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Solo: Mundo caníbal, de Oscar Martín

solo mundo caníbal

solo mundo caníbalUna rata antropomorfa, algo achaparrada pero con un torso y unos brazos que serían la envidia de un culturista. Piernas menudas que finalizan en unas botas gigantescas. En su rostro una mirada aviesa bajo un ceño dolorosamente fruncido. Media sonrisa de suficiencia a la sombra de un morro que aparece coronado por una enorme narizota. En la espalda del roedor pende una escopeta recortada. La mala leche fluye desde cada átomo del animal. Así era Solo la primera vez que el dibujante Oscar Martín realizó un boceto de su personaje insignia. Luego la rata vengadora iría evolucionando: su figura se estilizaría (como si hubiera rebajado su desmesurada ingesta de anabolizantes), su ceño se dulcificaría un poco (lo justo para pasar de dar muy mal rollo a dar mal rollo a secas) y al fin, y sobre todo en esos primeros planos del personaje en el que se nos revelaba su mirada, descubriríamos la heterocromía del iris que sufría Solo. Era 1997 y Solo era un cómic de serie B en formato grapa que había nacido porque Oscar Martín quería divertirse un poco. Contar historias en las que la violencia, la sangre y el humor cafre lo inundaran todo era su única meta. Pero entonces Solo se convirtió en un cómic underground de culto. Un cómic que buscar por cada rincón, por cada kiosco, por cada tienda de cómics y mercado dominical de segunda mano para conseguir el número que faltaba. El cómic que hoy os traigo es un reboot de aquella historia que en 1997 Oscar Martín nos relató.

En Solo: Mundo caníbal retomamos la historia poco tiempo después de lo acontecido en Solo: Los supervivientes del caos. Nuestro roedor protagonista vuelve a casa tras un día de caza y descubre que algo terrible ha ocurrido. Solo se embarcará en su vendetta personal, al estilo película de acción en la que Liam Neeson mata a todo lo que se menea. Y entre disparo y disparo los pensamientos de corte filosófico de la rata acompañarán al lector. Si en el álbum anterior estos trataban sobre la soledad y la necesidad de amar, en este nos mostrará las diferentes etapas del duelo.

Al igual que en Solo: Los supervivientes del caos nos hallamos ante un guion que es solo una excusa para armar una historia endiabladamente violenta. Degollar, abrir en canal, arrancar miembros, destripar, agujerear la carne mediante proyectiles… Son solo algunos de los métodos que el protagonista utiliza para abrirse camino hasta su meta. Y aunque la violencia con tintes de gore reina durante toda la historia también existen momentos de conciliación (Solo y sus ensoñaciones sobre un mundo mejor con un prado verde como telón de fondo) o conmovedores (el encuentro con el cachorro de perro).

El dibujo vuelve a mostrarse como la principal atracción del cómic. Oscar Martín pone toda la carne en el asador y diría que nos ofrece un arte por encima incluso del álbum anterior. Cachocarnes, moradores, solitarios o perros son algunos de los seres que encontraremos en los desiertos y lugares postapocalípticos que surgen de la mente del autor. El diseño de los personajes puede recordar a una compacta amalgama entre los animales que podemos encontrar en las películas de Disney o en los dibujos de Tom y Jerry, pero con un toque adulto dejando de lado todo lo pueril que tienen dichas historias. El color en conjunto parece mostrar una variedad cromática algo más extensa que Solo: Los supervivientes del caos, coloreando paisajes desérticos con tonos algo menos ocres y con más luminosidad en las escenas diurnas.

La edición por parte de Panini Cómics y Ominiky Ediciones es casi impecable. El álbum es del estilo y tamaño franco belga ofreciendo al lector la experiencia adecuada para enfrascarse en la lectura y disfrutar del cómic como si fuera una película de dibujos animados. Algunos errores tipográficos que afectan a la ortografía hacen bajar algo la nota del conjunto (harto sin hache es doloroso para la vista). Con todo, es de agradecer los extras que tanto en Solo: Los supervivientes del caos como en este cómic se han añadido. Fichas técnicas de personajes, bocetos e ilustraciones a doble página que podrían convertirse en un espectacular póster con el que vestir las paredes de una habitación.

Solo: Mundo caníbal es un cómic que atrapa al lector y lo lanza sin mesura a una vorágine de violencia en un mundo estéril. Un mundo creado por la fecunda imaginación del dibujante Oscar Martín que nuevamente vuelve a hipnotizarnos con esos extraordinarios dibujos que parecen cobrar vida en cada viñeta.

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Enciclopedia Eslava, de Juan Eslava Galán

Enciclopedia Eslava

Enciclopedia EslavaQuienes desconozcan al autor de este libro, quizá crean que Enciclopedia Eslava recoge todo lo que hay que saber del país centroeuropeo, del que al menos yo no sé nada de nada. De haber tratado sobre eso, hubiera preferido seguir viviendo en mi ignorancia, lo reconozco. Pero como llevo años coleccionando las obras de no ficción de Juan Eslava Galán, me bastó leer las palabras «Enciclopedia» y «Eslava» unidas en la portada para tener claro de qué iba este mamotreto de más de seiscientas páginas y querer leerlo si dilación.

Y es que si hay un autor vivo al que admire especialmente, ese es Juan Eslava Galán: por su forma de escribir, por su guasa y por su sapiencia; la mezcla perfecta para que sus obras de divulgación sobre historia sean mis preferidas. Tanta es mi fascinación que cuando asistí a una charla sobre su libro Misterioso asesinato en casa de Cervantes, ganadora del Premio Primavera de Novela en 2015, me quedé embelesada escuchándolo, con mil preguntas que me gustaría hacerle rondando por mi cabeza. Pero no me atreví a abrir la boca, pese a su insistencia en hacer participar al público y su más que demostrada cercanía y afabilidad. Ni una foto me animé a pedirle, aunque me convertí involuntariamente en la fotógrafa del resto de asistentes, que me solicitaban una y otra vez que me encargara de inmortalizar el momento junto a uno de sus autores favoritos.

