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Una hermana, de Bastien Vivès

Si hay una edad peor que la adolescencia, es precisamente la de los años anteriores. En la adolescencia, por lo menos, a pesar de nuestras crisis de identidad, de no saber quiénes son nuestros amigos, qué queremos, a pesar de enemistarnos con nuestros padres, de llevarnos traumáticas decepciones con el amor, y de sentir que hay una conspiración universal contra nosotros, a pesar de todo ello, somos fuertes, descubrimos la independencia, sabemos muy pero que muy bien todo lo que podemos hacer con nuestro cuerpo, y nuestra capacidad de aguante en esos años nos maravillará al recordarla con flácida nostalgia en nuestra madurez.

Pero los años que preceden a esa edad terrible e inolvidable, ¿qué nos pueden ofrecer? Un cuerpo que se nos escapa por las perneras del pantalón, un ridículo bigotito que odiamos pero que nos negamos a afeitarnos hasta que un día vamos al cole con el colacao pegado a los pelos, miedo al matón del barrio, incapacidad de controlar nuestras lágrimas y pánico a enrojecer. No sé si vosotros vivisteis así esos años, pero tanto yo como Antoine, el protagonista de esta excelente Una hermana, sabemos muy bien de lo que estamos hablando.

Algo tiene el verano, que multitud de historias de iniciación transcurren en esa época. Esos meses, que los mayores piensan están repletos de juegos sin fin, despreocupación y felicidad absoluta, pueden ser, en ausencia de los amigos que forman nuestro mundo, de un tedio y una soledad demoledoras. Y es entonces cuando sucede aquello, cuando aparece aquella persona, y de repente todo cambia.

En la vida de Antoine quien aparece es Hélène, hija de una amiga de su madre que acaba de sufrir un aborto. Oyendo la conversación de sus padres, Antoine descubre que también su propia madre sufrió un aborto antes de que él naciera. Podría, pues, tener un hermano mayor… o una hermana, y ésta tendría la misma edad que Hélène.

Hélène ha superado los miedos y las vergüenzas que, imagino, también sufren las niñas en su preadolescencia. El dolor que siente ahora, tras el aborto de su madre, la ha arrancado para siempre del mundo de la inocencia, y se refugia de ese dolor fumando, bebiendo, yendo con chicos y pasándose las horas muertas watsapeando, consciente de que no está haciendo nada que no hagan los mayores. Pero la aparición en su vida de Antoine y de su hermano pequeño Titi la va a marcar de forma tan profunda como ella marcará la de él.

Bastien Vivès ha creado en Una hermana, esta sencilla pero extraordinaria novela gráfica, un retrato sincero, tierno y sin un ápice de sentimentalismo, de una etapa en nuestra vida que, quizá, determina nuestro porvenir de forma más decisiva que la tan cacareada adolescencia. Con un estilo inconfundible en el que los rostros son apenas un puñado de curvas y una sombra, el autor nos muestra un pedazo (en todas sus acepciones) de vida, una historia de miedo, soledad, sexo, amistad, descubrimiento, muerte y, sobre todo, esa intensidad con la que vivimos apenas un puñado de momentos de nuestra vida.

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Biomega: The Ultimate Edition 2, de Tsutomu Nihei

biomega the ultimate edition 2

biomega the ultimate edition 2El giro argumental de una novela es ese momento en el que te llevas las manos a las mejillas como si fueras Macaulay Culkin en Solo en casa; ese latigazo súbito pero coherente con la narración que crea una onda expansiva y sacude al lector; ese preludio, casi siempre, de un final que se paladea con nostalgia antes incluso de que la palabra de tres letras que cierra el libro se presente. El giro argumental en ocasiones convierte una novela corriente, de diversión ordinaria y de pedigrí impreciso, en un purasangre que se lanza sin cuartel en busca de la gloria. El primer volumen de Biomega ya apuntaba maneras, dejando caer algunas sorpresas entre el torrente de acción que inundaba al cómic. El inicio de Biomega: The Ultimate Edition 2 de Tsutomu Nihei es un puñetazo en la boca del estómago que deja sin aliento al lector; primer aviso de la paliza, a base de virajes narrativos, que le espera. Reconozco que yo, acostumbrado a las historias más bizarras jamás imaginadas por escritores de mente retorcida, todavía me encuentro algo grogui.

El segundo volumen de Biomega se inicia justo donde finalizaba el primero: diferencias de ideología en el seno de la Fundación para la Recuperación de Datos (podría resumirse como la corporación malvada) hace que explote una guerra civil entre sus agentes. Unos buscan continuar con el plan que involucra al virus N5S y que cambiaría el curso de la historia de todo el planeta Tierra; el resto han decidido recular ante tan descabellado plan y luchar contra quien quiera llevarlo a cabo. Industrias Pesadas Toa (los buenos de la película), con su principal agente al frente, el humano sintético Zoichi Kanoe (el protagonista que repartía estopa en la primera parte) y Fuyu, la inteligencia artificial que lo acompaña, se encontrarán en el medio de ese fuego cruzado.

Las primeras páginas del manga que hoy nos ocupa nos muestran qué fue de esa guerra, de la gente que luchaba en ella y del estrambótico plan que se pretendía llevar a cabo. A mitad del capítulo 27 llega el primero de una larga lista de giros argumentales que deja al lector tan aturdido como a sus protagonistas principales. “Lo que está claro es que ha ocurrido un fenómeno desconocido”. Si ya nos habíamos acostumbrado a las estructuras metálicas, al hormigón armado, al olor del asfalto y a los habitantes de esos lugares, el autor decide borrar de un plumazo nuestra zona de confort y enviarnos a explorar nuevos mundos y nuevas situaciones, pero sin dejar de lado el hilo principal. Ahora el dibujo resulta menos frío, menos rectilíneo, pero igual de impresionante. Tsutomu Nihei deja atrás la escuadra y el cartabón y da paso a un mundo de redondeces y bulbosidades, un mundo que parece respirar en todo su conjunto. No son pocas las viñetas que me han recordado al cómic Alef-Thau: esos mundos repletos de magia y fantasía que surgieron de las mentes de Arnaud Dombre (más conocido como Arno) y de Alejandro Jodorowsky y que narraban las aventuras de un muchacho incompleto. Y es que el autor de Biomega incluso llega a coquetear con la fantasía, a pesar de que la ciencia ficción sigue siendo el género principal al que pertenece la obra.

En Biomega: The Ultimate Edition 2 la acción pierde algo de protagonismo, la cual cosa no es difícil ni algo que debamos lamentar. Sigue habiendo acción, por supuesto, pero a un nivel más “sosegado” que evitará que al lector le pueda dar un infarto de miocardio. El texto, las aclaraciones y en general los diálogos son bastante más abundantes que en el primer volumen; algo necesario para no perder el hilo de una historia que a medida que avanza se vuelve tan compleja como surrealista. Punto que juega más en favor de la obra que en contra, a pesar incluso de esas últimas páginas en las que las explicaciones se apelotonan y fuerzan un final algo confuso.

