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Fin de guardia, de Stephen King

Fin de guardia

Fin de guardiaDecía Grace Paley en un magnífico ensayo literario que lo que les interesa a los escritores es la vida, la vida tal y como «casi» la están viviendo. Que existen personas que viven primero y luego escriben, como Marcel Proust, y otros que sienten la tentación de alejarse del oficio de la poesía más personal. Quiero creer que el día que a Stephen King se le ocurrió el argumento de Fin de guardia tuvo mucho que ver esa vida que estaba pasando frente a sus ojos. Me quiero imaginar al escritor de Maine oculto bajo una gorra de béisbol y gafas de sol cogiendo una mañana cualquiera un autobús urbano. En el trayecto, tras los oscuros cristales observaría el comportamiento de los demás viajeros. Puede que sea Estados Unidos, pero no se diferencia mucho de lo que podemos encontrar en las líneas del metro de Madrid: todos los pasajeros absortos frente a una pantalla luminosa. Y ahí estuvo el germen de su nueva obra.

En cuanto a semilla narrativa no se aleja mucho de la que ya se le ocurrió para la infame Cell, en la que una extraña señal emitida a través de los teléfonos móviles dejaba a toda la gente idiotizada. En el caso de esta novela, la tercera y definitiva historia del detective Bill Hodges, el aparato en cuestión que se utiliza como arma para crear el terror más kingniesco es un Zappit, un modelo de consola portátil como las viejas Game Boy. Pero antes de meternos en materia, y tratándose del final de una trilogía, hagamos un pequeño repaso por la historia hasta ahora.

Una fría madrugada, un numeroso grupo de desempleados hacían cola frente a las oficinas donde se ofertaban diversos puestos de trabajo. Mientras se refugiaban del frío con mantas y abrigos, un enorme Mercedes gris emergió entre la niebla y se abalanzó hacia la multitud. Arrolló a todo cuerpo que encontraba a su paso. Sangre, ropajes y algún miembro cercenado se quedaban enganchados a la carrocería del coche. Esto que tanto hemos visto en los telediarios últimamente ocurría en 2014 dentro de la novela Mr. Mercedes. Era el potente arranque de la primera incursión en novela negra de Stephen King. Brady Hartsfield, el asesino del Mercedes, como lo bautizaron, trajo de cabeza a la policía y en especial al detective retirado Bill Hodges, diana de toda su rabia. Durante la novela, Brady consiguió a través del engaño y la corrupción de las mentes de sus víctimas conseguir llevarles al suicidio. Con Bill no pudo conseguirlo, pero no va a quedar impune.

La segunda parte se llamó Quien pierde paga, una historia autoconclusiva —y la mejor de las tres— que jugaba con diversos elementos propios de las obras de King: el lector obsesionado con su escritor favorito. Aquí la acción y la trama se vuelven más entretenidas con personajes mejor construidos y donde de nuevo el detective Bill Hodges tendrá que resolver el caso de unos antiguos manuscritos hallados por un chaval que corre un gran peligro.

Y ahora llega a las librerías Fin de guardia. Era de esperar, tras las páginas finales de la segunda parte de la trilogía, que esta nueva historia se centrase de nuevo en la figura de Brady Hartsfield. Y en efecto, así sucede. Quizás ocurre en demasía. Me explico. El comienzo de Mr. Mercedes fue contundente. Muy bueno. Conquistaba al lector, al menos, para que siguiera adelante con la obra. Sin embargo, eso no ocurre con su nueva novela, ya que de nuevo vuelve a contar el mismo inicio, pero en la perspectiva de un operario de ambulancia. ¿Falta de creatividad? A King se le puede dar la oportunidad de seguir leyendo para ver dónde nos llevarán los acontecimientos. En verdad, no van a parar muy lejos. Fin de guardia bebe y vive de la primera parte de la trilogía. Si no la has leído, descuida, te va a poner en antecedentes con frecuencia ya que existen diversas referencias a lo ocurrido en el asesinato del Mercedes. Esto no debe llevar a malos prejuicios. La novela, en sí, desarrolla uno de los componentes básicos de la producción bajo el sello Stephen King, y que ya utilizara en su fabulosa Carrie: los poderes de telequinesia.

Brady quedó en estado vegetativo tras los acontecimientos de Mr. Mercedes. En su recuperación, desarrolló un fascinante poder que intenta comprender y ensayar para llevar a cabo su maldad. Durante sus cuidados médicos, consigue introducirse en la mente de los enfermeros a través de las videoconsolas Zappit, las cuales dejan en estado catatónico a quienes con ellas juegan. No va a ser a los únicos a los que viole mentalmente. Su nuevo juego de satisfacción consistirá en llegar de nuevo hasta el detective Bill Hodges para vengarse de él y conseguir matarlo. Final de novela con su esperado e intenso suspense, aviso.

Como decía al comienzo en referencia a los textos de Grace Paley, Stephen King se vale de muchos elementos cotidianos de su vida para llevarlos al papel, y si me apuras, al de su personaje Bill Hodges, en quien se aprecian muchos de esos achaques (o chocheos, siempre en el sentido amable, si es que lo tiene) que seguramente está experimentando el propio King. Ya no solo por el carácter de un hombre cansado y curtido, o evocar a series o redes sociales que utiliza, sino por sus muchas proclamas de carácter político-social que parece más propio de un panfleto propagandístico que del registro natural de personajes de ficción. En definitiva, creo que su incursión en el género negro no le ha granjeado un gran éxito, pero sí le ha valido para intentar abordar nuevos frentes en su abultada carrera literaria, la que esperamos, no finalice y siga de guardia.

 

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En estado salvaje, de Charlotte Wood

En estado salvaje

En estado salvaje

Se levantó de la cama y notó unos tablones duros bajo los pies. También la aspereza extraña del tejido de un camisón sobre la piel. ¿Quién se lo había puesto? Anduvo sobre los secos tablones de madera y se plantó, alargando el cuello para mirar el mundo a través del espacio estrecho y elevado de un ventanuco. Las dos farolas que había visto en sueños resultaron ser dos estrellas enormes en el cielo de color azul oscuro.

De este modo comienza En Estado salvaje de Charlotte Wood. Es la historia de diez mujeres que son encerradas en unos cubículos, que ellas mismas denominan perreras. Las obligan a llevar ropa vieja, áspera e incómoda y les rapan la cabeza. No saben que las ha llevado a esa granja aislada del resto de la humanidad, y tienen que enfrentarse a la escasez de comida y a la esclavitud a la que se ven sometidas por dos hombres y una mujer, que cada día las obligan a trabajar en la construcción de una carretera. Son maltratadas, humilladas y no tienen modo alguno de escapar debido a la valla electrificada que las separa del exterior. ¿Qué han hecho para merecer ese trato?

En estado salvaje ha sido comparada con El cuento de la criada de Margaret Atwood, obra que en los últimos tiempos a reavivado su fama gracias, en gran medida, a la serie de televisión basada en su historia y al momento actual. Vivimos una época en la que el machismo, el feminismo, la igualdad… están en boca de todos y todo lo relacionado con el tema inmediatamente salta a las portadas y crea debate. No obstante, En estado salvaje tiene varios puntos que lo distinguen de la obra de Margaret Atwood. El más fundamental es que mientras que El cuento de la criada es una distopía (más cercana o alejada del presente), En estado salvaje no hace referencia a ningún tiempo y eso es porque se trata de una historia de ayer, de hoy y de mañana. Habla de misoginia pero también de esclavitud y de supervivencia.

