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Pólvora mojada, de Isabel Kreitz y Konrad Lorenz

Pólvora mojada

Pólvora mojadaSi nuestros abuelos tuvieron que espabilarse como pudieron para sobrevivir en los años de posguerra, si hubo un éxodo del campo a la gran urbe que cambió para siempre nuestra sociedad, si el extrarradio de nuestras ciudades crió leyendas como el Vaquilla o el Torete, y si los que crecimos en los 80 nos curtimos en barrios de quinquis, conciertos heavies y bares musicales, explíqueme alguien por qué en nuestra lengua no existe un adjetivo con la misma carga semántica que tiene en inglés la palabra streetwise, que viene a querer decir, pues eso, alguien que sabe en qué kiosco te dan más regaliz por un duro o a partir de qué hora no conviene entrar en esos futbolines.

Un niño necesitaba tener sabiduría callejera, por llamarlo de alguna forma, para sobrevivir en el Hamburgo de posguerra, una ciudad devastada por los bombardeos aliados, donde escasea la comida, abundan las ratas y en cualquier esquina se puede ver a mujeres ofreciendo sus servicios. La guerra se ha llevado a los hombres, y los pocos que regresan lo hacen tullidos, desfigurados o con un trastorno psicológico que dificulta su reintegración en la sociedad. Pero los niños, niños son, y que mamá tenga que dedicarse al trapicheo para poder traer dos patatas a casa poco importa mientras tengamos nuestras calles, nuestras peleas, nuestros cromos y nuestra calenturienta imaginación, que para esos somos sabios callejeros.

Con un trazo a un tiempo minucioso y desenfadado, y con un uso magistral del carboncillo, Isabel Kreitz, alemana y de Hamburgo, para más señas, nos ofrece una historia que en su primera parte, como suele suceder con las memorias de infancia, está llena a partes iguales de magia y crudeza, mientras en su segunda parte, como suele suceder con las memorias de adolescencia, la magia se esfuma y nos deja con una sonrisa lela en la cara. Pólvora mojada, adaptación de las memorias del autor alemán Konrad Lorenz, se centra en las andanzas de Kalle, un niño que apenas recuerda a su padre, desaparecido en la guerra, y que vive con su madre y su abuela. La ausencia del padre poco afecta a nuestro héroe, cuyas preocupaciones se centran en lo que traiga el día, que puede ser un tebeo, un espectáculo de lucha o una nueva revelación sobre la anatomía femenina. Y en ésas andamos cuando se presenta el padre, que vuelve a casa sin palabras, derrotado y con una obsesión  por los estantes.

La aparición de un padre al que no conocemos no es fácil para nadie, pero en San Pauli, el barrio revolucionario y vicioso por excelencia de Hamburgo, esa tragedia familiar empequeñece ante el espectáculo de la vida. No cabe duda de que, tanto o más que los recuerdos de infancia y del paso a la adolescencia, con Pólvora mojada Lorenz y Kreitz han querido rendir homenaje a ese barrio fascinante, retratado hasta la última baldosa, por el que, en aquellos años de posguerra, se paseaba Louis Armstrong; donde, un par de décadas más tarde, empezaron a darse a conocer cuatro chicos de Liverpool, y por cuyas calles uno puede elegir entre los escaparates de prostitutas de la Herbertstrasse y ver al Manazas reventar una rata estrellándola contra la pared.

Quizá los momentos que marcan nuestra vida no son los que pensamos que deberían ser, o quizá nuestra memoria es algo torpe al escoger los recuerdos. El retorno del padre ocupa mucho menos en las páginas de esta impresionante novela gráfica que, por ejemplo, el baile que conduce a Kalle a su primer polvo, o que la gran decepción que se lleva tras sus encuentros con el Señor Estrangulador. La infancia es muchas veces así, una decepción tras otra con algún caramelillo por en medio, preparación imprescindible para los desencantos venideros. Pero por muy sórdido o duro que pudiera ser antaño ese tránsito de la infancia a la adolescencia, la pólvora que se moja siempre acaba secándose. Con ella escribió Lorenz estas memorias, tan suyas y tan universales, que el lápiz de Isabel Kreitz ha convertido en una obra extraordinaria.

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Mindhunter, de John Douglas y Mark Olshaker

Mindhunter

MindhunterHace unos días recibí un correo a través de Change.org de Juan Carlos Quer, padre de una joven que fue asesinada hace poco más de un año. En él me pedía mi firma para que no se derogase la prisión permanente revisable. Sentí no poder apoyarle con esta causa, pero esta pena me ha parecido muy peligrosa desde un principio, ya que abre un precedente en nuestro país para negar la posibilidad de reinserción. Sin embargo, hay casos en los que, por la crueldad e inhumanidad con la que están ejecutados, resulta muy difícil creer que el ser que está detrás de ellos es recuperable. Y después de leer Mindhunter, uno pierde la esperanza más aún.

John Douglas es un antiguo agente del FBI que se especializó en la década de los años 70 en la elaboración de perfiles criminales. Para tratar de entender mejor la mente de los asesinos en serie y poder predecir sus comportamientos, tomó la decisión de entrevistar, junto a su compañero Robert Ressler, a decenas de criminales ya encarcelados, de la talla de Charles Manson o David Berkowitz. En este libro, a partir del cual se ha confeccionado la serie homónima de Netflix, Douglas narra su experiencia en torno a estos seres, la cual va siempre apoyada en una opinión muy tajante: no merecen vivir. Al menos, no entre nosotros.

Nadie debería llevarse a equívoco: a diferencia de la popular serie televisiva esto no es una historia cerrada; más bien es un cúmulo de ellas, sin un orden cronológico claro, que tratan de acercarnos al modus operandi de los seres más repulsivos del planeta. No obstante, este libro no está libre de méritos; todo lo contrario: además de lo atrayente que resulta el tema en sí, el autor te introduce de lleno en sus relatos, con un lenguaje muy directo y unas descripciones que, en ocasiones, llegan a ser demasiado gráficas. Douglas es también simpático e irónico en sus narraciones. La suya es una de esas biografías que se disfrutan de principio a fin simplemente por la manera en la que están contadas, sin que importe demasiado si el personaje del que tratan resulta por sí mismo de interés. Pero es que, además, en este caso es así.

A través de la encomiable tarea que emprendió, entrevistando a algunos de los peores asesinos en serie de las cárceles estadounidenses, Douglas fue aprendiendo a pensar como ellos y a aplicarlo con éxito a posteriori para combatir a los que estaban fuera de las rejas. Es a partir de la narración de estas entrevistas cuando comienza la parte más interesante del libro. Sorprende, por ejemplo, el buen trato que entabló con algunos asesinos y sus percepciones sobre ellos. «Muchos son bastante encantadores, superficiales y hablan bien», explica en estas páginas.

