
Hay cuentos que se quedan grabados en la memoria como si estuvieran marcados a fuego. Hay historias que, aunque solo escuchemos una vez, anidan dentro de nosotros y forman parte de nuestra propia vida. Hay moralejas que aprendemos como si de una lección del colegio se tratara, ya que sabemos que, tarde o temprano, deberemos darle uso. En mi caso, es la historia de Los siete cabritillos. Mi abuela me la contaba cada noche que dormía con ella y yo no dejaba que nadie más me la contara. Porque era algo entre ella y yo, como una historia privada, un vínculo especial del que nadie más debía ser partícipe. Lo que más deseaba en el mundo era que llegaran las vacaciones para ir al pueblo y poder dormir al lado de mi abuela. Así que oír la historia de los cabritillos significaba que las vacaciones habían llegado y que podría disfrutar de mis abuelos al menos durante un verano más.
Esa historia me enseñó que hay que tener valor y mente fría para poder afrontar todos los problemas que se pongan delante. Y también que hace falta para ello mucho ingenio. Me enseñó que no hay que subestimar a los débiles y que el fuerte puede ser derrotado si se aúnan fuerzas contra él. Es una lección que recuerdo muy a menudo y que tengo presente en mi cabeza cuando veo que los problemas empiezan a ser más grandes que mis ganas de vencerlos.
Por eso las historias, aunque parezcan cosa de niños, son tan importantes. Y en todos los mundos, reales o fantásticos, existen esas pequeñas fábulas que se transmiten de generación en generación. Y, en el universo de Harry Potter, no iba a ser de otra manera. Los cuentos de Beedle el Bardo, eran unas historias a la que todos los padres magos recurrían cuando querían que sus hijos se durmieran. Se compone de cinco cuentos, escritos por Beedle en el siglo XV. El más importante, por su relación con la saga original de Harry Potter y por el secreto que contenía —que ayudaría a Harry, Ron y Hermione a vencer al mismísimo Quien-no-debe-ser-nombrado en Las reliquias de la muerte—, es La fábula de los tres hermanos. En ella se cuenta la historia de los tres hermanos Peverell, que consiguen burlar a la muerte cuando están a punto de caer a un río. Por tan gran hazaña, la muerte decide brindarles tres deseos. Los dos hermanos mayores, ambiciosos, ven recompensados sus deseos obteniendo la varita de saúco y la piedra de la resurrección. Pero el pequeño, más astuto y menos avaricioso, decide pedir una capa de invisibilidad, con la que consiguió burlar a la muerte durante muchísimos años más, hasta que ya estuvo listo para abandonar el mundo. Este cuento resultó de tanta importancia en la saga original porque resultó que, los tres elementos que la muerte regaló a los hermanos Peverell, en realidad existieron, componiendo lo conocido como “reliquias de la muerte”, que convertían al mago que las poseyera en el mago más poderoso de todos los tiempos.
Me encanta la saga de Harry Potter porque todo, absolutamente todo, está perfectamente hilado. Resulta que de un detalle que J.K. Rowling te menciona en un libro, luego nace una historia completa, con personajes desarrollados y ambientada perfectamente. Quién diría que Harry Potter y la piedra filosofal pudiera estar tan bien hilado con el final de la saga, por ejemplo. Es algo que, cada vez que releo los libros, no deja de asombrarme. Y, al adentrarme en el mundo de Los cuentos de Beedle el Bardo, me ha vuelto a pasar. Rowling ata todos los cabos y demuestra que el universo de Harry Potter, para ella, es más que una realidad.
Yo, como muggle —tristemente hasta que se demuestre lo contrario—, no pude dormirme nunca escuchando los cuentos de Beedle. Aunque hubiera sido divertido ver cómo Arthur y Molly ponían voces imitando a los personajes del cuento. Pero, la verdad, la historia de los cabritillos contada por mi abuela, no la cambio por nada del mundo.

