
Decía Grace Paley en un magnífico ensayo literario que lo que les interesa a los escritores es la vida, la vida tal y como «casi» la están viviendo. Que existen personas que viven primero y luego escriben, como Marcel Proust, y otros que sienten la tentación de alejarse del oficio de la poesía más personal. Quiero creer que el día que a Stephen King se le ocurrió el argumento de Fin de guardia tuvo mucho que ver esa vida que estaba pasando frente a sus ojos. Me quiero imaginar al escritor de Maine oculto bajo una gorra de béisbol y gafas de sol cogiendo una mañana cualquiera un autobús urbano. En el trayecto, tras los oscuros cristales observaría el comportamiento de los demás viajeros. Puede que sea Estados Unidos, pero no se diferencia mucho de lo que podemos encontrar en las líneas del metro de Madrid: todos los pasajeros absortos frente a una pantalla luminosa. Y ahí estuvo el germen de su nueva obra.
En cuanto a semilla narrativa no se aleja mucho de la que ya se le ocurrió para la infame Cell, en la que una extraña señal emitida a través de los teléfonos móviles dejaba a toda la gente idiotizada. En el caso de esta novela, la tercera y definitiva historia del detective Bill Hodges, el aparato en cuestión que se utiliza como arma para crear el terror más kingniesco es un Zappit, un modelo de consola portátil como las viejas Game Boy. Pero antes de meternos en materia, y tratándose del final de una trilogía, hagamos un pequeño repaso por la historia hasta ahora.
Una fría madrugada, un numeroso grupo de desempleados hacían cola frente a las oficinas donde se ofertaban diversos puestos de trabajo. Mientras se refugiaban del frío con mantas y abrigos, un enorme Mercedes gris emergió entre la niebla y se abalanzó hacia la multitud. Arrolló a todo cuerpo que encontraba a su paso. Sangre, ropajes y algún miembro cercenado se quedaban enganchados a la carrocería del coche. Esto que tanto hemos visto en los telediarios últimamente ocurría en 2014 dentro de la novela Mr. Mercedes. Era el potente arranque de la primera incursión en novela negra de Stephen King. Brady Hartsfield, el asesino del Mercedes, como lo bautizaron, trajo de cabeza a la policía y en especial al detective retirado Bill Hodges, diana de toda su rabia. Durante la novela, Brady consiguió a través del engaño y la corrupción de las mentes de sus víctimas conseguir llevarles al suicidio. Con Bill no pudo conseguirlo, pero no va a quedar impune.
La segunda parte se llamó Quien pierde paga, una historia autoconclusiva —y la mejor de las tres— que jugaba con diversos elementos propios de las obras de King: el lector obsesionado con su escritor favorito. Aquí la acción y la trama se vuelven más entretenidas con personajes mejor construidos y donde de nuevo el detective Bill Hodges tendrá que resolver el caso de unos antiguos manuscritos hallados por un chaval que corre un gran peligro.
Y ahora llega a las librerías Fin de guardia. Era de esperar, tras las páginas finales de la segunda parte de la trilogía, que esta nueva historia se centrase de nuevo en la figura de Brady Hartsfield. Y en efecto, así sucede. Quizás ocurre en demasía. Me explico. El comienzo de Mr. Mercedes fue contundente. Muy bueno. Conquistaba al lector, al menos, para que siguiera adelante con la obra. Sin embargo, eso no ocurre con su nueva novela, ya que de nuevo vuelve a contar el mismo inicio, pero en la perspectiva de un operario de ambulancia. ¿Falta de creatividad? A King se le puede dar la oportunidad de seguir leyendo para ver dónde nos llevarán los acontecimientos. En verdad, no van a parar muy lejos. Fin de guardia bebe y vive de la primera parte de la trilogía. Si no la has leído, descuida, te va a poner en antecedentes con frecuencia ya que existen diversas referencias a lo ocurrido en el asesinato del Mercedes. Esto no debe llevar a malos prejuicios. La novela, en sí, desarrolla uno de los componentes básicos de la producción bajo el sello Stephen King, y que ya utilizara en su fabulosa Carrie: los poderes de telequinesia.
Brady quedó en estado vegetativo tras los acontecimientos de Mr. Mercedes. En su recuperación, desarrolló un fascinante poder que intenta comprender y ensayar para llevar a cabo su maldad. Durante sus cuidados médicos, consigue introducirse en la mente de los enfermeros a través de las videoconsolas Zappit, las cuales dejan en estado catatónico a quienes con ellas juegan. No va a ser a los únicos a los que viole mentalmente. Su nuevo juego de satisfacción consistirá en llegar de nuevo hasta el detective Bill Hodges para vengarse de él y conseguir matarlo. Final de novela con su esperado e intenso suspense, aviso.
Como decía al comienzo en referencia a los textos de Grace Paley, Stephen King se vale de muchos elementos cotidianos de su vida para llevarlos al papel, y si me apuras, al de su personaje Bill Hodges, en quien se aprecian muchos de esos achaques (o chocheos, siempre en el sentido amable, si es que lo tiene) que seguramente está experimentando el propio King. Ya no solo por el carácter de un hombre cansado y curtido, o evocar a series o redes sociales que utiliza, sino por sus muchas proclamas de carácter político-social que parece más propio de un panfleto propagandístico que del registro natural de personajes de ficción. En definitiva, creo que su incursión en el género negro no le ha granjeado un gran éxito, pero sí le ha valido para intentar abordar nuevos frentes en su abultada carrera literaria, la que esperamos, no finalice y siga de guardia.