Visto que en el cara a cara fui incapaz de profundizar en los conocimientos de los que es poseedor este hombre, Enciclopedia Eslava se presentó ante mí como una nueva oportunidad de disfrutar de ellos desde la distancia.

«Todo (o casi todo) lo que debes saber para ser razonablemente culto» es el ambicioso subtítulo de esta obra. ¿Qué es ser culto o razonablemente culto? Disertar sobre ello también daría para un volumen de considerable grosor y nunca nos pondríamos de acuerdo, aunque creo que todos sabemos reconocer a una persona culta cuando la vemos. Los que hemos leído a Eslava Galán tenemos constatado que él lo es y que está más que capacitado para escribir una obra de tal envergadura. Pero ¿realmente lo ha conseguido? Ahora pensaréis que voy a decir que claro que sí, cegada como estoy con este autor. Sin embargo, he de reconocer, mal que me pese, que ese «Todo (o casi todo) lo que debes saber para ser razonablemente culto» se ha quedado algo corto y, a veces, la libro resulta repetitivo en los temas que son de especial interés para su autor.

¿Eso quiere decir que me ha decepcionado el libro? En absoluto. Como siempre, he aprendido un montón de cosas y he disfrutado de la prosa de Eslava Galán, sobre todo cuando se desata y, en vez de limitarse a hilar los datos más o menos fiables aportados por otros, expone irónicamente su punto de vista. Además, en Enciclopedia Eslava cuenta anécdotas personales e incluso muestra fotos suyas que nos hacen conocer un poco mejor a ese hombre sexagenario, viajado y curioso, al que le gusta visitar los restos arquitectónicos de las culturas antiguas y no deja pasar la oportunidad de sentarse frente a una buena mesa para degustar la gastronomía de cualquier parte del mundo.

Enciclopedia Eslava no llega a ser «Todo (o casi todo) lo que debes saber para ser razonablemente culto», pero se acerca a «Todo (o casi todo) lo que debes saber para ser tan culto como Juan Eslava Galán». Y eso ya es decir mucho; un reto bastante ambicioso para el común de los mortales.

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Cuentos escogidos, de Joy Williams

Cuentos escogidos

Cuentos escogidosEscribe Joy Williams (1944) en El patinador, uno de los relatos que integran esta recopilación de Cuentos escogidos, traducida por Albert Fuentes y publicada por Seix Barral, que en los mitos hay dos caminos hacia el desastre. “Uno de ellos consistía en responder a una pregunta que no tenía respuesta. El otro era no ser capaz de responder a una pregunta que sí la tenía”. Pues bien, querido lector, el presente volumen es un compendio de ambos senderos. Un hermoso camino, en cierto modo, hacia el desastre que centra la mirada en el detalle, abre el plano e invade las casas del ciudadano medio. Como si sus relatos estuvieran plagados de esa gente normal que inunda algunos informativos de sobremesa o protagonizan los sábados por la tarde cualquiera de los telefilms de Antena 3. Vecinos, buenas personas, con vidas corrientes y anodinas que adquieren nuevas texturas, una extrañeza que los hace únicos pero a la vez, he aquí la tragedia, también comunes.

A lo largo de sus textos, una amplia y acertada recopilación que incluye 46 historias, 13 de ellas nuevas, Williams somete sin ningún tipo de piedad a niños, adolescentes y adultos, hombres y especialmente mujeres, en función de su propia literatura, retorciendo sus vidas hasta esculpir sentencias irrefutables, llenas de una lógica absurda, de un humor inteligente, difícil de empañar. Así, por ejemplo, escribe en Química invernal: “Si en el infierno hacía calor, entonces en el cielo tenía que hacer un frío espantoso”. Y lo hace a lo largo de más de 700 páginas donde la escritora esboza personajes inquietantes, desolados, tristes y crueles bajo un aspecto inicialmente inocente e inofensivo. Williams, que entiende la oscuridad como un elemento más del que servirse para arrojar luz sobre nuestra propia existencia, investiga a partir de ellos las grandes inquietudes de la vida como el duelo, la enfermedad, la soledad, la paternidad, la infancia, la tristeza o el amor.

Así, a pesar de que sus protagonistas tiendan, de algún modo, a una absoluta incomprensión de sí mismos y de los demás, de fondo se observa a veces una despiadada necesidad por conectar con el otro o, al menos, con el universo. La autora norteamericana, una de las escritoras de relatos más interesantes de la actualidad, escribe con imágenes. Sus palabras son capaces de recrear la realidad con una mirada única que, aunque retorcida, resulta oportunamente precisa. “Lo curioso es que nunca se había enamorado de ningún animal”, relata en Congreso con una brutal contundencia simbólica. Una historia que arranca con la obsesión de una mujer por una singular lámpara, construida a partir de cuatro patas secas de ciervo . “Sencillamente –continúa-, se había saltado ese erotismo entre especies para ir directamente al amor por los fragmentos de animales modificados. Había algo malo en ello, pensó. Era tan desesperado. Pero el amor lo era siempre”.

Y es que donde el resto de nosotros vemos la realidad en bruto, sin limar, ella ve palabras. Es complicado, al menos, encontrar una sola frase entre todos sus párrafos que no conduzca en varias direcciones, que no te cuente o que no te diga. Aunque la clave de su propia escritura probablemente la hallemos en este otro párrafo de uno de estos Cuentos escogidos, titulado Centro de belleza, en el que es posible que la norteamericana sintetice también la esencia del relato corto e incluso de la literatura: “Solo eran palabras, lo sabía, palabras que podía usar cualquiera, pero detrás de las palabras siempre había cosas, a veces cosas que no podías contarle a nadie, ni mucho menos a tus seres queridos, cosas que daban miedo y que ni si quiera eran verdad”.