Biomega: The Ultimate Edition 2, publicada en una impecable y lujosa edición por parte de Panini Cómics, pone de manifiesto que la imaginación de Tsutomu Nihei no tiene límites a la hora de narrar una historia, explorando complejos argumentos que fuerzan al lector a prestar atención mientras disfruta de unas escenas de acción que lo atraparán desde la primera viñeta. Además, ahora ya sí, sabréis qué cojones pintaba un oso en todo este embrollo.

 

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A plena luz, de Fernando Sarría

A plena luz

A plena luzHace años que conozco y leo la poesía de Fernando Sarría, es fácil encontrar su rastro en internet porque muchos son ya los libros que ha publicado, más de una docena en diversas editoriales, y varios son los blogs literarios y poéticos que mantiene; también llena Facebook de versos y preciosas fotografías. Es un autor que siempre ha trabajado por llevar la poesía a la calle, es generoso y escribe para ser leído.

Dice el también poeta Ignacio Escuín en el prólogo de esta antología que hoy les traigo, que la poesía aragonesa vive una verdadera edad de oro, yo, que soy un poquito más exagerada, diría que la Literatura Aragonesa, en general, está viviendo sus mejores y más dulces días, y toda en su conjunto compone esta Edad de Oro. Ya ven, en Aragón, hasta el Director General de Cultura es poeta, la poesía ha llegado a la política, y eso no puede ser malo. Aunque la poesía siempre irrumpe con verdadera fuerza cuando la vida se hace más dura…

Ya les he dicho que A plena luz es una antología que recoge poemas publicados en diversos libros de Sarría desde 2008 hasta 2015.

El deseo construye muros,
eleva casas,
habitaciones celestes
donde antes sólo había páramos…
edifica paisajes
para que el amor repose.

 

El amor, el deseo, la sensualidad… En definitiva la luz llena la poesía de Sarría, una poesía amable que se asomaba ya con claridad en su primer poemario (2005) editado por Eclipsados, El error de las hormigas, al que pertenecen estos versos.

Ya ven, poesía luminosa con la que ha sido capaz de acercarse al gran público, el poeta que rompe muros entre el escritor y el lector, unos muros artificiosos que alguien se empeñó en construir.

Las horas, junto con Calafell, son sus obras más profundas, versos más intimistas, el regreso y la reflexión de lo vivido, una obra tan personal que nos ofrece poemas en los que se puede ver reflejado el lector, espejos llenos de un nosotros…

Se resume el verano entre tu pelo.
Al lado del jazmín
mis dedos te cabalgan
y se hacen dueños de tu nuca.
Adormeces el mar,
el pinar se deja las miradas hacia dentro
y te acerco el Mediterráneo al mojarte con mis labios.
Tantas islas en tu espalda
esperando ser un muelle de abandono.
El deshacer de las cuentas
me lleva a perder su número.
Zarpa mi lengua buscando oscuridad
en la tierra de acogida.
Erige puertos nuevos,
recrea la luz entre los pliegues perfectos de tu piel,
mientras tú enumeras para mí solo, uno a uno,
todos los posibles gemidos de la noche.

(Poemario “Las horas” 2012)

Podría y debería avanzar más, pero no quería pasar por alto estos versos que ahora les dejo del poemario “Bares” para que exploren con él esa prosa poética capar de perturbar al lector. El ayer y el hoy en concordancia, los sueños y realidades a la vista, sin esconder demasiado la mano que lanza la piedra… Recordar la figura de Janis Joplin es mezclar rock and roll y blues, fuerza, luz, sueños, dolor, desesperanza…

 

Janis Joplin

[Summertime}

Nunca tuve en las paredes pósters de Janis Joplin ni de Jimmy Hendrix,
seguramente eran del Che Guevara, de Inti Illimani, de Salvador Allende,
de un lobo estepario que me recordaba a Hermann Hesse
o de alguna idílica isla griega que me hacia viajar lejos.
Ahora sé que cometí un error,
que nunca debí dejar afuera tantas cosas
para que al fin el sol se llevara
el color de tantas ilusiones.
Puedo mirar mis manos,
en ellas hay demasiados surcos:
una gitana también a mí me dijo que tendría muchos hijos.
Quizás no fuera yo el que puso la mano,
a lo mejor no soy yo el de entonces
y mis hijos vagan en la oscuridad
como su padre lo hace en las noches.
Recuerdo que sí que me gustaban Janis y Jimmy,
aunque tal vez se murieran demasiado pronto,
héroes vencidos de un juego al que nunca supe jugar
y eso que en la ruleta he aprendido a perder hasta las esperanzas.

(Poemario “Bares”, 2012)

Cuando uno habla de un poeta, en definitiva habla de poesía, la poesía parece trasversal en la vida de Fernando Sarría, un autor al que da gusto escuchar mientras recita sus versos, si tienen oportunidad de acercarse a él, no la dejen escapar. Pura sensualidad transformada en palabras

…puedes arrancar un corazón sobre este párrafo.

(de El Altar…Memorias de un mujeriego)

L.Cohen

Y dormirme en la bañera, bajo la espuma,
junto a un vaso de whisky de malta escocés,
mientras suena en la radio una vieja sonata romántica
a la luz de las velas. Sabes que me gustan esos instantes.
Sé que echaré de menos tus manos en mi espalda,
rebuscando en ella preguntas indoloras
o pensando cuánto tiempo nos quedaba por vivir juntos,
mientras yo canturreaba canciones de Dylan
o me ponía a decirte lo hermosa que estabas así:
medio desnuda, medio mojada, medio borracha.

Poemario “Poemas de la incertidumbre” Editorial La isla de Siltolá 2014

Les recomiendo que hagan un recorrido por la poesía de Fernando Sarría, un poeta al que es fácil acercarse, con una poesía clara y llena de luz, aun cuando, sobre la misma, como ya han visto, sobrevuele la desesperanza en el ambiente… Pero son tan grandes los sueños y los recuerdos que merece la pena revivir y remover con ellos nuestras profundidades.

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Mi otra vida, de Narciso Martín H.

Mi otra vida

Mi otra vidaQué curioso es esto del amor. Una palabra tan corta, tan pequeña y que puede dejar a cualquiera sin respiración. Todos tenemos objetivos en la vida y uno de ellos, siempre es el amor. Pero no pensemos en el amor típico de corazones rojos y flores por doquier. Hay muchos tipos. El amor romántico, el autoimpuesto, el obligado, el amor pasajero, el olvidado, el que mata. También el amor por uno mismo, por el trabajo, por la familia. Por un perro, qué más da. Pero el que más duele, suelen decir, es el no correspondido. Yo no estoy de acuerdo. El que más duele es aquel que pudiste tener pero que abandonaste por miedo. Creo que todos sabemos de lo que estoy hablando. Esa persona que, cuando la ves, hace que se te acelere el corazón. Esa persona por la que dejarías todo en este mismo instante para pasar la vida a su lado. Esa persona que, por las circunstancias en las que vives, no eres capaz de seguir. Ese, ese es el amor que más duele.

