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Quien busca, encuentra, de Ingela P. Arrhenius

Quien busca, encuentra

Quien busca, encuentraTengo seis sobrinos y a pesar de esta época tan visual en la que han nacido, aún hay esperanza para la literatura. Algunos de ellos, aunque usen (o más bien abusen) de las tablets, ordenadores y demás, siguen disfrutando de un buen libro y eso, como tía y lectora, me llena de orgullo y satisfacción. Una de ellas, a la que luego le presto algunos de mis libros de literatura juvenil, se sentaba en la cama con la enciclopedia (que abultaba más que ella) y cuando aún no sabía leer, se pasaba el rato mirando sus páginas. Lógicamente, ha resultado ser la más lectora de todos.

De pequeña a mí también me encantaba leer y leía casi todo lo que caía en mis manos. Recuerdo que en la época del instituto tuve un parón lector cuando me obligaron a leer libros tan apetecibles como Don Gil de las calzas verdes. Sobre este tema de lecturas obligadas hablaremos otro día, porque creo que da para largo y no es cuestión de extenderme ahora. Menos mal que en el último curso de instituto tuve un profesor de literatura universal que nos leía a Borges en clases y que me hizo volver a los libros con más ganas.

Volviendo a mis sobrinos, el más pequeño va a cumplir dos años dentro de un mes y es un pequeño trasto con cara angelical. A pesar de lo chico que es, hace tiempo que vengo notando que le gustan mucho los libros. Ha heredado algunos de los libros de sus primos y más de una vez me ha pedido que le coja en brazos para que le lea alguno de esos cuentos. Son libros muy simples, claro, pero disfruta mucho cuando te sientas con él y vas pasando las páginas y contándole pequeñas historias. Uno de estos libros, que está ya un poco viejuno, es de esos libros con muchas solapas donde se esconden dibujos y palabras y éste le gusta especialmente. Quien busca, encuentra es uno de esos libros así que cuando lo vi, me dije: éste para mí y para el trasto, que seguro que le va a gustar. Disfruto mucho ejerciendo de tía y los más pequeños son mis preferidos (por aquello de que no te contestan ni tienen aún indicios de pavo).

En Quien busca, encuentra, la ilustradora Ingela P. Arrhenius nos propone un viaje por un pueblo muy especial, un pueblo lleno de secretos y cosas por descubrir. Cada lugar del pueblo tiene un montón de cosas ocultas que no podemos ver a simple vista: tenemos que buscar bien y curiosear y no hay nada mejor que un niño para eso, ¿verdad?

La panadería, la pescadería, la peluquería Cool, el museo y el circo son los escenarios donde debemos encontrar todas las sorpresas escondidas. Yo me lo he pasado genial enredando entre sus páginas, levantando solapas, observando las geniales ilustraciones y descubriendo todos lo que este libro esconde.

Ahora estoy deseando que me toque hacer de canguro del peque para poder disfrutar de Quien busca, encuentra con él. Estoy segura de que este libro tan original y bonito le encantará. A mí ya me ha ganado.

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En torno al casticismo, de Miguel de Unamuno

En torno al casticismo

En torno al casticismoYa de por sí siempre me ha atraído ese tipo de pensadores que antes de teorizar dudan de lo que van a exponer. No me gustan los que afirman, aseguran y confían ciegamente en sus pensamientos y creencias. ¿Es esto malo? No lo sé, yo también dudo. Yo dudo mucho. Defendía Unamuno lo que se ha venido a llamar afirmación de los contrarios, que no es más que el apartarse de la búsqueda de respuestas para estar próximo a la creación constante e interminable de preguntas. Y yo me pregunto mucho. ¿Tú también?

En torno al casticismo es una sucesión de preguntas que el pensador vasco dirige al lector, lector que él espera con cierto afán intelectual y cargado de dudas en torno a un país en caída libre que acaba de ser sacudido por el desastre del 98. España huye despavorida de todo lo relacionado con el pensamiento que aflora en otros países de Europa, si bien es cierto que algunos intelectuales españoles, como es el caso de Unamuno, intentarán acercarse a esas posturas, leyendo, carteándose, viajando, viviendo. Alianza vuelve a editar ahora estos cinco artículos que Unamuno publicó en su momento (1895) en la revista La España Moderna, y en los que intentaba llamar la atención del español ciego y sordo y plantear a su vez su visión del presente. Destacando el primero y el último de los artículos – “La tradición eterna” y “Sobre el marasmo actual de España” – En torno al casticismo muestra por primera vez el concepto unamuniano de «intrahistoria» entendido como el fondo olvidado del país, el alma de sus gentes, que es lo más importante para él de una nación. En vez de fijarse en lo que siempre reflejan los libros históricos, Unamuno redirige la mirada hacia el pueblo, pero no individualizándolo sino hacia el pueblo en colectivo, hacia esas gentes que trabajan día a día por hacer que el país siga latiendo, por todos los que se despiertan mañana tras mañana para seguir viviendo.

Tener entre manos este libro de Unamuno puede provocar el típico rechazo que suele golpearnos cuando alguien nos dice que esto es lo que se debe leer. Y es cierto que este rechazo muchas veces está bien fundado. Pero no es el caso de Unamuno. Como afirma Enrique Rull en la introducción del libro, «echaba en falta el escritor vasco una verdadera juventud, un vigor renovador y un sentido crítico que se atreviera a poner el dedo en la llaga de las cosas». Esto es lo que pedía Unamuno hace más de 100 años. ¿No es lo que pedimos también ahora nosotros?

Decía Heráclito que nunca te bañas dos veces en las mismas aguas; aunque repitas lugar, aunque repitas río, las aguas nunca son las mismas. Pero yo reconozco que muchas veces parece, y sobre todo cuando el agua está en calma, que estamos en el mismo lugar que antes, que nada ha cambiado, que todo sigue corrompido y que nada va a cambiar. Pero las aguas cambian, eso nos decía Heráclito. Hasta que llegó Unamuno y nos sumergió bien hondo en el río para enseñarnos que el fondo siempre es el mismo, que la intrahistoria es un tatuaje imborrable y eterno en nuestra piel, que aunque veamos el agua correr siempre estaremos siendo golpeados por lo mismo. Y lo mismo sucede con los libros. Los momentos cambian, incluso la persona que eras cuando lo leíste la última vez era distinta a la que eres ahora. Puede cambiar también la edición, como me ha pasado a mí con este libro. Y lo abres, te das cuenta de que huele distinto y confías en que esta vez no te golpeará tan fuerte porque son otras páginas, porque quizás incluso ha cambiado el escritor. Pero no. Y es entonces cuando entiendes lo que significa la intrahistoria de Unamuno. Unamuno somos todos.

