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Años de sequía, de Jane Harper

Al empezar a leer Años de sequía (que, por cortesía de Salamandra, he tenido el privilegio de tener entre mis manos antes de su publicación, en forma de galeradas), decidí aprovechar la circunstancia del total anonimato que proporcionaban su encuadernación no definitiva y el hecho de tratarse de una autora novel, para hacer algo que normalmente no puedo evitar hacer, que es leer todo lo que puedo acerca del libro, el autor, opiniones al respecto, etc. Cierto, es una oportunidad que hasta hace muy poco era impensable a la escala actual –como mucho, se podía consultar alguna reseña publicada en prensa o confiar en opiniones de conocidos y amigos que hubieran leído el libro antes–, pero que, para qué negarlo, en muchas ocasiones estropea parte del gozo de ir descubriendo el misterio de un libro. La información, pasado cierto punto, es contraproducente y roba la inocencia que se necesita para gozar plenamente de cualquier cosa. Así pues, Años de sequía ha sido un total descubrimiento, y desde estas líneas invito a los amables lectores a elegir esta novela.

En realidad, Años de sequía es una novela sencilla y bien escrita, algo que no es tan habitual encontrar y que debe de ser muy poco fácil de producir. Es el debut de la autora australiana Jane Harper, pero no parece una primera novela, y lo digo en un sentido elogioso, porque no cae en el defecto, muy común entre autores noveles, de querer mostrar todo lo que uno sabe, y de querer condensar en una novela todas las novelas e historias que uno lleva dentro. Jane Harper se ha limitado a escribir una historia de crímenes y de misterio, la cual, a su vez, se desdobla en dos historias, dos sucesos de la vida de unos mismos personajes en dos etapas distintas de sus vidas ­­­–adolescencia y edad adulta–, pero que comparten muchas características: el misterio, la pérdida, la tragedia, la sensación de culpa, el impulso de huida y el contrario a éste, el impulso de enfrentarse a la realidad, por luctuosa y terrible que sea, y de tratar de encontrar respuestas que no podrán cambiar lo que ha pasado, pero sí, quizá, encontrar a los culpables y castigarlos, restituir el orden allí donde ha brotado el caos, y proporcionar algo de consuelo a quienes sufren. Por todos estos estados emocionales y estos retos pasan los protagonistas de Años de sequía, Aaron Falk, principalmente, y un par de amigos y aliados que encontrará en su camino, algunos de ellos amistades del pasado del que huye, y otros, nuevos amigos en los que deberá aprender a confiar.

A través del periplo de Falk, el protagonista, y su enfrentamiento al mal y al crimen, Jane Harper nos muestra también una historia a la cual aquélla está superpuesta, y que es tan interesante, si no más, puesto que, si bien muy pocos debemos encarar crímenes y violencia desatada, en cambio todos hemos de encararnos a nuestros fantasmas, sean cuales sean. En el caso de Falk, vemos a un hombre que huyó del pequeño pueblo donde nació, un enclave física y socialmente cerrado, muy lejos de las grandes ciudades y donde todavía imperan leyes que nada tienen que ver con lo convencional, lo establecido y las autoridades oficiales, y al que ahora debe regresar, y donde el mismo odio reconcentrado y sañudo que lo hizo huir no sólo no se ha disipado, sino que lo ha estado esperando.  Un odio alimentado por prejuicios, mentiras, creencias ciegas que se adoptan porque llegan de boca de vecinos y conocidos y porque uno intuye que es mejor estar del lado de los fuertes y de los numerosos, aunque no tengan razón. Falk se verá  amenazado por las fuerzas de un mal imparable y brutal, pero también, quizá de forma más aterradora, por un tipo de mal más sutil, menos físico, pero más difícil de combatir porque contra él nada pueden hacer la lógica, la deducción, las pruebas y los testimonios fidedignos: el mal sustentado y alimentado por la mentira, la arbitrariedad y la ley del más fuerte.

A Jane Harper no le ha temblado el pulso a la hora de dibujarnos con heladora fidelidad un cuadro antropológico, social y simbólico donde la fuerza arrasadora de la sequía histórica que asola Australia es reflejo fiel de los códigos férreos, agostadores, irrompibles y recalcitrantes que regulan la vida y las relaciones de las comunidades humanas completamente cerradas al exterior. Pero, precisamente por la cerrazón y la hostilidad del lugar y de la sociedad donde se desenvuelve, destaca más aún el coraje de Aaron Falk y su infatigable búsqueda de la verdad, que, por dolorosa que sea, siempre demuestra ser el único antídoto contra el mal.

Años de sequía es una novela en la cual se entrelazan en perfecta simbiosis anécdota y simbología, configurando una obra que es a la par una lectura muy entretenida, de ritmo impecable y recursos narrativos muy bien usados –destaca el uso narrativo del flashback, que, lejos de ser un guiño caprichoso de la autora, forma parte del andamiaje de la trama y del desvelamiento gradual de la verdad, o verdades, presentes y pasadas– y un alegato en contra de la sinrazón, los prejuicios y las creencias infundadas, y a favor de la posibilidad de los nuevos comienzos y de la capacidad del ser humano de reinventarse a sí mismo.

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Hambarath, de Alfonso Piñol

Hambarath

HambarathSiempre he tenido debilidad por las novelas fantásticas. Hay algo en los mundos inventados que me atrae irremediablemente. Esas novelas en las que el autor hace que te sumerjas en otro tiempo, espacio, universo o realidad, son las que consiguen que me evada cuando llega la hora de la lectura. No me malinterpretéis, me gusta leer de todo, pero al final, las que logran que mi mente se quede en blanco y me olvide del día a día son aquellas novelas que me ofrecen una vía de escape a un mundo que no es el mío. Y es que el mío, como el tuyo, a veces puede llegar a dar mucho miedo.