Narciso Martín H. nos habla de ello en Mi otra vida, un libro cuyas protagonistas son las segundas oportunidades. Esta novela nos habla del tren que pasó por nuestro lado y que no tomamos y el destino hizo que nos lo volviéramos a encontrar. Que una vez pase es muy difícil, así que dos… Por eso Martín Díaz, un escritor de reconocidísimo mérito decide buscar al amor de su vida. Él estuvo enamorado en su tiempo, sí. Tuvo un hijo maravilloso que ahora le acompaña en todas sus hazañas y aventuras, pero lo cierto es que su corazón siempre perteneció a otra. A Olivia. Y eso es algo que siempre le dio pánico reconocer. Supongo que es por eso de que uno tiene que ser fiel a sus decisiones. Si Martín decidió casarse con otra mujer, tenía que seguir con ello y defender su decisión a capa y espada. Ya no solo por lo que la gente podría llegar a decir —habiendo leído esta novela, creo que eso, a Martín, le daba bastante igual—, sino porque significaría que él se estaba fallando a sí mismo. Podría tratarse de una cuestión de orgullo, no lo sé. Pero por las causas que fueran (al final, no importan), Olivia se alejó de sus brazos y él tomó otro camino.

Pero sí que hay una cosa por la que Martín da gracias a Dios o a los cielos o a quien quiera que tenga que agradecérselo. Da gracias por su hijo, Gabriel. Gabriel no dejó a su padre ni un solo momento, le acompañó en todas las aventuras que decidió correr y se encargó de dejarlo perfectamente documentado en un blog donde todos los fans del famosísimo escritor, podrían leer sus andanzas. Y fue él el que le animó a perseguir a Olivia. A buscarla por todos los rincones del mundo. Daba igual que tuvieran que ir a China, a Cancún, a Sudáfrica… no importaba dónde. Pero él sabía que su padre necesitaba a Olivia a su lado e iba a hacer todo lo posible para que así fuera.

De este libro tengo que destacar varias cosas que me han gustado muchísimo. La primera es la profundidad de sus personajes. Narciso Martín H. los describe con una humanidad exagerada. Cuando las páginas pasan y pasan, sientes como si conocieras a Martín y a Gabriel de toda la vida. Incluso puede que llegues a identificarte con ellos. ¿Quién no ha tenido un sueño que no ha perseguido por miedo al fracaso? No seré yo la que tire la primera piedra. Durante estas páginas sufrimos por ellos. Y también sufrimos con ellos, al ver lo que cuesta alcanzar un sueño. Al ver la perseverancia y la entereza con la que hay que actuar cuando queremos que los sueños dejen de ser eso, sueños, para convertirse en realidad.

Otra de las cosas que me ha gustado ha sido la forma de escribir de este joven autor. A mí el contenido de la historia me puede gustar más o menos, pero al final lo que me emociona es la narrativa, el modo en el que el autor llega a mí. Y tengo que decir que parece que el autor valenciano lleva toda la vida escribiendo novelas de quinientas páginas. Tiene una forma de describir muy sutil, muy liviana, lo que hace que la novela no se haga pesada y no lleve a abandonarla al primer intento. Además otra de las cosas que me apasiona es poder subrayar los libros que leo cuando me encuentro con una frase que hace que mi corazón se acelere. En esta novela he encontrado unas cuantas, os lo puedo asegurar. Como esta: “cuando el corazón se rompe violentamente cuesta mucho recomponerlo, logrando que haga acopio de suficiente fuerza para emprender un nuevo camino. Pero lo emprendí. Fui tan fuerte como necesitaba ser. Porque el destino que está por venir no es regalado, es logrado a base de esfuerzo, de sacrificios, de valor. Y ha sido un buen devenir, el mío. No podría ni debería quejarme, así que no lo hago”. Simplemente, maravilloso. Y así, decenas de frases que podríamos enmarcar y llevar por bandera ante las situaciones difíciles que todos vivimos día a día.

Si tuviera que buscarle un pero, uno pequeñito, sería el del abuso de los diálogos. La narrativa trascurre básicamente en ellos. Son los protagonistas los que nos cuentan a nosotros directamente la historia. Lo que está pasando y lo que pasó. Narciso Martín H. recurre mucho a que sean los propios protagonistas los que te pongan en situación y te cuenten toda la historia. No usa un gran narrador omnipresente que nos cuente la historia, sino que son ellos mismos quienes lo hacen. Pero esto, está claro, es una cuestión de gustos. También me quejo cuando en el libro no hay apenas diálogos, porque se me hace un poco pesado, así que supongo que soy yo, que soy difícil de complacer y que siempre tengo que buscarle pegas a las cosas. Puede que ahora mismo tú, que estás al otro lado de la pantalla leyéndome, pienses que estoy loca. Que tener un libro en el que los diálogos son lo predominante es lo mejor que podría echarme a la cara. No lo pongo en duda, pero a mí es algo a lo que me cuesta adaptarme.

Pero esto, como digo, es una pequeña pega que le pongo porque yo soy así de tiquismiquis. Sin embargo, todos los halagos que pueda hacer a esta novela se quedarían cortos. Es tierna, sincera, dinámica, en puntos divertida, en puntos frustrante. Te hace pensar, recapacitar sobre tu propia vida. Después de leer esto yo ya no tengo nada claro sobre la mía. Y eso que soy consciente de que muchos caminos que he tomado no fueron los adecuados. Pero yo tengo una filosofía, que no sé si compartiréis conmigo: cuando se toma una decisión, acertada o no, eso no importa, se toma por algo. Por las circunstancias en las que uno vivía. Por los pensamiento que tenía. Por las esperanzas, los sueños o los pájaros que tuviera en la cabeza. Pero todas esas decisiones, todas y cada una de ellas, son las que te han llevado a ser quien eres hoy. Ni más ni menos. Eso sí, a partir de hoy, podrás hacer mil cosas por mejorar tu vida, o por mantenerla como está, si estás conforme con ella. Y siempre siendo consciente de que eres lo que eres por las decisiones tomadas.

 Mi otra vida es una novela llena de esperanza. Me ha recordado un poco a la historia de Come, reza, ama en cuanto a la búsqueda de la identidad de la persona. Está claro que lo que buscaban los protagonistas de sendas novelas no tiene nada que ver, pero al final lo que cuenta es el despojarse de todo para poder alcanzar lo que uno quiere.

En resumen, esta historia me ha gustado muchísimo. Me ha hecho viajar, disfrutar, sufrir un poco por el amor frustrado de Martín… He sentido mil cosas a la vez. Pero lo más importante, y lo que más me ha gustado, es que me ha hecho pensar. Y mucho. Y eso, eso es lo que realmente me apasiona de los libros. Bien hecho.