Porque los personajes que esboza Joy Williams se mienten, como nos mentimos nosotros con mayor frecuencia de la que seríamos capaces de admitir. Las mismas mentiras que proporcionan a la vida “un ritmo y una estructura que la verdad aún no alcanza a justificar” (La excursión). Estos relatos que, en realidad, nos contamos a nosotros mismos, que disfrazan y someten nuestra propia realidad, desfigurándola hasta tratar de encontrarle el sentido, de responder a lo que no tiene respuesta o a lo que sí la tiene. Algo muy parecido a lo que hace Williams en este libro.  Entre líneas, de hecho, la autora se expresa, a veces, a sí misma. “Necesita otra lengua, otras palabras. Tiene más que aburridas sus palabras. Disfruta buscando. ¿Acaso la búsqueda no lo es todo?”.

 

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Nadie duerme, de Xina Vega

Nadie duerme

Nadie duermeHace unos años, en mitad de una no demasiado acalorada discusión, la chica con la que salía por aquel entonces me dijo una frase que me dejó bastante encabronado: “En España en realidad las cosas no están tan mal como las venden los periódicos”. Al día siguiente me propuse cuestionar su opinión y la invité a dar una vuelta conmigo por un barrio obrero de la ciudad en la que vivíamos. Al poco rato de entrar y tras apenas haber recorrido un par de callejuelas me pidió con los ojos brillantes y algo de ansiedad que volviésemos al centro. No habíamos visto nada extraordinario: personas de miradas tristes pidiendo limosna, unas ancianas con ropas deshilachadas y rostros cansados haciendo la compra, un grupo de niños con la cara sucia por la calle en lugar de en el colegio… el verdadero problema era que ella había estado viviendo en una burbuja en la que la pobreza, la mendicidad o la marginación no tenían cabida.

En Nadie duerme, de Xina Vega, esta burbuja se rompe a las pocas líneas. A partir de una conversación entre dos extraños se nos introduce en una breve pero inclemente narración en la que lo que brilla, lo que sobresale ante nuestros ojos, es el lado menos amable y más repulsivo de nuestra realidad. Una joven maltratada, un africano que busca ser aceptado fuera de su país, una mujer que acaba de abortar y un hombre maduro que ha visto frustrada una cita amorosa conviven durante una noche en la que no existen el amor, la piedad o el respeto; el ser humano queda reducido a su mínima expresión, a sus deseos y traumas, a follar y a sufrir.

Este es un relato que se revuelca en el dolor, que chapotea en las desgracias y las miserias humanas, que baila animado sobre los traumas enquistados de sus protagonistas. Vega busca continuamente la arcada del lector, sin pausa ni compasión. ¿Qué es entonces lo que hace apetecible esta lectura?, se preguntará más de uno, con toda la razón del mundo. Varias cosas: el maravilloso lenguaje con el que su autora expone la fealdad del mundo, las pequeñas historias y anécdotas que relatan los personajes, tan tristes como bien construidas, y, por encima de todo, la admirable capacidad de la autora gallega para conseguir que cada detalle de nuestra cotidianeidad, desde la arcaica máquina tragaperras del bar hasta un simple disco de bachatas, consiga provocarnos repulsa y angustia.

Pocos autores han conseguido encandilarme tanto con un contenido tan poco amable; a pesar de ser un fiel seguidor de eso que llaman ‘realismo sucio’ me suelo ver forzado a exiliarme a historias felices de cuando en cuando, para evitar tener que abrazar el bote de antidepresivos antes de tiempo. Pero este librito es como aquel tipo que en el colegio te pegaba y te humillaba y del que no querías separarte, como aquella chica que te daba largas de las peores formas posibles y que te tenía enamorado perdido, como aquel compañero de trabajo al que sigues queriendo caer bien a pesar de ser un gilipollas redomado… Puro masoquismo literario.

El mundo es cruel y patético, o al menos una buena parte de él. Y Nadie duerme funciona a modo de antifiltro de Instagram: limpia los retoques fotográficos y acentúa los defectos y las imperfecciones de nuestra realidad para horrorizarnos, sí, pero también para acercarnos a ese mundo que el imperio Disney y otros vendedores de felicidad impostada se han esforzado tanto de borrar de nuestra memoria. Seguramente tenga que leer bastantes novelas amables para compensar este trance. Pero huir de lo cómodo y lo maquillado cada cierto tiempo debería ser obligatorio. Si no, corremos el peligro de querer quedarnos a vivir para siempre en la ficción.

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Feminismo ilustrado, de María Murnau y Helen Sotillo

feminismo ilustrado

feminismo ilustrado Feminismo Ilustrado. Ideas para combatir el machismo. El título está absolutamente claro y no deja nada a la imaginación, porque esto es lo que vamos a encontrar dentro de las páginas de este libro. Un viaje a través del feminismo y de las formas de reconocer el machismo que hay a nuestro alrededor. Desde luego hay muchas fórmulas para poder dar a conocer la realidad del feminismo, y creo que María Murnau y Helen Sotillo utilizan una de las mejores, el humor.

¡¿Quién osa decir que los feministas carecemos de humor?!

Además de hacerlo divertido son rigurosas en la información y clarificadoras de conceptos. Saben que es importante empezar por el principio para comprender; así pues, el primer punto en desarrollar es el “Patriarcado”, que definen como el sistema político, económico, religioso y social basado en el privilegio de los hombres sobre las mujeres. Y aunque muchos pueden pensar que las leyes ya equiparan en todo a hombres y mujeres, como muy bien puntualizan:

“No podemos dejarnos engañar por el fantasma de la legalidad. Las leyes por sí solas no pueden cambiar una sociedad, hay que aplicarlas con convicción. Si nos guiamos por ellas podemos caer en el error de creer que la desigualdad es ya historia, y eso no es cierto”.

Y ahora antes de que todo el mundo se ponga a intentar contestar mentalmente sobre que esto es un error y que la igualdad llegó para quedarse a través de las leyes…, vamos a reflexionar. Y si un rato de reflexión no ha servido, duplicaremos el tiempo y le daremos otra vuelta, miraremos más detenidamente a nuestro alrededor, observaremos la realidad que nos rodea, la desprenderemos del cariño que profesamos a los que conviven con nosotros, y retomamos el tema 😉

Los pasos siguientes serán, como no podía ser de otra manera, entender que es el machismo, y qué el feminismo, y comprender la literalidad de estor términos. En relación al feminismo hay que afanarse porque todo el mundo comprenda que persigue la igualdad absoluta entre hombres y mujeres. Y el machismo la supremacía del hombre sobre la mujer. Esta diferencia ha de ser absolutamente clara.