Cuando leí la sinopsis de Hambarath supe que este libro iba a ser uno de esos de los que os estoy hablando. En el resumen se nos habla de Rob, un humano que, por primera vez, viaja a uno de los múltiples mundos que forman la Alianza. En concreto, viajará a Hambarath, un lugar habitado por extraños seres al que tendrá que aprender a adaptarse. Aunque a priori los habitantes parecen humanos, poco a poco descubrirá que hay muchísimas diferencias entre su raza y la que habita en este mundo madre, empezando por el tono de piel, ya que cada habitante de ese planeta la tiene de un color diferente. Rob tendrá que adaptarse a las costumbres de sus nuevos vecinos. Tendrá que estudiar a fondo sus creencias, su historia, sus manías, para poder adaptarse lo antes posible y poder ser de utilidad. ¿Y por qué habría de ser de utilidad? Pues muy simple: porque en ese nuevo conjunto de mundos llamado Alianza, hay varios detractores que quieren acabar con la paz conseguida después de mucho tiempo. Por una parte, está Aethernum, consciente de que Rob puede destruir lo que lleva planeando desde tiempo atrás. Y, por otra parte, está Pteramynon, otro malo malísimo que, aunque vio cómo sus poderes se debilitaban después de la Gran Guerra, poco a poco va afianzándose, teniendo como objetivo derrocar a la Alianza.

Interesante, ¿verdad? Pues eso no es todo. A todo esto le tenemos que sumar un poder especial que posee Rob, del que no os voy a hablar para no fastidiaros el libro, que es lo que tanto miedo da a todos los enemigos de la Alianza. Saben que con Rob dentro de Iyrvrham, les va a ser muy difícil alcanzar sus objetivos. Aunque la realidad es que este no tenía ni idea de que poseía ningún tipo de don. Así que el esfuerzo por adaptarse será el doble, teniendo que empezar por conocerse a sí mismo, cosa que puede llegar a ser tremendamente complicada. Y no podemos obviar los sentimientos, ya que en un intento de encajar más dentro de su nueva comunidad, descubrirá que se puede llegar a sentir algo muy intenso por seres que no son como él.

Me han gustado mucho los personajes de esta novela. A medida que vamos leyendo, podemos ver cuán distintos son entre ellos y lo bien desarrollados que están. Realmente merece la pena adentrarse en esta historia por las descripciones físicas de cada uno de los personajes, que son muy peculiares, pero también por el trasfondo psicológico de todos ellos. A medida que pasan las hojas, entendemos la forma de ser de cada uno. Y Rob… Rob es un tío que podríamos ser tú o yo. Es alguien normal y corriente que verá cómo su mundo cambia radicalmente al encontrarse en un planeta que no es el suyo y ser consciente de que posee un don cuya existencia desconocía totalmente. Esa identificación con Rob hace que nos podamos adentrar más profundamente en la lectura, pensando sus pasos como nuestros y entendiendo todos sus pensamientos. Aunque ficción, es muy humano.

Alfonso Piñol nos trae una novela bien cargadita de emociones. La acción, en un primer momento, es pausada. Se va cociendo lentamente. El autor nos va presentando a todos los personajes, poniéndonos en situación, dándonos a conocer todos los sentimientos de cada uno de ellos y haciéndonos comprender todos los puntos de vista. Al final, una guerra se trata de eso, de puntos de vista enfrentados y, para saber a qué bando defender, lo correcto es saber cómo piensa cada uno. Poco a poco, las relaciones entre los personajes se van labrando. Como si el autor barcelonés fuera en realidad un cocinero que va preparando todos los ingredientes uno a uno para al final servir el guiso en el plato. Un guiso lleno de historias, de aventuras y de batallas por librar.

En sus más de setecientas páginas, encontramos historias para todos los gustos. Creo que podría gustar a un abanico muy amplio de lectores. Gustará a los aficionados a la ciencia ficción, ya que la descripción de esos mundos lejanos y alienígenas es tan detallada que podemos imaginárnoslos sin ningún problema, como si los conociéramos de toda la vida. También a los apasionados de los misterios y el suspense, puesto que las tácticas de cada personaje se van reservando hasta el final. Por supuesto, a los que el romanticismo les toca un poquito el corazón también se verán satisfechos ya que Rob se verá inmerso en una especie de triángulo amoroso que le traerá más de un rompedero de cabeza. También a los que busquen guerras y batallas, eso está claro, ya que las palabras Alianza y detractores son las indicadas para que el conflicto esté servido. Como veis, todo un acierto se mire por donde se mire.

Hambarath ha cumplido con todas las expectativas que me había prometido en un principio. Pensé que iba a tardar más en leerlo ya que, no nos vamos a engañar, es un buen tomo, pero en una semana ha quedado finiquitado. Las páginas han volado ante mis ojos y, lo más importante de todo, han hecho que dejara de pensar en mi día a día y que llegara a formar parte de esta Alianza que tantos mundos extraños esconde.

Hay una cosa que a mí me ha hecho mucha gracia y que no puedo evitar compartir con vosotros. Si seguís mis reseñas, sabréis que recientemente terminé de estudiar Derecho. Y como todo alumno de Derecho, odié el Romano con todas mis fuerzas. Recuerdo que hacíamos casos prácticos constantemente, donde los nombres de los protagonistas venían, cómo no, de antiguos juristas clásicos. Uno de ellos era Sempronio. Como en los típicos problemas matemáticos en los que Manuel y Ana tienen cinco manzanas. Los casos prácticos de Romano siempre estaban protagonizados por Sempronio, Cayo y Ticio. Así que no he podido partirme de risa cuando he visto que uno de los personajes se llamaba como mi odiado amigo Sempronio. Tanto, que he acabado haciéndole fotos y mandándoselas a mis compañeros de la facultad, para recordar los viejos tiempos. En fin, cosas frikis de los estudiantes de Derecho. Si al final, con muy poquito, somos felices. Hasta aquí mi anécdota de abuela cebolletas del día.

Ya para terminar, diré que en la parte de detrás del libro, también pude leer que Alfonso Piñol es informático de profesión y teleco de vocación. Estoy segura de que ahora mismo, eso es erróneo. Eso hay que cambiarlo. Y, en su lugar, habría que decir “es informático y escritor de profesión”. Así, afirmándolo con rotundidad. Como se deben afirmar las cosas que son ciertas.

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Costanza del silencio, de Mario Barra Jover

Costanza del silencio

Costanza del silencioVenecia. Siglo XVIII. Una joven huérfana que sueña desde que comienza el día con una vida mejor. Una mujer que quiere que se le reconozca su talento para la música, más allá de su mero papel de flautista en los conciertos de Vivaldi. Utilizada para lograr sus objetivos, cada día se siente más perdida y lucha por encontrarse a sí misma en un mundo en el que nadie la ha visto como realmente es.