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Esto no es América, de Jordi Puntí

esto no es america l

esto no es america lNo tenía ni pajolera idea de quién era Jordi Puntí hasta hace unos días. No importa. Afortunadamente, me gusta entrar en las librerías y leer las contras de los libros que me llaman la atención, y este lo hizo. Esa portada ilustrada con la obra titulada “Acordaos de rezar antes de hacer maldades” ya era un aviso de que el contenido iba a ser atípico, como mínimo. “Esperado regreso de Puntí al cuento” era la frase de la faja que secundó el impulso sin remedio hacia él. Leyendo un poco averiguo que hacía quince años que el tal Puntí no publicaba un volumen de cuentos y que es “uno de sus más dotados cultivadores en activo”. Prometedor, pienso esperanzado. Sigo leyendo y las breves sinopsis de los nueve cuentos de los que se compone el libro me convencen. Ya está. A la saca. Por si tenía poca lectura atrasada, uno más.

Sin embargo, Esto no es América ha sido una revelación. Una lectura más que agradable, que debe hacerse de manera reposada, que es, por otra parte, como deberían leerse la mayoría de libros, aunque no siempre podamos. Pero consejos vendo… yo los he leído con una voracidad desmedida porque no podía frenarme. Imposible. Con eso lo digo todo.

Casi todos, por no decir todos, los relatos tienen en común la soledad del narrador. Da igual que en algunos este se encuentre casado feliz o infelizmente, superando una crisis o sin problemas en el horizonte de su paraíso particular. Lo que leemos son los pensamientos, esperanzas, recuerdos y añoranzas (muchas de estas) de un protagonista que suele estar moviéndose hacia algún sitio y que en su odisea suele cruzarse también con otros solitarios.

“Tarde o temprano todos descubrimos qué papel nos ha tocado interpretar en el teatro de la vida.”

Dice la contra que “si hay un hilo conductor que une estos cuentos es la música”. En mi opinión, aunque la música esté presente, no me ha parecido con la suficiente fuerza como para hablar de hilo conductor. No es el común denominador. En cambio, el movimiento y la soledad, sí. Eso diría yo que definen estos cuentos. Eso y la figura del perdedor en distintos frentes: emocional, profesional, vital…

Pero, a pesar de este protagonismo del perdedor, los cuentos son optimistas y en algunos hay ligeros toques de humor. A ver, no son la alegría de la huerta, pero no son historias sobre gente hundida en la miseria, no van por ahí los tiros. Incluso en uno de los cuentos, el protagonista parece que acaba encontrando una pareja. Y en La madre de mi mejor amigo, un estupendo relato erótico, el protagonista tampoco acaba mal precisamente. Algunos tienen hasta un humor negro que te dejan un poco con el culo torcido, como en el caso del cuento Riñón.

Una cosa que me ha sorprendido ha sido la capacidad de Puntí de empezar una historia por un punto, desviarse hacia otro, de ahí poder hacer otro desvío y finalmente volver al punto inicial para seguir narrando. Así ya tenemos toda la información para poder entender al protagonista de turno de forma hábil y ciertamente entretenida.

En cuanto al estilo, no puedo estar más de acuerdo en que Puntí domina los resortes del cuento. Leerle es un auténtico placer. Escribe que parece fácil hacerlo, pues sus cuentos se dejan leer con una facilidad pasmosa que te arrastra sin darte cuenta y te permite observar las escenas cotidianas de la vida desde un punto de vista que creías tuyo propio.

En definitiva, Esto no es América es un libro que no veo como ningún amante de los cuentos puede dejar pasar. Puntí es todo un cuentista nato, y yo no voy a tener más remedio que acumular sus libros anteriores en la pila de pendientes, ahora que ya sí, lo conozco algo más.

Una lectura sublime y no, ni es América ni falta que hace.

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Las tormentas interiores, de Gerardo Pérez Sánchez

Al principio, los libros recogían las gestas de caballeros y reyes. Las historias que merecían ser contadas eran aquellas protagonizadas por grandes hombres, ya fuera por su poder o por la trascendencia de sus hazañas. Pero hace mucho que los escritores demostraron que hasta de la vida aparentemente más anodina puede cautivar al lector si se escogen el momento y el tono adecuados; esos capaces de conectar con otras personas, de remover algo en su interior… De convertirse en literatura. De esas personas y de esos momentos son de los que nos habla Gerardo Pérez Sánchez en la novela Las tormentas interiores.

Victoria es una joven cansada de sus días rutinarios en la oficina, de los ligues de fin de semana que son sucedáneos del amor y de la presión de sus padres para que madure de una vez y se asiente en una vida estable. Por eso, un día decide romper con todo y coger un avión a Roma, para empezar desde cero. Hasta allí también va a viajar Alberto, para una reunión de negocios. Él es un treintañero que ya ha conseguido lo que todos consideran el éxito: un trabajo bien remunerado en una multinacional, una casa enorme y un coche caro. Vamos, que tiene de todo…, menos vida.

Ana es una mujer de cuarenta y tantos, con dos preciosos hijos y una vida tranquila junto a su marido. Demasiado tranquila, quizá. De ahí que de vez en cuando rememore su juventud y sus inquietudes musicales, esas que dejó a un lado porque las circunstancias y su entorno la empujaron a ello. Tiene previsto viajar a Londres para la boda de su hermana, pero lo hará sola porque su marido no quiere pedirse el día libre en el trabajo ni que los niños pierdan clases. Devlin, productor musical, tiene billete para ese mismo destino, donde tiene programada la grabación de un disco de jazz. Ya ha cumplido los cincuenta, pero mantiene su espíritu rebelde y huye de los convencionalismos sociales.

La aleatoriedad del sistema informático ha decidido que Victoria y Alberto y Ana y Devlin compartan asientos contiguos en sus respectivos vuelos, pero una tormenta desbaratará los planes iniciales. Sin embargo, el destino parece empeñado en que sus vidas se entrelacen.

Como véis, Las tormentas interiores tiene una premisa sencilla, incluso tópica, pero los personajes resultan realistas y es fácil empatizar. Cada capítulo está narrado en primera persona por uno de ellos, y según el momento vital en el que se encuentre cada lector, conectará más con uno u otro. Por ejemplo, se identificarán con Victoria aquellos que todavía están dando sus primeros pasos en la vida adulta; con Alberto, los que ya están hartos de sus jefes; con Ana, quienes se arrepienten de todo lo que dejaron por el camino y con Devlin, los que están de vuelta de todo y no soportan este mundo de tantas apariencias y tan poca verdad.

Enseguida nos dejamos llevar por sus historias, porque sus inseguridades y esperanzas son las nuestras también. Todos tenemos sueños apartados que un día se cansaron de esperar o metas que, una vez alcanzadas, no eran lo que imaginábamos. Quien más quien menos ha sucumbido a las expectativas de su entorno y se ha olvidado de lo que realmente quería hacer. Y, aunque no solamos reconocerlo, tenemos instantes —incluso etapas o vidas enteras— llenos de soledad y miedo, en los que deseamos dar un giro de ciento ochenta grados a nuestras existencias. Pero pocos, muy pocos, nos atrevemos a ello. Por eso, nos emocionamos con estos personajes, nos indignamos con ellos o los compadecemos. Gerardo Pérez Sánchez no tiene más que poner nuestros pensamientos en sus bocas y, así, como si nada, nos lleva de la primera a la última página en un abrir y cerrar de ojos.

