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Kaspar Hauser, de Paul Johann Anselm von Feuerbach

Kaspar Hauser

Kaspar HauserEl mito del hombre salvaje ha interesado al ser humano desde la antigüedad, seguramente desde el mismo momento en el que comenzó a convivir en sociedad. La curiosidad por cómo seríamos si no estuviésemos influidos por todas las costumbres y las reglas que nos vienen preestablecidas desde nuestro nacimiento es lógica y, si bien en la cultura tiene su máximo exponente en Tarzán, no son pocas las obras que han tratado el tema a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, la decepcionante película de terror Mama o la más recomendable novela La niña que amaba las cerillas son dos ejemplos recientes que exploran esa idea.

Kaspar Hauser, editado en castellano por Pepitas de calabaza, nos acerca a este fenómeno a partir de un extraño suceso que ocurrió en la ciudad de Núremberg el 26 de mayo de 1828. Aquel día apareció un muchacho joven cuyos rasgos y, sobre todo, cuya manera de comportarse pronto delataron que no había sido criado en sociedad. El chico adquirió popularidad rápidamente, tanto en el país como a nivel internacional, y fueron muchos los interesados en educarle y en estudiarle. Entre ellos se encontraba Paul Johann Anselm von Feuerbach, un célebre jurista alemán que acudió a la ciudad un mes más tarde de su aparición y que elaboró esta detallada crónica de su vida.

Estamos ante un gran reportaje en profundidad, en el que los esfuerzos del autor por contrastar todos los datos a su alcance y por dar la mayor cantidad de detalles posible son palpables; de hecho, en muchos casos las anotaciones a pie de página con información complementaria tienen más extensión que el propio relato del autor. Este detallismo también se extiende a las descripciones, tanto físicas como psicológicas, que se aportan de Kaspar cada poco tiempo para ir dando cuenta de su evolución. Feuerbach hace una disección tan minuciosa del joven que en ocasiones llega a abrumar, pero que sin duda es lo más interesante del libro, ya que en su progresiva ‘humanización’ y en lo que ello conlleva es donde reside la gran aportación de este trabajo. Es un estudio psicológico del más alto nivel, narrado con un lenguaje asequible pero preciso y rico en matices.

La inocencia pura y sin cortar de Kaspar, su ignorancia —en el sentido más limpio del término— de todo tipo de protocolos y de formas de actuar preestablecidas hace que muchas de sus actuaciones sorprendan aún hoy en día. Y es que, con todos nuestros hábitos, nuestros refinamientos, nuestros límites, nuestras concepciones acerca de lo políticamente correcto…es imposible no sentir cierta admiración por un ser que se mueve únicamente por sus instintos, al no haber sido todavía contaminado por la socialización. Así enternece leer la empatía del chico por todo lo que le rodea, independientemente de si es una persona, un animal o un mero objeto; da igual lo avanzados que vayamos en el texto, las ocurrencias de Kaspar no dejan de producir un sentimiento entre la sorpresa y la ternura.

Al texto de Feuerbach le acompañan otros escritos, como un informe pericial de un doctor que le trató durante los primeros meses o el relato de su muerte, tras ser acuchillado por un desconocido. Estos caen en muchos casos en la reiteración de lo ya contado por el autor, por lo que en mi opinión tienen un interés mucho menor, aunque incluyen algún que otro detalle interesante para completar nuestra imagen de Kaspar. Quizá lo más interesante es el fragmento autobiográfico del chico, en el que narra su cautiverio, así como la reflexión final que Julio Monteverde hace en el epílogo de esta edición.

Para crear un libro decente suele hacer falta contar bien con una historia llamativa, bien con un gran narrador. Por regla general, con disponer de uno de estos ingredientes es más que suficiente para ofrecer una lectura interesante a un amplio número de lectores. Por eso, cuando te encuentras con una obra como Kaspar Hauser, en el que tanto la historia como la forma de contarla por parte de su autor son sencillamente sobresalientes, solo queda recomendarla abiertamente y guardarla en un lugar visible, para poder volver a ella en futuras ocasiones.

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Ataque a los titanes: no regrets 1 – Birth of Levi, de Hajime Isayama

Ataque a los titanes no regrets 1 Birth of Levi

Ataque a los titanes no regrets 1 Birth of LeviNo suelo ver animes, pero a veces me hablan de alguno que pica mi curiosidad. Por ejemplo, Death Note: ¿qué pasaría si con solo escribir el nombre de una persona en un libro, mientras visualizas su cara en tu mente, esta cayera muerta al instante? ¿Lo harías? ¿Contra quién? ¿Se podría utilizar para que el mundo fuera mejor? No me digáis que no es una premisa sugerente. Yo disfruté mucho con esta serie, compuesta solo de dos temporadas, si no recuerdo mal, pero quizá no me habría animado a verla si antes no hubiera conocido Ataque a los titanes.

Ataque a los titanes, de Hajime Isayama, nos muestra un mundo donde los últimos habitantes de la tierra viven en un perímetro dividido en tres ciudades concéntricamente amuralladas para protegerse de los titanes, gigantes que un siglo atrás casi aniquilaron la especie humana. Por supuesto, la distribución no está hecha al azar: en el centro se refugian el poder político y el económico, y la gente de a pie, como tú y como yo, se aglutinan en la ciudad más expuesta, con solo un muro que les separe de los peligros del exterior. Aun así, han vivido en paz cien años, hasta que un nuevo titán, más grande e inteligente, rompe el muro y se adentra en la ciudad, sembrando el caos y comiéndose a todo aquel que se le cruza por delante. Más o menos eso es lo que pasa en el primer capítulo de la primera y, por ahora, única temporada de este anime, que vi hace ya dos años.

