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George Orwell fue amigo mío

George Orwell fue amigo mío

George Orwell fue amigo míoConocía dos formas de quedarse solo. La primera es ver cómo aquellos que te importan se van alejando a través de un desplazamiento físico o emocional. La segunda es ver cómo aquellos que se marcharon vuelven sin ser los mismos. El cambio queda patente y las presentaciones se vuelven necesarias. De un modo u otro, uno sufre una pérdida y la consecuente amalgama de soledad y reinvención. Sin embargo, tras leer a Adam Johnson he aprendido seis nuevas formas de pedir comida a domicilio para una persona. Y es que sus seis relatos aquí reunidos, que le valieron el National Book Award de 2015, no sólo demuestran las infinitas posibilidades de estar ajenos a otro humano. También constatan el talento del escritor norteamericano y su capacidad para desenvolverse en cualquier tipo de situaciones. Podemos hablar de tecnología avanzada, de huracanes devastadores, de Corea del Norte y de promesas que nadie nunca debería obligarnos a hacer. Pero sobre todo, podemos hablar de hombres solos y de mujeres ausentes.

Desde ya quiero dejar claro que estamos ante el mejor libro de relatos que he leído desde aquel maravilloso Diez de diciembre de George Saunders. Y quizás ambos comparten unos rasgos muy distintivos. La capacidad de usar el humor y los futuros cercanos para hablar de la miseria del hombre de nuestro tiempo me hacen englobarlos en un mismo conjunto. Sin embargo, he de decir que Johnson tiende un poco más que Saunders a la hermosa introspección a la que uno se abandona cuando el exterior se vuelve implacable. Nirvana, el cuento que abre la colección, brilla justo por eso. En dicho relato un hombre, cuya mujer paralítica no deja de escuchar al grupo de Kurt Cobain, crea un holograma del presidente de los Estados Unidos -asesinado recientemente- para poder enfrentarse a las vicisitudes de su vida conyugal. Este diálogo con el dirigente apenas puede considerarse como un verdadero intercambio de impresiones, pero permite la salida de aquello que el protagonista es incapaz de verbalizar. Y esto es sólo el comienzo. Los otros cinco cuentos restantes no se quedan atrás. En Datos curiosos, la mujer del propio escritor narra sus impresiones tras haberle sido diagnosticado cáncer de mamas. Pero lejos se volverse melodramático o quedarse estancado en lugares comunes, el relato vira hacia una dirección en la que incluso uno se permite el lujo de la risa y la venganza. Es aquí donde tuve que rendirme ante Johnson ya que no sólo el cuento funciona por lo que cuenta, sino porque el relato contiene una cámara secreta de carácter metaficcional que no pude más que elogiar y maldecir a partes iguales. Johnson no se permite flaquear en ninguno de los ejercicios de estilo que nos regala y nos lleva a lugares muy diferentes en cada nueva historia. Si en La sonrisa de la fortuna nos devuelve a la Corea que le valió el Pulitzer, en George Orwell fue amigo mío nos invita a visitar una Alemania reunificada que no olvida el pasado, pero que tampoco lo recuerda bien del todo. Quizás estos dos relatos son los que más tienen en común, ya que ambos ahondan en los abusos cometidos por sistemas totalitarios dejando que el individuo se convierte en un engranaje más de la maquinaria del estado.

Escribir una novela y escribir un relato son dos actos diametralmente opuestos. En ambos casos uno juega a que lo quieran y, en ambos casos, el tiempo juega en nuestra contra. Y es que tan difícil es decir te quiero tras veinte años de matrimonio que tras la primera cita. Uno es escéptico. Uno cree haberlo visto todo y las palabras a veces no llegan o a veces llegan demasiado tarde. Johnson ya había demostrado con creces con El huérfano su talento para las distancias largas. Pero desarrollar en poco más de cincuenta páginas un mundo completamente ajeno al tuyo y en el que se van desgranando cada código y cada conducta hasta que uno acaba ligado para siempre al relato es inaudito. Es mágico y es absolutamente aterrador. En estos términos se manifiesta Pradera oscura, el único relato del que no diré nada. Porque todo lo que llega con él es poético y monstruoso. Nos arrastra desde el rechazo hasta la empatía y nos acaba conmoviendo sin obligarnos a renunciar al miedo. Y todo en la primera cita.

Junto con la soledad siempre hay espacio para la esperanza. Y no sería justo con Adam Johnson si no dijese en esta reseña que en sus textos también nos enseña a mirar con indulgencia el tiempo presente. En sus relatos deja una ventana abierta para que las segundas oportunidades lleguen también a la vida de sus personajes. Y, por ende, a la vida del lector. Aunque estas segundas oportunidades vengan disfrazadas de las formas más inverosímiles posibles. Léase un algoritmo que combina videos y textos colgados en la red para crear una especie de confesor. Léase una eyaculación sobre un jardín de rosas.

George Orwell fue amigo mío se ha convertido en uno de mis libros de 2017 y estoy seguro de que dará que hablar en los meses venideros cuando allá por diciembre estemos hablando de las mejores lecturas del año. Pero que esta predicción no te lleve a error alguno, esta colección de relatos tiene peso suficiente como para no quedarse encorsetada en un tiempo concreto, porque sentirse solo no es una moda pasajera.

 

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¿Qué pasaría si…?, de Randall Munroe

qué pasaría si

qué pasaría siDice el refrán que la curiosidad mató al gato. Tal vez la causa de la muerte del pobre felino fue una simple caja de cartón. Una que, para sorpresa de éste, halló cuando menos esperaba. Y ya se sabe, las cajas son el huevo Kinder de los gatos: desean llegar hasta su interior a toda costa, para luego, una vez dentro, descubrir que tampoco era para tanto; y así una y otra vez. Conjeturemos dejando de lado la lógica; abracemos la hilaridad de lo absurdo. Pongamos que ese gato, antes de actuar, se hiciera la siguiente pregunta: ¿Qué pasaría si me meto dentro de esa maravillosa estructura que tiene pinta de ser muy confortable por dentro? Sí, quizá esa fue la pregunta. Parecida debió ser la que se plantearon esos tres homínidos en Sudáfrica hace 700.000 años  al descubrir un incendio en el bosque provocado por un rayo: ¿Qué pasaría si utilizáramos esa luz que está devorando los árboles para cocinar lo que cazamos? Pues que absorberíamos mejor las propiedades de la carne, contestaría el segundo. Yo tenía en mente dejar de beberme el café frío por las mañanas, añadiría un tercero. Bien visto. ¿Qué pasaría si te cuelgo bocabajo de la Gran Muralla? Es con seguridad la pregunta que motivó a algún ingeniero chino de la antigüedad para inventar el papel higiénico y salvaguardar su propia vida del carácter avinagrado de su emperador. Tras limpiarse el culo con aquel sedoso papel, que además dejaba perfumado su real trasero, tal vez acabara con su irritación; y con su mal humor también. Lo que es un hecho es que el afán de saber, siempre ha empezado con una pregunta. Y en algunos casos ha terminado con la materialización de inventos o descubrimientos que han cambiado el curso de la historia. El libro que hoy nos ocupa no cambiará la historia (creo) ni hará que aparezcan nuevos inventos revolucionarios (quién sabe). El libro del que hablaré hoy simplemente responde a las más enfermizas inquietudes de algunas personas con demasiado tiempo libre. Y todas esas desconcertantes inquietudes empiezan con la misma pregunta, que a su vez da nombre al libro: ¿Qué pasaría si…?

