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Las cien noches de Hero, de Isabel Greenberg

LAS CIEN NOCHES DE HERO

LAS CIEN NOCHES DE HEROContar un cuento antes de irse a dormir parece el acto más inocente del mundo, menos cuando nuestra vida depende de ese cuento. Y si no, que se lo digan a Scheherezade. Las cien noches de Hero, la novela gráfica de Isabel Greenberg, se inspira en la cuentacuentos más famosa del mundo y sus mil y una noches, para relatarnos la historia de Hero, una doncella que encadena un cuento tras otro durante cien noches para salvar a su ama y amada Cherry.

Cherry está casada con Jerome, con el que nunca ha mantenido relaciones, por lo que su esposo la considera el súmmum de la decencia. Por eso decide apostar con su amigo Manfred que ni en cien días logrará mancillar a su mujer. Quizá a alguno os resulte familiar este reto, no porque lo hayáis vivido en propias carnes, claro, sino por su semejanza con la novela corta El curioso impertinente, protagonizada por Lotario y Anselmo, que aparece dentro de El Quijote. Al menos, a mí me la recordó, aunque supongo que hay más relatos con el mismo punto de partida. Y es que en la literatura todo está escrito.

Pero la historia de Las cien noches de Hero comienza mucho antes de esa apuesta. Exactamente cuándo Kiddo crea el mundo, al que llama Tierra Temprana. Ella está orgullosa de su obra, llena de humanos que llevan una vida apacible. Pero su padre, el Hombre-Pájaro, decide poner emoción a sus existencias con odios, celos y ambiciones. Kiddo siente que ha destrozado su mundo, pero entonces ocurre algo increíble: entre tantos malos sentimientos, surge el amor, capaz de exaltar a los humanos más que ningún otro sentimiento. Para bien y para mal.

Y eso nos lleva de nuevo a Hero, Cherry y Manfred. Cherry le dice a Manfred que dejará que la mancille, pero antes  le pide solo una cosa: escuchar un cuento de su doncella Hero. El hombre accede y, a partir de entonces, Hero sabe dejar cada historia en el punto exacto para que, a la noche siguiente, Manfred desee conocer el final en vez de acostarse con Cherry. De este modo, Hero enlaza las historias de las piedras danzantes, de la liga de las narradoras secretas, de un arpa muy honesta, de las princesas bailadoras o del hombre enamorado de la luna. Historias que, en más de una ocasión, también os sonarán, pues se basan en cuentos populares, aunque no siempre se desarrollen de la misma manera.

Y es que, como decía, en la literatura todo está escrito; y eso no tiene nada de malo, porque a veces no es necesario que una historia sea nueva para que sea distinta. Pese a sumar tantos elementos por todos conocidos, Isabel Greenberg consigue que Las cien noches de Hero resulte una novela reveladora gracias a su enfoque y a su humor. Con sus historias sobre familias, amantes, lealtades, traiciones, locuras y mujeres valientes, nos muestra aquello que nos hace  humanos. Y no solo son esos malos sentimientos, ni siquiera el amor (capaz de mover el mundo, aunque no siempre sea en la dirección correcta); es el propio acto de contar y escuchar historias el que de verdad ha caracterizado a la humanidad desde sus orígenes. Por eso, para mí, Las cien noches de Hero es, sobre todo, un homenaje a la literatura, ya que nos recuerda el poder de las historias, tanto para adoctrinar como para embelesar o rebelarse.

La única pega es que su lectura solo me ha durado una noche. Afortunadamente, sé que su recuerdo perdurará más de cien. He aquí, de nuevo, el maravilloso poder de las buenas historias.

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Hnegra, de VV.AA.

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hnegra2“–No disparen… Solo soy una puta…”

Desde luego, hay que reconocer que Fernando Marías sabe cómo empezar un prólogo impactando. Y además, con una frase de la estupenda Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, que viene muy a propósito de la posterior explicación del porqué de este libro. Y es que el negro (el género, claro) no es patrimonio exclusivo yanqui y goza de muy buena salud en nuestro país. Podemos decir que vivimos un boom de novela negra.

Por otra parte, el papel de la mujer ya no queda relegado al de novia de o mujer fatal (buena muestra de ello es la recientemente publicada y excelente Vienen mal dadas, de Laura Gomara). Y eso es lo que ha querido unir Hnegra. Autoras españolas actuales (no solo novelistas, también mujeres vinculadas al teatro, el cine o la poesía) con el género noir.

A esas veintidós mujeres se les propuso escribir un relato breve, negro y protagonizado por una mujer, ya fuera asesina o asesinada, heroína o villana, pero nunca representante de la justicia o de las fuerzas de seguridad. Todos ellos irían acompañados por la visión de un ilustrador o ilustradora, algunos de ellos de la talla de Paco Roca, Javier Olivares o Fernando Vicente.

¿Y qué tal? ¿Cómo ha salido el experimento?

Para empezar, y conociendo tan solo la premisa inicial, la idea me gustaba y esperaba impaciente la publicación del libro. Lo negro me encanta y si la propuesta era reunir 22 relatos breves con el nexo común del género (independientemente de que los autores fueran hombres o mujeres) la apuesta era casi segura a caballo ganador. Además, Alrevés ya ha hecho cosas de este tipo alguna que otra vez, recuerdo el caso de  Obscena. Trece relatos pornocriminales, y la experiencia fue muy satisfactoria.

Así pues una vez leído el resultado no difiere mucho del de cualquier antología. Hay relatos muy buenos y otros no tan buenos. Lo mismo es aplicable también a las ilustraciones.

Como siempre en estos casos, no voy a analizar todas las historias y me limitaré a comentar breve y sutilmente las que mejor sabor me han dejado:

Brindis, de Rosa Ribas: por esa suma de cualidades y habilidades necesarias en una buena detective enumeradas con precisión en un alegato rabioso y a la vez certero.

Historia de una muerte, de Clara Peñalver: por lo bien envuelto en misterio de principio a fin.

El plan perfecto, de Nieves Abarca: de los que más me han gustado, por el tono de la historia, porque desde la primera frase sabes que va a ser distinto, por el principio, por el final, por todo.

Demasiado negro: también por lo enigmático y misterioso, porque llega a ser más terror que negro, por dejar que el lector saque sus propias conclusiones.

Regalos, de Valeria Correa Fiz: Por lo bien contado, y lo aún mejor resuelto, con un final que sin ser gran cosa, sorprende por inesperado.

Cosa Nostra, de Beatriz Rodríguez: ya de primeras por la cita de El Padrino. Y además porque tenía la impresión de que todo el relato se refería a cierta infanta ora ignorante, ora amnésica. Un microrrelato muy divertido.

Un euro de gasolina en una botella de plástico, de María Zaragoza: porque por desgracia, es algo real como la vida misma, contado con gran empatía.

Señora de la limpieza, de Cristina Fallarás: porque, aunque sabemos desde el principio quién nos está contando la historia, la forma de contarla es hipnótica y realiza un análisis social sui géneris muy logrado.

Cuatro dedos, de Raquel Lanseros: por lo llamativo de ser un poema negro, por ser también de alguna forma extraña incapaz de despegarme de su lectura. Creo que es el primero que leo y me ha gustado la historia de venganza que nos narra.

Estos son los destacados, los que a mi, por uno u otro motivo, me han llamado/gustado especialmente, pero, en general el nivel es muy bueno y recomiendo Hnegra a todos los que aman esto de lo criminal. No os arrepentiréis.

Quiero añadir que Fernando Marías comenta al final del prólogo que se está preparando una exposición itinerante que reúna los originales y los textos y su primera parada será en el festival Granada Noir 2017. Habrá que estar atento a la gira.