A medida que expone su forma de hacer deducciones sobre la personalidad del asesino uno se da cuenta de que su oficio es muy parecido al del escritor, solo que algo más complejo, dado que a Douglas siempre le dan un final cerrado para que elabore en torno a él una historia verosímil. Y que estos finales nunca son felices, claro.

A pesar de tratarse de un libro sumamente recomendable, lo que más me ha chirriado, como ya he explicado, es su mensaje de fondo. Defensor a ultranza de la pena de muerte, el autor utiliza los casos más enfermizos como baluartes para subrayar que existen seres que jamás van a curarse y que una vez que son atrapados no deben volver a salir de la cárcel; al menos no vivos. Y debo decir que, por desgracia para mí y mis principios, esta lectura me ha hecho replantearme unas ideas que creía firmes. Y aunque es cierto que no ha logrado que abandone mi defensa de la reinserción, en casos tan extremos como los que se narran en Mindhunter cuesta mucho creer que esta sea posible.

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Refugio, de Terry Tempest Williams

Refugio

RefugioSi comenzase la reseña haciéndoles un esbozo del contenido del libro probablemente no le haría justicia, incluso es posible que les resultase una idea un tanto macabra. Así que antes de hacerlo les transmitiré mis sensaciones con Refugio, que le hacen más. Es un libro profundamente conmovedor, sincero, desgarrador y valiente. Se trata de un diario, el que escribe la autora en un momento de su vida en que siente que su mundo se desmorona y lo siente porque efectivamente es así. Su vida familiar sufre serios reveses en forma de enfermedad: su madre, sus abuelas y seis de sus tías se han sometido a mastectomías y siete de ellas han fallecido por el cáncer. Constituyen lo que ella llama el clan de las mujeres con un solo pecho. Pero el diario se centra fundamentalmente en la enfermedad de su madre, o por ser preciso se centra en su madre, que es mucho más que su enfermedad. Y debo decir que si el libro es tan deslumbrante como es se debe a que se trata de una mujer sencillamente extraordinaria, al igual que su abuela.
Pero su otra vida, la profesional, que es mucho más que eso, también se ve amenazada por la subida del nivel de Gran Lago Salado que amenaza con arrasar el refugio para aves que para la autora, naturalista y divulgadora, es una especie de segundo hogar.
Cada entrada del diario está encabezada por una cifra, la de la altura de las aguas, que es una forma brillantísima de cuantificar la angustia que se desarrolla en paralelo en su casa y en el refugio. Cada centímetro que sube el agua puede ser el último, el que termine con su paraíso particular de la misma forma que el horizonte de la vida de su madre también tiene un final próximo.
Les he dicho que la madre de la autora de Refugio fue una mujer excepcional y realmente lo pienso. Su forma de afrontar la enfermedad es verdaderamente impresionante, una mujer capaz de decirles a su marido y a sus hijos “debéis dejarme vivir para que pueda morirme” o que al final le confiesa a su hija “no sé cómo morirme” es una persona que asume la muerte como parte de la vida, con naturalidad. Y además es capaz de asimilar su enfermedad y vivirla como una experiencia si no afortunada al menos sí enriquecedora. Es terriblemente emotivo leer la lección de vida de esta gran mujer.
Pero para hacerse una idea justa de cómo vive la familia esta experiencia, debería decirlo en plural, hay que señalar que son mormones y que por su propia cultura viven la familia de una forma muy intensa. Yo prácticamente no conocía nada de esta religión y el retrato, muy libre, que hace la autora de la misma, de sus tradiciones y su vida, es francamente interesante.
Y Utah, el desierto y el Gran Lago Salado, paisajes tan surrealistas que es imposible leer este libro sin buscar frecuentemente imágenes para confirmar las impresiones que el libro transmite aun desde la certeza de saber que es imposible mirarlo con los mismos ojos que quienes viven allí y cuya relación con su entorno sobrepasa con creces la del visitante. Ella ama su paisaje, sobre todo adora a las aves pero en general siente una comunión con la naturaleza que se asoma a cada página. Un lugar del que un militar se refirió como “un buen sitio para tirar cuchillas de afeitar usadas” y que uno aprende a admirar a través de los ojos de la autora. Otro concepto sorprendente de este hombre es el de “segmentos de población de utilidad relativa”, pero me temo que entrar a comentar ese tema sería demasiado extenso para una reseña.
Se aprende mucho y muy interesante con este libro. Los mecanismos hídricos del gran lago, los naturales y los artificiales con los que se trata de domesticarlo (alguno de ellos especialmente delirante), sobre un entorno natural extremo que guarda su belleza para quien la sabe ver, que es quien la sabe vivir, pero que una vez la muestra es un espectáculo. Se aprende sobre aves, sobre mormones y sobre la sociedad de Estados Unidos. Pero por encima de todo se viven muchas emociones acompañando a estas mujeres valientes que gracias a Refugio han pasado por esta vida dejando un testimonio y una huella que les rinde un mucho más que merecido homenaje. Reivindicar al clan de las mujeres de un solo pecho, que es mucho más amplio que el de las mujeres de la familia Tempest, es una causa noble porque lo cierto es que no siempre han gozado del apoyo ni del reconocimiento del que disfrutan ahora.
Les he dicho que Refugio era una obra muy valiente, sin duda lo han entendido porque hablar de la propia intimidad familiar y los sentimientos con la honradez con la que lo hace Terry Tempest Williams requiere de mucho valor. Pero me refiero también a otra cosa. Al final del libro la experiencia personal se torna en denuncia, en la de las pruebas nucleares que se llevaban a cabo en el desierto, junto a ellas, y su relación con la elevada tasa de cáncer de estas mujeres de Utah. Yo soy de Huelva, la comparación con Utah es aparentemente extemporánea sin embargo junto a la ciudad hay unas balsas de fosfoyesos, radiactivas, que ocupan una extensión mayor que el área metropolitana, de tal suerte que es la provincia con mayor tasa de cáncer de España. Oficialmente una cosa no está relacionada con la otra y por cada estudio que lo demuestra aparece uno que prueba lo contrario. Al leer las páginas que la autora le dedica a este tema no he podido evitar compartir su indignación y su impotencia. Su caso es diferente, en un juicio se dio por demostrada la relación entre las pruebas nucleares y la enfermedad de las denunciantes y se marcó una indemnización. Sin embargo instancias judiciales superiores anularon el fallo basándose en un precepto legal según el cual el gobierno era inimputable si lo que hace no es ilegal. Y se ve que a alguien se le olvidó proponer una ley en la que se dijera literalmente que está prohibido exponer a tu población a experimentos radiactivos sin su consentimiento.
Permítanme que acabe con unas palabras de la autora, no son del propio diario, sino que son una reflexión final que me parece tan interesante que no me resisto a compartirla con ustedes:

