
Luis Zueco ha evolucionado, y eso que partir de un libro como El escalón 33, merecedor en su día de muchos y diversos premios, era complicado, porque cuando uno salta a la fama con una buena historia, bien forjada, con un buen desarrollo, una trama que engancha y un final que la deja bien cerrada, y además lo hace con un buen estilo literario, todos tendemos a pensar que el camino no será fácil.
El propio Actual Premio Cervantes, Eduardo Mendoza, decía, no hace muchos días, que después de haber escrito El caso Savolta, pensó que ya nunca estaría a la altura de lo ya escrito, pero luego llegó La ciudad de los prodigios y vimos todos, y vio él, que tenía mucho que dar a la literatura y que había un mundo más allá de su primera novela y todos pudimos ver una evolución en el autor de lo más curiosa a través de sus libros.
Por tanto ¿Ha evolucionado para bien, Luis Zueco? Pues para los amantes de la novela histórica yo diría que para excelente.
He seguido a este escritor desde hace ya unos años; Luis Zueco, en Tierra sin Rey, ya daba muestras de que sabía adentrarse en batallas y centrarse en un pequeño espacio para poder darnos una muestra de cómo nace nuestra historia.
Pero el salto que dio con El Castillo fue espectacular. Al leerlo recuerdo que pensé que este hombre había encontrado su estilo, y se había ganado un sitio entre los grandes de la actual literatura histórica española. Se nota al leerlo que se encuentra a gusto dentro de la historia de la construcción del estado Español desde los diversos Reinos de los que estaba compuesto. Pero es que además es capaz de dar vida al libro, ambientar con palabras una época es algo de lo que no todos son capaces; la recreación del Castillo de Loarre fue una maravilla, pero sin dejar nunca de lado la historia particular y manejando con soltura esa otra gran Historia con mayúsculas.
Ahora, al margen de todo lo que les he contado, si uno se entera de que se ha escrito un libro basado en la historia de la ciudad de Albarracín, una de las localidades medievales más bellas de España, y que lo ha escrito un tal Luis Zueco, conozcas o no la zona, hay que hacerse con el libro y hay que adentrarse en esa parte de la historia con la seguridad de no salir defraudados de ella.
Para cualquiera que haya estado en esa población y tenga el libro en la mano, la portada de La Ciudad, ya le dice de qué estamos en Albarracín, como les decía, una de las ciudades más bellas y de imprescindible visita de España.
¿Recuerdan Teruel? Aquella bella ciudad que “existe”, pues Albarracín y su término municipal es, por razones históricas que conocerán con la lectura de esta novela, uno de los más grandes de la provincia, y en él se encuentran pequeñas localidades que tampoco deberían dejar de visitar.
Me cuenta mi querida amiga Amparo, y yo así se lo cuento a ustedes, que ese color rojizo de la zona y de las construcciones es debido al rodeno, unas areniscas rojas que al ser usadas para la construcción han fusionado ciudad y paisaje. Me explica, además, que hay en la Sierra un paisaje protegido, ya que, al parecer, solo en la zona se da el Pino de Rodeno. Ya en el colmo de su sabiduría, que no de la mía, me comenta que ese tono rojizo lo dan el hierro y magnesio.
Esto es lo que tiene hablar de literatura con una amiga, que empiezas hablando de que el libro nos lleva al Señorío de Albarracín a partir del año 1284, y terminas hablando hasta de química…
Sí, otra vez esa edad media tan desconocida para tantos y otra vez una ciudad amurallada con una importante situación geoestratégica donde pasan una serie de estremecedores sucesos; la iglesia, los Reyes y los Señores, así como diversos personajes perfectamente dibujados por el autor, que trazan una interesante trama, y que, como ya pasara con El Castillo (de Loarre) es una parte importante de la historia de España que yo desde luego desconocía, y que me ha encantado conocer.
No hay libro de Luis Zueco, ni buen amigo, que no te haga, si sabes escuchar, un poco más sabia… Como al viejo Rey Alfonso X 😉
Es curioso que no sabiéndose muy bien de donde surgen las reglas principales del ajedrez, Zueco se las adjudica a Alfonso X El Sabio. No solo no se hace extraño en la lectura sino que hasta parece una explicación lógica por la importancia que le da a que fuese un Rey que sintiese como una obligación moral la difusión de la cultura.
