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La Ciudad, de Luis Zueco

La Ciudad

La Ciudad Luis Zueco ha evolucionado, y eso que partir de un libro como El escalón 33, merecedor en su día de muchos y diversos premios, era complicado, porque cuando uno salta a la fama con una buena historia, bien forjada, con un buen desarrollo, una trama que engancha y un final que la deja bien cerrada, y además lo hace con un buen estilo literario, todos tendemos a pensar que el camino no será fácil.

El propio Actual Premio Cervantes, Eduardo Mendoza, decía, no hace muchos días, que después de haber escrito El caso Savolta, pensó que ya nunca estaría a la altura de lo ya escrito, pero luego llegó La ciudad de los prodigios y vimos todos, y vio él, que tenía mucho que dar a la literatura y que había un mundo más allá de su primera novela y todos pudimos ver una evolución en el autor de lo más curiosa a través de sus libros.

Por tanto ¿Ha evolucionado para bien, Luis Zueco? Pues para los amantes de la novela histórica yo diría que para excelente.

He seguido a este escritor desde hace ya unos años; Luis Zueco, en Tierra sin Rey, ya daba muestras de que sabía adentrarse en batallas y centrarse en un pequeño espacio para poder darnos una muestra de cómo nace nuestra historia.

Pero el salto que dio con El Castillo fue espectacular. Al leerlo recuerdo que pensé que este hombre había encontrado su estilo, y se había ganado un sitio entre los grandes de la actual literatura histórica española. Se nota al leerlo que se encuentra a gusto dentro de la historia de la construcción del estado Español desde los diversos Reinos de los que estaba compuesto. Pero es que además es capaz de dar vida al libro, ambientar con palabras una época es algo de lo que no todos son capaces; la recreación del Castillo de Loarre fue una maravilla, pero sin dejar nunca de lado la historia particular y manejando con soltura esa otra gran Historia con mayúsculas.

Ahora, al margen de todo lo que les he contado, si uno se entera de que se ha escrito un libro basado en la historia de la ciudad de Albarracín, una de las localidades medievales más bellas de España, y que lo ha escrito un tal Luis Zueco, conozcas o no la zona, hay que hacerse con el libro y hay que adentrarse en esa parte de la historia con la seguridad de no salir defraudados de ella.

Para cualquiera que haya estado en esa población y tenga el libro en la mano, la portada de La Ciudad, ya le dice de qué estamos en Albarracín, como les decía, una de las ciudades más bellas y de imprescindible visita de España.

¿Recuerdan Teruel? Aquella bella ciudad que “existe”, pues Albarracín y su  término municipal es, por razones históricas que conocerán con la lectura de esta novela, uno de los más grandes de la provincia, y en él se encuentran pequeñas localidades que tampoco deberían dejar de visitar.

Me cuenta mi querida amiga Amparo, y yo así se lo cuento a ustedes, que ese color rojizo de la zona y de las construcciones es debido al rodeno, unas areniscas rojas que al ser usadas para la construcción han fusionado ciudad y paisaje. Me explica, además, que hay en la Sierra un paisaje protegido, ya que, al parecer,  solo en la zona se da el Pino de Rodeno. Ya en el colmo de su sabiduría, que no de la mía, me comenta que ese tono rojizo lo dan el hierro y magnesio.

Esto es lo que tiene hablar de literatura con una amiga, que empiezas hablando de que el libro nos lleva al Señorío de Albarracín a partir del año 1284, y terminas hablando hasta de química…

Sí, otra vez esa edad media tan desconocida para tantos y otra vez una ciudad amurallada con una importante situación geoestratégica donde pasan una serie de estremecedores sucesos; la iglesia, los Reyes y los Señores, así como diversos personajes perfectamente dibujados por el autor, que trazan una interesante trama, y que, como ya pasara con El Castillo (de Loarre) es una parte importante de la historia de España que yo desde luego desconocía, y que me ha encantado conocer.

No hay libro de Luis Zueco, ni buen amigo, que no te haga, si sabes escuchar, un poco más sabia… Como al viejo Rey Alfonso X 😉

Es curioso que no sabiéndose muy bien de donde surgen las reglas principales del ajedrez, Zueco se las adjudica a Alfonso X El Sabio. No solo no se hace extraño en la lectura sino que hasta parece una explicación lógica por la importancia que le da a que fuese un Rey que sintiese como una obligación moral la difusión de la cultura.

El autor refiere en su obra que los libros son uno de los inventos más valiosos del hombre, y yo le creo, me creo a los personajes y me creo al autor, y tanto me lo creo que hay dos frases del libro que ya hace mucho tiempo me han servido de debate con dos amigas absolutamente dispares:

1.- Quien aumenta su conocimiento aumenta su dolor
2.- Qué atrevida es la ignorancia

Tanto con una como con la otra frase, tanto con una como con otra amiga, he pasado estupendos ratos de conversación.

Muchos somos los que hemos visitado Albarracín en alguna ocasión por su hermosura, pero si ustedes no conocen esta parte de nuestra historia, yo se la aconsejo y se la recomiendo vivamente, porque es importante saber siempre algo más sobre de dónde venimos para saber, ya no les voy a decir que a dónde vamos, sino por lo menos, donde estamos.

Ya les he hablado en otras ocasiones, como les decía antes, de Luis Zueco, así que como todos saben es de Borja, nació en 1979, y hoy es, por encima de otras muchas cosas, novelista, historiador e investigador, aquello de la ingeniería y la visión que tiene un buen fotógrafo amante de la naturaleza y de las construcciones, han quedado como subsumidas en su principal quehacer que es escribir.

En algunas ocasiones les cuento qué es lo que bebo mientras degusto alguna literatura especial, esa de sofá y manta de cuadros frente al hogar encendido, en esta ocasión ha sido una botellita, bien compartida, de Borsao Berola de 2013. Leyendo un libro de un autor de Borja pueden pasar por tu cabeza muchas cosas, seguro que a algunos piensan en cierta restauración … Yo siempre pienso en vino, y en que para mí es parada obligatoria cuando voy camino a Soria. También, desde hace tiempo, en historia y literatura, o lo que es los mismo, en Luis Zueco. Y claro, también el vino es un elemento importante en casi todos sus libros 😀

Después de esta lectura haré otra visita a Albarracín, volveré a recorrer sus sinuosas calles y callejas, miraré el color de sus construcciones con más atención, observaré por donde entro a la ciudad, y recordaré lo que fue, y que estoy en una joya por la que lucharon numerosos reyes, entre ellos tanto los de Aragón como los de Castilla, pero además recordaré sin duda a sus personajes: Ayub, Martín … ¿Tantos! Pero de entre todos me quedo con Alodia, una mujer que una vez conocida es difícil de olvidar

¡Hay que ver como me gustan los personajes femeninos de este autor!