¿Qué pasaría si…? de Randall Munroe es un libro de divulgación científica. Cuando se piensa en libros de este género más de uno se siente como aquel gato escaldado que del agua fría huía (estoy bastante fino hoy con los refranes con gatos de protagonista). Malas experiencias con libros muy enrevesados y jerga compleja pueden conseguir que te pierdas esos en los que el autor se ha dejado la piel para captar la atención del lector y hacer de su viaje por la ciencia un paseo ameno. Qué digo ameno, ¡divertido! Una breve historia de casi todo o La cuchara menguante son dos grandes ejemplos. Pero lo que diferencia ¿Qué pasaría sí…? de cualquier otro libro de divulgación científica es su tono humorístico, que la mayoría de veces ya viene dado por la pregunta inicial.

¿Qué pasaría si golpeases una pelota de béisbol lanzada al 90 por 100 de la velocidad de la luz? ¿Cuánta energía puede generar Yoda con la fuerza? ¿A qué velocidad puedes pasar conduciendo sobre un badén y sobrevivir? Esto quizá sea un poco escabroso, pero… si el ADN de alguien despareciera de repente, ¿cuánto duraría esa persona? Estas son solo cuatro preguntas, de las más de cincuenta que recoge el libro. Preguntas que en algunos casos ya fueron realizadas en la web del autor. Y es que este libro es el resultado del éxito cosechado por la web xkcd, en la que Randall Munroe, que fue físico de la NASA, se entretiene en contestar la mayoría de paranoias absurdas que le envían sus seguidores. A pesar de ser un libro con toques de humor, el autor se lo toma con bastante seriedad a la hora de elaborar una respuesta. Así pues, y tras hacer caso omiso a algunas leyes de la naturaleza que son inviolables, planteándonos escenarios imposibles que casan más con la ciencia ficción que con la realidad, el autor intentará sacar algo en claro haciendo uso de sus conocimientos científicos. En algunos casos incluso se servirá de la ayuda prestada por otros expertos como genetistas, especialistas en virus o radiación, o incluso profesionales del mundo armamentístico.

Albert Einstein dijo una vez que “no entiendes realmente algo hasta que eres capaz de explicárselo a tu abuela”. En ¿Qué pasaría si…? el lector es la abuela. Randall Munroe se vale de un lenguaje sencillo, obviando en muchos casos jerga científica y buscando símiles más comprensibles para hacer llegar el mensaje al público más neófito. Es casi como si un amigo graciosete te explicará una anécdota mientras bebéis cervezas hasta coger una buena cogorza. Si bien es cierto que hay fórmulas matemáticas, ecuaciones y algunas aclaraciones a pie de página que le dan ese punto atractivo para aquellos que, sin ser eminentes figuras de la ciencia, ya se mueven como pez en el agua por estos lares. Pero Randall Munroe no cree que sea suficiente que la respuesta aparezca en lenguaje escrito, así que añade monigotes a diestro y siniestro. En el mejor de los casos éstos sirven de apoyo o ejemplo de sus hipótesis; en otros dan un toque de humor que te harán sonreír. Para mi gusto, con la mitad de los chistes gráficos (pues en algunos casos lastran el ritmo) el libro sería aún mucho más fluido de lo que es.

En resumen, ¿Qué pasaría si…? es un libro de divulgación científica único en su especie. Mezcla con acierto humor y ciencia, desarrollando hipótesis rocambolescas mediante razonamientos coherentes; todo fruto de lo absurdo y la curiosidad. Esa misma curiosidad que mató al gato. Aunque nuestro gato del principio, tras meterse dentro de la caja, descubrió que formaba parte de un complejo experimento: El gato de Schrödinger. Conque, por esta vez, la muerte del gato tenía más que ver con nuestra curiosidad que con la suya.

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Caída libre, de Nina Sadowsky

caída-libreCaída libre es una de esas novelas de corte policíaco y criminal que se publican de refilón, en edición de bolsillo, sin grandes campañas de marketing que las avalen y las conviertan en “el thriller del año” (incluso estando a principios de año, como a veces sucede… Cosas de la mercadotecnia). Esto tiene su lado bueno, y es que se leen por genuina curiosidad, no por haber sido inducidos por la publicidad y las comparaciones con los fenómenos editoriales de otros años; y, al ser así, normalmente se han elegido por iniciativa propia, sin que nadie nos haya convencido de ello. Pero la ventaja más importante que ofrece esta discreción a la hora de aterrizar en las estanterías reales o virtuales de las librerías es que no existe ninguna expectativa hipertrofiada que nos haga esperar encontrarnos con el libro de nuestra vida.

(Bueno, en las recomendaciones que, siguiendo un estilo importado de EEUU, se suelen incluir ahora en las primeras páginas del libro, sí que se hace referencia a una comparación que al parecer hizo Booklist entre Caída libre y las consabidas Perdida y La chica del tren, pero no creemos que la opinión de Booklist haya llegado a muchos lectores de fuera de aquel país.)

Antes de seguir, una recomendación: absténganse de leer el resumen de la contraportada, en la que se desvela información que el lector no encontrará en la novela hasta bien avanzada la narración.

Caída libre participa de la nueva moda de novela híbrida e intergenérica. Esta, en concreto, puede inscribirse por igual en el género criminal y en el romántico con chispazos de erotismo light (o no light, según se mire, pero les aseguramos que no van a encontrarse con escenas que hagan enrojecer a ningún lector de novela contemporánea), bastante normalizado este último gracias a sagas narrativas bastante conocidas, aunque sea de oídas. La protagonista es Ellie, una hermosa rubia metida en graves aprietos, por decirlo suavemente, y el primer capítulo nos desvelará la magnitud de su problema (un primer capítulo muy bien escrito, con la información muy bien medida y suministrada y pequeñas dosis de humor negro). A partir de aquí, la narración alterna entre dos tiempos, el presente y diversos momentos del pasado, que no necesariamente se nos presentan en orden cronológico, aunque no resulta nada difícil situar cada escena en su lugar de la secuencia temporal.

A medida que vamos leyendo Caída libre, iremos conociendo la historia de Ellie y de su marido, Rob; del pasado de cada uno, sus relaciones con sus padres y otras personas cercanas o que tuvieron un papel decisivo en sus vidas; de cómo se conocieron y se enamoraron. También iremos sabiendo más sobre el origen de sus problemas y de cómo se vieron metidos en su indeseable situación actual, en la que interviene de lleno el elemento criminal. Su devenir nos llevará a un enclave paradisíaco, la isla de Santa Lucía, donde una serie de crímenes amenazan con desatar un infierno.

Caída libre nos presenta, además, una subtrama, también policíaca, en forma de caso a cargo del policía isleño Lucien Broussard, personaje especialmente entrañable y bien dibujado por la autora, quien lo dota de una encomiable humanidad y de gran persistencia en su trabajo detectivesco, en ocasiones especialmente duro.