El autor refiere en su obra que los libros son uno de los inventos más valiosos del hombre, y yo le creo, me creo a los personajes y me creo al autor, y tanto me lo creo que hay dos frases del libro que ya hace mucho tiempo me han servido de debate con dos amigas absolutamente dispares:
1.- Quien aumenta su conocimiento aumenta su dolor
2.- Qué atrevida es la ignorancia
Tanto con una como con la otra frase, tanto con una como con otra amiga, he pasado estupendos ratos de conversación.
Muchos somos los que hemos visitado Albarracín en alguna ocasión por su hermosura, pero si ustedes no conocen esta parte de nuestra historia, yo se la aconsejo y se la recomiendo vivamente, porque es importante saber siempre algo más sobre de dónde venimos para saber, ya no les voy a decir que a dónde vamos, sino por lo menos, donde estamos.
Ya les he hablado en otras ocasiones, como les decía antes, de Luis Zueco, así que como todos saben es de Borja, nació en 1979, y hoy es, por encima de otras muchas cosas, novelista, historiador e investigador, aquello de la ingeniería y la visión que tiene un buen fotógrafo amante de la naturaleza y de las construcciones, han quedado como subsumidas en su principal quehacer que es escribir.
En algunas ocasiones les cuento qué es lo que bebo mientras degusto alguna literatura especial, esa de sofá y manta de cuadros frente al hogar encendido, en esta ocasión ha sido una botellita, bien compartida, de Borsao Berola de 2013. Leyendo un libro de un autor de Borja pueden pasar por tu cabeza muchas cosas, seguro que a algunos piensan en cierta restauración … Yo siempre pienso en vino, y en que para mí es parada obligatoria cuando voy camino a Soria. También, desde hace tiempo, en historia y literatura, o lo que es los mismo, en Luis Zueco. Y claro, también el vino es un elemento importante en casi todos sus libros 😀
Después de esta lectura haré otra visita a Albarracín, volveré a recorrer sus sinuosas calles y callejas, miraré el color de sus construcciones con más atención, observaré por donde entro a la ciudad, y recordaré lo que fue, y que estoy en una joya por la que lucharon numerosos reyes, entre ellos tanto los de Aragón como los de Castilla, pero además recordaré sin duda a sus personajes: Ayub, Martín … ¿Tantos! Pero de entre todos me quedo con Alodia, una mujer que una vez conocida es difícil de olvidar
¡Hay que ver como me gustan los personajes femeninos de este autor!
Qué importante es que incluso en estas historias medievales Luis Zueco ya nos tenga acostumbrados a esas mujeres fuertes, independientes, con grandes sufrimientos e inmensos recursos.
Mi valoración general, como pueden ver, es que la novela me ha encantado, tienen fuerza esa historia perfectamente entretejida, tiene fuerza la época en la que plantea la trama, y la tienen los personajes, que además nos dan una idea clara de cómo podía ser la vida en el Albarracín medieval, y finalmente se desarrolla en una zona importante pero sobre todo una bella y dura tierra que también usted querrá descubrir o volver a ver, ahora con otros ojos.

De los 1586 cráteres lunares que reciben el nombre de una persona como homenaje a sus logros científicos, filosóficos o ambos, sólo 28 son mujeres (y dos de ellas son mecenas y una probablemente ficticia). Una proporción aún más ridícula que la de las 48 de 907 premios Nobel. Sí, ya sé, al ser nombres de toda la historia y dada la relativamente juventud de la noción de igualdad de género puede resultar excusable. Pues no. El relato de la vida de estas 28 mujeres deja claro hasta qué punto tuvieron que luchar no ya para lograr su homenaje lunar, sino para conseguir un mínimo reconocimiento. O un sueldo. Este libro resulta interesantísimo por muchos motivos pero que me perdonen los autores, cuyo trabajo es magnífico, dicho sea de paso, si digo que el libro que realmente me apetece leer ahora es el de las mujeres que, mereciéndolo, no engrosan este catálogo. Las mujeres de la luna despiertan en el lector un profunda admiración, pero mentiría si dijese que no va acompañada en muchos momentos de una profunda indignación. Tampoco es especialmente edificante que para cualquier ciudadano de cultura científica media el listado de los nombres sea tan poco pródigo en nombres conocidos.