Qué importante es que incluso en estas historias medievales Luis Zueco ya nos tenga acostumbrados a esas mujeres fuertes, independientes, con grandes sufrimientos e inmensos recursos.

Mi valoración general, como pueden ver, es que la novela me ha encantado, tienen fuerza esa historia perfectamente entretejida, tiene fuerza la época en la que plantea la trama, y la tienen los personajes, que además nos dan una idea clara de cómo podía ser la vida en el Albarracín medieval, y finalmente se desarrolla en una zona importante pero sobre todo una bella y dura tierra que también usted querrá descubrir o volver a ver, ahora con otros ojos.

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Las mujeres de la Luna, de Daniel Roberto Altschuler y Fernando J. Ballesteros

Las mujeres de la luna

Las mujeres de la lunaDe los 1586 cráteres lunares que reciben el nombre de una persona como homenaje a sus logros científicos, filosóficos o ambos, sólo 28 son mujeres (y dos de ellas son mecenas y una probablemente ficticia). Una proporción aún más ridícula que la de las 48 de 907 premios Nobel. Sí, ya sé, al ser nombres de toda la historia y dada la relativamente juventud de la noción de igualdad de género puede resultar excusable. Pues no. El relato de la vida de estas 28 mujeres deja claro hasta qué punto tuvieron que luchar no ya para lograr su homenaje lunar, sino para conseguir un mínimo reconocimiento. O un sueldo. Este libro resulta interesantísimo por muchos motivos pero que me perdonen los autores, cuyo trabajo es magnífico, dicho sea de paso, si digo que el libro que realmente me apetece leer ahora es el de las mujeres que, mereciéndolo, no engrosan este catálogo. Las mujeres de la luna despiertan en el lector un profunda admiración, pero mentiría si dijese que no va acompañada en muchos momentos de una profunda indignación. Tampoco es especialmente edificante que para cualquier ciudadano de cultura científica media el listado de los nombres sea tan poco pródigo en nombres conocidos.
El trabajo de documentación de Daniel Roberto Altschuler y Fernando J. Ballesteros es brillante, pero el que han hecho haciéndolo no sólo comprensible sino incluso ameno es francamente digno de admiración. Las mujeres de la luna no es sólo un estudio biográfico de unas mujeres de biografía elocuente, es también una destacable obra de divulgación científica.
Hay algo de belleza poética que los cráteres de la luna constituyan, nomenclatura mediante, un reflejo de nuestra propia historia. En ese sentido no debe sorprendernos que sea injusta y desigual, pero tampoco debe hacerlo que el desarrollo de esas historias resulte en ocasiones profundamente emotivo y no incluya sólo conocimiento científico, talento o superación de las adversidades sino también alguna historia de amor terriblemente hermosa.
Las mujeres de la luna, como ven, es un libro francamente especial y como suele suceder en estos casos la edición está a la altura de la historia que se cuenta. Es un libro hermoso, lleno de detalles y sin duda una honrosa incorporación a una biblioteca. Un libro que consigue algo complicado de lograr: cambiar la mirada del lector. Uno mira a la luna de otra manera cuando ha leído este libro, créanme.
Hay además historias paralelas que son francamente interesantes, como sin duda podría ser la de la llegada de la hortensia a Europa. Sí, la flor. Y sí, tiene que ver con una mujer de la luna y con un científico no sé si gafe pero desde luego notablemente desdichado. Pero las protagonistas son sin duda las mujeres que protagonizan este libro y permítanme que acabe esta reseña como es de justicia, con sus nombres:
– Hipatia de Alejandría
– Catalina de Alejandría
– Nicole-Reine Etable de la Brière Lepaute
– Caroline Lucretia Herschel
– Mary Fairfax Greig Somerville
– Anne Sheepshanks
– Catherine Wolfe Bruce
– María Mitchell
– Agnes Mary Clerke
– Sofía Vasiíievna Kovalévskaya
– Annie Scott Dill Russell Maunder
– Williamina Paton Stevens Fleming
– Annie Jump Cannon
– Antonia Caetana Maury
– Henrietta Swan Leavitt
– Mary Adela Blagg
– Mary E. Proctor
– Marie Sklodowska-Curie
– Lise Meitner
– Amalie Emmy Noether
– Louise Freeland Jenkins
– Priscilla Fairfield Bok
– Gerty Theresa Radnitz Cori
– Judith Arlene Resnik
– Sharon Christa McAuliffe
– Kalpana Chawla
– Laurel Blair Salton Clark
– Valentina Vladimirovna Nikolayeva Tereshkova

Andrés Barrero
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Diarios del Sáhara, de Sanmao

