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Arte a la carta, de Benjamin Chaud

Arte a la carta

Arte a la cartaAntes de nada, deberíamos preguntarnos algo: ¿qué es el arte? A partir de aquí, seguro que muchos – yo el primero – ya estaríamos totalmente perdidos. Sí, no sabría definir qué es el arte ni tampoco defender por qué hay cosas de lo que se denomina arte que me gustan y otras que no. Me gusta comer y ya que como quiero comer bien, ¿es la gastronomía un arte? Puede que así lo sea y en este caso, por suerte, no tengo que aparecer yo defendiendo algo que no sé defender porque ya están los dibujos de Benjamin Chaud para hacerlo en este Arte a la carta que trae como novedad Libros del Zorro Rojo. 

El ilustrador francés, que podemos ver normalmente en ilustraciones de libros infantiles, se destapa ahora ofreciendo a los amantes de la literatura ilustrada treinta y dos visiones de los más grandes artistas de los últimos tiempos, todos con un denominador común: el plato, la mesa, la comida. Chaud coge el estilo característico de cada uno de los artistas representados y lo lleva a su terreno. Los sienta a una mesa y les da un giro irónico con el que consigue mezclar el arte de estos con la vida cotidiana de todo comensal. Vemos ese arte en forma de hilo tan característico de Louise Bourgeois transformado en una inmensa araña que la artista francesa se encuentra en la sopa, o a Van Gogh contemplando atónito cómo un cocinero japonés convierte su oreja en ‘nigiri’, o a Andy Warhol ante el descubrimiento de que la sopa de tomate es aburrida.

Treinta y dos ilustraciones que sacan el rasgo diferenciador de cada uno de los artistas a los que representan para explotarlo de la forma más gastronómica posible. Cargados todos de humor y color, los dibujos de Benjamin Chaud son un soplo de aire fresco ante lo cargado que está el aire alrededor de figuras tan consagradas como las representadas. Todo en esta vida es risible, nada pesa tanto como pueda parecer. Coger a Dalí y hundirle el reloj en una ‘fondue’ de queso, darle a comer a Frida Kahlo su propio corazón o vacilar a la Venus de Milo con un McMenú para llevar son algunos de los ejemplos de ello.

Sentados a una mesa el tiempo discurre leve e incluso a veces da la sensación de que desaparezca, y con él desaparecen las trabas, las barreras que nos imponemos, los filtros, las máscaras, nosotros. Déjate desaparecer, olvídate de que eres o no eres importante, huye de ti mismo lo más lejos que puedas. ¿No te pasa esto cuando te sumerges en un buen libro? Hazlo con Arte a la carta, es lo que él busca y quiere.

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Pameos y meopas, de Julio Cortázar

Pameos y meopas

Pameos y meopasLibros como este son los que demuestran que el que nace escritor lo es siempre, no solo cuando escribe. Pameos y meopas, publicado ahora por Nórdica Libros, es la recopilación de unos poemas escritos por Julio Cortázar entre 1944 y 1958 que ni el propio escritor concibió como obra para publicar. No soy escritor y por eso nunca he sabido descifrar cómo alguien que sí lo es es capaz de diferenciar aquello que espera publicar de aquello que no. Concibo la escritura, aunque de forma lejana, como un continuo vital y por eso me sorprende cuando me encuentro con casos, como es el de Cortázar en este momento, en los que el escritor reconoce que la obra en cuestión, ahora sí publicada, eran simples poemas «excesivamente personales, herbario para los días de lluvia» y para los que «nunca creí demasiado en la necesidad de publicarlos».

Vale, quizás sí que puedo llegar a entender que haya escritores que vean en alguno de sus escritos una calidad inferior a la que creen oportuna y decidan que eso no quieren que se publique. Pero viendo estos poemas, pameos o meopas, me es imposible entenderlo. ¿Debería ser obligado en autores ya consagrados y con masas de fans detrás que todo lo escrito por ellos tuviera que ser compartido? A veces me lo pregunto. Porque es posible que si no hubiera sido por circunstancias muy puntuales – como cuenta el propio Cortázar en el prólogo de la obra – estos poemas nunca hubieran salido a la luz editorial. Y ahora nosotros no los tendríamos en la mano. Y ahora yo no estaría escribiendo esto. Y Pablo Auladell no podría haber hecho estas magníficas ilustraciones que acompañan al libro, que lo llevan de la mano. ¿Cuánto se queda en el camino?

Seis partes configuran un libro compuesto por poemas escritos entre Buenos Aires, París y Roma con un Cortázar que oscila entre los 30 y los casi 50 años. Partes compuestas por dos, tres o cuatro poemas, sin seguir un hilo narrativo ni temporal, solo regidos – si esto es posible en algo que haga Cortázar – por el título de cada parte. La forma en los poemas cambia, igual que el sujeto, el destinatario, la extensión, el ritmo. Lo que no cambia es la huella. Es leer por ejemplo ‘Poema’, la primera composición del libro y para mí la mejor y saber a quién tienes delante.«Además te quiero, y hace tiempo y frío», Cortázar en estado puro.