En la cultura mormona se respeta la autoridad, se venera la obediencia y no el pensamiento independiente. […] Durante muchos años he hecho justo eso: escuchar, observar y formar en silencio mis propias opiniones, en una cultura que raras veces se hace preguntas porque ya tiene todas las respuestas. Pero también he visto a las mujeres de mi familia morir, una por una, muertes ordinarias y heroicas. Nos hemos sentado en salas de espera, esperando recibir una buena noticia, pero oyendo siempre la mala. Yo las he cuidado, he aseado sus cuerpos llenos de cicatrices, y he guardado sus secretos. He visto a mujeres guapísimas quedarse calvas a medida que les inyectaban ciclofosfamida, cisplatino y doxorrubicina en las venas. Les he puesto la mano en la frente mientras vomitaban una bilis verde y negra y les he administrado morfina cuando los dolores se volvían inhumanos. Al final, he sido testigo de su último y apacible aliento, me he transformado en comadrona del renacimiento de sus almas.
El precio de la obediencia se ha vuelto demasiado alto.[…]Tolerando una obediencia ciega en nombre del patriotismo o la religión acabaremos firmando nuestra sentencia de muerte.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Por compasión, de Bryan Stevenson

Por compasión

Por compasiónEste es uno de esos libros que hacen que el lector se plantee una gran cantidad de reflexiones. La menos importante se refiere al título porque aunque el autor defiende algo que va mucho más allá de su labor como abogado y que no sólo debería arraigar en los tribunales sino sobre todo en la sociedad, algo que desde luego podría ser compasión y que bien podría resumirse en una frase que repite en muchas ocasiones: todos somos más que lo peor que hemos hecho, lo cierto es que lo que se expone en Por compasión es en realidad una cuestión de justicia. Del concepto de justicia, no del entramado burocrático que debería estar a su servicio y que en realidad sirve a otros intereses y que se ha convertido en un negocio más. Porque es una cuestión de justicia que un inocente cuya inocencia es claramente demostrable no pase la mitad de su vida en el corredor de la muerte. Porque es una cuestión de justicia que una madre no sea condenada a cadena perpetua sin posibilidad de revisión porque sufra la desgracia de que un hijo le nazca muerto o porque su pobreza le haga comprar regalos de navidad para sus hijos con un cheque sin fondos. Una sociedad democrática no debería asumir como propio el lema que inspiró la política penitenciaria de Stalin: es preferible tener mil inocentes en las cárceles que un culpable en la calle. La justicia debe estar al servicio de la sociedad y no al del negocio penitenciario o al de los intereses electorales de jueces y policías locales.
Bryan Stevenson nos muestra en Por compasión cómo el sistema legal de su país, Estados Unidos, y concretamente de los estados del sur, ha pervertido su espíritu hasta el punto de convertirse en un agente de injusticia, en una herramienta de discriminación por razones de raza, de género y de situación económica, un sistema que trivializa la pena de muerte o la privación permanente de libertad utilizándola para castigar delitos de gravedad más que discutible y en la que la presunción de inocencia sencillamente no existe. No si eres pobre y perteneciente a alguna minoría racial.
El autor es fundador de la EJI (Equal Justice Initiative), una organización sin ánimo de lucro que presta atención legal a personas en el corredor de la muerte o condenados a prisión permanente, convictos mayoritariamente negros y generalmente pobres que estadísticamente son el grupo mayoritario en esas circunstancias. Con el relato de su experiencia personal y la exposición de algunos de los casos que ha defendido, con éxitos y fracasos, nos introduce en un mundo profundamente represivo, en el que el ojo por ojo es un chiste porque el castigo es desmesuradamente mayor que el delito y en el que las garantías democráticas no siempre existen. Me dirán que Por compasión es una muestra de que la justicia sí funciona porque el autor muestra casos en los que logró sacar del corredor a sus clientes, demostrando su inocencia o consiguiéndoles una condena proporcional a su culpa, pero no es así. No lo es porque hay muchos casos en los que no lo logra, pero sobre todo porque el problema es de concepto. Se asume como algo normal hacer que alguien pase cincuenta años condenado a muerte por un delito que no ha cometido, cosas que pasan y para las que no existe en muchos estados previsto ningún tipo de indemnización, no hablemos ya de peticiones de disculpas. Uno de los más crueles ejemplos de la deshumanización de ese sistema es el caso de Walter McMillian, no sólo porque pasó décadas en el corredor de la muerte por un crimen del que era palmariamente inocente, no sólo porque fuese condenado con pruebas notoriamente falsas o porque fuese recluido en el corredor de la muerte incluso antes del juicio para presionarle y obtener una confesión, no sólo porque hubiese innumerables testigos que acreditaban su inocencia, el detalle verdaderamente macabro es que cuando por fin se demuestra su inocencia y sale a la calle, pese a ser una persona amable y pacífica, cuando sufre un accidente que acelera el proceso de demencia que padece, ninguna institución le presta los servicios que necesita porque el hecho de haber pasado por la cárcel le convierte en alguien peligroso por definición. Aunque su paso por la cárcel estuviese injustificado y su inocencia se probase. O un niño de trece años con discapacidad intelectual acusado de un crimen del que era inocente que pasó los siguientes trece y alguno más de propina no sólo en la cárcel sino en aislamiento. O unas madres a las que se las condena por asesinato por sufrir un aborto espontáneo.
Por compasión es un libro profundamente emocionante, conmovedor, no es una exposición fría de datos, no cuenta casos sino vidas y está narrado con un notable talento y una profunda humanidad. Pone al descubierto un sistema de justicia en el que la sombra de la duda pesa más que la presunción de inocencia y la simple acusación por parte de la policía ya es una sombra de duda insuperable para según que acusados, pero sobre todo habla de las vidas que hay detrás de esas historias. Bryan Stevenson es un buen narrador, consigue no sólo transmitirnos su trabajo y su experiencia vital, nos hace conscientes de las disfunciones del sistema que denuncia, logra emocionarnos y hacernos parte de una realidad que en principio nos es ajena. El subtítulo de este libro es “la lucha por los olvidados de la justicia en Estados Unidos” y tal vez sea esa una buena forma de definir esta obra, la memoria de la justicia. Bryan Stevenson recuerda lo que la justicia de su país quiere olvidar o hacer que los ciudadanos olviden o desconozcan y es por tanto si no una garantía al menos es una esperanza para muchas personas para las que la ausencia de esperanza forma parte intrínseca de su condena.
Todos somos más que lo peor que hemos hecho en nuestra vida, también somos más que lo mejor que hemos hecho pero es gratificante conocer las cosas buenas que hacen algunas personas como Bryan Stevenson. Leer sobre ellas es mucho más que informarse, mucho más que emocionarse.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Y luego ganas tú, de varios autores

Y luego ganas tú

Y luego ganas túAhora, después de unos cuantos años, puedo decir que tuve una infancia feliz. Ahora, que sé poner en una balanza todas las cosas buenas y las malas, dándole la importancia que corresponde a cada una de ellas. Habiendo aprendido a olvidar muchas cosas que me hicieron daño, sí, ahora puedo decir que tuve una infancia feliz.

