
Ernest Thompson Seton pasa por poco de la treintena cuando llega a Nuevo México en la última década del siglo XIX. Es el último recurso de los rancheros, un experto cazador de lobos, curtido en Gran Bretaña y Canadá, que acude para dar muerte de una vez por todas al escurridizo Lobo, rey de Currumpaw, líder de la manada que amenaza a los rebaños de toda la región. Por más de un lustro, Lobo y sus compañeros, acorralados por la creciente civilización, han vencido a todos aquellos que han intentado terminar con ellos.
Seton es un cazador distinto, que pronto se da cuenta de que Lobo, a su vez, es un animal extraordinario. Ambos se miden durante meses, se cruzan, se desafían y, sobre todo, se van conociendo poco a poco. Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo, como decía la máxima de Sun Tzu; conoce a tu enemigo y descubrirás cosas de ti mismo que ni siquiera imaginabas, podríamos decir después de leer Los lobos de Currumpaw, la historia de Seton y Lobo ilustrada y narrada por William Grill.
Porque cuando la cacería termina, la presa aparece ante nuestros ojos y ante los de Seton no ya como un depredador, sino como un símbolo respetado y venerable, y el cazador se ha convertido en un defensor de la naturaleza, inspirador de movimientos como el de los boy-scout, toda una referencia en la conservación del medio ambiente. Y así se mantendrá hasta su muerte, media vida después.
Uno recuerda al finalizar esta lectura que el mundo se aprende a base de fábulas. Nos cuentan cuentos desde que mostramos signos de entenderlos: historias sencillas, en las que resulta fácil seguir a los buenos y a los malos, ver detrás una explicación, una enseñanza. A través de esas narraciones aprehendemos el mundo, y con su sencillez armamos los cimientos de nuestro edificio personal, de nuestra manera de ver la vida. Después resulta curioso comprobar cómo cuanto más se complican nuestros pasos, menos fábulas tenemos alrededor.
Los lobos de Currumpaw es una buena manera de devolvernos la esperanza. Un delicioso álbum que no pasa de las ochenta páginas y que nos recuerda como pocos que no hacen falta más que dos o tres cosas, bien hechas, para tener un relato magistral. Y también que hay un mundo mejor, seguro, pero que el nuestro es el que tenemos y más nos vale cuidarlo.
Después de su anterior El viaje de Shackleton, inundado de blancos y azules, el trazo de William Grill abraza los tonos pastel para dibujar la naturaleza del Viejo Oeste, una amalgama de marrones y verdes apagados que notamos estremecerse bajo los interminables cielos de Nuevo México. Renuncia Grill a las viñetas y consigue con ello una inmersión distinta en la historia, panorámica, llena de matices alrededor del foco principal de cada página que hacen que el libro se pueda repasar una y otra vez para descubrir en cada una de ellas algo nuevo. Unido a ello, una edición cuidada y una traducción perfecta, como siempre en los libros de Impedimenta, ayudan a convertir la vieja historia de Seton y Lobo en una oda al respeto a todas las especies animales sin caer en la sensiblería ni en la moralina.
En definitiva, un libro muy recomendable para comprar y tener por casa, bien a la vista, para poder echarle un vistazo a los ocho, a los treinta o a los ochenta años.

Yo no sé las películas que me monto en la cabeza cuando veo la portada de un libro y leo, así por encima, su sinopsis. ¿No os ocurre? Os imagináis vuestra propia historia y según vais leyendo el libro descubrís que habéis acertado o que, todo lo contrario, el libro no tiene nada que ver con lo que vosotros habíais pensado. Pues eso es lo que me ha pasado a mí con este libro, que no tiene nada que ver con lo que yo me había imaginado a través de la portada y lo poco que había leído sobre él. Cualquier día de estos me dan un Óscar.


—¿Tú eres feminista? —le pregunto.
Aquellos maravillosos años en que acababas el instituto y tenías que decidir rápidamente qué carrera querías estudiar, a qué profesión te gustaría dedicarte, ¿los recordáis? Había gente tan perdida que no tenía nada claro. Normal, pídele tú a alguien con diecisiete años que piense en su futuro y la mayoría de estos adolescentes se pondrá blancos. Siempre ha habido gente con ciertas inclinaciones: que si ciencias, que si letras, que si a mí lo que me va es el artístico. Y luego está el grupo de muchachos que, a pesar de la edad tan mala para elegir sobre su futuro, tienen muy claro a qué (a grandes rasgos) le gustaría dedicarse.
Aranjuez me llevó a este libro. Hace un par de años, de mi visita al Palacio Real, lo que más me sorprendió fue la cantidad de relojes que había en cada una de las majestuosas salas. ¿A qué se debía esa obsesiva colección? Al capricho de un rey que había gobernado el mundo y al desafío de su relojero, que pretendía conseguir que siempre dieran la hora a la vez, en un tiempo en el que los mejores relojes se desajustaban cada quince días.


Leí por primera vez a 
Pues resulta que con esta autora tenía un encuentro pendiente. ¿No os pasa? Esos escritores que lleváis tiempo queriendo leer, pero que no sabéis bien por qué aún no habéis leído. O esos escritores que mucha gente os recomienda con vehemencia pero que tú acabas ignorando hasta que un día, por fin, decides enfrentarte cara a cara con él. Todo eso me ocurría con Lispector. Había oído maravillas de ella y mucha gente me la había recomendado, pero no ha sido hasta ahora que he decido leerla. Elegí La lámpara como podría haber elegido cualquier otro, la verdad, pero aprovechando que Siruela acaba de editarlo me pareció una buena opción.