Nos encontramos ante una novela que se delata como primera de su autora, Nina Sadowsky, quien no carece, sin embargo, de experiencia como escritora, más concretamente como guionista. Desconozco el producto de esta última faceta de ella; como escritora de novelas, hay que decir que consigue un relato de lectura fácil y amena, bastante ortodoxamente ajustada a los cánones de los géneros en los que participa. Al no ser yo aficionada a la novela romántica, no tengo suficientes elementos de juicio para esta parte de su narración, pero sí debo decir que la relación entre Rob y Ellie me parece, cuando menos, tan creíble como otra cualesquiera de la narrativa contemporánea del subgénero best seller; ahora bien, muchas de las escenas son simplemente adorno o, dicho más crudamente, relleno; al corresponderse exactamente con varios de los capítulos dedicados a flashbacks, estos capítulos son directamente prescindibles y pueden leerse, si se quiere, como subtrama romántico-erótica, aunque no aporten nada a la trama principal.

Decíamos que esta primera novela se manifiesta claramente como tal por cierta inocencia de la autora al escribirla, al hilvanar las distintas secuencias de la trama y al elegir para aquéllas algunas formas de resolución que pueden parecer algo abruptas, e inesperadas, no porque la autora las hubiera concebido así por exigencias de la trama, sino por ausencia de otros recursos que habrían proporcionado un efecto más medido, más pausado. Sorprende y desconcierta la multitud de cabos sueltos que quedan al final de la lectura –nos quedamos con la sensación de que había mucho potencial en determinados personajes secundarios y en su relación con Rob o con Ellie, apenas insinuada o bien despachada con un par de párrafos y que contenían el germen desaprovechado de una historia menos policíaca, pero sin duda más cercana, más pausada, con mayor misterio humano, en ocasiones freudiano, si se quiere. Ojalá Nina Sadowsky opte en futuras novelas por explotar más esa veta de intriga psicológica, pues cualidades ya apunta en esta novela.

Entre los rasgos más originales y más atractivos de Caída libre se encuentran la presencia de personajes semiprotagonistas de raza negra, siendo éstos los motores y solucionadores de la acción o bien las víctimas inocentes a quienes hay que hacer justicia, en lugar de ser meros figurantes sin arte ni parte real en la trama, o bien los consabidos villanos, algo a lo que nos tienen acostumbrados ciertos productos de cine y televisión; e incluso, por otro lado, lo que lamentábamos en párrafos anteriores como punto flaco puede verse también como rasgo original, a saber, la imprevisibilidad total en cuanto a qué personajes van a salir bien parados y cuáles van a perecer bajo la pluma de la autora, siendo así que personajes a los que Sadowsky se preocupa por dotar de cierta personalidad son fríamente despachados al cabo de unas páginas más, de forma más bien sorprendente, al menos para esta lectora.

Caída libre es una novela que, amparándose en la coartada de producto de género, revela una encomiable aspiración a superarlo y a proporcionar al lector una excusa para reflexionar sobre la búsqueda de referencias y asideros familiares y sentimentales que mueve a cada persona, por endurecida y zarandeada que haya sido por la vida y por frío que parezca su corazón. Se queda a medias de su objetivo, pero eso sí, ofrece una narración de pocas complicaciones, alguna que otra agradable osadía, y muestras de un potencial creativo que hace augurar buenas futuras novelas.

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¡Estás fatal!, de Monstruo Espagueti

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¡Estás fatal!Definida como “una treintañera aparentemente naif pero con muy mala leche”, esta licenciada en Publicidad llamada Anastasia Bengoechea, se esconde detrás de su alter ego Monstruo Espagueti. Seguro que habéis oído hablar de ella, o al menos de Monstruo Espagueti. Es una de estas chicas cuyos dibujos se han convertido en todo un fenómeno en Internet. Fijo que os habéis topado con algunas de sus ilustraciones por los mares de Internet y es que Monstruo Espagueti cuenta con más de 60.000 seguidores en Instagram y 35.000 en Facebook. Casi nada.

Monstruo Espagueti comenzó con un Tumblr donde escribía sobre sus dudas existenciales mientras vivía en Londres. Siguiendo el consejo de un amigo, decidió ilustrar sus reflexiones y así fue como llegó el éxito. Hoy en día, participa de manera habitual en Tentaciones de El País y Vein Magazine. También es una de las responsables de Chicas Internet un proyecto que promueve el arte femenino más underground. Un culo inquieto, esta monstruo.

Yo la conocía principalmente por Internet. Había visto sus ilustraciones en varios sitios y su nombre, tan original, me llamaba mucho la atención. Ni siquiera sabía al principio quién se escondía detrás de ese alter ego tan freak. Pero, además de lo singular de su nombre, sus dibujos me hacían reír. Monstruo Espagueti tiene un humor muy ácido y desprende sinceridad por los cuatro costados. ¡Estás fatal! reúne en sus páginas una selección de sus famosas viñetas y lo cierto es que ha resultado ser un libro muy divertido. El punto fuerte de Monstruo Espagueti es que, a través de sus dibujos tan sinceros logra hacernos cómplices de sus dudas, gilipolleces e inseguridades. Porque, queridos, tengo que admitir que  me he sentido bastante identificada con muchas de sus viñetas y reflexiones. A todos nos ocurren las mismas desgracias y situaciones en nuestro día a día, pero esta chica sabe bien como plasmarlas en sus dibujos. E identificarse con alguien/algo a través del humor es una de las mejores terapias posibles, ¿no os lo parece?

Venga, que levante la mano quien se sienta identificado con esta carta a nuestro yo del futuro cuando teníamos catorce años:

“Hola, soy tu yo del futuro. Métete en una cueva y no salgas NUNCA. PD.: Y deja de comerte una caja de donettes diaria. Saludos”.

De haberlo sabido la mayoría de nosotros nos hubiésemos quedado una temporada más en esa cueva. Eso sí, lo de los donettes es discutible.

Entre las secciones del libro encontramos apartados con ilustraciones tan diversos como Cosas que buscas en un novio, Tu nevera, Los ruidos que más odias, Cosas que te dijeron que te quedarían bien, Cosas que dices en una fiesta, Los libros que podrías escribir o Cosas por las que das las gracias. Todas ellas, obviamente, envueltas en ese halo de frikismo absoluto, desgracia, ironía y un humor muy fino que nos atrapa.

El apartado final se titula Poesías y, ejem ejem, aquí Monstruo Espagueti saca a relucir su vena más poética deleitándonos con unos versos y unos poemas tan sugerentes, a la atura de Garcilaso, como:

“Esta cita ha sido fuego,

una pasión muy caliente.

Pero no se va de casa,

¡Y no puedo cagar con gente!”.

Me emociono, ¿vosotros también?

¡Estás fatal! es un libro para pasar un rato divertido. Un libro que se puede leer de un tirón o volver a él de vez en cuando. La risa está garantizada, porque, admítelo, tú también eres un puto desastre y también estás fatal. No pasa nada, las penas con humor son menos.

