bien si se hubiera conservado cierto orden. Se intentó, pero algunos guionistas descuidados juntaban a personajes de diferentes tierras sin hacerlos trasladarse previamente; otros simplemente crearon errores garrafales de continuidad. El caos se apoderó del multiverso.

Había que poner orden en el caos, y para ello en ocasiones es necesario destruirlo todo para volver a empezar; fue entonces cuando nació la miniserie Crisis en Tierras Infinitas. En este colosal crossover un peligro a nivel multiverso fue la solución para simplificar el concepto, eliminando tierras paralelas y fusionando otras. Vaya jaleo, ¿eh? Venga, una aspirina y continuamos.

A pesar de que ya se había establecido cierto orden, el concepto de multiverso era demasiado suculento como para dejarlo escapar, así que tras muchas historias con más o menos éxito DC lo recuperó para una serie denominada 52 en la que finalmente se definieron ciertas normas y parámetros, además de tierras paralelas limitadas para que la anarquía no volviera a reinar. Luego Flash (de nuevo Barry Allen en el epicentro del tinglado) en Flashpoint, y sus malabares con las líneas temporales, sería la excusa perfecta para reiniciar algunas series y retomar otras que habían quedado en suspenso.

Bien, ahora que ya os he puesto en contexto, y si todavía queda alguien leyendo, o que todavía no se haya dormido, podemos continuar con El Multiverso de Grant Morrison, serie de nueve números en la que el guionista escocés nos revela el Multiverso DC, el definitivo, pero que además aprovecha tal coyuntura para dar un merecido homenaje al Crisis en Tierras Infinitas de 1985.

El Multiverso se inicia con una llamada de auxilio, un S.O.S. recibido por Nix Uotan y su compañero, el mono conocido por Sr.Stubbs. Como buenos investigadores multiversales se trasladarán a la tierra que ha lanzado la llamada de auxilio para encontrarse con que unos seres que se hacen llamar La Nobleza han destruido Tierra-7. Este primer número esboza los fundamentos que hallaremos en las otras ocho historias. Diferentes tierras y cada una con su crisis particular. Y como nexo de unión un cómic “maldito” que no tiene mayor relevancia que la de hacer que los personajes progresen en sus respectivas tramas y que el lector visite diferentes tierras.

Cada una de esas tierras nos mostrará sus principales héroes o villanos y las alteraciones ocurridas en esos mundos. Así pues, en Mastermen, con Jim Lee a los lápices, se nos revela una realidad alternativa en la que los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial con ayuda de una Liga de la Justicia nazi. Ucronía típica, y utilizada hasta el hastío en la ciencia ficción, pero que sigue funcionando si a los villanos les siembras una chispa de conciencia y moralidad. Con todo, no es esta la mejor de las historias. Tampoco lo es La Sociedad de los Superhéroes, en la que Tierra-20 y Tierra-40 se sincronizan con consecuencias catastróficas. Fascinante narración que junto al dibujo de Chris Sprouse se convierte en una bonita oda a los cómics clásicos de superhéroes.

Pax Americana y Ultra Cómics son los robustos pilares de este tomo integral editado por ECC. El primero es una historia repleta de simbología, de cariz paradójica y de armonía milimétrica que funciona como un motor bien engrasado. Un cómic que homenajea a Watchmen tomando algunos de los conceptos que planteó Alan Moore, pero dándoles una nueva vuelta de tuerca que obliga al lector a releer una y otra vez (a veces del final hacia el inicio) para descubrir las diferentes capas que confeccionan el relato. Frank Quitely, con su capacidad de dibujar rostros duros y marcados, su detallismo en cada insignificante elemento y la forma excepcional de disponer viñetas, vuelve a demostrar ser la mitad perfecta para completar ese consorte artístico que resultan ser él y Morrison.

Ultra Cómics es Grant Morrison en estado puro. Ese Grant Morrison que a más de uno nos hace pensar si este hombre hace uso de algún tipo de narcóticos para crear sus guiones. Ultra Cómics es un héroe pero también resulta ser el cómic que está infectando el multiverso. Un ejercicio soberbio de metaliteratura y de narración presuntuosa que alcanza su objetivo cada vez que el personaje rompe la cuarta pared para hablar con el lector y obligarlo a no seguir leyendo. Pero si entráis en el juego que plantea Morrison, si os prestáis a ello, llegaréis hasta ese clímax que resulta tan ambiguo como abierto; tal vez una invitación para que alguien más pueda recoger el testigo y continuar con la labor de añadir más matices al multiverso.