Hacen las autoras un pequeño repaso histórico del feminismo y nos conminan a declararnos sin miedos y sin vergüenzas como feministas.

¡Yo soy feminista!

Lo cierto es que desde hace un año aproximadamente hay un despertar muy importante del movimiento feminista, o como mejor se debería decir, de los movimientos feministas, que pueden tener diversas visiones o formas que querer llegar a un fin común, el de la igualdad.

Roles de género, micromachísmos, cosificación, son otros puntos que acertadamente están desarrollados en este libro.

Como dice la contraportada “«Feminista» es una palabra que viene con mucho equipaje. Demasiado. En este libro la explicamos desde el humor y con viñetas. Tratamos de plantarle cara al machismo y de quitarle la máscara al patriarcado. A ver si, ilustrándolo, se entiende de una vez por todas que todos deberíamos ser feministas”.

Me encanta lo bien que utilizan los determinantes del género, no van a la banalidad si no a lo que realmente importa. Son inclusivas en el discurso y en la forma de entender el feminismo, y eso me gusta porque allí dentro debemos y tenemos la obligación de caber todos.

Es posible que uno de los temas que cada vez más debemos poner encima de la mesa sea la necesidad del empoderamiento de las mujeres. Creer que se puede, “tomar conciencia del poder que cada una de nosotras tenemos para afrontar todas las situaciones de la vida”. Para eso es fundamental que aparezcamos en la parte de la historia que se nos ha hurtado al narrarla. Hablar de las mujeres que por mérito propio llegaron a recibir el Premio Nobel, o aquellas otras a las que se les negaron muchos premios y reconocimientos por el solo hecho de ser mujer. Que los libros nos muestren a esas mujeres fuertes e independientes que hicieron que el mundo diese pasos fundamentales hacia el futuro. Que dejen de estar invisibilizadas. Que aparezcan en libros, en películas, en obras de teatro, en televisión, de forma que sus nombres y sus vidas lleguen a calar en nuestro interior, en el interior de cada uno de nosotros y en el interior de la sociedad.

Hay otra palabra que me ha gustado que aparezca en el libro, el término Sororidad, que viene a ser la alianza entre mujeres que fomenta la confianza y el apoyo.

La desunión entre mujeres siempre ha sido aprovechada por el patriarcado ¿Han escuchado en alguna ocasión expresiones de este tipo dichas por nosotras mismas?: Es una facilona, no se respeta, va provocando, es una zorra de manual,… Pues todas estas cosas son las que deben desaparecer de nuestro lenguaje, pero sobre todo de nuestras cabezas. Las mujeres debemos sentirnos libres para ir y actuar, dentro de nuestra libertad y con respeto a las libertades ajenas, como queramos.

Me parece importante que sobre todo la gente joven comprenda que es vital para conseguir la igualdad unir fuerzas, ese tipo de frases de “si nos tocan a una nos tocan a todas” nos ofrece ese sentimiento de unión, y eso siempre debilita a aquellos que quieren destruirnos como merecedoras de esa igualdad y de nuestros derechos igualitarios reales.

Hace muchísimo tiempo… años, en una reseña les hablaba del Test de Bechdel, también nos hablan de él en el libro, y les aseguro que la mayoría de las películas que se comercializan siguen sin poder pasarlo.

Feminista ilustrado

Se avanza, pero falta un largo recorrido para derrotar al machismo… Este tiene que ser un año importante para el feminismo, se nota en el ambiente que ya no habrá vuelta atrás.

Ufff al final me he puesto algo seria y resultaba que este libro era para ver estas cosas dentro del marco del humor 😉

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El aroma del miedo, de Armando Rodera

El aroma del miedo

El aroma del miedoEspoleado por el éxito de ventas y crítica que obtuvo con El color de la maldad, Armando Rodera ha decidido continuar con las aventuras del inspector Bermejo y el sargento Roncero. Y sobre esa continuación, El aroma del miedo, vengo a hablaros hoy. Esta fue una de mis últimas lecturas de 2017, y tengo que reconocer que fue una de las lecturas más contradictorias del año. ¿La razón? La diferencia de sensaciones que tuve al leer las primeras páginas y las que tuve tras terminarlo. Ahora os explicaré el porqué, pero antes hablemos un poco sobre la trama de El aroma del miedo.

La nueva novela de Armando Rodera tiene dos tramas diferenciadas. Por una parte, tenemos al inspector Bermejo, que llega a Valencia para investigar un misterioso asesinato en la Albufera y de paso una trama corrupta dentro de la Policía de la ciudad. El otro protagonista es el sargento Roncero, que tras unos meses de descanso es llamado también a la capital levantina para colaborar en un importante operativo de la Guardia Civil contra la trata de personas y las diferentes mafias que operan en la zona. Ambos protagonistas han quedado marcados por los acontecimientos ocurridos en El color de la maldad, si bien no es del todo necesario haber leído esa historia para disfrutar de este libro, pues el autor da pinceladas de todo lo ocurrido en las primeras páginas.

El autor recrea a la perfección todo el submundo policial, judicial y administrativo que rodea el caso. Policía, guardias civiles, jueces, delegados gubernamentales… todos sus procedimientos, su argot y sus rutinas quedan explicadas a la perfección. Y quizá ese exceso a la hora explicar los entresijos internos de los cuerpos policiales hacen que la primera parte de la novela se ralentice demasiado. Tanto es así, que incluso decidí dar una pausa al libro para leer otro tipo de historias, algo que en muy pocas ocasiones suelo hacer.