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En busca de la paz, de Osho

 

en-busca-de-la-pazOsho es una de esas personas que no dejan indiferente. Un somero vistazo a la web nos revelará que tiene tantos seguidores acérrimos, aun décadas después de su muerte, como vehementes detractores. Siguiendo un consejo del propio Osho, no tenemos por qué decantarnos –aunque el ser humano tenga la costumbre, o mejor, el hábito, de formarse inmediatamente una opinión acerca de cualquier cosa–; lo mejor que podemos hacer, si el personaje suscita nuestra curiosidad y queremos saber a qué viene su fama y su influencia, es leer uno de los muchos libros basados en las charlas, jornadas, lecciones y encuentros que lideró y mantuvo con seguidores, puesto que el propio Osho no dejó escrito ningún libro.

Con los libros de Osho sucede una cosa curiosa, y es que, aunque todos vengan a decir exactamente lo mismo, cada uno de ellos se lee como si fuera totalmente distinto y original, y conserva la frescura de un mensaje nuevo. Quizá ello se deba a que, tanto en su momento como ahora, la sociedad occidental está necesitada y hambrienta de leves toques de atención, de señales en el camino que la ayuden a reconducir su atención hacia lo esencial, en lugar de hacia lo accidental, como hacemos por defecto. Tomemos como ejemplo este En busca de la paz que hoy nos ocupa.

Fundamentalmente, lo que en él encontraremos no difiere mucho de lo que leímos en Confianza, o en Intuición, o en aquel Vivir peligrosamente que comentábamos no hace tanto tiempo; pero nos gusta volver a leerlo con otras palabras, nos gusta encontrarnos con los pequeños chistes y las anécdotas a los que tan aficionado era Osho, nos sentimos bien sintiéndonos orientados y guiados; por supuesto, también nos agrada –y forma parte inseparable del lote, como sabe cualquiera que ha leído a Osho– la impertinencia del personaje, su carácter contradictorio, sus boutades, sus frases aparentemente absurdas, su forma de invitarnos a verlo todo del revés, quizás para darnos cuenta, al final y a la postre, de que ni nosotros, con nuestra visión convencional de las cosas, tenemos toda la razón, ni lo que él predica es tan ilógico; pero también de que, por otro lado, quizá esté bien leer sus charlas con el espíritu crítico activado y negarnos a creer todo lo que nos dice. Porque escuchar a Osho es también aceptar la premisa de que no debemos dar por bueno ni por cierto nada de lo que él afirma; como él mismo aconseja en este libro, no debemos inclinarnos ante él, ni tocar sus pies como si fuera un ser superior, divino e infalible; escuchar a Osho nos hace darnos cuenta –y quizá no sea ésta la menor de sus enseñanzas– de que también él es profundamente humano, de que a veces nos cae mal, de que puede parecernos que no está diciendo más que tonterías, pero que en sus palabras hay una verdad que resuena dentro de nosotros, que conecta con nuestra intuición y nos hace sentir como nos sentimos en presencia de lo verdadero y de lo auténtico.

Tengo los ojos abiertos, observo y luego decido lo que me parece mejor. Y  no me comprometo con nadie. Cuando algo me parece mal, lo digo. Y no me comprometo con nadie. No me gustaría que os vieseis atrapados por alguna secta o por algún “ismo”. También se podría crear una secta alrededor de mí; también podría haber campamentos y cultos alrededor a mí. Hay algunos amigos que empiezan a creer que son mis discípulos; pero se equivocan. Yo no tengo discípulos ni quiero tenerlos, porque ese tipo de relación al final se convierte en otra secta, y eso significa que e has atado a mí. Quiero que el hombre sea completamente libre.

¿Hay alguien, simpatizante o no de Osho-Rajneesh, la figura pública, religiosa y mediática, o el hombre detrás de esa figura, que pueda estar en desacuerdo con esa declaración? Pero, ¿cómo ser un conocido líder, de gran influencia, y prohibir a la gente que te escucha que se conviertan en tus seguidores? Una buena forma de hacerlo es desafiar constantemente su coherencia, moviendo el suelo bajo sus pies, empujándolos en una dirección y en la contraria, de modo que al final lleguen a la única conclusión posible: las palabras, las frases, los discursos, incluso las oraciones, tienen un valor relativo, instrumental; tan sólo señalan el camino, pero no debemos confundirlos nunca con el objetivo final. Y lo mismo se puede aplicar a aquel que dice esas palabras y esas oraciones. Mucho de ello nos recuerda Osho en En busca de la paz; este libro no nos enseña dónde está esa paz tan elusiva para el ser humano, a la par que tan necesaria, pero, tras leerlo, quizá nos sintamos un poco más cerca de ella.

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Richard Matheson: El maestro de la paranoia, de Sergi Grau

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Hay algunos autores que conocemos de una manera casi inconsciente, en segundo plano, escribiendo historias sin cesar, alejados de los focos y de la fama. Autores que todo el mundo conoce pero que nadie sabe que conoce. Sus nombres suelen sonarnos, pero a menudo nos cuesta ponerle cara o asociar la obra. Nos cuesta visualizar la portada del libro o de la película. Estos autores son, en parte, un pilar fundamental de nuestro bagaje cultural personal e incluso algunos han llegado a dar forma a nuestras primeras filias y fobias literarias. No podríamos entender nuestras tendencias culturales sin su influencia, pero al mismo tiempo son grandes desconocidos y no somos conscientes de la gravitas que nos ha generado dicho autor hasta que volvemos a ponernos delante de su obra.
El hecho que una obra como esta haya llegado a ver la luz, no hace sino hablar maravillas de una editorial como Gigamesh, responsable de esta fantástica apuesta editorial. Este volumen, un interesante ensayo en torno a la figura de uno de los últimos genios de la narrativa de terror y fantástica, es el primero escrito en lengua castellana dedicado a analizar la obra literaria, guiones para cine y televisión, y diversas adaptaciones para ambos medios que ha conocido la admirable producción literaria de este gran escritor norteamericano. Nos estamos refiriendo al volumen correspondiente a la colección “Miscelánea” titulado: Richard Matheson: El maestro de la paranoia.

Coordinada de maravilla por Sergi Grau, pero participada y escrita por trece autores más, Gigamesh encuentra la manera de resumir y analizar la vida y la obra de un autor a todas luces inabarcable. En la narración hay fragmentos más y menos literarios, y con más o menos peso de la literatura o el cine, pero el resultado final es la constatación de que Richard Matheson es un autor cuya preeminencia nunca ha sido justamente reconocida en nuestro país. Es triste reconocer que tras su muerte, el 23 de junio de 2013, no se produjo ninguna muestra particular de pesar entre los lectores españoles, de la misma manera que sucedía un año antes con Ray Bradbury cuya desaparición pasó prácticamente desapercibida para la corriente literaria y cultural mayoritaria de este país.

Matheson fue un escritor multidisciplinar. Manejaba a su antojo el relato, la novela y el guion de cine. Colaboraciones con el mismísimo Roger Corman, guiones para En los límites de la realidad (The Twilight Zone 1959-1964), relato y guion para El diablo sobre ruedas (Duel, 1971) de Steven Spielberg… En definitiva, un mundo, como decíamos, inabarcable en el que sus verdaderas obras maestras están representadas por sus textos en forma de relato corto.
Oculto bajo una clave fantástica, Matheson representaba el paradigma de la crónica de la soledad cotidiana. La de Robert Neville, la del hombre menguante, la del tipo que ve algo raro a través de la ventanilla del avión. También en la obra de Matheson existe cierta semejanza con Ira Levin, cuya obra rezumaba también soledad cotidiana (soledad doméstica, eso sí) en obras como “La semilla del Diablo”.
Esta soledad, este costumbrismo del que después bebió Stephen King, relata de un modo descarnado situaciones habituales de la américa de los setenta.