Me engañaría a mí misma si dijera que Costanza del silencio es una historia alegre, de esas que saboreas desde el principio y hasta el final por su positivismo y su final feliz. Pero la vida de las mujeres del siglo XVIII, que es donde se sitúa este libro, no era nada fácil. Y más si no tienen una familia, como nuestras protagonistas. No tenían elección y lo sabían desde que nacían. En su caso, dedicarse a la música, siempre que su Maestro lo quisiera así, y vivir únicamente para satisfacer sus deseos; o casarse, en el mejor de los casos, y vivir tan solo para satisfacer a su marido hasta el fin de sus días.

Sin embargo, esta ha sido una de las cosas que más me han gustado de esta novela. No creo que haya sido nada fácil para el autor ponerse en el lugar de una mujer de otro siglo, sin opciones en la vida, algo muy distinto a lo que estamos acostumbrados en el siglo XXI. Y esto es lo que hace grande esta obra. Una visión completamente feminista que profundiza en lo que la mujer deseaba en esos momentos, que se le reconociera su papel en el mundo y la capacidad de elegir. La falta de libertad lleva, en este caso, a Costanza, a una vida infeliz en un mundo en el que primaban los deseos de los hombres.

Pero, pese a todas estas dificultades y estos obstáculos con los que se encuentra, Mario Barra Jover ha creado un personaje valiente, que reivindica su papel en la sociedad y que no tiene miedo a expresar lo que piensa, aunque esto le traiga más de un problema. Un personaje con fuerza y determinación, que incluso va adquiriendo más voz y personalidad a medida que avanza la novela, mientras pasan los años en su vida. El desarrollo de su personaje, a medida que aprende de sus vivencias, es de lo que más he disfrutado desde que comencé a leer este libro.

Y a su vez, algo muy importante, es que no solo ha dado voz a la protagonista, Costanza, sino a todas sus compañeras músicas del orfelinato. Estas que ayudaban a los grandes genios de la música clásica a convertirse en lo que son actualmente. Se les reconoce su labor y su trabajo, aunque sea tan solo en estas páginas y tantos años después…

A pesar de ello, un tema al que también hace mención es al de la competitividad y las envidias entre estas mujeres y compañeras. Una delicada y compleja cuestión que se podría dar de igual forma en la actualidad pero que se agrava en la época, ya que cuando una mujer no destacaba entre las demás, significaba que no tenía muchas opciones. Los insultos, la falta de ayuda mutua y las envidias que provocaba, por ejemplo, nuestra protagonista, le hacían sentirse sola en tantos momentos que hace que empatices con ella. ¿Qué ha hecho para merecer eso? En tu caso, ¿qué harías? ¿Te disculparías por tener talento? Es algo en lo que reflexionar, ya que esto se da a día de hoy y me parece que Mario Barra saca a colación por algo…
Algo igualmente importante, y en lo que el escritor hace hincapié, es en la música. No sé si será un apasionado o si disfrutará con ella, pero es algo muy relevante en la historia. Es un elemento que ocupa una gran parte de sus descripciones, logrando captar la atención del lector y emocionándole como si estuviera en un teatro y realmente la escuchara. Al menos a mi me ha evocado a esos momentos de tranquilidad, en los que escuchar música clásica me relaja y me transporta a un mundo en el que parece (solo parece) que todo es mejor. Supongo que también es un elemento que era necesario en esta triste historia, por poner algunas notas de luz en medio de tanta desesperación y soledad (aquí podéis escuchar una completa playlist con todos los fragmentos que son tocados en la novela)

Respecto a la narración, debo decir que es una de las pocas cosas con las que no he disfrutado tanto de esta novela. A pesar de que el escritor muestra un gran dominio del lenguaje, con descripciones detalladas y un uso impecable de las figuras retóricas, debo decir que en ocasiones me ha aburrido. Pero, aunque creo que le cuesta arrancar al principio, y que el ritmo en ocasiones se me ha hecho demasiado lento, siempre ocurre algo que te anima a continuar con esta historia.

Y creo que me dejo lo mejor para el final, ya que, por si no fuera poco, Marrio Barra introduce un tema de actualidad en esta novela: la homosexualidad. Algo completamente tabú en el siglo XVIII y que está a la orden del día en la actualidad. Y profundiza además en ello, en el placer que pueden aportarse mutuamente dos personas del mismo sexo. Algo que hace a la vez que Costanza se confunda y crea que es inmoral.

Pero, ¿qué es inmoral y qué no lo es? ¿Quién decide eso? El autor nos hace reflexionar con la protagonista sobre esta cuestión, y es que es realmente cierto: ¿Quién nos puede decir qué es correcto o incorrecto? Creo que, simplemente, la sociedad es la que imponía y, a veces, sigue respondiendo a esta pregunta y nos lo enseñan desde nuestra infancia. Pero somos nosotros mismos quienes podemos decidir qué creer y qué no…

Costanza del silencio es una novela que me ha hecho reflexionar, que me ha hecho amar la música más de lo que ya lo hago, y que profundiza en el papel de la mujer más allá del siglo en el que se encuentra ambientada. La falta de libertad y de opciones es algo que ya no existe en este siglo pero sí es cierto que seguimos viviendo en un mundo en el que algunas veces, seguimos encontrándonos con situaciones machistas. Pero, como el autor recuerda en este libro, hay que seguir luchando pese a las circunstancias en las que vivamos. Si Costanza pudo, nosotros también podremos. ¿O no?

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Japón perdido, de Alex Kerr

Japón perdido

Japón perdido

Me acerqué a este libro pensando que sería un elogio al respeto a la tradición y la historia del pueblo japonés, algo en lo que uno, en su ignorancia, creía que era un país modélico. Me refiero, claro, al Japón rural. Sin embargo Japón perdido está lejos de retratar a un pueblo respetuoso con su pasado y su entorno natural, otra de las características que siempre le atribuí, más bien es una crónica de la decadencia, un mapa del camino a la desaparición de la naturaleza, la arquitectura, las antigüedades y el paisaje japoneses tradicionales, y que si embargo sólo hace aumentar el interés por ese país, tan extraño como atractivo a nuestros ojos. Tal vez sea porque está escrito con infinita pasión o tal vez porque lo que cuenta es objetivamente interesante, pero lo cierto es que es un libro imprescindible para cualquiera que se interese en la cultura japonesa en particular y oriental en general.