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La casa dorada de Samarcanda, de Hugo Pratt

La casa dorada de Samarcanda

La casa dorada de SamarcandaLa muerte de un grande del arte suele recibirse con grandes lamentaciones sobre la gran pérdida que ello representa y bla bla bla. Pero la muerte de un grande grandísimo nos ofrece un cruel consuelo: el de saber que podemos morirnos tranquilos sabiendo que tras nosotros no se publicará una nueva obra. Así de consolado me hubiera sentido yo, por lo menos, si en 1995, año del fallecimiento del grande grandísimo Hugo Pratt, este nombre hubiera significado algo para mí.

La obra de Hugo Pratt, que servidor descubrió tarde, pero todavía a tiempo, está a caballo entre el tebeo de Hergé y la novela gráfica de Eisner o Spiegelman. Cuando las historias de Tintín dejan de satisfacernos, y nos convertimos en un joven rebelde, hastiado y desencantado, en un romántico al que le tira el cinismo, o en un cínico de melena despeinada al sol del atardecer, podemos acercarnos a una taberna del puerto. Allí, con un poco de suerte, quizá podamos dar un día con el capitán de barco Corto Maltés, uno de los últimos grandes aventureros del siglo XX y una de las mayores creaciones del cómic de todos los tiempos. No creo exagerar si digo que su primera aparición, crucificado en medio del mar, en La balada del mar salado, es una de las imágenes icónicas de la historia de la novela gráfica.

 Allá donde haya guerra y una posibilidad (cuanto más remota, mejor) de hacerse con una fortuna, va nuestro héroe, de carácter apátrida y descreído, pero al mismo tiempo, de gran dignidad y reprimido idealismo. A este respecto, mencionemos, sin ir más lejos, la encendida defensa que hace de los armenios frente al genocidio turco en la obra que hoy nos ocupa, La casa dorada de Samarcanda.

Corto Maltés se encuentra en Rodas, donde, siguiendo unas oscuras referencias literarias, las memorias del barón Corvo, espera encontrar un manuscrito que le ayude a encontrar el legendario tesoro del Ciro el Grande que Alejandro Magno enterró en algún lugar remoto del Asia Central. Estamos en 1921, y en Asia todavía se perciben con enorme virulencia las sacudidas provocadas por esos terremotos que fueron la Guerra Mundial y la Revolución Rusa. Ingleses, italianos, turcos, rusos y armenios, entre otros, pululan fusil en ristre por un territorio donde se libraba una partida más del Gran Juego, como llamó Rudyard Kipling a la disputa que, desde hacía décadas, enfrentaba a rusos y británicos por controlar el Turquestán y Afganistán. Entra en juego también Enver Pachá, el general turco, antiguo aliado de los bolcheviques, que ahora se enfrenta a ellos al frente de un ejército panasiático musulmán. Un escenario bien calentito, como veis, en el que no puede faltar Rasputín, el odioso y entrañable asesino que siempre acompaña a nuestro héroe y que sirve de contrapunto a su nobleza.

Aparte del carisma de sus personajes y la creatividad y calidad artística de sus páginas, la obra de Hugo Pratt se caracteriza sobre todo, como podéis ver, por la exhaustiva investigación histórica que el autor llevaba a cabo antes de emprender una nueva obra. Leer una obra de Corto Maltés no es sólo sumergirse en una inolvidable aventura de sábado por la tarde en la tele (hablo de  sábados de los de antes, por supuesto), sino también asistir a una clase magistral de historia, literatura y hasta etnología.

Cualquier reedición de la obra de Hugo Pratt es motivo de celebración. Cuando, además, la editorial Norma acompaña esta edición de La casa dorada de Samarcanda con un extraordinario y divagador prólogo y unas preciosas fotos de Estambul, la celebración se convierte en una auténtica fiesta para el lector.

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Mensaje urgente a mis momentos contigo, de Abbey C.

Mensaje urgente a mis momentos contigo

Mensaje urgente a mis momentos contigoEn mi calidad de empanada y de no estar muy al tanto de esta nueva generación de escritores y youtubers, tengo que alegar que el nombre de Abbey C. no me decía nada. De hecho, pensaba que sería alguna escritora inglesa o americana. ¡Sacrilegio! Pensarán algunos (sobre todo los más jóvenes), pero ya os he dicho que por regla general, no suele gustarme demasiado la forma ni el fondo de la escritura de esta generación. Tampoco estoy al día sobre youtubers e influencers de moda, así que jamás había visto un video de esta chica. Pero, como quiero opinar sabiendo de lo que hablo, ya he superado mis carencias: he visto en Youtube alguno de sus videos y he leído este Mensaje urgente a mis momentos contigo.

Abbey C. es Isabel Clemente, una joven (tremendamente joven, de 1994) nacida en Murcia que asegura llevar escribiendo desde los ocho años. A través de Blogger y Youtube, plataformas que le han dado la fama, Abbey C. expresa sus sentimientos e ideas. Ella misma se define como “creadora de contenido”. No está mal la etiqueta. Afirma que la escritura es lo que le hace feliz y que esta vocación le viene gracias a su madre, a quien dedica este libro.

En cuanto al libro en cuestión, ella misma lo define como una recopilación de sentimientos. Y yo estoy de acuerdo: en Mensaje urgente a mis momentos contigo todas las palabras que aparecen entre sus páginas están llenas de sentimiento, todas ellas pertenecen a un estado de ánimo, a una situación que hemos vivido, a momentos que están por llegar. Eso sí, todas estas sensaciones giran en torno a un mismo tema: el amor (y el inevitable desamor).