Hace unas semanas los medios publicaron los datos que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) presentó en la Asamblea General de la ONU en relación al alcance real de la esclavitud moderna. El estudio señala que más de 40 millones de personas en el mundo fueron víctimas de la esclavitud en 2016. El género femenino representa el 71%, casi 29 millones, de esa alarmante cifra. Y es que, el 99% de las víctimas del trabajo forzoso en la industria del comercio sexual y el 84% de los matrimonios forzosos, son mujeres.

De esto va el libro de Charlotte Wood, de mujeres que son castigadas por una sociedad que nos divide por nuestro género, que ha sexualizado de tal modo el cuerpo femenino que hace que las propias mujeres nos preocupemos por él, por si enseñamos o no enseñamos demasiado; que hace que algunas mujeres nos avergoncemos de él y otras lo usemos como un arma; que hace que éste levante pasiones y envidias por igual; y que, sobre todo, hace que en un porcentaje demasiado alto nos represente, nos etiquete y nos condicione…

El libro es ficción pero es muy real. Puede que no sea por las mismas razones, con el mismo fin, o a tantas mujeres de golpe, pero cada vez que un hombre acosa a una mujer, viola a una mujer, maltrata a una mujer… la está castigando por eso, por el simple hecho de haber nacido mujer en una sociedad que ha dotado a los atributos femeninos de una sexualidad que que la mujer no ha elegido.

Tras esta reflexión, me gustaría señalar que En estado salvaje no cae en el burdo mensaje de simplificar este conflicto en “mujeres víctimas, hombres verdugos”. Va más allá y nos muestra como las propias mujeres somos en muchas ocasiones nuestras peores enemigas y somos las primeras en prejuzgarnos y etiquetarnos las unas a las otras.

Las chicas veían como Teddy utilizaba a Nancy. Era asqueroso, como todos los hombres, convenían. Eran los hombres quienes empezaban las guerras, quienes cometían las matanzas, las violaciones y mutilaciones.

–Imaginad si las mujeres dirigieran el mundo –suspiró Izzy.

Se hizo el silencio.

–Pero a mí me gustan los hombres –musitó Rhiannon. Todos los rostros se volvieron hacia ella, así que añadió a toda prisa–: No estos, claro.

–Imaginad como sería este sitio si estuviéramos solo nosotras –dijo Barbs.

Las demás lo pensaros en silencio.

–Aún estaría Nancy –dijo por fin la vocecilla de Joy.

–Y Hetty –dijo Maitlynd.

Se estremecieron

Así que no, volviendo a la comparativa entre las obras de Charlotte Wood y de Margaret Atwood, no son la misma historia porque mientras que una podría ser real en algún momento, la otra ya lo es; pero eso sí, ambas cumplen una función y es hacernos pensar en todo esto.

Permitidme, por tanto, que ponga en relieve la importancia de que se escriban libros así. Libros que, a pesar de ser encuadrados en el género de la ficción, son muy reales y abordan la barbarie de la que es capaz el ser humano. En estado salvaje es una historia dura y despiadada que inquieta, que destroza y que en algunos pasajes te hace removerte incómodo; pero también, te hace abrir los ojos y reflexionar.

Charlotte Wood ha escrito una historia que horroriza y cautiva a partes iguales gracias a una prosa directa, natural y detallada hasta el extremo que te hace mascar la suciedad, la rabia, la claustrofobia, la incertidumbre, el miedo, la crueldad; y también, la fortaleza y la lealtad. Pero que nadie se equivoque, porque el estilo de Wood es tan irreverente como cuidado y elegante. Tal vez no es un libro apto para todos los públicos, especialmente para mentes delicadas y susceptibles, pero sí es un libro muy necesario por los temas que aborda.

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Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor

Temporada de huracanes

Temporada de huracanesLa nueva novela de la mexicana Fernanda Melchor era, según las listas de las mejores escritoras contemporáneas hispanoamericanas, una de las más esperadas en la segunda mitad de este año. No ha decepcionado en absoluto. Y eso que la lectura de esta obra no resulta fácil para depende qué tipo de lector se atreva con ella. Yo, que desconocía las anteriores obras de la autora, he descubierto un valor extraño y arriesgado en las letras en español. Una lectura que provoca cierta sensación de fatiga por la abrumadora descripción y presentación de sus personajes; la genial mezcla de discursos narrativos —indirectos, libres, omniscientes— que tejen un argumento adictivo imposible de obviar y que te lleve a cerrar el libro; por su contundencia y negrura a la hora de mostrar los bajos fondos de las zonas más pobres e incívicas de México. He aquí un auténtico festival de jerga propia de los barrios suburbiales que produce un delicioso sabor para el paladar de todo buen lector.

Temporada de huracanes se llama esta excelente novela. La historia se desarrolla en el triste y olvidado pueblo de La Matosa. Allí vivieron una madre y su hija, siempre encerradas en su caserón y temidos por todos en el pueblo. Por sus coqueteos con la magia negra, sus vestimentas y extraños alaridos nocturnos, rayando la blasfemia, las consideraban brujas. Muerta la madre, quedó la hija, la Bruja chica, enclaustrada en su caserón siempre sola. Un día apareció en el arroyo el cuerpo inerte de la Bruja con síntomas de haber sido cruelmente asesinada. Una persona vio a unos jóvenes del pueblo salir de la casa de la Bruja cargando un bulto envuelto en mantas. A partir de ahí se le pedirán cuentas a los culpables. ¿Por qué lo hicieron? ¿Por diversión, aburrimiento? ¿Porque simplemente podían y nadie la extrañaría? Siempre hay algo más, una obstinación más obtusa, más antigua.

El asesinato de la Bruja sirve de enlace para desarrollar los funestos destinos de todos aquellos que, en algún momento, tuvieron alguna relación con ella. El cómo lo desarrolla la autora es la sala picante de este estupendo plato gastronómico mexicano. Una mezcolanza de registros que, como lector, te hacen bailar entre las distintas voces que Fernanda Melchor consigue unir en un mismo párrafo. Un trabajo titánico de escritura valiente y original.

Los capítulos se suceden narrando en profundidad a cada uno de los personajes que conforman la obra. Conoceremos todos sus conflictos, intereses, miedos, pasiones —la pasión brillará en la novela con excitantes o siniestras muestras de erotismo rudo, oscuro, morboso—. Melchor no se muerde la lengua a la hora de mostrar la crudeza de un pueblo dejado de la mano de Dios. El vocabulario nos conduce a un árido territorio que transmite un terror supremo sin necesidad de que aparezcan monstruos o feroces seres extraídos de bestiarios mitológicos. El verdadero horror está en el hombre como especie, el hombre que a toda costa se deja llevar por sus instintos más primitivos. Sería un eufemismo describir este lugar como hostil. Como también lo sería decir que su léxico es pobre. Si has escuchado la música de Molotov, embajadores de la clase humilde y baja de México, y siempre combativos y provocadores, sería un buen símil a los discursos de algunos de los personajes de la obra.