Se trata de una reedición de un libro de 1991 y por tanto es necesario un prólogo que actualice el panorama, que explique si el camino sigue su cuesta abajo o se ha revertido, si el hormigón y el neón siguen comiéndole el terreno a los techos de paja y la sombra y la mala noticia es que el autor considera que su análisis se mantiene vigente y, si acaso se ha modificado, ha sido a peor. El autor considera que conoció Japón en un momento de privilegio, cuando el pasado aún estaba presente en el día a día, fuera de los museos, Alex Kerr llegó a conocer aquello que amaba y en Japón perdido lo comparte con nosotros, afortunados lectores por verlo a través de sus ojos, aunque afortunados en diferido. El subtítulo del libro es “el último destello de un Japón precioso”, y es una descripción hermosa y certera de su contenido.

Todo empieza con un niño que quería vivir en un castillo y que lo encontró en Japón, en el Japón remoto del valle de Iya, en una casa tradicional abandonada de las que entonces abundaban y que él restauró y bautizó Chiiori. Esa casa ejerce sobre el lector un atractivo magnético, es el centro del viaje sentimental, porque aunque sea cultural, artístico y en ocasiones de negocio es sentimental, de Alex Kerr en el Japón que convirtió en su hogar.

Las etapas de este camino son Chiiori, el teatro Kabuki, la caligrafía, China, Kioto, Osaka, Nara, los literatos o el Tenmangu, pero sobre todo son esos destellos de un Japón que se resiste a desaparecer, y todas son una alerta frente a esa concepción del desarrollo opuesta a la tradición cultural de los pueblos.

No es del todo exacto que el Japón actual no respete la tradición, lo que no trata con cariño son los objetos, las antigüedades, las casas, pero sí que siente devoción por tradiciones como la ceremonia del té, por aquellas están relacionadas con las personas, con protocolos o costumbres. Es para mí un enigma indescifrable un pueblo que no siente el menor remordimiento en derruir casas tradicionales y monumentos, en desecar ríos y cubrir montañas de hormigón, inundar de luz artificial aquello que en su tiempo fue el paraíso elegante de la sombra, de la penumbra, pero sin embargo dedica tanto esfuerzo a servir el té de una manera determinada, igual que siglos atrás.

También hay un retrato sociológico de la sociedad japonesa en tanto que pueblo obediente y disciplinado y también desde el punto de vista de los negocios, ya que Japón perdido incluye una crónica de cuando su autor fue representante una empresa estadounidense, y es un retrato, una vez más, sorprendente, porque es presa de una serie de servidumbres y opacidades que no hace que se la pueda mirar con optimismo.

En resumen, Japón perdido es un libro fantástico, el fruto de una mirada a la vez enamorada y objetiva, un ensayo brillante e indispensable para conocer Japón más allá de la faceta superficial que nos llega.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Archivos estelares, de Flavita Banana

Archivos estelares

Archivos estelaresNo puedo negar que soy una completa enamorada de Flavita Banana. Creo que se me nota a la legua. La conozco desde hace bastante tiempo por las redes sociales, pero desde que leí y reseñé Las cosas del querer, mi amor ha ido en aumento. Creo que dentro de poco le pediré matrimonio.

Fuera de coñas, lectores, el trabajo que hace esta ilustradora me parece de lo más interesante del panorama actual. Flavia Álvarez (1987), aka Flavita Banana, es esa chica con un sello propio tan original como reconocible. Como os decía en la anterior reseña, sus dibujos, de trazos gruesos y fuertes y aparentemente sencillos tienen una gran carga narrativa. Algo que me sigue pareciendo igual de alucinante que la primera vez. ¿Cómo puede, con tan poco, decirnos tanto? Creo que esa es una de sus grandes virtudes. Normal que tenga tantos seguidores y que aparezca en medios como El País.

Archivos estelares es su más reciente publicación. Editado por ¡Caramba!, este libro es una preciosidad que os recomiendo muy mucho. Archivos estelares es una antología. “Una antología a los 30 años me viene grande, joder. Es como si me hubiera muerto. No considero estar a la altura de los grandes y sin embargo me sacan una antología a mi edad. Así que ya puestos, me he venido arriba”.

Claro que sí, Flavita, vente arriba porque tienes motivos para estar en lo más alto. Y como ella misma dice “Aquí están los Archivos estelares, una aberración similar al título de Miss Universo. Pero oye, ¿no harías lo mismo si pudieras?” Por supuesto. Y de aberración nada, querida, porque puestos a soñar, soñemos a lo grande, ¿no?

Así que, queridos lectores, en Archivos estelares vais a encontrar una antología de su trabajo. Una selección cojonuda de sus viñetas con las que os aseguro que pasareis un rato genial. Es difícil que yo pueda explicaros estas viñetas, porque obviamente se explican por sí solas. Por ejemplo:

Viñeta

o:

viñeta2

Son algunas de mis preferidas.

De lo que sí estoy segura es que su humor, su cinismo, sus dramas y su mezcla de humor-amor os atraparán. Porque como dice Miguel Gallardo en el prólogo: “poca gente sabe mezclar amor y humor de una forma tan enrevesada y directa. A pesar de todo el cinismo que destila, deja ver un corazón así de grande, que se encariña con esas mujeres de pelo alborotado y esos hombres atónitos”.

Así es la gran Flavita Banana. Todo corazón. Un corazón que entre sístole y diástole es capaz de arrancarnos la carcajada. Maravillosa.

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El coloso de Nueva York, de Colson Whitehead

El coloso de Nueva York

El coloso de Nueva YorkNueva York, la Gran Manzana, la ciudad que nunca duerme, la capital del mundo… podremos llamarla de mil maneras, pero lo que está claro es que todos tenemos una imagen clara de Nueva York cuando nos la nombran. Y es que la ciudad de los rascacielos se ha convertido en un referente cultural, político y social tan relevante en el último siglo que incluso los que, como yo, no hemos tenido la suerte de pasear por sus calles, creemos saber tanto o más sobre ella que un neoyorquino de cuna.