Se rumorea que la segunda temporada está al caer, pero como se están haciendo tanto de rogar, la versión manga está sacando bastante material sobre lo que sucedió antes de ese fatídico acontecimiento y sobre personajes que se presentaban como secundarios, pero que ganarán protagonismo a medida que la historia avance. Ese es el caso de Ataque a los titanes: no regrets 1 – Birth of Levi, el manga que acabo de leer. En él se cuenta cómo Levi, un buscavidas de la ciudad subterránea, acaba en el cuerpo de exploración, es decir, el ejército encargado de hacer expediciones periódicas al exterior para luchar contra los titanes. Para mí, la ciudad subterránea es un nuevo descubrimiento (si se mencionaba en el anime, no lo recuerdo, ¡ha pasado tanto tiempo!), que me confirma la mala espina que me da ese mundo. Se trata de una ciudad bajo tierra en la que intentan sobrevivir los pobres y delincuentes, hombres y mujeres abandonados por la monarquía años atrás. A medida que conozco más detalles de la estructura y la forma de vida de este último reducto de la raza humana y de los titanes, más claro tengo que, pese a lo que les hayan hecho creer a lo largo de décadas, el mayor peligro acecha dentro de esos muros en vez de fuera de ellos.

Ojalá la segunda temporada de Ataque a los titanes se emita este año, tal y como están anunciando, porque esta historia dará para muchos capítulos y estoy segura de que me sorprenderán gratamente. Mientras tanto, tendré que enterarme de otros animes interesantes o leerme el material extra que Norma Editorial nos ofrece para hacer más amena la larga espera.

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Berlín, 1936, de Oliver Hilmes

Berlín, 1936

Berlín, 1936El Berlín de 1936 está lleno de cafés, de teatros, y se transforma al atardecer en una ciudad con glamour, llena de vida y de color. La ciudad que alberga los Juegos Olímpicos hace gala de una apertura y de una modernidad que la convierten en la capital del mundo durante aquellas semanas, o al menos esa es la imagen que reciben los que la visitan de paso y quienes están atentos a los Juegos desde el exterior.
Leyendo Berlín, 1936, de Oliver Hilmes, una de las cosas que se comprenden a primera vista es cómo los Juegos Olímpicos berlineses no fueron los primeros de la era moderna, pero sí marcarían la entrada en época contemporánea de la competición, a pesar de su posterior interrupción por la Segunda Guerra Mundial. Sobre todo en cuanto a repercusión y a imagen. El poderoso aparato promocional del Tercer Reich se preocupó de que así fuera, dando una difusión al evento hasta entonces desconocida. Los mejores medios técnicos, los últimos avances en equipos de filmación y de retransmisión, todo con la intención de contar cada detalle, incluso aquello que no cuadraba especialmente con la política del nazismo, como los cuatro oros de Jesse Owens.
Diplomáticos y atletas se cruzan con artistas y con los más renombrados personajes del régimen en las páginas de Oliver Hilmes. Berlín, 1936 reconstruye la historia de aquellos Juegos pero sobre todo el sinfín de historias alrededor, la mayoría de las cuales tenían solamente una relación tangencial con las olimpiadas. Los celos de Joseph Goebbels, ministro de propaganda, hacia Leni Riefenstahl, la cineasta encargada de la magna película oficial del evento que contaba con carta blanca incluso por encima del propio Goebbels; el desprecio de Hitler hacia los miembros del COI, a quienes llamaba directores de “un circo de pulgas”; y una en la que se detiene especialmente el autor, la de Thomas Wolfe, el novelista, que pasa aquellos días en la ciudad invitado por Rowohlt, su editor, y al que leemos reflexionar (a través de citas literales de sus diarios) sobre las diferencias que encuentra entre la aparentemente próspera nación germana y sus decadentes Estados Unidos. En el recorrido de Wolfe encontramos un resumen bastante acertado de este texto, la fascinación inicial del escritor ante la grandeza del nazismo y de los Juegos termina en desencanto final, al darse de bruces con la realidad escondida detrás de aquel decorado olímpico.
Porque frente al oropel de las medallas y de la vida nocturna, Hilmes va intercalando los informes policiales sobre los judíos represaliados y los exiliados, las notas internas de los servicios secretos destinadas al control de la población durante los Juegos, los numerosos suicidios (casi nunca consignados como tales de manera oficial) y, como punto culminante de toda aquella contradicción, los trabajos para la construcción del campo de concentración de Sachsenhausen.
Dieciséis capítulos, uno por cada día de los Juegos, conforman este libro, abrumador por momentos, con una cantidad infinita de fuentes, siempre de primera mano. Se diría que Oliver Hilmes anota en él hasta el más mínimo vuelo de una mosca sobre el Berlín de aquellos días. El pronóstico del tiempo de cada jornada, cada detención policial, las identificaciones, hasta la más insignificante multa. Quizá ello mismo pueda llevar a un poco de cansancio al lector y provocar hastío en algunas páginas. Más allá de eso, y sin caer en la simpleza de decir que “se lee como una novela”, Berlín, 1936 es un relato fiel, equilibrado y tremendamente bien documentado de los Juegos Olímpicos del nazismo, una guía con bastantes claves para comprender tanto lo que vendría después como, sobre todo, su contraste con lo que se dejaba atrás en aquel momento.

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La pareja de al lado, de Shari Lapena

La pareja de al lado

La pareja de al ladoLlevaba una larga temporada buscando un libro de suspense que me enganchara desde el principio hasta el final. Uno de esos que hacen que no puedas parar de pensar en la trama y que te montes en tu cabeza una infinidad de teorías que hagan que sepas quién es el asesino antes de llegar a la última página. Y también necesitaba un libro en el que nada pareciera lógico. La pareja de al lado tiene todos estos ingredientes, así que no es de extrañar que lo haya leído en un día y medio. Cuando me quise dar cuenta, había devorado más de doscientas páginas del tirón y yo madrugando al día siguiente…

Que el libro me enganche, está bien. También que me impida olvidar la trama mientras no lo estoy leyendo. Y, por supuesto, que me haga creer que soy mejor detective que los que salen en sus páginas. Pero lo que más me ha gustado es que nada es lo que parece. Ya sé que esta frase puede sonar a cliché. Es algo típico que se suele decir de todos los libros de suspense. Pero es que en este caso, es totalmente cierto. A medida que van pasando los capítulos vemos que nos acercamos a lo que parece una explicación lógica de todo lo que ha sucedido, pero poco a poco esas verdades se desvanecen dando lugar a más incógnitas y a más preguntas.