En resumen, un libro altamente entretenido con el añadido de querer reivindicar el papel de la mujer en esta literatura. Un libro fácil de leer, en el que acabada una historia ya estás deseando comenzar la siguiente. Un libro que tiene el sello de Alrevés, que de estas cosas entiende un rato.

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Recordarán tu nombre, de Lorenzo Silva

Recordarán tu nombre

Recordarán tu nombreLos literatos españoles siguen demostrando que pese a haberse contado casi todo sobre la Guerra Civil, aún siguen quedando héroes a los que es necesario rescatar del anonimato para rendirles el homenaje que en su día les fue negado. Esta vez le llega el turno al general José Aranguren Roldán, máximo responsable de la Guardia Civil en Barcelona en tiempos de la sublevación militar del 19 de julio de 1936. El destino, siempre caprichoso, puso a este gallego a defender una plaza de vital importancia para la contienda. Su negativa al alzamiento y su defensa a la República y a la Generalitat, pero sobre todo a su honor y a su palabra, es uno más de los episodios que el tiempo y la memoria han borrado de nuestra historia.

Lorenzo Silva, siempre dispuesto a homenajear la labor de la Guardia Civil, aparca por el momento a los ficticios Bevilacqua y Chamorro para centrarse en un personaje real, cuya historia da cuerpo a esta novela-homenaje titulada Recordarán tu nombre. Lorenzo comienza contando al lector cómo llegó Aranguren a su vida y por qué decidió escribir sobre su figura. Y no esconde en ningún momento sus intenciones al lector; la historia de Aranguren acaba mal, como acaban muchas de las historias ocurridas entre 1936 y 1939. Pero para llegar a ese punto clave del 19 de julio de 1936, hay que esbozar la trayectoria de este gran hombre, desde su nacimiento en 1875 hasta su fusilamiento en 1939, pasando por una impecable carrera dentro de la Benemérita tanto en territorio africano como español.

El autor aprovecha los primeros capítulos (sublimes, a mi entender) para presentar la figura de Aranguren, pero también para contar la historia de sus dos abuelos paternos y la familia consiguiente. Los dos parientes de Lorenzo no dejan de ser meros actores secundarios en esta historia, pero que se cruzaran, aunque fuera mínimamente, en la vida de Aranguren es la excusa perfecta para demostrar la admiración que por ellos siente y que tan bien queda reflejada en estas líneas. Los capítulos van pasando y la figura de Aranguren va cogiendo forma. La campaña africana, siempre polémica, y la no menos discutida II República, empiezan a definir el papel que José Aranguren y su rival en esta historia, Manuel Goded (General sublevado), protagonizarán en la sublevación. La vida de ambos se desgrana mientras se cuece a fuego lento el momento crucial que pondrá en una encrucijada a ambos y cuyo resultado marcará el devenir de la contienda.

En su afán por contar con todo lujo de detalles lo sucedido en Barcelona esos días, Lorenzo Silva bucea entre informes, crónicas, memorias y ensayos, para terminar creando un relato de lo más realista. Sin embargo, esa sobredosis de información puede hacerse pesada para el lector. Llega el momento cumbre de la historia y uno se pierde en el maremágnum de cargos, nombres, hechos y momentos relevantes de la sublevación fallida en Barcelona. Porque uno se ha encariñado de Aranguren. Incluso quiere saber un poco más sobre Goded. Pero el resto de personajes que participan de esos días cruciales empiezan a desvirtuar el sentido que se presuponía a la lectura, convirtiendo la biografía de un héroe en una exhaustiva y detallada crónica de guerra. Aun así, y puestos a elegir, prefiero encontrar el defecto en el exceso que en la carencia.

Pero esta pequeña grieta no logra empañar un libro bien escrito y bien montado, que culmina con unos capítulos finales cargados de emotividad. Una emotividad que hacía años que no me transmitía un libro, y que confirma lo que pocos ponen en duda, que Lorenzo Silva es un gran contador de historias. Por Recordarán tu nombre pasan un sinfín de personajes, muchos buenos y otro gran número de malos, pero que pese a todo forman parte de nuestro pasado, ese pasado que algunos quieren tapar y otros tampoco se esfuerzan en recordar. Y ese pasado, además, vuelve a ponerse de actualidad, pues leyendo esta historia es imposible no extrapolarla a la situación que vivimos actualmente en Cataluña. ¿Cómo actuaría hoy en día Aranguren? Es difícil y atrevido hacer predicciones, pero gracias al perfil que crea Lorenzo, la tarea se facilita bastante. Y por eso creo que un libro así se convierte en una lectura necesaria, aprovechando para aprender las lecciones de vida que personajes como Aranguren todavía nos pueden regalar. Y de paso, disfrutar con este homenaje que se hace a su persona y a la gran cantidad de héroes que el tiempo y el olvido han sepultado.

Siento que contar historias es justamente esto: encontrar la conexión que logra reunir a los seres humanos más allá del tiempo y el espacio

César Malagón @malagonc

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Todos nuestros presentes equivocados, de Elan Mastai

Todos nuestros presentes equivocados

Todos nuestros presentes equivocadosSeguro que alguna vez ha rondado por tu cabeza la idea de que escribir sirve para ordenar, organizar e incluso entender o comprender mejor. Pero yo a veces me pregunto: ordenar, organizar, entender, comprender, ¿qué? En Todos nuestros presentes equivocados, Tom Barren, protagonista y narrador, escribe para intentar comprender su pasado, o sus pasados. Ya lo entenderás. Escribe para intentar comprenderse, para poner sobre la mesa todas las cartas que llevan dibujada su cara, su apellido y su historia. Dice la faja del libro que estamos delante de «una novela como nunca has leído ninguna». También dice que ya está en traducción en 24 países. Y yo digo: es verdad y es normal.

Todos nuestros presentes equivocados, publicado recientemente por Alfaguara y traducido por Mariano Peyrou, es la narración de muchas de las capas que tiene una vida. Me explico: todo empieza con un telón de fondo futurista pero fechado en 2016 con ciudades idénticas a lo que nosotros imaginaríamos si nos dijeran que pensásemos en una ciudad futurista. El mundo ha cambiado por un hecho ocurrido en 1965. Los habitantes del 2016 tienen la oportunidad de viajar a ese momento por primera vez y conocer en vivo al personaje más importante de la historia, el impulsor del cambio: Lionel Goettreider. Tom Barren, por casualidades de la vida que el libro nos enseña que no lo son tanto, acaba siendo el primero en viajar a ese instante. A partir de ahí cambiará todo. Creo que incluso tú.

Imagina que vuelves al pasado, que cualquier cosa que hagas puede cambiar tu presente y que no eres especialmente hábil en la vida. La lías y todo se trastoca. Y entonces, ya no eres Tom Barren y nada es igual. Pero tú sigues pensándote de la misma forma. Eres tú en la mente y el cuerpo de otro, que se parece mucho a ti. Y no sabes si volverás a tener la oportunidad de recuperar tu primer presente o si tendrás que quedarte en ese nuevo segundo presente. ¿Y si hay tres? ¿Y si hay más?

Elan Mastai consigue plantear preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez y que siempre son los buenos libros los que las recuperan. ¿Quién soy? ¿Qué es lo que veo? ¿Qué es todo? Preguntas sin respuesta que se alimentan de no tenerla. Tom Barren, con conciencia de autor, escribe lo que para él son unas memorias, las suyas, con el fin de comprender qué ha pasado, quiénes y cuántos han pasado por su mente, quién ha logrado quedarse a vivir en ella, quién se ha marchado, quién sigue con él, quién es él. Con gran cantidad de juegos narrador – autor y un profundo dominio del manejo oscilante entre lo técnico y lo coloquial, Mastai consigue hilvanar, con capítulos cortísimos cargados de cliffhangers, algo que dará mucho que hablar. Y más sabiendo que habrá película de ello.