El Multiverso es una serie tan brillante como difícil de definir (con Grant Morrison siempre lo es), un cómic que es solo una sublime muestra de la poliédrica configuración que puede llegar a tomar toda historia que penetre en los cimientos del Multiverso DC.

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Estructuras disipativas, de Clara Janés

Estructuras disipativas

Estructuras disipativasImagino que conocéis a Clara Janés, pero me parece necesario hablaros de ella, no solo porque sea una de las poetas contemporáneas más importantes, sino también por su gran labor en el mundo de la literatura.

Clara Janés es la décima mujer miembro de la RAE y ocupa la silla “U” desde el año 2015. Nacida en Barcelona e hija del poeta y editor Josep Janés i Olivé y de Ester Nadal, estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, Pamplona y en la mítica Universidad de la Sorbonne, en París. Su primer poemario, Las estrellas vencidas, fue publicado en 1964. Influida por las obras literarias extranjeras, Clara Janés decide estudiar distintas lenguas para poder traducirlas al castellano. Su faceta de traductora, principalmente del checo, le ha valido numerosos premios y distinciones.

Poseedora de un lenguaje y de un estilo propio, clasificar a Clara Janés dentro de alguna de las corrientes poéticas de los últimos años es una tarea difícil. Supongo que esto es lo que hace de su poesía algo único: su originalidad. Tremendamente femenina, existencialista e íntima, la poesía de Clara Janés es indispensable para conocer la poesía actual. Como comprenderéis, era inevitable que os hablara de ella en la introducción de esta reseña.

Estructuras disipativas es su último poemario publicado por Tusquets. El nombre procede del término utilizado por el físico Ilya Prigogine para definir el mecanismo por el cual la materia pasa del orden al desorden. O, en propias palabras del físico que podemos leer al comienzo de este poemario:

“Hemos denominado “orden por fluctuaciones” al orden generado por el estado de no equilibrio. […] Podemos decir que la estructura disipativa es la fluctuación amplificada, gigante, estabilizada por las interacciones con el medio”.

Un poemario escrito con ese rigor científico con el que Clara nos introduce sus nuevos versos. Poemas sutiles, llenos de metáforas y de quietud, esa palabra que tantas veces aparece en el poemario y que es el reflejo de nuestro universo en orden.

“Y la quietud

es el punto microscópico

del movimiento

elevado al infinito”.

Clara Janés no es una poeta fácil, de esos que tanto se llevan ahora. Entenderla no es sencillo, requiere un ejercicio de comprensión y empatía brutal. Un esfuerzo riguroso, cósmico y suave, como sus versos. Pero una vez que hemos conseguido encajar las piezas de nuestro mundo con el universo que Clara Janés nos ofrece, se produce un encuentro mágico. Un encuentro de poeta a lector, un cara a cara con nuestra realidad y su mundo poético. Algo sencillamente maravilloso.

 “Vuelva a mí la virginal llamada

de una forma

pura resonancia,

que cruza el corazón

y lo llena de luz comunicante

anulando los límites

que establece el otro

al enunciarse.

Y tú, cansada voz,

estate atenta

al secreto de las ondas

y aprende

transparencia.”

Un poemario sensual, cargado de connotaciones y metáforas y repleto de voces que pueblan el desorden y el movimiento. Estructuras disipativas es un libro para perderse en él cualquier noche estrellada, cuando la quietud invade el universo y nuestra calma.

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El libro de los hábitos productivos, de Ben Elijah

El libro de los hábitos productivos

El libro de los hábitos productivos

Tengo un trabajo de esos que son más un premio o un hobby que un trabajo, sin jefes. Me encanta enfrentarme diariamente a las tareas que tengo que realizar, porque son diversas, intelectualmente estimulantes, y ningún día se parece a otro. La parte buena es que todos los días son emocionantes, y pocas veces tengo ocasión de aburrirme. La parte negativa es que lo primero que tengo que hacer cada día al sentarme delante del ordenador es decidir por donde voy a empezar; muchas veces varias tareas son o parecen igual de urgentes y me resulta difícil elegir cuál hacer primero: si las más breves, porque hay expertos que dicen que tachar cosas de la lista nos ayuda a avanzar. O bien las más pesadas, porque a primera hora de la mañana somos más productivos. O evaluar la urgencia de cada una de ellas y resolverlas por orden de prioridad… Y mientras decido, es divertido ver cómo me van llegando correos electrónicos y llamadas telefónicas que me obligan a reevaluar constantemente mis prioridades.  Muchas veces cuando esto me ocurre, termino yéndome a tomar un café y dejar que las cosas se calmen un poco. Como os decía al principio: es emocionante, ¿verdad?