Tras leer Las tormentas interiores, es posible que muchas de nuestras perennes excusas se tambaleen. Dar un gran vuelco a nuestra vida no es más sencillo si tenemos un montón de ceros en la cuenta corriente. Es más, cuando estamos en esa situación, aún resulta más incomprensible que nos planteemos dejar ese modo de vida atrás, pues nuestro entorno es incapaz de concebir que en semejante desahogo económico haya un resquicio de infelicidad. Cambiar de vida es simplemente una cuestión de valor, como nos demuestran los personajes de esta novela. Vivimos junto a Victoria, Alberto, Ana y Devlin ese impás en sus vidas, y sus decisiones se quedan rondando en nuestra mente tiempo después de haber finalizado la lectura, porque nos hemos sentido tremendamente identificados con sus sentimientos y reacciones. Acabamos envueltos en nuestras propias tormentas interiores, sopesando si, en nuestra vida, el tiempo pondrá las cosas en su sitio o esta vez seremos nosotros los que haremos algo por recolocarlas.

De pronto, nuestro raciocinio salta: «Era solo un libro». Pero nuestro corazón se empecina: «O la vida misma». «¡No!», el raciocinio vuelve a la carga, «la vida nunca se resuelve en trescientas páginas». Y es posible que ambos tengan razón. Nadie dice que sea fácil, ni siquiera la historia que nos cuenta Gerardo Pérez Sánchez nos asegura que el éxito esté garantizado. Ahí está la proeza de sus personajes. Y es que no hace falta leer las aventuras de grandes héroes para que a los lectores nos entren ganas y vértigo, mucho vértigo, de emularlos.

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Escarlata veneciano, de Maria Luisa Minarelli

Escarlata veneciano

Escarlata venecianoTiene Venecia unos elementos culturales y geográficos que hacen que su esencia no se haya modificado mucho en los últimos años. Su mística atrapa cada año a millones de viajeros, que disfrutan navegando por sus canales y paseando por esas calles llenas de historia en cada esquina. Y en esta ciudad tan especial se desarrolla Escarlata veneciano, novela negra con tintes históricos que nos presenta Maria Luisa Minarelli.

A finales del Siglo XVIII, la tranquilidad nocturna de la Serenísima se ve interrumpida cuando aparece el cuerpo de un hombre asesinado en extrañas circunstancias. Aquí es donde sale a escena el protagonista elegido por Minarelli para solucionar el caso. El avogadore (Alto magistrado al servicio de la República) Marco Pisani es el encargado de inspeccionar esa muerte y otras dos que se producen en días sucesivos y que no tardan en relacionarse con la primera. Pisani y sus ayudantes empiezan una investigación por los bajos fondos de la ciudad, pese a que las sospechas les llevarán incluso a capas más altas de la sociedad de la época.

Aunque la sinopsis de este libro vende Escarlata veneciano como una novela histórica, realmente nos encontramos ante una novela negra. Sin embargo, si por algo destaca esta historia no es solo por el tema negro en sí. Destaca más bien por su contexto histórico, y por la excelente recreación que Maria Luisa Minarelli hace de la Venecia del Settecento. La autora teje una historia consistente alrededor de Pisani y sus pesquisas, pero lo que de verdad hace disfrutar al lector, al menos en mi caso, es la ambientación tan lograda que tenemos del estilo de vida de la época. Hay que recordar que Venecia venía de disfrutar de un pasado de esplendor gracias al negocio montado al albur de la Ruta de la Seda, una ruta que empezaba a mostrar signos de decadencia y que obligó a muchas familias a reconvertir sus negocios. El ecosistema de clases empezaba a variar, la vida burguesa y aristocrática se amoldaba a los nuevos tiempos y los turcos llegaban a la ciudad dispuestos a seguir haciendo negocios con los venecianos. Todo esto queda explicado a la perfección en la novela, al igual que todo ese protocolo social basado en fiestas, reuniones y banquetes. Y como no podía ser de otra forma, el ritmo de vida de las clases bajas también tiene su espacio en la novela. Venecia no solo era conocida por sus estupendos palacios y sus carnavales elitistas. La Serenísima también recibía miles y miles de marineros que encontraban en sus oscuras y sucias tabernas el lugar idóneo para descansar de sus largos viajes.

Al tema histórico y social hay que añadirle el componente amoroso. La autora pone énfasis a la hora de destacar el componente amoroso que se desata en Pisani mientras se desarrolla la investigación, componente que también se ve dificultado por ese sistema de clases tan férreo que se imponía en aquellos tiempos.

Maria Luisa Minarelli elabora una trama sencilla, con capacidad suficiente para enganchar al lector y proporcionarle unas buenas horas de lectura y disfrute. En Italia ya son tres las aventuras que esta autora ha escrito en torno al avogadore Marco Pisani. Seguro que en España, leído Escarlata Veneciano, encontrarán una buena acogida.

César Malagón @malagonc

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En estado salvaje, de Charlotte Wood

En estado salvaje

En estado salvaje

Se levantó de la cama y notó unos tablones duros bajo los pies. También la aspereza extraña del tejido de un camisón sobre la piel. ¿Quién se lo había puesto? Anduvo sobre los secos tablones de madera y se plantó, alargando el cuello para mirar el mundo a través del espacio estrecho y elevado de un ventanuco. Las dos farolas que había visto en sueños resultaron ser dos estrellas enormes en el cielo de color azul oscuro.

De este modo comienza En Estado salvaje de Charlotte Wood. Es la historia de diez mujeres que son encerradas en unos cubículos, que ellas mismas denominan perreras. Las obligan a llevar ropa vieja, áspera e incómoda y les rapan la cabeza. No saben que las ha llevado a esa granja aislada del resto de la humanidad, y tienen que enfrentarse a la escasez de comida y a la esclavitud a la que se ven sometidas por dos hombres y una mujer, que cada día las obligan a trabajar en la construcción de una carretera. Son maltratadas, humilladas y no tienen modo alguno de escapar debido a la valla electrificada que las separa del exterior. ¿Qué han hecho para merecer ese trato?

En estado salvaje ha sido comparada con El cuento de la criada de Margaret Atwood, obra que en los últimos tiempos a reavivado su fama gracias, en gran medida, a la serie de televisión basada en su historia y al momento actual. Vivimos una época en la que el machismo, el feminismo, la igualdad… están en boca de todos y todo lo relacionado con el tema inmediatamente salta a las portadas y crea debate. No obstante, En estado salvaje tiene varios puntos que lo distinguen de la obra de Margaret Atwood. El más fundamental es que mientras que El cuento de la criada es una distopía (más cercana o alejada del presente), En estado salvaje no hace referencia a ningún tiempo y eso es porque se trata de una historia de ayer, de hoy y de mañana. Habla de misoginia pero también de esclavitud y de supervivencia.