Shari Lapena nos traer la historia de una pareja perfecta. Recientemente casados y con una niña de unos pocos meses, Anne y Marco parecen vivir una vida idílica. Él tiene una empresa que va viento en popa y que les ha permitido pagarse una casa en la mejor zona de la ciudad. Pero el embarazo ha dejado en Anne trazas de lo que parece una depresión bastante grave y que hace que la vida perfecta de matrimonio que aparentan tener se tambalee peligrosamente. Y todo estalla cuando Anne y Marco van a cenar a casa de sus vecinos, una pareja moderna y chic, que no soporta a los niños. Así que la única manera de ir a esa cena es dejar a la niña sola en casa. No pasa nada, se turnarán cada media hora para revisar que la niña está bien y además tendrán el escucha, que les permitirá saber si pasa algo en la casa que está a menos de diez metros. Pero cuando termina la cena y Marco y Anne regresan a casa, se dan cuenta de que la niña ha desaparecido sin dejar rastro.

A partir de ese momento, La pareja de al lado se convierte en un tren sin frenos que parece no tener destino. La trama de mentiras se va haciendo cada vez más y más grande, hasta que estalla dejando restos de metralla a su paso. Encontramos personajes que saben más de lo que dicen y otros que han vivido engañados durante muchos años. Marco y Anne se desesperan en la búsqueda de su hija, parece que todo este asunto se les queda grande y que no van a ser capaces de encontrar a su pequeña Cora.

Es una historia rápida, que avanza a pasos agigantados y que en cada capítulo nos dará una nueva pista que hará que no podamos soltar el libro ni un solo momento. Algo parecido me pasó con La chica del tren. Son historias que nos dan lo que queremos: una desaparición/asesinato/misterio, personajes que esconden secretos y una trama veloz que parece que no tener fin.

Yo estoy metida en un grupo de Facebook en el que comentamos las lecturas que vamos haciendo cada mes y me sorprendió que en enero este libro de Shari Lapena fuera el más leído de todos. Así que no podía hacer más que leerlo para saber qué era lo que había hecho que tanta gente se enganchara. Y ya he entendido por qué. Y es que, si te gustan los misterios y dentro de ti vive un detective, este libro será un imprescindible de tu colección. Solo diré una cosa: yo no fui capaz de adivinar quién era el malo. Con eso, creo que lo digo todo.

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Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard

Una temporada en Tinker Creek

Una temporada en Tinker CreekMe he dado cuenta en todo este tiempo de lecturas que hay libros que te hacen sentir grande y otros que te hacen sentir muy pequeño y no sé por qué siempre me he sentido atraído por los que me han empequeñecido. ¿Os acordáis de cuando Alicia crece y se encoge? El día a día nos hace crecer y sentirnos absurdamente importantes y de repente aparece alguien, algo o nada disfrazado de libro y nos hace pequeños, muy pequeños. Ese alguien, ese algo, esa nada, ha sido para mí en este caso un libro, este: Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, premiado con el Pulitzer de Ensayo y que llega a España de la mano de Errata Naturae en su colección Libros salvajes.

Dillard comenta nada más comenzar que busca llevar a cabo lo que Thoreau denominó «un diario meteorológico de la mente», y – ojo ‘spoiler’ – lo consigue. Pero también consigue mucho más. Porque como he dicho hace un momento, hace que empequeñezcas y entres en el maravilloso mundo de la Naturaleza. Antes de empezar el libro, su información te transmite que estás delante de una escritora que superó una fuerte neumonía siendo muy joven y que decidió trasladarse a las montañas. Pero tras leerlo te queda la certeza de que es en ellas, en las montañas, donde Dillard sana de verdad. Siempre envuelta de una envidiable soledad, la autora estadounidense se convierte en nuestros ojos a través de sus palabras y nos muestra un mundo que solo se ve si te paras a verlo. No es suficiente con solo mirar, hay que pararse a mirar, hay que meditar con los ojos para así conseguir que florezca todo lo que nos envuelve.

Os voy a confesar algo. Yo, al final de la semana, tras varios días empapado por la contaminación de una ciudad como Barcelona, me veo casi obligado a subir a alguna de las montañas que protege la vertiente sólida de mi pueblo – en la otra hay mar – para desenganchar de mí ese humo negro que veo cada mañana antes de entrar a la ciudad. Pues bien, esa subida semanal a la montaña ha pasado a ser diaria gracias a Una temporada en Tinker Creek. Con este libro en las manos – del cual he devorado sus cerca de 400 páginas en un par de días – sentía que caminaba por la Naturaleza. Nunca unas páginas de un libro habían sido tanto un bosque vivo.

Dillard nos habla detalladamente de sus experiencias en el bosque, ya sea con animales, insectos, hojas, plantas, árboles o personas – aunque personas, pocas –. Nos habla de todo ello, de tú a tú, dejándose ir en muchas y muy valiosas ocasiones. Cuando Dillard se explaya y habla tan filosóficamente, tan metafóricamente, tan desde dentro, tan vital de la Naturaleza, no queda otra que cerrar momentáneamente el libro y buscar el árbol más cercano para darle las gracias; las gracias por existir.

No sé si este libro gustará tanto a alguien que no ame la Naturaleza, no sé si provocará que entren tantas ganas de verde;lo que sí sé, y es lo que intento expresar siempre en mis líneas, es lo que yo he sentido leyendo. Y yo he sentido el olor de la hierba mojada cuando ya ha salido el sol en cada momento en que abría sus páginas, he sentido que el pequeño viento levantado al mover sus páginas curaba mis heridas – las superficiales y las muy muy profundas -, he sentido que yo también me curaba sin saber previamente que estaba enfermo.