Me gustan los libros que te hacen pensar y más todavía aquellos que te sacan del sitio, que te suben o te bajan y te hacen mirar las cosas desde la distancia, que es donde todo se ve mejor. Me gusta que un libro me despeine, que me cargue la cabeza, que me diga que todavía hay cosas nuevas, mundos por explorar, caminos por recorrer, historias por contar. Me gusta que haya libros que me enganchen y sobre todo me gusta que haya libros que se atrevan a decirme que estoy equivocado. Como este, que se levanta a tu altura, te mira a los ojos y te dice que no estés tan relajado en el presente que vives, que quizás hay otro como tú buscándote, que quizás, dentro, a oscuras, hay otros como tú esperándote. Eso sí, aunque los libros ayuden al empujón, solo tú serás quien decida si encender la luz. Yo la he encendido, y de momento no la quiero apagar. Esto marea pero mola. Elan Mastai mola. Mucho.

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4321, de Paul Auster

4321

4321Leer 4321 se hace fácil, que a nadie le asusten, ni el nombre del autor, ni las casi mil páginas que nos ofrece en esta historia tan, tan austeriana. Dicho esto y por poner un poco las cosas en su sitio, algo que con este autor nunca es fácil, estamos hablando de una novela que está llamada a ser una de las grandes novelas americanas, esas que les hacen comprenderse más a ellos mismos y al resto de la humanidad conocerlos un poco mejor.

“Según la leyenda familiar, el abuelo de Ferguson salió a pie de Minsk, su ciudad natal, con cien rublos en el forro de la chaqueta, y pasando por Varsovia y Berlín viajó en dirección oeste hasta Hamburgo, donde sacó billete en un buque llamado The Empress of China, que cruzó el Atlántico entre agitadas tormentas invernales y entró en el puerto de Nueva York el primer día del siglo XX…”

La lectura de este libro me ha envenenado de literatura, de arte y de genialidad, de ese Paul Auster llamado a ser uno de los clásicos modernos de la historia de la literatura ¡Qué orgullosos debemos estar de haberle dado en su momento el Príncipe de Asturias! Vamos una década por delante de los suecos.

4321, son 4 novelas en una sola, cuatro versiones de una misma vida, de la vida de Archie Ferguson, que a su vez vive una vida muy paralela a la del propio Auster. Ambos nacieron en Newark, Nueva Jersey, en 1947, y a partir de ese inicial punto de coincidencia todo puede ser, porque donde hay literatura se abren millones de posibilidades.

Si realmente una gran novela nace de quien mira a su alrededor y sabe narrar lo que ve y lo que recuerda, estamos ante una gran novela, pero Auster siempre tiene ese otro punto que es saber mirar también al interior, reflexionar; la narrativa está ahí, en su buen hacer, pero la profundidad la pone él y la pone en este caso en cada uno de los “Archies Ferguson” que vamos a conocer.

Porque al fin y al cabo un escritor es lo que es y además es la suma de sus historias, y en este caso el escritor nos sumerge en todos sus yos ¿Qué más se le puede ofrecer a un lector? Se entrega al completo literariamente hablando, y en gran medida se nos entrega en todo lo que es y en todas las posibilidades de lo que también pudo ser y no fue.

En estos días hemos escuchado al hombre (no al escritor) decir que estaba cansado, que tenía ese sentimiento de haberse entregado tanto a la literatura que la vida real se le había escapado de las manos ¿Se puede ser más sincero? Yo que he leído gran parte de la obra de Auster he de reconocer que se lo agradezco, y que de la misma forma que es cierto que él se inició muy pronto en su amor por la lectura y la literatura, también es cierto que no pudo acceder a las grandes obras hasta ser ya un estudiante más formado.

¿Qué hubiese escrito Auster a los 30 años si en su fundamento y formación hubiesen estado ya todos los clásicos?, ¿si a los 12 años ya hubiese leído y comprendido a Kafka y a Voltaire, y su Cándido se le hubiese mostrado y crecido ya con él en esa primera adolescencia?

Auster quiso ser un hombre activista pero descubrió a tiempo que estaba llamado a contar la vida más que a vivirla. Y puestos a pensar en qué hubiese pasado si…, podemos pensar en que hubiese pasado si Auster hubiese sido un activista radical y hubiese muerto. Pues eso, que habría capítulos definitivamente en blanco, pero yo lo que he pensado al leerlo es que en mi vida, en este momento, también estarían esos capítulos en blanco ¡Susana no sería esta que os habla sin las lecturas de Auster!

Y es que tampoco empecé yo leyendo a Homero, ni a los grandes clásicos, si hago la excepción de los rusos Gorki y Tolstoi que por algún motivo que desconozco estaban en mi casa desde que puedo recordar, pero no Dostoiesvki ni su Crimen y Castigo que con tanta fuerza entró en mi vida muchos años después. Tampoco la literatura inglesa estuvo entre mis lecturas juveniles. No leí entonces el Ulises de Joyce porque nadie me lo recomendó, y cuando después llegó a mis manos no me interesó, y aunque lo leí ya no era el momento o no estaba escrito para mí. Pero sí leí El Quijote y a Lorca, y sé que ambos son lecturas y autores por los que Auster, que hoy ya forma parte de mi base lectora y escritora, también compartió una gran pasión.

¿Los temas? Los de siempre, porque cuando se escribe de la vida y se escribe de la muerte, todo cabe. La historia, que se va haciendo mientras él la va viviendo; la pasión por Kennedy y Martin Luther King ¿Qué hubiese sido de EEUU si ellos no hubiesen desaparecido? Sus pasiones por la política y la justicia social… Pero por encima de todo, la literatura, la que hace él y la que crean sus propios personajes.

Y yo vuelvo a sorprenderme con el fondo pero en esta ocasión nos deja boquiabiertos con la forma que tanta importancia tendrá a la hora de hacernos descubrir cómo somos nosotros mismos como lectores.

Otra vez viene Auster con un libro bajo el brazo … Otra vez viene con la vida en papel, quizá con la vida y la obra definitiva.

Si es cierto que ya se ha entregado literariamente entero, ahora deberá vivir; pero si solo sabe vivir de la escritura, Volverá.

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El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

El corazón de las tinieblas

El corazón de las tinieblasVoy a contar algo: empecé a tener vértigo cuando fui por primera vez a Nueva York. Fue mirar hacia arriba paseando por sus calles y sentirlo. Me sentí muy pequeño. Desde ese día no he podido superar el vértigo. Lo extraño es que en realidad sí lo había sentido alguna otra vez antes, pero nunca paseando y muchos menos mirando hacia arriba. Lo había sentido, como lo he sentido estos días, con libros firmados por figuras que me hacen sentir pequeño. Joseph Conrad es una de ellas. Y yo pienso: ¿quién soy yo para hablar de esto? Hoy toca El corazón de las tinieblas, publicado por Navona en su colección Ineludibles y traducido por Juan Gabriel Vásquez.