Antes de nada debo sincerarme, lectores. Cuando vi el libro, el nombre de la autora, la portada y su diseño di por hecho que no me iba a gustar. No sé por qué, pero pensé que iba a ser un libro muy pasteloso, demasiado novelero y que no tenía nada que ver conmigo. No es que mi sensación (en cuanto a la forma y el fondo) haya cambiado demasiado al acabar el libro, porque no es el tipo de poesía que acostumbro a leer y no va a convertirse en un libro de cabecera para mí, pero sí que me ha sorprendido. Puedo decir que si pensaba que Abbey C. iba a resultarme una ñoña, ella se ha encargado de quitarme ese pensamiento. También me ha resultado en ocasiones original. Creo que tiene un toque diferente, que se aleja en cierto modo de lo que he leído de esta generación.

El libro se divide en dos apartados diferentes: Categorías e Historias. En cada apartado, encontramos diferentes sentimientos y situaciones. Así, en Categorías, Abbey C. escribe sobre Edades, Ciudades, Estaciones, Momentos o Días de la semana, al cual pertenece este texto:

“Martes.

La realidad es demasiado áspera como para no

rasgarme la piel.

Aun así, intento evitarlo.

Los martes me mimo. Me permito cuidarme y

acariciarme con todo el egocentrismo que me cabe en

las manos. Como nadie ha sido valiente de hacer.

Enfundo los escudos y me sobran las armaduras,

nadie me hace daño y las flechas no me alcanzan.

Me adelanto a los movimientos, soy como aquel que

se ha pasado el mismo videojuego dieciséis veces

y se sabe todos los trucos, atajos y trincheras.

Que no, que hoy no me pisas, no me menosprecias, no

me engañas, que hoy suena “Cómo me amo”, de Love

of Lesbian en un replay constante y de esta lista de

reproducción yo no salgo.

Que sí, Pereza, que lunes cuesta, pero martes ya es

posible sin su voz.”

Creo, de todas formas, que sus escritos funcionarían mejor en prosa. Me parecen que se escapan del formato poema, que no les viene bien. Creo que quedarían más fluidos en pequeños textos o microrrelatos. Sí, estoy un poco quisquillosa hoy.

Mensaje urgente a mis momentos contigo es un libro optimista, un libro en el que Abbey C. se desnuda y nos muestra sin tapujos sus sentimientos. Lo que más me ha gustado es el mensaje positivo que siempre se puede extraer de sus textos y eso es algo que valoro mucho.

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El zorro y la estrella, de Coralie Bickford-Smith

El zorro y la estrella

El zorro y la estrellaSi algo nos ha enseñado El principito es que es muy importante no olvidar nuestra inocencia. Todos tenemos problemas, a nadie nos importaría que nuestras vidas mejoraran. Liquidar la hipoteca, ascender —o, directamente, encontrar un trabajo—. Estudiar otra carrera, o terminar la que empezamos hace años…

Nadie dijo que la vida fuera fácil y, a medida que los años van pasando, los problemas adquieren otro cariz. Es como si fuéramos a ahogarnos en un vaso de agua y no fuéramos capaces de ver que la vida va más allá de nuestros problemas.

Los niños, en cambio, pueden ver un elefante dentro de una serpiente, en lugar de un sombrero normal y corriente. Pueden soñar sin temer el futuro. No se preocupan por el destino, no piensan que puede llegar a ser cruel con ellos. Viven. Ríen. Sueñan. Son felices.

Por eso hay momentos en los que tenemos que olvidar nuestra mentalidad de adultos. Coger todos los problemas, hacer con ellos una bola y meternos dentro de un bote que después tiraremos al mar. Lanzándolo con todas nuestras fuerzas para que caiga lo más lejos posible. Y leer El zorro y la estrella puede hacer que esta tarea sea mucho más sencilla. Coralie Bickford-Smith nos trae un libro plagado de ilustraciones que contiene una fábula preciosa y que podemos aplicar a nuestro día a día. Es un libro que se lee de una sentada y esto facilita que lo releamos con frecuencia. Porque es una historia en la que hay que adentrarse muy de vez en cuando. Y ahora os explicaré por qué: Zorro vive en un bosque rodeado de árboles y maleza. Su vida no es que sea muy divertida, pero tiene a Estrella, que le acompaña en todo momento y hace que su día a día no sea tan monótono. Es su mejor amiga. Pero un día Estrella desaparece y Zorro se queda solo en la oscuridad de un bosque que solo augura malos presagios. Zorro se hunde en un torbellino de desesperación que hace que busque a Estrella por todos los rincones habidos y por haber del bosque. Pero Zorro no la encuentra, así que, después de un tiempo, se da por vencido y deja de buscarla. Pero al poco tiempo descubrirá una iluminación repentina, miles de destellos que le van rodeando poco a poco. Y se dará cuenta de que esas luces provienen de un cielo cargado de infinitas estrellas.

Esta pequeña fábula puede ser interpretada de muchas maneras y me imagino que cada uno de nosotros verá en Zorro reflejado algo de su propia vida. También dependerá en extremo del momento en el que conozcamos a Zorro y, sobre todo, a Estrella. Esta última puede recordarnos a una persona, a un trabajo, a una obligación… algo que muy a nuestro pesar nos está cortando las alas y no está permitiendo que veamos más allá. La luz de una sola estrella puede cegarnos hasta tal punto que impida que observemos lo que tenemos a nuestro alrededor.

No sé si después de leer El zorro y la estrella seréis capaces de ver un elefante dentro de una serpiente. O si sentiréis que el niño que vive en vuestro interior grita desde lo más profundo de vuestro ser, impaciente por salir. Tampoco si decidiréis releerlo en alguna ocasión, cuando sintáis que el mundo pesa más de lo normal. Pero lo que sí sé —y estoy segura de ello— es que algo dentro de vosotros habrá cambiado y que empezaréis a mirar a esa “estrella” con otros ojos.

