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El apocalipsis de nuestro tiempo, de Vasili Rózanov

El apocalipsis de nuestro tiempo

El apocalipsis de nuestro tiempoEl apocalipsis de nuestro tiempo no es un libro fácil de reseñar, su autor, Vasili Rózanov, es un brillante polemista y el texto es el que puede uno imaginar de alguien que piensa que, efectivamente, su tiempo, su vida, está siendo destruida. El autor da rienda suelta a su contundente verbo, que luce desatado y reparte culpas a diestro y siniestro. Y es cierto que su mundo acababa, el texto está escrito en los inicios de la revolución rusa, a la que el autor era notablemente desafecto y son los protagonistas de la misma junto con el cristianismo los responsables a sus ojos de ese apocalipsis que considera que está viviendo.

Preguntémonoslo otra vez: ¿de qué muerte estamos muriendo? Intentemos de una vez expresar en una sola palabra y hacer converger en un solo punto las razones de nuestra muerte. Morimos por una sola y fundamental razón: haber perdido el respeto por nosotros mismos. De hecho nos estamos suicidando.

Todo el mundo es responsable, desde los escritores por escribir sobre falsos valores al pueblo ruso por su carácter displicente, por dejar que sean judíos y alemanes quienes trabajan y hacen dinero mientras ellos se dejan llevar. Y el nihilismo. Y el socialismo. Y el cristianismo (aunque no la religión). No es fácil seguir a Rózanov en sus diatribas, además de contundentes son vertiginosas y usa tal despliegue de munición (desde Dostoievsky o Nekrasov al antiguo testamento o los evangelios) que ciertamente aturde, además de que su impulsividad le lleva a citar erróneamente en ocasiones. Pero es todo un espectáculo.

Probad a crucificar al sol,
y ahí veréis quien es en verdad Dios

No sé si El apocalipsis de nuestro tiempo debe leerse como un ejercicio intelectual por sus implicaciones históricas y filosóficas, o si por el contrario es más apropiado acercarse a él como ejercicio retórico, bucear en el discurso y dejarse llevar por él. Por sus momentos brillantes, que los hay, o por los abiertamente exagerados o inexactos. Incluso por sus cambios de opinión, como la que le merecen los judíos. Lo único que uno no debe hacer es buscar coincidencias, no se trata de si tiene razón o no, sino certificar de que en cualquiera de los dos casos es brillante. Y eso me hace sentir cierta envidia por épocas pasadas: convulsas y sangrientas, es cierto, pero ya me gustaría a mí reconocerle hoy día esa brillantez en el error, o incluso en el acierto, a muchos de los protagonistas de nuestra vida pública. Sin hacer paralelismos, que lo nuestro no es un apocalipsis.

Nos dimos al culto de una religión de la infelicidad.
¿Por qué asombrarnos, entonces, de que seamos tan infelices?

Quisiera finalizar con un detalle menor, una anécdota, si me lo permiten. En un texto de esta fuerza, de la profundidad que pretende y la gravedad que transmite, resulta ciertamente curioso comprobar cómo al principio de algunos fascículos el autor hace referencia a la subida de las tasas postales lo que le obliga a él a subir el de la suscripción. Porque lo publicó en fascículos y se los enviaba él mismo a los suscriptores. No sé si El apocalipsis de nuestro tiempo es ciertamente la crónica de un apocalipsis o simplemente la de un ocaso, en cualquier caso es el relato triste de un tiempo que termina y de un autor que lo reconoce así, pero se resiste a dejarlo morir en silencio.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Kes, de Barry Hines

Kes

Kes

Todos necesitamos una vía de escape, algo que nos aleje durante al menos unos minutos de la realidad en la que nos ha tocado vivir. Algunos valientes emplean esa necesidad en construir algo positivo; otros se conforman con unas cervezas a medio enfriar, un partido de fútbol al que mirar con desgana y una conversación insulsa y mil veces repetida. Pero todos requerimos de algo que nos ayude a combatir el día a día, que nos dé un empujón cuando suena el despertador cada mañana incluso si, como en el caso de Billy Casper, todo invita a tirar la toalla.

Y es que el citado Billy Casper, el protagonista de Kes, es un chaval que lo tiene todo para odiar su vida: criado en una familia pobre y sin padre, en la que la madre está más preocupada por su vida sentimental que por la felicidad de sus hijos, sufre acoso sistemático, tanto en el colegio como en casa, ya que su hermano lo maltrata sin necesidad de razón alguna. Además, las notas invitan a pensar que tampoco es una persona excesivamente brillante, aunque el mayor de sus problemas no deja de ser que no encuentra nada en el mundo que le motive. O al menos esto es así hasta que Kes entra en su vida. Esta cría de halcón, que Billy arrebata de un nido, consigue impresionarlo fuertemente y a partir de ese momento el joven pasa a dedicar todo su tiempo libre a aprender a entrenar al cernícalo.