Una temporada en Tinker Creek es la mejor lectura con la que me he encontrado en lo que va de año, es una suerte de calma dentro de la agitación diaria, es una oda a la observación meditada y a la meditación observada, es un paseo walseriano de los pies y de la mente, es una delicia cuidada de traducción por parte de Teresa Lanero, es la afirmación de la soledad, es el «Vosotros seguid. Yo me quedo aquí» que entona Dillard en sus páginas y es el «Algo no va bien en una persona que, en la ribera de un río, prefiere mirar aguas abajo. Es como contaminar tu propio nido. ¿Y a cambio de esto y de tumbarse en un diván la gente paga cincuenta dólares la hora?», porque «Uno no atrapa el presente, no lo persigue con anzuelos y redes. Uno lo espera con las manos vacías, así es como te llenas. Tendrás pescado de sobra. El arroyo es el único proveedor. Es, por definición, la Navidad, la encarnación. Este viejo planeta de roca recibe el regalo del presente todos los días por su cumpleaños.» Hoy siento que es mi cumpleaños, y todo gracias a un libro. Como siempre.

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El azul entre el cielo y el agua, de Susan Abulhawa

El azul entre el cielo y el agua

El azul entre el cielo y el aguaNo había leído nunca un libro escrito por un autor palestino, así que haberme estrenado con Susan Abulhawa creo que ha sido el mejor de los aciertos. Pero no crean que este libro lo elegí yo, ¡qué va!, muchos de los libros que leo tienen que ver con sugerencias de amigos, lectores que luego me dejan comentarios, o, como en este caso, una estupenda sugerencia de una periodista española, aunque es en Gaza donde reside y donde desarrolla su trabajo informativo.

De esta periodista ya se la presenté a todos ustedes, aunque solo fue de nombre al hablarles de Lo que queda de nuestras vidas, de la escritora israelí, Zeruya Shalev, miembro del grupo de mujeres judías y palestinas que trabajan unidas por la paz, una organización que nació a raíz de la guerra de 2014 en Gaza para restaurar la esperanza y trabajar hacia una existencia pacífica para las generaciones futuras. Esto les contaba y es por ello que recordaba a la periodista Cincovillesa (Comarca de Zaragoza), Isabel Pérez.

Ella me lo recomendó, y creo que después de haberlo leído con atención y con todo el cariño, puedo decirles que me ha parecido una maravilla, en 352 páginas ha sido capaz la autora de contarme la vida y la historia de toda una familia Palestina, ya saben, una de esas sagas familiares que tanto nos gustan, pero con toques muy especiales, tanto en la sensibilidad de la narración como en la propia historia que cuenta.

Y es que El azul entre el cielo y el agua, es algo más que una novela que nos cuenta una historia con personajes a los que iremos conociendo y queriendo, es algo más que todo ese ramal de mujeres a las que nos acercaremos a través de su quehacer diario, vistas desde dentro y desde fuera; leer este libro, de verdad que ha sido algo más. He sido espectadora de sus vidas, pero además la autora me ha hecho sentirme unida a estas mujeres, me ha hechos reír con ellas y también llorar…, y sufrir, y gozar.

La novela se inicia con un árbol genealógico muy corto, solo para situarnos al principio, porque los nombres pueden sernos algo complicados, pero enseguida conoceremos a los miembros de una de las familias que debieron abandonar Bait Daras, una localidad situada a unos 35 kilómetros de Gaza, de una gran importancia en la historia Palestina y que en la actualidad es zona ocupada por Israel. En uno de sus barrios residía la familia Baraka, compuesta por Um Mamduh, una mujer muy especial, a la que no se le conoce esposo y que todos toman por loca, y sus tres hijos, Nazmiyeh, Mamduh y Mariam.

“En Bait Daras había cinco grandes clanes familiares, y cada uno tenía su propio barrio. Las familias Barud, Maqademed y Abu al Shamaleh eran las de mayor prestigio. Entre las tres poseían la mayoría de las granjas, frutales, colmenas pastos del lugar. Nazmiyeh, Mamduh y Mariam pertenecían a la familia Baraka, pero aquel no era un apellido del que uno pudiera presumir…”

Nazmiyeh, ¡qué impresionante capacidad de amar a los demás! Una mujer que no creo que olvide, se ha quedado en mi mente y en mi corazón, porque de ella he aprendido a mirar a las mujeres palestinas con otros ojos. Las conversaciones entre las matriarcas no tienen desperdicio, sobre todo si ella está de por medio.

Mamduh, fue el único hijo varón, trabaja para un apicultor y se casará con la hija de este, Yasmin.

Finalmente Mariam, como todas las mujeres de la familia la conoceremos ya como una niña, pero una niña peculiar, especial, siempre presente, siempre, hasta la última palabra del libro, ahí estará… Porque uno siempre está mientras es amado y recordado.

Aquí en El azul entre el cielo y el agua, la historia palestina está muy novelada y además, la autora, añade una parte que, si estuviésemos hablando de literatura hispanoamericana diríamos que se podría incluir dentro del realismo mágico, pero en esta mujer hay un algo especial que, junto a esa parte poética que desprende la literatura árabe en general, encontramos un equilibrio perfecto en su narrativa, tan perfecto como la mezcla de las pequeñas introducciones al inicio de cada capítulo con lo contado por el narrador, hasta llegar el momento en que ambos se confunden …

Jaled, el narrador y personaje que inicia los capítulos es como lo que debería ser la conciencia de todos aquellos que miramos y no vemos. Él que sin ver, todo lo ve.

En 1948 las Fuerzas de Defensa de Israel atacan brutalmente Bait Daras, lo que obliga a las familias huir a Gaza. Y a viajar ya para siempre hacía atrás con los recuerdos, hacía adelante con la historia y con la vida de cada uno de los personajes. Sesenta años de vida en Gaza, la vida en una cárcel frente al mar, la historia de fondo y la vida por delante, las vidas de los palestinos de Gaza. Una vida a la que se ha acercado Susan Abulhawa, que nació en 1967, hija de padres palestinos, que por esas cosas del destino terminó, al parecer en un orfanato americano… Además de escritora y otras muchísimas cosas que pueden tranquilamente mirar en la red, es una activista fundadora de la ONG Playgriunds for Palestine, que se dedica a construir zonas de juegos para los niños palestinos en los territorios ocupados y en los campos de refugiados.