Pero si me llegas a preguntar hace unos años, cuando yo tenía unos catorce o quince, te hubiera dicho que lo único que quería en ese momento era desaparecer.

Mis malos recuerdos empiezan a los seis años, cuando tuve que cambiarme de colegio. Mi madre y yo nos mudamos a una casa en la que ni siquiera había calefacción. Acababa de separarse de mi padre y estábamos con una mano delante y otra detrás. Pero a mí no me importaba. Tampoco me importó tener que cambiar de amigos, de rutina, de barrio, de ambiente. Yo lo acepté. Pero las cosas empezaron a torcerse cuando el tiempo fue pasando y las cualidades que a mí me hacían única se convirtieron en un puñal con el que alguno de mis compañeros me atacaba a diario. Llegaron los complejos, el estás gorda, el tienes granos, el tu madre está separada, el tu familia es un fracaso, el vas a estar sola para siempre. Incluso hubo una época en la que me apodaron “la jirafa” por tener el cuello demasiado alto. Complejos, complejos, complejos. Que solo hacían que, al llegar a casa, rompiera a llorar tarde sí y tarde también.

Con el tiempo me fui haciendo fuerte. No quise renunciar a mi personalidad para darle la satisfacción a aquellos que me querían ver hundida en el barro. Me quedé sola (por suerte solo fue durante un tiempo). La mayoría de mis compañeros también lo sufrió, pero al final muchos de ellos acabaron sucumbiendo al poder del matón para no acabar más lastimados. No puedo culparlos, no se me ocurriría. Pero entonces sí que lo hacía. Menos mal que el tiempo pasó y llegaron los últimos años de instituto, donde por fin encontré a quien necesitaba a mi lado y a la que nunca me abandonó. Ella ha sido mi mejor amiga desde que teníamos tres años, cuando la conocí en el primer colegio al que fui. Nos tuvimos que separar cuando me mudé, pero el destino quiso que acabáramos en la misma clase cuando ya íbamos a terminar la ESO. Me dio la vida. Y hoy, años después, me la sigue dando cuando a diario hablo con ella.

No sé si este es el lugar o el momento para contar esto. No sé siquiera si debería estar contando estas cosas en un blog de literatura. Pero los chicos que han escrito el libro del que vengo a hablar, Y entonces ganas tú, es lo que hicieron. Tampoco era el momento ni el lugar, porque parece ser que las víctimas están mejor calladitas y sin molestar, pero eso les importó muy poco. Porque abrieron su corazón y plasmaron sus recuerdos en un trozo de papel que después se convirtió en un libro que todo el mundo debería leer.

No es fácil reconocer este tipo de cosas. No es fácil gritar a los cuatro vientos que tú fuiste una víctima. Pero hay que hacerlo. Y me alegra que unos chicos tan conocidos hoy en día por la gente joven —como son Andrea Compton, Javier Ruescas, María Herrejón, Jedet Sánchez y Manu Carbajo— lo hayan hecho. Para quien no los conozca, Youtube es ya como su hábitat natural. Algunos empezaron antes, otros después, pero ahí siguen, haciendo videos y viviendo en las redes sociales, donde miles de personas siguen sus movimientos a diario. Son influencers. Si se lo proponen, crean tendencia. Y  me alegra que hayan escrito este libro, porque con estos relatos, no crean tendencia, crean esperanza que puede arreglar vidas enteras.

El libro está compuesto por cinco relatos. Alguno con un cariz más fantástico que otro, pero al final todos están contando las vivencias personales. En particular, me ha gustado muchísimo el relato de Javier Ruescas, que está escrito en su totalidad usando el formato de mensajería instantánea. A través de esos mensajes, vamos descubriendo el acoso que sufre el protagonista. A mí se me encogió el alma. Lo mismo me pasó con el relato de Jedet Sánchez, un chico que por vestirse como una chica tuvo que sufrir lo que nadie debería sufrir. Pero quizás, con el que más me haya identificado, sea con el de Andrea Compton. Es una chica a la que sigo desde hace mucho en las redes sociales, tanto que ya es casi como si la conociera. Así que leer este relato sobre ella me impactó más de lo que esperaba, porque me sentí como si una vieja amiga me estuviera abriendo su corazón.

Ojalá este libro llegara a todas las aulas para que lo pudieran leer los acosadores y también los acosados. Los primeros, para que se dieran cuenta del daño que se puede hacer con un simple comentario. Y los segundos, para que sepan que no van a estar solos nunca más. Que no deben tener miedo y que deben ser valientes.

Un grandísimo porcentaje de niños y adolescente sufre hoy el día acoso escolar. Cuando yo iba al colegio, éramos muchos los que sufríamos día a día esta lacra. Una, porque era pelirroja. Otro, porque era gordo. Otra, porque tenía los dientes grandes. Otro, porque era muy bajito. Otra porque tenía mucho pecho. Otra, porque no lo tenía. NO SOMOS PERFECTOS. Nadie, absolutamente nadie, lo es. No podemos pretender no tener defectos. Los tenemos, y no es ningún problema. No podemos dejar que nadie nos haga creer que lo es, porque no es así.

Y luego ganas tú refleja perfectamente todo esto. Refleja el espíritu de cinco chicos asustados, que se quedaron solos por defender sus ideales. Por ser gay, por ser gorda, por ser bajito, por ser diferente. Da igual. El matón encontró el teórico punto débil de cada uno e intentó hundirle. Me gustaría ver ahora mismo la cara de esas personas que lo intentaron, pero que en realidad no lo consiguieron. Porque de haber sido así, ahora mismo, yo, no estaría aquí escribiendo sobre este libro. Porque no pudieron con ellos. Ellos ganaron.

