
Nada, absolutamente nada había leído de Ivo Andric (1892-1975), Premio Nobel de literatura en 1961 “por la fuerza épica con la que ha reflejado temas y descrito destinos humanos de la historia de su país”. Así que primero he leído algo de su historia y ahora sé que nació en la antigua Yugoslavia, que sus padres eran croatas cristianos pero que tras la muerte de su padre cuando el aun era un niño se trasladó a Bosnia con su familia materna, y aunque él se definía y se sentía como un autor yugoslavo, hay que tener en cuenta que fue partidario del nacionalismo activo yugoslavo, que pasó por la cárcel, ya que durante la Primera Guerra Mundial fue detenido por las autoridades imperiales austrohúngaras, tras la guerra fue indultado y después de pasar por un sanatorio por problemas pulmonares, terminó su formación y entró a formar parte del servicio diplomático de Yugoslavia en Bruselas, París, Madrid y Berlín, donde residía al empezar la Segunda Guerra Mundial. A partir de 1941 se instaló definitivamente en Belgrado donde escribió la mayor parte de sus obras.
Está claro que, por lo poco que yo he leído, o sea, los tres cuentos que hoy les presento, es esa cultura Bosnia más cercana a él, ya su infancia, la que tendrá una gran influencia en su literatura. De hecho incluso luego daría título a una de sus más conocidas novelas, Un puente sobre el Drina, que no he leído pero que, a la vista de lo ya leído, lo haré con mucho gusto.
Por otra parte no quería dejar de decir que La editorial Xordica está haciendo una fuerte apuesta por estos autores desconocidos para muchos de nosotros y poco o nada traducidos en España, portadas que no pasan desapercibidas, y unas brillantes traducciones, cosa que debo hacer constar en este libro porque teniendo en cuenta que el escritor es asimismo poeta, no puedo por menos que pensar que debió cuidar tanto el texto y su composición literaria como lo han hecho los traductores de esta obra Luisa Fernanda Garrido y Thiomir Pistelek.
Y ya puestos, porque no destacar igualmente la estupenda portada del libro que ha sido diseño de Elisa Arguilé, la conocida ilustradora que ya en 2007 recibiera el Premio Nacional de Ilustración. Una de esas portadas que te hacen girar la cara en las librerías.
Volviendo al libro que nos ocupa, puedo contarles que son tres novelas cortas, o cuentos, que tras leerlos más me gusta definirlos así, y que el primero de ellos es El elefante del visir, que además es el que da nombre al libro, además leeremos otros dos, Los tiempos de Anika y Conejo.
Este escritor me ha sorprendido como siempre los hacen los buenos contadores de cuentos, porque son capaces de dibujar en mi mente, con escasas pero excelentemente seleccionadas palabras, los lugares donde se desarrollan los hechos, la personalidad de los personajes y la sociedad en la que éstos viven.
En El elefante del Visir lo hace además en forma de tragicomedia, porque el humor se filtra en la historia, mejor dicho en la forma de contarla ya que la tragedia se va mascando desde la primera página pero nunca hubiese pensado que fuese a encontrar tan buen humor, y tanta “retranca”, como dirían en mi pueblo, en esa sociedad. Es una historia de la llegada de un nuevo Visir que iremos descubriendo como un hombre cruel que se hace traer un elefante. La gente odiará al elefante…
“ …hay también, como ya sabéis, correligionarios nuestros que -escribía Fray Mato-, al ver que el visir aniquila a los turcos y a sus “notables”, dicen que algún bien puede venir de ahí para nuestro pobre rebaño, ya que nuestros necios piensan que el mal ajeno tiene que ser sin falta un bien para ellos. A estos les puedes decir rotundamente, para que lo sepan al menos ahora si es que no lo sabían antes, que de eso nada. Pues la única novedad es que “las bestias se han procurado bestias” y que el pueblo ocioso habla y hace suposiciones de todo tipo. Pero reformas y mejoras, ni las hay ni las habrá” (El elefante del visir)
Si esto les suena bien, no se pierdan los dos cuentos restantes donde aprenderemos cosas curiosas sobre la historia, la forma de vida y la religión, porque como verán el tema religioso, no es que pase de puntillas por estos cuentos.
“…En una ciudad en la que los hombres y las mujeres se parecen unos a otros como dos ovejas entre sí, suele ocurrir que el azar trae a un niño, como el viento una semilla, que se pervierte, se sale de la fila y provoca desgracias y confusión hasta que se le mete en cintura y vuelve así el orden antiguo al lugar…” (Los tiempos de Anika)
“A los ojos de los inquilinos del inmueble de cinco plantas, esa era la impresión que daba la familia compuesta por Conejo, Cobra y Tigre. Por eso la bautizaron casa de fieras, y con este nombre se hacía cada nuevo arrendatario, junto con las llaves de piso y las numerosas e implacables condiciones de Margarita…” (Conejo)
Pues ya ven, son otros sitios, son otros tiempos, son otras personas, pero básicamente siempre es lo mismo, porque así son los cuentos. Erase una vez, en un lugar muy lejano…
Así pasa con nuestras vidas, hay temas que nos pueden interesar más o menos, pero están siempre a nuestro alrededor y si somos observadores, y tenemos un talento especial para las historias, quizás algún día, podamos dedicarnos a contar historias tan interesantes como inesperadas tal como las que he descubierto con este autor.