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Los sauces, de Algernon Blackwood

los-saucesCuando se habla de un canon de autores de literatura de terror, casi siempre sale a colación el ensayo que escribió H.P. Lovecraft El horror sobrenatural en la literatura. En sus páginas tenemos algunas de las más acertadas críticas a los autores del género desde la Antigüedad hasta los contemporáneos de su propio autor. En el caso del londinense Algernon Blackwood, el soñador de Providence escribía que en su obra “pueden encontrarse algunos ejemplos de la mejor literatura espectral de ésta o de cualquier época”. El caso de Blackwood supuso para Lovecraft todo un descubrimiento. Para él, “nunca nadie se ha acercado siquiera a la habilidad, seriedad y minuciosa fidelidad con las que él registra las insinuaciones de anormalidad de ciertos objetos”. Efectivamente, en Blackwood confluye el paganismo de Arthur Machen con el toque de horror cósmico y antihumano que tanto estaba buscando Lovecraft. Los sauces, relato que por primera vez y de manos de Hermida Editores, se publica en solitario, es quizá donde mejor puede verse esto.

En Los sauces, nos encontramos dos excursionistas que bajan por el cauce del Danubio en lo que iba a ser un viaje de placer. A una determinada altura del río donde se forma una isla artificial deciden acampar y pasar la noche para no adentrarse más en una zona especialmente complicada. La estancia en la isleta se hace cada vez más opresiva; en esa zona donde los sauces dominan el horizonte, ambos sienten una presencia terrible y no humana que amenaza su cordura y quizá algo más.

Blackwood apuesta por una naturaleza inhóspita, salvaje, que va más allá de lo puramente animista. Los personajes intuyen en su entorno una fuerza que va más allá de su comprensión, que se han adentrado en un territorio que no les pertenece, que desdibuja la frontera entre lo humano y lo inhumano. Como cita Llopis en su Historia natural en los cuentos de miedo, “El meollo de toda la obra de ficción de Blackwood es la confrontación del hombre moderno de la época postracionalista con aterradoras fuerzas naturales o sobrenaturales”.

Los sauces es un relato corto (apenas unas setenta páginas) en las que encontramos las cotas más altas de Blackwood. Sin apenas usar el diálogo, el narrador interno del relato nos va introduciendo poco a poco en ese ambiente que se va enrareciendo alrededor de los dos personajes. Blackwood es un maestro a la hora de que un escenario aparentemente tan idílico como la campiña centroeuropea se convierta paulatinamente en un lugar ajeno a cualquier noción humana. Los personajes son bamboleados por esta incertidumbre, y por la malignidad de esa presencia que tan sólo intuyen.

La edición de Hermida es excelente. No sólo por la excelente traducción de Óscar Mariscal, que también redacta una breve noticia sobre el autor, sino por los textos, la mayor parte de ellos inéditos en español, que se incluyen de H.P. Lovecraft, extraídos de su correspondencia, que permanece todavía, inexplicablemente, sin traducción a nuestro idioma. Los sauces es, quizá, la mejor oportunidad de conocer a este autor formidable que habría de tener una importancia capital en la literatura de género posterior.

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Rumbo a la noche, de Alberto Vázquez-Figueroa

Rumbo a la noche

Rumbo a la nocheNo sé a ciencia cierta qué día se publicará esta reseña, pero me jugaría bastante a que a lo largo de esta semana saltará algún caso nuevo de corrupción en nuestro país. También incluyo en el boleto que buena parte de la sociedad, capitaneada por los batallones de Twitter y Facebook, mostrará un rechazo total contra este hecho, con claros mensajes de hartazgo hacia el sistema. Y cierro ya la apuesta con la profecía de que la semana siguiente el caso en cuestión se habrá olvidado o lo habrá tapado uno más llamativo y doloroso para las arcas públicas y que los imputados/investigados/nombre-que-le-pongan-en-el-futuro-para-que-no-suene-a-lo-que-es recibirán una condena proporcional al número de amigos que tengan en el Ejecutivo o de la posición que ocupen en la línea sucesoria a la Corona. Lamentablemente no creo que acabe echando esta apuesta, ya que la cuota que me ofrecerán por ella será realmente ridícula.

Cuento esto porque los delitos de cuello blanco, esos que tan baratos salen para el perjuicio que causan, son el punto de partida de Rumbo a la noche, la última novela de Alberto Vázquez-Figueroa. El autor canario, acostumbrado a poner sobre la mesa temas de profunda actualidad, nos lleva en esta ocasión a las cloacas de la delincuencia de puro y esmoquin, donde los grandes corruptores y corruptos chapotean alegremente, sabedores de que los que se juegan el cuello son los que portan navaja y van a cara descubierta.

Caribel, prostituta por decisión, trabaja en El Convento, uno de los clubs de alterne más selectos del país, en el que alquila su cuerpo a personas enormemente influyentes y poderosas. Una noche escucha fuertes ruidos en la habitación de al lado y al salir comprueba que han asesinado brutalmente a una de sus compañeras, un asunto que los dueños del local se encargan de silenciar. Sin embargo, la joven decide valerse de sus contactos y de su  notable inteligencia para averiguar quién es el causante de estos hechos, lo que le lleva a implicarse más de lo habitual con Arturo Fizcarral, uno de sus clientes habituales. Este hombre, el otro gran protagonista de la novela, se nos presenta como un ser sin apenas escrúpulos, consciente de lo que ha tenido que hacer para amasar su inmensa fortuna y de lo que tendrá que hacer en el futuro para mantenerla y aumentarla. De su gran círculo de influencia solo parece mostrar cierto cariño por Caribel, ya que considera que es la única persona que se atreve a ser realmente sincera con él; a la prostituta le pasa algo parecido con el millonario, ya que su profundo desprecio por las prácticas que éste lleva a cabo le genera a su vez una fuerte atracción.

Figueroa juega mucho con las personalidades de estos personajes, presentando las fuertes diferencias entre las formas de actuar de cada uno. Así, mientras que a Caribel se la presenta como a una mujer de buen corazón, inteligente y con espíritu práctico, que es lo que le lleva a emplear su cuerpo para asegurarse un futuro próspero, Fizcarral se muestra como un ser mucho más oscuro, amoral y falto de empatía. Ambos son conscientes de lo que hacen para conseguir su sustento y ninguno sufre ningún tipo de problema moral por ello, si bien la prostituta muestra mayores dosis de bondad y de humanidad que el reputado empresario.