Entre mis futuros viajes siempre está presente conocer Nueva York. Sin embargo, año a año termino postergándolo por otros destinos cuya visita me parece más irrealizable en el futuro. Y mientras mantengo la idea de que Nueva York estará siempre ahí esperándome, yo no pierdo ocasión alguna de leer cualquier libro que esté ambientado o tenga como gran protagonista a esta ciudad. Es por eso que un libro como El coloso de Nueva York estaba destinado a quedarse en mi pequeña biblioteca. Además, se añaden las ganas que tenía de conocer a su autor, Colson Whitehead, cuyo desembarco en España viene de la mano de su última novela, El ferrocarril subterráneo, galardonado con el Pulitzer y el National Book Award. Pero centrémonos mejor en Nueva York…

“No escuches nunca lo que la gente te cuente de Nueva York, porque si no lo presencias, no forma parte de tu Nueva York y lo mismo daría que fuera Jersey.”

Este es uno de los primeros consejos que da el autor a todo aquel que lee su libro. Una frase así, de primeras, puede llegar a descolocar mucho. Sin embargo, da una idea de lo que podemos encontrarnos en los capítulos sucesivos. Porque de lo que uno se da cuenta al leer El coloso de Nueva York es que estamos ante un libro distinto, una guía de viajes poco convencional. Colson divide el libro en trece pequeños relatos, trece visiones diferentes que forman un mensaje uniforme sobre esta ciudad multicultural. No estamos ante el relato de un viajero fascinado por el frenesí de Manhattan; estamos más bien ante la visión personal y reflexiva de un neoyorquino puro, que conoce esa ciudad turística pero también la ciudad en la que se trabaja, se vive y se sufre los 365 días del año.

Colson Whitehead tiene un estilo muy personal. Su prosa está compuesta de frases cortas y contundentes, llenas de fuerza. Con él conocemos los barrios de la ciudad, las costumbres y el modo de pensar de muchos vecinos suyos. No veremos consejos para el turista, tampoco largas conversaciones con comerciantes o compañeros de asiento en el metro. Pero, aun así, el libro está lleno de emociones, de sensaciones. Y de todo ello se desprende una sensación dividida. Se nota que el autor ama Nueva York, aunque en muchos de sus pensamientos se desliza algo de odio por el ritmo de vida de la misma. Pero eso no es negativo. ¿Acaso nosotros no odiamos y amamos a partes iguales a nuestras ciudades?

“Esta ciudad es una recompensa por todo lo que te permitirá alcanzar y un castigo por todos los crímenes que te forzará a cometer.”

Esta frase resume a la perfección esta dualidad tan presente en todos los capítulos. El retrato que Colson Whitehead hace de Nueva York es el de una ciudad eterna, frenética y siempre animada. Es un tren de mercancías que no para y que te arrolla si te quedas despistado. Esto puede ser una cualidad negativa, pero para otros ahí reside el encanto que hace a esta una ciudad única. Y mientras sigo esperando mi futuro viaje a esta gran ciudad, libros como El coloso de Nueva York me ayudan a formarme una idea mucho más global de lo que allí me espera.

César Malagón @malagonc

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Los hijos de Atenea, de Nicole Loraux

Los hijos de AteneaCuando le comenté a un amigo que iba a reseñar este libro, me dijo: “tú sabrás dónde te metes”. Y tenía razón, hasta cierto punto. Como otros de los libros que he reseñado aquí, este no es un ensayo para leer justo antes de dormir, cuando estamos agotados y queremos algo que nos relaje y aleje de los problemas del día (algunas lecturas geniales para ese momento aquí, aquí y aquí). No, Los hijos de Atenea, el primer ensayo publicado en los años 80 por la genial Nicole Loraux, es una lectura de mañanas, con luz, con la mente despejada, y todos los sentidos puestos en el libro.

Y a mí leer así me encanta.

Conocí la obra de Loraux a través de otro de sus libros, Las experiencias de Tiresias, también editado por Acantilado. Para que os hagáis una idea, fue un libro que cogí de la biblioteca y a los dos días tuve que devolverlo y comprarlo porque el ejemplar de la universidad estaba en serio peligro de ser anotado y subrayado hasta la muerte. ¿Por qué me gusta tanto Loraux? Porque una de las razones por las que estudié Filología Clásica fue para comprender y poder profundizar en libros como los suyos, que analizan el mito griego desde una perspectiva antropológica y política y nos ayudan a ver mucho más allá de la narración, del cuento. Los libros de Loraux, como también los de Vernant o Detienne, nos acercan al mundo antiguo, a sus relaciones sociales y de poder, sin caer en anacronismos ni prescindir de una parte tan importante de la sociedad antigua como el mito.

Y sí, Los hijos de Atenea hace exactamente eso. Este ensayo que, por cierto, ha sido traducido por la Dra. Montserrat Jufresa, quien fue profesora mía en la Universitat de Barcelona, habla de los mitos de autoctonía y fundación de Atenas y de las contradicciones que presentan y resuelven para la ciudad.

¿A quién no le suena el mito en el que Atenea y Poseidón se disputan el patronazgo de Atenas y acaban casi casi llegando a las manos? Sí, ese en el que la diosa entrega a los atenienses el olivo y Poseidón hace brotar una fuente de agua salada. Si visitáis la Acrópolis, todavía podréis ver el lugar en el que se dice que el dios clavó su tridente para hacer surgir la fuente, y también os hablaran de dónde nació el primer olivo, el regalo de Atenea. En Los hijos de Atenea, Loraux analiza este y otros mitos fundacionales para hablar de cómo funcionaba la ciudad, no en el terreno de las instituciones o de las leyes, sino en uno más profundo, en el del pensamiento y en la manera de entender el mundo de sus habitantes.

Y estos mitos le llevan a hablar de temas muy diversos. Como, por ejemplo, la relación entre los sexos y la exclusión de las mujeres como parte de la ciudadanía en Atenas. Loraux no nos descubre nada nuevo cuando nos cuenta que la ciudadana ateniense no existe, que en Atenas las palabras “ciudadano” y “mujer” son casi una contradicción, pero lo que sí que hace la autora es intentar explicarnos cómo el mito procesa y justifica esa exclusión política femenina, como las historias que cuenta un pueblo hablan de su realidad.