Temporada de huracanes se convierte en una de esas obras que, sin ser de género de terror, encogen el alma por la ferocidad y hostilidad marca de la casa de algunos rincones del mundo y sus lugareños y la miseria que les rodea de la que son víctimas. Ya me sucedió con la novela Pánico al amanecer, de Kenneth Cook en la que describía con maestría a los habitantes de un seco y aislado pueblo australiano. Es mérito absoluto de Fernanda Melchor la veracidad de su tono y la crudeza de las escenas que se narran en este pueblo de México que, como abrí al comienzo de la reseña, no defrauda con su esperada novela. ¡Que se sienta el power mexicano!

 

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De quién te escondes, de Charlotte Link

De quién te escondes

De quién te escondesNunca me había parado a pensarlo, pero el argumento de las novelas de suspense psicológico es siempre simple: alguien desaparece o es secuestrado, asesinado, maltratado… Y nuestro objetivo a lo largo del libro es descubrir quién ha sido el culpable y los motivos por los que lo ha hecho. Sin embargo, son algo más complejo que esto, ya que el desarrollo y el final siempre son algo mucho más enrevesado. Sobre todo por la psicología de los personajes, todo un misterio (o debería serlo…) para el lector.

Y eso me he encontrado en esta. Nunca había leído nada de Charlotte Link, pero echando un vistazo a varias de sus entrevistas, antes de leer este libro, me encontré con que es una autora a la que le gusta que los lectores empaticemos con sus personajes, que pensemos que lo que les ocurre a ellos podría ocurrirnos a cualquiera de nosotros el día menos pensado. Y lo verifiqué cuando terminé de leer la novela.

Link se centra en sus personajes, otorgándoles la mayor importancia de todas sus historias. Al menos en esta, me he encontrado con que profundiza en ellos hasta la saciedad. Escarba en sus sentimientos, deseos, motivaciones y miedos más profundos; y creo que esto le da un toque real a la novela. Además de que es lo realmente aterrador, hasta dónde somos capaces de llegar cuando tenemos miedo, cuando nos jugamos todo lo que nos importa en la vida…

Y por esto creo que la autora ha creado una historia que funciona a todos los niveles. Y es que también aborda en otros temas que me han parecido realmente interesantes, como en los límites del amor. Y me diréis: ¿Acaso hay límites en el amor? No. Sin embargo, cuando terminas de leer este libro, te das cuenta de que quizás debería haberlos. Pese a sentir que he empatizado con los personajes, eso no significa que a veces no me hayan repugnado. Sobre todo los principales, son personas con pasados difíciles y presentes aún más complicados, incapaces de enfrentarse a los problemas de la vida. Y esto a veces me ha resultado difícil, al sentir pena por ellos.

Sin embargo, y centrándome en otros aspectos de la novela, me ha sorprendido el ritmo, algo lento al principio pero que, a medida que avanzaba con las páginas, va acelerando y me moría de ganas por saber todo lo que ocurriría al final. Sobre todo cuando la narración se va centrando en varios personajes, incluso algunos desconocidos por el lector y que apenas salen en uno o dos capítulos, dando un sentido general a ciertos aspectos de la trama. Esto aguarda alguna que otra sorpresa y le añade intriga a la historia, haciendo que se lea de una sentada. Además, trata el tema de la trata de blancas, algo que no está a menudo muy tratado en la literatura y que ha llamado mucho mi atención.

De quién te escondes me ha parecido una lectura adictiva y muy interesante, ya que no solo entretiene y cumple con una de las reglas con las que deben cumplir todos los libros, sino que también anima a la reflexión sobre los límites del ser humano. ¿Hasta dónde llegamos por amor? ¿Qué somos capaces de hacer en las situaciones límite, cuando nuestras vidas o las de nuestros seres queridos corren peligro? Es algo sobre lo que me ha hecho pensar esta novela, incluso aun habiendo finalizando la lectura.

Esto es lo que tienen los libros con los que consigues conectar, que te hagan pensar en ellos incluso después de haberlos leído. Y esto no me ocurre muy a menudo, solo con algunos libros, y creo que esto los convierte en especiales. Seguiré leyendo, en cuanto tenga oportunidad, más historias de Link, ya que no parece ser de esas autoras que decepcionan. En absoluto.

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Ningún escocés verdadero, de Ana Ballabriga y David Zaplana

Ningún escocés verdadero

Ningún escocés verdaderoMuchos avezados lectores suelen compartir sus técnicas a la hora de leer o de elegir y descartar sus lecturas. Hay algunos que con veinte páginas o un par de capítulos saben si el libro les gustará o no, procediendo a dejarlo si no supera ese primer filtro. Yo soy de los que rara vez abandona un libro, aunque amoldo parte de la teoría anterior a mi costumbre lectora; yo con un par de capítulos soy capaz de adivinar cuánto voy a tardar en leer la novela en cuestión. Aunque mi ritmo lector ha bajado bastante en las últimas semanas, este sexto sentido literario se me avivó cuando empecé a leer Ningún escocés verdadero. No tuvo que llegar siquiera a la página treinta para saber que este libro me iba a durar un suspiro.

Ana Ballabriga y David Zaplana consiguieron con esta, su tercera novela, ganar el tercer Concurso Literario de Autores Independientes que organiza Amazon, certamen al que se habían presentado más de 1400 autores de 39 países, cuyos libros habían sido editados a través de la plataforma de publicación de la empresa de Jeff Bezzos.

Elías, protagonista de Ningún escocés verdadero, es un joven investigador especializado en casos relacionados con obras de arte que está intentando recuperar la Cruz de Caravaca (ante la inminente visita papal) cuando su tío, el obispo de Cartagena, le lleva a Madrid para adquirir en una subasta un misterioso cuadro de un seguidor de Francis Bacon. Una vez adquirido, el cuadro desaparece en manos de una misteriosa pelirroja, Alicia Silva, que no solo robará el lienzo, también parte del alma de Elías, que a partir de ese momento empieza a caer en una espiral difícil de superar pese a los intentos familiares por olvidar el asunto del cuadro y centrarse en la aparición de la reliquia religiosa.

La historia presente de Elías y el misterio del cuadro se turna en la narración con trozos del pasado protagonizado por L, una niña miembro de un extraño grupo de titiriteros, relacionados con los agotes (grupo social minoritario y marginado de la zona del Valle de Baztán), cuyo estilo de vida ven con malos ojos tanto la Iglesia como los habitantes de la zona. Pasado y presente van construyendo un relato que si bien tiene un ritmo parecido a las novelas de Dan Brown, termina derivando en algo más interesante y alejado del misterio de la reliquia religiosa, en buena parte gracias a la historia de los agotes que tan bien documentan y plasman los autores en el libro. También, como es de esperar en este tipo de libros, el “palito” a la Iglesia está presente, atacando más que a la fe religiosa a la oscura sombra de corrupción que siempre planea sobre las altas instancias de esta institución.