Hay casos en los que el escritor cambia de género para intentar ser otro, incluso algunos refuerzan ese giro cambiándose el nombre. Luego hay otros que no, como es el caso de Cortázar: escritores que parece que nunca suelten el bolígrafo, que escriban su vida a medida que pasa en la forma que se le presente. Hay escritores que incluso te obligan a separar sus libros de la estantería porque no puede ser que sea el mismo el que ha escrito una y otra cosa. Hay otros que se juntan solos. Veo a Cortázar en fila en mi estantería, fila desde hoy un poco más ancha, más ancha por la llegada de Pameos y meopas.

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En torno al casticismo, de Miguel de Unamuno

En torno al casticismo

En torno al casticismoYa de por sí siempre me ha atraído ese tipo de pensadores que antes de teorizar dudan de lo que van a exponer. No me gustan los que afirman, aseguran y confían ciegamente en sus pensamientos y creencias. ¿Es esto malo? No lo sé, yo también dudo. Yo dudo mucho. Defendía Unamuno lo que se ha venido a llamar afirmación de los contrarios, que no es más que el apartarse de la búsqueda de respuestas para estar próximo a la creación constante e interminable de preguntas. Y yo me pregunto mucho. ¿Tú también?

En torno al casticismo es una sucesión de preguntas que el pensador vasco dirige al lector, lector que él espera con cierto afán intelectual y cargado de dudas en torno a un país en caída libre que acaba de ser sacudido por el desastre del 98. España huye despavorida de todo lo relacionado con el pensamiento que aflora en otros países de Europa, si bien es cierto que algunos intelectuales españoles, como es el caso de Unamuno, intentarán acercarse a esas posturas, leyendo, carteándose, viajando, viviendo. Alianza vuelve a editar ahora estos cinco artículos que Unamuno publicó en su momento (1895) en la revista La España Moderna, y en los que intentaba llamar la atención del español ciego y sordo y plantear a su vez su visión del presente. Destacando el primero y el último de los artículos – “La tradición eterna” y “Sobre el marasmo actual de España” – En torno al casticismo muestra por primera vez el concepto unamuniano de «intrahistoria» entendido como el fondo olvidado del país, el alma de sus gentes, que es lo más importante para él de una nación. En vez de fijarse en lo que siempre reflejan los libros históricos, Unamuno redirige la mirada hacia el pueblo, pero no individualizándolo sino hacia el pueblo en colectivo, hacia esas gentes que trabajan día a día por hacer que el país siga latiendo, por todos los que se despiertan mañana tras mañana para seguir viviendo.

Tener entre manos este libro de Unamuno puede provocar el típico rechazo que suele golpearnos cuando alguien nos dice que esto es lo que se debe leer. Y es cierto que este rechazo muchas veces está bien fundado. Pero no es el caso de Unamuno. Como afirma Enrique Rull en la introducción del libro, «echaba en falta el escritor vasco una verdadera juventud, un vigor renovador y un sentido crítico que se atreviera a poner el dedo en la llaga de las cosas». Esto es lo que pedía Unamuno hace más de 100 años. ¿No es lo que pedimos también ahora nosotros?

Decía Heráclito que nunca te bañas dos veces en las mismas aguas; aunque repitas lugar, aunque repitas río, las aguas nunca son las mismas. Pero yo reconozco que muchas veces parece, y sobre todo cuando el agua está en calma, que estamos en el mismo lugar que antes, que nada ha cambiado, que todo sigue corrompido y que nada va a cambiar. Pero las aguas cambian, eso nos decía Heráclito. Hasta que llegó Unamuno y nos sumergió bien hondo en el río para enseñarnos que el fondo siempre es el mismo, que la intrahistoria es un tatuaje imborrable y eterno en nuestra piel, que aunque veamos el agua correr siempre estaremos siendo golpeados por lo mismo. Y lo mismo sucede con los libros. Los momentos cambian, incluso la persona que eras cuando lo leíste la última vez era distinta a la que eres ahora. Puede cambiar también la edición, como me ha pasado a mí con este libro. Y lo abres, te das cuenta de que huele distinto y confías en que esta vez no te golpeará tan fuerte porque son otras páginas, porque quizás incluso ha cambiado el escritor. Pero no. Y es entonces cuando entiendes lo que significa la intrahistoria de Unamuno. Unamuno somos todos.

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Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard

Una temporada en Tinker Creek

Una temporada en Tinker CreekMe he dado cuenta en todo este tiempo de lecturas que hay libros que te hacen sentir grande y otros que te hacen sentir muy pequeño y no sé por qué siempre me he sentido atraído por los que me han empequeñecido. ¿Os acordáis de cuando Alicia crece y se encoge? El día a día nos hace crecer y sentirnos absurdamente importantes y de repente aparece alguien, algo o nada disfrazado de libro y nos hace pequeños, muy pequeños. Ese alguien, ese algo, esa nada, ha sido para mí en este caso un libro, este: Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, premiado con el Pulitzer de Ensayo y que llega a España de la mano de Errata Naturae en su colección Libros salvajes.