Dice la autora que escribió este libro por amor, una vez que uno conoce la vida de esta mujer, quizá comprende mejor que la novela debe llevar mucho de ella misma, y creo que será por eso que llega tan adentro, solo quienes cuentan en primera persona y de una forma tan sensible y sincera son capaces de rozar el alma de los lectores con sus palabras, solo esos, y la autora lo consigue. Hay amor y hay humor, porque para vivir hay que tener más amor y humor que rencor… Y aquí aparece una vez más ese equilibrio del libro del que les hablaba.

Una lectura que la traducción de Puerto Barruetabeñanos hace fácil y ágil, una lectura para todos, para aprender y sentir, porque a pesar de que nada se esconde del duro drama que ha vivido y que vive Palestina, hay calidez y dulzura en la historia.

Solo una cosita antes de terminar… Para una española que sale en la historia, como diría mi amiga Conchita, “telita con la señora”. Casi hubiese preferido que no saliese ni un español en el libro, salvo que se hablase de buenas gentes que han ido a Gaza a ver, a amar, a reír y a convivir para contarnos luego todo lo que allí pasa, como hace mi paisana Isabel Pérez.

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La última bruja, de Mayte Navales

la ultima bruja

la ultima brujaNo sé qué tienen los libros de brujas (no digo los cuentos, aunque también) para llamarme tanto la atención y, si me parece que son buenos, querer leerlos. Me encantó el Ars mágica de Nerea Riesco, Los archivos de Salem de Robin Cook y la saga de las brujas de la Rice. He leído algunos más, pero andan por ahí, perdidos en alguna cuneta de mi memoria. Puede que sea la fascinación por los tiempos en los que la Inquisición o los lugareños de Salem, creían en ellas y las ejecutaban tratándose de mujeres del todo inocentes (al menos en lo que a brujería se refiere), y toda la sarta de tratados (como el famoso Malleus Maleficarum al que aún no he hincado el diente) llenos de características de lo más curiosas para identificarlas y enumerar sus deleznables acciones.

O puede que sea que me guste pensar que realmente existieron (y existen) pero, como en cualquier peli de terror, te sientes a salvo en la distancia, en la seguridad de tu casita, con un libro o tele interpuesto. Que en el fondo, aparte de envidias y malos rollos, las gentes de aquellas épocas se olieron algo y el miedo les empujó a quemar a esas mujeres que comían niños, bailaban desnudas (¡oh, qué desvergonzadas!) y adoraban a Satanás…

Da igual el motivo. Hay que cosas que te gustan y punto. ¿Para qué buscar explicaciones?

La última bruja me ha hecho disfrutar tanto como los libros mencionados en el primer párrafo. Coincido con la contraportada cuando afirma que Mayte Navales es heredera directa de Gaiman, King, Rice y Rothfuss, (pero no con Eduardo Noriega al decir que si te gusta Juego de Tronos te gustará este libro… ¿WTF? No encuentro similitud con la serie por ningún sitio) y añado que también me ha devuelto aromas del Follet de Los pilares de la tierra e incluso algo del cuento de Hansel y Gretel, un detalle que, como guiño, me ha parecido genial. Tiene esos elementos mágico-oníricos que tanto gusta a esos autores. Pero además, estamos ante una historia muy poco vista y la (¿involuntaria?) pretensión de hacernos creer que las brujas han existido como tal siempre, desde tiempos remotos, hasta la actualidad. Y lo que es más, consigue que te lo creas, porque la historia está bien construida y los personajes, a pesar de lo increíbles que son, tienen alma en las palabras de Mayte Navales, tienen profundidad y evolucionan considerablemente a lo largo de todo el relato.

No es fácil describir la trama. Básicamente es la crónica de dos brujas milenarias (una nacida en la Edad Media y la otra mucho mucho antes) y de cómo estas, cual el programa de televisión El último superviviente,  juegan a vivir sus muchas vidas y sobrevivir haciendo todo lo necesario para ello.

En La última bruja vamos a encontrar fantasía, drama y también terror. Son brujas de verdad. De las que cambian su aspecto viejuno por el de preciosas mujeres para seducir a hombres de aura azul, de las que lanzan hechizos y vuelan, pero también de las que tienen sus sentimientos y su razón de ser, de las que sufren, curan y son perseguidas. Y de las que obtienen gran parte de su poder de los nombres. Por eso siempre los ocultan, se los inventan o se apropian de los nombres fuertes de la naturaleza y preguntan los nuestros.

–¿Y qué nombre debo usar?

–Cualquiera de los que he usado contigo. Yo te oiré.

–¿Algo más?

–No permanezcas demasiado tiempo en el mismo sitio. No te fíes de nadie. Que nadie te conozca–fue el último consejo que le dio.

Este es un libro que merecidamente pasará a reunirse con los libros ya mencionados. Los que recordaré siempre con cariño porque me entretuvieron, robaron horas al sueño, agrandaron mi particular universo de ficción y consiguieron que pensara en sus personajes días después de acabar su lectura.

Mayte Navales, finalista del Premio Minotauro con esta novela, se ha hecho un nombre en el género. Y ya sabemos el poder que tienen los nombres…

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El arte de la guerra ilustrado, de Sun Tzu

el arte de la guerra ilustrado

el arte de la guerra ilustradoMe parece fascinante leer un texto escrito hace más de dos mil años y ver que sus enseñanzas siguen siendo necesarias. Si en un principio El arte de la guerra era estudiado por estrategas de guerra, hoy en día resulta igual de instructivo para políticos y empresarios y, en definitiva, para todo aquel que tenga que gestionar conflictos y rivalidades.