Aunque acabe de ser publicada por primera vez en España por la editorial Impedimenta, Barry Hines escribió esta novela en 1968 y fue llevada al cine por Ken Loach un año más tarde. Tanto en la versión escrita como el la cinematográfica se recogieron especialmente bien los ambientes en los que se desarrolla la trama: por un lado, la sucia y deprimente ciudad minera, en la que nada ofrece esperanzas de mejora; por otro, el bosque, en el que Billy puede gozar de plena libertad para ser él mismo. En estos dos escenarios pivota la narración, la cual se desarrolla en espacio temporal muy corto, de apenas unos días. De hecho, la novela ni siquiera está dividida en capítulos; apenas unos pequeños apartes oxigenan el libro entre escena y escena, lo que contribuye a darle continuidad al relato y a que los acontecimientos vayan produciéndose con naturalidad y sin giros demasiado bruscos.

Pero si en algo profundiza Kes es en la relación de cariño y respeto que puede llegar a producirse entre una persona y un animal. Y es que Billy no quiere en ningún momento domesticar al ave; él sólo quiere ser partícipe de su crecimiento, entrenarla para que desarrolle sus capacidades lo mejor posible, pero sin querer convertirla en ningún momento en un animal dócil y amaestrado. Una forma, posiblemente, de expresar cómo le gustaría ser tratado a él por su entorno, que lo coacciona y señala simplemente por no ser como los demás.

Si a algo no me atrevo con esta novela es a etiquetarla para un tipo de edad concreta, dado que, aunque su historia invita a identificarla como un relato juvenil, la crudeza que nos encontramos en sus páginas me hace dudar acerca de si no está más destinada a un público más adulto, que pueda afrontar mejor las situaciones injustas y dramáticas que se nos exponen. A lo que sí que me atrevo es a decir que se trata de una novela premeditadamente sencilla, que busca y consigue conmover por medio de un mensaje comprometido con la naturaleza y con el derecho a ser uno mismo.

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Mientras embalo mi biblioteca, de Alberto Manguel

Mientras embalo mi biblioteca

Mientras embalo mi bibliotecaHace unos días formé mi primera biblioteca. Mi primera biblioteca en serio. Porque hasta ahora lo más parecido a una era el suelo de mi habitación. Compré las tablas, las monté y por fin pude darle una habitación sin cuarta pared a mis libros. Mientras colocaba todo lo que tenía desperdigado y sin ningún orden más que el de a medida que los iba leyendo y apilando unos sobre otros, iba fijándome en los títulos, recordando las lecturas; los iba abriendo, releyendo lo que subrayé a lápiz, lo que anoté en ellos, disfrutando de la sensación que me transmitían, como cuando te pones una canción que escuchabas hace años y te trae el recuerdo de lo que sentías en aquel momento. Fue acabar de montar mi biblioteca y encontrarme con este libro, en el que Alberto Manguel cuenta, a través de diez digresiones, el proceso contrario, el adiós paso a paso a una biblioteca propia.

Mientras embalo mi biblioteca, publicado por Alianza en traducción del inglés por Eduardo Hojman y una edición cuidadísima con funda de cartón, es la versión “mangueliana” del famoso ensayo de Walter Benjamin surgido de la experiencia de desembalar su biblioteca. ¿Y es que quién no ha sentido lo mismo que ellos al hacerlo? Si te gustan los libros, si sientes pasión por ellos, si crees que es necesario y obligatorio que ocupen un espacio en tu casa, estoy seguro de que tú también has sentido lo mismo que ellos, y que a ti también se te ha ido la cabeza en otros pensamientos mientras tenías cualquiera de tus libros en las manos. Una cita que subrayaste, un dibujo que hiciste, una nota que dejaste, o incluso un papel firmado por alguien que encuentras dentro, una carta, un tíquet, un billete, un carnet. Cosas que te hacen preguntarte quién puso aquello allí, quién fue el que leyó aquel libro. Porque estás seguro de que puede parecerse mucho a ti, pero que aquel no eres tú.

Lo que hace aquí Alberto Manguel es contarnos adónde le ha llevado a él todo este proceso. Eso sí, claro, creo que los lugares a los que su mente se desplaza son un poco más interesantes que los nuestros, o por lo menos que los míos, o por lo menos será que lo sabe contar muy bien. A través de estas diez digresiones, en las que cada una se divide en dos partes diferenciadas por la tipología de la letra, Manguel nos habla de temas como el oficio de escritor, la necesidad humana y animal de interacción y comunicación, nos habla de Kafka, de Benjamin, de su maestro Borges, de los poetas griegos y romanos, de diccionarios, de bibliotecas, del lenguaje, de los sueños, de Literatura.

Mientras embalo mi biblioteca, que Manguel define como una elegía, es la demostración de cómo alguien puede vivir solo por y para los libros. Con anécdotas de la historia que te obligarán a subrayarlas, experiencias personales, datos curiosos a la vez que admirables, propuestas de mejora y reforma de nuestro sistema educativo, cultural, social, este canadiense argentino consigue que no te sientas raro al preferir en muchas ocasiones un libro que una persona, al pensar durante todo un día en el momento de reencuentro entre tú y el libro, al enamorarte de un personaje, al querer vivir en la historia que cuentan unas páginas, al querer convertirte en libro y perdurar, y no volar como la palabra dicha sino permanecer como la palabra escrita. Verba volant, scripta manent. Un libro más para la colección.

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La vida amorosa de los animales, de Fleur Daugey y Nathalie Desforges

La vida amorosa de los animales

La vida amorosa de los animalesQue me encantan los animales es algo que ya deberíais saber. Que tengo predilección por los gaticos y monetes también.