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El club de los mentirosos, de Mary Karr

El club de los mentirosos

El club de los mentirososLa verdad es que hay editoriales que son para mí una garantía de éxito asegurado. Errata Naturae es una de ellas. No son solo sus magníficas portadas (que también), el caso es que siempre acierto con sus lecturas. Buenos días, guapa fue uno de esos libros publicados por ellos que me encantó y que no puedo dejar de volver a recomendaros.

No puedo mentiros. Lo primero que me atrajo de este libro fue su maravillosa portada y su genial título: El club de los mentirosos. Antes de leer siquiera la sinopsis ya me tenía completamente ganada. No está mal, ¿no?

Mary Karr es la autora de esta brillante novela, que fue uno de los libros más vendidos durante un año entero según el New York Times y mejor libro del año para The New York Times Book Review, The New Yorker, People y Time. Casi nada, amigos. Una novela que califican de extraordinaria o que, como dice Time, se encuentra “entre la tristeza más honda y la risa más sincera, y por esto último se inclina el lector”. Y la verdad es que no puedo estar más de acuerdo, pero empecemos por el principio.

Lo primero que el lector debe saber es que El club de los mentirosos es una novela autobiográfica y ahí reside el encanto de este libro. Porque como ficción ya hubiera sido maravilloso, pero cuando el lector sabe que lo que está leyendo no es ni más ni menos que la infancia de la propia autora, todo adquiere un matiz diferente. ¿En serio fue esta su infancia? Sí, lectores. Así es. Dura, real, trágica y al mismo tiempo envuelta en un halo de comedia que ríete tú de las tragicomedias de Shakespeare.

Y es que, a pesar del título, en este libro hay mucha verdad. Mary se crió en una pequeña localidad petrolera en el este de Texas, junto a sus padres y su hermana. Ella, una niña descarada y sensible, una hermana autoritaria y valiente, un padre algo borrachuzo pero con una gran corazón y una madre, un personaje fascinante, que será la clave para entender la novela.

Resulta imposible no conectar con Mary y el resto de personajes en algún momento de la biografía. Todos tienen ese algo tan familiar, absurdo e hilarante que hace que nos identifiquemos con ellos. Y aunque sea una familia de armas tomar y las historias en las que se ven envueltos puedan parecer a veces de lo más surrealista, tienen ese punto a favor del más puro realismo norteamericano.

A pesar del drama, que lo hay y mucho, prevalece, como os decía, esa parte cómica. Y eso es, quizás, lo grandioso de El club de los mentirosos. Mary Karr nos sumerge en su infancia, nos adentra en su casa, en las tragedias de su familia y, a pesar de todo, consigue que nos lo pasemos bien, que riamos con ella. Yo me lo he pasado en grande y aunque he sufrido (un poquito), también ha habido momentos en los que he reído con sus locas situaciones.

Estoy convencida de que este libro es uno de esos libros que no tiene un lector concreto, un libro que cualquiera puede disfrutar. Yo os animo a hacerlo. Luego me contáis.

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El alma dividida, de Luciano Sívori

El alma dividida

El alma divididaSi dijera que El alma dividida, la segunda novela del escritor argentino Luciano Sívori, es una versión actualizada del famoso libro de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, simplificaría demasiado, aunque no sería del todo incorrecto. Y es que Alberto, de veintitrés años, el protagonista de esta historia, es quien se compara a sí mismo con esos personajes, porque hace ya tiempo que siente que se ha desdoblado en dos seres: por un lado, Alpha, una mezcla de actor y cantante que, por el momento, lleva el mando de su vida, y por otro, Beta, su lado más salvaje y violento, capaz de golpear a su padre hasta sumirlo en el coma.

A lo largo de las ciento setenta y dos páginas de esta novela, Alberto nos habla de los cuatro días que cambiaron su vida, según él: «la desgraciada historia de un muchacho perdido en las tinieblas, combatiendo a sus monstruos en busca de respuestas». Y lo más duro de todo lo que nos cuenta es que «esos monstruos vienen en todas las formas y colores (…). Muchas veces es la gente que se supone que debe protegernos. Un padre, un policía».

Al ritmo del rock de Sui Generis, Red Hot Chili Peppers o Andrés Calamaro, los lectores vemos cómo la trivial vida de este joven se convierte en una sucesión de persecuciones, robos, palizas, secuestros y muertes, donde nadie es lo que parece. Desde esa perspectiva, El alma dividida es una novela de suspense de prosa ágil y lectura adictiva, en la que nos espera un nuevo giro al final de cada capítulo para que no podamos hacer un alto y, así, acabemos leyéndola de una sentada, o dos. Pero también es un retrato del alcoholismo y los malos tratos dentro del hogar y una reflexión filosófica sobre la identidad y la bondad. Y, en especial, sobre la carga de los errores pasados: los propios y los de nuestra familia. ¿Estamos abocados a repetirlos? ¿Estamos destinados a convertirnos en ese monstruo al que tanto odiamos?

Es fácil sentirnos identificados con la lucha interna de Alberto. Aunque la suya esté motivada por los traumas, el sentimiento de culpa y el abuso del alcohol, seguro que cada uno de nosotros reconocerá sus propios monstruos, esos que en determinados momentos de la vida nos hacen cuestionarnos quiénes somos en realidad o hacia dónde vamos. Y también es sencillo conectar con él a través de la música que impregna su día a día. ¿Quién no elige una canción u otra según su estado de ánimo? ¿Quién no ha acudido a ella alguna vez para sacar afuera lo que lo estaba destrozando por dentro? O, quizá, hemos elegido el deporte o la lectura como escapatoria de esa realidad que no éramos capaces de enfrentar. Sea como sea, aun sin mafia y delitos de por medio, todos tenemos nuestros monstruos y nuestras vías de escape. Todos somos Alberto, aunque nos pese. De ahí que recomiende la lectura de El alma dividida: una versión actualizada de El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, y mucho más que eso.

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Salvaje, de Iván Castelló

salvaje

salvajeReconozco que, con el tema de la corrupción, viendo lo que se ha destapado en los últimos años, tengo tolerancia cero. Sin embargo, hoy vengo a hablaros de una debilidad que tengo (o que tuve) y que choca frontalmente con lo que he dicho en la primera frase de la reseña. Esa debilidad es la siguiente: uno de mis ídolos de infancia fue don Gregorio Jesús Gil y Gil. Pocos personajes me fascinaron más en esos años en los que uno tiene esa facilidad extrema para la sorpresa y la fascinación. Puede decirse que mi sentimiento atlético nació en 1991 cuando, con siete años, vi como mi padre celebraba con pasión la Copa del Rey ganada al Mallorca. “El primer título de Gil”, decía mi progenitor con alborozo. Y gracias a él y a una figura tan hipnótica como la de Gil, mis venas se fueron llenando de sangre rojiblanca.