La nueva novela de la mexicana Fernanda Melchor era, según las listas de las mejores escritoras contemporáneas hispanoamericanas, una de las más esperadas en la segunda mitad de este año. No ha decepcionado en absoluto. Y eso que la lectura de esta obra no resulta fácil para depende qué tipo de lector se atreva con ella. Yo, que desconocía las anteriores obras de la autora, he descubierto un valor extraño y arriesgado en las letras en español. Una lectura que provoca cierta sensación de fatiga por la abrumadora descripción y presentación de sus personajes; la genial mezcla de discursos narrativos —indirectos, libres, omniscientes— que tejen un argumento adictivo imposible de obviar y que te lleve a cerrar el libro; por su contundencia y negrura a la hora de mostrar los bajos fondos de las zonas más pobres e incívicas de México. He aquí un auténtico festival de jerga propia de los barrios suburbiales que produce un delicioso sabor para el paladar de todo buen lector.
Nunca me había parado a pensarlo, pero el argumento de las novelas de 


Acabo de cerrar el libro. Hoy he trabajado todo el día y durante horas he pensado en el momento de llegar a casa. Una ducha, algo de picar, una manta (sí, estamos en agosto, pero en el norte las noches se visten de otoño) y un libro. En concreto, 


La adolescencia es quizás una de las etapas más difíciles de nuestras vidas. Y todos lo sabemos porque lo hemos vivido. Esa sensación de enfadarse por cualquier cosa, de dar excesiva importancia a una cosa por pequeña que sea, estar constantemente buscándonos a nosotros mismos, a quiénes queremos ser… Y aún así, a pesar de todo esto, somos conscientes de que es una etapa inolvidable y de que nunca seremos tan jóvenes ni nos sentiremos tan vivos como nos sentimos entonces.
Si hay algo que nadie puede parar, por mucho dinero o poder que tenga, es el paso del tiempo. Queramos o no queramos, chillemos o pataleemos, a medida que pasamos las páginas del calendario cada vez las resacas son más duras y el sueño resulta más difícil de coger; cada vez son más los amigos que empiezan a trabajar el arte de la excusa para evitar salir a la calle más de lo indispensable, y cada vez uno se da más cuenta de que la mejor época de su vida ha pasado y que todo lo que viene a partir de ese momento va a ser cuesta abajo. Y sí, esto lo dice un mocoso de veinticinco años. Más o menos el momento en el que uno es consciente de que los veranos de tres meses se fueron para no volver jamás.
Con Corrupción policial, el lector es libre de elegir cómo quiere leerlo. En verdad, esto se aplica a cada libro que podamos leer en la vida, sea cual sea; sin embargo, no es tan usual que se pueda aplicar a una novela de aspiraciones principalmente comerciales y de entretenimiento, como es, supuestamente, el caso de todas las obras de 
Por amor se han hecho muchas locuras a lo largo de la historia. Quizás ninguna tan bárbara como la del doctor Carl von Cosel quien, tras no poder salvar a Elena Hoyos, su amor platónico, de morir por tuberculosis, decidió exhumar su cadáver dos años después de que la joven soltase su último suspiro. Tras ello, hizo lo posible por que el cadáver tuviese el aspecto (y el hedor) más humano posible y mantuvo una relación enfermiza con éste hasta que fue descubierto siete años más tarde por la hermana de la fallecida. Está claro que si tomamos como base este caso cualquier locura por amor de la que hablemos va a parecer pequeña.
Hero of war es una de las canciones más conocidas del grupo estadounidense Rise Against. En ella, un hombre cuenta en primera persona cómo fue reclutado para el ejército y qué tuvo que hacer durante el tiempo en que estuvo destinado en una guerra. El protagonista de esta canción, al igual que los personajes que Tim O’Brien creó unas décadas antes, no se alistó como soldado por convicción, por tener deseos fervientes de defender a su patria. Simplemente, sin saber muy bien cómo, acabó con un arma entre sus manos y terminó asimilando que en los conflictos armados hay que hacer cosas que no se quieren hacer.