(¡Ay, los gaticos!, ¡Ay, los monetes!)

Así que a mí, que me van los animales y el amor este libro me parece una maravilla. Porque en La vida amorosa de los animales vamos a encontrar mucho de las dos cosas.

Y es que nosotros, los humanos, nos pensamos que el amor es un sentimiento muy nuestro, muy de personas racionales con taparrabos, pero nada más lejos de la realidad. Love is in the air, and in the nature, queridos. Y además el amor entre los animales es de lo más curioso.

Publicado por Océano Travesía, este libro se supone que va dedicado a un público infantil/juvenil, pero vamos, que es uno de esos libros apto para todos los públicos, porque os aseguro que a vosotros también os sorprenderá. Yo he aprendido un montón de curiosidades sobre el amor en el reino animal que no conocía. Y aprender siempre es maravilloso.

¿Sabíais vosotros que hay animales que pueden cambiar de sexo a su antojo? Por ejemplo, todos los bebés de mero son hembras al nacer y durante diez años cumplen el papel de mamás. Pero después cambian de sexo, sus ovarios se convierten en testículos y, hala, a cambiar de sexo como si nada. Lo mismo hace el pez payaso. No me digáis que no es algo que os gustaría probar, ¿eh?

En el capítulo llamado Manual de seducción del mundo animal aprendemos las técnicas de algunos animales para seducir a sus futuras parejas/rolletes. Algunas de estas técnicas no distan mucho de lo que podemos ver un sábado a las cuatro de la mañana en una discoteca. Si es que somos tan parecidos… Me gusta el delfín rosa del Amazonas, que junta ramas y plantas para hacer un ramo que lleva en la boca y que le ofrece a la hembra. Todo un romanticón, ¿verdad?

También hay muchos animales homosexuales y hay todo tipo de cortejos entre animales del mismo sexo. Desde bailes  y canciones espectaculares hasta regalos. Todo vale en el mundo de la seducción.

Entre los animales hay juegos de seducción, hay celos y también vidas amorosas en familia. Los monos gibones, que viven Indonesia, viven juntos toda la vida cuidando a su familia. Todos los miembros de la familia duermen en la misma rama.

La vida amorosa de los animales es un libro entretenido, divertido y que viene acompañado por las geniales ilustraciones de Nathalie Desforges. Os garantizo que a los jóvenes les gustará, pero seguro que vosotros también disfrutaréis con él.

 

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Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño

nocturno de chile

nocturno de chileEn menos de tres meses, he vuelto a caer en un libro de Roberto Bolaño. La culpa la tiene la editorial Alfaguara, que no deja de colocar sus obras en la sección de novedades. Pero no me quejaré, porque a mí me sirve para profundizar en este peculiar escritor, que siempre me había provocado curiosidad. Así que he pasado de El gaucho insufrible, la colección de siete relatos de la que ya os hablé, a esta novela corta, Nocturno de Chile, para ver si me decido a unirme a su legión de admiradores o no.

Nocturno de Chile es el monólogo interior de Sebastián Urrutia Lacroix, un sacerdote chileno vinculado al Opus Deis, crítico literario y poeta ignorado, durante su última noche en este mundo. Después de una vida entera mudo —y, por eso mismo, en paz— ante todo lo que sucedía a su alrededor y en su propio interior, la cercanía de la muerte le hace replantearse sus equívocos. Es su intento de justificarse ante ese joven envejecido que lo ha estado difamando durante años y del que no sabremos la verdadera identidad hasta el final de la novela.

En este monólogo de ciento cuarenta y un páginas, en el que no hay ni un solo punto y aparte, la literatura y Chile son las piedras angulares de los recuerdos de Sebastián Urrutia Lacroix. En ellos aparecen personas tan dispares como Neruda o Pinochet, con los que vivió episodios de lo más rocambolescos años atrás. Precisamente, la parte dedicada a las clases sobre comunismo que el sacerdote imparte al dictador chileno y a otros miembros destacados de su gobierno, como el general Leigh, el almirante Merino y el general Mendoza, es de lo mejor de la novela, ya que en ella Roberto Bolaño desata su sentido del humor —hasta entonces, más comedido— sin dejar de lado su crítica soslayada a la aciaga situación de su país y de América en general en aquel momento.

A pesar de ese torrente de recuerdos, hay silencios obstinados que Sebastián Urrutia Lacroix no llega a romper del todo. Y es en esos silencios donde está la clave del relato de su vida. Porque una cosa son la sucesión de anécdotas que nos cuenta y otra muy distinta lo que realmente quiere confesar. Será el lector el que tendrá que rellenar los huecos que deja por el camino, reordenar algunos episodios y reinterpretar algunos otros. Bolaño en estado puro, diría yo, que ya lo voy conociendo.

Reconozco que el primer tramo de Nocturno de Chile me cautivó por completo. Sin embargo, en algunas partes, la narración sin (aparente) rumbo se me hizo cuesta arriba. Y eso, a una novela tan corta, le resta muchos puntos. Así que sigo sin saber si me uno al club de fans de Roberto Bolaño. Tendré que esperar a ver qué otras obras reedita Alfaguara o probar con alguna de las que ya han recomendado mis compañeros . Algo me dice que el libro que me hará rendirme a los pies de Bolaño me está esperando. Y yo estoy deseando dar con él.