Así que cuando cae en mis manos un libro sobre productividad, lo hojeo sin entusiasmo. Hasta que hace unos días me topé con El libro de los hábitos productivos, de Ben Elijah. Un párrafo que me atrapó en la introducción del libro fue este:

“Mi tendencia natural es procrastinar y demorar las tareas. Siempre me desmoronaba cada vez que tenía que trabajar en algo que implicara prioridades encontradas […] Organizarlo todo suponía para mí un largo periodo de enfermedad mental”.

¡Genial! Por fin alguien con el mismo problema que yo. ¡Y había escrito un libro sobre productividad! Si él ha llegado a este punto, creo que merece la pena leerlo. Veamos qué más dice:

La productividad es una cuestión de dominio sobre ti mismo y tus recursos, y perspectiva para decidir qué es realmente importante.

 

Sí, estoy totalmente de acuerdo contigo, Ben. Pero… ¿Cómo lograrlo?

El problema de la productividad se puede atajar con un cambio de forma de pensar y de hábitos.

– Busca una manera mejor de gestionar la información; respeta la capacidad y limitaciones del cerebro para no sobrecargarte con toneladas  de tareas y cosas por hacer

– Desarrolla un marco de referencia que te ayude a decidir qué merece tu atención

– Permítete la libertad de apartarte de los dos puntos anteriores para ser más creativo pero con la posibilidad clara de retomar el control y la perspectiva.

Y sí, solo con eso el libro me atrapó.

Es un libro didáctico y a la vez de referencia sobre 8 hábitos concretos que incorporar a tu vida diaria: Recopilar, procesar, elegir las herramientas, poner en situación, trabajar la memoria, el árbol de la importancia, archivar, repasar y terminar. Es bastante breve, 150 páginas en un formato pequeño y cómodo de llevar a cualquier sitio, con la explicación a problemas concretos y sus soluciones. Si quieres adquirir 8 hábitos para gestionar mejor tu tiempo y ser más eficiente, te recomiendo este libro.

 

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Correr es algo más, de Isabel del Barrio

Correr es algo más

Correr es algo másAl menos una vez al año suelo sentir esa llamada. Puede surgir de forma involuntaria, por mera inspiración divina, pero por regla general viene provocada por algo concreto, ya sea no llegar a un balón de fútbol en un pase que iba a una velocidad ridícula o comprobar como aquellos pantalones que hace unos meses me quedaban muy holgados se han convertido de buenas a primeras en pitillos. Suele ser a partir de experiencias como estas cuando me fuerzo a coger las deportivas, la camiseta de algodón y la pantaloneta —o pantalón corto, para los no oriundos de La Rioja— y me lanzo a correr, sin mucha mayor planificación que parar cuando ya esté cansado o cuando se ponga muy oscuro el cielo, que luego toca volver.

Es por ello que el enfoque que propone Isabel del Barrio en su libro Correr es algo más chocó desde el principio con mi modo de ver este deporte —algo que agradezco, ya que nunca compraría un libro de técnicas deportivas escrito por mí—. La autora, triatleta, entrenadora personal y comunicadora de referencia desde su blog On my training shoes, no sólo se distancia desde un primer momento de la visión de que correr es una herramienta para estar bien físicamente, sino que defiende con ahínco a lo largo de todo su libro una máxima completamente inversa: hay que estar en forma para correr.

Partiendo de esta idea, lo que Del Barrio propone en este trabajo no es un compendio de rutinas y ejercicios, sino más bien un tratado de estilo de vida. Así, la autora destina buena parte del libro a narrar sus propias experiencias, tanto a nivel deportivo como personal, para ir introduciendo explicaciones pormenorizadas sobre los distintos aspectos que afectan a la hora de practicar adecuadamente este deporte. Emplea también reflexiones y enfoques inteligentes para introducir los temas, lo que consigue amenizar algunas partes del libro que, de otra forma, podrían hacerse cuesta arriba para buena parte de los lectores. Y es que conceptos como el core, la cadencia o la fascia plantar entran mucho mejor en el cuerpo con anécdotas y comentarios personales de interés. Además, la autora va recordando cada poco tiempo aspectos que han sido explicados en capítulos anteriores, lo que sirve para acabar con una idea mucho más global del asunto.