Con algunas de mis últimas lecturas había tenido sensación de atasco mientras las leía, algo que, por suerte, no pasa leyendo Ningún escocés verdadero. Y aunque esto no implica que la novela sea mejor que las anteriores, sí que se agradecen estas tramas fluidas y adictivas, de las que empiezas a leer y horas y páginas pasan sin que uno se dé cuenta. Porque si por algo hay que felicitar a Ana Ballabriga y David Zaplana es por crear una trama cuyo interés se mantiene en alto de principio a fin, traspasando en ocasiones ciertos límites morales y sexuales que muy probablemente escandalicen a algún lector incauto. Pero estamos en el terreno de la ficción, no lo olvidemos; los límites están para superarlos, y lecturas tan poco encorsetadas, pese a no ser habituales, deberían ser necesarias. Eso sí, en ese afán por transgredir y sorprender, quizá algunas partes del final pequen de incoherentes o irrealizables, pero se disfruta tanto leyendo la historia que incluso esos “pequeños” errores son perdonados con gusto.

Como único punto negativo, encontramos las innumerables erratas ortográficas a la hora de dividir con guiones las palabras del texto, algo en lo que los autores no son responsables, recayendo la culpa en la falta de cuidado de la editorial. Pero salvo este inciso, no puedo más que recomendar fervientemente la lectura de Ningún escocés verdadero. Ana Ballabriga y David Zaplana, pese a la dificultad añadida de escribir a cuatro manos, presentan un libro más que notable.

César Malagón @malagonc

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Música desordenada -El universo escondido II-, de I. H. Marcos

Música desordenada

Música desordenadaAcabo de cerrar el libro. Hoy he trabajado todo el día y durante horas he pensado en el momento de llegar a casa. Una ducha, algo de picar, una manta (sí, estamos en agosto, pero en el norte las noches se visten de otoño) y un libro. En concreto, Música desordenada. Me quedaban unas cincuenta páginas para terminarlo y no veía el momento de tumbarme en el sofá y descubrir el gran misterio que aguardaba su final. No hay mejor momento en el día. Cuando todo está en silencio, cuando todos duermen y mi lamparita refulge a través de la ventana, iluminando la noche. Ese es mi momento. Cuando yo me evado. Cuando me olvido del trabajo, de la oposición, de los proyectos… de todo. Cuando dejo de ser yo, para convertirme en alguien mucho más interesante.

Esta vez he sido Heloísa. Con hache. Con fuerza. Una policía desconectada del mundo en cuya mente solo hay lugar para los asesinatos que tiene que resolver, que no son pocos; vive rodeada de incógnitas. Y no solo por su trabajo. Toda ella es un misterio. “La mujer de la cabeza de la luna”, llegan a llamarla. Porque en su cabeza no hay ni un solo pelo. Ni uno. Y nadie sabe por qué. Son muchos los que han intentado desentrañar el enigma que es esta mujer, pero todavía nadie lo ha conseguido. Ni siquiera yo. Y es que este libro forma parte de una saga. Música desordenada es el segundo tomo, siendo el primero Terror al vacío y los dos últimos Uno tres cuatro y S de entropía. Parece que si quiero descubrir qué esconde Heloísa, tendré que sacar otro de esos de mis momentos para seguirle la pista en los siguientes dos tomos.

Por el párrafo anterior, habréis deducido que esta novela es policíaca. Mezcla asesinatos sucedidos en diferentes épocas —algunos mucho tiempo ha— y en diferentes escenarios. A priori, todos estos sucesos  no tienen nada que ver entre sí, pero a medida que las páginas vuelan (ya os aseguro que más rápido de lo que esperáis), veremos que todo guarda relación, pareciendo que un hilo rojo ha unido los diferentes asesinatos conduciéndolos directamente a la comisaría donde Heloísa espera pacientemente un nuevo caso que resolver.

Dentro de esta novela encontramos varias historias con personajes muy diferentes, pero gran parte de la trama se desarrolla alrededor de un hotel repleto de okupas. A mí esto me ha parecido muy original, ya que era la primera vez que leía un libro ambientado en algo así. Dentro del hotel existe una especie de jerarquía, aunque la mayoría de los ocupantes aboguen por una anarquía como modelo de convivencia. Esto me ha recordado un poco a Ensayo sobre la ceguera, de mi querido Saramago, donde vemos cómo en todas las circunstancias de la vida el hombre tiende a organizarse de una manera u otra. El ser humano necesita órdenes, necesita objetivos y tener las cosas claras. Me ha gustado mucho que la escritora usara esta ambientación, por la originalidad (a riesgo de repetirme otra vez) y por lo interesante que me parece. Pero no solo tendremos escenas dentro de este hotel, también tendremos personajes externos a esta historia que nos llevarán a diferentes partes del mundo y que irán dándonos poco a poco las piezas del puzle que necesitamos para resolver todos estos misterios. Uno de estos lugares es Marruecos, parte que me ha gustado especialmente porque me parece que está muy bien ambientada, ya que el ambiente cálido y apabullante que se vive en este tipo de países queda perfectamente retratado por la escritora.

Esta novela policíaca está escrita por Inmaculada Hernández Marcos, que, como indica en la parte posterior de su libro, aunque nació en La Mancha, acabó siendo acogida por Salamanca. Esta parte posterior de la que hablo es tremendamente importante, o al menos a mí me lo parece. Ya que en ella dice que por motivos económicos el dedicarse a la escritura a tiempo completo parece algo idílico. Al final ya sabemos todos lo que pasa: la vida. La vida se acaba interponiendo entre nosotros y nuestras metas y debemos amoldarnos a lo que ella nos ofrece para no acabar mal parados. Pero hay algún valiente, como es el caso que nos ocupa, que saca tiempo de donde no lo hay para poder escribir y escribir. Para perseguir su sueño incansablemente. Y, al fin, regalarnos a nosotros, lectores, una gran novela. Desde aquí, desde esta pequeña reseña que espero que sea capaz de transmitir lo que contiene el libro, animo a Inmaculada a seguir con ello, a no descansar y a continuar escribiendo. Porque, aunque todavía no es conocida ni tiene una difusión extraordinaria (que, por suerte o por desgracia, eso marca el que un libro se venda o no se venda en la mayoría de los casos), yo le auguro un futuro muy próspero este mundo. Tiene todo lo que tiene que tener una novela de este cariz: tiene una trama original, muy interesante, con capítulos que cierran con la tensión por las nubes, con protagonistas diferentes y misteriosos, con una prosa ligera que hace que la novela no se haga pesada, con varias historias que se entremezclan de una forma muy sutil y con un magnífico uso del lenguaje.

