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Furious: Estrella caída, de Bryan J. L. Glass y Víctor Santos

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furiousDe un tiempo a esta parte veo en cómics cada vez con más frecuencia el nombre de Víctor Santos. Ya sea como escritor o como dibujante, es muy posible que estemos ante el autor que ha conseguido publicar en más editoriales españolas diferentes: Norma, Panini, Aleta, Astiberri, Dolmen, Planeta…

Así, que me suenen de buenas a primeras, aunque no haya leído todos los títulos, me vienen a mi continua y bullente cabeza Silhouette, Ragnarök, Polar (en donde de forma brillante solo usa tres colores –casi los mismos que los títulos que dio Krzystof Kieslowski a sus películas– el negro, el blanco y el rojo), Los ratones templarios, Los reyes elfos, Asquerosamente rica (con guión ni más ni menos que de Azzarello), Hija de la tormenta… Y me dejo mucho, ya digo que esto es solo lo que me suena. Un currículum impresionante y que sigue creciendo, (actualmente al ver las fotos de su nuevo proyecto, Violent Love, se me ponen los dientes largos).

Por otra parte, no me extraña el éxito de Santos. Tiene un dibujo muy expresivo y suelto que es lo que suelen requerir sus historias,–a las que se ajusta como un guante, también en este cómic– y que, particularmente, me convence y me gusta mucho.

Pero al grano. ¿Cómo resistirse a querer averiguar el contenido de este cómic cuando en la portada vemos a una nena cabreadísima y a la que se ve llena de salpicones de sangre e incluso grumitos como los del Cola Cao? ¿De qué va Furious: Estrella caída (y no La señal)? Básicamente de la doble batalla que tiene que librar una jovencita con superpoderes, que no sabremos, al menos en este tomo, de dónde han salido. Por un lado la sempiterna lucha contra el mal, como buena superheroína. Por el otro, la lucha que tiene que mantener contra la opinión pública, pues la jovencita tiene un pesado de estrella infantil y juguete roto. De alguien que no supo asimilar su éxito ni gestionar los privilegios que fama y dinero llevaban aparejados y de algo más que no puede perdonarse. De hecho, el autoperdón será uno de los motores de este cómic.

Otro motor, real como la vida misma en este siglo es el de una sociedad en la que un mal comentario, un tweet con un chiste desafortunado o sacado de contexto, una metedura de pata que podría haberse quedado en eso… de inmediato va de móvil en móvil y de ahí en seguida pasan a ocupar minutos en telediarios, que, ¡manda huevos!, ya se nutren más de este tipo de “informaciones” que de lo que realmente debiera ser noticia. De ahí, de un error, nuestra prota, que quería ser conocida como La señal, será bautizada y con razón como Furious.

Porque es que esta chica no se corta un pelo y de ahí lo del bautismo. Porque no se pone freno. Reparte golpes a base de bien a los malhechores de turno, incluso cuando ya están noqueados, quedando su cara y puños llenos de sangre ajena. Tiene escenas muy salvajes de ira incontrolada, pero también se puede medio justificar al ser resultado de encontrarse con unos crímenes que tienen lo suyo… Podríamos decir que la furia es uno de sus superpoderes. Pero también podemos decir que alguno de esos cabrones a los que somete a palizas se lo tienen merecido. Lo deseamos, nos gustaría hacerlo a nosotros mismos, pero no lo haríamos (¿o sí?) y acabamos reprochándoselo a quien sí se atreve.

Así pues, ¿hacemos lo que afirma la contraportada?:

“¿Creamos a nuestros héroes solo para verles caer?”

La trama se completa con flashbacks que explican algo, no todo, el pasado de esta joven, que no es la típica mujer embutida en mallas y con tetas como cocos, sino que es más realista, una chica normal, mona, o incluso esa patosa a la que se le caen los huevos y te puedes encontrar al hacer la compra.

Furious: Estrella caída es un cómic de superhéroes que intenta tener una base realista, una protagonista humana, con sus problemas y comidas de tarro, con sus fantasmas internos y sus intenciones de hacer el bien. Un cómic, aunque no es el primero, que también viene enfocado de manera realista como respuesta a la pregunta de cómo actuaría la sociedad ante la aparición de seres con poderes.

Canelita.

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Las hadas ya no existen, de José Fonollosa

las hadas ya no existen

las hadas ya no existenLas hadas ya no existen, así de triste es nuestro mundo. José Fonollosa lo sabe y por eso esta historia lleva años rondándole por la cabeza, variando de forma: desde aventura épica hasta comedia adorable. Pero cuando por fin las ilustraciones han cubierto las hojas en blanco, el tono no ha sido ni uno ni otro. Las hadas ya no existen es un cuento oscuro, pero no por ello exento del encanto de la magia.

El hada Bella Noche renace en el mundo de los humanos. Desubicada, observa cómo ha cambiado todo. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Nadie parece acordarse de ella ni de las de su especie, ni siquiera las ratas, el clan que siempre se encargó de protegerlas. Bella Noche se niega a creer que sea ella la última del Pueblo Noble y se adentra en la ciudad, dispuesta a encontrar a sus hermanas. El permanente ruido de coches y máquinas, el olor viciado de las calles, el mal humor de los humanos…, nada queda del lugar que una vez conoció.

El hada protagonista es la que da el toque de dulzura al relato, aunque esté lejos de ser una indefensa y delicada criaturilla. Sin embargo, lo que se cuenta, tanto los acontecimientos pasados como los presentes, es triste e incluso macabro en algunos momentos. Gran culpa de ello la tiene el villano, un personaje tremendamente interesante que le da una vuelta de tuerca más al simbolismo de la obra, que ya de por sí tiene varias lecturas.