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El ministerio de la felicidad suprema, de Arundhati Roy

El ministerio de la felicidad suprema

El ministerio de la felicidad supremaLeí El dios de las pequeñas cosas hace tiempo. Se convirtió en mi libro preferido de aquel año y, aún hoy, lo considero uno de los que más han impactado en mi vida. Desde entonces, he querido leer más historias de Arundhati Roy, adentrarme de nuevo en su expresiva y cálida prosa, pero esta autora india no había escrito ninguna novela más. Por eso, cuando vi su nombre en la portada de El ministerio de la felicidad suprema, recién publicada por Anagrama, me lancé de cabeza. No me hizo falta saber de qué iba. Era el regreso a la narrativa de Arundhati Roy y con eso me bastaba.

Ya en la primera página encontré ese tono mágico que me enamoró en su primera novela. En ella, recrea una fábula de zorros voladores, buitres, murciélagos y gorriones. Sin embargo, de lo que habla, en realidad, es de la sociedad india en permanente conflicto. Pero aún estaba en la primera página y me faltaba mucho para entenderlo. Era solo el hilo inicial que me lanzaba Arundhati Roy para atraparme en su inmenso tapiz.

Al principio, pensé que El ministerio de la felicidad suprema contaba la historia de Anyum, una hijra (una mujer del tercer sexo, mitad mujer, mitad hombre) con acuciantes ganas de amar y ser madre. Pero, de repente, fue Tilo quien se apoderó del relato: una mujer en constante huida de sí misma y de los tres hombres que la amaron. Y yo, que estaba fascinada con el personaje de la adorable Anyum, tardé en acostumbrarme a los nuevos protagonistas, y vagué perdida por decenas de páginas, contemplando desde diferentes prismas la barbarie de la guerra sin fin de Cachemira. Pero, parafraseando a Kafka, la incisiva prosa de Arundhati Roy era como un hacha que rompía el mar helado dentro de mí, y eso me hacía seguir adelante. Se iban sumando personajes y escenas a esta historia de historias y, poco a poco, yo iba encontrando los hilos que unían a unos con otros. Solo al acabar sus más de quinientas páginas logré contemplar la obra en perspectiva y atisbar el sentido de ese tapiz de dolor y esperanza, si es que es posible comprender una ínfima parte de tanto desgarro.

Esta novela no puede entenderse sin conocer el activismo de Arundhati Roy en estos años. Su lucha contra la globalización o las guerras de Afganistán e Irak y su posicionamiento a favor de la independencia de Cachemira y de la abolición de las castas se plasman en las páginas de El ministerio de la felicidad suprema, donde los conflictos de los personajes son una forma más de ilustrar una sociedad hecha añicos. Quizá no sea tan memorable como El dios de las pequeñas cosas, al menos, para mí; pero Arundhati Roy vuelve a demostrar que es una excelente contadora de historias y que es capaz de transformar hasta el suceso más truculento en poesía. Solo por eso, su retorno a la narrativa ya es una gran noticia para la literatura. Espero que no tengamos que esperar otros veinte años para volver a disfrutar de ella.

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Fin de guardia, de Stephen King

Fin de guardia

Fin de guardiaDecía Grace Paley en un magnífico ensayo literario que lo que les interesa a los escritores es la vida, la vida tal y como «casi» la están viviendo. Que existen personas que viven primero y luego escriben, como Marcel Proust, y otros que sienten la tentación de alejarse del oficio de la poesía más personal. Quiero creer que el día que a Stephen King se le ocurrió el argumento de Fin de guardia tuvo mucho que ver esa vida que estaba pasando frente a sus ojos. Me quiero imaginar al escritor de Maine oculto bajo una gorra de béisbol y gafas de sol cogiendo una mañana cualquiera un autobús urbano. En el trayecto, tras los oscuros cristales observaría el comportamiento de los demás viajeros. Puede que sea Estados Unidos, pero no se diferencia mucho de lo que podemos encontrar en las líneas del metro de Madrid: todos los pasajeros absortos frente a una pantalla luminosa. Y ahí estuvo el germen de su nueva obra.

En cuanto a semilla narrativa no se aleja mucho de la que ya se le ocurrió para la infame Cell, en la que una extraña señal emitida a través de los teléfonos móviles dejaba a toda la gente idiotizada. En el caso de esta novela, la tercera y definitiva historia del detective Bill Hodges, el aparato en cuestión que se utiliza como arma para crear el terror más kingniesco es un Zappit, un modelo de consola portátil como las viejas Game Boy. Pero antes de meternos en materia, y tratándose del final de una trilogía, hagamos un pequeño repaso por la historia hasta ahora.

Una fría madrugada, un numeroso grupo de desempleados hacían cola frente a las oficinas donde se ofertaban diversos puestos de trabajo. Mientras se refugiaban del frío con mantas y abrigos, un enorme Mercedes gris emergió entre la niebla y se abalanzó hacia la multitud. Arrolló a todo cuerpo que encontraba a su paso. Sangre, ropajes y algún miembro cercenado se quedaban enganchados a la carrocería del coche. Esto que tanto hemos visto en los telediarios últimamente ocurría en 2014 dentro de la novela Mr. Mercedes. Era el potente arranque de la primera incursión en novela negra de Stephen King. Brady Hartsfield, el asesino del Mercedes, como lo bautizaron, trajo de cabeza a la policía y en especial al detective retirado Bill Hodges, diana de toda su rabia. Durante la novela, Brady consiguió a través del engaño y la corrupción de las mentes de sus víctimas conseguir llevarles al suicidio. Con Bill no pudo conseguirlo, pero no va a quedar impune.