Si algo no ha acabado de convencerme ha sido la maquetación del libro, ya que las dos pequeñas columnas por página en las que se divide el texto no creo que sean lo ideal para favorecer una lectura fluida. No obstante, el contenido está muy bien estructurado en secciones y subsecciones y esto ameniza y agiliza la tarea. Además, también es necesario remarcar la gran cantidad de fotografías que acompañan al texto. En ellas aparece la propia autora realizando distintos ejercicios, lo que en buena parte de los capítulos es de mucha ayuda para entender mejor cómo poner en práctica las explicaciones que se van ofreciendo.

Este no es el primer libro de correr que he leído hasta la fecha, pero sin duda se trata del más personal con diferencia. Correr es algo más ayuda a cambiar el chip en torno a lo que significa este deporte y a cómo afrontarlo. En sus páginas se aprecia un gran interés por divulgar y facilitar la buena práctica de un deporte que, por requerir tan poco material complementario, podría dar la impresión de que puede llevarse a cabo de cualquier manera. Y sólo hay que echar un ojo a este trabajo de Isabel del Barrio para darnos cuenta de que nada más lejos de la realidad.

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Un mundo propio, de Laura Carlin

Un mundo propio

Un mundo propioAquí estoy con otro de esos libros lleno de imaginación que tanto me gustan. Un libro creado para los más pequeños que los adultos disfrutamos casi tanto como ellos. Me encanta la literatura infantil y juvenil, no puedo evitarlo. Además, una vez los leo y los reseño, se los regalo a mis sobrinos para que los disfruten ellos y cuando los han acabado los comentamos. Tenemos un club de lectura de lo más particular.

Las apuestas literarias para niños y jóvenes de la editorial Libros del zorro rojo siempre me han gustado. Son interesantes y valientes, como Un mundo propio. Este libro-arte es obra de Laura Carlin, autora multidisciplinar donde las haya. Sin embargo, este libro es su primer trabajo como escritora e ilustradora. Para ser su primera incursión en el mundo literario no le ha quedado nada mal. Cuando se tiene talento los resultados suelen ser así de buenos.

¿Por qué los llamo libro-arte? No es que quiera yo inventarme otro género, pero es que hay libros que no sé bien dónde clasificarlos. Y éste es uno de ellos. Laura Carlin utiliza tantas técnicas y materiales para ilustrar el libro, que no puede ser otra cosa que un libro-arte. Desde dibujos realizados a lápiz y acuarela, pasando por la técnica del collage y la fotografía. Además, utiliza materiales muy típicos que los niños reconocerán muy bien, como piedras, cartón y demás objetos reciclados. Como veis, la autora realiza un ejercicio de ilustración muy original y divertido y muy enfocado al público infantil. Una manera de conectar con los niños a través del arte. Guay, ¿no?

Pero además de la parte artística Un mundo propio nos ofrece mucho más. Principalmente, este libro nos da alas, nos empuja a fantasear, experimentar y recrear otros mundos. Hoy en día, con tanto niño pegado a los móviles y las tabletas, encontrar libros que les inviten a imaginar y viajar solo con la mente es una necesaria maravilla.

Básicamente, el juego que nos propone este libro es el de inventar nuestro propio mundo. Se trata de observar la realidad que nos rodea y tratar de imaginar cómo nos gustaría que fuera nuestro mundo. No solo descubrimos el mundo que Laura Carlin ha creado para ella, sino que nos invita a crear el nuestro. Por ejemplo, ¿cómo os gustaría que fuese vuestro despertador? Seguro que también estáis hartos de las típicas alarmas. ¿Qué tal despertar con un aullido en la selva? Puestos a imaginar, crear la casa que nos gustaría para nuestro mundo propio es otra de las actividades que nos propone. Mucho más divertido si para salir de casa tenemos que usar un tobogán, ¿verdad? Imaginar el barrio, los vecinos, sus tiendas, fábricas y escuelas y hacer un mundo a nuestra medida, hecho con las cosas que nos gustan. Da igual lo surrealista e insólito que sea: es nuestro mundo y podemos hacerlo como queramos.