Trece años después de su muerte, el periodista y atlético (por este orden) Iván Castelló nos regala esta genial biografía titulada Salvaje, la imperiosa historia de Jesús Gil y Gil, empresario, político y presidente del Atlético de Madrid (pónganlo en el orden que quieran). El repaso de lo que fue su vida se centra en esas tres facetas, empezando por sus humildes inicios en el Burgo de Osma y continuando con su carrera de constructor en la sierra segoviana, donde protagonizó uno de los episodios más dramáticos (¡y mira que hubo!) de la Dictadura. De ahí pasamos a los dos grandes logros profesionales de su vida. El primero, conseguir presidir su “Atleti”, ese club del que no era seguidor, pero al que amó hasta el último de sus días, consiguiendo disputar la hegemonía mediática (que no deportiva) a Real Madrid y Barcelona. Y su otro gran logro, conseguir el bastón de mando en la alcaldía de Marbella, remodelando a base de ‘talonario’ una de las ciudades más turísticas de España, y extendiendo sus redes del Gilismo político por otros municipios de la Costa del Sol.

Jesús Gil encarnó a la perfección esa figura del self made man americano, consiguiendo lo impensable para la gran mayoría de los mortales. Un hombre hecho a sí mismo que repartió por igual simpatías y antipatías. Una figura que odiabas o amabas, pero que nunca te dejaba frío. Iván Castelló refleja de un modo notable las infinitas caras de un hombre como Jesús, todo descaro y ambición, sobre todo política, esa en la que poco a poco fue cavándose su propia tumba.

Pese a ser una biografía que no desmerece ninguno de sus capítulos, donde más he disfrutado ha sido en los dedicados a su figura de presidente del Atlético de Madrid. El autor hace un repaso de todas y cada una de las temporadas en las que estuvo al frente de la entidad rojiblanca, revisando los incontables entrenadores que le sufrieron y repasando también todos los jugadores que quedaron marcados, para bien o para mal, por el Gilismo, ese movimiento presidencial que trataba a veces a los seres humanos como perros apaleados, sin signos de conmiseración alguna.

Es probable que hoy en día, más maduro (creo) y calmado, mi fascinación por la figura del protagonista de Salvaje se tornaría en aborrecimiento e incluso odio. Pero para eso tenemos la juventud, para cometer errores, y puede que adorar a Jesús Gil fuera uno de mis errores de juventud de los que más me gusta presumir.

Salvaje es un homenaje brillante a un personaje inimitable que tuvo miles de imitadores, tanto de su faceta personal como política. Fue don Jesús un personaje histriónico que Twitter no tuvo la suerte de conocer, para desgracia de algunos. Un ser con una verborrea capaz de dejar a Donald Trump como un mero aficionado, un político políticamente incorrecto que atizó por igual a jueces, árbitros, periodistas y otros políticos. Un hombre cinco veces preso, infinidad de veces condenado e indultado por igual por Franquismo y Democracia. Un creador de titulares periodísticos capaz de ganar las elecciones más difíciles y los referéndums más inverosímiles. En definitiva, un personaje a la altura de un libro sobresaliente, como es este de Iván Castelló.

César Malagón @malagonc

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Te potaría encima, de Andrew Matheson

Te potaría encima

Te potaría encima¿Os acordáis de UPyD? Vale, igual es un poco pronto para hacer esta pregunta, pero la memoria colectiva suele ser corta y pronto olvidaremos que aquel partido tintado de magenta surgió en el no tan lejano 2007 como la gran esperanza frente al bipartidismo. Sus ideas fundacionales parecían atrayentes y sólidas, varias personalidades de renombre apoyaban el proyecto y había encontrado un espacio político que llevaba mucho tiempo sin explorarse en España, el centro, desde el que forjarse. ¿Por qué, con tan buenos ingredientes y a pesar de su prometedor comienzo, el partido acabó cayendo en el más cruel de los olvidos? Seguramente fueron muchas las razones, pero una de las principales, al igual que en el caso de los Hollywood Brats, fue sin duda el haber nacido antes de tiempo.

La banda de Andrew Matheson, el autor de Te potaría encima, también lo tenía todo para triunfar: un grupo de jóvenes rebeldes y deslenguados, una estética llamativa y provocadora a más no poder, una música que rompía con todo lo que se escuchaba en aquel momento… Pero a comienzos de los años setenta el público todavía no estaba preparado (o simplemente no tenía ganas) para cambiar sus gustos musicales, a pesar de que unos años más tarde fuese a abrazar con fuerza a grupos como los Sex Pistols o los Clash, no demasiado alejados de lo que habían propuesto los Brats. Pero, acabando ya con la analogía política, tampoco la propuesta de Ciudadanos en su irrupción a nivel nacional fue muy diferente a lo que había intentado UPyD unos años antes y no hay más que mirar cómo les fue a unos y a otros.

Aparte del atractivo del propio fracaso, el que fuera vocalista del grupo consigue hacer muy interesante la lectura gracias a la sinceridad y al humor ácido que acompañan a todo el relato. No deja tema sin tocar, por vergonzoso que sea, ni títere con cabeza, por famoso que sea; a lo largo de la narración de sus vivencias en los Hollywood Brats, organizadas en los cinco años que duró la banda (1971-9175), el autor nos hace partícipes de anécdotas tales como su descubrimiento de la forma menos adecuada de deshacerse de unas ladillas o de cómo resolvió el conflicto por el nombre de Queen, que había elegido en un principio para su banda. Solo puedo decir que Mercury se llevó algo más que los derechos de aquel encuentro…

No obstante, además de estos y otros tantos chascarrillos, Matheson pone sobre la mesa las numerosas penurias por las que pasó con sus compañeros de viaje, tanto con los incondicionales (el teclista Casino Steel y el batería Lou Sparks) como con los que fueron entrando y saliendo del grupo, reclutados a través de anuncios en la revista Melody Maker: días enteros sin probar bocado, borracheras y peleas sobre el escenario y lejos de él, una preocupación por la estética que rozaba lo enfermizo… Todo ello viene perfectamente narrado en Te potaría encima: la historia de unos chavales que decidieron jugárselo todo por la música y les salió mal. Y lo que este libro busca demostrar, en definitiva, es que, al igual que defienden los fundadores de UPyD, era el mundo el que aún no estaba preparado para ellos y no al revés.