Fonollosa ilustra la aventura de Bella Noche con imágenes en blanco y negro, a veces cercanas al boceto, con pocos detalles. Pero, pese a la aparente sencillez, el movimiento es asombrosamente fluido. Los planos parecen grabados por una cámara que sigue a la pequeña hada perdida por la gran ciudad y que hace zoom en el momento preciso para que no perdamos detalle. Las viñetas, como secuencias de una película, nos atrapan, y cuando queremos darnos cuenta, hemos llegado a la última página sin haber soltado el cómic en ningún momento.

¿Es esta hada el último reducto de la infancia perdida, esa que ya no vemos por ninguna parte, aunque en secreto la busquemos con el rabillo del ojo? Quizá. Bella Noche: la ilusión olvidada; la ciudad anodina: las obligaciones de la edad adulta que arrasan con todo a su paso. Tal vez esta solo sea mi interpretación de Las hadas ya no existen, pero igualmente es una triste historia, en la que es necesario el regreso de las hadas —de la mirada infantil de cuanto nos rodea— para transformar nuestras monótonas vidas.

No podemos ser niños de nuevo, sentir con la misma intensidad de entonces que todo es posible, ¡ojalá! Pero podemos leer el magnífico cómic de José Fonollosa, rescatando la curiosidad y valentía que perdimos tras la infancia y mandando a paseo el raciocinio que se impuso después, aunque sea por unas horas. Creer que las hadas han vuelto y que de nosotros depende que se queden, ¿no sería maravilloso?

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La Lectora, de Traci Chee

La Lectora

La Lectora“Los libros son objetos curiosos. Tienen el poder de atrapar, transportar e incluso transformar a quien los lee, si corre con suerte. Pero en el fondo, los libros, hasta los mágicos, no son más que objetos fabricados con papel, pegamento e hilo. Ésa era la verdad fundamental que los lectores olvidaban: lo vulnerable que es el libro a fin de cuentas.”

Imaginad por un momento un mundo sin libros. Difícil, ¿verdad? Sobre todo para aquellos apasionados, como yo, del poder de las palabras. Imaginad un mundo en el que el libro es considerado un tesoro para una élite de personas, un tesoro cuyo preciado interior es desconocido para el resto de los mortales.

Esta es la premisa de La Lectora, un libro mágico que me ha sorprendido de principio a fin y que me ha transportado a un mundo dominado por la codicia y por las historias que nos hacen creer en la magia aunque nos encontremos en la oscuridad más amenazadora y terrible de nuestras vidas.

Esta historia comienza cuando Sefia, una joven que ha perdido su familia, se ve despojada de la única compañía que le queda. Cuando secuestran a su tía, se ve envuelta en una trama de persecuciones y de aventuras que le llevan a conocer a un joven que no sabe hablar pero que le ayudará a encontrar todas las respuestas que busca. Mientras, una “sociedad secreta” se encarga de custodiar el libro, un objeto especial único que esconde todos los secretos de su mundo.

Me ha encantado el mundo recreado en este libro. Su autora, Traci Chee, crea un universo mágico y muy bien construido en el que explora cada uno de los detalles, hasta los más insignificantes, para introducirse en la imaginación de sus lectores. Además, hila muy bien las historias de cada uno de los personajes, pues abundan en esta historia y, aunque al principio resulta complicado saber quién es quién, al final comprendes todos y cada uno de sus propósitos.

Sin embargo, este último aspecto, la introducción de tantos personajes y tan diferentes entre sí, ha sido una de las cosas que me han resultado más difíciles en cuanto a la lectura de este libro. Hasta aproximadamente la mitad de sus páginas no llegamos a descubrir realmente cuál es el objetivo de estos personajes y por qué sus historias están conectadas entre sí. Además, debido a ello, he sentido que no he llegado a conocerlos del todo en esta primera parte de saga. Ni siquiera a la protagonista, Sefia, ni a su compañero de aventuras, Archer.

Pero este hecho está totalmente justificado en la novela, pues la autora desarrolla una historia compleja y tan llena de detalles que te atrapa desde sus primeras páginas. La Lectora es como las novelas de aventuras de antaño, con piratas, polizones, secretos y tesoros escondidos. Además, introduce el elemento del libro como un tesoro y este es uno de los aspectos que la hacen tan especial. El transcurso del aprendizaje de lectura, aunque demasiado fácil para la protagonista, se alterna en distintos personajes en el desarrollo de esta historia y me ha resultado muy interesante.

También me ha parecido tremendamente interesante y de un trabajo increíble la edición de esta novela. La portada con relieves en dorado, alternando a su vez los colores verdes y azulados, me llamó muchísimo la atención, y el interior tampoco se queda atrás. Los principios de capítulo tienen una ilustración especial, como una especie de sello, e incluyen distintas partes del libro, el gran tesoro de esta historia, con un fondo especial al estilo de un papel arrugado. Además, en las páginas de esta novela se esconde un mensaje, que tiene mucho que ver con el desarrollo de la misma…

En definitiva, he considerado esta lectura, no como una novela young adult, sino como una novela middle grade del estilo de la saga de aventuras (y mitología, en esto sí que no se parece en absoluto…) Percy Jackson.