Dillard comenta nada más comenzar que busca llevar a cabo lo que Thoreau denominó «un diario meteorológico de la mente», y – ojo ‘spoiler’ – lo consigue. Pero también consigue mucho más. Porque como he dicho hace un momento, hace que empequeñezcas y entres en el maravilloso mundo de la Naturaleza. Antes de empezar el libro, su información te transmite que estás delante de una escritora que superó una fuerte neumonía siendo muy joven y que decidió trasladarse a las montañas. Pero tras leerlo te queda la certeza de que es en ellas, en las montañas, donde Dillard sana de verdad. Siempre envuelta de una envidiable soledad, la autora estadounidense se convierte en nuestros ojos a través de sus palabras y nos muestra un mundo que solo se ve si te paras a verlo. No es suficiente con solo mirar, hay que pararse a mirar, hay que meditar con los ojos para así conseguir que florezca todo lo que nos envuelve.

Os voy a confesar algo. Yo, al final de la semana, tras varios días empapado por la contaminación de una ciudad como Barcelona, me veo casi obligado a subir a alguna de las montañas que protege la vertiente sólida de mi pueblo – en la otra hay mar – para desenganchar de mí ese humo negro que veo cada mañana antes de entrar a la ciudad. Pues bien, esa subida semanal a la montaña ha pasado a ser diaria gracias a Una temporada en Tinker Creek. Con este libro en las manos – del cual he devorado sus cerca de 400 páginas en un par de días – sentía que caminaba por la Naturaleza. Nunca unas páginas de un libro habían sido tanto un bosque vivo.

Dillard nos habla detalladamente de sus experiencias en el bosque, ya sea con animales, insectos, hojas, plantas, árboles o personas – aunque personas, pocas –. Nos habla de todo ello, de tú a tú, dejándose ir en muchas y muy valiosas ocasiones. Cuando Dillard se explaya y habla tan filosóficamente, tan metafóricamente, tan desde dentro, tan vital de la Naturaleza, no queda otra que cerrar momentáneamente el libro y buscar el árbol más cercano para darle las gracias; las gracias por existir.

No sé si este libro gustará tanto a alguien que no ame la Naturaleza, no sé si provocará que entren tantas ganas de verde;lo que sí sé, y es lo que intento expresar siempre en mis líneas, es lo que yo he sentido leyendo. Y yo he sentido el olor de la hierba mojada cuando ya ha salido el sol en cada momento en que abría sus páginas, he sentido que el pequeño viento levantado al mover sus páginas curaba mis heridas – las superficiales y las muy muy profundas -, he sentido que yo también me curaba sin saber previamente que estaba enfermo.

Una temporada en Tinker Creek es la mejor lectura con la que me he encontrado en lo que va de año, es una suerte de calma dentro de la agitación diaria, es una oda a la observación meditada y a la meditación observada, es un paseo walseriano de los pies y de la mente, es una delicia cuidada de traducción por parte de Teresa Lanero, es la afirmación de la soledad, es el «Vosotros seguid. Yo me quedo aquí» que entona Dillard en sus páginas y es el «Algo no va bien en una persona que, en la ribera de un río, prefiere mirar aguas abajo. Es como contaminar tu propio nido. ¿Y a cambio de esto y de tumbarse en un diván la gente paga cincuenta dólares la hora?», porque «Uno no atrapa el presente, no lo persigue con anzuelos y redes. Uno lo espera con las manos vacías, así es como te llenas. Tendrás pescado de sobra. El arroyo es el único proveedor. Es, por definición, la Navidad, la encarnación. Este viejo planeta de roca recibe el regalo del presente todos los días por su cumpleaños.» Hoy siento que es mi cumpleaños, y todo gracias a un libro. Como siempre.

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Viaje esencial, de Alejandro Jodorowsky

Viaje esencial

Viaje esencialDice en el epílogo del libro Antonio Bertoli, amigo de Jodorowsky y uno de los máximos exponentes del estudio de la psicogenealogía en Italia, que este Viaje esencial es el «canto que nos reconecta con la verdadera salvación, la última liberación, el definitivo rescate: el viaje esencial que todos tenemos que emprender dentro de nosotros mismos para recuperar el sentido original – esencial – que la familia, la sociedad, la cultura y las religiones han oscurecido y ocultado.» Si hace cosa de un año, Siruela nos trajo a Jodorowsky en forma de cuentos con La vida es un cuento, ahora es la poesía – o como a él le gusta llamarla: “poesofía” – la forma a partir de la cual ser enseñados por este artista multidisciplinar sin años, sin patria y sin cadenas.

¿Qué es entonces esta “poesofía”? Como todo lo que envuelve su arte: la indagación en uno mismo del sentido de la vida a través de distintas formas, pero en este caso partiendo de la poesía. Jodorowsky puede llevarnos a la meditación con una película, un libro, una entrevista o un taller de los que suele ofrecer alrededor del mundo. Sabedor de que a partir del arte es posible aprenderse, no hay variedad ni técnica que se le escape a un hombre que ronda los 90 años y que parece no querer morir nunca. Dicen que no te mueres mientras tienes proyectos en mente y Jodorowsky es un continuo maquinar de planes. Si hace unos meses presentaba en el Festival de Cannes su última película – Poesía sin fin – ahora se lanza con este nuevo título que suma a una larga lista de ‘bestsellers’ con su firma. Y no solo eso, porque le podemos ver cada día delante de un lienzo con el pincel en la mano o elaborando cómics o preparando su próxima película o dando conferencias o leyendo el Tarot en una cafetería de París. La hiperactividad de Jodorowsky es la balanza que compensa la profunda meditación a la que llevan sus obras.