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La muerte de la mariposa, de Pietro Citati

La muerte de la mariposa

La muerte de la mariposaOs tengo que avisar desde el principio: con este libro no puedo ser imparcial. No puedo porque el escritor Francis Scott Fitzgerald es uno de mis preferidos y siempre he tenido una conexión especial con él, así que cuando leo sobre él no puedo ser muy objetiva porque tengo esa tara. Qué le vamos a hacer, podría haber sido peor. Pero, ¿sabéis qué? Tampoco tengo necesidad de mentiros porque este libro, La muerte de la mariposa, me ha fascinado por sí solo. La forma de escribir de su autor, Pietro Citati, me ha dejado del revés. ¿Sabéis esos libros en los que no podéis dejar de subrayar líneas y líneas? Pues así. Estoy completamente maravillada por este libro, lectores.

Pietro Citati es uno de los escritores italianos de mayor prestigio. Ha escrito, sobre todo, numerosas y maravillosas biografías de autores como Goethe, Kafka o Tolstói. Se nota que las biografías son su terreno, pues las impregna de objetividad y belleza. Al menos es lo que ha hecho en este libro.

La muerte de la mariposa no es una biografía al uso del escritor Francis Scott Fitzgerald, en este pequeño pero intenso libro, Citati se centra en narrar el esplendor y la caída de la pareja formada por Fitzgerald y Zelda Sayre. Sin duda, fueron una de las parejas más conocidas y exitosas de la década de los años treinta, pero su relación, a pesar de ser pura y hermosa, tuvo demasiadas luces y sombras.

Pero, ¿por qué Citati llama “mariposa” a Fitzgerald? Porque Hemingway escribió sobre él: “Scott Fitzgerald (…) tenía aún la técnica y el espíritu romántico para hacer cualquier cosa, pero desde hacía mucho tiempo todo el polvo había desaparecido del ala de la mariposa, aunque el ala continuó batiendo hasta su muerte”.

Son unas palabras preciosas y creo que también son muy precisas, aunque en otras cosas esté en desacuerdo con Hemingway, creo que está apreciación sobre el Fitzgerald de sus últimos días es de las más certeras.

Y es que la caída de Fitzgerald fue dura. Su mujer, Zelda, a quien  sólo él supo comprender, pasó medio vida internada en clínicas psiquiátricas debido a su esquizofrenia. Y su vínculo de amor, aunque nunca dejó de existir, fue deteriorándose hasta el punto de acabar con el propio Fitzgerald. Él, que ansiaba la fama, que quería ser el escritor perfecto con una vida perfecta diga de admiración y que lo fue sin duda, al menos en algún momento de su vida, vio su mundo desmoronarse mientras él se aferraba a una botella de alcohol.

Quizá Zelda no tuvo nada que ver con esta caída y el propio escritor estaba condenándose con su alcoholismo y sus ansias de perfección. O quizá ambos se necesitaron para existir y dejar de ser poco a poco, ella sufriendo su enfermedad mental y él castigándose a sí mismo. Pocos días antes de morir, Fitzgerald le escribió a su hija: “los enfermos mentales son simples invitados en la tierra, eternos extranjeros que llevan consigo decálogos rotos que no saben leer”. La mariposa supo leer muy bien a Zelda, “la reina de las mariposas que necesita protección de su marido, porque únicamente a través de él el mundo le resultaba visible y palpable”.

Y es que, como bien dice Citati en La muerte de la mariposa: “eran la misma persona con dos corazones y dos cabezas; y esos corazones y esas cabezas se volvían apasionadamente el uno hacia el otro, el uno contra el otro, hasta arder en una única hoguera”.

Se amaron, cayeron y ardieron. Y esa es, en esencia, la descripción de esta envidiada pareja. Pero también es mucho más y Citati lo demuestra en este precioso libro.

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El Proxeneta, de Mabel Lozano

el proxeneta

el proxeneta

“Fui tratante de mujeres durante más de veinte años. Las compré y vendí como si fueran ganado, para explotarlas salvajemente en nuestros clubes, sin compasión…”

Así, de forma terriblemente directa, sin enmascarar nada, sin esconder la dureza con la que nos vamos a encontrar en esta historia que nos cuenta la autora, Mabel Lozano, a través de la narración en primera persona que de “El proxeneta”, Miguel, conocido en el mundo de la prostitución y la trata como “El Músico”.

Y es que a través de las páginas de este libro nos encontramos a un hombre que tuvo una infancia durísima, y que parece que inevitablemente estaba predestinado a entrar en este terrible mundo del sexo y de la “vida alegre”, que como todos sabemos siempre resulta la menos alegre de las vidas que una puede tener.

Nuestro protagonista, “El proxeneta”, nació en Barcelona en 1963, en plenas Ramblas, y tal era la miseria familiar que tuvo que ser entregado por su madre, al igual que sus hermanos, a un orfanato, donde fue víctima, como tantos y tantos niños y niñas de terribles privaciones y abusos:

“La primera vez me quedé callado. De mi garganta, seca, no salió sonido alguno. Aunque lo deseaba con todas mis fuerzas, no conseguí articular palabra ni negarme ni pedir ayuda. El miedo y la culpa me cerraron la boca. Sobre todo la culpa. El creer que era yo quien provocaba todo aquello. Yo, que no era más que un chaval de 13 años, solo y asustado…”

El Músico nos irá contando su vida, a modo de documental, desde que era un niño hasta que finalmente, y tras haber esclavizado, casi literalmente, a más de 1.700 mujeres a las que previamente había captado en sus países de origen, fundamentalmente Colombia, fue condenado judicialmente, si bien, una vez ya en la calle, cooperó con la justicia para desarticular otras redes de prostitución.

Yo creo que todos reconocemos en Mabel Lozano, en un principio modelo, actriz y presentadora de televisión, a la mujer que se fue reconvirtiendo en una gran luchadora por los derechos de la mujer, especialmente comprometida en su obra cinematográfica con las víctimas de la prostitución y las de trata de blancas para fines sexuales. La autora debutó en el cine como directora con el largometraje documental “Voces contra la trata de mujeres”, que causó una gran conmoción en la sociedad más comprometida, y más tarde regresó con el titulado “Chicas Nuevas 24 horas”.

Imagino que para la autora de estos documentales tan ligados a las víctimas de la trata y la prostitución, le habrá sido muy difícil y doloroso escribir este libro que nos muestra en este caso la visión desde el otro lado, desde el lado del proxeneta sin escrúpulos, pues como les decía ella siempre, en sus documentales y conferencias impartidas, ha estado al lado de éstas mujeres.

Según ha contado en los medios, conoció a Miguel hace un par de años a través de un amigo en común. Miguel ya había salido de la cárcel, salió con pleno arrepentimiento y con la absoluta convicción de la necesidad de colaborar con la policía para desarticular, en la medida de sus posibilidades, este tipo de mafias que llevan a las mujeres a esas terribles situaciones de esclavitud sexual y personal.