Música desordenada ha sido un gran descubrimiento para mí. Últimamente estoy leyendo bastantes novelas donde el misterio es el protagonista por excelencia, pero al terminar los libros siempre tengo la misma sensación, como que me falta algo. Como que el libro me podría haber dado mucho más. Me quedo fría y, a veces, un poco desilusionada. Por eso cuando empecé esta novela, lo hice midiendo mucho mis pasos. Por una parte, no quería crearme expectativas altísimas que quizás no se llegarían a cumplir, pero por otro lado me apetecía muchísimo encontrarme con una novela sorprendente y diferente a todo lo demás. Ya sabéis, que sí pero que no. Al final me dejé llevar y pensé “que sea lo que tenga que ser”. Avisé de que igual tardaba un poco más de la cuenta en leerlo porque vi que eran casi quinientas páginas y si el libro era lento no lo podría leer con la facilidad con la que cojo otros tomos. Solo os digo que el primer día me leí cien páginas de un tirón. Y porque he tenido que trabajar mucho estos días, sino estoy segura de que lo hubiera devorado en tres noches.

Por cierto, os dije que Música desordenada era la segunda parte de una saga, que se llama El universo escondido, así que empecé a leerlo a sabiendas de que me podría perder muchas cosas y eso me podría llevar a no enterarme muy bien de la historia. Y os digo, no sé qué me he perdido en la primera parte (que seguro que son un montón de detalles y, sobre todo, referentes a la vida de Heloísa), pero he podido leer esta novela perfectamente. Si no me dicen que tiene una primera parte, ni me hubiera enterado, porque se puede leer autónomamente sin ningún problema. Aunque claro, mejor hacer las cosas bien y empezar por donde hay que empezar, por el principio. Así que si queréis saber más sobre Heloísa, ya sabéis, primero Terror al vacío y luego que venga lo que tenga que venir.

Veo que mi momento del día ha dado para mucho y, aunque no tengo un libro entre las manos, tengo el portátil y mil cosas que decir, que tampoco está nada mal. Aunque a diferencia de Música desordenada, esta reseña sí que sé cómo va a terminar, y lo va a hacer de una forma muy sencilla: con la recomendación de que no perdáis el tiempo y os dejéis seducir por el misterio de Heloísa.

 

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7LR (Siete lágrimas rojas), de Juan Miguel de los Ríos

7lr Siete lagrimas rojas

7lr Siete lagrimas rojasEl año pasado tuve el inmenso privilegio de acudir como representante de Libros y Literatura a la cena de gala del Premio Planeta 2016. En uno de los posts donde contaba mi experiencia durante ese fin de semana, y dejándome llevar por el frenesí de quinielas y rumores que se desataba entre los periodistas presentes, me atreví a dar mi apuesta como favorito a uno de los manuscritos finalistas, desenmascarando (gran atrevimiento el mío) el famoso autor que se escondía detrás. Ese manuscrito era 7LR, que en aquel momento lo firmaba un misterioso Blanco Dálmata, aunque para mí tras ese seudónimo se encontraba Javier Sierra. Mi lanzamiento a la piscina fue doblemente fallido. Ni 7LR ganó el Planeta 2016 (aunque quedó en un meritorio cuarto puesto) ni tras Blanco Dálmata se encontraba el autor de El maestro del Prado. El autor en cuestión era Juan Miguel de los Ríos, como pude saber a posteriori, y fue el propio escritor el que me hizo la promesa de mandarme su manuscrito si finalmente conseguía publicarlo.

Gracias a Ediciones del Genal, el autor ha podido cumplir con su promesa, y ahora me toca a mí hablaros sobre 7LR (Siete lágrimas rojas), la que es su tercera novela. He de ser sincero, como siempre soy con mis reseñas: Este género literario lo tengo bastante apartado de mis lecturas habituales, pues el atracón que me di hace más de una década con El Código da Vinci y sus sucedáneos fue tan grande que se me quitaron las ganas de seguir leyéndolos durante una buena temporada. Sin embargo, mi curiosidad lectora quería saber qué se escondía detrás de este enigmático título, y comprobar de primera mano lo que vieron los miembros del jurado para elegir una obra así como la cuarta mejor entre los más de 550 manuscritos que se presentaron a concurso.

Con Juan Miguel y su novela viajamos a una Málaga que vive un periodo de catarsis. En fechas próximas a la Semana Santa, seis de las vírgenes de la ciudad empiezan a llorar sangre. El milagro lleva a millones de fieles a ocupar la ciudad, paralizando por completo la vida diaria de la misma. El Vaticano, alarmado, decide llevar a uno de sus jesuitas, Elías, a investigar qué hay detrás de este curioso misterio. Ya en la capital de la Costa del Sol, el joven sacerdote recibirá la ayuda de Javier, comisario de la Policía Local y Micaela, periodista malagueña. El jesuita, malagueño de nacimiento, descubrirá no sólo los misterios que se esconden tras las lágrimas sangrientas; también descubrirá cosas de su pasado que parecían olvidadas tras muchos años viviendo fuera de la ciudad.

Uno de los jurados del Premio Planeta, Juan Eslava Galán, con su humor característico, definía esta historia como “una intriga trepidante al estilo de El Código da Vinci, solo que está muy bien escrita”. Y una vez terminado, no puedo estar más de acuerdo con el escritor jienense. Juan Miguel de los Ríos sorprende con esta historia bien estructurada y documentada de manera casi exhaustiva. El perfil de los personajes es muy completo, siendo Elías una buena versión made in Spain del profesor Robert Langdon. Pero lejos de quedarnos en una superficial comparativa con Dan Brown, hay que agradecer a este autor el esfuerzo que hace por contextualizar la historia de Málaga dentro del mismo relato, retrotrayéndose a los años previos a la Guerra Civil y rememorando episodios negros de nuestra historia como fue la quema de conventos de mayo de 1931, de tan infausto recuerdo para la ciudad malacitana.

En 7LR (Siete lágrimas rojas), pasado y presente van entremezclándose, abordando a su paso temas como el amor, la pertenencia, el olvido y la religión. Y por supuesto, mucho misterio, que va desvelándose poco a poco. Como parte negativa del libro, hay que señalizar que en ocasiones la lectura se vuelve un poco densa. El autor se recrea en descripciones largas y se echa en falta un poco más de diálogo para que la historia fluya de un modo más rápido. Sin embargo, los pocos diálogos que hay en la historia están llenos de humor, agudeza y agilidad, punto que quizá se debería explotar más en publicaciones futuras, pues creo que proporcionaría un resultado aún mejor en el lector.

7LR (Siete lágrimas rojas) no solo es un homenaje al pasado y presente de una ciudad como Málaga. Es además una gran historia que hará las delicias de todo aquel lector que disfrute de las novelas de misterio. Quizá en próximas ediciones volvamos a ver a Juan Miguel de los Ríos entre los finalistas del Planeta. Y quién sabe si algún día recibirá tan ansiado galardón (con su suculento cheque incluido) en esa cena de postín. Pero tampoco juguemos a ser adivinos (yo ya he demostrado mi poca pericia tirándome a la piscina), y disfrutemos de esta gran historia.

César Malagón @malagonc

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Reconstruyendo a Amelia, de Kimberly McCreight

Reconstruyendo a Amelia

Reconstruyendo a AmeliaLa adolescencia es quizás una de las etapas más difíciles de nuestras vidas. Y todos lo sabemos porque lo hemos vivido. Esa sensación de enfadarse por cualquier cosa, de dar excesiva importancia a una cosa por pequeña que sea, estar constantemente buscándonos a nosotros mismos, a quiénes queremos ser… Y aún así, a pesar de todo esto, somos conscientes de que es una etapa inolvidable y de que nunca seremos tan jóvenes ni nos sentiremos tan vivos como nos sentimos entonces.