Pero este no es, ni mucho menos, un rasgo negativo. La Lectora es una historia densa y compleja pero, a su vez, es una historia especial y original que recuerda a las novelas de aventuras de antaño, con piratas e intrépidas búsquedas de tesoros. Un libro que nos recuerda el poder que estos tienen en las personas, estemos en el mundo que estemos y en la época en la que nos encontremos. Me ha encantado y sorprendido a partes iguales este comienzo de saga que promete demasiado en sus continuaciones. Ahora toca esperar qué ocurre con Sefia y el resto de personajes…

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El jardín de cartón, de Santiago Álvarez

el jardín de cartón

el jardín de cartónCada marzo, una tradición única en el mundo tiene lugar en Valencia: en los cruces y plazas se erigen fallas. Más de setecientos cincuenta monumentos satíricos, enormes jardines de cartón, se apoderan de las calles, convirtiendo a Valencia en una impresionante exposición de arte e ingenio, además de en una ciudad peatonal sin ley. Porque en Fallas todo vale: que las carpas de los falleros te cierren el paso al garaje, incluso semanas antes de que empiece la fiesta; que una pandilla de críos juegue con mecheros y pólvora; que las verbenas acaben a las tantas de la madrugada y, en cuanto logres conciliar el sueño, te despierten con petardos al amanecer, aunque sea día laboral. Hasta que la noche del 19, San José, todos esos monumentos fastuosos quedan reducidos a cenizas en tan solo unos minutos, mientras las Falleras Mayores lloran porque se acaba su reinado. Tras días de estruendo, la ciudad enmudece por unas horas. Pero al día siguiente renace de nuevo, pensando en cómo superarse el próximo año. Valencia en Fallas es una fiesta incomparable, y ya no solo lo decimos los valencianos, que somos de aparentar mucho, sino la Unesco. Por algo será.

Una tradición tan peculiar —incomprensible para muchos turistas y para más de un valenciano— bien merecía una novela. ¿De qué género? Negra, sin duda, en honor a todos esos que manejan los hilos. Y Santiago Álvarez la ha escrito, tras el exitazo de La Ciudad de la Memoria, la primera aventura del detective Mejías y su ayudante, Berta, en la Valencia actual, que publicó en 2015. En esta segunda investigación, la trama se desarrolla durante esos días en los que Valencia arde. En una carrera contrarreloj, en la que varios casos se solapan, la Nit de la Cremà puede suponer también el fin de la agencia de Mejías.

Hay dos tipos de valencianos: los que adoran las Fallas y los que las detestan. Tanto a unos como a otros les gustará El jardín de cartón. A los primeros, porque les contará los orígenes de la fiesta, recreará las sensaciones que solo una buena mascletà provoca, los hará perderse por los pasillos de la Exposició del Ninot o les desvelará qué pasa dentro de un casal de Sección Especial. A los segundos, porque se sentirán identificados con los pensamientos de Mejías, que solo ve los inconvenientes y el caos que conllevan, y con las duras críticas que exponen otros personajes sobre el clasismo y la autocomplacencia que se esconden tras los adorables ninots. De igual manera, este libro será del agrado de los enamorados de Valencia y de los que deseen descubrirla, pues acompañarán a los protagonistas por las callejuelas del centro, en la subida al Miguelete o en la visita a la Albufera. Y, cómo no, El jardín de cartón también será del gusto de los lectores del género negro. El detective Mejías es un personaje carismático, socarrón y extravagante, y la química con Berta, de lo mejor de la novela: real y hasta entrañable. Porque puede haber una pareja protagonista que nos mantenga pegados a las páginas sin necesidad de que haya tensión sexual no resuelta, y Santiago Álvarez nos lo demuestra página tras página.

El jardín de cartón es como una buena falla: tras el humor burlesco de cada escena y diálogo, hay una crítica al poder y a las injusticias. Un divertimento si se lee como tal, pero que no deja indiferente, que pica, si uno presta atención a los detalles. Mejías y Berta culminan su aventura entre fuegos de artificio y cenizas, para quedarse en silencio al acabar la última página. Pero estos grandes personajes renacerán pronto. Santiago Álvarez ya está planeando su siguiente caso. Tendremos que esperar para saber si se supera.

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Nueva York / Babilonia, los años de la edad maldita, de Luis Antonio de Villena

Nueva York / Babilonia, los años de la edad maldita

Nueva York / Babilonia, los años de la edad malditaTodos somos un poco cotillas. La prueba está en la clase de programas que triunfan hoy en día. Pero claro, hay una diferencia muy grande en querer saber qué ha comido la Pantoja y querer saber más sobre aquellas personas que vivieron o pasaron por Nueva York durante las tres décadas de máximo esplendor y libertades. Me interesa mucho más aprender sobre Lou Reed, Truman Capote, Andy Warhol o Patti Smith, la verdad. Sus vidas son más interesantes que la de la Pantoja (y eso que la de esta tipa da ya para una peli de sobremesa). Si queréis dar una paseo por el lado salvaje de la vida, olvidando necedades, éste es vuestro libro.

Durante los años sesenta, setenta y ochenta, Nueva York fue la ciudad donde la palabra libertad alcanzó su máximo esplendor. Londres, Berlín y sobre todo París habían sido ciudades donde comenzó a fraguarse esta liberación, pero es en la ciudad de Nueva York donde se reúne lo más granado de la época, donde las transgresiones, las vanguardias y el sexo libre campan a sus anchas. En Nueva York/Babilonia, los años de la edad maldita, el escritor, y sobre todo poeta, Luis Antonio de Villena realiza un viaje por aquellos años de la mano de las personas y personajes que vivieron plenamente esas décadas malditas.

A algunos de los personajes que aparecen en las líneas de este libro ya los conocía e incluso admiraba, al resto los he ido descubriendo gracias al gran trabajo de Luis Antonio de Villena. No se trata solo de un libro de ensayo, aunque así lo hayan catalogado. Creo que la dedicación que el autor pone a lo largo de este libro hace de él una gran publicación en la que el escritor se entrega en cuerpo y alma a sus anécdotas, personajes y vivencias. Tanto es así, que en ocasiones Luis Antonio de Villena nos narra sus propias experiencias personales con personajes como Lou Reed o William S. Burroughs.

El libro arranca con el mítico Andy Warhol, a quien se le llama “El papa del pop y demás modernidades”. Lo cierto es que Warhol fue un gurú en su época. Aparte de sus propias excentricidades (que no eran pocas), el pintor logró reunir a su alrededor a todo un séquito de personajes de lo más variopinto: eran la factoría Warhol. La hermosa Nico (la misma que cantó con la Velvet Underground), Joe Dallesandro o Morrisey fueron algunos Warholianos menores de los que también se habla en este libro.