Creo que esto ya lo he contado alguna vez pero viene muy al caso: un día leí una extraña novela en la que al protagonista, que también es el narrador, se le caen los ojos al suelo y se los vuelve a colocar. Pero – ¡vaya! – se los pone al revés y sin darse cuenta, en vez de narrar lo que hay fuera empieza a narrar lo que hay dentro. Y tengo la sensación de que eso es lo que ocurre en este libro. Joseph Conrad nos sube a un barco de esos que tanto le gustaban y nos hace sentarnos frente a Charlie Marlow para escuchar su historia. Este nos cuenta su aventura en el África colonial como capitán de un vapor belga. Pero esa historia es en realidad una bajada al inframundo humano. Nos topamos con la bajeza, la mediocridad que todos tenemos dentro, el rasgo salvaje que a todos nos marca. En ese viaje en barco al cuadrado, vivimos la diferencia entre el colonizador y el colonizado contada a través de los ojos del ganador. Ganador en principio, porque lo ontológico no puede combatir nunca en una batalla física.

Marlow va en busca de Kurtz, un agente colonial inmerso en la selva que se ha convertido en dios de los nativos. Esa búsqueda «en medio de la desmoralización de aquella tierra» golpea la mente de Marlow, al igual que ha golpeado la de los demás. Nadie sale victorioso de allí, aunque se esté formando parte del lado vencedor. Subido al vapor, que por momentos es su único amigo, Marlow va al encuentro de una figura misteriosa que por alguna razón le atrae impulsiva e incontroladamente. Y la encontrará. Ese viaje hacia las tinieblas, tanto externas como internas, producirá un cambio en él, una transformación. Cualquier viaje curte, hace callo.

El corazón de las tinieblas es eso, un viaje, y por suerte para nosotros, literario. Los libros son avisos de lo que nos podemos encontrar y este es un espejo que refleja la parte que no queremos ver de nosotros mismos. Todos contamos con nuestra dosis de crueldad, todos mataríamos por nosotros, todos seríamos todo si tuviéramos que serlo, si no hubiera alternativa. Pero la hay, y consigue que nos pongamos en situación solo con el libro abierto, en cuanto lo cierres ya todo seguirá igual. Sí, la hay: es leer.

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Lento, de Andrés Barrero

Lento, de Andrés Barrero

Lento, de Andrés BarreroLas relaciones valiosas con seres queridos necesitan la conjunción de muchos ingredientes, pero quizás el más importante de todos ellos sea el tiempo, una dimensión que hay que invertir con generosidad y con la convicción de que el resultado merecerá la pena. Hablamos mucho de las llamadas horas de calidad que a veces se entienden como la realización de actividades estimulantes, cuando seguramente la verdadera calidad está más relacionada con lo contrario, con lo que llamamos perder el tiempo.

Lento, la segunda novela del escritor Andrés Barrero, incita a perder el tiempo con los que queremos, pero nunca es perderlo ya que regalar lo más valioso que tenemos a nuestros seres queridos es el indicador más claro de nuestro compromiso con ellos. Vivimos en una época en la que la velocidad y la producción son valores muy atractivos y Andrés Barrero, con esta novela, nos recuerda que trenzar algo sólido y duradero, requiere tomarse las cosas con calma. Escrito con un lenguaje preciso, una narrativa fluida y un ritmo dulce, Lento estrena editorial. Libros y Literatura inicia su catálogo con un producto hermoso que han cuidado mucho antes de iniciar su inmersión con ilusión y valentía en el mercado editorial. Y atendiendo a su escrupulosa edición, vemos que LyL viene para quedarse.

Lento nos cuenta una historia sobre la comunicación que se establece entre un padre y un hijo ya adulto a través del acto de cocinar juntos los domingos. Padre e hijo se reúnen alrededor de los fogones y, mientras preparan deliciosas recetas de la gastronomía tradicional de Huelva, hilan una relación llena de naturalidad y de cariño que abre una ventana a su envidiable universo.

Envidiable porque desde el otro lado de las páginas percibimos los aromas que esa relación destila: amor, respeto y mucha nobleza. El padre es una persona sencilla e íntegra que todavía tiene muchas lecciones que transmitir a su hijo a través de la cocina (“las personas no somos diferentes de estos tollos. […] …están tan acartonados que no parecen aprovechables. Sin embargo, tienen toda su esencia en el interior, todo el sabor. […] Probablemente sepan mejor secos que jóvenes y lozanos”). El hijo recibe estas enseñanzas con cierta sorna, pero también con admiración, no solo porque se da perfecta cuenta del conocimiento que contienen, sino también porque reflejan el cuidado con el que el padre ha construido su propia vida. Incluso con cierto afán por llegar algún día a tener esa sabiduría que sabemos que dan los años y que permite poner en valor lo que realmente lo tiene.

El todo es más que la suma de las partes. Padre e hijo son caballeros de los que ya no quedan tantos, pero además han construido una relación maravillosa. Por un lado, su trato es prudente y sin exhibiciones emocionales que todo lo enturbian. Su conversación, tejida con la tradición de una cultura común, se encuentra llena de mensajes sutiles y de protecciones veladas. Pero además manejan el pudor de la intimidad compartida con el humor que los dos protagonistas se gastan. Un humor ingenioso y elegante que aliña la relación y expulsa de su espacio las nubes que amenazan su pasado y, quizás, su futuro. Porque la novela no solo nos permite disfrutar inocentemente de los momentos especiales que comparten sus protagonistas en torno a la cocina, sino que también obliga a que los sigamos a través de una peripecia mucho más dolorosa que, desgraciadamente, muchos padres españoles del último siglo han recorrido.

La gastronomía tiene vida propia en esta novela. la mediadora de este encuentro padre-hijo podría haber sido cualquier otra actividad compartida como el ajedrez, o el criquet, pero lo cierto es que la cocina dota a esos momentos de una sensorialidad efímera única que transforma los domingos (esos días tantas veces tristes) en paréntesis en los que se puede domar el tiempo y evitar que te arrastre. Como sentarse a mirar una puesta de sol o un paisaje hermoso y dejarse llevar por los sentidos.

Es un gusto ver lo que se cuece en esa cocina. No solo por las recetas que te dan ganas de dejarlo todo y bajar al supermercado a comprar los ingredientes (seguramente sin ningún éxito, pues muchos de los productos son locales y de no tan fácil acceso) sino que echas de menos cocinar así, pausadamente, con alguien querido. El padre corta el choco, el hijo pocha la cebolla y entre cuchillos, cazuelas y chascarrillos, se instala la magia que, seguramente, los dos llevan esperando toda la semana y que suele terminar en un plato como el de Choco con Habas que “sabía a reencuentro y le reconfortaba como ningún otro sabor en el mundo” o como el Consomé con Royal de Gallina, un plato que sabe a Nochebuena.

Estos domingos son un bálsamo para el hijo que, profesor de universidad de mediana edad, tiene una vida más agitada que la de su padre. Quizás por ese motivo es más consciente de que está viviendo momentos especiales que le gustaría no olvidar. Con esta novela, el hijo, quizás Andrés Barrero, parece querer congelar esos domingos para disfrutarlos no solo en el presente, sino hacer acopio de ellos para el futuro cuando ya se hayan perdido. Como preparar un álbum lleno de preciosas instantáneas para evitar que el olvido arrample con todo.

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Entrevista a Laura Gomara, autora de Vienen mal dadas

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lauragomara6Hoy vamos a entrevistar a nuestra colaboradora Laura Gomara con motivo de la publicación de su primera novela Vienen mal dadas, la cual quedó finalista en el premio L’H Confidencial 2016 y ha sido publicada este mismo mes por Roca. Pero el currículum de Gomara es extenso: licenciada en Filología Clásica y currante en el sector editorial en donde ayuda a escritores, y realiza funciones como traductora, lectora, en producción y comunicación editorial. Desde la plataforma Reescritura orienta a escritores noveles en sus primeros pasos dentro del mundillo. También imparte cursos de narrativa, cuento breve, autoficción y relatos de viajes en varios centros de Barcelona y en las plataformas online República de cursiva y Libros y Literatura.

