
A pesar de mi joven y tierna edad (ejem, ejem), esta señorita ya peina canas y tiene en su haber seis sobrinos maravillosos comprendidos entre los once y el año y medio de edad. Quizás por ese motivo y porque no sé muy bien si ya he madurado del todo (o quizá nunca lo haga) me gusta, de vez en cuando, leer libros para niños.
Lo cierto es que dentro del sector de literatura infantil y juvenil hay unas auténticas preciosidades de libros, ¿verdad? Hay editoriales que hacen un trabajo maravilloso y cada día se publican libros más originales y bonitos. Ya tengo algunas de mis editoriales infantiles favoritas y la verdad es que me gusta estar un poco al día de lo que se va publicando para los pequeños lectores. La importancia de que los niños empiecen a cogerle el gusto a lectura desde pequeñitos es primordial. La labor de los padres es esencial, pero también de todos los que estamos a su alrededor. Es responsabilidad de esta sociedad hacer llegar la lectura a los peques de una forma divertida y, por supuesto, inteligente. Sí, los niños son el futuro, pero ese futuro será más fácil para aquellos niños que lean y amen la lectura. Así pues, es nuestra obligación darles la oportunidad de leer a todos los niños, enseñarles a valorar y disfrutar los libros. Hagámoslo, merece la pena.
Medianoche en el campanario es un libro escrito para niños de entre ocho y trece años. Publicado por Premium editorial. Esta novela de 160 páginas ha sido escrita por el autor Óscar Sotillo López. El libro ganó el primer de narrativa infantil y juvenil de la Diputación de Córdoba en 2015. Normalmente suelo leer libros para niños más pequeños, así que me interesó mucho cuando supe que este libro había ganado dicho premio. Cuando yo tenía la edad para la que va dirigida este libro yo leía libros de El barco de vapor y cosas por el estilo. (¿Recordáis a Fray Perico y su borrico?). No sé qué leen los niños de estas edades hoy en día (aparte del omnipresente Gerónimo Stilton), así que este libro me pareció una buena oportunidad para adentrarme en este mundo.
Elia es una niña de once años que va a pasar el verano al pueblo con sus abuelos mientras sus padres disfrutan de unos días en la playa. Allí la espera su amigo Víctor, dos años mayor que ella. Pero este verano va a ser diferente. Víctor ya no es el mismo. Este verano tiene una nueva pandilla de amigos, su situación familiar ha cambiado y esa inocencia infantil parece que se ha esfumado. Elia no logra llevarse bien con los nuevos amigos de Víctor, demasiado bravucones y listillos.
Mientras tanto, una noche Elia descubre un secreto: las campanas del reloj del campanario suenan trece veces en lugar de doce al llegar la medianoche. Convencida de que se trata de un auténtico misterio, decide compartir este descubrimiento con su abuelo, quien ayudará a la pequeña a tratar de desentrañar el enigma.
Aventuras, miedos, secretos y enigmas se suceden en este verano atípico. Elia descubrirá que no todo es lo que parece y que los adultos, en ocasiones, mienten. Vivirá también esa etapa de transición entre la niñez y la adolescencia. Pero sobre todo, Elia descubrirá que la magia existe, que no importa la edad que tengamos, si creemos en ella, si aún conservamos esa pequeña esperanza, ésta siempre nos acompañará.
Medianoche en el campanario, acompañado de las ilustraciones de Pilar Leandro, es un libro lleno de aventuras y muy entretenido que seguro gustará a nuestros pequeños.

Simon Limbres tiene un accidente de tráfico. Muy grave. Se lleva la peor parte en un choque frontal cuando vuelve de hacer surf con unos amigos y queda en estado crítico. Este hecho, tan común como trágico, es el desencadenante de todo lo que ocurre en Reparar a los vivos, la excelente novela que lanzó a Maylis de Kerangal más allá de las fronteras francesas y que ahora incluye Anagrama en su catálogo de Compactos.
De las cinco obras publicadas por John Hart, dos han obtenido el premio Edgar. Él es, de hecho, el único autor que lo ha recibido por dos novelas consecutivas: Down River, aún no disponible en nuestro idioma, y No hay cuervos, publicada también por la editorial 
El catálogo de las librerías donde se exhiben cómics de terror tiende, por norma general, a llenar sus estantes de cuentos cuyas páginas rebosan escenas sangrientas y sucias que te dejan el estómago del revés. Auténticas carnicerías para expresar con imágenes un miedo a algo muy chungo que acecha a los personajes de la historia. Parecen necesitar valerse del poder de la sugestión mediante macabras escenas que, según qué público, puede causar cierto recelo a continuar leyendo. ¿Porque les da miedo? No. Asco, más bien. Existe un modo más sutil de mostrar el miedo en las narraciones sin necesidad de convertir aquello en la sección de carnicería del Mercamadrid. Un modo añejo, hogareño y mágico. Un embrujo que ya hacían los antiguos al calor de un fuego: contar leyendas sobre seres imposibles que se esconden en los bosques.