Esta es una novela que gana más por sus personajes y sus diálogos que por su trama, la cual en algunos momentos se mantiene en un discreto segundo plano. De hecho, el cierre de la misma no ha acabado de convencerme; me ha dado la impresión de que la historia se deshincha en los últimos capítulos. No lo calificaría como un mal final ni mucho menos, pero creo que se podría haber explotado mejor una relación tan intensa como la que tan bien ha construido el autor entre los dos protagonistas. No obstante, creo que es justo decir que Rumbo a la noche es un retrato interesante y de rabiosa actualidad sobre aquellos que se enriquecen a manos llenas desde la cómoda penumbra.

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El paciente inglés, de Michael Ondaatje

El paciente inglés

El paciente inglésUna vez oí a una mujer africana decir que no se podía describir África, que África solo se entiende si se ha vivido allí. Hace años ya de aquel momento y, sin embargo, esas palabras se me han quedado grabadas y las recuerdo con frecuencia. Por ejemplo, me han venido a la memoria al leer El paciente inglés, de Michael Ondaatje, y no solo porque hable de lo que supone atravesar el desierto de Libia, algo inimaginable para nuestras cabezas acostumbradas a vidas sencillas, sino porque además transmite el peso de la guerra, un hecho también inconcebible para los que siempre hemos vivido en paz.

Un paciente quemado que no recuerda quién es y una enfermera de veinte años llamada Hana conviven en un hospital de campaña de Florencia, abandonado meses atrás. Sin electricidad, noticias del exterior ni seguridad —aunque es 1945 y la guerra ha pasado de largo, el terreno aún está plagado de minas—, parece que les basta su mutua compañía, un pequeño huerto y una biblioteca bien surtida para seguir adelante y recomponerse del trance vivido. Hasta allí llega Caravaggio, un ladrón amigo del padre de Hana, y Kip, un zapador indio que se dedica a desactivar las bombas fallidas. Y, en torno a estos personajes y sus vivencias, Michael Ondaatje crea un pequeño universo donde el tiempo se detiene.

El paciente inglés relata la estrecha y peculiar unión de esos cuatro desconocidos. La única defensa de la que disponen para enfrentarse a la vida que les ha tocado vivir es buscar la verdad de los otros, puesto que no son capaces de encontrar la de sí mismos: ya no saben quiénes son ni de dónde vienen; se han convertido en otras personas, muy a su pesar, y han dejado de reconocerse en la tierra que los vio nacer. Todos necesitan cuidar a ese enigmático paciente inglés, quizá porque ese hombre de rostro quemado, sin nombre ni pasado, es un reflejo de cómo se sienten en ese momento.

La lectura de esta obra es lenta y, por momentos, enrevesada, tanto por la alternancia del presente y pasado de los personajes como por el constante cambio de primera a tercera persona en la narración. Y para mí, más que ser una historia o un cruce de varias, ha sido una sensación permanente de vacío y búsqueda, como la de los propios personajes, que rememoran lo que un día amaron y perdieron, lo que un día fueron y ya no volverán a ser. Y pese a ello, al acabar la lectura de El paciente inglés, ha renacido en mí la esperanza en la humanidad, en el amor, en el perdón.

Quizá este sentimiento final tan positivo solo sea porque no es lo mismo leer sobre la guerra que vivirla, tal y como dejó entrever aquella mujer africana de la que os hablé al comienzo. O quizá sea gracias a la maestría de un escritor como Ondaatje, que se sirve de uno de los peores episodios de la Historia para que redescubramos la verdadera esencia de los seres humanos, esa que aflora solo cuando todo lo demás se ha destruido.

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La estación de la calle Perdido

La estación de la calle Perdido

La estación de la calle PerdidoSi existe una editorial que se esté convirtiendo en el referente nacional de fantasía y ciencia ficción esa es Nova. Y no sólo porque esté traduciendo al castellano los títulos más punteros del momento, sino porque está rescatando del pasado auténticas joyas que no fueron traducidas o no fueron editadas con el debido cariño que merecían. Este es el caso de la novela alfa de China Miéville. Traducida, pero perdida en el tiempo. Inencontrable y elevada al estatus de novela de culto, La estación de la calle Perdido se había convertido casi en una leyenda urbana. Una especie de rumor que se oía en los bajos fondos de cualquier ciudad. Las pocas ediciones a las que uno podía acceder tenían que pasar por fondos de biblioteca o ediciones a tal nivel revalorizadas que sus precios desorbitados te obligaban a poner el ejemplar de nuevo en el estante. Aquella época oscura ya pasó. Y la nueva edición no sólo revisa el texto original, sino que añade una edición cuidadísima con unos acabados totalmente espectaculares. Si crees que estoy exagerando, quita la sobrecubierta del libro y prepárate para la belleza.

¿Pero a qué viene tanto ruido y tanta expectación? Imagina una ciudad cuyo diseño arquitectónico sea una oda a las tripas de un cerdo. Una ciudad cuyas calles estén predispuestas de tal modo que tu sentido de la orientación pida a gritos ser sustituido por tu sentido de la supervivencia. Una ciudad cuya efervescencia tenga cierta semblanza a una herida infectada que reclama para sí misma todo el miembro en el que se aloja. Pues bien, ese milagro de urbanismo se llama Nueva Crobuzón. En ella habitan todo tipo de seres, razas, cultos e individuos que rezan a cientos de dioses distintos con el fin de conseguir aliados en esa guerra constante que es vivir.

Esta es la ciudad donde vive Isaac Dan der Grimnebulin, científico proscrito y reputado por conseguir lo racionalmente imposible. Es a él a quien busca Yagharek, un garuda que ha perdido sus alas por un delito extraño y ajeno al entendimiento humano. Sin saber si está en manos de Isaac devolver a los cielos al garuda, acepta el encargo, lo que dará lugar a una de las mayores crisis que Nueva Crobuzón haya vivido. Aprendiendo en el proceso que algunas alas no han sido creadas para surcar los cielos, sino para aumentar la distancia hasta el suelo momentos antes de la caída.