Diarios del Sáhara

Diarios del SáharaSi cuando uno revisa las emociones sentidas tras leer un libro cualquiera puede resultar difícil separar lo leído de lo sentido, en este caso la dificultad de hacerlo es tal que conviene rendirse y asumir que el libro es su protagonista y su protagonista es su autora. Así, cuando un piensa que en Diarios del Sáhara ha leído a Sanmao y lo ha hecho como si la hubiera conocido, qué se yo, sentado junto a una hoguera en el desierto, puede sentirse lo suficientemente reconfortado como para afrontar la tarea de reseñarlo como quien habla de una amiga. El magnetismo de Sanmao es tal que no hay otra opción, pero si la hubiera, si pudieran leerse los Diarios del Sáhara fríamente, analizándolos como el testimonio histórico que sin duda también es, sería tan triste, supondría una traición tan manifiesta al sentimiento con el que el libro fue escrito y a la vez se perdería uno tanta cosas que es mejor ni pensar en ello.
Pónganse por un momento en situación. Imaginen a una joven taiwanesa en la España de los setenta, una mujer de buena familia, de cierto nivel cultural y poseída por un espíritu de aventura tan irrefrenable que traducido en kilómetros resulta asombroso para su época. Y si esa imagen de una joven urbanita sola que probablemente fuera la primera persona de rasgos orientales que viera en su vida una amplia mayoría de las personas con las que se cruzara por la calle en Madrid no les parece lo suficientemente evocadora, trasládenla al Sáhara en sus últimos momentos como colonia española y entenderán cómo debe sentirse un marciano en Bollullos, por poner un ejemplo. El paso siguiente para entrar en situación es sencillo, lean y quieran al marciano.
El escenario es terriblemente atractivo para cualquier lector español actual mínimamente interesado en el Sáhara, que somos legión, pero no esperen encontrarse un retrato bucólico lleno de estampas románticas de los buenos y nobles beduinos del desierto. El retrato del ambiente y de las gentes que se encontró Sanmao es el único aceptable para alguien con una relación con la literatura tan sincera como ella, descarnado pero hermoso. Y la belleza no nace en el paisaje, que podría, sino de la mirada limpia de la autora. Fíjense que sencillo y piensen en lo infrecuente que es: simplemente cuenta lo que ve.
Dicen de Sanmao que fue un alma errante y puede que lo fuera, pero antes y después del Sáhara. Mientras estuvo allí su alma soñadora estuvo en su casa, y no creo que después de leer los Diarios del Sáhara tengan dudas al respecto. Quien ama un lugar siendo consciente de sus defectos, que existían y eran múltiples, es porque es su lugar. Ella no estuvo sola en el Sáhara, estuvo con su marido, otro personaje entrañable que Sanmao hace grande no idealizándolo, sino describiéndolo con total sinceridad, incluso riéndose de él en ocasiones. Esos pasajes en los que se burla de su marido (al que quería profundamente) son, si lo piensan bien, muy españoles, su sentido del humor cuando se divierte ante el desconocimiento de José de las tradiciones, especialmente las gastronómicas, de su país natal es muy nuestro, aunque no sea especialmente edificante.
Hay pasajes duros, la vida era difícil y a las adversidades propias del medio y la situación política se suman las que provocan las diferencias culturales con sus vecinos, porque no vivían en la zona de los españoles, sino en la de los saharauis. Los hay, especialmente el último, que no se pueden leer sin una gran tristeza. En otros sin embargo es imposible refrenar la sonrisa o incluso la risa, una sonrisa tan abierta como los ojos. Ella no escribía por perseguir la posteridad, la fama ni el dinero, lo hacía por necesidad. Simplemente no podría no haber escrito impostadamente como no podría no haber vivido el desierto y contentarse con una urbanización de relativo lujo equiparable a la de la colonia. No sé si me creerá pero lo digo con total sinceridad: empiece el libro por curiosidad, compromiso, coincidencia o cualquier motivo que le lleve a él, pasadas pocas páginas el espíritu de Sanmao logrará que continúe leyendo por necesidad. Al final puede que tenga que frotarse los ojos para enjugarse las lágrimas y los granos de arena, en todo caso tendrá una amiga más. Sólo le pido una cosa, dele recuerdos de mi parte. Se lo agradeceré.

Andrés Barrero
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Un tanguita llamado deseo, de Manuel López Acaíñas

Un tanguita llamado deseo

Un tanguita llamado deseoAunque en los textos promocionales se dice que Un tanguita llamado deseo es la historia de un hombre que está a punto de aprender a perderlo todo, diría que el protagonista está más próximo a recuperar cosas que a perderlas, al menos está cerca de aprender que la única forma de pasar directamente de la juventud a la muerte es que esta llegue antes de tiempo y que a poco que espere un tiempo medianamente razonable existen etapas intermedias que no es nada fácil vivir como si el tiempo se hubiese quedado atrapado en los imperdibles de una chupa de cuero. El protagonista, un entrañable viejo rockero, maduro y buena gente, tiene no pocos problemas para aceptar que no es joven y que la vida no se le escapa porque vaya muy deprisa sino que es él quien se ha quedado atrapado en el tiempo. Pero tiene dos virtudes que lo convierten en un personaje atractivo, su fidelidad a su música, que aparece frecuente y brillantemente en el texto y su capacidad de caer a los lectores mucho mejor que a los demás personajes, de forma que uno vive con él ese calvario que es llegar tarde a la madurez.
Andrés, el protagonista, es profesor de matemáticas. Un buen profesor, además. También sufre cierto desencanto con una vida por la que transita haciendo equilibrio por la línea que separa lo entrañable de lo ridículo, porque la vida no es una maestra tan atenta como él y usa el método de “la letra con sangre entra” de forma que aprende a envejecer a base de golpes, tan contundentes y certeros algunos de los que no es fácil salir indemne.
No sólo debe aprender a convivir consigo mismo, que a menudo es la parte más difícil, también debe redimensionar sus relaciones con los demás, con su exmujer y su hijo, con los compañeros, los estudiantes y con las mujeres. Incluida la propietaria de la ropa interior que da título a Un tanguita llamado deseo, que al tiempo personifica el recuerdo de un pasado feliz y la promesa de un futuro mejor, ambos tan esquivos como buscados.
También es un libro muy de barrio, aunque hay ambientes diferentes, algunos más acomodados, el aroma a barrio está presente en las páginas de Un tanguita llamado deseo de una forma que lo convierte en un lugar muy acogedor por mas que aparentemente trate de ser gamberro y transgresor.
Y otra dimensión muy presente es la de la crisis, que algunos de los personajes que se asoman a las páginas de esta obra han padecido con especial intensidad.
No me ha resultado tan canalla como probablemente era intención del autor, probablemente el carácter entrañable del protagonista transforma esa energía en simpatía, lo que sí le he visto es una mirada un tanto amarga, por otro lado muy apropiada a la historia. Más directo y fluido que contundente es de esos libros que uno se alegra de leer porque fabulan vidas cercanas, porque uno podría haber conocido a cada personaje y porque de una forma u otra en algún momento de su vida incluso ha corrido el riego de ser el protagonista.

Andrés Barrero
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La caza del carnero salvaje, de Haruki Murakami

La caza del carnero salvaje

La caza del carnero salvajeMuchos conocimos a Murakami leyendo Tokio Blues y/o Kafka en la orilla, sus novelas más famosas. La lectura de una obra del autor nipón lleva a una reducción muy simplista, casi maniquea; o te encanta, o le aborreces. Los que decidieron (decidimos) seguir, tienen la suerte de poder leer casi completa la bibliografía del autor traducida al español, incluidas sus primeras obras, esas que pese a no tener la calidad literaria que atesoran sus “hermanas mayores”, ofrecen ya destellos de lo que sería capaz de producir en años posteriores. En 2015, tras levantar el propio Haruki su veto de publicación, llegaban a España sus dos primeras obras, Escucha la canción del viento y Pinball 1973, dos obras surrealistas pero muy interesantes protagonizadas por jóvenes sin rumbo, perfil usado por el autor repetidas veces. Y en este 2016, Tusquets publica su tercera obra, La caza del carnero salvaje (publicada en 1992 por Anagrama, cuando todavía “Murakami no era Murakami”).