Algo parecido a esto es lo que siente nuestra protagonista, Amelia, una joven de quince años que trata de sobrevivir al colegio junto a su madre, Kate, una mujer demasiado entregada a su trabajo que trata de sacar todo el tiempo posible para pasarlo con su hija. Pero todo cambia cuando un día cualquiera su hija salta del tejado de su colegio y se suicida. ¿O no? Es lo que Kate tendrá que averiguar investigando cualquier pista que Amelia haya dejado. ¿Realmente conocía a su hija? ¿O esta escondía demasiados secretos?

Me ha sorprendido que este sea el debut de esta escritora, Kimberly McCreight, pues muestra una gran técnica y una brillante pluma a la hora de construir esta historia. No solo maneja muy bien el suspense, haciendo que el lector no pueda parar de leer y no se aburra en ningún momento, sino que también demuestra su ingenio al contar esta historia a dos voces: Kate en el presente, narrando todos los acontecimientos que siguen a la muerte de su hija, y Amelia en el pasado, revelándonos todo lo que experimentó y ocurrió en su vida antes de su muerte.

Esto me ha encantado porque nos permite conocer muy bien a ambas y sus puntos de vista, muy diferentes al estar en etapas de la vida muy distintas. Además, a pesar de que es muy difícil, la autora nos hace empatizar con ambas y esto hace mucho más fácil la lectura.

Pero lo que más me ha gustado de Reconstruyendo a Amelia es la mezcla que hace entre el misterio, puesto que en todo momento quieres saber qué es lo que le ha ocurrido a Amelia y cuáles son todos los secretos que oculta, y cómo narra temas como los problemas familiares, la búsqueda de la identidad en la adolescencia o cómo afrontar el dolor. Creo que esto añade profundidad a la historia y nos acerca aún más a las vidas de los personajes.

Como ya he dicho antes, es fácil empatizar con ambas protagonistas. Pero lo es aún más con Amelia, puesto que todos hemos experimentado alguna vez la necesidad de encajar en el colegio o con nuestros amigos, ya sea por inseguridades o por querer conseguir esa popularidad que tanto se ve en los institutos. Aunque he de decir que esto se ve mejor en la sociedad estadounidense, porque en nuestro país no experimentamos tanto ese clasismo que se ve tan bien en películas como “Chicas malas” o series como “Por trece razones”, por poner algún ejemplo. Es algo ya instalado en el imaginario colectivo debido a la cultura popular. Esa separación por grupos que existe en todo instituto o colegio estadounidense.

Pero, sin desviarnos del tema, creo que este tema está muy bien plasmado a lo largo de esta novela. Y, en cuanto al desarrollo del misterio, creo que es algo que también está muy bien llevado porque el ritmo en la novela no cesa. Es muy difícil dejar de leer porque quieres saber qué ocurre con la protagonista, mientras tú mismo te haces tus propias conjeturas de lo que pudo pasar… Hacía mucho tiempo que no leía un thriller tan completo que me hiciera reflexionar, a la vez que me mantuviera pegada a sus páginas sin esperarme lo que ocurre al final…

Reconstruyendo a Amelia es un thriller perfecto para el verano, ya que se lee de una sentada y profundiza además en otros temas actuales y de interés universal que no pasan desapercibidos en el desarrollo de la historia. El debut de Kimberly McCreight no me ha decepcionado en absoluto, tenía ganas de leer un thriller tan bien construido como este y en el que las piezas encajaran por completo al final. Además, el desarrollo de los personajes se hace muy patente a lo largo de la historia y reservan más de una sorpresa que me dejó con la boca abierta. No puedo esperar a ver la adaptación de la HBO, con nada más y nada menos que Nicole Kidman en el papel de Kate. No me podéis negar que promete, y mucho…

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Francamente, Frank, de Richard Ford

Francamente, Frank

Francamente, FrankSi hay algo que nadie puede parar, por mucho dinero o poder que tenga, es el paso del tiempo. Queramos o no queramos, chillemos o pataleemos, a medida que pasamos las páginas del calendario cada vez las resacas son más duras y el sueño resulta más difícil de coger; cada vez son más los amigos que empiezan a trabajar el arte de la excusa para evitar salir a la calle más de lo indispensable, y cada vez uno se da más cuenta de que la mejor época de su vida ha pasado y que todo lo que viene a partir de ese momento va a ser cuesta abajo. Y sí, esto lo dice un mocoso de veinticinco años. Más o menos el momento en el que uno es consciente de que los veranos de tres meses se fueron para no volver jamás.

En Francamente, Frank, Richard Ford, premio Princesa de Asturias de las Letras en 2016, nos habla de todo lo malo que tiene hacerse viejo, en un contexto horrible para pasar este trago: el escenario postapocalíptico que dejó la crisis económica de 2008 y que Ford agrava con el efecto devastador que tuvo el huracán Sandy en el estado de Nueva Jersey.

Ford hace literatura de gran altura sobre esa base, con el empleo de ingredientes tan poco agradables pero tan comunes como la destrucción de la prosperidad, la soledad, la enfermedad, la desidia por todo lo que nos rodea o los simples achaques de la vejez. Al fin y al cabo es una lectura realista y contemporánea y, como tal, es lógico que sea dura y desesperanzada. A través de Frank Bascombe, un personaje que le ha acompañado desde 1986, cuando publicó El periodista deportivo, el autor americano construye cuatro historias que desprenden un fuerte hedor pesimista y cínico, muy actual, en el que la desconfianza por todo lo que nos rodea es el pan nuestro de cada día. Asistimos así al hundimiento de todo aquello que creíamos que era indestructible, desde los ojos de un septuagenario que vive sin demasiado entusiasmo la penúltima etapa de su vida.

El protagonista, antiguo agente inmobiliario, asiste a los cambios bestiales que se han producido en su entorno, bajo las luces y las sombras de la segunda legislatura de Obama. Aquella en la que se pasó del ‘Sí se puede’ al ‘Ya si eso en otra ocasión’. Ante él aparecen personajes que no viven sus mejores momentos: un antiguo comprador de una casa que ha quedado convertida en escombros por el huracán; la antigua propietaria de la vivienda de Bascombe, con una historia terrible a sus espaldas; la incómoda visita a su exmujer, enferma de párkinson, y el último adiós a un antiguo amigo, que sufre una enfermedad terminal.

Es el primer libro que leo de este autor, pero su prosa contiene muchos de los matices que suelo apreciar en un escritor: una ironía muy afilada, una fijación en esos pequeños detalles que tanto ayudan a dar credibilidad a un relato o los temas y comportamientos cotidianos abordados desde prismas distintos a los habituales. La intolerancia, el racismo y el radicalismo creciente, que ha alcanzado su apogeo en nuestros días, ya son recogidos por Ford, que se demuestra hábil en captar el clima que se iba fraguando en su país y que acabó colocando a un ser como Donald Trump en el despacho oval. Otro motivo más para resguardarse en el viejo dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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Corrupción policial, de Don Winslow

Corrupción policialCon Corrupción policial, el lector es libre de elegir cómo quiere leerlo. En verdad, esto se aplica a cada libro que podamos leer en la vida, sea cual sea; sin embargo, no es tan usual que se pueda aplicar a una novela de aspiraciones principalmente comerciales y de entretenimiento, como es, supuestamente, el caso de todas las obras de Don Winslow, más enfocadas al mercado que a la trascendencia; máxime teniendo cierto conocimiento del tipo de personaje que suele protagonizar sus novelas.