Un mundo propio, aparte de ser muy entretenido, es un libro lleno de imaginación. Y como ya os he dicho, la imaginación nunca está de más, da igual si somos adultos. A todos nos encantaría, aunque sea por un tiempo, imaginar y crear nuestro propio mundo.

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A menos de cinco centímetros, de Marta Robles

a menos de cinco centimetros

a menos de cinco centimetrosLa cita de la contraportada. La cita tuvo la culpa. Cuando uno no deja de darle vueltas a la cabeza en su buhardilla a altas horas de la noche, con la botella de whisky al lado de un vaso en el que el hielo hace tiempo que ha perdido su dureza resbaladiza y sólida y ha acabado por diluirse con el líquido de la malta; cuando revisa viejas fotos de viejas guerras entre trago y trago y rememora aquel suceso; cuando se convence de que su mujer no volverá a aparecer en su vida pero ha terminado por aceptarlo; cuando aparta la vista de esas fotos y mira la espalda desnuda de la dueña del coño de treinta años que un sesentón como yo acaba de follarse… Ahí. Ese es el momento en el que uno se da cuenta de que su vida se está yendo a la mierda.

Y es que no estoy acostumbrado a que las cartas me vengan tan mal dadas. A que me vengan jodidas, sí, pero no tanto. Investigar cuernos es lo mío. Solo eso: cuernos. Me llamo Tony Roures y soy detective privado, y antes de eso fui corresponsal de guerra. Y sí, estoy desencantado. Es el papel clásico que me ha tocado en esta historia y no voy a comentar los motivos de mi amargura y desencanto. Si decidí aceptar el caso de esa treintañera fue por hacerle un favor a Marta Robles.  Sabía que era virgen en la novela negra, aunque ya leí un relato suyo, Un sabor muy familiar, en Obscena. Trece relatos pornocriminales, que, la verdad, demostró que tenía talento para los casos de ese color. No me arriesgaba mucho, por tanto.

“A estas edades si vas a jugar con fuego tienes que saber que puedes perderlo todo. “Hay un día en el que, de pronto, se pasa de estar seguro de todo a no estar seguro de nada. Esa es la verdadera barrera entre la juventud y la madurez.”

Marta me contó todo la historia. La joven Katia, la muchacha que ahora duerme en mi cama, sospechaba que su madre había sido asesinada en la habitación de un hotel de Buenos Aires. La policía dio por buena la hipótesis del robo y cerró la investigación al no hallar pistas para poder continuarla. Lo gordo del caso viene después. Katia no se iba a rendir. Estaba convencida de que a su madre la mató Armando Artigas, un escritor español de superventas. Un Ken Follet o un Pérez-Reverte para entendernos. Pero no solo eso. Katia afirmaba con rotundidad que Artigas había asesinado también a otras tres mujeres por lo menos.

No podía rechazar semejante caso. La joven pagaría bien y Artigas ya había comenzado a verse con otra mujer, Misia Rohtman, casada con un magnate de la comunicación, y, tal vez, futurible víctima de Artigas… Una mujer por la que cualquier hombre podría matar… o morir. Aunque, si he de ser sincero, el rol de femme fatale no lo interpreta ella, sino el joven coñito argentino que duerme en mi cama.

Pero empezaba hablando de la cita y he desvariado… Cosas de la edad. La cita… sí, sí, sí, sí…

“Ese olor… ¿son violetas? Nunca había conocido a nadie que llevara el perfume a juego con el color de los ojos?”

¿Se puede ser más de género negro, Marta? Ya solo esa cita justificaba el caso A menos de cinco centímetros. Un caso en el que los protagonistas están creados con habilidad magistral. Todos tienen una historia tras ellos que sustenta su carácter y forma de ser. Llegas a entender por qué actúan así o asá, tienen profundidad, están tan bien perfilados que te los crees… ¡Son –con todo lo que ello conlleva– humanos! La pobre Misia, por ejemplo, la cuasi perfección hecha mujer, se debate entre ser fiel a un marido del que no está enamorada pero que le da una estabilidad económica y perderlo todo si es descubierta siendo una adúltera con un hombre que huye del compromiso.

La estructura también es de las que me hacen leer con comodidad. Es un caso coral, en el que mediante capítulos cortos, y siempre en tercera persona, vamos alternando los puntos de vista de los distintos actores de la trama.