Esta primera novela larga del autor japonés bien podría englobarse en una trilogía con las dos anteriores. Vuelve a estar protagonizada por el joven sin nombre. ¿Por qué sin nombre? El propio personaje lo deja claro en la novela, “supongo que porque no me gustan los nombres. Yo soy yo; y tú eres tú; y nosotros, nosotros; y ellos, ellos. ¿Y para qué más, si con eso basta?”. Actualmente tiene 30 años, una empresa de traducción con poco éxito, un divorcio reciente y una nueva novia (también sin nombre) con poco que resaltar, salvo unas orejas extremadamente atractivas. Su vida anodina da un vuelco tras recibir una carta de su amigo el Rata (el mismo Rata que salía en las novelas anteriores) con una foto de un carnero de ojos azules y una estrella en el lomo dentro de un paisaje montañoso. Al parecer, la publicación de esa foto molestará a una organización secreta, que impondrá al protagonista la misión de encontrar ese carnero, so pena de arruinar laboralmente su ya de por sí bastante decrépita carrera. Mochila al hombro, y acompañado de la mujer de las orejas, el joven sin nombre viajará al norte de Japón, a la isla de Hokkaidō, en busca de un imposible; localizar el dichoso animal y descubrir el por qué de su misterio.

La caza del carnero salvaje comienza lentamente. Tiene ese ritmo pausado de Murakami, que cambia de personaje en personaje entre diálogos intrascendentes que sin embargo no producen hastío. Páginas y páginas sin que pase absolutamente nada, pero siempre deseando saber más. Ese efecto, que unos consideran una virtud, otros lo ven como un defecto. ¿Quién tiene razón? El caso es que de no pasar absolutamente nada, la novela deriva en un pseudothriller bastante interesante, un viaje a dúo por el norte de Japón que es más bien una búsqueda personal de dos viajeros recién llegados a la treintena, una época marcada como punto de inflexión vital, el momento en el que echar un vistazo al pasado o pensar en el futuro puede dejarnos bastante desnortados. En definitiva, dos partes muy diferentes, tanto de temática como de estilo. Un bendito desequilibrio narrativo que descoloca mucho pero gusta más.

Ese crecimiento en la calidad de la trama desemboca en un final excelso. La ambientación y atmósfera creada por Murakami en sus últimos capítulos son literatura de alto nivel y ese surrealismo amateur de sus inicios se profesionaliza con la aparición de personajes como el Hombre Carnero. La caza del carnero salvaje tiene que leerse rápida al principio y lenta al final, saboreando todo lo que el autor quiere contarnos. Así es el mundo de Murakami, lleno de rarezas y fantasías.

En La caza del carnero salvaje estamos ya ante un Murakami maduro y auténtico, aunque siga creyendo que para empezar con el autor no hay mejor novela que Tokio Blues. Muchos han leído este libro tras leer Baila, baila, baila, libro posterior donde vuelve a aparecer el Hombre Carnero (y el Hotel Delfín). Yo haré el viaje contrario. Seguro que será igual de bueno. Cada libro que leo de Murakami me hace estar más convencido de que el bando bueno es el de los defensores del autor nipón. Eso que se pierden los detractores.

César Malagón @malagonc

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El tiempo entre suturas, de Enfermera Saturada

El tiempo entre suturas

El tiempo entre suturasTengo que decir que, aunque soy joven todavía, he pasado más tiempo del que me gustaría en un hospital. Recuerdo cuando tenía unos trece años y me tuve que enfrentar a mi primera resonancia. Ya de por sí, los hospitales nunca me habían hecho gracia, pero pensar que iba a tener que introducirme dentro de una urna durante un largo rato, ya era el colmo. Pero tenía que hacerlo, sí o sí. Llegué al hospital —aunque con lo que me temblaban las piernas, aún no sé cómo— y una enfermera me dio un montón de papeles que tenía que firmar antes de meterme en aquel cacharro. Empecé a echarle un ojo a los papeles por encima y casi me da un patatús allí mismo. Dentro de esa cosa podía pasarme de todo. ¡Podía morir! Y esa señora con bata impecable pretendía que yo firmara para que, en caso de ocurrirme algo, la responsabilidad únicamente fuera mía. Mi madre, que ya había pasado por unas cuantas operaciones en su vida (incluyendo una muy seria cuando le dio un derrame cerebral con apenas dieciocho años), me dijo que era mejor que no siguiera leyendo. Había que hacerse esa prueba de todas todas, así que leer aquel tocho solo iba a servirme para martirizarme y ponerme más nerviosa. Le eché valor, firmé y me dirigí a aquella urna que más parecía un aparato salido de Expediente X. Y la enfermera que iba a supervisar que todo saliera correctamente (sin muertes de por medio), me dio un consejo: tú piensa en Chase, el médico buenorro que sale en House. Uno de los consejos más sabios que me han dado en la vida.

Y es que ser enfermera tiene que ser muy difícil. Yo me la imagino mirándome y pensando “será tonta, si es una prueba de nada. Anda que si le tocara pisar un quirófano…” Pero es que ellas tienen que entender que los pacientes no estamos hechos de la misma pasta que las enfermeras. Hablando por mí, yo soy una cagona. Me da miedo que me pinchen, que me exploren, que me hagan pruebas, que comprueben si algo me duele cuando ya les he dicho mil veces que me duele horrores. Y tener que lidiar con eso a todas horas, tiene que ser agotador. Por eso no me extraña que Satu, o Enfermera Saturada si queremos usar su nombre completo, se haya dedicado a compartir con el resto de humanos las peripecias por las que tiene que pasar una enfermera a diario.

Primero vio la luz La vida es suero, donde conocimos a Satu, una enfermera de pueblo que había decido mudarse a Madrid y que tendría que descubrir cómo sobrevivir lejos de la familia y cerca del metro y sus peligrosas puertas que se cierran sin más. La vida siguió y Satu sacó su segundo libro, El tiempo entre suturas y, por último, recientemente ha publicado una nueva historia, Las uvis de la ira. Podría haber empezado por el primero, siguiendo un orden lógico, pero a veces no soy mucho de seguir las reglas y me decanté por el segundo libro para conocer a Satu. Ahora, que ya me he adentrado en su mundo, creo que tendré que leer sus otras dos historias para terminar de conocerla.