En Viaje esencial, nos encontramos con cuatro partes – ‘Piedras’, ‘Entre piedras y nubes’, ‘Nubes’ y ‘A la sombra del I Ching’ – acompañadas por las ilustraciones de su pareja, la francesa Pascale Montadon-Jodorowsky. El libro empieza con 300 poemas breves al estilo de los haikús en los que, como si se tratara de escrituras sagradas, el narrador se convierte en la voz de uno mismo como guía del espíritu hacia una revelación, ese «definitivo rescate» del que habla Bertoli en el epílogo. Tras estos versos, se nos ofrecen 12 poemas narrativos más extensos con la infancia como protagonista. Y es que como se puede ver en su obra – por ejemplo en La danza de la realidad, tanto libro como película – la infancia es un tema de referencia en Jodorowsky, alguien que ve en el niño el cuerpo todavía sin cicatrizar, la persona todavía sin tropezar. Su infancia fue desgarradora y seguramente por ello supo romperse del todo y salir, crecer más fuerte y decidido a hablar siempre de ello. Este es un ejemplo más. Más adelante, en ‘Nubes’, volvemos a la poesía condensada formada por dos o tres versos que recuerdan a las citas que encontramos en los libros de filosofía zen. Fruto de esa influencia tan marcada del orientalismo y de su experiencia a manos del monje Ejo Takata, Jodorowsky hace alarde de su maestría a la hora de escoger las palabras que golpean en el interior más profundo de uno. Leer estos versos de Jodorowsky es como si de repente sienteses la revelación, sintieses que estás salvado, curado, y te dijeras a ti mismo estas palabras para recordarlas en tu nueva caída. Siempre hay caídas, de eso no podemos dudar, pero por suerte también sabemos que hay formas de suavizarlas: una es leer a Jodorowsky. Por último, y tras otros 300 poemas, el libro acaba con un ejercicio basado en la sabiduría milenaria de El libro de las mutaciones. A partir de combinaciones de lo que se conoce como el método de las tres monedas, el autor nacido en Tocopilla (Chile) ofrece una serie de textos donde la combinación numérica de las tiradas de esas monedas – algo que explica el editor antes de esta última parte – sirve como respuesta a las preguntas que plantean los textos. Parece difícil, porque yo lo he hecho así, pero no lo es. Solo hace falta disfrutar leyendo.

El libro se cierra con el ya comentado epílogo del italiano Antonio Bertoli, quien nos habla de qué es para él esta poesía de Jodorowsky. Habla de la cualidad pedagógica que tiene, de lo esotérico de su contenido, del camino hacia adentro que crea, del continuo juego entre dualidades. Intenta dar sentido a una poesía que busca carecer de él para así, en el vacío, ser llenada por el lector. Vas a tener que trabajar cuando leas Viaje esencial, igual que cuando presencies cualquier cosa que tenga la firma de Jodorowsky. Y no dudes en hacerlo, porque te aseguro que el florecimiento de la semilla que consigue dejar dentro de ti es la mejor forma de despertar, de levantarte, de seguir caminando siendo capaz de disfrutar cada paso.

 

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Coincidencias, de Luis Goytisolo

Coincidencias

CoincidenciasSe suele vincular a los escritores desencantados con una forma de narrar fragmentaria, agenérica, con estilos innovadores y rompedores por la propia voluntad vital de apartarse de lo que está estipulado o normalizado y con lo que ellos no están de acuerdo. Luis Goytisolo es sin duda uno de los mayores ejemplos de ello que tenemos en nuestro país. Con una escritura muy pegada a la calle y un estilo que va directo a la yugular del lector, el escritor barcelonés empapa sus páginas de una bilis que a primera vista no sabe mal, es graciosa e incluso parece banal. Pero ya os puedo decir que no lo es.

En Coincidencias, Goytisolo construye una narración discontinua formada por retazos textuales a cual más sarcástico e irónico. Decía Vargas Llosa al hablar de él que «el autor se divierte y nos divierte y, sin embargo, al final de la carcajada, en los pliegues de la sonrisa, descubrimos de pronto un desagradable sabor». Ese sabor es lo oculto que lleva todo lo escrito por Goytisolo, una mezcla de humor inteligente con una pésima visión de la vida.