Mujeres khepri, alcaldes corruptos, camellos deformados, taumaturgos, periodistas censurados, demonios, parásitos que ocupan ministerios, entidades cósmicas adictas a las tijeras, vodyanoi, fieles orgánicos del MecaDios… El compendio de personajes que se cruzan con Isaac en su tarea es tan numeroso e imaginativo que el respiro entre momentos de clímax prácticamente no existe en esta novela.

Estamos ante una obra mastodóntica. Ochocientas páginas de lenguaje barroco en el que la atmósfera es tan importante como lo que sucede. El autor ha hecho un gran ejercicio sensorial para que andemos por Nueva Crobuzón como un turista forzado. Todo es recargado hasta el exceso y cuesta entrar en el tono en el que se nos está narrando la historia, pero una vez dentro de la dinámica propuesta, parar se convierte en un error. Descubrir nuevos rincones de esta ciudad llega a ser tan divertido y espeluznante como continuar con la historia. Hay tantos frentes abiertos que ni un recodo queda por descubrir al cerrar el libro. Y sin embargo, es probable que sientas que te estás dejando atrás gran parte de lo que oculta esta ciudad.

El libro tiene ciertos pasajes que rezuman inteligencia por todos sus párrafos. No estamos ante un libro de fantasía urbana al uso, el humano que se esconde tras estas páginas tiene los conocimientos necesarios para hablar de cientos de cosas sin caer en la sensación de puro pastiche. La caracterización de los personajes, sus intenciones y su forma de coexistir entre ellos es de una autenticidad que duele. Da igual que tengamos delante a una mujer con cabeza de escarabajo, sabemos que lo que siente es totalmente cierto, aunque no use palabras humanas para definirlo. Esta ciudad esconde humanos dentro de sus monstruos. Y monstruosidades dentro de su definición de humanidad.

China Miéville me tiene bien agarrado. Es un arquitecto que comulga con los puntos ciegos de la ciudad. Es un escritor que no le tiene miedo a nada. Imagina por un momento que el Marques de Sade se hubiese obsesionado con La Historia Interminable. Imagina a Palahniuk diseccionando unicornios. Estos son los términos en los que hablamos del autor inglés.

A veces roza la explicación científica en términos tan plausibles que tienes que recordarte que está jugando con tu mente. La metafísica encuentra sitio entre sus páginas. La lucha obrera. La zoofilia antropocéntrica. El trato de la información y la censura. La crítica ante los medios de financiación de un gobierno capaz de cerrar tratos con el Diablo. La fantasía es una excusa, pero una excusa tan sólida que convierte al conjunto en una alegoría disimulada de lo que sucede en cualquier gran ciudad del siglo XXI.

No nos engañemos. Nueva Crobuzón nos hipnotiza porque nos habla en términos que todos tenemos más que asimilado. Las ganas de volar de los personajes son sólo nuestras excusas para contabilizar el tiempo en el que todo tarda en caer. Los amores imposibles, los estigmas de querer al ser socialmente incorrecto son las brasas de los prejuicios que tienen cabida más allá de la extensión del libro. Por eso fascina. Por eso repugna. Es capaz de hacer que la fantasía provoque vómitos y revoluciones. Y eso nunca antes había sucedido.

 

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Sherlock Holmes y el legado de Moriarty, de Sergio Colomino y Jordi Palomé

sherlock holmes y el legado de moriarty

sherlock holmes y el legado de moriartyTodo buen holmesiano sabe que Sherlock Holmes es un detective de lo más singular, sigue cualquier pista hasta dar en el clavo. Sherlock Holmes, es el único y genial. Sherlock Holmes, como él no hay otro igual ¿Ya estás cantando? ¡Te pillé! Sí, esa fue mi primera toma de contacto con el detective consultor. Una serie de dibujos animados, coproducida por Japón e Italia y con el gran Hayao Miyazaki de por medio, en la que los personajes que Conan Doyle imaginó eran animales de aspecto antropomórfico. Los casos tratados en la serie se basaban muy vagamente en la obra de Doyle, por no hablar además de todos aquellos medios de transporte anacrónicos, que poblaban las calles de una Londres victoriana y que parecían sacados directamente de las novelas de Julio Verne.

Visto ahora en retrospectiva, conociendo más profundamente al personaje, al autor y a su obra, podría afirmarse que aquella serie de dibujos se pasaba bastante por el forro las normas, no escritas pero implícitas, a la hora de contar algo sobre el detective con sede en el 221B de Baker Street. Puede que el anime de Sherlock Holmes no hiciera honor al canon holmesiano que Conan Doyle confeccionó a lo largo de 40 años, dando como fruto cuatro novelas, 56 relatos y una cantidad incalculable de fans; pero sí consiguió que a una generación de chavalines se nos abriera el apetito de casos más complicados, de misterios en apariencia irresolubles, de personajes menos caninos pero con los mismos instintos de caza, asimismo igual de carismáticos; en definitiva, ganas de buscar los orígenes de aquellos personajes perrunos. Ganas de Sherlock Holmes.

Sergio Colomino y Jordi Palomé también se nutrieron de esa serie; por lo menos así afirma uno de ellos. Y ahora, guionista y dibujante respectivamente, son los que nutren con historias del detective a una nueva (y a la veterana también) generación. Su primera obra, de título Sherlock Holmes y la conspiración de Barcelona, consiguió que aprobaran cum laude ante una de las instituciones más rigurosas de la literatura: los fans de Sherlock Holmes. Si no que se lo digan a Doyle, que tras matar a su personaje, y ante las presiones ejercidas por los fans (entre los que se encontraba la casa real o su propia madre) se vio en la obligación de resucitarlo. Es que lo que no consiga una madre… Pero hasta que Sherlock no reapareciera vivito y coleando en el caso de La casa vacía pasarían tres años ficticios. Ese periodo de tiempo sería popularmente conocido como El Gran Hiato.