Cantantes como Lou Reed, Patti Smith, David Bowie, Mick Jagger, Sid Vicious o John Lennon son algunos de los personajes que también vivieron la época dorada de esta Nueva York/Babilonia. Cada uno más raro y excéntrico que el anterior. Todos ellos entregados por completo al desenfreno, al vicio y al libertinaje. Quizá la única excepción sea David Bowie, quien supo separar certeramente su vida pública de su vida privada y quien, a pesar de la época de excesos, fue uno de los pocos que consiguió librarse de adiciones.

En Nueva York/Babilonia, los años de la edad maldita, también aparecen retratados numerosos escritores, entre los que destacan aquellos transgresores que pertenecieron a la generación Beat. Así, encontramos anécdotas sobre Allen Ginsberg, William S. Burroughs, Paul Bowles o Truman Capote. Todavía más excéntricos si cabe estos escritores que la pandilla de músicos que he citado unas líneas más arriba.

Fueron épocas de excesos, de descubrimiento y libertinaje. Unas décadas en las que el sexo era totalmente libre y las drogas y sus efectos aún estaban por descubrir. Y hubo muchos personajes que las descubrieron y sufrieron de lleno sus consecuencias quedando enganchados de por vida a éstas, algunos con mejor suerte que otros. Muchos de ellos murieron realmente jóvenes, como Sid Vicious, otros han pasado por fuertes tratamientos de desintoxicación, como Lou Reed. El caso es que este exceso de drogas ha pasado factura a muchos de los personajes que vivieron estas épocas. Bueno, a todos menos a Mick Jagger, que no sabemos qué pacto habrá hecho para haberse metido en el cuerpo todo lo que se ha metido y seguir sobreviviéndose de esta forma.

Algo parecido ocurrió con el sexo. Aquellos ambientes tan libertinos, tan Sodoma y Gomorra, también pasaron factura con la epidemia del sida y todas las muertes que trajo consigo.

Una época que no se volverá a repetir, de ahí su autenticidad. Unos años que merecen la pena ser conocidos y recordados. Las décadas de máximo esplendor donde se dieron cita algunos de los más brillantes personajes de nuestra historia.

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Un asesinato muy corriente y otros relatos, de P. D. James

un asesinato muy corriente

un asesinato muy corriente¡Tengo, tengo, tengo que leer más de P. D. James! Vaya que sí. ¿Cómo no lo he hecho antes? ¿En qué estaba pensando? Con lo que me gustan los libros de Agatha Christie, —sobre todo los protagonizados por Hércules Poirot, ese belga (no, francés) emperifollado y de bigote tieso y militar a quien una mota de polvo, como dice Hastings (su particular Watson) le haría más daño que una bala—, y la novela negra en general, y tengo ante mí todo un descubrimiento.

Y pensar que antes de Un asesinato muy corriente y otros relatos estaba convencido de que P. D. James era un hombre… Craso error…

En fin. Está más que claro que P. D. James domina este género. Lo hace totalmente suyo. Ya antes de escribir leía con entusiasmo las novelas de detectives y llegó a escribir una, según dicen fascinante, monografía de título Todo lo que sé sobre novela negra, (Ediciones B).

En vida escribió siempre novela pero lo que nos ocupa aquí ahora es un conjunto de cuatro relatos cortos, con la dificultad que eso conlleva ya que, en palabras de la autora:

“Aunque yo misma me he dedicado sobre todo a la novela, he disfrutado mucho con el desafío que plantea el cuento: el de conseguir mucho con pocos medios”.

“… escribir un buen relato es difícil, pero en estos tiempos ajetreados puede proporcionarnos una de las experiencias de lectura más satisfactorias.”

Y le doy la razón. Condensar toda una trama, con su ambientación, la definición de los perfiles de los personajes, y un argumento no muy complejo y que mantenga la atención del lector, y que todo eso esté encaminado a un desenlace sorpresivo, no es fácil, pero leerlo es tan satisfactorio…

Por eso puedo afirmar que he disfrutado tanto, pero tanto de estos cuatro relatos, que me han recordado a mis lecturas adolescentes de la Christie. Puede que sea por la ambientación, siempre en las típicas mansiones o casonas inglesas, con unos sospechosos bebiendo su copa de brandy en una biblioteca de madera, con unas rencillas familiares latentes y oscuros pasados que iremos conociendo poco a poco… Los elementos de siempre, que no falten, por favor, aunque luego cada autor resuelva el crimen a su modo.

La lectura es fácil, atrapa desde el principio, la letra es grande (se agradece), y personajes y trama entran en ti casi sin darte cuenta. Es una de esas lecturas en las que disfrutas, eres consciente además de que disfrutas y no quieres que acabe.

El primero de los relatos, El misterio del muérdago, se inicia como si fuera un caso real vivido por la propia autora que ahora, después de tanto tiempo soportando la pregunta de “¿alguna vez ha estado implicada en la investigación de un asesinato real?” puede responder pues es la última superviviente de un caso ocurrido en 1940.

Le sigue Un asesinato de lo más corriente. Aquí P. D. va a jugar con nosotros, os aviso. El testigo de un crimen se debate entre ir a la policía o no porque si lo hace tendría que explicar que fue testigo por culpa de su afición a la pornografía.

El siguiente caso, La herencia de la familia Boxdale es otro brillante ejemplo de trama genial. Un canónigo se niega a aceptar una herencia con la que resolvería sus problemas económicos, porque procede de una mujer que fue acusada y absuelta de envenenar a su marido. Aquí aparece Dalgliesh, el detective que creó la James para sus obras, y deberá rebuscar en el pasado pruebas que se inclinen en un sentido o en otro.

Las doce pistas de Navidad cierran el conjunto. Un relato que, según se afirma en la última línea, es Agatha Christie en estado puro. (Y sí, lo es).