También habla de la contradicción entre las divinidades femeninas y la situación de la mujer en la ciudad. Por ejemplo, gracias a Mary Beard todos tenemos en mente ese fragmento de la Odisea en el que Telémaco, apenas adolescente, hace callar a Penélope, su madre, argumentando que es solo una mujer y no tiene derecho a hablar en público. Esta imagen de mujeres sin voz, más cercana a la realidad, contrasta con divinidades como Atenea, Afrodita o Hera, diosas con una mala uva equivalente a la de sus congéneres masculinos. Loraux, en Los hijos de Atenea, intenta aclararnos esta contradicción.

Habla larga y tendido también de otro mito de autoctonía ateniense, ese que cuenta que la “raza de hombres” (solo hombres) de los atenienses, surgió de la tierra. Pero entonces, se preguntará el lector, ¿de dónde salen las mujeres? Pues para resolver ese pequeño problema, el mito introduce a la “raza de las mujeres”, representada por Pandora, cuya historia también tiene mucha relación con Atenea.

Porque, por supuesto, Loraux habla, y mucho, de Atenea, diosa mujer, pero virgen, sin madre, que rechaza el matrimonio y la maternidad. Diosa que rechaza las funciones de las mujeres en la Atenas antigua, pero que mantiene el orden en la ciudad y protege el matrimonio (de las demás, claro). Diosa mujer, pero de los hombres, que acompaña a los héroes (a Ulises, por nombrar al más representativo), que protege a la polis y al ciudadano. La autora dedica capítulos a analizar esta figura y su contraste con otras, por ejemplo Ártemis, diosa también virgen, pero de las mujeres, que protege en los partos.

De estos temas y de muchos otros habla Loraux en Los hijos de Atenea. Siempre hilvanando su discurso de manera clara y eficiente, sin caer en tópicos (perdonadme en los que haya caído yo en esta reseña) y transmitiendo una pasión por la Grecia antigua y el mito que hace que leerla sea como leer una novela, algo densa, sí, pero absorbente y apasionante.

Recomiendo este libro a todos los que queráis alejaros de los topicazos de la Grecia antigua que se estudian en el instituto (que sí, que sí, por falta de tiempo) y que vemos en algunas novelas y películas (soy fan de 300 pero, por los dioses, cada vez que me cruzo con alguien que cree que Esparta era eso, me entran ganas de mandarle al abismo de una patada en… ya me entendéis). Lo recomiendo también a los que os guste la mitología y queráis verla desde una perspectiva diferente. Y a los que, cuando leéis una tragedia, siempre pensáis, pero, ¿por qué el prota hace eso? Loraux aquí, y en todos sus ensayos, intenta darnos respuesta a estas preguntas, acercar nuestro pensamiento al pensamiento antiguo. Y lo consigue.

Laura Gomara

@lauraromea

 

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The time before, de Cyril Bonin

The time before

The time before Una de los eternos anhelos imposibles del hombre es el de viajar en el tiempo, no tanto para ver qué nos depara el futuro como, sobre todo, para poder volver atrás y cambiar el pasado. Como todos sabemos, los errores, a veces, se pueden corregir, o, en su defecto, y si eres listo, disimular, pero no se pueden borrar. Aquellas palabras que dijimos y que tanto nos duelen, aquel beso que no dimos en el momento único y, por desgracia, irrepetible en que había de darse, aquella decisión equivocada y, por ponernos un poco más modernos y prosaicos, aquel tuit que publicamos y que todavía hoy nos persigue.

Son muchísimas las historias al respecto, tanto en el cine como en la literatura, desde La máquina del tiempo, de H.G. Wells, a Regreso al futuro, pasando por obras maestras de la novela gráfica, como Barrio lejano, de Jiro Taniguchi, u otras algo menos conocidas, como Inolvidable, de Alex Robinson. Dejando de lado la conocida paradoja del abuelo (esa que dice que, si viajas al pasado y matas a tu abuelo antes de que tu padre sea concebido, no puedes estar aquí para emprender ese viaje al pasado), cualquier hipotético viaje atrás en el tiempo encierra una gran trampa. Una de las obras que mejor reflejaba esa trampa es la película Atrapado en el tiempo. De ella, muchos se quedaron con el mensaje un tanto infantil de que, si eres bueno, si te enmiendas, el tiempo te perdona y puedes seguir adelante con tu vida. La idea principal, sin embargo, era muy otra: cualquier hipotético intento de corregir nuestro pasado hasta hacerlo perfecto es inútil y sólo nos llevaría a empeorar nuestro presente.

En esta excelente novela gráfica titulada The time before, Cyril Bonin nos cuenta una historia que, en cierto sentido, nos recuerda a aquel inolvidable día de la marmota. Un buen día de 1958, el fotógrafo Walter Benedict recibe, por uno de esos azares que no lo son tanto, un talismán que le permite, según pronto descubre, regresar a cualquier momento del pasado, siempre que ese momento haya tenido lugar desde el momento en que recibió el talismán. Walter continúa con su vida sabedor, pues, de que cualquier error que cometa puede ser fácilmente corregido. Basta con desearlo. Va así puliendo cada una de las decisiones que toma y evitando todos y cada uno de los pequeños percances que le ocurren, como un artista que repasa su obra una y otra vez con el fin de crear una obra perfecta. Hasta que un día sucede algo terrible que le impide, durante un tiempo, recurrir al talismán. Decide dejar entonces que la vida siga su rumbo. Sin embargo, la tentación de hacer uso del talismán para corregir esos pequeños mecachis de la conciencia es demasiado grande como para no sucumbir a ella.

Cyril Bonin imprime un gran dinamismo a la composición de sus viñetas, que contrasta con el uso del color, de apagados ocres, verdes y naranja, perfecto como el sepia de las fotos antiguas para evocar recuerdos y remordimientos en una historia que nos revela una gran contradicción del ser humano: el anhelo de controlar nuestro pasado representa, en el fondo, el deseo de renunciar a tomar las riendas de nuestro propio destino.