Imagina que una mañana despiertas convertido en un monstruoso insecto, como Gregor Samsa, el protagonista de 
Hace un par de meses os hablé del 
“La firmeza de su mirada era aún más delicada que su voz. Llegaba a alcanzar los añicos rotos de Scarlett como una caricia. El tipo de roce que se desplaza por los tejidos dañados, deja atrás los huesos fracturados y se adentra en el alma herida de una persona.”
Soy de los que miden la calidad de un libro por el influjo que ha ejercido sobre mí; por la capacidad de éste para incrementar mi, ya desmesurado, don para evadirme del mundo real. Y es que algunos libros parecen tener una suerte de hechizo que me mantiene atrapado en una profunda ensoñación tiempo después de haber cerrado el libro. Pensando. Fantaseando despierto. Atascado en los recuerdos de las situaciones ficticias que me ha hecho vivir. Atolondrado. Reflexionando sobre los personajes memorables que han trascendido de la tinta impresa hasta lo más profundo de mis neuronas, las cuales fueron coaccionadas a reír, a llorar o a emocionarse. Bueno, tampoco las veréis lamentarse por tal trago. Para que nos vamos a engañar.
Buff… telita con este cómic. Ya había oído de su fama de cómic “difícil de leer”, y eso era algo que me animaba y me disuadía a partes iguales a la hora de emprender su lectura. Un reto. Y además con brujas de por medio, una figura que, por hache o por be, últimamente parece que viene a caer a mis manos como si tuvieran un imán para ella o un buen niño rollizo y comestible. Pues hala, vamos a brujear un poco.
Bueno, bueno. Y yo que pensaba que después de 
¿Os habéis preguntado qué pasaría si en medio de alguno de los océanos existiera un continente del que nunca nos han hablado? Pues en Alcatraz 3. Los Caballeros de Cristalia nos mostrarán esa verdad oculta.
Si existe una editorial que se esté convirtiendo en el referente nacional de fantasía y ciencia ficción esa es Nova. Y no sólo porque esté traduciendo al castellano los títulos más punteros del momento, sino porque está rescatando del pasado auténticas joyas que no fueron traducidas o no fueron editadas con el debido cariño que merecían. Este es el caso de la novela alfa de China Miéville. Traducida, pero perdida en el tiempo. Inencontrable y elevada al estatus de novela de culto, La estación de la calle Perdido se había convertido casi en una leyenda urbana. Una especie de rumor que se oía en los bajos fondos de cualquier ciudad. Las pocas ediciones a las que uno podía acceder tenían que pasar por fondos de biblioteca o ediciones a tal nivel revalorizadas que sus precios desorbitados te obligaban a poner el ejemplar de nuevo en el estante. Aquella época oscura ya pasó. Y la nueva edición no sólo revisa el texto original, sino que añade una edición cuidadísima con unos acabados totalmente espectaculares. Si crees que estoy exagerando, quita la sobrecubierta del libro y prepárate para la belleza.
No suelo ver animes, pero a veces me hablan de alguno que pica mi curiosidad. Por ejemplo, Death Note: ¿qué pasaría si con solo escribir el nombre de una persona en un libro, mientras visualizas su cara en tu mente, esta cayera muerta al instante? ¿Lo harías? ¿Contra quién? ¿Se podría utilizar para que el mundo fuera mejor? No me digáis que no es una premisa sugerente. Yo disfruté mucho con esta serie, compuesta solo de dos temporadas, si no recuerdo mal, pero quizá no me habría animado a verla si antes no hubiera conocido Ataque a los titanes.
No sé qué tienen los libros de brujas (no digo los cuentos, aunque también) para llamarme tanto la atención y, si me parece que son buenos, querer leerlos. Me encantó el Ars mágica de 
Confieso que lo único que sabía de la Bruja Escarlata era lo que había visto de ella en la peli Vengadores: La era de Ultron, en donde Elizabeth Olsen (hermana de las gemelas Olsen, las de Padres forzosos), interpretaba su papel.