No puedo olvidar el sexo. Porque aquí tenemos sexo a mansalva. Un caso como este respira sexo, PIDE sexo. Venga, dale, toma, más y más madera… No es gratuito, también es cierto, y no creo que escandalice a nadie (aunque siempre hay algún mojigato por ahí…) y también hay que admitir que está bien narrado y que, a pesar de haber mucho coño suelto por ahí, no me ha parecido (muy) soez.

Y solo he contado parte del caso. A medida que avancé en él descubrí otra trama que se cruzaba con la de Artigas y que entronca directamente con Argentina, el pasado y una de las peores lacras de la raza humana.

Lo único que puedo objetar de este caso es que más o menos a la mitad ya sabía quién era el asesino. (Lo cierto es que hay pocos sospechosos y una frase clave…) Y la resolución. Me ha parecido algo apresurado y ¿rebuscado? Como si le faltara un poco más de desarrollo. Tal vez haya sido que estaba disfrutando tanto de este caso (nada que ver con el destape de infidelidades, mi terreno habitual) que quería que durara más, pero esa ha sido mi impresión.

A menos de cinco centímetros es un excelente debut de Marta Robles en la novela negra. Un caso en el que te metes sin quererlo y que te va empujando y dirigiendo sin darte cuenta gracias a una prosa fácil de leer pero cuidada, con buen ritmo, con diálogos realistas, escenarios en los que te sitúas sin esfuerzo (y no como el pobre piso al que me acabo de mudar, en donde solo tengo mis discos pero noto mucho la ausencia de mis libros, tan presentes –no los míos en concreto– en todo este caso…) y, sobre todo unos personajes de carne y hueso.

“Escribir una mala novela es muy difícil. Y escribir una buena es un milagro. La diferencia entre una y otra es la emoción. Y ni siquiera eso garantiza su éxito. Por eso solo hay que contar aquello que uno querría leer.”

Y estoy convencido de que este es un caso que a Marta le gustaría leer. Por descontado, no es una mala novela, y sí un pequeño milagro.

Espero tu próximo caso, Marta. No tardes mucho.

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Pasajera, de Alexandra Bracken

Pasajera

PasajeraDesde siempre me han atraído las historias relacionadas con los viajes en el tiempo, no solo por las aventuras que implican, sino también por la curiosidad de conocer otras culturas y cómo vivían en siglos pasados. Por eso disfruté tanto con la trilogía Rubí, de Kerstin Gier, y sigo disfrutando con la serie de televisión española El Ministerio del Tiempo. Por tanto, cuando leí la sinopsis de este libro, supe en seguida que lo iba a disfrutar.

Además, a medida que lo he ido leyendo, he descubierto que no solo trata de viajes en el tiempo, sino que también mezcla temas de rivalidades e intrigas familiares al más puro estilo de El Padrino y temas de luchas raciales y xenofobia, lo que convirtió esta lectura en algo aún más interesante.

Pasajera cuenta la historia de las rivalidades de una serie de familias cuyo poder reside en los viajes en el tiempo y, en especial, de dos jóvenes cuyos destinos se unen para siempre cuando descubren que su vida depende de la búsqueda de un objeto muy especial de poder ilimitado.

Aunque al principio me costó sumergirme de lleno en la historia, ya que el ritmo en este libro es bastante lento, cuando he avanzado con su lectura me he encontrado con una originalidad y una pluma brillante. Alexandra Bracken ha construido en Pasajera una narración brillante, a través de la recreación de un mundo mágico y lleno de posibilidades y un desarrollo ejemplar de sus personajes. Nicholas y Etta, a pesar de ser jóvenes, demuestran a lo largo del libro una gran madurez y valentía al enfrentarse a cada uno de los obstáculos que se les ponen por delante. Además, son capaces de sobrevivir a una lucha mortal entre sus familias y deben elegir en qué bando deciden situarse.

También hemos visto cómo la autora nos describe el racismo en la época de las colonias, los insultos hacia uno de los personajes no pasan desapercibidos y nos trasladan a un periodo de nuestra Historia en el cual a ninguno de nosotros nos hubiera gustado vivir. A pesar de ello, también nos muestra la valentía de estos personajes, al querer defenderse y luchar ante las injusticias. Alexandra Bracken muestra, a través de estos actos, un discurso antirracista que bien debería estar en muchos más libros de temática juvenil, a pesar de que el principal tema de estos sea  la fantasía. Esto me ha encantado y pienso que le ha añadido profundidad a esta lectura.

