
El apocalipsis de nuestro tiempo no es un libro fácil de reseñar, su autor, Vasili Rózanov, es un brillante polemista y el texto es el que puede uno imaginar de alguien que piensa que, efectivamente, su tiempo, su vida, está siendo destruida. El autor da rienda suelta a su contundente verbo, que luce desatado y reparte culpas a diestro y siniestro. Y es cierto que su mundo acababa, el texto está escrito en los inicios de la revolución rusa, a la que el autor era notablemente desafecto y son los protagonistas de la misma junto con el cristianismo los responsables a sus ojos de ese apocalipsis que considera que está viviendo.
Preguntémonoslo otra vez: ¿de qué muerte estamos muriendo? Intentemos de una vez expresar en una sola palabra y hacer converger en un solo punto las razones de nuestra muerte. Morimos por una sola y fundamental razón: haber perdido el respeto por nosotros mismos. De hecho nos estamos suicidando.
Todo el mundo es responsable, desde los escritores por escribir sobre falsos valores al pueblo ruso por su carácter displicente, por dejar que sean judíos y alemanes quienes trabajan y hacen dinero mientras ellos se dejan llevar. Y el nihilismo. Y el socialismo. Y el cristianismo (aunque no la religión). No es fácil seguir a Rózanov en sus diatribas, además de contundentes son vertiginosas y usa tal despliegue de munición (desde Dostoievsky o Nekrasov al antiguo testamento o los evangelios) que ciertamente aturde, además de que su impulsividad le lleva a citar erróneamente en ocasiones. Pero es todo un espectáculo.
Probad a crucificar al sol,
y ahí veréis quien es en verdad Dios
No sé si El apocalipsis de nuestro tiempo debe leerse como un ejercicio intelectual por sus implicaciones históricas y filosóficas, o si por el contrario es más apropiado acercarse a él como ejercicio retórico, bucear en el discurso y dejarse llevar por él. Por sus momentos brillantes, que los hay, o por los abiertamente exagerados o inexactos. Incluso por sus cambios de opinión, como la que le merecen los judíos. Lo único que uno no debe hacer es buscar coincidencias, no se trata de si tiene razón o no, sino certificar de que en cualquiera de los dos casos es brillante. Y eso me hace sentir cierta envidia por épocas pasadas: convulsas y sangrientas, es cierto, pero ya me gustaría a mí reconocerle hoy día esa brillantez en el error, o incluso en el acierto, a muchos de los protagonistas de nuestra vida pública. Sin hacer paralelismos, que lo nuestro no es un apocalipsis.
Nos dimos al culto de una religión de la infelicidad.
¿Por qué asombrarnos, entonces, de que seamos tan infelices?
Quisiera finalizar con un detalle menor, una anécdota, si me lo permiten. En un texto de esta fuerza, de la profundidad que pretende y la gravedad que transmite, resulta ciertamente curioso comprobar cómo al principio de algunos fascículos el autor hace referencia a la subida de las tasas postales lo que le obliga a él a subir el de la suscripción. Porque lo publicó en fascículos y se los enviaba él mismo a los suscriptores. No sé si El apocalipsis de nuestro tiempo es ciertamente la crónica de un apocalipsis o simplemente la de un ocaso, en cualquier caso es el relato triste de un tiempo que termina y de un autor que lo reconoce así, pero se resiste a dejarlo morir en silencio.
Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es



Hace unos días formé mi primera biblioteca. Mi primera biblioteca en serio. Porque hasta ahora lo más parecido a una era el suelo de mi habitación. Compré las tablas, las monté y por fin pude darle una habitación sin cuarta pared a mis libros. Mientras colocaba todo lo que tenía desperdigado y sin ningún orden más que el de a medida que los iba leyendo y apilando unos sobre otros, iba fijándome en los títulos, recordando las lecturas; los iba abriendo, releyendo lo que subrayé a lápiz, lo que anoté en ellos, disfrutando de la sensación que me transmitían, como cuando te pones una canción que escuchabas hace años y te trae el recuerdo de lo que sentías en aquel momento. Fue acabar de montar mi biblioteca y encontrarme con este libro, en el que 
Que me encantan los animales es algo que ya deberíais saber. Que tengo predilección por los gaticos y monetes también.
En menos de tres meses, he vuelto a caer en un libro de Roberto Bolaño. La culpa la tiene la 
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Decía Grace Paley en un magnífico ensayo literario que lo que les interesa a los escritores es la vida, la vida tal y como «casi» la están viviendo. Que existen personas que viven primero y luego escriben, como Marcel Proust, y otros que sienten la tentación de alejarse del oficio de la poesía más personal. Quiero creer que el día que a 


La verdad es que tengo que confesar que me siento pequeña. Puede que suene raro, pero dejad que me explique. Cuando leo un libro que me ha acompañado durante varios días, que además me ha gustado y que tengo que reseñar, normalmente me sobreviene esa sensación. Me sobrecoge toda la información que he recibido, los buenos momentos y me siento tremendamente pequeña cuando tengo que hablar de él. Si además, añadimos el hecho de que el libro del que os hablo es el primer trabajo de un escritor, todavía me empequeñezco más. Qué extraña sensación esta, ¿no? Es una mezcla de nostalgia, admiración y qué se yo, lectores. Pero allá voy, como si tengo que subirme a una escalera para hablaros de Las últimas voluntades. Merecerá la pena.


Hoy quería hacer la reseña de este libro y cuando he llegado al lugar en el que me iba a poner a escribir me he dado cuenta de que me lo había dejado. Podría haberla hecho sin él pero es que en él anoto muchas cosas mientras lo leo que luego me sirven para poder contaros mejor lo que tiene dentro. Pues bien, luego he caído en que se lo podía pedir a alguien que estaba en ese lugar donde me lo había dejado y que venía al lugar en el que me encuentro sin poder escribir. En ese rato he pensado: quizás esta persona, cuando coja el libro para traérmelo se pregunte qué será esto de Paraíso Alto. Me podríais decir algo tan simple como que lo único que tiene que hacer es leer la sinopsis. Pero quizás a esa persona no le gusta leer y claro, hay que reconocerlo, las contraportadas de 
¿Cabe una vida entera en ciento cuarenta páginas? La de Andreas Egger sí, al menos tal y como la escribe Robert Seethaler. ¿Cabe una vida interesante? Por supuesto. Y cabe una buenísima novela que, de puro simple, es casi revolucionaria.