La segunda parte se llamó Quien pierde paga, una historia autoconclusiva —y la mejor de las tres— que jugaba con diversos elementos propios de las obras de King: el lector obsesionado con su escritor favorito. Aquí la acción y la trama se vuelven más entretenidas con personajes mejor construidos y donde de nuevo el detective Bill Hodges tendrá que resolver el caso de unos antiguos manuscritos hallados por un chaval que corre un gran peligro.

Y ahora llega a las librerías Fin de guardia. Era de esperar, tras las páginas finales de la segunda parte de la trilogía, que esta nueva historia se centrase de nuevo en la figura de Brady Hartsfield. Y en efecto, así sucede. Quizás ocurre en demasía. Me explico. El comienzo de Mr. Mercedes fue contundente. Muy bueno. Conquistaba al lector, al menos, para que siguiera adelante con la obra. Sin embargo, eso no ocurre con su nueva novela, ya que de nuevo vuelve a contar el mismo inicio, pero en la perspectiva de un operario de ambulancia. ¿Falta de creatividad? A King se le puede dar la oportunidad de seguir leyendo para ver dónde nos llevarán los acontecimientos. En verdad, no van a parar muy lejos. Fin de guardia bebe y vive de la primera parte de la trilogía. Si no la has leído, descuida, te va a poner en antecedentes con frecuencia ya que existen diversas referencias a lo ocurrido en el asesinato del Mercedes. Esto no debe llevar a malos prejuicios. La novela, en sí, desarrolla uno de los componentes básicos de la producción bajo el sello Stephen King, y que ya utilizara en su fabulosa Carrie: los poderes de telequinesia.

Brady quedó en estado vegetativo tras los acontecimientos de Mr. Mercedes. En su recuperación, desarrolló un fascinante poder que intenta comprender y ensayar para llevar a cabo su maldad. Durante sus cuidados médicos, consigue introducirse en la mente de los enfermeros a través de las videoconsolas Zappit, las cuales dejan en estado catatónico a quienes con ellas juegan. No va a ser a los únicos a los que viole mentalmente. Su nuevo juego de satisfacción consistirá en llegar de nuevo hasta el detective Bill Hodges para vengarse de él y conseguir matarlo. Final de novela con su esperado e intenso suspense, aviso.

Como decía al comienzo en referencia a los textos de Grace Paley, Stephen King se vale de muchos elementos cotidianos de su vida para llevarlos al papel, y si me apuras, al de su personaje Bill Hodges, en quien se aprecian muchos de esos achaques (o chocheos, siempre en el sentido amable, si es que lo tiene) que seguramente está experimentando el propio King. Ya no solo por el carácter de un hombre cansado y curtido, o evocar a series o redes sociales que utiliza, sino por sus muchas proclamas de carácter político-social que parece más propio de un panfleto propagandístico que del registro natural de personajes de ficción. En definitiva, creo que su incursión en el género negro no le ha granjeado un gran éxito, pero sí le ha valido para intentar abordar nuevos frentes en su abultada carrera literaria, la que esperamos, no finalice y siga de guardia.

 

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Una columna de fuego, de Ken Follett

Una columna de fuego

Una columna de fuego Ha regresado Ken Follet y ha regresado como suele hacerlo, a lo grande, como le gusta a sus lectores, con un sólido libro de casi mil páginas; lectura para todos que nos garantiza entretenimiento durante unos cuantos días.

Para que nadie se confunda, esta sería la tercera entrega de la saga de “Los pilares de la tierra”, y hago esta puntualización porque hay quien pensaba que esta novela estaba relacionada con la Trilogía “The Century” que incluye La caída de los gigantes, El invierno del mundo y El umbral de la Eternidad (2010-2014), novela también histórica pero que va de finales del Siglo XVIII a mitad del Siglo XX.

Así pues nos centramos en la saga a la que se corresponden Los pilares de la tierra (1989), con la que el autor hizo estallar el mercado editorial como no había pasado desde hace muchos años; con este libro nos llevó al siglo XII, y nos habló de la construcción de una gran catedral cuando el arte arquitectónico iniciaba su transformación del románico al gótico. Un mundo sin fin, fue la siguiente entrega, en la que nos sitúa ya directamente en Kingsbridge, eran doscientos años después y de la mano de alguno de los descendientes de aquella primera novela. Finalmente nos llega esta que acabo de leer y que ahora les traigo en forma de reseña, Una columna de fuego.

¿Qué si me ha gustado el libro? ¡Claro! A mí me gusta que me cuenten la historia salpicada de buenas historietas, diálogos que le den agilidad a la lectura y si además hay calidad en la escritura pues miel sobre hojuelas.