El tiempo entre suturas es un libro divertido, no solo dirigido a las personas que comparten el gremio de la enfermería, sino que también lo puede leer cualquiera que haya sufrido en un hospital. Sí es cierto que usa un lenguaje bastante técnico con el que yo —que vengo de la rama jurídica— no estoy muy familiarizada; aunque he de decir que gracias a Anatomía de Grey sé lo que es un desfibrilador, aunque en toda las series de médicos lo usen siempre mal. Aun así, yo me he divertido muchísimo leyendo este libro, que está compuesto de pequeños capítulos que hacen que se lea en una tarde. Además, el prólogo de Luis Piedrahita ya nos adelanta lo que nos podemos esperar al leer las aventuras de Satu. Es un libro donde el humor negro se deja ver en cada frase. Si no eres amigo de la ironía y del sarcasmo, este no es tu libro. Pero en mi caso, que soy fan incondicional del humor negro, he disfrutado como una enana. Ahora, cuando vaya a un hospital no podré evitar clasificar a las enfermeras según el baremo que Satu nos ofrece en su libro. Y desearé con todas mis fuerzas que no me toque la pirolítica, esa que está quemadísima por los recortes o por el inútil del médico de guardia que le ha tocado. Aunque no sé, quizá siga el consejo que me dio aquella enfermera y, en vez de clasificarlas y amargarme pensando en que me van a pinchar y a dejarme como un colador, me dedique a soñar con Chase.

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Sabores de siempre, de Karlos Arguiñano

Sabores de siempre

Sabores de siemprePor suerte o por desgracia, dependiendo de si hablamos del cocinero o de su bolsillo, en mi casa siempre hemos sido de buen comer. Da igual lo que haya en la mesa, lo importante es que haya calidad. Y con calidad me refiero a una buena sopa hecha por mi abuela o el pilpil de mi madre. Esas recetas que se hacen con mimo y con dedicación y que hacen que todo el mundo se quede callado durante unos minutos mientras saborea el plato que tienen delante.

Yo creo que lo de saber cocinar es algo que se consigue pasándose pantallas, como si se tratara de un videojuego. Te vas a vivir solo: aprendes a hacer huevos fritos. Eres madre: aprendes a hacer tortilla de patata. Eres abuela: aprendes a hacer croquetas. Y es que lo de las croquetas es como esa pantalla final imposible de pasar donde tienes que matar a un bicho gigante que escupe fuego. Si consigues pasarte esa pantalla, te conviertes en la persona que se verá obligada a hacer tuppers de croquetas para toda la familia durante el resto de su vida. Ni que decir tiene que mi abuela es una súper experta en este tema y hace unas de cocido que ya quisieran muchos. No he probado las de Arguiñano, pero estoy segura que las de mi abuela no tienen nada que envidiarle. Y es que las abuelas son un tema aparte. Crecieron con las recetas de toda la vida, como estas que podemos encontrar en Sabores de siempre. Es pensar en los pimientos rellenos que hace y se me ponen los pelos de punta. Una maravilla.

El mes de diciembre es uno de mis favoritos del año y es que es como un ritual. Cuando llega el uno de diciembre toda la familia se pone en movimiento. Se acerca la Navidad y hay que decidir el menú. Lo más gracioso de todo es que hasta el mismo día 23 no se sabe con certeza qué se va a cenar y es que cada uno aporta su granito de arena. Mi tía se va a marcar un pavo de diez kilos, mi abuela hará sus pimientos (oh dulce néctar de los dioses) y mi madre preparará unos chipirones en su tinta que van a hacer que a más de uno se le escape hasta alguna lágrima. Imaginaos veintitrés días donde el único tema de conversación es qué se va a cenar ese día. Bueno, y quién le ha tocado a quién en el amigo invisible, pero eso es tema aparte. Así que con tanta retahíla gastronómica, mi madre saca todo su arsenal de libros de recetas y se pone manos a la obra. En esa biblioteca guarda desde recortes de recetas encontrados en revistas hasta grandes obras francesas que hablan de vinos. A partir de hoy, creo que también formará parte de su colección Sabores de siempre. Y es que sé que ella le sacará el partido que hay que sacarle a este tipo de libros. Yo la teoría me la sé, de verdad; lo que pasa es que soy muy perezosa. Llega la hora de la comida y acabo pillando lo que sea de la nevera o del congelador que se haga en menos de quince minutos. Ese es mi límite. Y que conste que normalmente soy yo la que hace la comida en casa y puedo dar fe que con solo quince minutos se consiguen cosas bastante decentes. Aunque sí es cierto que después de leer las recetas propuestas por Arguiñano, puede que el próximo día se me ocurran otras ideas diferentes (que entren dentro de mi límite diario dedicado a la cocina) y que sorprendan a mi madre casi tanto como me sorprende ella a mí cuando me hace su tortilla de patata. Ay… madres, qué haríamos sin ellas.

La verdad es que reseñar un libro de recetas no es algo sencillo. Pero lo que sí puedo decir es que a mí las recetas me sirven de motor para mi imaginación. Hacen que al pensar en qué voy a comer mañana no se me venga a la mente la imagen de una pobre pechuga de pollo con un poco de puré de patata. Quizá el próximo día envuelva esa pechuga en el puré, la empane y le haga una salta de setas. O no sé, tal vez algún día me atreva a adentrarme en el mundo de las croquetas, aunque sé que el monstruo que me espera al otro lado no será pequeño y que habrá que vencerlo a golpe de varilla… Mientras me decido o no, creo que voy a ir a atacar un poco la nevera porque tanta receta para arriba y receta para abajo me han dado un hambre horroroso. Y es que, qué se le va a hacer, me encanta comer.

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La gran ola, de Daniel Ruiz García

La gran ola

La gran olaSi tuviese que hacer una lista con mis series españolas preferidas, estoy seguro de que en el top 10, posiblemente cerquita del podio, se encontraría Camera Café. Fuimos muchos los que nos vimos seducidos allá por 2005 por las píldoras de humor que se nos ofrecían desde aquella cafetera tan transitada por los trabajadores de una oficina. El secreto de su éxito —se mantuvo en antena durante cuatro años, con una cuota de pantalla más que respetable— por encima de sus divertidas tramas estuvo, para mí, en lo bien que recogían los personajes algunos de los estereotipos más típicos de toda empresa, aunque llevados al extremo de la caricatura. Así, no faltaba el graciosillo que peca la mayoría de las veces de pesado, el jefe enfadado con el mundo, la compañera excesivamente aburrida y responsable, el que sólo piensa en escaquearse del trabajo a la primera de cambio, aquel que se entera antes que nadie de todo lo que ocurre en la empresa… Era muy fácil si no identificar, sí al menos asociar algunas de estas personalidades con gente con la que nos ha tocado trabajar a lo largo de nuestras vidas.