Pero si El aroma del miedo tarda mucho en entrar en acción, hay que reconocer que una vez que entra, es un libro que se lee con mucha facilidad y que se disfruta enormemente. Tras leer todo el barullo inicial, y mientras vamos descubriendo más sobre asesinatos y mafias, el interés de la historia empieza a crecer de manera exponencial. Los personajes del libro están bien construidos y se generan algunas subtramas interesantes entre los mismos. También se pinta con bastante verosimilitud todo el tejido corrupto que durante años se ha ido extendiendo entre el funcionariado español de todo tipo, y mucho más en una ciudad como Valencia, que tiene bastantes espejos en los que mirarse.

Si el dicho popular “Lo que mal empieza, mal acaba” tuviera que aplicarse a El aroma del miedo, caeríamos en un grave error. Como decía anteriormente, el ritmo va creciendo y uno termina la historia con ganas de más. Todo esto gracias a unas últimas 150-200 páginas que bien se pueden leer de una sentada, casi sin parpadear. Aquí el autor maneja bien los tiempos, mantiene la tensión narrativa en todo momento y termina la historia en lo más alto, dejando un buen sabor de boca que en nada se parece a las sensaciones que producían las primeras páginas. Armando Rodera nos ofrece una historia que, pese a tener pequeños detalles por pulir, merece ser disfrutada y leída.

César Malagón @malagonc

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La cronopandilla: el túnel de tiempo, de Ana Campoy

La cronopandilla: el túnel de tiempo

La cronopandilla: el túnel de tiempoHablar de Ana Campoy en la literatura infantil y juvenil es ya hablar de un referente en este género. Autora de las colecciones de libros  Soy un superhéroe o Las aventuras de Alfred & Agatha, (que han sido leídos por niños de varios países gracias a su éxito), Ana es una incansable escritora para este público tan exigente. Y la verdad es que se le da fenomenal.

La cronopandilla: el túnel de tiempo, el libro del que hoy os hablo, resultó ganador del Premio Jaén de Narrativa Juvenil 2017. Dirigido a lectores de entre diez y doce años este libro es una maravilla que he disfrutado como si volviese a tener esa edad. Y es que de vez en cuando sienta genial rejuvenecer unos añitos y volver a sentirse un mico, ¿no os parece? Pues la literatura juvenil en los adultos crea ese efecto tan maravilloso del que os hablo. Así que no olvidéis, de vez en cuando, leer un poco de literatura juvenil. Ya veréis como os sienta fenomenal volver a sentiros libres para vivir aventuras sin que nada importe.

Aventuras, sí. Eso es lo que nos propone Ana Campoy en este libro. Porque, efectivamente, hay viajes en el tiempo. ¿No me digáis que no habéis soñado nunca con poder viajar en el tiempo? Pues eso es lo que hacen los protagonistas de esta novela: Eric, Alicia, J.J y Verónica viajan treinta años atrás, a la época en la que sus padres tienen la misma edad que nuestros protagonistas. Sí, incluso se cruzarán con ellos. Imaginad qué shock encontrarte con tus padres con tu misma edad. También os gustaría, ¿eh?

Y es que, lectores, el cambio de instituto y de ciudad no es nada fácil y menos cuando tienes esa edad. Por eso, a J.J se le ocurre una idea: va a colarse de noche en un parque de atracciones abandonado. Venga, que levanten la mano los que estén leyendo esta reseña y también se hayan colado con sus amigos de pequeños en sitios donde no debieran. No diré nada, tranquilos. Pues eso es lo que hace J.J junto a sus amigos, adentrarse de noche en un parque de atracciones. Pero, sin duda, el lugar más especial será la mansión del terror, porque desde allí es donde viajarán en el tiempo hasta retroceder treinta años. Y, ¿ahora qué?, ¿qué harán allí? Y lo que es más importante: ¿cómo volverán? Pues amigos, tendréis que leer la historia para ver cómo acaba.

La idea es bastante original y se le ocurrió a Ana Campoy cuando su sobrino le dijo que le encantaría poder jugar con ella de pequeña. La verdad es que una ocurrencia genial.

La cronopandilla: el túnel de tiempo es mucho más que aventuras. Es amistad, familia, compañerismo, autoconocimiento, exploración y claro, diversión. Un libro realmente entretenido para niños y no tan niños. A mí me ha encantado la idea de poder viajar al pasado. Eso sí, como me encontrase con mi yo en esa edad alguna que otra cosa me diría.

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Salvaje, de Iván Castelló

salvaje

salvajeReconozco que, con el tema de la corrupción, viendo lo que se ha destapado en los últimos años, tengo tolerancia cero. Sin embargo, hoy vengo a hablaros de una debilidad que tengo (o que tuve) y que choca frontalmente con lo que he dicho en la primera frase de la reseña. Esa debilidad es la siguiente: uno de mis ídolos de infancia fue don Gregorio Jesús Gil y Gil. Pocos personajes me fascinaron más en esos años en los que uno tiene esa facilidad extrema para la sorpresa y la fascinación. Puede decirse que mi sentimiento atlético nació en 1991 cuando, con siete años, vi como mi padre celebraba con pasión la Copa del Rey ganada al Mallorca. “El primer título de Gil”, decía mi progenitor con alborozo. Y gracias a él y a una figura tan hipnótica como la de Gil, mis venas se fueron llenando de sangre rojiblanca.

Trece años después de su muerte, el periodista y atlético (por este orden) Iván Castelló nos regala esta genial biografía titulada Salvaje, la imperiosa historia de Jesús Gil y Gil, empresario, político y presidente del Atlético de Madrid (pónganlo en el orden que quieran). El repaso de lo que fue su vida se centra en esas tres facetas, empezando por sus humildes inicios en el Burgo de Osma y continuando con su carrera de constructor en la sierra segoviana, donde protagonizó uno de los episodios más dramáticos (¡y mira que hubo!) de la Dictadura. De ahí pasamos a los dos grandes logros profesionales de su vida. El primero, conseguir presidir su “Atleti”, ese club del que no era seguidor, pero al que amó hasta el último de sus días, consiguiendo disputar la hegemonía mediática (que no deportiva) a Real Madrid y Barcelona. Y su otro gran logro, conseguir el bastón de mando en la alcaldía de Marbella, remodelando a base de ‘talonario’ una de las ciudades más turísticas de España, y extendiendo sus redes del Gilismo político por otros municipios de la Costa del Sol.