En este libro, y de la mano de dos jóvenes de la ya famosa ciudad de Kingsbridge, Ned Willard y Margery Fitzgerald, vamos a recorrer el tiempo del reinado de Isabel I de Inglaterra, además iremos a Escocia, vamos a salir de la isla y a pasearnos por Europa donde podremos ver como se vivía en pleno Siglo XVI en lugares como los Países Bajos, Francia o España, y en esta ocasión, Ken Follett centrará su pluma en la Sevilla de Felipe II y en su próspero mercado de armas. También tendrá la obra un toque exótico ya que viajaremos hasta la Isla caribeña de La Española que fue el primer asentamiento tras el descubrimiento de Cristóbal Colón, y que en la actualidad integra Haití y la República Dominicana.

Son años muy importantes para la historia de nuestro país, y tal como el autor ha manifestado en algunas entrevistas, España ejercía con prepotencia su hegemonía, claro que bien visto ¿Qué Imperio no ha sido prepotente en el ejercicio del poder?

Es curioso cómo el autor nos acerca al nacimiento del Servicio Secreto de Su Majestad, ya saben, lo que hoy sería el famosísimo MI. Hecho con el que, sin duda, habrá disfrutado Follet, pues como todos sabemos el mundo de los espías es, junto con la novela histórica, una de sus grandes pasiones literarias.

Como no podía ser de otra manera nos muestra una fortísima tensión religiosa, hechos que viviremos a través de los más importantes personajes históricos, las conspiraciones para poner y quitar reyes y aspirantes a reyes, con especial atención se centrará en la conspiración para matar a Isabel I de los partidarios de María Estuardo y todo el entorno católico que la rodea y apoya, y que llegó incluso a proclamarla legítima heredera del trono de Inglaterra.

Naturalmente tendremos nuestra lección de historia, como el largo y explícito capítulo de la destrucción de la Armada Invencible, y para fijar en nosotros los datos reales los rodea, como siempre, de pequeñas tramas personales de amor, desamor, pasión, violencia, amistad, lealtad y odio, mucho odio al otro, al que piensa distinto, al que siente distinto… Cosas que siguen fuertemente arraigadas en los diferentes pueblos de donde surgen, por motivo de raza, nacionalidad o religión, las más bajas pasiones.

Hay quienes me preguntan si estos libros se pueden leer de manera independiente, este ya les adelanto que desde luego sí. Es un libro que contiene una parte de la historia de Europa, pero que todas sus historias interiores y todos sus hilos quedan perfectamente cerrados, nada obsta no haber leído las otras dos novelas, y naturalmente podría haber otras posteriores pero el cierre de la novela está perfectamente sellado.

Yo no daría por terminada esta saga que empezó con Los pilares de la tierra, podría seguir el Sr. Follett hasta llegar a unir esta historia con su otra saga, “The Century”. Un par de siglos tiene por delante para seguir trabajando 😉

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Las últimas voluntades, de Juanjo Monrabal

Las últimas voluntades

Las últimas voluntadesLa verdad es que tengo que confesar que me siento pequeña. Puede que suene raro, pero dejad que me explique. Cuando leo un libro que me ha acompañado durante varios días, que además me ha gustado y que tengo que reseñar, normalmente me sobreviene esa sensación. Me sobrecoge toda la información que he recibido, los buenos momentos y me siento tremendamente pequeña cuando tengo que hablar de él. Si además, añadimos el hecho de que el libro del que os hablo es el primer trabajo de un escritor, todavía me empequeñezco más. Qué extraña sensación esta, ¿no? Es una mezcla de nostalgia, admiración y qué se yo, lectores. Pero allá voy, como si tengo que subirme  a una escalera para hablaros de Las últimas voluntades. Merecerá la pena.

Juanjo Monrabal es el autor de esta interesante novela.  Nacido en Madrid en 1976 es licenciado en Derecho y trabaja como Oficial de Notaría en Madrid desde hace 18 años y el libro que hoy me ocupa es su primera novela. Algo que cuesta creer, lectores, pero no seré yo quien dude de un Oficial de Notaría.

Las últimas voluntades trata sobre Vicente, un joven estudiante de Derecho que regresa a Colimba, la ciudad donde pasó su infancia y adolescencia para acudir al entierro de su padre. Ese regreso al lugar que le vio crecer traerá consigo un montón de recuerdos  que, uno a uno, irán llamando a la puerta de su memoria. Y Vicente no puede más que abrir la puerta y dejarlos entrar para reorganizar el puzle de lo que ha sido su vida hasta entonces. Todas las piezas tienen su lugar, todas parecen encajar. Y aunque la mayoría de estas piezas, estos recuerdos, duelan, sabe que tiene que dejarlas entrar de nuevo en su vida.

La relación con su padre, el notario del pueblo, un hombre rígido y distante con el que siempre ha mantenido una relación de admiración y frialdad. El recuerdo de su madre, soñadora, frágil y su muerte. Su relación con Román, su mejor amigo y Marta, la hermana de éste, quien se convertirá en su primer y único amor. Todos estos recuerdos que vuelven a él como una realidad cuando, tras trece años de ausencia, vuelve a pisar Colimba. Porque Vicente quería huir, quería huir de esa vida y por ello se marchó a Madrid a estudiar, dejando atrás esa vida que vuelve a aparecer ante sus ojos como un fantasma, como la sombre de lo que fue.