Sun Tzu, un legendario filósofo-guerrero, creó esta especie de manual para la guerra en el período de los Estados Combatientes de la antigua China, que duró desde el siglo V al III a. C., y actualmente sigue considerándose la obra de estrategia más influyente. La edición de la editorial Edaf de este clásico está ilustrada con obras pictóricas y esculturas de China, Japón y Corea, y presenta la versión del traductor Thomas Cleary, en la que, además de los aforismos del maestro Sun, se recogen los comentarios que hicieron once lectores diferentes a lo largo de casi mil años, seleccionados para arrojar luz sobre el texto original y mostrar cómo se transforman las interpretaciones de las enseñanzas de Sun Tzu con el paso del tiempo.

Thomas Cleary aclara que en su traducción ha suprimido algunas alusiones a armas y cuestiones locales y que ha querido preservar las ambigüedades propias del chino para que los lectores del presente sean quienes las diluciden según su contexto y vivencias. Yo, por ejemplo, soy socióloga y me especialicé en recursos humanos, por lo que los pilares que asienta esta obra sobre la psicología de masas me han resultado de lo más atractivos. Sun Tzu y sus comentaristas reflexionan sobre el buen liderazgo, que es el que consigue la solidaridad y comprensión entre dirigentes y dirigidos; la delegación de responsabilidades según el talento de cada cual, pues todas las personas tienen alguno, y la importancia de conservar tanto los recursos materiales como los humanos, ganando sin combatir.

Y es que, pese a lo que pueda parecer, El arte de la guerra habla sobre todo de paz. Frases como las siguientes lo demuestran: «La guerra es destructiva incluso para los vencedores, a menudo contraproducente y solo razonable cuando no hay otra opción» o «Las armas son instrumentos desfavorables, no herramientas de los iluminados. Cuando no existe más remedio que utilizarlas, es mejor permanecer en calma y libre de la codicia, además de no celebrar la victoria. Quienes celebran la victoria están sedientos de sangre, y los sedientos de sangre no pueden imponerse al mundo». El arte de la guerra da las claves para entender el conflicto y salir vencedor de él, pero, sobre todo, para evitarlo.

Me parece increíble que las lúcidas premisas de un texto tan analizado y con un tremendo calado en la ciencia, psicología y tecnología asiática no se pongan en práctica con más frecuencia en occidente. El análisis racional del conflicto, dejando a un lado la ira y la codicia, o la puesta en valor del equipo humano, por encima del beneficio material a corto plazo, son cuestiones que, a mi parecer, deberían aplicarse más a menudo en política y en economía. El maestro Sun lo sabía hace ya más de dos mil años. Leámoslo y hagámosle caso.

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Las pescadoras, de Nadia Menotti y Xosé Ballesteros

Las pescadoras

Las pescadorasElegí este libro por su cubierta y por lo que pude ver en su interior. Eso que dicen de que no hay que juzgar a los libros por su portada no siempre funciona, ya os lo digo yo. Hoy en día existen algunas portadas con unos trabajos de ilustración tan maravillosos que te dan ganas de comprar el libro simplemente por eso, ¿no os ha pasado? Que luego nos decepcione el interior o no es otro cantar.

Las pescadoras es uno de esos libros que nada más verlos llaman nuestra atención, pues se trata de un libro totalmente visual. Recomendado para niños a partir de seis años, este libro de la editorial Kalandraka es una pequeña maravilla. Aunque, debido al público al que va dirigido, la historia que en él se narra sea relativamente corta, las fotografías que acompañan a este cuento aportan toda la magia necesaria para dotar de color a la narración. Se trata de una adaptación de un cuento tradicional de la India, que como buen cuento, recoge una bella enseñanza en sus líneas.

Tres mujeres pescadoras salen todos los días a faenar. Una recoge algas, otra marisca y la tercera pesca desde una embarcación. Como todos los días, al acabar su faena, recogen sus capturas y vuelven a casa. Pero, ese día, mientras están de vuelta, se desata una fuerte tormenta. Las pescadoras, asustadas y muy preocupadas, encuentran una casita en el camino y deciden acercarse a ella. La mujer que allí vive, las cobija enseguida y, al ver que la tormenta no amaina, les ofrece uno de sus dormitorios para pasar la noche. La encantadora mujer se dedica a cultivar flores para después venderlas en el mercado, por eso la casa está llena de cientos de flores y de un intenso aroma maravilloso. Pero, las pescadoras no están en absoluto acostumbradas a estas fragancias e, incapaces de pegar ojo, deciden colocar sus cestos y redes como almohada para poder seguir oliendo a lo que ellas están acostumbradas y que tan felices les hace: el olor a mar, a salitre, a algas y peces.

La propuesta gráfica es obra de la argentina Nadia Menotti. Esta diseñadora gráfica ha impartido clases de diseño y comunicación en la UBA. Su trabajo como ilustradora la ha llevado a ser seleccionada para la I Bienal Nacional de Diseño y Urbanismo de la UBA y el Salón de Honor de la Legislatura Porteña. Por Las pescadoras recibió una mención de VII Premio Internacional Compostela de Álbum ilustrado. Lo que nos presenta Nadia Menotti en este libro es una auténtica obra de arte. No se tratan de ilustraciones, sino de un trabajo fotográfico sobre escenografías que ella misma ha creado con delicadas y pequeñas miniaturas realizadas con materiales tan diversos como el cartón, la madera, el alambre y las telas, entre otros. El resultado es una delicia visual que atrae tanto a pequeños como a mayores y que nos transporta a un mundo delicado, sutil y evocador.

En cuanto a la historia, que como os he dicho se basa en un cuento tradicional de la India, nos plantea una serie de preguntas relativas, basadas en nuestras costumbres y convenciones. Algo que solo los adultos podemos plantearnos, porque imagino que los niños aceptarán con total naturalidad la decisión de los pescadoras. Las pescadoras es un libro diferente, tradicional y muy innovador al mismo tiempo que recomiendo para evadirse y perderse en ese maravilloso mundo que Nadia Menotti y Xosé Ballesteros han creado para nosotros.