Corrupción policial no es una historia de buenos y malos; es, más bien, una historia de malos, peores y pésimos. Tan es así, que el lector que busque un héroe con el cual identificarse y al cual animar y desear que tenga un final feliz se puede sentir perdido o, tal vez, estafado. El referente que nos ofrece o propone Winslow es Denny Malone, quien, al comenzar la novela, que no la historia, está en la cárcel. Nos enteramos, acto seguido, de que es un superpoli caído en desgracia; otrora rey de las calles junto con su equipo, un cuerpo selecto de policías con licencia para todo con tal de hacer valer… ¿el qué? ¿La justicia? ¿El imperio de la ley? ¿O su propia ley, sea ésta cual sea? Lo que fuera que hacían valer se nos comienza a describir con pelos y señales, con vívidas escenas y frías pormenorizaciones de los actos que cometían los servidores mejor considerados y más temidos de la ley y del orden, y he aquí -es decir, en los primerísimos compases- donde el lector comienza a sentir que en esta novela va a quedar huérfano de referentes morales, de alter egos ficticios en los que encarnarse para elevarse sobre la sucia y deprimente realidad.

La característica principal de Corrupción policial es esa misma: que todo el mundo está corrompido y que el autor nos muestra claramente esa corrupción; pero obligándonos para ello a conocer la historia desde el punto de vista del supuesto héroe, el protagonista, Denny Malone. Podremos odiar a Malone por cómo ha llegado a ser, por sus acciones impunes, desvergonzadas y, en ocasiones, imperdonables, escandalizadoras, inmorales; pero es a él a quien debemos seguir. Y lo seguiremos mientras protagoniza su historia de decadencia moral, de descenso a los infiernos humanos y, más tarde, sociales, corporativos, políticos, personales. Lo que sucede es que Malone es imperdonable por una cosa más: porque nos va a servir en bandeja toda una serie de excusas, discursos autoexculpatorios, justificaciones de lo que ha hecho y de por qué lo ha hecho. Lo hace con convicción, aportando argumentos de cierto peso: si hay traficantes, gángsters, mafiosos, y también hay abogados, fiscales, jueces, políticos de todo tipo y de todo nivel que se lo llevan crudo gracias a fraudes, engaños, compraventa de drogas, apaños, amaños, mentiras, juego sucio y crímenes leves y graves, ¿por qué nosotros no? ¿Por qué unos policías, que no son otra cosa que buenos muchachos nacidos en familias trabajadoras, con hijos a los que criar y enviar a la universidad, no pueden también llevarse su trozo de pastel? Al fin y al cabo, dicen Malone y sus compañeros, ¿acaso no estamos robándoles a los ladrones, cobrándonos unos impuestos al crimen, imponiéndoles una especie de multa, quitándoles parte de su dinero sucio? ¿Qué mal hacemos si nos gastamos nosotros ese dinero sucio y, de paso, impedimos que se lo gasten ellos? Más o menos, ése es el argumento principal que esgrimen. Y nos invitan a comprenderlo, a implicarnos, a decir que nosotros haríamos lo mismo.

Lo que sucede también con Corrupción policial (título quizá más acertado incluso que el original en inglés, The force, que también le va como anillo al dedo) es que es una novela de Don Winslow, escritor que ya ha demostrado que sabe darle la vuelta al asunto y quitarte la alfombra de debajo de los pies cuando menos lo esperas. Y en Corrupción policial juega con el lector como quiere, plantándole vueltas de tuerca, bandazos imposibles de prever, y, lo más interesante, desafiándolo una y otra vez a reafirmar su rechazo por Denny Malone y todo lo que él representa, algo que no sucedía en El poder del perro, por ejemplo, donde estaba muy claro desde el principio que el protagonista era el faro moral de la historia y donde no había dudas a la hora de identificarse con él. En Corrupción policial, el protagonista es un hombre cuya brújula moral ha dejado de señalar el norte; pero también una brújula estropeada señala el norte alguna vez, aunque sea sólo durante un momento, y esto también sucede con Denny Malone a lo largo de la novela. Una y otra vez, el autor nos invita a interrogarnos a nosotros mismos por nuestro alineamiento, sobre todo a la luz de información nueva que nos va proporcionando. A medida que avanza la novela, de ritmo trepidante, las máscaras van cayendo y cada personaje se revela exactamente como lo que es; y lo que hay debajo del disfraz no sólo resulta deprimente e indignante, sino poco sorprendente; el lector espera esa ruindad moral y no sólo no se asombra ya de ella, sino que lo que lo asombra es no haberla detectado antes.
Es imposible saber, con sólo leer el libro, si estamos ante una buena demostración de oficio por parte de Don Winslow o si el paisaje humano y colectivo, de sólidos tonos negros, que nos pinta responde realmente a su visión del ser humano y del mundo que ha construido. Quizás Corrupción policial participa del mundo de la posverdad, del mundo donde el ser humano ha perdido todos sus referentes morales y sólo puede aferrarse a aquello que le conviene, a pisar antes de ser pisado, a la mera supervivencia, y al dios dinero, que ha sustituido en su escala de valores a todos los demás dioses. Quizás. O quizás es un buen espejo deformador donde mirarnos para poder reconocer, al final, ese reducto de agonizante, pero aún viva, moralidad según la cual podemos calibrar todos los actos, propios y ajenos, y evitar identificarnos con un héroe profundamente fallido, profundamente fracasado en todos y cada uno de los objetivos ideales del hombre. Dado que no es verdad eso de que quien roba a un ladrón tiene mil años de perdón, ni lo de que como otro ha cometido peores actos que los nuestros, nuestras malas acciones no revisten ninguna gravedad.

Y una última cosa que importa mucho decir acerca de Corrupción policial es que resulta una lectura sumamente adictiva, y que se pasa bomba leyéndola. Suscita emociones y sentimientos, suscita indignación, incredulidad, rabia, suscita lástima, también empatía, e ira justiciera; se trata de una historia basada, se supone, en la realidad, tanto en lo malo como en lo bueno y humano que retrata. Y no se puede dejar de leer, por lo cual constituye una elección perfecta para leer este verano (o en cualquier otra época del año) como lectura de evasión. Aunque la maldad y la codicia que salpican las páginas huelan a podrido y aunque el skyline de Nueva York quede oculto por las negras nubes de la corrupción.

El acto final es sencillamente increíble.