En Madrid, Vicente consigue cambiar el rumbo que parecía que le había sido predestinado. Comienza a estudiar Derecho y a vivir otras aventuras, tan distintas de aquellas que Colimba podría ofrecerle. Conocerá a Javier, su amigo sevillano, a Nacho y Teresa, con quienes se verá en inmerso en un destructivo triángulo amoroso. Porque los excesos tienen un precio y Vicente lo sabe bien. Pero también sabe que la vida a veces nos da segundas oportunidades y que hay que saber aprovecharlas.

Las últimas voluntades es una novela dura, sinceramente. Una novela que sobrecoge, que nos hace pensar y que puede, que como a mí, también os haga sentiros pequeños. Está escrita con un ritmo fácil, bien construido y que atrapa al lector. A mí me ha mantenido unida a Vicente, a su vida, sus decepciones y esperanzas. Pero a pesar de la dureza, también es una novela con luz, esa luz que irradian las oportunidades, el optimismo. Tengo que aconsejaros la lectura de esta ópera prima de Juanjo Monrabal. Una manera exquisita de comenzar una carrera literaria.

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Caja de espejo para un amputado, de Domingo Palma

Caja de espejo para un amputado

Caja de espejo para un amputadoEl mundo en el que vive Ender ha empezado a ser peligroso. Para colmo de males, su mujer ha desaparecido hace semanas y no se sabe nada de ella. Ender lo ha dejado pasar, pues ya sabe que las cosas no están bien. Sin embargo, cuando la gente empieza a preguntarle por ella, él empieza a dudar. Por eso sale a la calle a encontrar a su mujer o, en el mejor de los casos, encontrar una respuesta que acabe con las dudas que no paran de surgirle. Y esa respuesta, disfrazada de verdad, duele mucho, como duele casi todo lo que hay en el mundo en el que vive Ender. Sin embargo, lejos de buscar la conformidad, nuestro protagonista se viste de superhéroe, por dentro y por fuera, y sale a gritarle al mundo, a su mundo, que no tiene miedo y que su lucha no va a parar.

Esta es la historia que nos presenta el escritor venezolano, afincado en Estados Unidos, Domingo Palma. Caja de espejo para un amputado es su segunda novela, y con ella ha conseguido ser finalista del Concurso Internacional de Novela Contacto Latino 2017 que organizaba la editorial americana Pukiyari.

Domingo Palma no tarda mucho en entrar en acción. Su historia obvia las presentaciones de los personajes y pasa a lo realmente importante. El autor crea un mundo distópico en el que sus habitantes viven bajo el miedo represor de las autoridades, si bien se echa un poco en falta algunas explicaciones previas que permitan al lector acomodarse a esa nueva realidad que vive y lee, más allá de lo contado en el primer capítulo. Pero como he dicho antes, la trama se pone en marcha desde la página uno, y es el lector el que debe amoldarse rápidamente para no perder comba de lo que está pasando. Analizando la escritura de Domingo se deducen años y años de lecturas concienzudas e importantes, impregnando estas el resultado final de la novela. Nadie duda que el personaje principal de Caja de espejo para un amputado bebe del personaje más famoso de Orson Scott Card. Al igual que en la saga de novelas del escritor norteamericano, Ender se erige en elemento indispensable para salvar su mundo establecido de la amenaza, independientemente de la naturaleza de la misma.

En esta novela, lo onírico, lo real y lo inventado se van juntando en una narración que se vuelve por momentos claustrofóbica, dando más valor que nunca a esa “caja de espejo” que ya se nos presenta desde el título. Domingo utiliza un lenguaje lleno de metáforas y otros recursos literarios, lo que enriquece mucho la narración. Sin embargo, que nadie espere una lectura sencilla y fluida. Estamos ante una lectura exigente, de esas en las que hay que ir analizando y rumiando lentamente todo lo que el autor quiere hacernos llegar. Y aunque todo poco a poco empieza a cobrar sentido, vuelvo a echar en falta algunas explicaciones cuando la trama cambia de personaje y/o de lugar.

Pese a esto, Domingo Palma escribe una historia interesante, con narraciones llenas de fuerza y con una moraleja importante que subyace de la historia; lucha por lo que consideras justo y no te rindas al autoritarismo, ya sea español, venezolano o norteamericano. Y no hace falta dar muchos ejemplos de estos tres países. Para eso está la hemeroteca.

César Malagón @malagonc

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Paraíso Alto, de Julio José Ordovás

paraíso alto

paraíso altoHoy quería hacer la reseña de este libro y cuando he llegado al lugar en el que me iba a poner a escribir me he dado cuenta de que me lo había dejado. Podría haberla hecho sin él pero es que en él anoto muchas cosas mientras lo leo que luego me sirven para poder contaros mejor lo que tiene dentro. Pues bien, luego he caído en que se lo podía pedir a alguien que estaba en ese lugar donde me lo había dejado y que venía al lugar en el que me encuentro sin poder escribir. En ese rato he pensado: quizás esta persona, cuando coja el libro para traérmelo se pregunte qué será esto de Paraíso Alto. Me podríais decir algo tan simple como que lo único que tiene que hacer es leer la sinopsis. Pero quizás a esa persona no le gusta leer y claro, hay que reconocerlo, las contraportadas de Anagrama son largas. Entonces se me ha ocurrido que si esa persona llegase – al final ha llegado – y me preguntase qué es Paraíso Alto yo le respondería que es un lugar donde no habita el miedo a la muerte.