Es durante ese hiato que, de la mano de Sergio Colomino y Jordi Palomé, Sherlock visitaría Barcelona, desentrañando una conspiración perpetrada por el Coronel: un criminal implacable experto en organizar complots de gran envergadura. Pero sus caminos no eran la primera vez que se cruzaban, pues tiempo atrás, en una Rusia decadente que mantenía una tensa relación de tiras y aflojas con Inglaterra, sus destinos ya habían colisionado. Un villano que, por dinero, está dispuesto a todo contra un detective que, tras ser dado por muerto, se convierte en agente secreto. Comienza el juego en Sherlock Holmes y el legado de Moriarty.

Algo que me gustó mucho de Sherlock Holmes y la conspiración de Barcelona fue la capacidad que tuvo Sergio Colomino para introducir una aventura del detective en la Ciudad Condal, sin que nada chirriara y sin que por ello tuviera que alterar el contexto histórico. Ficción histórica de primera calidad. Con este nuevo cómic logra lo mismo. Transporta al lector a esa Rusia que le quedaban pocos años de zarismo y muchos de cambios duros y forzosos. Una Rusia impecablemente dibujada por Jordi Palomé, el cual ya nos deleitó la vista con una Barcelona gótica, oscura, de sombras pronunciadas y claroscuros, y que ahora nos muestra la grandeza arquitectónica rusa a través de sus calles, de palacios como el de Moika o con lugares emblemáticos como la Plaza Roja. De hecho llega a representar tan bien todos esos lugares que, en algunas ocasiones, los escenarios le roban protagonismo a Sherlock Holmes o a Irene Adler. Sí, la mismísima Irene Adler. ¿Es que acaso hay otra? La Mujer. Ella fue la única persona que logró vencer a Sherlock Holmes y ahora será su consorte de aventuras.

Irene Adler no será la única que se una al detective. El Coronel o Mijail Strogov (antiguamente “correo del Zar” y ahora revolucionario), serán algunos de los personajes en los que se irá centrando el foco de la acción para que poco a poco, como si de una matrioska que va mostrando sus muñequitas ocultas se tratase, el caso se resuelva. Y es que la aventura de Sherlock por tierras rusas resulta ser de narración mucho más compleja (más dura de leer) que la que acaeció en Barcelona; no en vano también lo es el contexto histórico. Por ello es una de esas obras que con una segunda lectura se captan al completo los intríngulis de la historia. Pues hay tramas que se entrecruzan, historias inconclusas (que Sergio Colomino cerrará con una novela titulada Sherlock Holmes y el enigma de las muñecas rusas) y un epílogo abierto que podría (ojalá) servir de inicio de una tercera obra.

Pero mientras esa tercera obra llega, leed Sherlock Holmes y el legado de Moriarty pues es un cómic altamente cuidadoso con el canon holmesiano, algo que no le impide aportar su dosis de originalidad y gozar de su propio carácter. Marca de la casa; marca Colomino-Palomé. El cómic rinde además un solemne homenaje a la literatura y a la música, y nos muestra (¡por fin!) qué pasó entre Irene y Sherlock tras su encuentro en Escandalo en Bohemia. Todo ello en un tomo editado por Norma Editorial al cual no se le puede sacar ningún pero.

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La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos

la biblioteca de los libros rechazados

la biblioteca de los libros rechazadosImaginad una biblioteca que acepta todos los libros que han rechazado las editoriales, un lugar donde los autores fracasados los abandonan, cansados ya de tantos desengaños. Pues esa biblioteca existe en Vancouver (Washington) y fue creada por el escritor Richard Brautigan. Ese refugio en el que los libros esperan a que algún lector les dé una oportunidad y el autor de esa idea tan inusual han inspirado a David Foenkinos para escribir La biblioteca de los libros rechazados.

Me sentí irresistiblemente atraída por este libro en cuanto lo vi. La palabra «biblioteca» atrajo la atención de mi parte lectora y «libros rechazados» la de mi parte de escritora inédita. Que su autor fuera Foenkinos me pareció una garantía de acierto, puesto que guardo un recuerdo agradable de La delicadeza, el único libro suyo que había leído hasta el momento. Todo ello me llevó a abrir su nueva novela con altas expectativas y estas se han visto más que cumplidas.

En esta comedia satírica Foenkinos nos envuelve en literatura, para bien y para mal. Las continuas referencias a otros libros o autores me dieron ganas de descubrirlos o releerlos, según el caso, y los dardos al mundo editorial me hicieron chocarme de nuevo con la realidad de hoy en día, en la que la forma prima sobre el fondo. La clave del éxito no está en la historia o la calidad del texto, sino en la campaña de marketing que haya detrás. Y como bien demuestra David Foenkinos en esta historia, de eso tienen culpa los editores, los lectores, los medios de comunicación e, incluso, los propios escritores.

Una joven editora en busca de nuevos talentos. Un escritor recién publicado que creía su sueño cumplido, pero que se ha dado cuenta de que nadie quiere comprar su libro. Un crítico literario endiosado que se ha quedado en paro. Un pizzero de pueblo convertido en escritor superventas tras su muerte. Y su viuda y su hija, que ven como sus vidas se trastocan de la noche a la mañana por esa faceta desconocida de su ser querido. Todos estos personajes componen el puzle de La biblioteca de los libros rechazados, que habla con sencillez y belleza del amor: tanto del que se da entre personas, como del que se siente por los libros. Y del silencio. El silencio juega un papel importante, siempre presente en los diálogos y tanto o más expresivo que las palabras. Con solo tres puntos, Foenkinos me ha hecho reír y pensar. ¿Tal vez sean una metáfora del rechazo, del anonimato, del libro cerrado? No sé, pero nunca había visto sacar tanto jugo a este recurso.

¿Qué parte de mí se ha enamorado más de este libro? La de escritora, sin duda. Es más, recomendaría este libro a cualquier escritor frustrado, ya sea por seguir inédito o por haber comprobado que el cuento no era tan bonito como se lo había imaginado. A mí me ha sido imposible no verme reflejada en las pequeñas reflexiones del narrador, en las ilusiones y decepciones de los protagonistas. La biblioteca de los libros rechazados es una de esas novelas que he leído con una sonrisa permanente, deseando que no se acabara, porque me sentía comprendida, arropada, como en casa.