Goytisolo nos ve como meros instrumentos sociales hacia un fin que no se sabe cuál es pero del que se tiene la certeza de que será desolador. Y esto se demuestra solo con abrir el libro y ver que todo es un seguido de parches literarios que en vez de reparar hurgan en la herida, con un cierre que no deja lugar a ninguna esperanza. Como si fuéramos ese saltamontes con el que acaba el libro que, desde el parabrisas de un coche, ve que su hábitat ha desaparecido para volverse de color gris y decide dispararse en la sien; como él somos nosotros lectores leyendo este libro. Por eso este no es un libro para aquellos que buscan en la lectura la huida al problema que es la vida, este no es un libro para los que creen en él como jardín portátil, como tabla de salvación. No, este es un libro para los que siguen confiando en la otra perspectiva de la realidad que ofrecen las lecturas, para la ayuda, el empujón, el soporte con el que esclarecer la niebla que tenemos siempre enfrente cuando intentamos mirar la vida.

Coincidencias, como todo lo que escribe un hombre que tuvo que aguantar el peso de ser visto como el otro en la sociedad española durante mucho tiempo – al igual que le pasó a su hermano Juan Goytisolo -, es el punto de fijeza, el reflejo inmóvil, quieto y eterno de la mirada perdida de alguien que nunca se ha podido perder, porque no le han dejado. Los vicios, las taras, las castizas y añejas costumbres, lo malvado y reprimido que todos tenemos dentro y ocultamos mostrando los dientes en una sonrisa o diciendo unas mentiras repletas de maquillaje, el transcurso del río humano de las ciudades, la individualidad más colectiva que se ha visto nunca y la capacidad de meterse en la piel del otro son los rasgos de un Luis Goytisolo que se erige como un dios: alguien que lo ve todo sin actuar. Te animo a que leas este libro si alguna vez te has sentido como se siente uno al ver su portada: un simple ojo apartado pero nítido ante una multitud automática.

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La palabra mágica, de Augusto Monterroso

La palabra mágica

La palabra mágica«Vivir es común y corriente y monótono. Todos pensamos y sentimos lo mismo: solo la forma de contarlo diferencia a los buenos escritores de los malos.»

La importancia de la mirada, el saber de los contrarios con los que está compuesta la realidad, la comodidad – o la poca incomodidad – en terrenos adversos es lo que hacen a alguien escritor. Me da miedo decir que un escritor es bueno y que otro es malo porque me da miedo pensar que algún día pueda diferenciar esas cosas. Yo lo único que consigo ver es si un escritor me gusta o no. ¿Eso significa que sea bueno el que me gusta y malo el que no lo haga? Yo no me atrevo a decir eso. Pero sí me atrevo a decir que acabo de descubrir a Augusto Monterroso y me atrevo a decir que me gusta.

En La palabra mágica, compendio de breves artículos multitema que la Editorial Navona vuelve a traer a las librerías dentro de su colección ‘Los ineludibles’, el escritor hondureño y nacionalizado guatemalteco ofrece una amplia – pero reducida en forma – visión de las cosas. Digo las cosas y me gustaría no tener que hacerlo pero no puedo acotar más. Estamos leyendo cómo un libro se hace famoso o cómo es el trabajo del traductor y pasamos de repente a conocer la trágica vida de Horacio Quiroga. Todo separado brevemente, dividido, algo así como lo que algunos han llamado fragmentarismo ontológico. Pero hay algo en común en estos veinte ensayos: por un lado, que Monterroso siempre está presente, como si quisiera controlar que nunca nos perderemos en ningún laberinto de ficción porque él, como Ariadna, está al otro lado manteniendo el hilo de lo real; y por otro, que todo parte de una vida, sea la del propio autor o la de otro.

Conoceremos datos curiosos de la vida de Shakespeare, Borges, Ernesto Cardenal o Góngora; su opinión con respecto al género de la autobiografía o viviremos su “encuentro” con Kafka. Y todo ello bañado de una ironía que a cada libro que leemos se erige más como la mejor vía de escape a la tragedia de la vida. Reírse, reírse de la Historia en mayúsculas, de los estigmas sociales, de las convenciones, de lo impuesto, creído y defendido siempre. Reírse de los otros partiendo de uno mismo, reírse de la vida porque se sabe que esto es lo que hace ella con nosotros. Reírse de aquellos que se lanzan a escribir en libros sus vidas íntegras cuando, por supuesto, estas todavía no han terminado; reírse de que se tradujera a La importancia de llamarse Ernesto lo que debería haber sido La importancia de ser honrado (The Importance of Being Earnest); reírse de todo para convertirlo en nada y desde ese punto empezar a disfrutarlo.

Sé que hay mucha gente, y no sé por qué, que desprecia el refranero popular cuando este nos ha dado cosas tan grandes como por ejemplo Sancho Panza. Dicen que quien bien te quiere te hará llorar. ¿Y si se refieren a la risa? ¿Y si La palabra mágica fuera la que provoca la risa? Descubrid a Monterroso, nunca es tarde para hacerlo. Os lo dice alguien que se equivocó – como tantas otras veces – pensando lo contrario.

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Tratado de la infidelidad, de Julián Herbert y León Plascencia Ñol

Tratado de la infidelidad

Tratado de la infidelidadSiempre he escuchado – o leído – a los escritores diciendo que una de las tareas más complicadas a la hora de narrar son las escenas de sexo. Argumentan la mayoría que tras leer su intento se ven cayendo en lo ridículo, en lo leve, sin llegar nunca a transmitir lo que buscaban. Pues bien, ese problema no lo tiene ni Julián Herbert ni León Plascencia Ñol.