Jesús Gil encarnó a la perfección esa figura del self made man americano, consiguiendo lo impensable para la gran mayoría de los mortales. Un hombre hecho a sí mismo que repartió por igual simpatías y antipatías. Una figura que odiabas o amabas, pero que nunca te dejaba frío. Iván Castelló refleja de un modo notable las infinitas caras de un hombre como Jesús, todo descaro y ambición, sobre todo política, esa en la que poco a poco fue cavándose su propia tumba.

Pese a ser una biografía que no desmerece ninguno de sus capítulos, donde más he disfrutado ha sido en los dedicados a su figura de presidente del Atlético de Madrid. El autor hace un repaso de todas y cada una de las temporadas en las que estuvo al frente de la entidad rojiblanca, revisando los incontables entrenadores que le sufrieron y repasando también todos los jugadores que quedaron marcados, para bien o para mal, por el Gilismo, ese movimiento presidencial que trataba a veces a los seres humanos como perros apaleados, sin signos de conmiseración alguna.

Es probable que hoy en día, más maduro (creo) y calmado, mi fascinación por la figura del protagonista de Salvaje se tornaría en aborrecimiento e incluso odio. Pero para eso tenemos la juventud, para cometer errores, y puede que adorar a Jesús Gil fuera uno de mis errores de juventud de los que más me gusta presumir.

Salvaje es un homenaje brillante a un personaje inimitable que tuvo miles de imitadores, tanto de su faceta personal como política. Fue don Jesús un personaje histriónico que Twitter no tuvo la suerte de conocer, para desgracia de algunos. Un ser con una verborrea capaz de dejar a Donald Trump como un mero aficionado, un político políticamente incorrecto que atizó por igual a jueces, árbitros, periodistas y otros políticos. Un hombre cinco veces preso, infinidad de veces condenado e indultado por igual por Franquismo y Democracia. Un creador de titulares periodísticos capaz de ganar las elecciones más difíciles y los referéndums más inverosímiles. En definitiva, un personaje a la altura de un libro sobresaliente, como es este de Iván Castelló.

César Malagón @malagonc

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Piruetas, de Tillie Walden

Piruetas

PiruetasLa gran literatura, esa que a algunos les llega al alma y a otros a las entrañas, no se nutre del qué, sino del cómo. Una historia universal narrada de forma anodina se queda en historia anodina. Del mismo modo, una historia personal, íntima, y aparentemente intransferible, si es narrada con talento y sensibilidad, tiene todos los números para convertirse en una historia universal. Eso es lo que hace que este lector se haya emocionado con Piruetas. Porque en esta historia de los tempranos años de adolescencia de una niña lesbiana que se levanta a las 4 de la mañana para ir a clases de patinaje se ha reconocido perfectamente este padre, heterosexual de cabello cada vez menos negro, cuyos conocimientos del patinaje artístico se limitan a saber que está prohibido caerse.

Tillie, autora y protagonista de esta novela que no es tal (¿habría quizá que acuñar el término “autobiografía gráfica”?), se encuentra en ese periodo de la vida que sólo pueden añorar ancianos desmemoriados, a saber, los últimos años de nuestra infancia y los primeros de esa prolongada tortura llamada adolescencia. Si ya es difícil, a esa edad, afrontar los cambios de nuestro cuerpo, aceptar con amargo alivio que hemos dejado de ser monos,  o escribir la carta a los reyes, no cuesta imaginar lo dura que debió de ser esa etapa para Tillie Walden, una niña de carácter introvertido y que ya a los cinco años supo que no era como las demás niñas. La vida de Tillie, que se mueve entre la escuela, su mejor amiga, y el patinaje, que practica desde los cinco años, empezará a dar un vuelco lento pero inexorable el día en que su madre le anuncia que dejan la costa este y se van a vivir a Texas. A partir de ese momento, y a lo largo de casi 400 páginas, asistimos al largo y doloroso proceso de formación personal y artística de Tillie, proceso por el que, en mayor o menor medida, hemos de pasar todos, por lo menos esos adolescentes retraídos que, como Tillie, odiábamos conocer gente nueva porque, entre otras cosas, nunca sabíamos qué decir.

En Texas se encuentra Tillie con una pista de patinaje más fea y menos acogedora que la que la vio crecer en Nueva Jersey, con una disciplina deportiva diferente, con unos nombres de figuras que ella desconoce, y, sobre todo, con el acoso escolar. Por otra parte, en casa todo sigue igual. Su madre parece siempre medio ausente y Tillie se siente mucho más próxima a su padre. Ninguno de los dos, sin embargo, se molesta jamás en ir a verla competir. Todo ello, naturalmente, acentúa esa asfixiante sensación de soledad que puede producir la adolescencia, hasta que, quizá como triste mecanismo de defensa, Tillie descubre que donde se encuentra más a gusto es en la impersonal soledad de esas habitaciones de hotel a donde la llevan las competiciones. Al mismo tiempo, el patinaje deja de ser, si es que algún día lo fue, un placer, y nuestra amiga, por suerte para los amantes de la novela gráfica, empieza a buscar otras formas de expresión artística

Cuenta la autora en las interesantes notas finales que, inicialmente, Piruetas iba a ser un libro sobre el patinaje. Poco a poco, sin embargo, otros motivos, recuerdos, momentos y fantasmas de su pasado fueron adueñándose de la historia y el patinaje quedó como metáfora. Cada capítulo nos remite a una figura artística, pero lo que nos encontramos en ellos es un fragmento más de esa catarsis en que se convirtió la adolescencia de Walden. A veces es difícil encontrar sentido a algunos de esos recuerdos que marcan nuestra vida, como le sucede a Tillie con el accidente de coche que se produce a pocos milímetros de donde se encuentra, sentada en la hierba en mitad de la noche esperando que la recoja su madre. En otras ocasiones, el recuerdo es sumamente doloroso, como esa escena en que su tutor intenta abusar de ella. Y uno se sorprende una vez más del enorme talento de esta autora de apenas 22 años, que, con un trazo sencillo y un extraordinario uso del color (puede parecer una tontería, pero el empleo del amarillo, puntuando los momentos de calor, esperanza o fugaz felicidad, es impresionante), ha sabido plasmar unas emociones, recuerdos y sentimientos que sólo antes de la lectura podrían parecernos ajenos.