El humano es de naturaleza exploradora; un primate curioso siempre ansioso por descubrir nuevos lugares. Antaño, siendo nómada, podía saciar esas ganas de sondear lugares recónditos a menudo. Luego llegaría la agricultura, y con ella el sedentarismo. Evidentemente había que quedarse en ese lugar para ver cómo crecían los tomates para posteriormente recolectarlos. Pero a pesar de todas esas ciudades colmadas de relativa comodidad, el humano aún percibía como ardía el fuego de la exploración en su interior. Por eso Cristóbal Colón descubrió América. El mismo motivo condujo a Roald Amundsen a dirigir una exitosa expedición a la Antártida para alcanzar el Polo Sur. ¡Y qué decir de la competición que llevaron a cabo rusos y americanos por ver qué nación exploraba más y mejor el espacio exterior! El final de esa carrera acabaría con los americanos dando saltitos en la Luna. Pero también serviría para sembrar el germen de una exploración más profunda, con los ojos de las agencias espaciales puestos en el planeta rojo.
José Vaccaro Ruiz no ha dejado títere con cabeza en este libro. No se libra ni dios de la duda y la sospecha. Corrupción a todas las escalas, desde el más pequeño hasta el más grande. Podéis imaginar todo lo que se os ocurra que él ya lo ha plasmado en el libro. Lo que más me preocupa es que lo ha hecho tan bien, que he mirado en google en varias ocasiones para confirmar lo que nos cuenta y me siguen quedando dudas de que no haya explosivos colocados por Barcelona. Es una trama de total actualidad, que implica a países, gobiernos y organizaciones. Además aprovecha para ir añadiendo datos y episodios de nuestra historia más reciente que vienen al caso, que son verdaderos, así que te hace dudar de que lo que está ahora relatando no sea otro sumando a esta cuenta terrible de despropósitos que llevamos.
«Pensar y no caer significa pensar y no cejar, perseverar en la pregunta, no consolidarse, no quedarse ahí, no abonar lo estático, no poner el oído a la tonalidad de la complacencia, no darse por concluido, porque nunca se llega a ser». Esta es la definición que da el propio Ramón Andrés al título de su obra. Si no fuera por ella, que se encuentra casi al final del libro, me hubiera sido inevitable pensar y convencerme de que una condición intrínseca de pensar es caer. Como aquella caída que entonaba el poeta José Ángel Valente que era una ascensión a lo hondo, no puedo concebir el ejercicio del pensar sin suponerlo una caída a nuestro pozo interior, a esos interiores ahumados de los que hablaba 
Mientras leía este 
Muchos fans de Auronplay y El Rubius no se lo creerán, pero hubo una época en este país en que los niños luchaban por pasar el máximo tiempo posible en la calle. En esos años no hacía falta Educación para la Ciudadanía: entre lo que aprendías de los que eran un par de años mayores que tú y lo que comprendías cuando tus padres cogían la zapatilla a la primera de cambio (sin temer que les cayera una denuncia por ello) era más que suficiente. En aquellos tiempos, que a algunos sólo nos pillaron de pasada, las aventuras las vivías por ti mismo, sin necesitar ningún avatar de colores vistosos y un nombre con muchos números al final. Y ahora que hago un parón en la escritura para releer lo que he escrito y ser consciente de lo viejoven que me he vuelto, voy a contaros de qué manera exponen esa época Fernando Llor, Roger Vidal y Àlex Batlle, los autores de Ojos grises.
¿Qué es, en realidad, escribir bien? ¿En qué consiste ese arte, o magia, como prefieran llamarlo? ¿Qué es lo que hace que una persona pueda hacer versar su historia sobre cómo crece la hierba y a pesar de todo nos enganche, y que otra pueda tener entre manos el relato con elementos más apasionantes del mundo, y aburrirnos, o simplemente no gustarnos? Afirmo que es un misterio; a día de hoy, no sabemos qué tienen algunos escritores para hacer que sus novelas funcionen y otros, tan equipados o más que aquéllos con habilidades técnicas, dotes de autoorganización, buena inventiva, extenso vocabulario, paciencia, y adecuada sintaxis (entre otras herramientas que, objetivamente, ayudan a que un escritor realice bien su tarea), sin embargo no logren el hechizo y no lleguen a superar el nivel de correctos escribidores.