La oficina de Monsalves, la empresa ficticia de limpieza y detergentes en la que Daniel Ruiz sitúa el núcleo de su última novela, La gran ola, es muy diferente a la de la ya extinta serie de televisión, aunque también mucho más creíble. En sus páginas, el autor sevillano da voz a personajes infelices y nostálgicos por los viejos tiempos, por los días en los que se sentían cómodos en su pellejo y en la que madrugar cada mañana tenía un significado mucho más profundo que el de poder cobrar la nómina al final del mes. No obstante, cada uno a su manera, ellos continúan combatiendo los temporales que les afligen con la imborrable esperanza de que, de aquí a un tiempo, todo pueda ser lo más parecido a aquella época en la que eran alguien.

No falta tampoco la lucha de clases en este trabajo, el eterno conflicto —que en esta época que vivimos las élites han logrado amansar como nunca antes— que el autor expone con fiereza en boca de algunos de sus personajes, que manifiestan repetidamente un fuerte resentimiento hacia aquellos que sólo han notado la crisis económica en la bajada de los precios de los pisos.

También me parece reseñable la forma en la que Ruiz ha logrado recoger el espíritu de la empresa familiar que busca no quedarse atrás en el mercado moderno: la alargada sombra de los padres de los actuales propietarios, el irracional interés por el coaching y los MBA (que pronto ofrecerán en los kioscos por fascículos), las tensas relaciones entre personas que no se soportan y tienen que pasar ocho horas al día espalda contra espalda…

Daniel Ruiz ha sido todo un descubrimiento. Un escritor que cuenta ya con unas cuantas novelas a sus espaldas y que en esta última, ganadora del Premio Tusquets Editores de Novela, me ha enganchado fuertemente con unos personajes tan oscuros como realistas, tan complejos como atractivos, que se aferran a sus vías de escape —la mayoría de ellas inmorales o directamente ilegales— para seguir resistiendo en el mundo imperfecto y despiadado en el que les ha tocado vivir.

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José Saramago, en sus palabras, de Fernando Gómez Aguilera

José Saramago en sus palabras

José Saramago en sus palabrasEl paso del tiempo hace que todo se olvide y ponerse a pensar en que dentro de una o dos generaciones tras nuestra partida pocos se acordarán de nosotros, es entrar en un terreno del cual uno no puede menos que salir angustiado. Para ser recordados por largo tiempo, muchos seres humanos intentan sobresalir en diversas actividades; así, disfrutaremos de por vida la música de Beethoven, los cuadros de Picasso o los goles de Maradona. En todas las formas posibles del arte, los artistas buscan el paso a la eternidad. Saramago, para quienes lo leímos, lo leemos y lo leeremos, es y será inmortal, tal vez no porque haya buscado en vida esa eternidad, sino, sobre todo, por haber vivido y honrado la vida sin pensarla como un camino a transitar para llegar a lo que, dicen, viene después, sino por haberla transcurrido con una responsabilidad terrenal y cotidiana que lo llevó a comprometerse más allá de las cómodas quejas desde el sofá.

José Saramago en sus palabras es una recopilación de centenares de frases, pensamientos y declaraciones en la prensa que el Nobel de Literatura hizo desde la segunda mitad de los años setenta hasta comienzos de 2009. De esta manera, no solo podremos ir recorriendo su pensamiento a lo largo del tiempo, sino sobre todo confirmando algo que los que lo conocemos no necesitamos ratificar: su capacidad crítica, inteligencia, lucidez y libertad a la hora de decir lo que sentía, sin censuras y poniendo siempre el eje en la defensa de los excluidos y la reivindicación de los derechos humanos.

Fernando Gómez Aguilera, poeta, ensayista y filólogo, fue el encargado de recolectar las palabras del genio portugués y es digno de destacar su trabajo, que, a lo largo de más de 500 páginas, nos ofrece un panorama completo acerca de los valores éticos de Saramago. El libro en sí, está estructurado en tres grandes capítulos (Quien se llama Saramago, Por el hecho de ser escritor y El ciudadano que soy) que a su vez se dividen en decenas de temas que abarcan todo el mundo opinable del autor, entre los que podemos destacar los dedicados a Dios, el pesimismo, la muerte, la literatura, la historia, el comunismo, Europa o Sudamérica.

Particularmente, no pude despegarme del libro en el apartado “novela” en el que se recopilan todas las declaraciones de Saramago sobre los diferentes libros que fue publicando y que me permitieron descubrir muchos datos no conocidos sobre el “detrás de escena” de la creación de sus publicaciones. “Lanzarote”, donde cuenta su relación con esa isla española en la que residió hasta el final de sus días, es también muy interesante, porque narran el dolor que le causó tener que dejar su país, pero al mismo tiempo el hecho de, a una edad avanzada, encontrar un lugar en el mundo y volver, de alguna manera, a comenzar.

Disfruté del libro tanto como sus mejores novelas y a medida que iba leyéndolo, reconocía una vez más que la línea entre escritor y ciudadano, en Saramago, no existió nunca, ya que en la vida no ficcionada mantenía los mismos valores y el mismo compromiso con el mundo que, en forma de parábolas, mostraba en sus grandes éxitos literarios.

Recomiendo Saramago en sus palabras a todos aquellos lectores del mundo que, al menos, haya leído cinco o seis de sus novelas, ya que este libro actuará como un excelente complemento para su obra literaria y al mismo tiempo como un buen compendio de su enorme y eterna sabiduría.