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Los leones de Bagdad, de Brian K. Vaughan y Niko Henrichon

Los leones de Bagdad

Los leones de Bagdad¿Merece la pena ser libre para morir? ¿Hay algo, en verdad, por lo que merezca vivir? Los leones de Bagdad es la historia más triste que he leído en mucho tiempo. Sin duda, tiene un inmenso poder evocador por los dramáticos acontecimientos que en el cómic se narran, pero aún más, por quienes lo protagonizan. No es de extrañar, y el propio autor así lo confirma, que emplear animales para contar la historia va a crear una conexión más estrecha con el lector, y el efecto de la catarsis —me compadezco de lo que le ocurre al otro y temo lo que me puede ocurrir a mí—, que se defendía en los textos aristotélicos, en ese estado en el que el hombre se enfrenta al mundo y a la vida producto del efecto que le causa la fábula, va a intensificarse en mayor grado. Los animales como protagonistas de la historia, como reflejo de la sociedad, siempre han causado una gran atención en el mundo literario. La fábula (esta vez no el concepto que tenía Aristóteles, sino el género narrativo en sí) tiene el poder de inducirnos conceptos morales que ya desde niños, en cuentos infantiles, intentan inculcarnos. Así, una historia tan dura y fascinante como la que se cuenta en este cómic no podía tener mejor aliciente para hacernos llegar su carga dramática que el de ser protagonizada por animales.

El escritor galardonado con el Premio Eisner, Brian K. Vaughan (Saga, Y, el último hombre, Paper Girls) y el dibujante Niko Henrichon han creado en Los leones de Bagdad una suerte de fábula moralizadora de nuestro tiempo más actual como así hicieran antes George Orwell con Rebelión en la granja o Art Spiegelman en Maus. Una narración basada en un hecho real en el que durante los bombardeos del ejército estadounidense sobre la ciudad de Bagdad uno de los artefactos destruyó el zoológico dejando en libertad a una familia de leones. ¿Libertad? He aquí la carga moral de esta fábula.

La familia de leones se compone de dos machos, uno adulto y el otro apenas un cachorro nacido y criado en cautividad, y dos hembras, una joven a la que apenas le quedan recuerdos de su pasado en libertad y otra adulta y ciega que reniega de la vida más allá de los barrotes. Cada uno de los leones representa los distintos tipos de personas que constituyen la sociedad iraquí. Por un lado estarían aquellos jóvenes que aún desconocen quién es Sadam o George W. Bush y que, en la figura del león cachorro, tiene que descubrir por fuerza la brutalidad de la guerra. La leona ciega y adulta, curtida en la crudeza que la vida le deparó en su pasado (sufrió peleas, vejaciones y maldades por parte de otros leones de su manada cuando vivía en libertad) se niega a dejar el zoo. Prefiere vivir una vida privada de libertad, pero con alimento proporcionado cada cierto tiempo y una estabilidad que le otorgan los cuidadores. Sería la imagen de las mujeres adultas de Irak que se limitan a pasar sus días sin buscar ni procurarse un cambio y aceptar las normas establecidas por el sistema. En contraste estarían la leona joven y el león adulto. Ellos son la imagen de las nuevas juventudes iraquíes que esperan una prosperidad y progreso para su país. Sueñan con un futuro mejor.

Una vez derribados los barrotes del zoo, los leones emprenden una aventura por las calles de la ciudad en la que tendrán que enfrentarse con otros animales que también huyeron, procurarse alimento que antes les era servido en raciones y descubrir el horror de un enemigo que escapa de su comprensión: el ejército militar estadounidense. Estos, por cierto, quedan muy en segundo plano; quienes llevan la batuta aquí son los animales. Sin duda, esta obra tiene todos los ingredientes de protesta antibélica, y se apoya en la potencia dramática de los actos que ocasionan las guerras en lo que bien pudo ser la pena y desgracia sufrida por centenares de familias iraquíes. Los dibujos de Niko acompañan las expresiones narrativas de cada uno de los sucesos con excelente trazado; los textos de Vaughan, actualmente, para mi gusto, el mejor guionista de cómics, deja frases en sus viñetas que bien merecen ser rescatadas aquí, como una de las que mejor retratan la historia: «La libertad no se concede, se gana».

El autor escribió esta historia pensando en sus héroes, los leones, como caracteres que iban a llevar el peso de las acciones, pero cuyo destino estaba fijado. Un destino de tragedia griega que, volviendo sobre los conceptos aristotélicos, sigue el curso necesario y verosímil para la culminación de una fábula perfecta.

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Los Buenos, de Hannah Kent

Los Buenos

Los Buenos«¿Cuánto sufrimiento puede aguantar una persona sin que algo se tuerza en su interior?», se pregunta Nóra Leahy, una mujer que en el mismo año ha perdido a su marido y a su hija y se ha quedado a cargo de Micheál, su nieto. El niño, de cuatro años, está famélico; sus extremidades, retorcidas; y ni habla ni anda, solo llora y se golpea.

Desde que Micheál llegó a su casa, en el valle se encadenan las desgracias. Nóra duda que ese niño sea el mismo nieto que conoció tiempo atrás, tan sano y guapo como su hija. ¿Y si es un niño postizo? ¿Y si Los Buenos tienen secuestrado a su nieto y han dejado en su lugar a un duende en forma de niño tullido? Si es así, Nance Roche, la mujer que vive sola en el bosque y que tiene el saber de las hierbas y las hadas, es la única que puede ayudarle a hacer que su verdadero nieto regrese.