 

-Antes de nada, enhorabuena por el pedazo de novela que te has cascado. Impresionante. Como ya dije en la reseña, tiene todo lo que ha de tener una novela negra y a la vez no sigue un patrón convencional, sino que sabe salirse de las líneas marcadas y ser francamente original.

Dime, ¿cuánto tiempo empleaste en escribirla y cómo se te ocurrió la trama? ¿Tenías todo claro cuando empezaste a escribir o hubo cosas que iban ocurriéndosete según avanzabas en la trama?

 

A la primera versión le dediqué unos meses, no lo sé, quizás siete u ocho, pero la corrección fue larga porque dejé la novela descansar unos meses más y después la revisé por completo dos veces más. En total, desde la idea inicial hasta el cierre definitivo del manuscrito en la editorial pasaron más de dos años.

 

-El personaje de Ruth Santana, la Flaca, es una mujer de extrema delgadez, 40 kilos…  Pero es una mujer fuerte, un personaje firmemente construido y con un sentido de la moral y la ética que desentona con los personajes que suelen pulular por este tipo de novelas. No es el arquetipo de mujer fatal al que uno está acostumbrado. Es más la mujer fatal suele usar el sexo para manejar a los hombres y conseguir su objetivo. En cambio, en Vienen mal dadas la protagonista sería la antimujer fatal y rehúye el sexo. ¿Siempre fue así en tu cabeza? ¿Te inspiraste en alguien?

 

Sí, siempre fue así, aunque es cierto que a medida que escribía se iba dibujando más nítidamente. Al final los personajes van por libre e incluso te sorprenden tomando decisiones que no tenías previstas y ese momento, cuando escribes, es impresionante.

Ruth Santana es una mujer que ha seguido el patrón de vida que le venía marcado: estudios, hacer cosas de niñas y no de niños, trabajo, novio, casa, boda… Pero todo se va a la mierda y se pierde porque nunca ha tomado una decisión por sí misma. Se hunde tanto que la única manera de subir es empezar a tomar decisiones y lo hace. Va haciéndose más fuerte a lo largo de la novela y aprende a decir “no”. Ruth es una persona que siempre ha dicho “sí”, “sí a todo”, y la miseria la enseña a decir “no”. En la escena de la que hablas (cuidado spoiler), el “no” al sexo forma parte de esa evolución. Ruth Santana aprende a tomar el control de todo, también de su sexualidad, y eso pasa por dejar de ser complaciente con los demás. Si dice no, es no. Si dice sí, es sí. Y sin querer hacer más spoilers es algo que vemos al final de la novela…

Por otro lado, recuerdo que una de las primeras lectoras me dijo que Ruth era una psicópata. Me hizo mucha gracia y me parece una opinión muy lícita. Pero lo que quise hacer con ella es una persona imperfecta, muy tensa, es algo que ya se ve en su físico: encogida hacia dentro pero a la vez lista para saltar.

Para su personalidad no me inspiré en nadie, pero con 40 o 50 años me la imagino como Lauren Bacall, con ese aplomo. Por eso la dedicatoria del libro es para ella.

 

-¿En casa del herrero, cuchillo de palo? Eres profesora de narrativa. ¿Has seguido los consejos que das a tus alumnos?

 

¡Ahí me has pillado! Muchos de ellos sí, pero no todos. Antes de escribir tenía clara la estructura, conocía bien a la mayoría de los personajes y me puse un horario bastante rígido para no dejar el proyecto a medias. Hasta ahí todo bien… Pero, por ejemplo, en la novela hay un montón de personajes con un montón de nombres y eso es algo que siempre les digo a mis alumnos que no hagan. Pero no es lo único, hubo cosas de estructura que cambiaron sobre la marcha y lo peor es que todos esos cambios se notaron mucho en las primeras versiones de la novela, se veían agujeros. Si me hubiera aplicado mejor mis consejos, no hubiera pasado.

 

-Poner el título suele ser o muy fácil o muy difícil. ¿Cómo fue en este caso y por qué elegiste Vienen mal dadas?

 

¡Los títulos son el infierno, se me dan fatal! En el ordenador, la carpeta de la novela se llamaba, y se sigue llamando, “Hugo Correa”, pero cuando decidí que iba a presentarla a premio necesitaba un título y lo escogí la última tarde, casi al azar. Estaba releyendo la novela y me encontré con ese sintagma, “vienen mal dadas”. Las cartas, la suerte, el azar, los juegos de manos y el engaño son elementos recurrentes a la novela. Además tenía un aire canalla, así que lo escogí por poner algo, pensando que luego, si había suerte, en la editorial ya lo cambiarían. Pero en Roca pensaron que era bueno y lo dejaron, y me alegro porque varias personas me han dicho que les gusta el título e incluso que la han comprado por eso. Suerte de principiante.

 

-¿Tienes algo más escrito aparte de esto, aunque sea en el cajón de los escritos abandonados?

 

Uf, sí, muchas cosas. Tengo varios cuentos que no verán la luz porque vistos ahora, y lo digo como profesora de escritura, son infumables (pero, ey, estoy muy contenta de haberlos escrito porque me sirvieron para soltar la mano, así que, si me estáis leyendo y escribís: aunque creáis que es infumable sirve, sirve para aprender). Tengo dos novelas empezadas que me gustaría retomar en algún momento. Así, más recientes, tengo una novela de detectives infantil que tengo que retocar, una juvenil que habla de hackers y otra novela para adultos que me he propuesto terminar antes de que acabe el año.

 

-¿Cómo escribes? ¿Tienes una rutina horaria, prefieres mañana, noche, y cuánto tiempo?

En el prólogo de American Gods, Neil Gaiman dice esto, citando a Gene Wolf: “Uno no aprende a escribir novelas. Todo lo que aprende es a escribir la novela que está escribiendo”.

Creo que es totalmente cierto, al menos para mí. Vienen mal dadas la escribí en un momento de mi vida en el que tenía un trabajo estable: 40 horas semanales, y podía permitirme el lujo, o más bien el espacio mental, de levantarme todas las mañanas a las 5:30 y escribir hasta las 8. Así la escribí, en unos meses, dedicándole además algunos fines de semana y puentes. Ahora no puedo seguir la misma rutina porque, desde hace un par de años funciono más como autónoma y desde que me levanto mi cabeza está ocupada con trabajo-trabajo-trabajo, así que no puedo permitirme desconectar un par de horas y luego trabajar. Con la nueva novela lo que me funciona es bloquear días enteros: viernes-sábado-domingo, por ejemplo, y dedicarlos al completo a la novela.

Así que es eso, con cada proyecto cambia.

 

-Se nota que te gusta mucho el género y lo cierto es que nadie diría, tras leer tu libro, que es tu primera novela. ¿Cuáles han sido las influencias, tus novelas negras o escritores fetiche?

 

Tengo que confesar que soy bastante anárquica leyendo. He leído negra y me lo he pasado genial con Chandler, Hammett, Millar, Macdonald, Ellroy, Higgins, Simenon, Camilleri y toda esta gente, sí. También negra de aquí, Vázquez Montalbán, González Ledesma, Andreu Martín y más recientes Toni Hill, Carlos Zanón o Empar Fernández.

 

Pero no soy ninguna experta, ni de lejos, en novela negra y no es mi género fetiche. Leo lo que cae en las manos y me gusta. Una semana me encontrarás leyendo a Amélie Nothomb, la siguiente a Juan Marsé, otra una novela de vampiros, otra los cuentos de Grace Paley…

 

-¿Con qué música de fondo leerías tu libro?