“Cuando eres niño y quieres comprarte un helado es muy triste tener que esperar a que pase el camión, aunque el niño lo considere normal porque no ha conocido otra cosa. Cuando a un ser humano le están jodiendo la vida y no acaba de identificar el origen de su desgracia, muchas veces ni siquiera puede reconocer que es infeliz, y acaba por volverse loco”.

El hecho de que Richard Matheson trabajara escribiendo sus obras a lápiz y papel, sin ayudas de ninguna máquina de escribir u ordenadores en sus últimos años, acrecienta la sensación de abandono por parte de la comunidad lectora al ver la enorme cantidad de obras reseñables que dejó tras de sí el autor norteamericano. Matheson fue por encima de todo un escritor en su máxima expresión, un ser humano nacido para escribir, a quien le traían sin cuidado las circunstancias que le rodeaban.
En Richard Matheson: El maestro de la paranoia, Sergi Grau coordina una sesión de psicoanálisis en tercera persona. Desnuda el alma de Matheson a través de su obra y nos explica que seguramente fue su carácter paranoico el principal estímulo creativo que tuvo. Un estímulo creativo que le acompañó a lo largo de su vida, dejando tras de sí un reguero de obras maestras que todos conocemos aún sin saber que están dentro de nuestro subconsciente. En definitiva, si queréis saber un poco más porqué os gusta lo que os gusta y porqué Matheson es tan importante para todos nosotros, este es un libro que debe estar en vuestra estantería. No lo dejéis pasar.

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Viaje esencial, de Alejandro Jodorowsky

Viaje esencial

Viaje esencialDice en el epílogo del libro Antonio Bertoli, amigo de Jodorowsky y uno de los máximos exponentes del estudio de la psicogenealogía en Italia, que este Viaje esencial es el «canto que nos reconecta con la verdadera salvación, la última liberación, el definitivo rescate: el viaje esencial que todos tenemos que emprender dentro de nosotros mismos para recuperar el sentido original – esencial – que la familia, la sociedad, la cultura y las religiones han oscurecido y ocultado.» Si hace cosa de un año, Siruela nos trajo a Jodorowsky en forma de cuentos con La vida es un cuento, ahora es la poesía – o como a él le gusta llamarla: “poesofía” – la forma a partir de la cual ser enseñados por este artista multidisciplinar sin años, sin patria y sin cadenas.

¿Qué es entonces esta “poesofía”? Como todo lo que envuelve su arte: la indagación en uno mismo del sentido de la vida a través de distintas formas, pero en este caso partiendo de la poesía. Jodorowsky puede llevarnos a la meditación con una película, un libro, una entrevista o un taller de los que suele ofrecer alrededor del mundo. Sabedor de que a partir del arte es posible aprenderse, no hay variedad ni técnica que se le escape a un hombre que ronda los 90 años y que parece no querer morir nunca. Dicen que no te mueres mientras tienes proyectos en mente y Jodorowsky es un continuo maquinar de planes. Si hace unos meses presentaba en el Festival de Cannes su última película – Poesía sin fin – ahora se lanza con este nuevo título que suma a una larga lista de ‘bestsellers’ con su firma. Y no solo eso, porque le podemos ver cada día delante de un lienzo con el pincel en la mano o elaborando cómics o preparando su próxima película o dando conferencias o leyendo el Tarot en una cafetería de París. La hiperactividad de Jodorowsky es la balanza que compensa la profunda meditación a la que llevan sus obras.

En Viaje esencial, nos encontramos con cuatro partes – ‘Piedras’, ‘Entre piedras y nubes’, ‘Nubes’ y ‘A la sombra del I Ching’ – acompañadas por las ilustraciones de su pareja, la francesa Pascale Montadon-Jodorowsky. El libro empieza con 300 poemas breves al estilo de los haikús en los que, como si se tratara de escrituras sagradas, el narrador se convierte en la voz de uno mismo como guía del espíritu hacia una revelación, ese «definitivo rescate» del que habla Bertoli en el epílogo. Tras estos versos, se nos ofrecen 12 poemas narrativos más extensos con la infancia como protagonista. Y es que como se puede ver en su obra – por ejemplo en La danza de la realidad, tanto libro como película – la infancia es un tema de referencia en Jodorowsky, alguien que ve en el niño el cuerpo todavía sin cicatrizar, la persona todavía sin tropezar. Su infancia fue desgarradora y seguramente por ello supo romperse del todo y salir, crecer más fuerte y decidido a hablar siempre de ello. Este es un ejemplo más. Más adelante, en ‘Nubes’, volvemos a la poesía condensada formada por dos o tres versos que recuerdan a las citas que encontramos en los libros de filosofía zen. Fruto de esa influencia tan marcada del orientalismo y de su experiencia a manos del monje Ejo Takata, Jodorowsky hace alarde de su maestría a la hora de escoger las palabras que golpean en el interior más profundo de uno. Leer estos versos de Jodorowsky es como si de repente sienteses la revelación, sintieses que estás salvado, curado, y te dijeras a ti mismo estas palabras para recordarlas en tu nueva caída. Siempre hay caídas, de eso no podemos dudar, pero por suerte también sabemos que hay formas de suavizarlas: una es leer a Jodorowsky. Por último, y tras otros 300 poemas, el libro acaba con un ejercicio basado en la sabiduría milenaria de El libro de las mutaciones. A partir de combinaciones de lo que se conoce como el método de las tres monedas, el autor nacido en Tocopilla (Chile) ofrece una serie de textos donde la combinación numérica de las tiradas de esas monedas – algo que explica el editor antes de esta última parte – sirve como respuesta a las preguntas que plantean los textos. Parece difícil, porque yo lo he hecho así, pero no lo es. Solo hace falta disfrutar leyendo.

El libro se cierra con el ya comentado epílogo del italiano Antonio Bertoli, quien nos habla de qué es para él esta poesía de Jodorowsky. Habla de la cualidad pedagógica que tiene, de lo esotérico de su contenido, del camino hacia adentro que crea, del continuo juego entre dualidades. Intenta dar sentido a una poesía que busca carecer de él para así, en el vacío, ser llenada por el lector. Vas a tener que trabajar cuando leas Viaje esencial, igual que cuando presencies cualquier cosa que tenga la firma de Jodorowsky. Y no dudes en hacerlo, porque te aseguro que el florecimiento de la semilla que consigue dejar dentro de ti es la mejor forma de despertar, de levantarte, de seguir caminando siendo capaz de disfrutar cada paso.