Hace unas semanas los medios publicaron los datos que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) presentó en la Asamblea General de la ONU en relación al alcance real de la esclavitud moderna. El estudio señala que más de 40 millones de personas en el mundo fueron víctimas de la esclavitud en 2016. El género femenino representa el 71%, casi 29 millones, de esa alarmante cifra. Y es que, el 99% de las víctimas del trabajo forzoso en la industria del comercio sexual y el 84% de los matrimonios forzosos, son mujeres.

De esto va el libro de Charlotte Wood, de mujeres que son castigadas por una sociedad que nos divide por nuestro género, que ha sexualizado de tal modo el cuerpo femenino que hace que las propias mujeres nos preocupemos por él, por si enseñamos o no enseñamos demasiado; que hace que algunas mujeres nos avergoncemos de él y otras lo usemos como un arma; que hace que éste levante pasiones y envidias por igual; y que, sobre todo, hace que en un porcentaje demasiado alto nos represente, nos etiquete y nos condicione…

El libro es ficción pero es muy real. Puede que no sea por las mismas razones, con el mismo fin, o a tantas mujeres de golpe, pero cada vez que un hombre acosa a una mujer, viola a una mujer, maltrata a una mujer… la está castigando por eso, por el simple hecho de haber nacido mujer en una sociedad que ha dotado a los atributos femeninos de una sexualidad que que la mujer no ha elegido.

Tras esta reflexión, me gustaría señalar que En estado salvaje no cae en el burdo mensaje de simplificar este conflicto en “mujeres víctimas, hombres verdugos”. Va más allá y nos muestra como las propias mujeres somos en muchas ocasiones nuestras peores enemigas y somos las primeras en prejuzgarnos y etiquetarnos las unas a las otras.

Las chicas veían como Teddy utilizaba a Nancy. Era asqueroso, como todos los hombres, convenían. Eran los hombres quienes empezaban las guerras, quienes cometían las matanzas, las violaciones y mutilaciones.

–Imaginad si las mujeres dirigieran el mundo –suspiró Izzy.

Se hizo el silencio.

–Pero a mí me gustan los hombres –musitó Rhiannon. Todos los rostros se volvieron hacia ella, así que añadió a toda prisa–: No estos, claro.

–Imaginad como sería este sitio si estuviéramos solo nosotras –dijo Barbs.

Las demás lo pensaros en silencio.

–Aún estaría Nancy –dijo por fin la vocecilla de Joy.

–Y Hetty –dijo Maitlynd.

Se estremecieron

Así que no, volviendo a la comparativa entre las obras de Charlotte Wood y de Margaret Atwood, no son la misma historia porque mientras que una podría ser real en algún momento, la otra ya lo es; pero eso sí, ambas cumplen una función y es hacernos pensar en todo esto.

Permitidme, por tanto, que ponga en relieve la importancia de que se escriban libros así. Libros que, a pesar de ser encuadrados en el género de la ficción, son muy reales y abordan la barbarie de la que es capaz el ser humano. En estado salvaje es una historia dura y despiadada que inquieta, que destroza y que en algunos pasajes te hace removerte incómodo; pero también, te hace abrir los ojos y reflexionar.

Charlotte Wood ha escrito una historia que horroriza y cautiva a partes iguales gracias a una prosa directa, natural y detallada hasta el extremo que te hace mascar la suciedad, la rabia, la claustrofobia, la incertidumbre, el miedo, la crueldad; y también, la fortaleza y la lealtad. Pero que nadie se equivoque, porque el estilo de Wood es tan irreverente como cuidado y elegante. Tal vez no es un libro apto para todos los públicos, especialmente para mentes delicadas y susceptibles, pero sí es un libro muy necesario por los temas que aborda.

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El final de todos los agostos, de Alfonso Casas

el final de todos los agostos

el final de todos los agostosDesde hace algún tiempo estamos viviendo a nuestro alrededor una fiebre nostálgica alrededor de los ochenta/noventa. Y digo yo que no será casualidad, que debe de ser la época que les toca añorar a quienes alcanzan ya cierta edad y que coincide que están al mando de ciertos medios. Series como Stranger things, constantes y a menudo innecesarios y horrendos remakes cinematográficos como la reciente It (aunque este ni horrendo ni innecesario) o el libro que ya ha se ha convertido en fenómeno social y de redes y el cual creo que ya va por su cuarta entrega, Yo fui a EGB, son algunos ejemplos que se me ocurren a bote pronto (pero hay cientos).

Lo jodidamente cierto es que, independientemente de la edad, todos hemos echado, echamos o echaremos la vista atrás y estoy convencido de que, a no ser que se haya pasado un infierno de infancia o alguna tragedia mayúscula, la mayoría estará de acuerdo con la archifamosa frase “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Por supuesto, ahora vivimos muy bien. Pero cuando oímos esa frase no nos referimos a un pasado en el que nos remontamos a la Edad Media, cuando no había antibióticos o analgésicos ni lavadoras o microondas. No. Cuando oímos esa frase nos referimos a un tiempo pasado vivido por nosotros; ese tiempo perdido que decía Proust en el que éramos felices sin saberlo y en el que todo era fácil porque apenas teníamos preocupaciones.

El final de todos los agostos va de algo así. No exactamente de la infancia en este caso, o solo en una pequeñísima parte, sino más bien de la temprana adolescencia. De una pregunta que creo que también nos hacemos de vez en cuando: ¿Qué habría pasado si hace años, en vez de haber elegido X hubiera elegido Y? ¿Qué sería de mi si hubiera hecho caso a Fulano y no a Mengano? Si hubiera hecho lo contrario de lo que decidí hacer.

Y también va de saber qué ocurrió con personas que fueron tan importantes en nuestra vida que en aquel momento no nos imaginábamos sin ellas pero que, sin embargo, desaparecieron de ella sin dejar el supuesto vacío que deberían provocarnos.

Dani es un fotógrafo que de pequeño iba cada agosto a veranear a un pueblo de la costa. En él conoció a Pumuki y se hicieron amigos. Ahí comenzó también, sin saberlo, su carrera de fotógrafo, haciendo su primera foto a ese niño pelirrojo con el que se metían y que se convertiría en su mejor amigo. Veinte años después de la última vez que pisara el pueblo, Dani, a pocos días de casarse, vuelve para fotografiar los mismos sitios y ver los estragos del tiempo con miras a preparar una exposición.

“El misterio hace a la gente más interesante y a veces es mejor quedarse con el recuerdo”

De eso va este cómic. Así explicado, tal vez no parezca gran cosa, pero, ¡coño!, lo es. Dani hace algo que muchos, bien por falta de tiempo, pereza o cualquier otra excusa legítima, pero excusa al fin y al cabo, no hacemos. Revive in situ los buenos y malos momentos que compartió con su amigo. Busca lugares, recuerda experiencias, aventuras, primeros cigarros y amores, bailes y verbenas, juegos en la playa y leyendas urbanas y va en busca de Pumuki.