 

La escribí sobre todo escuchando a Mark Lanegan, Nick Cave y PJ Harvey. Alegres, lo sé. A la banda sonora también le añadiría boleros y tangos, por Bosco y Eusebio. Además siempre me he imaginado a Correa como un gran fan de Bruce Springsteen. Me lo imagino solo, en un pequeño velero, cantando The River rumbo a las Américas.

 

-A lo largo de toda la novela se respira un miedo a la pobreza. A acabar convertido en un sintecho. ¿Es este el mundo que tenemos realmente? ¿Tu libro refleja la realidad social del momento actual?

 

No sé si refleja el mundo real, aunque la aporofobia está ahí claro. Aunque no era de ese miedo de lo que yo quería hablar en la novela, sino de lo que sucede cuando te lo han quitado todo. Mi generación, que es la de Ruth, se ha criado entre algodones, nuestra infancia fue en los 80 y los 90 y nuestros padres nos dieron todo lo que pudieron, nos ahogaron en juguetes, nos pagaron la carrera… Siempre esperando lo mejor de nosotros, “que fuéramos felices”. Y, al menos yo, crecí pensando que, si me esforzaba, podría tenerlo todo, fuera lo que fuera ese “todo”. Y el golpe de realidad de la crisis fue brutal. Con Ruth quería hablar de esto, de la parálisis que provoca el hecho de que una serie de circunstancias te dejen desnudo en la nieve. Y con los demás personajes quise ampliar un poco el abanico, porque no es solo a mi generación a la que ha golpeado (y está golpeando) la llamada crisis. Tampoco creo que fuera a nosotros a quien golpeó más duro, sino a gente más mayor, gente como la que sale en Vienen mal dadas.

 

-¿Al lado de qué novela negra te gustaría que estuviera la tuya en la biblioteca de los lectores?

 

Al lado de No llames a casa, de Carlos Zanón, si el lector me permite ese honor.

 

-¿Qué consejo darías a alguien que empieza a escribir?

 

Que lea mucho, y lea buscando los trucos de las novelas que le gustan, no solo con una mirada ingenua que busca el placer y la sorpresa. Que marque los libros: dónde está el punto de giro, dónde el autor ha plantado una pregunta, que guarde cada comparación o adjetivo que le guste. Que escriba todo lo que pueda y anote ideas y lea manuales sobre cómo escribir, sin pensar que tienen razón en todo. Que acepte que cuando empiezas no todo vale y si un editor ha echado para atrás tu primera-novela-de-1500-páginas-sobre-la-vida-de-tu-abuelo, quizás, solo quizás, tiene razón. Que aprenda a aceptar y a rebatir las críticas, a distinguir las constructivas de las idiotas, que encuentre un buen compañero de viaje, normalmente un profesional, para que le revise los textos. Que no crea que está haciendo un favor a la gente que le lee, sino que es al revés: la gente te hace un favor enorme por dedicar unas horas de su vida a leerte.

 

-¿Y ahora qué? ¿Tienes en mente escribir la siguiente?

 

Sí, estoy en ello, solo me queda escribir el final. La novela trata de una carterista, una mujer que roba en el metro y revienta pisos de turistas, pero que viste de Chanel y calza Louboutin. Esta mujer, Eva, acaba metida en problemas con las mafias de la ciudad y en unos temas de chantaje… Es un personaje muy diferente de Ruth, es arribista, amoral, sin problemas económicos, pero la novela sigue una estructura similar y, a los que les haya gustado Vienen mal dadas, les puede gustar también esta historia.

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El túnel, de David Barreiro

El túnel

El túnelA comienzos de la década de 1990, la juventud de Gijón se refugiaba de las noches lluviosas en los bares de Cimadevilla. Locales por donde nunca parecían pasar los días de la semana; siempre era sábado. La gente abarrotaba las calles, buscando un hueco en la barra donde acodarse y disfrutar de la música en directo. Aquel lugar tan emblemático para toda una generación fue el germen de un movimiento musical al que bautizaron como el «Xixón Sound». Posiblemente, el autor de dicha etiqueta lo hizo con la intención de poder englobar algo que —aún no se sabía muy bien el qué— estaba despuntando con fuerza en la ciudad asturiana. Hablar de sonido como movimiento sería excesivo, partiendo de que ninguno de los miembros compartían estilo o sonido musical. El punto común que unía a todas las bandas que componían dicha generación era la lúgubre y, a su vez y en su propia medida, encantadora ciudad de Gijón. Todos surgieron en los locales de los bajos de Cimadevilla: Manta Ray, Australian Blonde, Nosotrash, Screamin’ Pijas, Penélope Trip o Doctor Explosion fueron algunas de las bandas.

Si los miembros de estos grupos miran por el retrovisor hacia aquella época, seguramente rechazarán la pertenencia a ninguna generación o movimiento. No les gusta las etiquetas. Lo suyo era la pasión por la música, la suya propia, y la oportunidad que les brindó las noches de sidra, cerveza y el viento que arrastra el Cantábrico contra el muro de San Lorenzo. En realidad, y salvando las distancias obvias por repercusión mundial, no dista mucho de lo que, unos pocos años antes, se gestó en la costa noroeste de Estados Unidos, esa ciudad a la que todo el mundo adora, Seattle.

Pocos de aquellos músicos pudieron escapar de aquella ciudad y crecer musicalmente más allá de los Picos de Europa. Ahí es donde arranca la novela de David Barreiro, El túnel.

El protagonista es un músico de cuarenta años que, cuando tuvo éxito y la oportunidad de crecer en su profesión, perdió el tren que le llevaría a una mejor vida. Vida que, noche tras noche, se deshace entre los hielos de los vasos en la barra de un bar. Se reúne con todos aquellos amigos que, como él, no supieron alzarse al carro del Xixón Sound. Los recuerdos por ver cómo el amor se le escapaba y ponía distancias entre la ciudad asturiana y Madrid le atormentan. Tampoco le ayuda saber que, aquello que un día fue suyo, ahora está destinado al más absoluto silencio: el Bloom, el bar que le dio su fama musical.

Una novela que trata de oportunidades perdidas, de malas decisiones o, quizás, la cobardía para tomar la opción correcta. Todo aquello le suma a su protagonista en una espiral decadente en una ciudad que, a pasos agigantados, va perdiendo su personalidad. Puede que el amor, eso que suele ocurrir en las canciones, le ayude a escapar por fin de su descenso. O puede que no, al fin y al cabo, David, que comparte nombre con su autor —y seguramente algo más— es un hombre de invierno, un hombre que se pone obstáculos a sí mismo, convencido de la obstinación del destino por repartirle siempre las peores cartas de la baraja.

David Barreiro desarrolla en su novela la metamorfosis sufrida en la ciudad de Gijón con el paso de los años. Lo hace, además, valiéndose de una extensa lista de canciones que harán las delicias de todos los amantes del rock. Para un mostoleño que residió en aquella ciudad, la lectura del libro me ha devuelto, gracias a la fidedigna descripción de los rincones con más solera, a mis mejores días en Gijón: los paseos por El Muro, las noches de lunes en Cimadevilla o las tardes en la cuesta del Cholo, esa empinada calle que desprende olor a sidra y donde los gijoneses se apostan mirando al puerto «para comprobar que, pase lo que pase, el sol se sigue poniendo por el oeste».

El túnel no es una novela de superación. La ausencia de lucha es la marca de su protagonista, una forma de proceder en la vida distinta en una ciudad que no le ofrece nada y donde él ya lo ofreció todo. Decadentismo. O no.