No hace mucho tiempo, una de esas personas a las que hay que hacer (relativo) caso porque habla encima de una tarima, me o nos contó que el mayor o principal miedo del humano es el miedo a la muerte; que de ese miedo surgen todos los demás, que el que esté a salvo de ese miedo está a salvo de todo en la vida. A eso me ha recordado este libro. Julio José Ordovás nos presenta un lugar y nos presenta a un hombre que vive y casi que regenta ese lugar. Un lugar solitario, abandonado, cercano a Zaragoza, donde vive este ángel custodio de la muerte y por el que pasa todo aquel que quiere suicidarse. El lugar, como ya he dicho, es Paraíso Alto y de quién es el hombre poco sabemos.

Encabezado por un fragmento de la canción Me gusta cómo hueles de Ilegales, Paraíso Alto es la exposición del paso de varios individuos, cada cual más extraño, que buscan poner punto y final a sus vidas. Pero sin tragedia, con naturalidad. Él los recibe, les da un poco de conversación, los observa y los acompaña en los últimos compases de sus vidas. Aparece una chica que camina con las manos, una MILF que ha sido actriz porno, un flautista que lo enamora, una ex, un camarero, un borracho que busca y no encuentra alcohol, etc. Toda esta procesión de guiños al humor trágico es la defensa a ultranza del humor como algo serio y muy inteligente.

Paraíso Alto es como un bar de carretera por el que pasa todo tipo de personajes y en el que nosotros nos hemos colocado tras la retina del ya pasado de vueltas camarero. Este extraño ángel – ¿o él es Dios? – nunca pregunta por qué a los que llegan para despedirse y no voy a ser yo quien le devuelva la pregunta. Aunque me gustaría saber por qué está allí, por qué ha existido, por qué se ha puesto delante de mí, por qué me ha hecho leerle, por qué quiero saber más de él si sé que no puedo.

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Toda una vida, de Robert Seethaler

Toda una vida

Toda una vida¿Cabe una vida entera en ciento cuarenta páginas? La de Andreas Egger sí, al menos tal y como la escribe Robert Seethaler. ¿Cabe una vida interesante? Por supuesto. Y cabe una buenísima novela que, de puro simple, es casi revolucionaria.
Toda una vida desovilla la existencia de Egger, una madeja del tamaño de un puño que transcurre entre las primeras y las últimas décadas del siglo XX, casi siempre con el mismo decorado de fondo: el valle recóndito de los Alpes donde crece y termina muriendo. Andreas llega a él tras perder a su madre y quedar al cargo del granjero Kranzstocker, quien lo convierte en un mulo de carga y lo castiga con frecuencia, hasta el punto de dejarlo cojo tras una de sus palizas. El abandono, el maltrato y la cojera no impedirán que más adelante recorra los valles cercanos enrolado en la compañía que construye el teleférico, ni que años después sea llamado a filas durante la Segunda Guerra Mundial. Pero sí marcarán el carácter de Andreas, convertido en un adulto sobrio, reservado y tranquilo que encuentra menos consuelo en sus semejantes que en la belleza casi dolorosa de la montaña, incluso cuando la propia naturaleza le arrebate su bien más preciado.
En la narración, Egger, casi analfabeto y poco dado a la verborrea, es suplantado por un narrador omnisciente. Elegante, profunda pero no rebuscada, la prosa de Robert Seethaler dota de sentido a un personaje que, como cantaba Nacho Vegas, no tiene mayor plan que sobrevivir. Porque mientras las cosas mutan alrededor según avanzan las páginas de la novela, Andreas permanece, siempre en primer plano, casi inalterable.
Desde el punto de vista formal, Toda una vida no contiene ningún secreto. Unos pocos flashbacks y un puñado de diálogos salpican sus líneas casi sin lograr desviar la narración cronológica de la existencia del protagonista. No hay tramas secundarias, apenas existen perfiles aparte del de Andreas y el de Marie, su gran amor, y para colmo se puede afirmar que el protagonista no cambia, no evoluciona, no parece ir a hacer nada distinto al final de la novela que lo que habríamos pensado al principio, nada más conocerlo.
Sin embargo hay algo en esta obra que impulsa a no abandonar su lectura, que imanta y reconforta, que hace que cuando se cierra la última página nos quede la sensación de vacío que solo dejan las buenas historias. Así que tiren a la papelera todas las enseñanzas de sus talleres de escritura creativa, olviden a los críticos y a los maestros. Muchas de las cosas que todos hemos dicho que hacen falta para construir una gran novela aquí, simplemente, no están. Y no se echan en falta. La lectura pausada pero constante de la prosa de Seethaler, dulce pero no empalagosa, tierna sin caer en sentimentalismos, nos devuelve un placer familiar, a veces perdido. La tranquilidad de un par de horas de silencio después de una semana envuelta en ruidos, el sonido amortiguado de nuestros propios pasos en la madrugada, después de consumar el asesinato de la electricidad. La sensación que debió de tener el ficticio Andreas en cualquiera de sus amaneceres en el valle.
En resumen, Toda una vida es un libro elegante al que regresar cada invierno, un descubrimiento inesperado y delicioso que no debería quedar sepultado bajo el alud de la próxima remesa de novedades.