Estos dos mexicanos se juntan para crear a cuatro manos este conjunto de relatos marcados por lo sexual que es Tratado de la infidelidad. Dividido en tres partes – Rastros en el sendero, Serie B y Casi una novela -, el libro nos muestra la explosión de un sentimiento que la mayoría de personas con pareja ha sentido, ese sentimiento de atracción por el otro, de voluntad de acercamiento, de sexo, pero sin culpa. En Tratado de la indifelidad no hay culpa y eso es lo que lo hace original y diferente. Aquí el adulterio y la promiscuidad no se juzgan, suceden sin más. Herbert y Plascencia consiguen que el sexo salvaje se cotidianice, que el pensamiento sexual del hombre olvide convenciones y trabas sociales y se deje llevar. Digo el hombre porque aquí siempre estaremos en su piel, todo será visto desde el punto de vista masculino, que por otro lado es el lugar de partida de los autores.

Con un vocabulario expresamente mexicano que al principio puede resultar extraño para ojos que no sean del país azteca, las páginas de este pequeño libro – que sigue oliendo tan bien como todos los de Malpaso (tenía que seguir insistiendo en ello) – se suceden a través de escenas picantes que incluso te llevarán a ti como lector a notar un pequeño hervor dentro. Herbert y Plascencia no se regodean, disparan al instante sin preliminares, van directos al acto, al momento climático que busca todo buen relato y que ellos encuentran en la actividad sexual. Y todo nacido a partir de la mirada de locos adictos al sexo como es el extraño personaje de Fuzzaro, que entre sus ‘performances’ sexuales nacidas de la mente de un artista sudamericano residente en Tokio nos deja profundas reflexiones y preguntas abiertas para compensar – o no, según quien – el ardor producido por las escenas contempladas. Es esta tercera parte – Casi una novela – la que yo más recomiendo de un libro que ya desde un inicio empieza sarcásticamente con una frase de Ally McBeal: «Es parte de lo bueno de la vida: encontrar a la pareja perfecta y después cambiarla».

Tratado de la infidelidad se lee rápido, te hará reír, te calentará un poco en este frío invierno español y te convencerá o por lo menos lo intentará de que en la vida, como en la literatura, no es bueno quedarse estancado en algo o en alguien. ¿Os imagináis toda la vida leyendo el mismo libro?

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Leer, de André Kertész

Leer

LeerTodavía no he conseguido saber si el hecho de encontrarme repetidamente con una misma imagen, situación o escena viene dado por tener en la mente o el subconsciente la voluntad de encontrarme con ello o es, simple y llanamente, el azar quien lo pone allí. No sé por qué es y tampoco sé si quiero saberlo. La cuestión es que muchas veces me encuentro parado, de lejos, mirando a alguien que lee y me veo metiendo la mano en el bolsillo para sacar el teléfono y guardar la estampa en una fotografía. Y lo extraño – de ahí vienen mis dudas – es la cantidad de veces que me encuentro con imágenes de ese tipo en mi día a día. No entiendo por qué entro en la universidad y se me llenan los oídos de voces catedráticas que se quejan de que ya nadie lee y luego salgo de ella y me encuentro siempre con alguien leyendo. O salgo de casa, paseo y veo a gente leer. Luego, cuando miro las fotografías, me pregunto por qué estaban o quién los puso o qué les hizo estar allí.

En una de esas veces en las que me lo preguntaba, llegó a mí – los libros siempre llegan en el momento preciso – el libro Sobre la lectura, de Steve McCurry. En él, decenas de fotografías de gente de alrededor del mundo leyendo me hicieron ver que lo mío no era extraño, me hicieron ver lo que suelen hacer ver los libros: que antes que tú alguien ya ha pensado en eso. Ese libro, impreso en papel fotográfico, de gran tamaño, te hace bañarte en la mirada más inocente que hay: la de una persona en un libro.

Pues bien, de eso han pasado ya varios meses y, como si la Literatura quisiera seguir mandándome tablas de salvación – es lo que mejor hace -, ahora tengo en mis manos Leer, de André Kertész, publicado por Periférica y Errata Naturae. Podría daros diferencias entre uno y otro – la autoría, la editorial, el tamaño del libro, la encuadernación, el tipo de edición, etc. – pero todas serían más formales que de contenido. Porque el contenido es el mismo y no lo es. André Kertész, como hace Steve McCurry, recopila en su obra las fotografías hechas a lo largo de más de cincuenta años (1915-1970) a gente leyendo. Niños en la escuela, en la calle, en la iglesia, solos o en compañía; adultos con prensa, con libros, en terrazas, azoteas, transporte público, casas; ancianos en sus despachos, en bibliotecas o en bancos. En definitiva, libros siendo leídos.