¿Llevaría yo mi libro a este rincón de homenaje (y olvido)? Creo que no, pero quizá solo sea porque aún no he recibido los rechazos editoriales necesarios para merecer tal honor (o desgracia). Preferiría que acabara en mi propia estantería, entre mis libros adorados, y ofrecerlo a quien lo quisiera leer. Porque soy de la romántica opinión de que un libro, mientras sea leído (y disfrutado), nunca podrá considerarse un fracaso.

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Círculos, de Manuel Ríos San Martín

circulos

circulos¡1, 2, 3, 14! ¡Melocotonazo al canto y vértigo! Eso es lo que es y lo que tiene este libro. Una velocidad y un ritmo vertiginosos, brutales, que se mantienen constantes en todo momento sin decaer para nada, sin bajar un ápice la aguja del velocímetro a lo largo de todo el recorrido, porque si la velocidad baja, la bomba del autobús explotará… Al principio piensas que será solo el comienzo, un principio fuerte, arrollador, algo para atrapar al lector y tenerle ya así enganchado para el resto del libro, que irá perdiendo fuelle, pero qué va. Círculos es un prodigio, ¡un puto prodigio!,  en lo tocante al ritmo desenfrenado y es algo que le viene muy bien al libro al ser un reflejo de la inmediatez, interactividad y rapidez con la que disfrutamos/padecemos el intercambio de (des)información gracias a las, ya no tan nuevas, tecnologías que nos tienen absorbidos sin ser muchas veces conscientes de ello.

Estamos en Londres, en el Londres (como dice el libro) “desde donde se miden todas las distancias”. El Londres de un futuro próximo, preapocalíptico y futuramente posible muy del estilo de la estupenda serie (no conozco a nadie que no le guste) Black Mirror, en donde el Big Data está más presente que nunca.

Un Londres que lleva ya varias semanas soportando una huelga de basureros, un Londres (o tal vez un mundo) donde han aumentado de forma espectacular las infecciones por anisakis, los animales tienen comportamientos extraños y llevan meses registrándose múltiples casos de suicidios de estos; un Londres en el que han pasado varios años ya del Brexit y las tasas de paro, sobre todo entre los jóvenes, alcanzan niveles estratosféricos. Ese es el escenario que con gran lujo de detalles nos va a describir Manuel Ríos San Martín.

Es también un Londres en el que los realities y los concursos extremos parecen haberse adueñado de la parrilla televisiva y será desde uno de estos desde donde se abrirá el melón de las continuas catástrofes que se desatarán una tras otra en cadena.

Un concursante morirá en directo en uno de esos programas y la señal no se corta, sigue emitiendo sin interrupción. La audiencia sube y Twitter está que arde. Parece estar claro que todo se debe a un desgraciado accidente, pero el inspector Jellineck no lo ve tan claro, para eso le pagan. Además, el presentador del programa desaparece justo en el momento en el que el concursante va a morir y días después interrumpirá la señal de televisión de la cadena para lanzar un inquietante mensaje: “Os voy a joder la vida. A todos”.

Ese será uno de los ejes del libro: la investigación policial.

–¿Te acuerdas cuando parecía tan solo un accidente en un concurso de televisión? Ojalá hubiese sido eso.

Otro eje será el que siga a Patrizia, una chica con la cabeza rapada, desencantada con el mundo que conoce, con una casa llena de televisores encendidos que no apaga ni para dormir, que cuida su cuerpo con ejercicio y a la vez lo daña haciéndose pintadas hasta sangrar y subir las fotos a Instagram. Patrizia se unirá a un grupo de activistas antisistema con la intención de abrir los ojos a una sociedad aborregada y domesticada, con los cerebros lavados y, curiosamente llenos de mierda, por medios y redes sociales.

Sobre estos dos ejes ser irán articulando unos cuantos personajes más, con mayor o menor protagonismo, pero todos relevantes y necesarios, que ayudarán a completar y vertebrar los ejes y los protagonistas de la novela (Patrizia y Jellineck), proporcionando así a la novela aún más profundidad y una sensación de estructura enorme, compacta, bien armada y compleja de trasladar al papel pero fácil de leer.

Círculos es un thriller espídico, enorme, absorbente y necesario. Una novela negra con la que pasárselo teta que, a pesar de sus 424 páginas, se lee rapidísimamente. Muy bien escrito, con frases cortas y directas que hacen que la lectura sea agil y rápida, con capítulos en los que los personajes se hacen carne al estar tan bien perfilados, con historias que van a confluir en un todo, y es también una crítica a los monopolios informativos y a los contenidos manipulados morbosos y simples en los que cada medio, ya sea periódico, emisora de radio o televisión, arrima el ascua a su sardina.

Una crítica a una sociedad conectada cada vez más desconectada y más alienada por los móviles, phablets y redes, que se cree cualquier cosa sin contrastar, simplemente porque lo ve iluminando su black mirror particular. Porque somos como somos, para bien o para mal, y nos quedamos viendo los accidentes de tráfico, o asistiendo como si fuera un espectáculo a las decapitaciones por guillotina, o sacando fotos al cadáver colgante de Gadafi…

¿Acaso apartaríamos la mirada si en un programa de televisión estuviera muriendo un concursante?

Círculos es un libro brillante, como el arroz, que describe muy bien la realidad del momento que estamos viviendo y se atreve a profetizar un futuro cercano de manera veraz y realista con una trama apasionante que engancha desde la primera hoja.

Es un best seller pero despojado de lo malo que se asocia a estos. Narrado en tercera persona con un desarrollo impecable. Los personajes son del todo creíbles, son de carne y hueso, como ya he dicho antes; la historia se estructura de forma hábil e inteligente y su recuerdo permanece porque ha tocado partes de ti que reconoces en él.

No descarto que se lleve al cine o mejor aún, a un formato serializado, porque es un libro que se presta a ello con facilidad, es muy visual y adaptable y además tiene ciertos pasajes que me recordaban el universo de V de Vendetta.

Si no fuera porque estamos aún a principios de marzo, diría una de esas frases grandilocuentes que las editoriales ponen en las fajitas: “El mejor thriller del año. Todo un melocotonazo”.

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