“Es cierto eso que dicen sobre que la vida no es como uno la vivió, sino como la recuerda”

Alfonso Casas emplea hábilmente el blanco y negro azulado para narrar el presente y toda una rica paleta de color para contarnos el pasado, contrastando de este modo la felicidad del pasado con la ¿infelicidad? del momento actual. De igual modo, para remarcar el paso del tiempo de vez en cuando se insertan en el cómic unas hojas de papel cebolla (e incluso en la portada, aunque aquí es de ¿vinilo?) que consiguen el efecto deseado de contraposición presente/pasado, esperanza/realidad, blanco y negro/color, amistad/soledad…

El dibujo me ha gustado bastante. Desde la primera hoja, con la fachada del edificio que invita a ser arrancada y colgada en la pared. Casas no solo configura una buena historia sino que la caracterización de personajes va de la mano de la de los escenarios. Su dibujo no es complejo, pero tampoco es sencillo y me ha recordado a aquellos libros, creo que se llamaban Senda, que en EGB animaban a la lectura. Es la primera toma de contacto con Alfonso Casas y me han llamado la atención las enormes orejas con las que dibuja a todos los personajes (no sé si es una constante en su obra). En definitiva, un dibujo que engatusa al lector y un color aún mejor. Un color brutalísimo.

El final de todos los agostos es un estupendo cómic. Un ejercicio de nostalgia adulta que no cae en la ñoñería, que no provoca la lágrima ni lo pretende, pero que sí provocará en el lector preguntas y miradas a su propio pasado, como dándole un toque antes de seguir viviendo la vida.

Un indispensable. Sin ninguna duda.

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Biomega: The Ultimate Edition 1, de Tsutomu Nihei

biomega the ultimate edition 1

biomega the ultimate edition 1El cyberpunk es ese subgénero de la ciencia ficción que siempre se ha llevado toda mi atención. El motivo no es otro que esos mundos futurísticos y distópicos en los que se sucede una extraña paradoja: el ser humano vive hacinado en megalópolis, que por las noches se iluminan con miles de millones de luces de neón, en las que la tasa de pobreza es elevadísima, pero a su vez, esos ciudadanos prefieren gastar sus pocos ahorros en alta tecnología; aunque eso signifique pasar un tiempo sin nada que echarse a la boca. Una tecnología que forma parte de la gente, siendo más una forma de vida que una simple frivolidad. Es por ello que todo el mundo anda loco por hacerse con todo tipo de chips que pueden ser insertados directamente en el cerebro o extremidades cibernéticas para dotar de más fuerza al sujeto; operaciones en ocasiones llevadas al extremo y que pueden crear monstruos de carne, hueso, acero y cables. La tecnología también está presente en forma de inteligencias artificiales que en ocasiones guían las vidas de los humanos y en ordenadores de gran potencia que son utilizados por hackers que buscan derrocar mandatarios, delinquir o evadirse del mundo real. Toda esta ensalada de ficción hay que aliñarla con gobiernos totalitarios que son manejados por corporaciones y que imponen la ley por la fuerza, algo que al final siempre crea caos y anarquía en las calles. ¿A quién no podría gustarle todo este batiburrillo? ¿Quién no disfrutaría con las situaciones que pueden llegar a darse en un mundo que es a la vez tan diferente y parecido al nuestro? El manga que hoy nos ocupa, y haciendo honor al canon del buen cyberpunk, tiene una mezcla equilibrada de todas las particularidades anteriormente mencionadas además de alguna que otra grata e inesperada sorpresa.

Biomega: The Ultimate Edition 1 de Tsutomu Nihei empieza con una expedición a Marte. Es el año 3005 dC y hacía siete siglos que no se enviaba una misión tripulada al planeta rojo. Los expedicionarios saben que las colonias humanas que allí se asentaban ya no existen: un incidente las borró del mapa. Así que es toda una sorpresa para ellos encontrar a una mujer sana y salva, sin traje espacial vagando por una de las estaciones que se encuentran en ruinas. Este hecho se convertirá en el inicio de una concatenación de acontecimientos que acabará con una infección terriblemente virulenta en la tierra. Los humanos se convierten en seres denominados como drones (algo similar a los muertos vivientes que tantas veces hemos visto en las películas) debido al efecto del virus N5S. La humanidad se encuentra al borde del abismo. Zoichi Kanoe un agente de Industrias Pesadas Toa es enviado con una única misión: buscar a alguien adaptado al virus para salvar a toda la raza humana.

Es inevitable pensar en Blame! cuando se habla de Biomega, porque el autor es el mismo y porque lo que se narra es en cierto modo similar; como lo son en apariencia todas las guerras, todas las revoluciones o todas las civilizaciones que se han alzado para luego sucumbir. Hay que acercarse más y analizar con detenimiento para descubrir todas esas disparidades que hacen a cada cómic único. Si bien es cierto que en más de una ocasión os encontrareis pensando en si Biomega es una precuela de Blame! debido a la aparición en ambos mangas de Industrias Pesadas Toa, de armas similares y de un mundo postapocalíptico; aunque en este caso los escenarios sean algo menos claustrofóbicos.

Si hay una palabra que defina a Biomega esta sería espectacular, aunque molón o acojonante también cumplirían. Todas ellas harían referencia sobre todo al apartado visual, el cual se lleva todo el peso de la narración. Nihei vuelve a crear un dibujo en ocasiones sucio, abocetado (aunque mucho menos que en Blame!) en otras muestra rostros de trazo impoluto, limpios de sombras y de belleza arrolladora; rostros que son la contrapartida de los monstruos y aberraciones semihumanas que se arrastran por las páginas y que cargan con sombras, oquedades de luz y trazos enloquecidos. Los diseños de personajes, escenarios o vehículos (esa moto… la moto de Nihei, que recuerda tanto a la de Kaneda… soñareis con ella, la querréis, la necesitareis. ¡Pedidla para navidad coño!) os dejaran con la boca abierta, y más cuando todo se ponga en movimiento. Y es que el dibujo de Tsutomu Nihei parece cobrar vida en cada viñeta, debido mayormente a una composición que es similar al storyboard de una película. No es difícil imaginarse escenas a cámara lenta (Zoichi disparando a una veintena de agentes de la DRF), situaciones de velocidad endiablada (la lucha sobre el tren bala o contra los aviones a reacción) o esos momentos en que te ahogarás en tu propia adrenalina al igual que un borracho lo hace en su propio vómito (Zoichi intentando eliminar trece misiles balísticos intercontinentales).

Biomega: The Ultimate Edition 1 editado por Panini Cómics es un seinen de ciencia ficción con excitantes sobredosis de acción. Personajes, escenarios o artilugios, todo forma parte de una abrumadora coreografía que utiliza la imagen como principal lenguaje para contarnos la supervivencia de la raza humana en un mundo que no le es favorable. Incluso el oso, ese oso que camina sobre dos patas y habla, cumple un importante cometido en todo este tinglado. Qué narices pinta un oso en todo esto, te debes estar preguntando. Ven y averígualo.