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El crimen del ganador, de Marie Rutkoski

El crimen del ganador

El crimen del ganadorLas sagas son una daga de doble filo. Por una parte apasiona la idea de saber que a la historia que tienes entre manos todavía le queda un largo recorrido por hacer. Pero, por otra, el ansia de leer la continuación de una de las entregas a veces puede llegar a ser agotadora. Pero ese sentimiento, el de la necesidad de saber más, de volver a adentrarte en un mundo que ya te resulta familiar y que va a recibirte con los brazos abiertos, es de los más bonitos y anhelados que puede tener un lector. Pues bien, este verano me sumergí en la narrativa de Marie Rutkoski con  La maldición del ganador, una historia que nos hablaba de poder, sometimiento, esclavitud, traiciones y amor. Sobre todo, amor. Como no podía ser de otra forma, el final de dicho libro fue de los que te dejan impaciente y buscando en el calendario la fecha de publicación del siguiente tomo. En este caso, la segunda parte, El crimen del ganador, ya estaba a la venta cuando terminé la primera, así que la espera fue corta y mi ansiedad quedó dentro de los límites saludables.

Cogí este libro con un poco de prudencia, debo decir. Normalmente, la regla de que “segundas partes nunca fueron buenas” no falla. Y más cuando se habla de una trilogía. Y esto tiene una razón muy lógica: el primer libro es la novedad, todo es sorprendente, todo es intrigante. Conocemos a los personajes con los que vamos a compartir horas y horas y nos vamos adentrando poco a poco en sus tramas. La segunda parte suele ser una etapa de transición. Con suerte, el ritmo no decae demasiado pero es una mera preparación ante lo que nos espera en el último tomo. Así, el final será explosivo, con un nivel de evolución de la historia más ascendente que el anterior. En este caso, podríamos decir que el libro sigue esta regla. Es un libro de transición, un preliminar antes de llegar al gran final. ¿Significa eso que es un mal libro? En absoluto. Es una parte totalmente necesaria para prepararnos ante lo que nos espera en El beso del ganador, el cierre de la trilogía.

Pero vamos a lo que nos interesa, la historia de Krestel. En esta parte, Krestel ya está en palacio. Aguarda su inminente boda con el heredero de la corona. Todo parece perfecto, va a tener una ceremonia preciosa, llena de flores y con un vestido que podría ser el deleite de cualquier chica. Pero lo cierto es que Krestel no está emocionada. Sabe que ahí fuera, dos reinos están combatiendo para sobrevivir. Sabe que detrás de los muros del palacio está Arin, aquel esclavo que le robó el corazón sin que apenas se diera ella cuenta y que hace que su futuro marido no sea para ella más que un extraño. A su vez, el rey ve en Krestel una espía perfecta y la hace infiltrarse para que destape todos los planes que le puedan afectar. Y, por si fuera poco, Arin se ve obligado a rondar las cercanías del palacio y a ver a la que fue la chica que le robaba el sueño a todas horas.

Podríamos decir que El crimen del ganador se divide en dos partes: en la primera la historia idílica entre Krestel y Arin es la protagonista. Nos ofrecerán momentos de esos en los que nos dejan con la miel en los labios y que harán que nos veamos diciendo a gritos “¿por qué no se juntan de una vez?”. Y en la segunda parte, encontraremos una historia mayormente política, donde las controversias entre los dos reinos será lo que nos tenga con los ojos pegados al libro. Como vemos, es una trama parecida a la anterior, aunque con otros escenarios. Pero los temas claves seguirán siendo los mismos y donde, por supuesto, el amor imposible y prohibido será el gran protagonista.

Yo he tenido la suerte de haber descubierto esta saga un poco tarde. Leí el primer libro hará unos tres meses, ahora acabo de terminar el segundo. Y —nótese la gran sonrisa que tengo en mi cara en estos momentos— puedo decir que tengo en mis manos (literalmente) la última parte de la saga. Por lo que yo, que soy bastante impaciente en cuanto a libros se refiere, no voy a dejar pasar más tiempo alejada de su lectura y me voy a poner manos a la obra. A ver si por fin Krestel y Arin ven su amor realizado.

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Montañas: Traspasando los límites, de Stefan Dech, Reinhold Messner y Nils Sparwasser

Montañas, traspasando los límites

Montañas, traspasando los límitesEs difícil describir con palabras un libro en el que una parte, grande, de su belleza se encuentra en las fotografías que en él aparecen: fotos cenitales, fotos de satélites, fotos a pie de montaña, fotos que muestran desde los más pequeños detalles, hasta los panoramas más espectaculares de valles, cordilleras, aristas, picos, collados, caras, pilares o cumbres… Cumbres porque este libro habla de escalada, de alta montaña, de nieve y cuerdas, de sujeciones y esfuerzo. Es un libro, sí, sobre las montañas más altas o más difíciles o más bellas que el hombre ha escalado o ha querido escalar. Y habla, más que de aventuras, de la lucha del alpinista por subirlas, por vencerlas, y de la lucha de las montañas por evitarlo. Y en la lucha aparecen parte de los momentos que hicieron y hacen del alpinismo una epopeya, un marco donde viven las leyendas y los mitos, donde reconoces nombres de personas y pasos entre aristas o paredes, porque son parte de la épica del mundo; de esa que, vencidas la mayoría de las fronteras del mundo, vencido cualquier afán de conquista o de descubrimiento; el ser humano ha visto en la victoria sobre esas grandes paredes una forma de retarse, de buscar límites, de saber si puede combatir, y destacar, en un elemento que no es fácil para él. De forma que se buscan nuevas retos y rutas en las montañas: más difíciles, más duras, más arriesgadas; para poder decir que luché con la montaña, y pude perder o ganar, pero lo hice limpiamente, cara a cara. Este libro es una ayuda para entender la magnitud tanto de las cordilleras y montañas que en él aparecen, como la de su belleza extrema; así como una manera de entender a los hombres y mujeres que en ellas han forjado su vida y su leyenda.

Este libro es parte del proyecto del Centro Aeroespacial Alemán que creó toda una red de análisis de las grandes cordilleras del mundo con fotografías y estudios tridimensionales; primero pensadas para colaborar en el ascenso al K2 de una de la más importantes alpinistas vivas: Gerlinde Kaltenbrunner: y luego extendida a otras cordilleras y otros picos. De los cuales hay un minucioso estudio fotográfico de los pasos, de las laderas, de las vías de ataque a la cumbre; también descubres desiertos helados de los que nacen los techos del mundo, páramos helados donde parece nacer todo lo que busca el hombre en la naturaleza y la batalla contra los límites. Todas esas cosas, toda esa cascada de imágenes y casi sensaciones, es lo que conforma esta detallada cartografía de las cordilleras y las cimas. Por ello, y para ello, nació: “Montañas: Traspasando límites”.