 

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La mano que te da de comer, de A.J. Rich

la mano que te da de comer

la mano que te da de comerLa mano que te da de comer, nos dice la contraportada, analiza nuestras emociones y debilidades más íntimas, y lanza una cuestión inquietante: ¿conocemos realmente a las personas con quienes compartimos nuestra vida?…

Esto me sirvió para seleccionar entre mis lecturas esta que hoy les presento. También, y para ser honesta, tengo que decirles que si hubiese seguido leyendo esa misma contraportada, cosa que como todos saben casi nunca hago, no creo que hoy estuviese aquí hablándoles de esta historia que, desde luego a ustedes les resultará adictiva e impactante, pero para mí, y tras haber sufrido un terrible accidente en el que se vio implicado un perro, ha sido un terrible sufrimiento y una auténtica pesadilla.

Pero no se dejen llevar por mis fobias particulares, tampoco yo lo haré, La mano que da de comer, está bien escrita, es concisa, pues en menos de trescientas páginas han sido capaces las autoras de cumplir con su objetivo, cosa que naturalmente yo he agradecido, pero para muchos lectores esta será su historia, esa historia que harán que a partir de este momento miren de distinta forma tanto a las personas que les rodean como a los animales que tanto ellos como los demás tiene como mascotas.

Es curiosa esta novela que más allá de la horripilante historia que narra, describe una sociedad que me llama la atención; una sociedad que hace unos años podría resultar rara, hoy no tanto, quizás es ya un reflejo de lo que está pasando en este loco mundo.

Verán, casi todos los que aparecen en la novela viven solos con la exclusiva compañía de sus mascotas. Sin padres, sin hijos…, ni tan siquiera conviven con sus parejas. Me ha resultado extraño, y les hablo de esto y no de mucho más sobre la trama porque comprenderán que en un libro de este tipo cualquier pista podría desanimarles a su lectura. Estos son solo datos colaterales, ya saben, como los daños.

Puedo contarles que la protagonista es una joven llamada Morgan que estudia una especie de Master sobre Victimología. Ella como casi todos, como ya les he dicho, vive con TRES perros en un pequeño apartamento: Un Gran Pirineo y dos Pitbulls. Ella tiene una estupenda historia de amor con un tipo que ha conocido por internet, de ahí que antes les hablase de que refleja bastante bien la sociedad actual. Ya saben, gente que mantiene más relaciones virtuales que reales.

Yo tengo una conocida que ha viajado miles de kilómetros para ir a por los tres perros que tiene en casa, son todos perros adoptados, nadie puede reprocharle nada a eso, es cierto, pero, todos son perros de raza y muy bonitos, supongo que los que habrían en las perreras más cercanas a su casa no le terminaban de encajar o combinar con su “estilo” personal.

Hay un par de cosas sobre este libro que no puedo dejar de contarles, en primer lugar que A. J. Rich es el seudónimo que han utilizado el tándem de escritoras, y autoras de este Picotrhiller, Amy Hempel, una escritora neoyorquina muy reconocida y Jill Ciment, también escritora y que en la actualidad es profesora en la Universidad de Florida. He de decirles que no se nota en ningún momento que sean personas distintas quienes han realizado la narración. Pero verán hay algo más que es interesante conocer, estas dos autoras son amigas y a su vez eran amigas de la también escritora Katherine Sussell Rich (ahora ya ven de donde sale el nombre elegido A.J. Rich) pero hay más, ¡claro que hay más!

Katherine descubrió algo alarmante sobre el hombre del que se había enamorado, algo realmente parecido a lo que le pasa a nuestra protagonista. Pero ella tuvo la suerte que no tienen muchas mujeres y rompió de inmediato esa relación. Intentó escribir sobre ello pero nunca logró pasar del capítulo primero. Un tema que habló con sus dos amigas, de la misma manera que compartió con ellas el cáncer de mama que le diagnosticaron ya con 24 años y del que finalmente falleció con 56, un asunto del que nos habla en su libro de memorias titulado The red devil.

En el libro todo es coherente, todo encaja, y tras conocer la relación de las tres mujeres, estas tres autoras en definitiva de la novela, encaja todavía más, pues la propia protagonista hace una alusión a su amiga Kathy, a la que echa de menos para poder compartir con ella sus problemas, pues había fallecido de cáncer de mama.

No sabía que me depararía esta lectura, pero en cualquier caso es una novela moderna, con problemas modernos y una forma de vida que me parece cada vez más tristemente común.

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Así era Lev Tolstói (I), de Selma Ancira

Así era Lev Tolstói (I)

Así era Lev Tolstói (I)Cuando tuve noticia de la publicación de un libro titulado Así era Lev Tolstói, en Acantilado y de Selma Ancira, por supuesto lo pedí inmediatamente pero me hice una idea equivocada. Por alguna razón, probablemente la ilusión que me hacía pensarlo, supuse que era la propia Selma Ancira la que por una vez iba a regalarnos su propia voz en lugar de aplicar su sensibilidad y su talento a traducir la de otros. La idea que leer a aquella a través de cuyos ojos he disfrutado de una parte muy importante de mis libros de cabecera se me antojaba el mayor de los acontecimientos literarios posibles. Y lo es, pero no como imaginaba. Quiero decir que no se trata de Selma Ancira hablando de Lev Tolstói sino que traduce textos de personas que lo conocieron y plasmaron por escrito y de primera mano sus impresiones. Igualmente es un acontecimiento y un verdadero regalo para los tolstoianos del mundo, pero lo magnífico de la lectura no logra que se me vaya de la cabeza esa idea inicial equivocada pero ilusionante. Ojalá algún día podamos disfrutar de un libro como ese por ahora imaginado. Una vez lanzado el guante, mientras tanto es una fortuna poder disfrutar de este pequeño tesoro y de ese “(I)” del título que permite soñar nuevas entregas.
Esta primera entrega de Así era Lev Tolstói permite conocer las impresiones que causó el escritor en tres personas bien diferentes, Serguei Petróvich Arbúzov, un sirviente de Yásnaia Poliana que acompañó a Tolstói en su viaje al monasterio de Óptina Pustyn, Piotr Ilich Chaikovski, quien en una breve entrada en su diario plasmó sus impresiones de una entrevista con el escritor, y George Kennan, escritor estadounidense que lo visitó en Yásnaia Poliana tras pasar una temporada conociendo las condiciones de vida de los presos en los campos de trabajo zaristas de Siberia.
Probablemente, dada la dimensión que tuvo Tolstói en vida, haya cientos o miles de documentos por el estilo. Su casa familiar, de la que su familia se quejaba de que era “una casa de cristal”, según las memorias de su hija Tatiana, dada la falta de intimidad que suponía que el conde recibiera a todo aquel que tuviera a bien acercarse hasta allí para conocerlo y la máxima que el cabeza de familia imponía a todos ellos: “que nadie abandone este lugar sin consuelo”. La presente selección se me antoja sabia, porque combina tres visiones extraordinariamente diferentes (un ruso humilde, otro de clase alta y un extranjero) pero los tres igualmente rendidos a la personalidad y la mística del personaje. Aun desde la discrepancia ideológica como en el caso del escritor estadounidense.
El primero de los textos, un relato de la peregrinación de Tolstói a Óptina Pustyn que bien podría leerse como un cuento, es una verdadera delicia. Nos permite encontrarnos con el Tolstói que imaginamos, nos permite acompañarle en su viaje y recorrer verstas, beber té de un samovar y alojarnos en isbas, algo que tantas y tantas veces hemos hecho en las letras del propio Tolstói y de tantos otros, sólo que en una compañía francamente inmejorable. Nos permite además ver al escritor con los ojos de un humilde sirviente que bien podría haber sido uno de sus personajes. En pocas palabras, como experiencia literaria este texto de apertura de Así era Lev Tolstói es un regalo que se mantiene abierto cuando el libro que lo contiene se cierra.
La breve reseña de Chaikovski es muy ilustrativa de la dimensión que alcanzó la figura de Tolstói en la sociedad de su época, su capacidad para hacerse un hueco en tantas las conciencias como corazones, además de suponer un documento histórico de indudable relevancia por tratarse de la confluencia de dos talentos intemporales.
Y ahora viene la parte difícil de explicar. El texto de George Kennan es muy poco ruso en lo que al estilo se refiere, su mirada es diferente y por ello enriquecedora especialmente en tanto que discrepante. Sin embargo obliga a un esfuerzo inesperado, aunque sin duda beneficioso, ya que sus profundas discrepancias se expresan de un modo un tanto irritante. Entiéndanme bien, sus discrepancias están justificadas y aunque la figura de Tolstói tenga una relevancia en la literatura y el pensamiento infinitamente superiores a la de Kennan, es indudable que el tiempo se empeña en darle la razón al segundo en tanto a la inaplicabilidad de las ideas del primero. Por mucho que uno simpatice con las ideas de no violencia y de no resistencia violenta al mal que tan brillantemente expuso Tolstói, es indudable que el mundo no se mueve hoy día por ellas como tampoco lo hizo en vida del escritor. El punto de vista de Kennan es eminentemente práctico, muy estadounidense, y el relato de su conversación es muy extenso y detallado. Profundamente interesante. Pero obliga al lector, y aunque parezca lo contrario lo asumo como un acierto, a hacer el esfuerzo intelectual de reflexionar sobre lo que dice en lugar de irritarse porque califique a Tolstói de infantil, aunque lo haga desde el más profundo respeto. Uno podría discutir, podría acusarle de paternalismo o incluso de arrogante, pero sería absurdo por dos motivos, uno que lo que dice es difícilmente discutible (aunque no necesariamente por ello le quite razón a los argumentos de Tolstói) y otro porque sería profundamente contradictorio: defender a Tolstói desde la irritación es discutirle en la práctica.
Por otro lado, incluso desde su reparo a la aplicabilidad de las ideas de Tolstói, Kennan expresa no sólo su respeto sino también su admiración ante la sinceridad de sus ideas y la bondad de su interlocutor. Como les decía es un texto sumamente enriquecedor y a poco interesados que estén en la figura de Tolstói les recomendaría que no se lo perdieran.
Así era Lev Tolstói no es sólo un retrato de uno de los mejores escritores de la historia ni de un relevante pensador, la sabia combinación de puntos de vista logra que además de eso sea un acercamiento a la persona que había detrás del personaje y por eso, por todo ello, es un documento intelectual y emocionalmente imprescindible para quienes nos interesamos por su figura.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Las distancias suplentes, de José Nieto Jiménez