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El ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead

el ferrocarril subterráneo

el ferrocarril subterráneoEl ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead, está en boca de todos porque ha sido galardonado con el premio Pulitzer 2017, el National Book Award 2016 y la Andrew Carnegie Medal of Excellence, un hito literario que contados libros han conseguido.

Los premios, y más si son de la categoría de los mencionados, hacen que el gran público se interese por estas obras, pero no siempre sus impresiones coinciden con las del jurado y la crítica. Los lectores tienen grandes expectativas con lo que se van a encontrar y, en consecuencia, estas son muy difíciles de cumplir. Eso me ha sucedido a mí con El ferrocarril subterráneo.

A parte de los galardones, las frases promocionales tuvieron la culpa. The Boston Globe decía: «Una obra maestra, una peculiar mezcla de historia y fantasía que permite compararla con Toni Morrison y García Márquez». Pero yo no he encontrado el realismo mágico que esperaba, tras esa comparación con dos de los referentes del género. Y la novelista Anne Tyler la describía como «una desgarradora saga sobre la esclavitud mágicamente elevada por el ferrocarril que le da título». Y tampoco esta historia tiene los elementos para considerarse saga, pues se habla de pasada de la madre y de la abuela de Cora, la protagonista, pero la única vida en la que nos adentramos es en la suya. Así que yo iba en busca de un tipo de libro y me encontré con otro totalmente distinto. Pero no merece esta historia que la juzgue por mis expectativas al acercarme a ella.

¿De qué va esta novela? El Ferrocarril Subterráneo fue una agrupación abolicionista clandestina del siglo XIX que ayudó a los esclavos a huir a estados libres, y Colson Whitehead ha imaginado cómo hubiesen sido esas huidas si literalmente hubiera habido un ferrocarril que recorriera el subsuelo del país. Esa pequeña transformación de la realidad le sirve como hilo conductor para contarnos la historia de Cora, una esclava que decide escapar de una plantación algodonera de Georgia junto a otro esclavo, Caesar. Para él, ella es su talismán de la suerte en la huida, pues se dice que su madre, Mabel, ha sido la única que ha logrado escapar. Tras ellos irá Rigdeway, un cazador de esclavos fugados, cuya única mancha en el expediente es que nunca atrapó a Mabel, por lo que cazar a Cora será también algo personal.

Pero El ferrocarril subterráneo es mucho más que la historia de una persecución. Es la recreación de un periodo histórico del que mucho se ha escrito y del que, sin embargo, nos queda tanto por saber. Colson Whitehead mantiene una narración más bien fría, sin afectaciones. Tampoco Cora es la clásica protagonista inocente en busca de una vida mejor a la que los lectores compadecen al instante, sino una mujer complicada e incluso egoísta, que hace lo que tiene que hacer, esté bien o mal, para sobrevivir. Y es que a Colson Whitehead no le hace falta utilizar los manidos recursos en este tipo de historias para conmovernos. Lo que nos retuerce el corazón es la crudeza de los hechos en sí mismos, ejecutados por una sociedad que se creyó con el derecho de comprar, vender, explotar y matar a otros seres humanos solo por tener un color de piel diferente. Estación tras estación, nos vamos impregnando de la desesperanza de sus protagonistas, que solo ven oscuridad tras las ventanas de ese ferrocarril que les promete la libertad.

Quienes se acerquen a este libro movidos por premios y frases promocionales, es posible que se creen una imagen equivocada y se decepcionen. En mi opinión, el esfuerzo que requiere su lectura no suele ser del gusto del gran público y hasta al lector avezado le costará entrar en la historia. Sin embargo, si dejamos a un lado las expectativas y nos dejamos llevar sin prisas por su contundente prosa, comprobaremos lo necesario que era hacer este viaje literario, aun sin saber si habrá luz al final de ese túnel construido por Colson Whitehead para mostrarnos el lado más infame del ser humano.

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Javier Sierra y Cristina López Barrio, ganador y finalista del Premio Planeta 2017

Javier Sierra

Javier SierraComo ya viene siendo habitual desde hace unos años, en Libros y Literatura anunciamos, antes que nadie, al ganador y finalista del Premio Planeta. Este año los afortunados han sido, respectivamente, Javier Sierra y Cristina López Barrio.

El aragonés Javier Sierra, se licenció en Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid. Ocupó el puesto de consejero editorial de la revista Más allá de la ciencia y actualmente continúa estando presente en el mundo de la información, ya que trabaja en varios Cristina López Barrioespacios televisivos y radiofónicos. Su carrera como escritor comenzó oficialmente en 1998, cuando publicó La dama azul. En 2004 publicaría La cena secreta, que le llevó dos años más tarde a ser el primer y único español que ha entrado en la lista de los diez libros más vendidos elaborada por el New York Times. En 2013 vio la luz El maestro del Prado, libro por el que le conocí y que me llevó a leer el resto de sus títulos. Hoy es La montaña artificial la obra que le ha llevado a ganar el Premio Planeta. El título definitivo será “El fuego invisible”

Por su parte, la madrileña Cristina López Barrio también se licenció en la Universidad Complutense de Madrid, pero en Derecho, especializándose posteriormente en Propiedad Intelectual. No conforme con esta envidiable carrera, en el 2010 se daba a conocer como escritora con La casa de los amores imposibles y sería tres años más tarde cuando publicaría El cielo en un infierno cabe, su obra más famosa y la que terminó por confirmar lo que ya sabíamos, que Cristina López Barrio era capaz de muchas cosas y, entre ellas, quedar finalista en el Premio Planeta, con el título La nueva vida de Penélope. El título definitivo será “Niebla en Tánger”.

Como siempre, ha sido un placer estar invitados a la cita literaria española más importante del año y contaros, en primicia, quiénes han sido los afortunados de ganar tan ansiado título literario.

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Diario de un poeta reciencasado (1916), de Juan Ramón Jiménez

Diario de un poeta reciencasado

Diario de un poeta reciencasado

Diario de un poeta reciencasado es una obra de importancia capital en la historia de la literatura española. El magnífico prólogo, como es costumbre en Cátedra, es extraordinariamente esclarecedor acerca de su relevancia histórica y además da muchas claves que permiten entender la obra en su conjunto y muchos poemas individualmente, sin embargo para los no excesivamente iniciados, como es mi caso, hay una posibilidad de lectura menos trascendente, sin duda, pero igualmente satisfactoria: disfrutar de la belleza y la extraordinaria sensibilidad de la obra.