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Blame! Master Edition 1, de Tsutomu Nihei

Blame! Master Edition 1

Blame! Master Edition 1Cuando se habla del futuro de la Tierra siempre me viene a la cabeza una imagen muy elocuente que aparecía en el libro El universo en una cáscara de nuez. En ésta se mostraba una Tierra al rojo vivo y millones de humanos tocándose hombro con hombro. El tema que trataba Stephen Hawking en el capítulo en el que aparecía dicha imagen era el futuro de la especie humana. El abanico de posibilidades que se revelaba intentaba ser lo más optimista posible, pero también realista. Según el autor, el crecimiento exponencial no solo de la población sino también de la tecnología y la dependencia que esta tenía de la electricidad nos llevaría a un mundo de súper población extrema que gastaría ingentes cantidades de energía, consiguiendo que el planeta azul se tornara rojo. Y un pensamiento lleva a otro además de a todas esas incógnitas que orbitan a su alrededor. ¿Si llegamos a ese extremo, a ese punto de no retorno, qué soluciones existen? Vale, aquí es cuando entra en escena La Esfera de Dyson.

Imaginad una megaestructura esférica; grande no, ni siquiera titánica, más bien de tamaño astronómico. Eso significa que el radio de esa construcción sería equivalente, como mínimo, al de una órbita planetaria. Sí, ahora empezáis a tomar conciencia real de su tamaño. Su interior sería hueco con el objetivo de envolver a un sistema planetario, en nuestro caso: El Sistema Solar. El objetivo de esta obra de ingeniería que escapa a la imaginación humana sería aprovechar al máximo la energía del Sol, ya que ahora mismo solo recibimos una pequeña porción. Ahora ya sabéis qué es una Esfera de Dyson. También debéis saber que de momento es un tipo de construcción inviable para ser llevada a cabo por la raza humana. Todo ello forma parte de un ejercicio mental que propuso en 1960 el físico Freeman Dyson para especular sobre la vida a largo plazo de las civilizaciones y cómo estas civilizaciones, de existir, podrían ser descubiertas mediante patrones de consumo desde largas distancias.

Así pues, las Esferas de Dyson, por el momento, no existen. Pero no lloréis, pues una idea tan jugosa no podía pasar desapercibida por la comunidad de escritores de ciencia ficción. Blame! Master Edition 1 de Tsutomu Nihei forma parte de esa lista de obras que han tomado ese concepto como base para relatar una historia.

Empezamos Blame! cruzando un puente de metal del cual apenas se puede ver el final. Cruzándolo hayamos a dos personas. Killy es un muchacho que hace años que vaga por un mundo de acero y hormigón en busca de un humano que tenga todos los cromosomas intactos. A su lado camina un niño que parece ser ese humano que andaba buscando. Pero ha habido tantos antes… Enseguida se cruzan con un tercer personaje: un ser mitad humano mitad máquina. Es en este punto cuando la aventura comienza y la historia se llena de interrogantes: ¿Quién es realmente Killy? ¿Qué es lo que realmente está buscando? ¿Qué fue de la raza humana? ¿Qué lugar es ese en el que existen cientos, miles, millones tal vez de salas, pasadizos y escaleras que parecen no llevar a ninguna parte? La única forma de averiguarlo es seguir los pasos de Killy.

Blame! es un manga de ciencia ficción con claras inclinaciones hacia la acción desenfrenada. Aquí las imágenes mandan; y el caso es que es literal. Puedes llegar a pasar más de una veintena de páginas sin encontrar un solo bocadillo, y cuando lo hay es para aclarar algún término, situación o para dar contexto al relato. Si bien es cierto que la mayoría de veces seguimos al solitario personaje protagonista, del cual no sabemos ni siquiera sus pensamientos más profundos. Sí averiguaremos un poco de su pasado mediante flashbacks que de tanto en tanto se irán sucediendo.

Dice el refrán que una imagen vale más que mil palabras, y Blame! hace honor con creces a este dicho popular. Toda la narración recae en la parte visual, y por suerte esta es notable. El dibujo de Tsutomu Nihei es de un estilo que recuerda al boceto: líneas rabiosas, furibundas, que crean rostros angulosos y cabellos lacios, o rayas desenfrenadas que forman entramados para engendrar sombras y mundos tenebrosos. El diseño de personajes es variopinto, pasando de los simples humanos a todo tipo de seres robóticos, biomecánicos, cíborgs o androides. Algunos parecen extraídos directamente de una película de terror. No es de extrañar pues que muchos de ellos den grima y mal rollo por igual, algo que casa a la perfección con el ambiente de soledad y desesperación que encontraremos en cada página.

El primer volumen de Blame! Master Edition publicado por Panini Cómics nos enseña, nos insinúa, lo que puede llegar a ser una gran aventura en un mundo distópico, futurístico y tremendamente oscuro. Un primer volumen, en una edición de lujo, que sirve de introducción, que sobretodo nos muestra a algunas de las monstruosas y robóticas razas que pueblan y dominan el mundo pero que deja con muchas incógnitas y con ganas de más, algo que solo podremos solucionar si le seguimos la pista a Killy hasta el segundo volumen de Blame!

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Papilas y moléculas, de François Chartier