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Pálido fuego, de Vladimir Nabokov

Pálido fuego

Pálido fuegoNo sé si a ti te pasa pero creo que a más gente le pasa lo que a mí. Leo, creo que leo bastante a lo largo del año, pero me noto raro por no sentirme cómodo al leer esos libros que todo “buen lector” debería haber leído. Yo no los he leído. Por eso, a veces, cuando veo que se reeditan clásicos siento una extraña fuerza gravitatoria dentro de mí que me mueve a leerlos, para ver si es verdad lo que dicen de ellos, para no sentir más esa incomodidad, para borrar el miedo a lo canonizado. Y quién va a negarme que Nabokov, que vuelve a primera línea de la mano de Anagrama, no es una de esas obligaciones sagradas de todo lector.

A veces pienso que vamos muy rápido en todo, que esta generación le da mil vueltas a las anteriores, por eso me va muy bien encontrarme con libros como Pálido fuego para darme cuenta de que no, de que los rápidos han existido siempre y que no existen en función de una época sino, probablemente, de un gen. Lo que ofrece aquí Nabokov, que nos llega traducido por Aurora Bernárdez, es un excelente juego literario con el que es fácil asumir que el escritor tuviera a este libro como uno de sus favoritos. A partir de un poema inventado – Pálido fuego – obra de un poeta inventado – John Shade – que comenta un narrador (y editor) inventado – Charles Kinbote –, Nabokov nos lleva por los diferentes estratos que tiene una lectura. Soy filólogo, no sé si por suerte o por desgracia, y muchas veces, cuando iba a clase en la universidad, escuchaba aquello de que delante de un poema lo que debería hacer el lector es, en primer lugar, leérselo del tirón, casi de manera inconsciente, dejando que el poema entre por las rendijas del conocimiento sin interponer en el recorrido las barreras de un contexto; en segundo lugar, leerlo junto a los comentarios; y, en tercer lugar, volver a leerlo ya con la base o el contexto que esos comentarios han dejado en ti. Esa primera lectura es la que a mí siempre me ha interesado.

En Pálido fuego, tras un prólogo de este editor ficticio que es Kinbote, se ofrece el poema completo, sin ningún tipo de anotación. Esa es la primera lectura. Tras él, una serie de comentarios que es lo que engrandece la obra. En ellos, Kinbote se erige como editor pope para pasar por encima del poema y convertirse él en el gran creador, el creador de su historia, que en ese momento es también la de John Shade y la nuestra. A partir de una excentricidad sigilosa pero uniformemente acelerada, vamos pasando de la confianza ciega – ¿quién no confía en el editor del libro que está leyendo? – a la duda y la posterior desconfianza de alguien que parece que no está en sus cabales. Dividida esta parte en los versos que el editor quiere destacar y comentar, encontramos aquí la segunda lectura. Y entonces llega la tercera, la que se inicia con la duda de qué o a quién creer. Eso sucede con todos los libros, no solo con los poemas, y todavía más con esto que tanto tenemos aquí, las reseñas. ¿Creer lo que a nosotros nos ha parecido leer o creer lo que aquellos han creído que leían? ¿Tú o los demás?

Vale, sigo sin confiar en lo sagrado de la literatura, aunque me fastidie, pero debo reconocer que he disfrutado jugando con Nabokov. Él monta el escenario, coloca sus marionetas y empieza el juego, un juego que solo emprende el movimiento si hay alguien mirando. Tú.

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Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor

Temporada de huracanes

Temporada de huracanesLa nueva novela de la mexicana Fernanda Melchor era, según las listas de las mejores escritoras contemporáneas hispanoamericanas, una de las más esperadas en la segunda mitad de este año. No ha decepcionado en absoluto. Y eso que la lectura de esta obra no resulta fácil para depende qué tipo de lector se atreva con ella. Yo, que desconocía las anteriores obras de la autora, he descubierto un valor extraño y arriesgado en las letras en español. Una lectura que provoca cierta sensación de fatiga por la abrumadora descripción y presentación de sus personajes; la genial mezcla de discursos narrativos —indirectos, libres, omniscientes— que tejen un argumento adictivo imposible de obviar y que te lleve a cerrar el libro; por su contundencia y negrura a la hora de mostrar los bajos fondos de las zonas más pobres e incívicas de México. He aquí un auténtico festival de jerga propia de los barrios suburbiales que produce un delicioso sabor para el paladar de todo buen lector.

Temporada de huracanes se llama esta excelente novela. La historia se desarrolla en el triste y olvidado pueblo de La Matosa. Allí vivieron una madre y su hija, siempre encerradas en su caserón y temidos por todos en el pueblo. Por sus coqueteos con la magia negra, sus vestimentas y extraños alaridos nocturnos, rayando la blasfemia, las consideraban brujas. Muerta la madre, quedó la hija, la Bruja chica, enclaustrada en su caserón siempre sola. Un día apareció en el arroyo el cuerpo inerte de la Bruja con síntomas de haber sido cruelmente asesinada. Una persona vio a unos jóvenes del pueblo salir de la casa de la Bruja cargando un bulto envuelto en mantas. A partir de ahí se le pedirán cuentas a los culpables. ¿Por qué lo hicieron? ¿Por diversión, aburrimiento? ¿Porque simplemente podían y nadie la extrañaría? Siempre hay algo más, una obstinación más obtusa, más antigua.

El asesinato de la Bruja sirve de enlace para desarrollar los funestos destinos de todos aquellos que, en algún momento, tuvieron alguna relación con ella. El cómo lo desarrolla la autora es la sala picante de este estupendo plato gastronómico mexicano. Una mezcolanza de registros que, como lector, te hacen bailar entre las distintas voces que Fernanda Melchor consigue unir en un mismo párrafo. Un trabajo titánico de escritura valiente y original.

Los capítulos se suceden narrando en profundidad a cada uno de los personajes que conforman la obra. Conoceremos todos sus conflictos, intereses, miedos, pasiones —la pasión brillará en la novela con excitantes o siniestras muestras de erotismo rudo, oscuro, morboso—. Melchor no se muerde la lengua a la hora de mostrar la crudeza de un pueblo dejado de la mano de Dios. El vocabulario nos conduce a un árido territorio que transmite un terror supremo sin necesidad de que aparezcan monstruos o feroces seres extraídos de bestiarios mitológicos. El verdadero horror está en el hombre como especie, el hombre que a toda costa se deja llevar por sus instintos más primitivos. Sería un eufemismo describir este lugar como hostil. Como también lo sería decir que su léxico es pobre. Si has escuchado la música de Molotov, embajadores de la clase humilde y baja de México, y siempre combativos y provocadores, sería un buen símil a los discursos de algunos de los personajes de la obra.

Temporada de huracanes se convierte en una de esas obras que, sin ser de género de terror, encogen el alma por la ferocidad y hostilidad marca de la casa de algunos rincones del mundo y sus lugareños y la miseria que les rodea de la que son víctimas. Ya me sucedió con la novela Pánico al amanecer, de Kenneth Cook en la que describía con maestría a los habitantes de un seco y aislado pueblo australiano. Es mérito absoluto de Fernanda Melchor la veracidad de su tono y la crudeza de las escenas que se narran en este pueblo de México que, como abrí al comienzo de la reseña, no defrauda con su esperada novela. ¡Que se sienta el power mexicano!

 

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