Las montañas que en ella se miran, se examinan, fueron elegidas no solo por su valor alpinista sino por su interés intrínseco; por la importancia de más cosas que lo difícil o no de escalarlas -belleza, religiosa, tradición-, por el que es considerado sin lugar a dudas el más importante alpinista de la historia: Reinhold Messner. De modo que él no busca solo montañas de epopeya, sino que busca sitios que importan, lugares donde nació el alpinismo, lugares que deben aparecer cuando hablas de Montañas. Así que descubrimos:

Ochomiles como :

Everest,

K2,

Nanga Parbat,

Dhaulagiri,

Annapurna

Siete miles de paredes imposibles como:

Maherbrum

Montañas alpinas clásicas como:

Cervino

Mont Blanc

Montañas sagradas como:

Kailash

Nanda Devi

Los más altos de subcontinentes como:

Aconcagua

Denali

Montañas de extraña belleza del Cáucaso como:

Ushba

Todos esas montañas elegidas por Reinhold Messner para “Montañas: Traspasando límites”, lo son por motivos, como he dicho, que para él trascienden el puro interés alpinista, para alcanzar uno superior, sea por su historia o sea por sus belleza o tradición. Cada capítulo en el que se describe de manera sistemática esas montañas, está prologado por un texto del propio Messner en el que descubre la razón por la que ha sido elegida, o la historia o los viejos mitos o tradiciones que la acompañan. Dicho texto enriquece el libro mostrando una mirada casi anexa, casi paralela, al propio texto descriptivo o analítico o puramente fotográfico. Así, también, en cada capitulo hay una historia, contada sobre esa montaña por afamados escaladores que han luchado con ella, y a veces la vencieron y otras no, como: Walter Bonatti, Robert Paragot, Adolf Schultze, Stephen Venables, Sandy Allan, Yannick Graziani, Gerlinde Kaltenbrunner, Tomaz Humar, Pierre Mazeaud, o Rick Allen… No solo son, pues, relatos de victorias, sino que también de derrotas, de desgracias, de primeros intentos, de experiencias vitales…Todas ellas conforman un tejido de sensaciones, de imágenes y de experiencias que, a veces, dolorosamente, otras veces de manera inspiradora, crean el universo de la montaña, del alpinismo, del tipo de vida que cada uno de los que aquí escriben han elegido vivir y  han vivido. La vida y la muerte, la belleza y lo terrible, son partes de la misma moneda que ellos saben que llevan en el bolsillo, porque esa es su opción,  y lo aceptan.

Cada capitulo, por lo tanto, es en parte texto en el que se describe la montaña, o se relata una experiencia allí vivida, y también es el reflejo fotográfico de su situación-desde el satélite, desde el campo base, desde el valle, desde sus laderas- y de la forma de sus paredes, de sus vías, de sus espolones… Todo ello reúne el microcosmos completo que parece describir, siquiera un instante, cómo es el sitio, cómo ha sido tratado, cómo se ha mirado -a través de él, y con él-, conformando un texto con imágenes bellísimo.

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New York, New York…, de Javier Reverte

New York, New York

New York, New YorkPese a estar ya en edad de jubilación, Javier Reverte sigue regalándonos su cita anual con la literatura de viajes. Este viajero infatigable sigue con el espíritu joven y las ganas intactas de narrar cada una de sus aventuras. Cierto es que ya no está para grandes viajes por la sabana africana, el Amazonas o el Ártico, pero como buen trotamundos, el escritor madrileño sabe sacarle el jugo a cada país o ciudad que visita.

En esta ocasión llega el turno de conocer, a ritmo de Frank Sinatra, la Capital del Mundo, la ciudad de los rascacielos, la ciudad que nunca duerme… ¡La Gran Manzana! Tras ganar un premio literario en 2010, Javier Reverte decidió darse un capricho, alquilarse con el dinero del premio un estudio en Manhattan y dedicar tres meses de su vida a pasear y contemplar la ciudad, sin más ánimo que escribir e impregnarse del frenético ritmo de vida neoyorquino. Y al igual que hiciera con su libro de viajes por Roma, elige el otoño como estación perfecta para narrar sus experiencias (“Si me dejaran escoger una vida entera para vivirla a lomos de una sola estación, elegiría el otoño sin dudarlo”).

New York, New York… no es un libro típico para los que conocemos la trayectoria de Javier Reverte. No es la narración de un viaje que tiene como objetivo un destino final. Digamos que esta vez Reverte no quiere ser viajero, quiere mimetizarse con la gente y convertirse en un vecino más de la imponente isla de Manhattan. Por eso su libro se convierte en una especie de diario en el que anota sus idas y venidas, sus citas, los bares y museos visitados… y es que Nueva York es tan grande y siempre tiene tanto que ver que da la sensación que uno podría estar años allí sin repetir ningún día el mismo plan.

Escribir un diario y no un relato de viajes tiene sus pros y sus contras. Es cierto que las mejores páginas del autor están escritas en África, y eso ya, a su edad, es muy difícil de superar. La parte más auténtica del autor sale a relucir en las cataratas Victoria, el río Congo o las reservas naturales de Kenia y Tanzania. Pero por otro lado, este diario nos permite conocer el otro lado del autor, su parte más personal. Tres meses en Nueva York dan son suficientes para conocer a una persona y saber sus gustos culinarios, musicales o deportivos. La gran urbe ejerce una influencia positiva en el autor, que se muestra exultante por la experiencia vivida. Cada esquina neoyorquina rezuma vida. Desde el Harlem hasta el puente de Brooklyn, en la isla de Manhattan (y sus alrededores) huele a hot-dog, suenan acordes de jazz y la gente vibra con los Knicks, los Rangers o los púgiles de sus famosas veladas en el Madison Square Garden. Pero Nueva York es tan grande que la literatura también tiene cabida en ella, como era de esperar. Y por eso Reverte, en su repaso histórico por los hechos más importantes de la ciudad también tiene tiempo para hablar de los grandes literatos que vivieron en sus calles o hablaron de ella. Hay hueco en New York, New York… para Whitman, Twain, Poe, Stevenson o Melville, pero también para dos escritores patrios que dejaron impronta en la ciudad, Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez.

Y con esta mezcla de música, deporte, literatura e historia, Javier Reverte nos regala un relato amable, desenfadado y cercano de esta gigantesca ciudad, la ciudad mundial por antonomasia, capaz de encarnar lo mejor y lo peor de los Estados Unidos de América.

“Esta ciudad no ha temido nunca al futuro ni lo teme todavía, porque de alguna manera es futuro.”

César Malagón @malagonc

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