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Sabias, la cara oculta de la ciencia, de Adela Muñoz Páez

Sabias La cara oculta de la ciencia

Sabias La cara oculta de la cienciaEl cerebro de la mujeres es de menor tamaño que el de los hombres. Por naturaleza son más frías y débiles. ¡Ah, y tienen un diente menos! No lo digo yo, lo decía Aristóteles, el sabio más célebre de la Antigüedad. Pero no tenemos que remontarnos tan atrás en el tiempo: a los largo del siglo XVIII, reputados médicos afirmaron que a las mujeres estudiosas se le atrofian los ovarios y en el siglo XIX, que un gran esfuerzo intelectual pone en peligro su salud ¡y hasta su belleza! Como es lógico, esto ha hecho que las mujeres se hayan mantenido alejadas del saber; porque serán tontas, sí, pero no estaban tan locas como para arriesgarse a volverse feas, infértiles y, encima, morirse.

Aunque, como siempre hay inconscientes —¡ay, pobrecillas!, ¿no veis que no dan para más?—, hubo algunas a las que le dio por estudiar, descubrir los enigmas del universo, adentrarse en las matemáticas, filosofar sobre la existencia, contribuir al nacimiento de la química o descifrar la estructura del ADN o la penicilina… sin casi medios, sin cobrar y sin que su trabajo se reconociera en ninguna parte. ¿A que eran tontas? Ahí, dándolo todo por amor al arte. Por supuesto, muchas de ellas enfermaron y, obviamente, todas murieron. ¿Qué esperaban?

Una tal Émilie de Breteuil, marquesa de Châtelet, dijo: «Estoy convencida de que la mayoría de las mujeres o ignoran sus talentos por defecto de educación, o los entierran por prejuicio o falta de coraje. Lo que yo he experimentado en mí me confirma esta opinión. El azar me hizo conocer gente de letras que se hizo amiga mía. Vi con sorpresa que me prestaba atención. Empecé entonces a creer que era una criatura pensante». Y hubo mujeres que se lo creyeron y, lo que es peor, ¡hombres! Es necesario aclarar que muchos de ellos —Pitágoras, Pericles, Lavoisier— estuvieron emparejados con las mujeres insurrectas, lo que debió trastocarles el raciocinio. Y no sé ya quién tuvo más culpa: si ellas, por pensarse que eran iguales que los hombres, o ellos, por animarlas a hacer lo que quisieran, a pesar de lo que dijeran los demás.

La cuestión es que este pensamiento ha ido calando a lo largo de los años, de ahí que cada vez haya más mujeres científicas y que se publiquen libros como Sabias. La cara oculta de la ciencia, escrito por Adela Muñoz Páez, en el que se hace un recorrido desde tiempos remotos hasta la actualidad, para hablar de sacerdotisas sumerias, oradoras griegas, matemáticas alejandrinas, monjas en la época de las Cruzadas, súbditas del rey Felipe II, artesanas de los gremios alemanes del siglo XVII, salonnières en la época de la Revolución francesa, astrónomas alemanas e inglesas del siglo XVIII, físicas polacas del finales del siglo XIX, químicas españolas de antes de la guerra civil, cristalógrafas inglesas y bioquímicas italianas; mujeres que se empeñaron en utilizar su minúsculo cerebro a pesar de la oposición social y de las infinitas trabas de la comunidad científica, y que consiguieron salirse con la suya, las muy puñeteras. Eso sí, la historia de la ciencia se ha encargado de borrar su rastro, poniendo a buen recaudo sus descubrimientos, claro está.

Actualmente, este tipo de mujeres cada vez proliferan más. Las del denominado Primer Mundo batallan en todas las esferas académicas y sociales, y todo apunta a que las del Tercer Mundo pronto seguirán su ejemplo. A la comunidad científica, y a la sociedad en general, se le complica la tarea de acallar sus voces, de relegarlas al anonimato y al olvido. Así que, a esas mujeres que todavía les quede algo de juicio, les recomiendo no leer Sabias. La cara oculta de la ciencia, que pone al descubierto aquellas historias silenciadas por largo tiempo, no vaya a ser que se contagien de la osadía de sus protagonistas. Y, por supuesto, los hombres tampoco deberían leerlo bajo ningún concepto. Si ellos se tragan eso de que «todos somos iguales», ¿quién se encargará de poner las limitaciones a las mujeres?

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Leñador, de Mike Wilson

Leñador

LeñadorLa llamada de lo salvaje vuelve a susurrarme con esta obra, Leñador, al igual que lo hicieran las novelas de Jack London o de Jon Krakauer con Hacia rutas salvajes. El territorio de Yukón, en Canadá, vuelve a ser el mágico escenario para evadirme de las distracciones y vulgaridades de la civilización. Una habitación rural en un hotel de Cercedilla en Madrid no es Canadá, pero yo, que soy lector de método y me meto en el papel de los personajes, me fui allí a leer este libro. Y fue el libro el que me hizo viajar mucho más lejos. La literatura, siempre la literatura, vuelve a convertirse en el mejor medio de transporte para viajar a lugares lejanos, naturalezas con tanta belleza como hostilidad y que, en mente y espíritu, me permite vivir una de las mejores experiencias. Experiencias sonoras: los vientos del norte, el ulular de las aves nocturnas, los aullidos de los lobos; experiencias olfativas: el olor de la miel recién extraída de los panales, el de las hojas de los pinos, el de la carne en las brasas; también visuales: los paisajes salvajes e inhóspitos de las tierras del norte, los atardeceres tras las montañas. Esas tierras a las que huyó el autor de esta obra, Mike Wilson. Sus motivos tenía para emprender este duro viaje y vivir la mayor aventura de su vida. En palabras de Thoreau, uno de los padres de la literatura estadounidense: «Cada cierto tiempo, el escritor debe recorrer la senda del leñador para beber en una nueva y más tonificante fuente de las musas».

Esa senda fue la que decidió seguir Mike Wilson cuando, en un acto de crisis existencialista, decidió abandonar cuanto tenía y conocía para emprender esta aventura y asentarse en una comunidad de leñadores al noroeste de Canadá. Quizá buscaba un motivo para encontrar sentido a la vida. Quizá tan solo necesitaba volver a sentirse vivo. Vivir es alejarse de las preguntas que se hacen los hombres; vivir es el fortuito encuentro con un oso o un alce en pleno bosque; vivir es seguir el curso del río para pescar allí donde confluye el cambio de corrientes; vivir es aullar por la noche junto a los lobos y por la mañana trabajar duro cortando leña.