Si cuando uno revisa las emociones sentidas tras leer un libro cualquiera puede resultar difícil separar lo leído de lo sentido, en este caso la dificultad de hacerlo es tal que conviene rendirse y asumir que el libro es su protagonista y su protagonista es su autora. Así, cuando un piensa que en Diarios del Sáhara ha leído a Sanmao y lo ha hecho como si la hubiera conocido, qué se yo, sentado junto a una hoguera en el desierto, puede sentirse lo suficientemente reconfortado como para afrontar la tarea de reseñarlo como quien habla de una amiga. El magnetismo de Sanmao es tal que no hay otra opción, pero si la hubiera, si pudieran leerse los Diarios del Sáhara fríamente, analizándolos como el testimonio histórico que sin duda también es, sería tan triste, supondría una traición tan manifiesta al sentimiento con el que el libro fue escrito y a la vez se perdería uno tanta cosas que es mejor ni pensar en ello.
Aunque en los textos promocionales se dice que Un tanguita llamado deseo es la historia de un hombre que está a punto de aprender a perderlo todo, diría que el protagonista está más próximo a recuperar cosas que a perderlas, al menos está cerca de aprender que la única forma de pasar directamente de la juventud a la muerte es que esta llegue antes de tiempo y que a poco que espere un tiempo medianamente razonable existen etapas intermedias que no es nada fácil vivir como si el tiempo se hubiese quedado atrapado en los imperdibles de una chupa de cuero. El protagonista, un entrañable viejo rockero, maduro y buena gente, tiene no pocos problemas para aceptar que no es joven y que la vida no se le escapa porque vaya muy deprisa sino que es él quien se ha quedado atrapado en el tiempo. Pero tiene dos virtudes que lo convierten en un personaje atractivo, su fidelidad a su música, que aparece frecuente y brillantemente en el texto y su capacidad de caer a los lectores mucho mejor que a los demás personajes, de forma que uno vive con él ese calvario que es llegar tarde a la madurez.


Tengo que decir que, aunque soy joven todavía, he pasado más tiempo del que me gustaría en un hospital. Recuerdo cuando tenía unos trece años y me tuve que enfrentar a mi primera resonancia. Ya de por sí, los hospitales nunca me habían hecho gracia, pero pensar que iba a tener que introducirme dentro de una urna durante un largo rato, ya era el colmo. Pero tenía que hacerlo, sí o sí. Llegué al hospital —aunque con lo que me temblaban las piernas, aún no sé cómo— y una enfermera me dio un montón de papeles que tenía que firmar antes de meterme en aquel cacharro. Empecé a echarle un ojo a los papeles por encima y casi me da un patatús allí mismo. Dentro de esa cosa podía pasarme de todo. ¡Podía morir! Y esa señora con bata impecable pretendía que yo firmara para que, en caso de ocurrirme algo, la responsabilidad únicamente fuera mía. Mi madre, que ya había pasado por unas cuantas operaciones en su vida (incluyendo una muy seria cuando le dio un derrame cerebral con apenas dieciocho años), me dijo que era mejor que no siguiera leyendo. Había que hacerse esa prueba de todas todas, así que leer aquel tocho solo iba a servirme para martirizarme y ponerme más nerviosa. Le eché valor, firmé y me dirigí a aquella urna que más parecía un aparato salido de Expediente X. Y la enfermera que iba a supervisar que todo saliera correctamente (sin muertes de por medio), me dio un consejo: tú piensa en Chase, el médico buenorro que sale en House. Uno de los consejos más sabios que me han dado en la vida.
Por suerte o por desgracia, dependiendo de si hablamos del cocinero o de su bolsillo, en mi casa siempre hemos sido de buen comer. Da igual lo que haya en la mesa, lo importante es que haya calidad. Y con calidad me refiero a una buena sopa hecha por mi abuela o el pilpil de mi madre. Esas recetas que se hacen con mimo y con dedicación y que hacen que todo el mundo se quede callado durante unos minutos mientras saborea el plato que tienen delante.