Papilas y moléculas

Papilas y moléculasEsta reseña tiene un riesgo: hablar del contenido de este libro puede trasladar la falsa imagen de que es un texto científico, un complicado maridaje entre cocina y laboratorio sólo apto para iniciados. Y nada más lejos de la realidad. Por eso quiero dejar claro este punto antes de dejarme llevar por las deslumbrantes ideas expuestas en Papilas y moléculas y asegurar que se trata de un libro ameno y, sobre todo, práctico, de muchas y a menudo sencillas aplicaciones en la cocina de cualquier hogar.
Dicho lo cual procedo a asustarles, aunque ya con la conciencia tranquila: Papilas y moléculas trata del trabajo de François Chartier, que no es otro que la confección de un mapa molecular de los alimentos conocidos, cartografiar las moléculas aromáticas (responsables del sabor) con el objetivo de maridarlas no sólo por experiencia, tradición o intuición, sino con una base científica. Se trata no sólo de saber que alimentos combinan bien entre sí, singularmente con los vinos, sino de saber por qué y de ser capaces de predecirlos. Como comprenderán se trata de un trabajo ambicioso, descomunal, del que el propio autor confiesa que le faltan unos 20 años para llegar a buen puerto y aun con esos 20 años me permito ser escéptico sobre la posibilidad de cartografiar todos los alimentos conocidos (no por cartografiarlos sino por conocerlos todos), sin embargo ya da sus frutos y el autor los comparte con el gran público de una forma accesible y aplicativa.
Este trabajo viene apadrinado por múltiples primeras espadas de la gastronomía mundial, de entre los que destacan por sernos más cercanos Ferrán Adriá, Juli Soler y Josep Roca, y además del propio desarrollo teórico del mismo está plagado de recetas, trucos y enseñanzas que aplicar en la cocina. Lo que no contiene es la parte más puramente laboratorial del procedimiento por el que se detectan las moléculas aromáticas, no es un tratado científico sino un trabajo de divulgación.
La idea central es que las moléculas aromáticas (la combinación de ellas, ya que raro es el alimento en el que una sola de ellas es responsable únicas del sabor) se agrupan en familias que permiten combinar diferentes alimentos (o vinos) siempre que haya armonía entre sus moléculas aromáticas. Maridaje molecular se llama esto, y es el método por el que se han desarrollado platos como la Vieira templada con aceite de almendra amarga, ensalada de hinojo a la mandarina imperial y mirin, polvo de maíz salado/seco y aire de flores de osmanto que el chef Stéphane Modat, del restaurante Utopie de Quebec, realizó inspirado por las investigaciones del autor, pero también multitud de trucos sencillo que cualquiera puede aplicar como el maridaje correcto de los alimentos con los vinos, que no siempre se hacen correctamente. Lean si no el capítulo de las carnes de vacuno, que cuestiona en según qué casos el tradicional maridaje automático con tintos con mucho cuerpo.
Estas armonías moleculares se desarrollan en capítulos como menta y sauvignon blanc, sotolón, fino y oloroso, roble y barrica, carne de vacuno, Gewürztraminer/jengibre/lichi/scheurebe, piña y fresa, clavo, romero, azafrán, jengibre, jarabe de arce, quesos de Quebec, canela, capsaicina o el sabor del frío. En todos ellos hay tablas no sólo de sus respectivas moléculas aromáticas y sus relaciones, sino también de alimentos y vinos complementarios, trucos sumiller-cocinero y recetas. También resulta extraordinariamente interesante el capítulo del frío en el que no sólo se explican las moléculas con sabor a frío sino el efecto de la temperatura en nuestra percepción de los sabores.
Ustedes me dirán que no pueden asegurarme que a bote pronto que sepan que es algo llamado sotolón, cosa que yo también desconocía (es una molécula aromática presente en el curri, el jarabe de arce, el café, el higo seco, el jerez, algunos oportos y madeiras y muchos alimentos y vinos más), y si le digo que es la base de la armonía molecular de recetas como la ostra merengada de elBulli pues a lo mejor se quedan bastante igual, pero es que no es necesario saberlo para disfrutar del libro, o mejor dicho, todo aquel conocimiento que precise para entender lo expuesto está en el propio texto. Pueden asomarse a estas páginas sin miedo.
Se puede decir que muchos de los maridajes propuestos son conocidos, desde luego lo son para los grandes chefs, pero esto es así por experiencia o intuición. Lo que aporta Chartier en Papilas y moléculas no es tanto una sorpresa (que también las hay) sino un corpus teórico que explica y da soporte a ese know-how tradicional del los cocineros y, sobre todo, abre numerosas vías de experimentación e innovación. En las cocinas profesionales y en las casas.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Vienen mal dadas, de Laura Gomara

vienen mal dadas

vienen mal dadasLa vida es una jungla. Ya lo dicen los León Benavente (… «los seres humanos somos fieras, devoramos a quien sea bien por fama bien por recompensa…»). Es algo que todos, antes o después, por las buenas o las malas, acabamos aprendiendo. La mayoría vive y lucha para sobrevivir mientras unos pocos privilegiados solo tienen que preocuparse de nimiedades como el color del traje que toca vestir cada día o de si adornan sus muñecas con el Patek Philippe o con el Hublot.

Ruth Santana pertenece al grupo mayoritario. Pero en ese grupo hay también subgrupos, y ella está dentro de la categoría de joven (28 años), plantada en el altar dos años atrás por su novio y pluriempleada para poder seguir pagando la deuda con el banco. Sola en la vida, pues no puede contar con su madre, ha llegado al extremo de tener que buscar comida en los contenedores cercanos a los supermercados.

“–Es que, mira –dijo despacio, como si estuviera hablando con un niño muy pequeño–, tengo diez euros para pasar lo que queda de mes, no tengo nada más en el banco hasta que cobre…”

Y justo cuando parece que la vida de Ruth ha tocado fondo, es posible que su vida esté a punto de sufrir un cambio a mejor al recibir de un desconocido, Hugo Correa, la propuesta de reventar cajeros y ganar dinero fácilmente. ¿Accederá? ¿Ella, que es mujer de firmes convicciones y de unos principios y moral sólidos como una roca? Y, por otra parte, ¿podrá fiarse de ese desconocido salido de la nada justo en el momento en el que más putas las estaba pasando?

Vienen mal dadas es la primera novela de Laura Gomara y yo me sentía pequeño, muy pequeño al leerla porque no podía creer que semejante joya del noir fuera obra de una primeriza. Porque si difícil es escribir un buen libro, más lo es escribir un buen primer libro y más todavía de un género con unas características tan marcadas como el negro.

Gomara nos envuelve en un ambiente cargado de crisis económica (en su mayor parte transcurre en 2014) e impregna a toda la obra un miedo que, tal vez todos tenemos, a la pobreza. Un miedo a ser pobres. A perder la casa y acabar comiendo en comedores sociales, rebuscando en contenedores, a la caridad, a ser reconocido por esa gente que antes pertenecía a tu subgrupo y a terminar muriendo algún día en la calle, olvidado por todos.

“Hacía mucho que no sentía miedo porque no le importaba lo que pudiera pasarle, hacía mucho que se arrastraba por la vida dejando que el barro y la mierda resbalaran sobre su piel. Esa había sido su estrategia de supervivencia”.

Gomara hace palpable la realidad social del momento y la refleja con maestria: estamos ahí donde nos quiere llevar, no nos cuesta situarnos y olemos las tripas del pescado que Correa limpia, vemos la pensión, respiramos el aire del minúsculo cuartucho en el que Ruth habita, nos reconocemos en sus dos trabajos, y sentimos su rabia por ser pobre… En ese aspecto, es una novela muy minuciosa y detallada. Muy real.

No obstante, aún estando enclavada en el noir, es bastante atípica. Cierto que nos movemos en un ambiente criminal y que toca además palos como la corrupción, los desahucios, la “okupación”, la precariedad laboral, y otros temas que confieren el verismo necesario e ideal a esta novela y siempre con un cierto aire de derrota continuada. Pero, y esto no es malo, la autora se sale de ciertas líneas invisibles que hacen que, –ya desde el principio, cuando vemos que Ruth no es la mujer fatal que creíamos (o que al menos yo creía) que iba a protagonizar la trama, sino que es, más bien, la antimujer fatal; o, por ejemplo, llama la atención el extraño buenrollismo y camaradería en la banda de “piratas”,…–, este libro tenga el regusto de los clásicos y a la vez un enfoque novedoso, original y absorbente.

La única cosa que no me ha convencido del todo ha sido el final. Y no me ha convencido porque no es un final realista, tal y como venía siéndolo el resto de la narración. Me ha chirriado; tenía que haber sido algo inesperado, imprevisible. O algo que sí se viera venir, si se prefiere, pero más en sintonía con el tono general de la novela. Esa es mi opinión, pero todos sabemos que para gustos los colores, y el mío es el negro negrísimo.

Quitando eso, que ya digo que es algo muy subjetivo, Gomara ha escrito una muy correcta y estupenda novela que te atrapa y que eres incapaz de soltar en los dos días que he tardado en leerla (y que habrían sido menos de no tener ciertas obligaciones). Las descripciones, los personajes auténticos, con pasado y bien construidos, las frases lapidarias en off que no pueden faltar, los diálogos… ¡Todo! Todo está muy trabajado y documentado y hace que leer Vienen mal dadas sea un placer.

Además la narración es ágil, la lectura no se complica con lenguaje innecesariamente complicado o superfluo, no se detiene en tonterías, sino que va al grano, con una prosa fluida y precisa que se agradece mucho.

Un libro que merece un hueco en la biblioteca rodeado por los de Silva, Gellida, Bartlett y los de su calaña…

De seguro, esta novela se va a quedar mucho tiempo rondando por mi cabeza y eso no pasa con muchos los libros. Solo con los buenos. Y este lo es. ¡Y es el primero!

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