Cuando supe de este libro no me lo pensé dos veces. Tras la experiencia de la novela ya citada de Jon Krakauer, esta aventura prometía aportar otra visión de alguien que, lejos de aislarse y buscar la soledad como el protagonista de esa obra, quería adentrarse en una comunidad. Vivir con una comunidad ruda como es la de los leñadores rurales de Yukón. Aprender con ellos, su trabajo, su día a día, su modo de cazar, observar lo cotidiano dentro de ese pequeño grupo en un lugar tan magnífico. Lo que no esperaba es que este libro se convirtiera en un atlas sobre la vida en el bosque. Ahora lo explico mejor.

Yo partía de la base de que se trataba de la experiencia personal de su autor y las aventuras que allí vivió convertidas en novela. Bueno, desencaminado no iba, pero este libro tiene eso y mucho más. Es novela, es una guía de viajes, es un diccionario, es un tratado de naturaleza, es… en fin, son muchas cosas que nunca había leído. Durante todas las páginas encuentras definiciones sobre todo aquello que empleaba en su día a día con los leñadores: desde herramientas de pesca, leña o caza con todas sus piezas y utilidades bien detalladas, a los orígenes de los inuit, antiguos pobladores de Yukón. Emplea en toda su obra los distintos tipos de textos: expositivos, descriptivos, instructivos y narrativos. Estos últimos son más escuetos y preceden o continúan a las explicaciones vertidas sobre un elemento de la naturaleza concreto. Por ejemplo, para narrar la experiencia que vivió de cómo los leñadores navajos le enseñaron a identificar las huellas sobre el terreno y las plantas, dedica unos párrafos a contar los hechos para después hilvanarlos con una explicación etimológica sobre el sistema de rastreo y el tipo de árboles o fauna que se encuentra en esa zona concreta.

Leñador, que no llamaré novela porque no lo es como tal —las etiquetas que puedo ponerle son infinitas—, tiene, también, varias formas de ser leído y comprendido. Se pueden leer solo los párrafos narrativos que desarrollan la acción y seguir, más o menos, el recorrido que experimentó el autor. Ya te digo que vas a seguirlo más bien menos. Puedes solo tomarlo como un atlas de vida salvaje, es la mar de práctico con todas sus descripciones y consejos informativos. O puedes leerlo en su totalidad y vivir, por unas cuantas tardes y tal como hice yo, lo que Mike Wilson vivió durante años en aquella comunidad. Todo comenzó así:

«Hui hasta llegar a los bosques de Yukón. Me recibieron en un campamento de leñadores […]. Eran hombres rudos. Me otorgaron un hacha, filo de acero. Aprendí cosas».

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La guardia, de Joydeep Roy-Bhattacharya

La guardia

CLa guardiaomo pasa con algunas películas —de diversa calidad—, este es uno de esos libros que no espera a que te metas en situación para atacar. Una joven, tullida de ambas piernas, se arrastra con la ayuda de un carro hacia una base militar estadounidense. Los militares de ese país han asesinado a toda su familia y tienen en su posesión el cadáver de su hermano. La joven les reclama que se lo devuelvan para poder enterrarlo de acuerdo a su fe, lo cual éstos rechazan. El motivo que dan es que lo quieren exhibir públicamente, al considerar que se trata de un conocido líder talibán, lo cual la muchacha niega. Así da comienzo La guardia, una novela que nos mete de lleno en la guerra de Afganistán y sus tristemente famosos daños colaterales.

Al ritmo vertiginoso de la narración le acompañan los diálogos cortos y directos, un toma y daca que contribuye a que la lectura sea rápida y amena. Se trata además de una obra coral, ya que cada capítulo está narrado desde el punto de vista de uno de los protagonistas; el primero de ellos es contado desde el punto de vista de la mujer y a partir de entonces serán los propios soldados americanos, cada uno desde su rango y sus convicciones morales, quienes nos harán partícipes de sus opiniones en torno al conflicto en general y al peliagudo asunto de la mujer afgana en particular. Esta pluralidad de narradores me resultó algo caótica durante varios tramos de la novela, ya que el número de miembros del ejército que se nos presenta es elevado y resulta difícil crear una imagen consistente de muchos de ellos.

Lo que mejor construye el autor, en mi opinión, es el ambiente de la base militar. La psicosis colectiva en torno a cuándo se producirá el siguiente ataque, la falsa bravuconería de aquellos que no quieren mostrar al resto de sus compañeros sus puntos débiles, las conversaciones sobre lo cotidiano y rutinario de sus vidas en su país para tratar de recordar cómo es el mundo fuera de esas cuatro paredes… Roy-Bhattacharya desidealiza mucho la imagen del soldado norteamericano que habitualmente se nos vende en la industria cinematográfica y que lo identifica con un patriota convencido que busca liberar al resto del mundo de sus males. Los soldados de este autor indio son personas normales y corrientes, cuya principal motivación es la de conseguir pagar sus facturas a final de mes y conservar su relación con su pareja a tan larga distancia. Los remordimientos por lo que han causado durante su tiempo en Afganistán, las dudas acerca de su legitimidad para imponer sus propios criterios, la tristeza por los compañeros caídos en combate… son aspectos que ayudan a dar verosimilitud al relato, dado que resulta muy difícil de creer que un grupo de jóvenes con dos dedos de frente, por muy grande que pueda ser su compromiso con la paz, no sean capaces de ver lo que les piden que hagan en su nombre.

En líneas generales, La guardia me ha resultado una lectura interesante y amena, ya que deja de lado la habitual crítica exterior al imperialismo norteamericano para poner el foco en la autocrítica, en el cuestionamiento al que sus propios combatientes seguramente se ven forzados cuando presencian cómo los daños colaterales piensan, sienten y sufren como ellos mismos.

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