Y que libros tan metaliterarios como este se publiquen me hacen ver que hay más gente como yo, que hay más gente a la que ver a otros leyendo le provoca esa sensación de alegría, de comprensión, de hermandad con el desconocido que siento yo al verles. Tengo que confesar que me tranquiliza. No sé si te pasa a ti, que ahora estás leyendo esta reseña. Pero si es así, no te sientas mal. Y si mis palabras no te sirven – algo que consideraría lógico – y las dudas te corroen, ves corriendo a una librería, coge Leer de André Kertész y ábrelo por la página que tú quieras. ¿Lo has hecho ya? ¿Qué has sentido?

 

 

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La vuelta al mundo en 80 autores, de Xavi Ayén

La vuelta al mundo en 80 autores

La vuelta al mundo en 80 autores«Este libro es un canon de la mejor literatura de nuestro tiempo, a través de la voz de sus creadores». No le falta razón a esta primera frase de la sinopsis. Y es que nos llega de la mano de Xavi Ayén y Libros de Vanguardia (La Vanguardia Ediciones) la posibilidad de citarnos con los mejores escritores de nuestro tiempo en La vuelta al mundo en 80 autores. Ayén, al cual presentan como uno de los periodistas literarios más importantes del país y que muchos conoceremos por su extensa carrera profesional en La Vanguardia, nos trae aquí sus encuentros con la gran mayoría de los nombres que copan nuestras estanterías: Isabel Allende, Paul Auster, Ken Follet, Carlos Fuentes, Michel Houellebecq, Karl Ove Knausgard, Javier Marías, Juan Marsé, Patrick Modiano, Haruki Murakami, Philip Roth, Enrique Vila-Matas o Gao Xingjian. Y así hasta 80.

Organizado por fecha de nacimiento, empezamos con el egipcio Naguib Mahfuz, nacido en 1911, y acabamos com Zadie Smith, nacida en 1975. Entre estos dos nombres, 78 más que le hablarán a Xavi Ayén de sus vidas como escritores, como personas, de sus libros publicados y los que están publicar pero, sobre todo, que le hablarán de la vida vista a través de los ojos del que escribe. Ayén vuelca aquí sus conversaciones mantenidas a lo largo de estos años con tantos y tantos autores e inmortaliza sus confesiones, anécdotas, opiniones y reflexiones acerca de todo lo que envuelve al libro y a su creador. No son conversaciones realizadas expresamente para el libro sino que es un recogida de todas las que ha tenido el periodista con los escritores. Quizás debería mejor usar en este reseña la palabra autores en vez de escritores ya que por ejemplo nos encontramos al director de ópera Daniel Barenboim o al famoso ajedrecista Garry Kasparov, aunque ambos también como artífices de algún que otro libro sobre su campo.

Xavi Ayén nos desplaza en el tiempo – ya que conversamos en vida con autores como García Márquez, Saramago, Matute, Umberto Eco o Doris Lessing – y también en el espacio, viajando con él a lugares incómodos tanto para escritor como para periodista como es la Abeokuta (Nigeria) de Wole Soyinka, El Cairo de Naguib Mahfuz o el Estambul de Orhan Pamuk; y otros no tan incómodos como el Estocolmo de Steig Larsson, la casa de México de Elena Poniatowska o el apartamento en Manhattan de Toni Morrison. Algunas de las conversaciones son entrevistas puras y otras son la experiencia dejada tras una jornada, o varias, con el escritor; algunas ocupan un par de páginas y otras se pueden acercar a la decena; algunas te empapan del autor y otras te dejan el sabor en la boca de ser una simple excusa de promoción. En poco más de 500 páginas recorremos el mundo a través de las voces, algunas comprometidas y otras no, que llenaron o que llenan las hojas en blanco con tinta hipnotizante. Paseamos por la novela, pero también por el ensayo, la crónica, la poesía, el cuento: paseamos por la Literatura.

Siempre he creído que uno de las características mágicas que tienen los libros es la de inmortalizar a sus autores, y estas líneas lo demuestran. ¿Qué diferencia hay entre la conversación con Günter Grass y la mantenida con Vargas Llosa? ¿Quién está vivo y quién no? ¿Qué importa eso? Nada importa en la edad cuando se habla de literatura porque en ella el tiempo no pasa. El tiempo en los libros se para cuando se cierran y vuelve a reanudarse, siempre vigente y en eterno retorno, cuando unos ojos curiosos los vuelven a abrir. Es eso, la curiosidad, lo que hace falta para adentrarse en La vuelta al mundo en 80 autores. ¿La sientes?

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Patas de perro, de Carlos Droguett

Patas de perro

Patas de perroTe has tenido que sentir extraño alguna vez, aunque sea simplemente porque te gusta leer y porque no entiendes que los demás te miren raro cuando escoges quedarte leyendo antes que dar un trago de cerveza en compañía. Sí, hay tiempo para todo pero, ¿a que si te dieran a elegir te quedarías con leer? Pues ese sentirte extraño, que tú ves como algo normal – yo también, no te preocupes – a veces te golpea fuerte y te saca de la cama y te lleva a fiestas a las que realmente no quieres ir; pero otras veces te acaricia, te abre un libro y te acompaña con aventuras durante horas y horas. ¿Sí o no?