Ninguno de ellos es en esencia un whodunit, pero no importa, no hace falta que lo sea para poder divertirse con esta lectura.

Cuatro relatos que han sido una delicia y a la vez el descubrimiento de una gran autora, muy dotada para este género, y a la que pienso volver en la primera ocasión que tenga, y esta vez ya con novela. O puede que me decida por la monografía anteriormente mencionada.

Recomiendo también leer prólogo y prefacio. Yo no suelo hacerlo, pero esta vez es cortito y tiene datos muy interesantes sobre la James y sobre la novela negra. No perderéis el tiempo, y ganaréis en sabiduría; hacedme caso.

Un asesinato muy corriente y otros relatos se disfruta de principio a final y es ideal para una tarde fría de invierno, de sofá, manta y taza de té o café.

Un libro criminalmente de-li-cio-so.

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Tom Gates. Poderes súper geniales (casi…), de Liz Pichon

Tom Gates. Poderes súper geniales (casi...)

Tom Gates. Poderes súper geniales (casi...)Tengo un morro que me lo piso. Si queréis saber por qué, seguid leyendo. De momento, para empezar, quiero expresar la envidia que me dan mis hijos, que tienen a su alcance lecturas tan divertidas como toda la serie de Tom Gates, un pequeño fenómeno editorial que lleva años arrasando en el Reino Unido, tanto en ventas como en crítica, y que aquí también está conquistando a todo lectorcito que se le acerca.

Será que la memoria me traiciona, o que mis padres no tenían buen ojo, pero yo juraría que, cuando era niño, no había libros como éste, al que, creedme, pocos chavales de entre 7 a 12 años se pueden resistir. Servidor era más que feliz con sus Astérix, sus Mortadelo y sus Clásicos ilustrados, pero las lecturas más densas (entiéndase, sin viñetas) acababan irremisiblemente acumulando polvo en las estanterías. Eran esos libros que me regalaban y que, decían, me iban a encantar, esos clásicos que encandilaron a papás y abuelos. Lo hubieran hecho, sin duda, eso de encandilarme, pero para ello antes debería haberme aficionado a la palabra desviñetada con un personaje como este pillo llamado Tom Gates, que nos habla de algo tan sencillo como la vida normal de un niño normal en un colegio normal. No hay fantasmas, piratas, misterios ni magia. Sólo las trastadas de un niño que se pasa las clases dibujando garabatos; sus horas libres, intentando que su grupo de música no desafine hasta niveles insoportables, y que, los lunes, de vuelta al cole sin los deberes hechos, se ve obligado a inventar las más fantásticas excusas.

Algo parecido a lo que he hecho yo (de ahí lo del morro que decía al principio), que he pedido a mis hijos, de 10 y 12 años, que me escriban la reseña. Yo estaba demasiado ocupado haciendo… No, sí que la había escrito, pero vino un alien, me ató las manos, me torturó haciéndome cosquillas y se llevó el ordenador. De verdad. Así que he tenido que pedir ayuda.

Dice mi hija:

“El señor Fullerman da regalitos el último día del trimestre, y Tom consigue… ¡un taco enorme de adhesivos! Pensaréis que es el peor regalo del mundo, pero Tom ha descubierto una cosa muy interesante que puede hacer con ellos.

“Tom se va a un campamento con sus padres, su hermana Delia (por desgracia), y también viene un personaje nuevo: Avril, la amiga de Delia. Tom se encuentra con Amy (compañera del cole) y espera que ella no le diga a nadie lo que ha visto hacer a Tom. En el campamento está lloviendo toooodo el rato y Tom se inventa muchos juegos interesantes para hacer.

“La mejor parte es cuando Tom, su padre, su madre, Delia y Avril se creen que están en el campamento de verdad, pero no, están en un campamento abandonado, por eso caen gotas del techo todo el rato”.

Todo ello, y esto lo digo yo, acompañado de unas ilustraciones  sencillísimas, casi de palo, pero al mismo tiempo sutiles (la autora, Liz Pichon, es ilustradora profesional) y francamente divertidas. De hecho, el diseño y las ilustraciones han sido lo que mi hijo mayor ha encontrado absolutamente irresistible. En sus propias palabras:

“En este libro, Tom Gates. Poderes súper geniales (casi…), hay muchísimas páginas para hacer dibujos y garabatos como Tom, por ejemplo:

Aprender a dibujar a Marcus (el nene repelente).

Tus propias excusas parano hacer los deberes.

Garabatofrutas.

Garabatopajitas

Lo que puedes ver por un catalejo…

En fin, creo que ni yo mismo lo hubiera dicho mejor. Mis hijos, incluida la pequeña, de 7 años, son fanáticos de la serie, y este volumen, me dicen, está a la altura de los mejores. Yo lo he leído, de verdad, pero el alien que me robó el ordenador también me borró la memoria.

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Todos estaban vivos, de Javier Bozalongo

todos estaban vivoa

todos estaban vivoaMmmm… microrrelatos. Me encantan. Me gustan mucho. Y sé de lo que hablo pues de vez en cuando escribo algunos. Puede parecer fácil. Seguramente muchos pensaréis que, “bah, sólo son cuatro líneas, eso lo hace cualquiera”. ¡Y una mierda! ¡Doble, además!, digo yo. En algún sitio leí, y recorte lo siguiente acerca de esta ya no tan nueva forma de literatura:

“El microrrelato es un reto: obliga a romper moldes. Si no, más vale ni acercarse. Se necesita un lector más atento, más formado que el que accede normalmente a una novela o un libro de cuentos: hay que estar dispuesto a cazar dobles juegos y un sinfín de figuras retóricas que son las que usa el autor y que explican que el género sea genial para enseñar a escribir”.

Aclarada la dificultad de su ejecución, empecemos.