Las distancias suplentes

Las distancias suplentesHoy toca un poco de poesía. Ya sabéis que entre mis lecturas mensuales trato de intercalar varios géneros y siempre suelo leer un par de poemarios. Es reconfortante volver a la poesía, una y otra vez. A mí la buena poesía me alegra el alma, qué queréis que os diga.

Las distancias suplentes ha sido uno de los poemarios que he leído últimamente. El título me llamó mucho la atención, no sé muy bien por qué, pero me parece un buen título para un poemario. Además, mi intuición me dijo que, a pesar de no conocer al autor, este libro iba a gustarme. Y si no me hago caso yo a mí misma, quién me lo va a hacer, ¿eh?

José Nieto Jiménez (1988), el autor y poeta, es maestro de Primaria. Gran apasionado de las letras, ha llevado a cabo varios proyectos literarios: dirige, junto con Daniel Martínez Romero, la revista poética Anonimato y, además de publicar sus poemas en diversas revistas, también ha organizado varios recitales poéticos en Sevilla, su ciudad natal. Con Las distancias suplentes José Nieto Jiménez se ha lanzado a la piscina literaria por primera vez y ya os digo que se mueve como pez en el agua. Aquí no va a haber naufragios.

Las distancias suplentes está divido en tres partes: Ciudades distantes, Lugares de verano y Postales de los otros lugares. Aunque a mí me parece un todo bastante coral, la verdad es que no aprecio (o no entiendo) bien estas secciones dentro del poemario. Pero ya se sabe, esto de la poesía es siempre tan subjetivo que sus razones tendrá el autor para ello. Eso sí, si en las dos primeras partes encontramos poemas en verso libre, en Postales de los otros lugares el poeta nos presenta unos poemas que se asemejan más a la prosa poética (modalidad que, por cierto, me gusta mucho).

En cuanto al estilo, tengo que decir que estoy satisfecha con mi intuición. Es lo que me esperaba y quizá, mucho más. No hay duda de que José Nieto Jiménez es poeta, uno de los auténticos. También se intuye a través de sus versos que es un gran lector de poesía, pues sus versos destilan una sabiduría y unas influencias que solo se adquieren leyendo. Tienden a la nostalgia sus poemas y yo soy una acérrima defensora de este sentimiento. Me han conmovido y embaucado algunos de ellos, como por ejemplo estos versos:

“Créeme, yo no elijo los agujeros negros

ni hibernar tras un trópico de abrazos

así como tampoco contemplar en mis ojos que

hay mujeres que siempre están de viaje.

El silencio a veces es más frio tras el dolor seco de

[las hélices distantes

porque uno no ha elegido callarse,

pero tampoco

ha elegido soltar palabras atropelladas por la masa

[de la

sangre.

No sé, es complicado –estar en lo correcto es fácil.

[lo llaman

el principio de parsimonia-. (…)”

Lo cierto es que me sorprende que Las distancias suplentes sea el primer poemario de este autor e incluso que el poeta sea tan joven. Os prometo que estamos ante una poesía madura, con una consciencia poética apabullante y que no deja indiferente. Estoy segura de que vendrán más poemarios de José Nieto Jiménez y yo estaré deseando leerlos.

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El pueblo durmiente, de Rébecca Dautremer

El pueblo durmiente

El pueblo durmienteSiempre he creído que los libros ilustrados eran para los coleccionistas, para los adictos a las ediciones muy elaboradas y cuidadas hasta el último detalle. Ahora me doy cuenta de que quizás no sea así. Es un privilegio poder leer un libro de un profesional que es artista y escritor al mismo tiempo y que cuida maravillosamente su obra para dedicársela a todos sus lectores. Es una forma de mostrar que en la literatura también pueden caber otras formas artísticas, como es la pintura, en este caso.

No sé qué fue lo primero que me llamó la atención de este cuento, aunque quizás fue su cubierta, tan cuidada y colorida. O quizás su sinopsis. Un príncipe que se encuentra junto a su sirviente frente a un pueblo cuyos habitantes llevan dormidos durante más de cien años. ¿A qué os suena esta historia?