La terrible amenaza es ésta:

«Se caerá, sin abrir, la primavera.»

―¡Y no tendrá la culpa

ella!―

Se trata de una crónica del cambio vital que le supuso al poeta su matrimonio, salir de su mundo familiar y cambiar ese afecto por un amor adulto, salir del cascarón. Algo que es un rito de paso habitual y necesario que en el mundo poético de Juan Ramón se convierte, gracias a su gran sensibilidad, en una obra poética imprescindible.

REMORDIMIENTO

¿Y habrás de conformarte,

Alma, con olvidar en la mañana?

 

¡Si cuatro largos clavos bien clavados

alma hasta tus entrañas,

abrieran cuatro grandes rosas puras

de aquellas cuatro lívidas palabras

que en su corazón bueno

él tendrá, desde entonces, enclavadas!

 

¿Y habrás de conformarte solamente,

Con ser feliz del todo, alma?

El Diario de un poeta reciencasado también funciona como cuaderno de viaje por partida doble, el viaje en barco a Nueva York y el viaje vital del poeta. El primero es interesante, se puede intuir el estado de la mar, la inclemencias meteorológicas o por el contrario el mar en calma (con un gran sentido del humor titula un poema de calma chicha “Argamasilla del mar”). Resulta sorprendente comprobar hasta qué punto le afecta cualquier circunstancia y de qué modo es capaz de convertirla en poema. O el impacto que supone para él llegar a la Nueva York de 1916 desde el Moguer de 1916, un viaje en el tiempo pese a que vistos los números la fecha es la misma.

La copa del árbol frondoso que cobija este banco en el que, cara al cielo, me abandono, no es de hojas, sino de pájaros. Es el canto tupido el que da sombra…

Y finalmente es un privilegio compartir el efecto de la primavera en Juan Ramón, su renacimiento vital y poético, su alegría y la luz de su mirada. Es realmente sorprendente comprobar hasta qué punto la vida se transforma en palabras al pasar por Juan Ramón.

La luna blanca quita al mar

el mar, y le da el mar. Con su belleza,

en un tranquilo y puro vencimiento,

hace que la verdad ya no lo sea,

y que sea verdad eterna y sola

lo que no lo era.

                              Sí.

                                 ¡Sencillez divina

que derrotas lo cierto y pones alma

nueva a lo verdadero!

¡Rosa no presentida, que quitara

a la rosa la rosa, que le diera

a la rosa la rosa!

Sea una lectura académica, sacándole todo el jugo al prólogo y las notas al pie, sea una más sencilla, lo que es seguro es que Diario de un poeta reciencasado es una obra magnífica, primordial, con la que sin duda disfrutará y que le hará sentir la primavera que tan luminosamente florecía en el gran poeta de Huelva.

 

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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El viento en la cara, de Saphia Azzeddine

El viento en la cara

El viento en la caraEl viento en la cara es Bilquiss. Y es que la mujer que protagoniza esta historia escrita por Saphia Azzeddine es uno de los personajes más potentes que he leído en los últimos tiempos. Con sus ingeniosas réplicas, su cinismo y su orgullo, Bilquiss va a contracorriente (de ahí, el atinado título del libro) y se impone a todo lo demás. Y ese «todo lo demás» no es poca cosa, os lo aseguro. Ese «todo lo demás» es un país que la ha ninguneado desde su nacimiento y un juicio en el que su condena será la lapidación en la plaza pública.

¿Y por qué? ¿Qué ha hecho Bilquiss para merecer semejante castigo? Ser mujer, simplemente. Y no tener hombre alguno que se ocupe de meterla en vereda, además. El jurado y los espectadores quizá expongan más motivos. Dirán que se atrevió a ocupar el lugar del muecín a la hora del rezo. Incluso que compró berenjenas y calabacines con formas fálicas. ¡Qué descaro! ¿Cómo no va a merecer una buena somanta de latigazos? ¿Cómo no van a querer tirarle piedras hasta que dé su último suspiro?

Pero Bilquiss no calla, aunque eso suponga acercarla un paso más a la muerte. Y cada una de sus peroratas pone en evidencia los dogmas bárbaros de su sociedad (que nada tienen que ver con la fe), las incoherencias de sus fieles creyentes y la bajeza de sus odios. Bilquiss no solo critica la injusticia de su país, Afganistán, sino también a esos occidentales que están llenos de certezas sobre lo que acontece en la sociedades musulmanas, a sus compromisos frívolos y a sus caridades intrusivas. Ese tipo de occidentales está representado en un grupo de soldados estadounidenses asentados en su país y en la periodista Leandra Hersham, que viajará hasta allí para tratar de ayudarla, tras ver su sesión de latigazos en Youtube. Sin embargo, Bilquiss no cede ante nadie. Se niega a ser un títere en manos de unos o de otros.

El viento en la cara es Bilquiss, sí, y eso que la narración no se centra solo en su punto de vista. También nos metemos en la cabeza del juez, que, muy a su pesar, se siente fascinado por la intensa mirada y las furiosas palabras de la acusada; y en la de la periodista estadounidense, cargada de buenas intenciones, pero lejos de saber a lo que se enfrenta. Ellos hablan, pero Bilquiss los desmonta. Porque su discurso es tan lúcido que, cuando ella alza la voz, solo pueden callar y escuchar.

Lástima que Bilquiss sea un personaje de ficción y que en la ficción haya tan pocos personajes como Bilquiss. Hoy en día, haría falta más gente así, en la sociedad y en la literatura. Afortunadamente, detrás de ella está Saphia Azzeddine, su creadora, a la que le presupongo el mismo carisma e inteligencia que le ha insuflado a su protagonista, y que lleva ya seis libros en su bibliografía. Así que espero que Saphia Azzeddine escriba mucho más, para que vapulee los prejuicios de millones de lectores y les dé un buen baño de realidad. Quizá así, algún día, entre todos hagamos que el viento cambie de dirección para que el sentido común nunca vuelva a ir a contracorriente.

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