No sabía que Todos estaban vivos era un libro de microrrelatos y me llevé una grata sorpresa al comenzar a leerlo. Hay algunos más largos que otros (en concreto siete de ellos tienen una extensión que supera la del micro, a pesar de que la definición del micro no especifica una duración determinada, aunque uno lo sabe, ¿verdad?, aunque sea a ojo) pero todos cumplen el entrecomillado anterior (aunque para ser sincero, lo cierto es que esperaba algo más de intríngulis o de misterio en líneas generales).

Pero además, uno de los ingredientes necesarios para hacer un buen micro es el de sorprender con un giro final. Aprovechando las elipsis, los dobles juegos y la confusión provocada en el lector, el autor debe buscar producir un efecto inesperado que le dé la vuelta a lo que ha estado leyendo y entendiendo hasta ese momento, y que lo aclare o lo perturbe aún más. A veces será incluso necesaria una segunda lectura, como si estuviéramos ante una de las pelis de Shyamalan, el director de El sexto sentido, para reinterpretar lo leído.

En Todos estaban vivos, tenemos unos textos cargados de humor negro e ironía, con el telón de fondo de la muerte en todos ellos.

Muertes ridículas, muertes buscadas, por accidente, por catástrofes naturales, ejecutadas con antelación, durmiendo, con elementos sobrenaturales, en guerras, por encargo… Toda clase de muertes que nos demuestran que en un segundo la vida puede cambiar para siempre.

Leer este libro ha sido un placer tanto por su contenido como por su fondo. Este es el primer libro de relatos de Bozalongo, quien hasta ahora había publicado varios poemarios y además, dirige la colección de poesía de Valaparaíso Ediciones. Por eso la forma está tan bien tratada. Te deslizas entre las palabras que Bozalongo escoge, navegas por ellas como un pequeño barco se deja llevar por una suave corriente hacia el brusco mar, hacia el final que te ha preparado este poeta, hacia las cargas de dinamita, como dice Santiago Espinosa en el prólogo.

También dice que las escenas de la vida, a diferencia de las películas, siempre terminan mal, y es una gran verdad. Estos relatos contienen la sabiduría de la vida sin adornos ni efectos especiales. Es la vida tal cual, con sus alegrías sin edulcorantes y sus tristezas sin exageraciones.

Me han gustado mucho la mayoría, con su multitud de temáticas a cual más variada, pero quiero destacar el del cajero y el de Elvis, que no son precisamente micros, pero que te enganchan mucho.

Todos estaban vivos en un buen libro, entretenido, ameno y corto con el que poder desconectar de lecturas más pesadas, de una editorial, Esdrújula, cuyo catálogo merece la pena no perder de vista.

Un divertimento recomendable.

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Stardust, de Neil Gaiman

stardust

stardust«Había una vez un joven que deseaba conseguir el Deseo de su Corazón».

Con esta frase tan de cuento comienza Stardust, de Neil Gaiman. Un inicio típico, incluso ñoño, pero con Gaiman nada es nunca lo que parece. Puede que haya un joven enamorado dispuesto a cruzar el mundo para conseguir una estrella caída y regalársela a la joven más hermosa del pueblo a cambio de un beso, o cualquier otra cosa que él le pida, pero también hay unos hombres sombríos, acompañados por los fantasmas de sus hermanos muertos, que buscan esa misma estrella, dispuestos a matarse entre ellos para que el último que quede en pie se proclame Señor de Stormhold. Puede aparecer un unicornio para velar por los héroes de esta aventura, pero también hay tres brujas que los vigilan, maquinando cómo acabar con ellos.

Es inevitable imaginarse junto a una chimenea, una noche cualquiera, escuchando esta historia dulcemente siniestra. Gaiman es un gran contador de historias y sabe cómo envolvernos en una atmósfera mágica sin que perdamos de vista la realidad. Desde el principio nos advierte que esta aventura comienza en el pueblo de Muro, a muy poca distancia del caótico Londres, en los tiempos en los que la reina Victoria aún era soltera y Charles Dickens escribía Oliver Twist. Con estos anclajes al mundo real, Gaiman consigue que la historia se mueva entre la línea de la fantasía y el «pudo ser». Porque sí, ahí reside el encanto. Pudo ser, ¿por qué no? En aquella época en la que los seres humanos no habíamos sucumbido del todo a nuestras grises existencias, cuando más allá del bosque aún había una tierra adonde acudir para alcanzar nuestros sueños si éramos capaces de luchar lo suficiente por ellos.

En esta historia hay mucha magia, pero también mucha humanidad. Gaiman se sirve de los elementos clásicos del género para cuestionarlos o darles la vuelta: los héroes tienen hambre y dolor y las damiselas son ariscas y están hartas de que intenten salvarlas. Tal vez este planteamiento ya no sea novedoso, e incluso esté de moda en el cine y en la literatura, pero Gaiman publicó por primera vez Stardust en 1999, dejando claro con esta, su segunda obra, que había llegado para convertirse en referente del género. Con ella ganó los premios American Library y Mythopoeic, y Charles Vess, su ilustrador de cabecera y creador de las ciento setenta y cinco ilustraciones del libro, obtuvo el World Fantasy al mejor dibujo. Su despliegue de estilos y recursos no merecía menos, y fue una contribución inestimable para que Stardust se convirtiera en una obra encantadora.

Un cuento de hadas narrado de forma sencilla, hasta infantil, pero repleto de imágenes certeras, en el que el mundo y los personajes creados por Gaiman e ilustrados por Vess nos atrapan, con su dulzura y con su crueldad. Al pasar cada página, atravesamos Faerie, la tierra de las hadas, ese lugar donde «te quitan la manta para verte de verdad» y tal vez acabes convertido en un animal o, quizá, solo liberen la bestia que habita en tu interior. Es un viaje peligroso, pero no hay que temer. Con un poco de suerte, cuando lo concluyamos, ya no tendremos que volver a nuestra existencia gris: Gaiman nos habrá enseñado el camino de la fantasía. Y podremos regresar —a Gaiman, al género fantástico— siempre que lo deseemos.