Si tuviese que hacer una lista con mis series españolas preferidas, estoy seguro de que en el top 10, posiblemente cerquita del podio, se encontraría Camera Café. Fuimos muchos los que nos vimos seducidos allá por 2005 por las píldoras de humor que se nos ofrecían desde aquella cafetera tan transitada por los trabajadores de una oficina. El secreto de su éxito —se mantuvo en antena durante cuatro años, con una cuota de pantalla más que respetable— por encima de sus divertidas tramas estuvo, para mí, en lo bien que recogían los personajes algunos de los estereotipos más típicos de toda empresa, aunque llevados al extremo de la caricatura. Así, no faltaba el graciosillo que peca la mayoría de las veces de pesado, el jefe enfadado con el mundo, la compañera excesivamente aburrida y responsable, el que sólo piensa en escaquearse del trabajo a la primera de cambio, aquel que se entera antes que nadie de todo lo que ocurre en la empresa… Era muy fácil si no identificar, sí al menos asociar algunas de estas personalidades con gente con la que nos ha tocado trabajar a lo largo de nuestras vidas.
El paso del tiempo hace que todo se olvide y ponerse a pensar en que dentro de una o dos generaciones tras nuestra partida pocos se acordarán de nosotros, es entrar en un terreno del cual uno no puede menos que salir angustiado. Para ser recordados por largo tiempo, muchos seres humanos intentan sobresalir en diversas actividades; así, disfrutaremos de por vida la música de Beethoven, los cuadros de Picasso o los goles de Maradona. En todas las formas posibles del arte, los artistas buscan el paso a la eternidad. Saramago, para quienes lo leímos, lo leemos y lo leeremos, es y será inmortal, tal vez no porque haya buscado en vida esa eternidad, sino, sobre todo, por haber vivido y honrado la vida sin pensarla como un camino a transitar para llegar a lo que, dicen, viene después, sino por haberla transcurrido con una responsabilidad terrenal y cotidiana que lo llevó a comprometerse más allá de las cómodas quejas desde el sofá.
Las sagas son una daga de doble filo. Por una parte apasiona la idea de saber que a la historia que tienes entre manos todavía le queda un largo recorrido por hacer. Pero, por otra, el ansia de leer la continuación de una de las entregas a veces puede llegar a ser agotadora. Pero ese sentimiento, el de la necesidad de saber más, de volver a adentrarte en un mundo que ya te resulta familiar y que va a recibirte con los brazos abiertos, es de los más bonitos y anhelados que puede tener un lector. Pues bien, este verano me sumergí en la narrativa de Marie Rutkoski con 
Es difícil describir con palabras un libro en el que una parte, grande, de su belleza se encuentra en las fotografías que en él aparecen: fotos cenitales, fotos de satélites, fotos a pie de montaña, fotos que muestran desde los más pequeños detalles, hasta los panoramas más espectaculares de valles, cordilleras, aristas, picos, collados, caras, pilares o cumbres… Cumbres porque este libro habla de escalada, de alta montaña, de nieve y cuerdas, de sujeciones y esfuerzo. Es un libro, sí, sobre las montañas más altas o más difíciles o más bellas que el hombre ha escalado o ha querido escalar. Y habla, más que de aventuras, de la lucha del alpinista por subirlas, por vencerlas, y de la lucha de las montañas por evitarlo. Y en la lucha aparecen parte de los momentos que hicieron y hacen del alpinismo una epopeya, un marco donde viven las leyendas y los mitos, donde reconoces nombres de personas y pasos entre aristas o paredes, porque son parte de la épica del mundo; de esa que, vencidas la mayoría de las fronteras del mundo, vencido cualquier afán de conquista o de descubrimiento; el ser humano ha visto en la victoria sobre esas grandes paredes una forma de retarse, de buscar límites, de saber si puede combatir, y destacar, en un elemento que no es fácil para él. De forma que se buscan nuevas retos y rutas en las montañas: más difíciles, más duras, más arriesgadas; para poder decir que luché con la montaña, y pude perder o ganar, pero lo hice limpiamente, cara a cara. Este libro es una ayuda para entender la magnitud tanto de las cordilleras y montañas que en él aparecen, como la de su belleza extrema; así como una manera de entender a los hombres y mujeres que en ellas han forjado su vida y su leyenda.