Sí, la principal inspiración de Rébecca Dautremer para este cuento está en La Bella Durmiente (aunque también puede evocar, en ocasiones, al famoso El flautista de Hamelín). Sin embargo, al pasar cada una de las hojas de este libro, me di cuenta de que, entre estas obras, se encuentran más diferencias que similitudes entre ambas. Aunque en esta nos topamos igualmente con un encantamiento, un beso de amor verdadero y un príncipe, también descubrimos muchas otras referencias a la cultura popular. Esto me lleva a otro de los prejuicios que muchos tienen (y que yo misma tenía) con los libros ilustrados: que son solo para niños. Todos aquellos que piensen eso, se deberían dar cuenta de que están totalmente equivocados.

Además de que este tipo de cuentos e ilustraciones nos traslada a nuestra infancia, para soñar como cuando éramos pequeños, también nos hace darnos cuenta de que esconden muchas más cosas que un niño no es capaz de ver. En el caso de El pueblo durmiente, nos encontramos con varias referencias a la cultura popular francesa, pues las ilustraciones de este libro recuerdan a los tiempos de Toulouse-Lautrec y al barrio de Montmartre. El barrio, más conocido por alojar el Moulin Rouge y la Basílica del Sacré Coeur, era a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX, el rincón de los mejores artistas de la ciudad, así como de la vida bohemia y alegre de los parisinos. Esas preciosas y típicas cafeterías que contaban y siguen contando, a pesar del paso de los años, historias por sí mismas. De esta forma, en este libro nos encontramos con algunos de esos hombres y algunas de esas mujeres que vivían ese estilo bohemio, con las ropas y los sombreros típicos, rodeados de la belleza de la música.

Todo esto, relatado y plasmado en una edición brillante, en tapa dura y de dimensiones enormes, es una gozada de leer. Además, es posible leerlo en menos de media hora, por su brevedad y la belleza de cada una de sus páginas. Da pena tener que “destrozar” el libro y arrancar algunas de sus páginas para enmarcarlas en casa, pero me ha dado tantas ganas… Sobre todo de la sensación que me produce mirarlas y recordar todo lo que significa París para mí, así como las historias mágicas como la que se encuentra en este cuento.

Tras la lectura de El pueblo durmiente, me encuentro más soñadora que nunca. Este libro no solo me ha transportado a las calles de París, concretamente al barrio de Montmartre, uno de mis rincones favoritos de lo que he visitado de Europa, sino que también me ha hecho soñar con las historias con finales felices. Esas historias increíbles en las que el príncipe (aunque también estaría bien introducir alguna princesa que salve al príncipe, para variar) conseguía arreglarlo todo solo con beso de amor verdadero. Qué inocente era en aquella época y qué feliz al mismo tiempo. Siempre es agradable recordar aquellos tiempos en los que pensábamos que no había problema imposible de solucionar y que no había finales infelices en la vida.

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Mi nombre era Eileen, de Ottessa Moshfegh

Mi nombre era Eileen

Mi nombre era EileenLa infancia marca el resto de nuestra existencia. Eso es indiscutible. Luego cada uno recompondrá lo vivido, mezclándolo con su forma de ser (la que viene de serie) y con lo que se nos irá presentando e irá capeando el temporal, como buenamente pueda. Si los cimientos son sólidos, cómodos y positivos, todo será más llevadero; tendremos armas y artes para sobrevivir sin sufrir demasiado. Si la infancia fue un desastre, normalmente, quedan secuelas y algunas no hay terapia que las arregle. En mi nombre era Eileen se muestran infancias destrozadas, aniquiladas. Como consecuencia tenemos adultos con muchos problemas. Es que yo creo que no se salva ni el apuntador. Sigo preguntándome cómo Ottessa Moshfegh ha podido escribir esto sin que tengas ganas de llorar.

Estamos en 1964, en un pueblo X de Nueva Inglaterra, durante la semana antes de Navidad. Eileen tiene 24 años, vive con su padre alcohólico en su casa de siempre, sucia y descuidada. Nunca estuvo radiante, ni preciosa, pero desde que murió su madre hacía unos tres años, la mugre y la basura acumulada formaban parte del mobiliario. Tiene una hermana que ya no vive en casa, de la que habla con algo parecido al cariño, pero con la que no mantiene prácticamente relación. Eileen nos cuenta esta semana desde el hoy, siendo una mujer mayor. Esa semana es especial porque fue la que cambió su vida, o sea, que nos da una perspectiva bastante razonada y elaborada de lo que ocurrió, porque lo ha reflexionado durante muchos años.

La vida de Eileen en aquel tiempo es triste, oscura y solitaria.  Trabaja en la oficina de un reformatorio o cárcel de menores, que tampoco ayuda a que su vida sea una fiesta. Nadie parece hacerle caso o tomarla en cuenta. Parece casi invisible. No tiene amigas ni vida social. Ella misma fomenta esa invisibilidad, ya que prefiere pasar inadvertida. No quiere crecer o, más bien, desarrollarse, es prácticamente anoréxica; no quiere tener formas de mujer, le da pánico. No se alimenta: come cosas extrañas que le apetecen, sin orden ni concierto, solo para sobrevivir. También bebe. Su mundo hiede a vómito y a tubo de escape. Utiliza la ropa de su madre, que le queda grande, y eso le gusta. Su autoestima está en números rojos, aunque ha aprendido a poner una máscara mortuoria aceptable para pasar por alguien normal. Su sueño es escapar de X-ville.

Su vida da un giro cuando aparece Rebecca a trabajar en el reformatorio como educadora. Rebecca encarna todo lo que Eileen piensa que tiene que ser una mujer feliz: guapa, elegante, alegre, inteligente, independiente, culta y de familia bien. Eileen se queda prendada, no solo por Rebecca en sí misma, sino porque le hace caso. Eileen siente que por fin tiene a alguien que la quiere, una amiga y encima es maravillosa.

Y hasta aquí puedo leer. La novela tiene unos giros y toma unos derroteros que mejor no os cuento. Es brillante, de verdad, la forma de contar la historia es asombrosa. Hay que tener mucho talento para escribir algo así y conseguir que los lectores quieran seguir leyendo hasta el final. Vas superando lo incómodo, que es mucho, y necesitas saber más, acabar el libro. Es radical, bastante macabra en ocasiones. Sorprendente. Está escrito casi en forma de diario, en primera persona, con pocos diálogos. Es descriptiva y reflexiva. Yo no he podido cogerle cariño a la protagonista, no he llegado a sentir empatía por ella, solo en algunos pequeños momentos. Aunque Eileen sea el resultado de una familia difícil y unas circunstancias duras, no se la puede ver como una víctima del todo. Es ingenua, pero también es bastante insensible. Es ignorante muchas veces porque no quiere saber, vive mejor sin profundizar en algunos asuntos.

Mi nombre era Eileen tiene que ser una novela negra porque no tiene otro remedio. Es uno de esos libros que se te quedan grabados en la cabeza. De esos que se mete contigo, que te da un par de tortas y se va; “toma, ahí tienes, ahora tú te lo administras”. Estableces una relación íntima con Eileen, pero íntima de intimidad de cuarto de baño, de caca y pis. Tanto, que incomoda en muchas ocasiones. Me he sorprendido a mí misma con cara de asco, porque en algunos momentos es escatológica. Hasta ese punto llega, sí. Pero aún así, no podéis dejar de leerla.

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