A través de la historia de la Nóra Leahy, Nance Roche y Mary Clifford, la adolescente que ayuda a la viuda a cuidar del niño, en Los Buenos, la escritora Hanna Kent ficciona un hecho real ocurrido en un valle de Irlanda en 1826, en el que tres mujeres fueron acusadas de infanticidio. Al igual que hiciera en su primera y exitosa novela, Ritos funerarios, la autora rescata una historia real inquietante y desgrana los acontecimientos que llevaron al trágico desenlace. En el caso de Los Buenos, nos adentra en el folclore mágico de la Irlanda rural del siglo XIX, donde las creencias alrededor de hadas y duendes, que nada tienen de bonitas e infantiles, rigen el día a día de la gente. El trabajo de documentación que Hannah Kent ha hecho en esta novela es digno de elogio, así como su virtuosismo a la hora de ambientar y dosificar la tensión de la historia.

Los Buenos es una novela lenta, oscura y envolvente. Desde el principio presentimos que una nueva desgracia está próxima. Quizá, porque nos dejamos embaucar por las supersticiones paganas de los vecinos del valle, que ven malos augurios en el cambio de aires y en las ubres secas de las vacas. O, tal vez, porque sentimos la desesperación de sus protagonistas, personas incultas que buscan soluciones mágicas a sus problemas mundanos, por absurdas o crueles que estas sean. Y es que, como dice uno de los personajes de la novela, «Hay gente dispuesta a creer cualquier cosa con tal de no ver la verdad». Y eso es lo que hace Nóra Leahy para poder justificar sus malos sentimientos, para agarrarse a una esperanza, a algo que le asegure que todo irá bien de una vez por todas. ¿Cómo culparla? ¿Cómo perdonarla? Esos sentimientos encontrados son los que me ha provocado esta historia de pensamiento mágico y pasiones humanas, y por eso me ha encantado. Una lectura excepcional para comenzar el año, que quizá se cuele entre mis favoritas de 2018. Hannah Kent ha puesto el listón muy alto.

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Frankenstein, de Mary Shelley

Frankenstein

Frankenstein

Tengo dos problemas con los clásicos, que además va de la mano uno con otro: el primero es que no los he leído y el segundo, que me da miedo leerlos por si al hacerlo se me caen del altar. Pero esta vez me he atrevido con uno, será que me hago mayor, y he decidido leer Frankenstein en la edición que Ariel ha publicado en conmemoración con el bicentenario acompañada, además, de notas y ensayos los cuales van destinados a satisfacer las ansias de conocimiento de «científicos, creadores y curiosos en general».

Pero vayamos primero a lo importante: el libro huele mucho y bien, y la edición no está nada mal. Viene, como he comentado antes, con gran cantidad y variedad de textos complementarios, como un prefacio de los editores, la introducción al libro que Mary Shelley publicó varios años después de la aparición de la novela, una cronología de la ciencia en la época de Shelley, siete ensayos contemporáneos sobre la obra, referencias, lecturas complementarias, colaboradores de la edición y notas, muchas notas a pie de página. Tengo que avisar de algo antes de nada, y es que en referencia a estas notas lo mejor es que quien las lea ya haya leído el libro antes, porque la gran mayoría pecan de ser bastante spoiler. Aunque seguramente esto se deba a que yo ya lo tendría que haber leído. De todas formas, esto es un mero hecho anecdótico ante unas notas que no dejan (casi) ningún tema científico de la obra sin resolver.

He pensado antes de ponerme a escribir esta reseña que seguramente no era necesario hablar sobre el tema o el contenido de la obra, porque creo que, aunque no se haya leído, la mayoría de la gente sabe de qué va la historia de Frankenstein (aunque os tengo que decir que no tiene nada que ver lo que “se sabe” de la historia con lo que cuenta el libro); así que me centraré más en lo que me ha resultado curioso o en lo que creo que puede ser útil para el lector de esta edición en concreto. Uno de estos aspectos es que no se tenga miedo, lo digo porque yo tuve cierto recelo, a evitar comprar esta edición por tener dudas de si las notas, los ensayos o los distintos comentarios que ofrece el libro quedarán muy lejos del entendimiento de aquellos que no tenemos ni idea sobre ciencia. Para nada, lo podemos leer tranquilamente y, además, nos hará aprender muchas cosas que con la lectura simple del texto nos pasarían de largo. Algo que me ha gustado mucho acerca de estas notas es el punto que se les ha querido dar de chispa a la reflexión; muchas de ellas presentan preguntas para que nosotros, los lectores, sigamos indagando en la diatriba que nos presenta el editor en cuestión.

Apartándome un poco ya de este tema: ¿sabíais que el “monstruo” no tiene nombre? Me encanta saber tan poco sobre lo que se debería saber mucho porque cuando empiezo a saber sigo sorprendiéndome como cuando era un niño. Y no, no tenía ni idea de que el “monstruo” no tiene nombre, ni de que Frankenstein nunca es mencionado ni se menciona como doctor, ni de que hubo la posibilidad de una (esto va en honor a Rosario) “monstrua”. Datos como estos, frases que he subrayado porque me parecían geniales o una novela tan buena que me encantaría poder volver a no haberla leído para tener la oportunidad de su primera vez de nuevo, son algunas de las cosas que te puedes encontrar si te adentras por primera vez en Frankenstein.

Seguro que os ha pasado alguna vez eso de que mientras estás leyendo un libro te viene a la cabeza la siguiente pregunta: «¿como puede ser que el autor de esta obra (que es probable que lleve muerto años) haya escrito lo que sabía que yo quería leer?». Creo que nunca responderé a esta pregunta, no sé si por voluntad propia o incapacidad, pero sí sé que seguiré viviendo con ella. Y espero seguir viendo ediciones nuevas sobre contenidos no tan nuevos (y también sobre nuevos, eh) y pensar que no soy el único que se pregunta esto. Pero a veces sí que pienso que soy el único, a veces sí que me siento un «moderno Prometeo», a veces yo también juego a ser Dios. No fastidies, ¡que hasta el protagonista se llama Víctor!

Todo un acierto de Ariel, un nuevo empujón para aquellos que quieren seguir pensando mientras sonríen de placer.

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