Dice Mabel que: “Para mí fue muy duro después de 12 años escuchando los testimonios de mujeres dolidas, vejadas, coaccionadas, violadas y esclavizadas…”. Y no lo dudo, y por eso les decía que no debía haber sido fácil para ella escribir este libro. Pero por otra parte es comprensible el interés de querer saber y conocer, por fin, todo el entramado sobre un tema en el que llevas tantos años con un compromiso tan grande de trabajo.

Les tengo que decir que me adentré en esta lectura con una postura que mantengo desde hace muchísimo tiempo contraria a la prostitución, algunos artículos en alguna ocasión me han hecho dudar de mi postura tan tajante, pero la lectura de El proxeneta me ha ayudado a posicionarme de una forma aun mucho más radical en contra de cualquier tipo de comercio con el cuerpo de una mujer, incluso el que llaman voluntario ¡¿Voluntario?!

El Proxeneta nos cuenta como desde la Asociación Nacional de Empresarios de Locales de Alterne (ANELA), se pagaba a prostitutas para que dieran una imagen de mujeres que ejercían la prostitución por “voluntad propia”. Se pagaban grandes campañas para mejorar la imagen de estos locales haciendo creer que se cumplía con una “labor social”. Cuando lo cierto es que detrás de esto siempre hay corrupción, esclavitud, degradación y corrupción como mínimo; en numerosas ocasiones al final del triste camino está la muerte a las que les lleva su vida.

Un libro que no obvia datos durísimos, una mujer que costaba 1.200 Euros generaba a los largo de sus dos o tres años de esclavitud más de cien mil limpios, porque estas mujeres tienen fecha de caducidad, y una vez que están acabadas para dar de sí en determinados clubes, son revendidas a otros proxenetas que las obligan a ejercer en las calles. Una actividad, como ya ven, que genera muchos más ingresos, y con muchos menos riesgos, que el narcotráfico. Increíble la manera en la que narra cómo decidió delatar a otros traficantes para hacer creer a la Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales (UCRIF), que sus negocios estaban libres de trata y se ejercía la prostitución libre y voluntaria.

La prostitución en España no es ilegal; sí lo es la trata, ¡faltaría más! Pero no nos equivoquemos, nadie llega a la prostitución por gusto, ni tan siquiera para ganar algo de dinero en caso de necesidad imperiosa, se tienen que dar más requisitos, más situaciones, y siempre detrás de ellas hay engaño, falta de cultura y desamparo, falta de políticas sociales, dejación de funciones de la Administración, corrupción… Y luego están los clientes, los que no denuncian que hay menores atrapadas, los que no denuncian que hay mujeres contra su voluntad, los que no denuncian que hay mujeres con evidentes lesiones… Los clientes no están al margen de este submundo, de este drama en el que se encuentran tantas y tantas mujeres, son colaboradores necesarios de la explotación y la pervivencia de la trata y la prostitución.

Y aún habrá quien en pleno Siglo XXI le ría la gracia a esos chavales que van de putas para pasar una tarde original y divertida…

Mi más sincera felicitación a Mabel Lozano por su trabajo, y hoy en especial por este libro que tanto me ha impactado, El proxeneta, y por su trabajo en general, pero por encima de mis felicitaciones quiero que quede aquí mi agradecimiento a su generosa labor para denunciar este oscuro mundo de la compraventa de mujeres.

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Las cenizas de Ángela, de Frank McCourt

las cenizas de angela

las cenizas de angela¿Quién le iba a decir a Frank McCourt, un profesor jubilado, que su primer libro ganaría el premio Pulitzer, el premio de la Crítica y el de Los Angeles Times? Él solo había relatado su infancia, cumpliendo así con el anhelo de escribir que había postergado toda una vida. ¿Cómo se iba a imaginar que vendería diecisiete millones de libros y que se convertiría en millonario, cuando en sus sueños de niñez solo aspiraba a tener una casa con retrete propio? Pero es que, al escribir sus memorias, también había plasmado las de tantos otros, haciendo de su libro, Las cenizas de Ángela, una biografía universal de la pobreza.

Hace años que quería leer este libro y, gracias a la edición especial que la editorial Maeva ha sacado con motivo del veinte aniversario de su publicación en España, por fin lo he hecho. Reconozco que le tenía ganas porque todo el mundo decía que era uno de los clásicos del siglo XX que había que leer sí o sí; pero, a la vez, me echaba para atrás que fuera un dramón. Nada más lejos de la realidad. Y eso que los hechos que relata son duros, durísimos: los desmanes de su padre, Malachy, que se bebía el poco dinero que tenían, mientras su familia pasaba hambre y sus hijos iban muriendo uno a uno; el sufrimiento de su madre, Ángela, tan piadosa y abnegada que se resignaba al marido que había escogido; el ultracatólico y ultranacionalista Limerick, un pueblo húmedo que enfermaba a sus habitantes; el tifus que casi le cuesta la vida, pero que le hizo descubrir la literatura; su temeroso despertar sexual y sus primeros trabajos de subsistencia, hasta que a los diecinueve años logró volver a América, donde había nacido.

Como el mismo Frank McCourt dice en la primera página, «la infancia desgraciada irlandesa es peor que la infancia desgraciada corriente, y la infancia desgraciada irlandesa católica es peor todavía». Sin embargo, sabe retrotraerse al niño que era entonces y nos cuenta aquella época con la inocencia y el humor de su mirada infantil, dejando fuera sentimentalismos, reclamos de compasión o juicios de valor que provocarían la lágrima fácil. De esta manera, es capaz de sacar una sonrisa al lector, a pesar de estar relatándole acontecimientos trágicos. Y ese tono se agradece, es más, es el que hace grande a este libro, convirtiéndolo en entrañable y atemporal.

Han transcurrido ocho años desde la muerte de Frank McCourt y ni la literatura ni Irlanda se olvidan de la contribución que les hizo. Las cenizas de Ángela sigue vendiéndose tan bien como siempre y en Limerick le han dedicado una ruta que recorre todos los lugares que se citan en el libro. Se publicó hace solo veinte años, pero cualquiera que lea este libro superventas ve que la etiqueta de clásico contemporáneo es más que merecida. Y es que, a veces, la literatura nos da estas sorpresas, y tanto críticos como público se rinden ante la evidencia de una historia escrita con talento y desde el corazón. Tras haber leído su difícil infancia, también me alegra saber que la vida al final fue generosa con Frank McCourt: un hombre que pasó lo peor, pero que acabó dando lo mejor de sí mismo como maestro y escritor.

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