Vale, ha quedado claro que los raros, que los extraños, somos los lectores. Pero ahora imagina que el sentirte extraño viene producido porque en vez de piernas humanas has nacido con piernas o patas de perro. Eso le pasa a Bobi y eso es lo que nos cuenta Carlos en Patas de perro. Bajo el mismo nombre del autor, este Carlos narra su historia de convivencia con Bobi, un niño a quien acogió tras ver en sus ojos la tristeza de ese fuerte golpe de la extrañeza que comentábamos antes. Bobi no es capaz de sentirse ni perro ni humano en su propia casa, siempre desplazado, siempre desatendido, junto a su familia pero solo. Aparece Carlos para llevárselo con él e intentar darle un amor y un calor nunca visto ni por uno ni por otro.

De esa convivencia surge Patas de perro, la narración de la vida desde unos ojos externos de un niño con parecido de perro o un perro con parecido de niño. Nunca he sabido decidir si es mejor un humano que un perro y por eso no sé si lo que nos cuenta aquí Droguett es la historia de un niño perro o de un perro niño. Lo que sí sé es que a través de unas construcciones sintácticas extensísimas que parecen la expansión de un rizoma y con una cascada incontrolable de adjetivos, el chileno consigue hipnotizarte hasta el punto de verte a ti mismo subrayando el libro sin control. Como si uniera paréntesis mentales con diálogos y con la propia narración, este continuo que es Patas de perro – y que desde Malpaso venden como la mejor novela chilena de todos los tiempos – pega muy fuerte, se enfrenta a lo que pensamos que es humanidad para arrancarle la careta y mostrarnos que nada de eso es verdad.

Carlos Droguett nos lleva en este libro al universo de la alteridad, al peligro que es sentirse diferente, al imán social que es la igualdad, a la miseria como resultado si te sientes extranjero en tu tierra. A Bobi no le dejan vivir por ser distinto y tiene que huir. Bobi siempre huye, incluso de sí mismo. Bobi es «una trampa de la naturaleza». Y Patas de perro, tal y como nos dice en cierto pasaje Carlos, no es más que «la lenta destrucción de un ser que vivía extrañado de vivir y más extrañado todavía de que no se le dejara vivir».

Tú no lo sabes pero cuando te apartas del mundo, cuando posas tu vista en un libro y te olvidas de lo que hay a tu alrededor, cuando apagas la luz a lo externo, cuando viajas a través de la tinta; sin notarlo, sin darte cuenta, y siempre – te lo aseguro -, tus piernas se convierten en patas de perro. Todos somos Bobi porque todos somos otro.

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El paseo, de Robert Walser

El paseo

El paseo¿No es la misma vida un paseo? Caminas a lo largo de varios años, ves cosas que siempre te llegan a través de tu percepción sin saber si esta te engaña o no, conoces gente que se acaba yendo, y siempre vas contigo, hasta el último momento. Quizás por eso llaman tanto a las personas los paseos, porque es el momento en que más cerca estás de vivir tu vida en plenitud. O quizás no y es solo lo que yo pienso. Pero por lo menos hoy me acompaña alguien, otro amante del paseo: Robert Walser.

Nada más empezar el prólogo de El paseo (Siruela), obra de Menchu Gutiérrez, y saber de la pasión e incluso de la necesidad que Walser tenía para con el paseo, me han venido a la cabeza dos personajes – bueno, en realidad tres, pero el tercero no tiene importancia -. Estos dos son Friedrich Nietzsche y José Ortega y Gasset. Los dos usaban, al igual que Walser, el paseo como mecanismo de engranaje del pensamiento. Del primero me viene a la cabeza cómo lo cuenta su íntimo amigo Franz Overbeck en La vida arrebatada de Friedrich Nietzschey del segundo, su libro Meditaciones del Quijote, con el que nos lleva de paseo por un bosque que enciende su pensamiento.

Walser igual. Es ponerse a caminar y llenarse de materia prima su cabeza de escritor. A lo largo de un día entero vamos con él de la mano por un paseo en el que conocemos a sus amistades, a sus conocidos, le acompañamos a las obligaciones y quehaceres diarios y disfrutamos del frescor mental que produce el contacto con la naturaleza. Todo lo narra Walser a través de la percepción de unos sentidos que él reconoce como dudosos pero también como única vía de expresión para todo aquello que nos quiere contar. Asume esa narración tan poco fiable a la que se agarraba Borges para relatarnos lo vivido en un día de paseo.

El paseo es el título del libro y también es el contenido. El paseo gobierna la obra y se erige como proclama de la observación andante. Poco hay mejor que perderse sin rumbo solo dejándose conectar con vibraciones naturales. Poco hay mejor que dejar pasear a cuerpo y mente, sin barreras, obstáculos ni fronteras. Pero cuando ello no se puede, por cualquier causa ajena o no a nuestra voluntad, hay otra opción de paseo: los libros. Leer es también pasear, por mentes ajenas y también por la tuya al convertirte en un segundo autor, en un traductor de la propio obra. Leer es pasear igual que pasear es leer. Y a mí me encantan ambos. Yo soy ese tercer personaje.

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