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Plinius 1, de Mari Yamazaki y Tori Miki

Plinius 1

Plinius 1Nos ha tocado en suerte vivir en la era del cinismo. Somos capaces de dar explicación a aquellos misterios que durante siglos han sido insondables, y que llevaban a nuestros antepasados a elucubrar teorías que hoy nos hacen reír. Desde la furia de la naturaleza desatada en forma de tormentas, volcanes, terremotos, relámpagos o tsunamis, hasta el comportamiento del átomo, pasando por el funcionamiento de nuestro cuerpo, o la edad de las estrellas, sabemos que todo tiene una explicación científica, y que la revelación de aquellos secretos que todavía se nos escapan no es más que una cuestión de tiempo. Nada puede sorprendernos ya, pues estamos de vuelta de todo, y las más fantásticas predicciones científicas no son recibidas con asombro, sino con admiración por nuestra propia capacidad, como seres humanos, de dominar el ingenuo poder de la naturaleza, que ha pasado, o eso creemos, a estar a nuestro servicio. Deberíamos considerarnos afortunados por  vivir en esta época, ¿verdad?

No cabe duda de que, a lo largo de los siglos y hasta hace apenas cuatro días, nuestro mundo ha sido el mundo de la magia, la oscuridad, la superstición y el miedo, pero también un jardín de las maravillas donde bajo cada piedra se abría un universo por explorar. La reacción natural del ser humano ante un cielo que se les venía encima con su espantosa carga de rayos y centellas era implorar piedad a los dioses e intentar aplacar su furia. Pero siempre hubo unos pocos, muy pocos, que eran capaces de salir de la cueva que los protegía y mirar al cielo cara a cara, desafiando a esa presunta furia divina, para intentar hallar la verdadera explicación del fenómeno o, sencillamente, deleitarse con su belleza. Plinio el Viejo fue uno de ellos.

De esta guisa, precisamente, se abre Plinius 1, esta interesantísima y sorprendente novela gráfica de Mari Yamazaki y Tori Miki. Estamos en Pompeya, que está a punto de ser destruida por la erupción del Vesuvio. Tiembla la tierra, un pestilente gas se infiltra por cada rincón de la residencia de Plinio y empiezan a caer cascotes y piedras  del techo. El pánico se apodera de toda la corte de colaboradores, subalternos, familiares y esclavos que acompaña a nuestro héroe, quien, sin embargo, no se deja apresurar y se niega a abandonar la zona sin antes darse un baño y cenar tranquilamente. Su escribiente, Eukles, que lo acompaña desde los 18 años anotando cada una de las observaciones y reflexiones de su señor, se asombra de la sangre fría de su señor, y recuerda las circunstancias, muy parecidas, en que lo conoció, años atrás.

El flashback nos lleva al paisaje después de otro desastre, la erupción del Etna, en Sicilia, que destruyó la casa familiar de Eukles. Mientras intenta rescatar alguna de sus posesiones, el joven ve interrumpida su búsqueda por la aparición de un excéntrico romano que habla un griego perfecto y muestra un conocimiento ilimitado. El romano le pide a Eukles que le preste la tablilla de cera, el único recuerdo de su padre, pues necesita”dejar escritas unas cosas”. De este modo se inicia su colaboración. Plinio habla, fantasea, imagina y, probablemente, bromea. Eukles apunta frenéticamente y se admira de la curiosidad omnívora e insaciable y la sapiencia de Plinio.

No cabe duda de que a los cínicos nos cuesta tomarnos en serio algunas, si no muchas, de las teorías e historias de Plinio. ¿Un hombre que muere devorado por los piojos? ¿Rayos que se generan en el planeta Júpiter? Pero no os engañéis: Plinio se adelantó a su época. ¿Cuánto? Unos veinte siglos, aproximadamente.

Y mientras nuestro héroe y Eukles emprenden, dando un largo y lento rodeo, el regreso a Roma, entreteniéndose con historias de orcas y, en una escena genial, el testimonio de un niño que ha visto un monstruo marino, llegan órdenes del emperador Nerón. Plinio debe regresar inmediatamente a Roma. Seis veces lo ha hecho llamar para que acuda a su recital de cítara, y seis veces se ha negado el audaz naturalista. Nerón empieza a impacientarse, pero claro, si a Plinio no lo amedrenta la lava hirviendo, tampoco lo hará un vulgar emperador, por muy parricida que sea. En cualquier caso, se masca la tensión.

En el libro tenemos, pues, dos historias. Por una parte, la que nos muestra al genial naturalista, y por otra, un brillante retrato de Roma, de Nerón y de su intrigante amante Popea. Al mismo tiempo, Ponent Mon ha intercalado a lo largo del libro diversos fragmentos de una interesante entrevista con los autores, Miki Tori y Mari Yamazaki, esta última, auténtica apasionada de la Antigua Roma y autora de otro clásico del manga situado en la época: Thermae Romae.

En fin, queridos amantes del manga, de la biografía o de la Roma clásica: no os perdáis este Plinius 1, destinado a convertirse en un pequeño clásico del manga biográfico. Y todavía no hemos llegado al segundo volumen.

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Lo que nos queda de la muerte, de Jordi Ledesma

Lo que nos queda de la muerte

 

Lo que nos queda de la muerteUn pueblo de costa de esos en que no es lo mismo vivir en primera línea de mar, que en segunda; en los chalets de las urbanizaciones, que en la riada. Niños que se bañan en los espigones y que juegan con las frutas y verduras abandonadas en los días de mercado. Niños que se hacen mayores y ven algo que no deben ver. Más niños, esta vez pijos, que no son mayores pero que juegan a serlo y se queman de todas las maneras posibles (coca-velocidad-ferocidad-juegos llevados al extremo, y el extremo siempre es la muerte). Guardias civiles que también se queman, porque no se dan cuenta de que los niños siempre han sido crueles, y peligrosos, y de que las mujeres también son personas. Una mujer bonita, inocente, casi etérea y, quizás por eso, algo simple, y una escena en la que se describe un sueño que ha entrado, con honores, en mi lista de las escenas eróticas mejor escritas de todos los tiempos. Aguas revueltas en las que nadan cocodrilos, lirismo, violencia, consecuencias, muchas consecuencias y un aura trágica, de inevitabilidad casi antigua. Todo esto encontraréis en Lo que nos queda de la muerte de Jordi Ledesma.