En 1980 la Organización Mundial de la Salud declaró al planeta Tierra zona cero de viruela. Una de las enfermedades más devastadoras de la historia de la Humanidad había sido erradicada mediante la vacunación. Esta ha sido la única vez, hasta el momento, que se ha logrado un hito 
Bueno, bueno. Y yo que pensaba que después de 
No soy una persona fanática, pero reconozco que tengo mis debilidades. Woody Allen es una de ellas. Creo firmemente que Woody es un genio, alguien con una mente tan brillante y privilegiada que me fascina. No recuerdo cuál fue la primera película suya que vi, pero con dieciséis años ya había visto toda su filmografía (hasta la fecha) y su humor y forma de ver el mundo me han acompañado desde entonces. También tengo que decir que me siento un poco identificada con él, al menos con su hipocondría, sus neuras, fobias y esa forma de enmascararlo todo mediante un humor muy fino y a la vez muy punzante. Soy una joyita, sí.


Lo malo de los muros es que no te dejan ver más allá del ladrillo. No te dejan ver el mar ni los cuerpos que, si hay suerte, no llegarán a tus costas en verano. Se los tragará el agua, como nos los tragamos nosotros, en algún lugar de nuestras cabezas donde no incomoden en exceso. No. Lo que tienen los muros es que no te hacen más libre, ni más seguro. De hecho, te doblegan ante ciertas palabras. El miedo es una de ellas. Hablamos de él con cierta ligereza, con la frivolidad del rico nuevo que le dice al hambriento lo duro que es pasar hambre. Y se lo decimos a ellos, que huyen del terror. Porque de algún modo hemos construido vallas a nuestro alrededor que nos protegen, nos aíslan y nos encierran en nosotros mismos, ensimismados. Después, un día nos despertamos y somos incapaces también de reconocer la existencia del otro y de su dolor.
No empecé con buen pie con 
Estaba yo pensando, ahora que acabo de cerrar este libro, que nunca me han regalado flores. Indirecta, guiño, codazo. Que se dé por aludido quien quiera. Como nunca me han regalado flores no sé bien si me gusta. A ver, las flores sí, claro. Digo el hecho de recibir un ramo de flores, por ejemplo. Creo que me daría pena cuando empezaran a marchitarse. En fin, venga, acepto una simple margarita cogida de la calle o el campo. Así disfrutaría más dejándola entre las páginas de un libro para que se seque.
¿Os habéis preguntado qué pasaría si en medio de alguno de los océanos existiera un continente del que nunca nos han hablado? Pues en Alcatraz 3. Los Caballeros de Cristalia nos mostrarán esa verdad oculta.
Recordar mi época de Bachillerato me deja un sabor de boca agridulce. Conocí a gente increíble y aprendí todo lo que se supone que debes aprender en un instituto, o incluso más. Descubrí pasiones que no sabían que estaban dentro de mí, y reforcé otras que se habían manifestado mucho tiempo atrás. Y eso, siempre es algo que se recuerda con nostalgia y con una sonrisa en la cara. Pero también fue un tiempo —sobre todo el último año, tan cerca de Selectividad— en el que el estrés era el gran protagonista. Y ya no solo el estrés, sino la incertidumbre de no saber qué planes tendría el futuro preparados para mí. De repente, llega un día en el que te tienes que poner delante de un folio y decidir en qué carrera vas a estar metido durante tus próximos cuatro años (siendo muy pero que muy optimistas). ¿Decides hacer algo que te apasiona, algo práctico, algo interesante…? Al final, escojas lo que escojas, va a haber gente que le busque una pega a tu decisión: esa carrera no tiene salidas, hay demasiada gente en esa profesión, es imposible tener el título en cuatro años, no te veo estudiando eso…
La buena literatura siempre nos remite a las cuestiones eternas que ocupan al ser humano, que, por orden alfabético inverso, son: quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Naturalmente, la buena literatura no es tan estúpida ni presuntuosa como para proponerse hallar una respuesta satisfactoria a dichas cuestiones. La buena literatura (y disculpad la repetición, hoy se ha despertado el político mitinero que anida en mí) sabe muy bien que su misión fundamental es responder a las grandes cuestiones universales con más preguntas. Matar la certeza, cultivar la duda y, de paso, entretenernos, ¿no es eso lo que esperamos de un libro?