El final de este primer tomo también me ha impresionado mucho, pues me ha dejado con demasiada intriga y ganas de leer su continuación, ya que quedan muchas incógnitas por resolver, incluidas el destino de nuestros protagonistas y otros personajes clave en esta historia. Además, promete incluso más aventuras y acción que en este primer libro, en el que muchos capítulos han sido explicaciones de la vida y las rivalidades de estas familias viajeras en el tiempo y del mecanismo de estos viajes.

Este primer libro de trilogía no solo ha sido una gran introducción al mundo que Alexandra Bracken quería plasmar en sus páginas, sino que también ha sido una gran puerta hacia un mundo desconocido, en el que hemos viajado junto a sus personajes a épocas diferentes a la nuestra y a lugares inhóspitos y lejanos. Pero esto no solo tiene aspectos positivos, ya que hemos visto también en estos viajes el gran racismo y los insultos a uno de los personajes principales y las injusticias que este debe tratar de hacer frente. Pasajera me ha atrapado hasta el final y me ha hecho viajar en el tiempo a través de mágicos pasadizos junto a Nicholas y a Etta, personajes que me ha gustado mucho conocer y que espero seguir conociendo en el próximo libro.

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Primero de poeta, de Patricia Benito

Primero de poeta

Primero de poetaDesde que tengo memoria, tengo la necesidad de apuntar las frases de películas/canciones/libros que significan algo para mí. Tampoco sé muy bien por qué, porque después esas notas suelen quedarse en el olvido y no son leídas por nadie. Quizá sea porque tengo la necesidad de saber que si, algún día, no me salen las palabras, podré recurrir a esas notas que una yo del pasado apuntó pensando en que la yo del futuro las necesitaría.

Desde que tengo memoria, me identifico muy a menudo con las palabras ajenas. Me veo reflejada en la vida de los demás. Cuando leo, muchas veces me veo a mí misma. Es como leer un diario. Cuando era pequeña me encantaba meterme en la cama y escribir lo que había hecho ese día en un diario. En él me desahogaba, me liberaba. Hacía que me calmara. Años después, leo esas páginas y, a pesar de saber que fui yo quién las escribió, tengo la sensación de que es otra persona la que escribía por mí. Muchas veces he llegado a identificarme más en las palabras de otra gente que en las mías propias. Porque con el tiempo cambio, me modifico. Y ya no soy la que era hace diez años. Ni me preocupan ni me emocionan las mismas cosas. En cambio, cuando leo un libro, consciente de que otra persona ha dejado en él su alma, siento como si esa vida fuera la mía. Como si en ese preciso momento me estuviera dando lo que necesito leer. Como si supiera que el libro ha llegado a mis manos en el momento perfecto.

Hacer tuyas las vivencias de otros es la parte más bonita de ser amante de la lectura.

En Primero de poeta, Patricia Benito nos hace cómplices de los retazos de su vida. Desgrana situaciones personales y las comparte, trocito a trocito, poema a poema, con el lector. Este libro llegó a mis manos por casualidad. No lo buscaba, pero él me encontró. Y me sumergí en él. Y me identifiqué con sus palabras, con sus versos, con su lírica. Me identifique con la manera en la que Patricia muestra su propia visión del mundo. Revela una personalidad inconformista, luchadora y arrolladora. Ser inconformista está infravalorado. Todos deberíamos aspirar a más. Intentar ser mejores y alcanzar el máximo potencial de nosotros mismos. Patricia lo hace y nos lo cuenta en forma de poema.

Primero de poeta es una recopilación de aquellos versos que salen en un momento de ahogo. O de desahogo. En momentos en los que el boli y el papel son los mejores amigos que uno puede tener. Es un resumen de una vida de cambios y de viajes.

Desde que tengo memoria subrayo las frases de los libros que han significado algo para mí. He tenido que leer este poemario con un lápiz bien cerca porque cada cinco minutos necesitaba marcar un verso. A veces me gusta pensar que quien lea después ese libro, me conocerá un poco más. Y solo bastará para ello leer con atención las frases subrayadas. Como si fuera un mapa que resuelve un enigma. Y eso, es de primero de poesía.

 

Siempre he sido más

de salvar las distancias

que de ponerlas.

 

De sacar las piedras

de los bolsillos

para poder flotar.

 

De quitar

el freno de mano

ante una cuesta abajo con vistas.

 

De no llevar flotador

a pesar de las mareas,

de las contracorrientes.

 

De no hacerle ni caso

a las contraindicaciones.  

 

De no leer

la letra pequeña de la gente.

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