He leído por ahí que es la mejor novela negra en español de 2016 y tal vez tengan razón. Aunque por mí no puedo hablar, no las he leído todas, ni siquiera las que, también por ahí, dicen que son las diez mejores. En cualquier caso, sí que puedo certificar que esta novela es diferente. Si buscáis la típica historia policíaca, no es vuestro libro. Pero si queréis que os cuenten una buena historia, corred a la librería y adelantaos un regalo de Navidad.

En Lo que nos queda de la muerte, una primera persona que, en realidad, es irrelevante rememora un incidente que sucedió cuando era joven, en un pueblo costero de Tarragona. Da la impresión de que lo que quiere esa voz es comprender: ordenar los hechos a través de retazos de conversaciones, escenas entrevistas y rumores que han pasado a ser verdades. Para hacerlo, hilvana diversas historias y crea un tapiz denso, en el que la voz principal conoce al dedillo a todas las demás. En esto, la novela de Jordi Ledesma, a quien ya había leído antes en el libro de cuentos Diez negritos, me ha recordado al último Chirbes.

Lo que nos queda de la muerte está plagada de imágenes poderosas y también arriesgadas. El texto tiene un ritmo variable, a veces parece calmo pero de repente se encrespa, como el Mediterráneo que sirve de telón de fondo para los dramas de la novela. Solo los editores de Alrevés podían traernos algo así, una novela negra, negrísima, que se aleja de la convencionalidad del policía-busca-asesino. Y por esa valentía debemos estarles agradecidos.

Solo me queda recomendaros, una vez más, esta historia de personajes despreciables y, por eso mismo, humanos. Es posible, eso sí, que, cuando acabéis la novela, comprendáis. Y esa comprensión solo despertará cierta sensación de nostalgia por otros tiempos, peores, sí, pero más divertidos.

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Mal trago, de Carlos Bassas del Rey

Mal trago

Mal tragoAcabo de llegar a Ofidia y no conozco a nadie. Me han hablado bien de este lugar y de su creador, Carlos Bassas, así que he decidido dar un paseo por sus calles. Al parecer, hay un gran revuelo montado. En el derribo de un antiguo edificio de una familia pudiente aparece una caja fuerte con el cadáver de un niño dentro. El pequeño, muerto por asfixia, aparece vestido con un traje de comunión, aportando una imagen macabra a un descubrimiento ya de por sí bastante escabroso. Al parecer, el niño, de clase social baja, no presenta rastro de abusos y su padre, roto de dolor, da el dato que hace a la policía ponerse en alerta. Su hijo no desapareció; a su hijo le secuestraron. El encargado del caso será Herodoto Corominas. De él también me habían hablado. Cuentan que en su última aventura (Siempre pagan los mismos), el inspector queda tocado por la muerte de su padre, persona a la que tampoco se sentía especialmente unido. Y mi primer encuentro con él me confirma los rumores. Se ve en Corominas a un hombre hundido, con la pérdida de un padre que se añade al distanciamiento con su hijo y a los problemas que uno de sus mejores amigos, su ex compañero Vázquez, empieza a tener con el bar que regenta.

Me pego al inspector como una lapa para seguir sus progresos en un caso que cada vez empieza a complicarse más, con la aparición de gente muy influyente en la historia y la desaparición de otro niño. Conozco a otros compañeros suyos como Agüero o Marne, y a algún personajillo conocido en Ofidia como Durruti, un periodista con muchas tablas en esto de manejar la información. Se nota que llegar de nuevas a Ofidia ha hecho que me pierda muchas cosas, pero en unas páginas casi todas las dudas están resueltas. Me empieza a gustar este inspector, he de reconocerlo. Este detective peripatético (como él mismo se define) y culto gusta mucho del uso del latinajo, aportando un poco de sabiduría a un cuerpo que no tiene fama de sabio, precisamente. Y aunque el caso sigue interesante, poco a poco me van interesando más los personajes y menos el resultado final. Porque en Ofidia todos parecen estar sufriendo. Todos tienen sus problemas, sus miedos y sus secretos. Y los secretos, tarde o temprano, salen a la luz y ayudan a tomar las mejores decisiones, aunque estas duelan.

La historia se va aclarando, Herodoto ya casi tiene al culpable. Y cada vez estoy más cómodo en este universo creado por Carlos Bassas. No sabría explicar el por qué, pero este Mal Trago me trae un aire a Fred Vargas, para mí la reina de la novela negra. Es cierto que Corominas dista mucho de parecerse al despistado de Adamsberg, pero la forma tan intimista del autor de esculpir a los personajes sí que es un sello compartido con la escritora francesa. Y cuando la comodidad llega a la lectura, uno no tiene ganas de que se acabe la novela. Preferiría que durara más solo por el hecho de poder seguir disfrutando de los personajes y no solamente por mantener la tensión sobre quién será el culpable.

Se acaba mi paseo por Ofidia. Terminado el trabajo, cada mochuelo se va a su olivo. Yo me quedo solo, con ese último mal trago agarrado a mi estómago pero con mucha hambre. Hambre por degustar platos mediterráneos como el tumbet, tan del gusto de Corominas. Y hambre por saber más del inspector y de su creador. Así que me voy de Ofidia buscando un restaurante y con la certeza de saber que volveré por aquí.

César Malagón @malagonc

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