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Amor perdurable, de Ian McEwan

Amor perdurable

Amor perdurablePor amor se han hecho muchas locuras a lo largo de la historia. Quizás ninguna tan bárbara como la del doctor Carl von Cosel quien, tras no poder salvar a Elena Hoyos, su amor platónico, de morir por tuberculosis, decidió exhumar su cadáver dos años después de que la joven soltase su último suspiro. Tras ello, hizo lo posible por que el cadáver tuviese el aspecto (y el hedor) más humano posible y mantuvo una relación enfermiza con éste hasta que fue descubierto siete años más tarde por la hermana de la fallecida. Está claro que si tomamos como base este caso cualquier locura por amor de la que hablemos va a parecer pequeña.

En Amor perdurable Ian McEwan toca el tema de la obsesión amorosa desde su particular prisma. Partimos, como casi siempre pasa en las obras de este autor, de un acontecimiento pintoresco, a partir del cual la trama va dirigiéndose por derroteros que en un principio eran inimaginables. Así, la novela da comienzo cuando un apacible día campestre que se disponían a vivir Joe y Clarissa, una pareja próxima al medio siglo de edad, es interrumpido cuando un niño queda atrapado en un globo aerostático y comienza a ascender sin poder hacer nada para evitarlo. Joe y otras personas que se encontraban cerca del lugar intentan sujetar el globo, pero todos ellos acaban soltando la cuerda que lo mantenía cercano a tierra, salvo un hombre que acaba falleciendo al caer al suelo desde una altura considerable. Este incidente marca fuertemente a Joe, no solo por los remordimientos que le provoca la duda de lo que hubiera pasado si no hubiese soltado la cuerda, sino porque a partir de ese incidente otro de los hombres que fueron a socorrer al niño, un joven de fuertes convicciones religiosas llamado Jed Parry, se obsesiona con él y comienza a perseguirle y a sostener que él y Joe están profundamente enamorados.

En esta novela —que cuenta con una adaptación cinematográfica que para nada le hace honor, ya que es bastante mediocre— el escritor inglés mantiene una de sus aficiones preferidas: la de jugar con el lector. Y es que McEwan ha demostrado con el tiempo que disfruta cambiando los patrones habituales para desconcertar a sus fieles. Le gusta marcar los tiempos de la narración y decidir qué información suministrar y cuál reservarse para, llegado el momento, dar un vuelco a las ideas habías podido ir labrando durante varios capítulos; también puede cambiar al narrador de buenas a primeras, sin previo aviso, o dedicar varias páginas a desgranar ideas científicas. Todo lo que sea necesario para que el lector no tenga posibilidad de hacerse una idea clara de por dónde le va a llevar la lectura.

De lo que no cabe duda tampoco, no obstante, es de que las novelas de Ian McEwan se distinguen por ser literatura con mayúsculas. Con un estilo muy cuidado, continuas figuras literarias y reflexiones de notable enjundia intelectual, este es uno de los escritores que no necesita de grandes historias para producir libros de calidad; da gusto leerle independientemente del tema que trate. Y en Amor perdurable la historia nos envuelve en un clima demente, en el que por momentos no somos capaces de distinguir qué es lo lógico y qué lo irracional cuando el amor lo inunda todo.

Estamos pues ante una novela muy apetecible para aquellos que estén dispuestos a recalentar un poco su mollera— ya que no es la típica novela ligerita de verano, ni se le parece— para dejar que le absorba durante horas una historia verdaderamente pasional.

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Persiguiendo a Cacciato, de Tim O’Brien

Persiguiendo a Cacciato

Persiguiendo a CacciatoHero of war es una de las canciones más conocidas del grupo estadounidense Rise Against. En ella, un hombre cuenta en primera persona cómo fue reclutado para el ejército y qué tuvo que hacer durante el tiempo en que estuvo destinado en una guerra. El protagonista de esta canción, al igual que los personajes que Tim O’Brien creó unas décadas antes, no se alistó como soldado por convicción, por tener deseos fervientes de defender a su patria. Simplemente, sin saber muy bien cómo, acabó con un arma entre sus manos y terminó asimilando que en los conflictos armados hay que hacer cosas que no se quieren hacer.

Persiguiendo a Cacciato, la novela de O’Brien, sitúa su trama en el año 1968 y cuenta cómo un buen día un joven y tontorrón soldado decide abandonar a sus compañeros destinados en Vietnam con la firme idea de llegar a París a pie. Es decir, emprende una huida con 13 000 kilómetros de distancia por delante. El pelotón al que pertenecía es seleccionado para capturar al desertor y durante esta misión los perseguidores tienen tiempo suficiente para replantearse sus propias aspiraciones.

Tim O’Brien estuvo destinado en Vietnam. Y es algo que se nota. Se palpa en la forma minuciosa que tiene de describir los ambientes, de reflejar el lenguaje y la manera de actuar de los soldados, de desgranar las anécdotas y las ocurrencias menores que van marcando el día a día de los combatientes en territorio enemigo. Y esto es algo realmente relevante, ya que son precisamente esos pequeños detalles, tan poco épicos como verosímiles, los que hacen que el relato te atrape y te afecte. Porque es difícil no empatizar con aquel que está a disgusto en una realidad que no ha elegido vivir.

Y es que, con todo lo que pueda parecer, Persiguiendo a Cacciato no es propiamente una novela de guerra, sino más bien una novela de personas a las que les ha tocado soportar una guerra. Lo verdaderamente relevante de este texto, lo que hace que sobresalga de tantísimas narraciones de este y otros conflictos armados, es la capacidad del autor para transmitir la humanidad de los combatientes, para hacer que dejemos de imaginarlos como soldados y empecemos a verlo como chavales a los que les han puesto un rifle entre las manos. A través de una narración que entremezcla flashbacks con la persecución del soldado rebelde, O’Brien nos permite conocer todo lo que Cacciato y sus compañeros han vivido durante su estancia en el país asiático y cómo esto les ha afectado a nivel personal.

Como digo, la auténtica relevancia de este texto la cobran los soldados y su necesidad de abstraerse, de dejar atrás el conflicto, aunque sea durante unas horas al día a través de una liga de baloncesto, a sabiendas de que al día siguiente les tocará arrasar aldeas humildes y asesinar a civiles inocentes. Se palpan las ganas de escapar, que sólo Cacciato se atreve a materializar. De repente, ese chico aparentemente débil y sumiso es el único que se atreve a dar el paso que tantos otros anhelan.

El juego del gato y el ratón que protagonizan el batallón y Cacciato se hace vibrante por momentos, ya que no son pocas las ocasiones en las que sus antiguos compañeros le pisan los talones, en un largo trayecto que les hace visitar Birmania, Afganistán, Turquía o Grecia. Durante ese viaje somos partícipes de cómo los soldados vuelven a convivir en sociedad, sin armas de por medio y sin un enemigo directo al que asediar o temer. Y de lo a gusto que se encuentran en esa situación, lo que le lleva a más de uno a cuestionarse seriamente el sentido de seguir gastando balas.

Una novela, en fin, que se aleja de lo habitual en su género y que decide apartar el foco del gran conflicto bélico para ponerlo sobre las pequeñas luchas internas. Esas mismas que una vez que las tropas se repliegan y los disparos cesan no hay acuerdo de paz que pueda cerrarlas de cuajo. Son batallas que quedan irremediablemente unidas a aquellos que, muchas veces sin saber cómo, acabaron con un rifle entre sus manos.

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